Al lado de Graziella Link una cerda parecería flaca, un
elefantito esbelto, una pelota no lo suficientemente redonda; pero ella se
maquilla con tanto estilo que logra parecer lo que en el fondo, muy en el fondo,
bajo quintales de grasa, es: una mujer. Y ¿por qué no? también en la superficie,
y ¿por qué no?, una mujer hermosa. Sea como fuere está siempre alegre; las
canciones más estúpidas afloran continuamente a sus labios, sus ojitos
destellan, su risa musical repiquetea ante las situaciones más fúnebres, más
luctuosas. Actúa, más por placer que por dinero, en el teatro de variedades.
Como no puede caminar, sólo mantenerse en equilibrio sobre dos piecitos
desproporcionadamente pequeños, cuatro jóvenes la llevan en vilo hasta el
escenario; ella saluda dándose tres golpecitos con un abanico sobre el pecho
circular, y canta. Risueña gorjea, contenida desvaría, radiante se exalta:
¡Cu-cú, cu-cú
mi amor eres tú,
pícaro Barbazul,
cu-cú, cu-cú!
Desde que se quedó completamente calva usa una peluca
refulgente; vista desde la platea, su cabeza asoma sobre su cuerpo como un sol
que se pone tras una montaña, o más bien como una aurora. De ella emana tanto
calor que las lamparitas del escenario se derriten. Al final el público siempre
le pide un strip-tease, y ella lo hace: con premeditación, lleva un vestido
adecuado, le basta dar un tironcito a un bretel y todo cae. Los aullidos aclaman
la redondez emergente, el calor de ese cuerpo anaranjado como un sol de verano
provoca desmayos en los espectadores de las primeras filas, los custodios del
pudor no tienen nada de qué quejarse, porque nada puede haber de impúdico en una
esfera, en una naranja, por más desnuda que esté. Ella, mientras tanto, sin
dejar de sonreír y de tirar besos, con brevísimos movimientos de los pies,
comienza a girar y trina:
De la comunión de los santos
sólo a San Pedro venero:
ya me vieron por delante
ahora véanme el trasero.
El hecho es que de espaldas emite aun más calor que de
frente, a tal punto que los jóvenes que la asisten en escena deben acudir con
una sábana mojada y envolverla rápidamente, por temor cuanto menos a un
incendio. Graziella Link se deja envolver y trasladar fuera del escenario, y a
lo lejos todavía resuenan sus gorjeos dementes, sus escalas idiotas, sus coplas
imbéciles. En ella vence la redondez, triunfa la gordura; sin embargo dicen que
prefiere los cortejantes minúsculos.
FIN |