|
El eco de tu postrera danza, oh Fiesta de Todos los Santos, fenece.
La orquesta penetró en el mesón. En la vasta cocina, ante el hogar, sentados
en el banco, o en sillas y escabeles, los músicos se calientan las piernas, y
suavizan con unas sopas en vino las gargantas secas y agobiadas. Cada cual
sostiene con la mano izquierda, sobre la rodilla, un plato de tierra muy hondo,
en cuyo seno se hinchan y colorean los pedazos de pan que flotan en el líquido
humeante. Los dedos pellizcan, sorben tenaces las bocas y los semblantes
adquieren vida al influjo del saludable refrigerio.
En tanto el abuelo echa un sueñecito en su rincón, casi rozando los purpúreos
tizones. Ora levanta poco a poco la cabeza hasta poner en descubierto las
piltracas marchitas de su papada, ora la deja caer pesadamente sobre el pecho.
Media docena de jóvenes payeses bien trajeados y rasurados, con las
barretinas encrestadas en la cabeza con esmero coquetón, y luciendo a guisa de
joyas unos brotes de albahaca en las orejas, conversan de pie formando corro
detrás de los músicos. Sus caras llamean todavía con el fuego que encendiera la
danza; de vez en cuando enjugan con pañuelos multicolores el sudor que
resplandece en caras y cogotes.
La mesonera y las criadas van con presura del hogar a los hornillos, de los
hornillos al armario.
Un mozalbete, puesto en cuclillas dentro del cuévano de hierbas,
lo espía todo
con ojos despabilados.
El candil que pende de la pequeña bóveda de los hornillos apenas deja ver su
lucecita amarilla entre la humareda que surge de cazos y sartenes. En cambio los
resplandores rojos y volubles del hogar vagarean por el ámbito sombrío. Todo
danza en un caos de luz y de tinieblas.
Al toque de oración algunos payeses empiezan a hablar de la noche de ánimas,
de la noche que va a cerrar. Se cuentan casos de apariciones sobrenaturales.
Cada cual trajo su historia, y procura interesar con ella todo lo posible. Un
músico, hombrón de elevada estatura, flaco, de recias espaldas, de faz
prolongada, frente calva y patillas blancas, luego de sorber las heces de su
plato, mete baza en la conversación y dice:
-No sé si habrán conocido a Refila de Navata… Yo sí. En todo el Ampurdán no
había tenora como la suya; era un gran músico, un compositor de sardanas de los
que entran pocos en libra. Sus sardanas… ¡ya lo creo!… se tocan aún y se danzan
con devoción… Esta es la palabra… Se danzan con devoción porque su música tiene
algo de religioso, de santo, de… no puede explicarse, ea. Fue mi maestro de
tenora. En aquellos tiempos sería ya viejecito, pero estaba fresco y reluciente…
era un hombre chiquitín… ¡si parece que lo estoy viendo!… carirredondo, el
cogote prolijo… Vestía calzas y delantal, al uso añejo, y la chaqueta adornada
con vistosa botonadura de hoja de lata. No vayan a creer que diera en
pisaverde… nada de eso. No le importaba que cayese al azar su barretina morada,
que le colgaba como un saco vacío por encima del hombro. Las medias lo
arrastraban y él no se daba cuenta. Todo el día estaba soñando solfas. Ah, no
recuerdo todas estas cosas para que se rían, no… que no es cosa de risa… las
digo para que vean cuán presente tengo a mi hombre y para que entiendan que no
es ningún cuento lo que voy a referirles.
Aquí el narrador se detiene unos instantes. Reina el silencio. Las sartenes
de los hornillos cesaron de chirriar. No se oye más rumor que el sordo ronquido
de la enorme olla de hierro que pende de las caramilleras, y empieza su hervor.
El mozalbete del cuévano no aparta su vista de los labios del músico como si
espiase el surgir de las palabras. El músico prosigue su relato de esta suerte:
-Hoy cumplen años de mi historia. Refila de Navata había ido a tocar en las
danzas de la fiesta de hoy en un pueblo comarcano. Cuando hubo terminado, al
cerrar la noche, emprendió solito el camino de su casa. Él mismo me lo contó más
adelante. Con la tenora metida en la bolsa de cuero y sujeta a la espalda, tras,
tras, descendía de la montaña, tomando cuantos atajos encontraba. Pero a no
tardar, aunque las piernas de Refila seguían triscando por los senderuchos, sus
pensamientos andaban lejos, lejos… se habían desprendido ya de la tierra.
Lo había conmovido una inspiración, y componía allá en sus adentros. Nadie puede
imaginar, si no lo ha experimentado alguna vez, de qué modo las inspiraciones
arrebatan el alma de un artista.
Aquí todos los músicos balancearon la cabeza en señal de aprobación, y el
narrador continuó diciendo:
-Pasaba el tiempo, y Refila, distraído, hechizado, no tenía la menor idea de
que transcurriese. Y andando, andando, al fin tropezó con una cepa desarraigada.
Entonces volvió en sí… esto es, salió de su preocupación… y como desvelándose
empezó a mirar a una y otra parte. Mira acá, mira acullá… Señor, se había
perdido en mitad del bosque, ante unos barrancos muy hondos que infundían pavor
al hombre de más denuedo. La noche había cerrado totalmente. La luna era casi
nueva. Apenas se divisaba en la diafanidad del cielo algo así como una pequeña
sombra más clara y azulada que el fondo del cielo, ribeteada por un blanco
hilillo de luz. Los senderos… ya lo imaginan… se borraban a cuatro pasos de
distancia. Refila estaba desorientado por completo. Y he aquí, muchachos, que
mientras él examinaba crestas y vertientes de montañas, buscando algún detalle
conocido, llegó a su oído, en una racha suave, algo así como una música singular
y embelesadora. Era una música que apenas se oía, fina, finísima, casi desmayada
en el aura. Sonaba como un zumbido de abejas que acercándose ahora, alejándose
presto, aumentaba o disminuía, aunque siempre débil, confusa… ¿Qué iba a ser
aquello, qué iba a ser?… Al principio, Refila se creyó juguete de una ilusión;
que le zumbaban las orejas… que una expansión de la sangre murmuraba las
armonías soñadas durante la marcha. Pero ¡quiá!… no tardó en venir el desengaño.
Aquella música no se parecía a nada que él hubiese nunca imaginado u oído. Era
un nuevo aire de sardana apacible, melancólico… que se apoderaba del corazón
despertando en él las más dulces ilusiones de la vida pasada. Llevaba al alma un
recuerdo parecido al del placentero son de los primeros besos de amor, pero al
mismo tiempo despertaba una tristeza honda, muy honda, ¡Jesús mío! Lástima que
por la obscuridad no se pudiese escribir media palabra, de lo contrario, Refila
hubiese apuntado las maravillas que llegaban a su oído. Sólo podía escuchar, eso
sí… y para lograrlo mejor, poquito a poco echó a andar hacia el paraje de donde
parecía llegar el zumbido armonioso.
Calló el músico por breve espacio, suspirando. La mesonera y las sirvientas
habían vuelto la espalda a los hornillos y atendían boquiabiertos, con ojos
amilanados. No se oía a nadie ni respirar. Solamente se distinguía el sordo
roncar de la olla enorme de hierro que hervía colgada de las caramilleras. Al
cabo de escaso tiempo el narrador continuó su relato del modo siguiente:
-Refila de Navata no se acordaba de su casa ni de su familia, ni del camino
perdido. No le movía más anhelo que el de impregnarse de aquella finísima
corriente de armonía, cuyo rastro andaba siguiendo. Refila era músico en cuerpo
y alma. Al sortear un avance de la sierra divisó en una hondonada brumosa un
lugarcillo lejano, que parecía dorado a la luz de la celistía. Se encaminó hacia
allá… A medida que avanzaba, los sones seductores se oían más claros, menos
inciertos… ¡Adelante!… Chocó de pronto con una pared revestida de hiedra, una
pared muy baja… tras la cual se extendía una salceda compacta y frondosa. Surgía
de allí una húmeda vaharada; así, como de tierra agitada o regada poco ha. ¡Pardiez!,
allí se danzaba. Refila oía las pisadas de la gente, unas pisadas continuas,
acompasadas… dóciles al aire musical. Era indudable; a la sombra de aquellos
árboles, se danzaba la sardana sin más luz que la de las estrellas. Costaba
algún esfuerzo reparar en los danzantes, pero a medida que la vista se
enseñoreaba de las tinieblas, se notaba confusamente su vaivén, el rodar
incesante y los saltos. Era gente angulosa y deplorable. Sus pies daban en el
suelo con crujido áspero, seco. Algunos llevaban los pliegues de la ropa
tachonados de una tierra que con el movimiento se iba desprendiendo y caía con
rumores tenues de llovizna. Refila se estremeció de pies a cabeza,
comprendiéndolo todo. El recinto era un cementerio. Los sauces, las plazuelas
orilladas por rosales en flor, las cruces medio derruidas que en medio de ellas
se divisaban, algunos hoyos que parecían cavados recientemente… todo explicaba
la verdad del caso. Era noche de ánimas y los danzantes serían unos buenos
difuntos ampurdaneses que, con permiso divino, se holgaban bailando la sardana,
el baile de sus dulces recuerdos. Los músicos, encaramados sobre una antigua
tumba, aterciopelada por el musgo, tocaban sus tenoras y caramillos con apagado
aliento que no llegaba jamás a hinchar sus mejillas hundidas. ¡Y con qué finura
y exquisitez seguían tocando! Su música era suave, embelesadora… se apoderaba
del corazón, despertaba en él las ilusiones de la vida pasada, pero al mismo
tiempo derramaba una congoja muy lastimera. ¡Jesús mío! Refila no se cansaba de
escuchar. A pesar del miedo que sentía, el pobrecillo no hubiera sabido
arrancarse a aquel deleite. Y entretanto la sardana se acercaba hacia el lugar
en que se hallaba y los cuerpos glaciales de los bailarines exhalaban un cierzo
sepulcral, un airecillo cortante que los rosales experimentaban desde muy lejos.
¡Vaya si hería a los rosales!… Se hubiera dicho que pasaba por sus ramillas algo
parecido a una pavura, y las rosas súbitamente se dilataban, se desfloraban,
dejando caer doquiera sus hojas diminutas. Refila sentía también aquel frío en
la cabeza, en el pecho y en la médula de los huesos… y no tenía ya fuerzas para
huir, y sus piernas se doblaban, y sus párpados cerrábanse con sueño invencible,
despótico como el de la muerte. ¡Pobre Refila de Navata! Cayó, cayó sin sentido
al pie de la cerca… y ¡líbrenos Dios de un sueño parecido al suyo!
Aquí el narrador calla suspirando, inclinando sobre el pecho la cabeza
meditabunda. Se oye, al mismo tiempo, el canto lejano de un gallo, cual una queja
prolongada y misteriosa. Todos se estremecen. El mozalbete del cuévano vuelve el
rostro, pálido y azorado; creyó sentir un aliento frío que le escarolaba los
pelos del cogote. Tras una larga pausa, el músico suspira de nuevo, y dice:
-¡Mundo, mundo, albergue de sandios! ¿Saben lo que la gente supuso cuando Refila contó lo que le había ocurrido? Pues nada… que el relente de otoño
le había atacado el cerebro, y había deshojado las rosas. Y los médicos que lo
visitaron… -porque desde entonces acá siempre estuvo enfermo, flaco, abatido,
sin colores- ¿saben lo que dijeron? Que sí, que había perdido el seso, y que
sus relatos no eran más que engendros y fantasías.
-Y a usted, ¿qué le parece? -pregunta el mozalbete del cuévano con voz ansiosa
y apagada.
-Yo creo que Refila es más sabio que nosotros y que todo el protomedicato
-responde el músico sentenciosamente.
Todo el mundo hace un gesto de aprobación. A aquellos ampurdaneses no les
parece raro que los difuntos, por regaladas que estén sus almas en el cielo y
por helados que deban de hallar sus cuerpos bajo la tierra, quieran, con el
divino permiso, holgarse una vez al año danzando la sardana, el baile de sus
dulces recuerdos, la danza sagrada de la tierra.
FIN
|