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a Ana Lydia Vega
Todas las tardes, la pareja de ancianos esperaba en la
pantalla del televisor a la muchacha del tiempo, sentados en el decrépito sofá
que olía a orina de perro: era ése el más claro recordatorio de Blaqui; con su
muerte, ocurrida hacía cuatro años, habían sufrido más que nunca el vacío de la
soledad, el cansancio de los años que sobrevivían con resignación; hasta que un
buen día tocó en su puerta el hombre joven que habían mimado de niño con
irreprimible vocación de abuelos. Su última carta -incomprensible, incoherente-
había arribado hacía diez, quince años: imposible recordarlo con certeza. A los
pocos meses se fueron acostumbrando a las curiosidades de la nueva experiencia:
algunos días, cuando amanecía murmurando palabras raras, el nieto vestía
uniforme de campaña verde olivo con diseños que simulaban ramas y hojas, y lucía
en la muñeca derecha un brazalete plateado con su nombre, número de soldado y un
nombre de mujer en lengua desconocida. Los abuelos le reservaron un sitio ante
el televisor y, desde entonces, los tres permanecían mudos frente a la pantalla,
con excepción de breves comentarios sobre la implacable sequía de ese año.
Pasaban horas contemplando programas que se sucedían entre innumerables
comerciales, pero el momento que con leve ansiedad esperaban era el noticiario
de la tarde, donde la muchacha del tiempo se compadecía de su público cuando
tenía que informarle, programa tras programa, que no habría en los próximos días
la más mínima señal de lluvia; pelinegra, de ojos rasgados, la muchacha no
tendría más de veinte años. Los meses de sequía habían provocado una crisis: la
multitud languidecía entre la sed, el calor y los malos olores; el ganado moría
en los campos secos que se encendían de nada; los frutos se secaban en las ramas
ya sin hojas; los ríos exhibían sus lechos de piedras y barro cuarteado; ahora
que los embalses habían bajado sus niveles hasta alcanzar el ras de tierra y la
gente temía desaparecer bajo las llamas del sol, la muchacha del tiempo parecía
más atribulada que nunca, avergonzada y dolida de no poder ofrecerle a la
ansiosa multitud las esperadas buenas nuevas. Una tarde, la muchacha no pudo
soportar las malas noticias que debía comunicarle a su público, así que,
saliéndose del libreto, exclamó: "¡Juro que yo no tengo la culpa, simplemente
les comunico los informes que recibo del Servicio Meteorológico!", y su rostro
se plegó a punto de llorar. "Sufre mucho", dijo el abuelo. "Sí", contestó la
abuela; permanecían inmóviles en la penumbra de la sala, que olía a orina de
perro, sin mirarse. Como otros días, el nieto se había levantado murmurando
palabras raras, y andaba por esas calles de Dios con su uniforme de combate
(regresaba generalmente antes de los noticiarios); él tampoco tenía muchas cosas
que decir: se limitaba a un sí o un no a veces repetía las palabras del abuelo,
inmóvil detrás de ellos: "Sufre mucho". Ese jueves -pudo ser otro día, desde
luego, puesto que nada habría evitado los hechos- los abuelos se enteraron en
silencio de múltiples accidentes en las carreteras, actos de pillaje,
asesinatos, ciudadanos que solicitaban ayuda' para sus enfermos, corrupción en
el Gobierno; casi sin que los abuelos se dieran cuenta, la muchacha del tiempo
había comenzado su informe; tenía los ojos enrojecidos llenos de lágrimas: no se
vería alivio en los próximos meses, las reservas de agua de los embalses
durarían sólo cuatro días...; de pronto, la muchacha miró espantada hacia su
izquierda -derecha de la pantalla- y retrocedió un paso seguida por la cámara;
solitarios, quietos en la oscuridad de la sala -que olía a la orina de Blaqui-
los ancianos vieron cómo un revólver niquelado entraba por el lado izquierdo de
la pantalla. De primera instancia no pudieron comprender esa absurda composición
de objetos -había elementos que no pertenecían a la rutina de tantos años
televisivos, era como ver un bolígrafo dentro de un zapato- y mecánicamente
acercaron sus rostros a la pantalla; pero fue la detonación y la visión del
rostro destrozado de la muchacha -que se desplomaba fuera de pantalla- lo que
los alertó definitivamente y los obligó a ver que la mano que esgrimía el
revólver mostraba en su muñeca un brazalete plateado con inscripciones
imposibles de leer a esa distancia.
FIN |