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Semejante a todas las hospederías de
madera construidas en los altos Alpes, al pie de los
glaciares, en esos pasadizos rocosos y pelados que cortan las
cimas blancas de las montañas, el albergue de Schwarenbach
sirve de refugio a los viajeros que siguen el paso de la
Gemmi. Durante seis meses
permanece abierto, habitado por la familia de Jean Hauser;
después, en cuanto las nieves se amontonan, llenando el valle
y haciendo impracticable la bajada a Loéche, las mujeres, el
padre y los tres hijos se marchan, y dejan al cuidado de la
casa al viejo guía Gaspard Han con el joven guía Ulrich Kunsi,
y Sam, un gran perro de montaña.
Los dos hombres y el animal se quedan
hasta la primavera en aquella cárcel de nieve, teniendo ante
los ojos solamente la inmensa y blanca pendiente del Balmhorn,
rodeados de cumbres pálidas y brillantes, encerrados,
bloqueados, sepultados bajo la nieve que asciende a su
alrededor, envuelve, abraza, aplasta la casita, se acumula en
el tejado, llega a las ventanas y tapia la puerta.
Era el día en que la familia Hauser
iba a volver a Loéche, pues el invierno se acercaba y la
bajada se volvía peligrosa.
Tres mulos partieron delante,
cargados de ropas y enseres y guiados por los tres hijos.
Después la madre, Jeanne Hauser, y su hija Louise subieron a
un cuarto mulo, y se pusieron en camino a su vez.
El padre las seguía acompañado por
los dos guardas, que debían escoltar a la familia hasta lo
alto de la pendiente.
Rodearon primero el pequeño lago,
helado ahora en el fondo del gran hueco de rocas que se
extiende ante el albergue, y después siguieron por el valle,
blanco como una sábana y dominado por todos los lados por
cumbres nevadas.
El sol inundaba aquel desierto blanco
resplandeciente y helado, lo iluminaba con llamas cegadoras y
frías; ninguna vida aparecía en aquel océano de montañas;
ningún movimiento en aquella desmesurada soledad; ningún ruido
turbaba su profundo silencio.
Poco a poco Ulrich Kunsi, el guía
joven, un suizo muy alto de largas piernas, dejó atrás al
padre Hauser y al viejo Gaspard Han, para alcanzar el mulo que
llevaba a las dos mujeres.
La más joven lo veía llegar, parecía
llamarlo con ojos tristes. Era una campesinita rubia, cuyas
mejillas lechosas y cuyos cabellos pálidos parecían
descoloridos por las largas estancias entre los hielos.
Cuando hubo alcanzado al animal que
la llevaba, posó la mano en la grupa y aflojó el paso. La
señora Hauser empezó a hablarle, enumerando con infinitos
detalles todas las recomendaciones para la invernada. Era la
primera vez que él se quedaba allá arriba, mientras que el
viejo Han ya había pasado catorce inviernos bajo la nieve en
el albergue de Schwarenbach.
Ulrich Kunsi escuchaba, sin tener
pinta de entender, y miraba sin cesar a la joven. De vez en
cuando respondía:
-Sí, señora Hauser.
Pero su pensamiento parecía lejos y
su rostro tranquilo seguía impasible.
Llegaron al lago de Daube, cuya gran
superficie helada se extendía, muy lisa, al fondo del valle. A
la derecha, el Daubehorn mostraba sus peñascos negros cortados
a pico cerca de las enormes morrenas del glaciar de Loemmern
que dominaba el Wildstrubel.
Cuando se acercaron al puerto de la
Gemmi, donde comienza la bajada hacia Loéche, descubrieron de
repente el inmenso horizonte de los Alpes del Valais, de los
que los separaba el profundo y ancho valle del Ródano.
Había, a lo lejos, cumbres blancas
sin cuento, desiguales, achatadas o picudas y brillantes bajo
el sol: el Mischabel con sus dos cuernos, el poderoso macizo
del Wissehorn, el pesado Brunnegghor, la alta y temible
pirámide del Cervino, asesino de hombres, y la Dent Blanche,
esa monstruosa coqueta.
Después, debajo de ellos, en un
agujero inmenso, al fondo de un abismo espantoso, divisaron
Loéche, cuyas casas parecían granos de arena arrojados a esa
hendidura enorme que limita y cierra la Gemmi, y que se abre,
allá al fondo, sobre el Ródano.
El mulo se detuvo al borde del
sendero que avanza, serpenteando, con incesantes vueltas y
revueltas, fantástico y maravilloso, a lo largo de la montaña
recta, hasta la aldehuela casi invisible, a sus pies. Las
mujeres desmontaron en la nieve.
Los dos viejos se habían reunido con
ellos.
-Vamos -dijo el viejo Hauser-, adiós
y ánimo, amigos míos, hasta el año próximo.
El viejo Han repitió:
-Hasta el año próximo.
Se besaron. Después la señora Hauser,
a su vez, les ofreció las mejillas; y la joven hizo otro
tanto.
Cuando le llegó el turno a Ulrich
Kunsi, murmuró al oído de Louise:
-No se olvide de los de aquí arriba.
Ella respondió un «no» tan bajo que
él lo adivinó sin oírlo.
-Vamos, adiós -repitió Jean Hauser- a
seguir bien.
Y, pasando ante las mujeres, empezó a
bajar. Pronto desaparecieron los tres por el primer recodo del
camino. Y los dos hombres regresaron hacia el albergue de
Schwarenbach.
Marchaban lentamente, uno junto a
otro, sin hablar. Se había acabado, se quedarían solos, frente
a frente, cuatro o cinco meses.
Después Gaspard Han empezó a contar
su vida durante el invierno pasado. Se había quedado con
Michel Canol, demasiado anciano ahora para volver a hacerlo,
pues durante la prolongada soledad puede ocurrir cualquier
accidente. No se habían aburrido, por lo demás; todo estribaba
en resignarse desde el primer día; y se acababa por inventar
distracciones, juegos, muchos pasatiempos.
Ulrich Kunsi lo escuchaba, los ojos
bajos, siguiendo con el pensamiento a los que bajaban hacia el
pueblo por todas las ondulaciones de la Gemmi.
Pronto divisaron el albergue, apenas
visible, tan pequeño, un punto negro al pie de la monstruosa
ola de nieve. Cuando abrieron, Sam, el gran perro rizoso,
empezó a brincar en torno a ellos.
-Vamos, hijo, -dijo el viejo Gaspard-
ya no tenemos mujeres ahora, hay que hacer la cena; monda
patatas.
Y los dos, sentándose en taburetes de
madera, empezaron a preparar la sopa.
La mañana del siguiente día le
pareció larga a Ulrich Kunsi. El viejo Han fumaba y escupía al
lar, mientras que el joven miraba por la ventana la
resplandeciente montaña frontera a la casa.
Salió por la tarde y, repitiendo el
trayecto de la víspera, buscaba en el suelo las huellas de los
cascos del mulo que había llevado a las dos mujeres. Después,
cuando estuvo en el puerto de la Gemmi, se tumbó sobre el
vientre el borde del abismo y miró hacia Loéche.
El pueblo, en su pozo de rocas, aún
no estaba anegado bajo la nieve, aunque ésta llegase muy
cerca, detenida en seco por los bosques de abetos que
protegían sus alrededores. Sus casas bajas parecían, desde
allá arriba, adoquines en un prado.
La hija de los Hauser estaba allí,
ahora, en una de aquellas grises moradas. ¿En cuál? Ulrich
Kunsi se hallaba demasiado lejos para distinguirlas por
separado. ¡Cómo le hubiera gustado bajar, mientras aún estaba
a tiempo!
Pero el sol había desaparecido tras
la gran cima del Wildstrubel, y el joven regresó. El viejo Han
fumaba. Al ver entrar a su compañero, le propuso una partida
de cartas; y se sentaron uno frente a otro a ambos lados de la
mesa.
Jugaron mucho tiempo, a un juego
sencillo que se llama brisca, y después, habiendo cenado, se
acostaron.
Los días siguiente fueron parecidos
al primero, claros y fríos, sin nuevas nieves. El viejo
Gaspard se pasaba las tardes acechando a las águilas y a los
pocos pájaros que se aventuran por aquellas cumbres heladas
mientras que Ulrich volvía regularmente al puerto de la Gemmi
para contemplar el pueblo. Después jugaban a las cartas, a los
dados, al dominó, ganaban y perdían pequeños objetos para dar
interés a las partidas.
Una mañana, Han, que se había
levantado el primero, llamó a su compañero. Una nube movediza,
profunda y ligera, de espuma blanca, se abatía sobre ellos, a
su alrededor, sin ruido, los sepultaba poco a poco bajo un
espeso y sordo colchón de nieve. Duró cuatro días y cuatro
noches. Hubo que despejar la puerta y las ventanas, cavar un
pasillo y tallar peldaños para escalar aquel polvo helado que
doce horas de escarcha habían vuelto más duro que el granito
de las morrenas.
Entonces vivieron como prisioneros,
sin aventurarse ya lejos de su morada. Se habían repartido las
tareas, que realizaban con regularidad. Ulrich Kunsi se
encargaba de fregar, de lavar, de todos los cuidados y tareas
de limpieza. También era el que partía la leña, mientras que
Gaspard Han cocinaba y mantenía el fuego. Sus quehaceres,
regulares y monótonos, eran interrumpidos por largas partidas
de cartas o de dados. Nunca reñían, pues los dos eran
tranquilos y plácidos. Tampoco nunca se mostraban impacientes,
de mal humor, ni se decían palabras agrias, pues habían hecho
provisión de resignación para la invernada en las cumbres.
A veces el viejo Gaspard cogía su escopeta y se marchaba en
busca de gamuzas; mataba alguna de vez en cuando. Entonces era
día de fiesta en el albergue de Schwarenbach, con un gran
banquete de carne fresca.
Una mañana, salió así. El termómetro
de fuera marcaba dieciocho bajo cero. Como el sol aún no había
salido, el cazador esperaba sorprender a los animales en las
proximidades del Wildstrubel.
Ulrich, solo, se quedó hasta las diez
en cama. Era de natural dormilón; pero no se hubiera atrevido
a abandonarse así a su inclinación en presencia del viejo
guía, siempre activo y madrugador.
Almorzó lentamente con Sam, que
también se pasaba los días y las noches durmiendo junto al
fuego; y después se sintió triste, casi asustado por la
soledad, y asaltado por la necesidad de la cotidiana partida
de cartas, como suele ocurrir con el deseo de un hábito
invencible.
Entonces salió para ir al encuentro
de su compañero, que debía regresar a las cuatro. La nieve
había nivelado todo el profundo valle, colmando las grietas,
borrando los dos lagos, acolchando las rocas; formaba sólo,
entre las inmensas cumbres, una inmensa concavidad blanca
regular, cegadora y helada.
Hacía tres semanas que Ulrich no
había vuelto al borde del abismo desde donde miraba el pueblo.
Quiso regresar allá antes de subir las pendientes que
conducían al Wildstrubel. Loéche estaba ahora plantado en la
nieve, y ya no se reconocían casi las casas, sepultadas bajo
aquel manto pálido.
Después, girando a la derecha, llegó
al glaciar de Loemmern. Avanzaba con su paso largo de
montañés, golpeando con su bastón herrado la nieve, dura como
una piedra. Y buscaba con su aguda vista el puntito negro y
móvil, a lo lejos, sobre aquella alfombra desmesurada.
Cuando estuvo a la orilla del glaciar
se detuvo, preguntándose si el viejo habría tomado aquel
camino; después se puso a bordear las morrenas con pasos más
rápidos e inquietos.
La luz disminuía; la nieve se volvía
rosada; un viento seco y helado corría con bruscas ráfagas
sobre su superficie de cristal. Ulrich lanzó una llamada
aguda, vibrante, prolongada. La voz se perdió en el silencio
de muerte en el que dormían las montañas; corrió a lo lejos,
sobre las olas inmóviles y profundas de espuma glacial, como
un grito de pájaro sobre las olas del mar; después se
extinguió sin que nada le respondiese.
Reanudó la marcha. El sol se había
hundido, allá abajo, tras las cimas que los reflejos del cielo
teñían de púrpura aún; pero las profundidades del valle se
estaban poniendo grises. Y el joven tuvo miedo de repente. Le
pareció que el silencio, el frío, la soledad, la muerte
invernal de aquellos montes entraban en él, iban a detener y
helar su sangre, a entumecer sus miembros, a convertirlo en un
ser inmóvil y helado. Y echó a correr, huyendo hacia la casa.
El viejo, pensaba, habría regresado durante su ausencia. Había
tomado otro camino; estaría sentado al amor de la lumbre, con
una gamuza muerta a sus pies.
Pronto divisó el albergue. No salía
ningún humo. Ulrich corrió más de prisa, abrió la puerta. Sam
se abalanzó a hacerle fiestas, pero Gaspard Han no había
regresado. Asustado, Kunsi giró sobre sí mismo, como si
hubiera esperado descubrir a su compañero escondido en un
rincón. Después encendió el fuego y preparó la sopa, esperando
siempre ver aparecer al anciano.
De vez en cuando, salía para ver si
llegaba. Había caído la noche, la macilenta noche de las
montañas, la pálida noche, la lívida noche que iluminaría, al
borde del horizonte, una media luna amarilla y fina a punto de
ocultarse tras las cumbres.
Después el joven volvía a entrar, se
sentaba, se calentaba los pies y las manos imaginando todos
los posibles accidentes. Gaspard había podido romperse una
pierna, caer en un hoyo, dar un paso en falso que le había
torcido el tobillo. Y permanecía tendido en la nieve, presa
del frío, entumecido, angustiado, perdido, quizás pidiendo
auxilio, llamando con toda la fuerza de sus pulmones en el
silencio de la noche. Pero ¿dónde? La montaña era tan vasta,
tan dura, tan peligrosa en las cercanías, sobre todo en esta
estación, que habrían sido precisos diez o veinte guías y
caminar durante ocho días en todas las direcciones para
encontrar a un hombre en aquella inmensidad.
Ulrich Kunsi, sin embargo, se decidió
a salir con Sam si Gaspard Han no había vuelto entre la
medianoche y la una de la madrugada. E hizo sus preparativos.
Metió víveres para dos días en una bolsa, cogió sus garfios de
hierro, se arrolló a la cintura una cuerda larga, delgada y
fuerte, comprobó el estado de su bastón herrado y de la
hachuela que sirve para tallar escalones en el hielo. Después
esperó. El fuego ardía en la chimenea; el gran perro roncaba
bajo la claridad de la llama; el reloj palpitaba como un
corazón con golpes regulares en su caja de madera sonora.
Esperaba, la oreja aguzada a los
ruidos lejanos, estremeciéndose cuando el leve viento rozaba
el tejado y los muros. Sonó la medianoche; él se estremeció.
Después, como se notaba tembloroso y acobardado, puso agua al
fuego, con el fin de tomar un café muy caliente antes de
ponerse en camino. Cuando el reloj dio la una, se levantó,
despertó a Sam, abrió la puerta y echó a andar en dirección al
Wildstrubel. Durante cinco horas trepó, escalando las rocas
con ayuda de los garfios, cortando el hielo, avanzando siempre
y a veces izando, con la cuerda, al perro que se había quedado
al pie de una escarpadura demasiado abrupta. Eran cerca de las
seis cuando llegó a una de las cumbres donde el viejo Gaspard
solía ir en busca de gamuzas. Y esperó a que amaneciera.
El cielo palidecía sobre su cabeza; y
de pronto un extraño resplandor, nacido no se sabe dónde,
iluminó bruscamente el inmenso océano de las pálidas cimas que
se extendían en cien leguas a la redonda. Hubiérase dicho que
aquella vaga claridad brotaba de la propia nieve para
difundirse por el espacio. Poco a poco las más altas cumbres
lejanas se volvieron todas de un rosa tierno como la carne, y
el rojo sol apareció tras los pesados gigantes de los Alpes
berneses.
Ulrich Kunsi reanudó su camino.
Marchaba como un cazador, inclinado, rastreando huellas,
diciéndole al perro: «Busca, pequeño, busca.» Bajaba la
montaña ahora, registrando con la mirada las simas, y a veces,
al llamar, lanzando un grito prolongado, muerto muy pronto en
la inmensidad muda. Entonces pegaba la oreja al suelo, para
escuchar; creía percibir una voz, echaba a correr, llamaba de
nuevo, no oía ya nada y se sentaba, agotado, desesperado.
Hacia mediodía almorzó y le dio la comida a Sam, tan cansado
como él mismo. Después reanudó su búsqueda.
Cuando anocheció, seguía caminando,
habiendo recorrido cincuenta kilómetros de montaña. Como se
hallaba demasiado lejos de la casa para volver a ella, y
demasiado fatigado para arrastrarse más tiempo, cavó un hoyo
en la nieve y se agazapó en él con su perro, bajo una manta
que había llevado. Y se acostaron uno junto al otro, aunque
helados hasta la médula.
Ulrich apenas durmió, la mente
obsesionada por visiones, los miembros sacudidos por
escalofríos. Iba a amanecer cuando se levantó. Tenía las
piernas rígidas como barras de hierro, el alma tan débil que
casi gritaba de angustia, el corazón tan palpitante que casi
se desplomaba de emoción en cuanto creía oír el menor ruido.
Pensó de pronto que también él se iba a morir de frío en
aquella soledad, y el espanto de aquella muerte, fustigando su
energía, despertó su vigor.
Descendía ahora hacia el albergue,
cayendo, levantándose, seguido de lejos por Sam, que cojeaba
de una pata. Llegaron a Schwarenbach sólo hacia las cuatro de
la tarde. La casa estaba vacía. El joven encendió lumbre,
comió y se durmió, tan embrutecido que ya no pensaba en nada.
Durmió mucho tiempo, mucho tiempo, con un sueño invencible.
Pero de pronto una voz, un grito, un nombre, «Ulrich», sacudió
su profundo letargo y lo hizo erguirse. ¿Había soñado? ¿Era
una de esas llamadas extrañas que cruzan por los sueños de las
almas inquietas? No, lo oía aún, aquel grito vibrante, metido
en sus tímpanos y que seguía en su carne hasta la punta de sus
nerviosos dedos. Sí, habían gritado; habían llamado:
«¡Ulrich!» Alguien estaba allí, cerca de la casa. No cabían
dudas. Abrió la puerta y chilló: «¿Eres tú, Gaspard?» con todo
el poder de sus pulmones.
Nada respondió; ni el menor sonido,
ni el menor murmullo, ni el menor gemido, nada. Era de noche.
La nieve estaba descolorida. Se había levantado viento, ese
viento helado que raja las piedras y no deja nada vivo en
aquellas alturas abandonadas. Pasaba con ráfagas bruscas más
agostadoras y mortales que el viento de fuego del desierto.
Ulrich gritó de nuevo: «¡Gaspard! ¡Gaspard! ¡Gaspard!»
Después esperó. ¡Todo seguía mudo en
la montaña! Entonces el espanto lo sacudió hasta los huesos.
De un salto entró en el albergue, cerró la puerta y corrió los
cerrojos; después cayó tiritando en una silla, seguro de que
su camarada acababa de llamarlo en el momento en que entregaba
su espíritu. De esto estaba seguro, como se está seguro de
vivir o de comer pan. El viejo Gaspard Han había agonizado
durante dos días y tres noches en alguna parte, en un hoyo, en
uno de esos hondos barrancos inmaculados cuya blancura es más
siniestra que las tinieblas de los subterráneos. Había
agonizado durante dos días y tres noches, y acababa de morir
ahora mismo pensando en su compañero. Y su alma, apenas libre,
había volado hacia el albergue donde dormía Ulrich, y lo había
llamado con la virtud misteriosa y terrible que tienen las
almas de los muertos para hostigar a los vivos. Había gritado,
esa alma sin voz, dentro del alma abrumada del durmiente;
había gritado su postrer adiós, o su reproche, o su maldición
al hombre que no había buscado lo bastante. Y Ulrich la sentía
allí, muy cerca, detrás del muro, detrás de la puerta que
acababa de cerrar. Merodeaba, como un ave nocturna que roza
con sus plumas una ventana iluminada; y el joven, enloquecido,
estaba a punto de gritar de horror. Quería huir y no se
atrevía a salir; no se atrevía ni se atrevería ya en adelante,
pues el fantasma se quedaría allí, día y noche, alrededor del
albergue, mientras el cuerpo del viejo guía no fuera hallado y
depositado en la tierra bendita de un cementerio.
Llegó el día y Kunsi recobró parte de
su seguridad con el brillante retorno del sol. Preparó su
comida, hizo la del perro, y después se quedó en una silla,
inmóvil, el corazón torturado, pensando en el viejo tendido en
la nieve. Después, en cuanto la noche cubrió la montaña,
nuevos terrores lo asaltaron. Caminaba ahora por la cocina
oscura, apenas iluminada por la llama de una candela, caminaba
de un extremo a otro de la pieza, a grandes pasos, escuchando,
escuchando por si el grito espantoso de la otra noche iba a
cruzar de nuevo el lóbrego silencio del exterior. Se sentía
solo, el desdichado, ¡solo como ningún hombre había estado
jamás! Estaba solo en aquel inmenso desierto de nieve, solo a
dos mil metros sobre la tierra habitada, sobre las casas
humanas, sobre la vida que se agita, bulle y palpita, ¡solo en
el cielo helado! Lo atenazaban unas ganas locas de escapar a
cualquier sitio, de cualquier manera, de bajar a Loéche
arrojándose al abismo; pero ni siquiera se atrevía a abrir la
puerta, seguro de que el otro, el muerto, le cerraría el
camino, para no quedarse también solo allá arriba.
Hacia medianoche, harto de caminar,
abrumado de angustia y de miedo, se amodorró por fin en una
silla, pues temía la cama como se teme un lugar frecuentado
por aparecidos. Y de pronto el grito estridente de la otra
noche le desgarró los oídos, tan agudo que Ulrich extendió el
brazo para rechazar al aparecido, y cayó de espaldas con su
asiento. Sam, despertado por el ruido, empezó a aullar como
aúllan los perros asustados, y daba vueltas alrededor de la
vivienda buscando de dónde venía el peligro. Al llegar junto a
la puerta, olfateó por debajo, resoplando y husmeando con
fuerza, el pelaje erizado, la cola tiesa, gruñendo.
Kunsi, enloquecido, se había
levantado y, sujetando la silla por una pata, gritó:
-No entres, no entres o te mato.
Y el perro, excitado por aquella
amenaza, ladraba con furia contra el invisible enemigo que
desafiaba la voz de su amo. Sam, poco a poco, se calmó y
volvió a tumbarse cerca de la lumbre, pero seguía inquieto, la
cabeza alzada, los ojos brillantes y gruñendo entre los
colmillos. Ulrich, a su vez, recobró los sentidos, pero como
se sentía desfallecer de terror, fue a buscar una botella de
aguardiente a la alacena, y tomó, uno tras otro, varios vasos.
Sus ideas se volvían vagas; su valor se afirmaba; una fiebre
de fuego se deslizaba por sus venas.
Casi no comió al día siguiente,
limitándose a beber alcohol. Y durante varios días seguidos
vivió así, borracho como una cuba. En cuanto volvía el
pensamiento de Gaspard Han, empezaba a beber hasta el instante
en que caía al suelo, abatido por la embriaguez. Y allí se
quedaba, de bruces, borracho perdido, con los miembros rotos,
roncando, la frente en el suelo. Pero apenas había digerido el
líquido enloquecedor y ardiente, el grito, siempre el mismo de
«¡Ulrich!», lo despertaba como una bala que le perforase el
cráneo; y se erguía tambaleándose aún, extendiendo las manos
para no caer, llamando a Sam en su auxilio. Y el perro, que
parecía volverse loco como su amo, se precipitaba a la puerta,
la arañaba con las patas, la roía con sus largos dientes
blancos, mientras el joven, el cuello hacia atrás, la cabeza
alzada, sorbía a grandes tragos, como si fuera agua fresca
tras una carrera, el aguardiente que enseguida adormecería de
nuevo su mente, y su recuerdo, y su pavoroso terror.
En tres semanas se bebió toda su
provisión de alcohol. Pero aquella borrachera continua no
hacía sino adormecer su espanto, que se despertó con mayor
furia cuando fue imposible calmarlo. Entonces la idea fija,
exasperada por un mes de embriaguez, y creciendo sin cesar en
la total soledad, penetraba en él a la manera de una barrena.
Caminaba ahora por su morada como un animal enjaulado, pegando
la oreja a la puerta para escuchar si el otro estaba allí, y
desafiándolo, a través de los muros. Después, cuando se
adormilaba, vencido por la fatiga, oía la voz que le hacía
ponerse en pie de un salto.
Por fin, una noche, semejante a un
cobarde sacado de sus casillas, se precipitó hacia la puerta y
la abrió para ver al que lo llamaba y para obligarlo a
callarse. Recibió en pleno rostro un soplo de aire frío que lo
heló hasta los huesos y volvió a cerrar la hoja y corrió los
cerrojos, sin fijarse en que Sam se había lanzado al exterior.
Después, temblando, arrojó leña al fuego, y se sentó ante él
para calentarse; pero de pronto se estremeció, alguien arañaba
el muro llorando.
Gritó enloquecido: «Vete.» Le
respondió una queja, larga y dolorosa.
Entonces todo lo que le quedaba de
razón fue arrastrado por el terror. Repetía «Vete» girando
sobre sí mismo para encontrar un rincón donde ocultarse. El
otro, sin dejan de llorar, pasaba a lo largo de la casa
frotándose contra el muro. Ulrich se lanzó hacia el aparador
de roble lleno de vajilla y provisiones, y, levantándolo con
una fuerza sobrehumana, lo arrastró hasta la puerta, para
defenderse con una barricada. Después, amontonando unos sobre
otros todo lo que quedaba de muebles, los colchones, los
jergones, las sillas, tapó la ventana como se hace cuando el
enemigo nos sitia.
Pero el de fuera lanzaba ahora
grandes gemidos lúgubres a los que el joven empezó a responder
con gemidos similares. Y transcurrieron días y noches sin que
cesaran de aullar uno y otro. El uno giraba sin cesar en torno
a la casa y clavaba sus uñas en las paredes con tanta fuerza
que parecía querer derribarlas; el otro, dentro, seguía todos
sus movimientos, encorvado, la oreja pegada a la piedra, y
respondía a todas sus llamadas con espantosos gritos.
Una noche, Ulrich no oyó ya nada; y
se sentó tan destrozado por el cansancio que se durmió al
punto. Se despertó sin un recuerdo, sin una idea, como si toda
la cabeza se le hubiera vaciado durante aquel sueño agotador.
Tenía hambre, comió. El invierno había acabado. El paso de la
Gemmi volvía a ser practicable; y la familia Hauser se puso en
camino para regresar a su albergue.
En cuanto llegaron a lo alto de la
cuesta las mujeres se encaramaron al mulo, y hablaron de los
dos hombres a quienes iban a ver enseguida. Les extrañaba que
uno de ellos no hubiera bajado unos días antes, en cuando el
camino se había vuelto transitable, para dar noticias de la
larga invernada.
Por fin divisaron el albergue,
todavía cubierto y acolchado de nieve. La puerta y la ventana
estaban cerradas; un poco de humo salía por el tejado, lo cual
tranquilizó al viejo Hauser. Pero al acercarse vio, sobre el
umbral, un esqueleto de animal descuartizado por las águilas,
un gran esqueleto tendido sobre un costado.
Todos lo examinaron: «Debe ser Sam»,
dijo la madre. Y llamó: «¡Eh, Gaspard!» Un grito respondió en
el interior, un grito agudo, que se hubiera dicho lanzado por
un animal. El viejo Hauser repitió: «¡Eh, Gaspard! »Otro grito
semejante al primero se dejó oír.
Entonces los tres hombres, el padre y
los dos hijos, trataron de abrir la puerta. Resistió. Cogieron
en el establo vacío una larga viga para usarla como ariete, y
la lanzaron con todo su peso. La madera crujió, cedió, las
tablas volaron en pedazos; después un gran ruido estremeció la
casa y vieron, dentro, detrás del aparador derribado, a un
hombre de pie, con el pelo que le caía por los hombros, una
barba que le caía sobre el pecho, ojos brillantes y jirones de
tela sobre el cuerpo.
No lo reconocían, pero Louise Hauser
exclamó: «¡Es Ulrich, mamá! » Y la madre comprobó que era
Ulrich, aun cuando su cabello era blanco. Los dejó acercarse;
se dejó tocar; pero no respondió a las preguntas que le
hicieron; y hubo que llevarlo a Loéche, donde los médicos
comprobaron que estaba loco.
Y nadie supo jamás qué había sido de
su compañero. La joven Hauser estuvo a punto de morir, aquel
verano, de una enfermedad de postración que se atribuyó al
frío de la montaña.
FIN
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