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Se detuvo frente al balconcito sin saber qué hacer. Miró
por un instante el viejo sillón de mimbre, la escalera de tablas carcomidas, las
puertas cerradas y pegadas a la faz de la casa como dos ojos enormes. Se quedó
inmóvil, la mirada perpleja, en el mismo momento en que una patrulla de
recuerdos lo asaltaba. Debe de estar en el rosario, dijo, y se volvió para ver
si lo habían escuchado. Pero sólo un perro vagabundo cruzaba la callejuela
solitaria, veteándose de luz al pasar bajo las bombillas que se encarnizaban
contra la noche. Volvió a contemplar el balcón destartalado, el viejo sillón de
mimbre, rechazando un recuerdo. (El cuarto femenino, el olor a cold cream, el
suave y voluptuoso olor a cold cream que él siempre llevó dentro aun sin tener
que percibirlo con los sentidos; el cuarto femenino en penumbras, las piernas
blancas, la mano sobre la redonda rodilla, la madre ausente... ¿Cuánto tiempo
hacía? ¿Cuándo?) “Todavía no”, le había dicho Catalina. “Cuando vuelvas seré
tuya.”
El hombre se llevó las manos a la frente, donde
comenzaban a destellar diminutas gotas. ¿Por qué tengo que volver a esto?, se
dijo.
Cuando llegó al pueblo embutido en su nítido uniforme,
lo recibió la metralla de preguntas: “¿Cuándo llegaste?” “¿Peleaste mucho?” “¿Y
las coreanas, cómo son las coreanas?” Pero no hizo otra cosa que emprender la
retirada. Alguien disparó una interrogación a sus espaldas y él se apresuró a
explicar: “Si me notan algo raro, es la alegría que siento.”
Eso, una hora antes. Ahora se dio a caminar sin rumbo,
saltando la alambrada de su desánimo, sin atreverse a mirar a las mujeres que de
rato en rato lo rozaban con sus miradas.
-Date la fría, mi hermano.
Se había encontrado emboscado entre aquel alborozo de
amigos, con música de vellonera de fondo. Tenía una cerveza pegada a los labios,
el cogote hacia atrás, los ojos fijos al batallón de botellas del mostrador.
Frente a él, borroso, el rostro del dependiente reía y reía, había mucha
alegría. Pero él no comprendía el porqué de aquellos dientes pelados.
-Me invitas a la boda, panita.
Se dio vuelta de repente, alzando un puño con lentitud
hasta la altura de la cabeza. Ya empiezan, se dijo; deben de saberlo. Bajó el
puño y desvió la mirada, avergonzado.
-Están todos invitados -dijo forzando una sonrisa.
Salió a la calle fumando un cigarrillo. Mejor es que le
hable, pensó; no sabe que estoy en el pueblo. Caminó hasta el frente de la casa,
nuevamente. Si lo supiera, se dijo, me hubiera esperado en el balcón, como
siempre. Se detuvo sin saber qué hacer. Allí estaba el viejo sillón de mimbre
otra vez, la escalera un poco deteriorada, las puertas siempre abiertas para él,
el cuarto en penumbra, el espejo de luna donde él se había mirado de reojo al
mirarla a ella... “Cuando vuelvas”, había dicho ella retirándolo con las manos
sobre el pecho de él. “No, ahora, Catalina, vamos a hacerlo ahora.” Encendió
otro cigarrillo, lanzando el fósforo sobre el lomo de un perro que le olfateaba
los ruedos del pantalón. “Yo regresaré pronto.” Chupó hasta colmarse los
pulmones. El perro lo miraba receloso, las orejas tiesas y el rabo erguido.
“Cuando vuelvas, no ahora”, sonó la voz de Catalina. Se estrujó el pañuelo por
la frente y miró a todos lados. El perro continuaba estático, con los ojos como
luces de bengala. “Pero yo te quiero ahora, nena.”
Un gato saltó de una lata de basura y se perdió tras
una casa. El perro ladró sin moverse de su sitio y el hombre, sobresaltado, lo
amenazó con un puntapié. Huyó el animal, minando parte del silencio con su
aullido. Miró su reloj pulsera: las ocho y treinta.
Dos mujeres venían hablando animadamente. Cerca ya,
dejaron de hablar y lo miraron de soslayo, rehuyéndole un tanto. Cuando sus
figuras comenzaron a desdibujarse en la distancia recomenzaron su charla,
mirando hacia atrás de rato en rato. Lo último que percibió de ellas fue algo
como un leve silbido de admiración.
Chupó hondamente del cigarrillo que ya le quemaba los
dedos. “Vendré enterito para ti”, le había dicho a ella, en el cuarto oloroso a
cold cream y a sueño, tasándola de reojo en el espejo, de pie contra su cuerpo,
mientras la madre estaba en el rosario. Luego vino la lucha inútil sobre la
cama, las piernas cerradas con obstinación para rechazarlo. Y meses más tarde la
notificación de la marcha hacia la guerra, la despedida junto al sillón de
mimbre, el eterno viaje de treinta días por mar, el asalto a la colina Kelly con
las luces de bengala en lo alto, en una noche que ahora es el recuerdo de una
pesadilla; los hombres cayendo por montones, unos sobre otros, como sacos de
arroz en una trastienda. Y él escondido tras un arbusto, haciendo fuego bajo un
cielo negro, apedreado por el miedo, con el recuerdo de ella palpitando en lo
más hondo. El estallido de la mina aquélla, casi debajo suyo, y la bruma que le
entró por los ojos hasta llenarlo sordamente como el guano a la almohada. Las
luces pálidas del hospital, el olor mareante del éter, el médico de rostro
esculpido en madera vieja diciendo una y otra vez: “Mal sitio para una herida,
mal sitio para una herida.” Y su grito ahogado: “¡Catalina!” “Cuando vuelvas
seré tuya.” Debo hablar con ella, se dijo el hombre encendiendo otro cigarrillo.
No me va a querer, pensó; ninguna mujer quiere a un hombre así. Caminó en
círculo frente a la casa, pisoteándose la sombra.
Un perro ladró en la esquina. El hombre columbró una
silueta en la punta de la callejuela y se pegó a una pared, el aliento
contenido. La vio cruzar bajo un chorro de luz con aquel paso resuelto que él
conocía tan bien. El canto de un gallo se escuchó ronco y prolongado detrás de
las últimas casas del barrio. La sentía avanzar, y el rumor de sus pasos quedaba
suspendido en el aire lento y vacío de la noche. Ágiles reflejos de luz se
agitaban en los pliegues de su falda; las sombras le apretaban la cintura.
La vio subir la escalera, contoneándose, abrir la
puerta y encender la luz de la sala. Ahora cruzaba las piernas al sentarse a la
mesa con papel y pluma en las manos. Me va a escribir, pensó él, recordando las
cartas recibidas en Corea, y las recibidas luego en el campamento
norteamericano.
Minutos después ella se levantó y puso la carta sobre
el cristal del chinero. Él la vio hundirse ahora en la oscuridad de la cocina y
salió de su escondite en el instante en que se encendía sobre ella una bombilla.
He venido a hablarle, pensó, y así lo haré. Subió temblando al balcón, con pasos
suaves como si temiese pisar el resorte de una mina, y acarició por un instante
la baranda donde ambos se habían reclinado infinitas veces. “¿Por qué tengo que
volver a esto”, se preguntó, dudando un momento. Luego se irguió con resolución
y tocó a la puerta. La voz de la mujer serpenteó desde el fondo de la casa:
-¿Quién es?
“Cuando vuelvas.” No pudo contestar. Ella volvió a
preguntar, al cabo de un largo minuto, un poco sobresaltada:
-¿Quién está ahí, ah?
Sintió resonar sus pasos, lentos, medrosos, a través de
la sala. “Cuando vuelvas seré tuya.” Los pasos estaban ya junto a la puerta.
“Cuando vuelvas...” El hombre saltó la baranda y se perdió entre los callejones.
FIN |