Cuando la reina Imogine supo que la princesa Neigefleur no estaba muerta,
que el lazo de seda que ella misma le había anudado alrededor del cuello no la
había estrangulado sino a medias y que los gnomos del bosque habían recogido
aquel dulce cuerpo letárgico en un ataúd de cristal y, lo que es peor, que lo
guardaban invisible en una gruta mágica, entró en estado de cólera: se irguió
tensa en la silla de cedro en la que soñaba, sentada en la habitación más alta
de la torre, desgarró en toda su longitud la pesada dalmática de brocado
amarillo enriquecido con lirios y follajes de perlas, rompió contra el suelo el
espejo de acero que acababa de comunicarle la odiosa noticia y, agarrando de
mala manera por una pata trasera al sapo encantado que le servía para sus
maleficios, lo lanzó con toda su fuerza al fuego de la chimenea donde hizo
frisst, grisst, prisst y se evaporó como una hoja seca.
Tras lo cual, algo calmada, abrió las hojas del alto ventanal cuyos enrejados de
plomo contenían enanos tocando la trompa, y se asomó para ver la campiña. Estaba
completamente cubierta de nieve y, en el aire frío de la noche, los lentos copos
diseminados como guata, cubrían todo el horizonte con un extraño armiño cuyas
manchas invertidas habrían sido blancas sobre un fondo negro. Un gran resplandor
rojizo coloreaba la nieve al pie de la torre; la reina sabía que era el fuego de
las cocinas, de las cocinas regias donde los cocineros preparaban el festín para
la noche, pues todo transcurría el domingo mismo de la Epifanía y había una gran
fiesta en el castillo; y la malvada reina Imogine no pudo reprimir una sonrisa
en la negrura de su alma, pues sabía que, en esos momentos, se estaba asando
para la mesa del rey un maravilloso pavo en el que ella había reemplazado
traidoramente el hígado por un revoltillo de huevos de lagarto y de beleño,
horrible fármaco que debía acabar de enajenar la mente del viejo monarca y
alejar para siempre de aquella flaqueante memoria el dulce recuerdo de la
princesa Neigefleur.
Aquella delicada y melosa pequeña máscara de Neigefleur, ¿por qué se atrevía con
sus grandes ojos azules de porcelana y su insípida cara de muñeca a sobrepasarla
en belleza, a ella, a la maravillosa Imogine de las islas de Oro? Había tenido
que venir a aquel maldito y pequeño reino de Aquitania para escuchar decirle a
voz en grito, y a cada hora del día, al viento en los setos, a las rosas en los
arriates y hasta a su espejo, un espejo auténtico animado por las hadas: «¡Tu
belleza es divina y encanta a los pájaros y a los hombres, gran reina Imogine,
pero la princesa Neigefleur es más bella que tú!» ¡La muy pestilente!
A partir de entonces ya no tuvo tregua ni descanso; no había habido ruindades de
las que, como verdadera madrastra, no hubiera acusado a la pequeña princesa para
perderla a los ojos del rey. Pero el viejo imbécil, cegado de ternura, sólo la
escuchaba a medias, por muy enamorado que estuviera de pasión sensual por la
belleza de la reina maga. Ni siquiera los venenos tenían poder sobre el frágil
cuerpecillo de la niña: su inocencia o las hadas la protegían. Aún recordaba con
rabia el día en que, no pudiendo más, había mandado a sus doncellas desvestir a
la asustada princesa y azotar sus temblorosos hombros hasta hacerla sangrar;
quería ver por fin herida y dañada por los azotes aquella deslumbrante desnudez,
pero los azotes, en manos de las arpías, se habían convertido en plumas de pavo
real que no habían hecho sino rozar y acariciar la piel de la virgen estremecida.
Fue entonces cuando, exasperada de despecho, había decidido su muerte. La había
estrangulado con sus manos regias y ordenado que la transportaran durante la
noche al confín del parque, dispuesta a acusar del asesinato a cualquier grupo
de gitanos. Pero, ¡oh, felicidad inesperada! Ni siquiera había tenido que
contarle esta mentira al rey, porque los lobos se habían encargado del asunto;
la princesa Neigefleur había desaparecido y la orgullosa madrastra triunfaba,
cuando he aquí que su espejo mágico la contrariaba al ser interrogado. Es verdad
que se había vengado de él rompiéndolo en aquel mismo instante, pero le habían
ganado la batalla puesto que su rival vivía dormida bajo la protección tutelar
de los enanos.
Y, muy perpleja, iba a sacar del fondo de un armario una cabeza disecada de un
ahorcado que consultaba en ocasiones especiales y, tras haberla depositado sobre
un gran libro abierto en medio de un pupitre, encendía tres velas de cera verde
y se sumía en siniestros pensamientos.
Ahora iba caminando muy lejos, muy lejos, muy lejos del palacio adormecido, en
el gran silencio del bosque helado, por el bosque semejante a una inmensa
madrépora; había echado por encima de su traje de seda blanca una capa de lana
oscura que le hacía parecerse a un viejo brujo y con su orgulloso perfil oculto
bajo la oscura capucha, se apresuraba entre los pies de los enormes robles cuyos
troncos, blancos de nieve, parecían a su vez grandes penitentes. Había algunos
que, con sus grandes ramas dirigidas hacia lo alto en la oscuridad, parecían
maldecirla con toda la fuerza de sus largos brazos descarnados; otros,
aplastados en extrañas actitudes, parecían arrodillados a orillas del camino;
habríase dicho que se trataba de monjes orando bajo cogullas de escarcha, y
todos desfilaban extrañamente, con las manos juntas y tensas por encima de la
nieve, donde los pasos amortiguados no despertaban ningún ruido: el ambiente era
casi agradable en el bosque porque la helada lo había aletargado, y la reina,
concentrada en su proyecto, precipitaba su carrera silenciosa, con los laterales
de su capa herméticamente recogidos sobre no se sabe qué objeto, que se removía
y lloraba levemente. Era un niño de seis meses que había robado al pasar en la
habitación de una mujer del servicio y que llevaba esta apacible y dulce noche
de invierno para degollarlo al sonar las doce de la noche, como está mandado, en
un cruce de caminos. Los elfos, enemigos de los gnomos, acudirían todos a
beberse la sangre tibia y ella los encantaría con su flauta de cristal, la
flauta de tres agujeros que logra todos los mágicos encantamientos. Una vez
encantados, los obedientes elfos la conducirían por entre el dédalo del aterido
bosque hasta la gruta de los enanos. La entrada estaba abierta y visible durante
toda esta bendita noche de la Epifanía, lo mismo que durante la noche de Navidad.
Esas dos noches, todo encantamiento queda en suspenso por la todopoderosa gracia
del Nuestro Señor; y toda caverna o escondite subterráneo de gnomos, guardianes
de tesoros escondidos, se mantiene accesible al paso de los humanos. Entraría en
el antro dispersando con su esmeralda el ejército azorado de los kobolds, se
acercaría al ataúd de cristal, forzaría la cerradura, rompería las paredes si
fuera necesario y heriría en el corazón a su rival dormida; esta vez no se le
escaparía.
Y cuando se apresuraba, rumiando su venganza, bajo los finos corales blancos y
las arborescencias del bosque helado, de repente, se escucharon salmos y voces,
una vibración de cristal corrió a través de las ramas entumecidas, todo el
bosque vibró como un arpa y la reina, inmovilizada de estupor, vio avanzar un
singular cortejo: bajo aquel cielo nubloso de invierno, en el brillante decorado
de un claro de nieve, pasaban dromedarios y caballos de raza finos, luego
palanquines de seda abigarrada y brillante, estandartes coronados por la media
luna, bolas de oro ensartadas en las largas hojas de las lanzas, literas y
turbantes. Negritos completamente diabólicos con su blusa de seda verde pisaban
asustados la nieve; aros decorados de pedrería sonaban en sus tobillos y, de no
se por el esmalte resplandeciente de su sonrisa, se les habría tomado por
pequeñas estatuas de mármol negro. Se apresuraban tras los pasos de majestuosos
patriarcas cubiertos de suaves tejidos rayados en oro; la gravedad de su altivo
perfil se prolongaba en la sedosa espuma de largas barbas blancas, e inmensas
capas, del mismo blanco plateado que sus barbas, se abrían sobre pesadas túnicas
de un azul de noche o de un rosa de aurora, completamente decoradas de pedrerías
y arabescos de oro; y los palanquines en los que difusas mujeres veladas se
entreveían como en un sueño, oscilaban a lomos de los dromedarios, y la luna que
acababa de aparecer, espejeaba en el reverso de seda de los estandartes. Aromas
penetrantes de cinamomo, de benjuí y de nardo se exhalaban en tenues remolinos
azulados; copones, completamente esconzados de esmaltes brillaban entre las
manos de un negro de ébano a guisa de pebeteros y, bajo la luna ascendente,
surgían los salmos, menos cantados que susurrados en dulce lengua oriental, como
enrollados en la gasa de los velos y la humareda de los incensarios.
La reina, oculta tras el tronco de un árbol, había reconocido a los Reyes Magos,
el rey negro Gaspar, el joven jeque Melchor y el viejo Baltasar; iban, como hace
dos mil años, a rendirle su homenaje al Divino Niño.
Ya habían pasado. Y, lívida bajo su capa de pastor, la reina recordaba demasiado
tarde que la noche de la Epifanía, la presencia de los Magos camino de Belén
rompe el poder de los maleficios y que ningún sortilegio es posible en el aire
nocturno impregnado aún de la mirra de sus incensarios.
Por lo tanto había realizado su viaje en vano. Eran inútiles las leguas
recorridas por el bosque fantasma y tenía que repetir su peligroso recorrido en
medio del frío y de la nieve. Quiso dar un paso y volverse, pero el niño que
llevaba oculto bajo la capa pesaba exageradamente en su brazo; había adquirido
una pesadez de plomo y la mantenía clavada allí, inmóvil en la nieve; una nieve
extrañamente amontonada a su alrededor y en la que sus pies entumecidos no
podían moverse. Un horrible encantamiento la tenía prisionera en el bosque
espectral: si no lograba romper el círculo, su muerte era segura. Pero, ¿quién
acudiría a socorrerla? Todos los malos espíritus permanecen prudentemente
agazapados en sus guaridas durante la luminosa noche de la Epifanía; sólo los
buenos espíritus, amigos de los humildes y de los que sufren, se arriesgan a
merodear por él; y a la insidiosa reina Imogine se le ocurrió la idea de llamar
a los gnomos para que le ayudaran, los buenos y pequeños señores, completamente
vestidos de verde y encapirotados de prímulas, que habían recogido a Neigefleur;
y, sabiendo que éstos son unos enamorados de la música, tuvo fuerzas para sacar
su flauta de cristal de debajo de su capa y llevársela a los labios.
Desfallecía bajo el peso del niño convertido en algo semejante a un bloque de
hielo; sus pies crispados en la nieve se ponían morados, luego negros, pero sus
labios violetas encontraban aún sonidos melancólicos y suaves, de una tristeza
desgarradora y de una tierna voluptuosidad, dolorosos y cautivadores adioses de
un alma en agonía; resignada, intentaba aún con una vaga esperanza, una llamada
inútil.
Y, mientras que toda la mentira de su vida se enternecía en sus labios, sus ojos
escudriñaban ávidamente el claroscuro del calvero, la sombra de los árboles, los
surcos tortuosos de las raíces y hasta los tocones abandonados por los leñadores:
equívocos perfiles vegetales en los que antes se manifiestan los gnomos.
De repente, la reina se estremeció. Desde todos los puntos del calvero, una
multitud de ojos la miraban: era como un círculo de estrellas amarillas cerrado
sobre sí misma. Había entre los árboles, en las raíces de los robles, a lo lejos,
muy cerca, y cada par de ojos fulguraba fosforescente en la oscuridad. Eran los
gnomos... ¡por fin! Y la reina ahogaba un grito de alegría que casi
inmediatamente después se congelaba de terror: acababa de ver dos orejas
puntiagudas por encima de cada par de ojos; por debajo de cada par de ojos un
hocillo velludo y un sofaldo de bezo de dientes blancos. Su flauta mágica no
había atraído sino a los lobos...
Al día siguiente encontraron su cuerpo despedazado por las fieras. Así murió
durante una noche clara de invierno la malvada reina Imogine.
FIN |
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Sensations et souvenirs,
1895 |
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