|
De camino para una masía1
de la Selva, donde me aguardaban los míos, hube de retrasarme por motivos que no
es preciso narrar. El sol caía bastante bajo cuando llegué al molino del Olmo,
que distaba aún tres horas del término de mi viaje; mas a pesar de que no andaba
sobrado de tiempo, hube de detenerme a beber, y me senté en una piedra, junto al
río, a descansar un instante, fumando un cigarrillo.
El molino del Olmo no trabaja desde hace muchos años.
Es un caserón inhabitado, o mejor una ruina inhabitable, porque buena parte de
las paredes se ha convertido en escombros, y los tejados y techos no se
mantienen más que a pedazos. Crecen en el interior espontáneos arbustos, y la
viña salvaje asoma sus pámpanos a la ventana. La presa, reblandecida y usada,
deja escapar desdeñosamente las aguas murmuradoras. La ancha turbina se pudre
inmóvil sobre la acequia enjuta; las arañas la cubren de telas sutiles, y los
bardales de las márgenes la llenan de briznas y hojarasca. Cuando uno recuerda
que en otros tiempos esta rueda movía una complicada maquinaria, e imagina el
ronco son de las muelas, correas y engranajes, el tráfago de los molineros, las
teorías de carros que henchían los patios, la música de los cascabeles, el
chasquido de las zurriagas y los gritos de los carreteros que animaban todo el
valle, no puede menos de lamentar la ruina y el silencio presentes. Ahora estos
parajes permanecen desiertos y silvestres. Crece la hierba en los caminos; ha
desaparecido el surco de los carros. Nadie transita de ordinario por estos
senderos. El sol mira hacia acá días y días y meses sin descubrir figura humana,
y desaparece al morir la tarde en medio de un silencio mortal.
Poco tiempo concedí al reposo. Quería aprovechar en lo
posible para mi ruta la luz del día que empezaba ya a tomar tonos purpúreos.
Penetré, pues, en la selva, avanzando rápidamente, mas no tardé en comprender
que me afanaba en vano; dentro de poco la noche me alcanzaría en pleno bosque.
El sol se había puesto ya, de seguro. A pesar del altísimo alisar que me impedía
la vista del poniente, las vislumbres que, filtrándose por los claros del
follaje, manchaban el bosque, denotaban suficientemente con su débil color la
decadencia de la hoguera de donde procedían. Habían perdido su esplendor dorado,
se enrojecían, parpadeaban, no podían durar. Extendiose a lo mejor una racha de
sombra y se apagaron doquiera.
-Adiós, bondadosa mirada del crepúsculo; abandonome tu
dulce compañía.
Con todo, me equivocaba. La muriente llama diurna
reavivose aún, y sus reflejos volvieron a esparramarse por la sierra; y pálidos,
violáceos, ondulando como humaredas de luz vagaron de una parte a otra y se
extinguieron, y reaparecieron, y volvieron a extinguirse una porción de veces,
de tal suerte que no perdí la confianza de verlos de nuevo hasta que hubo
transcurrido un largo espacio en que los aguardara vanamente. Comprendí al fin
que no volverían y entonces se me oprimió el corazón. Faltábanme todavía dos
horas de marcha por unas tierras enteramente deshabitadas.
Cuando atravesé el puente de la Comadreja, un puente
estrechísimo y de un solo arco, tan simple que parece el hueso de una costilla
gigantesca, había cerrado la noche. ¿A qué negarlo? Tuve miedo. Pero… ¿de qué?
¿De ladrones? Ni soñarlo. ¿De despeñarme? Sabía muy bien que no bordeaba mi ruta
ningún abismo.
-Bah, bah, pavura2
lisa y llana -murmuré- un miedo inmotivado, propio de mujeres y chiquillos. Hay
que despreciarlo. Filosofía, y adelante.
Pero la filosofía que me impelía a avanzar, nada
conseguía en orden a mi zozobra.
Un acompasado flautear de sapos, que sonó allá a lo
lejos, en una hondonada, me infundió más decisión que los mejores razonamientos.
Concentré toda mi atención en aquella monótona cantinela, y al oírla me parecía
que no estaba completamente solo. Tenía la percepción de unos seres que se
movían y permanecían unidos conmigo para el cumplimiento de una obra vital, y
conmigo se comunicaban por medio de la voz. No dejaban de acompañarme.
Una lucecita que surgió más tarde en medio de la masa
informe de una montaña, contribuyó también a consolarme. Allí había un hogar y
una familia. En mi imaginación vi a la masovera3
cerniendo harina al fulgor de aquella lucecilla, a los chicos disponiendo la
nocturna ración de los establos, y a los jornaleros apoyando los codos en la
mesa, sobre los manteles, y aguardando la hora de cenar. La buena gente dejó la
ventana abierta sin tener idea de la caridad que le hacían al caminante con sólo
dejarle ver el punto donde moraban. No estaba todo desierto, no. Ya sentía la
sociedad de aquella gente lejana; no me atrevía a dudar de su existencia.
Esparciendo de esa suerte la imaginación, recorrí buen
trecho de camino con cierto denuedo; pero al perder de vista la lucecilla, y
cuando al entrar en una nueva accidentación del camino, dejé de oír el flautear
de los sapos, y un silencio perceptible, que aterraba, vibró a mi alrededor en
la inmensidad, me pareció que la noche se me arrojaba encima.
Me detuve azorado, presa de un malestar semejante al
que a veces experimentamos cuando alguien se nos acerca cautelosamente por
detrás. Quería volverme y no me atrevía. Al cabo pude lograrlo, y pasó por mi
piel una vaharada fría, espantosa. Pero nada vi… ante mis ojos no había más que
la selva, las hondonadas, la oscuridad.
Caminé de nuevo, y hube de detenerme nuevamente a los
pocos pasos. No podía sustraerme a la impresión de que alguien me seguía y me
escrutaba. Palpitando de emoción volví a mirar, a escuchar… El silencio era
absoluto. Sólo el ritmo de un menguado aliento se atrevía a profanarlo. La noche
era augusta, diáfana; un abismo azulado, inmenso, salpicado de estrellas que
indicaban confusas lejanías en el piélago interminable. Y abajo, la tierra
desapoderada de luz, permanecía muda, en santo silencio, como recogiendo con
místico respeto, las irradiaciones de lo infinito… Esto es lo que percibían ojos
y oídos… Pero además… ¿Cómo explicaré aquella honda sensación estremecedora que
me perseguía? No sabría comparar mi estado, lo repito, sino con el de una
persona que se siente molestada hasta lo insufrible por la insistente mirada de
otra que la espía en silencio con los ojos fijos. Sí, la tensión de mi espíritu
llagaba a lo insostenible. No pude contenerme más. Con la sangre helada en las
venas, caí de rodillas.
-¡Oh, Infinito, oh Ignoto, oh Santo, yo te adoro!
¡Protégeme, ampárame! -exclamé con un grito involuntario que resonó
espontáneamente en mi corazón. Y seguí rezando, aplastado contra el suelo,
rezando con desvarío, encogido, tembloroso, hasta que obtuve la emoción, y el
llanto y el consuelo.
Por fin me levanté reconfortado, impregnado de una
religiosa suavidad. La pavura no me había abandonado totalmente, pero me era
soportable. Con aire modesto y párpados humillados continué mi marcha por
senderos solitarios, murmurando plegarias a media voz; de esta suerte pude
llegar a la masía.
Allí me aguardaban la familia amante y el encendido
hogar. Todo el mundo estaba ya inquieto por mi causa. Me dirigieron algunas
palabras, a las que di la única respuesta. Y creí que nadie puso atención a
cuanto respondía. Sería tal vez que cuanto dije era cosa de vago interés, y que
los ojos de todos descubrían en mi rostro algo solemne e indescifrable que
fijaba la atención más que mis palabras. ¿Qué suerte de honesta vergüenza o de
poquedad espiritual me obligó a callar el lance más importante de mi jornada? Lo
ignoro. Lo cierto es que rehuí conversaciones, me senté en el banco del hogar,
alegando cansancio y me sumergí en la meditación.
Jamás como aquella noche había conocido la pavura, ese
miedo de lo infinito, de lo ignorado, ese inmenso padecimiento que todos han
experimentado alguna vez y que nunca fue estudiado con la debida serenidad. ¿De
qué depende la pavura? ¿Acaso la soledad, la inmensidad y la tiniebla ejercen
por sí solas una influencia maligna sobre las facultades humanas,
desordenándolas en un aura de locura? ¿O acaso en aquellas circunstancias se
aviva en nosotros una facultad cegada casi en todo momento por groseras
sensaciones, un sentido íntimo que nos capacita para recibir la sugestión de
poderes suprasensibles que nos perturban y estremecen? Oh, Dios mío, ¿cómo dudar
de este profundo sentido con que he llegado casi al tacto de vuestro ser,
santamente aterrorizado en medio de la oquedad nocturna? Es un sentido
balbuciente, oscuro; parece incipiente, y, sin otras luces que tengo recibidas,
hubiera podido conducirme a algo detestable, como a tantos pueblos que quizás no
tuvieron en religión más institutor que la pavura; pero, aunque balbuciente y
oscuro todo lo que se quiera, es preciso reconocerlo: existe.
FIN |