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Una vez al año, en primavera, el capitán Luiso Ferrauto
cambia de piel; de la piel vieja emerge lustroso y rosado como un recién nacido,
pero al cabo de unas horas la piel nueva recobra su color normal, que es
aceitunado, y también el pelo, que se ha desprendido junto con la piel del
cráneo, vuelve a crecer rápidamente, como corresponde a un oficial de la
Seguridad Pública. Su mujer, unida a él por un amor inusitado en estos tiempos,
suele guardar estas pieles usadas de su marido y rellenarlas de goma espuma
color carne, para hacer así un muñeco bastante presentable, bien cosido y
armado, con su uniforme puesto. Ya tiene unos quince, en el garaje: todos
oficiales de policía, tan parecidos a su marido que da gusto verlos a todos
juntos, tan dignos, tan rectos, tan inalcanzables por la corrupción. La señora
hizo instalar un equipo estéreo en el garaje y cuando el capitán está de
servicio fuera de casa, la mujer baja para hacerles escuchar a sus ex maridos
las mejores páginas de la lírica mundial. Absortos, como embelesados, los quince
policías escuchan inmóviles la muerte de Desdémona, el merecido asesinato de
Scarpia, la disputa fatal entre Carmen y Don José, delitos todos que exigen el
arresto inmediato del culpable, hechos de sangre y de violencia como tantas
veces han visto a lo largo de su carrera. Puesto que los muñecos de piel
policíaca son producidos a razón de uno por año y cada uno es de edad más
avanzada que el anterior, presentan esta insólita característica: que el más
joven de los quince es el más viejo de los quince.
FIN |