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Maese Lecacheur salió a la puerta de su
casa a la hora de costumbre, entre cinco y cinco y cuarto de
la mañana, con objeto de vigilar a sus criados, que se
disponían a emprender las diarias tareas.
Encarnado, semidormido, con el ojo
derecho abierto y el izquierdo casi cerrado, se abrochaba con
mil trabajos los tirantes sobre su grueso vientre, examinando,
con una mirada experta, todos los rincones conocidos de su
granja. Los oblicuos rayos del sol, atravesando las copas de
las hayas y de los redondos manzanos del patio, hacían cantar
a los gallos en el estercolero y arrullarse en el tejado a las
palomas. El olor del establo salía por la puerta abierta,
mezclándose el aire fresco de la mañana con el acre olor de la
cuadra, donde los caballos relinchaban con la cabeza vuelta
hacia la luz.
Cuando su pantalón hubo quedado
sólidamente sujeto, el señor Lecacheur se puso en marcha,
yendo en primer lugar al gallinero, para contar los huevos de
la mañana, pues, desde hacía algún tiempo, tenía la sospecha
de que le robaban.
De pronto, la criada de la granja
corrió a él levantando los brazos y gritando:
-¡Maese Cacheur, maese Cacheur, esta
noche se han llevado un conejo!
-¿Un conejo?
-Sí, maese Cacheur; el grande gris,
el de la jaula de la derecha.
El campesino abrió del todo el ojo
izquierdo y dijo sencillamente:
-Veamos eso.
Y fue a verlo.
La jaula había sido despedazada y el
conejo no estaba en ella.
El hombre, en quien la inquietud hizo
al punto presa, volvió a cerrar el ojo derecho y se rascó la
nariz. Al cabo de unos instantes de reflexión dijo a la
criada, que permanecía en estúpida actitud delante de su amo:
-Ve en busca de los gendarmes. Diles
que los espero inmediatamente.
Maese Lecacheur era alcalde del
lugar, Pavigny-le Gras, y daba en él como amo absoluto,
gracias a su dinero y posición.
En cuanto la criada desapareció
corriendo hacia el pueblo, situado a medio kilómetro de la
granja, el campesino entró nuevamente en su casa, con objeto
de tomar el café y hablar del suceso con su mujer.
La encontró arrodillada delante del
fuego, soplando la lumbre con la boca.
Desde la puerta dijo:
-Nos han robado un conejo: el grande
gris.
Ella se volvió con tal rapidez, que
quedó sentada en el suelo, y mirando a su esposo con expresión
desolada, exclamó:
-¿Qué dices, Cacheur? ¿Que nos han
robado un conejo?
-El grande gris.
-¿El grande gris?
Y suspiró:
-¡Qué desgracia! Y ¿quién ha podido
robarnos ese conejo?
Era una mujer bajita, delgada y
vivaracha, limpia, muy hacendosa y entendida en los cuidados
de la explotación.
Lecacheur tenía su idea.
-Ha debido de ser Pólito.
La campesina se levantó bruscamente y
exclamó con furiosa voz:
-¡Él ha sido! ¡Él ha sido! ¡No
pienses en echar la culpa a otro ¡Él ha sido! ¡Acertaste,
Cacheur!
En su enjuto e irritado rostro, todo
su furor campesino, toda su avaricia, toda su rabia de mujer
económica contra el criado siempre sospechoso, contra la
criada, sospechosa siempre, aparecían marcándose en la
contracción de la boca, en las arrugas de las mejillas y de la
frente.
-Y ¿qué has hecho? -le preguntó.
-He enviado en busca de los
gendarmes.
Este Pólito era un jornalero que
estuvo empleado durante algunos días en la granja; fue
despedido por Lecacheur a consecuencia de una réplica
insolente. Antiguo soldado, tenía fama de haber conservado de
su campaña en África ciertas costumbres de rapiña y
libertinaje. Desempeñaba para vivir toda clase de oficios. Era
albañil, cavador, carretero, segador, picapedrero, leñador;
pero sobre todo era holgazán; de modo que en ningún sitio
estaba mucho tiempo y a cada instante debía cambiar de comarca
para encontrar trabajo.
Desde el día en que entró en la
granja, la mujer de Lecacheur lo había detestado; ahora estaba
segura de que él era el autor del robo.
A la media hora, aproximadamente,
llegaron los dos gendarmes. El sargento Sénateur era alto y
flaco; el gendarme Lenient, bajo y grueso.
Lecacheur los hizo tomar asiento y
les contó lo ocurrido. Luego fueron a ver el lugar del suceso
a fin de comprobar el destrozo de la jaula y recoger todas las
pruebas posibles. Cuando volvieron a la cocina, el ama llenó
unos vasos de vino, y al ofrecerlos a los gendarmes les
preguntó con desconfianza:
-¿Lo cogerán ustedes?
El sargento, con el sable entre las
piernas, se mostraba inquieto.
Ciertamente, estaba seguro de cogerle
si querían decirle quién era. De lo contrario, no respondía de
descubrirle por sí solo.
Después de reflexionar un buen rato,
formuló esta sencilla pregunta:
-¿Conocen ustedes al ladrón?
Un gesto de malicia normanda contrajo
la enorme boca de Lecacheur, que respondió:
-Conocerlo, no lo conozco; pues no lo
vi robar. Si lo hubiese visto le habría hecho comerse el
conejo crudo, carne y pellejo, sin un trago de sidra para
desengrasar. En cuanto a decir quién ha sido, ya es otra cosa,
pues me parece que el golpe lo ha dado ese inútil de Pólito.
Y a continuación explicó extensamente
sus cuestiones con Pólito, la marcha de este criado, su mirada
rencorosa, lo que después había dicho de él, acumulando
minuciosas e insignificantes pruebas.
El sargento, que había escuchado con
mucha atención bebiéndose el contenido de su vaso, volviendo a
llenarlo miró con gesto indiferente a su compañero y le dijo:
-Habrá que ir a visitar a la mujer
del pastor Severino.
El gendarme sonrió, y respondió
moviendo tres veces la cabeza.
La dueña de la granja se acercó
entonces, y despacito, con habilidad de campesina, interrogó a
su vez al sargento. Este pastor Severino era un simple, una
especie de bruto educado entre las ovejas; habiendo crecido en
el campo, en medio de estos animales, no conociendo más que a
ellas en el mundo, había conservado, no obstante, en el fondo
del alma, el instinto de ahorro del aldeano. Debía de haber
ocultado durante años y más años, en los huecos de los árboles
o en los agujeros de las rocas, todo lo que ganaba, ya
guardando rebaños o bien curando, con tocamientos y palabras,
los esguinces de los animales, por haberle comunicado un viejo
pastor a quien reemplazara el secreto de los algebristas.
De este modo pudo comprar en pública
subasta una pequeña propiedad, casa y terrenos, que valdrían
tres mil francos.
Pocos meses después se supo que se
casaba. Se casaba con una muchacha conocida por sus malas
costumbres, criada del tabernero. Los mozos referían que esta
chica, al enterarse de que el pastor tenía la bolsa bien
repleta, lo había seducido y conquistado, llevándolo poco a
poco, de noche en noche, al matrimonio.
Después, habiendo pasado por la
alcaldía y por la iglesia, ella habitaba en la casa comprada
por su hombre, mientras él seguía guardando sus rebaños,
marchando día y noche a través de las llanuras.
El sargento añadió:
-Hace tres semanas que ese
merodeador, careciendo de hogar, se acuesta con ella.
El gendarme quiso hacer frase:
-Roba su cobertor a Severino.
La dueña de la granja, presa
nuevamente por la rabia, por rabia acrecentada, por la cólera
de mujer casada contra el desvergonzado apareamiento, exclamó:
-¡Ella ha sido, estoy segurísima!
¡Corran ustedes! ¡Ah infames, ladrones!
Pero el sargento no se movió.
-Calma -dijo-. Esperemos hasta las
doce, pues él va a comer con ella todos los días. Los cogeré
con las manos en la masa.
El gendarme sonreía seducido por la
idea de su jefe; y Lecacheur sonreía también porque la
aventura del pastor le parecía chistosa. Los maridos engañados
hacen reír siempre.
*
Acababan de dar las doce, cuando el
sargento Sénateur, seguido de su compañero, dio tres suaves
golpes en la puerta de una aislada casita levantada a la
conclusión de un bosque, a quinientos metros del pueblo.
Se habían pegado a la pared para no
ser vistos desde dentro, y esperaban. Transcurrido un minuto o
dos, como no respondiera nadie, el sargento volvió a llamar.
La casa parecía deshabitada, tan
profundo era el silencio; pero el gendarme Lenient, que tenía
el oído fino, dijo que dentro se movía alguien.
Sénateur se enfadó entonces. No
admitía que se resistiera un segundo a la autoridad, y, dando
en la pared con el pomo de su sable, gritó:
-¡Abran, en nombre de la ley!
Como la orden resultase inútil,
aulló:
-Si no obedecen, descerrajo la
puerta. ¡Soy el sargento de gendarmes, voto a mil diablos!
Atención, Lenient.
No había acabado de hablar cuando se
abrió la puerta y Sénateur se encontró delante de una muchacha
gruesa, coloradota, mofletuda, despechugada, ventruda, ancha
de caderas, una especie de hembra sanguínea y bestial: la
mujer del pastor Severino. Entró.
-Vengo a visitar a usted con motivo
de un pequeño proceso -dijo.
Y miró a su alrededor. Sobre la mesa,
una fuente, un jarro de sidra y un vaso a medio llenar,
indicaban los comienzos de una comida. En el suelo había dos
cuchillos. El gendarme hizo un guiño malicioso a su jefe.
-¡Qué bien huele! -dijo el sargento.
-¡Juraría que es a conejo asado!
-añadió alegremente Lenient.
-¿Quieren ustedes un vaso de lo
bueno? -preguntó la campesina.
-No, gracias. Quisiera únicamente la
piel del conejo que se comen ustedes.
Ella se hizo la tonta, pero temblaba.
-¿Qué conejo?
El sargento se había sentado, y se
enjugaba la frente con serenidad.
-¡Vaya, vaya, patrona; no quiera
hacernos creer que se alimenta con grama! ¿Qué estaba usted
comiendo ahí sola para almorzar?
-¿Yo? Nada, ¡se lo juro a ustedes! Un
poco de pan con manteca.
-¡Me hace usted gracia, burguesa! ¡Un
poco de pan con manteca!... Se equivoca usted. Lo que ha de
decir usted es un poco de conejo con manteca. ¡Mil rayos! La
manteca de usted tiene un aroma exquisito. ¡Voto al infierno!
Es manteca selecta; manteca superior; manteca de festín;
manteca, sí, pero no manteca con pelo; estoy seguro.
El gendarme se echó a reír a
carcajadas, repitiendo:
-Ya se puede apostar a que no es
manteca casera.
Siendo bromista el sargento Sénateur,
todos los gendarmes se habían hecho chistosos.
Añadió:
-¿Dónde esta la manteca de usted?
-¿Mi manteca?
-Sí, su manteca.
-Pues..., en el tarro.
-Y ¿dónde está el tarro?
-¿Qué tarro?
-¡El tarro de la manteca, pardiez!
-Aquí lo tiene usted.
Y fue a buscar una vieja taza en el
fondo de la cual había una capa de manteca rancia y salada. El
sargento la oliscó, y, arrugando el ceño, dijo:
-No es la misma. Necesito la manteca
que huele a conejo asado. ¡Ea, Lenient, abramos el ojo; mira
en el aparador; yo miraré debajo de la cama.
Después de cerrar la puerta, se
acercó al lecho y quiso arrastrarlo; pero no habiendo sido
cambiado de sitio, al parecer, desde hacia más de medio siglo,
el lecho estaba pegado a la pared. El sargento se agachó, en
vista de ello, haciendo crujir su uniforme. Un botón acababa
de desprendérsele.
-¡Lenient ! -dijo.
-¡Mi sargento!
-Ven, muchacho; entiéndetelas con
esta cama; yo soy demasiado alto para ver debajo de ella.
Tomo, en cambio, a mi cargo el aparador.
Levantándose, esperó, en pie, a que
su subordinado ejecutase la orden.
Lenient, que era bajo y regordete, se
quitó el quepis, se echó boca abajo, y con la frente pegada al
suelo miró largo rato entre el pavimento y la cama, y exclamó
de pronto:
-¡Ya lo cogí; ya lo cogí!
-El sargento Sénateur se inclinó
hacia el gendarme.
-¿Qué es lo que has cogido? ¿El
conejo?
-No. ¡El ladrón!
-¿El ladrón? ¡Venga, venga!
El gendarme, estirando los brazos
debajo del lecho, había agarrado algo, y tiraba con toda su
fuerza. Un pie, calzado con un grueso zapatón, apareció al
fin, prisionero en su mano derecha.
El sargento le asió a su vez.
-¡Hala, hala! ¡Tira!
Lenient, ya de rodillas, había
agarrado la otra pierna. Pero la tarea era ruda, porque el
cautivo resistía por mil medios, últimamente apoyando las
posaderas en la traviesa del lecho.
-¡Hala, hala! ¡Tira! -gritó Sénateur.
Y tanto y tanto tiraron, que la barra
de madera cedió y el hombre salió todo menos la cabeza, de la
cual aún siguió valiéndose para hacer fuerza en su escondrijo.
Apareció por fin el rostro, el
furioso y consternado rostro de Pólito, cuyos brazos
permanecían extendidos bajo la cama.
-¡Tira! -seguía gritando sargento.
Entonces se produjo un ruido extraño;
y como los brazos seguían a los hombros, a los brazos
siguieron las manos, en las cuales se vio el mango de una
cacerola, y, al final del mango, la cacerola misma, que
contenía un conejo asado.
-¡Voto a cien mil legiones de
demonios! -gritó el sargento, lleno de alegría, en tanto que
Lenient sujetaba al hombre.
Y la piel del conejo, indicio
aplastante, última y terrible prueba del delito, fue
encontrada en el jergón.
En vista de lo cual, los gendarmes
regresaron triunfalmente al pueblo con el prisionero y sus
hallazgos.
Este suceso dio mucho que hablar; y
ocho días después, al entrar en la alcaldía maese Lecacheur,
que debía celebrar una conferencia con el maestro de escuela,
supo que el pastor Severino lo esperaba hacía una hora.
El hombre estaba sentado en una silla
arrimada a un rincón con el cayado entre las piernas. Al ver
al señor alcalde se levantó, se quitó la gorra, saludó con
«Buenos días, maese Cacheur», y permaneció en pie temeroso,
inquieto.
-¿Qué desea usted? -le dijo al
campesino.
-Ahora lo verá, maese Cacheur. ¿Es
cierto que la semana pasada le robaron a usted un conejo?
-Sí, es cierto, Severino.
-¡Ah! Muy bien. Entonces ¿la cosa es
verídica?
-Sí, amigo mío.
-Y ¿quién se lo robó a usted?
-Pólito Ancas, el jornalero.
-Bien, bien. ¿Es igualmente cierto
que fue encontrado debajo de mi cama?
-¿Quién? ¿El conejo?
-El conejo, y además Pólito, uno al
extremo del otro.
-Sí, mi pobre Severino. Es cierto.
-Entonces ¿también eso es verídico?
-Sí. Pero ¿quién le ha contado a
usted esa historia?
-Entre todos, y un poco cada uno. Yo
me entiendo. Por otra parte, usted, que por ser alcalde casa a
las personas, ha de saber mucho acerca del matrimonio.
-¡Cómo acerca del matrimonio?
-Sí, en lo tocante al derecho
-¿Cómo en lo tocante al derecho?
-En lo tocante al derecho del hombre,
y además al derecho de la mujer.
-¡Ah, vamos! Sí, algo puedo decirte.
-Entonces, una pregunta: ¿Tiene mi
mujer derecho a acostarse con Pólito?
-¿Cómo a acostarse con Pólito?
-Sí. ¿Tiene derecho, según la ley, y
siendo esposa mía, a acostarse con Pólito?
-No, de ningún modo; no tiene ese
derecho.
-En tal caso, si los vuelvo a coger,
¿tengo derecho a molerla a palos y a pegarle a él también?
-¡Es... es claro que sí!
-Muy bien. Nada más tenía que
preguntarle. Y voy a decirle ahora por qué quería saber esto:
un día de la semana pasada, sospechando algo, fui a casa de
noche, y allí los hallé acostados, y no espalda con espalda
ciertamente. Envié a Pólito a dormir fuera, mas no pasé de ahí
porque no conocía mis derechos. En esta ocasión no los vi. Me
he enterado de lo ocurrido por los demás. Hecho está lo hecho;
no volvamos a hablar de la cuestión. Pero si los encuentro
otra vez... ¡voto al diablo, si los encuentro! ¡Les quitaré la
afición a la cosa, maese Cacheur, tan cierto como me llamo
Severino!
FIN |