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El abuelo Guixer era un viejecito de piernas baldadas, antiguo pescador, que
se pasaba las horas cantando a veces, otras renegando (este era un dejo del
oficio), rezando otras, pero siempre conservándose bonachón y candoroso como un
niño. Más pulido era que una azucena; y daba gozo verle, entrado el verano, en
el patio de su casa, bajo el emparrado; sus cabellos blancos eran parecidos a la
espuma del jabón, su caraza fresca y encendida, su camisa de hilo, basta,
fulgurando de limpieza y esparciendo el olor doméstico de la colada, los brazos
arremangados, las manos activas, entretejiendo juncos o aderezando cuerdas. No
había hombre más experto en quisicosas de pescar. Labraba nasas, garbitanas,
palangres, mangas… Y él con sus artes, y la mujer haciendo charlar de sol a sol
los bolillos en la almohadilla de encajes, sin detenerse más que lo preciso para
acudir en un santiamén a los menesteres de la casa, vivían con suficiente
holgura.
Yo, aficionado a la pesca, con la excusa de llevar a componer un volantín o
la faz de una nasa, visitaba con frecuencia al buen hombre. Al cabo fuimos
excelentes camaradas.
Lo que es durante el verano, no dejaba yo de ir a pasar un ratito en su casa
ningún día. Se estaba allí como en la gloria. Me sentaba en el poyo fresquísimo
del patio, a la sombra de los pámpanos, y ora fumando un cigarrillo cedía al
blando poder soporífero de las canciones del viejo, ora discurría con él de los
negocios del mar, que yo contemplaba más allá del portal abierto a todas horas.
¡El mar! Yo me sentía enamorado de él. No así el viejo, y a pesar de todo, algo
experimentaba hacia el mar, aunque fuese con el sentir de un marido hacia una
mujer de malas entrañas que le ha ocasionado muchas desazones, pero que al fin y
al cabo no deja de habérsele arraigado en el alma. Jamás decía del mar cosa
buena. «¡El mar! ¡Fuego maldito le seque! ¡Maldiciones cayeran sobre el mar!» Y
le sobraban motivos para odiarlo, porque le había robado un hijo, el único, que
en la flor de la mocedad se ahogó con sus compañeros de embarcación. Alguna vez
lo amenazaba con el puño cerrado:
-¡Ladrón! -decía.
Pero si no hubiese podido contemplarlo, se hubiera
añorado. No cabía duda, porque apenas se permitía levantar la cabeza en breve
asueto, ya estaba comiéndoselo con la mirada, y todas sus distracciones
consistían en resolver a qué barca pertenecía una vela apenas se vislumbraba, y
en descifrar los pronósticos de los tiempos según el juego de las neblinas
inconsistentes.
Un día en que, según costumbre, me encaminé a su casa,
me asombró hallar la
puerta cerrada. A pesar de oír pasos y andanzas en el interior, no quise llamar,
por no sentar plaza de importuno, y di en pasear calle arriba y calle abajo.
Caía un diluvio de sol, pero yo me erguía muy valiente. Me entretuve
contemplando el paisaje luminoso; el cielo de un firmísimo azul, las casas
blanquísimas en hileras al pie de una eminencia peñascosa de color moreno
candeal, donde brillaban las retamas en flor como las joyas sobre el pecho
áspero y tostado de un zíngaro; y luego el mar y las arenas rubias, y los laúdes
con sus velas puestas a secar, y las cordilleras lejanas, azuladas, casi
transparentes…
¡Maravilloso día! Y la quietud reinaba en el pueblo, que se diría aletargado.
No se veía casi a nadie. En la playa candente unas mujeres, en cuclillas, con
los pañuelos de la cabeza echados adelante como la vela de un carro, repasaban
silenciosas los desgarros de unas redes. Más allá el maestro de ribera, junto a
una embarcación volcada había puesto a hervir en un fueguezuelo su cazo de
alquitrán. Un chico pescador había arrinconado su caña, y, tendido a su sabor en
lo alto de una roca, dormía tranquilamente. Todo ello se percibía a través de la
vaharada que exhalaba la tierra, un vapor comparable a la pequeña sombra movible
que produce un vidrio pasado rápidamente por un rayo de luz. De las breñas
bajaba un canto de cigarras, pertinaz, sin fin.
Al principio me empapé de sol con cierto deleite; lo desafiaba a que me
tostase:
-Ea, achicharra cuanto te venga en gana; que al cabo, don de tus manos
es el vigor
Pero no tardé en sentir molestia. Mi vestido ardía, y yo me dije:
-Agora lo veredes; no echaré de menos sombrillas ni toldos.
Efectivamente, los laúdes con sus velas extendidas me ofrecían refugios
deliciosos, tentadores, principalmente un par de embarcaciones que salían al
bou. Las enormes velas, se veían atadas a manera de toldo de una a otra
barca. No consentían el paso a un ápice de sol; y en cambio por escaso que
anduviera el vientecillo marino, había de deslizarse por allí con frescores de
gotas diminutas, apenas cayere lánguidamente una ola sobre la playa. Me encamine
hacia allí, y al llegar, ¡qué sorpresa!, veo al abuelo Guixer sentado sobre unas
cuerdas arrolladas.
Era él, sin duda… Aunque estaba de espaldas, se le reconocía infaliblemente.
Su cabezota blanca, descubierta; sus dilatados hombros sin más impedimenta que
la camisa y los tirantes… Iba a llamarle, cuando paré mientes en que estaba
pasando el rosario.
Entonces adiviné la solución de todo. Nos hallábamos en catorce de julio,
aniversario de la catástrofe de su chico. El excelente abuelo cumplía con un
piadoso deber. Muchas veces me había contado que en semejante día abandonaba sus
tareas; y bien sabía yo que mientras pudo valerse de las piernas no había
faltado ningún año a la iglesia, donde oía una misa de difuntos, él, que muchos
domingos la descuidaba. ¡Pobre viejecito, mira qué idea se le ha ocurrido! Ante
el mar, en presencia del poético cementerio de su hijo, viene a rezarle unas
oracioncillas… ¡Ah!, si la candidez es amable a los divinos ojos…
Instintivamente me quité la gorra y murmuré unos padrenuestros. ¡Me dominaba
una emoción tan honda! El mundo se iba obscureciendo, obscureciendo ante mis
ojos humedecidos. No veía más que el hervor de fuego que producía el sol al
llover sobre el agua azul. Mas, para mí, en aquel instante no había sol ni
realidad. Una ilusión me sojuzgaba. Todas aquellas lucecillas eran mil y mil
llamas de las candelas que ardían para un oficio de difuntos, en un templo
inmenso, cuyas lejanías se perdían en tinieblas vagarosas. Se oía el trémolo del
órgano, solemne, grave, devotísimo, creciendo poco a poco, decreciendo después
blandamente… El éxtasis de algo santo se enseñoreaba del corazón.
El viejo que me había sorprendido con el rabillo del
ojo, al concluir el rosario dijo una salve en voz alta para que pudiera
seguirla, y luego, volviéndose, me saludó afablemente:
-Gracias, gracias, y goce mil años.
Y yo no pude articular palabra porque la emoción me
anudaba la garganta, pero le estreché fuertemente la mano.
Puedo jurar que en mi vida me alejé de duelo alguno con el alma tan
emocionada. Mas el viejo no se inmutó en lo más mínimo; permanecía tranquilo,
sereno, no se daba cuenta de lo que a mí me sobreexcitaba. Así era aquel hombre;
tenía rasgos de poeta sin darse cuenta, sin perder jamás aquella simpática
ignorancia que le garantía incapaz de artificios.
FIN
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