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Entre todas las capitales de Suiza, Ginebra representa la aristocracia del
dinero: es la ciudad del lujo, de las cadenas de oro, de los relojes, de los
coches y de los caballos. Sus tres mil obreros surten a
Europa entera de joyas. El más elegante de los almacenes de joyería de Ginebra
es sin disputa el de Beautte.
Estas joyas pagan un derecho por entrar en Francia, pero, mediante una comisión
de un cinco por ciento, el señor Beautte se encarga de hacerlas llegar de
contrabando. El negocio entre el comprador y el vendedor se hace con esta
condición, a la luz del día y públicamente, como si no hubiese aduaneros en el
mundo. Es verdad que el señor Beautte posee una maravillosa destreza para
desbaratarles los planes; una anécdota entre mil vendrá en apoyo del elogio que
nosotros le hacemos.
Cuando el señor conde de Saint-Cricq era director general de Aduanas oyó tan a
menudo hablar de esta habilidad, gracias a la cual se engañaba la vigilancia de
sus agentes, que resolvió asegurarse por sí mismo de si todo lo que se decía era
verdad. Fue, en consecuencia, a Ginebra, se presentó en el almacén del señor
Beautte y compró joyas por valor de treinta mil francos, con la condición de que
les serían entregadas sin derechos de aduanas en su hotel de París. El señor
Beautte aceptó la condición como hombre habituado a estas clases de negocios, y
únicamente presentó al comprador una especie de contrato privado, por el cual se
obligaba a pagar, además de los treinta mil francos de adquisición, el cinco por
ciento de costumbre; éste sonrió, tornó una pluma, firmó de Saint-Cricq,
director general de las Aduanas Francesas, y entregó el papel a Beautte, quien
miró la firma y se contentó con responder inclinando la cabeza:
-Señor director de Aduanas, los objetos que usted me ha
hecho el honor de comprar llegarán tan pronto como usted a París.
El señor de Saint-Cricq, picado en su amor propio, se tomó apenas el tiempo
necesario para comer, envió a buscar unos caballos a la posta, y partió una hora
después de haber cerrado el trato.
Al pasar la frontera, el señor de Saint-Cricq se hizo reconocer por los
empleados que se aproximaron a visitar su coche, contó al jefe de Aduanas lo que
acababa de sucederle, recomendó la vigilancia más activa en toda la línea y
prometió una gratificación de cincuenta luises a aquel de los empleados que
consiguiese coger las joyas prohibidas. Ni un aduanero durmió en tres días.
Durante este tiempo, el señor de Saint-Cricq llega a París, entra en su hotel,
abraza a su mujer y a sus hijos y sube a su habitación para quitarse el traje de
viaje.
La primera cosa que ve sobre la chimenea es una elegante caja, cuya forma le es
desconocida. Se acerca a ella y lee sobre el escudo de plata que la adorna:
Señor conde de Saint-Cricq, director general de Aduanas; la abre y encuentra las
joyas que ha comprado en Ginebra.
Beautte se había entendido con uno de los mozos de la posada, que, al ayudar a
los criados del señor de Saint-Cricq a hacer los paquetes de su amo, deslizó
entre ellos la caja prohibida.
Llegado a París, el ayuda de cámara, viendo la elegancia del estuche y la
inscripción particular allí grabada, se había apresurado a depositarlo sobre la
chimenea de su amo.
El señor director de Aduanas era el primer contrabandista de Francia.
FIN |