Desde que había empezado a anochecer, sólo tenía un pensamiento. Sabía que,
antes de llegar a Bingen, un poco antes de la confluencia con el Nahe,
encontraría un extraño edificio, una lúgubre morada ruinosa, de pie entre los
juncos, en medio del río y entre dos altas montañas. Aquella morada ruinosa era
la Maüsethurm.
Cuando era niño, por encima de mi cama tenía un pequeño cuadro rodeado de un
marco negro que no sé qué criada alemana había colgado en la pared. Representaba
una vieja torre aislada, enmohecida, destartalada, rodeada de aguas profundas y
oscuras que la cubrían de vapores, y de montañas que la cubrían de sombras. El
cielo por encima de aquella torre era sombrío y cubierto de nubes horrendas.
Por la noche, después de haber rezado a Dios y antes de dormirme, miraba siempre
aquel cuadro. Lo volvía a ver en mis sueños y me parecía terrible. La torre
aumentaba, el agua hervía, un relámpago caía de las nubes, el viento soplaba en
las montañas y, por momentos, parecía lanzar clamores.
Un día le pregunté a la criada cómo se llamaba aquella torre. Santiguándose, me
respondió que se llamaba la Maüsethurm. Y luego me contó una historia. Que en
otros tiempos, en Maguncia, en su país, había habido un malvado arzobispo
llamado Hatto, que era también abad de Fuld, sacerdote avaro, según ella, que «abría
la mano más para bendecir que para dar». Que un mal año compró todo el trigo de
las cosechas para revendérselo muy caro al pueblo, pues aquel cura quería ser
muy rico. La hambruna fue tal que los campesinos morían de hambre en los pueblos
del Rin. Que entonces el pueblo se reunió alrededor del burgo de Maguncia,
llorando y solicitando pan. Que el arzobispo se lo negó.
En este punto, la historia se hacía terrible. El pueblo hambriento no se
dispersaba y seguía rodeando el palacio del arzobispo, gimiendo. Hatto, enojado,
hizo rodear aquellas pobres gentes por sus arqueros que detuvieron a hombres y
mujeres, ancianos y niños, y los encerraron en un troje al que prendieron fuego.
Fue, añadía la vieja criada, «un espectáculo ante el que hasta las piedras
habrían llorado» pero Hatto no hizo sino reír; y cuando aquellos desgraciados,
expirando entre las llamas, lanzaban gritos lamentables, éste dijo: «¿Estáis
oyendo a las ratas silbar?»
Al día siguiente, del troje fatal sólo quedaban cenizas; no había nadie en
Maguncia; la ciudad parecía muerta y desierta cuando, de repente, una multitud
de ratas, que pululaban en el troje quemado como los gusanos en las úlceras de
Asuero, salían de debajo de la tierra, surgían de entre las losas, salían por
las grietas de los muros, renacían bajo el pie que las aplastaba, se
multiplicaban bajo las piedras y bajo las mazas, e inundaron las calles, la
ciudadela, el palacio, los sótanos, las salas y las alcobas. Era un azote, una
plaga, un repugnante hormigueo.
Fuera de sí, Hatto abandonó Maguncia y huyó hacia la llanura pero las ratas lo
siguieron; corrió a refugiarse en Bingen que tenía altas murallas, pero las
ratas pasaron por encima de las murallas y entraron en Bingen. Entonces el
arzobispo mandó construir una torre en medio del Rin y se refugió en ella con la
ayuda de una barca alrededor de la cual diez arqueros golpeaban el agua; las
ratas se arrojaron al agua, cruzaron el Rin, treparon por la torre, royeron las
puertas, el tejado, las ventanas, los techos, los suelos y, llegadas por fin a
la mazmorra en la que el miserable arzobispo se había escondido, lo devoraron
vivo.
Ahora la maldición del cielo y el horror de los hombres pesan sobre esta torre
llamada Maüsethurm. Está desierta, en ruinas en medio del río y, a veces, por la
noche, se ve salir de ella un extraño vapor rojizo que parece el humo de una
hoguera, pero es el alma de Hatto que regresa.
¿Han observado ustedes algo? La historia es en ocasiones inmoral, los cuentos
son siempre honestos, morales y virtuosos. En la historia el más fuerte prospera,
los tiranos triunfan, los verdugos gozan de buena salud, los monstruos engordan,
los Sila se transforman en buenos burgueses, los Luis XI y los Cromwell mueren
en su cama. En los cuentos el infierno es siempre visible. No hay falta que no
tenga su castigo a veces incluso exagerado; no hay crimen que no traiga tras de
sí un suplicio con frecuencia espantoso; no hay malvado que no se convierta en
un desgraciado a veces digno de lástima. Eso ocurre porque la historia se mueve
en lo infinito y el cuento en lo finito. El hombre, que hace el cuento, no se
siente con derecho a exponer los hechos y dejar suponer las consecuencias de los
mismos; porque palpa en la oscuridad, no está seguro de nada, necesita acotarlo
todo por medio de una enseñanza, un consejo y una lección; y no se atrevería a
inventar acontecimientos sin conclusión inmediata. Dios, que hace la historia,
muestra lo que quiere y conoce el resto.
Maüsethurm es un término cómodo. Se ve en él lo que se quiere ver. Hay espíritus
que se consideran positivos -y que no son sino áridos-, que expulsan de todo la
poesía, y están siempre dispuestos a decirle, como aquel hombre positivo al
ruiseñor: «¡Quieres callarte, maldito animal!» Este tipo de mentes explican que
la palabra Maüsethurm viene de maus o mauth, que significa peaje. Declaran que
en el siglo X, antes de que se ensanchara el cauce del río, el paso del Rin sólo
estaba abierto por la orilla izquierda y que la ciudad de Bingen había
establecido por medio de esta torre su derecho de fielato sobre los barcos. Se
apoyan en que aún hay cerca de Estrasburgo dos torres parecidas dedicadas a la
percepción de impuestos sobre los transeúntes, que también se llaman Maüsethurm.
Para estos graves pensadores inaccesibles a las fábulas, la torre maldita es una
puerta de consumos y Hatto un portalero o aduanero.
Para las gentes sencillas, entre las que me incluyo gustoso, Maüsethurm procede
de maüse, que viene de mus y significa rata. Esa supuesta puerta de consumos es
la torre de las ratas, y el aduanero un espectro.
Después de todo, las dos opiniones podrían conciliarse. No es absolutamente
imposible que hacia el siglo XVI o el XVII, después de Lutero, después de Erasmo,
los bugomaestres incrédulos hubieran utilizado la torre de Hatto y hubieran
instalado provisionalmente alguna tasa y algún peaje en aquella ruina de mala
fama. ¿Por qué no? Roma hizo del templo de Antonino su aduana, su dogana. Lo que
Roma hizo respecto a la historia, Bingen pudo hacerlo respecto a la leyenda. Así,
mauth tendría razón y maüse no estaría equivocada.
Sea como fuere, desde que la vieja criada me narró el cuento de Hatto, la
Maüsethurm había sido una de las visiones habituales de mi espíritu. Ya saben,
no hay hombre que no tenga sus fantasmas, como no hay hombre que no tenga sus
quimeras. Por la noche pertenecemos a los sueños; a veces los atraviesa un rayo
de sol, a veces lo hace una llama; y según el reflejo colorante, el mismo sueño
es una gloria celestial o una aparición del infierno. Efecto de luz de Bengala
que se produce en la imaginación.
Yo debo reconocer que la torre de las ratas, en medio de su charca de agua,
siempre me pareció horrible. Por lo que -¿me atreveré a confesarlo?- cuando el
azar, que me pasea a su antojo, me condujo a orillas del Rin, el primer
pensamiento que se me ocurrió no fue que vería la cúpula de Maguncia, o la
catedral de Colonia o el Palatinado, sino que podría visitar la torre de las
ratas.FIN |
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Le Rhin,
1842 |
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