Cuentos de la patria
[Serie de 10 cuentos breves. Textos completos]
Emilia Pardo Bazán |
|
Vengadora
En aquellos días de angustia y zozobra, surcados por
relámpagos de entusiasmo a los cuales seguía el negro horror de las tinieblas y
la fatídica visión del desastre inmenso; en aquellos días que, a pesar de su
lenta sucesión, parecían apocalípticos, hube de emprender un viaje a Andalucía,
adonde me llamaban asuntos de interés. Al bajarme en una estación para almorzar,
oí en el comedor de la fonda, a mis espaldas, gárrulo alboroto. Me volví, y ante
una de las mesitas sin mantel en que se sirven desayunos, vi de pie a una mujer
a quien insultaban dos o tres mozalbetes, mientras el camarero, servilleta al
hombro, reía a carcajadas. Al punto comprendí: el marcado tipo extranjero de la
viajera me lo explicó todo. Y sin darme cuenta de lo que hacía, corrí a situarme
al lado de la insultada, y grité resuelto:
-¿Qué tienen ustedes que decir a esta señora? Porque a
mí pueden dirigirse.
Dos se retiraron, tartamudeando; otro, colérico, me
replicó:
-Mejor haría usted, ¡barajas!, en defender a su país
que a los espías que andan por él sacando dibujos y tomando notas.
Mi actitud, mi semblante, debían de ser imponentes
cuando me lancé sobre el que así me increpaba. La indignación duplicó mis
fuerzas, y a bofetones le arrollé hasta el extremo del comedor. No me formo idea
exacta de lo que sucedió después; recuerdo que nos separaron, que la campana del
tren sonó apremiante avisando la salida, que corrí para no quedarme en tierra, y
que ya en el andén divisé a la viajera entre un compacto grupo que me pareció
hostil; que me entré por él a codazos, que le ofrecí el brazo y la ayudé para
que subiese a mi departamento; que ya el tren oscilaba, y que al arrancar con
brío escuché dos o tres silbidos, procedentes del grupo...
Sólo entonces acudió la reflexión: pero no me arrepentí
de mis arrestos, y únicamente me pregunté por qué había metido en mi
departamento a la viajera causa del conflicto. ¿Para protegerla mejor quizás?...
¿Quizás para hablar con ella a mis anchas y esclarecer mis dudas, averiguando
si, en efecto, era una traidora enemiga? Lo primero que hice fue examinarla
despacio, mientras ella se acomodaba y colocaba su raído saquillo en la red.
Anglosajona, saltaba a la vista: la marca étnica no podía desmentirse. Carecía
de belleza: sus facciones sin frescura, sus ojos amarillentos, su cuerpo
desgarbado, su talle plano, le quitaban toda gracia perturbadora. Y para que me
sedujese menos, bastó el movimiento que hizo al volverse hacia mí y tenderme
virilmente una mano huesuda y rojiza, que estrechó la mía, sacudiéndola. Con
voz, eso sí, muy timbrada y dulce, la extranjera pronunció:
-Gracias, señor; mil gracias.
Confuso, disculpé mi rasgo:
-Yo no podía consentir aquella barbaridad. De seguro
que usted no espía, señora; acaso ni es usted americana siquiera. Inglesa,
¿verdad?
-¡Ah! No, señor. Soy, en efecto, yanqui.
Y al notar que me estremecía, añadió, alzando el brazo
y cogiendo su saquillo:
-Pero no soy espía. Vea mi álbum y mis dibujos.
Hojeé el álbum. Estaba atestado de apuntes
arquitectónicos y croquis de tipos pintorescos: una ventana florida, una reja
salomónica, un borriquillo, un paleto...
-¿Es usted artista?
-Muy poco...; mera afición... Por mi oficio: soy
«tipógrafo». Trabajo..., es decir, trabajaba, en una imprenta de Boston. Ahora
no sé qué haré.
Mi curiosidad se inflamó. Adiviné un misterio, y me
prometí aclararlo. La voz de mi protegida tenía tan blandas inflexiones, sus
pupilas estaban tan húmedas de gratitud al encontrarse con las mías, que pensé:
«Por un momento eres dueño de esta mujer. Aprovecha este instante y sorprende su
alma, desdeñando el barro que la envuelve; es más gloriosa siempre una conquista
del espíritu.» Con diplomacia suma, murmuré, inclinándome:
-No. Temo que crea usted que quiero cobrarme de tan
insignificante servicio como el que tuve la suerte de prestarle...
La extranjera calló; pero un tinte rosado, vivo,
fluido, se esparció por su marchito rostro, embelleciéndolo... Era un arrebol de
alegría, de ilusión, de agradecimiento pasional ante frases de galante respeto,
que acaso por vez primera resonaban en sus oídos. La vi llevarse la mano al
corazón, y, fingiéndome distraído, noté que me miraba de un modo expresivo,
afanoso. La voz de plata se elevó conmovida:
-Pues prefiero contarle lo que me pasa, si no le
molesta... Tal vez, después de oírme, ya no me tendrá nunca por una espía.
Solícito, y demostrando rendimiento, me acerqué, no sin
arrojar antes el cigarro que acababa de encender en aquel instante.
-No soy espía -declaró ella lentamente-, y no puedo
serlo porque detesto el sentimiento patriótico, opuesto a la fraternidad
universal. La guerra entre naciones... la repruebo. ¡Los pobres, luchando y
muriendo...; los poderosos, recogiendo el honor y el fruto!... Sin embargo,
señor..., a esa gente que me insultaba la perdono; comprendo su ceguedad; casi
admiro su furia... ¿Qué pensarían si supiesen...?
Aquí se detuvo, y apoyando uno de sus dedos huesudos
sobre los labios, me recomendó discreción acerca de lo que iba a revelar.
-Si supiesen... que vengo trayendo un ramo de oliva al
través del Atlántico..., a proponer la alianza de los oprimidos y los miserables
de allá a los de aquí. Mi conocimiento del español, debido a que pasé años de mi
niñez en Méjico, hizo que me escogiesen para esta misión... He explorado el
terreno en las comarcas obreras y mineras...
Después de breve pausa:
-Va usted a oír una cosa rara... En España casi he
perdido la fe, «mi fe»... No veo la urgencia de ciertas medidas que «allá»
aplicaremos inmediatamente, antes que crezca el monstruo del militarismo y la
fuerza nos subyugue. Aquí no existen esas horribles desigualdades, esas
colosales desproporciones entre la suerte de los hombres. Aquí no noto la
tiranía del dinero ni la insensatez del gastar y del gozar, basada en la
brutalidad ciega del millón de millones. Aquí no hay Cresos que, como nuestro
Rockefeller..., ¿no sabe usted?, el rey del petróleo..., o Astor, el rey de las
minas..., sudan oro y se burlan de Dios... En nuestro país domina la abominación
de la riqueza..., se alza el ídolo de metal..., y allí, y no aquí, es donde la
justicia debe hacer su oficio... ¡Y justicia haremos! ¡Se lo prometo a usted! ¡Y
pronto! ¡Ah! ¡España! Yo la adoro... Es muy pobre, muy noble, muy simpática, muy
sencilla... ¡Nada contra España! Este será mi consejo, señor... Aquí no he
encontrado la miseria negra... No siento impulsos de destruir..., ¡y soy feliz,
tan feliz! ¡Si usted supiese...!
Irradiaban las pupilas de la sectaria, y su pecho liso
y sin morbidez anhelaba, palpitaba de entusiasmo. Comprendí el error que había
hecho confundir a la fanática de la Humanidad con la fanática del patriotismo; a
la «insatisfecha» con la espía. Entre tanto, el tren avanzaba, tragando
estaciones, y caía voluptuosamente la bella tarde de mayo; olor de hierbas y
matas florecidas entraba por la ventanilla abierta, y ya la luna, dibujando
sobre el verde vino y el oro amortiguado del cielo su ligera segur de plata,
añadía un toque poético a la deliciosa paz de la Naturaleza, indiferente a
nuestras agitaciones y nuestras luchas, a los grandes dolores colectivos o
individuales... Mi compañera había enmuedecido, y vuelta, contemplaba el
paisaje: nos acercábamos al cruce; casi nos deteníamos... Ella se encaró
conmigo, y exaltada, en pie ya para bajarse, repitió:
-¡España! ¡Qué hermosa! ¡Vivir aquí..., vivir aquí!
En rápido e imprevisto arranque, sentí su cara pegada a
la mía, el calor de sus mejillas halagando mi sien... Después empujó la
portezuela, y al saltar al andén, siempre muy agarrada a su raído saquillo,
todavía me gritó con la solemnidad de misteriosa promesa y el ceño fruncido por
sombría amenaza:
-¡Adiós!... ¡Vuelvo allá..., vuelvo a mi tierra! |
|
|
El Catecismo
Hasta las diez duraba la velada de familia,
y Angelito regateaba siempre cinco minutos o un cuarto de hora,
refractario a acostarse, como todos los niños en la edad de seis a
siete años, cuando empieza a alborear la razón. Mientras Rosario, la
madre, cosía sin prisa, levantando de tiempo en tiempo su cabeza
bien peinada, su cara sonriente, que la maternidad había redondeado
y dulcificado, por decirlo así. Carlos, el padre, daba lección al
muchacho. «Si había de perder el tiempo en el café...», solía
responder, como excusándose, cuando los amigos, en la calle le
embromaban, soltándole a quema ropa: «Ya sabemos que te dedicas a
maestro de primeras letras...»
La verdad era que Carlos se había
acostumbrado a la lección, a la intimidad dulce de las noches
pasadas así, entre la mujer enamorada y contenta y el niño precoz,
inteligente, deseoso de aprender. Fuera, la lluvia caía tenaz; el
viento silbaba o la helada endurecía las losas de la calle; dentro,
la lámpara alumbraba cariñosa al través de los rancios encajes de la
pantalla; la chimenea ardía mansamente y la atmósfera regalada y
tranquila del gabinete se comunicaba a la alcoba contigua, nido de
paz y de ternura, tan diferente de las sombrías y hediondas
madrigueras donde solían agazaparse los amigotes de Carlos, los
mismos que se creían unos calaverones y se burlaban solapadamente
del padre profesor de su hijo.
Aquella noche, Angelito estaba rebelde,
distraído, desatento a la enseñanza. Al leer se había comido la
mitad de las palabras y, obligado a volver atrás y repetir lo
saltado, su vocecilla adquirió esos tonos irritados y chillones que
delatan la cólera pueril. Al escribir hizo la trompeta con el
hociquito, engarrotó el portaplumas, echó más de una docena de
«calamares» en el papel y, por último, estrelló la pluma en un
movimiento precipitado, y la tinta saltó hasta la blanca labor de la
madre, que exhaló un grito de sorpresa y enojo. Carlos miró a su
mujer, y meneó la cabeza y se tocó la frente, como significando: «No
sé qué le pasa hoy a esta criatura.» Y Rosario, levantándose, cogió
al rapaz en el regazo y le dirigió las inquietas interrogaciones
maternales:
-¿Qué tienes, vida? ¿Te duele algo? ¿Es
sueño? ¿Es pupa aquí, aquí?
Y le acariciaba las mejillas y las sienes,
tentando por si sorprendía el fuego de la calentura. ¡Enferma tan
pronto un niño!
No encontrando calor ni ningún síntoma
alarmante, Rosario engrosó y endureció la voz.
-Vas a ser bueno... Ya sabes que no me
gustan los nenes caprichosos... El pobre papá se pondrá malito si le
haces rabiar; después tienes tú que cuidarle a él y que llevarle las
medicinas a la cama... Vamos, Ángel, a concluir las lecciones; aún
te falta por dar el Catecismo...
Ángel, sin responder, miraba fijamente a un
rincón oscuro del cuarto. La contracción de su carita, la
inmovilidad de sus ojos, de un azul fluido y transparente, delataban
una de esas luchas con ideas superiores a la edad, que devastan y
maduran a la vez el tierno cerebro de los niños.
-Mamá -respondió, por fin, muy despacio,
como si hablase en sueños-, ¿y el tío Alejandro no viene nunca?
La madre se estremeció. El recuerdo del
hermano que estaba en la guerra con su regimiento le asaltaba
también a Rosario muchas veces en medio de su ventura doméstica, y
se le envenenaba con el temor de que a la misma hora en que ella
descansaba entre limpias sábanas, cerca de unos brazos amantes,
pudiese Alejandro yacer cara al sol, con el pecho taladrado y las
pupilas vidriadas para siempre.
-¿No viene nunca tío Alejandro, mamá?
-repitió el chico con ese acento infantil que anuncia llanto.
-Vendrá si Dios quiere, hijo mío -respondió
la madre con rota voz, apretando contra el seno a la criatura.
-¿Cuándo vendrá? Papá, ¿cuándo? ¿Vendrá
esta semana, di?
-No sé, querido -exclamó el padre-. A ver:
la cartilla, que es tarde, muñeco.
-Pero ¿cuándo, papá? ¿Por qué no lo sabes
tú?
-Porque hasta que se acabe la guerra, mi
cielo..., hasta que se acabe, tío Alejandro no puede venir.
Los ojos de turquesa del niño se
oscurecieron a fuerza de concentración y de ímprobo trabajo para
entender.
-¿Cómo es la guerra? -exclamó, por último.
-Pelear unos contra otros, a ver quién
gana.
-¿Los buenos con los malos, papá?
-Sí; los buenos con los malos.
-Tío Alejandro es bueno -declaró Ángel-. ¿Y
cómo pelean?
-Con fusiles, con espadas, con cañones.
El niño batió palmas.
-Me has de llevar, papá. Me has de llevar.
-¡Pobretín! -suspiró Carlos-. La guerra no
es para chiquillos.
-¿Es para hombres grandes?
-Sí.
-Y entonces, ¿por qué no estás tú en la
guerra? Tú eres grande, grande.
-Porque no soy militar -dijo el padre
contrariado, algo mortificado, (como si aquellas palabras no las
hubiese articulado una lengua de seis años), y hablando para
convencer-. Tío Alejandro es militar; ya sabes que vino a enseñarte
el uniforme. Los militares estudian para eso, para defender a la
patria...
-La patria... -repitió el niño,
impresionado por el tono enfático y grave con que Carlos pronunció
la palabra-. La patria..., ¿es aquí?
-Aquí..., ¿dónde?
-En nuestra casita.
-No...; es decir, sí... Nuestra casa está
en la patria; pero la patria es mucho más...: son todas las casas
que ves en el pueblo y en otros pueblos, tantos, tantos. Y es,
además, la tierra, y los bosques, y las aldeas, y Madrid, y todo...
-¿Y las iglesias también? -murmuró Ángel,
con el tono con que decía sus oraciones al acostarse.
-También.
-¿Y la Virgen? ¿Mamá del Cielo?
-También la Virgen; sí, mamá del Cielo es
la Patria.
-¿Y tío Alejandro quiere a la Patria?
-Ya ves -interrumpió Rosario, sin ocultar
la emoción que empañaba sus ojos-. El pobre tío la quiere mucho.
Como que se expone a que le den un tiro y a morirse así, de pronto,
figúrate tú. Reza, hijo mío, reza para que no maten al tío.
El niño calló, reflexionando laboriosa,
casi dolorosamente.
-¿Y los que no van a la guerra no mueren
nunca? -preguntó al fin, siguiendo el hilo de temprana lógica.
-También mueren.
-Entonces quiero ir a la guerra cuando sea
grande -declaró con energía el pequeñuelo-. Y quiero que tú vayas,
papá. Al fin hemos de morir, ¿no? Pues morir por eso..., por eso...
Por mamá del Cielo, ¡por la patria!
Un silencio siguió a las palabras del niño.
Los padres se miraban, mudos, penetrados de un respeto extraño como
si la voz del inocente viniese de otras regiones de más arriba. Y al
cabo de unos instantes, Carlos dijo a su mujer:
-Acuéstale. Son las diez largas.
-¿Y la lección del Catecismo?
-Hoy ya la ha dado -respondió el padre,
besando a Ángel con ardor sobre el nacimiento de la rubia melena. |
|
|
El caballo blanco
Allá en el primer cielo, en deleitoso jardín, Santiago
Apóstol, reclinando en la diestra la cabeza leonina, de rizosa crencha color del
acero de una armadura de combate, meditaba. Mostrábase punto menos caviloso y
ensimismado que cuando, después de bregar todo el día en su oficio de pescador
en el mar de Tiberíades, vio que ni un solo pez había caído en sus redes; solo
que entonces el consuelo se le apareció con la llegada del Mesías y la pesca
milagrosa. Ahora, aunque en tiempos de pesca estamos, el hijo del Zebedeo,
mirando hacia todas partes, no adivinaba por dónde vendría la salvación,
siquiera milagrosa, de los que amaba mucho.
Frente al Patrono, en mitad del campo, se elevaba un
árbol gigantesco, de tronco añoso, rugoso, de intrincado ramaje, pero casi
despojado de hoja, y la que le quedaba, amarillenta y mustia. Infundía respeto,
no obstante su decaimiento, aquel coloso vegetal; a pesar de que no pocos de sus
robustos brazos aparecían tronchados y desgajados, conservaba majestuoso porte;
su traza secular le hacía venerable; convidaba su aspecto a reflexionar sobre lo
deleznable de las grandezas. De las ramas del árbol colgaban innúmeros trofeos
marciales. Petos, golas, cascos, grebas y guanteletes, con heroicas abolladuras
y roturas causadas por el hendiente o el tajo; espadas flamígeras sin punta y
lanzas astilladas y hechas añicos; rodelas con arrogantes empresas; albos mantos
que blasona la cruz bermeja, trazada al parecer con la caliente sangre de una
herida; yataganes cogidos a los moros; turbantes arrancados en unión con la
cabeza; banderas gallardas con agujeros abiertos por la mosquetería; el alquicel
de Boabdil y la diadema pintorescamente emplumada de Moctezuma... Al pie del
árbol, sujeto a él con fuerte cadena de hierro, se veía un ser hermosísimo, un
corcel de batalla luminoso a fuerza de blancura: el Pegaso cristiano, aquel
ideal bridón que galopaba al través de las nubes y descendía a traernos la
victoria.
Los ojos del Apóstol se fijaron en el caballo, cual si
no le hubiese contemplado nunca. Notó la lumínica blancura del pelo, la fluida
ligereza y ondulación delicada de las crines, el fuego de las pupilas, el
aliento ardiente que despedían las fosas nasales, la delgadez de los remos,
finos cual tobillo de mujer; la especie de electricidad que desprendía el cuerpo
del generoso animal celeste. Con solo advertir que le miraba su jinete de
antaño, el caballo se estremeció, empinó las orejas, respiró el aire, hirió la
tierra con el reluciente casco y pareció decir en lenguaje de signos: «¿Cuándo
llega la hora? ¿Vamos a estar siempre así? ¿Por qué no me desatas? ¿Por qué no
cruzamos otra vez entre lampos y chispas el firmamento rojo, el aire encendido
de las campales batallas?»
Levantóse el Apóstol guerrero y fue a halagar con las
manos el lomo de su cabalgadura. Quería consolarla, quería calmar su impaciencia
y no sabía cómo, pues él, glorioso veterano, también soñaba incesantemente
renovar las proezas de otros días. Sin duda para acrecentarle el ansia y
avivarle el recuerdo aparecióse por allí un alma acabada de ingresar en el
Paraíso, pues daba claras señales de no conocer los caminos, de hallarse como
desorientada e incierta. Era el recién llegado de mediana estatura, moreno,
avellanado y enjuto; rodeaban su tronco retazos de tela amarilla y roja, que
apresuradamente igualaba en matiz la sangre fluyendo de varias mortales heridas.
Santiago corrió hacia aquel valiente con los brazos abiertos, y el español, al
ver ante sí al Apóstol de la patria cayó de rodillas y le besó los pies con
infinita ternura.
-Bonaerges, hijo del trueno -murmuraba devotamente el
español-, ¿por qué nos has abandonado? En nuestro infortunio, confiábamos en ti.
Esperábamos que hicieses vibrar sobre nuestros enemigos el rayo o lloviese sobre
ellos fuego celeste, como el que quisiste lanzar contra aquellos samaritanos que
cerraban las puertas de su ciudad a Jesús. Mira, Santiago, adónde hemos llegado
ya. Te lo diré con palabras de la Epístola que se lee el día de tu fiesta: hemos
sido hecho espectáculo para las naciones, los ángeles y los hombres. Hemos
venido a ser lo último del mundo. Y todo por faltarnos tú, Apóstol de los
combates. Desata tu corcel, guíale al través del aire, ponte a nuestra cabeza.
El caballo blanco olfatea la lid. ¿No oyes cómo relincha, deseoso de arrancar el
grito de «cierra España»? Desciende: te esperan «allá». Te aguarda la tierra que
por ti se creyó invencible. El bridón quiere romper la cadena. ¡Santiago! ¡Buen
Santiago! ¡Señor Santiago!
Al oír tan apremiantes súplicas, el Apóstol se conmovía
más. ¡Soltar el corcel blanco, salir al galope, esgrimir otra vez el acero
llameante! ¡Hacía tanto tiempo que lo anhelaba! No por su gusto permanecía en la
inacción, con la montura amarrada al árbol y las armas colgadas del ramaje... Y
alzando y consolando al español y apretándole contra su pecho, Santiago empezó a
vendarle las heridas cruentas, hecho lo cual llegóse al tronco y desató al
blanco bridón, que, loco de júbilo al verse libre, al suponer que remanecían las
aventuras de otros tiempos, agitó la cabeza, hizo flotar la crin, corveteó
gallardamente y, batiendo el polvo con sus bruñidos cascos, alzó una nubecilla
de oro. Por su parte, el Patrón descolgaba la cota de malla y se la vestía,
calzábase el ancho sombrerón orlado de acanaladas conchas, afianzaba en los
hombros el manto, embrazaba el escudo y ceñía el tahalí y la espada terrible.
Entre tanto, el español echaba al caballo la silla recamada de oro y le ponía el
freno y el pretal incrustado de cabujones de pedrería. Y cuando ya el Apóstol
trataba de afianzar el pie en el estribo de plata para saltar, he aquí que
aparece, saliendo del vecino bosque, otro español, vestido de paño pardo calzado
con groseras abarcas, haciendo señas para que se detuviese el Apóstol. Este
aguardó; en el villano de tez curtida y de rústico atavío acababa de reconocer a
San Isidro, pobrecillo jornalero laborioso, que en su vida montó más que
jumentos cargados de trigo, porque los llevaba a la molienda.
-¡Orden del Señor! -voceaba el labriego
descompasadamente-. ¡Orden del Señor! Ese caballo nos hace falta para uncirlo al
arado y que ayude a destripar terrones. Y ese español que está ahí, que venga a
llevar la Junta. Bien sabes, Bonaerges, lo que dijo el Señor en ocasión
memorable, cuando tu madre le pidió para ti y tu hermano el puesto más alto en
el cielo: «Los que quieran ser mayores, beban primero su cáliz.» Paisano mío, a
arar con paciencia y sin perder minuto... |
|
|
«La exangüe»
-Alquiló el cuarto tercero de mi casa, desocupado hacía
tiempo -nos dijo el eminente doctor Sánchez del Abrojo-, una señora que me llamó
la atención al encontrarla casualmente en la escalera. Nada tenía, a primera
vista, de particular; ni era guapa ni fea, ni vieja ni joven; vestía de riguroso
luto y pasaba como una sombra, tímida y muda, acongojada por el sobrealiento de
la subida. Lo que en ella me extrañó fue la palidez cadavérica de su rostro.
Para formarse idea de un color semejante, hay que recordar las historias de
vampiros que cuentan Edgardo Poe y otros escritores de la época romántica y
servirse de frases que pertenecen al lenguaje poético; hay que hablar de palidez
sepulcral; solo la muerte da un tono así a una faz humana.
El manto negro encuadraba y realzaba aquel rostro de
cera, y en él observé una expresión peculiarísima, mezcla de dolor y de
satisfacción, de calma y de sufrimiento. Mi costumbre de ver enfermos me hizo
comprender que allí no existía sólo un estado físico delatado por el calor;
reconocí las huellas de algún sacudimiento moral formidable, los estragos de una
catástrofe ignorada, y penetrado de simpatía y respeto, saludé a mi vecina
siempre que nos cruzábamos en la meseta, y le cedí el pasamanos con especial
deferencia y apresuramiento cortés.
Transcurrió una quincena sin que la viese, hasta que un
día la criada de la pálida bajó a rogarme que visitase a su señora, encarnada y
enferma. Subí al tercero y encontré una vivienda pobre, limpia, glacial. Sin
necesidad de tomar el pulso, reconocí en mi nueva cliente los síntomas de la
anemia profunda, cuando ya ataca los tejidos y produce desórdenes graves. Las
piernas hinchadas, la extremada languidez, el no poder alzar los párpados, eran
señales de que faltaba el jugo vital, licor precioso que reparte por todo el
organismo energía y fuerza.
-Cada quisque -prosiguió el médico, después de ligera
pausa- tiene sus caprichos y sus goces. Otros coleccionan dijes, baratijas,
cuadros, muebles, que avalora su belleza o su rareza; yo (no por caridad ni por
filantropía; por «tema», por mi carácter tozudo) colecciono vidas; junto
resurrecciones... Es para mí deleite refinado arrancar a la nada su presa... Me
complazco en saber que gracias a mí andan por la calle más de un centenar de
personas que ya tenían ganado el puesto en la sacramental. Ver a la pálida, y
prometerme enriquecer con ella mi colección, fue todo uno. Déjense ustedes
-añadió, atajando nuestras manifestaciones- de elogios que no merezco...
Créanme. ¡Si me conoceré yo! Los que nacen para tenorios se desviven por «una
más» en la lista. ¿Se figuran ustedes que en el fondo hay gran diferencia? No
tengo veta de tenorio, pero soy otro como él, que reúne y archiva en la memoria
emociones de un género dado. ¿Amor a la Humanidad? ¡Quia! Odio al sepulturero,
¡que no es lo mismo!...
Explicada así, comprenderán que no hay que alabarme
tampoco por lo que hice para ampliar y reforzar mi catálogo.
La anemia se cura, más que con medicinas, con alimentos
y reconstituyentes. La señora no podía costear ciertos manjares: sustancia de
carne, verbigracia; como yo deseaba hacerla revivir, puse los medios, y la cosa
marchó bien. Todavía está descolorida; no creo que llegue nunca a preciarse de
frescachona; pero ya no sugiere ideas de vampirismo... Y no vendría a cuento que
yo hablase de esta curación, menos difícil que otras, si no me hubiese
proporcionado ocasión de saber la historia de la tremenda palidez. Fue
necesario, para que me la refiriese, todo el agradecimiento que la pobrecilla me
cobró, no sé por qué, acompañándolo de una veneración y una confianza sin
límites.
Era mi enferma una señorita bien nacida, y se había
quedado sin padres, ni más amparo en el mundo que el de un hermano menor,
empleado, por influencia de un pariente poderoso, en nuestras oficinas de
ultramar. El sueldo módico sostenía mal a los dos hermanos; sospecho que ella
trabajaba para fuera; con todo eso, pasaban suma estrechez. Nació de aquí el
deseo de un traslado a Filipinas, la hermana siguió al único ser a quien amaba,
y se establecieron en uno de esos poblados de barracas de bambú, perdidos en el
océano de verdor del hermoso archipiélago que ya no nos pertenece.
Abreviando detalles de los años que allí residieron en
paz, diré que la sublevación al pronto no les asustó; creían inofensivos a
aquellos adormilados y obedientes indígenas, y les parecía seguro reducirlos,
con solo alzar la voz en lengua castellana, a la sumisión y al inveterado
respeto. Disipóse su error al cercar el poblado hordas diabólicamente feroces,
que lanzaban gritos horrendos y esgrimían el bolo y el campilán. Defendióse con
valor de guerrillero el fraile párroco, refugiado en la iglesia, realizando
proezas que no pasarán a la Historia; ayudóle como pudo el empleado; cedieron al
número; quedó el fraile acuchillado allí mismo; al empleado le cogieron vivo, y
a su hermana la llevaron arrastra a una choza donde el vencedor, un cabecilla
tagalo (poco importa su nombre), tenía su cuartel general. La española se arrojó
a sus pies llorando, implorando el perdón del hermano con acentos desgarradores.
La cara amarillenta del cabecilla no se alteró: expresaba la frialdad inerte de
la raza, y se creería que era de madera de boj, a no brillar en ella la chispa
de los oblicuos ojuelos de azabache. En el semblante impasible leyó la señorita,
enloquecida de horror, la sentencia del hermano adorado, y besando los pies del
cabecilla, le ofreció «su sangre por la de él». «Se admite -contestó de pronto
el amarillo-. La sangre de él no correrá. Que sangren a ésta.»
La sangría, estremece decirlo, duró... una semana. Cada
mañanita, en una escudilla de coco, recogían la sangre de la desdichada, que
caía después al suelo en mortal desmayo. Desde el quinto día, la debilidad le
produjo una especie de delirio; creíase a bordo del barco que la conducía a
España, libre y feliz, al lado de su hermano; escuchaba el ruido del mar
batiendo los costados del buque, y notaba (efectos del vértigo) el ir y venir de
las olas, el balance y cuchareo de la embarcación, el soplo del viento, la
humareda que la chimenea lanzaba. Tan pronto su alucinación le mostraba una
bandada de tiburones, como un asalto de piraguas llenas de indígenas; ya
exhalaba chillidos porque ardía el barco, ya oía silbar las balas de los cañones
y veía que el gran trasatlántico, partido en dos, hundíase en el abismo. Al
amanecer del octavo día (último de su suplicio, según la habían anunciado),
cuando ya la vena del brazo, exhausta, sólo gota a gota soltaba su jugo, y el
corazón desfallecía próximo al colapso mortal, en un momento lúcido, o acaso de
fiebre, se le apareció España, sus costas, su tierra amada, clemente; y creyendo
besarla, pegó la boca al suelo de la cabaña, donde yacía sobre petates viejos,
medio desnuda, agonizando, devorada por sed horrible, clamor de secas venas sin
jugo.
La misma tarde cerró sobre el poblado una columna de
Infantería española e indígena, poniendo en fuga a los insurrectos y libertando
a los prisioneros y heridos. Atendieron a la infeliz, reanimándola un poco a
fuerza de cuidados. Lo primero que pidió la exangüe fue a su hermano; quisieron
ocultarle la verdad; pero la adivinó: el castila colgaba de un árbol
corpulento... El cabecilla había cumplido su palabra no sacándole gota de sangre
de las venas...
Entre los que escuchaban a Sánchez del Abrojo siempre
contábase el pintor modernista Blanco Espino, a caza de asuntos simbólicos...
Batió palmas con entusiasmo.
-Voy a hacer un estudio de la cabeza de esa señora. La
rodeo de claveles rojos y amarillos, le doy un fondo de incendio..., escribo
debajo La Exangüe y así salimos de la sempiterna matrona con el inevitable león,
que representa a España. |
|
|
La armadura
No se hablaba más que de aquel baile, un acontecimiento
de la vida social madrileña. La antojadiza y fastuosa señora de Cardona había
exigido que no solo la juventud, sino la gente machucha; no solo las damas, sino
los caballeros, todas y todos, en fin, asistiesen «de traje». «No hay -repetía
madame Insausti- más excepción que el nuncio..., y eso porque va 'de traje'
siempre.»
Prohibido salir del apuro con habilidades como narices,
girasoles eléctricos en el ojal, pelucas o trajes de colores. Obligatorio el
traje completo, característico, histórico o legendario.
Se murmuró, naturalmente, de la Cardona (con los sayos
que le cortaron podrían vestirse los concurrentes a la fiesta); se le puso un
nuevo apodo: Villaverde... Pero entre dentellada y dentellada, la gente consultó
grabados y figurines, visitó museos, escribió a París, volvió locos a sastres y
modistas..., y las caras más largas no fueron debidas a la sangría del bolsillo,
sino a omisiones en la lista de invitados.
Quien estaba bien tranquilo era el joven duque de
Lanzafuerte. Al preguntarle Perico Gonzalvo «de qué» pensaba ir, triunfante
sonrisa dilató sus labios. «Voy de abuelo de mí mismo. Ya verás mi martingala»,
añadió satisfecho.
Y es que (en confianza) gastos extraordinarios no le
convenían al duque. Estoy por decir que ni ordinarios. Embrolladísimos andaban
los asuntos de la casa, y gracias que el padre del duque se había muerto a
tiempo; que si dura dos añitos más... En fin: se salió adelante, por la puerta o
por la ventana... Por la ventana, sobre todo. Se vendían cortijos, cuadros de
mérito, literas, tapices... Quedaban aún, testimonio de grandeza pasada, algunas
antiguallas preciosas, y entre ellas, una armadura completa de un paladín
compañero de Carlos V. En esta armadura, arrinconada en una especie de leonera,
se había fijado el duque, haciéndola limpiar de orín, y al parecer limpia vio
que era objeto digno de la Armería, muy semejante (y quizás de la misma mano) al
célebre arnés de parada y guerra del emperador, conocido por «el de los
mascarones». Igual labor milanesa, finísima, de ataujía de oro y plata; igual
empavonado...
A conocerse, hubiese sido cebo de anticuarios y envidia
de coleccionistas. ¿Qué mejor disfraz? ¿Qué cosa más propia de máscaras? Sin
gastos ni cavilaciones, Lanzafuerte sería el rey de la fiesta.
Dicho y hecho. Dos horas antes de la solemne de entrar
en el baile, estaba el duque abierto de brazos y esparrancado de piernas,
dejándose abrochar piezas de la armadura. Fue especialmente arduo el ajuste del
peto y espaldar: se habían olvidado las correas con su hebillaje. Terminada la
difícil obra, se miró el duque en un espejo de cuerpo entero y no se reconoció.
Afeitado el bigote, cayendo a ambos lados del rostro las melenas de la peluca,
era un retrato antiguo bajado del lienzo. La apostura arrogante, la boca
desdeñosa, el diseño de las facciones viril y adamado a un tiempo, convertían al
duque en «doncel» y la raza hirvió en su sangre, causándole la nostalgia de la
edad heroica. «¡Si nazco entonces!», murmuró con orgullo. «Pero ¡ahora...,
claro! No hay medio...» Aumentaba su engreimiento el que la armadura le venía un
poco estrecha. «Soy más hombre que el paladín...»
Al bajar las escaleras, sus ideas tomaron otro giro. Si
no le ayudan los criados, de cabeza al portal. Y precauciones infinitas para
meterse en el coche, para sentarse, para salir, para subir a la regia morada de
Cardona, por peldaños de mármol, entre doble de fila de lacayos empolvados, de
azul librea y calzón corto. En cambio la entrada, de sorprendente efecto.
Destacándose sobre los trajes, que al fin eran disfraces de relumbrón, la
armadura se imponía por el arte, por la verdad, por la seriedad y la extrañeza.
Un guerrero se alzaba del sepulcro, una estatua yacente se había incorporado.
Como animada figura debida al cincel de Pompeyo Leoni, avanzaba el duque,
levantando a su paso murmullos de admiración. Los inteligentes tasaban aquel
noble despojo y lo valuaban en cifras sonoras, con el impudor del hábito de que
todo se venda. Los artistas transportados, clamaban elogios, los preciados de
eruditos recordaban timbres de la casa de Lanzafuerte, y una vez más desfilaba
la clásica lista de nuestros triunfos: San Quintín, Pavía, Orán, Ceriñola. Y el
choque del acero al andar el duque tenía un eco romántico, algo parecido al son
de los escudos en la cabalgata wagneriana. Sólo una voz burlona, casi en la
misma cara de Lanzafuerte, pronunció:
-Se ha disfrazado de héroe para que no le conozca ni su
madre...
Por fin, la maravillosa armadura se confundió entre el
bullicio del baile, en un remolino de cíngaros, andaluces girgels, marquesas
Luis XV, rosas, libélulas y japonesitas de cejas pintadas. El paladín de Carlos
V empezaba a notar indefinible molestia, que fue acentuándose, convirtiéndose en
declarada fatiga.
No podía dudarlo: le pesaba y le apretaba la maldita
armadura... ¡Qué idea haberse metido en semejante caparazón! Ni poder bailar, ni
siquiera estar de pie... ¿Sentarse? ¿Y cómo? ¿Que a lo mejor saltasen las
escarcelas y se quedase allí en calzón de punto? Imposible... Un sudor de
angustia humedeció sus sienes. Irse era exponerse a la chacota... Por fatalidad,
la bella Inés Puenteancha vino a rogarle que hiciese bis en un rigodón.
¿Rigodón? ¿Andar, volverse, inclinarse? Lanzafuerte, acongojado, se excusó lo
mejor que supo... Pidió en el comedor un vaso de ponche helado y experimentó
momentáneo alivio. La Puenteancha le preguntó risueña si estaba malo.
-No es nada... calor... -y a manera de quien huye,
pálido, escalofriado, se escabulló a la serre, casi desierta, y con paso
trabajoso se dirigió a la antesala. Los lacayos le socorrieron, le bajaron en
vilo, avisaron a un coche. Dentro cayó el guerrero, produciendo temeroso ruido.
¡Uf! ¡Por fin! En casa le arrancarían la horrible armadura.
-¡Fuera todo esto, fuera! -gritó cuando estuvo en manos
de sus servidores, que se miraban sorprendidos y descontentos... ¡Ellos que se
prometían una noche de libertad! Y además..., ¡qué compromiso!
-¡Fuera todo, volando! -repetía el duque, abriendo los
brazos otra vez, esparrancando las piernas.
Quitáronle gola, escarcelas, quijotes, grebas,
brazales, cubos, guanteletes... Al llegar a la coraza se pararon.
-¿Qué aguardáis? -interrogó furioso...- ¡Si esto es lo
que más me oprime!
El ayuda de cámara, tartamudeando, se disculpó. ¿No se
acordaba el señor duque? Su coraza, por faltarle el hebillaje y correas, estaba
soldada a fuego.
-¡A fuego! ¡Es verdad! ¡Maldita sea! ¡Volando!... ¡El
armero!... ¡Ya estáis aquí con él!
Nuevas excusas. Confusión. ¡El armero! Si el señor
duque lo deseaba irían...; pero inútil buscar a nadie a la una de la noche del
domingo de Carnaval. Hasta la mañana siguiente...
Ante una orden a rajatabla salieron a caza del armero,
con la convicción de no encontrarle, y quedóse el duque embutido en la coraza,
echado sobre la cama, sin poderse revolver ni resollar. La opresión de su pecho,
la sensación de asfixia eran ya tormento insufrible. Y pasaban las horas de la
noche con cruel lentitud, y comprimía sus pulmones hasta ahogarle una mano de
plomo. ¡Armadura odiosa! ¡Cuánto daría el descendiente de los paladines por
verse libre de ella, por tenerla colgada en la pared, en panoplia decorativa,
luciendo sus labores riquísimas, sus figuras paganas del más puro Renacimiento!
¡En la pared, sí; en el pecho no! ¿Qué sugestión diabólica había sido aquella?
Incrustarse en el molde de otros siglos... ¡y no poder salir! Sentir sobre un
costillaje débil, sobre un corazón sin energía, la cáscara del heroísmo
antiguo... ¡y no romperla! ¡Prisionero de una armadura! El golpe de sus arterias
remedaba el trotar de bridones; el zumbido de la sangre era el fragor de la
batalla...
-Así verás que no es tan fácil disfrazarse de abuelo de
sí mismo -dijo, soltando la carcajada, Perico Gonzalvo, que, según costumbre,
subió a casa de su amigo al retirarse del baile, y penetró en la alcoba de
Lanzafuerte tocando una trompeta de cotillón, toda guarnecida de cascabelitos
dorados...¿Parecerse a la gente de «entonces»? ¡Hombre! Ni en guasa...
Y como Lanzafuerte gimiese medio muerto (ya ni respirar
podía), añadió el gomoso:
-¿Sabes qué me ocurre? España está como tú..., metida
en los moldes del pasado, y muriéndose, porque ni cabe en ellos ni los puede
soltar... Bonito simbolismo, ¿eh? Vaya, voy en persona a traerte alguien que te
libre de ese embeleco... Porque ¡si esperas a los criados...! |
|
|
El torreón de la esperanza
¿Conocéis por tradiciones y descripciones el torreón
fatídico desde cuya plataforma la infeliz Isaura, séptima esposa de Barba Azul,
aguardó con sudores de agonía a sus hermanos, que venían a libertarla de la
muerte? Aferrada a una almena como si ya se defendiese instintivamente del
cuchillo, Isaura, con el rostro del color de la cera y el cuerpo tembloroso, no
tenía ánimos ni para seguir avizorando el horizonte. Su esposo y verdugo,
después de sorprender la delatora mancha de sangre en la llave del terrible
gabinete, mandó a Isaura subir a lo más alto de la torre para encomendarse a
Dios, advirtiéndola que de allí a media hora, sin remisión, iría a degollarla.
Isaura, flaqueándole las piernas, nublados por el miedo los ojos, sólo acertaba
a preguntar de minuto en minuto, con voz a cada paso más apagada y desfallecida:
«Hermana Ana: ¿No ves nada? ¿No viene nadie?» Y Ana, dolorosamente, respondía:
«Sólo veo la hierba que verdea y el camino que blanquea.» Cuando ya faltaban
pocos instantes para cumplirse el plazo; cuando Isaura, crispadas las manos, se
agarraba a las piedras creyendo sentir en la garganta el frío del cuchillo, Ana
exhaló un grito loco, delirante: «¡Allí vienen, allí vienen!» Y disipada la nube
de polvo que arremolinaba el galope de los corceles, Isaura reconoció a los
paladines que volaban a salvarla...
Mucho se ha escrito y discutido acerca del torreón de
Barba Azul. La opinión más general es que yace en ruinas, y que si los medrosos
subterráneos, con sus mazmorras y pozos donde aparecen aún hoy, al excavar y
registrar, huesos y calaveras humanas, se conservan intactos, el torreón de la
Esperanza se vino a tierra.
Mejor informado, puedo asegurar que el torreón existe.
Es tan fuerte y sólido, sus piedras están tan bien trabadas, con cemento tan
indestructible; su gorguera de elegantes almenas posee una resistencia tal, que
ni las tormentas, ni la lluvia, ni el aire, ni siquiera el transcurso del tiempo
y el abandono, han podido dar cuenta de él.
Hay más todavía. No solo no ha sufrido deterioro el
torreón, sino que actualmente es visitado por innumerables peregrinos y viajeros
de todos los países del mundo, que acuden allí como en romería, atraídos por la
leyenda. Ésta asegura que encaramándose al torreón de la Esperanza y aguardando
con paciencia -sin dejar de implorar el auxilio del Cielo-, cada cual acaba por
ver venir, alzando la indispensable nube de polvo, una representación de su
porvenir y su destino. Ya se adivina si estará concurrida la plataforma de la
torre y si los que se agarran a sus almenas -las mismas a que Isaura se abrazó
en trance apretadísimo- sentirán latir el pecho de ansiedad, a veces de dolor, a
veces de suprema alegría.
No hace mucho -esta noticia nos interesa
especialmente-, una caravana de viajeros españoles, como pasase cerca del
torreón de la Esperanza, deseó subir a él. Antes de realizar la ascensión
conferenciaron, y con la verbosa familiaridad y la espontánea franqueza que
caracteriza a los españoles, se confiaron recíprocamente sus aspiraciones y
hasta sus fantásticos sueños. Abrieron su corazón como se abre una puerta, de
par en par, y resultó que existía entre sus anhelos afinidad y analogía extraña.
Querían encaramarse al torreón de la Esperanza, porque, aburridos y hastiados de
lo presente, sólo fiaban en las novedades que diese de sí lo futuro. Mostrábanse
los peregrinos descontentos de cuanto existe, y andaban conformes en atribuir
los males y decaimiento de España a los individuos que figuran a la cabeza de la
nación. Sólo un ciego no vería la decadencia y lastimoso agotamiento de nuestros
«héroes». Sobre este tema había que oír a los peregrinos, oportunos, decidores y
epigramáticos. Las flaquezas, las deficiencias, las torpezas y los yerros de las
celebridades salieron a relucir con salsa de mostaza picante, con fuego graneado
de chistes y anécdotas.
Quedaron allí las altas famas pulverizadas, las glorias
disueltas y devoradas por el ácido corrosivo de una crítica mofadora. ¿Los
estadistas? Garduñas, vividores sin conciencia. ¿Los caudillos? Cobardones, y,
por contra, ineptos, sin el acierto instintivo del guerrillero ni la vasta
estrategia del verdadero gran capitán. ¿Los artistas? Imitadores misérrimos, que
se traían del extranjero las ideas y hasta las formas, como las bailarinas se
traen pantorrillas de algodón. ¿Los literatos? Pobres diablos secos y vacíos
hasta la médula de los huesos, y además, pesadísimos... «¡Lateros insufribles!»,
gritó uno de los peregrinos, que frisaría en los veintitrés años y lidiaba a la
sazón con el tercero de Derecho.
La frase resumió el debate; todos convinieron en que se
estaba erigiendo una catedral de hojalata para que se riese la posteridad. Urgía
refrescar, variar el personal; era llegado el instante de cambiar de baraja,
estrenando una nueva, tersa, reluciente, no sobada ni fatigada del uso...
¡Vengan otros, los desconocidos, los ignorados genios que encierra en su seno la
multitud anónima! Por eso ardían los españoles en deseos de subir al torreón y
divisar a lo lejos el remolino de polvo que anuncia la irrupción triunfante del
porvenir...
A la mañana siguiente, al despuntar el día, trepando
por las piedras, agarrándose a las matas de hiedra, valiéndose de escalas y de
sogas, arañándose las manos, alcanzaron la plataforma, y reclinados en el
parapeto y el almenaje, consultaron ansiosos el horizonte. Desde luego pudieron
cerciorarse de la verdad histórico-topográfica que envuelve la conseja de Barba
Azul. Arrancando de la calzada que conduce al puente levadizo del castillo, y
prolongándose hasta perderse allá entre dos montañas casi difuminadas en la
lejanía, serpeaba por frescos prados la cinta de plata del camino. En lo más
distante que de él podía percibirse clavaron los ojos los españoles, como los
había clavado la despavorida Isaura; y repitiendo su pregunta con afán poco
menor, preguntaban los cortos de vista a los que asestaban poderosos gemelos:
-Qué, ¿nada? ¿No asoma nada aún?
Y los otros respondían:
-Nada... Sólo se ve la hierba que verdea y el camino
que blanquea.
Pasaron horas y horas, y mis españoles quietos allí,
catalejo en ristre, o haciéndose pantallas y tubos con periódicos los que de
anteojo carecían. El sol, que iba remontándose al cenit, picaba más de lo justo
y quemaba las pupilas y derretía los sesos; la sed inflamaba los gaznates y el
hambre pellizcaba los estómagos; pero la magia de la Esperanza, como un filtro,
sostenía a los expedicionarios, impidiéndoles retirarse. Cerca ya de la hora
meridiana, un privilegiado que poseía unos soberbios marinos exhaló chillido
indescriptible. ¡Allá, allá, en lontananza remotísima, acababa de aparecer un
punto blanco, el núcleo de un astro, la misteriosa nube de polvo!
Creyeron volverse locos los españoles. De mano en mano
pasaron los gemelos. ¡Sí, sí, allí estaba, creciendo, dilatándose, la nube!
Pronto, roto el turbio velo, lograron distinguir lo que
se acercaba. Era una lucida cohorte a caballo, una hueste espléndida,
bizarramente engalanada y armada de punta en blanco, apercibida al combate. Ya
se podían admirar el corveteo de los fogosos bridones, ya el damasquinado de los
arneses y cotas; ya gallardeaba el ondear de las plumas y el flotar de las
bandas de colores; ya se distinguían las empresas de los pendones y el blasón de
los escudos... Los de la plataforma, ebrios de entusiasmo, gritaban, vitoreaban,
cabalgaban en las almenas a riesgo de estrellarse... Faltábales sólo ver las
caras de los paladines: era una fatalidad; llevaban todos baja la visera del
casco ¡Grande, ardiente era el anhelo de conocer a los que cifraban el destino
de la patria española!...
Un clamoreo inmenso, de nervioso entusiasmo, se alzó de
la plataforma cuando, llegados al pie del puente levadizo, los «héroes» que
venían alzaron la visera... Y otro clamor especial, de ironía y desencanto,
siguió al primero.
Los de la hueste esperada, los de la hueste
desconocida... no eran sino «aquellos» mismos, ¡vive Dios!, aquellos que desde
hacía años lidiaban, resistiendo los embates de la censura y las exigencias del
descontento y del cansancio. Todos iguales, invariables, ya curtidos, ya
veteranos... Los mismos caudillos, los mismos estadistas, los mismos artistas y
literatos célebres... ¡Ni una cara nueva, vive Dios!
Y los viajeros españoles, asaz mohínos, descendieron
aprisa... A la noche se consolaron armando una tertulia, volviendo a pulverizar
a los eternos «héroes», y planeando, para el otoño próximo, otra subida al
torreón de la Esperanza. |
|
|
El palacio frío
¿Os acordáis de aquella princesa enferma,
hija del rey de Magna, a quien curó como por ensalmo un viejo
mostrándole cierto panorama muy lindo? Pues habéis de saber que a la
vuelta de muchos años el cetro de Magna vino a recaer en un hijo de
esta princesa, y este hijo, bajo el nombre de Basilio XXVII, reinó
gloriosamente por espacio de más de un cuarto de siglo, persistiendo
la huella de su paso por el trono en varios monumentos grandiosos y
venerables, que estudian hoy los arqueólogos con particular interés,
discutiendo si el estilo peculiar de tales construcciones es
invención que exclusivamente pertenezca al vigésimo séptimo Basilio
o procede ya de la influencia de su madre y quizá se remonta hasta
la de su abuelo. Punto es éste acerca del cual se han escrito doce
voluminosos libros y cosa de setenta monografías asaz doctas.
Lo que especialmente hizo darse de
calabazas a los sabios fueron ciertas imponentes ruinas que la
tradición popular llama del Palacio frío, sin que hasta hace poco
tiempo se consiguiese averiguar el origen de tal nombre, que
contrasta con el aspecto de lo que del edificio resta en pie.
En efecto; el palacio, del cual se
conservan galerías, salones y estancias que decoran restos de ricas
maderas y preciosos mármoles y jaspes, parece haber sido erigido por
la madre de Basilio XXVII para asilo de un feliz amor conyugal; y su
traza, su adorno, su carácter, en fin, son marcadamente amables y
alegres, con la alegría de una dicha soberana, ostentosa y
triunfante.
El emplazamiento, su orientación al
Mediodía, su situación en el punto más despejado y dominando la
perspectiva más risueña, sobre la bahía y entre bosquecillos de
naranjos, limoneros y granados siempre en flor, tampoco permitían
inducir por qué hubo de ser llamado «frío», nombre que parece
delatar solemnidad y tristeza.
El enigma de semejante tradición llegó a
preocupar al doctor Herr Julius Tiefenlehrer, sabihondo catedrático
alemán, que se propuso descifrarlo a toda costa. Con la cachaza del
que no regatea tiempo, se instaló en las mismas ruinas, y araña de
aquí, escarba de allí, rebusca por allá y escudriña por acullá,
consiguió desenterrar, al pie de una columna, en la cripta, bajo lo
que fue salón del trono, un cofrecillo de hierro que contenía un
rollo de manuscritos.
A pique estuvo el doctor Tiefenlehrer de
volverse loco de júbilo con el inestimable descubrimiento; como que
los manuscritos eran nada menos que unas instrucciones muy prolijas,
de puño y letra del mismo Basilio XXVII, y destinadas a sus
herederos y sucesores, para adoctrinarlos en la recta gobernación
del Estado y en la conducta que debe seguir un monarca. Pero lo que
sobre todo arrebató a Herr Julius al quinto cielo, fue que, por vía
de ejemplo, Basilio refería allí con pormenores la historia del
Palacio frío. Y nosotros, al traducirla del enorme volumen en lengua
alemana en que el sabihondo la publicó, enriqueciéndola con toda
especie de documentos, glosas, advertencias, referencias, notas,
comentarios, planos y estudios comparativos con otras tradiciones de
Magna y de los demás pueblos del mundo, la extractamos rápidamente y
sólo damos en forma escueta el relato del extraño suceso por el cual
se llamó «frío» el palacio de Basilio XXVII.
Es el caso que cuando el joven Basilio
heredó la corona, hallóse en un estado de ánimo parecido al fervor
de los que ingresan en una Orden religiosa, y se dio a pensar cómo
debía conducirse a fin de cumplir sus deberes y desempeñar a
perfección la alta y ardua tarea que le señalaba el Destino.
Penetrado de la grandeza y hasta de la santidad de su cargo, pidió a
Dios luz y fuerza para que su nombre pasase a la Historia con la
aureola y el prestigio de los reyes que saben ejercer el poder sumo
en provecho y honor de la patria. Sin embargo, tan excelentes
intenciones se estrellaban contra una dificultad: el rey quería el
bien, pero no sabía dónde estaba, ni en qué consistía, ni cómo era
preciso arreglárselas para descubrirlo.
Así las cosas, y mientras Basilio cavilaba
en el modo de acertar, empezó a darse cuenta de un sorprendente
fenómeno; y es que dentro de su palacio -aquel deleitoso palacio
construido por una reina enamorada para albergue de la dicha, y
enclavado en un oasis, en lo mejor de un país de clima naturalmente
benigno- hacía frío, mucho frío, un frío cruel. La sensación de este
frío, al principio sutil y casi imperceptible, iba siendo a cada
paso más fuerte y penetrante. Nadie dudará que el rey aplicó al
punto los remedios que suelen emplearse contra el descenso de la
temperatura; y el primero fue abrigarse, envolverse en ropas de
invierno. Desde la hopalanda de enguatada seda hasta el manto de
finas pieles de rata polar, colchón vivo que crea una atmósfera
suave y tibia en torno del cuerpo; desde el casacón de terciopelo de
media pulgada de alto hasta la funda de raso rehenchida de plumón de
pato silvestre; desde la vedijosa zalea de cordero blanco hasta la
gruesa manta lanuda, Basilio usó cuanto juzgó a propósito para
entrar en calor, sin que se desvaneciese aquel frío singular,
siempre más intenso. Desesperando ya del abrigo suyo, se dio prisa a
calentar el palacio.
De entonces procede la construcción de las
suntuosas y amplias chimeneas que por todas partes lo decoran, y en
las cuales noche y día se quemaba un monte entero de leña seca,
levantando mil lenguas y jirones de llama. No se conocía en aquel
tiempo otro sistema de calefacción; pero sobraba para disipar
cualquier frío natural y explicable en lo humano. No obstante, el
frío continuó, arreció, redobló, invadiendo ya la médula del rey,
que daba diente con diente a todas horas.
Cuando Basilio XXVII preguntaba a sus
ministros y magnates y a los mil agradadores que bullen alrededor de
los poderosos si sentían como él aquel extraño frío, le desesperaba
oírles responder vagamente que sí, y al mismo tiempo verlos andar a
cuerpo y abanicarse, mientras él se encogía castañeteando los
dientes. Notaron los áulicos la contrariedad del soberano, quisieron
llevarle la corriente y fue muy gracioso verlos fingir que también
se helaban, vestidos de riguroso invierno y sudando como pollos. Y
el joven rey, que tenía un espíritu sincero y leal, se indignó ante
la comedia y miró a sus cortesanos con desprecio profundo al
observar que en cosa tan evidente y palmaria le mentían y engañaban
sin temor. Acometido de tristes recelos, pidiendo la verdad a la
ciencia, Basilio llamó a un médico y le preguntó si el terrible frío
que sólo él padecía sería debido a mortal enfermedad. Reflexionó el
sabio, y después quiso saber si el rey notaba el mismo frío en todas
partes. Abriendo una ventana, suplicó a Basilio que se asomase; y
cuando este pensó tiritar y morir helado, observó que, por el
contrario, el aire exterior le calentaba y reanimaba mucho.
-La solución de este problema no depende de
la Medicina -declaró el doctor-. Vuestra majestad no está enfermo.
No me consulte a mí, sino a su conciencia y a Dios, y pues aquí
tiene frío y ahí no, salga a todas horas; viva fuera de este palacio
fatal.
Y Basilio salió, en efecto, huyendo de la
espléndida morada en que se congelaba su sangre y los mármoles
parecían témpanos, y los dorados, irisaciones del sol en las paredes
de alguna nevera. Echóse a todas horas a la calle, gozando con
delicia la suave temperatura, y poco a poco fue tomando interés en
lo que le rodeaba, y estudiando y conociendo lo que preocupaba y
convenía a sus vasallos.
Vio con extrañeza que el mundo no era como
sus cortesanos lo pintaban, y le pareció que se le barrían de los
ojos unas telarañitas y que el cerebro se le despejaba y se le
despabilaba el sentido. Mil cuestiones que no comprendía se le
aparecieron claras, transparentes; conoció las necesidades, oyó las
quejas, se asimiló las aspiraciones, hizo suyos los deseos y afanes
del pueblo, y de tal modo se identificó a la vida de sus súbditos,
que su corazón llegó a latir enteramente al unísono del gran corazón
de la patria, como si a los dos los regase la misma sangre y los
dilatasen y contrajesen iguales alegrías y tristezas.
Basilio estaba transportado. Lo único que
todavía le contrariaba era que, al retirarse a palacio, le acometía
el frío otra vez. Y, en un momento de inspiración, se le ocurrió
que, pues fuera hacía calor, quizá el palacio se templaría abriendo
de par en par las puertas y las ventanas para que lo llenase el
ambiente exterior, las ráfagas de la calle y hasta la gente de la
calle, la gente humilde. Dio, pues, la orden y fueron franqueadas a
los súbditos las puertas del regio alcázar. Y a medida que el
pueblo, respetuoso y lleno de amor por su buen monarca, recorría las
estancias magníficas, verificábase el portento: derretíase el hielo,
el aire se hacía blando, templado; las avecillas de las pajareras
cantaban, los tiestos florecían, reía el dulce hálito de la
primavera.
Resuelto estaba el enigma. Basilio XXVII no
volvió a tener frío en su palacio. |
|
|
El templo
Sucedía lo que voy a referir en los tiempos
modernísimos de la China, séptimo siglo de nuestra Era, reinando la emperatriz
Vu. No incluyen los historiógrafos sinenses a esta dama en la lista de los
soberanos, alegando que Vu era una usurpadora, ni más ni menos que la actual
emperatriz, que tanto preocupa a la Europa culta.
Hija de un príncipe de Mingrelia, Vu fue llevada al
gineceo de Tai-Sung con otras veinte doncellas nobles, encargadas de hacer el té
y plegar, guardándolos en cajas de sándalo oriental, los ropajes de seda del
emperador. La reconocieron los eunucos; se cercioraron de que tenía el aliento
sano, la dentadura pareja y completa, el cuerpo puro y gentil, y sabía trazar
con el pincel los caracteres complicados del alfabeto, rasguear la guitarra y
recitar de memoria las enseñanzas de la literatura Panhoei-pan, que ordenan a la
mujer ser en su casa nada más que un eco y una sombra. Seguros ya de que Vu
merecía el honor de divertir al glorioso soberano, la vistieron de bordadas
telas, la perfumaron con algalia, salpicaron de flores de cerezo su negra
cabellera, peinada en complicadas y relucientes cocas, y la presentaron a Tai-Sung.
Éste apenas la miró; altos designios, planes heroicos, sabias máximas ocupaban
su mente. Estaba disponiendo las instrucciones que había de dar al príncipe
heredero Kao-Sung, entre las cuales figuraba este consejo: «Reina sobre ti mismo
y sujeta tus pasiones.»
Y el príncipe heredero -asomado al balconcillo de un
pabellón de bambú que adornaban placas de esmalte y cuyo techo escamoso
guarnecían campanillitas de plata- vio pasar a la nueva esclava de su padre y la
codició en su corazón de un modo insensato.
Un mes más tarde, el emperador bebía una taza de té
servida por Vu, y disuelta en la rubia efusión, fuerte dosis de opio ofrecía al
mortal reposo eterno. Después del solemne entierro del ilustre guerrero y
legislador, Kao-Sung repudió a sus legítimas esposas, emperatrices del Poniente
y del Levante, y sentó a su lado, en el trono, a Vu, dándole el título nuevo e
inaudito de reina celestial.
Jamás se había cometido tan grave y escandalosa acción.
La piedad filial es la virtud china por excelencia, y Confucio dice en el Y-King
o Libro de los libros que el padre es al hijo lo que el sol al mundo. Pero
habían pasado los tiempos en que el prestigio de la ley podía más que el respeto
al monarca, y nadie se atrevió a chistar. Solamente un literato -en aquel país
los literatos llevaban la voz de la conciencia pública- tuvo valor para anunciar
a Kao-Sung que los Espíritus o manes de los antepasados tomarían venganza de la
ofensa; por lo cual el literato fue esmeradamente cortado en diez mil pedacitos,
suplicio que se reserva a los grandes culpables.
Sin duda los Espíritus quisieron dejar bien al
literato, pues Kao-Sung murió pronto, consumido por el incendio de sus venas,
por el amor desesperado y loco. Sucedíale su hijo Shun-Sung; pero a los pocos
días la emperatriz le hizo sorprender en su lecho y trasladar en palanquín a una
fortaleza fronteriza, de las que defendían la Gran Muralla. Y apoderándose del
trono dio rienda suelta a su soberbia infinita. Mandó construir un palacio
desmesurado, y en él reunió servidumbre innumerable, entre la cual había
bailarinas, atletas, astrólogos, arqueros muy diestros y palafreneros tártaros
de suma habilidad. Todas las noches los jardines se iluminaban con millares de
farolillos, y barcas empavesadas, de figura de dragones o cisnes, llenas de
músicos, con mesas dispuestas para el banquete, recorrían los estanques y lagos;
en la más suntuosa de las embarcaciones, la emperatriz, rodeada de su corte, se
entregaba a los delirios de la orgía. Hasta tuvo el capricho de hacer un lago de
vino rojo y ver cómo se bañaban en él, ebrios ya, los cortesanos. En medio de su
desatinada vida, Vu pensaba en agrandar su Imperio, y veteranos generales
consiguieron para sus armas brillantes victorias. Los literatos, no queriendo
ser aserrados o cortados en diez mil trozos, cantaban la gloria de la excelsa Vu,
y el Imperio entero, postrado a sus casi invisibles pies, la reverenciaba
acobardado, pues las proscripciones habían hecho oscilar, al extremo de un bambú
corvo, muchas y muy ilustres cabezas.
Cualquiera pensaría que Vu, en tal esplendor de
triunfo, no envidiaba a nadie en la Tierra. Y sin embargo, a los tres días de
reinar, dio marcadas señales de cansancio y hasta de melancolía, por lo cual los
médicos y astrólogos de palacio no sabían a qué santo encomendarse, pues la
emperatriz, encerrada en sus habitaciones, se negaba a ver a nadie, y hasta hubo
días en que rehusaba el alimento. Mil versiones corrían acerca del padecimiento
incomprensible de la emperatriz, y es que nadie podía sospechar que Vu, la
ambiciosa, la caprichosa, estaba perdidamente enamorada de un joven bonzo,
sacerdote de Fo (a quien en la India llaman el Buda).
Ni toda la ciencia del gran Confucio y de Lao-Seu, el
filósofo de las blancas cejas, alcanzaría a explicar la secreta razón del
enamoramiento y del sufrimiento de la emperatriz. Así como se habían reclinado
en los cojines de seda de su gabinete los esculturales hijos de Corea o Kaolín
(la tierra cuyo barro sirvió al Espíritu para modelar al primer hombre), los
indianos del Himalaya, de negros ojos de gacela y dorada piel; los siberianos,
de azules pupilas, y los montañeses kirguizos, de arrogante apostura, nada más
fácil para la celeste emperatriz que prender al joven bonzo Hoay y encerrarle
allí, entre jardines de arbustos enanos en flor, que convidan a la molicie. Mas
no era eso lo que Vu deseaba. Había visto al bonzo en ocasión de hallarse ella
pescando en un estanquito peces de colores. Al tirar de la cuerda y sacar un
plateado ciprino de aletas de carmín, el budista, que pasaba con los ojos bajos,
había alzado la voz, exclamando severamente:
-Mujer, ¿por qué haces daño a los seres vivos e
inofensivos? Si quieres saciar tu crueldad, clávame el anzuelo a mí.
Y desde aquel instante, Vu veía siempre el grave
rostro, la mirada intensa, de fuego, la figura penitente del bonzo Hoay; y en
memoria suya, a ningún ser viviente se hacía mal en el inmenso palacio. Vu comía
frutas confitadas, legumbres cocidas, y las aves anidaban pacíficamente en el
imbricado reborde de los pabellones de recreo.
Un día, ya desesperada, sintiendo que la tristeza la
consumía hasta la médula de los huesos, Vu se hizo conducir al monasterio donde
habitaba el bonzo y arrojándose a sus pies, sin orgullo ni alarde de poderío, le
explicó su mal y le pidió el remedio:
-Yo sanaré si tú me guías; yo sanaré si tú estás a mi
lado.
Hoay levantó del suelo a la emperatriz celeste, y con
palabras fraternales la calmó:
-Empieza -le dijo- por elevar un templo a la Luz y otro
al Cielo..., y después llámame.
Vu erigió dos templos altísimos, que agotaron su
tesoro; terminadas las obras, avisó al bonzo, el cual acudió, y, armado de una
antorcha, incendió los maravillosos edificios. No quedó de ellos más que ceniza.
Después dijo a la consternada emperatriz:
-Ahora, mujer, eleva un templo más alto, más alto,
dentro de ti, en tu corazón, al Cielo y a la Luz... y cuando esté erigido
vuélveme a llamar.
Vu ignoraba cómo arreglárselas para elevar un templo
dentro de su corazón; no obstante por instinto del querer -instinto infalible-,
adoptó la vida distinta de la anterior: abrió las prisiones, prohibió los
suplicios, rebajó los impuestos, oyó las quejas justas, dio premios a la piedad
filial, amparó la agricultura, y en su palacio estableció tal moralidad, que
podrían ser de vidrio las paredes. El bonzo, satisfecho, venía a visitarla todas
las tardes, y cogidos de las manos, apaciblemente, conversaban sobre las cuatro
virtudes sublimes y la liberación de la bienaventuranza final. Vu era dichosa
como en su vida lo había sido.
Sin embargo, los veteranos generales, los eunucos
directores de las fiestas, los panzudos mandarines y hasta los literatos,
envidiosos de la privanza de Hoay, al ver que ya no se ordenaban suplicios,
conspiraron. Y Vu, aquella emperatriz que (según el dicho del historiador padre
Amiot) emprendió y ejecutó impunemente las cosas más extraordinarias y más
opuestas al criterio y costumbres de la China, fue sorprendida en su pabellón y
secretamente estrangulada, en castigo de haber concebido un amor diferente de
otros amores, y de haber, a impulsos de ese extraño sentimiento, elevado en su
corazón un templo muy alto al Cielo y a la Luz. |
|
|
El milagro de la diosa Durga
La historia religiosa y la civil y militar se
encuentran tan íntimamente enlazadas en los pueblos antiguos de la India, que ni
la crítica intenta separarlas; los textos históricos se hallan en los libros
sagrados; las mismas epopeyas tienen carácter teológico, y obra son de bramanes
o sacerdotes. En una epopeya de las más difusas encuentro el relato del hecho
sobrenatural que vais a leer, si lo leéis, y a meditar, si gustáis. De mi sé
decir que me dejó buen rato pensativa.
La ciudad y estados de Kapala, florecientes bajo los
reyes de la casa de Dapatamali, decayeron poco a poco de su antiguo esplendor, y
en plazo relativamente corto vinieron a ser invadidos y sometidos por sus
constantes enemigos los de Karmirti. Tributos onerosos, vejámenes intolerables,
humillaciones continuas, las leyes y las instituciones, el comercio y la
agricultura de Kapala sometidos a la fiscalización y a la avidez codiciosa del
enemigo, todo esto tuvieron los kapaleños que sufrir y llevarlo en paciencia,
pues al soberbio vencedor le parecía harto haberles dejado la vida salva. Es
verdad que cuando aconteció a Kapala tal desventura, ya estaba muy abatida y
desbaratada por culpa de la mala administración, rapacidad y desmanes de los
exactores, y de infinitos vicios que se habían ido arraigando en su constitución
y enfermándola, hasta producir una atonía que hizo a los kalpaleños indiferentes
a su propio decaimiento y vergüenza.
Como si todas las manifestaciones del espíritu se
agotasen a la vez en Kapala, cayó también en olvido la religión, y quedó
abandonado el maravilloso templo de la diosa Durga, emplazado al pie de la
montaña de Sindoro, que es el Olimpo javanés, residencia favorita de los
inmortales. Y se necesitaba que Kapala hubiese descendido tanto para que yaciese
desierta la sacra montaña, poblada de arbustos en flor, regada por ríos y
manantiales de deleitosa frescura, en cuyos remansos abrían los lotos azules,
blancos y rosados, sus redondas y geométricas corolas; la montaña poblada de
lindas apsaras (las ninfas de la mitología indostánica) y de aves canoras y
dulces, cuyos gorjeos hacen insensible el transcurso de las horas, de los años y
hasta de los siglos.
En la vertiente de la montaña alzábase la mole del
templo de Durga, cuyas imponentes ruinas son aún hoy asombro de arqueólogos y
viajeros. Salvada la puerta, lo primero que se divisa es la efigie colosal de la
diosa, de aspecto venerando. Bajos los ojos como en misterioso éxtasis, y
cubierta la cabeza por la alta mitra, en cuyo centro refulge enorme esmeralda;
apoyados los pies en el lomo del toro Nandi, Durga tiende sus ocho brazos, y en
cada uno de ellos lleva un atributo de sus enseñanzas y doctrinas. El primero
empuña la cola de un búfalo, emblema de la agricultura; el segundo, una espada,
que significa el heroísmo; el tercero el vaso sagrado, símbolo de la religión;
el cuarto la maza, representación del vigor y la fuerza; el quinto la luna,
imagen de la sabiduría; el sexto el escudo, que aconseja prudencia y ánimos para
defenderse; el séptimo el estandarte, que es la Ley, y finalmente, el octavo
agarra con brío y violencia los cabellos del muñeco Maikasur, personificación
del vicio, ordenando así la diosa que no se omita el castigo de los culpables,
tan necesario para ejemplo y escarmiento en las bien ordenadas repúblicas.
Dentro no faltaban otras efigies de Durga, y se adoraban las de Siva y Ganesa.
Pena infundía ver el magnífico templo sin sacerdotes ni
acólitos, vacío y mudo, invadido por las plantas parásitas que se agarran a la
piedra y consuman su destrucción.
Aparte de las aves y de los reptiles, no quedaba dentro
del santuario de Durga más ser viviente que un anciano solitario. Es verdad que
valía por cien bramanes: la austeridad increíble de sus mortificaciones, que le
habían desecado el cuerpo y consumido y destuetanado hasta los huesos, le tenían
hecho una momia; pero tan comunicado con la esfera superior de Brama, que
cuantas veces hincaba en el suelo su báculo, el seco tronco brotaba rama y flor,
y que, sin sentirlo, a ratos se elevaba de tierra siete codos el penitente, con
otros prodigios que despacio refiere la epopeya. La fama del santísimo Majamí,
tal era su nombre, empezó a divulgarse, y llegando a oídos de tres kapaleños que
no podían resignarse al triste estado presente de su nación, resolvieron
peregrinar al santuario de Durga y pedir a Majamí consejo y a la diosa
intervención eficaz.
Pertenecían estos tres últimos kapaleños patriotas a la
casta de los chatrias o guerreros, que forma, después de los brahmanes o
sacerdotes, la primer aristocracia de la India. Bien montados y llevando
ofrendas para la deidad, se encaminaron a Sindoro al rayar la mañana, y salvando
la odorífera selva y los lagos deliciosos, no tardaron en avistar las galerías
de arcadas y las innumerables cupulillitas del vasto templo. Pasaron,
sobrecogidos de religioso pavor, bajo la enorme puerta de entrada, en cuyas
jambas hacen la guardia dos colosos armados de sendas porras; y dentro del
patio, al pie de la estatua de la diosa, cruzado de piernas y mirándose al sitio
en que debía estar el vientre -la posición en que suelen representar a los
Budas-, calcinándose bajo un sol de fuego, hecho un pedazo de yesca o un tronco
que abrasó el estío, vieron al santo Majamí, tan quieto, que un pájaro se había
posado en su cráneo y sólo voló al ver aparecer a los tres chatrias.
-Grande y venerable asceta -dijo el que llevaba la
palabra-, hemos venido a turbar tu quietud y a interrumpir las místicas
meditaciones que te ponen en contacto con las esferas divinas, para rogarte que
te acuerdes del daño, desastre y acabamiento de nuestras comarcas y reino de
Kapala, y ejercites el formidable poderío que te otorga tu santidad para obtener
de la diosa Durga, en otro tiempo tan propicia a los kapaleños, que nos
restaure. Únicamente Durga puede hacer un milagro que nos saque del abismo.
Concentra tu voluntad y obtén de la diosa el favor que solicitamos.
Permanecía Majamí como si fuese labrado en piedra. Los
chatrias, respetando su inmovilidad, se prosternaron y adoraron a Durga,
admirando los atributos de sus ocho brazos y la esmeralda que en su mitra
resplandecía como una esperanza dulce. Entonces, con imponente lentitud, los
blancos ojos del solitario giraron en sus órbitas; su boca quemada y negruzca se
abrió solemnemente; su esternón, en que se contaban las costillas apenas sujetas
por la piel, jadeó para recobrar el ritmo de la respiración olvidada; y al fin,
con voz discorde y cavernosa, como el chirrido de una puerta de oxidados goznes,
murmuró gravemente:
-Contemplad, ¡oh chatrias!, los atributos de la diosa.
¡Ellos os dirán cómo se hacen los milagros!
No les contentó la respuesta, e insistieron. El gran
Majamí podía solicitar de Durga milagrosa intervención: ¡el poder de la diosa
era tan infinito! Entonces el penitente, levantándose con trabajo, y renqueando
y vacilando bajo sus canillas huesosas, registró bajo el zócalo de la estatua y
sacó un pez muerto, o mejor dicho, un pez seco ya, de tonos metálicos,
momificado como el propio Majamí -un pez que parecía de estaño y cobre-, y se lo
tendió a los chatrias, que no pudiendo comprender el sentido de tan raro
presente, sin replicar lo tomaron.
-Durga os manda alimentaros de ese pez -declaró Majamí-.
Al sestear en la montaña lo asaréis... y el pez os dirá cómo se hacen los
milagros.
Asaz mohínos se despidieron los tres kapaleños
patriotas, comentando el regalo del pez y conviniendo en que Durga, airada o
indiferente, no quería socorrer a Kapala. Con todo, a la primera parada bajo un
grupo de limoneros y tamarindos, dócilmente encendieron una hoguera y arrimaron
a la brasa el pez. Y, al caer sobre las ascuas, el pez empezó a hincharse, a
esponjarse; sus metálicas escamas se hicieron flexibles; al cabo de pocos
instantes, sus aletas se abrieron, se coloreó de rojo su abierta boca,
palpitaron sus branquias, y ¡oh prodigio de Durga! el pez, de un brinco, saltó
de la llama a la hierba, fresco, vivo, coleando.
-Durga nos manda imitar a ese pez -exclamó el primer
chatria-. He comprendido, hermanos míos: «¡Resucitemos!» |
|
|
Entre razas
Al admirar la colección de objetos de arte de mi amigo
el conde de Boltaña, me llamó la atención uno que no descollaba por su mérito,
pero que decía a mi alma cosas muy expresivas. Era la efigie -de talla, con
ropaje dorado y estofado- de San Benito de Palermo. La negra faz del santo, su
testa de cabellera lanuda, se destacaban con singular energía sobre las ricas
vestiduras sacerdotales. Notando el interés con que yo miraba la estatuilla, me
advirtió el conde:
-Esa escultura es de lo más flojo que hay aquí.
-Pero encarna una idea -respondí al punto-. Encarna la
idea tan esencialmente democrática del catolicismo. Es la apoteosis de la
igualdad humana: reprueba la división en razas superiores e inferiores que
estableció el paganismo. Por eso me conmueve el santito negro, que estará ahora
bañándose en la blanca luz celestial.
-Si yo le refiriese a usted -exclamó el conde- cuándo y
en compañía de quién adquirí esa talla y lo que después ocurrió, tal vez
pensaría usted que a fines de nuestro siglo la civilización vuelve al cauce
pagano, restaurando la desigualdad basada en la fuerza material... y que pierde
terreno, en los pueblos directivos, la noción del derecho.
***
Y como yo insistiese en conocer sin tardanza la
historia de la compra del San Benito, nos sentamos en cómodos y vetustos
sillones de badana cordobesa, y el conde habló así:
-Ha de saber usted que hace años, un primo mío, cónsul
en Baltimore, me recomendó a cierto norteamericano que venía a recorrer las
principales ciudades de España y proyectaba detenerse en Madrid cosa de un mes.
Con la hospitalaria cortesía de que nos preciamos los españoles, sacrificando
tiempo y dinero, me dediqué a acompañar y obsequiar al yanqui, llevándole a
donde mostraba deseos de ir; a las casas de los anticuarios, y también a los
cafés flamencos y teatrillos de mala muerte, con todas sus consecuencias. Para
que usted se explique estas al parecer contradictorias aficiones de mi
extranjero, habré de retratarle en cuatro rasgos.
Podría tener de veintiséis a treinta años de edad; era
alto, anguloso, como tallado a hachazos; y el contraste de su figura consistía
en aquel corpachón de boxeador y púgil terminado por una cara imberbe, rasa, de
ojos incoloros y fríos, de boca femenil. Llevaba el pelo muy recortado, y al sol
su cabeza parecía bola de oro pálido; en suma, la facha de un clergyman, y
desmintiendo el tipo clerical y beatífico, una fisiología poderosa. Su carácter
era poco expansivo, con súbitos arrebatos de voluntarios antojos; y noté
fácilmente cómo en las tiendas de antigüedades pasaba de la glacial indiferencia
al violento deseo, determinado, no por la belleza de un objeto, sino por su alto
precio o su rareza. «Dentro de poco -solía decir en regular castellano, al sacar
la cartera atestada de billetes- tendremos 'allá' lo mejor de la vieja Europa.»
Compraba lo mismo que quien roba, y sin mirar sus adquisiciones segunda vez, las
encajonaba y expedía. Lo único que despertaba en él una emoción parecida al
respeto eran los cachivaches de carácter nobiliario, que suelen hacernos sonreír
a los españoles.
Un carcomido escudo de armas, una amarillenta
ejecutoria con miniaturas, le atraían y borraban la contracción irónica de sus
labios. Llamábase Ricardo Stoddard, y sospecho que poseía fábricas de harinas y
pastas; pero jamás lo confesó, y pidióme por favor que le llamase siempre «don»
Ricardo, en lo cual a poca costa le di gusto.
Una mañana, mientras rebuscábamos tesoros de arte,
apareció ese San Benito de Palermo, cubierto de polvo y destrozadillo. «Don»
Ricardo miró la efigie y pronunció con calma: «Estúpida, una religión que pone
en altares a los negros.» No sé si porque me soliviantó la grosería de la frase
o por espíritu de contradicción, en el acto compré la escultura y mandé que la
llevasen a casa del restaurador directamente. Quería desagraviar al santo de la
oscura tez, y dar de paso una lección al ciudadano demócrata.
Por casualidad, estábamos de acuerdo en visitar aquella
misma noche un cafetucho de no muy buena fama, cerca de los barrios bajos. Si
bien me desagradaban tales excursiones, no me creí dispensado de acudir a la
cita, y nos instalamos ante una mesa, pidiendo cerveza y café. Habría
transcurrido un cuarto de hora, cuando vi que en la mesa próxima acababa de
ocupar una silla un corpulento negrazo. Es tan poco frecuente ver negros en
Madrid, que le miré con profunda sorpresa, admirando su atlética complexión, su
arrogante estatura, su vigor, sus ojos brillantes y la corrección de su traje;
vestía de gris, con chaleco blanco, y calzaba guantes de gamuza barquillo. Sin
poder contenerme, toqué en el brazo a «don» Ricardo y le dije sonriendo:
-Buen tipo, ¿eh? ¡Qué ejemplar!
Volvióse el yanqui y posó en el negro sus pupilas
descoloridas y aceradas. No recuerdo mirada así: el desprecio condensado hasta
producir la frigidez del hielo y la altivez que encuentra su fórmula definitiva
y triunfante se revelaron de la ojeada que siguió a mi observación. Y con voz
incisiva, estridente, que azotaba, pronunció en alto:
-¡Oh! Sí. ¡Vale mil dólares!
No puedo describir el efecto que me causó aquel precio
de mercado, aquella tasa de caballo o de res vacuna, arrojada a la faz de un
racional, de un ser humano; pero describiré el que causó en el negro, que había
oído perfectamente. Palideció poniéndose verdoso -es como palidecen ellos-: la
blancura de sus ojos giró, y levantándose de un brinco de tigre, quitóse un
guante y lo proyectó contra la mejilla del norteamericano. Este esquivó el
choque ladeando la cabeza; sin perder su flema, asió las tenacillas del azúcar y
con ellas cogió el guante, sobre la mesa caído; llamó al mozo, y ordenó
chapurreando más que de costumbre:
-¡Se lleve usted pronto esta porquería!
El negro permanecía de pie, lívido, cruzado de brazos,
desafiando. Por un instante temí que iba a precipitarse hacia nosotros. Su
corpachón gigantesco retemblaba de coraje; sus dientes casteñeteaban de ira. Sin
embargo, se contuvo, abrió los brazos, volvióse de espaldas, y yo, advirtiendo
que en le café la gente, alborotada, se arremolinaba ya esperando alguna bronca,
pagué el consumo y logré sacar al yanqui afuera. Al verse en la calle dijo seca
y acerbadamente:
-¡Qué cosas pasan aquí! ¡Me echar el guante un esclavo!
Respondí enojado que ya no hay esclavos, y creo que
saqué a relucir en mi perorata el San Benito negro y las ideas de fraternidad.
Debí de predicar en desierto, porque al dejar a «don» Ricardo a la puerta de su
fonda, todavía repitió, pegándome familiarmente en el hombro (me había cobrado
afecto a su manera):
-¡Un esclavo! By God!
Cuando me alejaba de allí, iba asaz preocupado. Juraría
que «alguien» nos había seguido a distancia, paso a paso, desde la plaza Mayor
hasta la calle del Caballero de Gracia, a tales horas poco concurrida. Miré en
derredor, escruté las bocacalles, pero a nadie vi. Rumiando el incidente, me
retiré, y los siguientes días rehuí acompañar a «don» Ricardo. La curiosidad me
movió a averiguar quién era el gigantesco negro, y supe que procedía de las
Antillas, que ejercía las altas funciones de jefe de las cocheras del duque de
S***, y que por su habilidad y maestría se ganaba un pingüe sueldo.
Y ya llegamos al desenlace de esta aventura, más
dramática de lo que usted supone... Una semana después del episodio del
cafetucho leía yo en la peluquería un periódico, y a poco me degüella el
barbero; tal respingo di al tropezar con la noticia de que en una callejuela
sospechosa de los barrios bajos, no lejos del consabido cafetucho, había sido
encontrado el cadáver de un extranjero, cuyas iniciales «R. S.», no me
permitieron dudar de quién se trataba.
El periódico traía más detalles: la muerte había sido
causada por dos cuchilladas tremendas, y en los bolsillos del muerto estaban la
cartera repleta y el soberbio reloj, signo evidente de que el crimen obedecía a
una venganza...
Hacer luz... era bastante difícil, como yo no
cantase... Y no canté. ¡No me atreví a echar el peso de mis palabras en la
balanza terrible! ¿Hice mal? ¡Mi instinto me dictaba que guardase silencio!... Y
siempre que pienso en esta página de mi vida moral, para tranquilizarme, para
recobrar la paz, miro esa efigie del santo de la cara oscura... |
|