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Amigo mío, ¿no lo comprendes? Lo creo.
¿Piensas que me volví loco? Tal vez sí estoy algo loco, pero
no por la causa que imaginaste.
Sí. Me caso. Ahí tienes.
Y, sin embargo, mis ideas y mis
convicciones, ahora como siempre, son las mismas. Considero
estúpida la unión legal de un hombre y de una mujer. Estoy
seguro de que un ochenta por ciento de los maridos han de ser
engañados. Y no merecen otra cosa, por haber cometido la
idiotez de ligar a otra vida la suya, renunciando al amor
libre, lo único hermoso y alegre que hay en el mundo, y de
cortar las alas a la fantasía que nos impulsa constantemente
hacia todas las hembras agradables, etc. Me siento incapaz de
consagrarme a una sola mujer, porque me gustarán siempre todas
las mujeres bonitas. Quisiera tener mil brazos, mil bocas,
mil... temperamentos, para poder gozar a un tiempo a una
muchedumbre de criaturas femeninas.
Y, sin embargo, me caso.
Añade que apenas conozco a mi futura
esposa. La he visto nada más tres o cuatro veces. No me
disgusta, y esto basta para mis propósitos. Es bajita, rubia y
regordeta. En cuanto sea ya su marido, comenzaré a desear una
morena delgada y alta. No es rica. Pertenece a una familia
modesta en todos los conceptos. Mi futura es una muchacha,
como las hay a millares, útiles para el matrimonio, sin
virtudes ni defectos aparentes.
Ahora la juzgan bonita; cuando esté
casada la juzgarán encantadora. Pertenece al ejército de
muchachas que pueden hacer la dicha de un hombre... mientras
el marido no repara que prefiere a su elegida cualquiera de
las otras.
Ya oigo tu pregunta: ¿Por qué te
casas?
Apenas me atrevo a confesar el motivo
que me ha impulsado a una resolución tan estúpida.
¡Me caso por no estar solo!
No sé cómo decírtelo, cómo hacértelo
comprender. Me compadecerás, despreciándome al mismo tiempo;
llegué a una miseria moral inconcebible.
Estar solo, de noche, me angustia.
Quiero sentir cerca de mí, junto a mí, a un ser que pueda
responderme si hablo; que me diga cualquier cosa.
Quiero alguien que respire a mi lado;
poder interrumpir su dulce sueño de pronto, con una pregunta
cualquiera, una pregunta imbécil, hecha sin más objeto que oír
otra voz, despertar una conciencia; un cerebro que funcione;
ver, encendiendo bruscamente mi bujía, un rostro humano junto
a mí; porque..., porque..., porque..., ¡me avergüenza
confesarlo!..., solo, ¡tengo miedo!
¡Ah! Tú no me comprendes aún.
No temo peligros ni sorpresas. Te
aseguro que si en mi alcoba entrara un hombre, lo mataría
tranquilamente. Tampoco me infunden temor los aparecidos; no
creo en lo sobrenatural. Nunca tuve temor a los muertos; al
morir, cada persona se aniquila para siempre.
Y a pesar de todo..., ¡claro!..., a
pesar de todo, tengo miedo..., ¡miedo de mí mismo!... Tengo
miedo al miedo; me infunden miedo las perturbaciones de mi
espíritu. Me asusta la horrible sensación del terror
incomprensible.
Ríete de mí si te place. Sufro sin
remedio. Me hacen temer las paredes, los muebles, los objetos
más triviales que se animan contra mí. Sobre todo, temo los
extravíos de mi razón, que se confunde y desfallece acosada
por una indescifrable y tenue angustia.
Comienzo por sentir una vaga
inquietud que atormenta mi alma y al fin me produce un
escalofrío. Vuelvo la vista en torno y no descubro nada que
pueda causarme terror. Yo quisiera encontrar algo que lo
motivase. ¿Qué? Algo sensible, corpóreo. Pero ¡ay!, lo que más
aumenta mi terror es que no hallo su causa.
Si hablo, mi voz me asusta. Si paseo
por la estancia, temo tropezar con lo desconocido que se
oculta detrás de la puerta, entre la cortina, en el armario,
bajo la cama. Y, sin embargo, tengo la certeza de que mi temor
es infundado.
Doy media vuelta con brusquedad,
temeroso de lo que tengo a la espalda. Y estoy seguro de que
no hay nada temible.
Me agito; mi espanto aumenta; cierro
con llave mi habitación. Me hundo entre las ropas de mi lecho,
haciéndome un caracol; cierro los ojos obstinadamente y
permanezco en semejante postura un tiempo indefinido;
reflexionando que la bujía sigue ardiendo y que será
indispensable apagarla. Ni siquiera me atrevo a moverme.
¿No es horrible vivir así?
Antes, no me preocupaban esas cosas.
Entraba en mi habitación tranquilamente. Iba y venía sin que
nada turbase mi serenidad. ¡No me hubiera reído poco si
alguien me pronosticara que una dolencia de miedo inverosímil,
estúpido y terrible me sobrecogería con el tiempo! Entonces no
me asustaba poco ni mucho abrir las puertas en la oscuridad,
ni acostarme tranquilamente sin echar los cerrojos, y nunca
tuve que levantarme a medianoche para convencerme de que todas
las aberturas de mi cuarto estaban herméticamente cerradas.
Mi dolencia lastimosa dio comienzo
hace un año de un modo especial.
Era en otoño y en una noche húmeda.
Cuando se hubo ido mi asistenta, después de servirme la
comida, me puse a pensar qué haría yo. Así pasé una hora dando
vueltas por mi estancia. Me sentía fatigado, abatido sin
causa, impotente para trabajar, sin deseo de coger siquiera un
libro para entretenerme.
Una lluvia menuda golpeaba en los
cristales; me invadió la tristeza, una tristeza, inexplicable,
unas ganas de llorar, un desasosiego verdaderamente
invencible.
Me sentía solo, abandonado; mi casa
me pareció silenciosa como nunca. Envolvíame una soledad
inmensa y desconsoladora. ¿Qué hacer? Me senté; pero una
impaciencia nerviosa me hormigueaba en las piernas.
Levantándome, volví a pasear. Es posible que tuviera un poco
de fiebre; notaba que mis manos cogidas a la espalda, en una
posición frecuente cuando se pasea despacio y solo,
abrazábanse una contra otra. De pronto, un escalofrío
estremeció todo mi cuerpo. Creí que la humedad exterior
penetraba, y me puse a encender la chimenea, que no había
encendido aún aquel otoño. Me senté, contemplando las llamas.
Pero en seguida tuve que levantarme; no podía estar quieto y
sentí deseos de salir, de moverme, de hablar con alguien.
Fui a casa de tres amigos; no
encontré a ninguno y encamineme hacia el bulevar, ansioso de
ver alguna cara conocida.
Todo estaba triste. Las aceras
mojadas relucían. Una tibieza de lluvia, una de esas tibiezas
que producen estremecimientos crispadores, una tibieza pesada,
una humedad impalpable, oscureciendo la luz de los faroles de
gas, lo envolvía todo.
Yo avanzaba con paso inseguro,
repitiéndome: "No encontraré a nadie con quien hablar".
Asomándome a los cafés, recorriendo la Magdalena, sólo vi
personas tristes, hombres abatidos, como si les faltaran
fuerzas para levantar las copas y las tazas que tenían
delante.
Así anduve mucho tiempo, errante, y a
medianoche tomé la dirección de mi casa, tranquilo, pero
fatigado. El portero, que se acuesta siempre antes de las
once, no me hizo esperar en la calle, contra su costumbre. Y
me dije: "Acabará de abrir la puerta para otro vecino".
Siempre que salgo de casa, doy las
dos vueltas a la llave. Me sorprendió que sólo estaba echado
el picaporte, y supuse que habría entrado el portero para
dejarme alguna carta sobre la mesa.
Entré. Aún estaba encendida la
chimenea; los resplandores del fuego esparcían alguna claridad
por la estancia. Acerqueme para encender una luz y vi a un
hombre que, sentado en mi sillón, se calentaba los pies,
mostrándome la espalda. No sentí miedo. ¡Ah, ni la más
insignificante zozobra! Una suposición muy verosímil cruzó mi
pensamiento; supuse que alguno de mis amigos fue a verme, y el
portero lo hizo entrar para que me aguardara. Y de pronto
recordé su prontitud en abrirme la puerta de la calle y la
circunstancia de hallarme la de mi cuarto cerrada sólo con
picaporte.
Mi amigo dormía profundamente. Un
brazo colgaba fuera del sillón y tenía las piernas una sobre
otra. Su cabeza, inclinándose, indicaba un sueño tranquilo.
Entonces me pregunté: "¿Quién será?". Y cuando puse la mano en
su hombro..., el sillón estaba ya vacío. No vi a nadie.
¡Qué sobresalto! ¡Misericordia!
Retrocedí, como si un peligro
espantoso me amenazara.
Luego, dando media vuelta en redondo,
cercioreme de que tampoco había nadie a mi espalda. Un ansia
irresistible me arrastró hacia el sillón vacío. Y estuve en
pie, angustioso, jadeante, horrorizado, a punto de caer al
suelo, desvanecido.
Pero soy hombre sereno y pronto
recobré mi sangre fría. Me dije: "Acabo de padecer una
desagradable alucinación. Todo se reduce a eso". Y reflexioné
inmediatamente acerca de semejante fenómeno. El pensamiento
vuela en tales circunstancias.
Que todo fue alucinación, era seguro.
Pero mi espíritu no se había turbado, mi juicio funcionaba
mientras sufría natural y lógicamente; luego no hubo
desarreglo cerebral. Solamente se habían engañado mis ojos, y
su engaño fue origen del error mental. Habían padecido los
ojos un extravío, una de las aberraciones visuales que parecen
milagrosas a las gentes incultas. Era un poco de congestión,
acaso.
Encendí la bujía, y al acercar la
mano al fuego, sacudiola un temblor, y me incorporé
rápidamente, como si alguien me hubiera tocado por la espalda.
Sentía inquietud...
Anduve de una parte a otra, diciendo
algunas frases, para oírme; canté a media voz.
Luego cerré la puerta con llave, y
esto me tranquilizó algo. Nadie podía entrar por sorpresa.
Sentado, reflexioné las circunstancias de mi aventura; después
me fui a la cama y apagué la luz. Al principio nada hubo de
particular. Estuve tumbado tranquilamente. Luego sentí ansia
de mirar en torno y me apoyé sobre un costado.
En la chimenea sólo había ya dos o
tres brasas; lo suficiente para permitirme ver con sus difusos
reflejos las patas del sillón, y me pareció que había vuelto a
sentarse un hombre.
Encendí una cerilla con rapidez. Me
había equivocado. No vi a nadie.
Sin embargo, me levanté, arrastrando
el sillón hasta la cabecera de mi cama.
Volviendo a quedarme a oscuras,
procuré descansar. Acababa de dormirme cuando se me apareció,
en sueños, pero tan claro como si lo viera en realidad, el
hombre sentado junto a la chimenea. Despertando con angustia,
encendí la luz, y me quedé sentado en la cama sin atreverme a
cerrar los ojos.
Dos veces me venció el sueño, a mi
pesar; dos veces el fenómeno se reprodujo. Creí volverme loco.
Al amanecer, la claridad me
tranquilizó y dormí sosegado hasta el mediodía.
Todo había concluido. Fue una fiebre,
una pesadilla, ¿quién sabe? Sin duda estuve algo enfermo. Sólo
sentí al despertar mi cerebro atontado.
Pasé alegremente aquel día; comí en
el restaurante; fui al teatro; luego, me dispuse a retirarme.
Pero, camino de mi casa, una inquietud angustiosa me
sobrecogió. Temí encontrarlo; no porque me infundiera miedo
verlo, no porque imaginara real su presencia; temía sentir de
nuevo el extravío de mis ojos, mi alucinación, miedo al
espanto sin causa.
Durante más de una hora estuve arriba
y abajo por mi calle hasta que, juzgando imbécil mi temor,
entré al fin en casa. Iba temblando hasta el punto de que me
fue difícil subir la escalera. Estuve diez minutos en el
descansillo, hasta que tuve un momento de serenidad y abrí.
Entré con una bujía en la mano, di un puntapié a la puerta de
mi alcoba, y mirando ansiosamente hacia la chimenea, no vi a
nadie.
-¡Ah!...
¡Qué gusto! ¡Qué alegría! ¡Qué
fortuna! Iba de un lado a otro, decidido; pero no estaba
satisfecho; de pronto, volvía la cabeza, sobresaltado;
cualquier sombra me hacía temer.
Dormí poco y mal, despertándome con
frecuencia ruidos imaginarios. Pero no lo vi; no apareció.
Desde aquel día, todas las noches el miedo me acosa. Lo
adivino cerca de mí, detrás de mí. No se presenta, pero me
hace temer. Y ¿por qué temo, si no ignoro que fue alucinación,
que no existe, qué no es nada?
Sin embargo, temo, y me obsesiono.
"Un brazo colgaba fuera del sillón y tenía las piernas una
sobre otra". ¡Basta! ¡Basta! ¡Es insufrible! ¡No quiero pensar
y no se aparta de mi pensamiento!
¿Qué significa esa obsesión? ¿Por qué
persiste? ¡Veo sus pies junto al fuego!
Me acobardo; es una locura; pero el
caso es que me acobardo. ¿Quién es? ¡Ya sé que no existe, que
no es nadie! Sólo existe como imagen de mi angustia, de mi
desasosiego, de mis temores. ¡Basta, basta!
Sí; por mucho que razono, por más que
me lo explico, no puedo estar solo en mi casa. Él no se
aparece, pero me domina. No vuelve. Todo acabó. Pero sufro
como si volviera. Invisible para mis ojos, ahora se clava en
mi pensamiento. Lo adivino detrás de las puertas, dentro del
armario, debajo de la cama, en todos los rincones, en cada
sombra, entre la oscuridad... Si me acerco a la puerta, si
abro el armario, si miro debajo de la cama, si aproximo una
luz a los rincones, huye con la oscuridad: nunca se presenta.
Quedo convencido, no se presenta, no existe, y, sin embargo,
me obsesiona.
Es imbécil y horrible. ¡Qué puedo
hacer? ¡Nada!
Si alguien estuviera conmigo, él no
me turbaría. Turba mi soledad; le temo, porque la soledad me
acongoja. |