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Sombra imborrable del Josco sobre la loma que domina el
valle del Toa. La cabeza erguida, las aspas filosas estoqueando el capote en
sangre de un atardecer luminoso. Aindiado, moreno, la carrilluda en sombras, el
andar lento y rítmico. La baba gelatinosa le caía de los belfos negros y
gomosos, dejando en el verde enjoyado estela plateada de caracol. Era hosco por
el color y por su carácter reconcentrado, huraño, fobioso, de peleador
incansable. Cuando sobre el lomo negro del cerro Farallón las estrellas clavaban
sus banderillas de luz, lo veía descender la loma, majestuoso, doblar la recia
cerviz, resoplar su aliento de toro macho sobre la tierra virgen y tirar un
mugido largo y potente para las rejoyas del San Lorenzo.
-Toro macho, padrote como ése, denguno; no nació pa yugo
-me decía el jincho Marcelo, quien una noche negra y hosca le parteó a la luz
temblona de un jacho. Lo había criado y lo quería como a un hijo. Su único hijo.
Hombre solitario, hecho a la reyerta de la alborada,
veía en aquel toro la encarnación de algo de su hombría, de su descontento, de
su espíritu recio y primitivo. Y toro y hombre se fundían en un mismo paisaje y
en un mismo dolor.
No había toro de las fincas lindantes que cruzase la
guardarraya, que el Josco no le grabase en rojo sobre el costado, de una cornada
certera, su rúbrica de toro padrote.
Cuando el cuerno plateado de la luna rasgaba el telón
en sombras de la noche, oí al tío Leopo decir al jincho:
-Marcelo, mañana me traes el toro americano que le
compré a los Velilla para padrote; lo quiero para el cruce; hay que mejorar la
crianza.
Y vi al jincho luchar en su mente estrecha, recia y
primitiva con una idea demasiado sangrante, demasiado dolorosa para ser
realidad. Y tras una corta pausa musitó débilmente; como si la voz se le
quebrase en suspiros:
-Don Leopo, ¿y qué jacemos con el Josco?
-Pues lo enyugaremos para arrastre de caña, la zafra se
mete fuerte este año, y ese toro es duro y resistente.
-Usté dispense, don Leopo, pero ese toro es padrote de
nación, es alebrestao, no sirve pa yugo.
Y descendió la escalera de caracol y por la enlunada
veredita se hundió en el mar de sombras del cañaveral. Sangrante, como si le
hubieran clavado un estoque en mitad del corazón.
Al otro día por el portalón blanco que une los caminos
de las fincas lindantes, vi al jincho traer atado a una soga un enorme toro
blanco. Los cuernos cortos, la poderosa testa mapeada en sepia. La dilatada y
espaciosa nariz taladrada por una argolla de hierro. El jincho venía como
empujado, lentamente, como con ganas de nunca llegar, por la veredita de los
guayabales.
Y de súbito se oyó un mugido potente y agudo por las
mayas de la colindancia de los Cocos, que hizo retumbar las rejoyas del San
Lorenzo y los riscos del Farallón. Un relámpago cárdeno de alegría iluminó la
faz macilenta del jincho.
Era el grito de guerra del Josco, el reto para jugarse
en puñales de cuernos la supremacía del padronazgo. Empezó a mover la testa en
forma pendular. Tiró furiosas cornadas al suelo, trayéndose en el filo de las
astas tierra y pasto. Alucinado, lanzó cabezadas frontales al aire, como
luchando con una sombra.
El jincho en la loma, junto a la casa, aguantó al toro
blanco. El Josco ensayó un tranco ligero, hasta penetrar en la veredita. Se
detuvo un momento. Remolineó ágil y comenzó a estoquear los pequeños guayabos
que bordean la veredita. La testa coronada se le enguirnaldó de ramas, flores
silvestres y bejucales.
Venía lento, taimado, con un bramar repetido y
monótono. Alargaba la cabeza, y el bramar culminaba en un mugido largo y de
clarinada. Raspó la tierra con las bifurcadas pezuñas hasta levantar al cielo
polvaredas de oro. Avanzó un poco. Luego quedó inmóvil, hierático, tenso. En los
belfos negros y gomosos la baba se le espumaba en burbujas de plata. Así
permaneció un rato. Dobló la cerviz, el hocico pegado al ras del suelo,
resoplando violentamente, como husmeando una huella misteriosa. En la vieja
casona la gente se fue asomando al balcón. Los agregados salían de sus bohíos.
Los chiquillos de vientres abultados perforaban el aire con sus chillidos:
-El Josco pelea con el americano de los Velilla.
En el redondel de los cerros circunvecinos las voces se
hicieron ecos. Los chiquillos azuzaban al Josco.
-Dale, Josco, que tú le puedes.
El Josco seguía avanzando, la cabeza baja, el andar
lento y grave. Y el jincho no pudo contenerse y soltó el toro blanco. Este se
cuadró receloso, empezó a escarbar la tierra con las anchas pezuñas y lanzó un
bronco mugido.
Jey... Jey... Oiseee... Josco -gritaba la peonada.
-Palante, mi Josco- vibró el jincho.
Y se oyó el seco y violento chocar de las cornamentas.
Acreció el grito ensordecedor de la peonada.
-Dale, jey. . . Josco.
Las cabezas pegadas, los ojos negros y refulgentes
inyectados de sangre, los belfos dilatados, las pezuñas firmemente adheridas a
la tierra, las patas traseras abiertas, los rabos leoninos erguidos, la trabazón
rebullente de los músculos ondulando sobre las carnes macizas.
Colisión de fuerzas que por lo potentes se
inmovilizaban. Ninguno cejaba; parecían como estampados en la fiesta de colores
del paisaje.
La baba se espesaba. Los belfos ardorosos resonaban
como fuelles. Separaron súbitamente las cornamentas y empezaron a tirarse
cornadas ladeadas, tratando de herirse en las frentes. Los cuernos sonaban como
repiquetear de castañuelas. Y volvieron a unir las testas florecidas de puñales.
Un agregado exclamó:
-El blanco es más grande y tiene más arrobas.
Y el jincho con rabia le ripostó:
-Pero el Josco tiene más maña y más cría.
El toro blanco, haciendo un supremo esfuerzo, se retiró
un poco y avanzó egregio, imprimiéndole a la escultura imponente de su cuerpo
toda la fuerza de sus arrobas. Y se vio al Josco recular arrollado por aquella
avalancha incontenible.
-Aguante mi Josco- gritaba desesperado el jincho.
-No joya; usté eh de raza.
El Josco hincaba las patas traseras en la tierra
buscando un apoyo para resistir, pero el blanco lo arrastraba. Dobló los
corvejones tratando de detener el empuje, se irguió nuevamente y "rebuleó"
rápido hacia atrás amortiguando la embestida del blanco.
-Lo ve; es mah grande -añadió con pena un agregado.
-Pero no juye -le escupió el jincho.
Y las patas traseras del Josco toparon con una
eminencia en el terreno, la cual le sirvió de sostén. Afirmado, sesgó a un lado,
zafando el cuerpo a la embestida del blanco, que se perdió en el vacío. A éste
faltó el equilibrio, y el Josco, aprovechándose del desbalance del contrario,
volteó rápido y le asestó una cornada certera, trazándole en rojo sobre el albo
costado una grieta de sangre. El blanco lanzó un bufido quejumbroso, huyendo
despavorido entre la algarabía jubilosa del peonaje. El jincho vibrante de
emoción gritaba a voz en cuello:
-Toro jaiba, toro mañoso, toro de cría.
Y el Josco alargó el cuerpo estilizado, levantó la
testa triunfal, las astas filosas doradas de sol, apuñaleando el mantón azul de
un cielo sin nubes.
El blanco siempre se quedó de padrote. Orondo se
paseaba por el cercao de las vacas.
Al Josco trataton de uncirlo al yugo con un buey viejo
que lo amaestrara, pero se revolvió violento poniendo en peligro la vida del
peonaje. Andaba mohíno, huraño, y se le escuchaba bramar quejoso, como agobiado
por una pena conmensurable.
Tranqueaba hacia el cercao de los bueyes de arrastres,
de cogotes pelados y de pastar apacibles. Levantando la cabeza sobre la
alambrada, dejaba escapar un triste mugido. Se veía buey rabisero, buey soroco,
buey manco, buey toruno, castrao.
Aquel atardecer lo contemplé al trasluz de un
crepúsculo tinto en sangre de toros, sobre la loma verdeante que domina el valle
del Toa. No tenía la arrogancia de antes, no levantaba al cielo airosamente la
testa coronada; lo veía desfalleciente como estrujado por una inmensa congoja.
Babeó un rato, alargó la cabeza y suspendió un débil mugido, descendió la loma y
su sombra se fundió en el misterio de una noche sin estrellas. A eso de la
medianoche me pareció escuchar un mugir dolorido. El sueño se hizo sobre mis
párpados.
Al otro día el Josco no aparecía. Se le buscó por todas
las lindancias. No podía haberse pasado a las otras fincas, no había boquetes en
los mayales, ni en las alambradas de las guardarrayas. El Jincho iba y venía
desesperado. El tío Leopo apuntó:
-Tal vez se fue por el camino del Farallón a las
malojillas del río.
El Jincho hacia allá se encaminó. Regresó decepcionado.
Luego se dirigió hacia una rejoya entre árboles en la colindancia de los Cocos,
donde el Josco solía sestear. Lo vimos levantar la manos y con la voz transida
de angustia gritó:
-Don Leopo, aquí está el Josco.
Corrimos presurosos donde el Jincho estaba, la cabeza
baja, los ojos turbios de lágrimas. Señaló hacia un declive entre raíces,
bejucales y flores silvestres. Y vimos al Josco inerte, las patas traseras
abiertas y rígidas; la cabeza sepultada bajo el peso del cuerpo musculoso.
Y el Jincho con la voz temblorosa y llena de
reconvenciones exclamó:
-Mi pobre Josco, se esnucó de rabia. Don Leopo, se lo
dije. Ese toro era padrote de nación; no nació pa yugo. |