Cuentos trágicos
[Serie de 27 cuentos breves. Textos completos]
Emilia Pardo Bazán |
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El Pozo de la Vida
La caravana se alejó, dejando al camellero enfermo
abandonado al pie del pozo.
Allí las caravanas hacen alto siempre, por la fama del
agua, de la cual se refieren mil consejas. Según unos, al gustarla se restaura
la energía; según otros, hay en ella algo terrible, algo siniestro.
Los devotos de Alí, yerno y continuador de la obra
religiosa y política de Mohamed, profesan respeto especial a este pozo; dicen
que en él apagó su sed el generoso y desventurado príncipe, en el día de su
decisiva victoria contra las huestes de su jurada enemiga Aixa o Aja, viuda del
Profeta. Como no ignoran los fieles creyentes, en esta batalla cayó del camello
que montaba la profetisa, y fue respetada y perdonada por Alí, que la mandó
conducir a La Meca otra vez. Aseguran que de tal episodio histórico procede la
discusión sobre las cualidades del agua del Pozo de la Vida. Es fama que Aixa la
ilustre, una de las cuatro mujeres incomparables que han existido en el mundo,
al acercar a sus labios el agua cuando la llevaban prisionera y vencida, aseguró
que tenía insoportable sabor.
El camellero no pensaba entonces en el gusto del agua.
Miraba desvanecerse la nube de polvo de la caravana alejándose, y se veía como
náufrago en el mar de arena del desierto.
Verdad que el pozo se encontraba enclavado en lo que
llaman un oasis; diez o doce palmeras, una reducida construcción de yeso y
ladrillo destinada a bebedero de los camellos y albergue mezquino y transitorio
para los peregrinos que se dirigían a la mezquita lejana; a esto se reducía el
oasis solitario. Devorado por la calentura, que secaba la sangre en sus venas,
el camellero, frugal y sobrio siempre, ahora apenas se acercaba al alimento, a
las provisiones de harina y dátiles. Su sostén era el agua del pozo.
-No en balde se llama el Pozo de la Vida... Bebiendo
sanaré.
Transcurrieron dos o tres días. El abandonado no cesaba
de sumergir el cuenco en el odre que al partir, con piadosa previsión, habían
dejado lleno sus compañeros de caravana. Y pensaba para sí: «Mi mal me trastorna
los sentidos. Esta agua, al pronto tan gustosa, ahora parece ha tenido en
infusión coloquíntida.»
Al día tercero, algunas muchachas de la tribu de los
Beni-Said, acampada a corta distancia en la vertiente de un valle árido,
vinieron a cebar sus odres en el pozo. El enfermo solicitó de ellas que le
renovasen la provisión, porque sus fuerzas no lo consentían. Una virgen como de
quince años, de esbeltez de gacela, atirantó la cuerda con sus brazos morenos y
el cangilón ascendió rebosando un líquido claro y frío como cristal. El enfermo
tendió las manos ansiosas y hasta sonrió de gozo cuando la muchacha, en su
cuenco de arcilla esmaltado de vivos colores, le presentó la prueba de aquella
delicia. Pero, apenas humedeció la lengua, hizo un mohín de disgusto.
-¡Amarga más todavía que la del odre! -murmuró
consternado.
La muchacha vertió otra vez agua en el cuenco y bebió
despacio, con fruición.
-¿Qué dices de amargura? -interrogó burlándose-. Está
más fresca que los copos de la nieve y más dulce que la leche de nuestras
ovejas. Ha refrigerado y exaltado mi corazón. No he encontrado jamás agua tan
sabrosa. Probad vosotras, a ver quién se engaña.
Y el grupo de jóvenes aguadoras, antes de cargar en las
fundas de red de cuerda, al costado de sus asnillos, los colmados odres, bebió
largos tragos de agua del pozo. Hiciéronlo riendo sin causa, disputándose los
cuencos de donde el agua se derramaba mojando las túnicas listadas de rojo y
blanco, las gargantas aceitunadas y tersas como dátiles verdes, los senos chicos
y los brazos bruñidos y mórbidos. Los negros ovales ojos de las vírgenes
relucían; sus dientes de granizo eran más blancos al través de los labios
pálidos avivados por el agua. Cabalgaron después en los jumentos, acomodándose
para caber entre los odres, y con carcajadas locas tomaron la vuelta de su
aduar.
El camellero quedóse solo otra vez. Como había mirado
desvanecerse la nubecilla de la caravana, vio perderse, en la ilimitada
extensión, no del camino (el desierto es camino todo él), sino de la planicie,
la polvareda que levantaba el trote de los asnos aguadores, azuzados por las
muchachas. La fiebre le consumía. Desesperado, bebió. El agua amargaba más aún.
Los días desfilaron. El enfermo los contaba por los
granos del rosario de gordas cuentas que, a fuer de devoto creyente musulmán,
llevaba colgado de la cintura. Porque eran iguales todos los días. Los mismos
amaneceres deslumbrantes de sol en un cielo acerado; los mismos mediodías
cegadores, crudamente magníficos, con lampos de brasa y rayos de sol sin velo,
refractados por la amarillenta llanura; las mismas encendidas tardes,
caliginosas, espirando abrasadores soplos de terral, entrecortadas por rugidos y
aullidos lejanos de fieras; las mismas noches de esplendidez implacable, en que
el firmamento sombrío y puro se adornaba con sus astros y constelaciones más
refulgentes, sin que ni una ráfaga de aire descendiese de la bóveda de bronce,
empavonada de azul, ocelada de estrellas vivísimas, lucientes y duras como la
mirada altiva del poderoso.
Y el enfermo, sin poderlo evitar, bebía, bebía... Y el
agua era a cada trago más repugnante. Dijérase que las manos de los genios
enemigos del hombre desleían en el pozo bolsas de hiel, puñados de sal, esencia
de dolor. Llegó un momento en que las fuerzas del camellero se agotaron; en que
la sola vista del agua le produjo escalofríos, y al pie del pozo se tendió en el
agostado suelo resuelto a dejarse perecer, resignado y ansioso del fin.
Una voz que le llamó -una voz imperiosa y grave- le
hizo abrir los ojos. Tenía ante sí a un santón, un viejo morabito de larga barba
argentina, de remendado traje, apoyado en una cayada, con su zurrón de
mendicante al hombro. La faz, requemada por el sol, presentaba nobles, aguileños
rasgos, y los ojos fijos en el enfermo, no revelaban piedad, sino meditación
serena; el estado de un alma que conoce los Libros sacros y sondea el existir.
En la mano derecha, el santón sostenía el cuenco lleno de agua; tal vez se
disponía a apurarlo.
-No bebas, santo varón -aconsejó el camellero-. Es
amarga como absintio. Te dará horror. Yo ya no la soporto.
Sin hacerle caso, el santo bebió, y ni mostró desagrado
ni complacencia.
-Este agua -murmuró después de que se hubo limpiado la
boca con el revés de su mano curtida por la intemperie- no es ni amarga ni
dulce; su amargor y su dulzor están en el paladar de quien la bebe. ¿No han
venido aquí, desde que languideces al pie del pozo, seres jóvenes y sanos? ¿No
han bebido del agua?
-Han venido -respondió el camellero- unas mozas
vírgenes, muy alborotadas, a tomar aguada para su aduar. Y han alabado lo
refrigerante de la bebida.
-Ya ves -dijo reposadamente el santón-. Que el ángel
Azrael mire por ti y te permita encontrar tolerable al menos el agua del pozo.
Yo te llevaría conmigo, sacándote de este mal paso; pero mi jumento no puede con
más carga y tengo que adelantar camino para incorporarme a una caravana, porque
si voy solo me devorarán las fieras.
Y el santón se alejó recitando un versículo del Corán.
Al ver su silueta oscura desvanecerse en el horizonte inflamado, el camellero
sintió que su última esperanza desaparecía, y en transporte delirante, acercóse
al brocal del pozo, se agarró a él con ambas manos y, no sin trabajoso esfuerzo
-¡hasta para darse la muerte se necesita vigor!-, se precipitó dentro, de
cabeza.
..........................
Y las aguas del Pozo de la Vida, desde que se arrojó a
su profundidad el camellero, siguen siendo dulces para algunos, amargas para
bastantes... Sólo hay que añadir que los de paladar fino las encuentran gusto a
muerto. |
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La mosca verde
Tomábamos o pretendíamos tomar el fresco en
la gran terraza de Alborada, una tarde de agosto abrasadora y
enervante, de las poquísimas que, en aquel clima benigno, aprietan
con rigor canicular. El aire estaba saturado no sólo del efluvio
resinoso, ardiente, de los pinares vecinos, sino de otras
emanaciones peculiares -almizcle de hormigas y escarabajos, miel y
cera de panal-; y en el aire encendido revoloteaban, además de las
mariposas multicolores, insectos de pedrería y esmalte, enlutadas
«vacas de San Antonio», efímeras de gasa pálida, mariquitas de coral
con pintas negras, mosquitos de seda color humo, mientras en la
arena brincaban los saltamontes, parecidos a caballeros enlorigados
y se arrastraban las chinches campesinas, limpias y de pintoresca
forma, tan distintas de las urbanas.
Recostados en las mecedoras, hablábamos
despacio, emperezados y esperando con ansia el primer soplo del
atardecer que abanicase nuestras sienes. El tema de la conversación
era que el calor disuelve las energías, y disertábamos sobre esa
influencia psicológica de los climas, que ya empieza a reconocerse
en la historia.
-Buena es -decía el científico- la firmeza
de carácter; excelente su cultivo intensivo, y acertaría el que
afirmó que del propio destino es autor cada hombre; pero a mí, esta
naturaleza que nos rodea y nos agobia, me produce una impresión de
fatalidad tan profunda, que casi no me atrevería a pensar en
contrarrestarla. ¿Qué somos ante las fuerzas naturales?
-Lo somos todo -exclamó el pensador-. Esas
fuerzas naturales, las hemos puesto a nuestros pies, a nuestro
servicio. Cada día más saldremos vencedores en nuestra lucha con
ellas.
-Crea usted que se toman el desquite; al
final no vencemos nosotros... -respondió el Doctor, pensativo-. Y
como el sol descendiese, esplendoroso hacia el castañar, y una
ráfaga suave, cargada de partículas de humedad, viniese de la
represa del molino, reanimándonos, se decidió el Doctor a contar un
episodio de su vida médica...
-Era hijo de viuda aquel muchacho tan
simpático, a quien yo conocí en el balneario de Caldasrojas, y que
todas las tardes paseaba un rato conmigo por los caminos solitarios
y las sendas aldeanas, confiándome sus esperanzas, sus aspiraciones
y su tenacísima labor. La decorosa estrechez en que quedaron el
chico y su madre a la muerte del padre, los esfuerzos de la pobre
mujer para salir a flote y dar carrera a su hijo, habían influido en
el carácter de Torcuato, haciéndole hombre consciente desde la
niñez, y desarrollando en él, con extraño vigor, las facultades de
la voluntad perseverante, sin un desmayo ni una vacilación, y con
esa especie de iluminación genial, que lo mismo puede demostrarse en
la creación artística que en la conducta. A los once años, Torcuato
llevaba los libros de una tienda de la antigua ciudad universitaria,
donde vivía; a los trece, prestaba el mismo servicio en varios
establecimientos, ganando lo suficiente para sostenerse él y su
madre, y a la vez estudiaba, robando horas al sueño, tan imperioso
en el período crítico de la pubertad. Mejor dicho: la pubertad fue
vencida, en sus inquietudes y en sus torturadoras distracciones, por
la constancia de Torcuato. Ni curiosidades ni devaneos le desviaron
de su marcha hacia un objeto y un fin. Su vida estaba regulada
cronométricamente; ni migaja de tiempo perdía. Se había fijado, al
minuto, el que debía invertir en lavarse, cepillarse, comer, dormir;
y el programa se cumplía exactamente. ¡Digo mal! A veces, Torcuato
se sustraía tiempo a sí mismo, y realizaba trabajos extraordinarios
que pagasen las matrículas y algún gasto inevitable, extraordinario
también. No rehusaba por soberbia tarea ninguna; capaz sería de
limpiar zapatos si creyese que le compensaba la remuneración.
Escribía discursos para los graduandos, sermones para los canónigos,
prospectos, para los industriales, memorias, para los secretarios de
asociaciones... todo lo que le valiese un duro y un amigo y
protector. Así, al terminar brillantemente la carrera, obtuvo en la
Universidad un empleo con mediano sueldo: lo necesario, lo estricto,
el modo de esperar y resistir hasta conseguir algo de lo infinito
soñado.
Al preguntarle yo a Torcuato si no había
estado enfermo nunca (una enfermedad arruina al que lleva
exactamente empalmados gastos con ingresos), me respondió:
-¡Enfermo! No tuve tiempo de enfermar...
¡Lo único que se me resintió algo fue el estómago, y por eso me ve
usted aquí, en Caldasrojas, en el camino, y ocioso, y sin mi madre,
por primera vez de mi vida! ¡Estoy embriagado de sensaciones; loco
perdido de aire libre y de olor de flores y árboles! Pero ¡no crea
usted que aun así me aparto de mi camino! Por más que mi juventud se
me suba a la cabeza -¡y hay horas en que se me sube, y al corazón
también, y espumante y furiosa!-, la voluntad está sobre todo. Mando
en mí, y no habrá fuerza que me impida llevar a término mis planes
de asegurar el porvenir, la vejez tranquila y dichosa de mi madre, y
mi propia suerte. Tengo algún entendimiento, alguna disposición:
otro malgastaría este capital; yo lo beneficiaré con réditos
crecidos. El que quiere, puede. ¡Es el Evangelio!
Me hablaba así Torcuato a la vuelta de un
paseo por la carretera que conduce al Borde, en la cual ritma la
conversación el chirrido quejumbroso del eje de los carros cargados,
que pasan lentos, sin alzar polvo, en la melancolía de la puesta de
sol. No se borrará de mi memoria: dos de estos carros cruzaban en
sentido contrario al nuestro, y su carga era de pieles de buey a
medio curtir, mercancía que se exporta en la costa para Inglaterra.
El sol, moribundo, se reflejaba en los pelajes cobrizos manchados de
blanco amarillento. Torcuato accionaba con la diestra y de pronto vi
que en ella refulgía una chispa verde, metálica, y que él sacudía la
mano, como el que espanta un bichejo incómodo.
-¡Maldita! Me ha picado...
Sentí un escalofrío, que no era razonado,
sino involuntario, y cogí la mano de Torcuato vivamente. No se
notaba señal de la picadura. Seguimos andando, pero yo no había
perdido las ganas de charlar, y miraba de reojo a mi joven amigo. A
poco noté que maquinalmente rascaba el sitio de la picadura, y vi
deshacerse la vesícula recién formada y sustituirla una depresión
negruzca. Me «sentí» palidecer. Distábamos más de una legua del
pueblecillo.
-Aprisa, andemos... No vale nada la picada
esa, pero querría quemársela a usted con un cáustico.
-¡Se me está hinchando la mano! -murmuró
Torcuato con más sorpresa que alarma.
Comprendí que ignoraba el mal horrible que
pueden transmitir esas mosquitas preciosas, de esmeralda, que se han
posado en despojos de animales carbunclosos... ¡El carbunclo!
-repetía dentro de mí, temblando de horror y de lástima...- ¡El
carbunclo! ¡La pústula maligna!
Abreviaré el relato de aquella tragedia...
Cuando desnudamos en la rebotica a Torcuato, para operar, ya no era
la mano, era el brazo lo que se inflaba rápidamente. No cabía duda,
el brazo debía cortarse. Única esperanza. Pero ¿cómo? ¿Sin
cloroformo, casi sin instrumentos? Mientras venían de mi casa los
chismes, sudando frío y con una angustia compasiva que me partía el
alma, me fue preciso notificarle al enfermo la verdad. ¡Qué ojos me
echó! ¡Qué mundo de horror, de protesta y de dolor en aquellos ojos!
-¡El brazo derecho! ¿Y mi madre? ¿Y cuando
lo sepa? -balbuceó, lívido.
-Aquí de la voluntad... -pronuncié, creo
que más horrorizado que la víctima-. ¡Es necesario! No hay remedio.
¡Cuántas veces me he arrepentido del
martirio que le di! Fuese por la tardanza e indecisión irremediable
de los primeros momentos, fuese porque la infección venía de mano
armada, la operación no logró salvar al desventurado. Prefiero no
detallar su fin, los síntomas espantosos, el tétano como
desenlace... Si los médicos puntualizásemos ciertos casos, la
humanidad se aborrecería a sí propia, como dijo Salomón, por haber
nacido... He sacado a cuento este caso cruel para que se vea lo que
puede una mosquita verde, muy linda por cierto, y lo que vale contra
la mosquita una voluntad humana, firme, decidida, templada en la
desgracia y el trabajo. ¡No somos nada!...
La noche caía. Las luciérnagas empezaban a
encender sus linternas misteriosas. |
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El aljófar
Los devotos de la Virgen de la Mimbralera, en Villafán,
no olvidarán nunca el día señalado en que la vieron por última vez adornada con
sus joyas y su mejor manto y vestido, y con la hermosa cabeza sobre los hombros,
ni la furia que les acometió, al enterarse del sacrílego robo y la profanación
horrible de la degolladura.
Todos los años, el 22 de agosto, celébrase en la
iglesia de la Mimbralera, que el vulgo conoce por «la Mimbre de los frailes»,
solemne función de desagravios.
La Mimbralera había sido convento de dominicos,
construido, con espaciosa iglesia, bajo la advocación de Nuestra Señora del
Triunfo, por los reyes de Aragón y Castilla, en conmemoración de señalada
victoria. La imagen, desenterrada por un pastor al pie de una encina, no lejos
del campo de batalla, y ofrecida al monarca aragonés la víspera del combate, fue
colocada en el camarín, que la regia gratitud enriqueció con dones magníficos.
Aunque relegada al pie de la sierra, en paraje bravío y
montuoso, próxima solamente a un pueblecillo de escaso vecindario, la iglesia
del Triunfo gozó de universal nombradía, y la fama de la milagrosa Virgen,
extendiéndose fuera de la región, cundió por España entera. Más de un rey, de la
trágica dinastía de Trastámara o de la melancólica dinastía de Austria, vino a
la Mimbralera en cumplimiento de voto, en acción de gracias por algún favor
obtenido del cielo mediante la intercesión de la Virgen del Triunfo, dejando, al
marcharse, acrecentado el tesoro con rica presea. Las reinas, no pudiendo ir en
persona, enviaban de su guardajoyas arracadas, ajorcas, piochas, tembleques y
collares; y doña Mariana, madre de Carlos II, queriendo sobrepujarlas a todas,
regaló el incomparable manto, de brocado de oro con recamo de esmeraldas y
gruesas perlas, amén de infinitos hilos de aljófar; una red de hilos, que
recordaba el rocío de la mañana sobre los prados, y que al salir la imagen en
procesión, se soltaban y eran recogidos piadosamente por los devotos en un
cuenco, ya destinado de tiempo inmemorial a este uso.
El amor del pueblo de Villafán había salvado del saqueo
este manto célebre y el resto del tesoro de la Virgen, en la época de la
exclaustración; y el día 21 de agosto, fiesta de la Mimbralera, la imagen,
luciendo completas sus alhajas, bajaba del convento al pueblo, seguida de
inmenso gentío venido de toda la sierra. Descansaba en la plaza Mayor y se
recogía a su camarín antes de ponerse el sol, permaneciendo en él, engalanada y
ataviada, hasta el amanecer del siguiente día, hora en que la camarera, ayudada
por dos mozas de lo mejor del lugar, iba a desnudar a la Reina del cielo,
recoger sus preseas y vestimenta y sustituirla por la ropa de diario.
El año del robo, memorable en los humildes anales de
Villafán, al entrar la camarera -esposa del juez municipal, señora de mucho
visto- en el trasaltar, y subir las escaleras que conducen a la plataforma donde
se apoya la peana de la imagen, por poco se cae muerta.
La efigie estaba despojada, sin manto ni joyas, sólo
con la túnica interior de tisú. Y, detalle espantoso: estaba decapitada. La
cabeza, serrada a raíz de los hombros, más abajo del sitio donde se atornillaba
la gargantilla de piedras preciosas, había desaparecido.
Media hora después, el pueblo entero, frenético,
delirante de indignación, invadía la iglesia, y los comentarios y las hipótesis
principiaban a hervir en el aire. Alcalde, secretario, médico, juez, párroco,
sargento de la Guardia Civil, cuanto allí representaba la autoridad y la ley se
reunía para deliberar. Era preciso descubrir a los malhechores, sin pérdida de
tiempo, porque de otro modo el vecindario de Villafán haría una que fuese
sonada. Ya, sobre el desesperado llanto del mujerío, se destacaban las voces
amenazadoras de los hombres, los tacos, las interjecciones y las blasfemias, y
las manos, vigorosas, se crispaban alrededor del garrote, o requerían, en las
vueltas de la faja, la navaja de muelles.
Dos cosas interesaban mucho: prender a los culpables, y
luego, impedir que los hiciesen trizas. Si no se lograba lo primero, lo que
importaba de veras, la multitud haría lo segundo con el cura, con el sacristán,
con todos los que debían velar, y no habían velado, por la adorada patrona del
pueblo, cuya mutilación acababan de comprobar, entre rugidos de ira. Prender a
los culpables. Sí; pero... ¿dónde estaban?
Ese ruido sordo y profundo como la subida de la marea;
ese eco de un acento repetido por centenares de voces, que se llama el rumor
público, acusaba ya, designaba ya a los reos. No eran, ni podían ser, sino los
acróbatas que la víspera, en la plaza, habían ejecutado sus habilidades y
recogido buena cosecha de cuartos. ¡Aquellos pillastres vagabundos, aquellos
titiriteros, se llevaban el tesoro de la Virgen! Al anochecer, desbaratado el
tabladillo, recogidos y cargados en carros y jaulas los chirimbolos y los dos o
tres monos y perros sabios, se les había visto alejarse en dirección a la
Mimbralera, diciendo que se proponían trabajar al día siguiente en Guijadilla.
Para bergantes así, avezados a toda truhanería, no era difícil acampar en el
robledal y, sigilosamente, entre las sombras, asaltar la iglesia, a tales horas
solitaria. El sacristán, contrito y trémulo, confesaba que en vez de vigilar
había dormido a pierna suelta en su domicilio, una de las mejores celdas del
antiguo convento; el cura de la Mimbralera no negaba haber pernoctado en el
pueblo, en casa del alcalde, después de una cena copiosa. ¿Quién pensaba en la
posibilidad del atroz sacrilegio? Los ladrones, teniendo por delante la noche
entera, pudieron despacharse a su gusto. Patentes se veían las señales: la
puertecilla lateral de la iglesia se encontraba forzada, abierta de par en par;
tres hierros de la verja del camarín, limados y arrancados, dejando boquete para
cabida de un cuerpo; y en el propio camarín, sobre el piso de mármoles, huellas
de pasos, fragmentos de madera, un serrucho olvidado al borde de la peana,
revelaban la forma en que el atentado debió de cometerse. Como decía muy bien
Ricardo el Estudiante el hijo de la difunta tía Blasa, que era el que más
enardecía a la amotinada muchedumbre, los infames ni aun se cuidaban de esconder
los instrumentos del delito. ¡Ellos, ellos eran! ¡No cabía dudarlo!
Púsose en movimiento la Guardia Civil, y a pesar de
oponerse formalmente el sargento, la precedieron bastantes mozos, de los más
resueltos y fornidos, que así andan diez leguas a pie como trincan a un
criminal, aunque tenga las fuerzas del hércules de la compañía, el titiritero
que levantaba en vilo, jugando, una pesa de hierro mayor que el bolo en que
remata el campanario de la Mimbralera. «¡A descubrir a los ladrones, contra!»
Sin embargo, el veterano sargento de la guardia,
mordiéndose de soslayo el mostacho rudo, parecía rumiar no sé qué recelos, no sé
qué sospechas misteriosas. Su mirada astuta, penetrante como un punzón,
escrutaba el grupo que marchaba a vanguardia, capitaneado por Ricardo, el
Estudiante, que blandía una vara recia, profiriendo imprecaciones contra los
sacrílegos.
Los guardias son muy mal pensados. Ni pizca le gustaba
Ricardo al buen sargento. Conocíale de sobra: un jugador eterno y sempiterno,
tan poseído del vicio, que no pudiendo satisfacerlo en Villafán, pues sólo los
días de feria hay quien tire de la oreja a Jorge, se iba por los pueblos, y
hasta por Madrid y Barcelona, apareciendo siempre donde se hojease el libro de
las cuarenta hojas, el libro de perdición. Por insisto y costumbre, el sargento
recelaba de los jugadores. Sabía que son simiente de criminales, como lo es todo
apasionado que va al objeto de su pasión sin reparar en medios. No podría fundar
el escozor que allá dentro notaba; pero mientras seguían el camino de Guijadilla,
polvoriento y devorado de sol, guarnecido de carrascales y olivos blancuzcos,
involuntariamente, en las paradas, miraba a Ricardo, estudiaba su cabeza
greñuda, su fisonomía hosca, colérica y por momentos sellada con una expresión
de cansancio indefinible, una especie de fatiga inmensa, cual la sombra de unas
alas negras que la velasen. Y pensaba el sargento: «Si tú has pasado esta noche
en tu cama..., quiero yo que mal tabardillo me mate.»
Perfilábase ya en el horizonte la torre de la iglesia
de Guijadilla; era la hora meridiana, cuando la turba, excitada por el calor y
la molestia de la caminata hasta entonces inútil, divisó, en un campo donde
verdeaban espadañas frescas, señal evidente de existir allí un arroyo, a la
sombra de un grupo de alisos, a los titiriteros acampados. Indudablemente
esperaban ocasión propicia de entrar en el pueblo anunciando con tambor y
trompeta sus ejercicios. Tendidos en el suelo, echados panza arriba, recostados
sobre los instrumentos, los saltimbanquis dormían la siesta, descansando de su
jornada y del trabajo de la víspera.
Allí estaba completo el cuadro de la pobre y
asendereada compañía: el payaso y director, embadurnado de harina y colorete,
mostrando la boca abierta y oscura en la enyesada faz; el hércules, jayán
sudoroso, de rizada testa, ancho tórax y bíceps acentuados bajo la malla rosa
vivo; la funámbula, más fea que un susto, larga y esqueletada como estampa de la
muerte; la saltarina de aros, regordeta, morena, graciosa, hecha un mamarracho
con su faldellín de gasa amarilla y su corpiño de lentejuela azul, y, por
último, los dos niños gimnastas, hijos del hércules; la chiquilla de doce años,
rubia, pálida, de dulces facciones; y el chiquillo, de seis, gordinflón,
derramados los rizos de oro en alborotada madeja alrededor de la sofocada
carita. Los niños reposaban abrazado, recostado el pequeñín en el pecho de la
hermana: ambos vestían la malla color de carne, sobre la cual llevaban túnicas
de seda celeste prendidas con rosas de papel; y un aro plateado, ciñendo sus
frentes, les daba aspecto de ángeles de gótico retablo.
La turba, detenida un instante, vociferó, aulló,
precipitándose al campillo, y entre exclamaciones de sorpresa, voces que
pronunciaban injurias y rugidos de alegría bárbara, en un santiamén, los
saltimbanquis, mal despiertos, aturdidos aún, incapaces de defenderse, se vieron
cogidos, asaltados, rodeados cada cual de una docena de paletos, que blandían
estacas, esgrimían cuchillos, sacudían y zarandeaban y hartaban de mojicones a
los supuestos reos del robo de la Virgen del Triunfo.
A su vez, corrieron los guardias, comprendiendo que
allí podía ocurrir algo terrible. Mientras los niños lloraban y chillaban las
mujeres, el hércules, sin más arma que sus cerrados puños, juntándolos contra el
pecho y despidiendo los brazos como movidos por acerado resorte, se defendía.
Dos paletos mordían ya la tierra, el uno con las costillas hundidas, el otro con
la nariz rota, soltando un río de sangre. Eran, sin embargo, muchos contra uno;
Ricardo, el Estudiante, lívido y feroz, azuzaba contra el saltimbanqui a los
lugareños; llovían garrotazos. Uno, bien asestado, le cruzó la nuca, haciéndole
tambalearse como acogotado buey; otro le alcanzó en la muñeca, partiéndosela
casi. A manera de jauría que acosa al jabalí y se le cuelga de las orejas -sin
que los guardias, dedicados a proteger al resto de la compañía, a los niños y a
las mujeres, pudiesen impedirlo- los paletos se estrecharon contra el hércules,
que desapareció entre el grupo.
Se oyó el fragor de la lucha, el ronco resuello de la
víctima; los guardias, echándose el fusil a la cara, se prepararon a hacer fuego
a los verdugos; apartáronse éstos, saciada la ira, y se vio en el suelo una masa
informe, sangrienta, algo que no tenía de humano sino el sufrimiento que aún
revelaban las palpitaciones del pecho y la convulsión de las extremidades.
Los niños, sollozando, se arrojaron sobre el padre
moribundo, cubriéndole de besos; y, en aquel mismo punto, el sargento veterano,
asiendo del brazo a Ricardo el Estudiante, clamó en formidable voz:
-¡Date preso! Tú, y nadie más que tú, es quien ha
robado las alhajas de la Virgen.
Y como el Estudiante protestase y los mozos acudiesen a
su defensa, el guardia, extendiendo un dedo acusador, señaló a las greñas de
Ricardo, a la inculta y revuelta melena que siempre gastaba. Todas las miradas
se fijaron en el sitio indicado por el guardia, y una convicción y un estupor
cayeron de plano, súbitamente, sobre todos los espíritus. Entre la cabellera de
Ricardo se veían, enredados aún, dos o tres hilos de aljófar, de los que, como
telarañas irisadas de rocío matinal, bordaban el manto de Nuestra Señora de la
Mimbralera.
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El Estudiante confesó y fue a presidio. Las joyas,
entregadas a un tahúr, un cómplice encubridor venido de Madrid y apostado en las
cercanías del Triunfo para recoger la presa, nunca se recobraron, ni tampoco la
divina cabeza, de dulce sonrisa estática, la amada cabeza de la Virgen.
Y de aquellos dos niños hijos del hércules, ya
huérfanos y solos, ¿quién sabe lo que habrá sido? Continuarán rodando por el
mundo, adoptando posturas plásticas en algún circo, y poco a poco se irá
borrando de su memoria la imagen del campo verde, festoneado de alisos y
espadañas, donde vieron asesinar a su padre... |
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La cana
Mi tía Elodia me había escrito cariñosamente: «Vente a
pasar la Navidad conmigo. Te daré golosinas de las que te gustan». Y obteniendo
de mi padre el permiso, y algo más importante aún, el dinero para el corto
viaje, me trasladé a Estela, por la diligencia, y, a boca de noche, me apeaba en
la plazoleta rodeada de vetustos edificios, donde abre su irregular puerta
cochera el parador.
Al pronto, pensé en dirigirme a la morada de mi tía, en
demanda de hospedaje; después, por uno de esos impulsos que nadie se toma el
trabajo de razonar -tan insignificante creemos su causa-, decidí no aparecer
hasta el día siguiente. A tales horas, la casa de mi tía se me representaba a
modo de coracha oscura y aburrida. De antemano veía yo la escena. Saldría a
abrir la única criada, chancleteando y amparando con la mano la luz de una
candileja. Se pondría muy apurada, en vista de tener que aumentar a la cena un
plato de carne: mi tía Elodia suponía que los muchachos solteros son animales
carnívoros. Y me interpelaría: ¿por qué no he avisado, vamos a ver? Rechinarían
y tintinearían las llaves: había que sacar sábanas para mí... Y, sobre todo,
¡era una noche libre! A un muchacho, por formal que sea, que viene del campo, de
un pazo solariego, donde se ha pasado el otoño solo con sus papás, la libertad
le atrae.
Dejé en el parador la maletilla, y envuelto en mi capa,
porque apretaba el frío, me di a vagar por las calles, encontrando en ello
especial placer. Bajo los primeros antiguos soportales, tropecé con un compañero
de aula, uno de esos a quienes llamamos amigos porque anduvimos con ellos en
jaranas y bromas, aunque se diferencien de nosotros en carácter y educación. La
misma razón que me hacía encontrar divertido un paseo por calles heladas y
solitarias, la larga temporada de vida rústica me movió acoger a Laureano
Cabrera con expansión realmente amistosa. Le referí el objeto de mi viaje, y le
invité a cenar. Hecho ya el convenio, reparé, a la luz de un farol, en el mal
aspecto y derrotadas trazas de mi amigo. El vicio había degradado su cuerpo, y
la miseria se revelaba en su ropa desechable. Parecía un mendigo. Al moverse,
exhalaba un olor pronunciado a tabaco frío, sudor y urea. Confirmando mi
observación, me rogó en frases angustiosas que le prestase cierta suma. La
necesitaba, urgentemente, aquella misma noche. Si no la tenía, era capaz de
pegarse un tiro en los sesos.
-No puedo servirte -respondí-. Mi padre me ha dado tan
poco...
-¿Por que no vas a pedírselo a doña Elodia? -sugirió
repentinamente-. Esa tiene gato.
Recuerdo que contesté tan sólo:
-Me causaría vergüenza...
Cruzábamos en aquel instante por la zona de claridad de
otro farol, y cual si brotase de las tinieblas, vivamente alumbrada, surgió la
cara de Laureano. Gastada y envilecida por los excesos, conservaba, no obstante,
sello de inteligencia, porque todos conveníamos, antaño, en que Laureano
«valía». En el rápido momento en que pude verle bien noté un cambio que me
sorprendió: el paso de un estado que debía de ser en él habitual -el cinismo
pedigüeño, la comedia del sable-, a una repentina, íntima resolución, que
endureció siniestramente sus facciones. Dijérase que acababa de ocurrírsele algo
extraño.
«Éste me atraca», pensé; y, en alto, le propuse que
cenásemos, no en el tugurio equívoco, semiburdel que él indicaba, sino en el
parador. Un recelo, viscoso y repulsivo, como un reptil, trepaba por mi espíritu
conturbándolo. No quería estar solo con tal sujeto, aunque me pareciese feo
desconvidarle.
-Allí te espero -añadí- a las nueve...
Y me separé bruscamente, dándole esquinazo. La vaga
aprensión que se había apoderado de mí se disipó luego. A fin de evitar
encuentros análogos, subí el embozo de la capa, calé el sombrero y, desviándome
de las calles céntricas, me dirigí a casa de una mujer que había sido mi
excelente amiga cuando yo estudiaba en Estela Derecho. No podré jurar que
hubiese pensado en ella tres veces desde que no la veía; pero los lugares
conocidos refrescan la memoria y reavivan la sensación, y aquel recoveco del
callejón sombrío, aquel balcón herrumbroso, con tiestos de geranios «sardineros»
me retrotraían a la época en que la piadosa Leocadia, con sigilo, me abría la
puerta, descorriendo un cerrojo perfectamente aceitado. Porque Leocadia, a quien
conocí en una novena, era en todo cauta y felina, y sus frecuentes devociones y
su continente modesto la habían hecho estimable en su estrecho círculo. Contadas
personas sospecharían algo de nuestra historia, desenlazada sencillamente por mi
ausencia. Tenía Leocadia marido auténtico, allá en Filipinas, un mal hombre, un
perdis, que no siempre enviaba los veinticinco duros mensuales con que se
remediaba su mujer. Y ella me repetía incesantemente:
-No seas loco. Hay que tener prudencia... La gente es
mala... Si le escriben de aquí cualquier chisme...
Reminiscencias de este estribillo me hicieron adoptar
mil precauciones y procurar no ser visto cuando subí la escalera, angosta y
temblante. Llamé al estilo convenido, antiguo, y la misma Leocadia me abrió. Por
poco deja caer la bujía. La arrastré adentro y me informé. Nadie allí; la criada
era asistenta y dormía en su casa. Pero más cuidado que nunca, porque «aquel»
había vuelto, suspenso de empleo y sueldo a causa de unos líos con la
Administración, y gracias a que hoy se encontraba en Marineda, gestionando
arreglar su asunto... De todos modos, lo más temprano posible que me retirase y
con el mayor sigilo, valdría más. ¡Nuestra Señora de la Soledad, si llegase a
oídos de él la cosa más pequeña!...
Fiel a la consigna, a las nueve menos cuarto,
recatadamente, me deslicé y enhebré por las callejas románticas, en dirección al
parador. Al pasar ante la catedral, el reloj dio la hora, con pausa y solemnidad
fatídicas. Tal vez a la humedad, tal vez al estado de mis nervios se debiese el
violento escalofrío que me sobrecogió. La perspectiva de la sopa de fideos,
espesa y caliente, y el vino recio del parador, me hizo apretar el paso. Llevaba
bastantes horas sin comer.
Contra lo que suponía, pues Laureano no solía ser
exacto, me esperaba ya y había pedido su cubierto y encargado la cena. Me acogió
con chanzas.
-¿Por dónde andarías? Buen punto eres tú... Sabe
Dios...
A la luz amarillenta, pero fuerte, de las lámparas de
petróleo colgadas del techo, me horripiló más, si cabe, la catadura de mi amigo.
En medio de la alegría que afectaba, y de adelantarse a confesar que lo del tiro
en los sesos era broma, que no estaba tan apurado, yo encontraba en su mirar
tétrico y en su boca crispada algo infernal. No sabiendo cómo explicarme su
gesto, supuse que, en efecto, le rondaba la impulsión suicida. No obstante,
reparé que se había atusado y arreglado un poco. Traía las manos relativamente
limpias, hecho el lazo de la corbata, alisadas las greñas. Frente a nosotros, un
comisionista catalán, buen mozo, barbudo, despachado ya su café, libaba
perezosamente copitas de Martel leyendo un diario. Como Laureano alzase la voz,
el viajante acabó por fijarse, y hasta por sonreirnos picarescamente,
asociándose a la insistente broma.
-Pero ¿en qué agujero te colarías? ¡Qué ficha! Tres
horas no te las has pasado tú azotando calles... A otro con esas... ¿Te crees
que somos bobos? Como si uno se fiase de estos que vuelven del campo...
Las súplicas de la precavida Leocadia me zumbaban aún
en los oídos, y me creí en el deber de afirmar que sí, que callejeando y vagando
había entretenido el tiempo.
-¿Y tú? -redargüí-. Rezando el Rosario, ¿eh?
-¡Yo, en mi domicilio!
-¿Domicilio y todo?
-Sí, hijo; no un palacio... Pero, en fin, allí se
cobija uno... La fonda de la Braulia, ¿no sabes?
Sabía perfectamente. Muy cerca de la casa de mi tía
Elodia: una infecta posaducha, de última fila. Y en el mismo segundo en que
recordaba esta circunstancia, mis ojos distinguieron, colgando de un botón del
derrotado chaqué de Laureano, un hilo que resplandecía. Era una larga cana
brillante.
Me creerán o no. Mi impresión fue violenta, honda;
difícilmente sabría definirla, porque creo que hay sobradas cosas fuera de todo
análisis racional. Fascinado por el fulgor del hilo argentado sobre el paño
sucio y viejo, no hice un movimiento, no solté palabra: callé. A veces pienso
qué hubiese sucedido si me ocurre bromear sobre el tema de la cana. Ello es que
no dije esta boca es mía. Era como si me hubiesen embrujado. No podía apartar la
mirada del blanco cabello.
Al final de la cena, el buen humor de Laureano se
abatió, y a la hora del café estaba tétrico, agitado; se volvía frecuentemente
hacia la puerta, y sus manos temblaban tanto, que rompió una copa de licor. Ya
hacía rato que el viajante nos había dejado solos en el comedor lúgubre, frente
a los palilleros de loza que figuraban un tomate, y a los floreros azules con
flores artificiales, polvorientas. El mozo, en busca de la propia cena, andaría
por la cocina. Cabrera, más sombrío a cada paso, sobresaltado, oreja en acecho,
apuraba copa tras copa de coñac, hablando aprisa cosas insignificantes o cayendo
en acceso de mutismo. Hubo un momento en que debió de pensar: «Estoy cerca de la
total borrachera», y se levantó, ya un poco titubeante de piernas y habla.
-Conque no vienes «allá», ¿eh?
Sabía yo de sobra lo que era «allá», y sólo de
imaginarlo, con semejante compañía y con la lluvia que había empezado a caer a
torrentes... ¡No! Mi camita, dormir tranquilo hasta el día siguiente y no volver
a ver a Laureano. Le eché por los hombros su capa, le di su grasiento sombrero y
le despedí.
-¡Buenas noches... No hay de qué... Que te diviertas,
chico!
Dormí sueño pesado que turbaron pesadillas informes, de
esas que no se recuerdan al abrir los ojos. Y me despertó un estrépito en la
puerta: el dueño del parador en persona, despavorido, seguido de un inspector y
dos agentes.
-¡Eh! ¡Caballero! ¡Que vienen por usted!... ¡Que se
vista!
No comprendí al pronto. Las frases broncas,
deliberadamente ambiguas, del inspector me guiaron para arrancar parte de la
verdad. Más tarde, horas después, ante el juez, supe cuanto había que saber. Mi
tía Elodia había sido estrangulada y robada la noche anterior. Se me acusaba del
crimen...
Y véase lo más singular... ¡El caso terrible no me
sorprendía! Dijérase que lo esperaba. Algo así tenía que suceder. Me lo había
avisado indirectamente «alguien», quién sabe si el mismo espíritu de la
muerta... Sólo que ahora era cuando lo entendía, cuando descifraba el
presentimiento negro.
El juez, ceñudo y preocupado, me acogió con una mezcla
de severidad y cortesía. Yo era una persona «tan decente», que no iban a
tratarme como a un asesino vulgar. Se me explicaba lo que parecía acusarme, y se
esperaban mis descargos antes de elevar la detención a prisión. Que me
disculpase, porque si no, con la Prensa y la batahola que se había armado en el
pueblo, por muy buena voluntad que... Vamos a ver: los hechos por delante, sin
aparato de interrogatorio, en plática confidencial... Yo debía venir a pasar la
noche en casa de mi tía. Mi cama estaba preparada allí. ¿Por qué dormí en el
parador?
-De esas cosas así... Por no molestar a mi tía a
deshora...
¿No molestar? Cuidado: que me fijase bien. He aquí,
según el juez, los hechos. Yo había ido a casa de doña Elodia a eso de las
siete. La criada, sorda como una tapia, no quería abrir. Yo grité desde la
mirilla: «Que soy su sobrino», y entonces la señora se asomó a la antesala y
mandó que me dejasen pasar. Entré en la sala y la criada se fue a preparar la
cena, pues tenía órdenes anteriores, por si yo llegase. Hasta las nueve o más no
se sabe lo que pasó. Pronta ya la cena, la fámula entró a avisar, y vio que en
la salita no había nadie: todo en tinieblas. Llamó varias veces y nadie
respondió. Asustada, encendió luz. La alcoba de la señora estaba cerrada con
llave. Entonces, temblando, sólo acertó a encerrarse en su cuarto también. Al
amanecer bajó a la calle, consultó a las vecinas; subieron dos o tres a
acompañarla, volvió a llamar a gritos... La autoridad, por último, forzó la
cerradura. En el suelo yacía la víctima bajo un colchón. Por una esquina asomaba
un pie rígido. El armario, forzado y revuelto, mostraba sus entrañas. Dos sillas
se habían caído...
-Estoy tranquilo -exclamé-. La criada habrá visto la
cara de ese hombre.
-Dice que no... Iba embozado, con el sombrero muy
calado. No le vio. ¡Y es tan torpe, tan necia, tan apocada! Medio lela está.
-Entonces soy perdido -declaré.
-Calma... ¡Cierto que son muchas coincidencias! Ayer
llegó usted a las seis. A las seis y cuarto habló con un amigo en la calle de
los Bebederos. Luego, hasta las nueve, no se sabe de usted más. A las nueve cena
usted en el parador con el mismo amigo, y un viajante que estaba allí declara
que le molestaba a usted la pregunta de ¿dónde había pasado esas horas?, y que
afirmaba usted haberlas pasado en la calle, lo cual no es verosímil. Llovió a
cántaros de ocho a ocho y media, y usted no llevaba paraguas... También decía
que estaba usted así..., como preocupado... a veces, y el mozo añade que rompió
usted una copa. ¡Es una fatalidad...!
-¿Ha declarado el que cenó conmigo?
-Si por cierto... Declaró la calamidad de Cabrera...
Nada, eso; que le vio a usted un rato antes; que, convidado, cenó con usted, y
que se retiró a cosa de las once.
-¡Él es quien ha asesinado a mi tía! -lancé
firmemente-. Él, y nadie más.
-Pero ¡si no es posible! ¡Si me ha explicado todo lo
que hizo! ¡Si a esas horas estuvo en su posada!
-No, señor. Entraría, se haría ver y volvería a salir.
En esa clase de bujíos no se cierra la puerta. No hay quien se ocupe de salir a
abrirla. Él sabía que me esperaba la tía Elodia. Es listo. Lo arregló con arte.
Está en la última miseria. Cuando me encontró, en los Bebedores, me pidió
dinero, amenazándome con volarse los sesos si no se lo daba. Ahora todo es
claro: lo veo como si estuviese sucediendo delante de mí.
-Ello merece pensarse... Sin embargo, no le oculto a
usted que su situación es comprometida. Mientras no pueda explicar el empleo de
ese tiempo, de seis a nueve...
Las sienes se me helaron. Debía de estar blanco, con
orejas moradas. Me tropezaba con un juez de los de coartada y tente tieso...
¿Coartada? Sería una acción sucia, vil, nombrar a Leocadia -toda mujer tiene su
honor correspondiente-, y además, inútil, porque la conozco. No es heroína de
drama ni de novela y me desmentiría por toda mi boca... Y yo lo merecía. Yo no
era asesino, ni ladrón, pero...
La contrición me apretó el corazón, estrujándolo con su
mano de acero. Creía sentir que mi sangre rezumaba... Era una gota salada en los
lagrimales. Y en el mismo punto, ¡un chispazo!, me acordé del hilo brillante,
enredado en el botón del raído chaqué.
-Señor juez...
Todavía estaba allí la cana cuando hicieron comparecer
al criminal... El «gato» de la tía Elodia se halló oculto entre su jergón, con
la llave de la alcoba... Sin embargo, no falta, aun hoy, quien diga que el
asunto fue turbio, que yo entregué tal vez a mi cómplice... Honra, no me queda.
Hay una sombra indisipable en mi vida. Me he encerrado en la aldea, y al
acercarse la Navidad, en semanas enteras, no me levanto de la cama, por no ver
gente. |
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La cita
Alberto Miravalle, excelente muchacho, no tenía más que
un defecto: creía que todas las mujeres se morían por él.
De tal convencimiento, nacido de varias conquistas del
género fácil, resultaba para Alberto una sensación constante, deliciosa, de
felicidad pueril. Como tenía la ingenuidad de dejar traslucir su engreimiento de
hombre irresistible, la leyenda se formaba, y un ambiente de suave ridiculez le
envolvía. Él no notaba ni las solapadas burlas de sus amigos en el círculo y en
el café, ni las flechas zumbonas que le disparaban algunas muchachas, y otras
que ya habían dejado de serlo.
Dada su olímpica presunción, Alberto no extrañó recibir
por el correo interior una carta sin notables faltas de ortografía, en papel
pulcro y oloroso, donde entre frases apasionadas se le rendía una mujer. La dama
desconocida se quejaba de que Alberto no se había fijado en ella, y también daba
a entender que, una vez puestas en contacto las dos almas, iban a ser lo que se
dice una sola. Encargaba el mayor sigilo, y añadía que la señal de admitir el
amor que le brindaba sería que Alberto devolviese aquella misma carta a la lista
de Correos, a unas iniciales convenidas.
Al pronto, lo repito, Alberto encontró lo más
natural... Después -por entera que fuese su infatuación-, sintió atisbos de
recelo. ¿No sería una encerrona para robarle? Un segundo examen le restituyó al
habitual optimismo. Si le citaban para una calle sospechosa, con no ir... La
precaución de la devolución del autógrafo indicaba ser realmente una señora la
que escribía, pues trataba de no dejar pruebas en manos del afortunado mortal.
Alberto cumplió la consigna.
Otra segunda epístola fijaba ya el día y la hora, y
daba señas de calle y número. Era preciso devolverla como la primera. Se
encargaba una puntualidad estricta, y se advertía que, llegando exactamente a la
hora señalada, encontraría abiertos portón y puerta del piso. Se rogaba que se
cerrase al entrar, y acompañaban a las instrucciones protestas y finezas de lo
más derretido.
Nada tan fácil como enterarse de quién era la bella
citadora, conociendo ya su dirección. Y, en efecto, Alberto, después de
restituir puntualmente la epístola, dio en rondar la casa, en preguntar con maña
en algunas tiendas. Y supo que en el piso entresuelo habitaba una viuda, joven
aún, de trapío, aficionada a lucir trajes y joyas, pero no tachada en su
reputación. Eran excelentes las noticias, y Alberto empezó a fantasear
felicidades.
Cuando llegó el día señalado, radiante de vanidad,
aliñado como una pera en dulce, se dirigió a la casa, tomando mil precauciones,
despidiendo el coche de punto en una calleja algo distante, recatándose la cara
con el cuello del abrigo de esclavina, y buscando la sombra de los árboles para
ocultarse mejor. Porque conviene decir, en honra de Alberto, que todo lo que
tenía de presumido lo tenía de caballero también, y si se preciaba de
irresistible, era un muerto en la reserva, y no pregonaba jamás, ni aun en la
mayor confianza, escritos ni nombres. No faltaba quien creyese que era cálculo
hábil para aumentar con el misterio el realce de sus conquistas.
No sin emoción llegó Alberto a la puerta de la casa...
Parecía cerrada; pero un leve empujón demostró lo contrario. El sereno, que
rondaba por allí, miró con curiosidad recelosa a aquel señorito que no reclamaba
sus servicios. Alberto se deslizó en el portal, y, de paso, cerró. Subió la
escalera del entresuelo: la puerta del piso estaba arrimada igualmente. En la
antesala, alfombrada, oscuridad profunda. Encendió un fósforo y buscó la llave
de la luz eléctrica. La vivienda parecía encantada: no se oía ni el más leve
ruido. Al dar luz Alberto pudo notar que los muebles eran ricos y flamantes.
Adelantó hasta una sala, amueblada de damasco amarillo, llena de bibelots y de
jarrones con plantas. En un ángulo revestía el piano un paño antiguo, bordado de
oro. Tan extraño silencio, y el no ver persona humana, fueron motivos para
oprimir vagamente el corazón de nuestro Don Juan. Un momento se detuvo, dudando
si volver atrás y no proseguir la aventura.
Al fin, dio más luces y avanzó hacia el gabinete, todo
sedas, almohadones y butaquitas; pero igualmente desierto. Y después de vacilar
otro poco, se decidió y alzó con cuidado el cortinaje de la alcoba de
columnas... Se quedó paralizado. Un temblor de espanto le sobrecogió. En el
suelo yacía una mujer muerta, caída al pie de la cama. Sobre su rostro
amoratado, el pelo, suelto, tendía un velo espeso de sombra. Los muebles habían
sido violentados: estaban abiertos y esparcidos los cajones.
Alberto no podía gritar, ni moverse siquiera. La
habitación le daba vueltas, los oídos le zumbaban, las piernas eran de algodón,
sudaba frío. Al fin echó a correr; salió, bajó las escaleras; llegó al portal...
Pero ¿quién le abría? No tenía llave... Esperó tembloroso, suponiendo que
alguien entraría o saldría. Transcurrieron minutos. Cuando el sereno dio entrada
a un inquilino, un señor muy enfundado en pieles, la luz de la linterna dio de
lleno a Alberto en la cara, y tal estaba de demudado, que el vigilante le clavó
el mirar, con mayor desconfianza que antes. Pero Alberto no pensaba sino en huir
del sitio maldito, y su precipitación en escapar, empujando al sereno que no se
apartaba, fue nuevo y ya grave motivo de sospecha.
A la tarde siguiente, después de horas de esas que
hacen encanecer el pelo, Alberto fue detenido en su domicilio... Todo le
acusaba: sus paseos alrededor de la casa de la víctima, el haber dejado tan
lejos el «simón», su fuga, su alteración, su voz temblona, sus ojos de loco...
Mil protestas de inocencia no impidieron que la detención se elevase a prisión,
sin que se le admitiese la fianza para quedar en libertad provisional. La
opinión, extraviada por algunos periódicos que vieron en el asunto un drama
pasional, estaba contra el señorito galanteador y vicioso.
-¿Cómo se explica usted esta desventura mía? -preguntó
Alberto a su abogado, en una conversación confidencial.
-Yo tengo mi explicación -respondió él-; falta que el
Tribunal la admita. Vea lo que yo supongo, es sencillo: para mí, y perdóneme su
memoria, la infeliz señora recibía a alguien..., a alguien que debe ser mozo de
cuenta, profesional del delito y del crimen. El día de autos, desde el
anochecer, la víctima envió fuera a su doncella, dándole permiso para comer con
unos parientes y asistir a un baile de organillo. El asesino entró al oscurecer.
Él era quien escribía a usted, quien le fijó la hora y quien, precavido, exigió
la devolución de las cartas, para que usted no poseyese ningún testimonio
favorable. Cuando usted entró, el asesino se ocultó o en el descanso de la
escalera, o en habitaciones interiores de la casa. A la mañana siguiente, al
abrirse la puerta de la calle, salió sin que nadie pudiese verle. Se llevaba su
botín: joyas y dinero. ¿Qué más? Es un supercriminal que ha sabido encontrar un
sustituto ante la Justicia.
-Pero ¡es horrible! -exclamó Alberto-. ¿Me absolverán?
-¡Ojalá!... -pronunció tristemente el defensor.
-Si me absuelven -exclamó Alberto- me iré a la Trapa,
donde ni la cara de una mujer se vea nunca. |
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Nube de paso
-Jamás lo hemos averiguado -declaró el registrador,
dejando su escopeta arrimada al árbol y disponiéndose a sentarse en las raíces
salientes, a fin de despachar cómodamente los fiambres contenidos en su zurrón
de caza-. Hay en la vida cosas así, que nadie logra nunca poner en claro, aunque
las vea muy de cerca y tenga, al parecer, a su disposición los medios para
enterarse.
Salieron de las alforjas molletes de pan, dos pollos
asados, una ristra de chorizos rojos, y la bota nos presentó su grata redondez
pletórica, ahíta de sangre sabrosa y alegre. Nos disputamos el gusto de besarla
y dejarla chupada y floja, bajo nuestras afanosas caricias de galanes sedientos.
Los perros, con la lengua fuera y la mirada ansiosa, sentados en rueda,
esperaban el momento de los huesos y mendrugos.
Cuando todos estuvieron saciados, amos y canes, y
encendidos los cigarros para fumar deleitosamente a la sombra, insistí:
-Pero ¿ni aun conjeturas?
-¡Conjeturas! Claro es que nunca faltan. Cuando se notó
que el pobre muchacho estaba muerto y no dormido; cuando, al descubrirle el
cuerpo, se vio que tenía una herida triangular, como de estilete, en la región
del corazón -la autopsia comprobó después que esa herida causó la muerte-,
figúrese usted si los compañeros de hospedaje nos echamos a discurrir. Entre
otras cosas, porque, al fin y al cabo, podíamos vernos envueltos en una cuestión
muy seria. Como que, al pronto, se trató de prendernos. Por fortuna, la tan
conocida como vulgar coartada era de esas que no admiten discusión. En la casa
de huéspedes estábamos cinco, incluyendo a Clemente Morales, el asesinado. Los
cuatro restantes pasamos la noche de autos en una tertulia cursi, donde
bailamos, comimos pasteles y nos reímos con las muchachas hasta cerca del
amanecer. Todo el mundo pudo vernos allí, sin que ninguno saliese ni un momento.
Cien testigos afirmaban nuestra inculpabilidad y, así y todo, nos quedó de aquel
lance yo no sé qué: una sombra moral en el espíritu, que ha pesado, creo yo,
sobre nuestra vida...
-Ello fue que ustedes, al regresar a casa...
-¡Ah!, una impresión atroz. Era ya de día, y la patrona
nos abrió la puerta en un estado de alteración que daba lástima. Nos rogó que
entrásemos en la habitación de nuestro amigo, porque al ir a despertarle, por
orden suya, a las seis de la mañana, vio que no respondía, y estaba pálido,
pálido, y no se le oía respirar... ¡O desmayado, o...! Fue entonces cuando,
alzando la sábana, observamos la herida.
-¿Qué explicación dio la patrona?
-Ninguna. ¡Cuando le digo a usted que ni la patrona, ni
la Justicia, ni nadie ha encontrado jamás el hilo para desenredar la maraña de
ese asunto! La patrona, eso sí, fue presa, incomunicada, procesada, acusada...;
pero ni la menor prueba se encontró de su culpabilidad. ¡Qué digo prueba! Ni
indicio. La patrona era una buena mujer, viuda, fea, de irreprochables
antecedentes, incapaz de matar una mosca. La noche fatal se acostó a las diez y
nada oyó. La sirvienta dormía en la buhardilla: se retiró desde la misma hora, y
a las ocho de la mañana siguiente roncaba como un piporro. El sereno a nadie
había visto entrar. ¡El misterio más denso, más impenetrable!
-¿Se encontró el arma?
-Tampoco.
-¿Tenía dinero en su habitación la víctima?
-Que supiésemos, ni un céntimo; es decir, unos
duros..., que es igual a no tener nada, para el caso... Y esos allí estaban, en
el cajón de la cómoda, por señas, abierto.
-¿Se le conocían amores?
-Vamos, rehacemos el interrogatorio... No tenía lo que
se dice relaciones seguidas, ni querida, ni novia; no sería un santo, pero casi
lo parecía; por celos o por venganza de amor, no se explica tan trágico suceso.
-Pero ¿cuáles eran sus costumbres? -insistí, con afán
de polizonte psicólogo, a quien irrita y engolosina el misterio, y que sabe que
no hay efecto sin causa-. Ese muchacho -¿no era un hombre joven?- tendría sus
hábitos, sus caprichos, sus peculiares aficiones...
-Era -contestó el registrador, en el tono del que
reflexiona en algo que hasta entonces no se había presentado a su pensamiento-
el chico más formal, más exento de vicios, más libre de malas compañías que he
conocido nunca. Retraído hasta lo sumo, muy estudioso; nosotros, por efecto de
esta misma condición suya, le tuvimos en concepto de un poco chiflado. Ya ve
usted: todos fuimos aquella noche a divertirnos y a correrla, menos él, y si
hubiese ido, no le matan... Para dar a usted idea de lo que era el pobre, se
acostaba muy temprano, y encargaba que le despertasen así que amanecía, sólo por
el prurito de estudiar.
-¿Recuerda usted dónde estudiaba?
-¡Ah! Eso, en todas partes. A veces se traía a casa
libros; otras se pasaba el día en bibliotecas on sabe Dios en qué rincones.
-Amigo registrador -interrumpí-, que me maten si no
empiezo a rastrear algo de luz en el sombrío enigma.
-¡Permítame que lo dude!... ¡Tanto como se indagó
entonces!... ¡Tantos pasos como dieron la justicia y la policía, y hasta
nosotros mismos, sin que se haya llegado a saber nada!
Callé unos instantes. El celaje de la tarde se encendía
con sangrientas franjas de fuego, incesantemente contraídas, dilatadas,
inflamadas o extinguidas, sin que ni un momento permaneciese fija su terrible
forma. Pensé en que la sospecha, la verdad, la culpa, el destino se disuelven e
integran, como las nubes, en la cambiante fantasía y en la versátil conciencia.
Pensé que si nada es inverosímil en la forma de las nubes, nada tampoco debe
parecérnoslo en lo humano. Lo único increíble sería que un hombre fuese
asesinado en su lecho y el crimen no tuviese ni autor ni móvil.
-Registrador -dije al cabo-, todos mueren de lo que han
vivido. El muchacho estudiaba sin cesar: en sus estudios está la razón de su
muerte violenta. No diga usted que no sabe por qué le mataron: lo sabe usted,
pero no se ha dado cuenta de lo que sabe.
-Mucho decir es... -murmuró-. Sin embargo...
-Lo sabe usted. En cuanto me conteste a otras pocas
preguntas se convencerá de que lo sabía perfectamente: lo sabía la parte mejor
de su ser de usted: su instinto.
-¡Qué raro será eso! Pero, en fin... pregunte, pregunte
lo que quiera.
-¿A qué clase de estudios se dedicaba Clemente?
-A ver, Donato, haz memoria -murmuró el registrador,
rascándose la sien-. Ello era cosa de muchas matemáticas y mucha física... ¡Ya,
ya recuerdo! ¡Pues si el muchacho aseguraba que, cuando consiguiese lo que
buscaba, sería riquísimo, y su nombre, glorioso en toda Europa! Creo que se
trataba de algo relacionado con la navegación acrea. Advierto a usted que murió
como vivía, porque fue el hombre más reconcentrado y enemigo de enterar a nadie
de sus proyectos.
-¿Tendría muchos papeles, cuadernos, notas de su
trabajo?
-¡Ya lo creo! A montones.
-¿Dónde los guardaba?
-¡En la cómoda! Y su ropa andaba tirada por las sillas
y revuelta.
-¿Aparecieron esos papeles después del crimen?
-Se me figura que sí. Pero confirmaron lo que creíamos:
que el pobre no estaba en sus cabales. Eran apuntes sin ilación, y algunos,
borradores que nadie entendía.
-¿Tenía algún amigo Clemente, enterado de sus
esperanzas? ¿Alguien que conociese su secreto?
La cara del registrador sufrió un cambio análogo al de
las nubes. Primero se enrojeció; palideció después; los ojos se abrieron,
atónitos; la boca también adquirió la forma de un cero.
-¡Rediós! -gritó al cabo-. ¡Y tenía usted razón! Y yo
sabía, es decir, yo tenía que saber... ¡Tonto de mí! ¿Cómo pude ofuscarme?...
¡Qué cosas! Había, había un amigo, un ingeniero belga, que le daba dinero para
experiencias... ¡Un barbirrojo, más antipático que los judíos de la Pasión! ¡Y
hasta judío creo que era! ¡Seré yo estúpido! ¡No haber comprendido! ¡No haber
sospechado! ¡El bandido del extranjero fue, y para robarle el fruto de sus
vigilias! ¡Dejó los papeles inútiles y cargó con los que valían, y sabe Dios, a
estas horas, quién se está dando por ahí tono y ganando millones con el
descubrimiento del infeliz! ¡Y a mí la cosa me pasó por las mientes; pero... no
me detuve ni a meditarla, porque... no se veía por dónde hubiese podido entrar
el asesino!
-¡Bah! Esa es la infancia del arte -contesté-. Entró
con una llave falsa, que había preparado, o con el propio llavín de su víctima;
estuvo en el cuarto de ésta hasta tarde, hizo su asunto, se escondió y de
madrugada se marchó.
-¡Así tuvo que ser! ¡Bárbaros, que no lo comprendimos!
¡Requetebárbaros!
-No se apure usted... Quizá estamos soñando una novela.
-No, no; si ahora lo veo más claro que el sol... Soy
capaz de perseguir al asesino...
-¿Cuántos años hace de eso?
-Trece lo menos...
-Déjelo usted por cosa perdida... Aun en fresco no se
averigua nada... Conténtese con el goce del filósofo: saber... y callar. |
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«Drago»
Algunas o, por mejor decir, bastantes personas lo
habían observado. Ni una noche faltaba de su silla del circo la admiradora del
domador.
¿Admiradora? ¿Hasta qué punto llega la admiración y
dónde se detiene, en un alma femenil, sin osar traspasar la valla de otro
sentimiento? Que no se lo dijesen al vizconde de Tresmes, tan perito en materias
sentimentales: toda admiración apasionada de mujer a hombre o de hombre a mujer
para en amor, si es que no empieza siendolo.
La admiradora era una señorita que no figuraba en lo
que suele llamarse buena sociedad de Madrid. De los concurrentes al palco de las
Sociedades, sólo la conocía Perico Gonzalvo, el menos distanciado de la clase
media y el más amigo de coleccionar relaciones. Y, según noticias de Gonzalvo,
la señorita se llamaba Rosa Corvera, era huérfana y vivía con la hermana de su
padre, viuda de un hombre muy rico, que le había legado su fortuna. Considerando
a Rosa, más que como a sobrina, como a hija; resuelta a dejarla por heredera, le
consentía, además, libertad suma; y no pudiendo la tía salir de casa -clavada en
un sillón por el reúma- la muchacha iba a todas partes bajo la cómoda égida de
una de esas que se conocen por carabinas, aunque oficialmente se las nombra
damas de compañía, institutrices y misses. Rosa era una independiente; pero no
podía Perico Gonzalvo (que no adolecía de bien pensado) añadir otra cosa. La
independencia no llegaba a licencia.
Quizá la admiración vehemente mostrada al domador -que
en los carteles adoptaba el título de vizconde de Praga, enteramente fantástico,
imposible de descubrir en cancillería alguna- fuese la primera inconveniencia
cometida por Rosa. Sin duda, el hecho constituía una exhibición de mal gusto en
una joven soltera, y más en España, donde es sospechosa para el honor cualquier
excentricidad de la mujer. Lo cierto es que Rosa llamaba la atención, y su
actitud empezaba a darle notoriedad. Se discutía su figura, su modo de vestir;
se convenía en que, sin ser una belleza, no carecía de encanto. Rubia, alta,
bien formada (extremo que la moda ceñida hace muy fácilmente demostrable), la
hermoseaba, sobre todo, la expresión como de embriaguez divina que adquiría su
semblante al salir el vizconde de Praga a desempeñar su número: el encierro en
una jaula con un sólo león, pero terrible: Drago, que, indómito, vigoroso, valía
por seis de los criados en cautiverio.
-Las bacantes, en los misterios órficos, tendrían ese
gesto -decía Tresmes, que había leído todo lo concerniente a anomalías amorosas
y perversiones antiguas y modernas.
Pero Tresmes, en este punto, confundía. El gesto de
Rosa, lejos de expresar nada impuro, sólo dejaba trasmanar el entusiasmo
heroico. Eran nobles, hasta la sublimidad, los sentimientos que asomaban a aquel
rostro de mujer, y si el amor entraba a la parte, sería con el carácter más
espiritual, como transporte ante la nobleza del valor viril. Por otra parte,
Rosa no practicaba el menor disimulo.
Abonada a diario a dos sillas, las más próximas al
sitio en que se colocaba la jaula de Drago, entraba poco antes que comenzase el
trabajo del domador, y, concluido éste, se levantaba con desdeñosa indiferencia,
envolviéndose en un abrigo de última moda y pasando por entre los espectadores
sin mirarlos. Su lindo landaulet eléctrico esperaba siempre a la puerta. Y, sin
cuidarse del run-run curioso que alzaba a su paso, retirábase, pálida aún de la
emoción.
El domador había notado lo que todos notaban. Era un
hombre joven, aunque no tanto como parecía, por la robusta esbeltez de su cuerpo
y la finura acentuada de sus facciones, debida a la sangre georgiana. Nada más
airoso que su torso, nada mejor delineado que sus pies y manos, a no ser su
bigote o los rizos naturales de sus cabellos negrísimos. No era el tipo del
dandy, del elegante que se ha formado su distinción a fuerza de alta vida y de
hábitos de lujo; era un ejemplar de las razas humanas aristocráticas de
abolengo, perfectamente arianas.
Consciente del efecto que producía en Rosa, el domador
adoptaba posturas románticas, quebraba la cintura como un torero, avanzaba la
pierna, nerviosa y de perfecta forma, cautiva en el calzón de punto gris perla,
y sacudía con gentileza los bucles de su frente, húmeda de sudor, enviando a la
señorita una sonrisa y un ligero signo de inteligencia. Por señas, que en el
palco de los elegantes, este signo fue considerado indicio de algo serio, y sólo
cambiaron de opinión al exclamar Tresmes:
-¡Qué tontería! Si se entendiesen, ella no vendría ya a
exhibirse aquí. Os digo que, a pesar de las apariencias, ese hombre y esa mujer
no han cruzado palabra. Pongo la mano derecha a que no.
Y razón tenía el calvatrueno, sagacísimo conocedor del
alma de la mujer. El domador no había dado un paso por ponerse en contacto con
su apasionada, por una razón prosaica y sencilla, era casado. Vivían su esposa y
sus dos hijos en una casita, al borde del lago de Como, y la fortuna de la
señorita española -fortuna de la cual, por otra parte, ella no podía aún
disponer- no le resolvía problema alguno. Halagábale, ciertamente, aquella
devoción, aquel homenaje; aunque otra cosa diga la leyenda, no es tan frecuente
que las espectadoras se enamoren de tenores, domadores y cómicos. Semejante
fascinación, no oculta, acababa por envanecer al supuesto vizconde, llamado
realmente Marco Diáspoli. Pero una aventura, de pasada, no se podía intentar. La
contrata iba a terminar, y el domador era esperado en Viena. Y como, fuera de la
aventura no existía finalidad, el domador se limitaba a dejarse acariciar por
los magnéticos ojos fijos en él.
-¿En él? He aquí una pregunta que su vanidad de
histrión heroico no le permitió formular, pero que el ducho Tresmes lanzó, con
gran extrañeza del auditorio.
-¿Estáis seguros de que a esa muchacha quien la
entusiasma es el domador? Porque yo, que la estudio mucho, he llegado a dudar
¡si no será más bien el león!
Se rieron. Sin embargo, Drago reunía todas las
condiciones para producir eso que en Italia se nombra il fascino. Si hay un
género de belleza sublime que se funda en la energía, nada más bello que Drago.
No era la fiera rendida, cansada, pelada, de los demás
domadores, y en eso consistía la originalidad del trabajo temerario. Drago, con
su bravura y fuerza, por su talla no común, lo enorme de su cabezota, lo
rutilante y abundoso de su melenaza, imponía una especie de respeto, al cual se
unía atracción misteriosa. Sus actitudes conservaban la gracia terrible y
natural de la fiera que está en su propio ambiente, en el cálido desierto, y
detrás de la majestuosa masa de su cuerpo se hubiese deseado ver extenderse el
rojo rubí del celaje líbico. Su rugido infundía pavor, y sus ojos de venturina
derretida, en que el sol de África parecía haberse quedado cautivo, tenían un
encanto peculiar, amenazador y feroz. Drago había sido cogido no hacía seis
meses en el Atlas. La única defensa del domador con aquel felino era la
temeridad, la sorpresa. En realidad, ni estaba habituado a la sugestión y al
olor del hombre ni a la obediencia de la varita. Acordábase de sus soledades, de
que bajo sus dientes habían crujido costillas de caballos, ¡quién sabe si de
jinetes moros!... El interés de la labor de Praga estaba en eso: en que cada
noche sostenía un duelo a muerte.
Y así se podía explicar la palidez constante de Rosa,
sus ojos dilatados de susto, su mano con tanta frecuencia llevada al corazón,
como si no pudiese contener su latido, y hasta aquella especie de éxtasis con
que seguía los incidentes de la lucha. Marco entraba en la jaula de pronto, y a
los rugidos del rey de los animales contestaba con gritos estridentes de mando,
de reto, de furor. El león le miraba y él arrostraba su mirada aterradora. Íbase
acercando, ganando terreno, sin más armas que un latiguillo de puño de pedrería.
Los rugidos se hacían menos roncos. El león bajaba la cabeza, como si no pudiese
afrontar los ojos del hombre. Por último se tendía, siempre rugiendo sordamente,
y Praga, un momento, alargando la bella pierna y el pie, calzado con reluciente
bota de borlita, lo apoyaba en los lomos del vencido, y en rápida vuelta, antes
que su enemigo se rehiciese, salía de la jaula, sonriendo, alzando el látigo,
enviando besos a la multitud que aplaudía...
Dos noches antes de la última, pudieron notar algunos
espectadores que Drago estaba de muy mal talante. Revolvíase inquieto en la
estrecha prisión, y sus rugidos estremecían por lo hondos y roncos. Cuando el
domador franqueó la puerta de la reja, la fiera, sin darle tiempo a nada, se
lanzó contra él de un brinco feroz. Otras veces lo había hecho; pero al punto
retrocedía, dominado, como a pesar suyo.
Algo distinto debía suceder aquella noche, porque Praga
vaciló y se puso blanco. No tenía, sin embargo, más defensa que la valentía
absoluta, y, vibrando el latiguillo, avanzó resuelto. Pero la fiera se había
dado cuenta de aquel desfallecimiento momentáneo...
Un rugido tremebundo envió al rostro del domador el
hálito bravío del felino. Sin intimidarse, Praga descargó el látigo, silbante,
en las orejas del animal. Más que el imperceptible dolor, el ultraje enardeció a
la fiera. Como una masa cayó sobre su enemigo; sus garras hicieron presa en un
hombro, y sus dientes en el costado. En el circo se alzó un grito de horror,
formado de mil clamores. No había modo de intervenir. Drago, que había probado
la sangre, la bebía con áspera lengua en el mismo cuello de su víctima...
Y Rosa, la admiradora, de pie, transportada,
electrizada, ya fuera de sí, sin atender a ningún respeto, aplaudía al vencedor.
-¡Bravo, Drago! ¡Bravo! ¡Drago, Drago, así!...
Por eso suele decir Tresmes:
-Yo bien lo sabía. No era el domador, era el león el
que a la muchacha le parecía hermoso... Y acertaba; opino lo mismo que ella.
Pero, ¡caramba con las mujeres! ¡Ponerse a aplaudir, a vitorear! Bueno fue que,
como todo el mundo chillaba, sólo nosotros oímos la atrocidad... Si no, la
linchan. |
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La tigresa
El joven príncipe indiano Yudistira, famoso ya por
alentado y justo, alegría de sus súbditos y terror de los enemigos de Pandjala,
tenía momentos de tristeza honda, por recelar que su fin estaba próximo y que
moriría de muerte violenta. Un genio, en un sueño, se lo había pronosticado, y
Yudistira, en medio de su existencia de semidiós -siempre victorioso y siempre
adorado de las mujeres y del pueblo, que veía en él a una encarnación de Brahma-,
ocultaba en el pecho la roezón de la inquietud, y cada día, al despertar, se
preguntaba si aquél sería el postrero.
La mayor amargura era no saber por dónde vendría el
peligro. Cuando se ignora lo que se teme, el temor se exalta. No por esto vaya a
creerse que Yudistira fuese un cobarde miserable. Al contrario, hemos dicho que
Yudistira era un héroe. De él se referían cien rasgos de temeridad en batallas y
cacerías; especialmente en la del tigre -en los selvosos montes de Bengala-
había realizado prodigios de temeridad y recibido heridas, de que guardaba
señales en su cuerpo.
Pero así es el hombre: cuando se arroja al peligro, le
sostiene la esperanza de desafiarlo victoriosamente; y, en cambio, un agüero
fatídico le rinde. No le importa exponerse a morir, ni aun morir, si le acompaña
la ilusión de la vida.
En sus horas de meditación, el propio Yudistira
reconocía esta verdad, y se increpaba, y resolvía lanzarse como antes a
continuas y aventuradas empresas. ¿Qué conseguía con retirarse, con vegetar
encerrado en su palacio? El destino, cuando nos busca, sabe encontrarnos
dondequiera que nos ocultemos. No obstante, el príncipe continuaba bajo la
protección de su guardia, al amparo de su alcázar inexpugnable, donde sólo
penetraban personas de cuya adhesión estaba seguro.
Abrumado, no obstante, por fatídico presentimiento,
resolvió llamar a un penitente que tenía fama de leer en el porvenir como en
abierto libro. El asceta contestó que, si el príncipe deseaba consultarle,
tendría que venir a su retiro, del cual había hecho voto de no salir nunca.
Aunque quisiese, no podría moverse de aquel sagrado lugar, pues para librarse de
tentaciones, para no seguir a las apsaras, ninfas bellísimas que venían a
hacerle momos, se había amarrado con cadenas al suelo, y ya las cadenas,
cubiertas por una costra petrificada, no podían ser rotas.
Decidióse entonces Yudistira a emprender la fatigosa
jornada hasta la montaña, en cuya cima se alza un templo consagrado a la
misteriosa Trimurti. Llevó fuerte escolta, adoptando cuantas precauciones se le
ocurrieron para ir resguardado y seguro.
Al llegar a la soledad, donde el asceta le aguardaba,
Yudistira alejó su séquito, postrándose ante el hombre santo. Éste se hallaba
sentado al pie de una roca, de la cual manaba un hilo de agua, formando remanso,
donde los grandes lotos blancos y azules bañaban sus hojas gruesas, alentejadas,
de un verde limpio y terso, como jade bruñido. En medio de una vegetación tan
lozana, el penitente parecía hecho de raigambre tortuosa y desecada por el sol.
Yudistira, previas las fórmulas de veneración y respeto, expresó el objeto de su
venida.
Con hueca voz, que parecía salir de un tubo de barro,
respondió el asceta:
-Lo primero que debo decirte, ¡oh príncipe!, es que has
hecho mal en venir a verme. En general, es dañosa la acción, y el hombre sólo
acierta cuando se está quieto y espera sin interés el fin de su existencia, la
cual no es sino apariencia, sombra vana. Pero todavía debe el hombre precaverse
doblemente contra la acción, si pesa sobre él un augurio, una amenaza del
destino. Entonces no debe ni respirar, pues cuanto haga servirá únicamente para
apresurar lo que esté decretado.
Yudistira bajó la cabeza. Un escalofrío corrió por el
árbol de su vida, por la médula de sus huesos.
-Quisiera, al menos -murmuró débilmente-, que tu
ciencia rasgase el velo del peligro que me amarga. Se me figura que,
conociéndolo, sin temor alguno lo arrostraré. Lo que hace sufrir es lo ignorado.
Dame luz, y acepto cuanto venga.
El asceta calló un momento. Sus ojos, de una fijeza
extática, buscaron a lo lejos la revelación. Una chispa brilló en ellos, como
estrella que cayese en un pozo.
-Príncipe -dijo al fin-, el peligro que te amenaza
consiste en que una hembra se acuerda sin cesar de ti; no te olvida un minuto.
¡Ay del hombre cuando la hembra lo recuerda, sea con amor o con aborrecimiento,
que viene a ser lo mismo!
-¿Una hembra? -preguntó, sorprendido, Yudistira-. A
ninguna he amado profundamente, y, por lo mismo, no creo haber hecho daño a
ninguna.
-Haz memoria -advirtió el penitente- de que una te
clavó en el brazo su zarpa y sus dientes en el hombro, mientras su ruda lengua
bebía tu sangre con delicia...
-¡Ah! -respondió el príncipe-. ¿Hablabas de la tigresa
que me hirió en una cacería, dos años hace? Mis gentes la mataron.
-No; no la mataron, príncipe. La dejaron medio muerta:
no atendieron más que a curarte a ti. Tú no ignoras que cuando el tigre llega a
probar la carne del hombre, desdeña ya y mira con repugnancia cualquier otro
alimento; pero -todos nuestros montañeses lo dicen- cuando es una tigresa la que
gusta el manjar, no sólo lo prefiere a todo, sino que años enteros va tras el
rastro de la misma persona a quien hincó el diente, apasionada, con terrible
violencia de su sangre. El olfato sutil de la fiera no se engaña. Ya has oído,
Yudistira, por dónde viene el hado para ti...
El príncipe dejó caer entre las manos la cabeza, y
doliente suspiro salió de su pecho. Gemía por su juventud, sentenciada
inexorablemente.
-¿No habrá ningún medio de evitarlo? -preguntó afanoso.
-Hay uno. Deja tu reino, deja tu gloria, quédate aquí
conmigo, haciendo la misma penitencia. Sólo así consentiré en desquiciar el
cielo, que fuerzo con mi voluntad y mi virtud, para salvarte. Si lo hiciese para
dejarte donde estuviste hasta ahora en tu palacio, en tu orgullo, en tu poder,
te esperaría algo peor de lo que te espera. Acabarías por ser esclavo de otras
hembras, de otras tigresas más feroces -de tus pasiones-, que están próximas a
desencadenarse. Hasta hoy te han llamado el Justo. Se acerca la hora en que te
llamarían el Tirano. Tú no comprendes que esto pueda suceder; yo sé de cierto
que sucedería, porque te mordería la fiera de la soberbia y llegarías a no tener
de hombre más que la forma. Yudistira, agradece a la diosa Kali que te
transporte a diferente existencia. Levanta el corazón, siéntate al borde de esta
fuente y no te muevas hasta que los pájaros hagan nido en tu cabellera
perfumada.
El príncipe iba a seguir el consejo del asceta, iba a
convertirse en penitente humilde; pero vio que una mosca repugnante se le metía
en los ojos al solitario, y que éste, superior a las apariencias y a las formas,
no la espantaba... No tuvo valor de adoptar semejante género de vida: sin
abluciones, sin túnicas blancas que remudar, sin bebidas frescas para las horas
en que el sol asciende... Levantóse, llamó a su gente, y a fin de que no les
sorprendiese la noche, emprendieron el viaje de regreso.
Al pasar por un bosque muy enmarañado, un momento se
dispersó la escolta. El príncipe, aterrado, gritó para reunirla, ordenando que
no cesasen de cubrir su cuerpo... Era tarde. De un seto intrincadísimo acababa
de saltar una tigresa vigorosa, con brinco elástico y firme, y Yudistira sentía
y reconocía los dientes blancos y agudos, que esta vez no habían hecho presa en
el hombro, sino en el cuello, en cuyas venas la lengua ardiente absorbía la
sangre cálida y roja. |
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Durante el entreacto
El silencio de la alcoba -silencio casi religioso- se
rompió con el sonar leve de unos pasos tácitos y recatados, que amortiguaban la
alfombra espesa. El bulto de un hombre se interpuso ante la luz de la
lamparilla, encerrada en globo de bohemio cristal. La mujer que velaba el sueño
del niño, dormidito entre los encajes de su cuna, se irguió y, anhelante de
ansiedad, miró fijamente al que entraba así, con precauciones de malhechor.
-¿Traes eso?
-¡Chis! Aquí viene.
-¿Se han fijado?
-Nadie. El portero, medio dormido estaba. El criado
abrió sin mirar. Le dije que venía a ver a la parienta...
-Como de costumbre. ¡Digo yo que no habrán extrañao...!
-Que no, mujer. Ni ¿cómo iban ellos a pensarse...?
-No se les ocurrirá, me parece...
-¡Ea! ¡No moler! ¿Qué se les va a ocurrir, imbécila? Ni
¿quién lo averigua luego? De un tiempo son y en la cara se asemejan: ¡casualidás!
El hombre se desembozó. La mujer, envalentonada, hizo
girar la llave de la luz eléctrica, y la lámpara, astro redondo formado por
sartitas de facetado vidrio, alumbró la suntuosa estancia. Forradas de seda
verde pálido las paredes; de laca blanca, con guirnaldas finas de oro, el lecho
matrimonial; de marfil antiguo el Cristo que santificaba aquel nido de amor, y
en cuna también laqueada, con pabellón de batista y Valenciennes, la criaturita
fruto de una unión venturosa... Los ojos del hombre registraron con mirada
zaina, artera, el encantador refugio, y se posaron en el chiquitín, que ni
respiraba.
-Desnúdale ya -ordenó imperiosamente a la mujer.
Ella, al pronto, no obedeció. Temblaba un poco y sentía
que se le enfriaban las manos, a pesar de la suave temperatura de la habitación.
-Miguel -articuló por fin-, miá lo que haces antes que
no haiga remedio... Miá que esto es mu gordo, Miguel.
El hombre había depositado sobre la meridiana de
brocado rameado, igual al que vestía la pared, un bulto informe. Era algo
envuelto en raído y pingajoso mantón.
-¿Ahora me sales con esas? -articuló, mascando un
terno-. ¿No vale lo tratado? Entonces se hará otra cosa mejor, que nos
aprovechará a nosotros, aunque no le sirva de ná a nuestro nene... La ocasión es
que ni encargá. Solos estamos y ahí guardan los amos sus alhajas y de fijo que
monises... ¡Caya! ¡La órdiga! ¡Abierto se lo han dejao y colgás las yaves!
Un movimiento de feroz codicia impulsaba ya a Miguel
hacia el mueblecito de boule moderno, incrustado y recargado de bronces de
artística cinceladura; ya hacía descender la tapa, descubriendo el interior,
lleno de cajoncitos, cuando la mujer le paró la acción.
-¡Eso no!... ¡Maldita sea! Si tal barbaridá cometes,
¡como soy Ginesa, que grito y llamo y nos perdemos pa toa la vía!... Malo será
lo otro, pero es en bien de nuestro nenito... Esto sería robar, y yo no nací pa
ladrona, ¿te enteras? Aunque estuviesen ay los tesoros de San Creso, seguros
estaban por mí, ¿lo oyes?
Miguel había retrocedido, lívido.
-¡Caya, loca, no escandalices, que va a venir gente!...
Y despacha, ¿entiendes?, y avívate, que son las once, y si a tus amos les da la
manía de volver temprano... ¡Me caso en...! ¡Si se recuerdan que han dejao
puestas las yaves!... ¡Me...!
-¡Quiera Dios y la Virgen la Paloma no sea hoy cuando
nos hundamos, Miguel!...
Con manos inciertas, la mujer emprendió la labor, asaz
complicada. El marido permanecía en acecho, temeroso de una sorpresa, que no
sería, por otra parte fácil evitar... Ginesa desempeñaba y desfajaba al niño de
sus amos, que gruñía y lloriqueaba, despertado súbitamente. Ya desnudito, con
todo su cuerpo de rosa encima de la nitidez de la sábana, le amamantó para
calmarle.
-¡Vivo, vivo, no tanto cuajo! -repetía, con terrible
expresión de zozobra, la voz del hombre.
Del lío abandonado sobre la meridiana salió un vagido
confuso. Dentro del cobijo de trapos había otra criatura. Ginesa, al oír aquella
especie de gemido dulce y tierno, como balar de ovejilla desamparada, recobró
valor, actividad, serenidad. Era la queja de su crío, a quien, necesitada, hubo
de dejar por un hijo ajeno. Y amante de la criatura como una leona madre, Ginesa
le daría, no leche, sangre de las venas brotando de heridas que doliesen mucho.
Y lo tenía entregado a manos indiferentes, sin
cuidados, criado a biberón sabe Dios cómo, encanijándose tal vez; y el chorro de
dulzura que surtía de sus senos era para un chiquillo rico, que podía comprarlo.
Ella no robaría un céntimo jamás; pero, vamos, que
tampoco esto era justo. Y pensaba con salvaje gozo en que, desde aquel punto y
hora, el chiquillo de sus entrañas sería quien bebiese el jugo de su vida, todo,
sin tasa, a oleadas de amor...
Emprendió la otra tarea: la de desnudar a su rorro.
Cada prenda que le quitaba, tibia del calor del corpezuelo, se la ponía al hijo
de los señores. Embriagada ya en la temeraria acción, repetía mofándose:
-Toma..., toma... Toma ropa de pobres, a ver si te
gusta...
El niño, satisfecho con la mamadura reciente,
entornando sus ojitos, se adormecía... Lo soltó Ginesa sobre el mantón astroso,
y vistió al otro con las prendas delicadas, que marcaba una coronita minúscula
de marqués. La voz del marido, ronca por un terror que iba graduándose,
insistía:
-Pero, ¿acabas u no, mardita? ¡Qué güelvan y nos piyen
en la faena!...
Terminó el trueque, Miguel se acercó y contempló a su
hijo, yacente en la elegante cuna. Se dilató su rostro de vanidad, de
malignidad, de pasión satisfecha. Y, bajándose, riendo, le colocó un gran beso,
a bulto.
-¡Adiós, marqués! -murmuró, irónico-. Pué que argunos
haya por el mundo como tú...
-Por muchos años sea -exclamó Ginesa, vehemente.
-¡Menuda vía se dará el tunantón! -añadió, a guisa de
comentario, Miguel.
Y recogiendo de la meridiana el bulto, cargó con él de
nuevo, rezongando:
-¡Tú, ala pa mi casa!... A ver si te paece mejor que
esta.
Ginesa, ya sin miedo ni escrúpulo alguno, le echó la
capa sobre los hombros y le embozó en ella, empujándole, a fin de que no se
demorase ni un segundo más... Habían salido bien del lance; no lo enredase el
diablo...
Y sería el diablo o quien fuese, pero al punto mismo en
que Miguel transponía el umbral, cara a cara se halló con el señor marqués en
persona.
-¿Qué es esto? ¿Quién va? ¡Alto!... ¡Quieto!... ¡A
desembozarse!...
Dos puños de hierro, de fuerte sportman, sujetaban,
zarandeaban al presunto ladrón...
-¡Ginesa! ¡Ama Ginesa! ¿Quién es este hombre?
Y serena, sin perder la presencia de espíritu, Ginesa
avanzó, se arrodilló, gimoteando:
-Señor marqués... Perdón... No es nadie, señor; es mi
marío... Señorito, no goverá a suceer... Quince días que no veía a mi nene, y me
lo ha traío pa que le diese un beso... Muy mal hecho fue; pero, señorito, una es
madre...
-¿No le habrá dado usted de mamar? Ya sabe que hemos
convenido...
-¡Ca! No, señor... Ya sé que eso es «otra cosa»... Pero
una miradiya...
-Estas no son horas -reprendió, severamente, el
marqués- de venir ni de traer al chico... Se solicita permiso, se viene por la
tarde...
-Así se hará, señor -respondió Miguel, que agasajaba al
niño contra su pecho cariñosamente-. No tenga cuidao. Y, con su licencia, me
llevo al pequeño, que la noche está muy fría.
-Lléveselo cuanto antes... ¡Me gusta la ocurrencia! ¡Y
ese portero! Ya me oirán... ¡Ea! Andando...
Cuando se alejó el marido del ama, apretando bajo la
capa a la criatura, el marqués se volvió hacia Ginesa:
-Dé usted gracias a Dios que he venido solo. Si me
acompaña la señora, mañana busca otra ama.
Y tendría razón de sobra. Y es lo que merecían ustedes.
¡Pues hombre!
Ginesa se echó a llorar, con un dolor que no podía ser
más verdadero. ¡Ahora que tenía allí al nene suyo! ¡Irse! ¡No verle! ¡No
criarle!
-Bueno; no se apure, no se le ponga mala leche; por
esta vez, pase; que no se repita... Diga usted... ¿Ha estado usted siempre aquí?
-Sin moverme. ¿Lo ice el señorito por las yaves, que se
quedaron puestas? Ya sabe que aunque hubiese ahí miyones...
-Ya sé, Ginesa, que es usted fiel... Sus amos antiguos
respondieron por usted...
Y el marques recogió el manojillo, reparando el olvido
que había motivado su vuelta impensada.
Bajando las escaleras aprisa, saltó en el mismo coche
que le había traído, para llegar al teatro Real, a tiempo de no perder el último
acto del Crepúsculo, la entrada de los dioses en la Walhalla. |
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La resucitada
Ardían los cuatro blandones soltando gotazas de cera.
Un murciélago, descolgándose de la bóveda, empezaba a describir torpes curvas en
el aire. Una forma negruzca, breve, se deslizó al ras de las losas y trepó con
sombría cautela por un pliegue del paño mortuorio. En el mismo instante abrió
los ojos Dorotea de Guevara, yacente en el túmulo.
Bien sabía que no estaba muerta; pero un velo de plomo,
un candado de bronce la impedían ver y hablar. Oía, eso sí, y percibía -como se
percibe entre sueños- lo que con ella hicieron al lavarla y amortajarla. Escuchó
los gemidos de su esposo, y sintió lágrimas de sus hijos en sus mejillas blancas
y yertas. Y ahora, en la soledad de la iglesia cerrada, recobraba el sentido, y
le sobrecogía mayor espanto. No era pesadilla, sino realidad. Allí el féretro,
allí los cirios..., y ella misma envuelta en el blanco sudario, al pecho el
escapulario de la Merced.
Incorporada ya, la alegría de existir se sobrepuso a
todo. Vivía ¡Qué bueno es vivir, revivir, no caer en el pozo oscuro! En vez de
ser bajada al amanecer, en hombros de criados a la cripta, volvería a su dulce
hogar, y oiría el clamoreo regocijado de los que la amaban y ahora la lloraban
sin consuelo. La idea deliciosa de la dicha que iba a llevar a la casa hizo
latir su corazón, todavía debilitado por el síncope. Sacó las piernas del ataúd,
brincó al suelo, y con la rapidez suprema de los momentos críticos combinó su
plan. Llamar, pedir auxilio a tales horas sería inútil. Y de esperar el amanecer
en la iglesia solitaria, no era capaz; en la penumbra de la nave creía que
asomaban caras fisgonas de espectros y sonaban dolientes quejumbres de ánimas en
pena... Tenía otro recurso: salir por la capilla del Cristo.
Era suya: pertenecía a su familia en patronato. Dorotea
alumbraba perpetuamente, con rica lámpara de plata, a la santa imagen de Nuestro
Señor de la Penitencia. Bajo la capilla se cobijaba la cripta, enterramiento de
los Guevara Benavides. La alta reja se columbraba a la izquierda, afiligranada,
tocada a trechos de oro rojizo, rancio. Dorotea elevó desde su alma una
deprecación fervorosa al Cristo. ¡Señor! ¡Que encontrase puestas las llaves! Y
las palpó: allí colgaban las tres, el manojo; la de la propia verja, la de la
cripta, a la cual se descendía por un caracol dentro del muro, y la tercera
llave, que abría la portezuela oculta entre las tallas del retablo y daba a
estrecha calleja, donde erguía su fachada infanzona el caserón de Guevara,
flanqueado de torreones. Por la puerta excusada entraban los Guevara a oír misa
en su capilla, sin cruzar la nave. Dorotea abrió, empujó... Estaba fuera de la
iglesia, estaba libre.
Diez pasos hasta su morada... El palacio se alzaba
silencioso, grave, como un enigma. Dorotea cogió el aldabón trémula, cual si
fuese una mendiga que pide hospitalidad en una hora de desamparo. «¿Esta casa es
mi casa, en efecto?», pensó, al secundar al aldabonazo firme... Al tercero, se
oyó ruido dentro de la vivienda muda y solemne, envuelta en su recogimiento como
en larga faldamenta de luto. Y resonó la voz de Pedralvar, el escudero, que
refunfuñaba:
-¿Quién? ¿Quién llama a estas horas, que comido le vea
yo de perros?
-Abre, Pedralvar, por tu vida... ¡Soy tu señora, soy
doña Dorotea de Guevara!... ¡Abre presto!...
-Váyase enhoramala el borracho... ¡Si salgo, a fe que
lo ensarto!...
-Soy doña Dorotea... Abre... ¿No me conoces en el
habla?
Un reniego, enronquecido por el miedo, contestó
nuevamente. En vez de abrir, Pedralvar subía la escalera otra vez. La resucitada
pegó dos aldabonazos más. La austera casa pareció reanimarse; el terror del
escudero corrió al través de ella como un escalofrío por un espinazo. Insistía
el aldabón, y en el portal se escucharon taconazos, corridas y cuchicheos.
Rechinó, al fin, el claveteado portón entreabriendo sus dos hojas, y un chillido
agudo salió de la boca sonrosada de la doncella Lucigüela, que elevaba un
candelabro de plata con vela encendida, y lo dejó caer de golpe; se había
encarado con su señora, la difunta, arrastrando la mortaja y mirándola de hito
en hito...
Pasado algún tiempo, recordaba Dorotea -ya vestida de
acuchillado terciopelo genovés, trenzada la crencha con perlas y sentada en un
sillón de almohadones, al pie del ventanal-, que también Enrique de Guevara, su
esposo, chilló al reconocerla; chilló y retrocedió. No era de gozo el chillido,
sino de espanto... De espanto, sí; la resucitada no lo podía dudar. Pues acaso
sus hijos, doña Clara, de once años; don Félix de nueve, ¿no habían llorado de
puro susto cuando vieron a su madre que retornaba de la sepultura? Y con llanto
más afligido, más congojoso que el derramado al punto en que se la llevaban...
¡Ella que creía ser recibida entre exclamaciones de intensa felicidad! Cierto
que días después se celebró una función solemnísima en acción de gracias; cierto
que se dio un fastuoso convite a los parientes y allegados; cierto, en suma, que
los Guevaras hicieron cuanto cabe hacer para demostrar satisfacción por el
singular e impensado suceso que les devolvía a la esposa y a la madre... Pero
doña Dorotea, apoyado el codo en la repisa del ventanal y la mejilla en la mano,
pensaba en otras cosas.
Desde su vuelta al palacio, disimuladamente, todos la
huían. Dijérase que el soplo frío de la huesa, el hálito glacial de la cripta,
flotaba alrededor de su cuerpo. Mientras comía, notaba que la mirada de los
servidores, la de sus hijos, se desviaba oblicuamente de sus manos pálidas, y
que cuando acercaba a sus labios secos la copa del vino, los muchachos se
estremecían. ¿Acaso no les parecía natural que comiese y bebiese la gente del
otro mundo? Y doña Dorotea venía de ese país misterioso que los niños sospechan
aunque no lo conozcan... Si las pálidas manos maternales intentaban jugar con
los bucles rubios de don Félix, el chiquillo se desviaba, descolorido él a su
vez, con el gesto del que evita un contacto que le cuaja la sangre. Y a la hora
medrosa del anochecer, cuando parecen oscilar las largas figuras de las
tapicerías, si Dorotea se cruzaba con doña Clara en el comedor del patio, la
criatura, despavorida, huía al modo con que se huye de una maldita aparición...
Por su parte, el esposo -guardando a Dorotea tanto
respeto y reverencia que ponía maravilla-, no había vuelto a rodearle el fuerte
brazo a la cintura... En vano la resucitada tocaba de arrebol sus mejillas,
mezclaba a sus trenzas cintas y aljófares y vertía sobre su corpiño pomitos de
esencias de Oriente. Al trasluz del colorete se transparentaba la amarillez
cérea; alrededor del rostro persistía la forma de la toca funeral, y entre los
perfumes sobresalía el vaho húmedo de los panteones. Hubo un momento en que la
resucitada hizo a su esposo lícita caricia; quería saber si sería rechazada. Don
Enrique se dejó abrazar pasivamente; pero en sus ojos, negros y dilatados por el
horror que a pesar suyo se asomaba a las ventanas del espíritu; en aquellos ojos
un tiempo galanes atrevidos y lujuriosos, leyó Dorotea una frase que zumbaba
dentro de su cerebro, ya invadido por rachas de demencia.
-De donde tú has vuelto no se vuelve...
Y tomó bien sus precauciones. El propósito debía
realizarse por tal manera, que nunca se supiese nada; secreto eterno. Se procuró
el manojo de llaves de la capilla y mandó fabricar otras iguales a un mozo
herrero que partía con el tercio a Flandes al día siguiente. Ya en poder de
Dorotea las llaves de su sepulcro, salió una tarde sin ser vista, cubierta con
un manto; se entró en la iglesia por la portezuela, se escondió en la capilla de
Cristo, y al retirarse el sacristán cerrando el templo, Dorotea bajó lentamente
a la cripta, alumbrándose con un cirio prendido en la lámpara; abrió la mohosa
puerta, cerró por dentro, y se tendió, apagando antes el cirio con el pie... |
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El tesoro de los Lagidas
El esclavo nubiano, portador de la lámpara de arcilla,
la colocó cuidadosamente sobre la estela de ónix, y el reflejo de la luz
proyectó en las paredes de la cámara sepulcral, decoradas con pinturas prolijas
y jeroglíficos misteriosos, las altas sombras de la reina, del gran sacerdote y
del mismo fornido esclavo.
Cleopatra, sobre la túnica de gasa violeta, llevaba una
sola joya, el collar de escarabajos de turquesas y esmeraldas, célebre por su
significación y su procedencia; perteneciente a Psamético primero, robado por
Tolomeo Lago, el fundador de la dinastía de los Lagidas, transmitido a los
sucesores de la corona, era como emblema de aquel poder de los reyes de Egipto,
que se llamaría ilimitado si no lo contrastase la teocracia. Los soberanos de la
dinastía griega, sintiéndose usurpadores, habían exagerado el culto de la
tradición, y el collar, al cual se atribuían virtudes sobrenaturales, salía a
relucir en los momentos críticos, cuando se invocaba al Dios creador y
conservador de la tierra del buitre.
Aparte del collar, otro escarabajo de cambiante
esmalte, sencillo y primoroso, ceñía con sus alas las sienes de la reina,
oprimiendo los bucles negros que se escapaban como racimos de uvas maduras. El
esclavo miraba con éxtasis. Una sonrisa silenciosa, de ventura, dilataba sus
gruesos labios y hacía brillar su dentadura juvenil. Él sabía a punto fijo que
no era cierto que Cleopatra abriese sus brazos únicamente al general romano que
había perdido la batalla de Accio. Aquella sonrisa, a la vez de adoración y de
insulto, hizo fruncir el entrecejo a Cleopatra. Extendió el dedo y señaló a una
puerta baja, maciza, oscura.
-Apoya los hombros, Elao -ordenó-. Aprieta con fuerza
hasta que la puerta gire.
El esclavo obedeció y cuando la puerta giró sobre sus
goznes de bronce, las espaldas negras eran rojas. Gotas de sangre del esclavo
teñían la superficie del metal.
-Enciende las lámparas.
Entrando en el recinto que cerraba la puerta, Elao
prendió con la lámpara que había traído las mechas de otras preparadas ya, y la
reina y el sacerdote penetraron también en la primera cámara del tesoro.
Detuviéronse en el umbral a contemplar tanta magnificencia, mientras el esclavo
iluminaba el segundo recinto. El gran sacerdote, que no conocía el tesoro sino
por la leyenda secular, alzó las manos en forma de copa y exhaló un grito de
admiración. Lo de menos eran las barras de oro apiladas en el suelo.
Desde hacía trescientos años, los reyes Lagidas
reunían, ocultándolas en las profundidades del sepulcro que los aguardaba, las
joyas más raras y de más exquisita labor. Preseas que pertenecieron a Alejandro;
objetos salvados de los saqueos de ciudades desaparecidas; collares y brazaletes
de princesas que dormían el sueño eterno; vasos sagrados de cultos que ya nadie
practicaba; estatuas de oro de dioses de olvidado nombre; perlas únicas,
ofrecidas antaño a divinidades monstruosas; cetros regios, coronas
afiligranadas, broches que cerraron mantos imperiales, se hacinaban en
hornacinas abiertas en la pared y revestidas de telas y chapas de dorada madera,
y se desbordaban en montones por las esquinas y hasta colgaban del techo, dentro
de espuertas finísimas de palma.
La luz de las lámparas, incierta y parpadeante, hacía
de pronto emerger de la sombra detalles de maravillosa ejecución, adornos
perfectos, líneas de belleza que convidaban a arrodillarse, y Cleopatra,
volviéndose al sacerdote, pronunció:
-Aquí se guarda lo mejor del mundo. Los romanos, que
han saqueado tantos reinos, nada poseen comparable a este tesoro. Todos mis
ascendientes, en su sangre griega, llevaban el amor al arte, y lejos de las
miradas profanas, que no deben posarse en la suprema hermosura, juntaron lo que
no tiene precio, lo que ardientes momentos de inspiración fijan en la materia y
pacientes trabajos perpetúan. Vencida, amenazada, casi prisionera ya, todavía la
reina de Egipto es dueña de algo que envidiaría Octavio, y que además, Octavio
necesita para pagar a sus tribuni militum, a quienes debe cantidades, y a las
legiones de Antonio, que acaban de sometérsele. ¿No crees que, por este tesoro,
Octavio me devolvería libremente mi corona?
El sacerdote reflexionaba, atusándose la barba ondulada
en canalones simétricos. Sus ojos ovales, negrísimos, expresaban la
incertidumbre y la inquietud. El poder sacerdotal había decaído mucho bajo los
Lagidas, reyes impuestos por la conquista alejandrina, y ahora, ante la
arrolladora fuerza de los romanos y el imperioso y caprichoso manto de
Cleopatra, era apenas una sombra y un recuerdo.
-¿Sabe alguien dónde ocultas tu tesoro, reina?
-preguntó, al fin, gravemente.
-Tú y yo no más.
Los ojos de forma de almendra, de oblicua mirada,
designaron al esclavo, inmóvil como una estatua de basalto negro.
-No hablará; es una tumba -murmuró Cleopatra,
envolviendo en su fulgurante ojeada al nubiano.
-Entonces, reina, Octavio aceptará tus condiciones o...
-O muerta yo, y en caso necesario, tú harás desaparecer
el tesoro de los Lagidas. Que no se apodere de él Octavio, ¿entiendes? Que no
llegue a ponerle encima la mano. Destruye, entierra, arroja a lo más hondo del
mar... Todo menos entregárselo al romano vencedor.
-Se hará así... No nos queda otra esperanza.
-Aún queda otra... Ven.
La reina pasó al segundo recinto. Era una cámara más
chica, circular, acribillada de hornacinas también, en las cuales objetos de
formas extrañas, heteróclitas, se apiñaban confusamente.
-Son amuletos, talismanes, fetiches, mandrágoras,
piedras del cielo, bezoares, uñas de la gran bestia, redomas de encantamientos y
filtros... Han sido traídos de todos los países, recogidos sobre cadáveres, en
santuarios quemados, en guaridas nocturnas de hechiceras de Tesalia; han sido
arrancados, robados, comprados a peso de oro... Puesto que los dioses del Egipto
nos abandonan, ¿no habrá ahí un Dios o un genio que nos salve? ¡Considera la
cantidad de poder sobrenatural que encierran tantas cosas prodigiosas!
El sacerdote respondió, meneando la cabeza:
-Nuestros dioses nos castigan, reina, por haber pactado
alianza con el extranjero, por la profanación de unirte a un general romano y
hacerle monarca de Egipto. Hemos merecido que nos abandonen, y nos abandonan.
Contra su cólera no pueden nada esas piedras y esos líquidos, esas raíces y esos
despojos, que reciben su poder del universal creador, de Ptah el eterno.
-Ptah el eterno no puede impedirme morir, y entre esos
amuletos hay venenos tan rápidos y sutiles, que la muerte que producen debe
llamarse dulce sueño. Las joyas más preciadas de este tesoro son los
instrumentos de mi libertad. En ningún caso figuraré en el triunfo de mis
enemigos.
El estremecimiento del esclavo hizo volverse a la
reina.
-Tú no quieres que yo muera, Elao...-articuló con
aquella sonrisa que era un abismo de gracia y coquetería, acercándose con
movimiento felino, acariciador-. Tú, que eres un poco de arcilla, no quieres que
perezca la hija de los Tolomeos... ¿Prefieres que me humillen? ¿No sabes que la
muerte es muy bella? No hay nada más hermoso que la muerte y el amor.
Tranquilízate, Elao. Busca en esa pared el resalte de una cabeza de serpiente de
metal y oprímela... Así...
Elao apretó sin recelo. Un trozo de pavimento se hundió
rápidamente, arrastrando consigo al esclavo. Remoto, sordo, mate, como el
amortiguado por el agua, se oyó el ruido de su caída. Ya ascendía otra vez el
pavimento y se encajaba en su lugar, silenciosamente.
-No hablará -dijo Cleopatra-. El secreto nos pertenece
a nosotros solos.
No hizo el sacerdote observación alguna. La vida de un
esclavo no merecía el trabajo de abrir la boca. Y dejando encendidas las
lámparas, que de suyo se apagarían, abandonaron aquel lugar, escondido en las
fundaciones de un sepulcro y construido con tal arte, que arrasarían la ciudad
entera sin dar con él.
......................
El esclavo era joven, hercúleo, y nadaba como los
peces. Por milagro consiguió no ahogarse al caer en un canal profundo,
comunicado con la bahía de Alejandría. Y fue él quien reveló a Octavio vencedor
el secreto del inestimable tesoro de los Lagidas, que Octavio derritió en el
horno brutalmente, apremiado por la urgencia de acallar con dinero a sus
legiones, abriéndose camino al Imperio de Roma. Privada de sus instrumentos de
libertad, Cleopatra tuvo que pedir un cesto de fruta, donde había una serpezuela
cuya mordedura liberta también. |
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«Dura Lex»
Cada cuatro años, hacia el fin del otoño,
vienen a la ciudad y se anuncian dando mil vueltas por sus calles
los rusos traficantes en pieles, que buscan manera de colocar su
mercancía, y, para conseguirlo, ejercitan la ingeniosidad insinuante
de los mercaderes de Oriente. Cargados con diez o doce pieles de las
malas -las ricas no las enseñan sino cuando descubren un marchante
serio-, aguardan a que desde un balcón se les haga una seña, y suben
a vender a precios módicos el visón lustrado, el rizoso astracán y
la nutria terciopelosa. Si se les ofrece una taza de café y una copa
de anisado, no la desprecian, y si se les interroga, cuentan mil
cosas de sus largos viajes, de los remotos y casi perdidos países
donde existen esas alimañas cuya bella y abrigada vestidura
constituye la base de su comercio. Son pródigos en pintorescos
detalles, y describen con realismo, tuteando a todo el mundo, pues
en su patria se habla de tú al padrecito zar.
Por ellos supe interesantes pormenores de
la existencia de los pueblos que nos surten de pieles finas, de ese
armiño exquisito que parece traído de la región de las hadas. Son
los hombres quizá más antiguos de la tierra; apegadísimos a sus
ritos y costumbres, miserables hasta lo increíble, alegres como
niños y próximos a desaparecer como las especies animales que
acosan.
-El armiño ha encarecido mucho en estos
últimos tiempos -decía Igor, el más elocuente de los tres
traficantes-, y es porque el animalito se acaba; pero tú deja pasar
un siglo, y verás que una piel de esquimal es más rara que la del
armiño, desde el mar de Baffin a las costas islandesas. ¡Es una
gente! -repetía Igor en torno enfático-. ¡No se ha visto gente tan
rara! Y siempre que estuve allí trabajando, a las órdenes del
enviado de la Compañía que compra al por mayor toda piel, creí morir
de asco de tanta suciedad. ¡Oh! ¡Los muy sucios!
Reprimimos una sonrisa, porque los rusos,
en general, no gozan fama de aseados, y para que un ruso se
horripile de la suciedad de algo o de alguien, ¿cómo será y qué
abismos de inmundicia encerrará la vida de los cazadores de pieles
del país del armiño inmaculado? ¿Y quién sabe si un holandés que
estuviese presente -ellos que lavan las fachadas- sonreiría, a su
vez, de nuestro sonreír?
-¡Es una gente! -repetía Igor, en cuya cara
pomulosa y barbuda se leía una repugnancia antigua, evocada de
nuevo-. ¡Cualquiera se asombra de lo que comen! ¡No es comer; es
como si un saco tuviese la boca abierta y en él echásemos todo,
crudo, medio cocido, medio perdido ya..., o perdido enteramente, que
yo lo he visto! ¡Delante de mí hirieron a un reno y se comieron
pedazos de su carne antes que expirase! ¡Y luego devoraron la
papilla, a medio digerir, de las hierbas que el reno tenía en el
estómago!
-Si esa gente no come lo mismo que fieras,
no resiste el clima -observé.
Igor no apreció la excusa. Hacía gestos de
desagrado, muecas de horror, y acabó por referirme un episodio que
traslado, de su lenguaje semiespañol, falto de vocabulario y
abundante en exclamaciones y onomatopeyas, al habla corriente.
-No son hombres como nosotros, no...
Aparentan mucho afecto a sus niños; nunca les riñen ni les castigan;
pero si abundan, los depositan en una cuna de hielo, al borde del
mar, y allí los dejan morir de frío... El respeto a los padres es
exagerado; delante de ellos no alzan la voz: ¡y he aquí lo que
ocurrió a mi vista; lo que no pudimos impedir, y el jefe de la
factoría me dijo que sucedía siempre y que anda escrito en los
libros de los sabios!
En la ranchería de los Inuitos, donde
adquirimos muchos lotes de pieles magníficas, conocí a un viejo,
llamado Konega, que dirigía las ventas, por ser el mejor cazador y
pescador de la tribu. Esta especie de patriarca, venerado en la
tribu como si fuese adivino o mágico, ejercía verdadero mando entre
una gente que no tiene forma de gobierno alguna. El mejor trozo de
foca era siempre para él, y no se le escatimaba el aceite de
ballena, que bebía a grandes tragos.
Un día, Konega cayó enfermo. Todos, y
especialmente sus nueras y sus hijos, se desvivían por cuidarle, con
tal celo, que empecé a estimar a los bárbaros por su ternura filial.
Aunque nada sé de Medicina, con tanto viajar he tenido que aprender
algunos remedios, y les ofrecí dos o tres drogas de que disponía.
Poco después pregunté a los de la tribu que vinieron a la factoría a
vender pieles y plumas de aves de mar, y supe que mis medicinas
habían sentado bien al paciente.
-Lo sabemos, sin que quepa duda -me
dijeron-, porque la piedra que Konega tiene debajo de su cabecera
disminuye de peso, señal de que la enfermedad mengua también.
Pasó algún tiempo sin noticias del viejo
pescador. No me decidí a visitarle en su cabaña o cueva subterránea,
construida con pieles de foca y costillares de ballena, porque, a la
verdad, aquel ambiente y aquel olor eran para tumbar de espaldas,
por recio que se tenga el estómago. Llegó, sin embargo, un momento
en que nos acercamos a la ranchería a fin de contratar a alguno de
los esquimales más robustos y diestros en la caza, que nos
acompañasen con sus trineos y sus perros en una expedición que
proyectábamos, y entonces quise informarme del estado de Konega. Sin
indicios de aflicción me respondieron que, ahora, la piedra pesaba
más, indicio evidente de que el enfermo empeoraba...
¡Y vuelta con la piedra! ¿Quién se pone a
discutir con esquimales? ¿Qué decirles a gentes que comen, a manera
de confituras, el sebo y la vaselina y, cuyas mujeres os abrazan si
les regaláis una pastilla de jabón, que saborean, quitándole el
papel de plata, lo mismo que si fuese un marron glacé?
Al desviarnos un poco de la ranchería, vi
que acababan de construir una cabaña nueva, hecha por el sistema,
usual en estos pueblos del círculo polar, de emplear como materiales
de construcción grandes bloques de hielo. Estos sillares
transparentes son sólidos y duran mucho. Y la cabaña de hielo, al
principio, es bonitísima. Un templete de cristal. Al través de hielo
pasa una luz misteriosa, una claridad dulce, de infinita calma; y si
el sol, al ponerse hiere los muros, les arranca reflejos de fuego y
pedrería y juega con luces peregrinas, como si todo el edificio
ardiese. Algunos esquimales se ocupaban en amueblar la nueva
habitación con lujo: tendían cuidadosamente en el suelo pieles de
reno, de oso y de perro polar, mulliendo una cama; colocaban sobre
un poyo de hierro una jarra de agua de nieve derretida, y una
lámpara de las que ellos usan, donde arde un puñado de musgo seco
alimentado con aceite de ballena o de foca. ¿Y qué imaginé yo? Como
acababa de dejar en una aldeíta, cerca de Moscú, a mi novia, y me
acordaba bastante de ella en aquellas soledades, creí que la cabaña
era para unos desposados, y sentí envidia, porque, aun en tierra de
mujeres tatuadas y que llevan a sus hijos dentro de las botas,
siempre es cosa buena el amor...
Aquella noche nos convidaron en la
ranchería a un banquete. Rehusamos políticamente, porque sabíamos
que se trataba de devorar cuartos de perro marino y morsa, y de
beber aceite congelado; ofrecimos dos o tres botellas de
aguardiente, y prometimos ir un momento, como el que dice, a los
postres. Aun esto requería valor. Nos brindarían algún asqueroso
regalo... Grande fue mi sorpresa al ver al anciano Konega
presidiendo el festín. Estaba tan demacrado que daba miedo, y no
comía, mientras los demás tenían la cara roja de indigestión; les
salía por los ojos la comilona. Al final le fue presentada a Konega
-supremo obsequio- una pipa rellena de tabaco, y el patriarca la
apuró con voluptuosidad lenta, tragándose el humo para no perder
nada del goce... Su cara expresaba perfecta beatitud.
Al otro día salimos a la expedición, en la
cual hicimos una matanza regular de morsas y focas, y regresamos a
los dos días, exhaustos de cansancio y habiéndosenos agotado los
víveres. Para los esquimales había hartura, porque ellos devoran la
foca fresca y podrida con igual deleite... Nosotros sentíamos
necesidad, y la cabaña de la factoría, un poco más decente que las
de ellos, nos pareció un paraíso.
Mi primera salida fue para rondar la nueva
residencia, por curiosidad de ver a los novios, a quienes suponía
comiendo el pescado crudo de la boda. Un silencio absoluto reinaba
alrededor. Dentro se oía un gemido estertoroso, y se veía un bulto
informe. Desvié el sillar de hielo que cerraba la puerta, y encontré
al viejo Konega en el trance de morir. La lámpara estaba apagada, la
cántara vacía. Me incliné para socorrerle; el moribundo abrió a
medias los ojos y, sin articular palabra, se volvió hacia la pared.
Fue como si me dijese: «Déjame irme en paz; mi hora ha llegado...»
En la factoría me enteraron luego de la
costumbre. Cuando se prolonga el padecimiento, el enfermo es
abandonado dentro de una cabaña, cuya puerta se cierra. Ni él
protesta, ni titubea la familia. El cariño es una cosa y esto es
otra...
-¿Verdad que es un pueblo extraño? -añadió
Igor, que aún parecía sentir la horripilación de la cabaña que creyó
tálamo y era ataúd.
-No es pueblo -respondí-. Es una plaza
sitiada por hambre... ¡Sobran las bocas inútiles...! |
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El peligro del
rostro
El fundador de aquel Imperio turco, que
tanto dio que hacer antaño a venecianos y españoles, hasta que
logramos contenerle definitivamente en sus fronteras europeas, por
medio de la función de Lepanto, fue uno de esos héroes que, dotados
de valor sin límites, unía a él -sucede lo mismo a casi todos los
superhombres de acción- prudencia y astucia dignas de un discípulo
de Maquiavelo, que aún había de tardar en nacer algunos siglos
cuando vivió Gazi-Osmán.
Gazi-Osmán no nació en las gradas del
trono, y todavía andaba lejos de él al ocurrir la aventura que os
refiero. Los cronistas orientales se han complacido en atribuir al
fundador del Imperio otomano fabulosos orígenes, remontando su
genealogía hasta el diluvio; pero esto sólo prueba que en todas
partes pasan las mismas cosas. No por eso se crea tampoco que Osmán
hubiese nacido en las pajas: descendía de un general de la Horda, lo
cual ya es honorífico. La sangre nómada que latía en las arterias de
Osmán, le prestó esa energía de instinto que conduce a acometer sin
recelo las más increíbles empresas. Mientras el padre de Osmán
ejercía irrisorio poder feudal sobre un pedacillo de tierra, el hijo
meditaba en el Imperio magnífico que extendería la palabra y la
doctrina del Profeta por Europa y Asia, cogiendo a los perros
cristianos entre los brazos de la tenaza del Islam; los africanos
por España y los turquestanos desde el canal del Bósforo hasta
Transilvania, para avanzar de allí hasta donde fuese preciso.
Como nadie podía saber lo que Gazi-Osmán
pensaba, y le veían en la minúscula corte de su padre, entregado a
las distracciones y al amor, al que era asaz inclinado, a fuer de
magnánimo, llamábanle Osmanlick, que quiere decir Osmancillo. Y
ocurrió de súbito que, habiéndole conferido el Soldán de Iconio, en
el Asia Menor, el tambor y el estandarte, lo cual significaba
entregarle el mando de un ejército, además del derecho a acuñar
moneda y a que su nombre se pronunciase en las oraciones de las
mezquitas, la gente, siempre desdeñosa, dio en decir que se había
vuelto loco el Soldán al atribuir a Osmancillo tan alto puesto. Fue
preciso que Osmancillo ganase algunas batallas contra griegos y
tártaros para que la afectación de desdén se volviese amarilla
envidia y propósito secreto de venganza.
Venganza, ¿de qué? Como todos los
ambiciosos de alto vuelo, Osmán no molestaba ni dañaba a persona que
no le estorbase en el logro de sus designios. Era, al contrario,
servicial y afable, y alardeaba de esa fidelidad a la palabra
empeñada que distingue a los pueblos arabíes. Después súpose que
Osmán creía necesario, al que ha de manejar hombres y razas, pasar
siempre por leal, a fin de poder valerse, en caso extremo y crítico,
de la traición como arma decisiva. Por entonces, la mano de Gazi-Osmán
había cumplido siempre lo que prometía su boca.
Acaso lo que le valió a Osmán enemigos
fuese el presentimiento de su altura... Y no falta quien insinúe que
anduvo de por medio el rostro de una mujer. Ello es que se convino
en tender a Osmán una celada, convidándole a las bodas del principal
conspirador, Kalil, con la hermosísima Nilufer, celebrada y cantada
por los poetas. Envanecida de su hermosura, Nilufer no quería cubrir
su faz con el velo que empezaba a ser ritual en las mujeres de los
buenos musulmanes; y así, las maravillas de su rostro eran conocidas
y comentadas, y se hacían apuestas sobre si vencían sus labios a las
flores de los granados, y si sus ojos rasgados y ovales brillaban
tanto o más que la luna, alumbrando aquella tan bermeja boca, donde
los dientes rebrillaban como las perlas que entretejían sus trenzas
pesadas, luengas hasta besar el tacón de sus curvas babuchas. Kalil,
el mayor enemigo de Osmán, joven, apuesto, señor de un principado y
un castillo, había logrado cautivar a la presumida Nilufer, y
pensaba reunir en un mismo día dos emociones: la posesión de la
mujer amada y la muerte del enemigo, acaso del rival, que esto no lo
aclaran las historias. Convidó, pues, a Osmán, y este prometió
asistir, y hasta dirigió a Kalil un ruego, que denotaba la confianza
más absoluta: que le permitiese transportar a su castillo el harén y
los tesoros, a fin de prevenir alguna sorpresa de los griegos
durante su ausencia. Y Kalil se avino con júbilo, felicitándose de
la imprevisión de Osmancillo, que así le entregaba, con su persona,
lo más preciado: sus odaliscas, sus riquezas.
El día señalado presentóse ante la
fortaleza de Kalil una dilatada comitiva regia. Al frente, rigiendo
su caballo, cuyos jaeces desaparecían bajo los bordados de plata,
cabalgaba Osmán, vistiendo, con su habitual sencillez, caftán de
larga manga perdida, colorado bonetillo que rodeaba blanco turbante
de haldas -la corona korosánica- y, según conviene al que llega a
casa de un amigo, ningún arma ni escolta fuerte. Era Osmán diestro
jinete, y a caballo disimulaba el defecto de su configuración, los
largos brazos que descendían hasta más abajo de la rodilla. La
majestad de su actitud y la gravedad de su semblante barbudo y
velloso infundían respeto. Kalil sintió un recelo indefinible. Iba a
asesinar al huésped, maldad que pocos de su raza osarían cometer.
Pero para retroceder era tarde. Los demás conjurados, en número de
doce, estaban ocultos en el castillo aguardando el momento...
Detrás de Osmán, en prolongada fila, venían
las jóvenes odaliscas, rigurosamente rebozadas hasta los pies.
Imposible adivinar nada de sus facciones, ni aun de sus formas:
tanto cendal las envolvía. Sólo se oía el choque metálico de
collares y ajorcas. Y como Nilufer, chanceramente, vibrando una
mirada de sus ojos de gacela al caudillo, le preguntase si no sería
lícito admirar la beldad de las huríes, Osmán respondió con
naturalidad que, mientras él viviese, nadie vería la faz de mujer
que fuese suya.
-¡Ah, felices las que pertenezcamos a Kalil!
-exclamó con coquetería la novia.
-Felices también los amigos de Kalil
-declaró Osmán, sin recargar la ironía al pronunciar la ambigua
frase.
Y cruzaron la puerta de herradura del
castillo, y detrás pasaron las mujeres veladas, y sus guardianes, y
los carros donde pesados cofres de cuero relevado encerraban los
tesoros de Osmán. Pidió éste licencia para acomodar su harén lo
primero, y se encerró con las mujeres en las habitaciones
reservadas. Cayeron, en menos de un minuto, los densos cendales y
sutiles lanas envolvedoras, y aparecieron las gallardas figuras y
los viriles rostros de los cuarenta montañeses del Aral, que seguían
a Osmán en los combates y le defendían como leales perros, formando
una guardia a prueba. Sus armas eran lo que sonaba a metal.
Recibieron una consigna, y Osmán, con la sonrisa en los labios y el
puñal corvo oculto en el pecho, bajó a reunirse con Kalil. Conocía
la conjura desde que se fraguó; la suerte, prendada de los que han
de ejecutar cosas memorables, quiso que entre los conjurados hubiese
uno que le previno...
Dio principio el festín de bodas... Osmán,
sabedor de que pronto se arrojarían sobre él, apretaba el puñal y
prestaba oídos, mientras su corazón tenía el latido involuntario de
los momentos supremos. Allá dentro, en lo más recóndito del castillo
sin almenas, de redondas cúpulas, creyó oír voces, ruido de lucha.
Eran sus montañeses que ataban y amordazaban a los conjurados.
Embebecido Kalil con tener a su lado a Nilufer, que le decía mieles,
nada notó, aunque extrañaba que no viniesen sus cómplices. La
hermosa del rostro descubierto se levantó y tendió a Osmán una copa,
no de vino, prohibido a los creyentes, sino de licor de granada, que
embriagaba como el vino. Nilufer conocía la conjura, y en el licor
había mezclado un narcótico para que Osmán no sufriese ni se
resistiese. Con su luengo brazo izquierdo, Osmán volcó la copa al
rechazarla, y con el derecho sacó el puñal, mientras gritaba:
-¡A mí!...
Los montañeses irrumpieron en la sala del
festín, pero ya Kalil estaba tendido a los pies del Longibrazo, con
la garganta abierta...
Una hora después, Osmán cubría la faz de
Nilufer -después de estampar en ella el último beso-, con velo
tupido, murmurando sin cólera, firmemente:
-No lo alzarás nunca; y ninguna mujer
tendrá descubierto el rostro donde mande Osmán...
La hermosa hubo de obedecer a su vencedor,
al que ya era su dueño. Se cuenta que lloró tanto, que le dieron el
nombre de Nilufer al río claro, caudaloso, rodeado de nenúfares, que
cruza la llanura de Brusa, de Este a Oeste. |
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Recompensa
Al pie del bosque consagrado a Apolo, allí
donde una espesura de mirtos y adelfas en flor oculta el peñasco del
cual mana un hilo transparente, se reunieron para lavar sus pies
resecos por el polvo Demodeo y Evimio, que no se conocían, y habían
venido por la mañana temprano, con ofrendas al numen.
Demodeo era arquitecto y escultor. Muchos
de los blancos palacios que se alzaban en Atenas eran obra suya, y
se esperaba de él un monumento magnífico en que revelase la altura y
el arranque vigoroso de su genio.
Evimio era un opulento negociante
establecido en Tiro, que expedía flotas enteras con cargamentos de
lana teñida, polvo de oro, plumas de avestruz y perlas, traficando
sólo en esos géneros de lujo en que es incalculable el beneficio.
Contábase que en los subterráneos de su quinta guardaba tesoros
suficientes para costear una guerra con los persas, si el
patriotismo a tanto le indujese.
A pesar de su riqueza, Evimio había querido
venir al santuario de Apolo sin séquito, como un navegante
cualquiera, subiendo a pie la riente montaña, cuyos senderos estaban
trillados por el paso de los devotos; y cual los demás peregrinos,
había dejado pendientes de una rama sus sandalias, y trepado
descalzo hasta el edículo, donde, sobre un ara de mármol amarillento
ya, se alzaba la imagen del dios del arco de plata.
Ahora, el millonario y el artista bañaban
con igual fruición sus plantas incrustadas de arenas -a cuya piel se
habían adherido hojas de mirto- en el hialino raudal y, respirando
la fragancia de los ardientes laureles, arrancada por el sol, se
comunicaban sus impresiones. Se conocían de nombre y fama, y se
miraban, buscándose en la faz la causa de la inspiración del uno y
del fabuloso caudal del otro.
Evimio, sentándose en la peña, dando tiempo
a que se enjugasen sus pies húmedos, se quejó del peso de los
negocios, mostrando fatiga; y Demodeo, inclinando la cabeza y
recostándola en la mano, se lamentó de las ansias incesantes de la
profesión artística, de la lucha con los envidiosos rivales y los
ignorantes censores, de la mezquindad de los atenienses, que sólo
construían edificios sin desarrollo para vivir mediocremente, cuando
la belleza reclama lo innecesario, lo que se hace sólo por la
belleza misma. Evimio, pensativo, aprobaba. También él había notado
la cortedad de espíritu de los atenienses, en contraste con la
asiática suntuosidad. Si se reuniesen ambas condiciones, el buen
gusto de la Hélade y la generosidad de los emperadores persas, se
podría realizar algo que fuese asombro del mundo. Y de repente, como
iluminado por la chispa de una idea, exclamó:
-Unamos nuestras fuerzas, ilustre Demodeo.
Vamos a erigirle un templo a Helios, como no se haya visto ningún
templo a ninguna deidad. Ese santuario en que acabamos de depositar
nuestras ofrendas, es indigno del Gran Arquero. Edificado cuando no
se conocían otras exigencias, en su angosto recinto apenas caben los
que a diario vienen a rendir homenaje al hermano de Latona. Yo
costearé el templo; no temas hacerlo demasiado espléndido: quiero
que sea admiración de las edades. A tu genio confío lo que nos ha de
inmortalizar.
Demodeo, transportado, abrazó al
negociante, y convinieron en que al siguiente día el arquitecto
diese principio a trazar los planos, y sin levantar mano se
emprendiese la fábrica.
Antes de un año salían del suelo las
primeras hiladas del suntuoso edificio. Rápidamente, que es gran
constructor el oro, creció la maravilla. La base de la construcción
era el mármol, ese mármol puro y nítido como el arquetipo de la
hermosura, trabajado profundamente por el pico y el cincel; un
influjo oriental, sin embargo, se revelaba en ciertos detalles
ostentosos de ornamentación, en la cámara secreta que había de
albergar la estatua de Dios, y que incrustaban y engalanaban metales
y piedras preciosas. Alrededor, el artista había desarrollado el
sacro jardín, no menos esplendoroso de lo que iba a ser el templo.
Grutas, fuentes, cascadas, estanques, a los cuales tributaba agua un
inmenso acueducto; bosquecillos, terrazas llenas de flores,
reemplazaban a la selva antigua y ofrecían a los devotos el más
deleitoso descanso. El pueblo entero de Atenas venía en caravanas a
ver adelantar la obra de Demodeo. Se reconocía su gloria; su talento
no era discutido ya por nadie. Se empezaba a hablar de erigirle una
estatua si muriese. De la munificencia de Evimio se hacían lenguas
todos.
Por las tardes, cuando el ruido armonioso
del pico se extinguía, y las cuadrillas de esclavos picapedreros se
alejaban para descansar en sus lechos duros, Demodeo y Evimio
recorrían la obra, se sentaban a ver cómo el sol, el protocreador
Helios, entre una gloria inflamada, purpúrea, descendía a reclinarse
en el seno de Anfitrite, derramando melancolía majestuosa sobre las
cosas y los lugares, y también en los corazones.
-A pesar de tanta grandeza -murmuraba el
opulento-, se diría que Apolo no es feliz; hay tristeza en su manera
de recogerse, tristeza en su misma radiación triunfal. También
nosotros frecuentemente estamos tristes, ahora que nuestro propósito
se realiza y vamos a ver terminado el templo. ¿No te parece a ti ¡oh
ilustre!, que Apolo nos estará agradecido? Ningún templo así le
erigieron hasta el día. La fama de este portento se ha extendido por
el Asia, y gente de los más remotos climas se prepara a visitarlo y
a respetar el oráculo del Dios, ahora que tiene morada digna.
-Apolo -respondió el arquitecto- nos está
agradecido seguramente, y no me sorprendería que se nos apareciese
en su olímpica, augusta forma. A veces, en este bosquecillo de
rosales, me ha parecido ver un vago nimbo de claridad, y escuchar
unos pasos celestiales, ligeros. Quizá mientras nos parece que se
duerme sobre la superficie del Ponto, está aquí, detrás de nosotros,
y escucha los votos que formulamos.
-En ese caso -dijo Evimio-, yo le pido,
como recompensa, un bien que sea el mayor, el verdadero, el soberano
bien a que el hombre puede aspirar. Semejante bien, Demodeo, no será
la riqueza, puesto que yo la poseo desde hace muchos años, y no por
eso dejo de sentir esta inquietud, esta especie de interior
desconsuelo, este vago terror a no sé qué desconocidos peligros, que
me está poniendo el cabello cano y los ojos mortecinos y como
velados por el humo de una hoguera.
-Semejante bien -asintió Demodeo- tampoco
será la gloria artística, puesto que yo estoy seguro de haberla
conquistado con la erección de un monumento que asombra a los
presentes y que durará siglos y, sin embargo, lejos de bañarme en
las ondas de oro de la alegría, tengo fiebre como si me hubiese
dormido al borde de un pantano, y mi pensamiento, semejante a mosca
negra que revolotease alrededor del cuerpo de un guerrero muerto de
sus heridas, revolotea siempre alrededor de las cosas trágicas y
amargas, embriagándose con su zumo. El Dios, cuya presencia siento,
sabrá lo que a título de recompensa nos debe, y nos dará cumplido,
colmado, ese bien que le pedimos.
-Sea como dices -respondió Demodeo,
estremeciéndose, porque al desaparecer Apolo, su blanca hermana
aparecía rasando las olas y un soplo frío había acariciado los
pétalos de las rosas y la desnudez de las estatuas.
Poco tiempo después, se dio el templo por
terminado. La imagen del Numen sólo esperaba el primer sacrificio
que le sería ofrecido, al amanecer, por los dos fundadores. Evimio y
Demodeo inmolarían, con sus propias manos, un blanco toro.
Acostáronse rendidos de fatiga en la antecámara del santuario, y no
tardaron en dormirse. La luna filtraba sus rayos al través de la
columnata del peristilo, y el simulacro de Apolo, de oro puro, se
erguía gallardo, alzando su divina frente. Demodeo -el de mayor
fantasía de los dos durmientes-, creyó ver, al través de las
paredes, que el Dios descendía de su pedestal, y regulando su
armonioso andar por los sones de la lira que llevaba en la mano, se
acercaba airoso, bello hasta la idealidad, al rincón en que dormían
los fundadores del templo. Y con ansia invencible, con el impulso de
toda su voluntad, clamó hacia la aparición:
-¡La recompensa!
El Dios inclinó la cabeza; sonrió con su
sonrisa de luz, que lo ilumina todo; dejó su lira, se desciñó el
arco y la aljaba, y con la gracia de movimientos que sólo él posee,
envió de costados dos flechas agudas, silenciosas, que pasaron el
corazón a los dos amigos.
A la mañana siguiente, la turba de
madrugadores devotos, sacerdotes y sacrificadores, los pastores de
la Hélade y los pescadores del golfo, vieron atónitos que Demodeo,
el insigne arquitecto, y Evimio, el opulentísimo negociante, estaban
muertos, bien muertos. La expresión de su cara era como la que da un
sueño feliz. |
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Dioses
Cuidadosamente elegidos en el mercado,
según es ley cuando se trata de mercancía destinada al servicio del
templo, los dos esclavos eran hermosos ejemplares de raza, y si él
parecía gallarda estatua de barro cocido, modelada por dedos
viriles, ella tenía la gracia típica y curiosa de un idolillo de
oro. Los pliegues del huépil apenas señalaban sus formas nacientes,
virginales; los aros de cobre que rodeaban su antebrazo acusaban la
finura de sus miembros infantiles. Entre él y ella no sumarían
treinta y cinco años y, recién cautivos, el trabajo no había
alterado la pureza de sus líneas ni comunicado a sus rostros esa
expresión sumisa, aborregada, que imprime el yugo.
Al encontrarse reunidos en la casa donde
los soltaron -casa bien provista de ropas, vajillas y víveres-, se
miraron con sorpresa, reconociendo que eran de una misma casta, la
de los belicosos tecos, adoradores del Colibrí. Desde el primer
instante hubo, pues, entre los esclavos confianza, y se llamaron por
sus nombres -él, Tayasal; ella, Ichel-. Sin preliminares se concertó
la unión. Tayasal se declaraba marido y dueño de Ichel, «la de los
pies veloces», y ella le serviría a la mesa y en todo. Dócilmente,
Ichel presentó a su esposo los puches de maíz, el zumo del maguey y
el agua para purificarse las manos, y a su turno comió después, con
buen apetito juvenil.
De la suerte que les esperaba apenas
hablaron, haciendo sólo breves alusiones sobreentendidas. El
quejarse hubiese sonado a cobardía. No ignoraban la costumbre del
poderoso pueblo donde tenían la desgracia de sufrir esclavitud, y ni
aun la censuraban, porque las de su patria eran asaz parecidas, y el
Colibrí, aún más sanguinario que los dioses del agua, en cuyas aras
debía ser sacrificada la joven pareja a la vuelta de un mes.
Aprovecharían a solaz, eso sí, los días que restaban; harían vida
descuidada y deleitosa, de engordadero y amadero, y llegada la
fecha, la sexta veintena, el 7 de junio, se despedirían del mundo
bailando incansables hasta que la luna, subiendo por el cielo,
señalase la hora de morir.
El día fatal ascenderían a divinidades.
Ichel se revestiría con los atavíos de la diosa del agua; Tayasal,
con los del dios. No cabía nada más honorífico para esclavos que
respetaban a las deidades, aun cuando no fuesen las que desde niños
adoraban con temblor fanático. Frecuentemente hablaban de cómo
pasarían la fiesta, mil veces oída describir. No se trataba de una
solemnidad guerrera, sino agrícola. Las aguas estarían entradas ya;
las sementeras, crecidas y con mazorcas. Los sacerdotes, a la
aurora, irían a quebrar cañas de maíz y clavarlas en las
encrucijadas; las mujeres acudirían con ofrendas. Por la mañana
también, una niña, vestida de azul, sería llevada, entre cánticos y
música, al centro del lago, en ligera canoa, y allí, con fisga de
descabezar patos, la degollarían, arrojando a las ondas rosadas por
su sangre el corpezuelo y la destroncada cabeza. En cada vivienda,
los instrumentos de labranza, en trofeo, se verían engalanados con
ramaje y adornados. En ríos y fuentes se bañaría la mocedad; en las
plazas danzarían los señores, llevando en la diestra una caña, en la
siniestra una cazuela de fríjoles y maíz cocido; la plebe, de puerta
en puerta, mendigaría el mismo plato, la abundancia que el agua
produce y asegura... Y mientras tanto, los dos esclavos, Ichel y
Tayasal, diademados de oro y perlas, encollarados de oro con
pinjantes de esmeraldas, vestidos de túnicas y mantos delicadísimos
de plumas que reverberan como esmalte, perfumados, embriagados por
continuas libaciones de zumo de maguey, danzarían entre las
aclamaciones delirantes de la multitud, sin notar que el sol caía y
que la terrible luna, sedienta de sangre y dolor humano, iba
señalando con su majestuoso curso el instante del suplicio. Hasta el
género de muerte les era notorio: víctimas civiles, de paz, no les
abrirían el pecho con la rajante hoja de obsidiana, para sacarles
chorreando y palpitando el corazón; se limitarían a reclinarlos en
un hoyo y cubrirlos de tierra -la bendecida tierra que produce el
maíz y que el agua fecunda. No pasaría más..., y habrían sido
dioses, tan dioses como los ídolos que en el escondido santuario
oían preces y recibían humo de gomas exquisitas...
Sin embargo, según iba aproximándose el día
de la apoteosis, Tayasal se entristecía; tenía momentos de profunda
preocupación. Ichel, que cantaba jubilosa, mojando las mazorcas para
las frescas tortillas de la cena, solía acercarse a él preguntarle
dulcemente:
-¿Qué tienes, esposo mío? ¿Sientes morir
por una nación que no es la nuestra? ¿Te da miedo la fosa que ya
cavan al pie del templo de Tlaloc y que nos servirá de último lecho
nupcial?
Él fruncía el ceño sin responder. Una noche
-faltaban tres para la del sacrificio-, apretando contra su pecho a
Ichel, en medio del silencio y la oscuridad, balbució a su oído:
-No quiero que mueras, ni por esta nación
ni por ninguna. ¿Entiendes, Ichel? No quiero que echen pellones de
tierra sobre tu boca olorosa. Mi alma se ha pegado a ti como la goma
al árbol, y te desea como la caña desea la lluvia. No morirás.
Escaparemos mañana mismo, antes de que la luna cruel asome su cara
blanca. Conozco el camino; soy esforzado; no nos vigilan. Nos
amanecerá en la sierra. Tus pies veloces volarán. ¿Has comprendido?
¿Por qué callas? Contesta, contesta.
Ichel tardó en hacerlo. Por fin pronunció
despacio:
-Y si nos escapamos, Tayasal, ¿qué ocasión
tendremos nunca de ser dioses?
Él se quedó mudo. No se le había ocurrido
que, en efecto, fugarse era perder la divinidad...
-Ichel -murmuró al cabo, apasionadamente-,
¿no es mejor renunciar a ser dioses un momento; ser hombre y mujer y
vivir así, así, unidos como ahora?
-No, no es mejor -declaró ella-. ¿Sabes por
qué no nos vigilan? Porque conocen que nadie renuncia de buen grado,
neciamente, a ser dios. Si nos evadimos, si ganamos la libertad y
una larga existencia, no creas tampoco que estaremos así siempre...
Yo envejeceré; tú ganarás con tu brazo otras esclavas mozas, hábiles
en tejer lana y moler grano, y entonces maldeciré mi ánima. Un mes
hemos sido esposos. Ahora seamos dioses. Sólo hay en la vida una
hora en que poder serlo; ¡esa hora es corta y no vuelve nunca!
Duérmete, Tayasal, mi colibrí. No pienses en fugas... Duerme.
Y Tayasal se durmió: la de los pies veloces
sonreía triunfante. Un orgullo delicioso agitaba su pecho de niña.
Al alba del tercer día, cánticos y gritos
despertaron a los dos amantes, que se habían olvidado en absoluto de
la muerte. Sobre la linda escultura del cuerpo de Ichel, semejante a
esbelto idolillo de oro, y frotado de aromas y copal por los
sacerdotes, cayeron las galas y preseas de la diosa del agua. Para
colgarle el bezote de cristal de roca hubo que perforar a Ichel el
labio. Estoica, no se quejó siquiera. Se sentía divina.
A su alrededor, el místico vocerío de los
fieles comenzaba. Todos ansiaban tocar sus ropas, coger una hoja de
haz de cañas que empuñaban, besar la huella de sus pies, robar uno
de sus cabellos peinados en pabellones, como los lleva la imagen de
la Dispensadora del agua, la excelsa Chalchi. La esclava creía
caminar como en sueños, y al son de pitos y clarinetes, de las
sonajas de barro y las tamboras de piel, que acompañaban al areyto
del agua vencedora, la víctima, infatigable, danzaba, brincaba,
giraba en un vértigo, moviendo los veloces pies, entornando los ojos
extáticos, hasta el momento en que un sacrificador la empujó, y
cayó, al lado de Tayasal, en la zanja profunda. Derramaron sobre los
dos cascadas de tierra, que apisonaron reciamente, y el pueblo
siguió bailando encima hasta el amanecer. |
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Idilio
Desde la aldeíta de Saint-Didier la Sauve,
el soñador y dulce Armando se vino derecho a París. Había estudiado
para cura antes de que estallara la revolución, interrumpiendo de
golpe su carrera y dejándole sin saber a qué dedicarse. El hábito de
la lectura y la timidez del carácter, sus manos blancas y la
delicadeza de sus gustos, le alejaban del ejército y de la ardiente
y furiosa lucha social de aquel período histórico, lo mismo que de
los oficios manuales y mecánicos. De buena gana sería preceptor, ayo
de unos adolescentes nobles y elegantemente vestidos de terciopelo y
encajes... Pero ahora esos adolescentes, con ropa de luto, lloraban
en el extranjero a sus familias degolladas, o ni a llorarlas se
atrevían, porque no habían podido emigrar a un país donde no fuese
peligroso derramar llanto...
Y el caso es que urgía decidirse a
emprender un camino, porque los padres de Armando, aldeanos
menesterosos, no estaban dispuestos a mantenerle a sus expensas, y
el mozo, en su afinación, no acertaba ya a coger la azada ni a guiar
el arado. Bocas inútiles no se comprenden entre los labriegos. El
que come, que se lo gane. A París con su hatillo al hombro. Una vez
allí, ya le acomodaría de escribiente, o de lo que saltase, el
ebanista Mauricio Duplay, nacido en aquel rincón y grande amigo del
alcalde de Saint-Didier. En la aldehuela se contaba que Mauricio
Dupley, no contento con labrarse una fortuna por medio de su
trabajo, actualmente era poderoso; mandaba en la capital. ¿Cómo y
por qué mandaría? No le importaba eso a Armando. Se sentía
indiferente a la política, que tanto agitaba entonces los espíritus.
Los que leen la historia conceden tal vez
exclusiva importancia a los hechos de mayor relieve; los que viven
esa misma historia, se preocupan más de lo pequeño y cotidiano, la
subsistencia, el empleo de las horas del día. Cuando Armando llegó a
París, se arrastraba de cansancio y se moría de calor. Preguntando,
se dirigió al domicilio de Duplay. Cruzó la puerta cochera, entró en
el vasto patio, cuyo fondo ocupaban los talleres de ebanistería, y
se detuvo ante el edificio que sobre el patio avanzaba. Allí residía
la familia, ocupando un piso bajo y un entresuelo. A derecha e
izquierda del pabellón abríanse dos tiendecillas, una de
restaurador, otra de joyero, y dos pacíficos viejos, uno calvo, el
otro de nevado cabello, se dedicaban a la menuda y afiligranada
labor de su oficio. En el fondo del patio se divisaban un diminuto
jardín, cuyas matas de rosales, geranios y mosquetas se metían por
las ventanas del piso bajo. Una impresión de calma y bienestar se
apoderó de Armando, embargándole. Una mujer de edad madura le abrió
la puerta, y al oír que preguntaba por el dueño de la casa, le guió
a un salón. Armando no se atrevió a entrar; puso un dedo sobre los
labios y escuchó atentamente.
La familia Duplay se encontraba reunida
allí, y alguien leía en voz alta, con admirable entonación, versos
magníficos. El joven estudiante había reconocido el texto: era el
tierno pasaje de la despedida, en la Berenice, de Racine:
Pour jamais! Ah seigneur! Songez vous,
en vous même,
combien ce mot cruel est affreux quand on aime?
con todas las enamoradas y sentidas razones
que la princesa dice al emperador Tito. Un aire dulce balanceaba las
ramas de los rosales, todavía en flor: su perfume entraba por la
ventana abierta. El hombre que leía representaba unos treinta y
cinco años, y era mediano de estatura, de bien delineadas facciones,
de frente espaciosa, guarnecida de cabellos castaños, de profundo
mirar; pulcramente vestido de chupa y casaca, con manguitos y
corbata de fina muselina orlada de encaje. Al leer, sus ojos se
fijaban en una de las muchachas encantadoras que, agrupadas formando
círculo alrededor de su padre, la esposa de Duplay, acababan de
soltar la aguja de hacer tapicería, y con las pupilas nubladas de
lágrimas escuchaban los divinos alejandrinos del poeta. Armando,
permanecía en el umbral, extasiado, sin respirar siquiera, por no
hacer el menor ruido, esperando a que el lector terminase la escena
con aquella invectiva tan propia de mujer apasionada: «¡Ingrato, si
antes de morir por tu culpa quiero buscar y dejar un vengador detrás
de mí, en tu corazón mismo he de encontrarlo!»
El llanto de las lindas niñas, al llegar a
este pasaje, corrió ya suelto por las mejillas frescas, mezclado con
la sonrisa de felicitación al que declamaba con tanta alma y tanta
maestría. Sólo entonces se resolvió Armando a avanzar, arrebatado de
entusiasmo poético: él también llevaba en los párpados la humedad de
las emociones bellas, ese efusivo enternecimiento que produce el
arte.
Sin explicación alguna se acercó al lector
y le elogió calurosamente, estrechándole la mano. Nadie mostró
extrañeza al verle. Le señalaron un sillón de caoba tallada y rojo
terciopelo de Utrecht, y al explicar que era el recomendado del
alcalde de Saint-Didier la Sauve, la mujer de Duplay le alargó la
mano.
-Mi marido no está en casa en este momento,
ni quizá vuelva hoy, pero conozco su manera de pensar. ¡Nos hallamos
tan identificados! Sé bien venido, ciudadano, estás entre amigos.
Isabel, mi hija menor, te preparará una habitación arriba, y
mientras no encuentres modo de ganar tu pan, te sentarás a nuestra
mesa. ¿No te parece, Maximiliano? -añadió la excelente señora,
volviéndose hacia el lector.
Este aprobó, inclinando la cabeza con un
gesto serio y cortés, lleno de buena voluntad. Armando sintió que el
corazón se le dilataba de alegría. Un calor simpático, la
hospitalidad, la bondad, le salían al encuentro.
-Gracias, señorita -murmuró dirigiéndose a
Isabel, que, al salir para alojarle, le sonreía de una manera afable
y picaresca. Corrigiéndose al punto, añadió:
-Gracias, ciudadana...
Los presentes rieron la rectificación. Otra
de las muchachas encendió las bujías de los candelabros; la estancia
aparecía como en fiesta, saludando al nuevo huésped.
-¡A cenar! -ordenó luego el ama de casa.
Se dirigieron al comedor. Armando,
extenuado por la caminata a pie y en diligencia, hambriento con el
hambre sana de los veintidós años, encontró deliciosa la colación,
sazonada por la franqueza y sencillez de los comensales. La inflada
tortilla, el pastel, las frutas, supiéronle a gloria. Habló poco,
pero discretamente, y el lector, sentado a la derecha de la esposa
de Duplay, sostuvo la conversación interrogándole sobre arte y
literatura.
-Pronto -dijo con benignidad- te mostraré
las pinturas de Gerard y de Prudhon. Verás cómo el pincel eclipsa a
la naturaleza...
Acostóse Armando tan contento, tan
embriagado de ventura, que ni dormir conseguía. Aquella familia
ideal, aquel interior afectuoso, cordial, artístico, en que se
rendía culto a la amistad y a la belleza; aquellas criaturas
gentiles que le acogían como hermano... Todo ello sobrepujaba a lo
que pudo haber soñado nunca.
Cuando concilió el sueño, fue un dormir el
suyo a la vez ligero y febril, en que el cerebro repasaba las
escenas de la víspera, mejorándolas aún. Se veía a sí mismo en un
valle florido de rosas, cogiendo de la mano a Isabel, guiado por
ella y por el lector hacia un templete de mármol, donde un ara
revestida de hiedra sostenía a un cupido riente, que aproximaba dos
antorchas para confundir su llama...
Un estrépito en la calle le despertó con
sobresalto. Era día claro. Saltó del lecho, abrió la ventana y se
puso de bruces en ella. Le inmovilizó el horror.
La faz de una cabeza cortada, lívida, que
llevaban en el hierro de una pica, había venido casi a tropezar con
la cara de Armando. Negra sangre destilaba el cuello; algunas moscas
revoloteaban, porfiadas, alrededor del despojo. Y el grupo,
deteniéndose bajo la ventana, rompió en vítores.
-¡Viva Robespierre! ¡Viva Maximiliano,
viva!
Armando retrocedió, casi tan pálido como la
faz de la cabeza cortada... ¡Acababa de comprender quién era el
lector de Racine, el hombre sensible... el amigo, el inteligente
comensal!...
Tambaleándose, retrocedió y se dejó caer,
medio desmayado, sobre la cama, caliente aún. A la media hora,
recobrando alguna fuerza, capaz de pensar, recogió su hatillo pobre
y salió huyendo de aquella casa maldita. Fue suerte para él; de otra
manera, le hubiesen descabezado también en Termidor. |
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Por otro
Mi profesora de francés era una viejecita
con espejuelos de aro reluciente, «falla» de encaje negro decorado
por lazos de cinta amaranto, bucles grises a lo reina Amelia y manos
secas y finas, prisioneras en mitones que ella misma calcetaba. Sus
ojos, de un azul desteñido por la edad, se encadilaban al recuerdo
de la juventud, y sus labios rosa-muerto sonreían enigmáticos, al
entreabrirse, sin soltar los secretos del ayer.
Su apellido, Ives de l'Escale, olía a buena
nobleza de provincia; sus ideas no desmentían el apellido;
legitimista acérrima, usaba, pendiente de una cadenita sutil, una
medalla conmemorativa, la efigie del Delfín preso en el Temple, y
que ella no creía muerto allí, sino evadido. De este misterio
histórico, acerca del cual le hice mil preguntas, no quería decir
nada: movía la cabeza; una compunción religiosa solemnizaba su
semblante; un ligero carmín teñía sus mejillas chupadas; pero lo
único que pude arrancar a su reserva fue un dicho propio para avivar
la curiosidad:
-¡Ah! Eso, quien lo sabía bien era aquel
que vivió por otro.
Como transacción, pues yo la acosaba, se
resignó a explicarme de qué manera se puede vivir por otro. En
cuanto al enigma del Delfín, tuve que resignarme a estudiarlo años
después, en libros y revistas, cuando ya la anciana francesa se
convertía en ceniza dentro de su olvidada sepultura.
-No le llamaremos sino Jacobo; omitamos su
apellido -me había dicho exagerando la reserva, en ella
característica-. Jacobo era el onceno de los catorce hijos de unos
señores linajudos y escasos de dinero. Su tío y padrino ejercía en
París la profesión de maestro de baile, y era hombre de porte
elegante y escogidas maneras. ¡Qué tiempos aquellos tan hermosos!
Hoy no se aprenden modales finos. Hoy las señoritas levantan el
brazo más arriba de la cabeza y no saben hacer una reverencia ni
ante Nuestro Señor sacramentado... En suma, el padrino de Jacobo
contaba, entre sus alumnos, a todos los niños del arrabal de San
Germán, al primer Delfín y a madame Royale. Jacobo era ágil,
distinguido y guapo. Su padrino le enseñó el baile y le presentó a
la nobleza y a la corte. A los trece años, Jacobo danzaba, una vez
por semana, con la hija de cien reyes. Todos sabían que el nuevo
profesor de baile era un caballero, aunque pobre, muy emparentado y
con auténticos pergaminos. Caminaba hacia una posición, cuando la
suerte ajena que había empezado a encumbrarle, le torció y le cerró
el porvenir. Su padrino murió repentinamente.
No sabiendo qué hacer de sí, y teniendo
alma de verdadero aristócrata, sentó plaza. En el ejército del Rin,
su valentía le hizo notorio. Se batía con la misma gracia con que
bailaba el minué en las Tullerías.
Después de la toma de Worms, el general
Custine le nombró su ayudante de órdenes, distinción no pequeña,
dada la severidad de aquel héroe, que no estimaba sino el valor
tranquilo y frío. Jacobo se sentía atraído hacia Custine; atraído
singularmente, como por fuerza de sortilegio. No hubiese querido
obedecer a otro caudillo. Comprendía quizá, o lo sentía sin
comprenderlo, que al destino del general estaba ligado su destino
propio.
Poco tardó Custine, el héroe sereno, en
hacerse sospechoso a la Revolución triunfante. Entonces, descollar y
ser leal era jugarse la cabeza. A pretexto de un descuido en
defender una plaza, Custine fue enjuiciado y sentenciado a morir.
Los mismos jueces, el mismo día, condenaron al ayudante a igual
pena. Cuando salían del tribunal en carreta para volver a la
prisión, antesala del patíbulo, Jacobo pensaba en su suerte,
sometida a la de otro. Ningún delito podía imputársele: iba a ser
guillotinado por ayudante de Custine solamente.
Una tristeza horrible le embargó ante el
pensamiento de su inútil y oscuro sacrificio. Era la hora del
anochecer: plomizas nubes ensombrecían el horizonte y las
exhalaciones lo alumbraban un momento con lividez aterradora. Un
gentío hirviente se agolpaba alrededor de las carretas, que
marchaban muy despacio. Había mareas, y la multitud se apelotonaba,
clamorosa.
A media distancia de la prisión, un tropel
separó a la primera carreta de la segunda, en la cual iba Jacobo
entre dos guardias municipales. La primera siguió andando; alrededor
de la segunda se arremolinó denso núcleo de hombres. Hubo tumulto,
se cruzaron injurias entre la escolta y el pueblo; dos enormes
carros cargados de heno se plantaron ante la carreta; el más cercano
volcó adrede. Jacobo comprendió.
Al ver que, de sus guardias uno se bajaba
para ayudar a poner orden, dio al que quedaba un puñetazo tremendo
en los ojos. No llevaba las manos atadas; al fin era oficial del
ejército del Rin. Y acordándose de las danzas y los minuetos, saltó
con ligero pie y se coló entre la muchedumbre alborotada, que
pugnaba y se empujaba medio a oscuras. Apenas se hubo alejado diez
pasos de la carreta, una mano desconocida cubrió sus hombros con un
capote; otra mano, de mujer, asió la suya, le arrastró, y una puerta
entreabierta le dio paso y se cerró tras él, sigilosa. La casa tenía
dos puertas: a la media hora, Jacobo se encontraba completamente a
salvo. A la mañana siguiente, un frío mortal heló su sangre, que
milagrosamente conservaba en las venas. Porque fue el caso que le
trajeron un periódico y, leyéndolo, supo que al salvarle se había
creído salvar al general, suponiendo que éste iba en la carreta
segunda. El periódico lo repetía con feroz regocijo: el complot
había sido vano, y la cabeza de Custine cortada al amanecer.
Estuvo Jacobo como atontado varios meses, y
además gravemente enfermo. La mujer, cuya mano le había guiado al
asilo, le cuidó afectuosa. Era la amada del general, y ella también
le tomaba «por otro» sin querer. Se estableció al pronto tierna
amistad; después, algo más íntimo, que les horripilaba y les
avergonzaba, como una traición a la memoria del muerto. El amor se
tragó al escrúpulo y se casaron. Parecían el matrimonio más feliz.
Sin embargo, a Jacobo no se le veía sonreír nunca. Un pliegue tenaz
arrugaba su frente; un abatimiento sin causa física doblegaba su
gallardo cuerpo. Yo -afirmó la anciana profesora, como término de la
historia extraña que me refería-, yo, a título de amiga de la mujer
de Jacobo, entré mucho en aquella casa, recibí confidencias y recogí
suspiros de almas cerradas ante todos, que conmigo solamente se
atrevían a respirar. La esposa, deshecha en lágrimas, me decía:
-¿No sabes la tema en que ha dado mi
marido? Asegura que «es otro»; que a pesar de las apariencias, él
nunca ha sido Jacobo de...
-¡Cuidado! ¡Va usted a enterarme del
apellido! -exclamé involuntariamente.
-¡Ay! ¡Eso no! -y la profesora se detuvo,
asustada de ser tan indiscreta-. ¡Eso no! Porque hablo de personas
que existieron, y cuanto he referido es verdad histórica.
Jacobo murió de pasión de ánimo; su esposa
le siguió al sepulcro, minada por una languidez profunda. Al cabo se
le había pegado la manía de su marido, y sostenía que Jacobo era el
propio Custine. En la hora anterior a su agonía, encargó que se
hiciese al héroe Custine suntuoso mausoleo... y que allí la
depositasen a ella también. Jacobo siempre fue «otro» ¡hasta ante el
amor!... |
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La madrina
Al nacer el segundón -desmirriado, casi sin
alientos- el padre le miró con rabia, pues soñaba una serie de
robustos varones, y al exclamar la madre -ilusa como todas-: «Hay
que buscarle madrina», el padre refunfuñó:
-¡Madrina! ¡Madrina! La muerte será...,
¡porque si éste pelecha!
Con la idea de que no era vividero el crío,
dejó el padre llegar el día del bautizo sin prevenir mujer que le
tuviese en la pila. En casos tales trae buena suerte invitar a la
primera que pasa. Así hicieron, cuando al anochecer de un día de
diciembre se dirigían a la iglesia parroquial. Atravesada en el
camino, que la escarcha endurecía, vieron a una dama alta, flaca,
velada, vestida de negro. La enlutada miraba fijamente, con singular
interés, al recién, dormido y arrebujado en bayetes y pieles. A la
pregunta de si quería ser madrina, la dama respondió con un ademán
de aquiescencia. Despertóse en la iglesia la criatura y rompió a
llorar; pero apenas le tomó en brazos su futura madrina, la carita
amarillenta adquirió expresión de calma, y el niño se durmió, y
dormido recibió en la chola el agua fría y en los labios la amarga
sal.
En las cocinas del castillo se murmuró
largamente, al amor de la lumbre, de aquel bautizo y aquella
madrina, que al salir de la iglesia había desaparecido cual por arte
de encantamiento. Un cuchicheo medroso corría como un soplo del otro
mundo, hacía estremecerse el huso en manos de las mozas hilanderas,
temblar la papada en las dueñas bajo la toca y fruncirse las
hirsutas cejas de los escuderos, que sentenciaban:
-No puede parar en bien caso que empieza en
brujería.
El segundón, entre tanto, se desarrollaba
trabajosamente. Enfermedades tan graves le asaltaron, que tuvo dos
veces encargado el ataúd, y siempre, al parecer iniciarse el
estertor de la agonía, verificábase una especie de resurrección: el
niño se incorporaba, se pasaba la mano por los ojos, sonreía y con
ansia infinita pedía de comer...
-Siete vidas tiene como los gatos -decía la
dueña Marimiño a Fernán el escudero-. ¡Embrujado está, y no muere
así le despeñen de la torre más alta!
Este dicho se recordó con espanto pocos
días después. Jugando el segundón con el mayor en la plataforma de
la torre, lucharon en chanza, se acercaron a la barbacana, y
colándose por una brecha, cayeron de aquella formidable altura. Del
mayor, don Félix, se recogió una masa sanguinolenta e informe. El
otro, don Beltrán, detenido por un reborde de la cornisa y unas
matas que lo mullían algún tanto, pudo sostenerse, agarrarse a la
muralla y trepar hasta la plataforma otra vez. Con asombro
supersticioso refirió el lance Fernán, ocular testigo; y en las
veladas del invierno, los servidores evocaron la temerosa figura de
la enlutada madrina. Sólo ella podía haber dispuesto los sucesos del
modo más favorable a su ahijado. Ya no ingresaría Beltrán en un
monasterio; suyos eran casa y estados; de segundón pasaba a heredero
universal.
Entonces se pensó en instruirle para las
fatigas de la guerra. Endeble como seguía siendo, hubo de
ejercitarse en las armas. Salió pendenciero, amigo de gazaperas,
retos, cuchilladas, y su débil brazo hacía saltar la espada de la
muñeca de los mejores reñidores, y en las funciones militares
libraba sin un rasguño, a pesar de alardes de valor temerario.
Mirábanle ya con aprensión los demás señores, con mezcla de
veneración y terror el vulgo. Un suceso casual dio mayor pábulo a
las hablillas.
Andaba perdidamente enamorado don Beltrán
de doña Estrella de Guevara, viuda principal cuanto hermosa,
codiciada de todos. Ella prefería a un Moncada, el duque de San
Juan, y con éste dispuso casarse. En vísperas de la boda, estando el
duque solazándose a orillas del río Jarama con su prometida y muchos
amigos, salió un toro bravo, arremetióle y le paró tan mal, que al
otro día era difunto. Llovía sobre mojado. Se alzó imponente la voz
de que danzaba brujería en los asuntos de don Beltrán, y el Santo
Oficio hubo de resolver mezclarse en lo que traía alborotada a la
villa y corte, inspirando peregrinas fábulas. Como que se llegaba
hasta la afirmación de que el toro no era toro, sino un fantástico
dragón que espiraba lumbre, y en el cuerpo del mísero duque las
señales parecían, no de cornadas, sino de garras candentes.
Honda marejada se produjo en el Santo
Tribunal antes de prender a un noble señor. Ejercía las funciones de
inquisidor general el obispo de Oviedo y Plasencia, don Diego
Sarmiento de Valladares, caballero por los cuatro costados, y los
rigores inquisitoriales no recaían sino sobre gentecilla, mercaderes
y tratantes gallegos y portugueses, oscuros alumbrados y judaizantes
renegados y bígamos. Una buena traílla de estos mezquinos acababa de
ser agarrotada, quemada viva, encarcelada perpetuamente, relajada en
estatua, azotada por las calles y embargados los bienes que no
tenían, con ocasión del famoso auto de fe a que habían querido
asistir Carlos II y las dos reinas, enviando el monarca el primer
haz de fajina que alimentase el fuego del brasero. Mas las poderosas
familias del duque de San Juan y de doña Estrella de Guevara
apretaron tanto, que al fin don Beltrán fue preso y recluido en los
calabozos, donde todavía no habían acabado de evaporarse las
lágrimas de las infelices penitencias del auto. En las tinieblas de
la mazmorra recordó confusamente palabras de su nodriza,
insinuaciones de la dueña Mari Nuño, conversaciones reticentes de
sus padres, auras de consejas y mentiras que oreaban sus cabellos
desde niño. Y con ahínco desesperado, exclamó:
-¡Señora Muerte! ¡Madrina mía! ¡Acúdeme!
Esparcióse por el encierro cárdena
claridad, y don Beltrán vio delante a una mujer extraña, medio moza
y medio vieja, por un lado engalanada; por otro, desnuda. Su cara se
parecía a la de don Beltrán, como que era él mismo, «su muerte
propia». Y don Beltrán recordó el dicho de cierto ilustre caballero
del hábito de Santiago: «La muerte no la conocéis, y sois vosotros
mismos vuestra muerte: tiene la cara de cada uno de vosotros, y
todos sois muertes de vosotros mismos».
-¿Qué se te ofrece, ahijado? -preguntó
solícita ella.
-¡Salir de esta cárcel! -suplicó don
Beltrán.
-No alcanza mi poder a eso. Te he servido
bien; me he desviado de ti veinte veces, te he quitado de delante
estorbos y te he mullido el camino con tierra de cementerio. Pero mi
acción tiene límites, y el amor y el odio son más fuertes que yo.
Habrá cárcel por muchos años: los deudos de tu rival han resuelto
que te pudras en ella.
Mesándose el cabello, don Beltrán insistió
con ardor:
-¿No hay ningún recurso, madrina? Por ahí
fuera hace sol, la gente se pasea, brillan los ojos, resuenan
músicas festivas, requiebran los galanes, se cruzan estocadas... ¡Y
yo aquí, sepultado en una fosa, expuesto a que me saquen con coraza
y sambenito! Madrina, tú eres omnipotente, temida y respetada... ¡He
sentido tantas veces tu protección terrible! ¿No acertarás a
salvarme ahora?
La madrina calló un momento, y luego
articuló entre un susurro lento y prolongado como el de los árboles
de inmensa copa:
-Sé un remedio para darte libertad. ¿No lo
adivinas? Yo saco infaliblemente a los mortales del sitio en que
penan, llevándolos conmigo.
Sintió un sutil escalofrío don Beltrán y se
tapó los ojos con las manos. Cuando las apartó se halló solo: la
madrina había desaparecido. En más de dos años no se atrevió el
ahijado a invocarla. Al contrario, a ratos la conjuraba para que no
se acercase: temía la tentación de asir aquella mano blanca, lisa,
marmórea, y agarrado a ella salir del cautiverio. No llamó a su
madrina ni en el día en que, tendiéndole sobre el caballete del
potro, le dieron por tres veces el trato de cuerda que hace crujir
los huesos, estira los tendones y lleva el dolor hasta las últimas
reconditeces de los nervios. Quedó moribundo y le trasladaron a una
celda con reja a la calle.
Y una mañana, mirando por la reja,
sucedióle que vio pasar a una mujer hermosísima, acompañada de una
dueña grave y halduda y de un galán bizarro: la propia doña Estrella
de Guevara. Sus crespos cabellos teñidos de rubio veneciano hacían
parecer más clara su tez y sus labios más bermejos; vestía de
terciopelo verde con pasamanos de oro, y en sus ojos negros como la
endrina chispeaba una alegría de vivir insolente y triunfadora.
-¡Madrina! ¡Ven, acude! -gritó con fervor
don Beltrán, incorporándose, a pesar del quebrantamiento de sus
huesos.
Y apenas hubo llamado sinceramente a su
madrina, se cerraron los párpados del caballero, se extinguió el
hálito de su pecho, cayó sobre la fementida cama, una mano glacial
cogió la suya, y don Beltrán salió de la prisión, libre y feliz.
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El pajarraco
Así como es misteriosa la vena en el juego,
lo es la vena en amor. Los seductores no reúnen infaliblemente dotes
que expliquen su buena sombra. Siempre que dice la voz pública: «Ese
tiene con las mujeres partido loco», nos preguntamos: ¿Por qué? Y a
menudo no damos con la respuesta.
Todavía, en la villa y corte, la guapeza en
lances y la destreza en sports; lo escogido de la indumentaria y lo
vistoso de la posición social; ese conjunto de circunstancias que
rodean a los llamados por excelencia «elegantes», dan la clave de
ciertos triunfos. Mas no sucede así en los pueblos, donde los
profesionales del galanteo suelen gastar corbatas de raso tramado y
puños postizos. Allí, sin embargo -lo mismo que aquí- existen
individuos que en opinión general ejercen la fascinación, y padres y
maridos los miran de reojo.
Laurencio Deza, entre los veinticinco y los
treinta y tres de su edad, fue fascinador reconocido en una ciudad
donde faltarán grandes industrias y actividades modernas, pero donde
abundan lindos ojos negros, verdes y azules, que desde las ventanas
no cesan de mirar hacia la solitaria calle, por si resuena en sus
baldosas desgastadas un paso ágil y firme, y por si una cabeza
morena se alza como preguntando: ¿Soy costal de paja, niña?
Laurencio ni era feo ni guapo. Tenía, eso
sí, gancho, una mirada peculiar, un repertorio de frases variado, y
a su alrededor flotaban, prestigiándole, las sombras melancólicas de
algunas abandonadas inconsolables y de otras desdeñadas
caprichosamente. A la que rondaba, sabía alternarle azúcares con
hieles, rabietas de despecho con satisfacciones orgullosas, y por
este procedimiento la curtía, zurraba y ablandaba a su gusto,
dejándola flexible como piel de fino guante.
Jamás discutía principios de moral.
Procedía como si no existiesen. Al oírle hablar con tal soltura y
sencillez de enormidades, dijérase que suprimía leyes, respetos
humanos y toda valla a sus antojos. Era elocuente en su charla, como
lo son tantos españoles, y no carecía de donaire para poner en solfa
a quien le placía. No ejercitaba jamás este don contra las mujeres,
sino contra los hombres que, momentáneamente, podían estorbarle. No
rehuía una cachetina, puesto que en aquella ciudad los lances
dramáticos de honor eran casos rarísimos. Los cachetes, cosa quizá
más seria, los afrontaba Laurencio con ímpetu juvenil, y también los
repartía, si se terciaba.
Al punto de esta verdadera historia, andaba
Laurencio, según murmuraban sus amigos, enredado en tres devaneos
principales, sin contar los accesorios. Aunque practicase Laurencio
esa discreción que el honor más elemental impone a los varones, en
los pueblos pequeños todo se sabe, y a falta de otros intereses y
emociones, la curiosidad vela. Sin que Laurencio se clarease, los
socios del Casino estaban en ello. Tratábase de Cecilita, la hija de
Mardura, el del almacén al por mayor de paños, lienzos y cotonías.
De Obdulia Encina, mujer del librero de la calle Vieja. Y para
broche del ramillete, de la guapetona Rosa la Gallinera, casada con
un tratante en averío, Ulpiano Paredes, que empezó por despachar
huevos y pollos y ahora lanzábase con brío a establecer negocios más
en grande.
Era lo notable del asunto que entre Mardura,
Paredes y Encinas existía íntima amistad, y se veían diariamente en
la trastienda del librero. Y la consabida vocecilla pública
susurraba que la hija de Mardura ya había sido burlada, la mujer de
Encina pertenecía quizá al pasado, y sólo Rosa no sufría aún la
fascinación. Pero la sufriría, y pronto. No podía augurarse otra
cosa de una casquivana como ella.
A la verdad, era irritante lo que sucedía
con Rosa. Aquello de presentarse hecha un brazo de mar en el teatro,
en el paseo y hasta en los bailes del Casino, a los cuales la
directiva tenía la debilidad de invitarla, poniendo la moda y hasta
luciendo a veces joyas que no podían ostentar las esposas de los
contados aristócratas de la ciudad, daba base y razón suficiente a
las críticas. Todos recordaban, o afirmaban recordar, que no es lo
mismo, a Rosa con refajo corto y pañuelo de talle, y hasta, según
algunos, «en pernetas». ¡Y ahora, con salida de «teatro» de flecos y
trajes de seda azul celeste, guarnecido de encaje «crudo»!
Lo más acerbo de la censura iba con el
marido. ¿En qué pensaba, al consentir a su mujer ese lujo
escandaloso? Lo «que sucedía» era natural...
Y llegando a preguntar lo «que sucedía», es
el caso que nadie pudiera decirlo. Lo único positivo, que la
Gallinera se presentaba de un modo inadecuado a su categoría social.
El runrún, sin embargo, iba en aumento.
A pesar de la amistad que unía a su padre y
esposo con Paredes, Cecilia Mardura y Obdulia Encina mordían a Rosa,
soltando insinuaciones en los círculos de la devoción y de la clase
media comercial, con una inquina en que se mezclaban los rencores
celosos y el despecho de la ropa anticuada y modesta que vestían
ambas, mientras la Gallinera, ayer, ayer mismo, había estrenado un
sombrero de plumas..., y no de gallina, sino de legítimo avestruz.
Tomó doble incremento el rumor con motivo
de una ausencia del marido de Rosa. Era Paredes activísimo en
negociar, y creíase que, molestada su mujer por lo humilde, y
prosaico de la esfera en que se desarrollaba su industria, deseaba
salir de ella, e impulsaba a Paredes nada menos que hacía
especulaciones en gran escala, negocios bancarios. Hablábase de
emisión de acciones, de capitales dedicados a una fabricación vasta,
de papel y serrería. Era voz unánime de la envidia, que se despereza
rugiendo cuando alguien mejora de suerte, que por mucho que
ascendiera Ulpiano el Gallinero, jamás llegaría a señor, ni perdería
su facha ordinaria y tosca, sus manazas peludas, sus orejas
coloradas y su faz ruda, en que los dientes sin limpiar, verdosos,
infundían repugnancia.
Reíanse los guasones de los esfuerzos que
hacía su mujer en las solemnidades para embutirle el corpachón en
una levita, y las garras en unos guantes que estallaban y se
descosían precipitados, y el pescuezo en un cuello alto que le
ahorcaba, hasta agolpar la sangre a su cabeza, cual si fuese a
sufrir una apoplejía. No faltaba, sin embargo, quien defendiese a
Paredes. Era mozo muy listo, ¡vaya si lo era! En pocos años habíase
abierto un porvenir, y desde la esfera social más humilde, llegaría
a la más alta. Al Gallinero le verían en coche, en casa de campo,
con muchos miles de duros en juego, porque bajo la apariencia zopa,
torpona, del tratante, se ocultaba una resolución, una energía y una
astucia de primer orden.
Y estas apologías de Paredes las hacían, en
especial, Mardura y Encina. Del primero se creía que fuese socio en
lo de la fábrica.
-Pero ¡si es un bruto Paredes! -decíanle al
librero con retintín.
-No sé por qué ha de ser un bruto... Brutos
y tontos, los que nunca pasamos de pobres.
«Es bruto cuando no ve lo de su mujer...»,
iba a contestar el murmurador de Casino; pero, advertido por un
guiño expresivo de alguien, se limitó a decir, con diplomática
reserva:
-Porque puede que ande a oscuras en lo que
más le importe...
-Nadie anda a oscuras... -murmuró Encina,
fosco y bilioso, clavando la quijada en el pecho-. La gente sufre a
veces por prudencia..., hasta que un día u otro...
Sobre esta conversación hiciéronse
infinitos comentarios. En el aire parecía flotar el drama. Algo
ruidoso se preparaba, sí. La hermosa Gallinera, sola en aquel
caserón viejo y enorme, en cuyo patio se recriaban las gallinas, y
que tenía varias salidas y entradas: unas, al campo; otras, a
callejas extraviadas y angostas, por donde no pasaba alma
viviente... «Lo que es como a Rosa se le antojase..., sabe Dios,
sabe Dios...», repetían los fantaseadores con sonrisa picaresca.
Ocurría esto en mitad del invierno, con una
temperatura rigurosa, caso no muy frecuente en aquella ciudad,
donde, si llueve a cántaros, rara vez desciende demasiado el
termómetro. Y, por obra del frío, las capas treparon a envolver los
rostros, igualando las figuras de los transeúntes. La capa, amplia y
con embozos de felpa, subida hasta los ojos, que sepulta en sombra
el ala del hongo blando, es como un disfraz protector de secretas
aventuras. A Laurencio, que poseía otros abrigos, se le desarrolló
en aquellos días desmedida afición a la capa; pero nadie hizo alto
en ello, porque todos los moradores de la ciudad salían igualmente
rebozados en los pliegues de sus pañosas.
Al par que sintió Laurencio decidida
simpatía por la capa, se dedicó más que nunca a vagar por desviados
y solitarios callejones. En sus correrías, le extrañó algo observar
que varias noches, dos o tres bultos no menos embozados parecían
coincidir en su itinerario, y que, si desaparecía a veces como por
arte de magia, desvaneciéndose tras un soportal o en una rinconada
sombría, otra cruzaban a lo lejos, sin que pudiese adivinar ni su
edad, ni su condición social, pues la española capa, recatadora de
rostros y talles, no es prenda exclusiva de gente acomodada, y el
pobre artesano en ella se cobija. No obstante la impavidez del
fascinador, los bultos habían llegado a inquietarle un poquillo, más
por instinto que razonablemente. Laurencio era, como todos los
fascinadores, un instintivo. Algo indefinible le escalofriaba.
Sin embargo, al llegar cada anochecer,
después de mil revueltas, al pie de la ventana baja de Rosa la
Gallinera, insistía en la súplica: «¿Cuándo se abriría, en vez de la
ventana, la puerta, la que caía al campo? ¿Cuándo, en vez de
palabritas insulsas, podrían entrelazar pláticas íntimas y dulces?
El tiempo corría, volaba, y cuando menos se pensase, sería
imposible, por lo que no ignoraba Rosa..., porque regresaría el
ausente... Y ella reía, coqueteaba, se resistía... Estas
resistencias, sin embargo, tienen término previsto; y una noche...
¡Oh noche, protectora de este y de tantos
delitos, ya confitados en poesía, ya descarnados como la realidad!
Te bendijo Laurencio, que empezaba a encontrar larga la espera, y,
airosamente embozado, dio la vuelta al caserón y acercóse, como
quien conoce perfectamente la topografía de los lugares, a una
portezuela que salía al agro, y lindaba con un caminejo, de tierra
generalmente fangosa, y ahora endurecida por la escarcha.
La luna, embozada ella también en
aborregados nubarrones, alzó el velo, como fascinada a su vez, y
dentro rechinó una llave y una voz de mujer, sofocada por alguna
emoción intensa, profirió:
-Pase..., pase...
Hizo Laurencio lo propio que la luna, y se
desembozó, para asir la ya ansiada presa... En el espacio de un
segundo pudo ver que estaba en el patio de la gallinería, cerca de
un alpendre o cobertizo, lleno de masas confusas de plumaje.
Guardábase allí las plumas de las aves que Ulpiano, agenciador en
todo, vendía desplumadas, sacando provecho del despojo, que le
compraban para colchones. No supo jamás decir Laurencio por qué se
fijó en aquel detalle, mientras echaba al cuello de Rosa ambos
brazos. No llegaron a ceñirlo: dos hombres los asieron y los
sujetaron, mientras otro descargaba el primer golpe en mitad del
rostro. Y a éste, que hizo fluir de las narices copia de sangre,
siguieron dos o tres más; de puños como mandarrias, en la boca, en
la sien, que le tendieron desvanecido. Rosa inmóvil, presenciaba la
escena, sin demostrar sorpresa; su actitud era de espectadora,
aunque, a la claridad lunar, parecía de pálido mármol su cara. El
esposo se restregó las manos con que acababa de infligir la feroz
corrección, y ordenó:
-A casa, ahora mismo.
Retiróse Rosa, cabizbaja, volviendo, mal de
su grado, la vista atrás, y los tres hombres, los tres vengadores
-el librero, el almacenista, el gallinero-, procedieron a desnudar
al desmayado. Cuando le hubieron dejado en cueros vivos, sólo con
las botas, la frialdad del aire lo reanimó. Miró a su alrededor,
espantado, y quiso alzarse, defenderse. Una lluvia de puntapiés y
mojicones, sobre las carnes sin ropa, sobre el torso que el frío
mordía, le aturdió de nuevo. Sus enemigos, riendo, trajeron del
alpendre una orza descacharrada, en cuyo fondo dormitaba espeso
líquido. Con una brocha enorme, pintaron a grandes brochazos el
cuerpo inerte, untándolo de miel mezclada con pez. Y hecho esto,
tomaron al fascinador, uno por los pies y dos por los sobacos, y
llevándole bajo el cobertizo, le revolcaron en la pluma, hasta que
lo emplumaron todo, de alto abajo. Y como en los movimientos de tal
operación, segunda vez pareciese revivir, le empujaron hacia la
puerta y le lanzaron a la calle en su extraño atavío, hecho una,
bola de plumaje, cerrando la puerta de la corraliza con llave y
cerrojo.
-Ahora -ordenó Paredes, natural director de
la empresa-, vamos a tomarnos un café caliente y unas copas... ¡Hace
un frío de mil diablos!
Tambaleándose, Laurencio tardó en darse a
la fuga breves momentos. Hasta pensó llamar, gritar... Al fin,
corrió, sin más propósito que el de verse a cien leguas y refugiarse
en una cama, donde se aliviasen sus magulladuras... Fluía sangre de
sus labios rotos, con dos dientes perdidos... Como sabemos, lo único
que no le habían quitado eran las botas, y volaba, loco de terror
aún, hacia las calles céntricas, hacia su posada, próxima a la
catedral. Y he aquí que oyó risas, exclamaciones; dos transeúntes se
habían fijado en su facha; un guardia le detenía severamente,
amenazándole. Un grupo se reunía; las carcajadas le abofetearon;
acudía gente de las bocacalles; se abrió un balcón iluminado.
-¡Vaya un pajarraco! -repetían-. ¡Buena
gallina para el puchero! ¡Mira: tiene alas! ¡Hu, hu, el pajarraco!
Trémulo de frío, de vergüenza y de coraje,
Laurencio imploraba:
-¡Señores...! ¡Una capa para cubrirme...!
¡Soy inocente; no me lleven a la cárcel!... ¡Que me desemplumen!
Salvado por el guardia de la rechifla y la
agresión, al otro día del ridículo incidente, Laurencio estaba en la
cama con fiebre; y en la cama permaneció un mes, dolorido, hecho un
guiñapo. Antes de levantarse, solicitaba permuta de destino, y su
primera salida la hizo furtivamente, para abandonar la ciudad
testigo de su derrota.
Lo peor de su castigo fue que el mote de
pajarraco le siguió ya a todas partes. La noticia iba con él, y el
ridículo lo llevaba en su maleta, como llevaba Byron el esplín.
Aumentaba su ignominia el que se dijese que Rosa, de acuerdo con su
marido, había preparado la emboscada y sugerido la burla. Laurencio
tenía impulsos de embarcarse para América o suicidarse. Al cabo,
halló otro refugio, otro género de muerte. ¡Pecho al agua! Se
casó... |
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La leyenda de la
torre
La expedición había sido fatigosa, a pie,
por abruptas sendas y trochas de montañas; y después de despachar el
almuerzo fiambre, sentados en las musgosas piedras del recinto
fortificado, a la sombra de la desmantelada torre feudal, los
expedicionarios experimentamos una laxitud beatífica, que se tradujo
en sueños. Los únicos menos amodorrados éramos el arqueólogo y yo;
él, porque le atraía y despabilaba la exploración minuciosa de
aquellas piedras venerables, yo, porque me encendía la imaginación y
me producían otros sueños muy diferentes del fisiólogo. En vez de
reclinarnos al fresco, a orillas de una espesura de laureles, nos
metimos como pudimos en el torreón, trepamos por sus piedras
desiguales y desquiciadas ya, hasta la altura de una encantadora
ventana con parteluz, guarnecido de poyales para sentarse, y desde
la cual se dominaban el valle y las sierras portuguesas, azul
anfiteatro, límite de la romántica perspectiva.
Conocía yo la leyenda de la torre de
Diamonde, tal cual la refieren las pastoras que lindan sus vacas en
los prados del contorno, y los viñadores que cavan y vendimian las
vides del antiguo condado; pero tuve la mala idea de preguntar al
arqueólogo si leyenda semejante está en algún punto de acuerdo con
la verosimilitud y la historia. Él meditó, se atusó la barba
grisácea, y he aquí lo que me dijo, después de arrugar el entrecejo
y pasear la vista una vez más por las derruidas paredes, cinco veces
seculares:
-Cuando nos representamos la vida de los
señores feudales de aquella época -del siglo catorce al quince,
fecha en que se construyeron estos muros-, creemos cándidamente que
entonces existían como ahora profundas diferencias entre el modo de
vivir de los poderosos y el de los humildes, entre un tendero o un
bolsista de nuestros días y un paleto o un albañil, hay una zanja
doblemente honda de la que separaba al poderoso señor de Diamonde
del último de sus siervos y colonos. Esta torre lo proclamaba a
gritos. ¿Qué comodidad, qué existencia siquiera decorosa permitía su
estrecho recinto? Y para que los situemos en la realidad (la
realidad de aquellas épocas que sólo vemos al través de la poesía),
es preciso convenir en que el género de vida que en Diamonde se
llevaba, y no pasiones vehementísimas, que no abundaban entonces ni
ahora abundan, fue el verdadero origen del drama que dio base a la
leyenda. Con afirmar esto, destruiré muchos romanticismos; pero si
pudiésemos hoy reconstruir la existencia de entonces, con documentos
y observaciones auténticas, veríase que el hombre y la mujer han
sido iguales siempre...
La esposa de Payo de Diamonde, la alegre
Mafalda, dama portuguesa de las márgenes del Miño, se consumía de
tedio entre estas cuatro paredes. Vestida de la grosera lana que
hilaban y urdían sus siervas; alimentada con pan de maíz, leche y
carne asada; reducida, por toda distracción, a escuchar los cuentos
de dos o tres viejas sabidoras que concurrían a las veladas de la
cocina señorial; con el marido casi siempre ausente, divertido en la
caza o en escaramuzas fronterizas, y cansado y rendido de fatiga al
volver, la portuguesita, amiga de jarana y fiesta, iba perdiendo los
colores de su tez trigueña y el brillo de sus ojos color de castaña
madura. En aquel tiempo, como ahora, la mujer que se aburre está
predispuesta a emprenderlo todo, con tal de espantar la mosca tenaz,
negruzca y zumbadora del fastidio.
Un domingo por la tarde, Payo Diamonde
anunció a su mujer que salía a talar ciertos campos y a quemar dos o
tres casas de portugueses, y que entre ambas ocupaciones no dejaría
de cazar lo que saltase. Hasta el sábado por la tarde, Mafalda
quedaba sola. Suspiró, recogió sus haldas y bajó del castillo a la
primera explanada de tierra, a ver alejarse la hueste de su señor.
Cuando la última lanza despareció detrás de la fraga espesa, la
castellana, resignadamente, iba a volverse al hogar, donde se
entregaría al bostezo; pero en el ángulo de la calzada pedregosa
(¿ve usted?: ahí mismo), he aquí que le sale al encuentro un hombre,
una especie de vagabundo, con un pesado fardo a las espaldas. Era
joven, alto, ágil, nervudo, y su hendida barba roja y sus labios
sensuales, rientes, daban a su rostro una expresión provocativa y
cruel. Con palabras suplicantes pidió albergue aquella noche no más
en la torre de Diamonde, y ofreció enseñar su mercancía -telas,
pieles, collares, amuletos, aguas y botes de olor-. Tranquilizada,
Mafalda batió palmas ante el anuncio. ¡Qué de tentaciones gustosas!
En esta cámara, que era la de Mafalda,
cerca de la ventana donde nos sentamos ahora, el buhonero deslió su
fardo y mostró a la dama el tesoro. Traía piezas de seda de Monforte,
pieles curtidas de marta, de Orense, casi tan hermosas y suaves como
las cebellinas, lienzos finísimos de Padrón, encajes labrados por
las pálidas encajeras que esperan a sus esposos a las puertas de las
casas, en los pueblecitos pescadores, Portonovo y Sangenjo. Traía
asimismo redomas y frascos de perfumes, jazmín y algalia,
gorguerines de ámbar y sartas de perlas; y la castellana de Diamonde,
ávidamente, lo compró todo, porque su marido había dejado buen golpe
de doblas de oro en el cofre de la cámara nupcial.
El vagabundo, durante la velada, refirió
historias interesantes. Venía de todos los castillos; de recorrer
las Asturias, el reino de León, Zamora y Portugal, y traía en su
repertorio anécdotas, escándalos, sainetes, tragedias, cuentos de
amoríos sorprendidos por él o averiguados en las cocinas de las
mansiones señoriales. Después cantó canciones, decires de
trovadores, tañendo una vihuelilla; y Mafalda, al despedirse para
acostarse, mostraba encendidos los vivos colores de su tez trigueña
y el resplandor de sus ojos castaños, como conviene a mujer moza, de
veinticinco a lo sumo, en la flor y lozanía de la edad en que se
anhela gozar y vivir. Y al día siguiente no se partió del castillo
el vagabundo, ni en toda la semana tampoco. Pasábase las horas
sentado cerca de Mafalda, narrando historietas italianas,
generalmente lascivas, y, cuando agotaba su respuesta, enseñaba a
las criadas y mezquinas de Diamonde a aderezar bebidas dulces y
manjares sazonados con especias que formaban parte de su ambulante
comercio. Otras veces dirigía el tocado de la castellana, a la cual
explicaba las modas y refinamientos que usaban las damas de la reina
en la corte de Castilla.
Él enredaba artificiosamente las perlas, a
estilo morisco, entre las trenzas de Mafalda, y él le calzaba los
brodequines puntiagudos, última novedad venida a España de la lejana
y elegante corte borgoñona. Y Mafalda, embelesada, sorprendida a
cada hora con un nuevo capricho, con una nueva distracción, no hizo
la menor resistencia cuando una noche el aventurero la atrajo hacia
sí, y cubrió de besos candentes la cara morena, y los párpados
sedosos, y la garganta tornátil. ¿Pasión? ¡No! Mafalda no sentía esa
soñadora fiebre, acaso más moderna que medieval. Lo que
experimentaba era el transporte del que sacude las telarañas grises
del fastidio, de los vapores tétricos, y entra en una zona de sol,
de alborozo y sorpresa continua de los sentidos golosos... También
en fablas y hechos de amoríos era más ducho el errante mercader que
el rudo castellano de Diamonde, y también supo revelar a Mafalda lo
que púdicamente había ignorado...
Naturalmente, al fin de la semana, Payo
Diamonde regresó, cansado y polvoriento, harto de quemar cosechas
ajenas y de matar inocentes alimañas salvajinas. Por limitadas que
fuesen sus facultades de observador, la presencia del
juglar-mercader y su intimidad con Mafalda le saltaron a los ojos.
Acaso hubo un delator que se los abrió de golpe. La torre es
demasiado chica para esconder secretos. Pero el buhonero estaba
alerta; y la historia nos enseña que, por entonces, solían ser estos
vagabundos quienes, de corte en corte, llevaban misiones extrañas,
encargos de reyes deseosos de deshacerse de otros monarcas o
príncipes, y entre sus frascos, no todos eran de perfumes...
Una mañana, el señor de Diamonde amaneció
rígido, muerto en su lecho, denegrido y cubierto de lívidas señales;
de este castillo desaparecieron, llevándose las doblas de oro del
arca, Mafalda la portuguesa y el aventurero envenenador...
Y ahí tiene usted -acabó el maldito
arqueólogo, sonriendo como un Maquiavelo burlón- la prosaica, aunque
melodramática verdad de la leyenda de la torre. Las pastoras dicen
que doña Mafalda fue arrebatada por el demonio, que había tomado la
figura de un gallardo doncel, y que el alma de la triste castellana,
perdida de amores, se asoma de noche a esta ventana misma, exhalando
ayes muy semejantes al ululante gemido del viento de la sierra...
¡Ya lo creo! Como que no es el alma la que imita al viento, sino el
mismo viento el que remeda el quejido del ánima condenada...
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La almohada
La tarde antes del combate, Bisma, el
veterano guerrero, el invencible de luengos brazos, reposa en su
tienda. Sobre el ancho Ganges, el sol inscribe rastros bermejos,
toques movibles de púrpura. Cuando se borran y la luna asoma
apaciblemente, Bisma junta las manos en forma de copa y recita la
plegaria de Kali, diosa de la guerra y de la muerte.
«¡Adoración a ti, divinidad del collar de
cráneos! ¡Diosa furibunda! ¡Libertadora! ¡La que usa lanza, escudo y
cimitarra! ¡A quien le es grata la sangre de los búfalos! ¡Diosa de
la risa violenta, de la faz de loba! ¡Adoración a ti!»
Mientras oraba, Bisma creyó escuchar una
ardiente respiración y ver unos ojos de brasa, devoradores
efectivamente, como de loba hambrienta, que se clavaban en los
suyos. Jamás Kali, la Exterminadora, se le había manifestado así; un
presentimiento indefinible nubló el corazón del héroe. Casi en el
mismo instante, la abertura de la tienda se ensanchó y penetró por
ella un hombre: Kunti, el bramán. Silencioso, permaneció de pie ante
Bisma, y al preguntarle el longibrazo qué buscaba a tal hora allí,
Kunti respondió, espaciando las palabras para que se hincasen bien
en la mente:
-Bisma, sé que al rayar el sol lucharéis
los dos bandos de la familia, hermanos contra hermanos. Quiero
amonestarte. Medita, sujeta las serpientes de tu cólera. ¿Qué
importan el poder, los goces, la vida? Son deseos, aspiraciones,
ilusiones; el bien consiste en la indiferencia. El sabio, cuando ve,
oye, toca y respira, dice para sí: «Es otro, no yo mismo, no mi
esencia, quien hace todo esto.» El insensato está aherrojado por sus
deseos. El autor del mundo no ha creado ni la actividad ni las
obras; lo que tiene principio y fin no es digno del sabio. Junta las
cejas, iguala la respiración, fija los ojos en el suelo..., y no
pienses en pelear contra tu descendencia.
-No es igual el bramán estudioso al chatria
batallador -contestó desdeñosamente Bisma-. Para el chatria, no hay
manjar tan sabroso como un combate. Para el chatria, la muerte es
muy preferible a la deshonra. El varón a quien agradan los
quehaceres propios de su casta, ese es varón perfecto. Además,
también sé yo, aunque rudo, mi poco de filosofía, y te digo, en
verdad, que la muerte no existe. El alma es invulnerable; lo que
perece es el cuerpo. El alma es eterna. Si abandona mi cuerpo,
pasará a otro nuevo y robusto. ¿Qué matamos? Un despojo, un poco de
tierra. Déjame dormir que necesito fuerzas para mañana.
Retiróse Kunti entristecido; había visto
(fúnebre presagio) alrededor de Bisma una niebla roja. Pasó la noche
meditando, hasta que al amanecer le sobrecogió el alboroto de las
caracolas, tambores y trompetas; los ejércitos iban a entrechocarse,
a abrazarse con el abrazo formidable de dos tigres en celo. Las
falanges ondulaban; cuando se confundió su oleaje, se alzó un
estrépito como el del mar en días de tormenta; más alto que aquel
eco pavoroso, el clamor de Bisma retando al enemigo hizo temblar
hasta a los elefantes portadores de torres repletas de arqueros,
cuyas flechas silbaban ya desgarrando el aire.
Bisma abría a su alrededor un círculo; ante
su maza, esgrimida por los largos brazos nervudos, el suelo se
cubría de carne palpitante; los más resueltos evitaban acercarse
allí; se había formado una plaza ambulante, que caminaba con el
guerrero, variando de lugar según él avanzaba, más ancha cada vez.
Circundando aquel emplazamiento libre, se desarrollaba la lid, y
atronaba su ruido formado por sonidos discordes: el clamoreo y
trajín de los infantes, el batir del casco de los caballos, el
choque de las ferradas porras y el rechinar de los garfios de
hierro, el hondo campaneo de los escudos, el tilinteo de las
campanillas que adornaban el petral de los elefantes, el gemido de
los moribundos, el largo silbo de las encendidas flechas y, algo más
espantable aún: el crujido de los cuerpos reventados, aplastados por
las patazas elefantinas. Pero donde Bisma jugaba su maza colosal,
relativo silencio permitía escuchar las injurias que el enemigo
dirige al enemigo en la viril embriaguez de la lucha. Los que habían
caído anonadados por un mazazo, sangrando como bueyes, aún
respiraban; los afanes inconscientes de la agonía les obligaban a
arrastrarse por el suelo, comprimiendo con la mano sus entrañas, que
se salían del roto vientre. Y Bisma, orgulloso, se apoyó en la maza
y descansó un instante, esperando enemigos de refresco. Entonces vio
que Sueta, el gallardo príncipe, avanzaba contra él, solo, desnudo,
sin más armas que su lanza.
Por un instante Bisma vaciló entre la
inacción y la acción. Aquel guerrero tan hermoso, cuyo torso moreno,
escultural, parecía de oro bruñido a los rayos del sol, era un
retoño de su propia raíz: era su nieto. Era, además, muy mozo, y
todavía las apsaras, que ofrecen la copa del amor a los mortales, no
le habían ungido los labios con el licor extraído de las flores. El
momento de incertidumbre y de compasión fue brevísimo. Bisma alzó la
maza; Sueta arrojó la lanza, a fin de combatir desde lejos y evitar
el primer ímpetu de su adversario; Pero Bisma saltó de costado, la
lanza se clavó en tierra, y el mazazo, de refilón, tocó al joven en
la sien. Bastó para derribarle, redondo, sin sufrimientos, sin
herida visible. Quedó como dulcemente dormido, y Bisma, al mirarle a
sus pies, soltó la maza; un estupor repentino, una fascinación
misteriosa, le obligó a arrodillarse al lado del cadáver de su
descendiente y alzarle en sus brazos. ¡Era un guerrero hermoso de
veras!
Cuando Bisma dejó caer el inanimado cuerpo
y se incorporó, el círculo abierto a su alrededor no existía. La
corriente desbordada de la batalla le arrastraba ya. Ni tiempo tuvo
de recoger su maza. No le quedaba más defensa que sus luengos
brazos. Le envolvía el oleaje, le arrebataba una fuerza desatada
como un elemento. Se sintió perdido, ahogado, acribillado, consumido
cual arista por el fuego. De lo alto de las torres llovían flechas.
La primera se le clavó en un muslo; después, otra en el cuello; dos
en el hombro. Con las manos quiso guarecerse; sus manos fueron
atravesadas de parte a parte por finísimas lenguas de áspid, de
hierro, y las dejó caer, exhalando un rugido de dolor. Descubierto
el rostro, en él se hincaron los dardos, y al penetrar uno en la
cavidad del ojo izquierdo, Bisma se desplomó exhalando un quejido
lúgubre. Cayeron sobre él innumerables contrarios y le destrozaron a
porfía con krises, puñales, lanzas cortas, espadas curvas, garfios,
piedras aguzadas, hachas de jade: no quedó sitio de su cuerpo que no
recibiese herida: ya ni las sentía. Allí quedó expirante el héroe,
conservando todavía algún residuo de aliento vital. Aún se
estremecía bajo la garra del dolor su carne, cuando, cerrada la
noche y extinguido el furor de la batalla, Kunti, el bramán, se
atrevió a recorrer el campo buscando al viejo guerrero, y le
encontró, y le conoció por sus brazos largos, y se arrodilló a su
lado, acercando a sus labios una calabaza llena de agua fresca.
-Voy a morir -articuló Bisma-. Tenías
razón, hombre puro y sabio: la guerra es una cosa horrible...; pero
el chatria respira con deleite el olor de la sangre. ¡Cuánta a mi
alrededor! ¡Cuánta! Arroyos, torrentes, mares... Me ahoga. Dame
almohada en que recostar la cabeza para morir.
Kunti trató de acomodar en su regazo, sobre
sus rodillas, la desfigurada cabeza, monstruosa. Como viese que
Bisma no descansaba así, a una señal expresiva del veterano, recogió
del suelo varias agudas flechas, las colocó en haz, y sobre ellas
acomodó cuidadosamente la testa, donde la muerte empezaba ya a
tender velo sombrío. Bisma sonrió contento, y murmurando: «Adoración
a ti, Kali, de la faz de loba», dejó que se desciñese el estrecho
abrazo de su cuerpo y su alma. |
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Hijo del alma
Los médicos son también confesores.
Historias de llanto y vergüenza, casos de conciencia y
monstruosidades psicológicas, surgen entre las angustias y
ansiedades físicas de las consultas. Los médicos saben por qué, a
pesar de todos los recursos de la ciencia, a veces no se cura un
padecimiento curable, y cómo un enfermo jamás es igual a otro
enfermo, como ningún espíritu es igual a otro. En los
interrogatorios desentrañan los antecedentes de familia, y en el
descendiente degenerado o moribundo, las culpas del ascendiente,
porque la Ciencia, de acuerdo con la Escritura, afirma que la
iniquidad de los padres será visitada en los hijos hasta la tercera
y cuarta generaciones.
Habituado estaba el doctor Tarfe a recoger
estas confidencias, y hasta las provocaba, pues creía encontrar en
ellas indicaciones convenientísimas al mejor ejercicio de su
profesión. El conocimiento de la psiquis le auxiliaba para remediar
lo corporal; o, por ventura, ese era el pretexto que se daba a sí
mismo al satisfacer una curiosidad romántica. Allá en sus mocedades,
Tarfe se había creído escritor, y ensayado con desgarbo el cuento,
la novela y el artículo. Triple fracasado, restituido a su verdadera
vocación, quedaba en él mucho de literatería, y afición a decir
misteriosamente a los autores un poco menos desafortunados que él:
«¡Yo sí que le puedo ofrecer a usted un bonito asunto nuevo! ¡Si
usted supiese que cosas he oído, sentado en mi sillón, ante mi mesa
de despacho!»
Días hay en que todo cuentista, el más
facundo y más fácil, agradecería que le sugiriesen ese asunto nuevo
y bonito. Las nueve décimas partes de las veces, o el asunto no vale
un pitoche y pertenece a lo que el arte desdeña, o cae en nuestra
fantasía sin abrir en ella surco. Tarfe me refirió, al salir de la
Filarmónica y emprender un paseo a pie en dirección al Hipódromo,
hacia la vivienda del doctor, cien bocetos de novela, quizá
sugestivos, aunque no me lo pareciesen a mí. Una tarde muy larga,
muy neblirrosada, de fin de primavera, me anunció algo «rarísimo».
La expresión de cortés incredulidad de mi cara debió de picarle,
porque exclamó, después de respirar gozosamente el aire embalsamado
por la florescencia de las acacias:
-Estoy por no contárselo a usted.
Insistí, ya algo intrigado, y Tarfe, que
rabiaba por colocar su historia, deteniéndose de trecho en trecho
(costumbre de los que hablan apasionadamente), me enteró del caso.
-Se trata -dijo- de un chico de unos trece
años, que su madre me llevó a consulta especial detenidísima. Desde
el primer momento, la madre y el hijo fijaron mi atención. El estado
del muchacho era singular: su cuerpo, normalmente constituido y
desarrollado; su cabeza, más bien hermosa, no presentaba señales de
enfermedad alguna; no pude diagnosticar parálisis, atrofia ni
degeneración, y, sin embargo, faltaba en el conjunto de su sistema
nervioso fuerza y vida. Próximo a la crisis de la pubertad,
comprendí que al no adquirir su organismo el vigor y tono de que
carecía, era imposible que la soportase. Sus ojos semejaban vidrios;
su tez fina, de chiquillo, se ranciaba ya con tonos de cera; sus
labios no ofrecían rosas, sino violetas pálidas, y sus manos y su
piel estaban frías con exceso; al tocarle me pareció tocar un
mármol. La madre, que debe de haber sido una belleza, y viste de
luto, tiene ahora eso que se llama «cara de Dolorosa», pero de
Dolorosa espantada, más aún que triste, porque es el espanto, el
terror profundo, vago y sin límites, lo que expresan su semblante
tan perfecto y sus ojos desquiciados, de ojera mortificada por la
alucinación y el insomnio.
Siendo evidente que hijo y madre se
encontraban bajo el influjo de algo ultrafisiológico, no se me pudo
ocurrir ceñirme a un cuestionario relativo a funciones físicas.
Debidamente reconocido, el muchacho pasó a otra habitación; le dejé
ante la mesita, con provisión de libros y periódicos ilustrados; me
encerré con la madre, y figúrese el gesto que yo pondría cuando
aquella señora, de buenas a primeras, me soltó lo siguiente:
-Si ha de entender usted el mal que padece
esa infeliz criatura, conviene que sepa que es hijo de un cadáver.
Inmutado al pronto, tranquilizado después,
dirigí la mirada al ropaje de la señora, sonreí y murmuré:
-Ya veo... El niño es huerfanito...
-No señor; no es eso; llevo luto por una
hermana. Lo que hay, señor doctor, e importa que usted se fije en
ello, es que cuando mi Roberto fue engendrado, su padre había muerto
ya.
La buena crianza me impidió soltar la risa
o alguna palabra impertinente; después, un interés humano se alzó en
mí; conozco bien las modulaciones de la voz con que se miente, y
aquella mujer, de fijo, se engañaba; pero, de fijo también, no
mentía.
-No me cree usted, doctor... Lo conozco...
Yo tampoco «creería» si me lo vienen a contar antes del suceso... He
«creído», porque no me quedó más remedio que «creer»...
-Señora, perdóneme... -murmure cada vez más
extrañado-. No me exija usted una credulidad aparente. Sírvase
informarme del origen de su aprensión; necesito comprender de dónde
procede el estado de ánimo de usted, que se relaciona, sin género de
duda, con el estado anormal y la debilidad de su hijo.
-Oigame usted sin prevenciones; trataré de
que usted comprenda... Lo que usted llama mi aprensión, en hechos se
funda -y la señora suspiró hondamente-. Mi marido era negociante en
frutas y productos agrícolas; se había dedicado a este tráfico por
necesidad; la oposición de mis padres a nuestra boda nos obligó a
buscarnos la subsistencia; yo salí de mi casa con lo puesto, y
Roberto, pobrecillo, ¡el talento que tenía!, ¡hacía versos
preciosos, preciosos!, no encontró otra manera de evitar que nos
muriésemos de hambre... Compraba en los pueblos de la huerta las
cosechas y revendía para el extranjero. Había alquilado una casita,
con jardín, al borde del mar, y allí nos reuníamos siempre que
podía; porque, muy a menudo, las exigencias del negocio le tenían
ausente semanas enteras, y hasta temporadas de quince o veinte días,
especialmente a fines de otoño, que es cuando se activa el tráfico.
Eso sí; ya iba ganando mucho, y nos halagaba la esperanza de llegar
a ricos; para ser completamente dichosos nos faltaba sólo un hijo;
eran pasados más de dos años, y el hijo no venía; pero Roberto me
consolaba: «Lo tendrás, lo tendrás... Primero me faltaría a mí la
vida y la sangre de las venas...» Así decía... ¡Cómo me acuerdo de
sus palabras!...
La noche memorable -de esas largas, del
principio del invierno- le esperaba yo, porque me había anunciado su
venida, después de una ausencia de casi un mes. Acababa de realizar
una compraventa importante, y escribía muy alegre, porque traería
consigo una bonita cantidad de oro, destinada a otras compras
ajustadas ya. Yo ansiaba verle: nunca fue tan larga nuestra
separación; una inquietud, una desazón inexplicable me agitaban; no
sé las vueltas que di por el jardín, el patio y la casa, a la luz de
la luna. Al fin, me rindió el cansancio y me acosté; era por filo
medianoche, y la luna iba declinando. En su carta, mi Roberto
advertía que si no le era posible llegar antes vendría seguramente
de madrugada, y que no nos tomásemos el trabajo de estar en vela ni
yo ni los dos criados que teníamos.
Empezaba a conciliar el sueño, cuando me
despertaron las caricias de mi esposo...
-¿Cómo había entrado? -pregunté vivamente,
pues empezaba a adivinar.
-Tenía llave de la verja del jardín y de la
puerta: nunca necesitaba llamar -declaró la señora-. A la mañana
siguiente, después de un sueño de plomo, abrí los ojos, y noté con
extrañeza que no se encontraba a mi lado Roberto. Me levanté aprisa,
deseosa de servirle el desayuno: le llamé; llamé a los criados:
nadie le había visto; ni estaba en la casa ni en el jardín. En las
dos puertas, ambas abiertas, hallábanse puestas las llaves.
Entonces, mi desazón de la víspera se convirtió en una especie de
vértigo: el corazón se me salía del pecho; despaché a los sirvientes
en busca de su amo, y cuando se disponían a obedecerme, he aquí que
se me llena la casa de gente de las cercanías, que traía la noticia
fatal. A poca distancia... en la cuneta del camino... con varias
puñaladas en el vientre y pecho...
Aquí la señora sufrió la aflicción natural;
la acudí con éter, que tengo siempre a mano, y cuando se sosegó un
poco, no fue ella quien siguió relatando; fui yo quien inquirí, con
jadeante curiosidad:
-¿Le matarían por robarle?
-No tal. ¡El cinto con el oro... apareció
sobre una silla, en mi cuarto!
-Calma, señora -murmuré-; no nos
atropellemos. ¿No pudo el asesino quitarle las llaves y
aprovecharlas para entrar furtivamente en la casa y en el
dormitorio?... ¿Usted le vio la cara a su marido?
La señora saltó literalmente, en la silla;
creí que iba a abofetearme.
-Esa atrocidad no me la repita usted,
doctor, si no quiere que me mate y que mate antes al niño... -y los
ojos desquiciados me lanzaron una chispa de furiosa locura-. Pues
qué, ¿confundiría yo con nadie a mi Roberto? Su voz, sus brazos, ¿se
parecían a los de nadie? ¡No lo dude usted! Era él mismo... era su
alma... y por eso mi hijo no tiene cuerpo..., es decir, no tiene
vigor físico, carece de fuerzas... Es hijo «de un alma»... Eso es, y
nada más... Si no lo entiende usted así, doctor, bien poco alcanza
su ciencia... Pero ya que no van ustedes más allá de la materia, voy
a darle a usted una prueba, una prueba indudable, evidente, para
confundir al más escéptico... Mire este retrato, de cuando mi esposo
era niño...
Sacó del pecho un medallón que encerraba
una fotografía; lo besó con transporte, y me lo entregó. Confieso
que di un respingo de sorpresa: veía exactamente el mismo semblante
del niño que, a dos pasos de nosotros, detrás de la cerrada puerta,
se entretenía en hojear ilustraciones...
-¡Eso ya es difícil de explicar! -exclamé
interrumpiendo al médico.
-No, no es difícil... Se han dado casos de
que hijos de segundas nupcias de la madre saquen la cara del primer
marido. Hay una misteriosa huella del primer hombre que la mujer
conoció, persistente en las entrañas... Pero yo tuve la caridad de
aparentar una fe que científicamente no podía sentir... No quise
volver loca del todo a la infeliz madre, víctima de tan odiosa burla
o venganza, o vaya usted a saber qué. El asesino de Roberto, el
ladrón de su dinero, fue el mismo que completó la obra horrible con
el último escarnio... Y en el aturdimiento de la fuga, se olvidó el
cinto de oro; lo dejó allí. ¿Era sólo un bandido? ¿Era un enemigo
que llevó el odio y la afrenta hasta más allá de la tumba? ¿Era un
enamorado de la hermosura de la mujer? Esto no creo fácil
averiguarlo ya... Pero el caso es bonito, ¿eh? Y en él -como casi
siempre- la «verdad» sería lo funesto. Miento dulcemente a la madre,
y trato de salvar al hijo de la muerte. |
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Arena
No le había visto en un año, y me lo
encontré de manos a boca al salir del café donde almuerzo cuando
vengo a Madrid por pocos días desde mi habitual residencia de El
Pardo.
Apenas fijé en él los ojos, comprendí que
algo grave le pasaba. Su mirar tenía un brillo exaltado, y una
especie de ansia febril animaba su semblante, de ordinario grave y
tranquilo.
-Tú estás enamorado, Braulio -le dije.
-Y tanto, que voy a casarme -respondió, con
ese género de violencia que desplegamos al anunciar a los demás
resoluciones que acaso no nos satisfacen a nosotros mismos.
Minutos después, sentados ambos ante la
mesita, y empezando a despachar las apetitosas doradas criadillas,
regadas con el zumo fresco y agrio del limón, entró en detalles: una
muchacha encantadora, de la mejor familia, de un carácter
delicioso...
-¿Sin defectos?
-¡Bah!... Un poco inconsistente en las
impresiones... No toma en serio nada...
-¿Arenisca? -pregunté.
-Es la definición exacta: arenisca
-contestó él súbitamente, plegado de preocupación el negro ceño-. Le
dices hoy una cosa, parece hacerle impresión, y al otro día
comprendes que todo se ha borrado... ¡Por más que quiero fijarla, no
lo consigo! En fin, eso, ¿qué importa?
-Sí importa, Braulio...
Y viéndole silencioso, agregué:
-¿Me permites evocar un recuerdo de viaje?
Este verano estuve en el monte de San Miguel... ¿Sabes tú cómo hay
que hacer para llegar? Por tres caminos se puede emprender la
expedición: Avranches, Pontaubault o Genêt. En cualquiera de ellos
hace falta, ante todo, provistarse de un guía. Los coches de línea
llevan delante un explorador o batidor, que, con larga pértiga,
reconoce los arenales antes que el carruaje se aventure; porque no
son raros los casos de haberse hundido la diligencia, con todos sus
viajeros, como sorbida por invisible boca, y haber sido dificilísimo
el salvamento, cuando no imposible... ¡Pide a Dios -añadí, haciendo
una digresión intencionada- que tus pies se apoyen en dura roca, o
pisen el ardiente polvo del desierto africano, o la lava volcánica
del Vesubio, o aquel suelo sembrado de guijarros tan cortantes y
agudos, que nuestros soldados, desgarrándose los pies, le llamaron
sierra de las Navajas! ¡Todo, todo, excepto la arena! La arena es
horrible...
Y notando que Braulio apenas podía tragar
las colitas de los langostinos y se ayudaba con frecuentes
libaciones, él tan sobrio, continué:
-A primera vista, la arena movediza es
sencillamente una extensión gris, en la cual creeríamos poder
aventurarnos sin recelo. Hay arenas, sin embargo, más pérfidas que
otras. Algunas parecen líquidas: absorben inmediatamente lo que se
les arroja. Siguiendo las indicaciones de mi guía, hice el
experimento. Nos llevamos un carnero vivo y lo lanzamos a vuelo a la
arena, como lo hubiéramos lanzado al mar. Y en realidad fue lo
mismo. Le vimos desaparecer: ni aun la cabeza surgía. En pocos
segundos no quedó señal alguna del pobre animal: ni siquiera
depresión en la árida superficie.
Al preguntar yo si era frecuente que
ocurriesen desgracias en los arenales que rodean al monte, me
contestaron que ahora pocas veces, desde la construcción del dique
extendido entre la tierra firme y la Abadía. No obstante, siempre
existen insensatos que se juegan la vida, sea por curiosidad, sea
porque hay en el peligro atractivo misterioso, que nos fascina y nos
hace olvidar la más elemental prudencia...
Me interrumpió Braulio, dejando de chupar
la cabeza roja de un langostino.
-Te entiendo -murmuró-. La alusión es
transparente... En las arenas movedizas del alma de una mujer,
algunos nos atrevemos a arriesgarnos cuando estamos realmente
enamorados; pero en esas otras arenas que me estás describiendo, me
figuro que pocos se aventurarán.
-Te engañas... Lo que voy a referirte
ocurrió encontrándome yo allí. Y el que se arriesgó a desafiar las
arenas fue un viajero que conocía perfectamente los peligros de la
aventura. Y la que le incitó, una mujer...
Siguiendo la estela de cierta viajera muy
guapa, ya viuda, que le traía al retortero, un muchacho
sudamericano, aficionado al deporte, algo jactancioso, a quien yo
conocía de París, se encontraba en la hospedería. Suele decirse que
los valientes no son nunca fanfarrones; pero esta sentencia, como
todas las que la psicología se refieren, no es infalible. Aquel
muchacho, Sotero Hernández, fanfarroneaba, sin carecer de un valor
temerario. Bien lo probó la aventura.
Cuando nos reuníamos a la hora del té o de
sobremesa -yo formaba parte del corro, o, mejor dicho, corte, de la
viuda- se hablaba de las arenas, de sus peligros, de lo que pudiera
acontecer, caso de atravesarlas sin guía. Sotero había tomado el
estribillo de reírse de tales historias.
-Son -repetía- cuentos y leyendas que
fraguan aquí para prestar cierto atractivo dramático a la estancia
en el monte. Este elemento se cultiva cuidadosamente también en
Suiza: forma parte del reclamo. ¡Bah! A mí no me asustan.
Llegó un momento en que la viajera,
fijándole con sus grandes ojos negros tropicales, dijo, entre
desdeñosa y riente:
-Sí, sí... Una cosa es hablá, otra hasé...
¡Yo creo que las tales arenitas le dan a todo el mundo su miga de
respeto!...
Hernández se encontraba en ese período en
que un hombre, exaltado por la vehemencia pasional, quisiera
realizar cosas tales, que asombrasen al mundo y demostrasen el
temple extraordinario de su espíritu. Acaso también hubo un momento
en que no fue dueño de su lengua, y anunció más de lo que a sangre
fría debiese anunciar. Lo cierto es que, embriagado con sus propias
palabras, y viendo lucir una chispa de interés en aquellas pupilas
de infierno dulce, juró que cruzaría las arenas por la parte afuera
del dique y por ellas regresaría a la Abadía sano y salvo.
A pesar nuestro, nos habían persuadido un
poco sus graciosas «rodomontades», y no sé por qué imaginamos el
peligro menor. Tampoco creímos quizá que aquel mala cabeza realizase
su plan con tan fulminante rapidez.
No medió entre el alarde y el hecho más de
media hora. Salió Sotero muy ceñido de cinturón y polainas, llevando
por todo bagaje unos gemelos de turista, y ni más ni menos que si se
tratase de cruzar los Alpes, un largo palo de herrada punta.
Con aquel palo empezó a reconocer el
arenal, donde se enfrascó desde luego. Hay en las arenas movedizas
zonas sólidas, y en conocerlas y seguirlas sin desviarse a derecha
ni a izquierda están la dificultad y el triunfo. Tentando
hábilmente, siguió Hernández una de estas vetas, demostrando gran
sangre fría y seguridad de movimientos. Sabía que desde la terraza
que domina las dunas le observábamos, y de cuando en cuando se
paraba, sacaba sus gemelos, los dirigía hacia nosotros, que le
asestábamos los nuestros, y nos hacía con la diestra, antes de
proseguir, gentil saludo...
Al verle caminar con paso elástico,
avanzando hacia el extremo de los arenales, más allá del cual el
piso se consolida y la roca aflora la tierra, todos los del corro
empezamos a tomar la hazaña a broma, y, por supuesto, «ella» se
reía. Sólo yo, presa de angustia inmensa, que me había acometido de
repente, notaba un sudor frío humedeciéndome la raíz del cabello.
No podían ser puras invenciones los relatos
de hombres sorbidos por la arena, de coches hundidos con sus
caballos, de rebaños de doscientas cabezas desaparecidos. Y era lo
más aterrador recordar que, según se afirmaba, nadie conoce la
profundidad de las arenas. Una bala de cañón lanzada al abismo
arrastra toda la cantidad de soga que se le quiera poner, hasta el
suelo de la bahía: es tragón, como las fauces de la eternidad. Los
buques que en ella se pierden no quedan en el fondo visible; la
arena los chupa en un santiamén. No hay sondas que alcancen a
explorar ese terrible suelo.
De repente, las risas se trocaron en
chillidos de horror. O Hernández había perdido la ruta segura, o,
como era más probable, la zona firme cesaba y empezaba el terreno
flojo. Ello es que le vimos hundirse, como por escotillón de teatro,
suavemente, sin hacer movimiento alguno. Después supimos que,
sereno, y sabedor de que toda contorsión precipita el naufragio en
las arenas se limitó -al notar la atroz sensación de perder pie- a
ejecutar lo único que en tal caso puede ser útil: abrir los brazos,
sosteniendo horizontal en ellos la pértiga, y cortar por este medio
el remolino que se lo tragaba... Le veíamos perfectamente, y nos
veía él, y nos miraba, serio ya, y yo grité desesperadamente:
-¡Un guía! ¡Gente! ¡Un viajero se ahoga en
la arena!
Tal vez el caso no era nuevo: ello fue que
en un momento se organizó el envío de socorros, y dos prácticos
volaron en auxilio del imprudente... Seguían el mismo camino por él
emprendido; faltaba que él pudiese resistir hasta la llegada de los
salvadores... Nos aterró ver que su cabeza bajaba al nivel del
suelo. Fue esto, sin embargo, lo que le salvó. Reuniendo sus fuerzas
y sus energías, logró tenderse, y, habiendo soltado las piernas,
raneaba suavemente, de un modo casi imperceptible, hacia la parte
sólida del arenal. Todo movimiento descompuesto podría provocar la
formación de otro vórtice, aunque en aquella posición era ya más
difícil... Y así, nadando o reptando, antes de que llegasen los que
iban a auxiliarle, alcanzó el terreno sólido...
¡Lo alcanzó, sí...; pero en qué estado, con
qué cara! Nos pareció ver a un muerto que salía del sepulcro. No
hace falta ser cobarde para experimentar vértigo de espanto ante las
arenas tragonas...
-¿Y qué hizo después con su amor?
-interrogó Braulio.
-¡No hay amor que a eso resista! -contesté
despreciativo.
Luego supe que Braulio no se ha casado...
Sin duda, teme a la arena. |
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Argumento
¿Quién no conoce a aquel médico no sólo en
la ciudad, sino en la provincia, y aun en Madrid, al que desdeña
profundamente? Son muchas las cosas que desdeña, y entre ellas, el
dinero. Lo desdeña con sinceridad, sin alharacas. Podría ser rico;
su fama de mago, más que de hombre de ciencia, le permitiría exigir
fuertes sumas por las curas increíbles que realiza; pero para él
existen la conciencia, el alma, la otra vida -un sinnúmero de cosas
que mucha gente suprime por estorbosas y tiránicas-, y se limita a
tomar lo que basta al modesto desahogo de su existir. No tiene
coche, ni hotel, ni cuenta corriente en el Banco; en cambio, espera
tener un lugar en el cielo, al lado de los médicos que hayan
cumplido con su deber de cristianos, que algunos hay, y hasta en el
Santoral los encontramos, con su aureola y todo.
El doctor -llamémosle doctor Zutano- abre
su consulta a las ocho de la mañana; y desde las cinco, en invierno,
hay gente esperando en su portal, en su escalera y en su antesala,
si el fámulo lo permite. Dentro ya, divídense los clientes: en un
aposento aguardan los de pago, los ricos; en otro, aislado, los
pobres, los que no pagan. Invariablemente, la consulta empieza por
un pobre; pasa luego un rico, y así, alternativamente, hasta que el
médico, rendido de cansancio, necesitando ya reparar las fuerzas con
frugal almuerzo, da por terminada la faena del día. Jamás se vio ni
leve diferencia en la duración de las consultas gratuitas y las
pagadas. Con igual calma, con el mismo interés nuevo y fresco en
cada caso, registra el doctor Zutano las peludas orejas de un
faenero del muelle, que los limpios dientes, fregados con oralina,
de la remilgada señorita, a la cual se dirige severo y conciso como
un dómine. Porque el doctor reconoce siempre oídos y dientes ante
todo, y uno de sus timbres de gloria es haber curado hasta casos de
locura extrayendo, entre irónico y triunfante, una bolita de cera de
un conducto auditivo.
Jamás se vio que el doctor aplazase
operación que juzgara necesaria. Pocos preparativos, acción rápida,
como la de un animal que se guía por el instinto, y esa felicidad en
el resultado, que caracteriza al cirujano genial.
-Tanto aparato, tanto aparato para cosas
tan sencillas -repite, despreciativo, burlándose un poco de la
escenografía científica, que no se hizo para él-. ¡Bah, bah! Las
cosas, a la pata la llana...
Lo más curioso de un hombre tan digno de
estudio en su psicología, son seguramente sus ideas políticas y
sociales. Para que nos las expliquemos, tendremos que retroceder
hasta los místicos franciscanos de la Edad Media, aquellos que,
prontos a la sumisión y al fervor y a la penitencia hasta morir,
amaban a los pobres y a los humildes y reprendían dura y
satíricamente los defectos del Papa. El doctor Zutano es grande
amparador de los desheredados, y tiene para ellos preparado el
auxilio y la generosa limosna de su ciencia a cada instante. A los
poderosos de la tierra no los conoce sino cuando sufren, cuando son
mísera carne enferma, iguales al menesteroso ante el dolor. De las
señoritas y señoras que van a consultarle emperifolladas y
trascendiendo a esencias, suele mofarse, poniéndolas como un trapo.
Ni los personajes políticos, ni los aristócratas, ni los plutócratas
impresionan al doctor. Hijo del pueblo, lo recuerda con fruición,
como recuerda con expansión de gratitud íntima al señor que costeó
su carrera. Lo demás, le es indiferente; los que acuden a su
consulta no son sino hombres, y sus órganos que sufren no se
diferencian de otros órganos encallecidos por el trabajo, o
deformados y atrofiados por azares de una vida miserable, por falta
de subsistencia, por miseria, en fin. Humanidad doliente ahora,
polvo y ceniza mañana, excepto la luminosa partícula, el espíritu,
que dará cuenta y será responsable ante la justicia inmanente... En
el barro, el doctor no hace diferencias. Como ignora la ambición y
la vanidad, no se inclina ante nadie. Tal vez se inclinase hasta el
suelo ante dos cosas sagradas: la maternidad y la inocencia. Las
madres que no aman a sus hijos con violento amor, le son
antipáticas. La queja de la madre, la del padre, le ablandan,
resuenan en su corazón. Y el doctor no tiene hijos.
Aceptador del destino y de la labor con la
cual se gana el pan, el doctor detesta la agitación política. No
conoce más ley que el trabajo. Nadie menos «burgués» y, sin embargo,
nadie más enemigo de las huelgas, los meetings, las arengas y las
luchas electorales. «Pillos que holgazanean y pillos que medran.»
Tal es su definición, de la cual nadie le saca.
Un día, en aquella antesala del doctor,
donde se entreoyen conversaciones palpitantes de oscura esperanza, y
corre el vago estremecimiento de lo maravilloso, esperaba un hombre
como de unos cuarenta y pico de años, vistiendo remendada blusa y
acompañado por un niño de unos once, acaso más, porque la enfermedad
que le consumía desmedraba su estatura y limitaba su desarrollo. La
espera fue larga, y el fornido padre, para entretenerla, sacó del
bolsillo del pantalón un zoquete e hizo que la criatura mordiscase,
desganada, en él. Al cabo, llególes el turno, y, procurando no pisar
fuerte, entraron respetuosos en el despacho sencillo, cuyas altas
vitrinas, rellenas de instrumentos y material quirúrgico,
relampagueaban con reflejos de acero, al rayo del sol que pasaba al
través del cierre de cristales.
El doctor Zutano suele preguntar
rápidamente, a veces no pregunta, porque adivina. Imponiendo las
manos, como un antiguo taumaturgo, suele acertar con sólo el tacto.
-Ya sabemos, ya, lo que ocurre... El
chiquillo padece un tumor..., bueno, un bulto..., no le importa a
usted dónde..., dentro, ¿me entiende?, y hay que quitárselo, ¡y
cuanto antes! Mejor ahora que mañana.
El padre se rascaba la cabeza indeciso.
-Y... eso... ¿me costará mucho dinero,
señor?
-¡No le cuesta nada, santiño! ¿Qué le va a
costar? Esta tarde vuelve usted con el chiquillo; le hago lo que hay
que hacer; le pongo las vendas; trae usted una camilla o un colchón;
se va con él a su casa; yo paso a verle unos días, hasta que no
necesite más visitas; y concluido. ¿Piensa que no comprendo yo que
usted no es ningún banquero?
-¡Soy un pobre obrero, señor!
-¿En qué trabaja? Mi padre era cerrajero,
¿sabe?
-Soy carpintero de armar... Pero ahora
estamos en huelga.
-¿En huelga? -preguntó severamente el
médico, frunciendo el ceño y clavando el mirar en la cara del
cliente.
-Sí, señor... Eso no es cosa mala... Como
usted me enseña, con la huelga nos defendemos de los patronos.
Ejercemos un sagrado derecho.
-Bueno, bueno... ¿En huelga, eh? Pues venga
esta tarde. Le espero.
A la tarde, el doctor desnudó al niño, le
extendió sobre la mesa y le adurmió con el cloroformo, porque la
operación era y tenía que ser larga. Con la celeridad asombrosa que
le caracteriza, abrió de un seguro tajo el costado, por la espalda,
y fue ensanchando la incisión y aislando el tumor para extraerlo.
El padre, de pie, y con el aliento
congojoso, miraba el instrumento que sajaba y cortaba en aquella
carne de sus amores. Un temblor agitaba sus miembros, y por su
frente rezumaba un sudor frío, ¡Qué herida tan enorme! ¿No le
sacarían por allí las tripas al malpocado? ¿No le vaciarían como a
un cerdo? Y cuando la atroz hipótesis se le estaba ocurriendo, he
aquí que el doctor suspende su trabajo, levanta el bisturí... y,
sentándose cerca de la ventana, coge un libro y se pone a leer
tranquilamente.
-¿Qué es eso, señor? ¿No sigue? -preguntó
el padre, receloso.
-No, hombre... -exclamó el médico,
calmosamente-. ¡Me declaro en huelga!
-¿Qué dice? -exclamó aterrado el obrero,
sin saber si el doctor Zutano hablaba en serio o bromeaba.
-¿No está claro? Soy huelguista yo
también... Vaya, esto se deja para otro día. Abur. Me retiro a
descansar.
-Pero... ¿y el niño? ¿Va a quedarse así el
niño?
-¿Y a mí qué me cuentas? La huelga es un
derecho, un derecho sagrado.
-¡Pero, señor, el niño! ¡Que está abierto,
que está ahí como muerto! ¡Señor, por el alma de quien tenga en el
otro mundo!
-¿Crees tú en el otro mundo? -preguntó muy
formal el doctor-. ¿Crees en el alma? Mira, lo dudo, porque os
tienen mareados y ya ni sabéis lo que creéis... En fin, yo me voy a
dormir una siesta; estoy en huelga, como sabes...
Más blanco que la cera el padre; empezando
a entender que aquello iba de veras, que su hijo se moría, abierto,
despedazado, con el estertor que le causaba el anestésico -echándose
de rodillas, gimiendo, imploró:
-¡Señor! ¡Que es mi hijo! ¡Que soy su
padre, señor! ¡Su padre!
-¡Eso te vale, zángano! -murmuró el
médico-; y, dando un empujón ligero al hombre para desviarlo, y
encogiéndose de hombros, continuó y remató brillantemente la
operación emprendida. |
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«Santiago el Mudo»
¡Qué oscura, pero qué dulce y tranquila se
deslizaba en el vetusto pazo de Quindoiro la existencia de Santiago!
Llamábanle en la aldea Santiago el Mudo no
porque lo fuese, sino porque el mutismo voluntario equivale a la
mudez, y Santiago acostumbraba a callar. Taciturno, reconcentrado,
vegetaba en el pazo como la parietaria que se adhiere al muro
ruinoso. Desde tiempo inmemorial, la familia de Santiago estaba al
servicio de aquella casa; últimamente, sin embargo, se había roto la
tradición; al trasladarse los señores del pazo a la ciudad, dos
hermanos de Santiago emigraron a la América del Sur; Santiago,
huérfano ya, se quedó solo en el noble caserón, declarando que se
moría si de allí se apartase. Santiago era hermano de leche del
señorito Raimundo, también huérfano.
Las temporadas en que el señorito Raimundo
venía al pazo, se despejaba la frente y se animaba la adusta
fisonomía de Santiago el Mudo, a pesar de que la tal venida le
costaba mil fatigas y sinsabores. El señorito tenía genio violento,
altanero y despótico: mostrábase exigente en los detalles del
servicio, poniendo refinamientos que no estaban al alcance de un
paleto como Santiago; pretendía que le adivinasen el gusto, y
acusaba a Santiago de camuseo y torpe, dejándose llevar de la
impaciencia hasta pegar a su hermano de leche. Sí, el señorito lo
quería todo al estilo de los pueblos grandes donde había vivido y de
las suntuosas residencias que tal vez había envidiado; el señorito
era como una centella, y si se atufaba había que temblarle; pero su
presencia comunicaba vida y movimiento; le acompañaban los perros,
caballos, amigos mozos y joviales, que correteaban por los
desmantelados salones silbando y riendo, y a la mesa armaban
descomunales gazaperas, haciendo salvas con el añejo vino guardado
en la venerable «adega». Entre los huéspedes de Raimundo solían
contarse jóvenes «morgados»; el pazo se halla muy próximo a la
frontera natural que forma el Miño a las dos naciones peninsulares,
y el señorito iba con frecuencia a Oporto y a Lisboa, aprovechando
la obsequiosa hospitalidad de algún magnate portugués.
Cierto día de otoño presentóse en el pazo
el señorito sin previo anuncio, y llamando a Santiago, encerráronse
los dos en la habitación más retirada. Siempre la llegada de
Raimundo era la señal de convocar apresuradamente a los pocos
servidores útiles que existían en la villita más inmediata a
Quindoiro; pero esta vez Santiago sólo avisó a una cocinera y se
reservó la tarea de servir al señorito sin ajena ayuda. Al anochecer
de aquel día salieron juntos del pazo Santiago y Raimundo, y pasaron
el Miño en una barca que ellos mismos tripulaban. Bien entrada ya la
noche regresaron al pazo, introduciéndose en él por una puertecilla
del corral que daba a un cobertizo, del cual se pasaba a la granera
y a las habitaciones altas que servían de dormitorios. Nadie los
había visto salir; nadie los vio volver, ni pudo observar que traían
consigo a una dama, de airosa silueta y sombrerito con velo blanco.
La dama se apoyaba en el brazo de Raimundo, y sofocaba una risilla
nerviosa a cada sitio estrecho y oscuro por donde tenían que pasar.
Así que los dejó en salvo, y Santiago se retiró.
A la mañana siguiente, cuando rondaba el
aposento en el que se habían recluido los amantes, esperando aviso
para traer el desayuno, sintió de pronto que le ponían en el hombro
una mano; vio frente a sí la faz demudada por el terror, y oyó la
voz de Raimundo, ronca, sorda, desconocida, que pronunciaba una sola
palabra:
-Ven.
Obedeció el Mudo: penetró en el dormitorio,
y tendida sobre la inmensa cama, de dorado copete y salomónicas
columnas, vio a una mujer de faz amoratada, con el seno descubierto,
los ojos casi fuera de las órbitas y la lengua entre los dientes. Se
lanzó Santiago a socorrerla, pero la rigidez de la muerte endurecía
ya sus miembros. Arrodillado al pie de la cama, Raimundo aterrado y
suplicante, tendía a Santiago sus brazos, exclamando con
desesperación:
-¡Y ahora! ¡Y ahora!
-A la noche -respondió lacónicamente el
mozo-. Yo respondo. Esperad. No asustarse.
Corrieron las horas del espantoso día, y
sin abandonar a su amo ni un instante, Santiago le ofreció, a falta
de consuelos elocuentes, el de su presencia. Así que oscureció,
habiendo despachado a la cocinera con un pretexto, se presentó
armado de una linterna, que confió al señorito, mientras él cargaba
a hombros el frío cadáver. Y al través de los vastos salones, en
cuyas paredes la luz de la linterna proyectaba grotescas y trágicas
sombras, bajaron a la cocina y de allí pasaron a la «adega» o
bodega. Las magnas cubas de vino añejo presentaban su redondo
vientre, y en los rincones sombríos las colgantes telarañas
remedaban mortajas rotas. Santiago dejó en el suelo a la muerta y
señaló a un tonel de los más chicos, indicando a su amo que era
preciso moverlo para cavar debajo la fosa y que no se viese la
tierra removida. Y el exánime Raimundo tuvo que empuñar una barra de
hierro y ayudar a desplazar el tonel. En seguida Santiago cavó solo
la hoya, ancha y profunda, rasando la pared en sus cimientos. Mas
para colocar el cuerpo necesitó Raimundo cogerlo por los pies,
mientras lo llevaba por los hombros Santiago. Acabada la lúgubre
faena, colmada la fosa, repuesto el tonel en su sitio, Santiago vio
que su amo se tambaleaba, y comprendiendo que no podía ya
sostenerse, le cogió en brazos, le llevó a otra habitación, le echó
en la cama, le hizo beber casi a la fuerza una copa de coñac, y le
acompañó toda la noche. Al amanecer hizo un atadijo con las prendas
que habían pertenecido a la muerta, recogiéndolo todo, sin olvidar
ni una horquilla, y, metiéndose en el bosque, quemó pieza por pieza
y soterró las cenizas.
Raimundo, a las pocas horas, tenía fiebre y
delirio. Santiago se apostó a la puerta del cuarto para impedir que
entrase nadie, cuidó a su amo lo mejor que supo y veló diez noches
el agitado sueño del criminal. Convaleciente, aunque débil y
abatidísimo, el señorito pudo disponer su marcha, y al tiempo de
separarse de Santiago, su mirada se cruzó con la del Mudo, cuyos
ojos decían: «Ve tranquilo».
Por entonces habló la prensa portuguesa de
un suceso extraño: la misteriosa desaparición de cierta bella dama,
esposa de un personaje, y adorada por él, a pesar de la murmuración,
que siempre se ceba en la hermosura, la gracia y el talento. Sabíase
que, habiendo salido sola de Lisboa para pasar una semana en la
quinta que poseía a orillas del Miño, la gentil vizcondesa, fue por
la tarde a pasear sola también como de costumbre, diciendo a los
criados que pensaba dormir en otra quinta muy próxima, perteneciente
a una anciana parienta. Sin embargo, al transcurrir cuatro o seis
días y no saberse de la dama, los criados se alarmaron, y más al
convencerse de que tampoco en la quinta próxima la habían visto.
Empezó el «tole-tole»: se revolvió cielo y tierra; hasta que se
inquirió el paradero de la desaparecida en el Brasil. Tiempo
perdido: de la señora no se encontró ni rastro, porque nadie había
de ir a buscarla en la bodega del pazo de Quindoiro, sepultada bajo
un tonel que contenía muchos moyos de vino añejo.
En cinco años lo menos no volvió Raimundo
al pazo. Sin embargo, el tiempo y la impunidad iban calmando sus
primeros terrores. Para disculparse, pensaba a solas que aquella
mujer le había exaltado y puesto fuera de sí de celos con
imprudentes revelaciones, con retos insensatos, con burlas inicuas.
Sentía además la singular querencia del asesino por el lugar donde
cometió el crimen. Por otra parte, sus intereses le obligaban a no
abandonar el pazo enteramente. Se decidió... ¡Cosa rara! Lo único
que le repugnaba cuando emprendió el camino, no era ni entrar en
aquella casa, ni ver aquella cama de dorado copete, ni beber el vino
de aquella bodega..., sino tener delante a Santiago, al cómplice y
encubridor, al testigo silencioso, al que «lo sabía» y «lo callaba»,
y «lo callaría» aunque le sometiesen a prueba de tormento...
Sin embargo, dirigióse al pazo Raimundo, y
el leal servidor le recibió con muestras de alegría. Apenas se
encontró a solas con su amo Santiago el Mudo, abriéronse sus labios,
y en tono humilde, como quien se excusa, murmuró muy bajito:
-Señorito...: puede... venir aquí... cuando
guste..., sin aprensión. Ya «no hay nada»... Este año por la Pascua,
moví la cuba, y «todo» lo saqué... Tenía encendido el horno... «Lo»
metí en él..., que no quedó... señal... ni miaja. Ni Dios, con ser
Dios, descubre aquí cosa ninguna. Ni la tierra lo sabe... ¡Venga
cuando le parezca..., sin cuidado!
Raimundo respiró hondamente. De su pecho se
quitaba algo muy pesado, muy frío, muy hondo; una lápida que le
oprimía los pulmones. Ya nunca podría su crimen arrastrale a la
afrenta, y quizá al patíbulo. La aprensión de los sentidos que
confunden el cuerpo del delito con el delito mismo, contribuía a
persuadirle de que, borrada toda aquella huella, estaba absuelto el
asesino.
No obstante, aún había en el pazo una
sombra, una negra proyección de aquel ignorado drama, algo en el
ambiente que ahogaba al señorito y no le permitía saborear la
tranquilidad y el reposo...
A los pocos días de la llegada, llamando a
Santiago a su aposento, Raimundo le ofreció una razonable suma,
significándole que debía irse a Buenos Aires, reunirse con sus
hermanos y labrarse, cual ellos, un porvenir. Bajo la morena pátina
de su tez de labriego, Santiago palideció...; pero no replicó
palabra. El instinto de perro fiel que le había guiado para ocultar
el atentado del señorito, le decía ahora que estorbaba en el pazo, y
que la única memoria de la fatal noche era él, el Mudo, el que
conservaba en sus pupilas reflejos de la maldita linterna, y en sus
manos partículas de polvo de la fosa...
A bordo del navío que tripulaba emigrantes,
ninguno más triste, ninguno más callado, ninguno más hosco que
Santiago el Mudo. Hasta que pierde de vista la costa no aparta los
ojos de ella: así que en las nieblas del horizonte se oculta la
verde patria, Santiago se sienta sobre un lío de cordaje, y alzando
las rodillas con los brazos, mete la quijada en el pecho y permanece
inmóvil, indiferente al bureo y a los cantares de los que también se
van muy lejos, muy lejos, a desconocidos climas...
......................
Por lo que respecta a Raimundo, se ha
casado y veranea en el pazo con su mujer e hijos. |
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La pasarela
En el muelle, en fría noche de un noviembre
triste, un grupo de señoritos locales aguardaba la llegada del vapor
que traía a la compañía de opereta italoaustríaca desde la ciudad
departamental.
Eran tres o cuatro, entre pipiolos y
solterones, aficionados al revuelo de las enaguas de seda que «frufrutan»,
a los trajes de funda indiscreta y a los olores de esencias caras,
con otras serie de ideales de ardua realización en la vida diaria de
una capital de provincia, donde hasta lo vedado reviste formas de
lícito aburrimiento. Y a los señoritos, continuamente dedicados a la
contemplación de postales iluminadas y primeras y aun segundas
planas de periódicos ilustrados, soñaban con ver en carne y hueso a
las deslumbradoras.
Mientras paseaban arriba y abajo, soplando
y manándoles de la nariz aguadilla, para no sentir tanto en los pies
la humedad viscosa de las tablas, al través de cuyas junturas
entreveían el agua negra y oían su quejido sordo, cambiaban
impresiones sobre motivos de noticias recogidas aquí y acullá.
Además de algunas chiquillas del coro, había dos mujeres super: la
primera actriz y la genérica o graciosa. Se comparaban los méritos
de ambas: la primera vestía de un modo despampanante, al estilo
parisiense genuino; tenía una pantalla espléndida, una exuberancia
de formas... Pero, objetaban los partidarios de la genérica -a la
cual no conocían sino por sus retratos-, estaba ajamonada, mientras
la otra, la Gnoqui, la Ñoquita, era una especie de diablillo pequeño
y vivaracho, sugestivo hasta lo increíble, que bailaba como un
trompo los eternos valses del repertorio nuevo. Y se entablaba una
vez más la constante disputa, que entretenía muchas tardes y no
pocas noches los ocios de la tertulia de la Pecera: cuales valen
más, si las de libras o las menuditas y flacas.
Si recogiesen las disertaciones sobre este
punto controvertible, llenarían varios abultados tomos.
Ahora se repetían por millonésima vez los
chistes, las pullas, los comentarios. Mauro Pareja, solterón
empedernido, partidario de las diminutas, que él llamaba «cominillos
picantes», fue el primero que señaló, entre las oscuridades de la
brumosa lejanía, la luz del vapor, como una pupila de cíclope que
creciese y se trocase en faro. Fondeó presto, arrimando al muelle lo
bastante para desembarcar sin necesidad de otra embarcación.
Hacíase el desembarco por medio de estrecha
tabla, que, apoyándose en el puente de vapor, descansaba en el borde
del muelle. Salieron primero los hombres de la compañía, envueltos
en viejos abrigos, en bufandas lanudas, desteñidas, cubiertas las
cabezas con gorrillas pobres y sombreros abollados; luego empezó el
desfile de las mujeres, dificultoso, por la «pasarela» angosta,
resbaladiza. Caminaban despacio, con precauciones, porque un paso en
falso sería la caída, al agua sombría, honda, que palpitaba
encerrada en el estrecho espacio comprendido entre el costado del
vapor y el muelle. Los gritos que les daban desde tierra, encargando
cuidado, las aturdían más, y la luz deslumbraba, dando directamente
en sus ojos.
-¡Eh, sentad bien el pie! ¡Despacio!
Ya en el grupo de los calaveras, la
curiosidad cedía el paso a cierta compasión: un comienzo de
sentimiento humano, piadoso, despertábase en las almas. Aquellas
mujeres, que, engaritadas en sus abrigos maltratados por el uso y
los viajes, temblaban sobre el peligroso paso, a pesar de su ágil
ligereza de danzarinas de oficio, no eran las atrayentes heteras que
se prometían, sino unos seres que, para comer pan, sufren y luchan.
-¡Vida perra! -murmuró Primo Cova, ya sin
humor de chirigotear.
-Y diga usted que salgan de ahí sanas y
salva... -advirtió Landín, otro calaverilla profesional, asaz
inofensivo.
-Bueno, todo sería un baño...
-No -intervino Pareja-; sería «más»... Si
se cae alguien a esa rinconada, queda debajo del barco, y no hay
modo de intentar el salvamento, porque falta materialmente sitio
para revolverse.
Casi en el mismo instante de decirlo corrió
un rumor.
-La Ñoquita... Ahora sale la Ñoquita.
Con paso de sílfide, graciosa como un
muchacho bajo su caprichosa gorra escocesa, sumida en enorme boa de
piel rizada, del cual sólo emergía la nariz picaresca y el toque
luminoso de dos bucles rubios flotando en la sien, la actriz corría
ya por la «pasarela», sobre los altísimos tacones de sus zapatos
americanos, que le hacían pie de niño, tobillos flacos de travieso
colegial. El temor de los espectadores convirtióse en interés de
otro género. La Ñoquita les caía bien desde el primer instante, les
llenaba el ojo... Y aún no habían tenido tiempo de comunicarse la
impresión, cuando, ¡plaf! Fue el siniestro ruido sordo, fue la
visión fugacísima, imprecisa de la desaparición de la mujer; fue la
«pasarela» vacía y el chillido estridente de las compañeras, ya en
salvo en el muelle...
Y transcurrían los segundos, y nadie se
decidía a nada. Abajo, en el pozo de sombra circunscrito entre el
vapor y el paredón del muelle algo se agitaba confusamente; el agua,
un momento, entreabriéndose, dejó ver una mancha blanca; más que
rostro humano, era mascarilla de pierrot trágico, la mueca de la
muerte... Arriba se agitaban, gritaban en vocerío confuso, mareante,
empujándose, enloquecidos, dando cada cual su opinión, sin
entenderse.
-Una cuerda... ¿No hay una cuerda, para
echarla?
-Que haga máquina atrás el vapor... Está
encerrada ahí en un calabozo...
-Que baje un hombre, y con una soga desde
aquí le sostendremos.
-¡Eh! ¿Está por ahí Travancas? ¿Está Jolipé?
Y ni Jolipé ni Travancas aparecían, y los
segundos se agregaban a los segundos en aquel trágico instante, en
que cada segundo tenía tan enorme valor, y habría al fin un segundo
que fuese el decisivo, el inexorable... Las exclamaciones italianas
de los cómicos, su mímica desesperada aumentaba la confusión. Y
caminaba, indiferente, el tiempo, y todos comprendían por instinto
que, ganándolo, la actriz se salvaría; y se malograba la ocasión,
sin que una voluntad se impusiese, sin que el salvamento se iniciase
siquiera... La cara blanca asomó un instante, entre otro rebullir de
agua salobre; asomó como el vientre de un pez muerto ya; y era
evidente, para los que entendían de tales asuntos, que la Ñoquita no
podía subir a la superficie, sacar los brazos, defenderse por falta
de espacio, encajonada como estaba, y además agobiada, presa en la
cárcel de paño de su abrigo...
Y la sacaron, sí: la sacó al cabo Travancas,
el mocetón botero del muelle, que acudió a los gritos; no se sabe
cómo, descolgándose por la pared viscosa, braceando abajo como un
perro de aguas, y confesando al subir, entre blasfemias, que nunca
había realizado más pesetera faena... Todo, para traer arriba
¿qué?.. No hubo medio de reanimar a la Ñoquita. Acaso un segundo
antes...
El grupo de señoritos se retiró de allí con
las orejas gachas. Una boca oscura les había soplado aliento de
hielo sobre el corazón. Y Pareja resumía las tétricas impresiones de
la noche en esta vulgaridad:
-No somos nada... |
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Doradores
Alrededor de la fábrica -una fábrica
elegante, de marcos, molduras y rosetones dorados, en mate y brillo-
apostóse el nutrido grupo de huelguistas. A media voz trocaban
furiosas exclamaciones y sus caras, pálidas de frío y de ira,
expresaban la amenaza, la rabiosa resolución. Que se preparasen los
vendidos, los traidores que iban a volver al trabajo, no sin darse
antes de baja en la sociedad El Amanecer.
Algunos de estos vendidos, deseosos de
ganar para la olla, habíanse aproximado con propósito de entrar en
la fábrica, y ante la actitud nada tranquilizadora del corro
vigilante, retrocedieron hacia las calles céntricas. Conversaban
también entre sí: «Aquello no era justo, ¡concho! El que quiera
comerse los codos de hambre, o tenga rentas para sostenerse, allá
él; pero cuando en casa están los pequeños y la madre aguardando
para mercar el pedazo de tocino y las patatas a cuenta del trabajo
de su hombre... hay que arrimar el hombro a la labor». Hasta hubo
quien refunfuñó: «Con este aquél de las sociedades no mandamos,
¡concho!, ni en nosotros mismos...» Melancólicos se dispersaron a la
entrada de la calle Mayor para llevar la mala noticia a sus
consortes.
Los huelguistas no se habían movido. Nadie
los podía echar de su observatorio; ejercitaban un derecho; estaban
a la mira de sus intereses. Y uno de ellos, mozo como de veinte
años, tuvo un esguince de extrañeza al ver venir, de lejos, a una
chiquilla rubia -de unos catorce, o que, en su desmedramiento de
prole de obrero, los representaba a lo sumo-, y que, ocultando algo
bajo el raído mantón, se dirigía a la fábrica de un modo furtivo,
evitándolos.
-¡Ei!, tú, Manueliña, ¿qué llevas ahí?
Sin responder, echóse a llorar la chica,
anhelosa de terror. Y, al fin, hollipó:
-¡Me dejen pasar! ¡No hago mal! ¡Me dejen!
Unas manos fuertes, gruesas, desviaron el
mandilillo, descubrieron el contrabando: la ollita desportillada,
con el guiso de patatas bazuqueando en su salsa clarucha.
-¿Está tu abuelo dentro? -interrogó, con
gravedad, el que parecía capitanear a los otros.
El llanto de la niña fue entonces
desesperado. Ahogándose, repetía:
-¡Mi abuelo no hace mal! ¡No hace mal a
nadie!
Un molinete rápido lanzó el puchero a
estrellarse contra la pared de la fábrica, pringándola de pebre, y
una voz ronca pronunció, echando una vaho de cólera aguardentosa a
las mejillas de la mujercita:
-Anda, entra y dile a ese viejo chocho que
por hoy se le perdona la cochinada; pero que si mañana viene a la
fábrica... que sepa lo que le espera.
A la hora de salida todavía el grupo,
relevándose y turnando, permanecía frente a la puerta; pero la
fatiga, el tedio y esa ira reconcentrada que infunden la espera y la
calma indiferente de las cosas, la contemplación de paredes, detrás
de las cuales está nuestro destino y anhelamos forzar o arrasar,
habían comunicado expresión más sombría a los rostros, palidez más
biliosa a las frentes, a los ojos fulgor más iracundo. Y hubo un
clamoreo de indignación cuando vieron salir a Pedro Camino, el único
dorador que, adelantándose a la hora de entrada, los había burlado y
venía a cumplir su tarea. Era un anciano como de setenta años,
todavía robusto, de barbas blanquísimas, cara venerable de santo de
retablo de aldea. Con involuntario respeto se contaba de él que no
probaba el vino ni el aguardiente. Era de casta labriega, fuerte,
sencilla y sobria; no conocía más que su obligación, su contrato, su
oficio. Y miró hostilmente a los que hacían guardia, a los que
habían roto su puchero, estropeando su almuerzo, amenazado su vida.
-Aquí estamos, Pedro -exclamó el jefe, en
tono semiconciliador, semienojado-. Ya le diría Manueliña nuestro
acuerdo, ¿eh? Hasta acabar la huelga no trabaja nadie, y a quien
trabaje le ha de pesar.
El viejo se cuadró, sin miedo. Cruzóse de
brazos, mirando al jefe con fijeza, casi despreciativo, y al cabo,
entre el silencio expectante del grupo, profirió:
-Entonces a vuestra casa iré a cobrar el
jornal, que lo precisamos yo y mi nieta para la comida.
-¿Y nosotros, no lo precisamos? -saltaron
algunos, airados, más que en las palabras, en el ademán.
-Eso hijos, allá vosotros... Seréis ricos,
cuando pasáis sin trabajar los meses... Yo soy pobre; pobre nací y
pobre he de morir; sólo que, mientras viva, a Manueliña no le
faltarán unas patatas, ni un cuarto para dormir, ni toquilla para el
cuello. Y no se irá a perder, como otras...
La alusión era sangrienta: referíase a uno
de los del grupo, y hería más, por lo mismo que, realmente, el
obrero no tenía culpa de la conducta de su mujer, si no se llama
culpa al defectillo de la afición a bebidas fermentadas.
-No se ande con bromas, Pedro -insistió el
jefe, en tono significativo-. Fíjese en lo que hace y en lo que
habla, que a sus años los hombres deben tener mucha prudencia, pero
mucha. No provoque a la gente trabajando cuando todos huelgan. Si no
mirásemos a la edad se lo diríamos de otro modo; y piénselo bien, y
quédese en su casa, porque mañana no se le consiente entrar, ¿lo
oye?
Mientras el jefe hacía estas advertencias,
el grupo rumoreaba en marejada de furia. Iban armados de estacas y,
no pudiendo desahogar contra nadie más, empezaban a encolerizarse
especialmente con el viejo terco.
-No sois nadie -gruñó él- para consentir o
no que yo entre. ¿Soy vuestro esclavo, por si acaso? Ahora es cuando
os digo que entraré, y si es preciso, pediré ayuda a la autoridad.
¡Pues hombre!
Cuando esto decía enérgicamente Pedro, de
una calleja próxima desembocó Manueliña. Venía color de yeso
temblorosa. Y lanzándose hacia el grupo, gritó:
-¡Socorro, vecinos! ¡Matan a mi abuelo!
La verdad era que nadie le había tocado aún
al pelo de la ropa. Los huelguistas enseñaban los dientes, sin
decidirse a morder; y dijérase que misteriosa valla de veneración a
la ancianidad y al derecho de aquel hombre, que no pedía sino
trabajar para mantener a una niña, los contenía, obligándoles a
permanecer a cierta distancia, a pesar de las crispaciones de sus
puños en torno del garrote, que deseaban blandir. La llegada de
Manueliña, al pronto, los distrajo; fue una nota patética, a que sus
almas respondían. La criatura acudía en defensa de su único amparo
en el mundo, de su abuelo. En sus ojos había extravío de locura. Un
huelguista hasta la consoló.
-No hay duda, Manueliña; con tu abuelo
nadie se mete...
En el mismo momento, y sin duda atraídos
por los gritos de la muchacha, apareciéronse por allí cuatro
guardias y un cabo de ronda. Venía la fuerza pública como a
remolque, nada deseosa de emprender cuestión, porque aquellos
enredos de huelgas eran el diablo, y el que más y el que menos de
los guardias es amigo, vecino, compadre de alguno de los amotinados;
pero, al fin, tenían órdenes, y venían a ver qué demontre pasaba
allí. Como viesen que nada pasaba realmente, retrocedieron, y se
enhebraron por una de las callejuelas, afectando prudencia, y
disimulo. Pero su presencia como un latigazo, había embravecido a
los huelguistas.
-A nosotros no nos meten miedo los
guardias.
-Ya no falta más que echarnos encima la
fuerza.
-Los más bribones son los hijos del pueblo
que la llaman...
-¡Concho con los vendidos!
Y como el tío Pedro, a quien tiraba de la
manga Manueliña, iniciase el movimiento de querer desfilar, uno de
los huelguistas -el aludido por el viejo al hablar de mujeres que se
pierden- enarboló la estaca, y fue tan bien asentado el primer
golpe, que partió el cráneo del viejo, haciéndole caer como
acogotado buey. Lo que siguió tuvo los caracteres de esa epidemia,
de ese contagio homicida que, en un momento dado, se apodera de las
multitudes. Veinte estacas cayeron sobre el cuerpo, y una alcanzó a
la niña, que valiente como cachorrillo de león, interponía su débil
corpezuelo para resguardar al abuelito. Cuando llegaron corriendo,
revólver en puño, los guardias, todavía alentaba Pedro Camino. No
murió hasta el día siguiente, en el hospital. |
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