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La presente historia, aunque verídica, no puede leerse a la claridad del sol.
Te lo advierto, lector, no vayas a llamarte a engaño: enciende una luz, pero no
eléctrica, ni de gas corriente, ni siquiera de petróleo, sino uno de esos
simpáticos velones típicos, de tan graciosa traza, que apenas alumbran, dejando
en sombra la mayor parte del aposento. O mejor aún: no enciendas nada; salte al
jardín, y cerca del estanque, donde las magnolias derraman efluvios
embriagadores y la luna rieles argentinos, oye el cuento de la mandrágora y del
barón de Helynagy.
Conocí a este extranjero (y no lo digo por prestar colorido de verdad al
cuento, sino porque en efecto le conocí) del modo más sencillo y menos
romancesco del mundo: me lo presentaron en una fiesta de las muchas que dio el
embajador de Austria. Era el barón primer secretario de la Embajada; pero ni el
puesto que ocupaba, ni su figura, ni su conversación, análoga a la de la mayoría
de las personas que a uno le presentan, justificaban realmente el tono
misterioso y las reticentes frases con que me anunciaron que me lo presentarían,
al modo con que se anuncia algún importante suceso.
Picada mi curiosidad, me propuse observar al barón detenidamente. Parecióme
fino, con esa finura engomada de los diplomáticos, y guapo, con la belleza algo
impersonal de los hombres de salón, muy acicalados por el ayuda de cámara, el
sastre y el peluquero -goma también, goma todo-. En cuanto a lo que valiese el
barón en el terreno moral e intelectual, difícil era averiguarlo en tan
insípidas circunstancias. A la media hora de charla volví a pensar para mis
adentros: «Pues no sé por qué nombran a este señor con tanto énfasis.»
Apenas dio fin mi diálogo con el barón, pregunté a diestro y siniestro, y lo
que saqué en limpio acrecentó mi curioso interés. Dijéronme que el barón poseía
nada menos que un talismán. Sí, un talismán verdadero: algo que, como la «piel
de zapa» de Balzac, le permitía realizar todos sus deseos y salir airoso en
todas sus empresas. Refiriéronme golpes de suerte inexplicables, a no ser por la
mágica influencia del talismán. El barón era húngaro, y aunque se preciaba de
descender de Tacsonio, el glorioso caudillo magiar, lo cierto es que el último
vástago de la familia Helynagy puede decirse que vegetaba en la estrechez,
confinado allá en su vetusto solar de la montaña. De improviso, una serie de
raras casualidades concentró en sus manos respetable caudal: no sólo se murieron
oportunamente varios parientes ricos, dejándole por universal heredero, sino que
al ejecutar reparaciones en el vetusto castillo de Helynagy, encontróse un
tesoro en monedas y joyas. Entonces el barón se presentó en la corte de Viena,
según convenía a su rango, y allí se vieron nuevas señales de que sólo una
protección misteriosa podía dar la clave de tan extraordinaria suerte. Si el
barón jugaba, era seguro que se llevaba el dinero de todas las puestas; si
fijaba sus ojos en una dama, en la más inexpugnable, era cosa averiguada que la
dama se ablandaría.
Tres desafíos tuvo, y en los tres hirió a su adversario; la herida del último
fue mortal, cosa que pareció advertencia del Destino a los futuros contrincantes
del barón. Cuando éste sintió el capricho de ser ambicioso, de par en par se le
abrieron las puertas de la Dieta, y la secretaría de la Embajada en Madrid hoy
le servía únicamente de escalón para puesto más alto. Susurrábase ya que le
nombrarían ministro plenipotenciario el invierno próximo.
Si todo ello no era patraña, efectivamente merecía la pena de averiguar con
qué talismán se obtienen tan envidiables resultados; y yo me propuse saberlo,
porque siempre he profesado el principio de que en lo fantástico y maravilloso
hay que creer a pie juntillas, y el que no cree -por lo menos desde las once de
la noche hasta las cinco de la madrugada-, es tuerto del cerebro, o sea medio
tonto.
A fin de conseguir mi objeto, hice todo lo contrario de lo que suele hacerse
en casos tales; procuré conversar con el barón a menudo y en tono franco, pero
no le dije nunca palabra del talismán. Hastiado probablemente de conquistas
amorosas, estaba el barón en la disposición más favorable para no pecar de fatuo
y ser amigo, y nada más que amigo, de una mujer que le tratase con amistosa
franqueza. Sin embargo, por algún tiempo mi estrategia no surtió efecto alguno:
el barón no se espontaneaba, y hasta percibí en él, más que la insolente alegría
del que tiene la suerte en la mano, un dejo de tristeza y de inquietud, una
especie de negro pesimismo. Por otro lado, sus repetidas alusiones a tiempos
pasados, tiempos modestos y oscuros, y a un repentino encumbramiento, a una
deslumbradora racha de felicidad, confirmaban la versión que corría. El anuncio
de que había sido llamado a Viena el barón y que era inminente su marcha, me
hizo perder la esperanza de saber nada más.
Pensaba yo en esto una tarde, cuando precisamente me anunciaron al barón.
Venía, sin duda, a despedirse y traía en la mano un objeto que depositó en la
mesilla más próxima. Sentose después, y miró alrededor como para cerciorarse de
que estábamos solos. Sentí una emoción profunda, porque adiviné con rapidez
intuitiva, femenil, que del talismán iba a tratarse.
-Vengo -dijo el barón- a pedirle a usted, señora, un favor inestimable para
mí. Ya sabe usted que me llaman a mi país, y sospecho que el viaje será corto y
precipitado. Poseo un objeto..., una especie de reliquia..., y temo que los
azares del viaje... En fin, recelo que me lo roben, porque es muy codiciada, y
el vulgo le atribuye virtudes asombrosas. Mi viaje se ha divulgado; es muy
posible que hasta se trame algún complot para quitármela. A usted se la confío;
guárdela usted hasta mi vuelta, le seré deudor de verdadera gratitud.
¡De manera que aquel talismán precioso, aquel raro amuleto estaba allí, a dos
pasos, sobre un mueble, e iba a quedar entre mis manos!
-Tenga usted por seguro que si la guardo, estará bien guardada -respondí con
vehemencia-; pero antes de aceptar el encargo quiero que usted me entere de lo
que voy a conservar. Aunque nunca he dirigido a usted preguntas indiscretas, sé
lo que se dice, y entiendo que, según fama, posee usted un talismán prodigioso
que le ha proporcionado toda clase de venturas. No lo guardaré sin saber en qué
consiste y si realmente merece tanto interés.
El barón titubeó. Vi que estaba perplejo y que vacilaba antes de resolverse a
hablar con toda verdad y franqueza. Por último, prevaleció la sinceridad, y no
sin algún esfuerzo, dijo:
-Ha tocado usted, señora, la herida de mi alma. Mi pena y mi torcedor
constante es la duda en que vivo sobre si realmente poseo un tesoro de mágicas
virtudes, o cuido supersticiosamente un fetiche despreciable. En los hijos de
este siglo, la fe en lo sobrenatural es siempre torre sin cimiento; el menor
soplo de aire la echa por tierra. Se me cree «feliz», cuando realmente no soy
más que «afortunado»: sería feliz si estuviese completamente seguro de que lo
que ahí se encierra es, en efecto, un talismán que realiza mis deseos y para los
golpes de la adversidad; pero este punto es el que no puedo esclarecer. ¿Qué
sabré yo decir? Que siendo muy pobre y no haciendo nadie caso de mí, una tarde
pasó por Helynagy un israelita venido de Palestina, y se empeñó en venderme eso,
asegurándome que me valdría dichas sin número. Lo compré..., como se compran mil
chucherías inútiles..., y lo eché en un cajón. Al poco tiempo empezaron a
sucederme cosas que cambiaban mi suerte, pero que pueden explicarse todas...,
sin necesidad de milagros -aquí el barón sonrió y su sonrisa fue contagiosa-.
Todos los días -prosiguió recobrando su expresión melancólica- estamos viendo
que un hombre logra en cualquier terreno lo que se merece..., y es corriente y
usual que duelistas inexpertos venzan a espadachines famosos. Si yo tuviese la
convicción de que existen talismanes, gozaría tranquilamente de mi prosperidad.
Lo que me amarga, lo que me abate, es la idea de que puedo vivir juguete de una
apariencia engañosa, y que el día menos pensado caerá sobre mí el sino funesto
de mi estirpe y de mi raza. Vea usted cómo hacen mal los que me envidian y cómo
el tormento del miedo al porvenir compensa esas dichas tan cacareadas. Así y
todo, con lo que tengo de fe me basta para rogar a usted que me guarde bien la
cajita..., porque la mayor desgracia de un hombre es el no ser escéptico del
todo, ni creyente a machamartillo.
Esta confesión leal me explicó la tristeza que había notado en el rostro del
barón. Su estado moral me pareció digno de lástima, porque en medio de las
mayores venturas le mordía el alma el descreimiento, que todo lo marchita y todo
lo corrompe. La victoriosa arrogancia de los hombres grandes dimanó siempre de
la confianza en su estrella, y el barón de Helynagy, incapaz de creer, era
incapaz asimismo para el triunfo.
Levantóse el barón, y recogiendo el objeto que había traído, desenvolvió un
paño de raso negro y vi una cajita de cristal de roca con aristas y cerradura de
plata. Alzada la cubierta, sobre un sudario de lienzo guarnecido de encajes, que
el barón apartó delicadamente, distinguí una cosa horrible: un figurilla
grotesca, negruzca, como de una cuarta de largo, que representaba en pequeño el
cuerpo de un hombre. Mi movimiento de repugnancia no sorprendió al barón.
-¿Pero qué es este mamarracho? -hube de preguntarle.
-Esto -replicó el diplomático- es una maravilla de la Naturaleza; esto no se
imita ni se finge; esto es la propia raíz de la mandrágora, tal cual se forma en
el seno de la tierra. Antigua como el mundo es la superstición que atribuye a la
mandrágora antropomorfa las más raras virtudes. Dicen que procede de la sangre
de los ajusticiados, y que por eso de noche, a las altas horas, se oye gemir a
la mandrágora como si en ella viviese cautiva un alma llena de desesperación.
¡Ah! Cuide usted, por Dios, de tenerla envuelta siempre en un sudario de seda o
de lino: sólo así dispensa protección la mandrágora.
-¿Y usted cree todo eso? -exclamé mirando al barón fijamente.
-¡Ojalá! -respondió en tono tan amargo que al pronto no supe replicar
palabra.
A poco el barón se despidió repitiendo la súplica de que tuviese el mayor
cuidado, por lo que pudiera suceder, con la cajita y su contenido. Advirtiome
que regresaría dentro de un mes, y entonces recobraría el depósito.
Así que cayó bajo mi custodia el talismán, ya se comprende que lo miré más
despacio; y confieso que si toda la leyenda de la mandrágora me parecía una
patraña grosera, una vil superstición de Oriente, no dejó de preocuparme la
perfección extraña con que aquella raíz imitaba un cuerpo humano. Discurrí que
sería alguna figura contrahecha, pero la vista me desengañó, convenciéndome de
que la mano del hombre no tenía parte en el fenómeno, y que el homunculus era
natural, la propia raíz según la arrancaran del terreno. Interrogué sobre el
particular a personas veraces que habían residido largo tiempo en Palestina, y
me aseguraron que no es posible falsificar una mandrágora, y que así, cual la
modeló la Naturaleza, la recogen y venden los pastores de los montes de Galaad y
de los llanos de Jericó.
Sin duda la rareza del caso, para mí enteramente desconocido, fue lo que en
mal hora exaltó mi fantasía. Lo cierto es que empecé a sentir miedo o, al menos,
una repulsión invencible hacia el maldito talismán. Lo había guardado con mis
joyas en la caja fuerte de mi propio dormitorio; y cátate que me acomete un
desvelo febril, y doy en la manía de que la mandrágora dichosa, cuando todo esté
en silencio, va a exhalar uno de sus quejidos lúgubres, capaces de helarme la
sangre en la venas. Y el ruido más insignificante me despierta temblando y, a
veces, el viento que mueve los cristales y estremece las cortinas se me antoja
que es la mandrágora que se queja con voces del otro mundo...
En fin, no me dejaba vivir la tal porquería, y determiné sacarla de mi cuarto
y llevarla a una cristalera del salón, donde conservaba yo monedas, medallas y
algunos cachivaches antiguos. Aquí está el origen de mi eterno remordimiento,
del pesar que no se me quitará en la vida. Porque la fatalidad quiso que un
criado nuevo, a quien tentaron las monedas que la cristalera encerraba, rompiese
los vidrios, y al llevarse las monedas y los dijes, cargase también con la
cajita del talismán. Fue para mí terrible golpe. Avisé a la Policía; la Policía
revolvió cielo y tierra; el ladrón pareció, sí señor, pareció; recobráronse las
monedas, la cajita y el sudario... pero el talismán confesó mi hombre que lo
había arrojado a un sumidero de alcantarilla, y no hubo medio de dar con él, aun
a costa de las investigaciones más prolijas y mejor remuneradas del mundo.
-¿Y el barón de Helynagy? -pregunté a la dama que me había referido tan
singular suceso.
-Murió en un choque de trenes, cuando regresaba a España -contestó ella más
pálida que de costumbre y volviendo el rostro.
-¿De modo que era talismán verdadero aquel...?
-¡Válgame Dios! -repuso-. ¿No quiere usted concederle nada a las
casualidades?
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