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Más de veinte años hacía que faltaba
Redondo de su patria, es decir, de la tertulia en que transcurrieron las mejores
horas, las únicas que de veras vivió, de su juventud larga. Porque para Redondo,
la patria no era ni la nación, ni la región, ni la provincia, ni aun la ciudad
en que había nacido, criádose y vivido; la patria era para
Redondo aquel par de mesitas de mármol blanco del café de la
Unión, en la rinconera del fondo de la izquierda, según se entra, en torno a las
cuales se había reunido día a día, durante más de veinte años, con sus amigos,
para pasar en revista y crítica todo lo divino y lo humano y aun algo más.
Al llegar Redondo a los cuarenta y
cuatro años encontróse con que su banquero lo arruinó, y le fue forzoso ponerse
a trabajar. Para lo cual tuvo que ir a América, al lado de un tío poseedor allí
de una vasta hacienda. Y a la América se fue añorando su patria, la tertulia de
la rinconera del café de la Unión, suspirando por poder un día volver a ella,
casi llorando. Evitó el despedirse de sus contertulios, y una vez en América
hasta rompió toda comunicación con ellos. Ya que no podía oírlos, verlos,
convivir con ellos, tampoco quiso saber de su suerte. Rompió toda comunicación
con su patria, recreándose en la idea de encontrarla de nuevo un día, más o
menos cambiada, pero la misma siempre. Y repasando en su memoria a sus
compatriotas, es decir, a sus contertulios, se decía: ¿qué nuevo colmo habría
inventado Romualdo? ¿Qué fantasía nueva el Patriarca? ¿Qué poesía festiva habrá
leído Ortiz el día del cumpleaños de Henestrosa? ¿Qué mentira, más gorda que
todas las anteriores, habrá llevado Manolito? Y así lo demás.
Vivió en América pensando siempre en la
tertulia ausente, suspirando por ella, alimentando su deseo con la voluntaria
ignorancia de la suerte que corriera. Y pasaron años y más años, y su tío no le
dejaba volver. Y suspiraba silenciosa e íntimamente.. No logró hacerse allí una
patria nueva, es decir, no encontró una nueva tertulia que le compensase de la
otra. Y siguieron pasando años hasta que su tío se murió, dejándole la mayor
parte de su cuantiosa fortuna y lo que valía más que ella, libertad de volverse
a su patria, pues en aquellos veinte años no le permitió un solo viaje.
Encontróse, pues, Redondo, libre, realizó su fortuna y henchido de ansias volvió
a su tierra natal.
¡Con qué conmoción de las entrañas se
dirigió por primera vez, al cabo de más de veinte años, a la rinconera del café
de la Unión, a la izquierda del fondo, según se entra, donde estuvo su patria!
Al entrar en el café el corazón le golpeaba el pecho, flaqueábanle las piernas.
Los mozos o eran o se habían vuelto otros; ni les conoció ni le conocieron. El
encargado del despacho era otro. Se acercó al grupo de la rinconera; ni Romualdo
el de los colmos, ni el Patriarca, ni Henestrosa, ni Ortiz el poeta festivo, ni
el embustero de Manolito, ni D. Moisés, ni… ¡ni uno solo siquiera de los
desconocidos! Su patria se había hundido o se había trasladado a otro suelo. Y
se sintió solo, desoladoramente solo, sin patria, sin hogar, sin consuelo de
haber nacido. ¡Haber soñado y anhelado y suspirado más de veinte años en el
destierro para esto! Volvióse a casa, a un hogar frío de alquiler, sintiendo el
peso de sus sesenta y ocho años, sintiéndose viejo. Por primera vez miró hacia
adelante y sintió helársele el corazón al prever lo poco que le quedaba ya de
vida.. ¡Y de qué vida! Y fue para él la noche de aquel día insomne, una noche
trágica en que sintió silbar a sus oídos el viento del valle de Josafat.
Mas a los dos días, cabizbajo, alicaído
de corazón, como sombra de amarilla hoja de otoño que arranca del árbol el
cierzo, se acercó a la rinconera del café de la Unión y se sentó en la tercera
de las mesitas de mármol, junto al suelo de la que fue su patria. Y prestó oído
a lo que conversaban aquellos hombres nuevos, aquellos bárbaros invasores. Eran
casi todos jóvenes; el que más, tendría cincuenta y tantos años.
De pronto uno de ellos exclamó: “Esto
me recuerda uno de los colmos del gran D. Romualdo”. Al oírlo, Redondo, empujado
por una fuerza íntima, se levantó, acercóse al grupo y dijo:
-Dispensen, señores míos, la
impertinencia de un desconocido, pero he oído a ustedes mentar el nombre de D.
Romualdo el de los colmos, y deseo saber si se
refieren a D. Romualdo Zabala, que fue mi mayor amigo de la niñez.
-El mismo -le contestaron.
-¿Y qué se hizo de él?
-Murió hace ya cuatro años.
-¿Conocieron ustedes a Ortiz, el poeta
festivo?
-Pues no habíamos de conocerle, si era
de esta tertulia.
-¿Y él?
-Murió también.
-¿Y el Patriarca?
-Se marchó y no ha vuelto a saberse de
él cosa alguna.
-¿Y Henestrosa?
-Murió.
-¿Y D. Moisés?
-No sale ya de casa; ¡está paralítico!
-¿Y Manolito el embustero?
-Murió también…
Murió… murió… se marchó y no se sabe de
él… está en casa paralítico… y yo vivo todavía… ¡Dios mío! ¡Dios mío! -y se
sentó entre ellos llorando.
Hubo un trágico silencio, que rompió
uno de los nuevos contertulios, de los invasores, preguntándole:
-Y usted, señor nuestro, ¿se puede
saber…?
-Yo soy Redondo…
-¡Radondo! -exclamaron casi todos a
coro-. ¿El que fue a América arruinado por su banquero? ¿Redondo, de quien no
volvió a saberse nada? ¿Redondo, que llamaba a esta tertulia su patria?
¿Redondo, que era la alegría de los banquetes’ ¿Redondo, el que cocinaba, el que
tocaba la guitarra, el especialista en contar cuentos verdes?
El pobre Redondo levantó la cabeza,
miró en derredor, se le resucitaron los ojos, empezó a vislumbrar que la patria
renacía, y con lágrimas aún, pero con otras lágrimas, exclamó:
-¡Sí, él mismo, él mismo Redondo!
Le rodearon, le aclamaron, le nombraron
padre de la patria, y sintió entrar en su corazón desfallecido los ímpetus de
aquellas sangres juveniles. Él, el viejo, invadía, a su vez, a los invasores.
Y siguió asistiendo a la tertulia, y se
persuadió de que era la misma, exactamente la misma, y que aún vivían en ella,
con los recuerdos, los espíritus de sus fundadores. Y redondo fue la conciencia
histórica de la patria. Cuando decía: “Esto me recuerda un colmo de nuestro gran
Romualdo…”, todos a una: “¡Venga! ¡Venga”. Otras veces: “Ortiz, con su habitual
gracejo, decía una vez…”. Otras veces: “Para mentira, aquella de Manolito”. Y
todo era celebradísimo.
Y aprendió a conocer a los nuevos
contertulios y a quererlos. Y cuando él, Redondo, colocaba algunos de los
cuentos verdes de su repertorio, sentíase reverdecer, y cocinó en el primer
banquete, y tocó, a sus sesenta y nueve años, la guitarra, y cantó. Y fue un
canto a la patria eterna, eternamente renovada.
A uno de los nuevos contertulios, a
Ramonete, que podría ser casi su nieto, cobró singular afecto Redondo. Y se
sentaba junto a él, y le daba golpecitos en la rodilla, y celebraba sus
ocurrencias. Y solía decirle: “¡Tú, tú eres, Ramonete, el principal ornato de la
patria!” Porque tuteaba a todos. Y como el bolsillo de Redondo estaba abierto
para todos los compatriotas, los contertulios, a él acudió Ramonete en no pocas
apreturas.
Ingresó en la tertulia un nuevo
parroquiano, sobrino de uno de los habituales, un mozalbete decidor y algo
indiscreto, pero bueno y noble; mas al viejo Redondo le desplació aquel ingreso;
la patria debía estar cerrada. Y le llamaba, cuando él no le oyera, el Intruso.
Y no ocultaba su recelo al intruso, que en cambio veneraba, como a un patriarca,
al viejo Redondo.
Un día faltó Ramonete, y Redondo
inquieto como ante una falta preguntó por él. Dijéronle que estaba malo. A los
dos días, que había muerto. Y Redondo le lloró; le lloró tanto como habría
llorado a un nieto. Y llamando al Intruso, le hizo sentar a su lado y le dijo:
-Mira, Pepe, yo, cuando ingresaste en
esta tertulia, en esta patria, te llamé el Intruso, pareciéndome tu entrada una
intrusión, algo que alteraba la armonía. No comprendí que venías a sustituir al
pobre Ramonete, que antes que uno muera y no después nace muchas veces el que ha
de hacer sus veces; que no vienen unos a llenar el hueco de otros, sino que
nacen unos para echar a los otros. Y que hace tiempo nació y vive el que haya de
llenar mi puesto. Ven acá, siéntate a mi lado; nosotros dos somos el principio y
el fin de la patria.
Todos aclamaron a Redondo.
Un día prepararon, como hacían tres o
cuatro veces al año, una comida en común, un ágape, como le llamaban. Presidía
Redondo, que había preparado uno de los platos en que era especialista. La
fiesta fue singularmente animada, y durante ella se citaron colmos del gran
Romualdo, se dedicó un recuerdo a Ramonete. Cuando al cabo fueron a despertar a
Redondo, que parecía haber caído presa del sueño -como que le ocurría a menudo-,
encontráronle muerto. Murió en su patria, en fiesta patriótica…
Su fortuna se la legó a la tertulia,
repartiéndola entre los contertulios todos, con la obligación de celebrar un
cierto número de banquetes al año y rogando se dedicara un recuerdo a los
gloriosos fundadores de la patria. En el testamento ológrafo, curiosísimo
documento, acababa diciendo: “Y despido a los que me han hecho viviera la vida,
emplazándoles para la patria celestial, donde en un rincón del café de la
Gloria, según se entra a mano izquierda, les espero”.
FIN |