|
El destacamento había marchado toda la mañana, y,
después de un breve alto, fue preciso seguir la caminata emprendida para
acampar, ya anochecido, como Dios dispusiese, en la linde del bosque. La lluvia
(rara en aquel clima durante el mes de diciembre) no había cesado de caer en
hilos oblicuos, apretados y gruesos. Sorprendidos por el capricho de las nubes,
desprovistos de mantas y capotes, soldados y oficiales se resignaron, o, mejor
dicho, se chancearon con el agua; y era preciso todo el azogue de la juventud,
todo el ánimo del soldado, todo el estoicismo del carácter peninsular, para no
darse al mismo demonio al sentirse empapados como esponjas. Hacía calor, y el
chorreo del agua no parecía sino que aumentaba la densidad de la temperatura
pegajosa, sofocante, y con la marcha, irresistible. ¡Sudar el quilo y mojarse a
un tiempo, caramba! Y no había otro remedio que seguir andando, a socorrer al
pueblecillo cercado por los insurrectos, donde hacían desesperada y heroica
defensa los moradores, capitaneados por el párroco, un fraile dominico muy
terne... La idea de salvar a españoles y españolas de la muerte y de los
ultrajes alentaba al destacamento y le ponía alas en los pies, aunque el barro,
que subía hasta las rodillas, se los calzase de plomo.
Por necesidad, porque no se veía, y también porque las
fuerzas humanas tienen un límite, se detuvieron a la entrada de la selva. Casi
en el mismo instante cesó el aguacero, cual si algún tifón lo hubiese barrido, y
apareció un trozo de cielo limpio de nubes. A buen presagio lo tuvieron los
españoles, que se dispusieron a acampar al pie de un copudo y añoso tamarindo,
cuyos frutos, de ácida pulpa, sabían que son seguro remedio contra el cansancio
y la fiebre. La luna, que filtraba ondas de luz gris perla al través del espeso
ramaje enredado de lianas y tupido por los helechos colosales, fue acogida como
una amiga; a su claridad añadieron la llama de una hoguera que no quería arder,
y soldados y oficiales medio se secaron, abanicándose con hojas de cocotero,
porque aquel calor húmedo asfixiaba.
Colocados ya los centinelas, los soldados buscaron en
el sueño, o más bien en un inquieto y pesado letargo, el descanso indispensable
después de tan fatigosa jornada; pero el capitán, alto, moreno, enjuto, apoyado
en el tronco del tamarindo, y el teniente, muy joven, aniñado, de dulce cara
femenil, se quedaron un instante en pie, abiertos los ojos, como si interrogasen
a la noche.
-Pepe -dijo de pronto el capitán-, ¿sabes que me da el
corazón que cuando lleguemos se habrán rendido? Por mi gusto..., ¡ahora mismo
los hago levantar a todos y monto a caballo, y seguimos, hombre, seguimos para
adelante!
-La tropa está que no puede con su alma -objetó el
teniente, que se caía de sueño-. Dicen que tienen los pies como carbones
ardiendo y los huesos calados...
-¡Bah!, en cuanto dormiten un cuarto de hora, los azuzo
y se enderezan frescos como lechugas... ¡Si conoceré yo a mi gente! Son de
hierro..., forjados en Eibar.
-Pero ¿de dónde sacas tú que allá se han rendido? Hay
armas, municiones y, por sabido se calla, corazón; la iglesia y su torre son
fuertes; hay una buena empalizada de bambú y otra de tapial; con menos que eso
se resiste a un ejército; y los que quieren entrar en Arringuay son cuatro
gatos.
-Tienes razón -declaró el capitán- menos en lo de los
cuatro gatos, porque son centenares y no sé si millares de gatos los que están
allí; pero ¿sabes lo que más me desespera de esta parada? ¿Tú no te acuerdas de
la noche que es hoy? Como van ocho días que no sosegamos, como aquí hace verano
cuando allá invierno..., qué, ¿no sabes que es...?
-¡Nochebuena! -exclamó con acento penetrado el
teniente, cuyos ojos garzos se velaron de nostalgia-. ¡Nochebuena! ¡Y yo que no
me acordaba, chico! ¡Nochebuena! ¡Ay, quién comiese hoy la sopita de almendra y
la compota rajada de canela, en casa de tía Dolores! ¡Con las primillas, al lado
de Fanny! ¡Está uno tan harto de ver caras amarillas y juanetudas! ¡Ole las
mujeres de nuestra España!
-España es también aquí -respondió seriamente el
capitán-. ¡Lo que es el mundo! Tú te acuerdas de las muchachas..., y yo, de mi
nene, que ha nacido hace tres meses... No lo conozco aún...
-¡Nochebuena! -repitió el teniente de la cara
afeminada-. Mira tú: ello será tontería o chifladura...; pero me acaba de dar
por el alma no sé qué cosa rara, chico, y me pasa como a ti...: que me gustaría
hacer algo gordo esta noche.
-¡Para escribirlo allá!
-¡No, que sería para contárselo al emperador de la
China!
Las manos de los amigos se buscaron y se estrecharon
enérgicamente; la hoguera, casi extinguida por la humedad del suelo, lanzó un
reflejo rojo sobre el semblante de los dos oficiales; y el teniente,
despabilado, electrizado, dijo en voz opaca y ardiente como un ruego:
-¡A despertarlos, chico, a despertarlos! Tres o cuatro
leguas que faltan, se andan pronto... El guía me ha dicho a mí que sabe un
atajo...
Quince minutos después, ni uno más ni uno menos, el
destacamento caminaba otra vez, mejor dicho, se arrastraba penosamente, cortando
con hachas las espesas lianas y los bejucales, hundiéndose en charcos donde la
amarillenta sanguijuela les adhería a las piernas su ventosa y oyendo deslizarse
en la maleza la iguana y la venenosa serpiente palay. Cubierta otra vez la luna
por nubarrones, la oscuridad era casi total, y la tropa avanzaba a tientas,
riendo y renegando, pero sin quejarse, sin echar de menos el interrumpido
reposo. El que tropezaba en un tronco de árbol y daba de bruces, juraba y se
incorporaba, sin pensar siquiera en enterarse del daño recibido. ¡Sí, para
mimitos estaba el tiempo! ¡Cuando tal vez ardía Arringuay y destripaban a sus
moradores los condenados rebeldes! ¡A menear las patas! Y una calentura de
voluntad, de deseo, de abnegación, impulsaba los cuerpos exhaustos, despejaba
las cabezas cargadas de modorra y prestaba fuerzas a los más endebles, y a los
que menos podían consigo... Iban como se va en una pesadilla.
Medianoche era por filo cuando avistaron al enemigo.
Para decir verdad, lo que avistaron fue un caserío envuelto en llamas, un grupo
de chozas de donde salían clamores. El capitán había adivinado: Arringuay se
encontraba ya en poder de los asaltantes. Parapetados en la iglesia, resistían
aún algunos hombres, mandados por el párroco fraile; hacia la plaza sonaban
disparos; el pueblo, inerme ya, encontrábase entregado al saqueo y a la matanza.
Los españoles se precipitaron en él, y se luchó confusamente entre las sombras o
a la luz del incendio, pisando muertos lívidos, acribillados de heridas; vivos,
palpitantes aún, agarrándose con los bandidos y cruzando con sus raras armas de
salvajes, sus campaniles y sus krises ondeados como sierpes, las leales espadas
y las limpias bayonetas. La pelea, sin embargo, duró poco; la horda, con
exclamaciones nasales, con atiplados chillidos, que delataban a la vez el
despecho, la ferocidad y la cautela, se comunicó la orden de retirada, y dejando
en la plaza y en las calles otra nueva hornada de cadáveres -porque la tropa,
cansada y todo, pegada duro-, huyeron a la desbandada los rebeldes, y los
defensores de Arringuay, llorando de gozo, bajaron de la torre, en cuyos
escombros pensaron envolverse. El fraile, empuñando todavía su rémington, corrió
al encuentro del capitán, y aquellos dos hombres que no se conocían, que no se
habían visto nunca, pero que eran, en el momento de encontrarse, una misma idea
habitando dos cuerpos diferentes, se abrazaron con esa efusión larga, ardorosa,
con que sólo se abrazan los que se quieren mucho...
La tropa, reanimada ya, ni pensaba en comer ni en
dormir. Iban de casa en casa ayudando a apagar el incendio. Y el fraile y el
capitán, comprendiendo que no era hora de entregarse a desahogo se pusieron de
acuerdo en breves palabras, empezaron a dar órdenes y a ejecutarlas en persona.
Los moradores, como el rebaño después de la acometida del lobo, juntáronse en la
plaza: la madre buscaba al hijo, el hermano al hermano, se llamaban, se
contaban; algunos sacaban a cuestas a los heridos. Un sargento trajo en brazos a
un niño de pecho; acababa de encontrarle en una casuca que empezaba a arder, y
donde sólo había una mujer muerta, nadando en un charco de sangre. Era la
criatura un muñeco amarillo, que se descuajaba llorando; pero al capitán la
vista del muñeco le avivó deseos y afanes, con más viveza en aquella noche, en
que especialmente son sagrados los pequeñuelos; inclinóse y besó tiernamente al
huérfano, y el teniente, con bonita sonrisa juvenil, le alzó entre sus manos y
le enseñó a la multitud, diciendo humorísticamente:
-¡Miren qué Niño Dios nos cae hoy!
-Es bien feo el condenado, mi teniente -declaró el
sargento.
-¡No tenemos otro!...
Y el niño de raza malaya, fue festejado, y compadecido,
y chillado, hasta que le tomó de su cuenta una chica que le acercó a su seno
oblongo y a la cual el capitán deslizó en la mano todo el dinero que llevaba.
|