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Natalia se metió entre los brazos de
su madre y lloró largamente allí con un llanto quedito. Era un llanto aguantado
por muchos días, guardado hasta ahora que regresamos a Zenzontla y vio a su
madre y comenzó a sentirse con ganas de consuelo.
Sin embargo, antes, entre los trabajos
de tantos días difíciles, cuando tuvimos que enterrar a Tanilo en un pozo de la
tierra de Talpa, sin que nadie nos ayudara, cuando ella y yo, los dos solos,
juntamos nuestras fuerzas y nos pusimos a escarbar la sepultura desenterrando
los terrones con nuestras manos -dándonos prisa para esconder pronto a Tanilo
dentro del pozo y que no siguiera espantando ya a nadie con el olor de su aire
lleno de muerte-, entonces no lloró.
Ni después, al regreso, cuando nos
vinimos caminando de noche sin conocer el sosiego, andando a tientas como
dormidos y pisando con pasos que parecían golpes sobre la sepultura de Tanilo.
En ese entonces, Natalia parecía estar endurecida y traer el corazón apretado
para no sentirlo bullir dentro de ella. Pero de sus ojos no salió ninguna
lágrima.
Vino a llorar hasta aquí, arrimada a
su madre; sólo para acongojarla y que supiera que sufría, acongojándonos de paso
a todos, porque yo también sentí ese llanto de ella dentro de mí como si
estuviera exprimiendo el trapo de nuestros pecados.
Porque la cosa es que a Tanilo Santos
entre Natalia y yo lo matamos. Lo llevamos a Talpa para que se muriera. Y se
murió. Sabíamos que no aguantaría tanto camino; pero, así y todo, lo llevamos
empujándolo entre los dos, pensando acabar con él para siempre. Eso hicimos.
La idea de ir a Talpa salió de mi
hermano Tanilo. A él se le ocurrió primero que a nadie. Desde hacía años que
estaba pidiendo que lo llevaran. Desde hacía años. Desde aquel día en que
amaneció con unas ampollas moradas repartidas en los brazos y las piernas.
Cuando después las ampollas se le convirtieron en llagas por donde no salía nada
de sangre y sí una cosa amarilla como goma de copal que destilaba agua espesa.
Desde entonces me acuerdo muy bien que nos dijo cuánto miedo sentía de no tener
ya remedio. Para eso quería ir a ver a la Virgen de Talpa; para que Ella con su
mirada le curara sus llagas. Aunque sabía que Talpa estaba lejos y que
tendríamos que caminar mucho debajo del sol de los días y del frío de las noches
de marzo, así y todo quería ir. La Virgencita le daría el remedio para aliviarse
de aquellas cosas que nunca se secaban. Ella sabía hacer eso: lavar las cosas,
ponerlo todo nuevo de nueva cuenta como un campo recién llovido. Ya allí, frente
a Ella, se acabarían sus males; nada le dolería ni le volvería a doler más. Eso
pensaba él.
Y de eso nos agarramos Natalia y yo
para llevarlo. Yo tenía que acompañar a Tanilo porque era mi hermano. Natalia
tendría que ir también, de todos modos, porque era su mujer. Tenía que ayudarlo
llevándolo del brazo, sopesándolo a la ida y tal vez a la vuelta sobre sus
hombros, mientras él arrastrara su esperanza.
Yo ya sabía desde antes lo que había
dentro de Natalia. Conocía algo de ella. Sabía, por ejemplo, que sus piernas
redondas, duras y calientes como piedras al sol del mediodía, estaban solas
desde hacía tiempo. Ya conocía yo eso. Habíamos estado juntos muchas veces; pero
siempre la sombra de Tanilo nos separaba: sentíamos que sus manos ampolladas se
metían entre nosotros y se llevaban a Natalia para que lo siguiera cuidando. Y
así sería siempre mientras él estuviera vivo.
Yo sé ahora que Natalia está
arrepentida de lo que pasó. Y yo también lo estoy; pero eso no nos salvará del
remordimiento ni nos dará ninguna paz ya nunca. No podrá tranquilizarnos saber
que Tanilo se hubiera muerto de todos modos porque ya le tocaba, y que de nada
había servido ir a Talpa, tan allá, tan lejos; pues casi es seguro de que se
hubiera muerto igual allá que aquí, o quizás tantito después aquí que allá,
porque todo lo que se mortificó por el camino, y la sangre que perdió de más, y
el coraje y todo, todas esas cosas juntas fueron las que lo mataron más pronto.
Lo malo está en que Natalia y yo lo llevamos a empujones, cuando él ya no quería
seguir, cuando sintió que era inútil seguir y nos pidió que lo regresáramos. A
estirones lo levantábamos del suelo para que siguiera caminando, diciéndole que
ya no podíamos volver atrás.
“Está ya más cerca Talpa que Zenzontla.”
Eso le decíamos. Pero entonces Talpa estaba todavía lejos; más allá de muchos
días.
Lo que queríamos era que se muriera.
No está por demás decir que eso era lo que queríamos desde antes de salir de
Zenzontla y en cada una de las noches que pasamos en el camino de Talpa. Es algo
que no podemos entender ahora; pero entonces era lo que queríamos me acuerdo muy
bien.
Me acuerdo de esas noches. Primero nos
alumbrábamos con ocotes. Después dejábamos que la ceniza oscureciera la lumbrada
y luego buscábamos Natalia y yo la sombra de algo para escondernos de la luz del
cielo. Así nos arrimábamos a la soledad del campo, fuera de los ojos de Tanilo y
desaparecidos en la noche. Y la soledad aquella nos empujaba uno al otro. A mí
me ponía entre los brazos el cuerpo de Natalia y a ella eso le servía de
remedio. Sentía como si descansara; se olvidaba de muchas cosas y luego se
quedaba adormecida y con el cuerpo sumido en un gran alivio.
Siempre sucedía que la tierra sobre la
que dormíamos estaba caliente. Y la carne de Natalia, la esposa de mi hermano
Tanilo, se calentaba en seguida con el calor de la tierra. Luego aquellos dos
calores juntos quemaban y lo hacían a uno despertar de su sueño. Entonces mis
manos iban detrás de ella; iban y venían por encima de ese como rescoldo que era
ella; primero suavemente, pero después la apretaban como si quisieran exprimirle
la sangre. Así una y otra vez, noche tras noche, hasta que llegaba la madrugada
y el viento frío apagaba la lumbre de nuestros cuerpos. Eso hacíamos Natalia y
yo a un lado del camino de Talpa, cuando llevamos a Tanilo para que la Virgen lo
aliviara.
Ahora todo ha pasado. Tanilo se alivió
hasta de vivir. Ya no podrá decir nada del trabajo tan grande que le costaba
vivir, teniendo aquel cuerpo como emponzoñado, lleno por dentro de agua podrida
que le salía por cada rajadura de sus piernas o de sus brazos. Unas llagas así
de grandes, que se abrían despacito, muy despacito, para luego dejar salir a
borbotones un aire como de cosa echada a perder que a todos nos tenía asustados.
Pero ahora que está muerto la cosa se
ve de otro modo. Ahora Natalia llora por él, tal vez para que él vea, desde
donde está, todo el gran remordimiento que lleva encima de su alma. Ella dice
que ha sentido la cara de Tanilo estos últimos días. Era lo único que servía de
él para ella; la cara de Tanilo, humedecida siempre por el sudor en que lo
dejaba el esfuerzo para aguantar sus dolores. La sintió acercándose hasta su
boca, escondiéndose entre sus cabellos, pidiéndole, con una voz apenitas, que lo
ayudara. Dice que le dijo que ya se había curado por fin; que ya no le molestaba
ningún dolor. Ya puedo estar contigo, Natalia. Ayúdame a estar contigo", dizque
eso le dijo.
Acabábamos de salir de Talpa, de
dejarlo allí enterrado bien hondo en aquel como surco profundo que hicimos para
sepultarlo.
Y Natalia se olvidó de mí desde
entonces. Yo sé cómo le brillaban antes los ojos como si fueran charcos
alumbrados por la luna. Pero de pronto se destiñeron, se le borró la mirada como
si la hubiera revolcado en la tierra. Y pareció no ver ya nada. Todo lo que
existía para ella era el Tanilo de ella, que ella había cuidado mientras estuvo
vivo y lo había enterrado cuando tuvo que morirse.
Tardamos veinte días en encontrar el
camino real de Talpa. Hasta entonces habíamos venido los tres solos. Desde allí
comenzamos a juntarnos con gente que salía de todas partes; que había
desembocado como nosotros en aquel camino ancho parecido a la corriente de un
río, que nos hacía andar a rastras, empujados por todos lados como si nos
llevaran amarrados con hebras de polvo. Porque de la tierra se levantaba, con el
bullir de la gente, un polvo blanco como tamo de maíz que subía muy alto y
volvía a caer; pero los pies al caminar lo devolvían y lo hacían subir de nuevo;
así a todas horas estaba aquel polvo por encima y debajo de nosotros. Y arriba
de esta tierra estaba el cielo vacío, sin nubes, sólo el polvo; pero el polvo no
da ninguna sombra.
Teníamos que esperar a la noche para
descansar del sol y de aquella luz blanca del camino.
Luego los días fueron haciéndose más
largos. Habíamos salido de Zenzontla a mediados de febrero, y ahora que
comenzaba marzo amanecía muy pronto. Apenas si cerrábamos los ojos al oscurecer,
cuando nos volvía a despertar el sol el mismo sol que parecía acabarse de poner
hacía un rato.
Nunca había sentido que fuera más
lenta y violenta la vida como caminar entre un amontonadero de gente; igual que
si fuéramos un hervidero de gusanos apelotonados bajo el sol, retorciéndonos
entre la cerrazón del polvo que nos encerraba a todos en la misma vereda y nos
llevaba como acorralados. Los ojos seguían la polvareda; daban en el polvo como
si tropezaran contra algo que no se podía traspasar. Y el cielo siempre gris,
como una mancha gris y pesada que nos aplastaba a todos desde arriba. Sólo a
veces, cuando cruzábamos algún río, el polvo era más alto y más claro.
Zambullíamos la cabeza acalenturada y renegrida en el agua verde, y por un
momento de todos nosotros salía un humo azul, parecido al vapor que sale de la
boca con el frío. Pero poquito después desaparecíamos otra vez entreverados en
el polvo, cobijándonos unos a otros del sol de aquel calor del sol repartido
entre todos.
Algún día llegará la noche. En eso
pensábamos. Llegará la noche y nos pondremos a descansar. Ahora se trata de
cruzar el día, de atravesarlo como sea para correr del calor y del sol. Después
nos detendremos. Después. Lo que tenemos que hacer por lo pronto es esfuerzo
tras esfuerzo para ir de prisa detrás de tantos como nosotros y delante de otros
muchos. De eso se trata. Ya descansaremos bien a bien cuando estemos muertos.
En eso pensábamos Natalia y yo y quizá
también Tanilo, cuando íbamos por el camino real de Talpa, entre la procesión;
queriendo llegar los primeros hasta la Virgen, antes que se le acabaran los
milagros.
Pero Tanilo comenzó a ponerse más
malo. Llegó un rato en que ya no quería seguir. La carne de sus pies se había
reventado y por la reventazón aquella empezó a salírsele la sangre. Lo cuidamos
hasta que se puso bueno. Pero, así y todo, ya no quería seguir:
“Me quedaré aquí sentado un día o dos
y luego me volveré a Zenzontla.” Eso nos dijo.
Pero Natalia y yo no quisimos. Había
algo dentro de nosotros que no nos dejaba sentir ninguna lástima por ningún
Tanilo. Queríamos llegar con él a Talpa, porque a esas alturas, así como estaba,
todavía le sobraba vida. Por eso mientras Natalia le enjuagaba los pies con
aguardiente para que se le deshincharan, le daba ánimos. Le decía que sólo la
Virgen de Talpa lo curaría. Ella era la única que podía hacer que él se aliviara
para siempre. Ella nada más. Había otras muchas Vírgenes; pero sólo la de Talpa
era la buena. Eso le decía Natalia.
Y entonces Tanilo se ponía a llorar
con lágrimas que hacían surco entre el sudor de su cara y después se maldecía
por haber sido malo. Natalia le limpiaba los chorretes de lágrimas con su
rebozo, y entre ella y yo lo levantábamos del suelo para que caminara otro rato
más, antes que llegara la noche.
Así, a tirones, fue como llegamos con
él a Talpa.
Ya en los últimos días también
nosotros nos sentíamos cansados. Natalia y yo sentíamos que se nos iba doblando
el cuerpo entre más y más. Era como si algo nos detuviera y cargara un pesado
bulto sobre nosotros. Tanilo se nos caía más seguido y teníamos que levantarlo y
a veces llevarlo sobre los hombros. Tal vez de eso estábamos como estábamos: con
el cuerpo flojo y lleno de flojera para caminar. Pero la gente que iba allí
junto a nosotros nos hacía andar más aprisa.
Por las noches, aquel mundo desbocado
se calmaba. Desperdigadas por todas partes brillaban las fogatas y en derredor
de la lumbre la gente de la peregrinación rezaba el rosario, con los brazos en
cruz, mirando hacia el cielo de Talpa. Y se oía cómo el viento llevaba y traía
aquel rumor, revolviéndolo, hasta hacer de él un solo mugido. Poco después todo
se quedaba quieto. A eso de la medianoche podía oírse que alguien cantaba muy
lejos de nosotros. Luego se cerraban los ojos y se esperaba sin dormir a que
amaneciera.
Entramos a Talpa cantando el Alabado.
Habíamos salido a mediados de febrero y llegamos a Talpa en los últimos días de
marzo, cuando ya mucha gente venía de regreso. Todo se debió a que Tanilo se
puso a hacer penitencia. En cuanto se vio rodeado de hombres que llevaban pencas
de nopal colgadas como escapulario, él también pensó en llevar las suyas. Dio en
amarrarse los pies uno con otro con las mangas de su camisa para que sus pasos
se hicieran más desesperados. Después quiso llevar una corona de espinas.
Tantito después se vendó los ojos, y más tarde, en los últimos trechos del
camino, se hincó en la tierra, y así, andando sobre los huesos de sus rodillas y
con las manos cruzadas hacia atrás, llegó a Talpa aquella cosa que era mi
hermano Tanilo Santos; aquella cosa tan llena de cataplasmas y de hilos oscuros
de sangre que dejaba en el aire, al pasar, un olor agrio como de animal muerto.
Y cuando menos acordamos lo vimos
metido entre las danzas. Apenas si nos dimos cuenta y ya estaba allí, con la
larga sonaja en la mano, dando duros golpes en el suelo con sus pies amoratados
y descalzos. Parecía todo enfurecido, como si estuviera sacudiendo el coraje que
llevaba encima desde hacía tiempo; o como si estuviera haciendo un último
esfuerzo por conseguir vivir un poco más.
Tal vez al ver las danzas se acordó de
cuando iba todos los años a Tolimán, en el novenario del Señor, y bailaba la
noche entera hasta que sus huesos se aflojaban, pero sin cansarse. Tal vez de
eso se acordó y quiso revivir su antigua fuerza.
Natalia y yo lo vimos así por un
momento. En seguida lo vimos alzar los brazos y azotar su cuerpo contra el
suelo, todavía con la sonaja repicando entre sus manos salpicadas de sangre. Lo
sacamos a rastras, esperando defenderlo de los pisotones de los danzantes; de
entre la furia de aquellos pies que rodaban sobre las piedras y brincaban
aplastando la tierra sin saber que algo se había caído en medio de ellos.
A horcajadas, como si estuviera
tullido, entramos con él en la iglesia. Natalia lo arrodilló junto a ella,
enfrentito de aquella figurita dorada que era la Virgen de Talpa. Y Tanilo
comenzó a rezar y dejó que se le cayera una lágrima grande, salida de muy
adentro, apagándole la vela que Natalia le había puesto entre sus manos. Pero no
se dio cuenta de esto; la luminaria de tantas velas prendidas que allí había le
cortó esa cosa con la que uno se sabe dar cuenta de lo que pasa junto a uno.
Siguió rezando con su vela apagada. Rezando a gritos para oír que rezaba.
Pero no le valió. Se murió de todos
modos.
“... Desde nuestros corazones sale
para Ella una súplica igual, envuelta en el dolor. Muchas lamentaciones
revueltas con esperanza. No se ensordece su ternura ni ante los lamentos ni las
lágrimas, pues Ella sufre con nosotros. Ella sabe borrar esa mancha y dejar que
el corazón se haga blandito y puro para recibir su misericordia y su caridad. La
Virgen nuestra, nuestra madre, que no quiere saber nada de nuestros pecados; que
se echa la culpa de nuestros pecados; la que quisiera llevarnos en sus brazos
para que no nos lastime la vida, está aquí junto a nosotros, aliviándonos el
cansancio y las enfermedades del alma y de nuestro cuerpo ahuatado, herido y
suplicante. Ella sabe que cada día nuestra fe es mejor porque está hecha de
sacrificios...”
Eso decía el señor cura desde allá
arriba del púlpito. Y después que dejó de hablar, la gente se soltó rezando toda
al mismo tiempo, con un ruido igual al de muchas avispas espantadas por el humo.
Pero Tanilo ya no oyó lo que había
dicho el señor cura. Se había quedado quieto, con la cabeza recargada en sus
rodillas. Y cuando Natalia lo movió para que se levantara ya estaba muerto.
Afuera se oía el ruido de las danzas;
los tambores y la chirimía; el repique de las campanas. Y entonces fue cuando me
dio a mí tristeza. Ver tantas cosas vivas; ver a la Virgen allí, mero enfrente
de nosotros dándonos su sonrisa, y ver por el otro lado a Tanilo, como si fuera
un estorbo. Me dio tristeza.
Pero nosotros lo llevamos allí para
que se muriera, eso es lo que no se me olvida.
Ahora estamos los dos en Zenzontla.
Hemos vuelto sin él. Y la madre de Natalia no me ha preguntado nada; ni que hice
con mi hermano Tanilo, ni nada. Natalia se ha puesto a llorar sobre sus hombros
y le ha contado de esa manera todo lo que pasó.
Y yo comienzo a sentir como si no
hubiéramos llegado a ninguna parte, que estamos aquí de paso, para descansar, y
que luego seguiremos caminando. No sé para dónde; pero tendremos que seguir,
porque aquí estamos muy cerca del remordimiento y del recuerdo de Tanilo.
Quizá hasta empecemos a tenernos miedo
uno al otro. Esa cosa de no decirnos nada desde que salimos de Talpa tal vez
quiera decir eso. Tal vez los dos tenemos muy cerca el cuerpo de Tanilo, tendido
en el petate enrollado; lleno por dentro y por fuera de un hervidero de moscas
azules que zumbaban como si fuera un gran ronquido que saliera de la boca de él;
de aquella boca que no pudo cerrarse a pesar de los esfuerzos de Natalia y míos,
y que parecía querer respirar todavía sin encontrar resuello. De aquel Tanilo a
quien ya nada le dolía, pero que estaba como adolorido, con las manos y los pies
engarruñados y los ojos muy abiertos como mirando su propia muerte. Y por aquí y
por allá todas sus llagas goteando un agua amarilla, llena de aquel olor que se
derramaba por todos lados y se sentía en la boca, como si se estuviera
saboreando una miel espesa y amarga que se derretía en la sangre de uno a cada
bocanada de aire.
Es de eso
de lo que quizá nos acordemos aquí más seguido: de aquel Tanilo que nosotros
enterramos en el camposanto de Talpa; al que Natalia y yo echamos tierra y
piedras encima para que no lo fueran a desenterrar los animales del cerro.
FIN |