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Finalmente, desperté de verdad. El sol quemaba mis párpados, que apenas si podía
abrir. Entreví el cielo y me di cuenta de que me hallaba al aire libre. Pero el
sueño pesaba aún sobre mis ojos, y aunque ya no dormía, todavía no estaba
despierto del todo. Veía desfilar ante mí imágenes de suplicios, sucediéndose
unas tras otras. Me sentí horrorizado, y me incorporé rápidamente.
¿Cómo expresar con palabras el horror que sentí en ese momento? Me encontraba
bajo la horca de Los Hermanos. Pero los cadáveres de los dos hermanos de Zoto no
colgaban al aire, sino que yacían junto a mí. Lo que quiere decir que había
pasado la noche con ellos. Me hallaba sentado sobre trozos de cuerdas, restos de
ruedas y de esqueletos humanos, y sobre horrorosos harapos que la podredumbre
había separado de ellos.
Pensé un momento que quizá no estaría aún bien despierto y que aquello era un
horrible sueño. Cerré los ojos y busqué en mi memoria dónde había estado la
víspera. En ese instante sentí como si las garras de un animal se hundiesen en
mi costado, y vi a un buitre que se había arrojado sobre mí y que devoraba a uno
de mis compañeros de lecho. El dolor que me causaban sus garras era tan intenso
que logró despertarme del todo. Junto a mí se encontraban mis ropas, y me
apresuré a vestirme. Ya vestido, quise salir de la tapia que rodeaba la horca,
pero vi que la puerta se hallaba cerrada, y a pesar de mi esfuerzo no logré
romperla. Tuve, pues, que trepar por la triste muralla y, apoyándome en una de
las columnas de la horca, me puse a contemplar la comarca que desde allí se
divisaba. Fácilmente pude orientarme. Me hallaba a la entrada del valle de Los
Hermanos, no lejos de las orillas del Guadalquivir.
Mientras observaba el paisaje, vi cerca del río a dos viajeros, uno de los
cuales preparaba un almuerzo, mientras el otro sujetaba con la brida los
caballos. Me alegró tanto ver a aquellos hombres que mi primer movimiento fue
gritarles: «¡Agur, agur!» Lo que en español quiere decir «hola» o «buenos
días».
Al ver que alguien los saludaba desde lo alto de la horca, los viajeros
parecieron indecisos un instante, pero en seguida montaron en sus caballos, los
pusieron a galope tendido y tomaron el camino de Los Alcornoques. Fue inútil que
les gritara para que se detuviesen. Cuanto más les gritaba, más golpes de
espuela daban a sus caballos. Cuando los perdí de vista decidí abandonar aquel
sitio. Salté a tierra, pero con tan mala fortuna que me hice daño en una pierna.
Cojeando un poco, logré llegar a la orilla del Guadalquivir, y me acerqué al
sitio donde los viajeros habían abandonado su almuerzo; era lo que yo
necesitaba, pues me encontraba agotadísimo. El almuerzo se componía de
chocolate, que cocía aún, sponhao mojado en vino de Alicante, pan y huevos.
Después de reparar mis fuerzas, me puse a pensar en lo que me había ocurrido
durante la noche. Guardaba todavía un recuerdo algo confuso de ello pero lo que
sí recordaba perfectamente era haber dado mi palabra de honor de guardar el
secreto, y estaba firmemente decidido a cumplirla. Esto resuelto, lo único que
tenía que hacer, por el momento, era decidir qué camino había de tomar, y me
pareció que las leyes del honor me obligaban más que nunca a atravesar Sierra
Morena.
Quizá el lector se sorprenda de verme tan preocupado por mi honor y tan poco
por los sucesos de la víspera. Pero esta manera de pensar era consecuencia de la
educación que había recibido, como podrá verse por la continuación de mi relato.
Por el momento, sigo con el de mi viaje.
Tenía gran curiosidad por saber lo que los demonios habrían hecho de mi
caballo, que había dejado en Venta Quemada. Y como además estaba en mi camino,
decidí pasar nuevamente por la Venta. Tuve que recorrer a pie todo el valle de
Los Hermanos y el de la Venta, lo que no dejó de fatigarme. Estaba deseando
encontrar mi caballo, y, en efecto, lo hallé en la misma cuadra donde lo dejé.
Parecía animado, bien cuidado y limpio. No podía imaginarme quién se había
ocupado de él, pero como ya había presenciado tantas cosas extraordinarias, no
me llamó mucho la atención. Me habría puesto inmediatamente en camino si la
curiosidad no me hubiese empujado a recorrer de nuevo el interior de la Venta.
Encontré el cuarto donde había dormido la noche que llegué por vez primera, pero
no pude hallar el salón donde vi a las bellas africanas. Cansado de buscarlo,
renuncié a ello, y montando en mi caballo continué mi camino.
Cuando desperté bajo la horca de Los Hermanos, el sol
se encontraba en su punto más alto. Como había tardado más de dos horas en
llegar a la Venta, después de hacer dos leguas más, tuve que pensar en buscar
una posada, pero, al no encontrar ninguna, decidí continuar mi camino. Por fin
vi a lo lejos una capilla gótica y una cabaña que parecía ser la vivienda de un
ermitaño. Aunque se hallaba alejada del camino principal, como empezaba a tener
hambre, no dudé en dar ese rodeo con tal de conseguir algo de comer. Cuando
llegué a la cabaña, até el caballo a un árbol y llamé a la puerta de la ermita.
La abrió un religioso de rostro venerable, que me abrazó con paternal ternura, y
me dijo:
-Entra, hijo mío, date prisa. No te conviene pasar la
noche fuera; teme al demonio. El Señor nos ha retirado su mano.
Di las gracias al ermitaño por su bondad y le confesé que estaba muerto de
hambre.
-Piensa primero en tu alma, hijo mío -me contestó-. Pasa a la capilla y
arrodíllate ante la cruz. Me cuidaré de tu hambre, pero sólo podrás hacer
una comida frugal, la que corresponde a un ermitaño.
Entré en la capilla y me puse a rezar de verdad, pues era creyente y hasta
ignoraba que hubiese incrédulos.
El ermitaño vino a buscarme al cabo de un cuarto de hora y me condujo a la
cabaña, donde me había preparado una modesta comida. Se componía de aceitunas
excelentes, cardos conservados en vinagre, cebollas dulces en salsa y galletas
en vez de pan. También disponía de una media botella de vino. El ermitaño me
dijo que él no bebía nunca, pero que la guardaba para el sacrificio de la misa.
Así, pues, tampoco me atreví a beber yo, pero gocé, en cambio, de la cena.
Mientras comía, vi entrar en la cabaña a una figura más horrible que todo lo que
había visto hasta entonces. Era un hombre que parecía joven, pero de una
delgadez espantosa. Sus cabellos se hallaban erizados, y de uno de sus ojos, que
había perdido, manaba sangre. Su lengua pendía fuera de su boca, y de ella
resbalaba una babosa espuma. Llevaba puesto un traje negro bastante bueno, pero
ésa era su única ropa; no tenía ni medias ni camisa.
El repugnante personaje no dijo ni palabra, y fue a
acurrucarse a un rincón de la cabaña, donde permaneció más quieto que una
estatua, contemplando fijamente con su único ojo un crucifijo que sostenía en la mano. Cuando acabé de
cenar, pregunté al ermitaño quién era aquel hombre.
-Hijo mío -me respondió-, ese hombre es un poseso al que yo intento librar de
los demonios. Su terrible historia prueba el poder fatal que el ángel de las
tinieblas ha usurpado en esta desgraciada comarca. Como puede ser útil para
tu salvación que la conozcas, voy a ordenarle que te la cuente -y,
volviéndose hacia donde estaba el endemoniado, le dijo-: Pacheco, Pacheco, en
nombre de tu redentor, te ordeno que relates tu historia.
Pacheco lanzó un terrible alarido, y comenzó en estos
términos:
Historia del endemoniado Pacheco
«Nací en Córdoba, donde mi padre vivía disfrutando de una excelente posición.
Mi madre murió allí hace tres años. Al principio, mi padre pareció sentir mucho
su pérdida, pero al cabo de algunos meses, con ocasión de un viaje que tuvo que
hacer a Sevilla, se enamoró de una joven viuda llamada Camila de Tormes. Esta
Camila no gozaba de muy buena fama, y algunos amigos de mi padre intentaron
hacerle desistir de tales relaciones. Pero fue inútil. Mi padre insistió en
casarse con ella, y el matrimonio tuvo lugar dos años después de que mi madre
muriera. Las bodas se celebraron en Sevilla, y pocos días después mi padre
regresó a Córdoba con Camila, su nueva esposa, y una hermana de ésta que se
llamaba Inesilla.
»Mi madrastra respondía perfectamente a la mala opinión que se tenía de ella,
y lo primero que hizo en su nueva casa fue intentar seducirme, cosa que no
logró, pues supe resistir a su intento. Pero, en cambio, me enamoré perdidamente
de su hermana Inesilla. Mi pasión por ella creció de tal modo que no tardé en
arrojarme a los pies de mi padre para pedirle la mano de su cuñada.
»Mi padre me obligó a levantarme, y después me dijo:
»-Hijo mío, te prohíbo que pienses en ese matrimonio, y te lo prohíbo por tres razones. En primer lugar, no sería serio que te convirtieras
en el cuñado de tu padre. En segundo lugar, los santos cánones de la Iglesia no
aprueban esa clase de matrimonios. Y por último, no quiero que te cases con
Inesilla.
»Después de exponerme estas tres razones, me volvió la espalda y se marchó.
Me encerré en mi cuarto, abandonándome a la desesperación. Mi madrastra, a quien
mi padre había contado lo ocurrido, vino en seguida a verme. Me dijo que no
debía desesperarme de ese modo, porque, aunque yo no pudiese ser el marido de
Inesilla, podría ser su cortejo, es decir, su amante, y que el lograrlo corría
de su cuenta. Pero a la vez me declaró la pasión que sentía por mí e hizo valer
el sacrificio que hacía al brindarme a su hermana. Abrí mis oídos a sus
palabras, que tanto encendían mis deseos, aunque Inesilla era tan recatada que
me parecía imposible que se pudiese lograr que correspondiera a mi pasión.
»Por aquel tiempo mi padre decidió hacer un viaje a Madrid, con el propósito
de conseguir la plaza de corregidor de Córdoba, y llevó consigo a su mujer y a
su cuñada. Su ausencia iba a durar sólo dos meses, pero ese tiempo me pareció
muy largo, estando lejos de Inesilla. Cuando transcurrieron los dos meses,
recibí una carta de mi padre en la cual me ordenaba que fuese a esperarle a Venta
Quemada, a la entrada de Sierra Morena. Unas semanas antes quizá hubiese dudado
mucho antes de ir a Sierra Morena. Pero precisamente acababan de ahorcar a los
dos hermanos de Zoto, su banda había sido dispersada y los campos parecían ahora
bastante seguros. Partí, pues, de Córdoba a las diez de la mañana siguiente y
pernocté en Andújar, en la posada de uno de los andaluces más charlatanes que he
conocido. Pedí una cena abundante; comí buena parte de ella y guardé el resto
para el viaje.
»Al día siguiente, al llegar a Los Alcornoques, almorcé algo de lo que había
reservado la víspera, y aquella misma tarde llegué a Venta Quemada. Mi padre no
había llegado aún, pero como en su carta me ordenaba que lo esperase me dispuse
a ello con agrado, pues la posada era espaciosa y confortable. El posadero que
la dirigía entonces era un tal González de Murcia, buena persona, pero muy
hablador, que en seguida me prometió una cena digna de un grande de España.
Mientras se ocupaba en prepararla, fui a pasearme por la orilla del
Guadalquivir, y cuando regresé a la posada me encontré, en efecto, ya dispuesta
una cena nada despreciable.
»Cuando terminé de cenar, dije a González que preparase mi lecho. Apenas me
oyó vi que se turbaba, y empezaba a hablarme de modo confuso. Por último, me
confesó que en la posada había fantasmas y que él y su familia pasaban las
noches en una pequeña granja junto al río. Añadió que, si yo quería, podría
prepararme una cama cerca de la suya. La proposición me pareció absurda, y le
dije que podía irse a dormir donde quisiera, y que llamara a mis criados. Me
obedeció, y se retiró al instante, moviendo la cabeza de un lado para otro y
encogiéndose de hombros. Un momento después llegaron mis criados. También ellos
habían oído hablar de aparecidos, y me rogaron que pasara la noche en la granja.
No acepté, naturalmente, sus consejos, y les ordené que me prepararan la cama en
la habitación donde había cenado. Me obedecieron muy a regañadientes, y cuando
el lecho estuvo preparado me rogaron aún, con lágrimas en los ojos, que fuese a
dormir con ellos a la granja. Sus ruegos me impacientaron de tal modo que les
amenacé con arrojarlos violentamente, y se apresuraron a salir. Como no era mi
costumbre que mis criados me ayudaran a desnudarme, pude pasarme fácilmente sin
ellos. Pero debo reconocer que fueron muy gentiles conmigo, más de lo que yo
merecía por mi crudeza al tratarlos. Antes de marcharse dejaron junto a mi lecho
una vela encendida, otra de repuesto, un par de pistolas y algunos libros con
cuya lectura pudiese permanecer despierto, aunque la verdad es que había perdido
completamente el sueño.
»Durante un par de horas estuve leyendo y dando vueltas en la cama. Por
último, oí el sonido de una campana o de un reloj que daba las doce. El hecho me
sorprendió, pues no había oído dar las otras horas. Pero en seguida se abrió la
puerta y vi entrar a mi madrastra, en camisón de noche, y llevando una
palmatoria en la mano. Andando de puntillas se acercó hasta mí, con un dedo en
la boca como para imponerme silencio. Y dejando la palmatoria en mi mesilla de
noche se sentó en mi cama, tomó una de mis manos entre las suyas y me habló así:
»-Mi querido Pacheco, ha llegado el momento de ofreceros los placeres que os
prometí. Hace una hora que hemos llegado a esta posada. Vuestro padre ha ido a
dormir a la granja, pero como he sabido que os hallabais aquí, logré que me
autorizara a pasar la noche en la posada con Inesilla. Ella os aguarda y está
dispuesta a no negaros sus favores. Pero debo informaros de las condiciones que
impongo para que logréis vuestra dicha. Amáis a Inesilla, y yo os amo. No es
justo que, de nosotros tres, sólo dos sean felices a costa del tercero. Así
pues, un solo lecho nos acogerá a los tres. Seguidme.
»Mi madrastra no me dejó tiempo para contestarla. Tomándome de la mano me
condujo, de corredor en corredor, hasta que llegamos a una puerta, en donde
Camila se puso a mirar por el ojo de la cerradura. Estuvo algún tiempo mirando,
y después me dijo:
»-Todo va bien, podéis mirar vos mismo.
»Ocupé su puesto junto a la cerradura y pude ver a la encantadora Inesilla en
su lecho. Me sorprendió el que no pareciera tan pudorosa como la había conocido
siempre. La expresión de sus ojos, su agitada respiración, su animada tez, su
actitud, todo en ella expresaba que estaba aguardando a un amante.
»Después de haberme dejado mirar unos minutos, mi madrastra me dijo:
»-Mi querido Pacheco, permaneced en esta puerta, y cuando llegue el instante
oportuno vendré a avisaros.
»Cuando Camila entró en la habitación pegué mi ojo al agujero de la cerradura
y vi mil cosas que me cuesta trabajo contar. Primeramente, Camila se desnudó del
todo, y metiéndose en la cama de su hermana le dijo estas palabras:
»-Mi pobre Inesilla, ¿es verdad que deseas un amante? Pobre niña. No sabes el
daño que te hará. Primero te derribará, se echará sobre ti, y después te
aplastará y te desgarrará.
»Cuando Camila creyó que su alumna ya sabía bastante, vino a abrirme la
puerta, me llevó hasta el lecho de su hermana y se acostó con nosotros.
»¿Que podría deciros de aquella noche fatal? Que agoté en ella las delicias y
los crímenes. Durante largo tiempo estuve luchando contra el sueño y la
naturaleza para lograr aún más los infernales goces. Finalmente, me dormí y
desperté al día siguiente bajo la horca de los hermanos de Zoto, acostado entre
los dos horribles cadáveres.»
En este momento, el ermitaño interrumpió al endemoniado y me dijo:
-Y bien, hijo mío, ¿qué te parece? Imagina tu horror si hubieses
amanecido entre los dos ahorcados.
A lo cual respondí:
-Me ofendéis, padre. Un caballero no debe jamás tener miedo y menos aún si
tiene el honor de ser capitán de la Guardia Valona.
-Pero hijo mío -continuó el padre-, ¿has oído decir alguna vez que
semejante aventura ha sucedido a alguien?
Dudé un instante antes de contestar, y al fin le dije:
-Si esa aventura, padre, ha ocurrido al señor Pacheco, puede también suceder
a otros. Pero mejor podré juzgar si se digna ordenarle que continúe su
historia.
El ermitaño se volvió hacia el endemoniado y le dijo:
-Pacheco, en nombre de tu redentor, te ordeno que continúes tu historia.
Pacheco lanzó un nuevo y terrible alarido, y continuó de esta suerte:
«Dejé la horca medio muerto de miedo. Me arrastré como pude y marché sin
saber adónde me dirigía. Por fin, encontré a unos viajeros que tuvieron piedad
de mi situación y me condujeron a la Venta Quemada, donde hallé al posadero y a
mis criados, muy preocupados por mí. Les pregunté si mi padre había dormido en
la granja, y me contestaron que nadie había llegado aún.
»No me atreví a quedarme más tiempo en la Venta, y resolví regresar a Andújar.
Cuando llegué ya se había puesto el sol y la posada estaba llena. Me prepararon
una cama en la cocina, y me acosté pronto, pero los horrores de la noche
anterior, vivos aún en mi espíritu, me impedían coger el sueño.
»Había dejado encendida una vela sobre el hogar de la cocina. De pronto, la
vela se apagó, y sentí al instante un escalofrío mortal que heló mis venas. Al
mismo tiempo alguien tiró del cobertor, y oí una voz femenina que me decía:
»-Soy Camila, tu madrastra. Tengo frío, amor mío, hazme sitio bajo la manta.
»Y otra voz:
»-Soy Inesilla. Tengo mucho frío, déjame entrar en tu cama.
»En ese momento sentí una mano helada que me agarraba por el cuello. Reuní
todas mis fuerzas y exclamé:
»-¡Satán, vete de aquí!
»Entonces las dos voces de antes me dijeron:
»-¿Por qué nos echas? ¿No eres nuestro maridito? Tenemos mucho frío. Vamos a
encender un poco de lumbre.
»En efecto, poco tiempo después vi las llamas en el hogar de la chimenea. La
estancia se iluminó, pero en vez de ver a Camila y a Inesilla lo que vi fue a
los hermanos de Zoto, colgados de la chimenea.
»Esta visión me aterrorizó. Rápidamente me levanté, salté por la ventana y me
puse a correr con todas mis fuerzas. Por un momento creí haber logrado escapar
de tantos horrores, pero al volverme vi con terror que era seguido por los dos
ahorcados. Corrí de nuevo, y me pareció que había logrado dejarlos atrás. Pero
mi ilusión duró poco. Las horribles criaturas lograron rodearme y llegar hasta
mí. Intenté correr, pero mis fuerzas me abandonaron.
»Sentí entonces que uno de los ahorcados me sujetaba por el tobillo
izquierdo. Intenté zafarme, pero el otro ahorcado me cortó el camino poniéndose
ante mí, mirándome con ojos terribles y sacándome una lengua roja como el hierro
cuando sale del fuego. Pedí clemencia, pero fue en vano. Aquel monstruo me
sujetó del cuello con una mano y con la otra me arrancó el ojo que me falta. En
el hueco de mi ojo introdujo su lengua de fuego. Me lamió el cerebro y me hizo
aullar de dolor.
»El otro ahorcado, que me había agarrado la pierna derecha, quiso también
martirizarme. Comenzó haciéndome cosquillas en la planta del pie que tenía
sujeto, pero después el monstruo me arrancó la piel del pie, separó los nervios,
les quitó su encarnadura, y el muy canalla se puso a tocar sobre ellos como si
fuesen un instrumento musical. Mas como por lo visto no daban un sonido que
fuese de su agrado, hundió sus uñas en mi corva, agarró con ellas mis tendones y
se puso a retorcerlos, como se hace para afinar un arpa. Finalmente, se puso a
tocar sobre mi pierna, convertida en salterio. Escuché su risa diabólica, y
mientras el dolor me arrancaba terribles aullidos los gemidos del infierno me
hacían coro. Cuando oí el rechinar de los condenados me pareció que cada una de
mis fibras era triturada por sus dientes. Por último, perdí el conocimiento.
»Al día siguiente, unos pastores me encontraron en el campo y me trajeron a
esta ermita. Aquí he confesado mis pecados y he hallado al pie de la cruz algún
consuelo a mis desgracias.»
Nuevamente el endemoniado lanzó un horrible aullido y se calló. El ermitaño
habló entonces, y me dijo:
-Joven, ya ves el poder de Satán. Debes rezar y llorar. Pero ya es tarde y
debemos separarnos. No te invito a que descanses en mi celda porque Pacheco
lanza tales gritos durante la noche que no podrías dormir. Ve a acostarte a la
capilla. Allí estarás bajo la protección de la cruz que triunfa sobre los
demonios.
Contesté al buen ermitaño que lo haría de buen grado. Llevamos a la capilla
un pequeño catre de tijera y me acosté en él, mientras el ermitaño me deseaba
buenas noches.
Cuando me encontré solo me puse a pensar en la historia de Pacheco, en la que
encontraba bastante semejanza con mis propias aventuras.
Me hallaba aún pensando en ello cuando oí que daban las doce, pero no podía
saber si era la campana de la ermita o si es que iba a toparme nuevamente con
aparecidos. A los pocos instantes oí que llamaban a la puerta de la capilla, y
pregunté:
-¿Quién es ahí?
Una voz femenina me respondió:
-Tenemos frío, ábrenos, somos tus mujercitas.
-Sí, sí, malditos ahorcados -les contesté-, volveos a vuestra horca y dejadme
dormir.
La misma voz volvió a decirme:
-Te burlas de nosotras porque estás en una capilla. Ven fuera y verás...
-Ahora mismo voy -contesté.
Fui a buscar mi espada e intenté salir, pero vi que la puerta estaba cerrada.
Les dije a los aparecidos lo que ocurría, pero no me contestaron. Entonces me
fui a acostar y dormí hasta el alba.
FIN |