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Hacía tiempo -muchos meses- que no le veía yo por
ninguna parte: ni en la calle, ni en el Casino de la Amistad, ni en la Pecera,
ni siquiera en la barriada nueva que se está construyendo. Porque Santos Bueno
es de los que tienen afición a ver edificar y gustan de plantarse delante de los
andamios con las manos a la espalda, diciendo sentenciosamente: «Estas sí que
son vigas de recibo; no pandarán».
Extrañando tan largo eclipse, temiendo que Santos Bueno
estuviese enfermo de cuidado, resolví buscarle en su casa, donde le encontré
entregado a sus habituales tareas, apacible y afable como de costumbre.
-¿Qué es esto? ¿Se ha metido usted cartujo? ¿Es voto de
clausura?
-No, señor...; ¡no, señor! -respondió sonriendo
Santos-. Si yo salgo y me paseo. No parece sino que vivo encerrado.
-¿Que sale usted? Pues no le veo nunca.
-Porque salgo un poco tarde..., a las horas en que no
hay gente.
-Esconderse se llama esa figura.
Volvió Santos a sonreír con aquella su indescriptible
expresión enigmática, y dijo tranquilamente:
-Pues ha acertado usted. Hay ocasiones en que... se
encuentra uno muy a gusto escondido.
Adiviné que bajo la teoría de las ventajas del
escondite se ocultaba alguna crisis dolorosa de la vida de Santos Bueno.
Yo creía conocerle, y además sabía su historia y sus
aspiraciones, como se saben en un pueblo pequeño las de cada hijo de vecino.
Santos Bueno era un burgués modesto, sin grandes aspiraciones; ni pobre ni rico,
poseía un capitalito, producto de la afortunada venta de unos bienes
patrimoniales, lindantes con el prado de un indianete, que por tal circunstancia
los había pagado a peso de oro.
Con estos caudales, Santos proyectaba realizar un sueño
ya muy antiguo: construirse en las afueras de la ciudad una casita que tuviese
jardín y vivir en ella sin emociones, pero sin desazones, cultivando legumbres y
rosas. Es de advertir que la casita con jardín es la bella ilusión de los
marinedinos.
No sé por qué se me vino a la imaginación que con
aquellos dineros podrían relacionarse la actitud y el retraimiento de Santos, y
movido de una curiosidad compasiva, le interrogué:
-¿Y esa casita, ese chalet, cuándo lo empezamos? ¿Me
convida usted a café en el jardín para el día de su santo del año que viene?
Demudóse el rostro de Santos, y hasta se me figuró que
en sus ojos temblaba el reflejo cristalino que indica que se humedecen...
-Ya no hago la casita -murmuró con abatimiento.
-¿Qué no la hace usted? ¿Cómo es eso? ¿Se ha jugado
usted los capitales?
-Bien sabe usted que no me da por ahí...
-¿Pues qué ocurre? ¿Ha pensado usted en otra inversión?
¿Ha emprendido algún negocio?
-Si usted me promete no decir nada a nadie...
-Pierda usted cuidado, don Santos. La tumba es una
cotorra comparada conmigo.
-Pues es el caso que..., que he... prestado... esa
suma.
-¿Prestado? ¿Al cien por cien mensual? ¿Con garantía?
¡Ah usurero!
-Déjese de bromas, Garantía... Tengo la de la honradez
de mi deudor.
-¡Ay pobre don Santos! ¿Quién me lo ha engañado?
-No, le advierto a usted que es persona que goza de
excelente fama... Para ser franco: mi ánimo no era prestar, ni a ese ni a nadie.
Me cogió desprevenido: no pude negarme; a él le constaba que tenía yo fondos. Vi
un padre de familia en aprieto, en compromiso, en vergüenza..., me prometió
amortizar cada mes... ¡En fin, que no tengo el corazón de bronce!
-¿Conque prestamitos a padres de familia pobres, pero
bribones? ¿Y qué tal? ¿Amortiza? ¿Amortiza?
-Por ahora..., no.
-¿Cuántos meses han pasado?
-Seis..., es decir, hoy se cumplen siete...
-Y usted, después de haber hecho esa obra benéfica y
desinteresada, ¿por que se esconde? Eso si que quisiera saberlo.
-Le diré... Son tonterías de mi carácter...
¡Rarezas...! Es que, hace algún tiempo, me encontré en la calle a mi deudor y le
pedí..., vamos, con muy buenos modos..., que empezase a amortizar... lo que
pudiese..., nada más que lo que pudiese... Y me contestó de una manera...; en
fin, que me negó lo prometido, y casi, casi, me negó la deuda misma... Y desde
entonces no salgo a la calle..., porque si me lo encuentro, me dará vergüenza y
tendré que hacer como si no le viese. Sí, vergüenza... Porque es fea su acción,
¿verdad? |