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Dedicado a Jules Lemaître
En un pueblo del Bocage conocí hace años a un piadoso
párroco que se negaba cualquier tipo de sensualidad, practicaba con gozo la
renuncia y no conocía más alegría que la del sacrificio. Cultivaba en su jardín
árboles frutales, hortalizas y plantas medicinales. Pero, temiendo la belleza
incluso en las flores, no quería que hubiera en él ni rosas ni jazmines. Sólo se
permitía la inocente vanidad de algunos pies de reseda1
cuyos retorcidos tallos, tan humildemente floridos, no atraían sus miradas
cuando leía el breviario por entre los cuadrados de coles, bajo el cielo del
buen Dios.
El santo hombre desconfiaba tan poco de su reseda que, con frecuencia, al pasar,
arrancaba una ramita y la olía prolongadamente. Esta planta no pide sino que la
dejen crecer. Una rama cortada hace renacer otras cuatro. Hasta tal extremo que,
con la ayuda del diablo, la reseda del párroco llegó a cubrir una amplia zona
del jardín. Invadía parte de la vereda y cuando éste pasaba, enganchaba la
sotana del buen sacerdote que, distraído por la planta, interrumpía veinte veces
por hora su lectura o su oración. Desde la primavera hasta el otoño, todo el
presbiterio estaba perfumado por la reseda.
¡Vean hasta qué punto somos frágiles los humanos! Tienen razón quienes aseguran
que un impulso natural nos inclina hacia el pecado. El hombre de Dios había
sabido proteger sus ojos pero había dejado su nariz sin defensa y he aquí que el
demonio lo tentaba por el olfato. Aquel santo respiraba ahora el aroma de la
reseda con sensualidad y concupiscencia, es decir, con ese mal instinto que nos
hace desear el goce de los bienes sensibles y nos hace caer en todo tipo de
tentaciones. A partir de entonces gustaba con menos ardor los olores del cielo y
los perfumes de María; su santidad disminuía y tal vez hubiera caído en la
molicie, tal vez su alma se hubiera convertido poco a poco en una de esas almas
tibias que el cielo detesta, de no ser por una ayuda que le llegó
providencialmente.
Hace siglos, en la Tebaida, un ángel robó a un ermitaño una copa de oro por la
que el santo varón se hallaba aún apegado a las vanidades de este mundo. El
párroco del Bocage recibió una gracia similar. Una gallina blanca escarbó tanto
y tan bien al pie de la reseda que ésta se secó. Se desconoce de dónde procedía
aquel animal. Yo por mi parte me inclino a pensar que el ángel que robó la copa
del ermitaño en el desierto se transformó en gallina blanca para destruir el
objeto que obstaculizaba al buen sacerdote el camino de la perfección.
FIN |