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Uno de los templos que se ven hoy en Castilla la Vieja es el de Torquemada,
villa situada a pocas leguas de Valladolid, entre esta ciudad y la de Burgos.
Antes que este se edificara, servía de iglesia una capilla que llaman de Santa
Cruz. Ahora está a pocos pasos del pueblo, y sigue sirviendo de templo
secundario. Fue obra de los caballeros templarios, que la abandonaron muy poco
después de haberla levantado para sus fines particulares; y transcurriendo días,
se hizo un objeto de veneración y de pavor para el simple habitador de
Torquemada. Se dijo que no todo era bueno en aquella capilla: que se oían ruidos
subterráneos, y hubo quien añadió que le constaba estar habitada por los malos
espíritus. Estos rumores crecieron cuando don Juan II de Castilla mandó cortar
la cabeza de su condestable don Álvaro de Luna, por quien los vecinos de
Torquemada hicieron muchos sufragios. Contaron que se oían ecos lastimosos en
Santa Cruz; que recorrían luces de una parte a otra, y que vagaban por la noche
en sus cercanías sombras movibles; y otras fábulas a este tenor.
Al mismo tiempo apareció un ermitaño en la parte del pueblo opuesta a la en
que estaba la capilla. Allí se acababa de levantar un santuario con el nombre de
Nuestra Señora de Valdesalce, cuyo cuidado se encargó a este ermitaño, que vivió
algún tiempo con una vida ejemplar y siendo el ídolo de los vecinos de la
población.
De estos sucesos tan simples en sí y tan naturales, se sacaron mil cuentos
inverosímiles y absurdos, que tuvieron motivo en las causas anteriores del
acaecimiento que voy a referir, y que se conservó largo tiempo en la memoria de
los aldeanos con el nombre de la mujer negra.
Una mujer misteriosa entraba, ya hacía algunas noches, en la capilla de Santa
Cruz, sin que nadie supiese quién era ni con qué objeto se presentaba allí.
Algunos atrevidos y un poco más despreocupados que los otros se arriesgaron a
seguirla, entrando en el templo algunos minutos después que ella. No quedó
rincón que no miraran, ni escondrijo donde no se introdujeran; pero la mujer no
apareció. Una hora antes de rayar el alba, esta dama incomprensible salió de la
capilla y desapareció entre la maleza de un bosquecillo, o más bien dehesa
cercana. ¿Cómo, pues, explicar este misterio? Entraba, salía, se la buscaba, y
así se daba con ella como si fuese un espíritu invisible. Los lugareños,
aterrados, no osaban, después de este acontecimiento, acercarse a Santa Cruz
desde que el astro del día empezaba a debilitarse. El ermitaño de Valdesalce
estuvo también algún tiempo sin dejar su habitación, lo que contribuyó al
aumento de su terror. El suceso de la mujer negra empezó a tomar un aspecto muy
formal. «El condestable, decían los aldeanos, era sin duda muy culpado; nuestras
oraciones han irritado su alma.» Otros hablaban de la mujer negra, como de una
bruja que tenía pacto hecho con el diablo, añadiendo unos que se les había
mostrado por la noche, y otros que, volviendo de los azares del campo, la vieron
bailar al anochecer alrededor de una seta, como decían lo practicaban las
brujas: y algunas viejas contaban que la habían visto saltar con suma rapidez de
unos en otros tejados, cantando por un tono en extremo lúgubre.
El ermitaño bajó, por fin, a visitar a sus queridos hermanos, como él llamaba
a los vecinos de la villa. El semblante de este hombre era angelical, su porte
agradable y cariñoso: llevaba una túnica de paño burdo ceñida a la cintura con
una correa. Vagaban sobre su espalda los negros y rizados cabellos, y la barba
crecía a su antojo, dando a su rostro varonil un carácter de majestad y nobleza
que nunca desmintieron sus palabras ni sus hechos. La alegría de los aldeanos
fue general cuando vieron bajar a su ermitaño. Corrieron a su encuentro, le
contaron el suceso de la mujer negra muchas veces, porque se les figuraba que
aún no lo había comprendido bien. Él escuchó su narración con una paciencia
imperturbable: les animó, les dijo no creyesen en cuentos de brujas ni en
hechizos, que tal vez aquella mujer fuese tan buena cristiana como por bruja la
tenían; y concluyó prometiéndoles que él mismo iría a descifrar aquel misterio.
Los del pueblo quedaron muy pagados de la afabilidad del eremita, le dieron
repetidas gracias y le acompañaron largo trecho fuera del lugar, retirándose
después con más tranquilidad de la que habían tenido los últimos días.
El solitario de Valdesalce esperó la venida de las sombras lleno de
curiosidad: la idea de aquella mujer extraordinaria le había hecho gran
impresión, y parecía hallar un presentimiento en su interior que le inclinaba a
creer que era un ente bien desgraciado. Meditaba en las señales que le dieron de
ella los del pueblo; dejaba escapar expresiones de compasión: hubiera querido
descubrirlo todo en un momento. Mas no sabía que el cielo le preparaba una
escena bien triste en la capilla de los Templarios.
La noche llegó desplegando a la vez todos los encantos que la acompañan en la
estación deliciosa de la primavera. La luna apareció suspendida en el puro azul
de una atmósfera tenue, que parecía tener la virtud de aligerar la vida de los
seres condenados a arrastrar unos días cortos y desabridos sobre la tierra.
Ayudándose con su pequeño báculo, descendía de su choza el eremita de Valdesalce,
encomendando al Eterno, en duplicadas oraciones, el éxito del negocio que iba a
emprender en favor de sus caros habitantes de la llanura: atravesó silencioso
por medio de las sombras que proyectaban los edificios pequeños y groseros que
se veían separados del resto de la población; y al cabo de algunos minutos se
arrodilló ante el altar de la capilla a que no resolvían acercarse los
lugareños. Acomodose en un lugar extraviado desde donde pudiese registrar el
espacio más reducido del templo, y aguardó más de una hora sin percibir el más
mínimo ruido.
Al cabo de este tiempo, la puerta que él había cerrado detrás de sí, se abrió
lentamente con un prolongado mugido; la lámpara colgada delante del ara, osciló
débilmente y dio muestras de expirar, confundiendo así los objetos de una manera
horrorosa. Una mujer de una figura interesante se adelantó hacia el presbiterio
y oró por algunos momentos. Iba cubierta con un ropaje de seda negra que
realzaba su cutis delicado, y convenía con su semblante abatido. Sus ojos
lánguidos recorrieron velozmente la capilla, y dirigiéndose a la lámpara,
comunicó la llama a un largo hachón, que difundió una claridad trémula, cuyo
resplandor dio movilidad a los seres estacionarios por naturaleza. Dirigiose a
un altar lateral, y separando una ligera tarima, dejó ver una escalerilla de
caracol, oculta bajo una pequeña trampa, por la que desapareció. La oscuridad
volvió a tomar posesión de la capilla, porque la lámpara había sido apagada por
aquel ser fantástico. El eremita se dirigió a ciegas al sitio por donde se había
sumergido la mujer negra, y, entrando en la trampilla, empezó a caminar por las
entrañas de la tierra. Después de haber bajado algunos escalones, se adelantó
por un callejón tortuoso, evitando cualquier ruido que pudiera producir su
marcha. Al paso que se adelantaba se aumentaba la claridad, y pocos pasos anduvo
para encontrar otra segunda escalerilla, que terminaba en una estancia
subterránea más extensa que la capilla. Un sepulcro servía de altar, al parecer,
y algunos huesos extendidos por el pavimento mostraban bien eficazmente que
sirvió un día de cementerio a los hombres.
La mujer prodigiosa se hallaba como en un éxtasis al pie de aquella tumba: su
rostro estaba humedecido con algunas lágrimas; sus facciones se habían hecho
gruesas y duras; la vista no cambiaba de dirección; en una palabra, todo
indicaba estar entregada a un exceso vehementísimo de delirio. El eremita
permaneció mudo de admiración y de terror a la entrada de este salón fúnebre.
Dos veces estuvo tentado a volver atrás, pero una secreta curiosidad se lo
estorbó, y permaneció oculto hasta ver el final de esta escena. La mujer negra
se levantó, se acercó más al sepulcro, y entregándose a un terrible frenesí,
gritó con una voz robusta y más que mujeril:
-¡Inés! ¡Inés! He aquí las cenizas de tus abuelos. Tu padre no está aquí. Los
buitres han agitado sus plumas inflexibles sobre su cadáver, y han escondido las
uñas y el pico en sus entrañas insepultas. ¿Quién dará cuenta de esto? ¡Inés!
¡Inés! ¡La maldición de los padres es eterna: el parricida no reposa ni aun en
la tumba!
El acceso de furor se aumentó; temblaba de pies a cabeza: pronunciaba sonidos
incomprensibles; agitaba en el aire la antorcha que tenía en la mano;
finalmente, empezó a dar vueltas en derredor de aquella mansión de los muertos,
y, haciendo un movimiento rápido desde el extremo opuesto, corrió demente hacia
la escalera de la capilla. Fijó sus ojos desencajados en el eremita, cogiole por
la túnica y le condujo casi arrastrando hasta el pie del sepulcro. Allí agitó la
antorcha por segunda vez, la acercó al rostro del morador de Valdesalce, parecía
quererle reconocer, y, repitiendo mil gestos convulsivos, quedó en pie delante
de él como quien vuelve de repente de un letargo de muchas horas. Su semblante
tomó otra vez su carácter lánguido; se sonrió débilmente, como por fuerza, y
dijo:
-¡Hola! El ermitaño de Valdesalce ha venido a visitarme. Ciertamente, este
sitio no es un palacio adornado con ricos tapices, pero la perspectiva de un
sepulcro no debe serle tan desagradable.
Hasta entonces no había percibido el solitario más que la idea de un delirio
tremendo y de una mujer criminal; mas cuando su semblante se serenó, no vio en
él sino una imagen de la desgracia; y sirviéndose del mismo lenguaje que había
usado aquella mujer, la contestó:
-El ermitaño de Valdesalce ha oído que una mujer misteriosa causaba terrores
en los corazones sencillos de los aldeanos con sus apariciones nocturnas en la
capilla de Santa Cruz.
-¡Misterio! ¡Terrores! ¡Apariciones! -repuso ella, con admiración marcada-
No, no, os han engañado... es una falsedad; Inés Chacón no se aparece...
Tocadla, su cuerpo es de la misma materia que los demás.
¡Todo era aquí maravilloso, todo enigmático! El nombre de Inés Chacón produjo
en el ermitaño un repentino temblor, sus ojos negros rodaron sobre sus órbitas,
y no pudo articular por algunos momentos una sola palabra.
-El eremita se ha estremecido -dijo Inés-. ¿Le aterran los gemidos de los
espíritus que habitan aquí? Podemos abandonarlos cuando les plazca.
-Mujer extraordinaria, los espíritus no me intimidan, pero tus palabras
excitan en mí una idea más horrible. ¿Quién eres? Habla, te juro por las almas
de tus antepasados un silencio eterno e inviolable.
-Pues bien, que el hombre de la soledad me escuche: no oirá de mis labios más
que verdad.
Esto dicho, colocó entre dos piedras el hachón que tenía en la mano, y,
sentándose en unos escombros enfrente de él, hizo señal al ermitaño para que la
imitase. Era por cierto una escena bien asombrosa ver a dos seres tan raros y
tan distintos, conversando con aparente tranquilidad de las cosas de la vida,
rodeados de los despojos del tiempo y de la muerte. Después de un corto
silencio, empezó Inés su narración con un tono lúgubre y enfático.
-Burgos me vio nacer. Mi padre fue el inseparable amigo del desventurado
condestable, que perdió ha poco la privanza del príncipe don Juan, con la
cabeza, y su caída arrastró tras sí a nuestra corta familia; diez y siete veces
había visto despojarse los jardines de sus flores, siguiendo en este tiempo la
fortuna de aquel favorito del rey de Castilla, cuando don Rodrigo de Aguilar,
poderoso caballero de Aragón, se atrevió a fijar sus ojos en la orgullosa frente
de Inés. Le amé, ¡demasiado me pesa!; ya es tarde. Mi padre iba a salir
desterrado de la corte, cargado con toda la indignación de un príncipe
caprichoso; en este momento crítico, don Rodrigo ofreció a mi padre un asilo
seguro en su fortaleza de Aragón; se obligó a mantener mi familia en el antiguo
fasto y ostentación, y concluyó con pedirle la mano, lo que mi padre le negó
abiertamente.
Yo ignoraba que don Rodrigo era un jugador, un impío cargado de deudas y de
vicios, que ocultaba por medio de virtudes aparentes. Ciega de amor, traté de
impostor a mi padre infeliz, y le anuncié que lo creía todo una odiosa
suposición suya, para no permitirme dar el nombre de esposo al aragonés, y
disfrazar así su odio contra los que siguieron otras banderas que las del
condestable.
El infame don Rodrigo facilitó, a pesar de mi padre, una entrevista con la
alucinada Inés. Tuvo en ella valor para proponerle la fuga. Después que nuestro
matrimonio esté concluido -me dijo- vuestro padre cederá, y lo dará todo por
bien hecho. Mi pasión abominable pasaba los límites del verdadero amor, yo
estaba frenética, y mi padre, por otra parte, me prometía un porvenir nada
lisonjero. ¿Lo creeréis? Consentí en habitar con él en su castillo de Aragón, y
con esta idea que me halagaba ahogué en mi corazón el cariño filial. A la
medianoche salimos de Valladolid, seguidos de tres criados bien apercibidos y
valientes. Todavía veíamos las veletas girar en las torres de los templos de la
ciudad, al débil brillar del astro nocturno, cuando un bizarro caballero, armado
de punta en blanco, se opuso en medio del camino por donde debíamos pasar.
Calada la visera y la lanza baja en brioso continente, acometió a Rodrigo, cuyo
caballo, menos fuerte que el del incógnito, midió la arena con su cabalgador.
Nuestros criados cercaron al vencedor, el cual, cubierto de heridas, sucumbió
después de una porfiada lucha. ¡Insensata! Yo me daba el parabién de su ruina;
de la ruina de mi padre. Abrió un momento sus moribundos ojos, y, fijándose en
su execrable hija, exclamó: «¡Pluguiera al cielo que vivieras maldita sobre la
tierra; y que tus infames amores...!». No acabó. Sus fuerzas le hicieron
traición; la voz expiró en sus fauces, y yo me alejé, sin saber lo que hacía, de
aquel espectáculo de barbarie.
Aquí se detuvo Inés, y derramó algunas lágrimas a la memoria del que la dio
el ser: pareció quererse entregar a otro acceso de delirio, mas, recobrando el
espíritu, prosiguió.
-Este golpe se borró pronto de mi memoria entre las caricias infernales de mi
pérfido esposo, que después de haberse burlado a su sabor de la crédula Inés, me
encerró en un calabozo de su castillo, donde me dio la noticia de la muerte de
mi padre. Pero un conserje que él creía de su confianza le vendió, y me dio la
libertad. Convencida de que nada adelantaría con querer vengarme, sino hacer más
patente mi deshonor, vine a concluir mis días cerca del sepulcro de mis abuelos.
Ese bosquecillo cercano me oculta durante el día, y mientras el hombre paga el
tributo del descanso a la naturaleza frágil, doy rienda a mi dolor en este
miserable sitio. La maldición de mi padre, venerable ermitaño, resuena sin cesar
en mis oídos, y la última noche he creído ver su sombra indignada que se alejaba
de esta capilla. Aún tengo otro secreto que revelaros. Mi vida acabará muy
pronto; tomad, esta joya se la hallaron a mi padre sus asesinos entre la coraza
(Inés mostró una cruz de oro guarnecida de magnífica pedrería). Iba unida a un
billete para su único amigo, de quien es propiedad; debía de haberle acompañado
en su destierro. ¡Quizá le habrá seguido al sepulcro!...
-¡Todo lo sé ya! -exclamó el ermitaño, tomando en sus manos la cruz que Inés
le presentaba-. ¡Dios mío! ¡Para esto he vivido hasta hoy! ¡Oh, mi fiel
Gonzalo!...
-¡Qué, sois vos! -dijo la joven frenética-. ¡Hernando de Sese, el apoyo de mi
padre, se cubre con la túnica del ermitaño de Valdesalce! ¡Sí, sí, todo es
horror en la tierra, y la maldición paternal pesa sobre mí con todo su vigor!
Mientras un torrente de lágrimas bañaba el rostro del sensible Hernando, el
delirio se apoderó de Inés, y tomando carrera desde la mitad del subterráneo,
intentó estrellarse contra aquellas paredes revestidas de cráneos humanos.
Hernando de Sese corrió a estorbar el fatal proyecto, pero un nuevo prodigio
detuvo a la joven en su desesperada corrida. El centro de la tierra gimió; la
losa de la tumba cayó al suelo resbalando por sus bordes, y un guerrero armado
de todas las piezas se levantó como un espectro, en medio de ellos. La cruz roja
de Santiago resplandecía en su pecho, y resaltaba más colocada en su coraza
cubierta de negro pavón. Un penacho oscuro flotaba sobre el almete, como un
funesto grajo que revolotea en tomo de una torre enlutada por la muerte de su
señor.
Entretanto que Inés y Hernando permanecían inmóviles, sobrecogidos de un
estupor indefinible, la mano del caballero aparecido alzó la visera y mostró un
semblante noble, en que luchaban a la par la angustia y la indignación. «No
temáis -dijo con una voz tétrica-, ¡vivo todavía!»
-¡Vive todavía! -repitieron a un tiempo Hemando e Inés.
-Sí, vivo todavía -replicó el caballero (en quien ya se habrá reconocido a
Gonzalo); los asesinos no acabaron con mi existencia, y cuando volví del
profundo letargo en que me dejaron sumergido, me hallé en una habitación
desconocida, donde la caridad de una virtuosa mujer me puso en el estado en que
me veis. Allí supe la fuga de mi amigo Hernando, y determiné buscarle para
vengar el ultraje hecho a mi familia por el impío don Rodrigo. Aguardando la
ocasión de descubrirme al ermitaño de Valdesalce, encontré el asilo de mi hija
infeliz, y pensé hacerla caer en mi poder, ocultándome en un segundo subterráneo
que tiene entrada por ese sepulcro.
Iba a contestar Hemando, pero un gemido prolongado que se oyó a sus espaldas,
no se lo permitió. Inés estaba entregada de nuevo a otro delirio más vehemente
que los dos primeros. En vano su padre la estrechó en sus brazos, la prometió su
perdón y la llamó repetidas veces su hija, su querida hija. Una fiebre
ardentísima la consumía por instantes: hacía contorsiones y gestos repugnantes,
y entre las bascas de su furor se la oía repetir con frecuencia: ¡Maldición!
¡Maldición! Y un gemido histérico y espantoso terminaba sus ecos de demencia.
Durante esta escena el hachón se consumió enteramente, y mientras Hemando
subía a buscar algunos vecinos de su confianza que diesen un asilo provisional a
aquellos desventurados, Inés, desasiéndose de repente de los brazos de su padre,
se hizo pedazos la cabeza contra el sepulcro. La última llamarada de la antorcha
mostró al triste Gonzalo el cerebro de su hija esparcido a su alrededor, y un
grito de desesperación se propagó por las bóvedas del subterráneo, resonando
hasta la misma capilla.
Un momento después bajó el ermitaño acompañado de aldeanos que traían hachas
encendidas. Pero no fueron más que las antorchas que alumbraron un lastimoso
funeral. Gonzalo Chacón siguió el ejemplo de su hija frenética, y había expirado
abrazado con su cadáver al pie del sepulcro de sus abuelos.
Ya no existe este subterráneo, pero se conserva intacta la capilla de los
Templarios.
FIN
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