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Renato oyó los tiros. Volaron patos y garzas, y en la
lejanía una nubecilla de humo azul se desguedejó lentamente en la quietud
infinita de la tarde. Al filo de la noche
volvió Chino Pérez, ceñudo y silencioso. Traía a remolque un bote pintado de
rojo, con las letras blancas en el costado de babor: "San Felipe"
-Lo encontré -explicó, sin mirar a Renato-. Creo que
es de la estancia.
Y añadió al cabo de una pausa:
-Se habrá cortado el amarre.
Renato se incorporó lentamente, fumando su pipa, y
acercose a la orilla. Renato era bajo y escuálido. Sus ojos azules tenían una
fijeza de alucinado, que desmentía el diseño casi pueril de la boca.
La cadena del bote era nueva, Renato vio que estaba
intacta, pero no dijo nada. En el fondo había flamantes aparejos de pesca y un
rifle calibre 22; en uno de los bancos, un "sweater" de lana a rayas
multicolores.
-¿Cazaste algo? -preguntó Renato en voz baja.
-No -replicó su compañero. Y agregó con una sonrisa
torva-: Gallaretas.
-Oí los tiros -dijo Renato. Chino Pérez no contestó.
Ensimismado y remoto sentose en la orilla de la isleta; se sacó las alpargatas y
hundió los pies en el agua fría con la mirada clavada en la distancia.
Aquella noche hubo desvelo de perros en la costa de
la laguna; pisadas y linternas; voces apagadas, que el viento traía y llevaba.
Renato dormía. Chino Pérez estuvo fumando, absorto y lejano, hasta que el cielo
empezó a clarear.
Chino Pérez terminó de cuerear las nutrias y
estaqueó los cueros. Renato lo observaba con sus ojos azules e impávidos.
Chino Pérez tapó con tierra el fogón, y luego tendió
la mirada a lo lejos. El agua había tomado un color plomizo, y en el oro verde
de los juncos se alargaban las primeras sombras. Por los confines de la laguna,
ensimismada en la quietud vesperal, entre las últimas barreras de juncos,
flotaban a ras del agua nubecillas de vapor.
-Está bien, hermanito; esta noche es la vencida
-dijo Chino Pérez sin volverse.
Los dos botes balanceábanse en la orilla de la
isleta. Las líneas de pesca se sacudían a intervalos con breves convulsiones
eléctricas. "Dientudos", pensó Chino Pérez de mal humor. Todavía no era la hora
de las tarariras. Las tarariras se llevaban la línea de un golpe, dejándola
tensa y vibrante como una cuerda de violín.
-Ya sé que querés irte -dijo Chino Pérez.
Renato no contestó. Dejó que el silencio flotara
entre ellos, separándolos, restituyéndolos a sus mundos distintos, suavemente,
sin violencias.
Chino Pérez era de baja estatura, fornido, cetrina
la faz, tallado a cuchillo el entrecejo, hirsuto el pelambre, pétrea y estólida
la expresión.
A lo lejos, en el campo, encendiose una luz.
Ladraron perros. Gorgoteaba el agua.
"Ya sé que querés irte -pensó Chino Pérez-. Yo
también quiero irme"-meditó mirando el bote de la estancia. Las rayas coloridas
del "sweater" se destacaban en la oscuridad. Chino Pérez no había querido tocar
nada. Un temor recóndito le impedía poner la mano sobre cualquiera de esas
cosas. "Ya te vendrán a buscar", pensó con saña.
Luna llena: pila de monedas amarillas y temblonas
sobre el paño gris del agua.
En el fondo del juncal gritó la nutria; era un grito
quejumbroso, como el gemido de un ser humano. Chino Pérez se levantó el cuello
del saco, como si tuviera frío.
-Ya puse las trampas -dijo. Renato pensó que no
hacía falta decirlo. Lo había visto salir temprano, en el bote, con las trampas,
preparadas para ponerlas en los nidos y comederos.
Chino Pérez acercose al fogón y se acuclilló,
frotándose las manos. Entonces advirtió que él mismo había apagado el fuego y
lamentó haberlo hecho. "Mañana nos vamos -pensó-. Para siempre". Tres meses
durmiendo en cualquier parte, sobre la tierra húmeda y podrida, sin encender
fuego de noche, sin mostrar el bulto de día. Tenía el gusto del pescado pegado a
la garganta. Escupió con asco.
-¿Y qué vas a hacer, gringo, con la plata?
-¿La plata? -Renato parpadeó-. Volveré a la chacra
-dijo a la vuelta de un largo rato. Su padre había querido tener un tractor.
Toda su vida había querido eso. Ahora estaba muerto, en medio del campo, y los
tractores pasaban por encima de sus huesos. Muerto, para siempre, y sin
estrellas. El espejismo había renacido en el hijo, más torturado y violento:
para hacerlo realidad a la fuerza, se había metido a nutriero. En la estancia
vecina a la chacra de su padre había visto una vez un tractor de oruga, un
Caterpillar pintado de rojo... Renato, acaso sin saberlo, tenía la tierra metida
en todo el cuerpo, como sus padres y sus abuelos. Salió de su ensoñación con
algo parecido a un escalofrío.
-Si la cobramos... -agregó en voz baja.
Chino Pérez, cabizbajo, pateó el suelo húmedo. Oyose
un chapoteo en el agua, y una de las líneas quedó bruscamente tirante. Empezó a
retirarla, despacio, con acompasados movimientos de ambas manos. Cabresteaba la
tararira, veloz y frenética al extremo de la línea, mordiendo el hilo reforzado
con alambre. Con un último tirón la sacó a la orilla. Brillaban en la boca del
pescado los dientes amarillos y fuertes, y sus ojos tenían una fijeza azulina y
viscosa. Chino Pérez la sujetó con el pulgar y el índice por las agallas y la
golpeó dos veces en la cabeza con el mango de un rebenque. Después le sacó el
anzuelo. Silbó en el aire la plomada de tuercas y hundióse en el agua.
Renato apagó la pipa y se puso en pie.
-Voy a recorrer las trampas -dijo.
-Dejá; voy yo -replicó Chino Pérez. Su acento se
dulcificó-. Mejor que duermas un poco, hermano. Mañana hay que caminar mucho.
Renato obedeció. Acostóse sobre unas lonas, con la
ropa puesta; y antes de quedarse dormido, vio por última vez la silueta de su
compañero, erguido sobre el bote, remando a la luz de la luna.
Chino Pérez hundía el remo silencioso y el bote
quebraba el espejo terso y pulido del agua. Dormía la laguna profunda de ecos y
rumores. Las cejas de los juncales se destacaban nítidas y oscuras.
Chino Pérez no siguió el camino de costumbre. Un
miedo supersticioso y agudo le aleteaba en la sangre. No estaba acostumbrado al
miedo. Pugnaba por sacudírselo, como un perro a un tábano. Al llegar frente a la
isleta de espadañas, dejó de remar.
En el recodo de la isleta, la tarde anterior se le
había aparecido el hijo del mayordomo en el bote de la estancia. Chino Pérez lo
había visto una sola vez, de lejos, recorriendo el campo, pero lo reconoció en
seguida. Al ver al nutriero, un gesto de hombría le había curvado los dedos en
torno al rifle. No mediaron palabras, ni hacían falta. Con ese mismo gesto viril
en el rostro adolescente se había doblado y había caído por la borda -un tiro en
la garganta-, entre las ásperas ortigas de agua.
Chino Pérez no quiso pasar por allí. En la isleta
dejaba dos buenas trampas. "Que se quede con ellas el mayordomo", pensó
torvamente.
El viento soplaba de la costa, peinando los juncos.
Un cencerro trasudaba gotas de sonido en las manos heladas del aire.
Y se hizo de pronto, a lo lejos, la noche de los
perros, de los tiros, del odio desatado como una llamarada. Chino Pérez oyó las
voces sordas que el encono aceraba. Se las traía el viento, acres y feroces como
mordeduras.
Después fue el silencio, más súbito, más grande y
terrible que antes. El silencio de la laguna, preñado de misterio.
De lejos lo ventearon los perros. Chino Pérez
arrastrábase por el pajonal, sigiloso como un gato, en dirección al Molino
Grande, en desuso desde que las aguas del cuadro se tornaron salobres.
Al pie del molino los peones de la estancia habían
encendido una fogata. A su cárdeno resplandor se destacaba en silueta la figura
del mayordomo, sombrío como la noche, los brazos cruzados, separadas las
piernas, desafiando a la noche a que le quitara su venganza.
A la luz de la luna giraba la rueda del Molino
Grande, como una enorme flor blanca. Giraba lentamente, deteniéndose a ratos; y
amarrado a las aspas chorreando sangre, con los ojos vidriados de dolor y
espanto, giraba el cuerpo torturado de Renato. El viento traía y llevaba sus
gemidos, y la rueda giraba lentamente bajo el cielo tachonado de estrellas.
A doscientos pasos del molino se detuvo Chino Pérez
para tomar aliento. Quemábanle en las manos las pinchaduras de los abrojos. Los
perros se revolvieron, inquietos, recrudeciendo el coro exasperado de ladridos.
Siguió avanzando. A intervalos le llegaba el quejido estertoroso de Renato.
-Paciencia, hermanito. Paciencia.
Se detuvo a cien pasos del molino.
Chino Pérez no erraba nunca un tiro. A veinte metros
de distancia mataba una nutria con un tiro en el ojo, para no perforar el cuero.
-Paciencia, hermano.
Alzó el winchester, despacio, muy despacio. Las
miras se clavaron en el semblante taciturno del mayordomo, vacilaron un
instante, después siguieron subiendo por el bruñido esqueleto del molino. La
rueda dio media vuelta más y se detuvo chirriando, dejando a Renato vertical, de
pie en lo alto, suspendido y solo, con los ojos azules extraviados.
Chino Pérez apretó el gatillo. |