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Los hombres, vestidos con sus trajes de
día de fiesta, esperaban a la puerta de la granja. El sol de
mayo derramaba su luz esplendorosa sobre los manzanos en flor,
que parecían enormes ramos redondos, blancos, rosáceos y
perfumados, que cubrían todo el patio con un techo florido. De
todos ellos caía constantemente una nieve de pequeños pétalos,
formando remolinos y ondulaciones en el aire, antes de posarse
en la hierba alta, en la que brillaban como llamas los dientes
del león, y las amapolas semejaban gotas de sangre.
Una cerda madre, de vientre enorme y
ubres abultadas, dormitaba al borde del estercolero, y una
multitud de cerditos corría a su alrededor con el rabo
ensortijado como una cuerda.
De pronto empezó a sonar la campana
de la iglesia, a lo lejos, más allá de los árboles de las
granjas. Su metálica voz lanzaba en los cielos gozosos su
débil llamada lejana. Las golondrinas cruzaban como flechas
por el inmenso espacio azul encuadrado en las grandes hayas
inmóviles. De cuando en cuando pasaba una vaharada de establo
y se mezclaba con el aroma suave y dulzón de los manzanos.
Uno de los hombres que estaban en pie
delante de la puerta, se volvió hacia la casa y gritó:
-Ea, Melina, vamos ya, que están
tocando.
Tendría unos treinta años. Era un
campesino fornido, al que todavía no habían conseguido
deformar, ni encorvar, los muchos años de trabajo en la
tierra. Un viejo, su padre, avellanado como un tronco de haya,
de muñecas abultadas y piernas torcidas, sentenció:
-Está visto, nunca acaban de
prepararse las mujeres.
Los otros dos hijos del viejo se
echaron a reír; uno de ellos se volvió hacia el hermano mayor,
que era quien primero había hablado, y le dijo:
-Ve en su busca, Polito; de otro
modo, no estarán antes del mediodía.
El joven entró en su casa.
Una bandada de patos, que se había
detenido cerca del grupo de campesinos, empezó a graznar
sacudiendo sus alas; después se alejaron hacia la charca con
calmoso contoneo.
En la puerta de entrada de la casa,
que había quedado abierta, apareció una voluminosa mujer, que
llevaba en brazos un niño de dos meses. Las cintas blancas con
que sujetaba su alto gorrito, le caían sobre un mantoncillo
rojo, deslumbrante como llamarada, y el niño, envuelto en
telas blancas, descansaba sobre la joroba que formaba el
vientre de la comadrona. Salió detrás, fresca y sonriente,
cogida del brazo de su marido, la madre, mujer alta y fuerte,
que apenas tendría dieciocho años, y a continuación seguían
las abuelas, ajadas como manzanas viejas, encorvadas de
cintura por efecto del trabajo rudo y continuo, aunque
haciendo ahora un esfuerzo por enderezarse, que se traslucía
en su expresión de dolor. Una de ellas era viuda; se cogió del
brazo del abuelo, que había permanecido delante de la puerta,
y se pusieron al frente del cortejo, inmediatamente después
del niño y de la comadrona. Los demás de la familia siguieron
detrás. Los más jóvenes llevaban bolsas de papel llenas de
caramelos.
La campanita sonaba a lo lejos sin
descanso, llamando con toda su fuerza al chiquillo esperado.
Los muchachos se subían a las cercas; los mayores se asomaban
a las vallas; algunas criadas de granja se detenían con un
cubo de leche a cada lado, para contemplar el bautizo. La
comadrona llevaba con orgullo su carga viviente, y evitaba con
cuidado los charcos de agua en los caminos, que cruzaban por
entre ribazos plantados de árboles. Seguían después los
ancianos, muy solemnes, aunque caminaban con alguna
irregularidad por efecto de los años y de los achaques; los
jóvenes sentían ganas de bailar, y miraban a las mozas que
acudían para verlos pasar; y el padre y la madre marchaban muy
formales, más serios que los demás, detrás de aquel hijo que
tomaría, andando el tiempo, su puesto en la vida, y que había
de perpetuar en la región su apellido Dentu, que era conocido
en todo el distrito.
Salieron al llano, y siguieron a
campo traviesa para ahorrarse el largo rodeo que daba el
camino. Ya se distinguía la iglesia, con su puntiagudo
campanario. Debajo mismo del techo de pizarra, tenía una
abertura que lo cruzaba de parte a parte; y en su interior se
movía algo, que pasaba y repasaba con rápido vaivén, por
detrás de la angosta ventana. Era la campana que no dejaba de
tocar, invitando al recién nacido a que fuese por vez primera
a la mansión del Señor.
Un perro echó a andar tras el
cortejo. Le tiraban confites, y él daba saltos alrededor de
las personas. La puerta de la iglesia estaba abierta. El
sacerdote aguardaba junto al altar: era un mocetón de cabellos
rojos, seco y fuerte, también Dentu de apellido, y tío del
niño, porque era hermano del padre. Bautizó, cumpliendo todos
los ritos, a su sobrino Próspero César, y éste rompió a llorar
cuando sintió el sabor de la simbólica sal.
Terminada la ceremonia, la familia
esperó en el umbral de la puerta, mientras el sacerdote se
quitaba la sobrepelliz; y, a continuación, echaron a andar.
Ahora caminaban aprisa, pensando en la comida. Iba tras ellos
toda la chiquillería del pueblo, y a cada puñado de caramelos
que les tiraban se entablaba un furioso revoltijo, luchas
cuerpo a cuerpo, y alguno se llevaba de un tirón los cabellos
de otro. También el perro se lanzaba al montón, en busca de
algún confite, y aunque le tiraban del rabo, de las orejas, de
las patas, se mostraba más obstinado que los mismos muchachos.
La comadrona, un poco cansada, se
dirigió al cura, que caminaba a su lado.
-Dígame, señor cura, ¿le importaría
llevar un rato a su sobrino, mientras yo descanso un poco?
Estoy sintiendo casi calambres en el estómago.
Tomó el sacerdote al niño, y la
albura de las ropas de éste formó como un manchón luminoso
sobre la negra sotana; lo besó; aquella carga tan liviana le
embarazaba, porque no sabía cómo tenerlo, ni de dónde
agarrarlo. Todos se echaron a reír. Una de las abuelas le
preguntó desde lejos:
-Oye, curita, ¿no te da tristeza el
pensar que no tendrás nunca uno como ése, que sea tuyo?
El sacerdote no contestó. Caminaba
dando grandes zancadas, con la vista clavada en el arrapiezo
de ojos azules, sintiendo ganas de besar otra vez sus
carrillos mofletudos. No pudo resistir más, lo alzó hasta la
altura de su boca, y le dio un beso muy largo.
-El padre le gritó:
-Eh, señor cura. ¡Si quieres otro
como ése, no tienes más que pedirlo!
Y empezaron las cuchufletas, al
estilo campesino.
Así que se sentaron a la mesa,
estalló, como una tormenta, la alegría pesadota de la gente
del campo. También los otros dos hijos iban a contraer pronto
matrimonio; allí estaban sus novias, que únicamente habían
sido invitadas a la comida; y todo era hablar los comensales
acerca de las futuras generaciones que de tales bodas se
esperaban.
Se lanzaban frases gruesas, muy
cargadas de pimienta, que hacían reír por lo bajo a las mozas
y retorcerse de risa a los hombres. Golpeaban con el puño en
la mesa, al mismo tiempo que dejaban escapar exclamaciones. El
padre y el abuelo eran una fuente inagotable de dichos
picarescos. La madre se sonreía; también las abuelas tomaban
su parte en el regocijo y lanzaban alguna que otra
chocarrería.
El sacerdote, acostumbrado a aquella
clase de excesos campesinos, no se daba por enterado; estaba
sentado junto a la comadrona y hacía a su sobrino cosquillas
con el dedo en la boca para hacerle reír. Parecía sorprendido
a la vista de aquel niño, como si fuese el primero que veía.
Lo miraba con atención pensativa, con una seriedad soñadora,
con la ternura que de pronto se había despertado en lo íntimo
de su ser; una ternura nueva, extraña, viva y algo triste,
hacia aquella frágil criatura nacida de un hermano suyo.
No escuchaba ni veía nada, absorto en
la contemplación del niño. Se sentía conmovido ante aquella
larva de hombre, como un misterio inefable en él nunca había
pensado; un misterio augusto y santo: el de la encarnación de
un alma nueva, el gran misterio de la vida que empieza, del
amor que se despierta, de la raza que se perpetúa, de la
Humanidad que sigue siempre adelante. La comadre comía con
cara congestionada y ojos brillantes, y el niño la molestaba,
porque la alejaba de la mesa.
El cura le dijo:
-Démelo. Yo no tengo ganas de comer.
Volvió a cogerlo en brazos. Todo
cuanto le rodeaba desapareció para él, como si se borrase; no
tenía ojos sino para aquella carita sonrosada y mofletuda;
poco a poco, a través de las mantillas y de la sotana, el
calor de aquel cuerpecito le fue llegando a las piernas, le
fue calando como una caricia muy leve, muy agradable, muy
casta; era una caricia deliciosa que le empañaba los ojos de
lágrimas. El barullo de los comensales se iba haciendo
terrible. El niño, desasosegado por aquel vocerío, rompió a
llorar.
Alguien gritó:
-Oye, tú, curita; dale de mamar.
La explosión de carcajadas hizo
retemblar el comedor. La madre se levantó, cogió a su hijo y
se lo llevó a la habitación de al lado. Al cabo de algunos
minutos volvió, diciendo que el niño dormía tranquilo en su
cuna.
Siguieron comiendo. Hombres y mujeres
salían de cuando en cuando al corral, y al rato volvían a la
mesa. Los platos de carne, de legumbres, la sidra y el vino
desaparecían en las bocas como en una sima, hinchaban los
estómagos, encandilaban los ojos, ponían en delirio las
cabezas.
Empezaba a hacerse de noche cuando se
sirvió el café. Hacía rato que el cura había desaparecido, sin
que a nadie llamase la atención su ausencia. La joven madre se
levantó, al fin, para ir a ver si el pequeño seguía dormido.
Estaba ya oscuro. Entró a tientas en la habitación; se
adelantó, extendiendo hacia adelante los brazos, para no
tropezar con los muebles. Un ruido extraño la detuvo en seco y
se volvió atrás asustada, con la certeza de haber oído que
alguien se movía. Entró en el comedor, pálida y temblorosa, y
lo contó. Todos los hombres se levantaron con estrépito,
ebrios y amenazadores; el padre cogió una lámpara y se
precipitó dentro de la habitación.
De rodillas junto a la cuna, con la
frente apoyada en la almohada en que descansaba la cabeza del
niño, el señor cura sollozaba.
FIN
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