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El hada Lore era una bella jovencita de
diecisiete a dieciocho años, tan bella que los barqueros que descendían el
Rin, por mirarla, olvidaban el cuidado de sus barcos e iban a estrellarse
contra los riscos; no había día que no hubiera que deplorar una nueva
desgracia.
El obispo que vivía en la ciudad de Lorch oyó
hablar de aquellos accidentes, tan frecuentemente reiterados que parecían ser
resultado de una nefasta influencia, y cuando las jóvenes, las esposas y las
madres de los que había hecho perecer, acudieron con sus ropas de luto a
acusar a la bella Lore de magia, el obispo la convocó a comparecer ante él.
La bella Lore prometió acudir, pero el día que
debía hacerlo lo olvidó, de tal manera que el obispo envió a dos de sus
hombres a detenerla. Esos hombres la encontraron, según su costumbre, sentada
sobre una roca: estaba cantando una antigua balada como las que cantan las
nodrizas a los niños que acunan y, sin ofrecer resistencia, se levantó y los
siguió.
Muy pronto compareció ante el obispo. El obispo
quería interrogarla severamente, pero apenas la vio, bajo el efecto del
hechizo universal, clavó sus ojos en los de ella; luego, con una entonación
que delataba la piedad que sentía por la joven:
-¿Es cierto, bella Lore -le dijo- que es usted
una maga?
-¡Ay! ¡ay! monseñor -respondió la pobre chica- si
fuera maga, habría tenido poderes para retener a mi enamorado, y mi enamorado
no se habría marchado; y así, no pasaría yo los días y las noches esperándolo
sobre una roca, cantando la balada que tanto le gustaba.
Y diciendo estas palabras, la bella Lore se puso
a cantar la balada delante del obispo, con lo cual el obispo comprendió que
estaba loca. Entonces, en lugar de pensar en castigarla empezó a compadecerla
y, temiendo al verla así sin razón que después de haber perdido su cuerpo no
perdiera también su alma, ordenó que la joven fuera trasladada al monasterio
de Marienberg, recomendándola mediante una bula a la superiora, que era
pariente suya.
La bella Lore partió a lomos del más dulce animal
que pudieron hallar, pues el obispo temía que le sucediera alguna desgracia en
el camino, e incluso él mismo la siguió con la vista en medio de la escolta
que la acompañaba, hasta que la escolta y ella desaparecieron por detrás del
castillo de Nottingen; y todo transcurrió bien hasta que llegaron al lugar
desde donde se divisaban las rocas en las que acostumbraba a sentarse para
esperar a su enamorado. Cuando llegaron al lugar en que se divisan esas
rocas, pidió subir a la cima para echar una última
mirada al Rin y comprobar si aquél que ella esperaba desde hacía tanto tiempo
regresaba; como el obispo había ordenado que no la contrariaran en nada, sus
vigilantes le ayudaron a descender del caballo, y dos de entre ellos la
siguieron a corta distancia, con el fin de detenerla si intentaba huir.
Pero apenas puso pie en tierra echó a correr tan
ligera, que parecía una golondrina rozando el suelo; saltaba de peña en peña
con tanta facilidad, cualquiera que fuera su altura o escarpado, que habríase
dicho que era una sombra más que una criatura humana perteneciente aún al
mundo de los vivos. Llegó de esta manera a la cima de la montaña, al lugar
mismo en el que ésta sobresalía por encima del río; y, acercándose al borde
mismo, recogió el arpa que allí había dejado la víspera, y con aquella triste
voz que le quitaba la razón a quienes la escuchaban, se puso a cantar su
habitual balada. Pero en esta ocasión, una vez que concluyó la balada, apoyó
el arpa contra su pecho y, con los ojos dirigidos al cielo y la melena al
viento, se dejó caer lentamente, pero no como un cuerpo que cae, sino como una
paloma que emprende el vuelo. En aquel instante, la escolta que la acompañaba
lanzó un grito; la bella Lore había desaparecido entre las aguas.
La escolta regresó ante el obispo y le contó lo
sucedido; entonces, el obispo, sacudiendo su cabeza mitrada, ordenó que
diversas misas fueran ofrecidas por el descanso del alma de la pobre loca;
aunque él mismo tenía poca esperanza, pues sabía que el crimen que a Dios más
le cuesta perdonar es el suicidio.
Efectivamente, unos días más tarde, tuvo
conocimiento de que habían vuelto a ver a la bella Lore sobre su roca y que,
al verla y escuchar su suave canto, varios barqueros se habían perdido; y,
como sabía sin ningún género de duda que se habían precipitado al río, pensó
que en este asunto había realmente algún encantamiento, y mandó llamar a un
científico muy versado en temas de magia. El sabio consultó los astros y le
dijo al obispo que, efectivamente, la bella Lore estaba muerta pero que, como
había muerto en pecado mortal, estaba condenada a regresar al mismo lugar
donde estaba mientras vivía, y que regresaría hasta que encontrara a un joven
caballero que le hiciera olvidar su primer amor.
El obispo era demasiado piadoso como para
oponerse lo más mínimo a los designios del cielo; pero mandó anunciar por
todas partes que debían desconfiar del hada Lore, dado que en castigo de sus
pecados, la pobre loca se había convertido en una malvada hada; y no costó
demasiado creerlo pues los cantos tan dulces que antes emitía, se habían
hecho ahora burlones, y si algún barquero encallaba al pie de su roca, al
grito de muerte del infortunado respondía ella con una gran carcajada, como
responden las lechuzas a los gritos de los viajeros extraviados en los
bosques.
Y aquello se prolongó durante más de un siglo; el
obispo murió. La generación que había visto con vida a la pobre loca
desapareció contando su historia a la generación siguiente, y cuatro
generaciones más pasaron así contándose unas a otras cómo había llegado allí
aquella perversa hada que veían como un espectro sobre su roca, y cuyas
carcajadas se oían cada vez que una barca perdida se iba a pique en la
oscuridad.
Cien años y más habían transcurrido; el emperador
Maximiliano reinaba en Alemania y Roderic-Lenzoli Borgia, de terrible memoria,
era papa de Roma, cuando una noche, un joven cazador extraviado en el valle de
Ligrenkolp, apareció de repente en la salida de dicho valle y se encontró
frente al Rin.
Era una de esas cálidas veladas de verano, en las
que cualquier agua fresca y límpida resulta atrayente; así, fatigado de
caminar, el joven cazador descendió de inmediato de su caballo dispuesto a
bañarse. Pero antes de acercarse al río y con intención de indicarle a quienes
lo acompañaban dónde se encontraba, tocó el cuerno; al instante, el sonido que
acababa de producir, se repitió tan nítidamente que pensó que algún montero le
respondía; inició de inmediato una nueva fanfarria, que fue reproducida de
forma tan perfecta, que empezó a dudar; finalmente, y tras un tercer intento,
sacudió la cabeza diciendo: «¡Es el eco!» y tras posar su cuerno sobre el
suelo, se desvistió y se lanzó al río.
Walter, así se llamaba el joven nadador, era hijo
de un conde palatino; tenía apenas dieciocho años y era, no sólo el más bello,
sino además el más valiente y el más hábil de todos los jóvenes señores que
desde Maguncia a Nimega, habitaban a orillas del Rin. Por lo que, al ver a
aquel bello joven, del que había empezado burlándose, devolviéndole el sonido
de su cuerno y que venía, por así decirlo, a entregarse a ella, el hada Lore
experimentó de repente un sentimiento que desde hacía mucho tiempo creía
muerto en su corazón; pero, engañándose a sí misma, atribuyó su turbación a la
piedad. El hada Lore se equivocaba: era amor.
Por su parte, el joven la había visto sentada
sobre su roca, y se había puesto a nadar hacia ella; el hada Lore lo veía
acercarse con alegría, y se puso a cantar aquella vieja balada que todos a su
alrededor habían olvidado excepto ella; y al escuchar aquella voz, Walter
redobló los esfuerzos para abordar al pie de la roca. Pero, de repente, el
hada pensó que entre el bello nadador y ella estaba el abismo en el que tantos
infortunados se habían hundido; al instante, interrumpió su canto y
desapareció, hasta el punto de que todo quedó en silencio y oscuridad.
Walter comprendió entonces que había sido víctima
de un espejismo, y como se sentía atraído en contra de su voluntad, recordó el
precipicio; afortunadamente aún estaba a tiempo, y el joven, gracias a su
vigor y a su habilidad, consiguió llegar a la orilla; tan pronto como salió,
vio llegar a su viejo escudero Blum. Blum había oído la triple llamada del
cuerno, y había acudido.
Walter y el viejo escudero se unieron pronto a la
comitiva; y luego, todos los cazadores juntos emprendieron el camino de
regreso al castillo. Todos regresaban comentando alegremente las proezas de la
jornada; sólo Walter caminaba pensativo con la cabeza inclinada sobre el
pecho; iba pensando en aquella atractiva aparición que no había durado más de
un instante, pero que le había dejado una profunda impresión.
Los días siguientes, en vano miraron los
pescadores hacia el Lei, pues no vieron en él al hada. En cambio, a partir de
aquel momento, todo cuanto Walter emprendía obtenía buen resultado; habríase
dicho que un genio velaba por él, y le allanaba todas las dificultades.
Efectivamente, si el cielo estaba cubierto de nubes y amenazaba la más horrible
tempestad, bastaba que Walter saliera para que el cielo se iluminara al
instante. Si se hablaba por los alrededores de la existencia de algún caballo
indómito, Walter pedía que se lo trajeran y apenas se colocaba sobre la silla
de montar, el caballo quedaba manso como un cordero. Si se encontraba
sediento, un manantial fresco y transparente surgía ante él; si estaba
cansado, un lecho de flores... De tal manera que a orillas del Rin no se
hablaba sino de su habilidad y buena suerte; su flecha alcanzaba siempre el
objetivo desde cualquier punto que fuera lanzada, ya fuera un águila planeando
en lo más alto o un gamo huyendo entre lo más espeso del bosque; sus halcones
eran los más audaces, sus perros los más fieles.
Y sucedió que, un día que su reata perseguía un
corzo y que, para seguirlo por los caminos escarpados por los que había
subido, él había abandonado su caballo, el joven cazador se perdió y, aunque
se hallaba en una parte de la comarca que le era muy conocida, no pudo
encontrar su camino; pues le parecía que, por una magia que no podía
comprender, los objetos habían cambiado de forma.
Pese a todo, como impulsado por una fuerza
invisible, Walter seguía avanzando. Pronto, los sonidos de un arpa llegaron a
sus oídos y, creyendo que debía encontrarse en la cercanía de algún castillo,
avanzó hacia el lugar de donde le parecía que provenía el sonido. Pero el
sonido retrocedía a medida que él avanzaba, permaneciendo siempre
suficientemente cerca como para que no dejara de oírlo, y demasiado lejos como
para que viera el instrumento que lo producía.
Caminó así desde el momento del ocaso hasta
medianoche. A medianoche, se encontró casi en la cima de una alta montaña que
dominaba el Rin, en un lugar en el que a derecha e izquierda el río huía por
el valle, como una ancha cinta plateada. Walter escaló un último cerro, y
sobre la punta más elevada de la roca vio a una mujer sentada. Aquella mujer
tenía en la mano el arpa cuyos sonidos lo habían guiado; una suave luz,
similar a la de la aurora, la envolvía como si ella no hubiera podido respirar
sino en una atmósfera diferente de la nuestra, y sonreía con una sonrisa tan
maravillosa que encerraba desde la primera declaración de amor hasta las
últimas promesas de la voluptuosidad.
Walter reconoció al instante al ser misterioso
que ya había entrevisto la noche que se bañaba en el Rin; su primer impulso
fue dirigirse hacia él, pero apenas había dado unos pasos se detuvo pensando
en todo lo que le habían contado de la Lore-Lei; luego, como tenía un corazón
religioso, hizo devotamente la señal de la cruz; al instante, la luz se apagó
y la que la originaba lanzó un grito y desapareció como una sombra.
Pero, aunque desapareció a los ojos de Walter, a
partir de aquel momento estuvo presente en su espíritu; oía sin cesar resonar
en sus oídos la música melodiosa que lo había conducido hasta la cima de la
roca, y apenas cerraba los ojos volvía a ver, resplandeciente en su extraña
luz, a aquella bella hada que lo había recibido con tan graciosa sonrisa. Y
Walter cayó en una profunda melancolía pues, comparada con la imagen presente
sin cesar en su pensamiento, ninguna mujer le parecía hermosa; y, como sentía
instintivamente que aspiraba a algo que no era de este mundo, cada vez que le
preguntaban la causa de su tristeza, sacudía la cabeza, suspiraba y señalaba
el cielo con un dedo.
Finalmente, un día, el padre de Walter le anunció
que debía prepararse para ir a Worm, donde el emperador Maximiliano tenía su
corte: se trataba de declararle la guerra al rey de Francia, y el emperador
llamaba en su ayuda a sus más aguerridos caballeros. Los ojos de Walter
brillaron un instante de alegría al pensar en la gloria que podría adquirir en
aquella guerra, y le respondió a su padre que estaba listo para partir. Sin
embargo, desde el día siguiente, volvió a caer en su melancolía habitual. Sin
cesar parecía oír ruidos que nadie oía; sin cesar sus ojos parecían seguir una
imagen que escapaba a todos los demás ojos, y el anciano escudero, viendo
aquella eterna preocupación, apresuraba tanto como podía los preparativos del
viaje, confiando en que todo cambiaría al cambiar de lugar.
Pero, la víspera del día tan esperado por el
pobre Blum, Walter lo mandó llamar. El escudero se apresuró a ponerse a las
órdenes de su joven señor, y lo encontró más sombrío y abrumado que nunca; no
obstante, tendió la mano como siempre a su viejo escudero, le dijo que antes
de abandonar la región había decidido realizar una última pesca en el Rin, y
le preguntó si quería acompañarlo.
Blum, que había compartido frecuentemente aquel
placer con su joven señor, no vio en esta petición nada que no fuera muy
simple; ordenó llevar las redes a la barca, y Walter ordenó que la barca les
esperara frente al pequeño burgo de Urbar. Era una de esas hermosas tardes de
primavera en las que la naturaleza, despertando de su letargo, es armoniosa
como si cada cosa de la creación, con esa voz que Dios ha concedido tanto a
los elementos como a los hombres, cantara su himno al Señor: el viento tenía
extrañas melodías; la tarde aromas desconocidos; el río reflejaba el cielo
como un espejo, y las estrellas fugaces, cruzando el cielo, en medio de la paz
universal, parecían llover silenciosamente sobre la tierra.
El viejo Blum echó las redes; pero Walter, en
lugar de ocuparse de la pesca, miraba el cielo de tal manera que la barca, a
la deriva, seguía la corriente del agua. De repente, una melodía bien conocida
llegó a los oídos del joven conde; bajó los ojos y vio, en su lugar
acostumbrado y con el arpa en la mano, al hada Lore sobre su roca.
Era la tercera vez que ella se le aparecía y en
esta ocasión, como había venido a buscarla, no pensó en absoluto en alejarse
de ella; al contrario, cogió los remos y se puso a remar hacia ella. Ante
aquel movimiento inesperado que molestaba a sus redes, Blum levantó los ojos y
vio que la barca se dirigía en línea recta hacia el precipicio. Entonces quiso
arrancar los remos de las manos de Walter; pero era demasiado tarde, y aunque
se los hubiera cedido sin resistencia, la corriente era tan rápida que, pese a
todos los esfuerzos del anciano escudero, llevaba la barca hacia el abismo. Ya
se oían los rugidos del precipicio que llamaban a su presa; Blum arrojó los
remos y se volvió hacia Walter, esperando que arrojándose con él al agua aún
podrían alcanzar juntos la orilla; pero Walter tenía los brazos tendidos hacia
la mágica aparición que, por su parte, parecía deslizarse por las laderas de
la montaña y acercarse a él. Blum lo conjuró a no arrojarse así a su
perdición, pero Walter estaba sordo e inmóvil. El viejo escudero quiso cogerlo
por la cintura y precipitarse con él al río, pero Walter lo rechazó. Entonces,
el fiel servidor, viendo que no podía salvarlo, decidió morir con él, y como
Walter no pensaba en rezar, él se puso de rodillas en el fondo de la barca y
rezó por los dos.
La barca seguía avanzando hacia el precipicio y
los rugidos del abismo eran cada vez más fuertes; en la oscuridad, se veía
salir del río la cabeza negra de las rocas contra las que rompía la espuma, y
cada una de ellas le parecía al pobre Blum un monstruo informe subido hasta la
superficie del agua para devorarlo.
Por su parte, el hada Lore, envuelta en la suave
luz que ella parecía despedir, como una estatua de alabastro en el interior de
la cual ardiera una llama, se acercaba con su dulce sonrisa, tendiendo los
brazos hacia el joven, lo mismo que el joven los tendía hacia ella; ella había
descendido ya de la roca y, ligera como el vapor, parecía deslizarse sobre el
agua; finalmente, Blum sintió la barca temblar y estremecerse, como un ser
animado que se aproxima a su destrucción. Levantó los ojos y vio que se
encontraban en medio de las rocas, a sólo unos pasos del precipicio. Walter y
el hada Lore iban a unirse; de repente, sintió que la barca, atraída como por
la mano de un gigante, se hundió en las profundidades del río; no tuvo tiempo
de hacer la señal de la cruz ni de encomendar su alma a Dios, pues su cabeza
se había golpeado contra una roca; sintió que se desvanecía y creyó que iba a
morir. Cuando recuperó el conocimiento, era pleno día y estaba tendido sobre
la arena, al pie de la roca.
El pobre escudero buscó y llamó a Walter; sólo le
respondió el eco burlón del Lei; entonces decidió tomar el camino de vuelta al
castillo; pero a los tres cuartos del camino, encontró al conde en persona
quien, inquieto por la ausencia de su hijo, se había puesto a buscarlo. Blum
se arrojó a sus pies y se cubrió la cabeza con su manto en señal de luto.
Finalmente, tuvo que explicarlo todo y contó al
conde cómo por dos veces su joven señor había escapado del hada Lore, pero
cómo a la tercera él mismo había ido a buscarla. El conde permaneció un
instante inmóvil y como abrumado por el dolor; pero no cayó ni una sola
lágrima de sus ojos, ni un suspiro salió de su boca. Luego, tras un silencio,
exclamó:
-El que me entregue a esa infernal hada, recibirá
una recompensa real.
-¡Oh! si es así, mi señor, -dijo Blum- permitid
que sea yo quien intente la empresa; pues, ¡por el alma de mi joven señor!
triunfaré o perderé la vida.
El conde hizo un gesto con la cabeza confirmando
que aceptaba la solicitud del viejo escudero, y regresó al castillo, donde se
encerró; nadie lo vio durante la jornada, ningún criado fue llamado a su
aposento; sólo, a través de la puerta del oratorio, se le oía llorar
sollozando.
Cuando llegó la noche, Blum eligió entre los
hombres de armas del conde aquéllos con los que podía contar para escalar con
él la roca, mientras que hacía rodear la base con los menos valientes, con el
fin de que si el hada Lore intentaba escapar, fuera apresada entre ellos y el
río. Luego, una vez que dio las órdenes, subió valientemente a la cima. La
noche era oscura y similar a aquella otra noche en la que Walter había hecho
la misma ascensión: Blum llegó a la primera cima en la que el joven conde se
había detenido; luego, después de haber animado de nuevo a los soldados, subió
hasta la última cumbre. Llegado allí, vio al hada Lore, sentada sobre su roca,
con los ojos tiernamente fijos en el río. Ante aquella visión, tan poco
adecuada para causar terror, los hombres, impresionados, se negaron a seguir;
pero el viejo escudero, en lugar de compartir su miedo, sintió incrementarse su
ira contra la hechicera que le había quitado a su joven señor; y viendo que
por mucho que le insistiera a los soldados para que le ayudaran a apresar al
hada, éstos no se atreverían a dar un paso más, avanzó solo hacia ella
gritando:
-¡Ah!, ¡maldita hechicera!, vas a pagar por fin
todo el mal que has hecho.
Al oír esta voz y esta amenaza, el hada levantó
suavemente la cabeza, y mirándolo con dulce sonrisa, dijo:
-¿Qué quieres anciano? y ¿qué esperas hacerme, a
mí que no soy sino una sombra?
-Lo que quiero -respondió Blum- es que me
devuelvas el cadáver de mi joven señor que precipitaste al fondo del Rin. Y lo
que espero es vengar en ti su muerte y la de tantos otros que perecieron antes
que él en el precipicio en el que ha desaparecido.
-El joven conde ya no pertenece a la tierra
-susurró el hada con su voz melodiosa; el joven conde es mi esposo. Es el rey
del río, lo mismo que yo soy la reina; tiene una corona de coral, un lecho de
arena sembrado de perlas, un hermoso palacio de azur con pilares de cristal;
es más feliz de lo que habría sido jamás en la tierra; más rico que si hubiera
recibido la herencia paterna, pues tiene todas las riquezas que el Rin ha
engullido desde el día de la creación hasta hoy. Regresa, pues, hacia su padre y
dile que no llore.
-Mientes, malvada hada -respondió Blum-y
pretendes escapar a mi venganza; pero no me engañarás; te tengo en mi poder y
ha llegado tu hora, a menos que yo vea a mi joven señor en persona y que él
mismo me confirme, con la voz o con los gestos, lo que me has dicho. Así pues,
disponte a seguirme.
Desenvainó su espada y dio un paso hacia el hada;
pero con una voz potente, y tendiendo el brazo hacia él:
-¡Espera! -dijo la hechicera.
Retiró el collar de su cuello, cogió de él dos
perlas que arrojó al río. Al instante el río borboteó, y dos grandes olas, con
la forma indefinida y fantástica que se le adjudica a los caballos marinos,
subieron a lo largo de las rocas hasta la cima de la montaña, y sobre una de
esas dos olas iba un bello adolescente de rostro pálido y largos cabellos
colgantes que el viejo Blum creyó reconocer como el joven conde, hasta el
punto de que permaneció inmóvil de estupor.
Durante ese tiempo, las dos olas seguían subiendo
hasta que llegaron a mojar los pies desnudos del hada; entonces la bella Lore
se subió sobre la que estaba vacía y, enlazando sus brazos con los del joven,
le dio un beso. Luego las olas empezaron a descender y, viendo que el hada se
le escapaba, Blum quiso perseguirla. Entonces el joven lo miró sonriendo y le
dijo:
-Blum, ve a decirle a mi padre que no llore, que
soy feliz.
Y tras estas palabras, le devolvió a su esposa el
beso que ella le había dado y desaparecieron en el río.
Desde aquel día, nadie ha vuelto a ver a Lore-Lei,
y los barqueros ya no tuvieron nunca más que temer de su canto de sirena. Todo
lo que queda de ella es un eco burlón que repite cuatro o cinco veces el
sonido del cuerno, o la tirolesa nacional que el piloto no deja de cantar al
pasar ante la roca de la Lore-Lei.
FIN
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