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A Luis Rafael Sánchez
Aquel domingo, cuando el escritor se despertó, la luz
del sol entraba ya por las ventanas entreabiertas y bañaba la habitación de
claridad. El hombre se incorporó en la cama y se desperezó bostezando
largamente. Después se levantó, metió los pies en las pantuflas y se envolvió en
una elegante bata de seda azul.
Salió a la sala.
-¡Laura! -llamó.
-¡Señor! -respondió una voz de mujer joven desde la
cocina, en el fondo de la casa.
-¿Dónde está el periódico?
-En la mesita al lado del sofá, don Luis.
Se sentó a leerlo antes del baño, pero los ojos todavía
pesados de sueño le dificultaron la lectura. Explicó entonces, alzando la voz,
lo que quería de desayuno, y con una toalla limpia alrededor del cuello se
dirigió al cuarto de baño.
Se dio en primer lugar un prolongado duchazo,
recreándose con la blancura de la espuma que hacía el jabón cuando le daba
vueltas entre las manos. Después, una vez seco, se afeitó esmeradamente,
comprobando satisfecho en el espejo que le había quedado impecable la línea del
bigote recortado y ya entrecano. Finalmente se aplicó la loción con una serie de
palmaditas vigorosas en las mejillas.
Vestido ya, en la mesa, la sirvienta le trajo un vaso
de jugo de toronja. A continuación, huevos fritos con jamón, después el café con
leche (cargado, como era de su gusto) y tostadas con mermelada de melocotón.
Estaba encendiendo un cigarrillo cuando la sirvienta
reapareció para retirar el cubierto. El hombre la observó mientras regresaba a
la cocina. Era una mulata clara, de veinte años a lo sumo, que caminaba con un
involuntario cimbreo de las caderas generosas. El escritor no pudo reprimir la
evocación libresca: Culipandeando la Reina avanza / Y de su inmensa grupa
resbalan / Meneos cachondos que el gongo cuaja / En ríos de azúcar y de melaza.
"¡Qué buen poeta mi tocayo! Temas vulgares, en ocasiones, ¡pero qué sentido del
ritmo y del vocablo exacto!"
Cuando la muchacha volvió a la mesa, trayendo un
cenicero, él apagó el cigarrillo en la taza del café y le tomó una mano.
-Laura...
La muchacha hizo un intento débil, instintivo, de
retirar la mano.
-¿Qué es? -preguntó con un asomo de alarma.
-Laura, yo nunca había advertí... quiero decir, yo
nunca me había fijado bien en ti. ¿Sabes que eres muy bonita?
-¡Ay, Virgen, don Luis, no diga eso! -y seguía tratando
de retirar la mano, pero él no se la soltaba.
-¿Por qué no voy a decirlo, si es verdad?
-Don Luis, no sea así, déjeme ir.
El hombre le rodeó el talle con un brazo.
-Laurita -le dijo, apoyando un lado de su rostro sobre
uno de los senos estupendamente firmes-. Laurita, acompáñame a mi cuarto. Un
ratito nada más.
La muchacha se zafó de un tirón:
-¡Don Luis!
Él se puso de pie.
-Tú sabes que la señora está en casa de sus parientes y
no viene hasta mañana. Vamos, compláceme, mira que te voy a hacer un regalito.
La muchacha se cubrió la cara con ambas manos y se fue
sollozando a la cocina. Él permaneció de pie junto a la mesa, sintiendo el
súbito golpeteo de la sangre en sus sienes.
"¡Bah! Jíbara bruta!", se dijo. "Trataré otra vez de
aquí a unos días y, si no se da, a la calle y se acabó."
Consultó el reloj pulsera. Las nueve y media. Vio por
una ventana abierta un pedazo de cielo azul purísimo. La luz del sol chocaba con
todos los objetos y trazaba dibujos caprichosos en el piso.
Con un segundo cigarrillo entre los labios, penetró en
la biblioteca (la pieza, originalmente, había estado destinada a los hijos que
el matrimonio nunca tuvo, y sólo con el tiempo los libros fueron invadiéndola
poco a poco) y echó llave desde adentro. Recorrió con la mirada las ordenadas
hileras de volúmenes en los estantes. Respiró hondamente, como en un santuario.
Y experimentó, como siempre, una especial satisfacción cuando alcanzó a ver la
colección de clásicos castellanos bellamente encuadernada en pasta valenciana.
Aquella colección había sido propiedad de Francisco Salas, el viejo periodista
amigo suyo. El día que éste agonizaba, después de una enfermedad de varios
meses, él había ido a visitarlo. Pero Salas ya no podía reconocer a nadie, así
que sólo permaneció en el cuarto unos minutos. En la sala, al momento de
despedirse, la esposa del enfermo le dijo, venciendo su cortedad con evidente
esfuerzo:
-La enfermedad de Paco ha acabado con nuestros ahorros.
Estoy en una situación en que van a hacerme falta ochenta pesos para completar
los gastos del entierro.
Él volvió la cabeza aparentando distracción, pero al
hacerlo su mirada tropezó con el estante en que Francisco Salas había colocado
amorosamente su colección de clásicos.
-Señora, se me ocurre que yo podría ayudarla.
-No sabe cómo se lo agradecería. Usted siempre fue tan
buen amigo de Paco...
-Yo estaría dispuesto a adquirir esa colección por los
ochenta pesos que acaba de mencionar. ¿Le parece?
La mujer miró los libros -los nombres ilustres grabados
en oro en los lomos de las finas encuadernaciones- y balbuceó:
-Pero... esa colección... costó casi mil pesos, y está
muy bien cuidada. Usted sabe que Paco...
El hombre hizo ademán de ponerse el sombrero. La mujer
se apresuró a aceptar:
-Bueno, don Luis, en un caso así...
Él le dijo, contando los billetes en la cartera antes
de sacarlos:
-Después enviaré a alguien por los libros.
(No sabía, no podía saber, que en ese instante ya
estaba hablándole a una viuda.)
El escritor, ahora, se sentó a su mesa de trabajo,
frente al retrato del difunto tío solterón que le había legado tres casas de
vecindad en Puerta de Tierra (cuya renta le permitía dedicar todo su tiempo a la
literatura). Colocó ante sí la cuartilla en blanco, tomó la pluma y apoyó la
cabeza en la otra mano.
Media hora después no había logrado una sola oración
coherente. Se levantó irritado, con un comienzo de jaqueca. Encendió otro
cigarrillo y volvió a recorrer con la mirada las hileras de volúmenes en los
estantes. "Leeré un poco", se dijo. "Me hará bien." De la calle llegaban algunos
ruidos apagados, que el escritor apenas distinguía: un pregón, un bocinazo, un
grito de muchacho... En los momentos en que se dirigía a uno de los estantes,
llegó hasta la habitación, con toda claridad, el sonido de dos detonaciones.
Pero el oído del escritor, entregado ya a la compleja armonía de un párrafo de
Proust, fue incapaz de percibirlo.
En la esquina más cercana, a unos cincuenta metros de
la casa del escritor, se había apostado desde las siete un grupo de diez
hombres. Los bolsillos de sus ropas de obreros, abultados como si contuvieran
objetos irregulares y deformes, llamaban la atención de los escasos transeúntes
de la hora. Uno de los hombres -corto de estatura, delgado, ya no joven- se
movía entre los demás hablando en tono bajo y con pocos ademanes. Sus
compañeros, a veces sin mirarlo, asentían con la cabeza a sus palabras.
A medida que pasaba el tiempo aumentaba el tránsito de
gente: señoras y muchachas acicaladas rumbo a la iglesia, velo y misal en mano;
sirvientas en busca del periódico o del pan para el almuerzo; hombres que iban
al juego de béisbol, exaltado de antemano el entusiasmo partidario. Pasaban unos
cuantos automóviles con familias que se dirigían al campo o a la playa. El grupo
de obreros permanecía -impasible, casi hosco- en su esquina.
A eso de las nueve y media apareció en el extremo de la
calle un camión cargado de hombres. Venían también dos policías, uno en cada
estribo. A una orden del que parecía jefe del grupo, los hombres de la esquina
se echaron a la calle y formaron una valla de una acera a la otra. El camión se
detuvo frente a ellos. Algunos transeúntes se detuvieron para observar. Los que
venían en el camión tenían aspecto idéntico al de los que estaban en la calle.
Uno de los policías se dirigió a estos últimos:
-¡A ver! ¿Qué es lo que pasa?
Se adelantó el jefe del grupo, en actitud sosegada:
-Lo único que queremos es hablar con los compañeros que
vienen ahí arriba. Eso no está en contra de la ley.
El policía le contestó, después de un instante de
vacilación.
-Si ellos lo quieren oír, hable. Pero nada de
discursos, que tenemos prisa. No se puede interrumpir el tránsito.
-No hay problema -dijo el otro-. El camión está parado
en su derecha.
-¡Bueno, bueno, acabe!
El obrero se dirigió a los del camión:
-Compañeros, a ustedes los llevan a ocupar los puestos
que nosotros dejamos para ir a la huelga. Y a pesar de que los llevan un
domingo, para burlar nuestra vigilancia, han pedido la protección de la policía.
Compañeros, si nadie ocupa esos puestos, los patronos tendrán que aceptar
nuestras demandas, que representan el pan de nuestros hijos.
Los dos policías se miraron brevemente, de soslayo. El
que hablaba continuó:
-Pero si alguien ocupa esos puestos, nos quedaremos sin
trabajo, indefensos ante los patronos. ¡Compañeros, ustedes son trabajadores lo
mismo que nosotros! ¡Si no luchamos juntos, seguiremos toda la vida en la
miseria! ¡Compañeros, hoy por nosotros, mañana por ustedes! ¡A bajarse!
Los obreros del camión empezaron a cuchichear entre sí.
Los de la calle les gritaban:
-¡A bajarse!
-¡A bajarse, compañeros!
Uno de los policías dijo de pronto:
-Están perdiendo el tiempo; ninguno va a bajarse.
Sigue, chofer.
Pero en ese momento uno de los de arriba, un mulato
achaparrado, de voz gruesa, gritó:
-¡Yo me bajo, coño!
Y saltó a la calle. Los de abajo acogieron su decisión
con exclamaciones de aliento:
-¡Así se hace!
-¡Pa'bajo! ¡Sean hombres!
Los dos policías volvieron a cambiar miradas rápidas.
El mulato les gritaba ahora a sus compañeros:
-¡Bájense!... ¿qué esperan?
Ya había en los alrededores un nutrido grupo de
espectadores que crecía por momentos.
Uno de los policías repitió la orden al chofer:
-¡Sigue!
Pero otro de los obreros del camión gritó en el mismo
instante:
-¡Aguanta, que yo también me quedo!
El camión ya se ponía en marcha. El obrero volvió a
gritar:
-¡Párate, que me apeo! ¡Párate, carajo!
El camión avanzó sobre los que impedían su paso. Estos
se echaron a un lado para no ser arrollados, al tiempo que le gritaban al chofer
y a los dos guardias:
-¡Déjenlo bajar! ¡Déjenlo bajar!
El que encabezaba a los de abajo gritó entonces,
sacando un puñado de piedras de un bolsillo y lanzando él mismo la primera:
-¡Ahora, muchachos!
Y una recia pedrea se desató sobre el camión. El grupo
de curiosos se deshizo en una carrera apresurada. El chofer del camión aplicó
los frenos, asustado, y se echó sobre un costado en el asiento. Los obreros que
venían arriba empezaron a bajarse atropelladamente. Uno de los policías intentó
contenerlos, pero los hombres corrían en todas direcciones y se unían a los de
abajo. Entonces el otro policía, agazapado junto a uno de los guardafangos del
vehículo, sacó su revólver sin premura y buscó con la vista al jefe de los
huelguistas. Apuntó cuidadosamente, apoyando la mano que empuñaba el arma en la
palma de la otra, y disparó dos veces. La víctima se llevó las manos al abdomen,
abrió la boca y cayó de bruces. Al sonar los disparos, se produjo una desbandada
general hacia las esquinas más cercanas. Con la calle despejada, los dos
policías caminaron hacia el caído. El que había hecho fuego lo tocó con la punta
del pie. El cuerpo no se movió.
-Lo mataste -dijo el otro policía.
-Ajá. Mira ver lo que tiene en los bolsillos.
El otro empezó el registro con desgana. Sacó por todo
unas monedas, un pañuelo sucio, varias piedras y una cartera vieja con un
amarillento retrato de mujer y un carnet de miembro del sindicato de obreros de
la construcción, expedido a nombre de Agapito Olivo hacía menos de un año.
-Ve a dar parte -dijo el primer policía-. A nosotros no
nos toca levantarlo.
Y como viera que su compañero, los ojos fijos en el
muerto, no se disponía a cumplir la orden, le preguntó con aspereza:
-¿Qué te pasa?
-No, nada. Es que ese hombre...
-¡Qué?
-Pues... no estaba armado.
-Eso acabas de descubrirlo ahora. Dime una cosa:
¿cuánto tiempo llevas tú en la policía?
-Seis meses.
-Me lo imaginaba. A ustedes los nuevos lo que les hace
falta es otro Domingo de Ramos en Ponce, para aprender a bregar con esta chusma.
¡Bueno, camina, que ya mismo vuelve a amontonarse aquí la gente!
Un Buick azul que pasaba por allí en ese momento, se
detuvo. Una mujer joven, muy maquillada, asomó la cabeza por la ventanilla y
dejó escapar un grito cuando vio el cadáver. Le cubrió los ojos a un muchachito
rubio que llevaba en el regazo y que se agitaba haciendo esfuerzos por mirar, y
le dijo al hombre que conducía:
-¡Sigue, Jorge, sigue!
Y cuando se hubieron alejado media cuadra:
-¡Ay, Virgen, seguro que era un ladrón! ¡Y a estas
horas! En este país dentro de poco la gente decente no va a poder vivir.
Las primeras moscas empezaban a posarse sobre la cara
del muerto.
Allá en su biblioteca, el escritor volvió a colocar en
el estante el volumen que acababa de hojear. El murmullo creciente que venía
desde la calle no alcanzaba aún a molestarlo. Y, todavía irritado por no hallar
nada sobre qué escribir, rumió, el sentimiento de impotencia que sentía
creciéndole en el pecho:
-¡Maldito destino! ¡Tener que vivir en un país donde
nunca pasa nada!
FIN |