|
¿Qué si me acuerdo? Se acuerda el Barrio entero si quieres
que te diga la verdad, porque eso no se le va a olvidar ni a Trompoloco, que ya
no es capaz de decir ni dónde enterraron a su mamá hace quince días. Lo que pasa
es que yo te lo puedo contar mejor que nadie por esa casualidad que tú todavía
no sabes. Pero antes vamos a pedir unas cervezas bien frías porque con esta
calor del diablo quién quita que hasta me falle la memoria.
Ahora sí, salud y pesetas. Y fuerza donde tú sabes. Bueno,
pues de eso ya van cuatro años y si quieres te digo hasta los meses y los días
porque para acordarme no tengo más que mirarle la cara al barrigón, ése que tú
viste ahí en la casa cuando fuiste a procurarme esta mañana. Sí, el mayorcito,
que se llama igual que yo pero que si hubiera nacido mujercita hubiéramos tenido
que ponerle Estrella o Luz María o algo así. O hasta Milagros, mira, porque
aquello fue... Pero si sigo así voy a contarte el cuento al revés, o sea desde
el final y no por el principio, así que mejor sigo por donde iba.
Bueno, pues la fecha no te la digo porque ya tú la sabes y lo
que te interesa es otra cosa. Entonces resulta que ese día le había dicho yo al
foreman, que era un judío buena persona y ya sabía su poquito de español, que me
diera un overtime porque me iban a hacer falta los chavos para el parto de mi
mujer, que ya estaba en el último mes y no paraba de sacar cuentas. Que si lo
del canastillo, que si lo de la comadrona... Ah, porque ella estaba empeñada en
dar a luz en la casa y no en la clínica donde los doctores y las norsas no
hablan español y además sale más caro.
Entonces a las cuatro acabé mi primer
turno y bajé al come-y-vete ése del italiano que está ahí enfrente de la
factoría. Cuestión de echarme algo a la barriga hasta que llegara a casa y la
mujer me recalentara la comida, ¿ves? Bueno, pues me metí un par de hot dogs con
una cerveza mientras le tiraba un vistazo al periódico hispano que había
comprado por la mañana, y en eso, cuando estaba leyendo lo de un latino que
había hecho tasajo a su corteja porque se la estaba pegando con un chino, en
eso, mira, yo no sé si tú crees en esas cosas, pero como que me entró un
presentimiento. O sea que sentí que esa noche iba a pasar algo grande, algo que
no podía decir lo que iba a ser. Yo digo que uno tiene que creer porque tú me
dirás qué tenía que ver lo del latino y el chino y la corteja con eso que yo
empecé a sentir. A sentir, tú sabes, porque no fue que lo pensara, que eso es
distinto. Bueno, pues acabé de mirar el periódico y volví rápido a la factoría
para empezar el overtime.
Entonces el otro foreman, porque el primero ya se había ido,
me dice: ¿Qué, te piensas hacer millonario para poner un casino en Puerto Rico?
Así, relajando, tú sabes, y vengo yo y le digo, también vacilando: No, si el
casino ya lo tengo. Ahora lo que quiero poner es una fábrica. Y me dice: ¿Una
fábrica de qué? Y le digo: Una fábrica de humo. Y entonces me pregunta: ¿Ah, sí?
¿Y qué vas a hacer con el humo? Y yo bien serio, con una cara de palo que había
que ver: ¿Adiós?... ¿y qué voy a hacer? Enlatarlo para vendérselo a los
americanos, que compran cualquier cosa con tal de que venga en lata. Un vacilón,
tú sabes, porque ese foreman era todavía más buena persona que el otro. Pero
porque le conviene, desde luego: así nos pone de buen humor y nos saca el jugo
en el trabajo. Él se cree que yo no lo sé, pero cualquier día se lo digo para
que vea que uno no es tan ignorante como parece. Porque esta gente aquí a veces
se imagina que uno viene de la última sínsora y confunde el papel de lija con el
papel de inodoro, sobre todo cuando uno es trigueñito y con la morusa tirando a
caracolillo.
Pero, bueno, eso es noticia vieja y lo que tengo que contarte
es otra cosa. Ahora, que la condenada calor sigue y la cerveza ya se nos acabó.
La misma marca, ¿no? Okay. Pues como te iba diciendo, después que el foreman me
quiso vacilar y yo le dejé con las ganas, pegamos a trabajar en serio. Porque
eso sí, aquí la guachafita y el trabajo no son compadres. Time es money, ya tú
sabes. Pegaron a llegarme radios por el assembly line y yo a meterles los tubos:
chan, chan. Sí, yo lo que hacía entonces era poner los tubos. Dos a cada radio,
uno en cada mano. Chan, chan. Al principio, cuando no estaba impuesto, a veces
se me pasaba un radio y entonces, ¡muchacho!, tenía que correrle detrás y al
mismo tiempo echarle el ojo al que venía seguido, y creía que me iba a volver
loco. Cuando salía del trabajo sentía como que llevaba un baile de San Vito en
todo el cuerpo. A mí me está que por eso en este país hay tanto borracho y tanto
vicioso. Sí, chico, porque cuando tú quedas así lo que te pide el cuerpo es un
juanetazo de lo que sea, que por lo general es ron o algo así, y ahí se va
acostumbrando uno. Yo digo que por eso las mujeres se defienden mejor en el
trabajo de factoría, porque ellas se entretienen con el chismorreo y la
habladuría y el comentario, ¿ves?, y no se imponen a la bebida.
Bueno, pues ya tenía yo un rato metiendo tubos y pensando
boberías cuando en eso viene el foreman y me dice: Oye, ahí te buscan. Yo le
digo: ¿A quién, a mí? Pues claro, me dice, aquí no hay dos con el mismo nombre.
Entonces pusieron a otro en mi lugar para no parar el trabajo y ahí voy yo a ver
quién era el que me buscaba. Y era Trompoloco, que no me dice ni qué hubo sino
que me espeta: Oye, que te vayas para tu casa que tu mujer se está pariendo. Sí,
hombre, así de sopetón. Y es que el pobre Trompoloco se cayó del coy allá en
Puerto Rico cuando era chiquito y según decía su mamá, que en paz descanse, cayó
de cabeza y parece que del golpe se le ablandaron los sesos. Tuvo un tiempo,
cuando yo lo conocí aquí en el Barrio, que de repente se ponía a dar vueltas
como loco y no se paraba hasta que se mareaba y se caía al suelo. De ahí le vino
el apodo. Eso sí, nadie abusa de él porque su mamá era muy buena persona, médium
espiritista ella, tú sabes, y ayudaba a mucha gente y no cobraba. Uno le dejaba
lo que podía, ¿ves?, y si no podía no le dejaba nada. Entonces hay mucha gente
que se ocupa de que Trompoloco no pase necesidades. Porque él siempre fue
huérfano de padre y no tuvo hermanos, así que como quien dice está solo en el
mundo.
Bueno, pues llega Trompoloco y me dice eso y yo digo: Ay, mi
madre, ¿y ahora qué hago? El foreman, que estaba pendiente de lo que pasaba
porque esa gente nunca le pierde ojo a uno en el trabajo, viene y me pregunta:
¿Cuál es el trouble? Y yo le digo: Que viene a buscarme porque mi mujer se está
pariendo. Y entonces el foreman me dice: Bueno, ¿y que tú estás esperando?
Porque déjame decirte que ese foreman también era judío y para los judíos la
familia siempre es primero. En eso no son como los demás americanos, que entre
hijos y padres y entre hermanos se insultan y hasta se dan por cualquier cosa. Y
no sé si será por la clase de vida que la gente lleva en este país. Siempre
corriendo detrás del dólar, como los perros esos del canódromo que ponen a
correr detrás de un conejo de trapo. ¿Tú los has visto? Acaban echando el bofe y
nunca alcanzan al conejo. Eso sí, les dan comida y los cuidan para que vuelvan a
correr al otro día, que es lo mismo que hacen con la gente, si miras bien la
cosa. Así que en este país todo venimos a ser como perros de carrera.
Bueno, pues cuando el foreman me dijo de qué yo estaba
esperando, le digo: Nada, ponerme el coat y agarrar el subway antes que mi hijo
vaya a llegar y no me encuentre en casa. Contento que estaba yo ya, ¿sabes?,
porque iba ser mi primer hijo y tú sabes cómo es eso. Y me dice el foreman: No
se te vaya a olvidar ponchar la tarjeta para que cobres la media hora que llevas
trabajando, que de ahora palante es cuando te van a hacer falta los chavos. Y le
digo: Cómo no, y agarro el coat y poncho la tarjeta y le digo a Trompoloco, que
estaba parado allí mirando las máquinas como eslembao: ¡Avanza, Trompo, que
vamos a llegar tarde! Y bajamos las escaleras corriendo para no esperar el
ascensor y llegamos a la acera, que estaba bien crowded porque a esa hora
todavía había gente saliendo del trabajo. Y digo yo: ¡Maldita sea, y que tocarme
la hora del rush! Y Trompoloco que no quería correr: Espérate, hombre, espérate,
que yo quiero comprar un dulce. Bueno, es que Trompoloco es así, ¿ves?, como un
nene. Él sirve para hacer un mandado, si es algo sencillo, o para lavar unas
escaleras en un building o cualquier cosa que no haya que pensar. Pero si es
cuestión de usar la calculadora, entonces búscate a otro. Así que vengo y le
digo: No. Trompo, qué dulce ni qué carajo. Eso lo compras allá en el Barrio
cuando lleguemos. Y él: No, no, en el Barrio no hay de los que yo quiero. Esos
nada más se consiguen en Brooklyn. Y le digo: Ay, tú estás loco, y en seguida me
arrepiento porque eso es lo único que no se le puede decir a Trompoloco. Y se
para ahí en la acera, más serio que un chavo de queso, y me dice: No, no, loco
no. Y le digo: No, hombre, si yo no dije loco, yo dije bobo. Lo que pasa es que
tú oíste mal. ¡Avanza, que el dulce te lo llevo yo mañana! Y me dice: ¿Seguro
que tú no me dijiste loco? Y yo: ¡Seguro, hombre! Y él: ¿Y mañana me llevas dos
dulces? Mira, loco y todo lo que tú quieras, pero bien que sabe aprovecharse. Y
a mí casi me entra la risa y le digo: Claro chico, te llevo hasta tres si
quieres. Y entonces vuelve a poner buena cara y me dice: Está bien, vámonos,
pero tres dulces, acuérdate, ¿ah? Y yo, caminando para la entrada del subway con
Trompoloco detrás: Sí, hombre, tres. Después me dices de cuáles son.
Y bajamos casi corriendo las escaleras y entramos en la
estación con aquel mar de gente que tú sabes cómo es eso. Yo pendiente de que
Trompoloco no se fuera a quedar atrás porque con el apeñuscamiento y los
arrempujones a lo mejor le entraba miedo y quién iba a responder por él. Cuando
viene el tren expreso lo agarro por un brazo y le digo: Prepárate y echa palante
tú también, que si no nos quedamos afuera. Y él me dice: No te ocupes, y cuando
se abre la puerta y salen los que iban a bajar, nos metemos de frente y quedamos
prensados entre aquel montón de gente que no podíamos ni mover los brazos.
Bueno, mejor, porque así no había que agarrarse de los tubos. Trompoloco iba un
poco azorado porque yo creo que era la primera vez que viajaba en subway a esa
hora, pero como me tenía a mí al lado no había problemas, y así seguimos hasta
Columbus Circle y allí cambiamos de línea porque teníamos que bajarnos en la 110
y quinta para llegar a casa, ¿ves?, y ahí volvimos a quedar como sardinas en
lata.
Entonces yo iba contando los minutos, pensando si ya mijo
habría nacido y cómo estaría mi mujer. Y de repente se me ocurre: Bueno, y yo
tan seguro de que va a ser macho y a lo mejor me sale una chancleta. Tú sabes
que uno siempre quiere que el primero sea hombre. Y la verdad es que eso es un
egoísmo de nosotros, porque a la mamá le conviene más que la mayor sea mujer
para que después le ayude con el trabajo de la casa y la crianza de los
hermanitos. Bueno, pues en eso iba yo pensando y sintiéndome ya muy padre de
familia, te das cuenta, cuando... ¡fuácata, ahí fue! Que se va la luz y el tren
empieza a perder impulso hasta que se queda parado en la mismita mitad del túnel
entre dos estaciones. Bueno, la verdad es que de un momento no se asustó nadie.
Tú sabes que eso de que las luces se apaguen en el subway no es nada del otro
mundo: en seguida vuelven a prenderse y la gente ni pestañea. Y eso de que el
tren se pare un ratito antes de llegar a una estación tampoco es raro. Así que
de momento no se asustó nadie. Prendieron las luces de emergencia y todo el
mundo lo más tranquilo. Pero empezó a pasar el tiempo y el tren no se movía. Y
yo pensando: Coño, qué mala suerte, ahora que tenía que llegar pronto. Pero
todavía creyendo que sería cuestión de un ratito, ¿ves? Y así pasaron como tres
minutos más y entonces una señora empezó a toser. Una señora americana ella,
medio viejita, que estaba cerca de mí. Yo la miré y vi que estaba tosiendo como
sin ganas, y pensé: Eso no es catarro, eso es miedo. Y pasó otro minuto y el
tren seguía parado y entonces la señora le dijo a un muchacho que tenía al lado,
un muchacho alto y rubio él, tofete, con cara como de irlandés, le dijo la
señora: Oiga, joven, ¿a usted esto no le está raro? Y él dijo: No, no se
preocupe, eso no es nada. Pero la señora como que no quedó conforme y siguió con
su tosecita y entonces otros pasajeros empezaron a tratar de mirar por las
ventanillas, pero como no podían moverse bien y con la oscuridad que había allá
afuera, pues no veían nada. Te lo digo porque yo también traté de mirar y lo
único que saqué fue un dolor de cuello que me duró un buen rato.
Bueno, pues siguió pasando el tiempo y a mí empezó a darme
calambre en una pierna y ahí fue donde me entró el nerviosismo. No, no por el
calambre, sino porque pensé que ya no iba a llegar a tiempo a casa. Y decía yo
para entre mí: No, aquí tiene que haber pasado algo, ya es demasiado de mucho
tiempo que tenemos aquí parados. Y como no tenía nada que hacer, puse a
funcionar el coco y entonces fue que se me ocurrió lo del suicidio. Bueno, era
lo más lógico, ¿por qué no? Tú sabes que aquí hay muchísima gente que ya no se
quieren para nada y entonces van y se trepan al Empire State y pegan el salto
desde allá arriba y creo que cuando llegan a la calle ya están muertos por el
tiempo que tardan en caer. Bueno, yo no sé, eso es lo que me han dicho. Y hay
otros que le tiran por delante al subway y quedan que hay que recogerlos con
pala. Ah, no, eso sí, a los que brincan desde el Empire State me imagino que
habrá que recogerlos con secante. No, pero en serio, porque con esas cosas no se
debe relajar, a mí se me ocurrió que lo que había pasado era que alguien se le
había tirado debajo al tren que iba delante de nosotros, y hasta pensé: Bueno,
pues que en paz descanse pero ya me chavó a mí, porque sí que voy a llegar
tarde. Ya mi mujer debe estar pensando que Trompoloco se perdió en el camino o
que yo ando borracho por ahí y no me importa lo que está pasando en casa. Porque
no es que yo sea muy bebelón, pero de vez en cuando, tú me entiendes... Bueno, y
ya que estamos hablando de eso, y quieres cambiamos de marca, pero que estén
bien frías a ver si se nos acaba de quitar la calor.
¡Aja! Entonces... ¿por dónde iba yo? Ah sí, estaba pensando
en eso del suicidio y qué sé yo, cuando de repente -¡ran!- vienen y se abren las
puertas del tren. Sí, hombre sí, allí mismo en el túnel. Y como eso, a la
verdad, era una cosa que yo nunca había visto, entonces pensé: Ahora sí que a la
puerca se le entorchó el rabo. Y enseguida veo que allá abajo frente a la puerta
estaban unos como inspectores o algo así porque tenían uniforme y traían unas
linternas de ésas como faroles. Y nos dice uno de ellos: Take it easy que no hay
peligro. Bajen despacio y sin empujar. Y ahí mismo la gente empezó a bajar y a
preguntarle al míster aquél: ¡Qué es lo que pasa, qué es lo que pasa? Y él:
Cuando estén todos acá abajo les voy a decir. Yo agarré a Trompoloco por el
brazo y le dije: ¿Ya tú oíste? No hay peligro, pero no te vayas a apartar de mí.
Y él me decía que sí con la cabeza, porque yo creo que del susto se le había ido
hasta la voz. No decía nada, pero parecía que los ojos se le iban a salir de la
cara: los tenía como platillos y casi le brillaban en la oscuridad, como a los
gatos.
Bueno, pues fuimos saliendo del tren hasta que no quedó nadie
adentro. Entonces, cuando estuvimos todos alineados allá abajo, los inspectores
empezaron a recorrer la fila que nosotros habíamos formado y nos fueron
explicando, así por grupos, ¿ves?, que lo que pasaba era que había habido un
blackout o sea que se había ido la luz en toda la ciudad y no se sabía cuándo
iba a volver. Entonces la señora de la tosecita, que
había quedado cerca de mí, le preguntó al inspector: Oiga, ¿y cuándo vamos a
salir de aquí? Y él le dijo: Tenemos que esperar un poco porque hay otros trenes
delante de nosotros y no podemos salir todos a la misma vez. Y ahí pegamos a
esperar. Y yo pensando: Maldita sea mi suerte, mira que tener que pasar esto el
día de hoy, cuando en eso siento que Trompoloco me jala la manga del coat y me
dice bajito, como en secreto: Oye, oye, panita, me estoy meando. ¡Imagínate tú!
Lo único que faltaba. Y le digo: Ay, Trompo, bendito, aguántate, ¿tú no ves que
aquí eso es imposible? Y me dice: Pero es que hace rato que tengo ganas y ya no
aguanto más. Entonces me pongo a pensar rápido porque aquello era una
emergencia, ¿no?, y lo único que se me ocurre es ir a preguntarle al inspector
qué se podía hacer. Le digo a Trompoloco: Bueno, espérame un momentito, pero no
te vayas a mover de aquí. Y me salgo de la línea y voy y le digo al inspector:
Listen, mister, my friend wanna take a leak, o sea que mi amigo quería cambiarte
el agua al canario. Y me dice, el inspector: Goddamit to helI, can't he
hold it in a while? Y le digo que eso mismo le había dicho
yo, que se aguantara, pero que ya no podía. Entonces me dice: Bueno, que lo haga
donde pueda, pero que no se aleje mucho. Así que vuelvo donde Trompoloco y le
digo: vente conmigo por ahí atrás, a ver si encontramos un lugarcito, y pegamos
a caminar, pero aquella hilera de gente nos se acaba nunca. Y habíamos caminado
un trecho cuando vuelve a jalarme la manga y dice: Ahora si ya no aguanto,
brother. Entonces le digo: Pues mira, ponte detrás de mí pegadito a la pared,
pero ten cuenta que no me vayas a mojar los zapatos. Y hazlo despacito, para que
no se oiga. Y ni había acabado de hablar cuando oigo aquello que, bueno, ¿tú
sabes cómo hacen eso los caballos? Pues con decirte que parecía que eran dos
caballos en vez de uno. Si yo no sé cómo no se le había reventado la vejiga. No,
una cosa terrible. Yo pensé: Ave María, éste me va a salpicar hasta el coat. Y
mira que era de esos cortitos, que no llegan ni a la rodilla, porque a mi
siempre me ha gustado estar a la moda, ¿verdad? Y entonces, claro, la gente que
estaba por allí tuvo que darse cuenta y yo oí que empezaron a murmurar. Y pensé:
Menos mal que está oscuro y no nos pueden ver la cara, porque si se dan cuenta
que somos puertorriqueños... Ya tú sabes cómo es el asunto aquí. Yo pensando
todo eso y Trampoloco que no acababa. ¡Cristiano, las cosas que le pasan a uno
en este país! Después las cuentas y la gente no te las cree. Bueno, pues al fin
Trompoloco acabó, o por lo menos eso creí yo porque ya no se oía aquel estrépito
que estaba haciendo, pero pasaba el tiempo y no se movía. Y le digo: Oye, ¿ya tú
acabaste? Y me dice: Sí. Y yo: Pues ya vámonos. Y entonces me sale con que:
Espérate, que me estoy sacudiendo. Mira, ahí fue donde yo me encocoré. Le digo:
Pero, muchacho, ¿eso es una manguera o qué? ¡Camina por ahí si no quieres que
esta gente nos sacuda hasta los huesos después de esta inundación que tú has
hecho aquí! Entonces como que comprendió la situación y me dijo: está bien, está
bien, vámonos.
Pues volvimos adonde
estábamos antes y ahí nos quedamos esperando como media hora más. Yo oía a la
gente alrededor de mí hablando inglés, quejándose y diciendo que qué abuso, que
parecía mentira, que si el alcalde, que si qué sé yo. Y de repente oigo por allá
que alguien dice en español: bueno, para estirar la pata lo mismo da aquí
adentro que allá afuera, y mejor que sea aquí porque así el entierro tiene que
pagarlo el gobierno. Sí, algún boricua que quería hacerse el gracioso. Yo miré
así a ver si lo veía, para decirle que el entierro de él lo iba a pagar la
sociedad protectora de animales, pero en aquella oscuridad no pude ver quién
era. Y lo malo es que el chistecito aquél me hizo su efecto, no te creas. Porque
parado allí sin hacer nada y con la preocupación que traía yo y todo ese
problema, ¿tú sabes lo que me ocurrió a mí entonces? Imagínate, yo pensé que el
inspector nos había dicho un embuste y que lo que pasaba era que ya había
empezado la tercera guerra mundial. No, no te rías, yo te apuesto que yo no era
el único que estaba pensando eso. Sí, hombre, con todo lo que se pasan diciendo
los periódicos aquí, de que si los rusos y los chinos y hasta los marcianos en
los platillos voladores.., pues claro, ¿y por qué tú te crees que en este país
hay tanto loco? Si ahí en Bellevue ya ni caben y creo que van a tener que
construir otro manicomio.
Bueno, pues en esa
barbaridad estaba yo pensando cuando vienen los inspectores y nos dicen que ya
nos tocaba el turno de salir a nosotros, pero caminando en fila y con calma.
Entonces pegamos a caminar y al fin llegamos a la estación, que era la de tan
lejos de casa, pero tampoco tan cerca porque eran unas cuantas calles las que
nos faltaban. Imagínate que eso nos hubiera pasado en la 28 o algo así. La
cagazón, ¿no? Pero, bueno, la cosa es que llegamos a la estación y le digo a
Trompoloco: Avanza y vamos a salir de aquí. Y subimos las escaleras con todo
aquel montón de gente que parecía un hormiguero cuando tú le echas agua
caliente, y al salir a la calle, ¡ay, Bendito! No, no, tiniebla no, porque
estaban las luces de los carros y eso, ¿verdad? Pero oscuridad si porque ni en
la calle ni en los edificios había una sola luz prendida. Y en eso pasó un tipo
con un radio de esos portátiles, y como iba caminando en la misma dirección que
yo, me le emparejé y me puse a oír lo que estaba diciendo el radio. Y era lo
mismo que nos había dicho el inspector allá abajo en el túnel, así que ahí se me
quitó la preocupación esa de la guerra. Pero entonces me volvió la otra, la del
parto de mi mujer y eso, ¿ves?, y le digo a Trompoloco: Bueno, paisa, ahora la
cosa es en el carro de don Fernando, un ratito a pie y otro andando, así que a
ver quién llega primero. Y me dice él: Te voy, te voy riéndose, ¿sabes?, como
que ya se había pasado el susto.
Y pegamos a caminar
bien ligero porque además estaba haciendo frío y cuando íbamos por la 103 o algo
así, pienso yo: Bueno, y si no hay luz en casa, ¿cómo harán hecho para el parto?
A lo mejor tuvieron que llamar la ambulancia para llevarse a mi mujer a alguna
clínica y ahora yo no voy a saber ni dónde está. Porque, oye, lo que es el día
que uno se levanta de malas.
Entonces con esa idea
en la cabeza entré yo en la recta final que parecía un campeón: yo creo que no
tardamos ni cinco minutos de la 103 a casa Y ahí mismo entro y agarro por
aquellas escaleras oscuras que no veía ni los escalones y... ah, pero ahora va
empezar lo bueno, lo que tú quieres que yo te cuente porque tú no estabas en
Nueva York ese día, ¿verdad? Okay. Pues entonces vamos a pedir otras cervecitas
porque tengo el gaznate más seco que aquellos arenales de Salinas donde yo me
crié.
Pues como te iba
diciendo. Esa noche rompí el récord mundial de tres pisos de escaleras en la
oscuridad. Ya ni sabía si Trompoloco me venía siguiendo. Cuando llegué frente a
la puerta del apartamento traía la llave en la mano y la metí en la cerradura al
primer golpe, como si la estuviera viendo. Y entonces, cuando abrí la puerta, lo
primero que vi fue que había cuatro velas prendidas en la sala y unas cuantas
vecinas allí sentadas, lo más tranquilas y dándole a la sin hueso que aquello
parecía la olimpiada del bembeteo. Ave María, y es que ése es el deporte
favorito de las mujeres. Yo creo que el día que les prohíban eso se forma una
revolución más grande que la del Fidel Castro. Pero eso sí, cuando me vieron
entrar así de sopetón, les pegué un susto que se quedaron mudas de repente.
Cuantimás que yo ni siquiera dije buenas noches sino que ahí mismo empecé a
preguntar: Oigan ¿y qué ha pasado con mi mujer? ¿Dónde está? ¿Se la llevaron? Y
entonces una de las señoras viene y me dice: No, hombre, no, ella está ahí
adentro lo más bien. Aquí estábamos comentando que para ser el primer parto... Y
en ese mismo momento oigo aquellos berridos que empezó a pegar mi hijo allá en
el cuarto. Bueno, yo todavía no sabía si era hijo o hija, pero lo que si te digo
es que gritaba más que Daniel Santos en sus buenos tiempos. Y entonces le digo a
la señora: Con permiso, doña, y me tiro para el cuarto y abro la puerta y lo
primero que veo es aquel montón de velas prendidas que eso parecía un altar de
iglesia. Y la comadrona allí trajinando con las palanganas y los trompos y esas
cosas, y mi mujer en la cama quietecita, pero con los ojos bien abiertos. Y
cuando me ve dice, así con la voz bien finita: Ay, mi hijo, qué bueno que
llegaste. Yo ya estaba preocupada por ti. Fíjate, bendito, y que preocupada por
mí, ella que era la que acababa de salir de ese brete del parto. Sí, hombre, las
mujeres a veces tienen esas cosas. Yo creo que por eso es que les aguantamos sus
boberías y las queremos tanto, ¿verdad? Entonces yo le iba a explicar el
problema del subway y eso, cuando me dice la comadrona: Oiga, ese muchacho es la
misma cara de usted. Venga a verlo, mire. Y era que estaba ahí en la cama al
lado de mi mujer, pero como eran tan chiquito casi ni se veía. Entonces me
acerco y le miro la carita, que era lo único que se le podía ver porque ya lo
tenían más envuelto que pastel de hoja. Y cuando yo estoy ahí mirándolo me dice
mi mujer: ¿Verdad que salió a ti? Y le digo: Sí, se parece bastante. Pero yo
pensando: No, hombre, ése no se parece a mí ni a nadie, si lo que parece es un
ratón recién nacido. Pero es que así somos todos cuando llegamos al mundo, ¿no?
Y me dice mi mujer: Pues salió machito, como tú lo querías. Y yo, por decir
algo: Bueno, a ver si la próxima vez formamos la parejita. Yo tratando de que no
se me notara ese orgullo y esa felicidad que yo estaba sintiendo, ¿ves? Y
entonces dice la comadrona: Bueno, ¿y qué nombre le van a poner? Y dice mi
mujer: Pues el mismo del papá, para que no se le vaya a olvidar que es suyo.
Bromeando, tú sabes, pero con su pullita. Y yo le digo: Bueno, nena, si ése es
tu gusto... Y en eso ya mi hijo se había callado y yo empiezo a oír como una
música que venía de la parte de arriba del building, pero una música que no era
de radio ni de disco, ¿ves? Sino como de un conjunto que estuviera allí mismo,
porque a la misma vez que la música se oía una risería y una conversación de
mucha gente. Y le digo a mi mujer: Adiós, ¿y por ahí hay bachata? Y me dice:
Bueno, yo no sé, pero parece que sí porque hace rato que estamos oyendo eso. A
lo mejor es un party de cumpleaños. Y digo yo: ¿Pero así, sin luz? Y entonces
dice la comadrona: Bueno, a lo mejor hicieron igual que nosotros, que salimos a
comprar velas. Y en eso oigo yo que Trompoloco me llama desde la sala: Oye, oye,
ven acá. Sí, hombre, Trompoloco que había llegado después que yo y se había
puesto a averiguar. Entonces salgo y le digo: ¿Qué pasa? Y me dice: Muchacho,
que allá arriba en el rufo está chévere la cosa. Sí, en el rufo, o sea en la
azotea. Y digo yo: Bueno, pues vamos a ver qué es lo que pasa. Yo todavía sin
imaginarme nada, ¿ves?
Entonces agarramos
las escaleras y subimos y cuando salgo para afuera veo que allí estaba casi todo
el building: doña Lula la viuda del primer piso, Cheo el de Aguadilla que había
cerrado el cafetín cuando se fue la luz y se había metido en su casa, las
muchachas del segundo que ni trabajan, ni están en el welfare según las malas
lenguas, don Leo el ministro pentecostal que tiene cuatro hijos aquí y siete en
Puerto Rico, Pipo y los muchachos de doña Lula y uno de los de don Leo, que ésos
eran los que habían formado el conjunto con una guitarra, un güiro, unas maracas
y hasta unos timbales que no sé de dónde los sacaron porque nunca los había
visto por allí. Sí, un cuarteto. Oye, ¡y sonaba! Cuando yo llegué estaban
tocando “Preciosa” y el que cantaba era Pipo, que tú sabes que es
independentista y cuando llegaba a aquella parte que dice: Preciosa, preciosa te
llaman los hijos de la libertad, subía la voz que yo creo que lo oía hasta en
Morovis. Y yo allí parado mirando a toda aquella gente y oyendo la canción,
cuando viene y se me acerca una de las muchachas del segundo piso, una medio
gordita ella que creo que se llama Mirta, y me dice: Oiga, qué bueno que subió.
Vengase para acá para que se dé un palito. Ah, porque tenían sus botellas y unos
vasitos de cartón allí encima de una silla, y yo no sé si eran de Bacardí o Don
Q, porque desde donde yo estaba no se veía tanto, pero le digo enseguida a la
muchacha: Bueno, si usted me lo ofrece yo acepto con mucho gusto. Y vamos y me
sirve el ron y entonces le pregunto: Bueno, ¿y por qué es la fiesta, si se puede
saber? Y en eso viene doña Lula, la viuda, y me dice: Adiós, ¿pero usted no se
ha fijado? Y yo miro así como buscando por los lados, pero doña Lula me dice:
No, hombre, cristiano, por ahí no. Mire para arriba. Y cuando yo levanto la
cabeza y miro, me dice: ¿Qué está viendo? Y yo: Pues la luna. Y ella ¿Y que más?
Y yo: Pues las estrellas. ¡Ave María, muchacho, y ahí fue donde yo caí en
cuenta! Yo creo que doña Lula me lo vio en la cara porque ya no me dijo nada
más. Me puso las dos manos en los hombros y se quedó mirado ella también,
quietecita, como si yo estuviera dormido y ella no quisiera despertarme. Porque
yo no sé si tú me lo vas a creer, pero aquello era como un sueño. Había salido
una luna de este tamaño, mira, y amarilla amarilla como si estuviera hecha de
oro, y el cielo estaba todito lleno de estrellas como si todos los cocuyos del
mundo se hubieran subido hasta allá arriba y después se hubieran quedado a
descansar en aquella inmensidad. Igual que en Puerto Rico cualquier noche del
año, pero era que después de tanto tiempo sin poder ver el cielo, por ese
resplandor de las millones de luces eléctricas que se prenden aquí todas las
noches, ya se nos había olvidado que las estrellas existían. Y entonces, cuando
llevábamos yo no sé cuanto tiempo contemplando aquel milagro, oigo a doña Lula
que me dice: Bueno, y parece que no somos los únicos que estamos celebrando. Y
era verdad. Yo no podía decirte en cuántas azoteas del Barrio se hizo fiesta
aquella noche, pero seguro que fue en unas cuantas, porque cuando el conjunto de
nosotros dejaba de tocar, oíamos clarita la música que llegaba de otros sitios.
Entonces yo pensé muchas cosas. Pensé en mi hijo que acababa de nacer y en lo
que iba a ser su vida aquí, pensé en Puerto Rico y en los viejos y en todo lo
que dejamos allá nada más que por necesidad, pensé tantas cosas que algunas ya
se me han olvidado, porque tú sabes que la mente es como una pizarra y el tiempo
como un borrador que le pasa por encima cada vez que se nos llena. Pero de lo
que sí me voy a acordar siempre es de lo que le dije yo entonces a doña Lula,
que es lo que te voy a decir ahora para acabar de contarte lo que tú querías
saber. Y es que, según mi pobre manera de entender las cosas, aquélla fue la
noche que volvimos a ser gente.
FIN |