Caí en Domodossola en medio de una procesión típicamente
italiana: una corporación de herradores festejaba a san Eloy. En mi ignorancia,
siempre había creído que este bienaventurado era el patrón de los orfebres y el
amigo del rey Dagoberto al que, en ocasiones, daba consejos bastante sensatos
respecto a su atuendo; pero ignoraba por completo que hubiera sido alguna vez
herrador. El estandarte, en el que estaba representado forjando su insignia, no
me dejaba duda al respecto: lo único que me quedaba por esclarecer era a qué
momento de su vida correspondía la acción que había inspirado al artista; pues
esa vida santificada la conozco, más o menos, desde la entrada en casa del
prefecto de la moneda hasta su nominación para ocupar el obispado de Noyon, y en
todo eso no encontraba nada que pudiera aplicársele al espectáculo que tenía
ante mis ojos. En consecuencia, me dirigí al jefe de posta pensando que, para
una tradición relacionada con la herradura, él sería el mejor historiador que
pudiera encontrar. Empezamos por acordar el precio del vehículo que debía
llevarme de Domossola a Baveno; luego, una vez concretado el precio por el doble
de lo que valía -tanta prisa tenía por regresar a la procesión-, obtuve sobre el
padre de Oculi las informaciones biográficas que siguen. Aquí tienen la
tradición tal como me fue transmitida en su ingenuidad primordial y en su
sencillez primitiva: es inútil advertir que no garantizamos en absoluto su
autenticidad.
Hacia el año 610, Eloy, que era entonces un joven maestro de veintiséis a
veintiocho años, vivía en la ciudad de Limoges, situada a sólo dos leguas de
Cadillac, su ciudad natal; desde su juventud, había mostrado gran aptitud para
los oficios mecánicos, pero como no era rico, se había visto obligado a quedarse
en simple herrador. Es verdad que había hecho progresar tanto entre sus manos
este oficio que se había convertido casi en un arte: las herraduras que él
forjaba, y que había logrado confeccionar en sólo tres caldas, se redondeaban
con una curva maravillosamente elegante y brillaban como plata bruñida; los
clavos por los que quedaban fijadas en los cascos de los caballos estaba
tallados en diamante, y habrían podido ser engarzados como chatones de una
sortija en una montura de oro; esta habilidad de ejecución, que sorprendía a
todo el mundo, terminó por exaltar al obrero mismo; la vanidad le trastornó el
juicio y, olvidando que Dios nos eleva y nos hace bajar según su voluntad, mandó
hacer un rótulo en el que estaba representado herrando un caballo, con este
exergo, algo insolente para sus compañeros de oficio e hiriente para la humildad
religiosa: Eloy, maestro de maestros, maestro sobre todos.
La inscripción dio bastante que hablar desde que se conoció, y como Eloy tenía
una clientela formada sobre todo por comerciantes, jinetes y peregrinos, que
cruzaban incesantemente por delante de su taller, el orgulloso rótulo despertó
pronto la susceptibilidad de los demás herradores no sólo de Francia, sino de
Europa. Por todas partes se elevó entonces un clamor tan grande contra el
orgulloso que llegó hasta el paraíso; el buen Dios, que en un primer momento no
sabía el motivo que lo ocasionaba, se conmovió y miró a la tierra; sus ojos, que
por casualidad estaban dirigidos hacia Limoges, cayeron sobre el famoso rótulo,
y todo quedo claro.
De todos los pecados mortales, el que siempre ha enfadado más a Dios es el
orgullo: el orgullo fue el que sublevó a Satanás y a Nabucodonosor contra el
Señor, y el Señor abatió a uno y le arrebató la razón al otro; por lo que Dios
buscaba qué castigo podría infligir al nuevo Amán cuando Jesucristo, viendo a su
Padre preocupado, le preguntó qué le ocurría. Dios le respondió indicándole el
rótulo; Jesucristo lo leyó.
-Sí, sí, Padre -le dijo- es verdad que la inscripción es fuerte; pero es que
Eloy es realmente muy hábil; sólo que ha olvidado que su fuerza le viene de lo
alto; pero, dejando a un lado el orgullo, está lleno de buenos principios.
-Estoy de acuerdo -dijo el buen Dios- en que tiene excelentes cualidades, pero
su orgullo las sobrepasa todas, como el cedro sobrepasa al hisopo, y las hará
morir todas bajo su sombra. ¿Has leído: Eloy, maestro de maestros, maestro
sobre todos? Es un desafío no sólo contra la habilidad humana sino contra el
poder del cielo.
-Y bien, Padre, que el poder del cielo responda con la bondad y no con el rigor.
Vos queréis la conversión y no la muerte del pecador ¿no es cierto? Pues bien,
yo me encargo de convertirlo.
-¡Hum! -dijo el buen Dios moviendo la cabeza-. Te encargas de una mala misión.
-¿Aceptáis? -preguntó Jesucristo.
-No lo lograrás -dijo el buen Dios.
-Dejadme al menos intentarlo.
-Y ¿cuánto tiempo me pides?
-Veinticuatro horas.
-Concedidas -dijo el Señor.
Jesús no perdió el tiempo; se despojó de sus ropas divinas, se puso el sayal de
peregrino, se dejó caer por un rayo de sol y descendió a las puertas de Limoges.
Entró de inmediato en la ciudad, con el bastón en la mano, con el aspecto de un
hombre que acaba de recorrer un largo camino; luego se dirigió hacia la casa de
Eloy; lo encontró forjando: estaba en su tercera calda.
-¡Dios esté con usted, maestro! -dijo Jesús entrando en el taller.
-¡Así sea! -respondió Eloy sin mirarlo.
-Maestro, -continuó Jesús- acabo de darle la vuelta a Francia, y por todas
partes he oído hablar de tus conocimientos de manera que, pensando que no habría
nadie sino tú que pudiera enseñarme algo nuevo...
-¡Ah! ¡ah! -dijo Eloy echándole una mirada rápida y golpeando el hierro.
-¿Quieres tomarme como compañero? -dijo humildemente Jesucristo-. Vengo a
ofrecerte mis servicios.
-Y ¿qué sabes hacer? -dijo Eloy, soltando negligentemente el hierro al que
acababa de darle el último martillazo y arrojando las tenazas.
-Pues -continuó Jesús- sé forjar y herrar tan bien, creo, como cualquiera en el
mundo.
-¿Sin excepción? -dijo desdeñosamente Eloy.
-Sin excepción -respondió tranquilamente Jesús.
Eloy se echó a reír.
-¿Qué opinas de esta herradura? -preguntó Eloy mostrando complacido a Jesús la
herradura que acababa de terminar.
Jesús la miró.
-Opino que no está mal; pero creo que se puede hacer mejor.
Eloy se mordió los labios.
-Y ¿en cuántas caldas harías tú una herradura como ésta?
-En una calda -dijo Jesús.
Eloy rompió a reír; como ya lo hemos dicho, él necesitaba tres, y los demás
necesitaban cinco o seis, por lo que creyó que el compañero estaba loco.
-¿Quieres mostrarme cómo lo haces? -dijo con tono burlón.
-Con mucho gusto, maestro -respondió Jesús cogiendo tranquilamente las tenazas y
de junto al yunque una barra de hierro en bruto que introdujo en la fragua.
Luego le hizo una seña a Oculi, que se puso a tirar de la cuerda del fuelle. El
fuego, asfixiado en un primer momento bajo el carbón, brotó en pequeños
surtidores azules; millones de chispas crepitaron; pronto la llama enrojecida
abrasó el alimento que se le ofrecía; de vez en cuando, el hábil compañero
regaba el hogar que, momentáneamente apagado, retomaba casi inmediatamente una
nueva intensidad y un color más vivo; por fin, la brasa pareció una materia
fundida. Al cabo de un instante, aquella lava palideció, hasta tal punto había
sido devorada la parte combustible del carbón; entonces Jesús sacó de entre las
brasas su hierro casi blanco, lo colocó sobre el yunque, girándolo con una mano
mientras que lo golpeaba y modelaba con la otra, en unos cuantos martillazos le
dio una forma y un acabado que las de Eloy estaban lejos de alcanzar. La cosa
había transcurrido tan rápidamente que el pobre maestro de maestros no
había visto sino fuego.
-¡Ya está! -dijo Jesucristo.
Eloy cogió la herradura con la esperanza de descubrir en ella algún defecto;
pero no lo encontró, por lo que la mala intención estaba presente, pero no pudo
encontrar motivo para decir el más mínimo mal.
-Sí, sí -dijo dándole una y otra vuelta- sí, no está mal... vamos, para un
simple obrero, no está mal. Pero -continuó esperando coger a Jesús en algún
error- no es todo saber confeccionar una herradura, además hay que saber
colocarla en el pie del animal. Me has dicho que sabías herrar, ¿no?
-Sí, maestro -respondió tranquilamente Jesucristo.
-Colocad al caballo en el potro -gritó Eloy a los ayudantes.
-¡Oh! no merece la pena -interrumpió Jesús- tengo una manera de hacerlo que
ahorra mucho esfuerzo y abrevia mucho tiempo.
-Y ¿cuál es esa manera? -preguntó Eloy sorprendido.
-Vas a verla -respondió Jesús.
Tras estas palabras, sacó un cuchillo del bolsillo, se dirigió hacia el caballo,
levantó una de las patas traseras, le cortó el pie izquierdo por la primera
coyuntura, puso el pie en el banco, y clavó la herradura con la mayor facilidad,
se llevó el pie herrado, lo acercó a la pata, a la que se unió de inmediato;
cortó el pie derecho, repitió la misma ceremonia con el mismo resultado,
continuó así con las otras dos patas, y todo sin que el animal pareciera
inquietarse lo más mínimo por todo lo que la forma de trabajar del nuevo
compañero tenía de extraña e inusual. Por lo que respecta a Eloy, veía
realizarse la operación con la más profunda estupefacción.
-¡Ya está, maestro! -dijo Jesucristo cuando repegó el cuarto pie.
-Ya veo -dijo san Eloy, esforzándose por ocultar su sorpresa.
-¿No conocías esta forma de hacerlo? -preguntó negligentemente Jesucristo.
-Sí, sí -respondió vivamente Eloy, había oído hablar de ella... pero yo he
preferido siempre la otra.
-Pues estás en un error, porque ésta es más cómoda y más expeditiva.
Como puede suponerse, a Eloy no se le ocurrió despedir a tan hábil compañero;
además, temía que si no hacía un trato con él, se estableciera por los
alrededores, y no se le ocultaba que sería un temible competidor. Por lo que
fijó unas condiciones, que fueron aceptadas, y Jesús se instaló en el taller
como primer ayudante.
A la mañana siguiente, Eloy envió a Jesucristo a dar una vuelta por los pueblos
cercanos; se trataba de llevar a cabo algunos encargos que exigían ser
realizados por un recadero inteligente. Jesús se marchó. Apenas había
desaparecido por un recodo de la calle mayor cuando Eloy se puso a pensar
seriamente en esta nueva forma de herrar los caballos, que no conocía. Había
seguido la operación con el máximo interés; había observado en qué coyuntura se
había hecho la amputación; como ya lo hemos dicho, no carecía de gran confianza
en sí mismo, por lo que decidió aprovechar la primera ocasión que se le
presentara para poner en práctica la lección que había recibido.
Ésta no tardó en presentarse: al cabo de una hora, un jinete completamente
armado se detuvo ante la puerta de Eloy; su caballo había perdido la herradura
de una pata trasera a un cuarto de legua de la ciudad y, atraído por la
reputación del maestro, había espoleado directamente hasta allí; venía de España
y regresaba a Inglaterra, donde tenía que arreglar grandes asuntos a propósito
de Escocia con san Dunstan; ató su caballo a una de las argollas de hierro del
taller, entró en una taberna próxima y pidió una jarra de cerveza, tras
recomendarle a san Eloy que se diera prisa. Eloy pensó que, dado que había que
darse prisa, era el momento de poner en práctica la manera expeditiva de la que
el día anterior había visto hacer un ensayo que tan bien había resultado. Cogió
su cuchillo más afilado, le dio una última pasada por la muela de afilar,
levantó la pata del caballo y cogiendo la unión con gran precisión le cortó el
pie por encima del casco. La operación había sido tan hábilmente realizada que
el pobre animal, que no sospechaba nada, no había tenido tiempo de oponerse, y
no se había percatado de la amputación sino por el dolor mismo que ésta le había
causado; pero entonces lanzó un relincho tan quejumbroso y dolorido que su dueño
se dio la vuelta y vio a su cabalgadura sin poder mantenerse en pie sobre los
tres patas que le quedaban, y sacudiendo la cuarta, de la que brotaban ríos de
sangre: salió de la taberna, se precipitó hacia el taller y encontró a Eloy
herrando tranquilamente el cuatro pie sobre el banco; pensó que el maestro se
había vuelto loco. Eloy lo tranquilizó diciéndole que era una nueva forma que
había adoptado, le enseñó la herradura perfectamente adherida al casco y,
saliendo del taller se dirigió a pegar el pie al muñón de la pata, como lo había
visto hacer la víspera a su compañero.
Pero en esta ocasión las cosas fueron distintas; el pobre animal que, desde
hacía diez minutos, perdía toda su sangre, estaba tendido, sin fuerzas y a punto
de morir; Eloy acercó el pie a la pata; pero, entre sus manos, nada se pegó, el
pie estaba ya muerto, y el resto del cuerpo no estaba mucho mejor. Un sudor frío
cubrió la frente del maestro; sintió que estaba perdido y, al no querer
sobrevivir a su reputación, sacó de su bolsa de herramientas el cuchillo que tan
bien había realizado su misión, e iba a clavárselo en el pecho cuando sintió que
alguien le agarraba el brazo; se volvió: era Jesucristo. El divino recadero
había acabado sus encargos con la misma rapidez y la misma habilidad que
acostumbraba a poner en todo lo que hacía, y estaba de regreso dos horas antes
de lo que Eloy esperaba.
-¿Qué estás haciendo, maestro? -le dijo con tono severo.
Eloy no respondió, pero le indicó con el dedo el caballo a punto de expirar.
-¿Sólo es eso? -dijo Cristo.
Recogió el pie, lo acercó a la pata y la sangre dejó de brotar, el pie se unió y
el caballo se levantó relinchando de bienestar; de tal manera que, a no ser por
la tierra ensangrentada, se habría podido jurar que no le había pasado nada al
pobre animal tan débil hacía un instante y ahora tan vivo y tan sano.
Eloy lo miró un momento, confuso y anonadado, tendió el brazo, cogió el martillo
de su taller y rompiendo el rótulo se acercó a Jesucristo y dijo humildemente:
-Tú eres el maestro, yo sólo soy tu ayudante.
-¡Bienaventurado el que se humilla -respondió Cristo con voz suave- porque será
ensalzado!
Al escuchar aquella voz tan pura y armoniosa, Eloy levantó los ojos, y vio que
su compañero tenía la frente ceñida por una aureola; reconoció a Jesús, y cayó
de rodillas.
-Está bien, te perdono -dijo Jesucristo- pues creo que te has curado del
orgullo; continúa siendo maestro de maestros; pero recuerda que yo soy el
único maestro sobre todos.
Tras estas palabras, se subió a la grupa del jinete y desapareció con él. El
jinete era san Jorge.FIN |
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Impressions de voyage,
1834 |
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