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El abogado de la señora Chassel tiene la
palabra y dice: "Señor
presidente:
Señores magistrados:
El pleito de cuya defensa estoy
encargado constituye más bien una cuestión medica que
jurídica; es un caso patológico más que un caso de derecho.
Los hechos origen de esta causa son evidentes.
Un hombre joven, rico, de alma noble
y exaltada y corazón generoso, se enamora de una joven
extraordinariamente hermosa, adorable, encantadora, graciosa,
linda, buena... y se casa con ella.
Durante algún tiempo la conducta de
este hombre para con su mujer fue la del esposo lleno de
ternura y de cuidados; después su cariño va enfriándose hasta
el punto de sentir hacia ella una repulsión indecible, un
extraordinario desamor. Llegó a pegarle un día, no solamente
sin razón, sino sin pretexto.
No pienso, señores, pintarles el
cuadro de esos procederes extraños, incomprensibles para
todos. Tampoco he de esforzarme en describirles la triste vida
de aquellos dos seres, ni la horrible tortura de la mujer.
Para convencerlos de la razón que a ésta asiste, bastará con
que les lea algunos fragmentos del diario escrito por aquel
desgraciado loco.
Helos aquí:
¡Qué triste! ¡Qué monótono! ¡Qué ruin
y qué odioso es todo! Soñé una tierra más bella, más noble,
más variada.
¡Siempre bosques; ríos que se parecen
a otros ríos, llanuras que se parecen a otras llanuras!...
¡Todo igual!... ¡Todo monótono!... ¡Y el hombre!... ¿Qué es el
hombre? Un animal malo, orgulloso y repugnante...
Preciso es amar, pero amar
locamente, sin ver lo que se ama: porque ver es comprender y
comprender es despreciar...
¿He encontrado ese amor?... Creo que
sí.. Esa mujer tiene en toda su persona algo de ideal que no
parece de este mundo y que da las alas a mi sueño.
Mi amada es rubia, con matices
maravillosos en los cabellos... ¡Qué azules son sus ojos!...
Sólo los ojos azules embargan mi alma... La mujer que existe
en el fondo de mi corazón aparece en su mirada, sólo en su
mirada... ¡Oh! ¿Qué misterio existe en los ojos? Todo el
universo está en ellos, puesto que lo ven y lo reflejan. Sí...
en los ojos se contiene el universo, las personas y las cosas,
los bosques y los mares, los hombres y las bestias, las
puestas del sol, las estrellas, las artes... Todo... Todo lo
ven, todo lo recogen... Pero en los ojos aun hay más. Allí
está el alma, el ser que quiere, el ser que ama, el ser que
ríe, el ser que sufre... ¡Oh!... Contemplen los ojos azules de
las mujeres... profundos como el mar, inundados de luz como el
cielo, tan dulces como las brisas, como la música, como los
besos, y tan transparentes, tan claros, que tras ellos se ve
el alma, el alma azul que los colora, los anima y diviniza.
¡Sí! El alma tiene el color de los
ojos... El alma azul, sólo él alma azul lleva dentro el
ensueño... Ha tomado su color a las ondas del mar y al éter
del espacio.
Los ojos, piensen en los ojos...
Beben la vida aparente para nutrir con ella el pensamiento.
Beben el mundo, el color, el movimiento, los libros, los
cuadros... todo lo hermoso y todo lo ruin... De allí salen las
ideas... Y si los ojos nos miran, nos producen una felicidad
que no es terrena. Nos hacen presentir lo que siempre
ignoraremos... Nos hacen comprender que la realidad es una
miseria despreciable...
La amo también por su aire gentil,
porque, como ha dicho el poeta:
-Hasta cuando el pájaro anda parece
de otra raza más superior que la de las mujeres ordinarias;
más ligera y más divina...
Mañana me caso con ella... Tengo
miedo... ¿Miedo de qué?... ¡De tantas cosas!
Ya es mi mujer. Mientras la he
deseado, idealmente fue para mí el poético ensueño, próximo a
realizarse; después se ha convertido en el ser de que la
Naturaleza se ha servido para truncar todas mis esperanzas.
¿Pero las ha truncado? No... Y, sin
embargo, estoy cansado de ella. Cansado hasta no poder tocarla
ni con mi mano ni con mis labios, sin que mi corazón sienta un
desagrado inexplicable...
¡No! No puedo ver a mi mujer venir
hacia mi llamándome con su mirada, con su sonrisa o con sus
brazos. Antes creía yo que un beso de aquella mujer me
transportaría a los cielos... ¡Y qué desencanto sufrí un día,
cuando estuvo mala con una fiebre pasajera! Sentí en su
aliento el soplo ligero, sutil, casi insensible de las
podredumbres humanas...
¡Oh! ¡ La carne! Estercolero seductor
y viviente... ¡Putrefacción que se mueve, que anda, que
piensa, que habla, que mira y que sonríe; donde los alimentos
fermentan; sonrosada, linda, tentadora, engañadora como el
alma!
Porque en realidad sólo las flores
huelen bien. Lo mismo las de vistosos colores que las pálidas,
impresionan mi espíritu y turban mis ojos... ¡Son tan
hermosas! ¡ De estructura tan delicada! ¡ Tan variadas y tan
sensibles! Son más tentadoras que las mismas bocas, y hasta
parecen tenerla.
Ellas... ellas solas se reproducen en
el mundo sin dejar huella que manche, y evaporando en torno el
divino incienso de su amor, el sudor oloroso de sus caricias,
la esencia de sus incomparables cuerpos, adornados de todas
las gracias, de todas las elegancias, de todas las formas que
tiene la coquetería, de todas las coloraciones y la seducción
embriagadora de todos los aromas...
SEIS MESES DESPUÉS
...Amo las flores, no como flores,
sino como seres vivientes, deliciosos. Paso los días y las
noches en el invernadero, donde las guardo como a las mujeres
en el harén... Nadie, fuera de mí; conoce la dulzura, el
éxtasis sobrehumano de estas ternuras... Nadie conoce el sabor
de estos besos sobre la carne roja, fina, blanca, delicada,
rara, de estas flores.
Tengo estufas donde no penetra nadie
más que yo y el encargado de cuidarlas. Entro allí como si
entrase en un retiro de secretos placeres... Por la alta
galería de cristales paso entre dos masas de corolas; unas
cerradas, otras entreabiertas o abiertas del todo y dispuestas
en declive. Es el primer beso que me envían... Estas flores
que adornan el vestíbulo de mis pasiones misteriosas, no son
aun mis favoritas, sino mis sirvientas. Me saludan al paso con
sus brillantes matices y sus frescas exhalaciones Son lindas,
coquetas, dispuestas en ocho filas a la derecha y ocho a la
izquierda, formando dos jardines que vienen a morir a mis
pies.
Al verlas, mi corazón palpita, mi
mirada se ilumina, mi sangre se agita, mi alma se exalta y mis
manos tiemblan con el deseo de tocarlas... En el fondo de
aquella alta galería hay tres puertas cerradas... Puedo elegir
el que más me plazca de aquellos tres harenes.
Generalmente entro donde están las
orquídeas, mis adormideras preferidas. Proceden de los países
arenosos, ardientes y malsanos. Atraen como sirenas, matan
como venenos... Enervan. Son terribles.. Semejan grandes
mariposas con sus alas enormes, sus patas, sus ojos... Porque
tienen ojos... Me miran, me ven... Aquellos seres prodigiosos,
inverosímiles, hijos de la tierra sagrada, del aire
impalpable, de la cálida luz, de esa madre del mundo... Sí...
Tienen alas, y ojos, y matices que ningún pintor podría
imitar... y todas las formas, todas las gracias, todos los
encantos que se pueden soñar.
Los extraños dibujos de sus pequeños
cuerpos sumergen el espíritu en el paraíso de las imágenes y
voluptuosidades ideales... Tiemblan sobre sus tallos como si
quisieran volar... ¿Volarán y vendrán hacia mí?... ¿No es mi
corazón el que vuela sobre ellas, como un místico torturado de
amor?
Estamos solos ellas y yo en la clara
prisión que les he construido. Las miro, las contemplo y las
adoro una por una.
¡Cuánto las amo! El borde de su cáliz
está rizado, más pálido que su garganta, y la corola oculta en
él como misteriosa boca atractiva, azucarada, mostrando y
desenvolviendo los órganos delicados, admirables y sagrados de
estas divinas criaturas, que sienten y no hablan... He
experimentado por algunas de ellas una pasión tan fugaz como
su existencia: de algunos días, de algunas noches.
Cojo a la preferida, la saco de la
galería, la encierro en una estufita de vidrio, en donde un
hilo de agua corre por un lecho de césped tropical traído de
las islas de! Pacífico. Y allí, junto a ella, me quedo febril,
ardiente, atormentado por la idea de su próxima muerte,
contemplando cómo se marchita mientras la poseo, aspiro y bebo
su corta vida con una suprema caricia.
Después de terminar la lectura de
estos fragmentos, añadió el abogado:
-La decencia, señores, me impide
continuar la lectura de las singulares confesiones de este
hombre, vergonzosamente idealista. Los fragmentos que acabo de
someter a la consideración de ustedes creo que serán
suficientes para apreciar este caso de enfermedad mental,
menos raro de lo que pudiera creerse en la época que
atravesamos, de histerismo y de decadencia. En mi opinión, pues, a mi representada le asiste un perfecto
derecho a reclamar el divorcio, dada la excepcional situación
en que la ha colocado la perturbación de los sentidos de su
esposo. |