Con frecuencia he lanzado una llamada de auxilio a mis amigos desconocidos para
que me ayudaran a socorrer las penurias humanas, y siempre han escuchado mi voz.
Hoy se trata de socorrer árboles, nuestros viejos robles de Francia que la
barbarie industrial se empeña en destruir por todas partes, y vengo a implorar:
«¿Quién quiere salvar de la muerte a un bosque, con un castillo feudal en el
centro, un bosque cuya edad ya no conoce nadie?»
Viví en este bosque doce años de mi infancia y primera juventud; todos sus
peñascos me conocían, y todos sus robles centenarios, y todos sus musgos. El
terreno pertenecía por entonces a un anciano que no venía jamás, que vivía
enclaustrado en otro lugar, y que en aquellos tiempos yo me representaba como
una especie de invisible personaje de leyenda. El castillo estaba confiado a un
administrador, rústico solitario y algo huraño, que no le abría la puerta a
nadie; no se visitaba, no entraba nadie en él; yo ignoraba lo que podían ocultar
las altas fachadas sin ventanas y me limitaba a mirar de lejos sus grandes
torreones; mis paseos infantiles por el bosque se detenían al pie de las
terrazas musgosas, envueltas en la oscuridad verdosa de los árboles.
Después, me marché a recorrer la Tierra, pero el castillo cerrado y sus
profundos robledales obsesionaron siempre mi imaginación; en medio de mis largos
viajes, regresaba como un peregrino piadosamente conducido por el recuerdo,
diciéndome cada vez que nada de los países lejanos era más sosegante ni más
hermoso que aquel rincón ignorado de nuestra Saintonge. El lugar, por otra
parte, permanecía inmudable: en los mismos recodos de los bosques, entre las
mismas rocas, yo encontraba las mismas gramíneas finas, las mismas florecillas
exquisitas y escasas; en los claros, sobre las alfombras de líquenes jamás
holladas veía, por aquí y por allá como antes, las pequeñas plumas azules
semejantes a turquesas, caídas del ala de los gálgulos; en los foscarrales, los
zorros al pillaje lanzaban sus mismos aullidos nocturnos. No cambiaba nada; sólo
los musgos espesaban su terciopelo sobre los peldaños de las escalinatas, los
culantrillos delicados invadían lentamente las terrazas y, en los pantanos de
abajo, los helechos acuáticos alcanzaban tamaño gigante.
Y resulta que esta situación de abandono, inverosímil en nuestra época
utilitaria, se había prolongado por más de medio siglo y se decía que el sueño
de aquel castillo tal vez durara mucho más aún, como le ocurrió al de la Bella
Durmiente. Pero he aquí que el anciano invisible acaba de fallecer harto de
días; sus herederos van a vender la propiedad encantada y los explotadores de la
madera están dispuestos a comprarla para derribar los árboles: ¡imagínense,
obtendrían madera por valor de doscientos mil francos realizables de inmediato,
y además el terreno!
¡Con cuánta melancolía regresé allí hace unos días, una tarde de finales de
verano, para hacer una peregrinación que bien podría ser la última! Uno de los
nuevos herederos -hasta entonces desconocido para mí- avisado de mi visita,
había tenido la amabilidad de precederme para poder recibirme. Pero yo quería
primero estar a solas y, dejando mi automóvil a una media legua del castillo,
como conocedor de aquellos bosques, me deslicé por estrechos senderos hasta el
barranco en el que, en tiempos de mi infancia yo había tenido mis visiones más
apasionadas de naturaleza y exotismo.
Es sin duda un lugar único en nuestro clima. El pequeño riachuelo sin nombre que
atraviesa todo el bosque por un valle en pendiente, que se entretiene allí
rodeado de rocas, oculto bajo un montón de vegetación silvestre, se expande en
medio de las turbas y de los herbazales para formar algo similar a un pantano
tropical. Antes de que yo hubiera contemplado las verdaderas flores exóticas,
aquel barranco se las revelaba ya a mi imaginación de niño. Los árboles que
forman aquí una oscuridad verdosa son singularmente altos, esbeltos, agrupados
por manojos que se inclinan como los bambúes. Al abrigo de esas bóvedas de ramas
y de esa especie de acantilado que protege como un muro del viento invernal,
toda una reserva de naturaleza virgen permanece acurrucada en una humedad y una
tibieza casi subterráneas; los juncos brotan de cepas tan viejas y tan altas que
se les diría subidos sobre un tronco como las dracenas; lo mismo cabría decir
del mayor de nuestros helechos, la osmunda, que ahí parece casi arborescente. Es
también la región de los musgos prodigiosos que parecen plumas rizadas sobre
todas las piedras del suelo, y de otras mil plantas desconocidas en otros
lugares, de una fragilidad y desconfianza extremas, que no se arriesgan a brotar
sino sobre terrenos tranquilos desde siempre.
Habría que preservar celosamente estos edenes sin duda milenarios que ninguna
voluntad, ninguna fortuna serían capaces de recrear. En la penumbra del
sotobosque, tomo el sendero, más bien la incierta senda, que pasa justo al pie
del acantilado de cerco. Las rocas sobresalen, rocas de un gris algo rosado,
hasta tal punto frotadas por los siglos que ya no tienen sino superficies
redondeadas. He aquí en primer lugar en esta muralla una extraña y adorable
hornacina, completamente festoneada de estalactitas y cairelada de culantrillo,
de la que brota una fuente. Un poco más lejos, las rocas lisas, que parecen
plisarse como colgaduras que se levantan, descubren poco a poco profundas
entradas oscuras que son las grutas prehistóricas abiertas a lo largo de este
sombrío lapachar; nada ha debido cambiar en los alrededores desde los tiempos en
los que sus huéspedes primitivos afilaban allí sus cuchillos de sílex. Muchas de
esas grutas se comunican y muestran atrios de medio punto, o dentados y de
diseño ojival. Finalmente, llego a la más grande, cuya sala de entrada tiene
como una cúpula de iglesia; la media luz verdosa de la frondosidad no penetra
hasta muy lejos y, al fondo, entre los pilares compactos que le han construido
las estalactitas, se ven pasillos que van a perderse en la más completa
oscuridad. Antaño, me gustaba aventurarme por ellos con una lámpara y un hilo
conductor, y recuerdo que una vez, hacia mis quince años, había estado a punto
de perderme en el dédalo de aquellas galerías tapizadas por densas coladas de
nieve o de leche, que poseían todas la misma blancura de sudario.
El sendero, siempre cubierto y semioscuro pero cada vez más fácil, remonta
finalmente hasta el nivel de la llanura entre bosques densos donde la flora es
totalmente diferente sobre un terreno seco alfombrado de musgos diversos.
Ahora, una amplia avenida recta en dirección al norte va a conducirme al
castillo. Pasa por en medio de los bosques; en primavera las pervincas le forman
alfombras completamente azules y los robles la recubren dándole el aspecto de
una interminable nave; en cualquier otro lugar se contentarían con estos robles,
pero son árboles de unos sesenta años, es decir, arbolillos si se les compara
con los que me esperan más lejos.
Al extremo de la avenida, la oscuridad verde se hace más densa de repente; aquí
los grandes robles tienen siglos, los musgos y los helechos se han instalado
sobre sus vigorosas ramas. Y, por fin, empieza a surgir la morada de la Bella
Durmiente. Siempre en la misma penumbra, primero se ve la vieja verja de hierro
forjado y la musgosa escalinata de una inmensa y real terraza de balaústres y
luego, más allá, aún lejos, en una perspectiva entre las ramas, una fachada y
unas torres doradas por el sol otoñal. Dos edificios Luis XIII, cerrados desde
hace cien años, emergen en los ángulos de aquella terraza desierta que domina
desde una altura de treinta o cuarenta pies el río encajonado, el mundo
estremecido de los álamos y de las coscojas, la brega de herbajes, de juncos, de
helechos de agua y de nenúfares, es decir, toda la inextricable jungla de
abajo...
Uno de los nuevos propietarios, que me esperaba, vino a mi encuentro. Va a
permitirme el acceso al castillo junto al que he vivido tanto tiempo sin poder
entrar en él. Veo un primer portal en piedra rojiza donde bajorrelieves de hace
cuatro siglos representan leones dormidos. Luego un torreón avanzado de
vigilancia, un antiguo puente levadizo, un patio de honor. Las torres del
castillo están en estos momentos por encima de nuestras cabezas, con sus almenas
de la Edad Media feudal y sus tejados de pizarra añadidos durante el
Renacimiento.
La puerta se abre y entramos. Aunque las murallas exteriores no tuvieran
grietas, yo preveía un deterioro propio de un edificio abandonado. Pero no, nada
se ha deteriorado. Las paredes, es cierto, están enjalbegadas con una modesta
cal rústica, pero todos los techos han conservado sus enormes vigas,
pintarrajeadas durante el Renacimiento y bastaría un lavado para hacer resucitar
en ellas por completo los dibujos originales y el colorido. Aquí y allá, muebles
algo ajados, sedas apagadas, de estilo Luis XV, Luis XVI o del Directorio...
Realmente, un adquisidor suficientemente refinado como para apreciar este tipo
de sencillez señorial que fue la de nuestros castillos provinciales a finales
del siglo XVIII, no tendría más que tomar posesión e instalarse.
Una sala, no obstante, desentona por su lujo más recargado. Los artistas del
Renacimiento italiano, mandados llamar por los señores de entonces, habían
prodigado en ella las pinturas y las cinceladuras; en los muros y en el techo,
marcos esculpidos en madera, de gran finura, rodean curiosos cuadros de una
época imprecisa y transitoria, en los que determinados rostros tienen la
ingenuidad de los primitivos, mientras que los claroscuros y los detalles de los
músculos hacen pensar en una influencia de Miguel Ángel.
Pero lo que no tiene precio, lo que no tiene igual en ningún sitio, es la vista
que se tiene desde las ventanas de arriba y de las habitaciones de los
torreones: más allá de las grandes terrazas superpuestas y de los viejos
jardines a la francesa, por todas partes, no importa donde se mire, una
lontananza que hace olvidar el siglo actual, una lontananza que no indica
ninguna época de la historia; o si se quiere, es la Edad Media, o incluso la
época de los galos; no hay nada más que un apacible despliegue de ramas, la paz
infinita de las cosas que el hombre no ha trastocado aún. Se respira el eterno
aroma de los árboles, de los musgos y de la tierra. Hacia el sur, están bosques
por los que he venido y que caen hacia el barranco de las grutas. Por todo el
oeste, por encima del río y de una línea rocosa, hay otros bosques muy
intrincados donde conozco enterramientos galorromanos y que, fuera del campo de
visión, encierran un extraño y pequeño desierto de grava. Finalmente, hacia el
norte, hay un encrespamiento de cumbres más altas y más sombrías, de un verde
intenso donde el otoño no pone jamás sus tonos de herrumbre: es el bosque de
carrasca que visitaremos dentro de poco.
Y, adivinando por las maneras de mi anfitrión, por su espíritu distinguido, que
sabrá comprenderme, le hago ver qué tipo de crimen cometerían al entregar
aquella propiedad a los bárbaros. Efectivamente, él era de mi misma opinión,
pero por cuestiones de partición (son numerosos herederos todos dispersos y
establecidos en otros lugares) había que vender y los explotadores de árboles
renovaban sus ofertas apremiantes.
-¡Cómprelo usted! -me dijo.
Evidentemente, la respuesta era previsible. Sería una fantasía poco razonable, y
además para no volver jamás allí porque yo también he establecido ya mi vida en
otro lugar...
Al atardecer fuimos a terminar la peregrinación al bosque de color oscuro que,
por el lado norte, comienza de inmediato, tan pronto como acaban las terrazas y
los viejos balaústres.
He dicho que el barranco de las grutas es un lugar único; lo mismo podría
decirse respecto a este bosque; recorriendo el mundo, no he encontrado nada que
se le asemeje si no es quizá algún rincón perdido de Grecia. La carrasca, que en
Francia no existe en estado de árbol sino en nuestras regiones del suroeste
atemperadas por la brisa marina, luce hojas de un tono oscuro, algo grisáceas
por debajo como las del olivo y, en invierno, cuando todo se desnuda a su
alrededor, ella permanece en plena gloria. Es un árbol de vida muy lenta que
necesita períodos infinitos para alcanzar su pleno desarrollo. Cuando ha podido
desarrollarse en una tranquilidad inviolable, como aquí, su tronco múltiple se
reúne en forma de haz, de manojo gigantesco; entonces, con su ramaje tupido de
arriba abajo que llega hasta el suelo, con su hermosa forma redondeada, llega
casi a la majestad del baniano de la India. Y resulta que este trozo de bosque
no ha sido tocado a lo largo de los tiempos, se ha formado como ha querido, los
árboles no están apretados unos junto a otros, sino explayados con tranquilidad,
dejando entre ellos intervalos como en una especie de misterioso jardín. El
suelo es aquí de una rara calidad: una meseta sobre la que los siglos sólo han
depositado una leve capa de humus, que no es adecuada sino para pacientes
esencias de árboles, así como para exquisitas pequeñas gramíneas, para musgos y
líquenes. Por zonas, son los líquenes los que dominan; entonces, los céspedes
adoptan tonos de un gris muy suave, el mismo gris que se ve aquí sobre todas las
ramas y el envés de toda la frondosidad, y es un poco como si la ceniza de los
años hubiera polvoreado el bosque. Antaño habían trazado a través de los
robledales dos o tres anchas avenidas; antaño, ya no se sabe cuándo; subsisten
sin que haya necesidad de mantenerlas, pues este terreno no conoce ni el barro,
ni las aulagas, ni las zarzas; esas avenidas son adorables, sobre todo en
diciembre, porque las grandes carrascas y las phyllireas, que a veces forman
viales a sus pies, no pierden nunca la hoja; se puede caminar más de media legua
sin ver nada más que esos árboles magníficamente similares, y cuando al fin se
llega al borde de la muralla rocosa que circunda la meseta y sus arboledas para
descender a la zona más baja de juncos y agua corriente, el horizonte que se
descubre es, de nuevo, un horizonte sin edad.
Y el encanto tan singularmente soberano de este bosque es el espacio, los
grandes pasajes libres por todas partes. Entre las espesuras majestuosas de los
follajes verde bronce atenuados por las grisallas, se circula cómodamente sobre
alfombras muy finas, y ello da una impresión de bosque sagrado, de parque
elíseo. Estancia para la calma apenas nostálgica o incluso para el definitivo
olvido, en la envoltura de los viejos árboles y de los viejos tiempos...
Cuando regresábamos sobre los terciopelos delicadamente matizados de los musgos
verdes o grises, y cuando las torres del castillo, enrojecidas por el ocaso,
empezaban a reaparecer entre los enormes robles tranquilos, mi anfitrión me dijo
de repente:
-¡No! ¡es demasiado hermoso y seríamos demasiado culpables! Escuche, vamos a
tratar de retrasar la venta si usted quiere ayudarnos a encontrar un comprador
que no destruya todo esto...
He ahí pues por qué dirijo esta llamada a todos, y verdaderamente soy consciente
de cumplir un deber para con mi provincia de Saintonge, incluso para con mi
país. Habrá imbéciles, lo sé, que digan que hago una petición interesada, pero
me va a dar igual, porque ellos serán los únicos que se lo crean.
En nuestra época, que es la de la fealdad invasora, la rabia desvergonzada de
talar por todas partes llega a su paroxismo y, cuando nuestros descendientes
comprendan al fin la dimensión de nuestra estupidez salvaje, será demasiado
tarde, porque se necesitan siglos y siglos para volver a tener verdaderos
bosques. En los Pirineos había uno, el de Iraty, que era inmenso y en el que el
hacha no había penetrado jamás, y resulta que, muy pronto, quedará arrasado
hasta el suelo por los fabricantes de no sé que clase de cartón. Todos los del
este han sido vendidos a judíos alemanes, y el de Amboise está condenado a
muerte. El Instituto de Francia que, supuestamente, debería ser el guardián de
toda belleza, da ejemplo de todo lo contrario. Cerca de Hendaye donde tengo mi
refugio, dos ancianos que yo respetaba mucho, habían donado en 1902 a la
Academia de las Ciencias su castillo y sus bosques que se extendían hasta el
borde de los acantilados marinos; avisado por el rumor público, muy acusador,
fui ayer para comprobar su estado: desgraciadamente, ya no he hallado rastro de
las avenidas por las que antes me paseaba con mis venerables amigos; los robles
han sido cortados y en algunos lugares incluso se han arrancado los tocones.
Así, una compañía de hombres distinguidos o ilustres que, por separado, lo
desaprobarían todos, han cerrado los ojos ante este acto de vandalismo.
Sin embargo, en nuestro país no todos los ricos son vulgares hombres de negocios
que lo derriban todo para alimentar las serrerías mecánicas o las fábricas de
papel. A mi llamada tal vez surja un comprador de élite, digno de habitar en el
castillo encantado y capaz de respetar en sus alrededores la vida de los grandes
robles seculares. ¡Pero que se dé prisa, porque la amenaza es apremiante! Por
discreción hacia él, me comprometería a renunciar a la peregrinación que hacía
todos los años por determinados senderos, contento con la certeza de que el
querido bosque en el que se quedaron todos mis sueños de niño, proseguirá el
curso indefinido de su vida, incluso después de que yo haya dejado de existir.
Post-scriptum. Es necesario, no obstante, que me resigne a hacer una especie de
anuncio más preciso porque me doy cuenta de que tal vez no sepan de qué estoy
hablando. Se trata del castillo y del bosque de La Roche-Courbon, situado en
Saintonge, a veintidós kilómetros de Rochefort, a unos treinta y cinco de Royan
y a once de la estación más próxima.
FIN |
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