Hacía tan sólo unos meses que había llegado de Montpellier,
y ejercía en París la profesión de médico cuando, una mañana, fui llamado al
barrio de Saint-Jacques para visitar a una joven religiosa enferma, en un
colegio. Desde hacía poco tiempo, el emperador Napoleón había permitido la
reapertura de algunos de esos establecimientos; aquél al que me dirigía se
dedicaba a la educación de jóvenes, y pertenecía a la orden de las Ursulinas. La
Revolución había destruido parte del edificio; el claustro se hallaba al
descubierto por un lateral debido a la demolición de la antigua iglesia de la
que sólo podían verse ya algunos arcos. Una religiosa me introdujo en aquel
claustro, que atravesamos andando sobre largas losas que formaban la solería de
aquellas galerías; me percaté de que eran tumbas porque todas tenían
inscripciones, la mayoría ya borradas por el paso del tiempo. Algunas de
aquellas losas habían sido partidas durante la Revolución, lo que la hermana me
hizo observar, diciéndome que no habían tenido tiempo aún de repararlas.
Yo no había visto jamás el interior de un convento, y aquel espectáculo era
completamente nuevo para mí. Desde el claustro pasamos al jardín, adonde la
religiosa me dijo que habían llevado a la hermana enferma; efectivamente, la vi
al final de un largo paseo de carpes; estaba sentada, y un gran velo negro la
cubría casi por completo.
-Aquí está el médico -dijo la hermana, y se alejó al instante.
Me acerqué tímidamente porque mi corazón se había encogido al contemplar todas
aquellas tumbas e imaginaba que iba a encontrarme con una nueva víctima de los
claustros; los prejuicios de mi juventud acababan de despertarse, y mi interés
por la que iba a visitar se exaltaba proporcionalmente al tipo de desgracia que
yo le presuponía. Se volvió hacia mí y me quedé extrañamente sorprendido al ver
que era negra. Mi sorpresa aumentó aún más al observar la cortesía con la que me
recibió y las expresiones cultas que empleaba:
-Viene a visitar a una persona muy enferma -me dijo- en estos momentos deseo
curarme, pero no lo he deseado siempre y es tal vez eso lo que me ha causado
tanto daño.
Le pregunté acerca de sus síntomas.
-Siento -me dijo- una opresión continua, ya no tengo sueño y la fiebre no me
abandona.
Su aspecto no hacía sino confirmar demasiado bien aquella triste descripción de
su estado: su delgadez era extrema, y sólo iluminaban su semblante unos ojos
brillantes y grandes y unos dientes de blancura resplandeciente; el alma vivía
aún, pero el cuerpo estaba destruido y tenía todos los síntomas de un intenso y
prolongado sufrimiento. Conmovido hasta lo indecible, decidí hacer todo lo
posible para salvarla; empecé por hablarle de la necesidad de calmar su
imaginación, distraerse y alejar sentimientos dolorosos.
-Soy feliz -me dijo-; jamás había sentido tanta paz y felicidad.
El tono de su voz era sincero, aquella suave voz no podía engañar, pero mi
sorpresa crecía por momentos.
-No ha pensado siempre así -le dije- pues lleva en sí la huella de sufrimientos
muy prolongados.
-Es cierto -contestó- tardé mucho en hallar reposo para mi corazón, pero en
estos momentos soy feliz.
-¡Muy bien! Si es cierto lo que dice -exclamé-, es el pasado lo que hay que
curar; esperemos poder lograrlo, pero no puedo curar ese pasado si no lo
conozco.
-¡Ah! -contestó-. Son locuras.
Y mientras pronunciaba esas palabras, una lágrima vino a humedecer el borde de
su párpado.
-¡Y dice usted que es feliz! -exclamé.
-Sí, lo soy, -contestó con firmeza- y no cambiaría esta felicidad por la vida
que tanto envidié en otros momentos. No guardo ningún secreto: mi desgracia es
la historia de toda mi vida. Sufrí tanto hasta el día en que entré en esta casa
que, poco a poco, mi salud se fue arruinando. Me veía deteriorarme con alegría,
porque no veía ninguna esperanza en el futuro. Este pensamiento era muy
culpable, ya lo ve, y fui castigada por tenerlo; y cuando, por fin, deseo seguir
viviendo, tal vez ya no sea posible.
La tranquilicé, le di esperanzas en una próxima recuperación; pero al pronunciar
aquellas palabras de consuelo, al prometerle la vida, no sé qué triste
presentimiento me advertía de que era demasiado tarde y de que la muerte había
marcado ya a su víctima.
Volví a visitar muchas veces a aquella joven religiosa; el interés que yo
mostraba por ella pareció conmoverla. Un día, por propia voluntad, abordó el
tema hacia el que yo deseaba conducirla:
-Los sufrimientos que he padecido -dijo- deben parecer tan extraños, que siempre
he sentido una gran repugnancia a contarlos: nadie puede ser juez de las penas
de los demás, y los confidentes son casi siempre acusadores.
-No tema eso de mí -le contesté-; veo suficientemente bien los estragos que el
dolor le ha causado como para creer que el suyo era sincero.
-Lo encontrará sincero, -dijo- pero le parecerá insensato.
-Aun admitiendo lo que usted dice -proseguí- ¿excluye eso la simpatía?
-Casi siempre -contestó-; no obstante, si para curarme necesita usted conocer
las penas que han destruido mi salud, se las contaré cuando nos conozcamos un
poco más.
Mis visitas al convento se fueron haciendo cada vez más frecuentes; el
tratamiento que le puse pareció producir algunos resultados. Por fin, un día del
verano pasado, al encontrarla sola en el mismo cenador, en el mismo banco en el
que la había visto por vez primera, retomamos la misma conversación y me contó
lo siguiente:
«Fui traída de Senegal, a la edad de dos años, por el caballero de B. que era
allí gobernador. Se apiadó de mí un día en que veía embarcar esclavos en un
barco negrero que iba a abandonar de inmediato el puerto; mi madre había muerto
y a mí me estaban subiendo al barco pese a mis gritos. El señor de B. me compró
y, a su llegada a Francia, me regaló a la señora mariscala de B., su tía, la
persona más amable de su época, y la que supo asociar a las más elevadas
cualidades, la bondad más conmovedora. Salvarme de la esclavitud, y darme por
benefactora a la señora de B. fue darme por dos veces la vida: actué de forma
ingrata con la Providencia al no ser feliz; y, sin embargo, ¿la felicidad es
siempre el resultado de esos dones de la inteligencia? Me inclino más bien por
lo contrario: hay que pagar el beneficio de saber con el deseo de ignorar, y el
relato no nos dice si Galatea encontró la felicidad después de haber recibido la
vida.
No tuve conocimiento de los primeros días de mi infancia sino mucho tiempo
después. Mis recuerdos más antiguos sólo llegan a dibujarme el salón de la
señora de B.; allí pasaba mi vida, amada por ella, acariciada, mimada por todos
sus amigos, colmada de regalos, adulada, ensalzada como la niña más inteligente
y más amable del mundo. El tono de aquella sociedad era la admiración, pero una
admiración de la que el buen gusto sabía excluir todo lo que parecía
exageración: se alababa todo cuanto se prestaba a la alabanza, se excusaba todo
cuanto se prestaba a la crítica y, con frecuencia, por una habilidad aún más
amable, se transformaba en cualidades incluso los defectos. El éxito da ánimos;
en el círculo de la señora de B. se valía todo lo que se podía valer, y tal vez
un poco más, porque ella transmitía algo de sí misma a sus amigos sin darse
cuenta siquiera: viéndola, escuchándola, uno creía parecerse a ella.
Vestida al estilo oriental, sentada a los pies de la señora de B. escuchaba, sin
comprenderla aún, la conversación de los hombres más distinguidos del momento.
No tenía nada de la travesura propia de los niños; era reflexiva antes de
aprender a pensar, era feliz junto a la señora de B.; para mí, amar era estar
allí, oírla, obedecerla y, sobre todo, mirarla; no anhelaba nada más. No podía
sorprenderme de vivir en medio del lujo, de no estar rodeada sino de las
personas más inteligentes y amables, porque no conocía otra cosa pero, sin
percatarme de ello, iba adquiriendo un gran desdén por todo lo que no era aquel
mundo en el que transcurría mi vida. El buen gusto es respecto al espíritu lo
que un oído afinado es respecto a los sonidos. Desde muy niña, el mal gusto me
molestaba; lo percibía antes de poder definirlo, y la costumbre me lo había
hecho necesario. Esta disposición habría sido peligrosa si hubiera tenido un
futuro, pero yo no tenía futuro y ni siquiera lo sospechaba.
Alcancé la edad de doce años sin haber tenido idea de que se podía ser feliz de
forma distinta a como yo lo era. No me sentía molesta por ser negra: me decían
que era encantadora; además nada me advertía que eso fuera una desventaja; no
veía casi nunca a otros niños, un solo niño era mi amigo, y mi color negro no le
impedía quererme.
Mi benefactora tenía dos nietos, hijos de una hija que había fallecido joven.
Charles, el menor, era más o menos de mi edad. Educado junto a mí, era mi
protector, mi consejero, y mi apoyo en todas mis pequeñas faltas. A los siete
años fue enviado al colegio: yo lloré al separarme de él; aquélla fue mi primera
pena. Pensaba con frecuencia en él, pero no lo veía casi nunca. Él estudiaba y
yo, por mi parte, aprendía, para darle gusto a la señora de B. todo cuando debía
constituir una educación perfecta. Quiso que tuviera todas las cualidades: tenía
voz y los mejores maestros la ejercitaron; me gustaba la pintura y un pintor
famoso, amigo de la señora de B. se encargó de dirigir mis esfuerzos; aprendí
inglés, italiano, y la señora de B. se ocupaba en persona de mis lecturas.
Guiaba mi espíritu, formaba mi juicio: hablando con ella, descubriendo todos los
tesoros de su alma, yo sentía elevarse la mía, y era la admiración la que me
abría las vías de la inteligencia. Desgraciadamente, no preveía que aquellos
dulces estudios serían seguidos por días tan amargos; sólo pensaba en agradar a
la señora de B. y una sonrisa de aprobación en sus labios era todo mi porvenir.
Mientras tanto, las reiteradas lecturas, las de los poetas sobre todo,
comenzaban a ocupar mi joven imaginación; pero, sin objetivo, paseaba al azar
mis pensamientos errantes y, con la confianza de mi temprana edad, me decía que
la señora de B. sabría hacerme feliz; su ternura hacia mí, la vida que yo
llevaba, todo prolongaba mi error y autorizaba mi ceguera. Voy a darle un
ejemplo de los mimos y preferencias de los que era objeto.
Probablemente le cueste trabajo creer, viéndome hoy, que se hablara de mí por la
elegancia y la belleza de mi figura. La señora de B. alababa con frecuencia lo
que ella llamaba mi gracia, y quiso que aprendiera a bailar perfectamente. Para
hacer brillar esa cualidad, mi bienhechora organizó un baile con el pretexto de
festejar a sus nietos, pero cuyo verdadero motivo era mostrarme de forma
ventajosa en una contradanza de las cuatro partes del mundo en la que yo
representaría a África. Se consultó a los viajeros, se eligió una comba, la
danza nacional de mi país. Mi compañero de baile puso un crespón sobre su
rostro, pero yo, desgraciadamente, no tuve necesidad de colocar ninguno sobre el
mío, aunque en aquel momento no realicé esta reflexión. Entregada por completo
al placer del baile, dancé la comba, y obtuve todo el éxito que podía esperarse
de la novedad del espectáculo y de la elección de los espectadores, la mayoría
de los cuales, amigos de la señora de B., se entusiasmaban conmigo y creían
darle gusto dejándose llevar de toda la intensidad de ese sentimiento. El baile,
por lo demás era algo insinuante; estaba compuesto por una mezcla de actitudes y
de pasos medidos en los que se describía el amor, el dolor, el triunfo y la
desesperación. Yo no conocía aún ninguno de esos impulsos violentos del alma,
pero no sé qué instinto me los hizo adivinar; el caso es que triunfé. Me
aplaudieron, me rodearon, me colmaron de elogios, fue un placer absoluto, nada
enturbiaba en aquellos momentos mi seguridad. Fue unos días después cuando una
conversación, que oí por casualidad, me abrió los ojos y puso fin a mi juventud.
En el salón de la señora de B. había un gran biombo de laca. Aquel biombo
ocultaba una puerta, y se encontraba cerca de una de las ventanas; entre el
biombo y la ventana había una mesa en la que yo dibujaba en ocasiones. Un día,
me encontraba allí terminando con aplicación una miniatura; absorta en mi
trabajo, había permanecido durante mucho rato inmóvil y, sin duda, la señora de
B. creía que me había marchado cuando anunciaron a una de sus amigas, la
marquesa de X. Era una persona de razonamiento frío, de espíritu cortante,
pragmática hasta la sequedad; ese carácter lo vertía también en la amistad: no
le costaba nada sacrificarse por el bien y el provecho de sus amigos, pero les
hacía pagar caro ese afecto. Inquisidora y difícil, su exigencia era similar a
su abnegación, y era la menos amable de entre las amigas de la señora de B. Yo
le temía aunque fuera buena conmigo, porque lo era a su manera: escudriñar,
incluso bastante severamente, era para ella una muestra de interés.
Desgraciadamente, yo estaba tan habituada a la benevolencia, que la justicia me
parecía siempre temible.
-Ahora que estamos solas, -dijo la marquesa a la señora de B.- quiero hablarle
de Ourika: se está poniendo encantadora, su espíritu está ya completamente
formado, hablará como usted, está llena de talento, es graciosa, espontánea,
pero ¿qué será de ella? y ¿qué hará usted con ella?
-Desgraciadamente -dijo la señora de B.- esta idea me viene con frecuencia a la
mente y, se lo confieso, siempre con tristeza: la quiero como si fuera mi hija;
haría cualquier cosa por hacerla feliz y, sin embargo, cuando reflexiono acerca
de su situación, me encuentro sin salida. ¡Pobre Ourika! La veo sola, ¡sola para
siempre en la vida!
Me resultaría imposible describirle el efecto que estas escasas palabras me
causaron; un relámpago no es más rápido: me di cuenta de todo, me vi negra,
dependiente, despreciada, sin fortuna, sin apoyo, sin un ser de mi especie a
quien unir mi destino; hasta aquel momento había sido como un juguete, una
diversión para mi bienhechora, pero pronto sería expulsada de un mundo al que no
podía pertenecer. Una horrible taquicardia se adueñó de mí, mis ojos se
nublaron, el latido de mi corazón me privó por un instante de la facultad de
seguir escuchando; pero finalmente me rehice lo suficiente como para oír la
continuación de aquella conversación:
-Temo, -decía la marquesa- que la haga usted desgraciada. ¿Qué quiere que la
satisfaga, después de haber pasado la vida en la intimidad de su familia?
-Permanecerá en ella -dijo la señora de B.
-Sí, -prosiguió la marquesa- mientras sea una niña, pero tiene ya quince años.
¿Con quién la casará usted, con la inteligencia que tiene y la educación que ha
recibido? ¿Quién aceptará jamás casarse con una negra? Y si, a fuerza de dinero,
encuentra usted a alguien que consienta en tener hijos negros, será un hombre de
condición inferior, con el que ella será desgraciada. Ella sólo puede querer a
quienes no querrán nada con ella.
-Todo eso es cierto -dijo la señora de B.- pero, afortunadamente, ella no
sospecha nada de eso aún, y siente hacia mí un afecto que, espero, la preservará
por mucho tiempo de conocer su situación. Para hacerla feliz, habría sido
necesario hacer de ella una persona vulgar, pero creo sinceramente que eso era
imposible. Tal vez sea lo bastante distinguida como para situarse por encima de
su destino, al no haber podido permanecer por debajo de él.
-Se está usted haciendo ilusiones -dijo la marquesa-; la filosofía nos puede
colocar por encima de los males causados por la fortuna, pero no puede nada
contra los males que derivan de haber alterado el orden de la naturaleza. Ourika
no ha cumplido con su destino, se ha situado en la sociedad sin permiso de ésta,
y la sociedad se vengará.
-A buen seguro -dijo la señora de B.- ella es inocente de ese crimen, y usted es
demasiado severa con esta pobre niña.
-Yo le deseo más felicidad que usted -contestó la marquesa-. Yo deseo que sea
feliz, y usted la echa a perder.
La señora de B. respondió con impaciencia, e iba a convertirme en causa de
disputa entre las dos amigas, cuando anunciaron una visita; entonces me deslicé
por detrás del biombo, me escapé, corrí hacia mi habitación donde un torrente de
lágrimas calmó por un momento mi pobre corazón.
Perder el prestigio que me había rodeado hasta entonces fue un gran cambio en mi
vida. Hay ilusiones que son como la luz del día, cuando se las pierde todo
desaparece con ellas. En medio de la confusión de las nuevas ideas que me
asaltaban, no encontraba nada de todo cuanto me había ocupado hasta entonces:
era un abismo con todos sus horrores. El desprecio por el que me sentía
perseguida; la sociedad de la que era expulsada; el hombre que, por dinero,
aceptaría tal vez que sus hijos fueran negros, todos esos pensamientos se
erguían sucesivamente como fantasmas y se lanzaban contra mí como seres
infernales: sobre todo la soledad, la convicción de que estaba sola, sola para
siempre en la vida, la señora de B. lo había dicho, y yo me lo repetía a cada
instante: ¡sola! ¡sola para siempre! Hasta la víspera misma ¿qué me importaba
estar sola? No sabía nada de soledad, no la sentía, necesitaba todo lo que
amaba, y no se me ocurría pensar que lo que yo amaba no me necesitaba a mí. Pero
en aquellos momentos, mis ojos ya se habían abierto y el sufrimiento había hecho
entrar en mi alma la desconfianza.
Cuando regresé al salón de la señora de B. todo el mundo se sorprendió de mi
cambio; me preguntaron, contesté que estaba enferma y me creyeron. La señora de
B. mandó llamar a Barthez que me examinó detenidamente, me tomó el pulso y dijo
bruscamente que no tenía nada. La señora de B. se tranquilizó e intentó
distraerme y divertirme. No me atrevo a decir hasta qué extremo fui ingrata
hacia esos cuidados de mi benefactora; mi alma parecía haberse replegado sobre
sí misma. Los favores que son agradables de recibir son aquellos a los que el
corazón corresponde, pero el mío estaba lleno de un sentimiento demasiado amargo
como para volcarse al exterior. Infinitas combinaciones de los mismos
pensamientos ocupaban todo mi tiempo; se reproducían bajo mil formas diferentes
y mi imaginación les concedía los colores más sombríos: con frecuencia pasaba
las noches enteras llorando. Agotaba la piedad hacia mí misma, mi rostro me
producía horror y no me atrevía ya a mirarme en un espejo; cuando mis ojos se
dirigían hacia mis manos, creía ver las de un mono; exageraba mi fealdad, y el
color oscuro me parecía la prueba de mi reprobación, era él el que me separaba
de todos los seres de mi especie, el que me condenaba a permanecer sola ¡sola
para siempre! ¡jamás amada! ¡A fuerza de dinero, tal vez algún hombre aceptara
que sus hijos fueran negros! Toda mi sangre se sublevaba de indignación ante
esta idea. Tuve por un momento la idea de pedirle a la señora de B. que me
devolviera a mi país; pero allí también habría estado sola ¿quién me habría
escuchado? ¿quién me habría comprendido? Desgraciadamente, ya no pertenecía a
nadie ¡era ajena a toda la especie humana!
No fue sino mucho después cuando comprendí la posibilidad de resignarme a
semejante destino. La señora de B. no era muy devota; los sentimientos
religiosos que yo poseía se los debía a un respetable sacerdote que me había
preparado para mi Primera Comunión. Esos sentimientos eran sinceros como todo mi
carácter pero yo no sabía que, para que sea provechosa, la piedad necesita estar
unida a todas las acciones de la vida: la mía había ocupado algunos instantes de
mi vida, pero había permanecido ajena a todo lo demás. Mi confesor era un
anciano venerable, poco suspicaz; yo sólo lo veía dos o tres veces al año y,
como no me imaginaba que los sufrimientos fueran faltas, no le hablaba nunca de
ellos. Éstos iban alterando sensiblemente mi salud, pero -¡cosa extraña!- iban
perfeccionando mi espíritu. Un sabio oriental dijo: «El que no ha sufrido, ¿qué
sabe?». Comprendí que antes de conocer mi desgracia yo no sabía nada; mis
impresiones eran todas sentimiento: yo no juzgaba, amaba; las palabras, las
acciones, las personas agradaban o desagradaban a mi corazón. Pero en aquellos
momentos, mi espíritu se había separado de aquellos impulsos involuntarios, el
dolor es como la lejanía, permite que pueda juzgarse el conjunto de los objetos.
A partir del momento en que empecé a sentirme ajena a todo, me había ido
haciendo más severa y examinaba con espíritu crítico casi todo lo que hasta
entonces me había resultado grato.
Aquella disposición de espíritu no podía pasar desapercibida a la señora de B.,
pero nunca supe si llegó a adivinar la causa. Tal vez temiera incrementar mi
sufrimiento permitiéndome contarla, pero me mostraba aún más bondad que de
costumbre; me hablaba con total abandono y, para distraerme de mis penas, me
entretenía con las suyas. Juzgaba acertadamente mi corazón pues, efectivamente,
yo no podía volver a unirme a la vida sino por la idea de ser necesaria, o al
menos útil, a mi bienhechora.
La idea que más me obsesionaba era la de que estaba sola en el mundo y que podía
morir sin causarle dolor al corazón de nadie. Era injusta con la señora de B.
porque ella me quería, me lo había demostrado reiteradamente, pero tenía otros
intereses que pasaban muy por delante de mí. Yo no envidiaba su ternura hacia
sus nietos, sobre todo hacia Charles, pero me habría gustado mucho poder decir
como ellos: «¡Madre!».
Los lazos de familia sobre todo me hacían volver dolorosamente sobre mí misma:
no sería nunca la hermana, la esposa, la madre de nadie. Imaginaba en esos lazos
más dulzura de la que tal vez tengan, y despreciaba los que me estaban
permitidos porque no podía alcanzar aquéllos. No tenía amigas, no confiaba en
nadie, pues lo que sentía por la señora de B. era más un culto que un afecto;
pero creo que sentía por Charles todo lo que se experimenta por un hermano.
Aún se encontraba en el colegio, que iba a abandonar pronto para comenzar sus
viajes. Iba a marcharse con su hermano mayor y su preceptor para visitar
Alemania, Inglaterra e Italia y su ausencia debía durar unos dos años. Charles
estaba encantado de marcharse y yo sólo me afligí en el último momento, porque
estaba contenta con todo cuanto le causara placer a él. No le había comentado
nada de las ideas que me preocupaban, no lo encontraba nunca a solas y habría
necesitado mucho tiempo para explicarle mis penas: estoy segura de que entonces
me habría comprendido. Pero, pese a su aspecto dulce y grave, tenía una
disposición a bromear que me hacía ser más tímida; es verdad que no la ejercía
nunca sino con los ridículos de la afectación, porque todo lo que era sincero lo
desarmaba. Al final, que no le dije nada. Su marcha, por otra parte, era una
distracción y creo que me hacía bien afligirme por algo distinto de mi dolor
habitual.
Poco después de la marcha de Charles fue cuando la Revolución adquirió un
carácter más serio; no oía hablar durante todo el día en el salón de la señora
de B. sino de grandes intereses morales y políticos que esta Revolución removió
hasta la raíz, y que se asociaban a los que habían ocupado los espíritus
superiores en todos los tiempos. Nada era más susceptible de incrementar y
formar mis ideas que el espectáculo de aquella palestra en la que los hombres
distinguidos ponían a diario en cuestión todo lo que se había podido creer
juzgado hasta entonces. Profundizaban en todos los temas, se remontaban al
origen de todas las instituciones, pero con demasiada frecuencia, para
cuestionarlo todo, para destruirlo todo.
¿Podría usted creer que, pese a ser joven y ajena a todos los intereses de la
sociedad, pese a alimentar mi llaga secreta, la Revolución produjo en mí un
cambio de ideas, hizo nacer en mi corazón algunas esperanzas y suspendió
momentáneamente mis sufrimientos? ¡Tan rápido busca uno lo que le puede
consolar! Pensé que aquel gran desorden, con todos los rangos mezclados, con
todos los prejuicios desaparecidos, tal vez diera paso a un estado de cosas en
el que yo fuera menos extraña, y que si tenía alguna superioridad de alma,
alguna cualidad oculta, sería apreciada cuando mi color dejara de aislarme en
medio del mundo, como lo había hecho hasta entonces. Pero sucedió que esas
mismas cualidades que podía encontrar en mí, se opusieron muy pronto a mi
espejismo y no pude desear por mucho tiempo tanto mal general a cambio de un
poco de bien personal. Por otro lado, comprendía el ridículo de aquellos
personajes que querían dominar los acontecimientos; juzgaba la ruindad de su
espíritu, adivinaba sus intenciones secretas, y muy pronto, su falsa filantropía
dejó de confundirme y renuncié a la esperanza al comprender que en medio de
tantas adversidades aún habría bastante desprecio hacia mí. No obstante, me
interesaba siempre por aquellas animadas discusiones, aunque no tardaron mucho
en perder lo que constituía su mayor encanto. El tiempo en el que uno sólo
pensaba en agradar y en el que la primera condición para triunfar era olvidar
los triunfos del amor propio, había desaparecido ya cuando la Revolución dejó de
ser una hermosa teoría y atacó los intereses íntimos de cada uno, las
conversaciones degeneraron en disputas y la acritud, la amargura y el
temperamento suplantaron a la razón. En ocasiones, y pese a mi tristeza, me
divertía escuchando todas aquellas violentas opiniones que no eran, en el fondo,
casi nunca sino pretensiones, afectaciones o miedos; pero la alegría que procede
de la observación del ridículo, no causa bien; hay demasiada malignidad en esa
alegría como para que pueda alegrar el corazón que no se complace sino en
alegrías inocentes. Se puede tener esa alegría burlona sin dejar de ser
desgraciado; tal vez incluso el dolor haga más posible sentirla, pues la
amargura que nutre el alma, constituye el alimento habitual de ese triste
placer.
La esperanza rápidamente desvanecida que me había inspirado la Revolución no
había modificado la situación de mi alma; seguía descontenta con mi suerte, y
mis sufrimientos no se mitigaban sino por la confianza y la bondad de la señora
de B. A veces, en medio de aquellas conversaciones políticas cuya acritud no
lograba suavizar, me miraba tristemente y esa mirada era un bálsamo para mi
corazón; parecía decirme: «¡Ourika, sólo usted me comprende!».
Se empezaba a hablar de la liberación de los negros: era imposible que esta
cuestión no me interesara profundamente; me gustaba pensar que en otro lugar, al
menos, yo tenía semejantes, y como eran desgraciados, los creía buenos y me
interesaba por su suerte. Desgraciadamente, pronto me desengañé. Las matanzas de
Santo Domingo me produjeron un dolor nuevo y desgarrador: hasta aquel momento me
había afligido por pertenecer a una raza proscrita, a partir de entonces me
sentía avergonzada por pertenecer a una raza de bárbaros y asesinos.
Mientras tanto, la Revolución hacía rápidos progresos; causaba terror ver a los
hombres más violentos adueñarse de todos los puestos importantes. Muy pronto, se
vio que aquellos hombres estaban decididos a no respetar nada; las horribles
jornadas del 20 de junio y del 10 de agosto debieron preparar para esperar
cualquier cosa. Lo que aún quedaba de las amistades de la señora de B. se
dispersó por entonces, unos huían de las persecuciones refugiándose en el
extranjero, otros se ocultaban o se retiraban a provincias. La señora de B. no
hizo ni una cosa ni la otra; se había instalado en su casa por la ocupación
constante de su corazón, y allí permaneció con el recuerdo y cerca de una tumba.
Vivíamos desde hacía algunos meses en soledad cuando, a finales de 1792, se
publicó el decreto de confiscación de los bienes de los emigrados. En medio de
aquel desastre general, a la señora de B. no le habría afectado la pérdida de su
fortuna si no perteneciera ya a sus nietos pues, por arreglos de familia, ella
no poseía nada más que el usufructo. Ella se decidió pues a hacer regresar a
Charles, el menor de los dos hermanos, y a enviar al mayor, próximo a cumplir
los veinte años, al ejército de Condé. Se encontraban entonces en Italia a punto
de concluir su gran viaje iniciado dos años antes en circunstancias muy
diferentes. Charles regresó a París a comienzos de 1793, poco tiempo después de
la muerte del Rey.
Aquel gran crimen le había causado el más profundo dolor a la señora de B.; se
entregaba a ese dolor por completo y su alma era lo bastante fuerte como para
sentir el horror del delito con la misma intensidad del delito mismo. En la
vejez, los grandes sufrimientos tienen algo de impresionante, pues van
acompañados por la autoridad de la razón. La señora de B. sufría con toda la
energía de su carácter; su salud se había resentido por ese dolor, pero no
imaginaba que se pudiera intentar consolarla, o incluso distraerla. Yo lloraba,
me unía a sus sentimientos, intentaba elevar mi espíritu para acercarlo al suyo
para, al menos, sufrir tanto como ella y con ella.
Mientras duró el Terror, no pensé casi en mis penas; habría sentido vergüenza de
sentirme desgraciada ante aquellos grandes infortunios; además, desde que todo
el mundo era desgraciado, ya no me sentía aislada. La opinión es como una
patria, es un bien que se disfruta en común; uno se solidariza con otros para
sostenerla y defenderla. Me decía a veces que yo, una pobre negra, me sentía
unida a todos los espíritus distinguidos por la necesidad de justicia que sentía
lo mismo que ellos: el día en que triunfaran la virtud y la verdad sería un día
de triunfo para mí igual que para ellos, pero desgraciadamente, ese día estaba
aún muy lejano.
Tan pronto como Charles llegó, la señora de B. se marchó al campo. Todos sus
amigos estaban ocultos o huidos; sus amistades se limitaban a un viejo cura al
que, desde hacía diez años yo oía a diario burlarse de la religión y que en
aquel momento se irritaba de que hubieran vendido los bienes del clero porque
con ello él perdía 20.000 libras de renta. Este cura vino con nosotros a
Saint-Germain. Su compañía era dulce, o más bien tranquila, pues su calma no
tenía nada de dulce, ya que procedía del talante de su espíritu más que de la
paz de su corazón.
La señora de B. había estado toda su vida en situación de hacer muchos favores:
relacionada con el señor de Choiseul, a lo largo de aquel ministerio había
podido ser útil a muchas personas. Dos de los hombres más influyentes durante el
Terror, estaban en deuda con la señora de B.; lo recordaron y se mostraron
reconocidos. Velando por ella sin cesar, no permitieron que fuera atacada;
arriesgaron muchas veces su vida para preservar la suya del furor
revolucionario, pues hay que hacer constar que en aquella funesta época, ni
siquiera los jefes de los partidos violentos podían hacer un poco de bien sin
correr riesgos; se diría que en esta desolada tierra, sólo se pudiera reinar a
base de mal hasta tal extremo él era el único que concedía y arrebataba el
poder. La señora de B. no fue a la cárcel; fue custodiada en su casa con el
pretexto de tener mala salud. Charles, el cura y yo permanecimos junto a ella y
le proporcionamos todos los cuidados.
Nada puede describir el estado de ansiedad y de terror de los días que vivimos
entonces, leyendo cada noche en los periódicos, la condena y muerte de los
amigos de la señora de B. y temblando a cada instante de que sus protectores no
tuvieran ya el poder de preservarla del mismo destino. Supimos, efectivamente,
que estaba a punto de perecer cuando la muerte de Robespierre puso fin a tantos
horrores. Respiramos; los vigilantes abandonaron la casa de la señora de B., y
permanecimos los cuatro en la misma soledad en la que uno se encuentra, supongo,
después de una gran calamidad a la que se ha sobrevivido juntos. Podría decirse
que todos los lazos se habían estrechado por el dolor; al menos, yo sabía que
allí no era una extraña.
Si he conocido algunos momentos dulces en mi vida desde que perdí las ilusiones
de mi infancia, fue en el período que siguió a aquellos tiempos desastrosos. La
señora de B. poseía en grado supremo todo cuanto constituye el encanto de la
vida interior, era indulgente y fácil, uno podía decirlo todo en su presencia,
pues sabía adivinar la significación de lo que se había dicho. Jamás una
interpretación severa o equivocada venía a helar la confianza; los pensamientos
se estimaban en lo que valían; no se era responsable de nada. Esta cualidad
habría hecho felices a los amigos de la señora de B. incluso si no hubiera
poseído nada más que ésta. ¡Pero cuántas otras virtudes no tenía! Nunca se
percibía vacío o aburrimiento en su conversación, todo le servía de alimento: el
interés que se pone en las cosas pequeñas, que en las personas vulgares es
futilidad, es fuente de mil placeres en una persona distinguida, pues es propio
de los espíritus superiores hacer algo de nada. La idea más simple se hacía
fecunda si pasaba por los labios de la señora de B.; pues su espíritu e
inteligencia sabían revestirla de mil nuevas tonalidades.
Charles tenía un carácter semejante al de la señora de B. y su espíritu también
se asemejaba al de ella, es decir, que era todo lo que el de la señora de B.
debía haber sido en otros tiempos: justo, firme, abierto, pero aún sin
modificaciones pues la juventud no las conoce: para ésta, todo está bien o todo
está mal, mientras que el peligro de la vejez es con frecuencia comprobar que
nada está totalmente bien y nada totalmente mal. Charles poseía las dos hermosas
pasiones propias de su edad: la justicia y la verdad. Ya he dicho antes que
odiaba incluso la sombra de afectación; tenía el defecto de ver en ocasiones
afectación donde no la había. Al ser normalmente reservado, gozar de su
confianza era halagador; se veía bien que la ofrecía, que era el fruto de la
estima y no una inclinación de su carácter; todo lo que él concedía tenía valor,
porque casi nada en él era involuntario y, sin embargo, todo era natural.
Confiaba tanto en mí, que no tenía un pensamiento que no me comunicara de
inmediato. Por la noche, sentados en torno a una mesa, las conversaciones eran
infinitas; nuestro anciano cura ocupaba su puesto; se había construido un
entramado tan completo de ideas falsas y las defendía de tan buena fe, que era
una fuente inagotable de diversión para la señora de B., cuyo espíritu acertado
y esclarecido hacía resaltar admirablemente los absurdos del pobre cura, que no
se enfadaba jamás; lanzaba a lo largo de su retahíla de ideas grandes muestras
de sentido común que nosotros comparábamos a los grandes lances de Roldán o de
Carlomagno.
A la señora de B. le gustaba caminar; se paseaba todas las mañanas por el bosque
de Saint-Germain del brazo del cura; Charles y yo los seguíamos de lejos. Era
entonces cuando él me hablaba de todo lo que le preocupaba, de sus proyectos, de
sus esperanzas, de sus opiniones acerca de todo, de las cosas, de los hombres,
de los acontecimientos. No me ocultaba nada, y no sospechaba que me estuviera
confiando algo. Confiaba en mí desde hacía tanto tiempo, que mi amistad era para
él como la vida; gozaba de ella sin sentirla; no solicitaba mi interés ni mi
atención, pues sabía que hablándome de él, me hablaba de mí y que yo era él más
que él mismo. ¡Ah, encanto de tal confianza, puedes reemplazarlo todo, incluso
la felicidad!
No pensé nunca en hablar con Charles de lo que tanto me había hecho sufrir; lo
escuchaba, y aquellas conversaciones tenían sobre mí no sé qué efecto mágico que
conllevaba el olvido de mis penas. Si me hubiera interrogado, me habría hecho
recordarlas y entonces se lo habría contado todo, pero él no imaginaba siquiera
que yo tuviera un secreto.
Estaban acostumbrados a verme delicada, y la señora de B. hacía tantas cosas en
pro de mi felicidad que debía creerme feliz. Habría debido serlo; me lo decía a
mí misma con frecuencia; me acusaba de ingratitud o de locura; no sé si me
habría atrevido a confesar hasta qué punto aquel mal sin remedio de mi color me
hacía infeliz. Hay algo humillante en no saber doblegarse a la necesidad, por lo
que esos sufrimientos, cuando dominan el alma, tienen todas las características
de la desesperación. Lo que me intimidaba además de Charles, era el talante algo
severo de sus ideas. Una noche, la conversación giraba en torno a la piedad y
nos preguntábamos si los sufrimientos inspiran más interés por sus resultados
que por sus causas. Charles se inclinaba por las causas y pensaba que todos los
sufrimientos debían ser razonables. Pero ¿quién puede decir qué es la razón? ¿es
la misma para todo el mundo? ¿todos los corazones tienen las mismas necesidades?
Y ¿la desgracia no es la privación de las necesidades del corazón?
Era raro, no obstante, que las conversaciones de la noche me condujeran a mí
misma; trataba de pensar en mí lo menos posible; había quitado de mi habitación
todos los espejos, llevaba siempre guantes; mis vestidos cubrían mi cuello y mis
brazos y, para salir, utilizaba un gran sombrero con un velo que incluso llevaba
en casa con frecuencia. Desgraciadamente, me engañaba a mí misma: como los
niños, cerraba los ojos y creía que nadie me veía.
Hacia finales de 1795, el Terror había concluido y la gente empezaba a
encontrarse de nuevo; lo que quedaba de las amistades de la señora de B. se
reunieron en torno a ella y vi, con pena, aumentar el círculo de amigos. Mi
situación en la sociedad era tan equívoca que mientras más retornaba la sociedad
a su orden natural, más fuera de ella me sentía yo. Cada vez que veía llegar a
casa de la señora de B. a personas que no habían venido nunca, experimentaba un
nuevo tormento. La expresión de sorpresa mezclada con desdén que observaba en su
rostro empezaba a turbarme; estaba segura de ser inmediatamente objeto de un
aparte en el hueco de una ventana o de una conversación en voz baja, pues era
necesario que alguien les explicara cómo es que una negra era admitida entre los
amigos íntimos de la señora de B. Y durante esas explicaciones yo sufría un
auténtico martirio; habría querido que me transportaran a mi patria de origen,
en mitad de los salvajes que la habitan, menos temibles para mí que aquella
cruel sociedad que me hacía responsable del daño que ella misma había causado.
Durante muchos días después, me veía perseguida por el recuerdo de aquel rostro
desdeñoso; lo veía en sueños, lo veía a cada instante, se colocaba ante mí como
mi propia imagen. Desgraciadamente era el de las quimeras por las que me dejaba
obsesionar. ¡No me habías enseñado aún, oh Dios mío, a conjurar mis fantasmas!
¡no sabía que sólo puede encontrarse la paz en Ti!
En aquellos momentos, era en el corazón de Charles donde buscaba refugio; estaba
orgullosa de su amistad y más aún de sus virtudes; lo admiraba como a lo más
perfecto sobre la tierra. En otros tiempos había creído amar a Charles como a un
hermano, pero desde que estaba siempre enferma, me parecía haber envejecido y
que mi ternura hacia él se asemejaba más a la de una madre. Sólo una madre
podía, efectivamente, sentir ese deseo apasionado de que fuera feliz, de que
triunfara; habría dado gustosamente mi vida para ahorrarle un momento de
sufrimiento. Mucho antes que él, percibía yo la impresión que él causaba en los
demás; era lo suficientemente feliz como para no preocuparse por eso; no tenía
nada que temer, nada le había producido la inquietud habitual que a mí me
causaba el pensamiento de los demás; todo en su destino era armonía, todo en el
mío era desavenencia.
Una mañana, un antiguo amigo de la señora de B. llegó a casa de ésta; venía con
el encargo de presentar una propuesta de matrimonio para Charles: la señorita de
Thémines, de forma muy cruel, se había convertido en una rica heredera; había
perdido en un solo día a toda su familia sobre el cadalso; sólo le quedaba una
tía abuela, en otros tiempos religiosa y que, convertida en tutora de la
señorita de Thémines, consideraba un deber casarla, y quería apresurarse porque
al tener más de ochenta años, temía fallecer y dejar a su resobrina sola y sin
apoyo en el mundo. La señorita de Thémines reunía todas las ventajas de linaje,
fortuna y educación; tenía dieciséis años; era hermosa como el día, sin duda
alguna.
La señora de B. habló del asunto a Charles que, en un primer momento, se asustó
un poco ante la idea de casarse tan joven; pronto deseó ver a la señorita de
Thémines; la entrevista se produjo, y a partir de entonces ya no dudó. Anaïs de
Thémines poseía, efectivamente, todo lo que podía agradar a Charles; era
realmente bonita y de una modestia tan tranquila que se veía que no debía sino a
la naturaleza aquella encantadora virtud. La señora de Thémines permitió a
Charles que fuera a su casa y muy pronto se enamoró apasionadamente. Él me
contaba los progresos de sus sentimientos y yo estaba impaciente por conocer a
aquella bella Anaïs, destinada a hacer feliz a Charles. Vino por fin a
Saint-Germain; Charles le había hablado de mí, por lo que no tuve que soportar
de su parte aquella mirada desdeñosa y escrutadora que me producía siempre tanto
daño: tenía la expresión de un ángel de bondad. Le aseguré que sería feliz con
Charles; la tranquilicé respecto a su juventud y le dije que, a sus veintiún
años, tenía el juicio sólido de una edad mucho más avanzada. Contesté a todas
sus preguntas; me hizo muchas porque sabía que yo conocía a Charles desde la
infancia, y me era tan grato hablar bien de él que no me cansaba de hacerlo.
El arreglo de los asuntos económicos retrasó unas semanas el acuerdo de
matrimonio. Charles continuaba yendo a casa de la señora de Thémines y, a veces,
permanecía en París dos o tres días seguidos; aquellas ausencias me afligían y
me sentía contenta de mí misma al comprobar que prefería mi felicidad a la de
Charles; no era así como yo estaba acostumbrada a amar. Los días que él
regresaba eran días de fiesta; me contaba en qué había estado ocupado; y si
hacía progresos en el corazón de Anaïs, yo me alegraba con él. Un día, no
obstante, me habló de la forma en que quería vivir con ella:
-Quiero conseguir toda su confianza -me dijo- y darle toda la mía; no le
ocultaré nada, conocerá todos mis pensamientos, conocerá todos los impulsos
secretos de mi corazón; quiero que entre ella y yo haya una confianza como la
nuestra, Ourika.
¡Como la nuestra! Esta frase me hizo daño; me obligó a recordar que Charles no
conocía el único secreto de mi vida, y me quitó las ganas de confiárselo. Poco a
poco las ausencias de Charles se fueron haciendo más prolongadas; ya no
permanecía en Saint-Germain nada más que algunos instantes; venía a caballo para
emplear menos tiempo en el camino, y regresaba a París después de cenar, de tal
modo que pasábamos todas las noches sin él. La señora de B. bromeaba con
frecuencia sobre esas largas ausencias; a mí me habría gustado mucho poder hacer
lo mismo que ella.
Un día nos paseábamos por el bosque. Charles había estado ausente casi toda la
semana: de pronto lo vi llegar por el extremo del paseo por el que caminábamos;
venía a caballo, y muy rápido. Cuando se halló cerca del lugar en el que nos
encontrábamos echó pie a tierra y se puso a pasear con nosotros; después de
algunos minutos de conversación general, se quedó por detrás conmigo, y nos
pusimos a charlar como en otros tiempos; se lo hice notar:
-¡Como en otros tiempos! -exclamó- ¡ah! ¡qué diferencia! ¿tenía yo algo que
decir en esos tiempos? Tengo la impresión de que no he comenzado a vivir sino
desde hace dos meses. ¡Ourika, no sabré decirle a usted jamás lo que siento por
ella! Hay momentos en los que creo sentir que mi alma va a pasar a la suya.
Cuando me mira, dejo de respirar; cuando se ruboriza, me gustaría postrarme a
sus pies para adorarla. Cuando pienso que voy a ser el protector de ese ángel,
que me confía su vida, su destino; ¡qué orgulloso me siento del mío! ¡Qué feliz
voy a hacerla! Seré para ella el padre, la madre que ha perdido, pero también
seré su esposo y su amante. Me entregará su primer amor; todo su corazón se
explayará en el mío; viviremos de la misma vida, y no quiero que a lo largo de
nuestros dilatados años pueda decir que pasó una sola hora sin ser feliz. ¡Qué
delicia, Ourika, pensar que será la madre de mis hijos, y que éstos mamarán la
vida en el seno de Anaïs! ¡Ah! serán dulces y hermosos como ella. ¿Qué he hecho,
Dios mío, para merecer tanta felicidad?
Desgraciadamente, yo dirigía al cielo en aquel mismo instante una pregunta
completamente opuesta. Desde hacía unos minutos, escuchaba aquellas palabras
apasionadas con un sentimiento indefinible. ¡Dios santo! Tú eres testigo de que
era feliz por la felicidad de Charles, pero ¿por qué concedíste la vida a la
pobre Ourika? ¿por qué no murió en aquel barco negrero del que fue arrebatada, o
sobre el pecho de su madre? Un poco de arena de África habría recubierto su
cuerpo, y aquel fardo habría sido bien ligero! ¿Qué importaba al mundo que
Ourika viviera? ¿Por qué estaba condenada a vivir? ¿Para vivir sola, siempre
sola, jamás amada? ¡Oh Dios mío, no lo permitas! ¡Retira de la tierra a la pobre
Ourika! Nadie la necesita, ¿no está sola en la vida? Este horrible pensamiento
se adueñó de mí con mayor violencia de lo que había hecho hasta entonces. Me
sentí ceder, caí de rodillas, mis ojos se cerraron y pensé que iba a morir».
Al terminar estas frases, la opresión de la pobre religiosa pareció aumentar; su
voz se alteró y unas cuantas lágrimas corrieron a lo largo de sus mejillas
marchitas. Quise convencerla de que interrumpiera su relato, pero se negó:
-No es nada -dijo-. Ahora el dolor ya no vive en mi corazón porque su raíz ha
sido cortada. Dios se apiadó de mí, me sacó Él mismo del abismo en el que me
había sumido por no conocerlo ni amarlo. No olvide pues que soy feliz, aunque
desgraciadamente -añadió- entonces no lo era.
«Hasta la época de la que acabo de hablarle, había soportado mis penas; éstas
habían alterado mi salud, pero yo había conservado mi razón y una especie de
dominio sobre mí misma. Pese a ellos, mi sufrimiento, como el gusano que devora
una fruta, había comenzado por el corazón y llevaba en mi interior el germen de
la destrucción cuando todo estaba aún lleno de vida en mi exterior. La
conversación me agradaba; la discusión me animaba; incluso había conservado una
especie de alegría de espíritu; pero había perdido la alegría del corazón. Es
decir, que hasta la época de la que acabo de hablarle yo había sido más fuerte
que mis penas; pero a partir de entonces mis penas serían más fuertes que yo.
Charles me transportó en su brazos hasta la casa; allí me proporcionaron todos
los cuidados necesarios y recuperé el conocimiento. Al abrir los ojos vi a la
señora de B. junto a mi cama; Charles me sostenía una mano; me habían atendido
ellos mismos, y en sus rostros vi una mezcla de ansiedad y de dolor que me llegó
hasta el fondo del alma; sentí que la vida volvía a mí y mis lágrimas brotaron.
La señora de B. las secó suavemente; ella no decía nada, no me hacía preguntas,
pero Charles me colmó de ellas. No sé qué le respondí; di como causa de mi
accidente el calor, la longitud del paseo; él me creyó y la amargura penetró en
mi corazón al ver que me creía; mis lágrimas se secaron; me dije a mí misma que
era fácil engañar a aquéllos cuyo interés estaba lejos; retiré la mano que él me
sostenía aún e intenté parecer tranquila. Charles se marchó como de costumbre a
las cinco; me sentí ofendida; me habría gustado que se inquietara por mí,
¡estaba sufriendo tanto! Se habría marchado igual, porque yo lo habría forzado a
hacerlo, pero me habría dicho a mí misma que él me debía la felicidad de aquella
velada y este pensamiento me habría consolado. Me guardaba mucho de mostrar a
Charles aquel impulso de mi corazón; los sentimientos delicados tienen una
especie de pudor, si no son adivinados, están incompletos: se diría que sólo se
les puede experimentar siendo dos.
Tan pronto como Charles se marchó, la fiebre se adueñó de mí con gran virulencia
incrementándose los dos días siguientes. La señora de B. me cuidó con su bondad
habitual; estaba desesperada por mi estado y por la imposibilidad de
transportarme a París donde la boda de Charles le obligaba a acudir al día
siguiente. Los médicos dijeron a la señora de B. que respondían por mi vida si
me quedaba en Saint-Germain; se decidió a hacerlo así y, al marcharse, me
manifestó un afecto tan tierno que, por un momento, calmó mi corazón. Pero
después de su marcha, la soledad, completa y real, en la que me encontraba por
primera vez en mi vida me sumió en una profunda desesperación. Veía realizarse
la situación que mi imaginación había descrito tantas veces: moría lejos de los
que amaba y mis tristes gemidos no llegaban siquiera a sus oídos:
desgraciadamente ¡habrían enturbiado su felicidad! Yo los veía, abandonándose a
toda la embriaguez de la felicidad, lejos de Ourika moribunda. Ourika no tenía
nada más que a ellos en la vida pero ellos no tenían necesidad de Ourika ¡nadie
tenía necesidad de ella!
Este horrible sentimiento de inutilidad de la existencia es el que desgarra más
profundamente el corazón: me produjo tal hastío de la vida que anhelaba
sinceramente morir de la enfermedad que me afectaba. No hablaba, apenas daba
muestras de conocimiento, y éste era el único pensamiento claro en mí: «Quisiera
morirme».
En otros momentos estaba más agitada; recordaba cada una de las palabras de la
última conversación que mantuve con Charles en el bosque; lo veía nadando en el
mar de delicias que me había descrito, mientras yo moría abandonada, sola en la
muerte como en la vida. Esta idea me producía una irritación más amarga aún que
el dolor. Y me inventaba fantasías para satisfacer ese nuevo sentimiento; me
imaginaba a Charles llegando a Saint-Germain; alguien le decía «Está muerta».
Pues bien, ¿puede usted creerlo? Yo gozaba con su dolor; éste me vengaba, pero
¿de qué Dios santo? ¿de que había sido el ángel protector de mi vida? Este
horrible sentimiento pronto me produjo repugnancia, y comprendí que si bien el
dolor no era pecado, entregarse a él como yo lo hacía podía llegar a ser
criminal.
Mis ideas tomaron entonces otro rumbo; intenté luchar conmigo misma, encontrar
en mi interior fuerza para combatir los sentimientos que me agitaban; pero
aquella fuerza no la buscaba en el lugar adecuado. Me avergoncé de mi
ingratitud. «Moriré -me decía- deseo morir, pero no quiero que las pasiones
ociosas se acerquen a mi corazón. Ourika es un ser desheredado, pero sigue
siendo inocente: no permitiré que la inocencia se marchite en mí por culpa de la
ingratitud. Pasaré por la tierra como una sombra, pero en la tumba estaré en
paz. ¡Oh, Dios mío! Ellos son ya muy felices, pues bien, dales además la parte
de felicidad que le corresponde a Ourika y déjame morir como una hoja caída en
otoño. ¿No he sufrido aún bastante?
No superé la enfermedad que había puesto en peligro mi vida sino para caer en un
estado de languidez en el que había mucho de resquemor. La señora de B. se
instaló en Saint-Germain tras la boda de Charles; éste venía con frecuencia,
siempre acompañado de Anaïs, nunca sin ella. Yo sufría mucho más cuando ellos se
encontraban allí. No sé si la imagen de su felicidad me hacía más patente mi
propio infortunio, o si la presencia de Charles despertaba el recuerdo de
nuestra antigua amistad; en ocasiones yo buscaba encontrarme con él y ya no lo
reconocía. Sin embargo, me decía más o menos lo que en otros tiempos, pero su
amistad actual se parecía a nuestra amistad del pasado como la flor artificial
se asemeja a la flor verdadera: son la misma cosa, salvo en la vida y en el
aroma.
Charles atribuía mi cambio de carácter al deterioro de mi salud; creo que la
señora de B. juzgaba mejor el triste estado de mi alma, adivinaba mejor mis
tormentos secretos y estaba muy afligida por ellos: pero el tiempo en el que yo
consolaba a los demás había pasado, ya no sentía piedad sino de mí misma.
Anaïs se quedó embarazada, y regresamos a París: mi tristeza aumentaba cada día.
Aquella felicidad interior tan apacible, aquellos lazos de familia tan tiernos,
aquel amor inocente siempre tan dulce y tan apasionado ¡qué espectáculo para una
desgraciada destinada a pasar toda su vida en soledad! ¡a morir sin ser amada,
sin haber conocido más lazos que los de la dependencia y la piedad! Los días,
los meses fueron transcurriendo así; yo no participaba en ninguna conversación,
había abandonado todas mis cualidades; si soportaba algunas lecturas eran
aquellas en las que creía encontrar la pintura imperfecta de las penas que me
devoraban. Hice de ellas un nuevo veneno, me embriagaba con mis propias lágrimas
y, sola en mi habitación, me entregaba a mi dolor durante horas enteras.
El nacimiento de un hijo fue el colmo de la felicidad de Charles; acudió
corriendo para comunicármelo y en los entusiasmos de su alegría reconocí algunos
de los acentos de su antigua confianza. ¡Cuánto daño me hicieron!
Desgraciadamente, era la voz del amigo que yo ya no tenía, y al escuchar aquella
voz todos los recuerdos del pasado acudían de nuevo a hurgar en mi herida.
El niño de Charles era hermoso como Anaïs; el cuadro de aquella joven madre con
su hijo emocionaba a todos pero, por un destino cruel, yo sola estaba condenada
a contemplarlo con amargura; mi corazón devoraba aquella imagen de la felicidad
que no conocería jamás y la envidia, como un buitre, se nutría de mi interior.
¿Qué había hecho yo a quienes creyeron salvarme al conducirme a esta tierra de
exilio? ¿Por qué no me dejaron seguir mi destino? Ahora sería la esclava negra
de algún rico colono; quemada por el sol cultivaría la tierra de otro, pero
tendría una humilde cabaña donde poder retirarme cada noche, tendría un
compañero e hijos de mi mismo color que me llamarían «¡Madre!», que apoyarían
sin repugnancia su boquita sobre mi frente, reposarían su cabeza sobre mi cuello
y se dormirían en mis brazos. ¿Qué he hecho para ser condenada a no sentir jamás
los afectos para los que mi corazón había sido creado? ¡Oh, Dios mío! Arráncame
de este mundo; siento que no puedo soportar más la vida.
De rodillas en mi habitación, estaba dirigiendo al Creador esta oración impía
cuando oí abrir la puerta: era la amiga de la señora de B., la marquesa de X.,
que había regresado recientemente de Inglaterra, donde había pasado varios años.
La vi acercarse a mí con horror; su presencia me recordó que ella había sido la
primera en revelarme mi destino, la que había abierto esta mina de sufrimiento
de la que tantos había extraído. Desde que ella había vuelto a París, no la veía
sino con un sentimiento desagradable.
-Vengo a verla y a charlar con usted, mi querida Ourika -dijo-. Usted sabe
cuánto la quiero desde su infancia, y no puedo contemplar sin verdadero dolor,
la melancolía en la que se encuentra sumida. ¿Es posible, con la inteligencia
que usted tiene, que no sea capaz de sacar mejor partido de su situación?
-La inteligencia, señora -le contesté- no sirve sino para aumentar las penas
verdaderas; ¡permite verlas desde tantos prismas diferentes!
-Pero -prosiguió- cuando las penas no tienen remedio, ¿no es una locura negarse
a someterse a ellas, y luchar así contra la necesidad?, pues, en fin, nosotros
no somos los más fuertes.
-Es cierto -dije-; pero, al parecer, en este caso la necesidad es un mal
añadido.
-Convendrá, no obstante, Ourika, que la razón aconseja en esos casos resignarse
y distraerse.
-Sí, señora; pero para distraerse se necesita encontrar una esperanza en otro
lugar.
-Al menos, podría buscar nuevas aficiones y ocupaciones para llenar el tiempo.
-¡Ah! señora, las aficiones buscadas son un esfuerzo, no un placer.
-Pero -siguió diciendo- usted tiene muchas cualidades.
-Para que las cualidades sean un recurso, señora -le contesté- hay que
proponerse un objetivo, de lo contrario, mis habilidades serían como la flor del
poeta inglés que perdía su perfume en el desierto.
-Se olvida de sus amigos que disfrutarían con ellas...
-Yo no tengo amigos, señora; tengo protectores, que es algo muy diferente.
-Ourika -dijo- usted se hace infeliz, e inútilmente.
-Todo es inútil en mi vida, señora, incluso mi sufrimiento.
-¿Cómo puede pronunciar palabras tan amargas, usted, Ourika, que tan servicial
se mostró cuando se quedó sola con la señora de B. durante el Terror?
-Desgraciadamente, señora, soy como los genios malhechores que sólo tengo
poderes en tiempos de calamidad y a quienes la felicidad ahuyenta.
-Confíeme su secreto, mi querida Ourika; ábrame su corazón; nadie tiene más
interés por usted que yo y tal vez pueda hacerle bien.
-Yo no tengo ningún secreto, señora -le contesté- mi único sufrimiento son mi
posición y mi color, usted lo sabe.
-¡Venga, pues! -prosiguió- ¿puede usted negar que guarda un gran dolor en el
fondo de su alma? Basta verla un solo instante para estar seguro de ellos.
Continué repitiéndole lo que ya le había dicho; se impacientó, levantó la voz y
vi que la tormenta iba a desencadenarse.
-¿Es esa su buena fe? -dijo- ¿la sinceridad por la que tanto la alaban? Ourika,
tenga cuidado, la reserva conduce a veces a la falsedad.
-Y ¿qué podría yo confiar, señora -le dije- sobre todo a usted que desde hace
tanto tiempo previó la desgracia de mi situación? A usted, menos que a nadie,
tengo nada nuevo que contarle sobre esta cuestión.
-No me persuadirá jamás de eso, -replicó-, pero puesto que me niega usted su
confianza y que afirma no tener ningún secreto, ¡pues bien, Ourika! yo me
encargaré de decirle que sí tiene uno. Sí, Ourika, todas sus penas, todos sus
sufrimientos no provienen sino de una pasión desgraciada, de una pasión
insensata; y si no estuviera profundamente enamorada de Charles, aceptaría sin
problemas el hecho de ser negra. Adiós, Ourika, me voy de aquí, se lo confieso,
con mucho menos interés por usted del que traía cuando llegué.
Al terminar estas palabras se marchó. Yo permanecí anonadada. ¿qué acababa de
revelarme? ¿Qué horrorosa luz había arrojado sobre el abismo de mis
sufrimientos? ¡Dios santo! Era como la luz que penetró una vez al fondo de los
infiernos e hizo añorar las tinieblas a sus desdichados habitantes. ¿Qué? ¿Yo
sentía una pasión criminal? ¿Era ella la que devoraba mi corazón? ¿El deseo de
ocupar mi espacio en la cadena de los seres, el anhelo de los afectos de la
naturaleza, el dolor por la soledad eran fruto de un amor culpable? Y cuando yo
creía envidiar la imagen de la felicidad, ¿era la felicidad misma la que era
objeto de mis anhelos impíos? Pero ¿qué he hecho para que me consideren presa de
esta pasión sin esperanza? ¿es imposible amar más que a tu propia vida,
inocentemente? A la madre que se arrojó a las fauces del león para salvar a su
hijo, ¿qué sentimiento la movía? A los hermanos, a las hermanas que quisieron
morir juntos en el cadalso y que oraban a Dios antes de subir al mismo ¿les unía
un amor culpable? La humanidad misma ¿no produce a diario abnegaciones sublimes?
¿Por qué no podré pues amar así a Charles, el amigo de mi infancia, el protector
de mi juventud?... Y, sin embargo, no sé qué voz grita en el fondo de mí misma
diciendo que tienen razón y que soy culpable ¡Dios mío! ¿También he de darle
entrada en mi corazón desolado a los remordimientos? ¿Qué? ¿A partir de ahora
mis lágrimas serán culpables? ¿Me estará prohibido pensar en él? ¿No me atreveré
a sufrir?
Estos horribles pensamientos me sumieron en un sopor semejante a la muerte.
Aquella misma noche, la fiebre se adueñó de mí y, en menos de tres días, se
temió por mi vida; el médico aseguró que, si querían que recibiera los últimos
sacramentos, no había tiempo que perder. Mandaron a buscar a mi confesor, pero
había fallecido pocos días antes. Entonces la señora de B. solicitó un sacerdote
de la parroquia, que vino y me administró la Extremaunción, pues no estaba en
estado de recibir el Viático; no tenía conocimiento y mi muerte podía ocurrir en
cualquier momento.
Fue entonces cuando Dios se apiadó sin duda de mí; comenzó por conservarme la
vida; contra todo pronóstico, mis fuerzas se mantuvieron. Luché en esa situación
unos quince días; luego recuperé el conocimiento. La señora de B. no se separaba
de mí y Charles parecía haber recuperado su antiguo afecto por mí. El sacerdote
seguía visitándome a diario, pues quería aprovechar el primer momento posible
para confesarme; yo también lo deseaba; no sé qué impulso me lanzaba hacia Dios
y me infundía la necesidad de arrojarme en sus brazos y buscar en ellos la paz.
El sacerdote recibió la confesión de mis faltas; no se asustó del estado de mi
alma pues, como viejo marinero, conocía todas las tempestades. Empezó por
tranquilizarme respecto a la pasión de que se me acusaba:
-Su corazón es puro -me dijo-; es a usted sola a quien se ha hecho daño, pero no
por eso es menos culpable. Dios le pedirá cuentas de su propia felicidad, que Él
le había confiado, ¿qué ha hecho con ella? Esa felicidad estaba en sus manos
pues reside en la realización de nuestros deberes, ¿los ha cumplido usted? Dios
es el fin de todo hombre ¿cuál ha sido el de usted? Pero no se desanime, ruegue
a Dios, Ourika. Él está ahí y le tiende los brazos; para Él no existen ni
blancos ni negros, todos los corazones son iguales a sus ojos y el suyo merece
hacerse digno de Él.
Así era como aquel hombre venerable animaba a la pobre Ourika. Aquellas
sencillas palabras llevaban a mi alma no sé qué paz que yo no había conocido
nunca; las meditaba sin cesar, y como de una mina fecunda, sacaba siempre de
ellas alguna reflexión. Comprendí que, efectivamente, yo no había conocido mis
deberes: Dios les ha prescrito deberes a las personas solas como a las que están
en el mundo; si las ha privado de lazos de sangre, les ha dado por familia a
toda la humanidad. Una hermana de la caridad -me decía a mí misma- no está sola
en la vida aunque haya renunciado a todo; se ha constituido una familia de
elección; es la madre de todos los huérfanos, la hija de todos los pobres
ancianos, la hermana de todos los desvalidos. Los hombres de mundo ¿no han
buscado con frecuencia una soledad voluntaria? Querían estar a solas con Dios;
renunciaban a todos los placeres para adorar, en soledad, la pura fuente de todo
bien, de toda felicidad; en el secreto de su espíritu, trabajaban por hacer que
su alma fuera digna de presentarse ante el Señor. Es por Ti, Dios mío, por lo
que resulta dulce embellecer el corazón, adornarlo como en día de fiesta, con
todas las virtudes que te resultan gratas.
Pero ¿qué había hecho yo? Juguete insensato de los impulsos involuntarios de mi
alma, yo había corrido detrás de los goces de la vida, y me había olvidado de la
verdadera felicidad. Pero no era demasiado tarde; al arrojarme sobre esta tierra
extraña, tal vez Dios quiso predestinarme para Él; me arrancó de la barbarie y
de la ignorancia; por un milagro de su bondad me salvó de los vicios de la
esclavitud; me enseñó su camino: ¡lo seguiré, Dios mío! Ya no utilizaré tus
favores para ofenderte, no te acusaré más de mis faltas.
La nueva luz a la que contemplaba mi posición hizo que la paz penetrara en mi
corazón. Me sorprendía de la paz que sucedía a tantas tormentas: le había
abierto una salida al torrente que arrasaba las orillas y ahora aquél conducía
sus aguas apaciguadas hacia un mar tranquilo.
Decidí hacerme religiosa. Le hablé de ello a la señora de B.; se afligió, pero
me dijo:
-Deseando hacerle bien le he causado tan gran daño, que no me siento con derecho
a oponerme a su decisión.
Charles se opuso con más fuerza; me rogó, me pidió que me quedara, yo le
contesté:
-Déjeme marchar, Charles, al único lugar en el que me esté permitido pensar en
usted sin cesar...»
En este punto, la joven religiosa interrumpió bruscamente su relato. Continué
ofreciéndole mis cuidados que, desgraciadamente, fueron inútiles: murió a
finales de octubre, cayó con las últimas hojas de otoño.
FIN |
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