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Esto sucedía en los tiempos en que la Fe, extendiendo
sus alas de azur oceladas de vívidos rubíes, cubría y abrigaba con ellas el
corazón de los mortales; en que la Esperanza, desparramando generosamente las
esmeraldas que bordean su regia túnica, al punto hacía renacer otras más limpias
y transparentes; en que la Caridad, apartando con ambas manos los labios de su
herida, descubría sus entrañas de pelícanos para ofrecer sustento a la Humanidad
entera.
Esto sucedía cuando las ojivas, esbeltas y frágiles
como varas de nardo, empezaban a brotar del suelo, y los rosetones a abrir sus
pétalos de mística fragancia; cuando por las aldeas pasaban hombres vestidos de
sayal y con una cuerda a la cintura, anunciando segunda vez la Buena Nueva, y
por las calles de las ciudades, en larga y lenta procesión a la luz de las
antorchas, cruzaban los flagelantes, de espaldas desnudas acardenaladas por los
latigazos, y las piedras de los altares se estremecían al candente contacto de
las lágrimas de amor que derramaban las reclusas.
Esto sucedía, sin embargo, en una metrópoli de la
Francia meridional, en la floreciente Tolosa, donde, en vez de la devoción y el
temor de Dios, reinaban la impiedad, la molicie y el desenfreno. Un alma pura
sólo motivos de escándalos encontraría allí. La herejía, insinuándose y
dominando las conciencias, había traído de la mano la licencia y el vicio, y lo
mismo en Tolosa que en Beziers y Carcasona y en todo el país de Alby, no oyerais
resonar los rezos, sino los afeminados acordes del laúd y la viola y las
endechas de los trovadores.
Y no vierais penitentes de carnes ennegrecidas por las
disciplinas, sino mancebos de justillo de terciopelo y mujeres vestidas de
joyante seda, con el rostro encendido y el cabello suelto bajo el círculo de oro
que lo ceñía a las sienes. Mujeres que, incitadoras y lánguidas, respirando una
flor, permanecían en los jardines hasta entrada la noche, platicando de gay
saber o de amoríos, lo cual viene a ser platicar de lo mismo, porque la poesía
no es sino voz de la tentación, que a la vez embriaga los sentidos y prende con
redes de oro el espíritu inmortal.
Y es de saber que en todo aquel país la religión estaba
olvidada y vivían en amigable consorcio las más diversas castas de pecadores y
de incrédulos, y se ostentaba en múltiples formas repugnantes la herética
pravedad.
Allí se refugiaban los pérfidos judíos -perseguidos
doquiera menos allí-; allí pululaba todo linaje de sectas, en promiscuidad
indiferente y vergonzosa, como fieras de distinta especie encerradas en una
jaula misma. Pero los que preponderaban, los que extraviaban al pueblo y a los
señores, pegándoles la lepra de las malas doctrinas, eran ciertos sectarios que
en aquel país habían arraigado desde muy antiguo, como cizaña en heredad trigal.
Estos herejes, de índole contumaz y maligna, eran
continuadores de ciertas nefandas doctrinas propagadas desde del siglo II de la
Iglesia. Tal herejía se llamó «maniqueísmo», y fue su martillo el africano
Agustín.
Los sectarios de la malvada doctrina, en vez de adorar
a un solo Dios, Criador del Cielo y de la Tierra, daban culto a dos principios:
uno que causa el bien; otro mucho más poderoso, que es origen del mal; de suerte
que venían a ser adoradores del demonio o antiguo dragón, y seguían sus huellas
negando la obediencia, la sumisión y el respeto a todo poder, y siendo así
precursores de otras herejías peligrosísimas que, en el terreno histórico,
habían de llamarse revoluciones.
Ocurrió, pues, que un varón de Dios, inflamado en santo
celo, apiadado de las muchas almas que diariamente caían al horno infernal en
aquella desgraciada ciudad de Tolosa -fray Filodeo, de la naciente y animosa
Orden de los Hermanos Predicadores, que aquí nombramos dominicos, en memoria de
su fundador, Domingo de Guzmán-, resolvió ir a Tolosa y predicar en la plaza
pública, retando a los herejes a que disputasen con él, para convencerles a
fuerza de irrefutables argumentos, demostrándoles que vivían esclavos del error
y juguetes del espíritu maligno, que los burlaba y los perdía.
Era fray Filodeo un hombre evangélico, de columbina
inocencia, pero de agudo intelecto, alumbrado por una especie de aurora de la
doctrina que después enseñó el divino Tomás, el gran Buey mudo. Y su dialéctica
robusta y armada de punta en blanco sabía acorralar y confundir a sus
adversarios, obligándoles a reconocerse vencidos.
Desde el instante en que fray Filodeo puso el pie en
Tolosa, sintió una turbación extraña. Aquel aire perfumado y seco, con rachas de
solano abrasador, le oprimía; aquellos rostros alegres, picarescos y burlones;
aquellas mujeres, que sonreían echando el cuerpo fuera de las ventanas enramadas
de jazmín; aquellos hidalgos de bizarro atavío, que le miraban con cierta
diferencia compasiva; aquella gente empedernida, que parecía de antemano
burlarse mansamente de la palabra de Dios, todo causó al justo Filodeo dolorosa
confusión y desaliento profundo.
Como se filtra el arroyuelo por la candente arena, su
entusiasmo se filtraba al través de su espíritu. Asustado de su propia sequedad,
Filodeo se arrojó a los pies de una imagen de la Virgen, una efigie de plomo de
la cual no se separaba nunca, y pidió que le fuese devuelta la energía y que su
voluntad no desmayase ni cediese. Aquella misma noche supo que aceptaban su
reto, y que discutirían con él en la plaza pública tres de los herejes más
afamados. Uno era el doctor en leyes, Arnaldo; otro, el canónigo Herberto, y el
tercero, Renato, el trovador cuyas canciones disolutas, procaces y mofadoras
contra el Pontífice romano, se cantaban en todas las plazuelas de Tolosa. Para
luchar con tres combatientes de tal brío, bien necesitaba fray Filodeo poderosa
asistencia divina.
Al subir al día siguiente al tablado, en derredor del
cual hervía un gentío inmenso, el fraile llamó en su auxilio toda la ciencia
aprendida, toda la habilidad polémica que le habían hecho tan famoso, y
prevenido y resuelto aguardó.
Entablóse la disputa, pero desde el primer instante
fray Filodeo se dio cuenta de que en el torneo iba a ser desarzonado. Argüían
por turno sus tres enemigos y desbarataban con infernal malicia sus
razonamientos mejores, sus pruebas más fuertes. Arnaldo, con habilidad perversa
de leguleyo corrompido, hecho a sostener indistintamente el pro y el contra,
retorcía y desfiguraba las cuestiones. Herberto, sirviéndose como de un puñal de
ciertos pasajes de la Escritura, los adaptaba a su error y le prestaba el rostro
resplandeciente de la verdad.
Y Renato, sazonándolo todo con la corruptora sal de su
ingenio, clavaba el aguijón de su ironía hasta el alma del campeón de Cristo.
Escuchaba éste alrededor del tablado murmullos de mofa y carcajadas argentinas
de mujeres, y un sudor glacial brotaba de su frente y un abatimiento mortal
penetraba hasta la médula de sus huesos. Estrechando los brazos contra el pecho,
sintió el realce de la efigie de plomo. Un destello de luz clara, inmensa,
alumbró su mente. Encarándose con sus adversarios, les dijo en voz que retumbó
por todos los ámbitos de la plaza:
-La razón humana es falible; la inteligencia, una
chispa que apaga cualquier soplo de viento. Me confieso vencido en la disputa.
Vuestra sabiduría, vuestro entendimiento, son mayores. Yo no encuentro ya en mí
mismo recursos para defender la justicia. ¡No os alegréis, que no por eso me
rindo todavía! Pues sostenéis que el mal es más poderoso que el bien, llamadle
en vuestra ayuda. Una prueba, la primera y última, y me entrego. Traed tres
copas llenas de vino, y que una sola venga envenenada. Sin moverme de aquí, sin
acercarme a las copas, os diré cual de ellas encierra la ponzoña. Y si me
equivoco, hacédmela beber.
Ante lo terrible de la prueba, enmudeció el gentío,
mientras los tres sofistas, haciéndose guiños de inteligencia, corrían en busca
de las copas.
Por el camino convinieron en la más divertida farsa.
Envenenarían las tres, y así que fray Filodeo señalase una, se reirían de él a
carcajada tendida. Así lo pusieron por obra. Al colocar sobre una mesa, en el
tablado, a vista de todo el concurso, la copa de oro, la de plata y la de barro
llenas hasta el borde del rojo vino de la Provenza, vieron que el dominico, que
tenía los ojos fijos en el cielo y rezaba entre dientes, volvía de pronto la
mirada hacia las copas y gritaba con fuerza terrible:
-Siervos de Satanás, ¿creéis engañarme? ¡Las tres copas
traen veneno, como vuestras tres almas están en poder del demonio!
Y el atónito gentío y los aterrados herejes vieron
surgir de cada copa algo que se movía, que ondulaba, que se erguía y latigueaba
furiosamente, y que por fin se lanzaba fuera en dirección de los tres
adversarios de fray Filodeo, mordidos a un tiempo por una víbora, de esas
víboras negriazules que aún hoy suelen enroscarse en Alby al tobillo del
campesino descuidado.
La dureza de corazón de aquel país era tanta, que a
pesar de este prodigio no se convirtió, y fue casi destruido por los cruzados de
Simón de Monfort en las guerras llamadas de los albigenses. |