Cuentos nuevos
[Serie de 36 cuentos breves. Textos completos]
Emilia Pardo Bazán |
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La niña mártir
No se trata de alguna de esas criaturas cuyas desdichas
alborotan de repente a la prensa; de esas que recoge la policía en las calles a
las altas horas de la noche, vestidas de andrajos, escuálidas de hambre,
ateridas de frío, acardenaladas y tundidas a golpes, o dilaceradas por el hierro
candente que aplicó a sus tierras carnecitas sañuda madrastra.
La mártir de que voy a hablaros tuvo la ropa blanca por
docenas de docenas, bordada, marcada con corona y cifra, orlada de espuma de
Valenciennes auténtico; de Inglaterra le enviaban en enormes cajas, los
vestidos, los abrigos y las tocas; en su mesa abundaban platos nutritivos, vinos
selectos; el frío la encontraba acolchada de pieles y edredones; diariamente
lavaba su cuerpo con jabones finísimos y aguas fragantes, una chambermaid
británica.
En invierno habitaba un palacete forrado de tapices,
sembrado de estufas y caloríferos; en verano, una quinta a orillas del mar, con
jardines, bosques, vergeles, alamedas de árboles centenarios y diosas de mármol
que se inclinan parar mirarse en la superficie de los estanques al través del
velo de hojas de ninfea...
Si quería salir, preparado estaba en todo tiempo el
landó o el sociable; si prefería solazarse en casa, le abrían un armario
atestado de juguetes raros, y salían de él, como salen de una viva imaginación
los cuentos, seres maravillosos, creaciones de la magia moderna: el jockey
vestido de raso azul y botón de oro, con su caballo que galopa de veras y salta
zanjas; la muñeca que mueve la cabeza, y abre los ojos, y llama a sus papás con
mimoso quejido infantil; la otra muñeca bailarina que, asiendo un aro de flores,
gira, revolotea, se columpia, danza y repica con los pies y, por último, saluda
al público, enviándole un beso volado; el cochecillo eléctrico, el acróbata, el
mono violinista, el ruiseñor mecánico, que gorjea, sacude la cabeza y eriza las
plumas; todos los autómatas, todos los remedos, todos los fantoches de la vida,
que a tanto alto precio se compran para entretener a los hijos de padres
acaudalados.
Pues no obstante, yo os digo que la niña de mi cuento
era mártir, y que mártir murió, y que después de muerta, su cara, entre los
pliegues del velo de muselina, mostraba más acentuada que nunca la expresión
melancólica y grave, tan sorprendente en una criatura de diez años, adorada y
criada entre algodones.
Mártir, creedlo; tan mártir como las abandonadas que en
las noches de enero se acurrucan tiritando en el umbral de una puerta. La vida
es así; para todos tienen destinado su trago de ajenjo; sólo que a unos se lo
sirve en copa de oro cincelada, y a otros en el hueco de la mano. El dolor es
eternamente fecundo; unas veces da a luz en sábanas de holanda, y otras, sobre
las guijas del arroyo.
Hija de padres machuchos, que contaban perdida toda
esperanza de sucesión; única heredera de ilustre nombre y de pingües haciendas,
la niña fue desde sus primeros años víctima de sus propios brillantes destinos.
Pendientes de sus más leves movimientos, espiando su respiración, contando los
latidos de su corazoncillo inocente, los dos cincuentones la criaron como se
creía en el invernáculo la flor rara, predestinada a sucumbir al primer cierzo.
Un médico, que bien podemos llamar de cámara, tenía especial encargo de llevar
el alta y baja de las funciones fisiológicas de la criatura. Se apuntaban las
chupadas de leche que pasaban del seno del ama a la boquita de la nena. Un reloj
puntualísimo marcaba por minutos el sueño, el despertar, las horas de comer, la
del aseo, la del paseo. Un termómetro graduaba el temple del agua de las
abluciones; fina balanza pesaba el alimento y las ropas, según las
prescripciones y órdenes minuciosas del doctor. Cuando vino la crisis de la
dentición, y con ella el desasosiego, la impaciencia, la casa se convirtió en
una Trapa: nadie alzaba la voz; nadie pisaba fuerte por no sobresaltar a la
niña, por no quitarle el sueño.
El régimen pareció higiénico y se hizo permanente ya.
Diríase que aquella morada sordomuda era una capilla erigida al dios del
silencio; y la niña, con la singular adivinación que a veces demuestra la
infancia, comprendiendo que allí los ruidos no tendrían eco, ni eco las risas,
fue, desde que rompió a andar, calladita, formal, obediente, seria... tan seria
y tan obediente, que daba una lástima terrible.
Hubo un terreno en que no pudo ser tan dócil.
Desplegando la mejor voluntad, la niña no lograba sacar buen color, el color de
manzana sanjuanera que alegra a las madres. Su tez de seda, satinada y
transparente por la clorosis, se jaspeaba con venitas celestes y a trechos con
la suave amarillez del marfil. Sus ojos azules, de un azul oscuro, eran hondos,
tranquilos y resignados. Su boca parecía una rosa desteñida, mustia ya.
Sea por el cuidado que habían puesto en que no sintiese
nunca la menor impresión de frío, o sea por el mismo empobrecimiento de la
sangre, era tan friolera, que en el rigor del verano, vestía de lana blanca, con
polainas y guantes blancos también. Al verla pasar toda blanca, esbelta,
derecha, despaciosa, grave, las ideas sanas y humorísticas que infunde la niñez
cedían el paso a otras ideas fúnebres, de claustro y de mausoleo. No creáis que
sus padres no advertían que la niña era una lamparita de ésas que apaga un
soplo. Tanto lo advertían, que por eso mismo cada día calafateaban mejor las
rendijas por donde pudiese deslizarse una ráfaga perturbadora. Así que
blindasen, acolchasen y forrasen completamente la casa, no penetraría el hálito
sutil de la muerte. Vengan algodones, vengan telas, vengan clavos; aislemos a la
niña. ¡Ah! ¡Si la madre pudiese restituirla a la concavidad del claustro
materno, y el padre al calor de las entrañas generadoras! ¡Si fuese dable
meterla en la campana neumática, o alojarla en la máquina donde incuban los
polluelos!
Por la ventana, entreabriendo los pesados cortinajes,
la niña veía a veces jugar en la calle a los desharrapados granujas. Frescos,
risueños, turbulentos, derramando vida, los chicos se embestían con una cabeza
de toro hecha de mimbres, o se liaban a cachete limpio, o se santiguaban con
peladillas. En la quinta, desde donde se dominaba la playa, granujas también,
los hijos de los pescadores, que, desnudos, bronceados, ágiles y saltadores como
peces y, en bandadas como ellos, se bañaban, permaneciendo horas enteras dentro
del agua verdosa en que se zampuzaban a manera de delfines.
Por orden del médico, la niña se bañaba también. Le
habían preparado una cómoda y ancha caseta; allí la desnudaban y, arropada en
mil abrigos, la llevaban a los brazos del bañero, que la sepultaba un momento en
el mar y la sacaba inmediatamente, recibida la impresión. Esta impresión era,
por cierto, terrible. La sangre fluía al corazón de la criatura: trémula y con
las pupilas dilatadas, miraba aquel infinito espantable, aquel abismo de agua
verde y rugiente, la ola que avanzaba pavorosa, cóncava, cerrándose ya como para
devorarla; y los dientes de la niña castañeteaban, y pensaba para sí: «Tengo
miedo.» Pero ni un grito ni un suspiro la delataban. El voto de silencio no lo
rompía ni aun entonces. Sólo que después, al ver desde la ventana a los
traviesos gateras en familiaridad con las terribles olas, jugueteando con ellas
lo mismo que gaviotas, pensaba la niña mártir: «¿Cómo harán para ser tan
valientes esos chicos?»
Entre tanto, la Muerte, riéndose con siniestra risa de
calavera, se acercaba a la señorial y cerrada mansión. Es de saber que no
encontró ni puerta por donde pasar, ni siquiera por donde colarse, y hubo de
entrar, aplanándose, por debajo de una teja, a la buhardilla; de allí, por el
ojo de la llave, pasar a la escalera, y desde la escalera, enhebrarse por debajo
de la levita del médico, que se metió casa adentro muy impávido, con la Muerte
guardadita en el bolsillo, detrás de la fosforera.
A causa de tantas dificultades como encontró para
insinuarse en la casa de la niña, la Muerte quedó algo quebrantada, y no se
presentó con empuje y arresto, sino con mansedumbre hipócrita, tardando bastante
en llevarse a la criatura. El tiempo que aguardó la Muerte a tomar bríos fue
para la mártir larga cuestión de tormento.
Drogas asquerosas, pócimas nauseabundas por la boca,
papeles epispásticos y vejigatorios sobre la piel; cauterio para las llagas que
abría en su garganta la miseria de su organismo; todo se empleó, sin que
rompiese el voto del silencio la víctima, y sin que sus verdugos atendiesen la
súplica de sus vidriados ojos..., porque aquellos verdugos la idolatraban
demasiado para perdonarle ni un detalle del suplicio. Sólo en el último
instante, cuando todavía le presentaban una cucharada de no sé qué mejunje
farmacéutico, la niña suspiró hondamente, se incorporó, dijo que no tres veces
con la cabeza y, echando los brazos al cuello de la insensata madre, pegando el
rostro al suyo, murmuró muy bajo: «Abre la ventana, mamá.»
Era, sin duda, la congoja del postrer ataque de disnea
que empezaba. Poco duró. Y la mártir quedó bonita, cándida, exangüe, pero con
una expresión de amargura reconcentrada, como el que se va de la vida dejándose
algo por hacer, por decir o por sentir; algo que era quizá la esencia de la vida
misma.
En el ataúd forrado de raso, bajo las lilas blancas que
la envolvían en aristocráticos aromas, los pobres despojos pedían justicia, se
quejaban de un asesinato lento. Por ser la estación primaveral y la noche
templada y por disipar el olor a cera y a difunto, los que velaban a la niña
abrieron la ventana. Al entrar la bienhechora bocanada de aire libre, la carita
demacrada pareció adquirir plácida expresión de reposo.
Tal vez no quería pasar sin orearse del encierro de su
casa al encierro del nicho. |
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El Cinco de Copas
Agustín estudiaba Derecho en una de esas
ciudades de la España vieja, donde las piedras mohosas balbucean
palabras truncadas y los santos de palo viven en sus hornacinas con
vida fantástica, extramundanal. A más de estudiante, era Agustín
poeta; componía muy lindos versos, con marcado sabor de
romanticismo; tenía momentos en que se cansaba de bohemia escolar,
de cenas a las altas horas en La flor de los campos de Cariñena,
apurando botellas y rompiendo vasos; de malgastar el tuétano de sus
huesos en brazos de dos o tres ninfas nada mitológicas, de leer y de
dormir; y como si su alma, asfixiada en tan amargas olas, quisiese
salir del piélago y respirar aire bienhechor, entraba en las
iglesias y se paraba absorto ante los ricos altares, complaciéndose
en los primores de la talla y las bellezas de la escultura, y
sintiendo esa especial nostalgia reveladora de que el espíritu
oculta aspiraciones no satisfechas y busca algo sin darse cuenta de
lo que es.
Entre las iglesias a que Agustín se sentía
más atraído, había dos adonde le llamaban no sólo la nostalgia
consabida, sino -fuerza es decirlo- otros móviles asaz profanos. Era
la una soberbia basílica en que el arte del Renacimiento había
agotado sus esplendores, y en ella, destacándose sobre el fondo de
la luz de ancha ventana, se admiraba la escultura de cierta
Magdalena bellísima, vestida sólo de un pedazo de estera y de sus
ondeantes y regios cabellos. Al través de la crencha rubia y del
grosero tejido, se adivinaban líneas de euritmia celestial. Agustín
devoraba con ojos ávidos a la santa meretriz y se deshacía en afán
de resucitarla. En el otro templo predilecto de Agustín no había
pecadoras bonitas, ni siquiera maravillas de arte; paredes casi
desnudas, salpicadas por los sombríos lienzos del vía crucis;
retablos humildes, una pila ancha, honda, llena de agua hasta el
borde, y allá en el techo, en vez de emperifollada e historiada
cúpula, un solo emblema pictórico, muy triste; sobre la fría
blancura, cinco manchas de almazarrón, que recordaban a los
distraídos cómo aquel templo pertenecía a una comunidad franciscana.
Agustín llamaba a los chafarrinones bermejos el Cinco de Copas.
No podía acertar Agustín con la razón de
sus visitas a la iglesia austera, desprovista de esa opulencia
ornamental que fascina los sentidos. Quizá la soledad del convento,
situado a un extremo de la población, al pie de una colina, en el
repuesto Valceleste; quizá la misma silenciosa nave, donde
retumbaba el ruido de los pasos; quizá las sugestivas figuras de los
dos frailes, en oración a uno y otro lado del altar; quizá el oficio
de difuntos, que ciertos días salmodiaba la comunidad de un modo tan
profundo y extraño... Agustín, sin embargo, atribuía su interés por
la escondida iglesia al Cinco de Copas embadurnado de
almazarrón. Le inspiraba una especie de aversión atractiva.
Irritábale lo grosero de la pintura, y, más que nada, sus denegridos
y secos tonos. «Eso no ha sido sangre nunca. ¿En qué se parece eso a
la sangre? ¡Vaya una manera de representar llagas! ¡Y qué frailes
estos, que dejan ahí en el techo ese naipe ordinario y no lo borran
siquiera por decoro!» Algunas veces el estudiante se llevaba a
Valceleste a sus compañeros de aula y también de jarana y
francachela, y, apoyados en la pila del agua bendita, no sin
prodigar carantoñas a las devotas vejezuelas que entraban
persignándose, hacían chacota del Cinco de Copas, celebrando
la ocurrencia de quien tan oportuna y gráficamente lo bautizara.
De pronto, un interés nuevo y avasallador
llenó la vida de Agustín. Había llegado al pueblo, estableciéndose
en él, una familia que el estudiante conocía casualmente, relación
de temporada de balneario; y como entrase a visitarlos algo
temprano, antes de la hora de comer, tropezóse en el pasillo con la
hija mayor, Rosario, de quince años, que salía de su cuarto, suelto
el pelo y en ligerísimo traje. Chilló y huyó la niña; quedóse el
estudiante confuso, pero la imagen apenas entrevista, el rielar del
flotante pelo rubio sobre las carnes de nácar, le persiguió como
visión de la fiebre, mezclando en su desenfrenada imaginación la
inerte escultura de la Magdalena y la escultura viva de la doncella.
Del matrimonio pensaba horrores Agustín;
constábale, además, que en muchos años no tenía probabilidad
racional de sostener una familia; y aunque asomos de innata honradez
le decían que era infame perder a la hija de unos amigos confiados y
afectuosos, el mal deseo pudo más. Miradas, sonrisas, paseos por la
calle, encuentros en la catedral, palabras de miel, cartas
abrasadoras... No tanto se requería para vencer a la criatura
inexperta, que ignoraba toda la extensión del mal. Al cabo de cuatro
meses de asedio, Rosario otorgó la peligrosa cita. Sus padres salían
del pueblo, a una aldeíta próxima; ella se quedaba sola,
veinticuatro horas lo menos, con la vetusta y sorda criada; todo
dispuesto a maravilla, como por el gran galeoto Lucifer.
Al recibir el aviso, Agustín sufrió un
acceso de alegría insana; sus nervios se cargaron de electricidad, y
sintióse poseído de tal necesidad de correr, gesticular y pegar
brincos, que parecía loco. Faltaba una semana aún, y la enervante
espera le sacaba de quicio. Llevaba cinco noches sin dormir y cinco
días en que, rehusando el alimento sano y sencillo, le sostenían
algunas copas de coñac. Cuando solo una tarde y una noche le
separaban del instante supremo, resolvió dar largo paseo, a fin de
que el ejercicio violento le permitiese dormir de víspera, por no
caer malo y desperdiciar la ocasión.
Salió del pueblo, subió carretera arriba,
respirando con deleite la frescura de la tarde, el olor de los
pinares y de los prados, y dando un gran rodeo a campo traviesa
alcanzó la senda que guiaba a lo alto de la colina, bajo la cual
descansan Valceleste y el convento. Al llegar a la cruz del
Humilladero, desde donde los peregrinos, cara contra el polvo,
saludaban a la santa ciudad, Agustín sintió que le rendía la fatiga,
y sentándose en las gradas durmió. ¿Cuánto tiempo? ¿Media hora? Tal
vez más; porque cuando despertó, el sol ya quería transponer las
violadas crestas del monte.
Su primer pensamiento, al recordar, no fue
para Rosario ni para las esperadas venturas, sino para el Cinco
de Copas.
«¡Cuánto tiempo hace que no veo aquel
mamarracho!», dijo entre sí el mozo, riendo en alto y registrando
con la vista, allá en el fondo de Valceleste, el convento, el
claustro, la huerta, las torres de la iglesia, que ya empezaban a
anegarse en las sombras del crepúsculo. Casi al mismo tiempo que se
acordaba de los rojos brochazos, sintió levísimo roce de pisadas, y
un fraile, calada la capucha, sepultadas en las mangas ambas manos,
cruzó por delante de él. Nada tenía de extraño que pasase un fraile
a tales horas; sin duda, por ser la de la queda, regresaba a
Valceleste; y, con todo, el estudiante percibió esa sensación súbita
que no puede definirse y que es preludio del miedo. Antes de salvar
el recodo de la senda, volvióse el fraile, y su cara puntiaguda,
exangüe, sumida, chupada, momia, surgió de la capilla; sus pupilas
cóncavas y ardientes se clavaron en Agustín y, sacando de la manga
una pálida mano, hízole una seña... El estudiante se estremeció,
pero al punto saltó del asiento de piedra.
«¡Bueno, y qué! Un fraile que me saluda...
La cosa no tiene nada de particular... He de saber quién es, o no me
llamo Agustín.»
Bajó precipitadamente la agria cuesta; ya
no se veía allí rastro de fraile. No obstante, al acercarse al
atrio, parecióle a Agustín que le veía entrar en el templo. «Irá a
rezarle al Cinco de Copas. Allá voy yo también, y si el
fraile flaco me habla, le digo que borren semejante adefesio.»
El templo estaba completamente vacío y casi
oscuro; Agustín alzó la mirada hacia la cúpula, y apenas distinguió
los cinco brochazos, confusos y lívidos. La idea fija de toda la
semana remaneció entonces, al disiparse la vaga impresión de temor
causada por la aparición frailesca. Mientras echaba atrás la cabeza
para ver el famoso naipe. Agustín, súbitamente, recordó con gran
lucidez a Rosario, y su inocencia, y su frescura de azucena en
capullo... Sus oídos zumbaron, secósele el paladar..., y apenas la
voluptuosa imagen invadió sus sentidos, notó que, de pronto, los
cinco redondeles del techo adquirían color sangriento, abriéndose y
palpitando como los labios de una herida. De su vivo seno fluían
líquidas gotas, que empezaron a caer lentamente, con centelleo de
rubíes, y que salpicaron el suelo todo alrededor del estudiante.
-¡Ahora veo que son verdaderas llagas!
-gimió Agustín sin poder bajar las pupilas.
Una gota más gruesa, roja, resplandeciente,
descendía de la llaga central, y despaciosa, pesada como plomo, vino
a rebotar sobre la frente del estudiante...
***
Hace bastantes años que viste el sayal,
habiéndose dejado en el mundo, para que otros los recojan, versos,
devaneos, libros de Strauss y Buchner, naipes y risas. Alguna vez,
en la portería de Valceleste, le he preguntado, a fin de animarle y
ver qué contesta:
-Padre, ¿se acuerda del Cinco de Copas? |
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Náufragas
Era la hora en que las grandes capitales adquieren
misteriosa belleza. La jornada del trabajo y de la actividad ha concluido; los
transeúntes van despacio por las calles, que el riego de la tarde ha refrescado
y ya no encharca. Las luces abren sus ojos claros, pero no es aún de noche; el
fresa con tonos amatista del crepúsculo envuelve en neblina sonrosada,
transparente y ardorosa las perspectivas monumentales, el final de las grandes
vías que el arbolado guarnece de guirnaldas verdes, pálidas al anochecer. La
fragancia de las acacias en flor se derrama, sugiriendo ensueños de languidez,
de ilusión deliciosa. Oprime, un poco el corazón, pero lo exalta. Los coches
cruzan más raudos, porque los caballos agradecen el frescor de la puesta del
sol. Las mujeres que los ocupan parecen más guapas, reclinadas, tranquilas,
esfumadas las facciones por la penumbra o realzadas al entrar en el círculo de
claridad de un farol, de una tienda elegante.
Las floristas pasan... Ofrecen su mercancía, y dan
gratuitamente lo mejor de ella, el perfume, el color, el regalo de los sentidos.
Ante la tentación floreal, las mujeres hacen un
movimiento elocuente de codicia, y si son tan pobres que no pueden contentar el
capricho, de pena...
Y esto sucedió a las náufragas, perdidas en el mar
madrileño, anegadas casi, con la vista alzada al cielo, con la sensación de caer
al abismo... Madre e hija llevaban un mes largo de residencia en Madrid y
vestían aún el luto del padre, que no les había dejado ni para comprarlo.
Deudas, eso sí.
¿Cómo podía ser que un hombre sin vicios, tan
trabajador, tan de su casa, legase ruina a los suyos? ¡Ah! El inteligente
farmacéutico, establecido en una población, se había empeñado en pagar tributo a
la ciencia.
No contento con montar una botica según los últimos
adelantos, la surtió de medicamentos raros y costosos: quería que nada de lo
reciente faltase allí; quería estar a la última palabra... «¡Qué sofoco si don
Opropio, el médico, recetase alguna medicina de estas de ahora y no la
encontrasen en mi establecimiento! ¡Y qué responsabilidad si, por no tener a
mano el específico, el enfermo empeora o se muere!»
Y vino todo el formulario alemán y francés, todo, a la
humilde botica lugareña... Y fue el desastre. Ni don Opropio recetó tales
primores, ni los del pueblo los hubiesen comprado... Se diría que las
enfermedades guardan estrecha relación con el ambiente, y que en los lugares
solo se padecen males curables con friegas, flor de malva, sanguijuelas y
bizmas. Habladle a un paleto de que se le ha «desmineralizado la sangre» o de
que se le han «endurecido las arterias», y, sobre todo, proponedle el radio, más
caro que el oro y la pedrería... No puede ser; hay enfermedades de primera y de
tercera, padecimientos de ricos y de pobretes... Y el boticario se murió de la
más vulgar ictericia, al verse arruinado, sin que le valiesen sus remedios
novísimos, dejando en la miseria a una mujer y dos criaturas... La botica y los
medicamentos apenas saldaron los créditos pendientes, y las náufragas, en parte
humilladas por el desastre y en parte soliviantadas por ideas fantásticas, con
el producto de la venta de su modesto ajuar casero, se trasladaron a la corte...
Los primeros días anduvieron embobadas. ¡Qué Madrid,
qué magnificencia! ¡Qué grandeza, cuánto señorío! El dinero en Madrid debe de
ser muy fácil de ganar... ¡Tanta tienda! ¡Tanto coche! ¡Tanto café! ¡Tanto
teatro! ¡Tanto rumbo! Aquí nadie se morirá de hambre; aquí todo el mundo
encontrará colocación... No será cuestión sino de abrir la boca y decir: «A esto
he resuelto dedicarme, sépase... A ver, tanto quiero ganar...»
Ellas tenían su combinación muy bien arreglada, muy
sencilla. La madre entraría en una casa formal, decente, de señores verdaderos,
para ejercer las funciones de ama de llaves, propias de una persona seria y «de
respeto»; porque, eso sí, todo antes que perder la dignidad de gente nacida en
pañales limpios, de familia «distinguida», de médicos y farmacéuticos, que no
son gañanes... La hija mayor se pondría también a servir, pero entendámonos;
donde la trataran como corresponde a una señorita de educación, donde no
corriese ningún peligro su honra, y donde hasta, si a mano viene, sus amas la
mirasen como a una amiga y estuviesen con ella mano a mano... ¿Quién sabe? Si
daba con buenas almas, sería una hija más... Regularmente no la pondrían a comer
con los otros sirvientes... Comería aparte, en su mesita muy limpia... En cuanto
a la hija menor, de diez años, ¡bah! Nada más natural; la meterían en uno de
esos colegios gratuitos que hay, donde las educan muy bien y no cuestan a los
padres un céntimo... ¡Ya lo creo! Todo esto lo traían discurrido desde el punto
en que emprendieron el viaje a la corte...
Sintieron gran sorpresa al notar que las cosas no iban
tan rodadas... No sólo no iban rodadas, sino que, ¡ay!, parecían embrollarse,
embrollarse pícaramente... Al principio, dos o tres amigos del padre prometieron
ocuparse, recomendar... Al recordarles el ofrecimiento, respondieron con
moratorias, con vagas palabras alarmantes... «Es muy difícil... Es el demonio...
No se encuentran casas a propósito... Lo de esos colegios anda muy buscado... No
hay ni trabajo para fuera... Todo está malo... Madrid se ha puesto imposible...»
Aquellos amigos -aquellos conocidos indiferentes-
tenían, naturalmente, sus asuntos, que les importaban sobre los ajenos... Y
después, ¡vaya usted a colocar a tres hembras que quieren acomodo bueno, amos
formales, piñones mondados! Dos lugareñas, que no han servido nunca... Muy
honradas, sí...; pero con toda honradez, ¿qué?, vale más tener gracia, saber
desenredarse...
Uno de los amigos preguntó a la mamá, al descuido:
-¿No sabe la niña alguna cancioncilla? ¿No baila? ¿No
toca la guitarra?
Y como la madre se escandalizase, advirtió:
-No se asuste, doña María... A veces, en los pueblos,
las muchachas aprenden de estas cosas... Los barberos son profesores. Conocí yo
a uno...
Transcurrida otra semana, el mismo amigo -droguero por
más señas- vino a ver a las dos ya atribuladas mujeres en su trasconejada casa
de huéspedes, donde empezaban a atrasarse lamentablemente en el pago de la
fementida cama y del cocido chirle... Y previos bastantes circunloquios, les dio
la noticia de que había una colocación. Sí, lo que se dice una colocación para
la muchacha.
-No crean ustedes que es de despreciar, al contrario...
Muy buena... Muchas propinas. Tal vez un duro diario de propinas, o más... Si la
niña se esmera..., más, de fijo. Únicamente..., no sé... si ustedes... Tal vez
prefieren otra clase de servicio, ¿eh? Lo que ocurre es que ese otro... no se
encuentra. En las casas dicen: «Queremos una chica ya fogueada. No nos gusta
domar potros.» Y aquí puede foguearse. Puede...
-Y ¿qué colocación es esa? -preguntaron con igual afán
madre e hija.
-Es..., es... frente a mi establecimiento... En la
famosa cervecería. Un servicio que apenas es servicio... Todo lo que hacen
mujeres. Allí vería yo a la niña con frecuencia, porque voy por las tardes a
entretener un rato. Hay música, hay cante... Es precioso.
Las náufragas se miraron... Casi comprendían.
-Muchas gracias... Mi niña... no sirve para eso
-protestó el burgués recato de la madre.
-No, no; cualquier cosa; pero eso, no -declaró a su vez
la muchacha, encendida.
Se separaron. Era la hora deliciosa del anochecer.
Llevaban los ojos como puños. Madrid les parecía -con su lujo, con su radiante
alegría de primavera- un desierto cruel, una soledad donde las fieras rondan.
Tropezarse con la florista animó por un instante el rostro enflaquecido de la
joven lugareña.
-¡Mamá!, ¡rosas! -exclamó en un impulso infantil.
-¡Tuviéramos pan para tu hermanita! -sollozó casi la
madre.
Y callaron... Agachando la cabeza, se recogieron a su
mezquino hostal.
Una escena las aguardaba. La patrona no era lo que se
dice una mujer sin entrañas: al principio había tenido paciencia. Se interesaba
por las enlutadas, por la niña, dulce y cariñosa, que, siempre esperando el
«colegio gratuito», no se desdeñaba de ayudar en la cocina fregando platos,
rompiéndolos y cepillando la ropa de los huéspedes que pagaban al contado. Solo
que todo tiene su límite, y tres bocas son muchas bocas para mantenidas,
manténganse como se mantengan. Doña Marciala, la patrona, no era tampoco
Rotchschild para seguir a ciegas los impulsos de su buen corazón. Al ver llegar
a las lugareñas e instalarse ante la mesa, esperando el menguado cocido y la
sopa de fideos, despachó a la fámula con un recado:
-Dice doña Marciala que hagan el favor de ir a su
cuarto.
-¿Qué ocurre?
-No sé...
Ocurría que «aquello no podía continuar así»; que o
daban, por lo menos, algo a cuenta, o valía más, «hijas mías», despejar... Ella,
aquel día precisamente, tenía que pagar al panadero, al ultramarino. ¡No se
había visto en mala sofocación por la mañana! Dos tíos brutos, unos animales,
alzando la voz y escupiendo palabrotas en la antesala, amenazando embargar los
muebles si no se les daba su dinero, poniéndola de tramposa que no había por
dónde agarrarla a ella, doña Marciala Galcerán, una señora de toda la vida.
«Hijas», era preciso hacerse cargo. El que vive de un trabajo diario no puede
dar de comer a los demás; bastante hará si come él. Los tiempos están terribles.
Y lo sentía mucho, lo sentía en el alma...; pero se había concluido. No se les
podía adelantar más. Aquella noche, bueno, no se dijera, tendrían su cena...;
pero al otro día, o pagar siquiera algo, o buscar otro hospedaje...
Hubo lágrimas, lamentos, un conato de síncope en la
chica mayor... Las náufragas se veían navegando por las calles, sin techo, sin
pan. El recurso fue llevar a la prendería los restos del pasado: reloj de oro
del padre, unas alhajuelas de la madre. El importe a doña Marciala..., y aún
quedaban debiendo.
-Hijas, bueno, algo es algo... Por quince días no las
apuro... He pagado a esos zulúes... Pero vayan pensando en remediarse, porque si
no... Qué quieren ustés, este Madrid está por las nubes...
Y echaron a trotar, a llamar a puertas cerradas, que no
se abrieron, a leer anuncios, a ofrecerse hasta a las señoras que pasaban,
preguntándoles en tono insinuante y humilde:
-¿No sabe usted una casa donde necesiten servicio? Pero
servicio especial, una persona decente, que ha estado en buena posición..., para
ama de llaves... o para acompañar señoritas...
Encogimiento de hombros, vagos murmurios, distraída
petición de señas y hasta repulsas duras, secas, despreciativas... Las náufragas
se miraron. La hija agachaba la cabeza. Un mismo pensamiento se ocultaba. Una
complicidad, sordamente, las unía. Era visto que ser honrado, muy honrado, no
vale de nada. Si su padre, Dios le tuviere en descanso, hubiera sido como
otros..., no se verían ellas así, entre olas, hundiéndose hasta el cuello
ya...
Una tarde pasaron por delante de la droguería. ¡Debía
tener peto el droguero! ¡Quién como él!
-¿Por qué no entramos? -arriesgó la madre.
-Vamos a ver... Si nos vuelve a hablar de la
colocación... -balbució la hija. Y, con un gesto doloroso, añadió:
-En todas partes se puede ser buena... |
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Las dos vengadoras
Al conde León Tolstoi
Había un hombre muy perseguido, no tanto por la suerte
como por los demás hombres, sus prójimos y, especialmente, por los que debieran
profesarle cariño y tenerle ley. No parecía sino que, por negra fatalidad, a
Zenón -que así se llamaba- toda la miel se le volvía hiel o mejor dicho,
ponzoña. Sus hermanos, que eran dos, se concertaron para despojarle de la
herencia paterna y le dejaron en la calle, sin más ropa que la puesta, sin techo
ni lumbre. Casóse, y su mejor amigo le afrentó públicamente con su mujer y, como
si no bastase, la vil pareja le acusó de falsario, forjó pruebas contra él y
logró que le sentenciasen a presidio, donde, inocente, arrastró largo tiempo el
grillete de los criminales.
Aunque Zenón tenía al principio el alma abierta y
generosa, el carácter noble y suma bondad, las traiciones, persecuciones y
calumnias, el deshonor, los ultrajes y los desengaños fueron ulcerando su
espíritu y cambiando su ser de tal manera que, en vez de resignarse y perdonar,
como perdonó el Maestro, sintió poco a poco crecer en su corazón un espantable
deseo, una sed ardentísima de venganza. Ya no ansiaba cumplir el tiempo de su
condena por ser libre y volver a la sociedad, sino por buscar ocasión de saciar
la ira que, gota a gota, había ido destilando. Pasábase las noches en vela
fraguando planes que ejecutaría al punto de terminarse su cautiverio. Con
paciencia, hilo a hilo, iba tejiendo la trama, y restregándose las manos gozoso,
decía para sí: «Hoy salgo y mañana vuelvo a la prisión, pero de esta vez vuelvo
por algo, por haber pagado a mis enemigos con usura el mal que me hicieron.
Inocente me encerraron aquí, y otra vez me encerrarán culpable, pero habiendo
saboreado las delicias del desquite. Véngueme yo, y álcese el patíbulo después.»
Cumplió Zenón su tiempo y salió de las cárceles,
resuelto a poner por obra sus airados propósitos. Lo primero que determinó fue
pegar fuego a la casa solariega que le pertenecía y de donde sus hermanos le
habían expulsado con dolo. Aprovecharía las sombras de la noche y, disfrazado de
pordiosero, oculto en un cobertizo, esperaría a que todos se entregasen al
descanso, obstruiría bien las cerraduras de puertas y ventanas, y cuando
estuviesen en el descuido del primer sueño, prendería las virutas impregnadas de
resina, a fin de que todo ardiese como yesca. Así que las llamas subiesen muy
altas y los clamores de los encerrados fuesen extinguiéndose -lo cual probaría
que ya los tenía asfixiados el humo-, Zenón huiría, yendo a introducirse
secretamente en su propia casa, donde la falsa mujer y el mal amigo estarían
juntos. Zenón conocía bien las entradas y salidas y podía deslizarse y
esconderse sin ser observado de nadie. Compró un puñal, porque a éstos deseaba
verlos morir y saborear las convulsiones de su agonía.
Así que se puso el sol, vistió sus ropas de mendigo y,
apoyado en un palo, tomó el camino de la casa que pensaba incendiar. Caminaba
como el Destino, entre tinieblas más densas cada vez, cuando a una revuelta de
la carretera advirtió cierta claridad misteriosa que alumbraba vivamente el
paisaje, y se le aparecieron, juntas y cogidas de la mano, dos mujeres que
formaban singular contraste.
Una era amarilla, escuálida, tan escuálida que los
huesos se entreparecían bajo la seca piel; tenía palmas de esqueleto, y al
través de los polvorientos crespones negros que la cubrían, se notaba que
carecía de seno y de toda redondez femenil; con la mano derecha empuñaba y
esgrimía reluciente hoz. La otra mujer era lozana, mórbida, colorada, blanca y
de un rubio encendido los cabellos; vestía gasas de mil colores: rojo, verde,
rosa, azul, aunque pegada al cuerpo llevaba una túnica negrísima. Zenón miraba a
las dos apariciones, como preguntando qué le querían, hasta que ambas dijeron a
una voz:
-Somos las Vengadoras y nos presentamos para que
elijas, entre las dos, la que creas más eficaz.
-Yo -añadió la mujer escuálida- me llamo Muerte, y soy
por ahora tu preferida. Has apelado a mí para vengarte de tus enemigos, y tienes
resuelto carbonizar a los unos y coser a puñadas a los otros. Heme aquí
dispuesta a complacerte sin tardanza; así como así, poco trabajo me cuesta darte
gusto, porque es cuestión de adelantar los sucesos: año arriba o abajo, tus
enemigos no podrán librarse de esta hoz que empuño.
-Escucha -intervino la lozana mujer-: antes de que te
entregues a mi hermana, que te engatusará por lo sencillo y expeditivo de los
recursos que emplea, atiéndeme a mí, y de seguro que yo seré la elegida. Para
convencerte no necesito sino enseñarte los cuadros de mi linterna mágica. Abre
los ojos y mira bien.
Zenón miró, y sobre el fondo blanco del paño que
extendía la mujer hermosa, vio agitarse las siluetas de sus aborrecidos
hermanos. El menor echaba a hurtadillas una pulgarada de polvos blancos en la
taza del mayor, y el mayor, después de haber bebido lo que contenía la taza caía
al suelo entre horrendas convulsiones; pero no moría; arrastrábase largo tiempo
apoyado en un báculo, y en cada plato que le servía el menor, mezclaba nuevo
tósigo, hasta que el envenenado se iba quedando imbécil, reducido a la idiotez y
abandonado de todos y cubierto de miseria expiraba en un rincón. Así que moría,
su espectro comenzaba a aparecerse en sueños al culpable, a quien Zenón veía
erguirse en la cama, trémulo, con el pelo erizado y los ojos fuera de las
órbitas. Cambió de personajes la linterna, y se destacaron las siluetas de la
esposa y del amigo de Zenón: ella siguiendo a su querido como la sombra al
cuerpo, abrasaba en celos rabiosos; él procurando huir, lleno de hastío, de
aquella amante ya marchita por la edad y las pasiones. Escondíase él, o se
pasaba el día en casa de otras mujeres, y ella lloraba, y sus lágrimas eran como
gotas de fuego que abrasaban el paño donde caían. Ya cansado de que le espiasen
y le acusasen, él se volvió y Zenón fue testigo de cómo el seductor de su mujer
le ponía en el rostro la mano...
-Esta será mi obra -pronunció la Vida solemnemente- si
no se atraviesa mi hermana y me apaga la linterna. Ahora, tú dirás, Zenón, cuál
de nosotras dos te conviene para Vengadora. ¿Sigues con el propósito de
incendiar y acuchillar? ¿Quieres que te ayude la Muerte?
-No -respondió Zenón, que se limpió una lágrima-. Si la
crueldad y el odio aún persistiesen en mí, lo que pediría a tu hermana sería que
tardase muchos, muchos años en pasar el umbral de mis enemigos, y que te dejase
a ti paso franco.
-Con tanta más razón -dijo irónicamente la Muerte, algo
despechada, pues al fin es mujer, y no gusta de que la desairen- cuanto que yo,
tarde o temprano, no he de faltar, y que en mi danza general todos harán
mudanza, sin que les valgan excusas.
***
Zenón escribió a sus enemigos para advertirles que les
perdonaba, y se retiró a un desierto, donde vive cultivando la tierra y sin
querer ver rostro humano. |
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La mariposa de pedrería
Érase que se era un mozo muy pobre, y vivía en una
guardilla de las más angostas y desmanteladas de la gran capital. Los muebles
del tugurio se reducían a dos sillas medio desfondadas, un catre con ratonado
jergón, una mesilla mugrienta, un tintero roñoso y un anafre comido de orín. El
mozo -a quien llamaré Lupercio- cubría sus carnes con traje sutil de puro raído
y capa ya transparente. Las botas, entreabiertas; por ropa blanca, cuatro
andrajos de lienzo; por corbata, un pingo. Así es que Lupercio sufría grandes
fatigas y rubores, y cuando al salir a la calle para comprar un panecillo o diez
céntimos de leche se cruzaba con alguna niña bonita, limpia y bien puesta,
ardiente oleada de fuego le subía al rostro.
Para evitar el bochorno de que las mujeres se fijasen
en su pergeño, sólo salía al anochecer, cuando es más fácil pasar inadvertido
entre la gente que por las calles se codea y empuja. Entonces Lupercio, llevado
por la marejada del gentío, veía y hasta rozaba cuerpos gallardos, recibía el
rayo de fulgurantes pupilas, sentía el roce eléctrico de la seda crujidora y
aspiraba bocanadas de finas esencias. Sus ojos ávidos seguían al tren de lujo,
maceta de donde emergen, blandamente columpiadas, aristocráticas flores. Detrás
de los vidrios de las tiendas alzábanse pirámides de botellas de vinos
generosos, y la luz se filtraba al través de su vientre con reflejos de oro y de
sangre. Otros escaparates presentaban el libro nuevo, gentil, de lustrosa
cubierta, o el rancio infolio, clave del pasado. Y Lupercio temblaba de fiebre,
de ansia de amar, de gozar, de aprender, de vivir.
Una noche subió a su guardilleja más calenturiento que
nunca. Encendió mortecina lámpara, abrió la ventana para que el tabuco se
ventilase y, dejando caer la cabeza sobre la mano, poco tardó en rezumar por
entre sus dedos lágrima abrasadora. Alzó la frente, miró al anafre y se le
ocurrió que en él estaba el remedio de cuantos males hay en el mundo. Estas
cosas, lector amigo, de cien veces que se piensen, dígote en verdad que no se
hacen una. Lupercio, que realmente estaba triste, triste hasta morir, de pronto
cogió la pluma, la sepultó en el roñoso tintero, la paseó sobre un fragmento de
papel... y salieron renglones desiguales, los primeros que había compuesto
nunca. Cuando terminó la composición, o lo que fuese, el mozo vio, a la luz de
la mortecina lámpara, posado sobre su tintero, un insecto extraño, fúlgido,
deslumbrador: una mariposa de pedrería.
Su abdomen era de una perla oriental: de esmeraldas su
corselete; sus alas de rubíes y brillantes, y al remate de sus antenas
temblaban, como gotas de rocío, dos cristalinos solitarios de incomparable
pureza. Lo más encantador de la mariposa es que, siendo de pedrería, estaba
viva, pues al tender Lupercio la mano para cogerla, voló la mariposa y fue a
posarse más lejos, a la orilla de la mesa. El mozo se quedó sobrecogido; si se
empeñaba en cogerla, de fijo que la mariposa huiría por la ventana abierta.
Renunciando a perseguir al resplandeciente insecto, Lupercio se contentó con
admirarlo.
La mariposa tenía, sin duda alguna, luz propia, porque
apartada de la escasa de la lámpara, centelleaba más, proyectando irisados
reflejos sobre toda la guardilla. Y es el caso que, a la claridad emanada de la
mariposa, así se transformaba la vivienda de Lupercio, que no la conocería
nadie. Invisibles tapiceros revistieran las paredes de telas, cuadros, espejos y
colgaduras; del techo pendían arañas de veneciano vidrio y cubría el suelo
alfombra turquesca de tres dedos de gordo. ¡Qué metamorfosis! En las Gorgonas de
Murano se deshojaban rosas: sobre un velador árabe tentaban el apetito frutas,
dulces y refrescos; blancas melodías de laúd acariciaban el aire y, abriéndose
sutilmente la puerta, una mujer, digo mal, una diosa, envuelta en gasas tenues y
sin más tocado que las rubias hebras de febeo cabello, se adelantó, tomó del
velador una granada entreabierta, reventando en granos de púrpura, y se la
ofreció a Lupercio con lánguida sonrisa... Todo este misterio duró hasta que la
mariposa, desde el borde de la ventana, alzó su vuelo, perdiéndose en la
oscuridad de la noche.
Aunque al volar la mariposa de pedrería la guardilleja
volvió a su prístina y natural fealdad, miseria y desaliño, desde aquel día
Lupercio no pensó en la muerte. Tenía un interés, una esperanza: que repitiese
su visita la encantada bestezuela. Y la repitió, en efecto, al conjuro de la
pluma mojada en tinta y los renglones desiguales. Volvió la mariposa, y esta vez
convirtió la guardilla en jardín tropical, poblado de naranjos y palmeras, donde
vírgenes africanas ofrecían a Lupercio agua fría en ánforas rojas estriadas de
plata y azul. Así que se habituó a responder al conjuro, la mariposa fue
transformando la mansión de Lupercio, ya en gruta oceánica, con náyades, corales
y espumas, ya en bahía polar que alumbra boreal aurora, ya en patio de la
Alhambra, con arrayanes y fuentes de mármol, donde se leen versículos del Corán;
ya en camarín gótico, dorado como un relicario...
Mientras tanto, un periódico imprimía los versos de
Lupercio -porque versos eran, ya es hora de confesarlo- y, poco a poco, los fue
conociendo, estimando y luego admirando el público. Tras la admiración y el
aplauso del público vino la envidia de los rivales, la curiosidad de los
poderosos y la protección de algunos más inteligentes; con la protección, un
poco de bienestar; luego, algo que pudiera llamarse desahogo y, por último, una
serie de felices circunstancias -herencia, lotería, negocios-, la riqueza.
Lupercio vivió, amó, gozó, rodó en carruaje al lado de pulcras damiselas, con
trajes de seda de eléctrico roce..., y no necesito decir que, impulsado por el
aura de la fortuna, fue bajando, primero de su guardilla al piso segundo;
después, del segundo al primero, hasta que resolvió construir para su residencia
un lindo palacio, a orillas del mar, en Italia. Había en él jardines, salones,
tapicerías, brocados, alfombras, objetos de arte; en suma, cuanto pudo soñar
Lupercio en la guardilla de los años juveniles.
Sin embargo, su mujer, sus hijos, sus amigos, sus
criados, le veían cabizbajo, abatido, deshecho y notaban que, de día en día, se
iba agriando su carácter, y ennegreciéndose su humor, y rebosando en él tedio y
hastío. Nadie se explicaba el cambio, porque nadie sabía que la mariposa de
piedras, la maga de la guardilla, la que también había frecuentado el piso
segundo y honrado alguna que otra vez el principal, no se dignaba apoyar sus
patitas de esmalte en el reborde de las ventanas del palacio, abiertas siempre
en verano como en invierno, para dejarle franca la entrada.
Lupercio se ponía de pechos en la rica balconada de
mármol que dominaba el jardín, y desde la cual se divisaba la extensión del
golfo de Nápoles y se oía el murmurio de sus aguas, y miraba a las estrellas por
si de alguna iba a bajar la mariposa; pero las estrellas titilaban indiferentes
y, de mariposa, ni rastro. Lupercio abría a centenares botellas de generosos
vinos -de aquellos que en la mocedad le tentaban como un sueño irrealizable-, y
en el fondo espumoso del cristal no dormía la mariposa tampoco. Lupercio comía
granadas con algunas risueñas beldades muy aficionadas a la fruta, y tampoco en
el seno de púrpura se ocultaba la mariposa maldita, la de las alas de rubíes...
¿Qué si había muerto? ¡Para morir estaba ella! Sabe,
¡oh lector!, que las mariposas de pedrería son inmortales. Sólo que la tunanta
no tenía ganas de perder el tiempo con gente machucha, y andaba transformando en
palacio, jardín o edén otro domicilio modesto, donde un mozo soñador
garrapateaba no sé si verso o prosa... |
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El ruido
Camilo de Lelis había conseguido disfrutar la mayor
parte de los bienes a que se aspira en el mundo y que suelen ambicionar los
hombres. Dueño de saneado caudal, bien visto en sociedad por sus escogidas
relaciones y aristocrática parentela, mimado de las damas, indicado ya para un
puesto político, se reveló a los veintiséis años poeta selecto, de esos que
riman contados perfectísimos renglones y con ellos se ganan la calurosa
aprobación de los inteligentes, la admirativa efusión del vulgo y hasta el
venenoso homenaje de la envidia. Sobre la cabeza privilegiada de Camilo derramó
la celebridad su ungüento de nardo, y halagüeño murmullo acogió su nombre
dondequiera que se pronunciaba. Abríase ante Camilo horizonte claro y extenso;
la única nubecilla que en él se divisaba era tamaña como una lenteja. No
obstante, el marino práctico la llamaría anuncio de tempestad.
Para comprender la trascendencia de la nubecilla,
conviene saber que la originalidad literaria de Camilo consistía en una tan
delicada, refinada y exquisita construcción del período, que las palabras,
engarzadas como eslabones de primorosa cadena de esmalte, se realzaban unas a
otras y hacían música como de agua corriente o de arpas estremecidas por el
viento y que despiden sones aéreos, prolongados y dulcísimos. El efecto que las
rimas de Camilo producían en el lector era el de una vibración lenta y profunda,
suave y embelesadora. Diríase que los tales versos nacían hechos, ordenados, sin
esfuerzo alguno por el instinto, como producto natural de la espontaneidad de un
gran artista; más lejos de ser así, Camilo de Lelis, premioso, exigente consigo
mismo e idólatra de la forma pura, desdeñando por ella la realidad, dedicaba, no
sólo a cada frase, sino a la elección de cada verbo, horas de reflexión, de
trabajo mnemotécnico, repasando las palabras que más halagan el oído, buscando
el adjetivo plástico que pone de manifiesto casi visiblemente la línea, el color
y el relieve de los objetos, aunque no engendre el inefable y espiritual goce de
sentir, pensar y soñar.
Ello es que al joven poeta le costaba sudor de sangre
cada renglón. Y fue lo malo que, cuando se hubo embriagado con los elogios
tributados a la factura de sus primeros poemas, aún refinó más la de los
siguientes, y los cinceló con rabia, con encarnizamiento, encerrándose en su
gabinete de estudio y negándose a salir, hasta para comer, mientras no
encontrase el efecto de sonoridad o de dulzura que recreaba su oído de melómano.
No tardó mucho en notar cómo le era imposible semejante labor en aquél pícaro
gabinete, donde se oían todos los ruidos de la calle céntrica: paso de ómnibus y
tranvías, que hacían retemblar las vidrieras; rodar atronador de coches, que
imponían al pavimento viva y momentánea trepidación; pregones de verduleras, que
rompían con entonaciones ásperas y guturales las cadencias de sílabas que
arrullaban a Camilo; riñas callejeras; trotadas de caballo; rebuznos asnales y
pianos mecánicos, más insufribles aún que los rebuznos. Al principio estos
ruidos importunaban al escritor, como importuna una sensación de conjunto, la
bárbara irrupción de una murga, el vocerío de una feria; pero así que fijó su
atención en el hecho de que la calle era bulliciosa, infernalmente estrepitosa,
notó con angustia que cada ruido se destacaba de los demás y se precisaba y
definía, obstruyéndole el cerebro y no permitiéndole tornear un solo verso. Los
tranvías le pasaban por las sienes; los coches rodaban sobre su tímpano; los
apremiantes pregones, los apasionados y rijosos rebuznos parecían feroces gritos
de guerra; las tocatas de los pianos eran gatos de erizada pelambre que sobre la
mesa de escritorio bufaban enzarzados o trocaban maulladas ternezas.
Crispado y dolorido ya, Camilo de Lelis recordó que
tenía dinero y podía permitirse el lujo de un estudio silencioso. Gastó varios
días en recorrer la capital, hasta que en un barrio limítrofe con el campo
descubrió una casita o más bien hotel, de estos a la malicia que ahora se usan,
que por lo retirado del movimiento y tráfago de las calles y por el jardincillo
que tenía al frente, pareció al artista el refugio que soñaba. Realizó la
mudanza con apresuramiento febril; instaló sus libros, sus muebles tallados, sus
cacharros, sus damasquinas armas y bordadas telas -porque Camilo necesitaba
verse rodeado de atmósfera de elegancia para trabajar-, y cuando todo estuvo en
orden, antecogió las cuartillas y enristró la pluma. Apenas llevaba trazadas las
tres estrellas, único título del poema que proyectaba, agitóse convulso en el
sillón como si hubiese recibido eléctrica corriente. Era que de la calle
desierta, abriéndose paso por entre las éticas lilas y los polvorientos
evónimos, entraba una especie de gorjeo infantil, entrecortado de risa, de
chillidos gozosos, de monosílabos palpitantes de curiosidad: en suma, la charla
fresca de unos chicos que delante de la verja jugaban a la rayuela con cascos de
teja, despojos de la tejera próxima.
El poeta se llevó las manos a las sienes, y poco
después, como el parloteo de los gurriatos no cesaba, cogió el tintero y lo
arrojó contra la pared, lo cual prueba que la cabeza de Camilo de Lelis empezaba
a trastornarse. Sin embargo, resolvió esperar a la noche, hora del silencio,
según todos los vates clásicos, y así que las tinieblas colgaron sus pabellones
de crespón, he aquí que vuelve a llamar a la musa... Y cuando mentalmente
apareaba el consonante del primer verso con el del tercero -como quien aparea
soberbias perlas para pendientes de una hermosa-, oyó otra vez rumor junto a la
verja... No como antes, espontáneo, regocijado y bullicioso, sino reprimido,
suave, tímido, dialogado, interrumpido de tiempo en tiempo por calderones que
estremecían y exaltaban hasta el paroxismo el cerebro del que oía... ¡Dos
enamorados! ¡Una pareja! ¡Allí! El poeta se puso a renegar del amor, lo mismo
que si el arte no existiese por él y para él... Y a la mañana siguiente Camilo
de Lelis tomaba el tren y buscaba en la soledad de una provincia retiro bronco,
la guarida de una fiera montés.
Hallóla a medida del deseo. Era, en la vertiente de una
montaña, un conventillo en ruinas, donde mandó hacer los reparos necesarios para
dejarlo habitable. Encerróse allí sin más compañía que una anciana criada.
Parecía aquello el mismo palacio del Silencio augusto y reparador; y el poeta,
al entrar en su mansión romántica, suspiró de gozo y se puso a escuchar las
mudas armonías del desierto. Cuando pensaba saborear la callada paz de la
atmósfera, el canto de un gallo resonó, imperioso y clarísimo. ¡Aquí de Dios! Al
punto se le retorció el pescuezo al gallo; pero el sacrificio fue estéril, y
Camilo no tardó en convencerse de que el viejo conventillo era cien veces más
ruidoso que las calles de la corte. Sordos arrullos de palomas torcaces;
correrías de ratones por los desvanes oscuros; zumbido de abejas que entraban
por la ventana; coros de árboles agitados por el viento, y, sobre todo, el
eterno plañir de la cascada, que desplomándose de lo alto de la roca al fondo
del valle, deshecha en irrestañable llanto, inundaba de desesperación el alma
del artista, ya reducido a la impotencia y presa en breve de la insania.
***
A los treinta años, casi olvidado de sus admiradores de
un día, Camilo de Lelis expiraba en el manicomio. Su primera impresión, al
encontrarse en el nicho, fue -no se admire el lector- de inmenso bienestar. Por
fin habían cesado los malditos ruidos de la tierra, por fin su cerebro no sentía
las horribles punzadas de agujas candentes y los tenazazos que por el oído
llegaban a las últimas células de la sustancia gris... ¡Qué hermoso silencio
absoluto, eterno, sin límites, como océano extendido desde lo infinito terrestre
a lo infinito celestial!
De pronto... ¡No, si no puede ser! ¿Se concibe que
existan ruidos dentro de una tumba, que atraviesen las paredes de un nicho, la
espesura de una caja de cinc y de un recio ataúd forrado de paño grueso? No se
concebirá, pero lo cierto es que algo suena... Camilo de Lelis se estremece,
quiere incorporarse, quiere gemir... El ruido que le quita las dulzuras del
perenne reposo es la fermentación que comienza, son los gusanos, que no tardarán
en pulular sobre su pobre cuerpo... ¡Tampoco el sepulcro está solitario, y el
adorador de la pura e inalterable Forma encuentra en él a su enemiga la Vida! |
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El tornado
Entre las caras aldeanas, a la salida de misa, se
destacaba siempre para mí, con relieve especial, la de un presbítero, que era
aldeana, por las líneas y no por la expresión. Las caras no van más allá que las
almas, y es el alma lo que se revela en los rasgos, en el pliegue de la boca, en
la luz de los ojos. Aquel cura, arrinconado en la montaña, no sé qué presentaba
en su fisonomía de resuelto y de advertido, de dolorido y de resignado, que me
advirtieron, sin necesidad de preguntar a nadie, que tenía un pasado distinto
del de sus congéneres de misa y olla, los cuales, desde el seminario, se habían
venido a la parroquia, a no conocer más emociones que las del día de la fiesta
del Patrón o las de la pastoral visita.
Habiéndole manifestado mi curiosidad al señorito de
Limioso, se echó a reír a la sombra de sus bigotes lacios.
-Pues apenas se alegrará Herves cuando sepa que usted
quiere oírle la historia... Como que los demás ya le tenemos prohibido que nos
la encaje... Solo se la aguantamos una vez al año, o antes si hay peligro de
muerte...
Convenido; vendría el cura aquella tarde misma. Le
esperé recostado en un banco de vieja piedra granítica, todo rebordado de musgos
de colores. Hacía frío, y el paisaje limitado, montañoso, tenía la severidad
triste del invierno que se acercaba. Uno de esos pájaros que se rezagan y
todavía se creen en tiempo oportuno de amar y sentir, cantaba entre las ramas
del limonero añoso, al amparo de su perfumado y nupcial follaje perenne. En las
vides no quedaban sino hojas rojas, sujetas por milagro y ya deseosas de
soltarse y pagar su tributo a la ley de Naturaleza.
Hay en estos aspectos otoñales del paisaje una
melancolía tranquila y, por lo mismo, más profunda, un mayor convencimiento de
lo efímero de las cosas... Cuando entraron el cura y el señorito, dispuestos a
satisfacer una curiosidad tan transitoria como la vida, ya mi espíritu andaba
muy lejos: se había ido a donde no hay curiosidades, a una región de
contemplativa serenidad.
Media hora después oía yo el relato de una aventura
vulgar, pero que había bastado para dar aroma de pena antigua a la existencia de
aquel hombre y para sugerirle un romanticismo, allá a su manera, complicado de
cierto orgullo... Por la aventura podía mirar con superioridad, en lo interno, a
sus compañeros, y en las largas sobremesas de los convites parroquiales,
excitada la imaginación a poder del generoso y el anisete, revivir los
dramáticos momentos, ser otra vez el que corrió graves peligros y estuvo a punto
de que un vórtice le tragase...
-Al concluir la carrera -díjome después de recogerse un
momento, como si no se supiese la relación de memoria- me encontré con que se
murió una buena señora que era mi madrina de misa, y tuvo la ocurrencia de
legarme una manda regular. Eché mis cuentas, y en vez de prestar a réditos para
sacar al año una pequeñez, cargando además mi alma con responsabilidades, acordé
salir un poco a ver el mundo. Yo hijos no había de tener; mis sobrinos..., ¡que
se arreglasen!..., y como el viajar es la única diversión que no se mira mal en
nosotros, ¡viajemos! Casi siempre, en tocando a salir de casa, mis colegas la
emprenden hacia Roma. Una peregrinación..., ¡y adelante! Muy natural... Pero a
mí, no sé por qué me entró afán de hacer todo lo contrario. Lo más diferente de
Roma y de cuanto conocemos -pensé- serán los Estados Unidos... Y allá me fui, en
un buque hermosísimo, y llegué a Cuba sin el menor tropiezo, y de la Habana, que
por cierto me gustó de veras (a poco me quedó allí a vivir), pasé a la América
del Norte, hallando tantas cosas de admirar que, para lo que me resta de estar
en el mundo, tengo que rumiar memorias. Todo lo apunté en unos cuadernos para
que no se me olvidase; y cada vez que leo en la Prensa algún invento o algún
caso que parece mentira..., de mis cuadernos echo mano... y digo para mí...
-Y para los demás también -advirtió el señorito-. ¡Pues
no nos tendrá leídos los cuadernitos que digamos!
-Y, bueno ¿de qué voy a tratar? ¿De política? ¿De
chismes? ¡Ello es que en mis cuadernitos será raro que no se halle ya mencionado
lo que nos dan por grandes novedades los periódicos...! En fin, yo me pasé más
de un año entre aquella gente, sin conocer a nadie, con barbas y sin corona,
aunque, gracias a Dios, sin faltar a las obligaciones de mi estado. Y así me
estaría hasta la consumación de los siglos si no llega a escasearme el dinero,
droga más necesaria allí, según pude advertir, que en parte alguna... Como no
era cosa de echarme a pedir limosna, y a más no es costumbre de aquella gente el
darla, tomé el partido de embarcarme otra vez, y la travesía desde Nueva York a
la Habana fue una delicia...
En la Habana -donde no quise saltar a tierra, temeroso
de no decidirme luego a salir de allí, aunque para mantenerme en aquel paraíso
hubiese de ponerme a hacer la zafra en lugar de un negro- subió a bordo una
señora joven, de riguroso luto -no despreciando, bien parecida-, con un niño muy
guapo, de unos seis años. Éramos la señora y yo de los pocos españoles que en el
buque iban; éramos ambos pasajeros de segunda, y por educación y porque me daba
lástima empecé a saludarla y a entretenerme con el niño, una monada de listo y
de cariñoso. El padre, por lo visto, era empleado, y se había muerto del vómito.
Cada vez que salía la conversación, la viuda, lamentando su desamparo, lloraba;
pero poco a poco se puso casi alegre, me gastaba bromas, y siempre procuraba
encontrarse conmigo en el puente para charlar. No sabía que yo era sacerdote, y
yo, vamos, no se lo dije: me parecía raro, con la barba que me llegaba a las
solapas del chaleco. Al desembarcar, después de rasurarme..., bueno que lo
supiese.
Como un golfín iba la embarcación hasta llegar a la
altura de las Azores. Sin embargo, el capitán había torcido el gesto al ver un
celaje muy descolorido, que luego fue volviéndose cobrizo al anochecer, y ya de
noche, negro, lo propio que si en el cielo se hubiese volcado un tonel de
tinta... Algunas exhalaciones parpadearon en el horizonte; pero la calma era
tal, que el agua parecía aceite grueso. No se acostó el capitán, y yo tampoco;
no sé qué inquietud me desvelaba. Al amanecer, el celaje se mostró más negro si
cabe, y una ceja gigantesca, un arco inmenso apareció casi encima de nosotros,
dibujado como por mano firme y maestra.
-¿Qué hay, capitán?- le pregunté al verle tan sombrío
como el cielo.
-¡Qué ha de haber, me...! -y juró entre dientes-. ¡Que
tenemos encima el tornado... y que será de los primera! ¿No ve usted qué
perfecto es el arquito?
Ya había yo oído en el pasaje mentar el tornado con
expresiones de terror; el tornado es el coco de aquellos mares. Así y todo, como
la calma era tan absoluta y yo no entendía de achaque de navegación, no sentí al
pronto mucho miedo. Empecé a sentir las cosquillas cuando pasajeros y
tripulación salieron al puente y en voz baja se cambiaron impresiones. Todos
mirábamos fijamente a aquella ceja colosal de un ojo terrible, inmóvil, que nos
amenazaba. La calma era de plomo; no sé expresarlo sino así; en plomo nos
creíamos envueltos. Una pluma de ave echada al aire permanecía en suspensión. Y
nuestras almas estaban como aquella pluma; pendientes y esperando el primer
soplo...
En aquellos segundos de ansiedad trágica en que ni
respirábamos, fue cuando la viuda, con su niño de la mano, su ropa negra, y más
blanca la cara que un papel, se acercó a mí y me dijo de una manera que me llegó
al corazón:
-No tenemos a nadie en este mundo... Yo sólo en usted
he puesto mi esperanza... Si sucede algo, ¿nos amparará? Esta criaturita sin
padre...
Y, sin duda, yo estaba loco del susto que todos
teníamos metido en el cuerpo, porque le contesté cogiéndola de las manos:
-A no ser que muriese yo primero, ni usted ni el niño
han de pasar daño ninguno. El padre del niño aquí está.
Aún no hube proferido tal dislate..., ¡zas!, prorrumpe
el huracán por el Nordeste con una fuerza inaudita; una fuerza tal, que todo el
barco tembló y se paró; y no era que se hubiese roto la máquina -que se rompió
después-, sino que ni con cien máquinas avanzaría... Saltaron luego unas
olas..., ¡vaya unas olas de horror! Nadie creería que de aquella mar de aceite
podían levantarse semejantes monstruos... Caíamos al fondo, y nos veíamos de
repente en la cumbre de una muralla altísima, y debajo nos esperaba, para
recogernos en otra caída, un abismo sin fin... El capitán estaba como loco; dos
veces rodó al suelo, y en una de ellas, por desdicha, se rompió la cabeza contra
no sé qué... Tomó el mando el segundo. Era mucho menos hombre, de menos agallas
marineras, y comprendimos que estábamos perdidos sin remedio. El barco, al tener
que ascender, se cansaba como una persona, se dormía cada vez más tiempo y no
aguardábamos sino el instante en que, sin fuerzas la embarcación para vencer la
espantosa subida, la ola se cerrase sobre nosotros y nos quedásemos allá abajo,
en el remolino que produjésemos al ser absorbidos. Entre la confusión y el
alocamiento de todos -cada uno pensaba en sí o en los suyos y nadie atendía a
nadie- la viuda, sin saber lo que hacía, se me agarró a los hombros y empezó a
decirme disparates..., ¡porque estaba como los demás: fuera de juicio!... Yo no
iba a seguirla por el camino que emprendía..., y a su oído, murmuré:
-No puedo hacerle más favor que darle la absolución...
Soy sacerdote, y vamos a morir en este instante...
Pegó un chillido y se apartó de mí... Y en el mismo
momento, al rolar al Sur y al Sudeste, abonanzó de un modo tan repentino que
parecía cosa milagrosa... Los oficiales dijeron después que sucede así con los
tornados, que si duraran como dan...
En el resto de la travesía no volví a acercarme ni
siquiera al pobre del niño. Desembarqué lo más pronto posible; en Lisboa. Y a
veces, en esta paz que ahora disfruto, me parece que cuanto me pasó no me pasó,
sino que lo habré soñado.
-Por eso nos lo cuenta cada año doce veces -arguyó,
escéptico, el señorito-. Contándolo se convence de que no es inventiva... Así
nos convenciese a los demás... |
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Agravante
Ya conocéis la historia de aquella dama del abanico,
aquella viudita del Celeste Imperio que, no pudiendo contraer segundas nupcias
hasta ver seca y dura la fresca tierra que cubría la fosa del primer esposo, se
pasaba los días abanicándola a fin de que se secase más presto. La conducta de
tan inconstante viuda arranca severas censuras a ciertas personas rígidas; pero
sabed que en las mismas páginas de papel de arroz donde con tinta china escribió
un letrado la aventura del abanico, se conserva el relato de otra más terrible,
demostración de que el santo Fo -a quien los indios llaman el Buda o Saquiamuni-
aún reprueba con mayor energía a los hipócritas intolerantes que a los débiles
pecadores.
Recordaréis que mientras la viudita no daba paz al
abanico, acertaron a pasar por allí un filósofo y su esposa. Y el filósofo, al
enterarse del fin de tanto abaniqueo, sacó su abanico correspondiente -sin
abanico no hay chino- y ayudó a la viudita a secar la tierra. Por cuanto la
esposa del filósofo, al verle tan complaciente, se irguió vibrando lo mismo que
una víbora, y a pesar de que su marido le hacía señas de que se reportase, hartó
de vituperios a la abanicadora, poniéndola como solo dicen dueñas irritadas y
picadas del aguijón de la virtuosa envidia. Tal fue la sarta de denuestos y
tantas las alharacas de constancia inexpugnable y honestidad invencible de la
matrona, que por primera vez su esposo, hombre asaz distraído, a fuer de sabio,
y mejor versado en las doctrinas del I-King que en las máculas y
triquiñuelas del corazón, concibió ciertas dudas crueles y se planteó el
problema de si lo que más se cacarea es lo más real y positivo; por lo cual, y
siendo de suyo propenso a la investigación, resolvió someter a prueba la
constancia de la esposa modelo, que acababa de abrumar y sacar los colores a la
tornadiza viuda.
A los pocos días se esparció la voz de que la ciencia
sinense había sufrido cruel e irreparable pérdida con el fallecimiento del
doctísimo Li-Kuan -que así se llamaba nuestro filósofo- y de que su esposa Pan-Siao
se hallaba inconsolable, a punto de sucumbir a la aflicción. En efecto, cuantos
indicios exteriores pueden revelar la más honda pena, advertíanse en Pan-Siao el
día de las exequias: torrentes de lágrimas abrasadoras, ojos fijos en el cielo
como pidiéndole fuerzas para soportar el suplicio, manos cruzadas sobre el
pecho, ataques de nervios y frecuentes síncopes, en que la pobrecilla se quedaba
sin movimiento ni conciencia, y sólo a fuerza de auxilios volvía en sí para
derramar nuevo llanto y desmayarse con mayor denuedo.
Entre los amigos que la acompañaban en su tribulación
se contaba el joven Ta-Hio, discípulo predilecto del difunto, y mancebo en quien
lo estudioso no quitaba lo galán. Así que se disolvió el duelo y se quedó sola
la viudita, toda suspirona y gemebunda, Ta-Hio se le acercó y comenzó a decirle,
en muy discretas y compuestas razones, que no era cuerdo afligirse de aquel modo
tan rabioso y nocivo a la salud; que sin ofensa de las altas prendas y
singulares méritos del fallecido maestro, la noble Pan-Siao debía hacerse cargo
de que su propia vida también tenía un valor infinito y que todo cuanto llorase
y se desesperase no serviría para devolver el soplo de la existencia al ilustre
y luminoso Li-Kuan.
Respondió la viuda con sollozos, declarando que para
ella no había en el mundo consuelo, además de que su inútil vida nada importaba
desde que faltaba lo único en que la tenía puesta; y entonces el discípulo, con
amorosa turbación y palabras algo trabadas -en tales casos son mejores que muy
hilados discursos-, dijo que, puesto que ningún hombre del mundo valiese lo que
Li-Kuan, alguno podría haber que no le cediese la palma en adorar a la bella
Pan-Siao; que si en vida del maestro guardaba silencio por respetos altísimos,
ahora quería, por lo menos, desahogar su corazón, aunque le costase ser arrojado
del paraíso, que era donde Pan-Siao respiraba, y que si al cabo había de morir
de amante silencioso, prefería morir de rigores, acabando su declaración con
echarse a los diminutos pies de la viuda, la cual, lánguida y algo llorosa aún,
tratándole de loquillo, le alzó gentilmente del suelo, asegurando benignamente
que merecía, en efecto, ser echado a la calle, y que si ella no lo hacía, era
sólo en memoria de la mucha estimación en que tenía a su discípulo el luminoso
difunto. Y, sin duda, la misma estimación y el mismo recuerdo fueron los que, de
allí a poco -cuando todavía por mucho que la abanicase, no estaría seca la
tierra de la fosa de Li-Kuan- impulsaron a su viuda a contraer vínculos eternos
con el gallardo Ta-Hio.
Vino la noche de bodas, y al entrar los novios en la
cámara nupcial, notó la esposa que el nuevo esposo estaba no alegre y radiante,
sino en extremo abatido y melancólico, y que lejos de festejarla, callaba y se
desviaba cuanto podía; y habiéndole afanosamente preguntado la causa, respondió
Ta-Hio con modestia que, le asustaba el exceso de su dicha, y le parecía
imposible que él, el último de los mortales, hubiese podido borrar la imagen de
aquel faro de ciencia, el ilustre Li-Kuan. Tranquilizóle Pan-Siao con extremosas
protestas, jurando que Li-Kuan era, sin duda, un faro y un sapientísimo
comentador de la profunda doctrina del Libro de la razón suprema, pero
que una cosa es el Libro de la razón suprema y otra embelesar a las
mujeres, y que a ella Li-Kuan no la había embelesado ni miaja. Entonces Ta-Hio
replicó que también le angustiaba mucho estar advirtiendo los primeros síntomas
de cierto mal que solía padecer, mal gravísimo, que no sólo le privaba del
sentido, sino que amenazaba su vida. Y Pan-Siao, viéndole pálido, desencajado,
con los ojos en blanco, agitado ya de un convulsivo temblor...
-Mi sándalo perfumado -le dijo-, ¿con qué se te quita
ese mal? Sépalo yo para buscar en los confines del mundo el remedio.
Suspiró Ta-Hio y murmuró:
-¡Ay mísero de mí! ¡Que no se me quita el ataque sino
aplicándome al corazón sesos de difunto! -y apenas hubo acabado de proferir
estas palabras cayó redondo con el accidente.
Al pronto quedó Pan-Siao tan confusa como el lector
puede inferir; pero en seguida se le vino a las mientes que, en los primeros
instantes de inconsolable viudez, había mandado que al luminoso Li-Kuan le
enterrasen en el jardín, para tenerle cerca de sí y poderle visitar todos los
días. A la verdad, no había ido nunca: de todos modos, ahora se felicitaba de su
previsión. Tomó una linterna para alumbrarse, una azada para cavar y un hacha
que sirviese para destrozar las tablas del ataúd y el cráneo del muerto; y
resuelta y animosa se dirigió al jardín, donde un sauce enano y recortadito
sombreaba la fosa.
Dejó en el suelo la linterna y el hacha, dio un
azadonazo..., y en seguida exhaló un chillido agudo, porque detrás del sauce
surgió una figura que se movía, y que era la del mismísimo Li-Kuan, ¡la del
esposo a quien creía cubierto por dos palmos de tierra!
-Sierpe escamosa -pronunció el filósofo con voz grave-,
arrodíllate. Voy a hacer contigo lo que venías a hacer conmigo; voy a sacarte
los sesos, si es que los tienes. Entre mi discípulo Ta-Hio y yo hemos convenido
que sondaríamos el fondo de tu malicia, y, sobre todo, de tu mentira. No castigo
tu inconstancia que sólo a mí ofende, sino tu fingimiento, tu hipocresía, que
ofenden a toda la Humanidad. ¿Te acuerdas de la dama del abanico?
Y el esposo cogió el hacha, sujetó a Pan-Siao por el
complicado moño, y contra el tronco del sauce le partió la sien. |
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La hierba milagrosa
Explicaciones
Al cuento "La hierba milagrosa" debe preceder, a título
de explicación, la carta que dirigí al señor don Miguel Moya, director de El
Liberal.
Madrid, 22 de octubre de 1982
Mi distinguido amigo: Al llegar a esta corte y
registrar la pirámide de papeles y libros que me esperaban, encuentro un número
de La Unión Católica, donde se dice que mi cuento "Agravante", que El
Liberal insertó el 30 de agosto próximo pasado, no es mío, sino de Voltaire.
Me ha caído en gracia el que un periódico se tome la molestia de investigar la
procedencia del cuento, cuando yo la declaraba en el cuento mismo, diciendo
expresamente que lo había encontrado en las propias hojas de papel de arroz
donde se conservaba la historia de la dama del abanico blanco, igualmente
publicada por El Liberal bajo la firma del distinguido escritor Anatole
France.
Lo que me pareció excusado añadir -porque lo saben
hasta los gatos- es que esas hojas de papel de arroz, de donde tomó Anatole
France su historieta y yo la mía, son las de los auténticos y conocidísimos
Cuentos chinos, que recogieron los misioneros y coleccionó Abel de Remusat
en lengua francesa.
En esa colección, la historia de la dama del abanico
blanco y la de la viuda inconsolable y consolada forman un solo cuento.
Pero no es allí únicamente donde existe la tal
historia, pues con sólo abrir (¡recóndita erudición!) el Gran Diccionario
Universal de Larousse, que forma parte integrante del mobiliario de las
redacciones, hubiese visto La Unión Católica que esa historieta es
conocida en todas las literaturas bajo el título de La matrona de Efeso,
y que igualmente se encuentra en la India, en la China, en la antigüedad clásica
y en la inmensa mayoría de los modernos cuentistas, que dramática y sentenciosa
entre los chinos, ha tomado en otras naciones, en boca de los narradores de
fabliaux y en Apuleyo, Boccaccio, La Fontaine y Voltaire, sesgo festivo y
burlón; y añade el socorrido Diccionario: «Esta ingeniosa sátira de la
inconstancia femenil parece tan natural y verdadera, que se diría que brotó
espontáneamente en la imaginación de todo cuentista, y no hay que recurrir a la
imitación para explicar tan singular coincidencia.»
De estas laboriosas investigaciones se desprende que el
cuento es tan de Voltaire como mío, e hicimos bien Anatole France y yo en
repartírnoslo según nos plugo, y hasta pude ahorrarme la declaración de su
procedencia. En efecto, por mi parte, para remozar esa historia, no la he leído
en Voltaire ni en ningún autor moderno, sino en la misma colección de Cuentos
chinos; y estoy cierta de que mi versión se diferencia bastante de las
demás.
Si entrase en mis principios dar por mío lo ajeno, o
sea gato por liebre, no juzgo difícil la empresa. Claro está que yo no había de
ser tan inocente que ejercitase el instinto de rapiña en lo que cada quisque
conoce -o debe conocer por lo menos, pues se dan casos, y si no ahí está el
descubrimiento de La Unión-. Sobran libros arrumbados: el que quiera
tener algo bien oculto, que lo guarde en uno de esos libros. Ea, a la prueba me
remito: vamos a hacer una experiencia. Al que acierte y diga qué autor
español refiere en pocos renglones el caso que va usted a publicar bajo mi
firma con el título de "La hierba milagrosa", le regalo una docena de libros,
que no diré que sean buenos, pero corren como si lo fuesen. Queda excluido de
concurso Marcelino Menéndez y Pelayo.
De v. siempre afectísima amiga s. s. q.
b. s. m.
Emilia Pardo Bazán
Publicada esta carta con el cuento "La hierba
milagrosa", recibí algunas donde se me indicaban libros y autores que contenían
el argumento del nuevo cuentecillo; no obstante, ninguna de aquellas cartas se
refería a autor español; la mayor parte de mis corresponsales citaban a Ariosto,
en cuyo poema Orlando furioso ocupaba el episodio de "La hierba
milagrosa" un canto casi íntegro. Por fin, el señor don Narciso Amorós, escritor
de erudición varia y peregrina, nombró a un autor español que traía el caso de
la hierba, y aun cuando no era el mismo autor de donde yo lo había tomado
-Luis Vives, en su Instrucción de la mujer cristiana, tratado de las
vírgenes-, me pareció que no por eso dejaba de llenar el señor Amorós las
condiciones del certamen, y tuve el gusto de ofrecerle el insignificante premio.
Como se ve, el acertijo no era ningún enigma de la
esfinge para quien poseyese cierto caudal de doctrina bibliográfica. Sin
embargo, siendo tan fácil descifrar la charada, mi acusador de La Unión
Católica no la descifró, por no molestarme, según declaró poco
después.
Páguele Dios atención tan extraña, pues ningún género
de molestia, al contrario, me causaría ver consagrar a que se esclareciesen los
orígenes de "La hierba milagrosa" igual diligencia que a descubrir el panamá
de Agravante.
***
El caso que voy a referiros debió de suceder en alguna
de esas ciudades de geométrica traza, pulcras, bien torreadas, de apiñado
caserío, que se divisan, allá en lontananza, empinadas sobre una colina, en las
tablas de los pintores místicos flamencos. Y la heroína de este cuento, la
virgen Albaflor, se parecía, de seguro -aunque yo no he visto su retrato- a las
santas que acarició el pincel de los mismos grandes artistas: alta y de gráciles
formas, de prolongado corselete y onduloso y fino cuello, de seno reducido,
preso en el jubón de brocado, de cara oval y cándidos y grandes ojos verdes, que
protegían con dulzura melancólica tupidas pestañas; de pelo dorado pálido,
suelto en simétricas conchas hasta el borde del ampuloso traje.
La tradición asegura que Albaflor, pudiendo competir en
beldad, discreción, nobleza y riqueza con las más ilustres doncellas de la
ciudad, las vencía a todas por el mérito singularísimo de haber elevado a
religioso culto el amor de la pureza. La devoción a su virginidad rayaba en
fanatismo en Albaflor, revelándose exteriormente en la particularidad de que
cuanto rodeaba a la doncella era blanco como el ampo de la intacta nieve.
Albaflor proscribía lo que no ostentase el color de la inocencia, y allá en el
interior de su alma -si el alma tuviese ventanas de cristal- también se verían
piélagos de candor y abismos de pudorosa sensibilidad, que siempre vigilante,
vedaba el ingreso hasta el más ligero, sutil y embozado deseo amoroso,
rechazándolo como rechaza el escudo de acero la emponzoñada flecha.
¿Decís que era virtud? Virtud era, pero también muy
principalmente labor estética; delicada y mimosa creación de la fantasía de
Albaflor, que se complacía en ella cual el artista se complace en su obra
maestra, y la retoca y perfecciona un día tras otro, añadiéndole nuevos
primores. La que sentía Albaflor al registrar su alma con ojeada introspectiva y
encontrarla acendrada, limpia, tersa, clara como luna de espejo, como agua
serenada en tazón de alabastro, envolvía un deleite tan refinado y original, tan
aristocrático y altivo, que no se le puede comparar ninguna felicidad culpable.
Sabíanlo ya los mancebos de la ciudad y habían renunciado a galantear y rondar a
Albaflor. Cuando la veían pasar por la calle, semejante a una aparición,
recogiendo con dos dedos la túnica de blanco tisú, la saludaban inclinándose y
la seguían -hasta los más disolutos- con ojos reverentes.
Aconteció por entonces que un conquistador extranjero
invadió el reino y puso sitio a la ciudad donde vivía Albaflor. La desesperada
resistencia fue inútil; no dio más fruto que encender en furor al jefe enemigo,
inspirándole la bárbara orden de que la ciudad fuese entrada a sangre y fuego.
La soldadesca se esparció, desnuda la espada y al puño
la tea, y pronto la triste ciudad se vio envuelta en torbellinos de humo y
poblado el ambiente de gemidos, gritos de espanto y ayes de agonía, mezclados
con imprecaciones y blasfemias espantosas.
Estaba la morada de Albaflor situada a un extremo de la
población, y como el padre de la doncella, habiendo salido a defender las
murallas, yacía cadáver sobre un montón de escombros, Albaflor, transida de
angustia, se había encerrado en sus habitaciones, y rezaba de rodillas, viendo
al través de los emplomados vidrios cómo el sol tramontaba envuelto en celajes
carmesíes. De improviso saltó hecha pedazos la vidriera, y se lanzó en la cámara
un hombre, un soldado -mozo, gallardo, furioso, implacable-, pero que de
improviso se paró, sorprendido, quizá, por el aspecto de la cámara.
Revestían las paredes amplias colgaduras blancas,
sujetas con tachones y cordonería de plata reluciente. Del techo colgaba una
lámpara del mismo metal. Pieles de armiño y vellones de cordero mullían el piso.
El sillón y el reclinatorio eran chapeados de marfil, como asimismo el diminuto
lecho. En una jaula se revolvía cautiva nevada paloma. Y sobre los poyos del
balcón, en vasos de mármol blanco, se erguían haces apretadísimos de azucenas,
centenares de azucenas abiertas o para abrir, y campeando en medio de ellas,
airoso y nítido como garzota de encaje, un tiesto de cristal, de donde emergía
el lirio blanco, al que su dueña regaba con religioso esmero, viendo en la
soñada flor un símbolo...
Como si al iracundo vencedor la hermosura y el aroma de
las flores le despertasen ideas de destrucción y exterminio, blandió la espada,
segó y destrozó colérico el embalsamado bosque de azucenas. Las flores cayeron
al suelo rotas y el soldado las pisoteó; después alzó el puño y fue a arrancar
el lirio.
Oyóse un sollozo. Albaflor lloraba por su lirio
emblemático, tan fresco, tan fino, de hojas de seda transparente, que iba a ser
hollado sin piedad... Al sollozo de Albaflor, el soldado volvió la cabeza y
divisó a la virgen arrodillada, vestida de blanco, destacándose sobre el fondo
de oro de la tendida cabellera, y con rugido salvaje se precipitó a destrozar
aquel lirio, más bello y suave que ninguno. Presa Albaflor en los brazos de
hierro, se crispó, defendiéndose rabiosamente, y en un segundo, en que se aflojó
algún tanto la tenaza, dijo con anhelo al soldado:
-Déjame y te daré un tesoro.
-¿Tesoro? -respondió él, estrechándola embriagado-.
Cuanto hay aquí me pertenece, y el tesoro lo mismo. No te suelto.
-Es que el tesoro sólo yo lo conozco -respondió
afanosamente la doncella-. Si no lo aceptas, te pesará. Si muero, me llevaré el
secreto a la tumba; y yo moriré si no me sueltas; ¿no ves cómo se me va la vida?
En efecto: el soldado vio que la doncella, lívida y
desencajada, parecía ya un cadáver.
-¿Qué tesoro es ése? -preguntó, desviándose un poco-.
¡Ay de ti si mientes! De nada te servirá; no me engañes.
-Hay -dijo Albaflor, serenándose y con energía- una
hierba milagrosa. El que la lleva consigo no puede ser herido por arma ninguna.
Si la pones bajo tu coraza, harás prodigios de valor en los combates, y serás
invulnerable, y llegarás a conquistar mayor gloria que el gran Alejandro. La
hierba sólo crece en mi jardín, y nadie la conoce y sabe sus virtudes sino yo,
que he ofrecido, por saberlas, perpetua castidad. Si me desfloras, no podré
enseñarte la hierba. Yo misma no la encontraré si pierdo mi honor.
-Vamos -exclamó el soldado casi persuadido, aunque
todavía receloso-. La hierba, ahora mismo; a ser cierto lo que aseguras, a pesar
de tu belleza, te miraré como miraría a mi propia madre.
Juntos salieron al jardín Albaflor y su enemigo.
Recorrieron sus sendas, y en el sombrío rincón de una gruta inclinóse la
doncella, y registrando cuidadosamente la espesura, dio un grito de triunfo al
arrancar una planta menuda que presentó al soldado. Este la tomó meneando la
cabeza desconfiadamente.
-¿Quién me asegura, doncella, que no me engañas por
salvarte? -murmuró al recibir la hierba milagrosa-. ¿Quién me hace bueno que al
entrar en batalla no será esta hierba inútil y vano amuleto, como los que
fabrican las viejas con cuerda de ahorcado? ¡Creo que soy el mayor necio en
perder el tesoro real y efectivo de tu belleza por este mentiroso hechizo!
-Ahora mismo -dijo Albaflor, mirando fijamente al mozo-
vas a cerciorarte de que no te engañé y a probar las virtudes de la hierba.
Desnuda tienes la espada; aquí hay un banco de piedra; yo pongo en él el cuello,
con la hierba encima, y tú, de un tajo bien dado, pruebas a degollarme. Hiere
sin temor -añadió la doncella, sonriendo gentilmente-, emplea toda tu fuerza,
que no lograrás producirme ni una rozadura. ¡Ea! ¿Qué aguardas? Ya estoy, ya
espero... Asegúrame de los cabellos, que así te es más fácil el golpe...
El soldado, lleno de curiosidad, cogió la rubia mata,
se la arrolló a la muñeca, tiró hacia sí y de un solo golpe segó el cuello del
cisne, horrorizado cuando un caño de sangre roja y tibia le saltó a la cara,
envuelto en la hierba milagrosa...
Así salvó Albaflor el simbólico lirio blanco. |
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Sobremesa
El café, servido en las tacillas de plata,
exhalaba tónicos efluvios; los criados, después de servirlo, se
habían retirado discretamente; el marqués encendió un habano, se
puso chartreuse y preguntó a boca de jarro al catedrático de
Economía política, ocupado en aumentar la dosis de azúcar de su
taza:
-¿Qué opina usted de la famosa teoría de
Malthus?
Alzó el catedrático la cabeza, y en tono
reposado y majestuoso, moviendo con la sobredorada cucharilla los
terrones impregnados ya, dijo con expresivo fruncimiento de labios y
pronunciando medianamente la frase inglesa:
-Moral restraint... ¡Desastroso, funesto
para la vida de las naciones! Error viejo, ya desacreditado...
Pregúntele usted al señor Samaniego de Quirós, que tan dignamente
representa a la república de Nueva Sevilla, si está conforme con
Malthus y su escuela.
-Distingo -contestó el ministro americano,
deteniendo la taza de café a la altura de la boca, por cortesía de
responder sin tardanza-. Soy partidario en Europa y enemigo en
América. Nosotros poseemos una extensión enorme de tierra
fertilísima, y hemos cubierto el territorio de ferrocarriles y
salpicado el litoral de magníficos puertos; ahora sólo nos faltan
brazos que beneficien esa riqueza, y nos convendría que el tecolote,
o lechuza sagrada, que en nuestra mitología indiana estaba encargada
de derramar los gérmenes humanos sobre el planeta, nos sembrase un
hombre detrás de cada mata, para convertir en Paraíso terrenal
cultivado lo que ya es paraíso, pero inculto.
-No les hacía a ustedes la pregunta sin
intríngulis -advirtió el marqués-. Quería saber su opinión para
formar la mía respecto a una mujer que fue condenada a cadena
perpetua y que yo no he llegado a convencerme de si era la mayor
criminal o la más desdichada criatura del mundo.
-Pues ¿qué hizo esa mujer? -preguntaron a
la vez y con el interés que siempre despierta el anuncio de un drama
todos los convidados del marqués, apiñándose alrededor de la mesilla
cargada con el cincelado servicio de café y las botellas de licores
color topacio.
-Lo habrán ustedes leído quizá en los
periódicos; pero esas noticias telegráficas, en estilo cortado, se
olvidan al día siguiente, a no ser que, como a mí, produzcan
impresión tan profunda que luego se quiera averiguar detalles y que,
averiguados, quede fija en el alma la terrible historia en forma de
problema, de remordimiento y de duda. La van ustedes a oír..., y si
la sabían ya, me lo dicen, y también lo que piensan de ella, a ver
si me ilumina su ilustrado parecer.
En uno de los barrios más destartalados y
miserables de este Madrid, donde se cobija tanta miseria, ocupó un
mal zaquizamí una pareja de pobretes; él, obrero gasista; ella, hija
del arroyo. El marido trabajó algún tiempo... regular; en fin, que
comían casi siempre o poco menos. Vinieron los chiquillos, más
espesos que las hogazas; hizo falta trabajar firme, pero el hombre
flojeó, mientras la mujer se agotaba lactando. La historia eterna,
reproducida a cientos de miles de ejemplares: un poco de fatiga y
desaliento trae la holganza; la holganza llama por la bebida; la
bebida, por el hambre; el hambre, por las quimeras; de las quimeras
se engendran la riña y la separación. El obrero, una noche abandonó
el tugurio, soltando blasfemias y maldiciendo de su estrella
condenada, porque, según él, quien se casa es un bruto; quien tiene
hijos, dos brutos, y quien los mantiene, tres brutos y medio, y
jurando que cuando él volviese a aportar por semejante leonera
habría criado pelos la rana.
Allí se quedó sola la mujer, con los cinco
vástagos, la mayor de diez años, de once meses el menor. Buscó
labor, pero no la encontró, porque no podía apartarse de los niños
y, en especial, del que criaba, ni se improvisan de la noche a la
mañana casas donde admitan a una asistenta o una lavandera
desconocida, famélica, hecha un andrajo, con un marido borrachín y
de malas pulgas. El único trabajo que le salió, como ella decía, fue
recoger huesos, trapos y estiércol en las carreteras; gracias a este
arbitrio se ganaba un día con otro sus tres o cuatro perros grandes.
Vino un invierno lluvioso y muy crudo, y el
recurso faltó, porque la lluvia es la enemiga del trapero; le hace
papilla la mercancía. Transcurrió una semana, y en ella empezaron a
debilitarse de necesidad los niños. La madre andaba escasa de leche;
el crío lloraba la noche entera, tirando del pecho flojo. El
panadero, a quien se le debían ya dieciséis pesetas, se cerró a la
banda, negándose a fiar. La Sociedad de San Vicente dio unos bonos,
y comidos los bonos, el hambre y el desabrigo volvieron. La mujer
salió de su casa una tarde -víspera, por cierto, de Reyes- y vendió
su única joya, una chivita blanca, muy hermosa, por la cual sacó
algunos reales. Fuese a la plaza Mayor, compró unos Reyes Magos,
preciosos, a caballo, con su estrella y su portalillo; además atestó
los bolsillos de piñonate y se echó una botella de vino bajo el
brazo. Llevó pan, garbanzos, tocino; llegó a su casa; puso el
puchero, y los niños, locos de alegría, después de jugar mucho con
los Santos Reyes, comieron olla y golosinas, y se acostaron
atiborrados, y se durmieron al punto. La madre también comió y bebió
vino a placer. Con el alimento y el arganda sintió que subía la
leche a su seno: se desabrochó y dio un solemne hartazgo al
pequeñillo. Así que le vio tan lleno que cerraba los ojos, le metió
de firme el pulgar por el cuello, asfixiándole.
Se llegó luego al mal jergón donde juntos
dormían la niña de tres años, el niño de seis y el de nueve. A la de
tres le apretó el graznate hasta dejarla en el sitio. Al de seis,
igual. Pero el mayorcito se despertó, y sintiendo las manos de su
madre en el pescuezo, se defendió como un fierecilla. Mordía,
saltaba, pateaba, no quería morir; la madre consiguió batirle la
cabeza contra la pared y así aturdido, ahogarle.
Volvióse entonces y vio a la niña mayor, de
diez años, incorporada en su jergón, con los ojos dilatados de
horror y las manos cruzadas, chillando, pidiendo misericordia. Tenía
aún sobre la almohada las figuritas de los Santos Reyes. «Paloma
-dijo la madre, acercándose-, tu padre se ha largado, a tus
hermanitos los he despachado, y yo llevaré el mismo camino en
seguida, porque no puedo más con la carga. ¿Te quieres tú quedar
sola en este amargo mundo?»
Y la chiquilla, convencida, alargó el
pescuezo y se dejó estrangular sin defenderse; como que, muerta,
tenía una expresión dulce y casi feliz.
Cubrió la madre a las cinco criaturas con
unos trapos y las mantas, encendió el anafre, cerró las ventanas, se
tendió en la cama y esperó.
Los vecinos habían oído gritar al chico y a
la niña. Percibieron tufo de carbón, recelaron y rompieron la
puerta. La madre se salvó de morir; la llevaron a la cárcel entre
una multitud que la amenazaba y maldecía; la juzgaron, y en la duda
de si era fingido o no era fingido el suicidio, ni se atrevieron a
enviarla al palo ni a absolverla. Lo que hicieron fue sentenciarla a
cadena perpetua.
Al pronto, nadie comentó la historia del
marqués, tan impropia de un amo de casa que obsequia a sus amigos.
Por fin, el catedrático de Economía murmuró sentenciosamente:
-No veo clara la conducta de esa mujer.
¿Por qué no ahorró los dineros producto de la venta de la cabra, en
vez de malgastarlos en figuritas de Reyes y estrellas de talco? Con
esos cuartos vivían una semana lo menos. El pobre es imprevisor.
¡Ah, si pudiésemos infundirle la virtud del ahorro! ¡Qué elemento de
prosperidad para las naciones latinas!
-Y usted -preguntó el marqués, sonriendo-,
¿enviaría a esa mujer a presidio?
-¡Qué remedio! -exclamó el interrogado,
presentando las suelas de las botas al calorcillo de la chimenea. |
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Evocación
El marqués de Zaldúa era, al entrar en la edad viril,
secretario de Embajada, garzón cumplido y apuesto, con una barba y un pelo que
parecían siempre acabados de estrenar, manos tan pulcras como las de una dama,
vestir intachable, y conversación variada y en general discreta; en suma, dotado
de cuantas prendas hacen brillar en sociedad a un caballero. Y en sociedad
brillaba realmente el marqués; sonreíanle las bellas, y de buen grado se
refugiaban en su compañía, a la sombra de una lantana o de un gomero, en una
serre, a charlar y oír historias, a desmenuzar el tocado o a comentar los
amoríos de los demás. Su brazo para ir al comedor, su compañía para el rigodón,
eran cosas gratas; su saludo se devolvía con halagüeña cordialidad, de igual a
igual; ramo que él regalase se enseñaba a las amigas, previo este comentario:
«De Zaldúa. ¡Qué amable! ¡Qué bonitas flores!»
En vista de estos antecedentes, no faltará quien crea
que nuestro diplomático es un afortunado mortal. No obstante, el marqués, que
por tener buen gusto en todo hasta tiene el de no ser jactancioso ni fatuo,
afirma, cuando habla en confianza absoluta, que no hay hombre de menos suerte
con las mujeres.
-Si me pasase lo contrario; si fuese un conquistador,
me lo callaría -suele añadir, sonriendo-. Pero puesto que nada conquisto, no hay
razón para que me haga el misterioso y oculte mis derrotas. Soy el perpetuo
vencido: ya he desesperado de sitiar plazas, porque sé que habría de levantar el
cerco prudentemente, para salvar siquiera el amor propio.
Reflexionando sobre el asunto, he dado en creer que mi
mala ventura es hija de lo que llaman mis éxitos de salón. ¿Ha observado usted
que las mujeres menos amadas son esas tan festejadas, esas reinas mundanas que
al pasar levantan rumor de admiración y a quienes todos los hombres tienen
alguna insustancialidad que decir? Algo parecido nos debe de suceder a los que
en los círculos muy escogidos no hacemos papel del todo desairado. También creo
que me perjudica..., no vaya usted a reírse..., la buena educación de familia.
Me lo inculcaron desde niño, y soy extremadamente cortés con las señoras:
imposible que nadie las trate con más respeto, con más delicadeza. Al hablarles
las incienso; al sonreírles les dedico un poema. Y aunque parezca extraño..., a
veces se me ocurre que las mujeres, por la dependencia en que vive su sexo desde
hace tiempo inmemorial, tienen un flaco inconfesado por los hombres insolentes y
duros, reconociendo en ellos al amo y señor. Los que estamos dispuestos a
descolgar la luna para complacerlas, quizá pasamos por sandios o por débiles:
dos cosas igualmente malas.
Cierto día, hablando así el marqués a un amigo suyo, el
amigo le preguntó si era posible que tanta galantería, tanta corrección, no le
hubiesen valido algo más que simpatías, y si nunca se había creído dueño del
corazón de una dama. El marqués, después de algunos instantes de perplejidad,
contestó:
-En fin, ya ha pasado tiempo, la interesada no existe,
y si usted me permite callar el nombre, contaré la única fortunilla que tuve...
Después que usted se entere, no me llamará alabadizo por haberla contado... Es
una victoria negativa, que concurre a demostrar lo mismo que decíamos antes -y
aquí el marqués sonrió con cierto humorismo triste-; a saber, que no eclipsaré
yo a los Tenorios ni a los Mañaras.
Una de las veces que vine a España con licencia a ver a
mi madre, encargóme ésta que, cuando regresase a París, visitase a una duquesa
amiga suya, a quien no había visto en muchos años, porque vivía retirada, desde
la muerte de una hija muy querida, en soberbia quinta, a poca distancia de
Bayona. Resuelto a cumplir el deseo de mi madre, resolví también no aburrirme, o
al menos no demostrarlo, en las horas que la visita durase. Me bajé en la
estación más próxima a la quinta, donde ya me esperaba el capellán de la duquesa
con un break.
A fuer de señora fina, la duquesa me recibió con
muestras de contento, y salió a saludarme al vestíbulo, toda de luto, sin más
adorno que unos pendientes de perlas de inestimable precio, por lo iguales, lo
gruesas y la hermosura de su oriente...
-¿Como aquellas dos perlas que usted lleva en la
pechera muchas noches?
-Justo. Mi primer movimiento, al ver a la señora, fue
tomarle la mano y besársela con devoción y viveza. Noté, sorprendido, que tan
sencilla atención le hacía salir el color a las mejillas. ¡Cuánto tiempo que
nadie le besaba la mano! No sé por qué, al advertirlo, me ocurrió lisonjear un
poco a la pobre señora, tratándola como trata a una mujer joven, guapa y digna
un muchacho de buena sociedad, con hábil mezcla de respeto y galantería. Las
primeras palabras de la duquesa fueron para notar mi gran parecido con mi madre,
y lo dijo con la tierna turbación del que recuerda afectos y alegrías pasadas.
Después añadió que, comprendiendo lo que son muchachos, me rogaba que me
considerase en su casa enteramente libre, y que sabiendo las horas de comer, y
enterado de que en la quinta había coches y caballos a mi disposición, podía
arreglar los días a mi gusto. Respondí con calor que no me había desviado de mi
camino sino para verla y acompañarla, y que ella no sería tan cruel que no me
permitiese gozar, aunque solo fuese por breve tiempo, de su conversación y
trato. Nuevamente se coloreó su cara, y como hiciese una indicación al capellán
para que me mostrase la quinta, le supliqué, si no le era molesto, que me la
enseñase ella misma, a la hora que tuviese por más conveniente, porque el
recuerdo de aquella finca se uniese al de su dueña en el santuario de mi
memoria. Al punto, la duquesa pidió su sombrilla su sombrerito de jardín, y, sin
dilación, quiso que fuésemos a recorrer arriates, estufas, bosques y granja o
caserío de los colonos. Le presenté el brazo y la sostuve con vigor, con la
tensión de músculos que en un baile desarrollamos para pasear por los salones a
la reina de la fiesta y ostentarla.
Durante el paseo la fui animando, a fuerza de atención,
a que hablase mucho, y dos o tres veces la hice reír, y contestar en tono
chancero. En el invernáculo nos paramos delante de una flor rara, el jazmín
doble, y alabando su aroma, le rogué que me pusiese una rama en el ojal.
Consintió, declarando que yo era muy caprichoso: y mientras me sujetaba la rama
con sus dedos torneados aún, la miré al fondo de las pupilas, con una gratitud
risueña y..., no sé cómo diga..., iba a decir amorosa..., en fin, con un no sé
qué, que le hizo bajar los ojos... ¡Sí, bajarlos!
Volvió de la excursión algo fatigada; subió a
arreglarse para comer, y durante la comida procuré seguir entreteniéndola, sin
que la conversación languideciese un minuto. A los postres, volví a ofrecerle el
brazo, y ya lo tomaba para pasar al salón, cuando el capellán, asombrado, le
recordó que faltaba dar las gracias. Rezamos, y ya en el salón, me senté al lado
de la duquesa, e insensiblemente la traje a hablar de su juventud, de sus
triunfos. Al contarme que en un baile de casa de Montijo llevaba traje rosa
salpicado de jazmines -justamente de jazmines-, exclamé, como involuntariamente:
«¡Qué hermosa estaría usted!» Volvió la cabeza, hubo un silencio eléctrico de
algunos segundos..., y noté que su respiración se hacía difícil.
Al retirarme a mi cuarto, recapacité y me alarmé, lo
confieso; vi en perspectiva la ridiculez posible de una situación hasta entonces
tan original, tan graciosa, tan culta..., y resolví marcharme a coger el tren
que pasa al amanecer por Bayona. Dicho y hecho: salté de la cama, me vestí, bajé
a la cuadra, mandé poner el break y dejé una cartita para la duquesa, donde,
presentándole todas mis excusas, indicaba que las despedidas son siempre
melancólicas, y que mi deseo era que no quedase ningún mal recuerdo de mi breve
estancia.
El día de Año Nuevo recibí en París una caja. No
contenía más que jazmines dobles. El día de mi santo recibí otra. Igual
contenido. Al cumplirse un año -día por día- de mi llegada a la quinta, más
jazmines. Ya no pude dudar de la procedencia. La duquesa los criaba a precio de
oro y me los enviaba en toda estación.
Después nada recibí... más que la noticia de la muerte
de la duquesa, y a poco me entregaron esas perlas que usted sabe -sus
pendientes-, que en su testamento me legaba, a título de recuerdo del día en que
nos conocimos. Así rezaba la cláusula: en que nos conocimos.
Ea, ya sabe usted mi conquista...
-¿Y usted cree -preguntó el amigo, con suma curiosidad-
que la duquesa no enfermó de pena de no verle?
-La duquesa tenía sesenta y cinco años -dijo, por vía
de contestación, Zaldúa. |
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Confidencia
Nunca me había sido posible adivinar qué oculto dolor
consumía a Ricardo de Solís, imprimiendo en sus facciones una huella tan visible
de siniestra amargura.
Todos cuantos le veían experimentaban la misma
curiosidad punzante, igual deseo de conocer el secreto -que había secreto
saltaba a los ojos- de por qué aquel hombre parecía la tétrica imagen de la
pena.
Los más sagaces ni presumían siquiera dónde podría
hallarse la clave del misterio. Ricardo de Solís era soltero; su hacienda,
mucha; limpia y noble su ascendencia; vigorosa su complexión; su presencia,
gallarda. Alguien atribuyó su abatimiento a males físicos; su médico lo
desmintió, asegurando que nada le dolía a Solís. Las damas cuchichearon no sé
qué de amores imposibles y secretos lazos ilegales; púsose en acecho la malicia,
fisgoneando como entremetida dueña, y sólo descubrió patentes indicios de una
indiferencia suprema en cuestiones femeniles.
Se habló de pérdidas en Bolsa, de deudas, de usuras, de
atolladeros sin salida; pero el agente que manejaba fondos de Solís, su abogado,
sus proveedores, sus compañeros de Casino, desmintieron tales voces, declarando
que no existían en Madrid cien fortunas tan saneadas ni tan bien regidas como la
de don Ricardo. Por ninguna parte se veía el punto negro, y justamente el no
verlo excitaba más la sed de saber y enterarse de lo que a nadie importa, sed
que aflige y caracteriza a los desocupados e inútiles, o sea, a la mayoría
social.
A mí también declaro que me daba en qué pensar el
enigma; pero mi curiosidad -y perdónenme los demás curiosos- tenía alguna
justificación, al modo que la tiene la crueldad del vivisector que despelleja a
un conejo en interés de la ciencia. Cuanto más vivo, más voy creyendo en la
Biblia en cuyas páginas se estudia el supremo saber de la humanidad. Como los
rancios y primorosos horarios que iluminaba la mano paciente del monje en la
Edad Media, el libro del corazón humano no tiene página que sea igual a otra.
Como en esos mismos horarios, al lado de la página donde los ángeles, cercados
de luz, saludan a la Inmaculada Doncella, está la página donde los vicios,
representados al natural o en forma de inmundas alimañas, ostentan sin rebozo su
fealdad y desnudez. Como en los mismos horarios, la impresión definitiva que
produce en el alma el conjunto de divina pureza y desnuda fealdad, es una
impresión religiosa.
Defendida así mi propia causa, diré que puse en juego
todos los recursos decorosos y lícitos, todas las estratagemas de buena guerra,
para descifrar el logogrifo viviente. Busqué con maña el trato de Solís, estudié
el modo de atraerle a mi casa, le serví en dos o tres asuntos de poca monta y
tuve la habilidad de presentarme como persona a quien son profundamente
indiferentes las historias ajenas. No sé si lo creyó, pues la impertinencia de
las gentes le tenía muy prevenido y en guardia; sé que aparentó creerlo, y
estimó mi cauta discreción en lo que valía. Quizá lisonjeado por ella -la
discreción es siempre una lisonja, pues implica respeto-, fue dejándose ganar al
trato frecuente, siempre reservado, siempre serio, siempre mudo sobre lo
esencial, lo que todos deseaban saber, y yo más que todos.
Cuando ya íbamos siendo amigos, me pareció notar que la
escondida llaga de la vida de Solís se enconaba. La contracción de su rostro, lo
torvo de su mirar, la expresión de condenado visible en ojos, boca y hasta en la
nerviosa dilatación de la nariz -por donde exhalaba involuntariamente el suspiro
de agonía a que los apretados labios no querían abrir camino-, eran otros tantos
indicios delatores del desastre moral, sujeto, como el físico, a las leyes
fatales de progresión. El alma de Ricardo de Solís naufragaba; hundida en las
olas y sin fuerza ya para combatirlas, sacaba a flor de agua la cabeza, miraba
con desesperación al cielo y volvía a sentirse absorbida por el remolino
inexorable.
Al mismo tiempo que observé todos estos síntomas
alarmantes, creí percibir otros... -¡cuán leves eran!, ¡cuán vagos!, ¡cuán
indefinibles!- de una tendencia a quebrantar aquel horrible silencio, a deshacer
el nudo de la garganta, a despedazar la glacial costra, dejando paso al torrente
de lava que estremecía el subsuelo. Los librepensadores que hacen mofa de la
confesión auricular desconocen la íntima contextura de nuestro espíritu, que
rara vez puede resistir sin desfallecer el peso del secreto propio. El reo que,
acosado, acorralado, con la sentencia de muerte encima, sabe que el confesar es
peligroso, pero confiesa, porque no puede menos, saborea un placer inefable,
cuya causa no adivina, porque ignora que la afirmación de la verdad complace a
nuestra alma racional, como a nuestra vista la línea recta.
Tal era, sin duda, el estado psíquico de Ricardo de
Solís: en varias ocasiones sospeché que le subía a la boca la confesión, y allí
se paraba, espantada de sí misma. Y, por último, adquirí el convencimiento de
que Solís -un día u otro, quizá mañana, quizá dentro de un año- hablaría, porque
era necesario, era fatídico que hablase. Lejos de facilitarle ocasión, me esmeré
más que nunca en que me creyese indiferente y distraída. Los cismáticos griegos
se confiesan a una pared y no tienen rubor. Yo fingí ser de cal y canto, para
que, al llegar la segura y tremenda confidencia, fuese absoluta, sin hipócritas
reticencias, ni atenuaciones, ni distingos.
Una noche entró Solís. Nadie estaba conmigo; ardía
mansamente la chimenea; la pantalla verde apenas dejaba filtrar la claridad del
quinqué; el aposento se encontraba a esa fantástica semiluz que favorece la
expansión de la confianza. Fuera zumbaba el viento de invierno, lúgubre y sordo;
dentro la alfombra y las cortinas amortiguaban el ruido más leve. En el modo de
saludar, de sentarse, de iniciar la conversación, comprendí ¡desde el primer
instante! que aquella noche se descorría el velo misterioso.
He de confesar mi cobardía. A las primeras palabras de
la historia de Solís sentí impresión tal, que quise rechazar la confidencia, y
aconsejé al desgraciado que fuese a arrodillarse a los pies de un hombre bueno y
justo, con facultad para absolver a los mayores culpables en nombre del que
murió por ellos. Mi repulsa fue hábil, pues acrecentó en Solís el ansia de abrir
su corazón.
-No hay sacerdote para mí -me dijo, ronco y tembloroso,
apoyando en las manos la frente-. Ni hay sacerdote, ni yo quiero ser
perdonado... ¡El perdón me horroriza! -añadió, rechinando los dientes-. No, no
se asuste usted todavía. Ahora verá usted. ¿Usted sabe lo que quieren a sus
hijos las madres? Pues pinte usted el cariño de cien madres de las más
extremosas, y comprenderá usted lo que era la mía... No me separé de ella desde
el día en que nací, y creo que eso mismo..., creo que el exceso... Lo cierto es
que, cuando fui un minuto hombre, hirvió en mí un ansia insensata de libertad.
Quería vivir a mi gusto, no sé si mal, o si bien, pero
dueño de mí, sin traba ninguna de voluntad ajena. Un instinto diabólico me
llevaba a hacer todo lo contrario de lo que quería y aconsejaba mi madre.
Sospecho que aquello tenía algo de manía o demencia. El alma es insondable. No
sé cómo fue, puedo jurarlo; pero lo cierto es que la contradecía, la afligía, la
maltrataba con rabia, primero de palabra, después...
Aquí Solís exhaló una especie de gemido convulsivo y
calló. Yo me guardé muy bien de manifestar que me asustaba la revelación
horrenda. Mi silencio y mi serenidad animaron al reo.
-Lo que más la angustiaba era el que yo bebiese..., y,
sin ganas, bebía..., solo por mortificarla, por... Adquirí costumbre... Sucedió
que una vez vine a casa... ebrio..., ebrio... Con toda la energía de su amor me
reprendió, afeó el mal hábito..., y... después... quiso acostarme, cuidarme como
cuando era niño... Salté furioso..., la rechacé brutalmente..., no sé lo que
dije..., la amenacé, jurando que si se empeñaba en tratarme como a un muñeco,
pegaría fuego a la casa... Y al decirlo, arrimé la luz que estaba sobre la mesa
a una cortina... La llama subió de prisa, culebreando... Yo entonces tuve no sé
qué vislumbre de razón, y huí pidiendo a voces: «¡Agua, socorro!» Por pronto que
acudieron los criados, que ya dormían... mi madre..., desmayada, aturdida del
golpe que le di al rechazarla..., caída en el suelo al pie de la cortina..., su
traje en comunicación..., rodeada de llamas...
El parricida alzó la cabeza y clavó en mí dos ojos que
eran dos ascuas vivas. Pedí a Dios que les enviase a aquellos ojos una
lágrima..., y Dios, compasivo, debió de oírme, porque las ascuas se apagaron, se
vidriaron... Un sollozo acompañó el fin de la confesión.
-Mi madre dijo a todos que ella misma, con la bujía, se
había prendido fuego a la ropa... De allí a ocho días..., porque duró ocho
días..., entre sufrimientos que hacen erizar los pelos... Las ballenas del
corsé, de acero, incrustadas en la carne... La camisa adherida a la piel, que
salió con ella a tiras...; los ojos, ciegos...; las costillas, descubiertas; el
hueso del brazo, hecho carbón...
-Segura estoy -dije, interrumpiendo a Solís- de que su
madre de usted, antes de morir, le perdonó y le bendijo.
Contestóme un ahogado grito del hombre que ya no podía
reprimir la convulsión, y su voz, que apenas se oía:
-Eso..., eso fue lo malo... el perdón maldito... No, si
yo no tengo remordimientos..., si yo no me arrepiento, no... Solo quiero me
quiten aquel perdón..., y volveré a gozar, a reír, a tener amores, a comer, a
vivir como los demás... El perdón... El perdón que me dio agonizando... ¡Ese
perdón! ¡Ah! ¡Qué venganza tan infame! El perdón es lo que yo tengo aquí... ¡De
eso me muero! Y seco ya el llanto, rugió una maldición y salió huyendo como en
la noche de su crimen. Oí el portazo que dio, y quedé trémula, pesarosa de saber
y queriendo saber más todavía.
No supe más. Ricardo de Solís no volvió a mi casa.
Pocos días después desapareció de la villa y corte. Se cuenta que pasó al
África, y que en Tánger se pegó un tiro en la sien. |
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Piña
Hija del sol, habituada a las fogosas caricias del
bello y resplandeciente astro, la cubana Piña se murió, indudablemente, de
languidez y de frío, en el húmedo clima del Noroeste, donde la confinaron azares
de la fortuna.
Sin embargo, no omitíamos ningún medio de endulzar y
hacer llevadera la vida de la pobre expatriada. Cuando llegó, tiritando,
desmadejada por la larga travesía, nos apresuramos a cortarle y coserle un
precioso casaquín de terciopelo naranja galoneado de oro, que ella se dejó
vestir de malísima gana, habituada como estaba a la libre desnudez en sus
bosques de cocoteros. Al fin, quieras que no, le encajamos su casaquín, y se dio
a brincar, tal vez satisfecha del suave calorcillo que advertía. Solo que, con
sus malas mañas de usar, en vez de tenedor y cuchillo, los cinco mandamientos,
en dos o tres días puso el casaquín majo hecho una gloria. El caso es que le
sentaba tan graciosamente, que no renunciamos a hacerle otro con cualquier
retal.
Porque es lo bueno que tenía Piña: que de una vara
escasa de tela se le sacaba un cumplido gabán, y de medio panal de algodón en
rama se le hacía un edredón delicioso. ¡Y apenas le gustaba a ella arrebujarse y
agasajarse en aquel rinconcejo tibio, donde el propio curso de su sangre y la
respiración de su pechito delicado formaban una atmósfera dulce, que le traía
vagas reminiscencias del clima natal!
De noche se acurrucaba en su medio panalito; pero de
día, la vivacidad de su genio no le daba lugar a que permaneciese en tal
postura, y todo se le volvía saltar, agarrarse a una cuerda pendiente de un
anillo en el techo, columpiarse, volatinear, enseñarnos los dientes y exhalar
agrios chillidos. Si le llevábamos una avellana, media zanahoria, una uva,
tendía su mano negra y glacial, de ágiles deditos, trincaba el fruto, la
golosina o lo que fuese, y mientras lo mordiscaba y lo saboreaba y lo hacía
descender, ya medio triturado, a las dos bolsas que guarnecían, bajo las
mejillas, su faz muequera, nos miraban con benevolencia y no sin algún recelo
sus contráctiles ojos de oro, ojos infantiles, que velaba una especie de
melancolía indefinible.
Mucho sentíamos verla prisionera detrás de aquella reja
de alambre; pero ¡el diablo que suelte a una criatura por el estilo! No quedaría
en casa, a la media hora de haberla soltado, títere con cabeza. Un día que logró
escaparse, burlando nuestra severa vigilancia, causó más averías que el ciclón.
Volcó dos jarrones de flores, haciéndolos añicos, por supuesto; arrancó las
hojas a tres o cuatro volúmenes; paseó por toda la casa la gorra del cochero,
acabando por arrojarla en el fogón; destrozó un quinqué, se bebió el petróleo,
y, por último, apareció medio ahorcada en los alambres de una campanilla
eléctrica. De milagro la sacamos con vida, demostrándonos una vez más su
escapatoria que la libertad no conviene a todos, sino tan sólo a los que saben
moderadamente disfrutarla.
Pero, claro está, la infeliz Piña, al verse libre y
señera, se había creído en sus florestas del trópico, donde nadie arma bronca a
nadie por rama tronchada más o menos. Pasado el desorden de su primera
embriaguez, cayó Piña en abatimiento profundo, no sé si por reacción de la
febril actividad gastada en pocas horas, o si por obra de la turca de petróleo.
Causaba pena verla al través del enrejado, tan alicaída, tan pálida, con el
pellejo de las fauces tan arrugado y el pelo tan erizado y revuelto. Su
inmovilidad entristecía la jaula, y su plañidero gañido tenía cierta semejanza
con la queja sorda del niño debilitado y enfermo. Comprendimos que era preciso
intentar algún remedio heroico, y al primer capitán de barco que quiso aceptar
la comisión le encargamos un novio para Piña.
¡Nada menos que un novio!
Porque conviene saber que Piña conservaba el candor, la
inocencia, la honestidad y todas esas cosas que deben conservar las damiselas
acreedoras a la consideración y respeto del público. La flor -si así puede
decirse- de su virginidad estaba intacta. Y aunque ningún indicio justificara la
atrevida y ofensiva suposición de que Piña estuviese atravesando la sazón
crítica en que las doncellas se pirran por marido, la pena y decaimiento en que
se encontraba sumergida eran motivo suficiente para que le proporcionásemos la
suprema distracción del amor y del hogar. Aflojamos, pues, cinco duros, y el
novio, muy lucio de pelaje y muy listo de movimientos, entró en la jaula como en
territorio conquistado.
¿Estaría aquel galán empapado en las teorías de Luis
Vives, fray Luis de León y otros pensadores, que consideran a la hembra creada
exclusivamente para el fin de cooperar a la mayor conveniencia, decoro, orgullo,
poderío y satisfacción de los caprichos del macho? ¿Se habría propuesto llevar a
la práctica el irónico mandamiento de la musa popular, que dice:
Tratarás a tu mujer
como mula de alquiler...,
o procedería guiado por un espíritu de venganza y
resentimiento, al notar que la joven desposada le recibía con frialdad evidente
y con despego marcadísimo? Lo que puedo afirmar es que, desde el primer día, el
esposo de Piña -al cual pusimos el nombre significativo de Coco- se convirtió en
aborrecible tirano. Yo no sé si medió entre ellos algo semejante a conyugales
caricias; respondo, sí, de que, o por exceso de pudor -raro en gentes de su
casta- o porque tales caricias no existieron, jamás advertimos que Coco y Piña,
en sus mutuas relaciones, se hubiesen de otra manera sino de la que voy a
referir.
Encogida Piña en un rincón de la jaula, entre jirones
de verduras, peras aplastadas y destrozadas zanahorias, llegábase a ella su
marido, y bonitamente se le sentaba encima del espinazo, lo mismo que en cómodo
escabel, poniéndole las dos patas sobre las ancas, y agarrándose con las dos
manos al pescuezo de la infeliz, a riesgo de estrangularla. En tan difícil
posición se sostenía en equilibrio Coco, sirviéndole de entretenimiento el
atizar de cuando en cuando a su víctima un mordisco cruel, un impensado zarpazo
o una bofetada en los ojos. Ella, trémula, engurruminada, hecha un ovillo, se
mantenía quieta, porque la menor tentativa de escapatoria le costaría mordiscos
y lampreazos sin número. Era inconcebible que el verdugo no se fatigase de estar
así en vilo, pero no se fatigaba, y permanecía enhiesto en su pedestal viviente,
como los sátrapas orientales que extendían al pie de su trono una alfombra de
cuerpos humanos. Si nos acercábamos a la jaula, ofreciendo a la pareja alguna
finecilla de dulces o frutas, la zarpa de Coco era la que asomaba al través del
enrejado de alambre, y sus papos los únicos donde iban a esconderse las fresas o
las almendras presentadas al matrimonio. Por ventura, dominada del instinto de
la golosina, intentaba Piña alargar la diestra, mientras en sus ojos mortecinos,
de arrugado y sedoso párpado, brillaba una chispa de deseo; pero inmediatamente,
los dientecillos del marido hacían presa en sus orejas, el bofetón caía sobre
sus fauces, y todo estímulo de la gula cedía ante la presión del dolor y del
miedo.
Miedo, ¿por qué? He aquí el problema que preocupaba,
cuando me ponía a reflexionar en la suerte de la maltratada cubanita. Su marido,
por mejor decir, su tirano, era de la misma estatura que ella; ni tenía más
fuerza, ni más agilidad, ni más viveza, ni dientes más agudos, ni nada, en fin,
sobre qué fundar su despotismo. ¿En qué consistía el intríngulis? ¿Qué influjo
moral, qué soberanía posee el sexo masculino sobre el femenino, que así lo
subyuga y lo reduce, sin oposición ni resistencia, al papel de pasividad
obediente y resignada, a la aceptación del martirio?
Los primeros días, en una lucha cuerpo a cuerpo, sería
imposible profetizar quién iba a salir vencedor, si el macho o la hembra, Piña o
Coco. La hembra ni siquiera intentó defenderse: agachó la cabeza y aceptó el
yugo. No era el amor quien la doblegaba, pues nunca vimos que su dueño le
prodigase sino manotadas, repelones y dentelladas sangrientas. Era únicamente el
prestigio de la masculinidad, la tradición de obediencia absurda de la fémina,
esclava desde los tiempos prehistóricos. Él quiso tomarla por felpudo, y ella
ofreció el espinazo. No hubo ni asomo de protesta.
Y Piña se moría. Cada día estaba más pálida, más flaca,
más temblona, más indiferente a todo. Ya no se rascaba, ni hacía muecas, ni nos
reñía, ni trepaba por la soga. Su débil organismo nervioso de criatura tropical
se disolvía; la falta de alimento traía la anemia, y la anemia preparaba la
consunción. Nosotros habíamos desempeñado hasta entonces el papel de la
sociedad, que no gusta de mezclarse en cuestiones domésticas y deja que el
marido acabe con su mujer, si quiere, ya que al fin es cosa suya; pero ante el
exceso del mal, determinamos convertirnos en Providencia, y estableciendo en la
jaula una división, encerramos en ella al verdugo, dejando sola y libre a la
mártir.
Pintar los visajes y chillidos de Coco sería cuento de
no acabar nunca. Al ver que le ofrecíamos a Piña golosinas y alimento, sus
gritos de envidia y cólera aturdían la jaula. Y al pronto, Piña..., ¡oh hábito
del miedo y de la resignación!, no se atrevía a saborear el regalo, como si aún
al través de la reja, en la imposibilidad de hacerle daño alguno, le impusiese
el déspota su voluntad. Con todo, según fueron pasando días, renació en Piña la
confianza, lo mismo que en su desollado cogote brotaba nuevamente el pelo.
Reflorecía su salud, engruesaba, sus ojos de ágata brillaban, sus dientes
parecían más blancos, su rabo prehensil estaba muy juguetón, y sus manos
traviesas retozaban fuera de los alambres, complaciéndose en espulgar, por vía
de caricia, a todo el que se acercaba a su prisión. Si a esto se añade la
proximidad del verano, lo suave de la temperatura, las frecuentes visitas del
sol a la galería de cristales donde teníamos la jaula, se comprenderá la dicha
de la esposa de Coco, su alegría y su nueva juventud, revelada en lo fino de su
pelaje y en lo rápido de sus movimientos y gesticulaciones.
Para mayor felicidad de Piña, nos trasladamos a La
Granja, y allí se le permitió explayarse por los jardines, subiéndose a los
árboles cuanto consentía el largo de una cadenita ligera. Ella danzaba por la
copa de las acacias y entre el follaje de las camelias, soñando tal vez que el
cielo era no azul celeste, sino turquí, que el bosquecillo de frutales se
convertía en cerrado manglar, y que en el estanque nadaban, en lugar de rojos
ciprinos, pardos caimanes que dejaban en el agua un rastro de almizcle.
Ya no la prendíamos en jaula; nos contentábamos con
amarrar su cadena, de noche, a una argollita. Cierta mañana encontramos la
argolla y algún eslabón roto de la cadena, pero a Piña, no. Apareció, después de
largas pesquisas, en un alero del tejado, tiritando y medio muerta. Ebria de
libertad y de luz, confundió las noches de Galicia con las luminosas y tibias
noches antillanas, y el rocío, la niebla, el frío del amanecer la hirieron con
herida mortal.
Expiró lo mismo que una persona, o, por mejor decir,
que una criatura: tosiendo, gimiendo blandamente, con agonía estertorosa,
vidriándose sus ojos y humedeciéndose sus lagrimales. Mis niños quisieron
enterrarla solemnemente en el jardín; cavaron su fosa al pie del gran naranjo
bravo, no lejos de un pie de salvia todo florido; depositaron el cuerpo envuelto
en un paño blanco; lo recubrieron de tierra, echaron sobre la sepultura flores,
conchas, hasta cromos y aleluyas, y mientras los dos mayores lloraban todas las
lágrimas de su corazoncito piadoso, la pequeña, haciendo trompeta con el hocico
salado y ensayando los gestos y pucheros que juzgó más adecuados para expresar
el dolor, pronunció estas palabras, condena del sentimentalismo y fórmula de un
carácter jovial y antirromántico:
-Yo también quería llorar por la mona. ¡Pero no puedo! |
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La calavera
El chiflado habló así:
-Desde que, por imitar a Perico Gonzalvo, que la echa
de elegante y de original, puse en mi habitación, sobre un zócalo de terciopelo
negro, la maldita calavera (después de haberla frotado bien para que adquiriese
el bruñido del marfil rancio), empecé a dormir con poca tranquilidad, y a
sentirme inquieto mientras velaba. La calavera me hacía compañía y estorbo, lo
mismo que si fuese una persona, y persona fiscalizadora, severa, impertinente,
de esas que todo lo husmean y censuran nuestros menores actos en nombre de una
filosofía indigesta y melancólica, de ultratumba. Cuando por las mañanas me
plantaba yo frente al espejo para acicalarme, tratando de reparar, dentro de lo
posible, el estrago de los cuarenta en mi rostro y cuerpo, no podía quitárseme
del magín que la calavera me miraba, y se reía silenciosa y sardónicamente cada
vez que aplicaba yo cosmético al bigote y traía adelante el pelo del colodrillo
para encubrir la naciente calva. Al perfumar el pañuelo con esencia fina, al
escoger entre mis alfileres de corbata el más caprichoso, oía como en sueños una
vocecilla estridente, sibilante, mofadora, que articulaba entre la doble hilera
de dientes, amarillos todavía, implantados en las mandíbulas: «¡Imbéciiil de
vaniiiidoso!» Será una tontería muy grande; pero lo cierto es que me molestaba
de veras.
Por las noches, al recogerme, noté que la calavera se
ponía más cargante, entrometida y criticona. Su respingada nariz y su boca
irónica, tan parecidas (salvo la carne) a la expresiva fisonomía de don Cándido
Nocedal, me preguntaban y acusaban con una chunga despreciativa, capaz de freír
la sangre al hombre más flemático: «¿Por dónde has andado, vamos a ver,
grandísimo perdido, botarate de siete suelas? ¿Qué nido era aquel donde entraste
esta tarde tan de ocultis? ¿Se puede saber quién te esperaba allí? ¿Y te crees
buenamente, presumido, que con tu calvita y tus arrugas y tus cuarenta del pico
estás ya para seducir a nadie? Por los monises, por las sangrías que te dan al
bolsillo, campas tú, que si no... Vamos a ver: ¿qué te sacaron hoy con tanta
zaragatería de la cartera? ¿No fue un billete de a cien? ¿No salió luego otro de
a cincuenta por contrapeso? ¡Ah, memo Paganini, caballo blanco! ¡Lo que se
divertirán con ese dinero a cuenta tuya!...»
Le aseguro a usted que la calavera, en este punto,
entreabría el tenazón de sus mandíbulas, y se reía bajo, sin que las ondas de su
silenciosa carcajada agitasen el aire. Apretando los dientes otra vez y
adoptando el énfasis doctoral de quien sermonea sobre las miserias y locuras del
mundo -mientras yo procedía a mis abluciones nocturnas o buscaba en el armario
de luna la camisa de dormir-, continuaba:
-Y después, ¿a qué más andurriales te condujo tu
flaqueza? Lo sabemos, lo sabemos, aunque usted se lo tenga muy bien callado. Al
Congreso, a adular al ministro Calabazote y al general Polvorín. A arrastrarte
por los suelos, a ofrecerte incondicionalmente para todo lo que te ordenen y
manden, a mendigar un distrito, ese soñado distrito que nunca llega, ni llegará,
porque a ti te emboban con buenas palabritas y te sostienen hace cuatro años con
la boca abierta esperando el higuí... Del Congreso... ¡No me lo niegues, porque
estoy muy bien informada! Del Congreso te fuiste a la Redacción de El
Estómago, diario ministerial que cobra cinco subvenciones y media, a que te
insertasen un sueltecito de tu puño, donde te das bombo, incluyéndote en el
grupo de personas caracterizadas que se disponen a prestar incondicional apoyo a
la política de nuestro ilustre jefe Calabazote. Y a renglón seguido...
Aquí me revolví furioso contra la intransigente censora,
diciendo:
-Bueno, ¿a renglón seguido, qué? Y a renglón seguido me
fui a comer con unos amigos... ¡Me parece que cosa más inocente y natural!...
-¡Tate, tate! -replicaba la calavera insufrible-. Las
cosas dichas así parecen lo más sencillito... Pero a mí, no me la das tú, aunque
vuelvas a nacer cien veces... Ya soy vieja. Ya se me ha caído todo el pelo. La
experiencia me hace sagaz. Fuiste a comer en casa del banquero Tagarnina, no
porque sea amigo tuyo ni porque le estimes, pues bien persuadido estás de que su
riqueza la granjeó arruinando a muchos infelices y saqueando al país con
contratas y empréstitos, sino porque tiene buen cocinero y exquisita bodega, y
también porque su mujer, ¡que es una mujer de patente!, has soñado tú que te
mira con buenos ojos..., cuando lo que hay es que los tiene preciosos, y no ha
de ponerse a bizcar si los fija en tu cara. La verdad desnuda... ¿A que no se te
ocurre ir a hacer penitencia con tus amigos los de Martínez, que te ofrecerían
un modesto pucherito? Tagarnina ya es otra cosa; aquel borgoña añejo..., aquel
rin de principios de siglo..., aquellas trufas de la poularde... Vamos, que aún
se te hace agua la boca, compañero, si de eso te acuerdas... ¿Eh? ¡Qué
magníficas estaban! Aún te relames epicúreo... Y ahora, ¿qué tal? ¿Vas a
acostarte para digerirlas como un prior?
¡Acostarme! No, y ello es que no había más remedio.
Encendida mi lamparilla, entreabría con cuidado las sábanas, me descalzaba, y ¡zas!,
me hundía en el lecho blando. El primer momento era de bienestar incomparable.
Mi cuarto y todos mis muebles son confortables y regalones, como de solterón
egoísta que adorna y prepara un rincón a su gusto, a fin de vivir en él hecho un
papatache, saliendo fuera a comer y almorzar y teniendo su criadito que por las
mañanas limpie y arregle. En la cama había puesto especial cuidado, considerando
que la mitad de nuestra vida se desliza en ella. La lana más rica, para el
colchón; el plumón más caro, para edredones y almohadas; mantas suaves, que se
ciñen al cuerpo y no pesan; un cubrecama antiguo, de seda bordada de colores; en
suma: una cama de arzobispo que padece gota y se levanta tarde. ¡Ay! ¡Qué bien
me sabía la camita deliciosa, antes que por rutina, por ese espíritu de plagio,
que es el cáncer de nuestra sociedad, incurriese yo en la tontuna de traerme a
mi cuarto una porquería como la dichosa calavera!
Apenas empezaba a conciliar el primer sopor entre el
grato calorcillo de las amorosas mantas, la calavera, antes tan campechana y
bromista, mudaba de registro, se ponía trágica y balbucía -en honda y cavernosa
voz, que sonaba cual si girase entre las descarnadas vértebras por falta de
laringe- cosazas pavorosas y tremendas. De las cuencas llenas de sombra parecía
brotar diabólica chispa. Los dientes castañeteaban como estremecidos por el
pavor. Yo sepultaba la cabeza entre las sábanas temiendo oír; pero el caso es
que oía, oía; la voz de la calavera penetraba al través de aquel muro de lienzo,
y, deslizándose como una sierpe en el hueco de mis oídos, llegaba a mi cerebro
excitado por el estúpido temor y la sugestión del insomnio, que se convierte muy
luego en el insomnio mismo.
-¡Hola! ¿Qué es eso? ¿No duermes, no te entregas como
otras veces al placer de roncar a pierna suelta, después de hacer tu gusto todo
el santísimo día? ¿Es acaso mi proximidad lo que te desvela? ¡Ah bobo!
¡Inconsecuente! ¿Pues no piensas tú, para mayor comodidad tuya, para quitarte
los escrúpulos y vivir según te acomoda y no privarte de nada, que yo soy
únicamente un poco de fosfato de cal, la cáscara de una nuez ya digerida por el
tiempo? Pues si soy eso, ¿por qué cavilas tanto en mí, hombre pusilánime? ¿Hase
visto fantasmón? Explícame por qué se te ocurre a veces cavilar qué será de mi
alma, por dónde andará rodando. Con que mucho de despreocupación, y espíritu
fuerte, y materialismo de Cervecería Inglesa y Café de Viena, y apenas apaga
usted la palmatoria ya le tenemos acordándose de...
Los dientes de la calavera -o tal vez los míos- se
entrechocaban con fuerza convulsiva, y salían entrecortadas estas dos palabras
tremendas: «¡La Muerte!... ¡El Infierno!»
La calavera prosiguió más bajito aún:
-El Infierno... quedamos en que no crees en él. ¿Creer
en esas papas? Está bueno para las viejas y los niños. Un hombre como tú,
ilustrado, moderno, se ríe de semejantes farsas. ¿Tenazazos, llamas, calderas,
gemidos, demonios rabudos, eternidad de penas? A otro perro con ese hueso.
Corriente: descartemos el Infierno... Mandémoslo retirar a toda prisa. No sirve
ya. Al cesto con él...
Daba yo una vuelta en la cama, buscando postura mejor,
y la calavera susurraba:
-Pero lo que es en lo otro..., en la de la guadaña...
Vamos, lo que es en ésa... crees a puño cerrado. ¿Acerté?
Un soplo glacial acariciaba mis sienes. En la raíz de
mis cabellos, gotitas de sudor se cuajaban. Mis nervios, encalabrinados,
gritaban con furia «Cualquiera duerme hoy.»
-Vamos, que de esta vez he puesto el dedo en la llaga
-recalcaba la calavera-. ¿A que sí? No la eches de guapo, compañero; aquí no
estamos a engañarnos... Nos conocemos, camará. Tus medranitas te pasas de cuando
en cuando, acordándote de la hora que ha de sonar sin remedio alguno... Porque
¡mira tú qué cosa más diabólica! Nunca te llegará, probablemente, la de salir
diputado, gracias a la influencia de Calabazote; es regular que tampoco suene la
de tu primera cita con la señora de Tagarnina, el banquero; casi puede jurarse
que no verás la de cobrar aquel pico que te deben, ni la de que te adjudiquen la
hacienda del Encinarejo, ni la de colgarte la gran cruz, ni ninguna de esas
horitas que tu vanidad desea... ¡Pero, en cambio, la hora..., aquella en que no
quieres pensar nunca..., aquella que te empeñas en suprimir con la
imaginación...; lo que es ésa..., aunque se descompongan todos tus relojes...,
ha de sonar, más fija, más puntual..., más exacta! ¡Ni un segundo de atraso...,
ni uno!
Temblor general se apoderaba de mis miembros, y en las
sienes parecía que me pegaban furibundos martillazos.
-Hace pocos días -continuaba la voz- viste morir de una
pulmonía fulminante al bueno de Paco Soto. La víspera de caer en cama corristeis
una broma en Fornos con la Belén Torres... ¡Ya ves si tengo yo informes! A mí no
se me escapa ni esto... ¡Cuánto se reía Paquillo! Bueno; pues tú llevaste una
cinta de su féretro... ¿No te acuerdas? Y estuviste en la Sacramental, y viste
cómo le metieron en el nicho... ¿A ti te gustaría que te soplasen en un nicho?
¿A que no? Más calentita está la cama tuya... y más blanda..., ¿eh? Pero lo del
nicho tiene que llegar... Y ¿qué me dices? ¿Por dónde andará Paco Soto, con
aquellas guasas que gastaba y aquella afición suya a cazar y a comer y a beber
seco? ¿Crees tú que es enteramente imposible que el alma de Soto...? ¡Ah! No me
acordaba de que eso del alma se te hace a ti muy duro de tragar..., muy durillo.
Bueno; admitido que eso del alma... Pero si en cerrando el ojo se acaba toda la
fiesta, ¿por qué diantres me tienes así... este respetillo..., este pavor...,
este...? Mira..., ahora calo yo tu conciencia, hasta lo más hondo de ella...
Mañana has determinado echarme al pozo... ¡Qué vergüenza!... ¡Cobarde! Me has
cogido miedo, miedo supersticioso, pero cerval... ¡Ja, ja! Miedo, miedo. Como se
lo tienes a lo otro..., al final..., al desenlace de la comedia... Por eso me
echarás al pozo; porque yo soy una vocecita misteriosa que te habla de lo que
hay por esos mundos desconocidos..., y, mal que te pese..., ¡chúpate esa!,
reales, reales..., reales.
Me incorporé en la cama, con los pelos erizados.
-Bribona, mañana te juro que te vas por la ventana a la
calle. Espantajo del otro barrio, yo te ajustaré las cuentas. A tu sitio, que es
la tierra; a pudrirte, a disolverte, a hacerte polvo impalpable. Lo que es de mí
no te ríes tú. Ahora... a la perrera, a la leñera... A la basura, que es tu
sitio.
Encendí fósforos, la palmatoria, el quinqué... Así el
cráneo y lo arrojé con ira al cajón de la leña. Lo célebre es que no me atreví a
volver a acostarme. Pasé el resto de la noche en un sillón, azorado, nervioso,
como si custodiase el cuerpo de un delito, la prueba de un crimen. Rayó el alba,
y en el mismo sillón concilié algunos minutos de agitado sueño. Así que fue día
claro, saqué la calavera, que me pareció a la luz del día un trasto ridículo: la
envolví en un número de La Correspondencia; salí de casa, tomé un simón y dí
orden de ir por la ronda de Embajadores, hasta topar con un sitio retirado.
Cerca de unas yeserías arrojé el bulto, que al caer dio contra una piedra, y
desenvolviéndose del periódico, rebotó con ruido seco y lúgubre.
-¡Ah recondenada calavera! Ya no volverás a darme
quehacer. Poco me importa que creas que te temo... No es a ti, fúnebre
espantajo; es a mi propio, a mi imaginación, a mi cabeza loca, a quien tengo un
poco de miedo; por lo demás... Ahí te quedas, hasta que te descubra algún
chicuelo que juegue contigo a la pelota...
¡Con qué gusto me metí aquella noche en la cama! Iba a
dormir, a reposar deliciosamente...
-¿Y reposó usted?
-¡Ay señora! -contestó a mi interrupción el chiflado-.
La calavera ya no estaba en su zócalo de terciopelo... ¡Pero si viese usted! De
la habitación no había salido. Estaba más cerca de mí, estaba precisamente en el
sitio de donde yo quise arrojarla. ¡Aquí, aquí! -repitió, golpeándose la frente
y el pecho. |
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Cuatro socialistas
Por extraordinario, estaba la mar como una balsa de
aceite. Las olas, de un verde vítreo alrededor de la embarcación, eran, a lo
lejos, bajo los rayos del sol, una sábana azul, tersa y sin límites. La hélice
del vaporcillo batía el agua con rapidez, alzando, entre olores de salitre,
espuma bullente y rumorosa.
De los pasajeros que se habían embarcado en Cádiz con
rumbo a las africanas costas, cuatro, agrupados en la popa, conversaban. No se
ha visto cosa más heterogénea que las cataduras de los cuatro. Uno era membrudo
y rechoncho, y a pesar de vestir la holgada blusa del obrero, a tiro de ballesta
se le conocía ser de aquellos del brazo de hierro y de la mano airada, y que
había de caerle bien a su tipo majo el marsellés y el zapato vaquerizo. Gastaba
aborrascadas patillas negras, y chupaba un puro grueso y apestoso. El otro,
caballero por su ropa, y por sus trazas, era alto y descolorido, de cara
inteligente y seria; sus ojos miopes, fatigados, de rojizo y lacio párpado, los
amparaban lentes de oro. El tercero era un viejecito, tan viejecito, que le
temblaba la barba al hablar, y la falta de diente le sumía la boca debajo de la
nariz; y si no mentía el burdo sayalote negruzco, el manto de la misma tela y
color, con cruz roja, el cordón de triple nudo y las sandalias, pertenecía a
alguno de los numerosos colegios de Misioneros Franciscanos establecidos en el
litoral de África. El cuarto..., es decir, la cuarta, llevaba el desarirado
hábito de las Hermanitas de los Pobres; era joven, coloradilla, de cara
inocentona y alegre, parecida a la de ciertas efigies de palo que se ven en los
templos de aldea. El obrero estaba sentado sobre un fardo, con las piernas muy
esparrancadas; los demás, de pie, reclinados en la borda.
-Pues na, que el hombre se cansa de vivir a la sombra y
aguantando mal quereres -gruñía el de la blusa, ceceando y escupiendo de
costado-. O ha de ser un borreguiyo que diga amén a cuanto se le antoje al
patrón, y se deje chupar la sangre toda, o ya sa fastidiao. Y aluego le cuelgan
a usté el sambenito; que levanta usté de cascos a los demás, y que donde está
usté se armó la gresca. Porque me vieron en un mitin, ya too Dios que se
desmandaba tenía yo la culpa. Porque un día cae una pelotera cerilla..., un
descuido..., en el almacén, y se alsa una llamará que se quería tragar la
fábrica..., ¿quién había de ser? Curro, y aposta. Yasté ve que... fumando.
-Pues mucho cuidadito -respondió el de los lentes- con
que en el gran establecimiento agrícola industrial en que le daré a usted
trabajo caiga cerilla ninguna... ¿eh? Porque yo tengo tan malas pulgas como los
patronos.
-Y es la fija; toos los burgueses, idénticos -declaró
el obrero con voz opaca y sombrío mirar.
-No soy burgúes -repuso con imperceptible desdén el
aludido-. Mi padre hacía zapatos en Écija. A fuerza de privaciones me dio
carrera. Seguí la de ingeniero mecánico. No poseo un céntimo de capital; sólo
tengo mi cabeza y mi corazón. Paso al África a dirigir en parte una empresa que
se funda con dinero inglés y brazos españoles, a competencia con las industrias
francesas, que son allí las boyantes. Estaré al frente de los talleres. Se me ha
dado carta blanca, y podré aplicar las nuevas y humanitarias ideas sociológicas
relativas a la vida fabril. Bajo mi dirección no habrá explotados. Se amparará a
la mujer y al niño. Se ensayará la cooperación. Moralidad, equidad, justicia. Si
no, dejo el puesto. Pero... ¡al que me revuelva el cotarro..., sin escrúpulo
ninguno, y como a un lobo rabioso..., le salto la tapa de los sesos! Usted verá
si le trae cuenta entrar en mis talleres.
Habíase puesto en pie el obrero, y en sus morenas
facciones y por su frente de bronce, expuesta al sol, corrían como olas
encrespadas arrugas profundas, surcos de odio. Su mano se crispó en la cintura,
señalando bajo la blusa el relieve de la ancha navaja cabritera. Mas de pronto,
y sin transición, con la movilidad del meridional, adoptó expresión halagüeña,
melosa, casi humilde y dirigiéndose al franciscano y a la hermanita más que al
de los lentes, exclamó:
-¡Pues no que no entraría! Clavos timoneros soy capaz
de arrancar con los dientes pa enviar algo de parné a la mujer y a los
chiquititiyos. El corazón traigo como una lenteja, de que se me queden allá
hambreando, después de tantas crujidas y tantas necesidades como aguantaron ya
en este pinturero mundo. En especial la gurruminiya de once meses me la llevaría
yo, si pudiera, en los hombros, como San Cristóbal, y le daría yo tortas de
almíbar amasás con mi sangre. ¡Por éstas!
Y al besar la cruz de los dedos, una lágrima asomó
repentinamente a los lagrimales del anarquista incendiario.
-¡Válganos la Virgen Santísima, qué desgracias hay en
la tierra! -exclamó la hermanita con simpatía profunda.
-Eso está muy bien -pronunció con calma el ingeniero-.
Quiera usted mucho a sus chicos, y trabaje para ellos, y no se ladee, y le irá
mejor. De los atentados y los crímenes no nace la justicia social. ¿A que el
padre está conforme? -añadió, dirigiéndose al franciscano.
-Entiendo poco de estas novedades de ahora -contestó el
fraile afablemente, en su voz cascada y lenta-. Yo, con decir misa, confesar y
obedecer... Lo único que sé es que nosotros, desde hace quinientos años, vivimos
bajo el sistema de la comunidad de bienes. Por nosotros, aunque todo se
repartiera... Ya ve usted: no podemos poseer ni el valor de un céntimo; no somos
propietarios ni aun del sayal que nos cubre. Si usted me pregunta sobre eso, de
que tanto se habla del socialismo..., un pobrecito fraile como yo, lo único que
opina es que los ricos, por su propia conveniencia y para ganar el cielo, deben
ablandarse de entrañas y dar mucha limosna..., y los pobres ser resignados y
laboriosos, porque dice el Evangelio que pobres siempre los habrá en el mundo,
siempre...
-Bonito conzuelo e tripaz -gruñó el anarquista.
-¿Qué hizo nuestro santo patriarca? -prosiguió el
viejecito con una llama de entusiasmo en las pupilas-. Dio cuanto tenía a los
pobres... No quiso propiedad, no quiso dinero, porque la codicia es la que
estraga el corazón... Nos descalzó, nos mandó pedir limosna... Quiso que todos
fuésemos iguales, sin vanidades ni distinciones ni soberbias tontas, que se han
de acabar en el sepulcro... ¿Hablan de nivelación social? Me parece que para
nivelados... Que lo diga aquí la hermanita; es cosa muy buena el ser libre y
pobre; el dar de puntapiés, así, como la sandalia, al mundo y a las riquezas
malditas.
-¡Ay padre! -respondió la simplona-. Ya que pregunta a
servidora... si no me regaña..., le diré mi parecer. No soy como usted. Soy muy
codiciosa. ¡Vaya si me gustaría que se repartiesen tantos millones como andan
por ahí mal empleados! Cogería servidora un par de cientos de milloncitos... y
¡anda con ella!
-¡Hermana Belén! -advirtió severamente el fraile.
-¡Pero, padre Salvador!, usted es un santo, y como un
santo, ni ve, ni oye, ni entiende. ¿Ha estado en Madrid, en alguno de esos
palacios tan atroces? Servidora, sí..., que me llevó la mujer del cochero a ver
las cuadras de aquel grandísimo que está junto a Recoletos..., antes de la
Castellana. ¡Padre del alma! Hasta espejos y fuentes, y pilas de mármol blanco,
y alfombras tenían los caballos allí. ¡Y nuestros ancianitos sin mantas con que
abrigarse en el invierno, arrecidos, tiritando! ¡Y los niños, ángeles míos,
traspillados de miseria! No me llame tonta...; yo sé lo que me digo... Había un
perrito de la señora marquesa, que me lo trajeron en un cesto acolchado de raso,
y era un bicho horrible..., con unos pelos..., una rata me pareció, tanto, que
servidora pegó un chillido, así: «¡Huy!» Pues el perro había costado allá en
Inglaterra cinco mil pesetas... ¿Usted lo oye, padre? Cinco mil... Con cinco mil
pesetas se echan los cimientos del asilo para los ancianos... ¡Y al avechucho
aquel me lo lavaban con jabón y agua de olor todos los días!... ¡Que si quiero
reparto!
La carita de madera se había transfigurado; una ráfaga
de pasión hacía brillar los ojos, fruncirse las cejas, palidecer las mejillas y
dilatarse la nariz redonda.
-Si no fuera tan sencilla como es, hermana Belén, ahora
merecería una peluca gorda -contestó el fraile-. Baje, baje a la cámara a ver
cómo sigue del mareo la compañera.
La monjita obedeció, cruzando las manos, y echó a
andar, sonándole las cuentas del rosario cuando bajaba la escalera. El vapor
volaba, como si le animase la proximidad de la costa.
A lo lejos se divisaba ya el faro de Tánger. |
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El tesoro
Lo que voy a referir sucedió en el país de los sueños.
¿Verdad que algunas veces gusta echar un viajecillo a esta tierra encantada, de
azules lejanías, de irisadas playas, de bosques floridos, de ríos de diamantes y
de ciudades de mármol, ciudades donde nada deja que desear la Policía urbana, ni
el servicio de comunicaciones, ni el tiempo, que siempre es espléndido; ni la
temperatura, que jamás sopla el trancazo y la bronquitis?
En tan deliciosa comarca vivía una moza como un pino de
oro, llamada Inés. Quince mayos agrupaban en su gallarda persona todas las
perfecciones y gracias de la Naturaleza, y en su espíritu todos los atractivos
misteriosos del ideal. Porque instintivamente -supongo que lo habréis notado-
atribuimos a las niñas muy hermosas bellezas interiores y psicológicas que
correspondan exactamente a las que en su exterior nos embelesan. Aquellos ojos
tan claros, tan nacarados y tan húmedos de vida, no cabe duda que reflejan un
pensamiento sin mancha, comparable al ampo de la misma nieve. Aquella boca hecha
de dos pétalos de rosa de Alejandría, solo puede dar paso a palabras de miel,
pero de miel cándida y fresca. Aquellas manitas tan pulcras, en nada feo ni
torpe pueden emplearse: a lo sumo podrán entretejer flores, o ejecutar
primorosas laborcicas. Aquella frente lisa y ebúrnea no puede cobijar ningún
pensamiento malo: aquellos pies no se hicieron para pisar el barro vil de la
tierra, sino el polvo luminoso de los astros; aquella sonrisa es la del ángel...
¡Acabáramos! Esta es la palabra definitiva: de ángeles se gradúan todas las
doncellitas lozanas, y de brujas todas las apolilladas y estropajosas viejas:
que así como así el alma no se ve por un vidrio, sino envuelta en el engañoso
ropaje de la forma, y si Carlota Corday no es linda, en vez del ángel del
asesinato le ponen el demonio.
De lo dicho resulta que Inés poseía y ostentaba el
diploma de angelical, y no solo lo poseía, sino que era digna de él. Sus ojos
radiantes, su ingenua boca entreabierta, su frente sin una nube, no mentía, no.
Inés no sabía jota de lo malo. Imaginaos una tabla rasa donde nada hay escrito:
suponed un lienzo sin una sola mácula; figuraos un pajarito de plumas blancas,
al que ni por casualidad le encontraríamos una de medio color, y tendréis
apropiada imagen de lo que eran el alma y el corazoncito y los sentidos y las
potencias de Inés.
Con todo eso, y dado que a fuer de biógrafo puntual y
exacto no quisiera errar ni en una coma, he de confesaros que allá en el más
escondido camarín del pensamiento de la niña había... ¿qué? ¿El pelito invisible
que rompe el cristal? ¿El globulito de ácido que corroe el acero? Menos que
eso... Una curiosidad.
Es el caso que yendo Inés cierta tarde de paseo por las
orillas del riachuelo, festoneadas de anémonas, espadañas y gladiolos, en un
remanso formado por dos peñascos que casi se tocaban, vio que hacia la base de
las rocas abríase la bocaza de una cueva oscura. Mirando estaba al antro y
cavilando qué podría ocultar en su seno, cuando del agujero se destacó una
figura humana, un anciano de melena gris, túnica morada, gorro puntiagudo,
varilla en cinto y, en suma, toda la traza de un nigromante de comedia. Acercóse
el brujo a la niña, y con sonrisilla de malignidad le entregó un cofrecito de
preciosa filigrana, incrustado de corales y esmaltado de raros signos negros y
desconocidos caracteres. Inés, que no podía más de miedo, iba a rehusar la
dádiva del brujo, pero éste, con razones muy perfiladas y tono de autoridad, le
mandó que se guardase el cofre, añadiendo que era un obsequio que le destinaba,
ya que se había acercado tanto a la cueva, donde no entraba ningún ser humano.
-El cofrecito -añadió- es de por sí un tesoro; pero
contiene otro más intestimable aún; como que encierra el tesoro de tu inocencia.
No pierdas nunca ese cofre, no lo abras, no lo rompas, no lo regales, no lo
vendas, no te apartes de él un minuto, y adiós, y que seas muy feliz, Inesilla.
¡Ay! Desde que te he visto..., créelo, me pesan más las tres mil navidades que
ayer cumplí.
Volvióse el mágico a su caverna, e Inés regresó a su
casa con el cofrecillo muy agarrado, sin atreverse ni a mirarlo casi. Le parecía
tan bonito y tan frágil, que temía se fuese a evaporar. Lo depositó en sitio
seguro, y desde aquella misma hora la inevitable curiosidad empezó a tentarla,
dictándole monólogos del tenor siguiente:
-Bueno, ya sé que no debo abrir ni romper ese
cofrecito. Corriente: no lo abriré, ni lo romperé. Pero ¿y si Dios quiere que se
abra solo? Lo que es entonces..., entonces sí que, pese a quien pese, me entero
de lo que hay guardado en él. ¿Se abrirá? Dios mío, ¡que se abra! La estantigua
del brujo aquel me dijo que el cofre encierra mi inocencia. Eso precisamente es
lo que me hace rabiar. Si me hubiese dicho que encerraba una flor, una alhaja,
una mariposita, una cinta, un pomo de esencia..., ¡bah!, entonces, un comino se
me importaría verlo. ¡Pero mi inocencia! Si no tuviese curiosidad, sería yo de
palo. ¿Cómo será una inocencia? Nunca me enseñaron por ahí inocencia alguna.
¿Será verde? ¿Será azul? ¿Será colorada? ¿Será larga? ¿Será redonda? ¿Será
linda? ¿Será horrible? ¿Pícara? ¿Tendrá veneno? ¿Será un gusano? ¿Será...?
¡Válgame Dios! ¡Pues si ya me ha levantado jaqueca la inocencia maldita!
En estos dares y tomares y cavilaciones y discursos
andaba Inés, y todos venían a parar en ganas de mandar a paseo las prohibiciones
del mágico y abrir el cofrecillo, en vista de que ninguna probabilidad tenía a
su favor la hipótesis de que solo y por su propia virtud se abriese. No
obstante, el recelo la contenía y el encantado cofre permanecía intacto.
Ahondando más en sus meditaciones, Inés se resolvió a
salir de dudas sin infringir la ley, y empezó a preguntar a sus amigas y amigos
qué hechura tenía la inocencia, de qué color era y para qué servía. Con gran
sorpresa y mayor disgusto notó que nadie le respondía acorde, ni le
proporcionaba el menor dato que pudiese guiarla a su indagación. Unos fruncían
la boca, bajaban la vista y se quedaban perplejos; otros se reían, mitad con
fisga y mitad con lástima; alguno la reprendió por venirse con tales preguntas,
impropias de una niña formal y honrada, con lo cual, Inés, muy compungida, lloró
de vergüenza, ignorando qué clase de delito había cometido para que la tratasen
así.
Convencida ya de que nadie le diría más que chirigotas
o cosas duras, atormentada por el enigma que se cifraba en el cofrecillo, la
niña se desmejoró, se sintió atacada de inquietud febril, y, a ratos, de ese
marasmo profundo que sigue a las reacciones violentas de la voluntad. Porque no
hay cosa de más tormento para el espíritu que la acción concebida, deseada y no
ejecutada, y ése es el mal terrible de Hamlet: la indecisión. En verdad os digo
que si Hamlet fuese mujer, no se vuelve loco por estancación de la voluntad. La
mujer es más resuelta: quiere y hace. Inés, al sentirse enferma, quiso sanar, y
una mañana sola, trémula, rompió la cerradura del cofrecillo del mago.
Alzó la tapa, aquel velo de Isis... ¡Oh asombro! En el
fondo del cofrecillo no había cosa alguna... Repito que nada; ni rastro, ni
ostugo, ni señal del cacareado tesoro. La atónita Inés únicamente creyó ver que
por el aire se dispersaba una leve y blanquecina columna de humo... Al mismo
tiempo, los desconocidos caracteres de esmalte negro que adornaban los frisos
del cofrecillo se aclaraban hasta convertirse en signos del alfabeto que poseía
Inés, la cual, abriendo mucho los ojos, leyó de corrido:
«Cuando sepas lo que es la inocencia, será que la
perdiste.» |
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La paloma negra
Sobre el cielo, de un azul turquí resplandeciente, se
agrupaban nubes cirrosas, de topacio y carmín, que el sol, antes de ocultarse
detrás del escueto perfil de la cordillera líbica, tiñe e inflama con tonos de
incendio. Ni un soplo de aire estremece las ramas de los espinos; parecen
arbustos de metal, y el desierto de arena se extiende como playazo amarillento,
sin fin.
Los solitarios, que ya han rezado las oraciones
vespertinas, entretejido buen pedazo de estera y paseado lentamente desde el
oasis al montecillo, rodean ahora al santo monje del monasterio de Tabenas, su
director espiritual, el que vino a instruirlos en vida penitente y meritoria a
los ojos de Dios. De él han aprendido a dormir sobre guijarros, a levantarse con
el alba, a castigar la gula con el ayuno, a sustentarse de un puñado de hierbas
sazonadas con ceniza, a usar el áspero cilicio, a disciplinarse con correas de
piel de onagro y permanecer horas enteras inmóviles sobre la estela de granito,
con los brazos en cruz y todo el peso del cuerpo gravitando sobre una pierna. De
él reciben también el consuelo y el valor que exigen tan recias mortificaciones:
él, a la hora melancólica del anochecer, cuando el enemigo ronda entre las
tinieblas, los entretiene y reanima contándoles doradas y dulces historias y
hablándoles del fervor de las patricias romanas, que se retiraron al monte
Aventino para cultivar dos virtudes: la castidad y la limosna. Al oír estos
prodigios del amor divinal, los solitarios olvidan la tristeza, y la
concupiscencia, domada, lanza espumarajos por sus fauces de dragón.
Pendientes de la palabra del santo monje, los
solitarios no advierten que una aparición, bien extraña en el desierto, baja del
montecillo y se les aproxima. Una carcajada fresca, argentina y musical como un
arpegio, los hace saltar atónitos. Quien se ríe es una hermosa mujer.
De mediana estatura y delicadas proporciones, su cuerpo
moreno, ceñido por estrecha túnica de gasa, color de azafrán, que cubre una red
de perlas, se cimbrea ágil y nervioso, como avezado a la pantomima. Ligero zueco
dorado calza su pie diminuto, y su inmensa y pesada cabellera negra, de
cambiantes azulinos, entremezclada con gruesas perlas orientales, se desenrosca
por los hombros y culebrea hasta el tobillo, donde sus últimas hebras se
desflecan esparciendo penetrantes aromas de nardo, cinamomo y almizcle. Los ojos
de la mujer son grandes, rasgados, pero los entorna en lánguido e iniciativo
mohín; su boca, pálida y entreabierta, deja ver, al modular la risa, no solo los
dientes de nácar, sino la sombra rosada del paladar. Agitan sus manos crótalos
de marfil, y saltando y riendo, columpiando el talle y las caderas al uso de las
danzarinas gaditanas, viene a colocarse frente al círculo de los anacoretas.
Algunos se cubren los ojos con las manos o se postran
pegando al polvo la cara. Muchos permanecen en pie, hoscos, ceñudos, con las
pupilas vibrando indignación. Uno, muy joven, tiembla, palidece y se coge a la
túnica de piel de cabra del monje santo. Otro se desciñe las disciplinas de
cuero que lleva arrolladas a la cintura con el ánimo de flagelar a la pecadora,
y destrozar sus carnes malditas. El santo les manda detenerse por medio de una
señal enérgica y, acercándose a la danzarina, exclama sin ira ni enojo:
-Hermana mía, ya sé quien eres. No te sorprendas: te
conozco, aunque nunca te he visto. Sé también a qué vienes, y por qué nos buscas
en esta soledad. Lo sé mejor que tú: tú crees que has venido a una cosa, y yo en
verdad te digo que vienes, sin comprenderlo, a otra muy distinta. Hermanos, no
temáis a la hermana: admirad sin recelo su hermosura, que al fin es obra de
nuestro Padre. Miradla como yo la miro, con ojos puros, fraternales, limpios de
todo infame apetito. ¿Sabéis el nombre de esta mujer?
-Yo, sí -contesta sordamente el jovencito, sin alzar la
vista, sin soltar la túnica del monje-. Es la célebre cómica y bailarina a quien
en Antioquía dan el sobrenombre de Margarita. Todos la adoran; Padre mío, todos
se postran a sus pies; su casa parece templo de un ídolo, donde rebosan el oro y
la pedrería. El diablo reside en ella y las abominaciones la ahogan y la
arrastran al infierno. Retirémonos a nuestras chozas. Esta mujer infesta el
aire.
El monje guarda silencio. Por último, y dirigiéndose a
la comedianta, que ya no agita los crótalos ni ríe, murmura con bondad, casi
familiarmente:
-Mujer, te llaman Margarita por tu beldad y porque tus
amadores te han cubierto de perlas. Posees tantas como lágrimas hiciste
derramar. Tus cofrecillos de sándalo y plata están atestados de riquezas. Por
cada perla de esas que ganaste con el vicio, yo te anuncio que has de verter un
río de lágrimas. No me mires con terror. Yo te amo más que esos que te ciñeron
las sartas magníficas y te colgaron de las orejas soles de diamantes. Sí, te
amo, Margarita; te esperaba ya. Ayer noche, cuando rodeada de diez a doce
libertinos beodos apostaste que vendrías aquí a tentarnos, yo velaba y hacía
oración en mi choza. De pronto, vi entrar por la ventanilla, revoloteando, una
paloma, que más parecía un cuervo..., porque no era blanca, sino negrísima. La
paloma se me posó en el hombro, arrullando y su pico de rosa me hirió aquí. Mira
-el monje, apartando la túnica, muestra en el velludo pecho una señal, una doble
herida roja, un profundo picotazo-. Cogí la paloma, y en vez de hacerle daño la
sumergí en el ánfora donde conservamos el agua bendita para exorcizar. La paloma
empezó a soltar su costra de negro fango y, blanqueando poco a poco, vino a
quedar como la más pura nieve. Limpia ya, se me ocultó en el pecho..., durmió
allí al calor de mi corazón amante, y por la mañana no la vi más. Tú eres ahora
la paloma negra. Tú serás bien pronto la paloma blanca. Vuélvete a Antioquía; en
la primera hondonada te aguardan tu silla de manos y sus portadores, y tu
escolta y tus amigos y tus aduladores viles... Pero volverás, paloma mía negra;
volverás a lavarte... ¡Hasta luego!
La danzarina mira al santo, incrédula, propensa todavía
a mofarse, pero sintiendo la risa helada en la garganta y a la vez contemplando
con horror y curiosidad la barba enmarañada y larga hasta la cintura, las
demacradas mejillas, los brazos secos y descarnados y los ojos de brasa del
asceta.
-¡Hasta luego, hermana! -repite él gravemente.
Y con el dedo señala a la ladera del montecillo.
***
Pasan cuatro años. El santo monje, acompañado del joven
solitario que con tanto miedo se agarraba a su túnica, va a orar a los lugares
donde murió Cristo, y al pasar por el monte Olivete, poblado también, como el
yermo, de gentes consagradas a la penitencia, se detiene ante una choza tan
reducida, que no se creería vivienda de un ser humano. Al punto se abre una reja
y asoma un rostro espantoso, el de una mujer momia, con la piel pegada a los
huesos, los labios consumidos y los enormes ojos negros devastados por el
torrente de lágrimas que sin cesar mana de ellos y cae empapando el andrajoso
ropaje y el pelo revuelto, desgreñado y cubierto de polvo.
-¿De qué color estoy, padre mío? -pregunta con ansiedad
infinita, en voz cavernosa, la penitente-. ¿Negra aún?
-Más blanca que la azucena; más que la túnica de los
ángeles -responde el monje, e inclinándose con ternura imprime en la frente de
la arrepentida el cristiano beso de paz; vuélvese después hacia el discípulo,
que torvo aún por el rencor de las viejas tentaciones tiene fruncido el ceño, y
murmura-. ¿No recuerda lo que dijo el Señor? Las mujeres a quienes los fariseos
llaman perdidas nos precederán en el reino de los cielos.
Para que no dudéis de la verdad de las palabras del
monje, añadiré que ésta es, sin variación esencial, la leyenda de la
bienaventurada santa Pelagia, a quien hoy veneramos en los altares, y a quien
apodaban La Perla cuando aplaudía sus pecaminosas danzas la capital de la
tetrópolis de Siria. |
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Sedano
Dos años hacía que despachábamos juntos en la misma
oficina, mesa con mesa, y aún no había yo podido averiguar gran cosa respecto al
buen Sedano, viejecillo flaco, temblón, de labio colgante, con los ojos siempre
turbios y húmedos, pero tan exacto, tan asiduo, tan formal, tan complaciente
hasta con el último meritorio -con el público no hay que decir- que se le tenía
por un infelizote de esos que provocan a risa. Era el viejo, a no dudarlo, lo
que yo llamaría un humillado y un vencido; hombre que de plano y en conciencia
se juzga inferior a los demás, y pide con su actitud que se le conserve de
limosna el último puesto que ocupa en el indigesto y mezquino banquete de la
vida.
Aficionado a los pobres de espíritu -que en
compensación de la servidumbre de aquí abajo poseerán el reino de allá arriba-,
me declaré amigote de Sedano. A la salida de la oficina le acompañaba hasta su
casa, le daba consejos, le regalaba cigarros y solía convidarle a una taza de
café y a una copita de licor de damas -curaçao, kumme o Marie Brizard-. Estos
obsequios me conquistaron una gratitud tan desproporcionada a su importancia y
valor, que, a la verdad, me confundía y casi diré que me atosigaba; sí, me
atosigaba, conmoviéndome un poco..., pero el tósigo se sobreponía a la emoción
dulce. ¿No es cierto, lector, que existe en nosotros un pudor de alma que nos
hace pesado el excesivo agradecimiento? ¿No es verdad que la mansedumbre y la
modestia, en grado tan alto, nos cohíben y hasta nos abochornan?
-Sedano -le dije un día para desviar la conversación
del terreno del reconocimiento-, cuénteme usted su vida y milagros. ¿Es usted
soltero, casado, viudo? He oído que tiene usted una hija no sé dónde. Ea, a
hacer confesión general.
-¡Bah! -respondió él, con un destello de ironía mansa
en las lloronas pupilas-. Yo tengo vida, pero milagros, no; todo lo mío es bien
vulgar. Soy de Zamora, y me crié en casa de una tía mía, con posibles, que me
sirvió de madre. Me dejó algunos cuartitos en treses, que decíamos entonces.
Vine a Madrid a acabar la carrera, y más adelante conseguía un destino, porque
el señor don Luis González Bravo había sido compañero de mi padre, que en gloria
esté. Aquella aldaba me sirvió de mucho. No soy de los que más padecieron bajo
el poder de Poncio Pilato; es decir, de la cesantía. Verdad que procuro hacerme
útil en la casa.
-Y esos cuartos que trajo usted de Zamora, ¿los gastó o
los invirtió en otra clase de renta? -pregunté considerando el pelaje de Sedano
y suponiendo que tal vez los famosos treses serían el hilo de que yo deseaba
tirar.
-¡Los treses! -repitió él, bajando la cabeza, mientras
una súbita llamarada encendía sus amarillentos pómulos-. Los treses... ya sabe
usted que con la revolución pegaron un bajón hasta los profundos abismos. Yo
supe extraoficialmente, por un ad latere del señor don Luis González Bravo
(¡Dios le haya dado su santa gloria!), que iban a caer al pozo los tresecitos.
¿Y qué hago? Vendo con tiempo mis cuarenta y tantos mil pesos nominales... Así
no pudo fastidiármelos la Gloriosa -añadió, sonriendo con expresión de malicia
pueril, como el que se frota las manos celebrando su propia sagacidad.
Mírele, y cada vez me parecieron sus trazas más
incompatibles con cuarenta mil duros, ni nominales ni efectivos. Era clásico en
la oficina el gabán color de ala de mosca de Sedano, y su corbata, pasada de los
fríos y calores, y su paraguas que, picado y limado en las costuras, embarcaba
más agua de la que repelía. Me confirmé en que los misteriosos treses encerraban
la clave de la historia de aquel hombre.
-¿Y qué hizo usted con el dinero? -insistí,
asediándole.
-¡El dinero!... El dinero es una cosa que no parece
sino que tiene alas -dijo, volviéndose al rincón oscuro, y hablando como si algo
se le atragantase.
-Vamos, que lo despabiló usted alegremente. ¡Vaya con
el pillín de Sedano! Francachelas, ¿eh? ¿Buenas mozas? Porque entonces era usted
joven todavía.
-Francachelas, no, por cierto... Yo he sido siempre
raro..., muy raro..., hasta maniático... en ese particular de las mujeres. Me
entraba un encogimiento... Nunca supe..., vamos, empezar. Si no fuese por los
amigos, que a veces le sacan a uno de sus casillas... Si yo le dijese a
usted..., iba usted a reírse de mí, pero a carcajadas. Solo que como todo el
mundo tiene su alma en su almario..., y de una manera o de otra necesita querer
a alguien, yo, cuando vine a Madrid, conocí a una señora muy guapa, viuda,
hermana de un pariente mío por afinidad. Era tan buena..., quiero decir, era tan
cariñosa conmigo..., que yo (figúrese usted, un muchacho) me fui acostumbrando a
su trato y a su carácter de un modo... en fin, no salía de aquella casa. Tanto,
que las malas lenguas dieron en murmurar, y un día hasta oí que se decía en un
corro si la señora estaba o no en cierto compromiso. Naturalmente que primero me
enfadé muchísimo y luego me burlé de los murmuradores, porque yo la miraba como
se mira a las santas del cielo, y sabía de fijo que tal barbaridad no podía ser.
En esto la señora se ausentó de Madrid y me quedé medio muerto, ¡con una
tristeza!, ¡con una soledad!... Figúrese usted mi admiración cuando una mañana
entra en mi cuarto de la casa de huéspedes una mujer vestida de negro, muy
tapada..., ¡y se descubre y me pone en los brazos una niña! «Ampárela usted,
Sedano; no tiene padre, no tiene a nadie en el mundo...; a mí no me permite
ampararla mi honor.» ¡Qué disgusto pasé! Me acuerdo que hasta lloré con el
berrinche...
-¿Era la viuda? ¿La que usted quería?
-La misma. Pero yo, por mi parte, le aseguro a usted
que ni con el pensamiento...
-Lo creo, lo creo... ¿Y la niña?
Profunda transformación noté en la marchita cara de
Sedano. Sus ojos, turbios y húmedos, se aclararon un instante, y augusta
expresión de amor los hizo irradiar dulcemente. Os aseguro que es hermoso
espectáculo el de la luz de la bondad iluminando el rostro de un hombre.
-La niña vivió conmigo veintiún años. Busqué ama,
niñera... Vamos, me dio que hacer; ¡pero cosa más linda! Quisiera que usted la
hubiese visto entonces. Llamaba la atención al sacarla a paseo vestidita de
terciopelo azul. Yo rabiaba a veces, porque es mucha la jaqueca que levanta una
chiquitina: que la dentición, que el miedo a la difteria, que la educación, que
vigilarla para que ningún pillastre la engatuse... Luego, gastos, muchos
gastos...; eso le pedí al señor González Bravo el destino. A Enriqueta no quería
yo que le faltasen comodidades, ni gustos, ni diversiones. A su edad...
-¿Y qué ha sido de la niña? -pregunté con interés cada
vez mayor.
-Casada está, y en Filipinas con su marido... -y la voz
de Sedano, al decir esto, se ablandó como si la mojasen-. Se casó con un
militar... En fin, a usted no he de andarle con tapujos. La chiquilla se enamoró
como una desesperada de un muchacho... que es guapo, muy simpático, muy
jaranero, gracioso..., perdido... ¡Así les gustan a ellas! Desde que la vi tan
amelonada, no hubo más recurso que dejarlos casar. Me quedé hecho un páparo; no
podía acostumbrarme, la casa se me venía encima, y siempre me escapaba a la del
matrimonio joven. Un día me encuentro a la criatura hecha un mar de lágrimas.
«Chiquilla, ¿qué tienes?» «¡Ay padrino! (me llamaba así). Pepe ha jugado...
fondos que no eran suyos..., la vergüenza..., el deshonor... Ayer compró un
revólver... Si él se mata, yo también...» ¿Qué haría usted en mi caso?
-Entendido, Sedano; ya adivino el paradero de los
treses...
-No, mire usted; entonces no le dí más que siete mil
duros... Hasta dos años después... ¡Y si usted viese! ¡Parecía que se había
enmendado el maldito!
-Total, que no le quedó a usted más recurso que la
oficina -exclamé alargando a Sedano un entreacto muy oloroso.
-Y quiera Dios que no me falte -respondió él, pagándome
con una de aquellas sofocantes miradas de gratitud.
Desde esta conversación, me infunde cierto respeto el
gabán color ala de mosca, y desearía insinuarme con el ministro de Fomento, a
fin de parar el golpe si amaga la cesantía de Sedano. |
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El milagro del hermanuco
Para contrastes, el de la comunidad de Recoletas de
Marineda con su hermanuco, donado o sacristán, que no sé a punto cierto cuál de
estos nombres le cae mejor.
Son las Recoletas de Marineda ejemplo de austeridad
monástica; gastan camisa de estameña; comen de vigilia todo el año; se acuestan
en el suelo, sobre las losas húmedas, con una piedra por almohada; se
disciplinan cruelmente; se levantan a las tres de la mañana para orar en el
coro; hablan al través de doble reja y un velo tupido; para consultar con el
médico no descubren la cara, y son tan pobres, que los republicanos carniceros o
polleros del mercado y las lengüilargas verduleras, al ver pasar al hermanuco
con la cesta, deslizan en ella el pedazo de vaca, el par de huevos, la patata,
el cuarto de gallina, el torrezno, diciendo expresivamente: «Que sea para las
madres, ¿eh?; para las enfermas.» Porque saben que siempre hay en la enfermería
dos o tres recoletas, lo menos, y que si no lo reciben de limosna, no tendrían
caldo, pues ni la regla ni la necesidad les permiten salir de bacalao y sardina.
No quedaban tranquilas, sin embargo, las caritativas
verduleras, y lo probaba lo recalcado de la frase: «Que sea para las madres,
¿eh?» Porque así como se figuraban a las recoletas escuálidas, magras, amarillas
y puntiagudas, así veían de rechoncho, barrigón, coloradote y enjundioso al
donado.
Constábales, además -y a alguna por experiencia-, que
el ejemplo de las madres surtía en el donado efectos contraproducentes, y que
tanto cuanto eran las madres de castísimas, humildes, ayunadoras y sufridoras,
era el donado... de todos los vicios opuestos a estas virtudes. No obstante, su
humor jovial y bufonesco, sus cuentos verdes, sus equívocos, sus dicharachos,
sus sátiras, le habían granjeado cierta popularidad en puestos y tenduchos.
Referíanse de él gorjas enormes, convites burlescos en
que hacía de mesa un ataúd y de servilleta una pierna de calzoncillo; escenas
cómicas de exorcismos y conjuros en que sacaba los demonios del cuerpo a las
mozas con un gancho de escarbar la lumbre... y otras mil invenciones que se
reían a carcajadas, y que lejos de perjudicar al donado le formaban aureola.
Acaso la plebe, subyugada y confundida ante la
sublimidad de las mártires recoletas, encontraba alivio y descanso festejando en
el hermanuco al gremio de la pecadora Humanidad.
Había en cambio una clase de mujeres que profesaban al
hermanuco ojeriza singular y declarada, y decían de él horrores: eran las
beatas, cosa de docena a docena y media de vestigios que no sabían salir de la
iglesia del convento de Recoletas y a quienes no les parecía buena y cabal la
misa, la novena ni ninguna clase de devoción, sino dentro de aquellas cuatro
paredes.
La antipatía entre el hermanuco y las beatas nació
precisamente de que andaba rabiando por cerrar, para largarse a donde el diablo
sabía. En vano recorría la iglesia repicando el manojo de llaves; en vano tosía
y mondaba el pecho y describía semicírculos alrededor de las arrodilladas, pues
éstas, como si lo hiciesen a propósito, con los ojos en blanco y las manos
juntas, continuaban bisbisando sus interminables, sus kilométricos rosarios. Si
el hermanuco se dejase llevar de su genio, claro está que les daría con la
escoba como a las cucarachas; lo malo era que la madre abadesa le tenía
severamente prohibida toda viveza, todo regaño, toda descortesía con aquellas
recoletas seculares, y si fracasaban las insinuaciones, no había más que
aguardar cachazudamente a que se acabasen los «misterios gloriosos», o el
septenario, o la meditación.
Distinguíase entre las demás una devota, no solo por la
morosidad de sus rezos, sino por su catadura y años. Era el rostro de doña
Mariquita de aquellos que, según Quevedo, pueden servir a San Antonio de
tentación y cochino: en mitad de la chupada boca quedábale un solo diente,
largo, temblón, diente que había inspirado a un ingenio local esta frase: «Así
como hay ojos que muerden, hay dientes que miran y hasta que hacen guiños.» Para
no creer que doña Mariquita iba a salir volando por la chimenea, a horcajadas en
una escoba, era preciso recordar su mucha piedad, su continua oración, su
incesante persecución de confesores, su sed perpetua de agua bendita. Así y
todo, el hermanuco la nombraba siempre «la bruja».
Es de saber que cada devota tenía en la iglesia de las
Recoletas su rincón predilecto, y que el hermanuco, al hacer la diaria requisa
antes de cerrar, sabía de fijo que a doña Petronila, verbigracia, la encontraría
bajo las alas de San Miguel; a doña Regaladita Sanz, acurrucada ante el Corazón
de Jesús, y a doña Mariquita, en monólogo al pie del Cristo de la Buena Hora.
En esto de devoción, como en todo, hay gente afecta a
novedades; y si Regaladita Sanz y otras de su escuela andaban siempre
averiguando la última moda de la piedad y no hablaban sino de los Corazones, ni
rezaban sino a esos cromos abigarrados que hoy se ven en todas las iglesias, las
beatas del temple de doña Mariquita se atenían a las antiguas advocaciones y a
las formas que ya van cayendo en desuso. Para doña Mariquita no había en las
Recoletas más efigie que la del Cristo de la Buena Hora.
Segura estoy de que a mí me pasaría lo mismo, y si
entro en la iglesia, flechada me voy también a la sombría capilla, de negra
verja rechinante, y altar donde, sobre un fondo rojo oscuro, se alza la inmensa
cruz, sosteniendo el cuerpo lívido, estriado de sangre, pendiente y desplomado
sobre las crispadas piernas. Está el Cristo de la Buena Hora representado en
ocasión de pronunciar alguna de las siete desgarradoras Palabras, pues tiene la
boca entreabierta y la faz no caída sobre el pecho, sino un tanto erguida, con
esfuerzo doloroso. No le falta la correspondiente enagüilla de terciopelo negro,
bordada de plata, y bajo sus pies taladrados y contraídos, tres huevos de
avestruz recuerdan la devoción de algún navegante.
Una sola lamparita mortecina alumbra la imagen y deja
entrever -o dejaba, porque ahora se ha procedido a recoger estos ingenuos
emblemas- amarillentos exvotos, brazos, piernas, figuritas de niños.
El nombre de Cristo de la Buena Hora da a entender, sin
embargo, que lo que se pide a aquella efigie no es la salud del cuerpo, sino la
del alma, la muerte no repentina, sino con arrepentimiento, con sacramentos, con
todos los auxilios y remedios espirituales. Y esto solicitaba con tal fervor
doña Mariquita -según las investigaciones del hermanuco-, y por eso, como cada
día estaba la buena hora más próxima y la gordivieja beata arrastraba las
piernas con mayor dificultad cada día, también prolongaba más las oraciones y
cada día obligaba al donado a cerrar más tarde: así es que el donado había
llegado a aborrecer al vejestorio, y al cabo se propuso jugarle alguna pasada
que le quitase el hipo de tanto rezuqueo.
Discurriendo y discurriendo, acabó por encontrar una
traza a su parecer muy linda. El camarín del Cristo era bastante hondo y tenía
acceso por la sacristía, y el paño o cortinaje que lo revestía estaba suelto, de
modo que, trepando al altar, no era difícil quedarse escondido detrás del paño,
de suerte que nadie pudiese sospechar allí la presencia de un hombre.
Habiendo ensayado la habilidad, el hermanuco esperó el
momento en que, abierta la iglesia por la tarde, se aparecía doña Mariquita.
Todo sucedió según estaba prevenido. Cuando la devota
se hincó de rodillas en el suelo de costumbre, el hermanuco, agazapado, la
espiaba por un agujero hecho en la cortina.
Conviene no omitir una circunstancia, y es que aquel
donado irreverente, mofador epicúreo de sacristía y volteriano de plazuela, solo
sentía cierta aprensión muy parecida al respeto ante la efigie del Cristo de la
Buena Hora. Hubiese preferido mucho que su maligna travesura tuviera por teatro
la capilla del Arcángel o el altar nuevo de la Saleta. Hasta creo que al subir
agarrándose a las piernas del Cristo, le temblaban un poco las suyas al donado.
El deseo de venganza contra doña Mariquita pudo más que aquella medrosa
impresión, y desde que vio llegar a la vieja saboreó anticipadamente el placer
del triunfo.
Dejó a la devota enfrascarse en su monólogo, prestando
oído a fin de graduar mejor el efecto, y así que la vio con las manos
enclavijadas y los ojos fijos en el rostro de la imagen; así que la oyó murmurar
con ansia: «Señor mío Jesucristo, dame una buena horita, una buena horita», el
maldito hermano se aferró bien, adelantó la cara hasta subirla a la altura de la
del Cristo y, lentamente, con voz sepulcral y cavernosa articuló estas terribles
palabras: «Tus oraciones no llegan a mí.»
Se oyó un golpe sordo. Doña Mariquita había caído al
suelo.
El hermanuco, sin poderse reprimir, soltó la risa.
Transcurrieron dos minutos, tres, y ya ningún ruido
turbó el silencio de la capilla. Entonces el hermanuco, algo alarmado, salió de
su escondite y, bajándose, tomó en peso a la devota, al parecer privada de
sentido.
Un recelo inexplicable se apoderó del burlador: corrió
a la pila del agua bendita, mojó un pañuelo y lo aplicó a las sienes de la
vieja. Ni por ésas; lejos de volver en sí, doña Mariquita pesaba cada vez más,
como pesa el cuerpo muerto.
«¡Zambomba! -pensó-. ¿A que esta bruja me quiere dar un
susto y se hace la desmayada?» Tomó una aguja del moño de doña Mariquita y se la
afincó en un carrillo, primero suave, luego recio. Nada: como si la hubiese
clavado en un tapón de corcho.
Gotitas de sudor frío asomaron en la raíz de cada pelo
del hermanuco, que empezó a entrever la espantosa verdad.
Por no mirar a la difunta, que estaba más fea aún que
de viva; por no verle en la sima de la abierta boca aquel único diente acusador,
y también por el instinto de pedir socorro que nos asalta en las grandes
congojas, el sacrílego hermanuco miró al Cristo como si le dijese: «Resucítame
este estafermo, Señor; resucítame este estafermo, y haré penitencia, y seré
honrado, piadoso, continente, sobrio y humilde.»
Al implorarle, y en medio de su turbación, el rostro de
Cristo le pareció más importante, mucho más, que el de la beata; y de sus ojos
airados, de sus labios entreabiertos, sintió caer una maldición solemne.
***
Así fue como las Recoletas de Marineda se quedaron sin
hermanuco. Tuvo que dejar el oficio, porque no hubo fuerzas humanas que le
moviesen a cruzar otra vez el umbral de la capilla del Cristo.
No por eso se convirtió. Al contrario, arreció en sus
vicios y en sus maulas; pero repito que a la capilla, ni atado.
Y cuando oía nombrar la Buena Hora, un escalofrío le
corría por la espalda. Hízose muy borrachín de aguardiente de caña, y al
preguntarle las verduleras por qué andaba siempre chispo, respondía cínicamente:
-Porque así no sabe el hombre cuándo viene la hora.
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Madre
Cuando me enseñaron a la condesa de Serená, no pude
creer que aquella señora fuese, hará cosa de cinco años, una hermosura de esas
que en la calle obligan a volver la cabeza y en los salones abren surco. La dama
a quien vi con un niño en brazos y vigilando los juegos de otro, tenía el
semblante enteramente desfigurado, monstruoso, surcado en todas direcciones por
repugnantes cicatrices blancuzcas, sobre una tez denegrecida y amoratada; un ala
de la nariz era distinta de la compañera, y hasta los últimos labios los afeaba
profundo costurón. Solo los ojos persistían magníficamente bellos, grandes,
rasgados, húmedos, negrísimos; pero si cabía compararlos al sol, sería al sol en
el momento de iluminar una comarca devastada y esterilizada por la tormenta.
Noté que el amigo que nos acompañaba, al pasar por
delante de la condesa, se quitó el sombrero hasta los pies y saludó como
únicamente se saluda a las reinas o a las santas, y mientras dábamos vueltas por
el paseo casi solitario, el mismo amigo me refirió la historia o leyenda de las
cicatrices y de la perdida hermosura, bajando la voz siempre que nos acercábamos
al banco que ocupaba la heroína del relato siguiente:
-La condesa de Serena se casó muy niña, y enviudó a los
veintiún años, quedándole una hija, a la cual se consagró con devoción
idolátrica.
La hija tenía la enfermiza constitución del padre, y la
condesa pasó años de angustia cuidando a su Irene lo mismo que a planta delicada
en invernadero. Y sucedió lo natural: Irene salió antojadiza, voluntariosa,
exigente, convencida de que su capricho y su gusto eran lo único importante en
la tierra.
Desde el primer año de viudez rodearon a la condesa los
pretendientes, acudiendo al cebo de una beldad espléndida y un envidiable
caudal. De la beldad podemos hablar los que la conocimos en todo su brillo y -¿a
qué negarlo?- también suspiramos por ella.
Para imaginarse lo que fue la cara de la condesa, hay
que recordar las cabezas admirables de la Virgen, creadas por Guido Reni:
facciones muy regulares y a la vez muy expresivas, tez ni morena ni blanca, sino
como dorada por un reflejo solar; agregue usted la gallardía del cuerpo, la
morbidez de las formas, la riqueza del pelo y de los dientes, y esos ojos que
aún pueden verse ahora..., y comprenderá que tantos hombres de bien anduviesen
vueltos tarumba por consolar a la dama.
Perdieron, digo, perdimos el tiempo lastimosamente;
ella se zafó de sus adoradores, despachando a los tercos, convirtiendo en amigos
desinteresados a los demás, convenciendo a todos de que ni se volvía a casar ni
pensaba en otra cosa sino en su hija, en fortalecerle la salud, en acrecentarle
la hacienda. Vimos que era sincero el propósito; comprendimos que nada sacábamos
en limpio; observamos que la condesa se vestía y peinaba de cierto modo que
indica en la mujer desarme y neutralidad absoluta y nos conformamos con mirar a
la hermosa lo mismo que se mira un cuadro o una estatua.
Y empleo la palabra mirar, porque hasta las palabras
lisonjeras y galantes conocimos que no eran gratas a la condesa, sobre todo
desde que Irene empezó a espigar y presumir. Quiso la mala suerte que la hija de
tan guapa señora heredase, al par que el temperamento, los rasgos fisonómicos de
su padre, por lo cual Irene, en la flor de la juventud, era una mocita delgada y
pálida, sin más encantos que eso que suele llamarse belleza del diablo y yo
comparo al saborete del agraz. Y la misma suerte caprichosa hizo que la condesa,
acaso por efecto de la vida metódica y retirada en que economizó sus fuerzas
vitales, entrase en el período de treinta a treinta y cinco luciendo tan
asombrosa frescura, tal plenitud de todas sus gracias, que a su lado la
chiquilla daba compasión.
De nada servía que su madre la emperejilase y se
impusiese a sí propia la mayor modestia en trajes y adornos; los ojos de las
gentes se fijaban en el soberano otoño, apartándose de la primavera mustia, y en
la calle, en la iglesia, en el campo, en los baños, doquiera que la madre y la
hija apareciesen juntas, indiscretas y francas exclamaciones humillaban a Irene
en lo más delicado de su vanidad femenil y herían a la condesa en lo más íntimo
de su ternura maternal.
Fue peor todavía cuando, llegado el momento de
introducir a Irene en lo que por antonomasia se llama sociedad, la condesa, que
no había de presentarse hecha la criada de su hija, tuvo que adornarse,
escotarse y lucir otra vez joyas y galas. Por más que ajustase su vestir a
reglas de severidad y seriedad que nunca infringía; por más que los colores
oscuros, las hechuras sencillas, la proscripción de toda coquetería picante en
el tocado dijesen bien a las claras que solo por decoro se engalanaba la
condesa, lo cierto es que el marco de riqueza y distinción duplicaba su
hermosura divina, y de nuevo la asediaban los hombres, engolosinados y locos. De
Irene apenas sí hacía caso algún muchacho imberbe, y hubo ocasiones en que la
madre, con piadosa astucia, toleró las asiduidades de apuesto galán para
adquirir el derecho de que sacase a bailar a Irene o la llevase al comedor.
Lo triste era que ya Irene, mortificada, ulcerado su
amor propio, se mostraba desabrida con su madre y pasaba semanas enteras sin
hablarle. Notaba también la condesa que los párpados de la muchacha estaban
enrojecidos y varias veces, al animarla a que se vistiese para alguna fiesta,
Irene había respondido: «Ve tú; yo no voy, no me divierto.» De estas señales
infería la condesa que roían a Irene la envidia y el despecho, y en vez de
enojo, sentía la madre lástima infinita. Con vida y alma se hubiese quitado -a
ser posible- aquella tez de alabastro y nácar, aquellos ojos de sol, y
poniéndolos en una bandeja, como los de Santa Lucía, se los hubiese ofrecido a
su niña, al ídolo de toda su honrada y noble existencia.
No pudiendo regalar su beldad a Irene, pensó que
resolvía el conflicto buscándole novio. Satisfecha con el amor de su esposo,
pudiendo ir con él a todas partes y retirada la condesa en su hogar, cesaba la
tirante situación de madre e hija.
Encontrar marido para la rica Irene no era difícil,
pero la condesa aspiraba a un hombre de mérito y su instinto de madre la guió
para descubrirle y para aproximarle a Irene, preparando los sucesos. El elegido
-Enrique de Acuña- era uno de los muchos admiradores y veneradores de la
condesa, y puede asegurarse que influyó en él ese sentimiento que nos lleva a
preferir para esposas a las hijas de las mujeres a quienes profesamos estimación
altísima, y a quienes no hemos amado, pura y simplemente, porque sabemos que no
se dejarían amar. Persuadida la condesa de que Enrique reunía prendas no comunes
de talento y corazón; viéndole tan guapo, tan digno de ser querido, tan hombre y
tan caballero, en suma, trabajó con inocente diplomacia y triunfó, pues no
tardaron Irene y Enrique en ser amartelados prometidos.
Casáronse pronto y salieron a hacer el acostumbrado
viaje de luna de miel, que fue un siglo de dolor para la condesa. Acostumbrada a
absorber su vida en la de su hija, a existir por ella y para ella solamente, ni
sabía qué hacer del tiempo, ni podía habituarse a no ver a Irene apenas
despertaba, a no besarla dormida. Ya se sentía enferma de nostalgia, cuando
regresaron a Madrid los novios.
La condesa notó con alegría que su yerno le demostraba
vivo cariño, gran deferencia y familiaridad como de hermano. Le consultaba todo;
juntos trabajaban en el arreglo de las cuestiones de interés, y en broma solía
repetir Enrique que, solo por tener tal suegra, cien veces volvería a casarse
con Irene Serená. La satisfacción de la condesa, no obstante, duró poco, pues
advirtió que, según Enrique extremaba los halagos y el afecto, Irene reincidía
en la antigua sequedad y dureza y en los desplantes y murrias. Delante de su
marido conteníase; pero apenas él volvía la espalda, ella daba suelta al mal
humor y a la acritud de su genio.
Cierto día, saliendo la condesa a ver unos solares que
deseaba adquirir, encontró en la puerta a Enrique, que se ofreció a acompañarla.
A la mesa, por la noche, Enrique habló de la excursión, y dijo, riendo, que por
poco le cuesta un lance acompañar a su suegra, pues todos le decían flores y
hasta un necio la siguió, requebrándola...
-¿No sabes? -añadió Enrique, dirigiéndose a Irene-.
Tuve que llamarle al orden al caballerito... Lo gracioso es que me tomó por
marido de tu mamá, y yo, para hacerle rabiar, le dije que sí lo era...
Al oír esto, Irene se levantó de la mesa, arrojando la
servilleta al suelo; corriendo salió del comedor y la oyeron cerrar con
estrépito la puerta de su cuarto. Miráronse la madre y el esposo, y aquella
mirada todo lo reveló; no necesitaron hablar. Enrique, ceñudo, siguió a su mujer
y se encerró con ella. Al cabo de media hora vino inmutadísimo a decir a la
condesa que Irene no quería vivir más en la casa materna, y que era tal su
empeño de irse, que si no se realizaba la separación, amenazaba con hacer
cualquier disparate.
-Pero tranquilícese usted -añadió en amargo tono de
reconcentrada cólera-, he sabido imponerme y la he tratado con severidad, porque
lo merece su locura.
Y como la condesa, más pálida que un difunto, se
apoyase en un mueble por no caer, exclamó Enrique:
-¡Señora, el carácter de su hija de usted preveo que
nos costará muchas penas a todos!...
Estas interioridades se supieron, según costumbre, por
los criados, que las cazaron al vuelo entre cortinas y puertas; y ellos, los
enemigos domésticos, fueron también los que divulgaron que el día del disgusto
la señora condesa se acostó dolorida y preocupada y no se fijó en que quedaba la
luz ardiendo cerca de las cortinas; de modo que, a media noche, despertó
envuelta en llamas, y aunque pudo evitar la desgracia mayor de perder la vida,
no evitó que la cara padeciese quemaduras terribles.
Con el susto y la impresión y la asistencia, Irene
olvidó su enfado, y desde aquel día vivieron en paz: el señorito Enrique, muy
metido en sí; la señora, cada vez más retirada del mundo, pensando solo en
cuidar a los niños que le fueron naciendo a la señorita.
-¿Qué opina usted de las quemaduras de la condesa?
-preguntó al llegar aquí el narrador.
-Que esta María Coronel vale más que la otra -respondí,
inclinándome a mi vez ante la madre de Irene, la cual, sospechando que
hablábamos de ella, se levantó y se retiró del paseo con sus nietecillos de la
mano. |
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Cuento primitivo
Tuve yo un amigo viejo, hombre de humor y vena, o como
diría un autor clásico, loco de buen capricho. Adolecía de cierta enfermedad ya
anticuada, que fue reinante hace cincuenta años, y consiste en una especie de
tirria sistemática contra todo lo que huele a religión, iglesia, culto y clero;
tirria manifestada en chanzonetas de sabor más o menos volteriano, historietas
picantes como guindillas, argumentos materialistas infantiles de puro inocentes,
y teorías burdamente carnales, opuestas de todo en todo a la manera de sentir y
obrar del que siempre fue, después de tanto alarde de impiedad barata, persona
honradísima, de limpias costumbres y benigno corazón.
Entre los asuntos que daban pie a mi amigo para
despacharse a su gusto, figuraba en primer término la exégesis, o sea la
interpretación -trituradora, por supuesto- de los libros sagrados. Siempre
andaba con la Biblia a vueltas, y liado a bofetadas con el padre Scío de San
Miguel. Empeñábase en que no debió llamarse padre Scío, sino padre Nescío,
porque habría que ponerse anteojos para ver su ciencia, y las más veces
discurría a trompicones por entre los laberintos y tinieblas de unos textos tan
vetustos como difíciles de explicar. Sin echar de ver que él estaba en el mismo
caso que el padre Scío, y peor, pues carecía de la doctrina teológica y
filológica del venerable escriturario, mi amigo se entremetía a enmendarle
bizarramente la plana, diciendo peregrinos disparates que, tomados en broma, nos
ayudaban a entretener las largas horas de las veladas de invierno en la aldea,
mientras la lluvia empapa la tierra y gotea desprendiéndose de las peladas ramas
de los árboles, y los canes aúllan medrosamente anunciando imaginarios peligros.
En una noche así, después de haber apurado el ligero
ponche de leche con que espantábamos el frío, y cuando el tresillo estaba en su
plenitud, mi amigo la tomó con el Génesis, y rehízo a su manera la historia de
la Creación. No vaya a figurarse nadie que la rehízo en sentido darvinista; eso
sería casi atenerse a la serie mosaica de los seis días, en que se asciende de
lo inorgánico a lo orgánico, y de los organismos inferiores a los superiores.
No; la creación, según mi amigo -que, sin duda, para estar tan en autos, había
celebrado alguna conferencia con el Creador-, fue de la guisa que van ustedes a
ver si continúan leyendo. Yo no hago sino transcribir lo esencial de la
relación, aunque no respondo de ligeras variantes en la forma.
***
En el primer día crió Dios al hombre. Sí, al hombre; a
Adán, hecho del barro o limo del informe planeta. Pues qué, ¿iba Dios a
necesitar ensayos y pruebas y tanteos y una semana de prácticas para salir al
fin y al cabo con una pata de gallo como el hombre? Ni por pienso; lo único que
explica y disculpa al hombre es que brotó al calor de la improvisación, aun no
bien hubo determinado el Señor condensar en forma de esfera la materia caótica.
Y crió primero al hombre, por una razón bien sencilla.
Destinándole como le destinaba a rey y señor de lo creado, le pareció a Dios muy
regular que el mismo Adán manifestase de qué hechura deseaba sus señoríos y
reinos. En suma, Dios, a fuer de buen Padre, quiso hacer feliz a su criatura y
que pidiese por aquella bocaza.
Apenas empezó Adán a rebullirse, dolorido aún de los
pellizcos de los dedos divinos que modelaron sus formas, miró en derredor; y
como las tinieblas cubrían aún la faz del abismo, Adán sintió miedo y tristeza,
y quiso ver, disfrutar de la claridad esplendente. Dios pronunció el consabido
Fiat, y apareció el glorioso sol en el firmamento, y el hombre vio, y su alma se
inundó de júbilo.
Mas al poco rato notó que lo que veía no era ni muy
variado ni muy recreativo: inmensa extensión desnuda, calvos eriales en que
reverberaba ardiente la luz solar, y que la devolvían en abrasadoras flechas.
Adán gimió sordamente, murmurando que se achicharraba y que la tierra le parecía
un páramo. Y sin tardanza suscitó Dios los vegetales, la hierba avelludada y
mullida que reviste el suelo, los arbustos en flor que lo adornan y engalanan,
los majestuosos árboles que vierten sobre él deleitable sombra. Como Adán notase
que esta vestidura encantadora de la superficie terrestre parecía languidecer,
aparecieron los vastos mares, los caudalosos ríos, las reidoras fuentecillas, y
el rocío cayó hecho menudo aljófar sobre los campos. Y quejándose Adán de que
tanto sol ya le ofendía la vista, el infatigable Dios, en vez de regalar a su
hechura unas antiparras ahumadas, crió nada menos que la luna y las estrellas, y
estableció el turno pacífico de los días y las noches.
A todas éstas, el primer hombre ya iba encontrando
habitable el Edén. Sabía cómo defenderse del calor y resguardarse del frío; el
hambre y la sed se las había calmado al punto Dios, ofreciéndole puros
manantiales y sazonados frutos. Podía recorrer libremente las espesuras, las
selvas, los valles, los pensiles y las grutas de su mansión privilegiada. Podía
coger todas las flores, gustar todas las variadísimas y golosas especies de
fruta, saborear todas las aguas, recostarse en todos los lechos de césped y
vivir sin cuitas ni afanes, dejando correr los días de su eterna mocedad en un
mundo siempre joven. Sin embargo, no le bastaba a Adán esta idílica bienandanza;
echaba de menos alguna compañía, otros seres vivientes que animasen la extensión
del Paraíso.
Y Dios, siempre complaciente, se dio prisa a rodear a
Adán de animales diversos: unos, graciosos, tiernos, halagüeños y domésticos,
como la paloma y la tórtola; otros, familiares, juguetones y traviesos, como el
mono y el gato; otros, leales y fieles, como el perro, y otros, como el león,
bellos y terribles en su aspecto, aunque para Adán todos eran mansos y humildes,
y los mismos tigres le lamían la mano. No queriendo Dios que Adán pudiese volver
a lamentarse de que le faltaba acompañamiento de seres vivos, los crió a
millones, multiplicando organismos, desde los menudísimos infusorios suspensos
en el aire y en el agua, hasta el monstruoso megaterio emboscado en las selvas
profundas. Quiso que Adán encontrase la vida por doquiera, la vida enérgica y
ardorosa, que sin cesar se renueva y se comunica, y que no se agota nunca,
adaptándose a las condiciones del medio ambiente y aprovechando la menor chispa
de fuego para reanimar su encendido foco.
Al principio le divirtieron a Adán los avechuchos, y
jugueteó con ellos como un niño. No obstante, pasado algún tiempo, notó que iba
cansándose de los seres inferiores, como se había cansado del sol, de la luna,
de los mares y de las plantas. Si el sol todos los días aparece y se oculta de
idéntico modo, los bichos repiten constantemente iguales gracias, iguales
acciones y movimientos, previstos de antemano, según su especie. El mono es
siempre imitador y muequero; el potro, brincador y gallardo; el perro, vigilante
y adicto; el ruiseñor, ni por casualidad varía sus sonatas; el gato, ya es
sabido que se pasa el muy posma las horas muertas haciendo ron, ron. Y Adán se
despertó cierta mañana pensando que la vida era bien estúpida y el Paraíso una
secatura.
Como Dios todo lo cala, en seguida caló que Adán se
aburría por diez; y llamándole a capítulo, le increpó severamente. ¿Qué le
faltaba al señorito? ¿No tenía todo cuanto podía apetecer? ¿No disfrutaba en el
Edén de una paz soberana y una ventura envidiable? ¿No le obedecía la creación
entera? ¿No estaba hecho un archipámpano?
Adán confesó con noble franqueza que precisamente
aquella calma, aquella seguridad, eran las que le tenían ahíto, y que anhelaba
un poco de imprevisto, alguna emoción, aunque la pagase al precio de su
soñoliento reposo y amodorrada placidez.
Entonces Dios, mirándole con cierta lástima, se le
acercó, y sutilmente le fue sacando, no una costilla, como dice el vulgo, sino
unas miajitas del cerebro, unos pedacillos del corazón, unos haces de nervios,
unos fragmentos de hueso, unas onzas de sangre..., en fin, algo de toda su
sustancia; y como Dios, puesto a escoger, no iba a optar por lo más ruin, claro
que tomó lo mejorcito, lo delicado y selecto, como si dijéramos, la flor del
varón, para constituir y amasar a la hembra. De suerte que al ser Eva criada,
Adán quedó inferior a lo que era antes, y perjudicado, digámoslo así, en tercio
y quinto.
Por su parte, Dios, sabiendo que tenía entre manos lo
más exquisito de la organización del hombre, se esmeró en darle figura y en
modelarlo primorosamente. No se atrevió a apretar tanto los dedos como cuando
plasmaba al varón; y de la caricia suave y halagadora de sus palmas, proceden
esas curvas muelles y esos contornos ondulosos y elegantes que tanto contrastan
con la rigidez y aspereza de las líneas masculinas.
Acabadita Eva, Dios la tomó de la mano y se la presentó
a Adán, que se quedó embobado, atónito, creyendo hallarse en presencia de un ser
celestial, de un luminoso querubín. Y en esta creencia siguió por algunos días,
sin cansarse de mirar, remirar, admirar, ensalzarse e incensar a la preciosa
criatura. Por más que Eva juraba y perjuraba que era hecha del mismo barro que
él, Adán no lo creía; Adán juraba a su vez que Eva procedía de otras regiones,
de los azules espacios por donde giran las estrellas, del éter purísimo que
envuelve el disco del sol, o más bien del piélago de lumbre en que flotan los
espíritus ante el trono del Eterno. Créese que por entonces compuso Adán el
primer soneto que ha sido en el mundo.
Duró esta situación hasta que Adán, sin necesidad de
ninguna insinuación de la serpiente traicionera, vino en antojo vehementísimo de
comerse una manzana que custodiaba Eva con gran cuidado. Yo sé de fijo que Eva
la defendió mucho, y no la entregó a dos por tres; y este pasaje de la Escritura
es de los más tergiversados. En suma, a pesar de la defensa, Adán venció como
más fuerte, y se engulló la manzana. Apenas cayeron en su estómago los mal
mascados pedazos del fruto de perdición, cuando..., ¡oh cambio asombroso!...,
¡oh inconcebible versatilidad!..., en vez de tener a Eva por serafín, la tuvo
por demonio o fiera bruta; en vez de creerla limpia y sin mácula, la juzgó
sentina de todas las impurezas y maldades; en vez de atribuirle su dicha y su
arrobamiento, le echó la culpa de su desazón, de sus dolores, hasta del
destierro que Dios les impuso, y de su eterna peregrinación por sendas de
abrojos y espinas.
El caso es que, a fuerza de oírlo, también Eva llegó a
creerlo; se reconoció culpada, y perdió la memoria de su origen, no atreviéndose
ya a afirmar que era de la misma sustancia que el hombre, ni mejor ni peor, sino
un poco más fina. Y el mito genesíaco se reproduce en la vida de cada Eva: antes
de la manzana, el Adán respectivo le eleva un altar y la adora en él; después de
la manzana, la quita del altar y la lleva al pesebre o al basurero...
Y, sin embargo -añadió mi amigo por vía de moraleja,
tras de apurar otro vaso del inofensivo ponche-, como Eva está formada de la más
íntima sustancia de Adán, Adán, hablando pestes de Eva, va tras Eva como la soga
tras el caldero, y solo deja de ir cuando se le acaba la respiración y se le
enfría el cielo de la boca. En realidad, sus aspiraciones se han cumplido: desde
que Dios le trajo a Eva, el hombre no ha vuelto a aburrirse, ni a disfrutar la
calma y descuido del Paraíso; y desterrado de tan apetecible mansión, sólo logra
entreverla un instante en el fondo de las pupilas de Eva, donde se conserva un
reflejo de su imagen. |
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La cena de Cristo
Había un hombre lleno de fe, que creía a pies juntillas
cuanto nos enseñan la religión y la moral, y, sin embargo, tenía horas de
desaliento y sequedad de alma, porque le parecía que el cielo dista mucho de la
tierra, y que nuestros suspiros, nuestras efusiones de amor, nuestras quejas,
tardan siglos en llegar hasta el Dios que invocamos, el Dios distante,
inaccesible en las lumínicas alturas de la gloria. No dudaba de la realidad
divina, pero la creía muy alta y había llegado a ser en él idea fija la de
ponerse en relación directa con el que todo lo puede y lo consuela todo.
Persuadido de que el claustro está bastantes peldaños
más cerca del cielo que de la sociedad, Eudoro -así se llamaba el creyente-
entró de novicio en los Carmelitas. Espantó a sus hermanos el fervor de su vida
monástica, y cuenta que en el convento estaban acostumbrados a ver austeridades
y adivinar rigores que la humildad encubría. Los de Eudoro, sin embargo, pasaban
de la raya y llegaban a asombrar a los viejos, curtidos por una vida entera de
maceraciones, verdaderos veteranos de la penitencia. Eudoro ascendía por la
áspera cuesta de la mortificación, creyendo que así se aproximaba a la gloria, y
no tanto por merecerla después de su muerte, como por sentirla en vida, por
cerciorarse de su realidad. Juzgo evidente que el demonio del escepticismo era
quien a la sordina inspiraba tales anhelos, porque si Eudoro estuviese
completamente seguro de que al morir el cielo se abre al que lo gana, no
experimentaría tan ardiente afán de percibirlo, de acortar distancias, y, por
decirlo así, de tocarlo con sus manos y verlo con sus ojos. Fuese lo que fuese,
Eudoro practicó terribles asperezas consigo mismo; descalzo, debilitado por el
ayuno, acardenalado por las disciplinas, de rodillas en la celda, cuyas desnudas
paredes aparecían salpicadas de sangre, se pasó las noches enteras velando y
pidiendo a Dios, entre lágrimas y sollozos, que se dignase aproximarse a su
siervo. Fue inútil: solo el triste aullido del viento en los árboles del huerto
conventual respondió a sus llamamientos desesperados. Entonces salió del
convento sin profesar, y los frailes viejos, edificados antes, hicieron la cruz
sobre el pecho, con rostro grave y labios contraídos.
Eudoro se retiró a su casa, y descorazonado, imaginando
que ya nunca se aproximaría al cielo, se dedicó a una vida activa, laborista y
modesta, emprendiendo algunos negocios de los cuales se prometía lucro. El socio
que admitió gozaba fama de probo; sin embargo, lo cierto es que engañó a Eudoro
malamente, despojándole de su capital y haciéndole pasar ante el mundo por
tramposo y estafador. Esto último fue lo que más dolió a Eudoro, porque estimaba
su honra y sufría vergüenza horrible al verse infamado y notar que se apartaban
de él las gentes con desprecio. En su espíritu germinó un odio tenaz contra el
calumniador, y la sed de venganza le amargó la boca.
Una noche, pasando por cierta calle desierta, Eudoro
vio a un hombre que se defendía de tres que ya le tenían acorralado e iban a
darle muerte. El farol contra el cual se apoyaba le alumbraba el rostro de lleno
y Eudoro reconoció a su enemigo. Tuvo un instante de fluctuación; quiso
alejarse..., y de pronto volvió; iba armado; cargando con denuedo a los
asesinos, los obligó a emprender precipitada fuga. Antes que el socorrido le
diese las gracias, Eudoro se alejó también.
Casi llegaba a la puerta de su casa, cuando he aquí que
le sale al camino un mendigo, descalzo, harapiento, encorvado, pidiéndole en voz
lastimera, no dinero, sino algo de comer. «Me caigo de necesidad», gemía el
pordiosero, y Eudoro, tomándole de la mano: «Vente conmigo -le dijo
benignamente-. Partiremos la cena... y dormirás al abrigo del temporal y de la
lluvia.»
Subieron la escalera uno tras otro: Eudoro encendió luz
y pasó a la cocina a calentar el caldo de la víspera y la humilde pitanza; al
entrar en el comedor, llevando la tartera olorosa, pudo ver la cara del pobre,
que le esperaba sentado a la mesa ya, y notó con sorpresa que ni era viejo, ni
feo, ni tenía enmarañado el pelo, ni sucias las manos, según suelen los
mendigos; en cuanto a edad, representaba unos treinta años a lo sumo, y su
rostro oval y su cabellera rubia, partida y flotante en bucles, eran de
admirable belleza.
Sonreía dulcemente, y Eudoro le sirvió con reverencia,
no atreviéndose a sentarse hasta que se lo ordenó el pobre. Comieron en
silencio; pero Eudoro experimentaba un bienestar inexplicable, y parecíale tan
suave el yugo de la vida y tan ligera la carga de todos sus dolores pasados, que
su corazón, inundado de gozo, se quería derramar en un llanto más refrigerante
que el rocío de la mañana.
Así que hubo saciado el hambre, el mendigo, tomando el
pan que estaba sobre la mesa, lo partió y ofreció la mitad a Eudoro. Y al
ejecutar tan sencilla acción, Eudoro advirtió una imperceptible claridad que,
naciendo en las sienes, rodeaba toda la cabeza del mendigo y jugaba en sus
cabellos, como el sol juega en el irisado plumaje de un pájaro.
Eudoro se levantó con ímpetu irresistible, y
postrándose rostro contra el suelo, vino a besar y a empapar de lágrimas los
pies del mendigo, conociendo que era Cristo, Hijo de Dios, y que, en aquella
noche venturosa, por fin se había aproximado el cielo a la tierra.
Cristo le miraba amorosamente, fijando en él los
grandes y meditabundos ojos. Y como Eudoro se confundiese en protestas de
humildad, preguntando por qué se había dignado el Señor visitar aquella casa,
respondió lentamente:
-Yo vago siempre por las calles. Cada noche quiero
cenar con el que durante el día haya vuelto bien por mal y perdonado de todo
corazón a su enemigo. ¡Por eso me acuesto sin cenar tantas noches! |
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Apostasía
Cuando Diego Fortaleza visitó la ciudad de Villantigua,
sus amigos y admiradores le tributaron una ovación que dejó memoria. Es de notar
que a la ovación se asociaron todas las clases sociales, distinguiéndose
especialmente las señoras y el clero. Y nada tiene de extraño que despertase
entusiasmo y cosechase fervientes simpatías mozo tan elocuente, de tanto saber,
de corazón tan intrépido y fe tan inquebrantable: el de la frase briosa y
acerada, que defendía en el Parlamento y en el periódico, en los círculos y en
los ateneos, los puros ideales del buen tiempo viejo, la santa intransigencia,
las creencias robustas de nuestros mayores y todo lo que constituyó nuestra
gloria y nuestra grandeza nacional. A la voz de Diego Fortaleza, derrumbábase el
hueco aparato de la ruin civilización presente: resurgía la visión heroica del
poderío y del vigor moral que demostramos antaño, y dijérase que nuestro
eclipsado sol volvía a fulgurar en los cielos. Paladín y poeta ala vez, Diego
arrullaba las esperanzas muertas, y los que le escuchaban creían firmemente que
del caos de nuestra actual organización no podía tardar en salir reconstituida
sobre sus venerados cimientos la España de ayer, la sana, la honrada, la amada,
la llorada, la eterna.
Echaron, pues, la casa por la ventana en Villantigua
para obsequiar al que llamaban Niño de Plata del partido. Hubo solemne velada en
el Círculo tradicionalista, con mucho piano, himnos, discursos y lectura de
composiciones poéticas alusivas; al final, cuando Diego se levantó a pronunciar
«dos palabras», estallaron inmediatamente aplausos frenéticos, y a la salida fue
llevado a su residencia casi en triunfo. No faltó la serenata, ni el banquete
monstruo de ciento ochenta cubiertos, ni se omitió la jira a las pintorescas
orillas del Narrio, ni la visita a la Virgen de la Ortigosa. Las gentes de fuste
de Villantigua sobra decir que se rifaban a Diego, el cual todos los días se
veía precisado a rehusar, en galante forma, varios convites, pues si fuese a
comer dondequiera que le invitaban, no tendría bastante con una docena de
estómagos.
Últimamente, cansado ya de enseñarle iglesias y
paisajes, museos provinciales y fábricas, los gabinetes de física e historia
natural del Instituto, y hasta la colección de monedas medallas que el
respetable numismático señor Mohoso, C. de la Historia, ocultaba a todo el mundo
como un crimen y por especial favor dejó admirar a Diego, los admiradores del
joven diputado resolvieron llevarle a la casa de Orates, o dígase al manicomio.
Con gran acompañamiento de médicos y sacerdotes entró
Diego en la morada triste. El director, avisado de antemano, había puesto orden
en las dependencias, procurando que resaltase y luciese la inteligencia de su
gestión. Sonriendo picarescamente, llevó a Diego al departamento de las locas,
por donde pasaron aprisa, pues a algunas infelices las exaltaba la presencia del
varón, y quitado de su espíritu el freno de la vergüenza, que la razón no
quebranta jamás, declaraban con palabras y aun con acciones su penoso extravío.
Llegados al departamento de los hombres, el director fue mostrando a Diego
varios casos curiosos y dignos de ser observados: un loco místico, cuya manía
era haberse encerrado en una cueva y practicar allí la pobreza, la austeridad y
la oración; un inventor que enseñaba los planos de un globo dirigible a voluntad
y una mecánica de palitroques con la cual declaraba resuelto el problema del
movimiento continuo; un enamorado que escribía el nombre de su amada hasta en
las suelas de las botas, y un economista que proponía planes de hacienda dignos
del famoso arbitrista de Quevedo. Entre tanto tipo original, vio Diego uno que
pareció despertar en sumo grado su interés.
Era un vejezuelo calvo, pálido, de ojos sumidos y
párpados amarillentos. Su rostro tenía algo de sepulcral; diríase que ya no
estaba en el mundo de los vivientes: la ausencia de color, la inmóvil solemnidad
de su fisonomía, eran propias de cadáver. Su voz resonaba hueca y sorda, sin
inflexiones. Hablaba con escogida frase, con palabras dignas y majestuosas, y
tomó por asunto del discurso, que dirigió a Diego, la injusticia que se cometía
al retener cautivo, y en el manicomio, a un hombre cuyo único delito consistía
en haber realizado, a fuerza de cavilaciones, cierto descubrimiento soberano.
Como Diego le preguntase qué descubrimiento era ése, el
loco explicó que se trataba nada menos que de parar el mundo, el pícaro mundo en
que habitamos y que hasta que el día no ha cesado de rodar con perenne y
vertiginoso volteo. Ese giro incesante -añadió el loco- es la causa de todos
nuestros males y luchas. ¿Se concibe que existan paz, estabilidad, instituciones
duraderas y próvidas, en un planeta desquiciado, precipitado en carrera
insensata a través del espacio y sometido a una trepidación profunda que todo lo
desmorona y lo hace polvo? ¿Es mucho que pasen y se desvanezcan los imperios,
las civilizaciones, las grandezas y poderíos, si el mundo, epiléptico, agitado
por perpetua convulsión, no puede evitar cubrirse de ruinas, destrozarse a sí
propio, en el estéril y vano temblor que le consume?
El verdadero redentor de la Humanidad sería el que
lograse fijar con clavos de diamante la esfera andariega y corretona, dándole la
hermosa quietud, la serenidad del reposo, la grandeza de lo inmutable que ya por
sí solo tiene algo de divino. Y ese redentor estaba allí: era él, indignamente
sujeto entre cuatro paredes por los que no le comprendían, ni se daban cuenta de
los beneficios del invento.
Y el loco desarrollaba su vasto plan, el sistema de
poleas, pesos, compensaciones, tornillos y barras que habían de fijar, mal de su
grado, al rebelde planeta, quitándole las ganas de hacer cabriolas...
-¡Con qué atención oía nuestro don Diego a ese demente!
-observó el director, siempre bromista, cuando salieron del patio-. Hasta parece
que se ha quedado meditabundo. ¿A que sí?
-En efecto -contestó Diego, alzando la cabeza-, le
aseguro a usted que me ha dado qué pensar el hombre.
-¡Extraña manía! -advirtió uno de los que acompañaban a
Diego, rico propietario muy rígido y neto en sus ideas-. Es el primer caso que
veo.
Diego calló, y al día siguiente salió de Villantigua,
despedido por entusiasta multitud que quiso vitorearle una vez más.
Honda y amarga fue la decepción que padecieron los
villantigüenses o villantigüeños aquel invierno mismo, cuando se reunieron las
Cortes. ¡Diego Fortaleza, el propio Diego, el Niño de Plata, el adalid del
pasado, apostató, reconociendo lo presente, deponiendo su actitud quijotesca y
noble, envainando su fulgurante espada de arcángel exterminador, y dedicándose
exclusivamente a una campaña de moralidad administrativa, raquítico fin de tan
brillantes esperanzas! La Voz del Empíreo le excomulgó, y La Santa Maldición fue
más lejos, pues le supuso vendido al Gobierno por un plato de lentejas viles. En
Villantigua se organizó un comité numeroso, sin más programa que el de silbar a
Diego Fortaleza cuando aporte otra vez por allí, ¡que no aportará el muy Judas!
La única persona que aún habla bien de Diego es el
director del manicomio, porque el joven diputado le envió varias cajas de
soberbios Londres, con encargo de ofrecer una al loco que ha descubierto la
manera de parar el mundo. |
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La flor de la salud
-No lo dude usted -declaró el médico, afirmándose las
gafas con el pulgar y el anular de la abierta mano izquierda-. He realizado una
curación sobrenatural, milagrosa, digna de la piscina de Lourdes. He salvado a
un hombre que se moría por instantes, sin recetas, ni píldoras, ni directorio,
ni método... sin más que ofrecerle una dosis del licor verde que llaman
esperanza... y proponerle un acertijo...
-¿Higiénico?
-¡Botánico!
-¿Y quién era el enfermo?
-El desahuciado, dirá usted; Norberto Quiñones.
-¡Norberto Quiñones! Ahora sí que admiro su habilidad,
doctor, y le tengo, más que por médico, por taumaturgo. Ese muchacho, que había
nacido robusto y fuerte, al llegar a la juventud se encenagó en vicios y se
precipitó a mil enormes disparates, apuestas locas y brutales regodeos: tal se
puso, que la última vez que le vi en sociedad no le conocía: creí que me hablaba
un espectro, un alma del otro mundo.
-El mismo efecto me produjo a mí -repuso el doctor-.
Difícilmente se hallará demacración semejante ni ruina fisiológica más total. Ya
sabe usted que Norberto, rico y refinado, vivía en un piso coquetón, muy
acolchadito y lleno de baratijas; su cama, que era de esas antiguas, salomónicas
y con bronces, la revestían paños bordados del Renacimiento, plata y raso
carmesí. Pues le juro a usted que en la tal cama, sobre el fondo rojo del
brocado, Norberto era la propia imagen de la muerte: un difunto amarillo, con
tez de cera y ojos de cristal. Para acentuar el contraste, a su cabecera estaba
la vida, representada por una mujer mórbida, ojinegra, de cutis de raso moreno,
de boca de granada partida, de lozanísima frescura y alarmante languidez mimosa:
la enfermera que manda el diablo a sus favoritos para que les disponga según
conviene el cuerpo y el alma.
Norberto me alargó la mano, un manojo de huesos
cubiertos por una piel pegajosa que ardía y trasudaba, y mirándome con ansia
infinita, me dijo cavernosamente:
-No me deje usted morir así, doctor. Tengo veintiséis
años, y me da frío la idea de invernar en el cementerio. Es imposible que haya
usted agotado todos los recursos de la ciencia.
¡El ruego me conmovió, y eso que la práctica nos
endurece tanto! Tuve una inspiración; sentí un chispazo parecido al que debe de
percibir el creador, el artista..., y con los ojos hice seña de que la individua
estorbaba.
-Vete, chiquilla -ordenó, sin más explicaciones,
Norberto.
Y nos quedamos solos.
Le apreté la mano con energía, y sacando el pomo del
consabido licor verde, lo derramé en sus labios a oleadas.
-Ánimo -le dije-. Usted va a sanar pronto. Volverá
usted a tener vigor en los músculos, hierro en la sangre, oxígeno en el pulmón;
las funciones de su organismo serán otra vez normales, plácidas y oportunas: el
ritmo de la salud hará precipitarse el torrente vital, rápido y gozoso, de las
arterias al corazón, y subiéndolo luego al cerebro despejado, engendrará en él
las claras representaciones del presente y los dorados sueños del porvenir...
Estoy seguro de lo que prometo; seguro, ¿lo oye?: usted sanará. No debo
ocultarle a usted que la ciencia, lo que se dice la ciencia, ya no me ofrece
recurso alguno nuevo ni útil. Humanamente hablando, no tiene usted cura; pero
donde acaba la naturaleza principia lo sobrenatural y portentoso, que no es sino
lo desconocido o inclasificado... La casualidad me permite ofrecer a usted el
misterioso remedio que le devolverá instantáneamente todo cuanto perdió.
Cualquiera pensaría que al hablarle así a Norberto iba
a mirarme con honda desconfianza, sospechando una piadosa engañifa. ¡Ah, y qué
poco conocería quien tal imaginase la condición de nuestro espíritu, en cuyos
ocultos repliegues late permanente la credulidad, dispuesta a adoptar forma
superior y llamarse fe! Los ojos de Norberto se animaban; un tinte rosado se
difundía por sus pómulos. Ansioso, incorporado casi, se cogía a mi levita,
interrogándome con su actitud.
-Hay -le dije- una flor que devuelve instantáneamente
la salud al que tiene la fortuna de descubrirla y cortarla por su propia mano.
Esta condición precisa, y el no saberse dónde ni cuándo se produce la tal flor,
son causa de que por ahora se hayan aprovechado de ella poquísimos enfermos.
Digo que no se sabe dónde ni cuándo se produce, porque si bien suele encontrarse
en las más altas montañas, también afirman que brota en la orilla del mar, a
poca profundidad, entre las peñas; pero a veces, en leguas y leguas de costa o
de monte, no aparece ni rastro de la flor. En cambio, tiene la ventaja de que no
puede confundirse con ninguna otra: ¡imagínese usted la alegría del que la ve!
Es del tamaño de una avellana: su forma imita bastante bien la de un corazón; su
color, encarnado vivísimo; el olor, a almendra. No la equivoca usted, no. Pero
si va usted acompañado; si es otro el que la coge..., entonces, amiguito, haga
usted cuenta que perdió malamente el tiempo.
No afirmo que Norberto creyese a pies juntillas lo que
yo iba encajándole con imperturbable seriedad y calor persuasivo. Si he de ser
franco, supongo que dudó, y hasta me tuvo a ratos por un patrañero, un
visionario o un socarrón malicioso. Sin embargo, yo sabía que no habían de caer
en saco roto mis palabras, porque a la larga siempre admitimos lo que nos
consuela, y más en la suprema hora en que nos invade la desesperación y
quisiéramos agarrarnos aunque fuese a un hilito de araña muy sutil. La expresión
del rostro de Norberto cambió dos o tres veces; le vi pasar del escepticismo a
la confianza loca, y, por último, tomándome la mano entre las suyas febriles,
exclamó trémulo de afán:
-¿Puede usted jurarme que no se está burlando de un
moribundo?
No sé si usted conoce mi modo de pensar en esto del
juramento. Le atribuyo escasísimo valor; es una fórmula caballeresca, romántica
e idealista, que entraña la afirmación de la inmutabilidad de nuestros
sentimientos y convicciones -de que se derivan nuestros actos-, siendo así que
la idea y la acción nacen de circunstancias actuales, vivas y urgentes. No dando
valor al juramento, ni moral tampoco se lo da al perjurio. Juré en falso, pues,
con absoluta frescura, calma y convencimiento de hacer bien; y juré en falso,
invocando el nombre de Dios, en la seguridad de que Dios, que es benigno,
también quería que el milagro se hiciese...
Y empezó a hacerse desde aquel mismo punto. Norberto,
electrizado con la certeza de poder vivir, se irguió, se echó de la cama, sin
ayuda de nadie fue hasta la puerta, llamó a su ayuda de cámara y le ordenó
preparar inmediatamente maletas y mantas de camino...
-Solito, ¿eh? -le repetí-. ¡No olvidarse!
¡Solito! Ya lo creo que se fue solito Norberto. Desde
su partida, todas las mañanas me desperté con miedo de recibir la esquela orlada
de luto. Pasó, sin embargo, año y medio; encontré a los amigos del enfermo;
averigüé que nada se sabía de su paradero, pero que vivía. Y al cabo de
dieciocho meses, una tarde que me disponía a salir y ya tenía enganchado el
coche para la visita diaria, entró como un huracán un fornido mozo, de traje
gris, de hongo avellana, de oscura barba, de rostro atezado, que me estrujó con
ímpetu entre los brazos musculosos y recios.
-¡Soy yo! -repetía con voz sonora y alegre-. ¡Norberto!
¿No me conoce usted? No me extraña; debo de estar algo variado... ¿Qué le
parezco? ¡Cuánto se ha reído usted de mí! Y lo peor es que ha hecho muy bien,
muy bien. Si no es por usted, no encuentro la flor de la salud. ¿La ve usted?
Aquí la traigo.
Abrió un estuche de cuero de Rusia y vi brillar sobre
raso blanco un alfiler de corbata de un solo rubí, cercado de brillantes, en
forma de corazón, que me entregó entre empujones amistosos y carcajadas.
-La he buscado primero a orillas del mar. Todos los
días registraba las peñas. Al principio me cansaba tanto, que me daban síncopes
largos en que pensé quedarme. Pero me sostenía la ilusión de descubrir la flor.
El aire del mar y el perseverante ejercicio me prestaron alguna fuerza. Ya no me
arrastraba: andaba despacio. Registré bien la costa, peñón por peñón: la flor no
la vi. Entonces me interné en un valle muy rústico y retirado. Me pasaba todo el
día agachadito, busca que te buscarás. Vivía entre aldeanos. Comía pan moreno y
bebía leche. A cada paso me encontraba mejor... ¡Usted adivina lo demás! De allí
subí a las montañas nevadas y fieras, que en otro tiempo me parecían
horribles... Trepé a los picachos, recorría los desfiladeros, evité los aludes,
cacé, tuve frío, dormí a dos mil metros sobre el nivel del mar... Y un día,
embriagado por el ambiente purísimo, sintiendo carnes de acero bajo mil piel de
bronce, recuerdo que caí de rodillas en una meseta, y creí ver entre el musgo
nuevo, húmedo y escarchado por el deshielo, la roja flor.
-¡Pues ahora que se ha cogido la flor -advertí al
mozo-, a cuidarla! ¡Que no se seque!
Norberto volvió la cara... Al anochecer del día
siguiente le vi por casualidad, de lejos; acompañaba a una mujer, y me pareció
que se escurría entre callejuelas, para no tropezarme. Entonces -me había dejado
sus señas- le escribí este lacónico billetito:
«El santo doctor*** no repite los milagros.» |
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La flor seca
El conde del Acerolo no había dado mala vida a su
esposa; hasta podía preciarse de marido cortés, afable y correcto. Verificando
un examen de conciencia, en el gabinete de la difunta, en ocasión de hacerse
cargo de sus papeles y joyas, el conde sólo encontraba motivos para alabarse a
sí propio: ninguno para que la condesa se hubiese ido de este mundo minada por
una enfermedad de languidez. En efecto; el matrimonio -según el criterio
sensatísimo del conde- no era ni por asomos una novela romántica, con extremos,
arrebatos y desates de pasión. ¡Ah, eso sí que no podía serlo el matrimonio! Y
el conde no recordaba haber faltado jamás a estos principios de seriedad y
cordura. Se le acusaría de otra cosa; nunca de poner en verso la vida conyugal.
La respetaba demasiado para eso. No hay que confundir los devaneos y los amoríos
con la santa coyunda. Y no los confundía el conde.
Abiertos el secrétaire y los armarios de triple luna,
su contenido aparecía patente, revelando todos los hábitos de una señora
elegante y delicada. La ropa blanca, con nieve de encajes sutiles; las ligeras
cajas de los sombreros; las sombrillas de historiado puño; el calzado primoroso,
que denuncia la brevedad del estrecho pie; las mantillas y los volantes de
puntos rancios y viejos, en sus saquillos de raso con pintado blasón; los
abanicos inestimables en sus acolchadas cajas; los guantes largos de blanda
Suecia, que aún conservan como moldeada la redondez del brazo y la exquisita
forma de la mano..., iban saliendo de los estantes, para que el viudo, de una
ojeada sola, resolviese allá en su fuero interno lo que convenía regalar a la
fiel doncella, lo que debía encajonarse y remitirse al Banco, por si andando el
tiempo..., y lo que, a título de recurso cariñoso, debía ofrecer a las amigas de
la muerta, entre las cuales había algunas muy guapas... ¡Ya lo creo que sí!
Esparcíase por el ambiente un perfume vago y suave,
formado de olores distintos: el iris de la ropa interior, el sándalo y la raíz
de violeta de algún abanico, el alcanfor disipado de las pieles, el heliotropo
de las mantillas que tocaron al cabello, y la madera de cedro de los cajones.
Cuando el conde hizo girar la tapa del secrétaire y empezó a registrarlo, la
fragancia fue más viva: el saquillo del papel timbrado y el cuero de Rusia de
los estuches del guardajoyas se unieron a los imperceptibles efluvios que ya
saturaban el aire, comunicándoles algo de vivo y embriagador, como si del
profanado secrétaire fuese a salir un interesante drama.
Metódicamente, el conde escudriñaba los diminutos
cajoncitos, y con instintiva curiosidad se apoderaba de las cartas y las
repasaba aprisa. Eran de esos billetes -en papel grueso de caprichosa forma,
trazados con letra inglesa de prolongado rasgo rectilíneo- que se cruzan entre
damas, y que no contienen nada íntimo ni serio. La chimenea estaba encendida, y
sobre la pirámide de inflamados troncos fue el conde dejando caer aquellos
desabridos papeles. Cuando ya no quedó en el secrétaire ningún manuscrito,
sintióse alegre el conde -alegre sin causa- y procedió al expurgo de otros
cajones en que se contenía mil monadas revueltas con joyas y dijes.
Al llegar al cajoncito central, tiró con más cuidado y
lo sacó del todo; porque no ignoraba que el secrétaire -magnífico mueble
hereditario- tenía lo que se llama un secreto: un hueco entre el cajón y las
columnas de cincelado bronce que lo encerraban, hueco en que nuestros candorosos
y felices abuelos solían encerrar rollos de onzas.
El escondrijo solo contenía una bolsita de raso, y
dentro, un diminuto envoltorio de papel de seda, algo oscuro y gastado, como si
hubiese permanecido mucho tiempo en la bolsa. Esta, a su vez, mostraba señales
evidentes de haber estado en contacto con una epidermis, pues la más limpia
siempre empaña la superficie del raso. El conde deshizo el envoltorio, y vio
adherido al último doblez un ancho pensamiento, prensado y conservado
perfectamente. Sobre las hojas amarillas de la flor había escrita, en letra
microscópica y desconocida, una detallada fecha: año, mes, día y hora. Era
bastante reciente la fecha, y anterior a la época en que la condesa empezó a
decaer, hasta postrarse herida de muerte.
El primer efecto que el hallazgo produjo en el conde
fue un estupor sólo comparable al de cierto personaje de El barbero, cuando
sorprende a don Alonso y Rosina en coloquio harto animado. La inofensiva
florecilla le pareció la cabeza de Medusa. Sus pétalos de crespón adquirieron
desmesuradas proporciones, y a modo de negras alas de gigantesco pajarraco,
palpitaron y le envolvieron, aturdiéndole. ¿Qué demonios era aquel pensamiento
de Lucifer? ¿Qué conmemoraba? ¿Qué sentido debía atribuirse a la minuciosa
inscripción? Eso: ¿qué sentido? En lo del sentido hizo hincapié el conde...
Su despecho, su indignación fueron tales, que pisoteó
la flor maldita, reduciéndola a polvo. Y casi al punto mismo se acordó de que
era preciso no olvidar la fecha, si algo había de rastrear de aquella grande,
imprevista y espantosa infamia... Cogió papel y pluma y apuntó la fecha
cuidadosamente antes que se le borrase de la memoria. Después, bufando y con
ganas de romper algo, dio un puntapié al secrétaire y desparramó los estuches de
collares y brazaletes. Ciego y desatentado, registró a empellones el mueble
entero, con esperanzas de encontrar algo más que le iluminase: volcó cajones,
destripó cajas, y convencido ya de que el secrétaire nada acusador contenía,
lanzóse a los armarios y empezó a echar al suelo ropas y prendas de vestir, que
cayeron en revuelto montón: a abrir los saquillos, a revolverlo y remirarlo
todo..., sin que ni el más leve indicio, la más insignificante menudencia
sospechosa, viniese a descifrar la oscura, pero elocuentísima revelación del
saquito.
«¡Cuán preferible sería -pensaba el viudo- encontrar
uno de esos mazos de correspondencia, atados con la indispensable cinta, que no
dejan lugar a la duda, que narran la historia del atentado y descubren el nombre
del cómplice! Una flor seca, una fecha en sus hojas..., ¿qué expresan, qué
quieren decir? ¿Son una ñoñería idílica, el tímido primer paso, o sirven de
insolente emblema al último baldón que cabe arrojar sobre un marido? ¿Quién
había dado a la condesa el pensamiento? ¿Qué mano criminal trazó la fecha? El
conde repasó nombres, recontó personas... ¡Bah! ¡Se trata a tanta gente; son
tantos los primos, amigos del esposo, hermanos de amigas, conocidos de sociedad,
parejas del rigodón, en quienes podrían recaer las sospechas de maldad tan
inicua como robar en la sombra el honor y la calma al conde del Acerolo!
¡Si él pudiese concretar la fecha y partir de ese dato
para saber cómo empleó su esposa el día fatal; adónde fue; quién la acompañó;
quién vino a casa con ella!
El conde oprimió el botoncito de la campanilla y dio
tres sacudidas. Entró la doncella de la difunta dama.
-Conteste usted claro y pronto. ¿Qué hizo su señora de
usted tal día..., tal mes..., tal año?...
La chica le miró atónita.
-¿Señor conde?... El señor conde quiere que yo le
diga... Pero ¡El señor bien comprende que es imposible acordarse! ¡Sobre que se
le olvida a una lo que una misma hizo ayer, señor conde!
Obcecado y todo como se hallaba, el viudo conoció la
razón, y dejó libre a la admirada y escamada sirviente. Casi al punto, una
inspiración súbita le movió a sacudir el botoncito dos veces seguidas:
-Manuel tiene un memorión..., ¡un memorión ya
fastidioso de puro exacto! Quizá recuerde... ¡A ver!
A la pregunta sacramental: «¿Qué hizo la señora tal
día..., tal mes..., tal año?...», contestó, en efecto, el ayuda de cámara, algún
tanto risueño, y con tono meloso, sin separar del suelo la vista:
-Lo que hizo la señora, no lo sé...; pero ése es un día
en que tengo muy presente lo que hizo vuestra excelencia... Porque justamente...
vamos...
-A ver..., ¿qué? ¿Qué justamente es ése? ¿Qué
hice yo ese día?
-¿Quiere el señor que lo diga?
-¿Hablo chino? Contesta a escape.
-La víspera pasó vuestra excelencia la noche fuera...,
¡una casualidad!, porque el señor no solía pasar fuera muchas... Le llevó el
coche..., ya sabe vuestra excelencia..., al barrio... Y para que la señora no
maliciase nada vine yo a contarle que el señor estaba en la Venta de la Rubia
corriendo liebres, y que hasta muy tarde no volvería... Volvió su excelencia
pasada la hora de comer; pero la señora se había retirado ya.
No chistó el conde, y el criado hizo mutis
discretamente. |
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La cruz roja
En pintoresco caminito de aldea, no lejos de la costa,
hay un sitio que siempre tuvo el privilegio de fijar mi atención y de sugerirme
ideas románticas. Aquel nogal secular, inmenso, de tronco fulminado por el rayo;
aquel crucero de piedra, revestido de musgo, de gradas rotas, casi cubiertas por
ortigas y zarzas; y, por último, en especial, aquel caserón vetusto de ventanas
desquiciadas y sin vidrios, que el viento zapateaba, y que tenía sobre la
puerta, ya revestida de telarañas, fatídica señal: una cruz trazada en rojo
color, parecida a una marca sangrienta...
¿Quién habría plantado el nogal, erigido el crucero y
habitado la casa? ¿Quién estamparía en su fachada la huella de sangre? ¿Qué
drama oscuro y misterioso se desarrolló entre aquellas cuatro paredes, o a la
sombra de aquel nogal maldito, o al pie del signo de nuestra redención? ¿Por qué
nadie vivía ya en el siniestro edificio, y cómo su actual dueño la dejaba
pudrirse y desmoronarse, si no era que el recuerdo de la desconocida tragedia le
erizaba el cabello, impulsándole a huir de tan funestos lugares?
Solíamos pasar ante la casa muy de prisa, a caballo, de
vuelta de alguna excursión, y nunca se veía por allí alma viviente a quien
preguntar. En las aldeas vecinas tampoco dí con persona que supiese nada
positivo de la roja cruz. Solo conseguí respuestas reticentes, movimientos de
cabeza significativos, indicaciones vagas: la casa llevaba su estigma; a la casa
no convenía acercarse. ¿Por qué? Sobre esto, chitón. Estaba deshabitada desde
hacía veinticinco años lo menos; nadie supo decirme el nombre ni la condición de
sus últimos moradores. Ni siquiera averigüé quién la poseía en la actualidad.
Llegué a creer que todo lo concerniente a la ruinosa casa estaba envuelto en
densas tinieblas.
Esto mismo me determinó a indagar por distintos medios.
Cierto día, provistos de una escalera de mano, a la casa nos dirigimos. El
cielo, cómplice de nuestra imaginación, aparecía cargado de nubarrones densos y
plomizos, amagando borrasca.
Al llegar al pie del crucero, sulfúrea exhalación
alumbró con luz azulada el horizonte, y un trueno lejano hizo empinar a los
caballos las orejas. Echamos pie a tierra, dispuestos a realizar nuestro
propósito, que no ofrecía dificultad alguna; tratábase de entrar en el caserío,
no por la puerta, sino por la ventana de arrancados goznes.
Saltamos dentro de una sala grande, que comunicaba con
una alcoba, donde aún se veía esparcida la hoja de maíz del jergón. De un clavo
colgaban hábitos eclesiásticos: una sotana raída y unos apolillados manteos. Nos
estremecimos: sus fúnebres pliegues remedaban sobre la pared la silueta de un
cura ahorcado. No sin cierta aprensión recorrimos la casa, y también con algún
peligro, pues las tablas carcomidas del piso temblaban, y recelábamos que alguna
viga o algún pedazo de roto techo, al desprenderse, nos aplastase. Era, sin
embargo, el edificio de recia construcción, y aún podía resistir años. No estaba
la vivienda desmantelada del todo: quedaban muebles en muchas habitaciones; en
la cocina aún se veían las cenizas del último fuego. Registramos intrépidamente,
sin que nos arredrase ni el mal estado del edificio ni los avechuchos que salían
de los rincones, despavoridos y asquerosos. Esperábamos a cada momento hallar en
el piso inveteradas manchas de sangre, o descubrir un esqueleto en las arcas que
abríamos. Curioseamos hasta la artesa del pan. Ni rastro de crimen; mas no por
eso apagó sus fuegos nuestra imaginación. ¿Acaso todos los crímenes dejan
rastro?
Íbamos de un aposento a otro, ceñudos, sombríos,
preocupados y con caras de jueces. No nos comunicábamos impresiones: cada cual
quería ser el primero a olfatear el drama. Salimos de allí cuando no nos quedó
nada por ver, y emprendimos la vuelta al pazo, reconcentrados y silenciosos,
rumiando la historia que se había forjado cada uno. Las cuatro novelas partían
de un mismo dato evidente, auténtico: quien vivía en la casa maldita era un
cura.
A la hora de la cena, cuando las patatas cocidas con su
piel humeaban en los platos de peltre, y el fresco mosto del país teñía de
líquido granate el vaso de antigua talla, las lenguas se desataron, y por turno
formulamos nuestras hipótesis.
-El cura -afirmó sentenciosamente el cazador viejo-
estaba podrido de dinero. ¿No han visto tanta arca y tantísimo cofre? Todo para
encerrar los ochavos. Prestaba a rédito y chupaba la sangre a los infelices. Una
noche se metieron seis enmascarados en la casa: eran los deudores más
comprometidos, que ya los iba a ejecutar la justicia y a dejarlos sin cama ni
techo. El cura tenía una criada vieja y sorda... ¿Que cómo lo sé? Porque la
maldita ni sintió ladrar al perro ni entrar a los ladrones, y ellos tuvieron que
forzar la puerta del cuarto en que dormía... ¿No han visto la cerradura
violentada? Bueno; pues los ladrones, así que se hallaron dentro, después de
atar a la sorda, van, ¿y qué hacen? Me agarran al cura y me lo llevan a la
cocina, y me lo descalzan, y me lo aplican los pies a la lumbre... El hombre
canta y suelta los cuartos. Los ladrones le acercan más a la brasa. «Dinos dónde
tienes las obligas, o te asamos como a San Lorenzo.» Y así que aciertan con las
obligas, las traen a brazados, y sin cuidarse de escoger las suyas, las echan al
fuego y arden las deudas de toda la comarca... ¿No se acuerdan que en el hogar
había ceniza muy negra, así como de papeles quemados?... Antes de la madrugada
se larga la gavilla, dejando al cura moribundo, y al salir pintan en la puerta
la cruz roja, como el que dice: «No vinimos a robar, sino a castigar a un
usurero infame.»
-¡Ah! -exclamó el cazador joven-. Todo eso no lleva
traza. Lo que ahí pasó fue que el cura tenía una sobrina muy bonita y moza, que
vivía con él. ¿No repararon, en el cuarto de la cerradura rota, en unas sayas de
mujer y unos zapatos bien hechos, pequeños, llenos de polvo, en un rincón? Pues
el cura se chifló por la sobrina, y empezó a darle vueltas a la idea..., y
andaba como loco: ni dormía ni comía. Sucedió que la rapaza se echó novio, y
trataba de casarse, y el tío, cuando lo supo, daba con la cabeza por las
paredes. Vino una noche en que el demonio le tentó más fuerte que otras..., y en
puntillas se fue al cuarto de la rapaza; pero como estaba cerrado con llave,
tuvo que forzar la cerradura... ¡Y mientras tanto, ella saltó por la ventana y
escapó para casa del novio, y el novio, para avergonzar al cura y amenazarle,
pintó en la puerta la cruz colorada!
Había oído las dos versiones el coronel retirado, y la
sonrisa medio burlona y medio desdeñosa no se apartaba de sus labios, fija entre
el erizado y canoso bigote.
-Señores, yo lo veo de otro modo..., y mi explicación
es tan clara y tan sencilla, y se justifica tan bien con ciertos detalles
existentes en la casa, que no sé cómo no se les ha ocurrido a ustedes. El cura,
cuando andaban mal las cosas políticas, se señaló por su ideas carlistas, como
uno de tantos, y eso le valió persecuciones y molestias de todo género. Él era
hombre de armas tomar; habrán ustedes observado que en varios muebles se
conservan tacos, restos de cajas donde hubo pólvora, perdigones y balines. Un
día le salieron al camino para apalearle, pero él les zorregó un tiro y dejó
malherido al que cogió más cerca. Comprendió entonces que le iban a echar a
presidio; llegó a casa, tomó dinero, colgó los hábitos de aquel clavo y pasó a
Portugal, y por Badajoz se unió en Extremadura a las facciones. Al salir, él
mismo pintó la cruz roja, como quien dice: «Guerra en nombre de Dios.»
Era llegado mi turno de arriesgar la hipótesis propia,
o de aceptar alguna de las ajenas. No me correspondía quedarme atrás en
imaginación, y he aquí lo que me inspiró este numen:
-Ustedes han visto en la casa mil detalles que, en su
opinión, revelan al usurero, al enamorado energúmeno y al trabucaire... Yo me he
fijado, especialmente, en otros que descubren al sacerdote estudioso, al místico
solitario y enfrascado en meditaciones que acaban por trastornarle el seso.
Tanto libro apolillado, en montones que devoran las ratas; tanta estampa devota
colgada de las paredes, delatan las preocupaciones favoritas del infeliz que
allí vivió. No le creo un sabio: para mí, su cerebro era pobre, y la lectura, en
vez de iluminarlo, lo poblaba de fantasmas, que bien pronto adquirieron cuerpo y
se convirtieron en horribles dudas y en extravagancias heréticas. Tal vez en su
perturbado meollo renacieran las viejísimas doctrinas antitrinitarias de Sabelio;
tal vez negó la consustancialidad del Verbo, como Arrio, o la humanidad de
Cristo, como Nestorio; o la absorbió en la divina, como Eutiquio; o soñó, cual
los maniqueos, que el diablo comparte con Dios el dominio del Universo; o
desconoció las virtudes de la gracia, como Pelagio; o cayó en los éxtasis y las
flagelaciones de los montanistas... Imprudente y fanatizado, no supo callar, y
entre los demás clérigos cundió la noticia de que sostenía proposiciones
condenables, anticanónicas, dignas de tremendo castigo. Y corrió la voz, y fue
aislado en su guarida, y los aldeanos le huyeron persignándose. Cada vez se secó
más su cerebro; en vano su leal criada le escondió los libros fatales con
propósito de quemarlos; él forzó la puerta del cuarto y los sacó y se engolfó en
ellos y en sus cavilaciones y austeridades, hasta que, acabado de perder el
juicio, negóse a comer por penitencia, y expiró diciendo que veía los cielos de
par en par y los ángeles sobre nubecillas de oro, con palmas, coronas y muchos
violines... El rayo hirió el árbol que daba sombra a la casa; y el pueblo, no
conociendo que el hereje era un pobre mentecato, trazó en su puerta, en señal de
reprobación y sentencia de infierno, la sangrienta cruz.
No necesito decir que todos cuatro sostuvimos nuestra
respectiva versión con lujo de argumentos y pruebas. Cuando más nos habíamos
enzarzado en la disputa, ladraron los perros, bajó el gañán a abrir la
portalada, y entró el notario de Cebre, dispuesto a terciar en la partida de
tresillo con que engañábamos las noches. Enterado del asunto que discutíamos,
soltó una carcajada zafiota, se pegó un cachete en el testuz y exclamó, sin
cesar de reír:
-¡Alabada la Virgen, lo que discurren! Pero ¡santos de
Dios, si nunca en tal casa hubo ni sombra de cura!
-Pues ¿y los hábitos? ¿Y los libros? ¿Y...?
-Miren, esa casa... ¿Por qué no me preguntaron? ¡Se
ahorraban el viaje y la visita a las ratas y a los ciempiés! Esa casa fue de una
buena familia, un matrimonio y una cuñada o hermana que vivía con ellos. Cuando
el cólera..., ¿no saben?, ¡que lo hubo terrible!, les murió en el pueblo un tío
cura, dejándolos por herederos. Al marido le tentó la codicia, y fue a recoger
la herencia. La trajo en ocho o nueve arcas y baúles; pero también trajo el
cólera. La gente ya lo olfateaba; nadie se acercó a la casa, y le pusieron esa
señal de almazarrón, como quien dice: «Escapar de aquí.» Y en la casa y sin
auxilio perecieron los tres con diferencia de horas. La cuñada se encerró en su
cuarto para morir en paz y no oír los lamentos de la hermana... Hubo que romper
la cerradura para sacar el cuerpo y enterrarlo. Esos manteos y esa sotana que
ustedes vieron, a la cuenta eran de la herencia también, y los colgarían en el
primer momento para que no se apolillasen... De bastante les sirvió.
Quedamos callados y confusos los novelistas. Yo pensaba
en las tres víctimas, expirando solas en una casa abandonada que aisló el miedo,
y deducía que, bien mirado, lo real es tan patético como la ficción. Al mismo
tiempo compadecía a los jueces que, registrando el teatro de un crimen, buscan
la huella del reo, y a los historiadores que interpretan documentos caducos.
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Linda
Después de una larga carrera literaria de trabajo y
lucha, Argimiro Rosa no había conseguido, ya no digamos la gloria, ni siquiera
asegurar el cotidiano sustento. La extrañeza de su nombre y apellido, que juntos
parecían formar caprichoso seudónimo, le fue útil al principio, en esos años
juveniles en que brotan reputaciones efímeras, pronto derrocadas, si no
descansan en merecimientos positivos. Las primeras poesías y artículos inocentes
de Argimiro Rosa se leyeron con cierto interés, y quedó en la memoria de muchos
el eco de tan raro nombre. «¡Argimiro Rosa! -decían vagamente-. ¡Argimiro Rosa!
Sí, sí, ya caigo... Aguarde usted... En el Semanario..., en el Museo
de las familias... En fin, no sé. Debe de ser de aquellos románticos
melenudos.»
Verdaderamente, aunque Argimiro llevó largo tiempo
trova negra, reluciente y bien atusada, y solo la suprimió al advertir que se
gastaba un sentido en remudar cuellos de gabanes, no se le podía afiliar a la
escuela romántica genuina. Desde que los editores de obras por entregas hicieron
presa en él y le impusieron su estética propia, Argimiro fluctuó entre un
seudorromanticismo ojeroso y espeluznante y un seudorrealismo de presidio y
taberna. Amarrado al duro banco de la producción forzada y del género de
pacotilla, Argimiro imitó por turno y según lo requería el caso a Fernández y
González, a Ortega y Frías, a Ayguals de Izco, a Pérez Escrich, en suma, a los
maestros del género; y hasta llegó a competir con ellos, disputándoles asuntos
efectivistas y melodramáticos encontrados por editores ingeniosos. Cierta
popularidad oscura, que le valieron obras como Los canallas de guante blanco,
Emperador, Fraile y verdugo, La Sombra del parricidio y Los hígados de un
prestamista, pudo en ocasiones hacerle creer que, si hubiese dispuesto de
libertad, dejaría escrito algo más selecto que salvase del olvido su nombre.
Pero hacía bastantes años que Argimiro no acariciaba ese luminoso ensueño, hijo
de la aurora. Aspiraba únicamente a ganar con sus engendros lo necesario, el
duro pan de cada día a fin de no ser gravoso a nadie.
Porque conviene decir que Argimiro guardaba en su alma
nociones de innata honradez y de ese nobilísimo orgullo que impulsa a trabajar
por la independencia; además, tenía la cautela, la parsimonia, la callada
modestia en el vivir que caracterizan a las personas delicadas, en quienes es
una segunda Naturaleza la probidad. En este sentido, nadie menos bohemio que
Argimiro Rosa, porque si conoció a fondo el arte de someterse a una privación
oculta, ignoró siempre el de rehuirla pidiendo prestado un duro. Bien podía
Argimiro no ser ningún geniazo de esos que señalan su paso por el mundo con
huella esplendente; pero tampoco era, de fijo, de los que confunden el genio con
las trampas.
Hasta cabía sostener la paradoja de que era rico
Argimiro porque él no gastaba un céntimo más de sus ganancias y aun economizaba
piquillos, que tenía de reserva «para el entierro», solía decir con humorismo
apacible. Repugnábale, en efecto, la idea de esos sepelios de caridad a que
parecen sentenciados los escritores, y consideraba una profanación de la muerte
el sentimentalismo de ultratumba. Quería irse de este mundo como había vivido en
él: sin importunar, sin abusar, sin avergonzarse.
Con este criterio, ya se deja entender que Argimiro
había renunciado deliberadamente a los intranquilos goces de la familia.
Sostener esposa y niños no cabía en los posibles del buen novelista, y ni las
horrendas fechorías de la alta aristocracia, ni las inauditas guapezas de los
chulos, referidas en interminables entregas, daban para tanto. Se resignó
Argimiro a no tener más sucesión que los aventureros de frac y los rufianes de
marsellés que creaba a docenas, a brochazos y en menos que canta un pollo, y
formó su hogar en una casa de huéspedes, eligiendo patrona de buena entraña,
manida y apacible, capaz de servir una tacita de caldo con cierta cordialidad
afectuosa; y allí, en el reducido cuartucho, sobre angosta mesa, instaló el
molino al vapor de las cuartillas. Solo Dios sabe cuántos raptos, desafíos,
asaltos a conventos, intoxicaciones, puñaladas y desafueros de toda clase
salieron de aquel modesto asilo, entre la cama de hierro, desvencijada ya, y una
cómoda privada de tiradores. Mientras Argimiro deliberaba sobre si convenía
emparedar al duque o sería mejor acuchillarle por la espalda, la perrita de
aguas, Linda, única compañera de la soledad de Argimiro, dormitaba hecha una
rosca, probando que los irracionales son más dichosos que el rey de la creación.
No porque se hubiese condenado a celibato voluntario
carecía Argimiro de sensibilidad. Al contrario: su alma tierna rebosaba cariño,
y se asfixiaba con no poder desahogarlo. Si Argimiro hubiese sido perfecto -ya
se sabe que no puede jactarse de serlo ningún hombre-, no carga con la perrita;
al cabo, Linda era un lujo, una superfluidad del corazón, un capricho
sentimental, y nadie ignora que el más pequeño, el más humilde de estos
caprichos entraña peligros sin cuento. ¡Imprudente Argimiro! ¿De qué te ha
servido vedarte lo más dulce, abstenerte de lo más apetecible y natural, no
tener esposa que te aguarde en la puerta, hijos que se te agarren a las
rodillas? Para ti, el ser viviente que te da la bienvenida con alegres ladridos,
que te mordisca y te baba las manos y se tiende en el suelo de puro gozo cuando
te ve, que comparte tu lecho y al que guardas siempre el azúcar del café y las
golosinas del postre..., te va a costar tan caro como podría costarte ese gran
derroche de alma y bolsillo, ese gran poema en prosa que se llama el matrimonio.
¿Qué te valió atrincherarte? Dejaste un portillo, y por él entró la muerte.
A fuerza de velar y de poner la imaginación en tortura
para discurrir nuevos desatinos; a fuerza de vida sedentaria y de comidas
insulsas, de esas cuyo secreto poseen las pupileras, Argimiro había contraído un
padecimiento del estómago que amenazaba arruinar para siempre su salud. El
médico, consultado seriamente, opinó que el enfermo necesitaba alimentación
escogida y sana, algo muy variado, nutritivo y apetitoso, que a la vez
combatiese la atonía y la anemia. De no ser así, auguraba pésimos resultados.
Sabia era la prescripción, pero mala de seguir para Argimiro, que pagaba catorce
reales de pupilaje y jamás había puesto tacha ni reparo a las negras albóndigas,
a la seca lonja de vaca, a las flatulentas judías y a la deslavazada sopa de
fideos, si bien le infundían repugnancia indecible.
Quiso la casualidad que el médico, paisano y amigo
constante de Argimiro, hablase del asunto con el opulento negociante don Martín
Casallena, también paisano y amigo de médico y del escritor. Casallena era un
rico de clara inteligencia y sentimientos generosos; adivinó que el enfermo no
podía aplicar el método del doctor, y se apresuró a enviar a Argimiro una
cartita, convidándole a comer aquella misma noche. El obsequio, aceptado, fue
encantador, la señora del banquero prodigó a Argimiro las más corteses
atenciones; reinó gratísima confianza en la mesa, y el escritor quedó invitado
con empeño para todos los miércoles. Al miércoles siguiente, se extendió el
convite también a los sábados, y más adelante, con habilidad piadosa, se le rogó
que viniese todos los días, excepto los pocos en que la familia Casallena salía
convidada a su vez.
Sorprendente fue el efecto de la reparadora comida en
Argimiro. Cesaron los desvanecimientos que nublaban su vista, los dolores agudos
y las desconsoladoras molestias diarias; el trabajo se hizo relativamente fácil,
el bienestar del estómago contento irradió a todo el organismo. El novelista
parecía otro; así se lo decían en la casa de huéspedes y se lo repetían en el
café.
Una nube tenía, sin embargo, la reciente dicha de
Argimiro. Su conciencia no estaba tranquila: mientras él disfrutaba de tan
espléndida hospitalidad y tan opíparos banquetes, la pobre Linda, olvidada y
sola, se aburría esperándole, y le acogía con bostezos llorones de hembra
nerviosa que no se acostumbra al abandono en que la dejan y se desquita en malos
humores y en gimoteos. En la mente de Argimiro nació el propósito de introducir
a Linda en la buena sociedad que él frecuentaba. A fuerza de sacar
conversaciones, de encarecer su apego a Linda, y las gracias y monerías de
Linda, y de insistir en lo acostumbrada que estaba la perrilla a no separarse de
su amo, logró que un día exclamase don Martín Casallena:
-Vamos, mañana se trae usted la Linda. Ya tenemos
curiosidad de conocer a ese avechucho tan simpático.
-Aunque la señora de Casallena había torcido el gesto a
esta espontaneidad de su consorte, Argimiro no quiso oír más, y Linda hizo su
entrada solemne en los salones del banquero. Es de advertir que la señora de
Casallena adoraba sus magníficos muebles, y no podía resistir que le estropeasen
o manchasen las cortinas de crujidora seda y las tupidas y muelles alfombras. Al
principio, Linda se condujo muy diplomáticamente en este terreno: correcta y
distinguida, cogió las galletitas con la punta del hocico, las devoró en
silencio y se hizo una rosca al pie de la chimenea, sobre el guardafuego, sin
molestar a nadie. Por desgracia, así que empezó a tomar confianza y a dominar la
situación, el animalito fue permitiéndose libertades, al pronto retozonas e
inofensivas, después tan descomedidas, inconvenientes y enormes, que una noche
yendo la señorita de Casallena a recoger del musiquero la sonata en fa para
estudiarla al piano exhaló un chillido ratonil y huyó despavorida a su cuarto, a
lavarse las manos con triple extracto de colonia...
Por lo cual, el señor de Casallena llamó aparte al
escritor, y con suma política y bastantes rodeos, hubo de manifestarle que la
presencia de Linda era incompatible con la tranquilidad de su hogar y el aseo de
su mobiliario, y que le rogaba no la volviese a traer adonde producía tales
disturbios. Y Argimiro, pálido, demudado y tartamudo de enojo, respondió al
banquero que insultar y expulsar a Linda valía tanto como insultarle y
expulsarle a él; a lo cual replicó Casallena, a su vez amoscado, que ciertamente
merecería la expulsión el dueño si cometiese los mismos desmanes que la perra.
Inclinóse Argimiro con altivo gesto; hizo un saludo tieso y forzado, y abandonó
la estancia llevando en brazos a Linda. Ni al día siguiente ni nunca volvió a
comer..., ¿qué es comer?, ni a cruzar la puerta de su antiguo y opulento
anfitrión. Explicaciones, recados, mensajes por el médico..., todo se estrelló
contra la dignidad herida de la perrita de aguas.
A los dos años, Argimiro Rosa falleció de un cáncer en
el estómago, y como en la enfermedad se habían consumido sus economías, por fin
le enterraron a expensas de algunos amigos. Casallena, que fue de los que dieron
más, recogió a Linda y la mantuvo hasta que murió de vejez. |
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Rosquilla de monja...
Las quintas de don Florencio Abrojo y don Eladio
Paterno tenían una tapia común, de suerte que cuanto se hacía y decía en alguno
de los dos jardines había de oírse por fuerza en el otro. Mientras don
Florencio, solterón y solitario impenitente, entregado a su única manía, regaba,
podaba o acodaba arbustos raros, las niñas de Paterno, que eran siete, y casi
todas lindas, alegres y bulliciosas, correteaban como loquillas. Sus argentinas
carcajadas, sus chillidos de júbilo, sus pasajeras grescas por un fruto o una
flor, iban, cruzando el muro, a perturbar la calma y el silencio en que se
complacía el fatigado y desengañado Abrojo.
La índole de la molesta algazara fue modificándose
según crecían en años las señoritas de Paterno. Primero, juegos propiamente
infantiles, escondites entre los rosales y las magnolias, paseos en carreta y
pedradas a los árboles: después, chácharas interminables con amiguitas que
venían de Marineda, partidas de crocket, mucho columpio, todo acompañado de
meriendas de almíbar y pan: luego se agregó al elemento femenino el masculino,
los señoritos animados y obsequiosos, y don Florencio pudo escuchar, con
irritación creciente, las bromas intencionadas, los piropos rendidos, el tiroteo
de frases agridulces entre ellas y ellos. A este período de escaramuzas siguió
aquel en que, habiéndose echado novio dos o tres de las muchachas, las parejitas
se sentaban en bancos de piedra, bajo los árboles que sombreaban la tapia misma,
y sus voces llegaban como un arrullo a los dominios del señor de Abrojo.
El cual, precisamente, aspiraba a no ser molestado por
ningún eco de las vanidades y ansias ociosas a que la humanidad se entrega.
Misántropo, azotado por la vida como una barca por las olas, se había recogido a
aquel huerto, buscando la paz y concretando sus deseos a intereses pequeñísimos,
a aspiraciones que no causan goce ni dolor, a la floración de un jacinto, al
crecimiento de una orquídea extraña. Sorda cólera le hervía dentro al entreoír
las divinas tonterías del palique de los enamorados, y dos o tres veces estuvo a
punto de lanzarles la regadera a la cabeza. Lo peor fue que circunstancias
fortuitas le obligaron a entrar, mal de su grado, en relación con la familia
Paterno, y que, a los pocos días de tratarse los vecinos, una de las niñas,
María Consolación, se atrevió a deslizarse en el jardín de don Florencio y a
pedirle clavelones para lucirlos en una corrida de toros. Solo siendo muy
desatento se podía rehuir el compromiso; gruñendo interiormente, don Florencio
dejó saquear los arrietes: María reunió un haz magnífico, embriagador, y
después, con la sonrisa en los labios, lo curioseó todo en la finca, preguntando
el nombre de cada planta desconocida y admirando las que conocía ya. Pensaba el
señor de Abrojo ocultarle a la chiquilla los tesoros del invernáculo; no
obstante, sin darse cuenta de por qué lo hacía, abrió de par en par la puerta
vidriera, y paseó a María por entre las flores maravillosas, llegando al extremo
de ofrecerle la más bonita, la admirable sterlicia regia. María salió afirmando
que el vecino no era un señor tan ridículo como decían, y que con ella había
estado sumamente amable. Alentadas por tal precedente, las demás hermanas
quisieron pedir claveles a su vez. Encontraron cerrado el portal; nadie contestó
a los aldabonazos, y hubieron de comprender que don Florencio resistía. Las
señoritas no apretaron el cerco, y ninguna osó molestar más al solitario.
Los años corrieron; la familia de Paterno sufrió
cambios y vicisitudes. El padre murió, tres hijas se casaron, marchándose con
sus respectivos esposos, y María Consolación, la alborotadora niña de los
claveles, sintió de pronto vocación religiosa, e ingresó en un monasterio
compostelano. La madre de María, por no sostener la quinta, la dio en arriendo a
un industrial de Marineda, que solo pasaba en el campo los domingos, y don
Florencio, cada día más retraído y huraño, notó que el jardín próximo no le
mandaba ya sino alto silencio y soñolienta modorra.
Cierto día, cuando menos se lo esperaba, recibió el
señor de Abrojo una carta de angosto sobre, escrita con letra tímida y fina,
letra femenil, y al abrirla, en la cabecera de la misiva se destacaron una cruz
y las iniciales J. M. J. (Jesús, María y José). Era Consolación, hoy sor María
del Consuelo, la que enviaba a don Florencio dos páginas difusas, ingenuas y
melifluas, donde la monjita expresaba afectuosamente un sentimiento halagüeño y
delicado; la gratitud por aquella distinción del regalo de los clavelones y el
deseo de que quien había sido para ella tan deferente pasase unas Pascuas de
Navidad felicísimas y un Año Nuevo muy dichoso, si lo permitía el Señor, a quien
rogaba siempre por don Florencio. Sí, sor María rogaba por él; sor María
solicitaba de Nuestra Señora que apartase de él toda desgracia. Lo único que sor
María lamentaba era que aquellos claveles, destinados a la profanidad, no
hubiesen sido ofrecidos a la Virgen.
Venida de la soledad y del retiro, la carta conmovió un
poco al solitario. Representóse a la graciosa criatura de revuelto pelo y
encendidas mejillas, que un tiempo le pedía claveles -hoy pálida, macerada, bajo
la austera toca, de hinojos en una iglesia desierta, apoyando la frente en la
reja negra y fría-, y como la primera vez, repentino impulso desarrugó su
corazón y le dictó un rasgo galante, un golpe de sus antiguos tiempos. Arrasó el
invernáculo, encajonó entre musgo las flores más preciosas que aún quedaban, las
camelias de nieve, los resedas de invierno, las precoces violetas, y dirigió el
cajón al convento para sor María.
La respuesta fue otra cartita más suave, más tierna,
más llena de amistosa unción y atrevimientos inocentes. Sor María no se cansaba
de alabar las flores: ¡qué cosas tan bonitas hace Nuestro Señor, y cómo serán
los jardines del cielo, cuando así adorna los de la tierra! ¡El altar estaba tan
rico con los floreros cuajados, y la comunidad admiraba tanto aquellos
primores!... Sor María, en su pobreza, no podía pagar el obsequio sino con un
escapulario; pero lo había bordado ella misma, y rogaba a su amigo que lo
llevase puesto siempre. Y el señor de Abrojo, con más viveza de lo que
consentían sus años, sacó el doble rectángulo de seda, deshizo el pulcro nudo
del cordón y pasó el escapulario al cuello. Más tarde se lo quitó; pero un gozo
pueril le hizo releer la carta.
A los quince días, la monja volvió a escribir. Don
Florencio también releyó la epístola, mas no por saborearla, sino por
cerciorarse de lo que envolvían las cuatro carillas de letrita bien prieta. En
las tres primeras solo halló candorosas efusiones: tratábase de la música, de
Santa Cecilia, del piano a que sor María era aficionada cuando vivía en el
siglo, y del armonio, que ahora estaba aprendiendo a tocar con el fin de servir
de organista. Pero ¡qué fatalidad, luchar con un armonio de alquiler, de mala
muerte, sin voces, sin sonoridad alguna! Si la comunidad no fuese tan pobre
-aquí empezaba la cuarta plana-, se resolverían a adquirir un buen armonio, y a
ella, a sor María, sin duda por inspiración de Dios, y sin que la prelada se
enterase, ¡quía!, se le había ocurrido que su predilecto amigo don Florencio, de
tan nobles sentimientos y generosa alma, no tendría quizá inconveniente en
garantizar las dos mil pesetas del armonio, que se le irían abonando a plazos,
según pudiese la pobrecilla comunidad. ¡Cuánto mayor gusto sentiría en estudiar
en aquel instrumento, debiéndolo, como lo debería, a la limosnita afectuosa del
señor de Abrojo!
Don Florencio soltó la carta, y sardónica mueca crispó
sus labios, que ocultaba el lacio bigote gris. ¡Ah! ¡La eterna perfidia de la
mujer, su silbo de culebra, que solo halaga para emponzoñar, su insinuante
dulzura, peor que los más activos venenos! No era el desengaño presente, la
tenue y espiritualísima ilusión perdida lo que inundaba como ola de hiel el alma
del viejo, sino tantos recuerdos que salían del olvido y revoloteaban azotándole
con sus polvorientas alas de murciélago, al evocar historias hondamente tristes,
de ajenos egoísmos y de propios dolores. Siempre el trueque interesado, la
caricia moral y material a cambio de algo útil; siempre la misma comedia, que
hasta desde el claustro podía representarse con éxito. ¿Con éxito? Se vería. El
solterón tomó papel y pluma y contestó a la monja, una carta larga, borrascosa,
incoherente, que al repasarla, antes de confiarla al correo, le hizo soltar, a
solas, estruendosa carcajada, mientras malignamente se restregaba las manos.
-Pero ¿no me decía usted que don Florencio es un señor
ya anciano y formal, muy formal? -preguntó la abadesa a sor María, después de
repasar la carta que ésta presentaba ruborosa y con los ojos bajos.
-Madre, sí que lo es; pero a mí me parece se ha vuelto
loco, o que chochea antes de tiempo.
-¡Válgame Dios! Pues, hija, ¿sabe usted lo que yo creo?
Que ni es loco ni chocho, sino un tacaño de mucha habilidad. Y este papelucho se
quema ahora mismo -añadió, severamente la prelada, que, ejecutado el auto de fe,
dijo a sor María, viéndola arrodillarse-: No se altere usted, hija, no se
angustie... Claro que ya no vuelve usted nunca a escribir a ese... caballero, ni
a acordarse de que existe.
Así puntualmente sucedió. El señor de Abrojo no supo
más de la monjita, y siguió vegetando entre sus flores, que nada piden ni hacen
soñar nada. |
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Geórgicas
Fue por el tiempo de las majas, mientras la rubia
espiga, tendida en las eras, cruje blandamente, amortiguando el golpe del mallo,
cuando empezó la discordia entre los del tío Ambrosio Lebriña y los del tío Juan
Raposo.
Sucedió que todo el julio había sido aquel año un
condenado mes de agua, y que sólo a primeros de agosto despejó el cielo y se
metió calor, el calor seco y vivo que ayuda a la faena. «Hay que majar, que ya
andan las canículas por el aire», decían los labriegos; y el tío Raposo pidió al
tío Lebriña que le ayudase en la labor. Este ruego envolvía implícitamente el
compromiso de que, a su vez, Raposo ayudaría a Lebriña, según se acostumbra
entre aldeanos.
No obstante, llegado el momento de la maja de Lebriña,
el socarrón de Raposo escurrió el bulto, pretextando enfermedades de sus hijos,
ocupaciones; en plata, disculpas de mal pagador. Lebriña, indignado de la
jugarreta, tuvo con Raposo unas palabras más altas que otras en el atrio de la
iglesia, el domingo, a la salida de misa. Por la tarde, en la romería, Andrés,
el mayor de Lebriña, después de beber unos tragos, se encontró con Chinto, el
mayor de Raposo, y requiriendo la moca o porra claveteada, mirándose de solayo,
como si fuesen a santiguarse...; pero no hubo más entonces.
Vivían las familias de Lebriña y Raposo pared por
medio, en dos casas gemelas, que el señor había mandado edificar de nuevo para
dos lugarcitos muy redondos. Al recogerse aquel domingo, mientras los hombres,
gruñones y enfurruñados, mascullaban la ira, las mujeres, sacando a la puerta
los tallos o asientos hechos de un tronco, se disponían a pasar las primeras
horas de la noche al fresco. En vez de armar tertulia con las vecinas, cada
bando afectó situarse lo más lejos que permitía la estrechez de los corrales. La
tía Raposo y su hija Joliana, que tenían fama de mordaces y satíricas, tomaron
sus panderetas e improvisaron una triada muy injuriosa; en sustancia, venía a
decir que, en casa de Lebriña, los hombres eran hembras y las mujeres machos
bigotudos. Es de advertir que los Lebriñas debían su apodo, convertido en
apellido ya, a cierta mansedumbre tradicional en los varones de la familia, y
también conviene saber que Aura Lebriña, moza soltera de unos veinticinco años
de edad, lucía sobre sus gruesos y encendidos labios un pronunciado bozo oscuro.
Aura no sabía improvisar como las Raposos; pero, ni tarda ni perezosa, recogió
el guante, y en prosa vil les soltó una carretera de desvergüenzas gordas,
mezcladas con maldiciones a los hombres, gallinas cluecas, que no tenían alma
para cosa ninguna. Al oír la pauliña de Aura, el tío Ambrosio asomó la nariz, y
empujando a su hija por los hombros, la hizo retirar, mientras los de Raposo la
perseguían con pullas irónicas.
Pocos días después, yendo Chinto Raposo armado de
gavilo, a cortar tojo en el monte, vio a Aura Lebriña que lindaba su vaca en una
heredad de maíz. Aunque tostada del sol, como la heroína de los cantares, y
aunque de boca sombreada y recias formas, la moza no era despreciable, y al mozo
se le ocurrió burlarla, más tentado por el fino gusto de pisotear a los Lebriñas
que por los atractivos de la pastora. Y avínole mal, porque en el país
galiciano, la mujer, hecha a trabajos tan rudos como el hombre, le iguala en
fuerza física, y a veces le supera, y en el juego de la lucha no es raro el caso
de que salgan vencedoras las mujeres. Sin más armas que sus puños, Aura sujetó a
Chinto y le dio una paliza con el mango de la guadaña, mientras la vaca,
pendiente el bocado de hierba entre los belfos, fijaba en el grupo sus ojazos
pensativos. Molido y humillado, Chinto Raposo se vengó cobardemente; aprovechó
un descuido de Aura, y metiéndole de pronto la mano en la boca y apartando con
violencia los dedos pulgar e índice, rasgó las comisuras de los labios. La
sorpresa y el dolor paralizaron un instante a la amazona, y Chinto pudo huir.
Todo el día lloriqueó la muchacha desesperadamente,
porque el eterno femenino salta también de entre los terrones, y la infeliz
temía quedar desfigurada. Las malditas comadres de las Raposos, desde su puerta,
se mofaban de Aura sin compasión, apodándola Boca Rota, y Aura, en sorda voz,
murmuraba que, si se había concluido ya la casta de los hombres, saldrían a
plaza las mujeres, y se vería lo que eran capaces de hacer.
Andrés Lebriña, muy descolorido, oía a su hermana y
callaba como un muerto. Estos silencios cerrados son de mal agüero en las
personas pacíficas. Sin embargo, pasó una semana, las heridas de Aura empezaron
a cicatrizarse, y los Raposos, más insolentes que nunca, se reían en público de
toda la casta de Lebriña. El día de la feria, Chinto Raposo cargó un carro de
repollos y bajó a la ciudad a venderlo. Regresaba, anochecido ya, algo chispón,
con el carro vacío, y al sepultarse en uno de esos caminos hondos y angostos,
limitados por los surcos de la llanta, recibió a traición un golpe en el duro
cráneo y luego otro, que le derribó aturdido como un buey. En medio de su
desvanecimiento sintió confusamente que algo muy pesado y duro le oprimía el
pecho: eran unos zuecos de álamo, con tachuelas, bailando el pateado sobre su
esternón.
Cuando suceden estas cosas en la aldea, en verdad os
digo que rara vez pasa el asunto a los tribunales. El labriego, por una
parcelilla de terreno, por un tronco de pino, por un puñado de castañas se
apresurará en acudir a la justicia: la propiedad entiende el que ha de
defenderse por las vías legales; pero la seguridad personal es cuenta de cada
quisque: contra palos, palos, y a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga.
En la aldea, el que más y el que menos tiene sobre su alma una buena ración de
leña administrada al prójimo y nadie quiere habérselas con escribanos
procuradores y jueces, negras aves fatídicas, que traen la miseria entre su
corvo pico.
Antes que Chinto Raposo pudiese levantarse de la cama,
donde permanecía arrojando en abundancia bocanadas de sangre, sus dos hermanos
menores, Román y Duardos, le había jurado la vendetta. Andrés Lebriña,
por su parte, trataba de esconderse; pero el labriego ha de salir sin remedio a
su trabajo, y la fatalidad quiso que le llamasen a jornal en la carretera en
construcción, adonde también acudían los Raposos. Estos velaron a su enemigo,
como el cazador a la perdiz, y aprovechándose de una disputa que se alzó entre
los jornaleros, arrojaron a Andrés sobre un montón de piedra sin partir, y con
otra piedra le machacaron la sien. Se formó causa, pero faltó prueba testifical:
nadie sabe nada, nadie ha visto nada en tales casos. El señor abad de la
parroquia de Tameige rezó unos responsos sobre el muerto y hubo una cruz más en
el campo santo: negra, torcida, con letras blancas.
El golpe aplanó completamente a los Lebriñas. Ellos
eran gente apocada, resignada, y solo a fuerza de indignación y ultrajes había
salido de sus casillas Andrés. También los Raposos, astutos en medio de su
barbarie, creyeron que, después de suprimir a un hombre, les convenía estarse
callados y quietos, por lo cual cesaron completamente las provocaciones e
invectivas de las mujeres desde la puerta.
Sin embargo, había alguien que no olvidaba al que se
pudría bajo la cruz negra del cementerio: Aura, la hermana, la que se había
llevado toda la virilidad de la familia. Vestida de luto, en pie en el umbral de
su casucha, ronca a fuerza de llorar, lanzaba a la casa de los Raposos ardientes
miradas de reto y maldición. Y sucedió que al verano siguiente, cuando la
cosecha recogida ya prometía abundancia, una noche, sin saber por qué, prendióse
fuego el pajar de Raposo y a la vez aparecieron ardiendo el cobertizo, el hórreo
y la vivienda. Los Raposos, aunque dormían como marmotas, al descubrirse el
fuego pudieron salvar, sufriendo graves quemaduras, solo a uno de los hijos. A
Román, el que pasaba por autor material de la muerte de Andrés Lebriña, se le
encontró carbonizado sin que nadie comprendiese cómo un mozo tan ágil no supo
librarse del incendio.
Aquí tienen ustedes lo que aconteció en la feligresía
de San Martín de Tameige por no querer los Raposos ayudar a los Lebriñas en la
faena de la maja. |
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El voto
Sebastián Becerro dejó su aldea a la edad de diecisiete
años, y embarcó con rumbo a Buenos Aires, provisto, mediante varias oncejas
ahorradas por su tío el cura, de un recio paraguas, un fuerte chaquetón, el
pasaje, el pasaporte y el certificado falso de hallarse libre de quintas, que,
con arreglo a tarifa, le facilitaron donde suelen facilitarse tales documentos.
Ya en la travesía, le salieron a Sebastián amigos y
valedores. Llegado a la capital de la República Argentina, diríase que un
misterioso talismán -acaso la higa de azabache que traía al cuello desde niño-
se encargaba de removerle obstáculos. Admitido en poderosa casa de comercio,
subió desde la plaza más ínfima a la más alta, siendo primero el hombre de
confianza; luego, el socio; por último, el amo. El rápido encumbramiento se
explicaría -aunque no se justificase- por las condiciones de hormiga de nuestro
Becerro, hombre capaz de extraer un billete de Banco de un guardacantón. Tan
vigorosa adquisividad -unida a una probidad de autómata y a una laboriosidad más
propia de máquinas que de seres humanos -daría por sí sola la clave de la
estupenda suerte de Becerro, si no supiésemos que toda planta muere si no
encuentra atmósfera propicia. Las circunstancias ayudaron a Becerro, y él ayudó
a las circunstancias.
Desde el primer día vivió sujeto a la monástica
abstinencia del que concentra su energía en un fin esencial. Joven y robusto, ni
volvió la cabeza para oír la melodía de las sirenas posadas en el escollo. Lenta
y dura comprensión atrofió al parecer sus sentidos y sentimientos. No tuvo
sueños ni ilusiones; en cambio, tenía una esperanza.
¿Quién no la adivina? Como todos los de su raza,
Sebastián quería volver a su nativo terruño, fincar en él y deberle el descanso
de sus huesos. A los veintidós años de emigración, de terco trabajo, de
regularidad maniática, de vida de topo en la topinera, el que había salido de su
aldea pobre, mozo, rubio como las barbas del maíz y fresco lo mismo que la
planta del berro en el regato, volvía opulento, cuarentón, con la testa
entrecana y el rostro marchito.
Fue la travesía -como al emigrar- plácida y hermosa, y
al murmullo de las olas del Atlántico, Sebastián, libre por vez primera de la
diaria esclavitud del trabajo, sintió que se despertaban en él extraños anhelos,
aspiraciones nuevas, vivas, en que reclamaba su parte alícuota la imaginación. Y
a la vez, viéndose rico, no viejo, dueño de sí, caminando hacia la tierra, dio
en una cavilación rara, que le fatigaba mucho; y fue que se empeñó en que la
Providencia, el poder sobrenatural que rige el mundo, y que hasta entonces tanto
había protegido a Sebastián Becerro, estaba cansado de protegerle, y le iba a
zorregar disciplinazo firme, con las de alambre: que el barco embarrancaría a la
vista del puerto, o que él, Sebastián, se ahogaría al pie del muelle, o que
cogería un tabardillo pintado, o una pulmonía doble.
De estas aprensiones suele padecer quien se acerca a la
dicha esperada largo tiempo. Y con superstición análoga a la que obligó al
tirano de Samos a echar al mar la rica esmeralda de su anillo, Sebastián,
deseoso de ofrecer expiatorio holocausto, ideó ser la víctima, y reprimiendo
antojos que le asaltaran al fresco aletear de la brisa marina y al murmullo
musical del oleaje, si había de prometer al Destino construir una capilla, un
asilo, un manicomio, hizo otro voto más original, de superior abnegación:
casarse sin remedio con la soltera más fea de su lugar. Solemnizado
interiormente el voto, Sebastián recobró la paz del alma, y acabó su viaje sin
tropiezo.
Cuando llegó a la aldea, poníase el sol entre celajes
de oro; la campiña estaba muda, solitaria e impregnada de suavísima tristeza,
todo lo cual es parte a sacar chispas de poesía de la corteza de un alcornoque,
y no sé si pudo sacar alguna del alma de Sebastián. Lo cierto es que en el
recodo del verde sendero encontró una fuente donde mil veces había bebido siendo
rapaz, y junto a la fuente, una moza como unas flores, alta, blanca, rubia,
risueña; que el caminante le pidió agua, y la moza, aplicando el jarro al caño
de la fuente y sosteniéndolo después, con bíblica gracia, sobre el brazo desnudo
y redondo, lo inclinó hasta la boca de Sebastián, encendiéndole el pecho con un
sorbo de agua fría, una sonrisa deliciosa y una frase pronunciada con humildad y
cariño: «Beba, señor, y que le sirva de salú.»
Siguió su camino el indiano, y a pocos pasos se le
escapó un suspiro, tal vez el primero que no le arrancaba el cansancio físico;
pero al llegar al pueblo recordó la promesa, y se propuso buscar sin dilación a
su feróstica prometida y casarse con ella, así fuese el coco.
Y, en efecto, al día siguiente, domingo, fue a misa
mayor y pasó revista de jetas, que las había muy negruzcas y muy dificultosas,
tardando poco en divisar, bajo la orla abigarrada de un pañuelo amarillo, la
carátula japonesa más horrible, los ojos más bizcos, la nariz más roma, la boca
más bestial, la tez más curtida y la pelambrera más cerril que vieron los
siglos; todo acompañado de unas manos y pies como paletas de lavar y una gentil
corcova.
Sebastián no dudó ni un instante que la monstruosa
aldeana fuese soltera, solterísima, y no digo solterona, porque la suma fealdad,
como la suma belleza, no permite el cálculo de edades. Cuando le dijeron que el
espantojo estaba a merecer, no se sorprendió poco ni mucho, y vio en el caso lo
contrario que Policrates en el hallazgo de su esmeralda al abrir el vientre de
un pez; vio el perdón del Destino, pero... con sanción penal: con la fea de
veras, la fea expiatoria. «Esta fea -pensó- se ha fabricado para mí
expresamente, y si no cargo con ella, habré de arruinarme o morir.»
Lo malo es que a la salida de misa había visto también
el indiano a la niña de la fuente, y no hay que decir si con su ropa dominguera
y su cara de pascua, y por la fuerza del contraste, le pareció bonita, dulce,
encantadora, máxime cuando, bajando los ojos y con mimoso dengue, la moza le
preguntó «si hoy no quería agüiña bien fresca». ¡Vaya si la quería! Pero el
hado, o los hados -que así se invocan en singular como en plural- le obligaban a
beber veneno, y Sebastián, hecho un héroe, entre el asombro de la aldea y las
bascas del propio espanto, se informó de la feona, pidió a la feona, encargó las
galas para la feona y avisó al cura y preparó la ceremonia de los feos
desposorios.
Acaeció que la víspera del día señalado, estando
Sebastián a la puerta de su casa, que proyectaba transformar en suntuoso
palacete, vio a la niña de la fuente, que pasaba descalza y con la herrada en la
cabeza. La llamó, sin que él mismo supiese para qué, y como la moza entrase al
corral, de repente el indiano, al contemplarla tan linda e indefensa -pues la
mujer que lleva una herrada no puede oponerse a demasías-, le tomó una mano y la
besó, como haría algún galán del teatro antiguo. Rióse la niña, turbóse el
indiano, ayudóla a posar la herrada, hubo palique, preguntas, exclamaciones,
vino la noche y salió la luna, sin que se interrumpiese el coloquio, y a
Sebastián le pareció que, en su espíritu, no era la luna, sino el sol de
mediodía, lo que irradiaba en oleadas de luz ardorosa y fulgente...
-Señor cura -dijo pocas horas después al párroco-, yo
no puedo casarme con aquélla, porque esta noche soñé que era un dragón y que me
comía. Puede creerme que lo soñé.
-No me admiro de eso -respondió el párroco,
reposadamente-. Ella dragón no será, pero se le asemeja mucho.
-El caso es que tengo hecho voto. ¿A usted qué le
parece? Si le regalo la mitad de mi caudal a esa fiera, ¿quedaré libre?
-Aunque no le regale usted sino la cuarta parte o la
quinta... ¡Con dos reales que le dé para sal!...
Sin duda, el cura no era tan supersticioso como
Becerro, pues el indiano, a pesar de la interpretación latísima del párroco,
antes de casarse con la bonita, hizo donación de la mitad de sus bienes a la
fea, que salió ganando: no tardó en encontrar marido muy apuesto y joven. Lo
cual parece menos inverosímil que el desprendimiento de Sebastián. Verdad que
este era fruto del miedo... |
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Los huevos arrefalfados
¡Qué compasión de señora Martina, la del tío Pedro el
carretero! Si alguien se permitiese el desmán de alzar la ropa que cubría sus
honestas carnes, vería en ellas un conclave, un sacro colegio, con cardenales de
todos los matices, desde el rojo iracundo de la cresta del pavo, hasta el morado
oscuro de la madura berenjena. A ser el pellejo de las mujeres como la badana y
la cabritilla, que cuanto mejor tundidas y zurradas más suaves y flexibles, no
habría duquesa que pudiese apostárselas con la señora Martina en finura de
cutis. Por desgracia, no está bien demostrado que la receta de la zurra
aprovecha a la piel ni siquiera al carácter femenil, y la esposa del carretero,
en vez de ablandarse a fuerza de palizas, iba volviéndose más áspera, hasta
darse al diablo renegando de la injusticia de la suerte. ¿Ella qué delito había
cometido para recibir lección de solfeo diaria? ¿Qué motivo de queja podía
alegar aquel bruto para administrar cada veinticuatro horas ración de leña a su
mitad?
Martina criaba los chiquillos, los atendía, los
zagaleaba; Martina daba de comer al ganado; Martina remendaba y zurcía la ropa;
Martina hacía el caldo, lavaba en el río, cortaba el tojo, hilaba el cerro, era
una esclava, una negra de Angola..., y con todo eso, ni un solo día del año le
faltaba en aquella casa a San Benito de Palermo su vela encendida. En balde se
devanaba los sesos la sin ventura para arbitrar modo de que no la santiguase a
lampreazos su consorte. Procuraba no incurrir en el menor descuido; era activa,
solícita, afectuosa, incansable, la mujer más cabal de toda la aldea. No
obstante, Pedro había de encontrar siempre arbitrio para el vapuleo.
Solía Martina desahogar las cuitas y penas domésticas
con su compadre el tabernero Roque, hombre viudo, de tan benigno carácter como
agrio y desapacible era el de Pedro. Oía Roque con interés y piedad la relación
de la desdichada esposa, y se desvivía en prodigarle sanos consejos y palabras
de simpatía y compasión.
«Aquel Pedro no tenía perdón de Dios en tratar así a la
comadre Martina, que después de haber echado al mundo cinco rapagones, era la
mejor moza de toda la aldea y hasta, si a mano viene, de Lugo. Y luego, tan
trabajadora, limpia como el oro, mansita como el agua. ¡Ah, si él hubiera tenido
la fortuna de encontrar mujer así, y no su difunta, que gastaba un geniazo como
un perro!» Martina entonces rogaba al compadre que intentase convertir a su
marido, que le hablase al corazón, y el tabernero prometía hacerlo con mucha
eficacia y alegando mil razones persuasivas.
-Pero, compadre, escuche y perdone -interrogaba la
pobre apaleada-. ¿Qué quejas da de mí mi marido?
-Como quejas, nada; fantasías, antojos, rarezas... Que
el caldo estaba salado, y a él le gusta con poca sal... Que el pan estaba medio
crudo... Que le faltaba un botón al chaleque...
-Yo me enmendaré, compadre... A fe que de hoy en
adelante no ha de notar falta ninguna.
Y, en efecto, redablando el cuidado y el cariño,
Martina se descuajaba por quitar pretexto a las atrocidades de su hombre.
La casa marchaba como trompo en uña: la comida era
gustosa, dentro de su pobreza; los suelos estaban barridos como el oro, y ni con
poleas y cabrias se podían arrancar los botones del chaleque del tío Pedro. Así
y todo, éste encontraba ingeniosos recursos en que fundan la consuetudinaria
solfa. Por poco que duerma la buena voluntad, anda más despierta la mala, que
nunca pega ojo.
Sin embargo, como también las costillas doloridas y
brumadas infunden sutileza, Martina, a fuerza de paciente estudio, de hábil
observación, de minuciosa solicitud y de eficaz memoria, llegó a amoldarse a los
menores caprichos, a las más ridículas exigencias de su cónyuge, bailándole el
agua de tal manera, que el tío Pedro no acertaba ya a buscar pretexto para
enfadarse. Mas no era hombre de reparar en tan poco, y he aquí lo que discurrió
para no dar reposo a la estaca.
Consistía, generalmente, la cena de los esposos en una
taza de caldo guardado de mediodía y unos huevos fresquitos, postura de las
gallinas del corral. Deseosa de complacer al amo y señor, Martina se esmeraba en
variar el aderezo en estos huevos, presentándolos unas veces fritos, escalfados
otras, ya pasados, ya en tortilla. Pero el tío Pedro empezó a cansarse de tales
guisos y a pedir, con sus buenos modos de costumbre, que se los variasen; y una
noche que gruñó y renegó más de la cuenta, su mujer se atrevió a decirle, con
gran dulzura:
-Hombre, ¿qué guiso te apetece para los huevos?
La respuesta fue una terrible guantada, mientras una
voz cavernosa decía:
-¡Los quiero arrefalfados! ¡Arrefalfados!
Con el dolor y el susto, Martina no se atrevió a
preguntar qué clase de aderezo era aquel; pero a la noche siguiente preparó los
huevos por un estilo que le había enseñado una vecina, ex cocinera de un rico
hacendado lugués.
El plato trascendía a gloria cuando entró el carretero
muy mal engestado y se sentó sin contestar a su mujer, que le daba las buenas
noches. Con mano trémula depositó Martina sobre el artesón que servía de mesa el
apetitoso guiso... Y su marido, ¡siniestro presagio!, callado, fosco, sin soltar
la aguijada con que picaba a los bueyes de su carreta. Al divisar el guiso, una
risa diabólica contrajo su rostro; apretó la vara, y levantándose terrible,
exclamó:
-¡Condenación del infierno! ¿No te tengo dicho que los
quiero arrefalfados?
A estas frases acompañó un recio varazo en las espaldas
de Martina, seguido de otro que se quedó un poco más cerca del suelo; y tal fue
la impresión, que la infeliz hubo de exclamar, con voz de agonía:
-¡Váleme, San Pedro! ¡Váleme, San Pablo!
Algún efecto produjo en el carretero la invocación,
porque conviene saber que en la parroquia se profesaba devoción ferviente a las
imágenes de estos grandes Apóstoles, dos efigies muy antiguas que adornaban la
iglesia desde tiempo inmemorial. Pero poco duró el respeto religioso, pues el
marido, volviendo a enarbolar la vara, alcanzó a su mujer de un varazo en la
cintura, tan recio y cruel, que Martina hubo de echar a correr, exclamando:
-¡Ay, ay, ay, ay! Socorro, vecinos... Que me mata este
hombre.
Disparada como un venablo atravesó la aldea, hasta
refugiarse en la taberna del compadre Roque, a quien encontró disponiéndose a
trancar la puerta, porque a semejante hora de la noche no contaba ya con
parroquianos. Causóle gran sorpresa la llegada repentina de la comadre, y
viéndola tan sobresaltada y fatigosa, se apresuró a brindarle «una pinga, que no
hay otra cosa como ella para espantar los disgustos». Bebió Martina, y ya más
confortada, refirió, entre hipo y sollozos, la tragedia conyugal.
-Mire, ahora sí que estoy convencida de que aquel
infame no tiene temor de Dios, ni caridad, ni vergüenza en la cara, y tira a
acabar conmigo, a echarme a la sepultura... Que me reprendiese y me pegase
tundas cuando notaba faltas, andando... Pero amañárselo todo a voluntad, matarme
a hacerle bien la comida y los menesteres, y ahora inventar eso de los huevos
arrefalfados, que un rayo me parta si sé lo que son Compadre, por el alma de
quien tiene en el otro mundo, me diga cómo se ponen esos huevos.
-Nunca tal guiso oí mentar, comadre -respondió el
tabernero, ofreciendo a la desconsolada otra pinga-. Es una bribonada de ese mal
hombre, porque no encuentra chatas que poner y quiere arrearle. A fe de Roque
que ha de llevar su merecido. Comadre, déjeme a mí. Usted calle y haga lo que yo
le diga. Y ahora no piense en volver allá hasta mañana por la mañana...
-¡Asús bendito!
-Lo dicho, no vuelva... Quédese aquí, que mal no le ha
de pasar ninguno -profirió el tabernero, mirándola con encandilados ojos-. Cena
para los dos la hay, y más un vino de gloria, y castañas nuevas. Que no lo sepa
en la parroquia ni el aire... En amaneciendo se va a su casita. Guíese por mí;
descanse en el compadre Roque. Que me muera, si dentro de dos o tres días no ha
de estar aquel brutón más amoroso que la manteca. Ya me dará las gracias.
-¿Y si pregunta?
-Ya cavilaremos lo que se ha de contestar... Usted
sosiegue, que yo tomo el negocio de mi cuenta.
Tan cansada, dolorida, asustada y hambrienta estaba
Martina, que se dejó convencer, y saboreó el mosto y las tempranas castañas.
Antes de ser de día, envuelta en el mantelo, llamaba con temor a la puerta de su
casuca. El corazón le pegaba brincos, y creía sentir ya en los hombros el calor
de la vara, o en los carrillos los cinco mandamientos del indignado esposo.
¡Cosa rara, y explicable, sin embargo, por ciertas corrientes psicológicas a que
obedecen las oscilaciones del barómetro conyugal! El tío Pedro la recibió con
una cordialidad gruñona, que en él podría llamarse amabilidad y galantería.
-Mujer o trasno, ¿de dónde vienes? Como vuelvas a
marcharte así, ya verás... ¿Onde dormiste?
-En el monte.
-¿En el monte, condenada?
-Por cierto, junto al puente, donde está la tejera de
Manuel.
-El diaño que te coma, y allí, ¿qué cama tenías?
-Las espinas de los tojos, mal hombre; pero Dios
consuela a los infelices y castiga a los sayones judíos como tú; ya te llegará
la tuya, verdugo.
-Demasiado hablas -refunfuñó el carretero, queriendo
desplegar gran aparato de enojo, pero subyugado indudablemente por el tono y el
acento de su mujer-. ¿Quién te ha dado ese gallo que traes?
-Quien puede.
-Como yo sepa que andas en chismes con las vecinas y
aconsejándote de brujas..., te he de brear.
-No fue bruja ninguna, ladrón; no fue sino Dios del
cielo, que ya se cansa de aguantar tus perradas...
-Mismamente Dios te vino a ti con el recadito.
-Dios, no; pero San Pedro y San Pablo, sí; que los vi
tan claros como te estoy viendo, y con la mar de angelitos alrededor, y unas
caras muy respetuosas, y unas barbas que metían devoción; y me dijeron que ya te
ajustarán ellos las cuentas por estarme crucificando.
-A callar y a tu obligación, lenguatera.
Atónita Martina de ver que su tirano no pasaba a vías
de hecho, obedeció y se ocupó en labores domésticas, mientras el carretero, algo
cabizbajo y mohíno, preparaba su carro para acarrear leña a Lugo.
El mismo camino tomó el tabernero Roque, y apenas
llegado a la ciudad, se dio a buscar a un su amigote, barbero por más señas, con
quien celebró misterioso conciliábulo; y entre tajada de bacalao y copa de
aguardiente, trazaron la broma que habían de ejecutar aquella misma noche. Para
el objeto se procuraron una sábana blanca, una manta colorada, dos barbas
postizas, dos pelucones de cerro y una linterna. La hora del anochecer sería
cuando el tabernero y barbero se apostaron cerca del puente por donde el
carretero tenía que pasar a la vuelta con el carro vacío. Ya se habían
disfrazado los dos cómplices, riendo a carcajadas y auxiliados por Martina, que
ajustó al uno las barbas blancas y el manto rojo de San Pablo, y al otro, la
sábana y el pelucón del primer pontífice. Y cuando ambos apóstoles, empuñando
sendos garrotes, o, mejor dicho, claveteadas mocas, se ocultaron a corta
distancia del puente, Martina tuvo un escrúpulo, y les dijo, con suplicante voz:
-No me manquéis a mi hombre, que al fin él es quien
gana el pan de los rapaces. Escarmentailo un poco, para que sepa cómo duele.
Al paso tardo de los bueyes, que mugían de nostalgia
conforme se acercaban al establo, adelantaba el tío Pedro por el caminito
estrecho y escabroso que limitaba de una parte el monte y el río Miño de otra.
Apuraba al ganado, porque, sin explicarse la razón, aquel día deseaba verse en
su hogar despachando su cena, y la noche se había entrado muy pronto, como que
corría entonces el solsticio de invierno. El carretero aguijaba a la yunta con
la misma vara que le había servido para medir el costillaje de su esposa el día
anterior. La luna, asomando por entre negros nubarrones, alumbraba medrosamente
el paisaje, el agua triste del río, el monte próximo, los árboles decalvados por
la estación invernal. Un estremecimiento de pavor heló el espíritu del carretero
al acercarse al puente y ver blanquear las tapias de la tejera en la falda de la
colina. De repente, el carro se detuvo, y al resplandor lunar, dos figuras
tremendas, saliendo de la sombra que proyectaba el arco del puente, se plantaron
en mitad del camino. Eran los mismos apóstoles del retablo de la iglesia: San
Pablo, con sus barbazas hasta la cintura y su manto colorado; San Pedro,
rechoncho y calvo, con su cerquillo de rizo y su blanca túnica sacerdotal. Solo
que, en vez de espada y las llaves, los apóstoles enarbolaban cada tranca que
ponía miedo, y a compás las dejaban caer sobre los lomos del cruel esposo,
gritando para animarse más al castigo:
-¡Pega tú, San Pedro!
-¡Pega tú, San Pablo!
-¡Estos son los huevos...!
-¡Arrefalfadooos!
***
El carretero se arrastró hasta su casa gimiendo, sin
cuidarse de carro ni de bueyes. Llevaba las costillas medio hundidas, la cabeza
partida por dos sitios, la cara monstruosa. Quince días pasó en la cama sin
poderse menear. Hoy anda como si tal cosa, porque los labriegos tienen piel de
sapo; y lo único en que se le conoce que no pierde la memoria de la zurra es en
que, cuando Martina le presenta cariñosamente el par de huevos de la cena,
preguntándole si «están a gusto», él contesta, aprisa y muy meloso:
-Bien están, mujeriña; de cualquier modo están bien. |
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El baile del Querubín
Mi infancia ha sido de las más divertidas y alegres.
Vivían mis padres en Compostela, y residían en el caserón de nuestros mayores,
edificio vetusto y ya destartalado, aunque no ruinoso, amueblado con trastos
antiguos y solemnes, cortinas de damasco carmesí, sillones de dorada talla,
biombos de chinos y ahumados lienzos de santos mártires o retratos de
ascendientes con bordadas chupas y amarillentos pelucones. Próxima a nuestra
morada -si bien con fachada y portal a otra calle- hallábase la de la hermana de
papá, a la cual también favoreciera el Cielo otorgándole descendencia numerosa
-nueve éramos nosotros, cinco hermanos y cuatro hermanas-. Con docena y media de
compañeritos y socios, ¿qué chiquillo conoce el aburrimiento?
No inventa el mismo enemigo del género humano las
diabluras que sabíamos idear, cuando nos juntábamos los domingos y días de
asueto en alguna de las dos casas. No dejábamos títere con cabeza; y comoquiera
que entonces no se estilaba aún lo de sacar a los chicos al campo, para que
esparzan el hervor de la sangre rusticándose y fortaleciéndose, nosotros, con la
vivienda por cárcel, nos desquitábamos recorriéndola en todos sentidos, de alto
a bajo y de parte a parte, a carreras desatinadas y con gritos dementes; rodando
las escaleras, disparándonos por los pasamanos, empujándonos por los pasillos,
columpiándonos en el alféizar de las ventanas y hasta saliendo por las
claraboyas de las buhardillas a disputar a los zapirones de la vecindad el área
habitual de sus correteos.
Ajustándose al curso de los años, fue variando la
índole de las travesuras y el carácter de nuestra birlesca. Recorrimos todas las
etapas del retozo pueril. Apenas destetados, las escobas haciendo de corceles,
las sillas atrailladas representando el tiro de la diligencia, los cazos y
sartenes elevados a la categoría de instrumentos músicos, los muñecos
despanzurrados, las pelotas pinchadas con alfileres y vacías de aire, las
panderetas sin sonajas, las aleluyas hechas picadillo -despojos de la inquietud
bullidora y ciega destructiva de la criatura entre tres y siete-. Luego, otros
juegos ya más razonados, que revelan mayor refinamiento y conciencia; los que
delatan, en el hombrecito, la tendencia a determinar profesión, y en la
mujercita la vocación amorosa, el instinto maternal y el hábito, adquirido
hereditariamente, del gobierno de casa. En este período, los chiquillos se
apartan desdeñosamente de las chiquillas, organizan revistas y desfiles, se
uniforman con quepis y apuntados de papel, ármanse con espadas de palo y fusiles
de caña, desentierran los herrumbrosos sables de miliciano y los fanfarrones
pistoletes de chispa, mientras alguno de la cohorte -un futuro obispo quizá-
revístese la casulla hecha del floreado sayo de la abuela, y declarándose
capellán del ejército, erige en un rincón su altarcillo, iluminado por mil
candelicas, puestas en afiligranados candeleros de plomo, y nos emboca la gran
misa de campaña. Las niñas, entre tanto, cortan refajos y gorros para una muñeca
declarada en período de lactancia, y que tiene cinco o seis amas secas por lo
menos: una le embadurna los carrillos de sopa, otra le compone un biberón del
almidón y agua de fregar, ésta le limpia el trasero con un retal de hule, y
aquella, todavía más aseada, la sepulta en un baño completo, de donde sale la
mísera muñeca hecha papilla. También hay chicuelas más frívolas, menos apegadas
a los santos deberes del hogar doméstico, que, en vez de cuidar de prole, se
dedican a hacerse visitas o a salir de paseo, desde la sala a la antesala, muy
peripuestas, luciendo ricas mantillas de guiñapos y abanicándose con la pantalla
o el soplador. ¡Curioso panorama infantil de la existencia futura, teatro de
inocentes marionetas, en quienes la mimesis o parodia se adelanta al
conocimiento reflexivo y a la comprobación de la vanidad universal!
A todas éstas, el tiempo no paraba su rodezno volador,
y llegábase para muchos de nosotros la edad empalagosa comprendida entre el
segundo y el tercer lustro, transición que introducía alteraciones nuevas en
nuestros pasatiempos y barrabasadas. Claro está que no todos habíamos dejado de
ser chiquillos a la vez; pero por el ascendiente que ejercen los mayores sobre
los pequeños, las aficiones del decanato predominaban en la taifa de rapaces.
Bien se colige que ningún zangolotino anda ya recortando casullas de papel de
plata, ni arranca al gallo los tornasoles del rabo para empenachar el sombrero,
ni calza al gato con nueces, ni sustrae el azúcar y las pasas, con otras
demoniuras del mismo jaez; en desquite, durante esa edad, llamada no
impropiamente del pavo, éntrales a los chicos un furor de independencia, un
delirio por fumar a escondidas y un prurito de conducirse en todo como los
hombres hechos y derechos, que los lleva, ya a extremos de incivilidad, ya a
derroches de galantería con las muchachas. Ellas, a su vez, hácense las dengosas
y las misteriosas, unas veces riendo alto, fuerte y sin motivo alguno, otras
provocando a los varones con bromas incisivas, ya confabulándose y secreteando,
ya fingiendo una dignidad precoz, dominando a los chiquillos con su temprana
intuición del trato y la perfidia social...
Entre nosotros, ni fueron muy prontas ni muy empeñadas
estas escaramuzas de sexo a sexo. Por lo mismo que nos habíamos criado juntos
desde la cuna, que los primos y primas jugaban con nosotros diariamente, no nos
producíamos ese efecto, esa perturbadora impresión, mitad moral y mitad física,
que causa en las imaginaciones frescas lo desconocido. No distinguíamos a las
primitas de las hermanas, y con unas y otras retozábamos casta y brutalmente, a
empellones, a palmadas, a carreras, sin asomo de incitativo melindre y sin
rastro de cortesía o deferencia hacia el bello sexo. La fraternidad que
preconiza el conde Tolstoi para las relaciones entre las dos medias naranjas de
la Humanidad, realizábase plenamente en nuestros dominios.
No obstante, lo repito, la forma de nuestras
distracciones ya no era la misma. Nos parecía ignominioso -particularmente a los
que rayábamos en los dieciséis y calentábamos los bancos de Universidad- que
todo se volviese escondite y corro, y no tener nuestras tertulias, nuestra pizca
de baile, al que podíamos convidar, dándonos tono, a algún amigote privilegiado.
Los días festivos, los onomásticos, los cumpleaños, servían de pretexto a la
reunión: charlábamos, proponíamos acertijos, apurábamos una letra, jugábamos a
prendas, echábamos los estrechos -aunque no fuesen primeros de año- y, sobre
todo, nos entregábamos a bailar.
¡Bailar! En los años mozos, esta palabra tiene un
sonido, un eco, un retintín especialísimo. Hay en ella prestigio singular,
recóndito aleteo de esa esperanza compañera de la juventud, cuando presentimos
la vida a modo de interesante novela y esperamos a la ventura como a algo
positivo, que infaliblemente ha de realizarse cuando menos nos percatemos.
Aparte del goce que encierra como ejercicio muscular, el chico adivina en el
baile otra cosa: la representación simbólica del futuro drama amoroso,
inseparable de la juventud.
Así es que bailábamos, si con total inocencia, con
poderosa ilusión. Ya no envidiábamos a los estudiantes que, libres del yugo
paterno, concurrían a los saraos zapateriles de los Liceos; ni a los señoritos
de levita y bomba, que en el Casino obsequiaban a las damiselas con azucarillos
y bandejas de yemas acarameladas. También nosotros éramos gente, y nuestra
recepción se la pasábamos por el hocico a cualquiera. ¡Allí sí que nos
divertíamos!
¿Qué se bailaba? Todos los bailes que Dios crió. En la
inmensa sala, económicamente alumbrada, porque aún no se había generalizado el
petróleo, a los sones de un piano que era en puridad una matraca, aporreado por
las primillas o las hermanas menores, agotábamos el menguado repertorio de la
coreografía moderna -valses, mazurcas, rigodones y galopes-, pasando después a
los bailes anticuados -lanceros, virginia, minué- y a los regionales -jota,
bolero, zapateado, ribeirana, contrapás-. Saltábamos como empujados por resortes
internos; el sudor nos arroyaba de la frente a las mejillas; las carcajadas se
mezclaban a los desacordes del piano; retemblaba el suelo; alzábase polvareda de
la alfombra; y los colgantes de arañas y candelabros acompañaban nuestro
brincoteo con suave y cristalino tlin, tlin.
Alguna que otra vez, desde el próximo gabinete,
asomaban la cabeza las personas mayores, curioseando. Los entretenía hasta lo
sumo la zambra nuestra, y el semblante un tanto severo de mi padre y la faz de
mi madre, marchita por la ruda faena materna, se iluminaban de placer viéndonos
contentos. Acaso nos encargaban cuidado con algún mueble de especial estimación.
-A ver si vais a romperme el fanal del florero de
concha, niños.
-Ese juego de café, de porcelana, retiradlo, que si
tropezáis con la consola...
-No salgáis ahora al frío; sudáis como pollos.
-Ya tenéis en el comedor el queso y el dulce de
membrillo...
Nunca oíamos advertencias más duras.
Aconteció que la tarde del día de Inocentes del año...
-no, la fecha la suprimo, que ya las arañas del otoño de la vida me hilaron
muchos hilos de plata en el cabello-; la tarde, digo, de un día de Inocentes,
bajaba yo dos a dos las escaleras de la Quintana, y por punto no me estrello
contra un clérigo que las subía una a una, pausadamente, y que me llamó aturdido
y mala cabeza. Nos detuvimos en el mismo escalón donde nos encontramos, y el
vicario de las monjas Bernardas -pues no era otro sino él- empezó a darme el
gran solo, crucificándome a preguntas. Parecíame el sitio inoportuno para la
conferencia; y si a los fatigados pulmones del respetable clérigo les convenía
un descansito en mitad de la escalinata, mis pocos años y mucha viveza estaban
pidiendo que me pusiese en cobro. No me entretenía la conversación, ni me
indemnizaba el contemplar la bella fachada gótica de la catedral, que surgía
coronando la escalinata, ni allá abajo, en la plaza, la fuente monumental, en
cuyo pilón los caballos marinos remojaban sus palmeados pies. Además, mi
interlocutor me inspiraba cierta tirria, un violento capricho de jugarle alguna
trastada. Si me dejase llevar de mis impulsos- ¡qué despiadada es la niñez!-, le
empujaría para verle aplastado como una rana contra el suelo.
El padre vicario de las monjas Bernardas, fraile
exclaustrado y excelente sujeto, según comprendí años adelante, cuando la
experiencia me hubo enseñado tolerancia, tenía el defecto de meterse hasta en
los charcos y de estar siempre arreglando las conciencias y las vidas ajenas, a
poco resquicio que encontrase. ¡Ay de la casa donde tenían la debilidad de
obsequiarle con una tacita de chocolate y un platillo de almíbar! ¡Ay de quien,
respetando su estado y edad, oía con sumisión real o aparente alguna de sus
homilías caseras! Que contase, el mejor día, con encontrar al padre vicario en
la sopera, tasando las cucharadas de sopa que debe consumir una familia
cristiana, o fijando el precio de la vara de seda que una señora, cristiana
también, puede vestir sin menoscabo de su cristiandad. La fiscalización del
padre descendía a tales pormenores, que yo, yo en persona, había oído este
diálogo entre mi madre y la cocinera:
-Pepa, ¿se puede saber por qué no trajiste la lamprea,
como te tenía mandado? ¿Es que no hay lampreas en la plaza?
-Hay lampreas, hay, sí, señora, y tenía ajustada una de
gorda como mi brazo, con perdón.
-¿Y entonces...?
-Y entonces pasaba el padre vicario, y me riñó mucho, y
me mandó comprar fanecas, porque dice que solo entre los moros se come lamprea a
la colación, y que en esta casa los señores tienen conciencia, y aquel, y temor
de Dios, y no se les debe traer lamprea en semejante día. ¡Me regateó las
fanecas él mismo..., que las sacó bien baratas!
Excuso añadir que para los muchachos ver al padre
vicario era ver al demonio. Sus consejos acerca de la severidad en la educación,
la supresión de todo recreo, el sistema celular y claustral, nos parecían
nacidos de un corazón maligno y cruel; y sus entremetimientos nos indignaban
hasta el punto de que bastase que el padre vicario dijese haches, para salir
nosotros chillando erres. Declarado esto, nadie mostrará extrañeza ni me tachará
de mentiroso, por el modo con que respondí a las preguntas del exclaustrado,
cuando me paró en la escalinata.
-Con que bailecitos, ¿eh? Ha llegado a mis oídos...,
porque todo se sabe. ¿Y mamá lo permite? ¿Y papá no pone dificultad? ¿Y cómo se
baila, hombres con hombres y mujeres con mujeres, o promiscuando? Y en la sala,
¿estáis solitos? ¿Ninguna persona formal autorizando y presenciando... el
jolgorio? ¿Campáis por vuestros respetos? ¡Así, república, república! Pero, y
mamá, ¿no dice ni esto? ¿Y qué bailáis? ¿Bailaréis de esas danzas tan bonitas,
¡tan asquerosas!, en que se pegan las chicas a los chicos como la oblea al
papel? ¡Ah! ¡Con que efectivamente! ¡Ya lo había olfateado, ya! ¡Tengo la nariz
muy larga! ¿Y por dónde os cogéis? ¿Por la cintura? ¿También las manos? ¿Las
piernas... así? ¡Jesús, Jesús y Señor! Imposible parece que tu mamá, una persona
hasta hoy prudente, religiosa, cuerda, esté tan ciega y tan... Y la verdad;
vamos, háblame aquí como si nos encontrásemos, tú en el santo tribunal de la
Penitencia, y yo con los dedos levantados para absolverte. ¡No me ocultes nada,
hijo mío, nada! Un buen movimiento... ¡Salga de aquí la verdad! ¡La verdad, que
es hija de Dios!... Vamos, nadie nos escucha; puedes espontanearte y descargar
la conciencia de un peso. En esa sala medio oscura..., en esa soledad en que os
dejan..., con esos bailes infernales y lúbricos..., ¡discurridos por el que
siempre está en acecho y no se duerme nunca!..., no ha habido..., quiero decirlo
con toda la limpieza posible..., no ha habido algún..., vamos, algún roce..., en
fin, algún contacto..., deshonesto..., indiscreto..., alguna aproximación
excesiva..., imprudente..., entre personas de distinto sexo..., algún...,
alguna... posición... que...
-Sí, señor, que hubo -exclamé fuera de mí, dando salida
a mi impaciencia y amontonando disparates por el gusto de amontonarlos-. ¡Vaya
si hubo! ¡Pues qué! ¿Somos de cartón nosotros? Ya hemos pasado de chiquillos.
Nos aprovechamos cuanto podemos, y nos damos cada panzada de sobadura que
tiembla el misterio, padre vicario. Los besos se oyen desde la calle. ¿Qué se
había figurado usted? ¡Aquello arde que es una gloria!
-¡Jesús, Jesús, María Santísima, Dios y Señor! Hijo
mío, pero ¿qué me estás contando? -gimió el fraile consternadísimo, apretándose
las sienes y dilatando los ojos de terror al ver confirmados sus recelos-. ¡Ya
me lo sospechaba yo, sí que me lo sospechaba! Pero no tanto, no tanto; creí que
el mal sería cosa de menos trascendencia. ¡Hijo, hijo, medita, reflexiona,
detente, escúchame! Pierdes tu alma y pierdes las de tus infelices compañeros;
das ocasión a un escándalo gravísimo. ¡Señor! ¡Señor! ¡Abrid los ojos a los
ciegos, a los padres, que debieran vigilar y se duermen! Atiende, Ramón: es
preciso poner remedio a ese daño... Es indispensable, es de conciencia que vayas
inmediatamente y se lo cuentes a tu mamá, diciéndole, por ejemplo, así:
«Madre..., usted no se asuste, pero tenemos que ponerla sobre aviso... En la
casa ocurre esto, esto y esto... Cesen estos bailes, apáguense estas luces,
entren aquí el recogimiento y el orden...»
-Pero ¡si estamos todos que nos chupamos los dedos!...
-contesté, divirtiéndome en ver al señor vicario enrojecerse y despedir chispas
por sus ojuelos, enterrados entre el párpado y emboscados tras la ceja tupida e
hirsuta-. ¡Si no vemos el momento de que llegue el baile!...
-Muy bien, caballerito -interrumpió él con severidad y
fiereza repentina-. Muy bien. El bobo soy yo. No es a usted a quien toca
arreglar este asunto. Y se arreglará..., ¡pues no nos faltaba otra cosa! Se
arreglará, Dios mediante. Se lo digo yo a usted que se arreglará.
Embozado en el manteo, aun cuando no hacía frío
ninguno, y con heroico esfuerzo atacó velozmente la escalinata.
Aquella noche teníamos reunión danzante, por ser día
festivo. Excuso decir que mucho antes de la hora, adelantándola en nuestra
impaciencia, nos hallábamos congregados en la sala los futuros danzarines,
divirtiéndonos, para esparcir la sangre, en hacer el remolino, ejercicio que
acompañábamos con resonantes carcajadas, no bien, a fuerza de girar, se
declaraba mareada alguna humana peonza. Estábamos en lo mejorcito, cuando por la
entreabierta puerta del gabinete se deslizó mi madre, y en su cara y actitud
comprendimos que se trataba de asunto urgente y serio.
-Ramón, ven acá -dijo encarándose conmigo y llevándome
hacia un rincón-. Mira, ya eres crecido, y puedes hacerte cargo -añadió, no tan
bajo que los demás, si prestaban oído atento, no pudiesen enterarse-. Está ahí
el vicario de las Bernardas, y nos ha puesto la cabeza como un bombo a tu padre
y a mí. Dice que sois el escándalo de la población; que nos cortan sayos las
señoras de respeto, horrorizadas de lo que en esta casa acontece; que el padre
te sacó los ochavos esta mañana y que tú confesaste cosas muy feas; que ni en el
callejón de la Apalpa sucede lo que aquí, y que ni somos cristianos ni padres,
si no ponemos correctivo... Tu padre se ha disgustado: yo también por poco
suelto el trapo a llorar.
-Pero mamá, ¡por los clavos de Cristo! -interrumpí-, ¿a
qué haces caso de las chocheces del padre? Por darle cuerda y hacerle rabiar, le
encajé hoy en la Quintana mil absurdos. Cuanto te dijo lo inventé yo, y fue pura
guasa. ¿Qué viene a contarte? ¿No presencias tú y papá, siempre que se os
antoja, nuestra reunión?
-No importa, hijo mío, no importa. Tu padre está
alarmado, yo también. Realmente eso de bailar... así..., cogidos...
-¡Pues así se baila en todas partes, mamá! -objeté con
fuego-. En las tertulias más elegantes...
-Aquí no es tertulia elegante -arguyó mamá, que,
careciendo de razones, apeló al argumento de autoridad, imponiéndose-. Y, sobre
todo, los demás... allá se arreglen con su conciencia. La mía y la de tu padre
nos mandan deciros lo siguiente: no más bailes. Esto se acabó. Jugad... al
corro..., a las esquinas...
-¡Al corro! ¡A las esquinas! -clamé indignado-. ¡Como
si tuviésemos cinco años!
-Bueno; pues si no, leed..., o armad una partida de
tresillo.
-¡Como si tuviésemos sesenta!
-¡Pues haced lo que se os antoje... menos bailar
agarrados! ¡Está dicho y... basta! Te encargo de hacer cumplir la orden...
-Salió la señora, y yo transmití el ucase maternal a la
asamblea. Tristes y alicaídos, como si nos hubiesen administrado a cada cual una
paliza, nos agrupamos alrededor del piano, amparándonos al altar del numen
protector de la danza. Nos mirábamos carilargos y silenciosos, y aunque a nadie
le inspiró Satanás la idea de desobedecer, a todos les sopló en el corazón la
protesta. Nos sentíamos no sólo privados de un juego favorito, de un goce, sino
humillados, disminuidos, reducidos nuevamente a la condición de rapaces, de
mequetrefes. ¿A quién, no siendo a un chiquillo, se le veda bailar? Una de mis
primitas, de once años, sofocada, se escondió detrás de una cortina, a hacer
pucheros. Otra, más varonil, de doce, me dijo por lo bajo:
-Déjame encontrar en la calle al padre vicario, déjame.
Le he de poner de soplón y de chismoso y de acuseta, que no haya por donde
cogerle ni con tenazas. Ya verás.
-Así permanecíamos, consternados y furiosos, cuando,
¡oh sorpresa!, en la misma puerta vimos encuadrarse la respetable persona del
autor de nuestros disgustos, a quien acompañaban los de nuestros días. Venía el
buen vicario -porque era bueno, no lo digo con retintín irónico- rebosando por
el semblante gozo y paternidad espiritual. La alegría de haber sido obedecido;
la satisfacción de haber rescatado nuestras almas le infundían un júbilo
visible, revelado en el afectuoso «Felices y santas noches, señoritos y
señoritas», que pronunció antes de entrar. Mi madre, sonriente y como reclamando
indulgencia, le daba explicaciones.
-Ahí los tiene usted... Se han quedado aturdidos los
pobres... Sienten no bailar, lo mismo que si les arrancasen las muelas.
-Vamos, vamos, ¡pobrecitos! ¡Sienten no bailar! Pero,
señora mía, ¿quién les manda no bailar? Yo no he dicho que no bailen. Todas las
cosas de este mundo pueden hacerse; depende solamente de cómo se hagan. No
pueden ni deben sus hijos de usted danzar danzas impúdicas y lascivas, a ejemplo
de la meretriz aquella, Salomé, que danzaba... ¡Ya sabemos todos con qué objeto
danzaba la gran culebrona! Pero danzas honestas, como la de David ante el
arca...
-Pues, padre -intervino mi madre no sin asomos de
impaciencia revelada en la voz-, díganos usted cuáles son esas danzas que la
moral no reprueba, porque a mí me disgusta ver a los niños aburridos y tristes,
y, cuando están satisfechos, parece que se me quita de encima un peso de diez
arrobas. A ver, ¿qué deben bailar, según usted, los chicos?
-¿Qué deben bailar, qué deben bailar? Para que vea
usted cómo me pongo en la razón, pueden bailar mil cosas bonitas... Por ejemplo:
el baile del Querubín.
-¿Del Querubín? -gritamos todos, sacándonos la
curiosidad de nuestra digna reserva-. ¿Qué baile es ese?
-¿No lo saben? ¡Ay! ¿Ve, ve cómo no saben lo mejor?
¿Cómo sólo aprenden las picardías? -y con ímpetu casi juvenil, el digno
sacerdote se adelantó al centro de la sala-. Pues ya que no saben, voy a
enseñárselo. Tú, Ramoncito, acá... -diciendo y haciendo, me condujo a una
esquina del salón, dejándome allí plantado-. Ahora tú, Conchita... -igual
maniobra con mi hermana mayor, solo que situándola en la esquina opuesta-.
Ahora... tóquenme en ese piano una tonadita... religiosa... que conmueva
mucho..., vamos, el Tantum ergo... no, ¡un villancico será más propio!... Eso...
bien... lailalaro, lailá... -y el padre, animadísimo, gorjeaba-. Bueno; ahora
tú, Ramoncito, sales así..., moviendo los brazos como si fueran alas, alzando un
pie con mucho compás..., luego otro..., mira... -y nos daba el ejemplo-. Tú,
Conchita..., cruzas las manos sobre el corazón..., bajas los ojos, muy
modesta..., haciendo una reverencia a cada paso que el Querubín dé hacia ti...
Así, Ramón... Conchita, bien... Los movimientos de alas..., ¡a compás! ¡A
compás!
Yo no sé quién estalló primero: creo que fue la
primilla que lloraba detrás de la cortina, y cambió el llanto, instantáneamente,
en una explosión de risa tan melodiosa, que parecía la caída del agua en el
tazón de una fuente de cristal. A aquella bonita risa de candor, provocada por
el espectáculo del padre vicario, arremangando la sotana y alzando «¡a compás!,
¡a compás!» el pie, siguieron otras carcajadas agudas o graves, que partían del
grupo arrimado al piano. Yo mismo, el Querubín, no supe contenerme, y solté la
risa a borbotones; y Conchita, mi pareja angelical, dando al diablo el compás y
la modestia, se agarró con ambas manos la cintura, que de tanto reír se le
partía. Y como la hilaridad es contagiosa, mi madre, que no pecaba de risueña,
acabó por sacar el pañuelo y aplicárselo a la boca y llenársele de lágrimas de
risa los ojos... Hasta observé que mi padre se volvía de espaldas y se retiraba
hacia el gabinete; y a despecho de su precaución y disimulo, yo juraría, por el
sube y baja convulsivo de sus hombros, que iba perdido, derrotado de risa...
Ahí tienen ustedes cómo nunca nos divertimos más que la
noche en que pensamos aburrirnos mortalmente.
***
¡Cuán lejos veo ya aquellas doradas horas! La vida me
tomó en sus rudos brazos y me zarandeó sin duelo, dándome, según acostumbra, a
pena por día, y algunas veces ración doble. Sintiendo allá dentro un sublime
hormigueo que llaman sed de gloria, me consagré a las letras, y emborroné
algunas páginas, que ignoro si habrán de sobrevivirme. Y en el curso de mi
carrera literaria, encontré varios críticos que, inspirándose en las tradiciones
del padre vicario, quisieron obligarme a que sólo bailase el baile del
Querubín... ¡con muchísimo compás! |
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Coleccionista
Al notar los vecinos que la puerta no se abría, como de
costumbre, que la vejezuela no bajaba a comprar la leche para su desayuno,
presintieron algo malo; enfermedad grave y repentina, muerte súbita quizá...,
¿tal vez crimen?
Llamaban de apodo a la mendiga -a quien, por cierto, se
le conocía muy bien que había tenido otra posición en otros días- la Urraca.
Era debido el sobrenombre a que la buena mujer se traía para casa toda especie
de objetos que encontraba en la calle. Como las urracas ladronas, cogía lo que
veía al alcance de sus uñas, sin más fin que ocultarlo en su nido. La Urraca
-cuyo nombre verdadero era Rosario- no hubiera tomado de un cajón un céntimo;
pertenecía a la innumerable hueste de descuideros de Madrid que juzga suyo
cuanto cae a la vía pública.
Algunas excelentes albanas recordaba y podía inscribir
en sus fastos la vieja, conseguidas al mendigar ante la portezuela de los coches
particulares. Al subirse las señoras, al bajarse, son frecuentes las pérdidas de
bolsos, saquillos, tarjeteros, abanicos, pañuelos y otras menudencias.
Rosario, «tía Rosario», como le decían las vecinas,
veía con ojos de gavilán rapiñero caer el objeto, precioso o baladí, y nunca se
dio caso de que lo restituyese. Había tocado el barro del arroyo, y para la
gente del arroyo era. Aparte de este criterio, a la Urraca se le podían fiar
miles de pesetas; cada uno entiende la probidad como la entiende.
La Urraca, vestida con un mantón de indefinible tono
térreo, tocaba la cabeza con un pañuelo negro verdoso, de algodón, salía
diariamente, en lo más crudo del invierno y en lo más achicharrante del verano,
a pedir y a merodear. Cuando los alcaldes hacían justicia de enero y apretaban
en que los pordioseros fuesen recogidos, tía Rosario no extendía la mano; se
limitaba a espigar, como siempre, las porquerías del arroyo. Pasada la racha,
reincidía. «¡... Para esta abuelica de más de setenta años!... ¡La pobre
abuelica, que está muy enferma, que tiene un mal que la mata!... ¡Un perrillo,
señora marquesa!...»
La Urraca distribuía los títulos a su modo: las señoras
gordas y cincuentonas, marquesas de fijo; las damas de pelo blanquísimo y
avanzada edad, duquesas; las buenas mozas de treinta a cuarenta, condesas. Era
cuanto sabía de heráldica.
Nadie había penetrado jamás en la vivienda de la
mendiga. Por lo mismo, la curiosidad de las vecinas era aguda, rabiosa. ¿Qué
encerraba aquel misterioso cuarto tercero interior de la calle de las Herrerías?
Y casi -al tener un pretexto para descorrer el velo del misterio- se alegraron,
sin decirlo, de lo que hubiese podido ocurrir.
Dos horas después la autoridad penetraba en el
domicilio de Rosario. Desde la misma puerta, el hedor cadavérico atosigaba.
Lejos de encontrar, como pensaron, una especie de
desván lleno de trastos en desorden, de inmundicias, hallaron tres habitaciones
de pobre mobiliario, pero muy arregladas, barridas y sin señal de polvo. La
vejezuela, en efecto, sacaba diariamente la basura a la calle envuelta en un
periódico y oculta bajo el indefinible mantón color de tierra; y lejos de
guardar, como la urraca, las cosas que absolutamente nada valían, las desechaba
al día siguiente de recogerlas, previo el más minucioso trabajo de clasificación
que se ha realizado nunca con despojos y residuos de la vida en una capital.
Centenares de cajitas de tabacos, de esas pulcras
cajitas cuya madera seca y sedosa conserva el aroma de los habanos que han
contenido, servían a la Urraca para almacenar y guardar, con primoroso orden, su
botín. Se supo después lo que las cajas contenían: como que hubo que tasarlo e
inventariarlo. Unas encerraban guantes, doblados, delicadamente; otras, pedazos
de encaje; otras, alfileres de todos tamaños y formas, horquillas de todos los
metales, peines, jabones, pañuelos, alguno de ellos blasonado y enriquecido con
puntos de aguja y Venecia... Había flores artificiales, objetos de cotillón,
desdorados y marchitos; portamonedas de plata, piel y cartón vil; devocionarios,
libritos de memorias, peinas de estrás, agujas de sombreros, frascos de esencias
y de medicinas. Había retratos, cartas de amor, letras sin cobrar y, en una
cajita especial, billetes de Banco, una bonita suma. Más extrañó el contenido
que encerraba un cofre de hierro: amén de ¡un collar de perlas!, alhajillas de
menos valor, piedras sueltas, un reloj muy malo, dos o tres sortijas...
Prolijo en verdad sería el recuento del contenido de
las cajas: recuérdese todo lo que puede hallarse en la calle, todo lo que
diariamente se pierde en una populosa ciudad. ¿Quién no ha tenido, al volver a
casa después de un paseo o de una reunión, la sensación desagradable de que algo
le falta? ¿Quién no ha echado de menos, al desnudarse, la joya, el manguito, la
cadena de los lentes? Fácil es inferir lo que en treinta y cinco años de
mendicidad y rapiña llegó a reunir la Urraca.
Y allí estaba la vieja sobre su cama mísera, con el
rostro ya afilado: sin duda la muerte la había sorprendido en el primer sueño...
La raída manta, rechazada en algún espasmo de la agonía, colgaba, caída hacia el
lado izquierdo, descubriendo el cuerpo sarmentoso, los secos pies de esparto,
las canillas como palos de escoba maltratados por el uso... Diríase que pies y
piernas cansados y gastados de tanto pisar la calle, de tanto vagabundear
acechando la presa, se habían rendido y pedían descanso. La camisa, remendada,
cubría mal el resto de la anatomía pavorosa de la mendiga. Las greñas, lacias,
se esparcían sobre la almohada, de percalina gris, sin funda de tela.
Ropas y mobiliario acusaban la miseria, la sórdida vida
de una pordiosera reducida a lo estricto.
El vecindario quedó algo desilusionado: no había
crimen; no había ni aun delito; ni asesinato, ni robo. La Naturaleza era la
autora de aquella muerte oscura, solitaria, quizá sin sufrimiento, y que bien
podía atribuirse a la falta de todo cuidado, al desabrigo bajo la intemperie
matritense, a la vida antihigiénica de la mísera Urraca... Si la anciana hubiese
echado mano de los recursos no escasos que poseía; si hubiese tenido buena
alimentación, un mantón nuevo y lanoso, zapatos que no embarcasen la humedad,
ropa interior de franela..., diez años más, tal vez, hubiese podido vivir. Pero
-al menos, así me lo he explicado- entonces no hubiese gozado una felicidad que
debió de compensarla todas las privaciones voluntariamente sufridas, el frío en
el estómago y en los huesos, el puchero aguanoso, el calzado ensopado, que «se
ríe»... ¡No hubiese experimentado esas fruiciones sabrosas que disfruta la vejez
en compensación de tantas dichas como pierde! ¡No hubiese saboreado la gustosa
locura del coleccionismo, el goce egoísta y callado de reunir lo que nadie ve y
lo que de nada nos ha de servir!
Sí, esta era la clave; yo no podía dudarlo: la Urraca
coleccionaba. ¿Qué? Todo; los objetos que nunca, dada su condición social,
hubiese podido poseer; los objetos que a ningún fin podía aplicar; los objetos
más heteróclitos, pero cuya busca, en la calle, constituía la ventura y la
pasión de su ancianidad. Cazadora en la selva de la capital, de noche, a la luz
de la pobre candileja, experimentaría emociones de intensidad violentísima al
recontar y clasificar el botín. Allí estaban las riquezas que otros habían
dejado de poseer y que ahora formaban el tesoro de la mendiga: allí estaban,
deslumbradoras. ¿Desmembrarlas? ¡Nunca! Ni aun tocaría al billete de Banco
hallado entre el cieno, a la puerta del Casino o en el umbral de la tienda... Si
se deshiciese de sus hallazgos, ¿qué placer o qué comodidad podrían compensar el
de guardarlos, de saber que los tenía allí, que aumentaban cada día, con la
exploración ardiente en la manigua urbana? Cuanto más la aumentaba, crecía la
avaricia de enriquecer la colección... Ni ante la muerte la hubiese
descabalado...
Y eché la última ojeada al cadáver de la mujer que fue
feliz a su manera, que gozó emociones de refinada y estética intensidad...
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En verso
Por tercera vez escribió el soneto, y, paseándose
majestuosamente, lo declamó. Luego, meneando la cabeza, volvió a sentarse.
Apretaba en la mano el papel y, sin soltarlo, reclinó la pensativa cabeza sobre
el pecho. Un suspiro profundo se exhaló por fin de su boca, contraída de
amargura. Arrugó convulsivamente en la mano donde aún lo conservaba el borrador,
lo arrojó hecho un rebujo informe sobre la mesa y volvió a levantarse y a
recorrer el cuarto, no ya al amplio paso rítmico de los lectores en voz alta,
sino con el andar agitado y desigual de los momentos en que la locomoción no
llena más fin que desahogar la excitación nerviosa.
-¡Otra vez, otra vez la convicción se imponía! Él no
era poeta, ni lo sería jamás... No, no lo sería, aunque gastase en procurar
serlo las horas febriles de sus noches, las rosadas auroras de sus días, la
clama misteriosa de sus tardes y toda la savia de su cerebro y todas las
emociones profundas de su corazón... Porque ahí estaba lo desconsolador, lo
terrible: que en su corazón había emociones, en su fantasía plasticidades, galas
y espejismos, más de los necesarios para dar materia a los versos... Y apenas
este contenido de su alma quería bajar a la pluma, expresarse por medio de la
rima, era lo mismo que si un chorro de agua fresca hubiese caído sobre la arena
del desierto: ni señales.
Este caso del personaje de mi cuento -que se llamaba
Conrado Muñoz- no es raro ciertamente... Todos hemos conocido hombres cuya
conversación está impregnada de poesía, cuyo modo de ser tiene mucho de bello y
de significativo, y cuyos versos son la misma insignificancia, la misma
sequedad, la quinta esencia de lo vulgar y de lo cursi literario, la diferencia
que encuentro entre Conrado y los demás poetas chirles que lógicamente no
debieran serlo, consiste en que Conrado se conocía. ¿Hay sabiduría; hay ciencia
más amarga que esta de conocerse cuando el conocimiento descubre el
irremediable, el fatal límite de las facultades?
No habían podido más que la perspicacia de Conrado las
fáciles lisonjas de los amigos, ni las inverosímiles benevolencias hiperbólicas
de algunos periodistas, ni su propio anhelo, que es siempre el mayor
engañador... Llevaba dentro implacable juez; era un crítico admirable de tino y
sagacidad... también en lo secreto, en lo íntimo; porque, llegado el punto de
expresar por escrito sus juicios certeros, fracasaba lo mismo que al rimar, y
solo acudían a su pluma indignos lugares comunes, de una insignificancia
desesperante... Dando vueltas a esa miseria de su destino, el frustrado poeta
llegaba a encontrarlo anunciado en la unión de su apellido y nombre de pila.
Conrado es, sin duda, un nombre muy poético y bello, de novela y de leyenda. En
cambio, Muñoz huele a garbanzos y a trivialidad. ¿Comprenderíais que un gran
poeta se llamase Muñoz? Así, lo primero en él, la idea, el Conrado, era estético
y digno de salir a luz; pero lo segundo, Muñoz, el desempeño de la obra, era
algo sin forma ni carácter, algo que tenía que acabar por ponerle en ridículo...
Sí; poseía Conrado talento suficiente para estar de
ello seguro; a la larga o a la corta, el ridículo, como azote de la justicia
inmanente, cae sobre los malos poetas. Cae hasta sobre aquellos que, revestidos
de una cáscara engañosa, son malos y parecen buenos, y cuyos versos hasta se
recitan en tertulias, entre babas de señoras y éxtasis fingidos de compañeros de
profesión. Al que remeda a Apolo, Apolo acaba siempre por desollarle, como al
sátiro. Conrado tenía el alma lo bastante generosa para poder contentarse con la
farsa literaria. No, no era eso. Eso lo desdeñaba, lo vomitaba su espíritu; eso
hasta le enloquecía de rabia. Sin duda, el que se sacia con apariencias es más
feliz. Conrado estaba seguro de obtener -si desplegaba asiduidad y flexibilidad
y destreza en conducirse- cierto renombre; podría ser académico, árcade,
felibre... Lo malo, repito, del caso especial de Conrado Muñoz era que pretendía
ser poeta ante dos testigos veraces: ante la posterioridad y ante sí mismo... Y
allá dentro, una voz burlona repetía: «No seas necio. No pretendas lo imposible.
Tus versos son, en definitiva, irremisiblemente malos.»
Dio vueltas como el león en su jaula, y después,
abatido, vino a dejarse caer en el sillón, el mismo que le había visto tantas
horas emborronar papel, morderse las uñas en busca de un concepto o un
consonante, leer afanosamente los modelos para inspirarse, cediendo, a pesar
suyo, a la tentación plagiaria que sufren los que no encuentran prevenida la
inspiración... Y al cabo, rendido a un dolor verdadero, un dolor hermoso -que
era poesía-, dejó caer la cabeza sobre las manos y filtrarse entre los dedos
algunas lágrimas... Lloraba lo que más se ama: la ilusión, la quimera muerta,
que al sucumbir parece que nos deja enteramente solos, abandonados, perdidos en
las tristezas del mundo. Ya he dicho que dentro -allá muy dentro- de Conrado
había muchos poemas, infinitas estrofas, hartos lieders y varias hondas elegías.
Una de ellas era la que salía a sus ojos entonces, en forma de llanto. Como una
monja magullada por los hierros de la reja, segura de concluir sus días en
reclusión, sin que nadie haya sondeado el negro abismo de sus ojos, Conrado
lloraba todo lo que no podía decir, todo lo que se moriría, guardado secreto,
toda la divina beldad de su idea, lastimada y perpetuamente encerrada en la
mezquindad de su forma... «Mi vida carece ya de objeto, carece de razón de ser
-pensaba-. Mejor sería irse de ella...»
Muchos poetas, en efecto, habían terminado por ahí...
Nombres gloriosos, eternamente envidiados, desfilaron por su memoria... Pero
ellos eran poetas, poetas de verdad, y tenían derecho al romanticismo. No así
él. Muñoz el grotesco, Muñoz el fracasado... Morir de tal suerte sería una
ridiculez más. Para él, la muerte debía venir rodeada de su aparato cotidiano y
burgués, el médico, las recetas, el termómetro clínico, la «itis» más usual, la
que más humilla a la materia vil y paciente... Y volvió a gemir entre risas de
rabia, golpéandose desesperadamente la frente inútil, la que no había sabido
entreabrirse, jupiteriana, para dar paso a la Musa prisionera...
En ese sobresalto de impaciencia ambulatoria que causan
los dolores agudos, requirió bastón y sombrero y se echó a la calle... Era un
día de gran gentío, un domingo. Sin darse cuenta del porqué, tomó el camino de
la Florida. No sabía quizá ni por dónde andaba. Su idea fija daba cuerda a sus
pies de soñador impenitente. Andaba, andaba distraído, abstraído, enredándose
con la villana muchedumbre, que le miraba con fisga o le empujaba con grosera
insolencia. Ni se volvía. Encontraba en andar un lenitivo, y por instinto se
encaminaba hacia donde hubiese árboles, aire, espacio y soledad. Fue necesario
que oyese un grito salido de muchas bocas, un clamor de espanto, para que se
diese cuenta de que ocurría algo insólito, capaz de sacar de su ensimismamiento
a una estatua...
Volvió la cabeza y se enteró rápidamente. El tranvía,
alzando nubes de polvo, volaba por una pendiente abajo, y en medio de la
entrevía estaba una criatura, niña o niño, que ni eso había tiempo de ver,
porque lo horrible de la situación es que de nada había tiempo; ni de que el
disparado coche se detuviese, ni de que la criatura, oyendo los gritos, corriese
a ponerse en salvo... No, no había tiempo material; tenía que ser aplastada la
inocente víctima en mucho menos plazo del que se escribe esto...
Y tampoco hubo tiempo de que Conrado lo reflexionase.
La inspiración, rebelde para lo rimado, vino súbita, fulmínea. Le deslumbró,
como a Saulo el relámpago entre el cual se le aparecía Cristo. Era la muerte
casi segura; para desviar a la criatura había que exponer el cuerpo... Conrado
se precipitó; un segundo más tarde... hubiese sido tarde. Con un brazo echó
fuera de los rieles al pequeñuelo, que rompió en sollozos, y con el otro brazo,
instintivamente, quiso detener la masa de hierro y madera que se le venía
encima, a pesar de los desesperados esfuerzos del conductor para sujetarla...
Y su último pensamiento -antes de perder la conciencia
al despedazarse su cráneo- fue este, altivo y satisfecho:
«He escrito una admirable poesía...» |
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El sino
Durante las largas travesías -y lo era realmente
aquella de Lisboa a Río de Janeiro, en un barco de muy medianas condiciones- se
forman, involuntariamente, roto el hielo de las primeras horas y vencidas las
congojas primeras del mareo, lazos de unión que, creando amistades pasajeras,
con apariencia de profundas, ayudan a entretener el tedio de las horas en que no
se sabe materialmente qué hacer.
A bordo, sin muchos libros, sin pasajeras guapas para
el «flirteo» reducidos a contemplar un mar de aceite cuajado y un cielo de un
azul violento, que iba siendo de metal empavonado según nos acercábamos al
trópico, se anhela la más leve sensación; todo interesa. Cuando en una gran
ciudad pasamos por entre la muchedumbre, ningún caso hacemos de los que nos
rodean; pero entre cielo y agua, sobre cuatro tablas, los seres humanos que
corren la misma aventura que nosotros nos parecen no solo hermanos en humanidad,
sino amigos y enemigos declarados, a poco que el roce constante despierte la
simpatía o determine la antipatía. Y aquel muchacho de tez mate, de aspecto
enfermizo, no tardó una semana en hacer conmigo las mejores migas del mundo,
estableciéndose entre nosotros esa confianza que impide tener secretos. Por otra
parte, la confianza se estimula poderosamente con la certidumbre de que la
persona a quien nos confiamos no volverá, pasadas las circunstancias actuales, a
estar en contacto con nosotros; que no influiremos en su vida ni ella en la
nuestra; que, verosímilmente, ni a vernos volveremos nunca. Esto nos sucedía a
Sebastián Porto -tal era el nombre de mi joven amigo- y a mí. Llegados al
término de nuestro viaje, no creíamos fácil encontrarnos otra vez. Él era
mulato, hijo de un plantador, y se dirigía a la fazenda de su padre, situada más
allá de Marañón; yo no necesitaba pasar de Río de Janeiro para los asuntos
comerciales que tenía que despachar; una vez ultimados, me volvería a Europa.
Nos hablábamos, pues, a pecho descubierto el muchacho y yo.
Mis confidencias fueron más optimistas que las suyas.
Todo lo que Sebastián contaba de sí mismo presentaba un sello de desaliento y
tristeza, a veces teñido de color supersticioso. Se creía, sinceramente,
destinado a sufrir y a morir joven, y la idea de la muerte había llegado a serle
no diré grata, pero sí familiar. Tenía además la pretensión de que llevaba
consigo la desgracia, y me previno para que evitase su compañía, de lo cual me
reía y burlaba yo. Parte por compasión, parte por temperamento, me dediqué a
desanublar aquella alma envuelta en la más honda de las melancolías, que es la
de las razas inferiores. Si Sebastián tuviese toda la sangre blanca, de seguro
no padecería esta depresión del ánimo.
Preguntándole un día, en tono de broma, de dónde sacaba
que iba a sucederle tantas cosas malas y funestas, supe que tales ideas se las
había infundido su nodriza, una negra de la Costa de Oro, que había sido
cimarrona y capturada por uno de esos capitanes do mato que se dedican a recoger
los esclavos fugitivos. Según Sebastián, su nodriza pertenecía a una raza de
negros más inteligentes, que saben de encantos, filtros, hierbas medicinales y
canciones tristes, acompañadas con el banjo. En la fazenda todos la tenían por
profetisa, y pocos días antes de morir la madre de Sebastián, que gozaba de la
mejor salud, la negra vaticinó la desgracia.
-A mí me ha repetido mil veces que nada me saldría bien
y que mi suerte será funesta -repetía el mozo, agachando su cabeza bonita, de
pelo rizado, mientras sus grandes ojos negros, del más brillante terciopelo, se
ensombrecían con la niebla del terror a lo desconocido...
Mis chanzas, mis escepticismos, hicieron, no obstante,
favorable impresión en el espíritu del joven. Según avanzábamos en feliz
navegación, habiendo transpuesto las islas de Cabo Verde, y pasando el Ecuador,
entre los ritos y humoradas que los marineros, en tal circunstancia, no omiten,
se reanimaba Sebastián, y hasta en el famoso bautismo de la Línea puedo decir
que se mostró más alegre y exaltado que nadie, La raza primitiva, de la cual
había gotas de sangre en sus venas, se revelaba también en esta violencia del
gozar y de la expansión.
Poco distábamos ya del término de nuestro viaje, cuando
una tarde noté en Sebastián extraño ensimismamiento. Comprendí que sus
habituales preocupaciones habían vuelto a apoderarse de él.
-¿Qué te pasa? -le pregunté, pues en nuestra intimidad
ya imperaba el tuteo.
-Siento -contestó- la opresión, el ahogo en el pecho
que me anuncia las desventuras. En toda mi vida lo he percibido tan fuerte como
hoy.
-No -exclamé, para tranquilizarle, y además porque así
lo creía-. Lo que tú notas, y yo también, es el anuncio de tormenta. Los marinos
conocen bien esta especie de densidad del aire, esta calma asfixiadora que nos
abruma. Parece que nos rodea una capa de plomo. Ya podía esto haber ocurrido dos
o tres días más tarde, en cuyo caso estaríamos entrando en la bahía de Río de
Janeiro.
No tardó en verificarse mi presagio. Anochecía a la
hora en que sentimos los primeros amagos de tempestad.
Ráfagas furiosas de viento sacudieron la embarcación,
como sacude la pasión un alma trémula. Se oyó el siniestro silbido de las
jarcias y el castañetazo seco de la vela, estallando de puro tensa, próxima a
romperse. La tablazón del buque crujía como si fuese a desencuadernarse; la
madera rechinaba y se quejaba hondamente. El barco cabeceaba, lidiando
embravecido él también con las altas olas enemigas, enormes, que tan pronto
ascendían a los penoles como se precipitaban por debajo de la quilla, levantando
a la embarcación para dejarla caer en breve al abismo. Reventando en inmensa
masa líquida, aterradora, contra la frágil caja de leño en que unos cuantos
hombres luchaban con el monstruo, las olas emitían su ronco y feroz canto de
guerra y nos amenazaban con segura muerte...
En casos tales, los pasajeros siguen su inclinación: si
son medrosos, se refugian en la cámara, apiñados, rezando o mudos de puro miedo;
si son animosos, salen a cubierta y tratan de hacerse útiles, aunque comprendan
que sólo los marinos de profesión pueden lidiar con la fiera.
Sebastián y yo subimos a cubierta desde el primer
instante. El muchacho parecía haber olvidado sus negros presentimientos ante la
acción y el inminente peligro, que tiene la virtud, por su misma fuerza, de
curar a las enfermas imaginaciones. Empeñábase en auxiliar a la escasa
tripulación, que, a la luz de los relámpagos, veíamos subida a las vergas,
agarrándose desesperadamente, en su ardua faena de coger rizos. Cuando el
relámpago nos iluminaba, reflejándose en la húmeda cubierta y en la palpitante
superficie del mar, nos sentíamos más resueltos que cuando la oscuridad profunda
nos envolvía. La luz, aunque sea esa luz terrible que precede al trueno, tiene
la virtud de consolar.
Hubo un momento en que no nos veíamos ni el bulto, y
sólo oíamos la voz rota y enronquecida del capitán gritando órdenes, que el
fragor de la tempestad impedía comprender. Y de súbito, entre los clamores del
combate, he aquí que se destaca un grito angustioso, una lamentación de agonía.
Conocí el acento de mi amigo... Acababa de arrastrarle el agua.
Un relámpago me quitó la duda que pudiese quedarme...
Le vi perfectamente en la cresta de una ola, luchando para aproximarse, y
empujado en distinta dirección, a pesar suyo. Grité: no sé de dónde saqué tal
chorro de voz... «¡Sebastián! ¡Sebastián! Espera, sostente...» Un cabo apareció,
no sé cómo, y un marinero me ayudó a lanzarlo. Era un cabo recio, sólidamente
amarrado y que atirantaríamos con todo nuestro vigor. Y repetíamos, enloquecidos
de compasión y de ansia de salvar aquella vida: «¡Hombre al agua! ¡Hombre al
agua!»
El capitán nos oyó... Corrió hacia nosotros; algunos
hombres se nos unieron; Sebastián había cogido el cabo y se esforzaba en
acercarse al costado del buque; pero se lo impedían las olas, ladrantes y
espumantes como alanos que se arrojan sobre la pieza de caza. «¡Valor! -le
gritábamos-. ¡Aprieta! ¡Hala!» Veíamos que se agotaba su resistencia, que se
crispaban sus nervios, que se descomponía su semblante. La rápida marcha del
buque nos obligaba a derrochar inútilmente fuerzas en el trágico salvamento...
Ni el náufrago ni nosotros podíamos más... Y rabiosas como nunca, trepaban las
olas a querer hundirnos... Hicimos un esfuerzo supremo; tiramos con loca rabia;
el cuerpo del náufrago se alzó un instante; ya le creíamos nuestro. Y, en el
punto mismo, un relámpago me permitió ver su gesto de desesperanza suprema, su
fatalista renunciación. Sebastián desapareció entre el agua espumeante, que se
abrió para tragarle, boca ansiosa, nunca saciada...
Y al punto mismo -como si el mar aceptase la ofrenda
expiatoria de no sabemos qué antiguo crimen- el viento amainó, el oleaje se
apaciguó y pudimos continuar tranquilamente nuestra travesía hasta llegar a la
bahía más bella del mundo. |
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Paracaídas
¡Es tan vulgar el caso! Al tratarse de infortunios,
asaz comunes, corrientes y usuales, ocurre, naturalmente, desenlaces previstos
también: el disgusto momentáneo en la familia, un período de rencillas y
desazones, y, al cabo, la reconciliación, que cicatriza más o menos en falso la
herida, pero siquiera ataja la sangre del escándalo...
No obstante, algunas veces la realidad presenta
inesperadas complicaciones, y no son los finales tan pacíficos y burgueses.
Hay siempre, en las grandes penas de la vida, un
momento especialmente amargo. En apariencia, se agranda el abismo del destino, y
los que a él se asoman sienten que es insondable ya. Para Celina fue este
momento aquel en que participó a su madre la resolución adoptada, y vio su
propia desesperación reflejada en las mejillas, ya consumidas por la edad, y en
los ojos amortiguados -había llorado mucho- de la infeliz señora.
Todo padre está sentenciado a sufrir no los dolores que
normalmente corresponden a una vida humana, sino los de muchas vidas. Eso es,
principalmente, la maternidad: solidaridad con unos cuantos seres para sufrir
doblemente lo que ellos sufran.
La madre de Celina, aquella modesta y resignada señora
de Marialva, tenía el corazón, según la hermosa imagen mítica, coronado de
espinas, pero espinas maternales.
De seis hijos le quedaban tres. Los otros, una niña
preciosa, una flor, y dos mocetones, con su carrera terminada, habían muerto en
lo mejor de la edad, del mismo mal que su padre, aunque ahora dicen los médicos
que la tisis no se hereda.
Los dos muchachos que vivían, habían salido haraganes,
viciosos, derrochadores, y en meses no aparecían por su casa, a menos que
viniesen a pedir dinero. Uno de ellos, el más joven, acababa de ser
descalificado y expulsado de un Círculo por graves indelicadezas en el juego. El
único oasis donde podía reposar la señora de Marialva era el hogar de Celina,
esposa de Tomás Espaldares, cosechero y exportador de vinos. El matrimonio
Espaldares parecía enteramente feliz. Rico y generoso, Tomás era pródigo en
obsequios a su mujer, a la cual seguía tratando con galantería de novio, y a su
vez Celina, casada por inclinación, no por codicia de los millones del
cosechero, estaba cada día más prendada, con la vehemencia de su sangre, tal vez
mora, pues los Marialvas venían de Granada, de familia serrana y vieja. La única
nube era la falta de sucesión; pero ¡había tiempo!, y la madre de Celina decía
siempre: «No los desees, o pide a Dios no tenerles demasiado cariño.»
Al enterarse de la desgracia de Celina y del extraño
propósito que venía a anunciar, la señora de Marialva sintió la herida en el
único punto sano, en lo intacto de su vitalidad, y una palpitación violenta
denunció el estado cardiaco, la sofocación cruel. Celina, tiernamente, la cuidó,
prodigándole cariños, besándola, entre llanto y palabras bruscas, afectuosas.
-¡Mamá, no te aflijas; todo tiene remedio en el mundo!
Dentro de dos años estaré acostumbrada a mi nueva condición, y es fácil que
contenta y divertidísima. Y si no estoy contenta, por lo menos estaré vengada.
¡Vengarme! Debe ser muy bueno. Que sepa, que sepa cómo duele...
-Celina -aconsejó la madre, ya un poco respuesta y
dominando su mal-, tú estás loca en este momento, y cuando estamos locos, hay
que suspender toda determinación, porque no somos nosotros quienes determinamos,
sino nuestra locura. ¡Hija de mi vida, pobre es el consuelo; pero tu caso es tan
corriente: Todas, o casi todas las mujeres, hemos..., hemos...!
-¡Mamá -suspiró Celina con ternura respetuosa-, si mi
caso es corriente..., mi alma no lo es! Y como los casos son según las almas,
ahí tienes por qué no cambia mi modo de sentir el que sea corriente el caso. No
creas, a Tomás se le previene: el día en que se cansase de mí, debía decírmelo,
decírmelo claro, sin ambages; nunca exponerme al ridículo, a la afrenta, a la
sorpresa de la traición; a encontrarme sustituida y, ¡por quién! No, mamá; ¡si
ya no lloro!; se me han secado las lágrimas. Si volviese a llorar, sería de
vergüenza. ¿Sabes tú lo que es confiar absolutamente, incondicionalmente, en una
persona; creer que en ella no cabe la vileza ni la mentira... y descubrir de
pronto, por casualidad...?
-Sé de todas las penas -respondió la señora-. Las
mujeres nacemos para eso: para ser burladas... y perdonar.
-¡Según! Yo no soy tan buena, ¡no! Cada uno, te lo he
dicho, siente y quiere con su propia alma. No he salido a ti; saldré a algún
abuelo vengativo. ¡Quiero vengarme! ¡Única dicha que ya me queda!
-Pero ¡si vas a empeorar tu situación!... ¡Si te haces
daño a ti misma!... ¡Si te vengas suicidándote!...
-¡Y quién no te dice que eso es lo que busco! -exclamó
Celina con tan desconsolada expresión, que la madre se echó a llorar de nuevo-.
¡Vamos, no llores, mamita, no llores!... ¡Creí que había agotado el sufrir, y me
faltaba eso!..., ¡el peor rato! A bien que, desde mañana, ¡viva la alegría!
¡Cuánto voy a reírme! Adopto una profesión festiva. Tomás no tendrá nada que
decir. ¿No me vendió por una actriz de teatrillo? Pues cupletista me hago. Dicen
que sirvo admirablemente para el oficio. Parece que tengo la figura, la voz, los
movimientos..., todo.
Soltando una carcajada sardónica, se colocó en actitud
de dar gracias al público.
-Visto que no hay fe, ni ley, ni palabra, que todo,
todo es mentira..., ¡todo, todo!, vamos a divertirnos, a reírnos, madre... Me
aplaudirán muchísimo; recibiré regalos a montones; ramos de flores a cestas,
como los que Tomás le manda a esa mujer; los he visto... Y también he visto las
cuentas de las alhajas... Catorce mil duros, ¿eh?... No se trata de un capricho
pasajero. Y tampoco en mí se trata de una pasajera manía. Cada mañana, en los
periódicos, encontrará detalles de mis triunfos, de mis piruetas, de mis
gorgoritos... ¡Oh! ¡Que tenga paciencia; era cosa convenida entre nosotros que
el engaño da derecho al desquite!
-Tu marido puede oponerse a que hagas ese género de
vida.
-¡Se guardará! -replicó Celina, sombríamente-. Sí,
usando de facultades que la ley no debiera darle (ya que la ley no le vedó
partirme el corazón); ¡entonces me acordaré de que hay tantas cosas que la ley
no puede prohibir!...
La señora tembló. Su palidez se hizo azulada. Se llevó
al pecho la mano.
Celina la abrazó otra vez estrechamente.
-¡Mamá, no te pongas enferma, no te mueras! Si la
maldad de ese hombre me cuesta, además de mi felicidad, tu vida, entonces...
Un relámpago fiero brilló en los árabes ojos de la
granadina.
-Ya sabes que soy mujer que cumple lo que dice. Te
advierto que en el primer momento pensé en esa solución, y era la más justa.
Habíamos convenido también en que si yo le engañase con falsedades y mentiras,
era natural que me matase. Es él quien engaña; luego es él quien debe morir. Si
te molesta mucho que yo cante en escenario, dilo..., ¡y se cumplirá de otro modo
la justicia! Porque, cumplirse..., eso, ¡no hay remedio!
La madre miró a su hija y comprendió. Sobre aquel
cerebro, envuelto en una nube roja, no actuaban, no podían actuar, ni el
consejo, ni la escéptica y resignada filosofía de «mal de muchas...» Quizá más
tarde se pudiese influir sobre aquella alma infernada. En aquel momento, no.
-Te doy palabra -murmuró la señora, con heroico
esfuerzo- de no enfermar, de no morir... Tú sigue tu impulso... Pero, como no
has de andar por el mundo sola, iré contigo... ¿Me lo permites, Celina? ¿Me lo
permites?
La hija se arrodilló y besó las manos trémulas.
-Sí, vente, madre... ¿Quién sabe si me salvarás? |
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