Cuentos de Navidad y Reyes
[Serie de 18 cuentos breves. Textos completos]
Emilia Pardo Bazán |
|
La Nochebuena del Papa
Bajo el manto de estrellas de una noche espléndida y
glacial, Roma se extiende mostrando a trechos la mancha de sombra de sus
misteriosos jardines de cipreses y laureles seculares que tantas cosas han
visto, y, en islotes más amplios, la clara blancura de sus monumentos,
envolviendo como un sudario, el cadáver de la Historia.
Gente alegre y bulliciosa discurre por la calle. Pocos
coches. A pie van los ricos, mezclados con los «contadinos», labriegos de la
campiña que han acudido a la magna ciudad trayendo cestas de mercancía o de
regalos. Sus trapos pintorescos y de vivo color les distinguen de los burgueses;
sus exclamaciones sonoras resuenan en el ambiente claro y frío como cristal.
Hormiguean, se empujan, corren: aunque no regresen a sus casas hasta el amanecer
-que es cosa segura-, quieren presenciar, en la Basílica de Trinità dei Monti,
la plegaria del Papa ante la cuna de Gesù Bambino.
-Sí; el Papa en persona -no como hoy su estatua, sino
él mismo, en carne y hueso, porque todavía Roma le pertenece- es quien, en
presencia de una multitud que palpita de entusiasmo, va a arrodillarse allí,
delante la cuna donde, sobre mullida paja, descansa y sonríe el Niño. Es la
noche del 24 de diciembre: ya la grave campana de Santángelo se prepara a herir
doce voces el aire y la carroza pontifical, sin escolta, sin aparato, se detiene
al pie de la escalinata de Trinità.
El Papa desciende, ayudado por sus camareros, apoyando
con calma el pie en el estribo. Con tal arte se ha preparado la ceremonia, que
al sentar la planta Pío IX en el primer escalón, vibra, lenta y solemne, la
primera campanada de la medianoche, en cada campanario, en cada reloj de Roma.
El clamoreo dramático de la hora sube al cielo imponente como un hosanna y
envuelve en sus magníficas tembladoras ondas de sonido al Pontífice, que poco a
poco asciende por la escalinata, bendiciendo, entre la muchedumbre que se
prosterna y murmura jaculatorias de adoración. A la luz de las estrellas y a la
mucho más viva de los millares de cirios de la Basílica iluminada de alto abajo,
hecha un ascua de fuego, adornada como para una fiesta y con las puertas
abiertas de par en par, por donde se desliza, apretándose, el gentío ansioso por
contemplar al Pontífice, se ve, destacándose de la roja muceta orlada de armiño
que flota sobre la nívea túnica, la cabeza hermosísima del Papa, el puro diseño
de medalla de sus facciones, la forma artística de su blanco pelo, dispuesto
como el de los bustos de rancio mármol que pueblan el Museo degli Anticchi.
Entra, por fin, en la Basílica; cruza las naves,
desciende la escalera dorada que conduce a la cripta, y mientras a sus espaldas
la guardia brega para reprimir el empuje del torrente humano que pugna por
arrimarse a la balaustrada, en el recinto descubierto, más bajo que la multitud,
el Papa queda solo. Artista por instinto, con el andar rítmico de las grandes
solemnidades, con un sentimiento de la actitud que sólo él posee en grado tal,
Pío IX se acerca a la cuna, junta las manos de marfil, eleva al cielo un
instante los ojos, como si se invocase la presencia de Dios; se arrodilla, se
abisma y los paños de su cándida vestidura se esparcen esculturales y clásicos
cual los plegados de alabastro de un ropaje de Canova.
El Niño, el Bambino, duerme desnudito, color de rosa,
reclinado en su rubio colchón de sedeña paja. En toda la Basílica no se escucha
más ruido que el chisporroteo suave de los cirios y el murmullo de la oración
que el Papa empieza a elevar. A las primeras palabras anímase el Niño con vida
fantástica: la carne se hace carne. Sus ojos se entreabren, sus puñitos se
tienden hacia el Papa como si se tendieran hacia un abuelo cariñoso, haciendo
fiestas. Incorporado y sentado en la paja, llama al Pontífice, que sigue orando,
pero que cree percibir en sus rodillas la sensación de que ya no reposan en los
cojines de terciopelo carmesí; en sus codos, algo que los sube y aparta del
esculpido reclinatorio. Ligero y como fluido, su cuerpo no le pesa; flota
apaciblemente en una atmósfera de oro y luz, hecha de las partículas de los
cirios, que se derraman ardientes y centelleantes. La cuna ha desaparecido, el
Niño está en pie, alto, crecido ya, convertido en adolescente; y en vez de la
gracia infantil, en su cara se lee la meditación, se descubre la sombra del
pensamiento. Alrededor del Jesús de quince años van juntándose las paredes de la
cripta, que parece trasudarlos, docenas de chiquillos, otros bambinos, pero
feos, encanijados, sucios, envueltos en andrajos o desnudos mostrando la enteca
anatomía. Docenas primero; cientos después; luego millares, millones, un
hervidero tan incontable, un ejército tan infinito, que estallan las paredes de
la cripta, las de la Basílica, las de Roma, las de todo cuanto pretendiese
contener la expansión de la horda de miserables. Extiéndese por una llanura sin
límites, y su bullir de gusanera rodea al Gesù, que ha ido insensiblemente
transformándose en hombre hecho y derecho: ya tiene barba ahorquillada y rizoso
cabello castaño; ya su rostro ha adquirido la gravedad viril. Y siguen acudiendo
desharrapados y con las carnes al aire, lisiados, enfermos, famélicos, tristes,
venidos de todos los confines de la Tierra. Lloran de hambre, tiemblan de frío,
gimen de abandono, enseñan sus lacras, se cogen a la vestidura inconsútil de
Cristo, se quieren abrigar bajo sus pies, reclinarse en su seno, agarrarse a sus
manos pálidas y luminosas. Huelen mal, y su punzante vaho de miseria envuelve y
sofoca al Papa, siempre en oración.
La figura de Cristo se oculta un instante; densas
tinieblas suben de la tierra y caen del firmamento, reuniendo sus crespones. El
Pontífice siente miedo: la oscuridad le ciega, y entre aquella oscuridad vibran
maldiciones y palpitan sollozos. Un relámpago brilla; erguida en una colina
aparece la Cruz, sobre la cual blanquea el desnudo cuerpo del Mártir, estriado
de verdugones por los azotes y veteado de negra sangre. Los labios cárdenos se
agitan; el Papa interrumpe la plegaria, se confunde, se deshace en adoración,
quiere salir de sí mismo para mejor escuchar y beber la palabra divina; y el
Crucificado -señalando con mirada ya turbia hacia el océano de criaturas que
bullen allá abajo, escuálidas, transidas, gimientes, dolorosas, maltratadas,
ofendidas, en el abandono- dice el Papa, en voz que resuena urbi et orbi:
-Por ellos. |
|
|
La tentación de sor
María
Siguiendo costumbre tradicional del
convento, las monjitas de la Santísima Sangre preparan, adornan y
ofrecen a la adoración de los fieles, en el altar mayor, a la hora
en que se celebra la misa del Gallo, el Misterio del pesebre y gruta
de Belén, donde puede admirarse la efigie del Niño Dios, obra
maravillosa de un escultor anónimo.
Más que inerte imagen de madera, criatura
viva parece el Niño de las monjas. La encantadora desnudez de su
torso presenta el modelado blanco y sólido de la carne. Mollas
regordetas en cuello, piernas y brazos; hoyuelos de rosa en
carrillos, codos y rodillas, picardía angelical en la expresión de
los ojos y en la cándida risa, naturalidad sorprendente en la
actitud, que se diría de tender las manos al pecho maternal..., así
es el Niño, y por eso las monjitas, cada vez que le visten y
enfajan, cada vez que le reclinan en la paja y el heno aromático de
la humilde cuna, exclaman, enternecidas y embelesadas:
-¡Ay mi divino Señor! ¡Pero si es un
pequeñito de veras!
Turnan rigurosamente las monjitas en el
oficio y honor de camareras del Jesusín, y aquel año correspondió la
suerte a sor María, monja profesa, la más joven y linda de todas.
Sor María ha dejado el mundo, no como suelen dejarlo otras
religiosas, por contrariados o infelices amores, por sufrimientos,
desengaños o escaseces de fortuna, sino en la flor de sus veinte
abriles, con el espíritu tan virgen como el cuerpo y el cuerpo tan
hermoso como el porvenir que, sin duda, la esperaba al lado de unos
padres amantes y opulentos, y en un mundo donde todo la halagaba y
sonreía. Por su serena frente no ha cruzado ni una nube; no ha
rozado su sien ni un aliento de hombre, y su corazón no ha palpitado
sino para Dios. Su mística vocación fue tan firme, que resistió a la
oposición decidida y enérgica de una familia que no se avenía a ver
sepultarse en el claustro tanta hermosura y juventud. Pero sor María
demostró tal júbilo al tomar el velo, que ya sus mismos padres la
envidiaban, creyéndola llegada al puerto de la paz.
Sintió un gozo inexplicable sor María al
ser encargada de la gran faena de vestir al Niño para depositarle en
el pesebre. Jugar con aquel sagrado muñeco había sido el sueño de la
joven monja en los cinco años que de profesa contaba. «¡Cuando me
toque a mí el Niño, verán que precioso le pongo!», solía decir a
menudo. Era llegado el instante: el Niño le pertenecía por algunas
horas, y ya sus manos temblaban de emoción ante la idea de poseer la
efigie del Nene celestial.
¡Con qué esmero planchó sor María los
pañales por ella misma bordados y calados! ¡Con qué diligencia
recogió en el jardín rosas tardías y frescas violetas oscuras, a fin
de esparcirlas sobre la camita de paja del Niño! ¡Con qué respeto
tocó la escultura, con qué reverencia la desnudó, con qué avidez
miró sus formas inocentes y con qué ímpetu repentino de las entrañas
se inclinó para besarla, mordiéndole casi en las mejillas, en los
hombros, en el redondo vientrezuelo!
Algunas monjas, de las más ilustradas y
benévolas, estuvieron conformes en que nunca había salido tan mono y
tan bien adornado el Jesusín; pero las viejas gangosas, ñoñas y
esclavas de la rutina, murmuraron que le faltaban dijes de abalorio
y talco y cintas de colores. Y cuando sor María se recogió a su
celda y se arrodilló para rezar antes de extenderse en la pobre
tarima, donde sin regalo, casi sin abrigo, dormía el sueño de los
ángeles, sintióse de repente profundamente triste, y le pareció que
delante de ella se abría un abismo negro, muy hondo, y que le
entraban ganas vehementes de morir. No penséis mal, ¡oh escépticos!,
de sor María. ¡No la creáis una monja liviana!
No era el amor profano y su deleitosa copa
lo que el tentador hacía girar ante sus ojos preñados de lágrimas de
fuego. Tened por seguro que la pureza de sor María llegaba al
extremo de ignorar si renunciando al amor sacrificaba venturas. En
el amor sólo sospechaba fealdades, desencantos, humillaciones y
groserías indignas de un alma escogida y bien puesta. Lo que en
aquel momento hacía sollozar a la monja era el instinto maternal,
despertado con fuerza irresistible a la vista y al contacto del
monísimo Jesusín...
Y mal de su grado, ofuscada por la
insidiosa tentación (sólo el Maldito pudo infundirle tan
trasnochados y extemporáneos pensamientos), sor María no estaba a
dos dedos de renegar de los votos y de las tocas y de los deberes
que al convento la sujetaban. Nunca estrecharía contra su infecundo
seno una tierna cabecita de rizada melena; nunca besaría una frente
pura y celestial; nunca unos brazos mórbidos ceñirían su garganta.
La única criatura que le había sido dado en brazos y a la cual pudo
prodigar ternezas era un chiquillo de palo, duro, frío, que ni
respondía a las caricias ni balbucía entrecortado el nombre de
madre. Y sor María, cada vez más hondamente desesperada, acordábase,
en aquella hora fatal, de su propio hogar que había abandonado, y
pensaba en el delirio con que su padre amaría a un nietezuelo, y
lloraba con llanto más amargo, con lágrimas sangrientas, como
lloraría una virgen de Israel condenada a muerte, la esterilidad de
su seno y la soledad eterna de su corazón, sentenciado a no probar
nunca el más intenso y completo de los cariños femeniles...
Mas he aquí que al hallarse sor María fuera
ya de sentido y a punto de rebelarse impíamente contra su destino y
de romper su juramento de fidelidad al Divino Esposo, cuentan las
crónicas (no sé si protestaréis los que lleváis sobre las pupilas la
membrana del topo, la incredulidad) que la celda se iluminó con luz
blanca y suave, y que de súbito el Niño del Misterio, no rígido e
inmóvil en su invariable actitud, sino animado, hecho carne,
sonriendo, gorjeando, acariciando, salió de una nube ligera y se
vino apresuradamente a los brazos de la monja.
«Soy yo, tu Jesusín, el que nació hoy a las
doce», parecía balbucir la criatura, halagando blandamente a sor
María. Y como ésta pagase con besos los halagos, el chiquillo rompió
a llorar tiernamente, y la monja, olvidando sus propias lágrimas y
su reciente desconsuelo, comenzó a bailar para entretenerle, a
arrullarle, a cantarle, a contarle cuentos, y, al fin, le arropó en
su cama, llegándole al calor de su propio cuerpo y recostándole
sobre su pecho tibio, que henchían activas corrientes de vitalidad y
de amor. Y allí se pasó la noche el pobre nene, hasta que la blanca
aurora, que disipa las sombras y ahuyenta las tentaciones, lanzó sus
primeras claridades al través de la reja, y la campana llamó al
templo a las monjas, que se pasmaron del resplandor extático que
brillaba en el hermoso semblante de sor María...
Desde entonces sor María hace prodigios de
austeridad, mortificación y penitencia. Sus rodillas están
ensangrentadas, sus costados los desuella el cilicio, sus mejillas
las empalidece el ayuno, su boca la contrae el silencio. Pero todos
los años, después de la misa del Gallo y el Misterio del pesebre, se
repite la visita del Niño a la celda melancólica y solitaria, y por
espacio de unas cuantas horas sor María se cree madre. |
|
|
La Navidad de «Peludo»
Catorce años de no interrumpida laboriosidad podía
apuntar el Peludo en su hoja de servicios; catorce años en que no hubo día sin
ración de palos y sin hambre. ¡El hambre especialmente! ¡Qué martirio!
Sacar fuerzas de flaqueza para el cochinero trote,
obligado por los pinchazos del recio aguijón; aguantar picadas de tábanos y de
moscas borriqueras, enconadas, feroces con el sol y el polvo, en las llagas de
la reciente matadura; sufrir talonazos y ver cortar la vara de avellano o de
taray que, silbadora y flexible, se ha de ceñir a su piel, averdugándola; probar
la dentellada de la espuela y el sofrenazo violento del bocado; recibir puñadas
en el suave hocico y en los ojos, en los dulces y grandes ojos cuya mirada
siempre expresa mansedumbre; doblegarse bajo la excesiva carga; arrastrarse
molido y pugnar por no caer al suelo antes de que se termine una caminata tres
veces más fatigosa de lo que cabe dentro de los límites del vigor asnal; todo
esto, con ser tanto, le parecía miseriuca al Peludo, en cortejo de pasar rozando
una pradera verde como la esperanza, mullida y aterciopelada como tapiz de seda,
y no poder hartar la panza vacía, redondear los ijares metidos y chupados y la
tripa hueca como tubería de órgano. Era tal la impresión que causaba al Peludo
la vista de la hierba apetitosa, rociada, velluda, de los dorados pajares y de
las mieses en sazón; tal la rabia que sentía al oír el murmurio de la fuente
cuando secaba sus fauces el anhelo del trabajo y la polvareda pegajosa del
camino real; tal la violencia de su furioso apetito y el ímpetu de su colosal
gazuza, que más de una vez, él, el manso, el resignado, el trabajador, el
obediente, «pensó» hacer una muy gorda y sonada: soltar un rebuzno de guerra y
arremeter a coces y a muerdos contra su despiadado jinete, su espolique, su amo,
su tirano... ¡Qué deleite arrojar al suelo el lastre de sacos de harina, que
pesan cual plomo, patearlos, reventarlos; que la harina se esparciese por la
carretera; meter en ella el hocico, aventarla, hacerla volar en blanquísimas
nubes! Y si era mucha el ansia de comer, no menor la de revolcarse. ¡Revolcarse!
¡Cuánto tiempo, desde su tierna infancia, su época de buchecillo retozón y
candoroso, que no se revolcaba, con las cuatro patas batiendo el aire y la gris
barriga al sol, el Peludo!
Cruzaban estas ráfagas de emancipación por la deprimida
mollera del esclavo, pero no adquirían consistencia; eran aleteos pasajeros que
abatía al punto la convicción de su eterna servidumbre y de que la había
dispuesto la suerte, el fatum que preside a la existencia del jumento. Sí, lo
peor del caso es que al Peludo la desgracia le había hecho fatalista; no
esperaba nada de la Providencia, ni se atrevía a creer que pudiese lucir para él
jamás un instante de relativa dicha. Hiciese lo que hiciese lo mismo tenía que
ser... Hambre y palos, palos y hambre... Arriba con la carga; avante por la
senda, y nada de protestas ni de quiméricos ensueños...
Razón llevaba el paciente Peludo en desconfiar de la
suerte y en prometerse mayores desventuras; su amo, en vez de mostrarle algún
apego, una pizca de consideración, a medida que el Peludo perdía fuerzas,
agilidad y bríos, iba tratándole con mayor dureza y encomendándole las tareas
más rudas y bajas, los transportes más reventadores y las jornadas a palo seco,
en todo el rigor de la frase. Por eso, la glacial y lluviosa noche del 24 de
diciembre encontró al cuitado Peludo sufriendo la intemperie con cachaza
estoica, atado a una argolla de hierro, a la puerta de la más conocida taberna
del Pellejón, una de las varias que salpicaban las orillas de la carretera de
Marineda a Brigos. Otras veces no faltaba para el Peludo en aquel templo báquico
el abrigo de una cuadra o de un estercolero, o siquiera de un cobertizo cerquita
del pajar; pero ésta era noche de bulla y parranda, de regodeo y jarros colmados
de vino y aguardiente, y cuando el Peludo, al trotecillo desmayado de sus
provectas patas, se acercó a la taberna, no quedaba sitio ni techo para él. De
dos puntillones, el amo le pegó a la pared, le amarró a la anilla, y allí se
quedó el jumento, sin más techo que un emparrado desnudo de follaje, cuyas ramas
goteaban hilos de agua llovediza, formando una charca bajo los cascos.
Veía el Peludo, al través de los vidrios de la ventana,
la sala de la taberna iluminada, alegre, llena de hombres que jugaban a los
naipes, disputaban, despachaban guisotes de bacalao y apuraban vasos de caña y
tinto. Mientras los racionales celebraban así la Navidad, el asno, transido y
empapado hasta los huesos, rendido de cansancio y desfallecido de necesidad, no
tenía ánimos ni para exhalar un suplicante y doloroso rebuzno pidiendo sustento
y calor. Una nube veló sus pupilas; sus corvas se doblaron. Iba a caer sobre el
fango líquido, cuando advirtió una claridad suave, muy diferente de la que
derramaban las pestíferas candilejas de la taberna, y divisó a su lado, con
profunda sorpresa a otro borrico: un asno plateado, de luciente pelo, vivaracho,
cordial. ¡Qué compañía tan grata! «¡Hi-ho!», flauteó dulcemente el caduco y
asendereado jumento. Púsose el recién venido a roer con los dientes la cuerda
que al Peludo sujetaba, y presto lo dejó libre. Echó a andar el argentado
borriquillo, y detrás de él, sin meterse en más averiguaciones, el Peludo, ya
regocijado y fuerte. A medida que adelantaban, la noche se hacía transparente,
estrellada, tibia; el camino, fácil, seco, llano, lindo. A derecha e izquierda,
prados de un tono de felpa verdegay, esmaltados de violetas y ranúnculos,
convidaban al Peludo a saciar su apetito; arroyos cristalinos le brindaban con
qué apagar su sed. Y el Peludo, entrando a saco, descuidado, libre, se entregó a
la hierba jugosa; desde lejos podía oirse el ruido de molino que al mascar
producía su vieja dentadura. Bebió a su talante en los manantiales; atracóse de
trébol y hierba mollar, y al paso que devoraba, redondeábase su panza como globo
que se infla, hasta que de súbito estallaron las cinchas que sujetaban la
albarda, y quedóse en pelota, feliz como un rey. ¡Ahora sí que no se sentía
fatalista el Peludo! Tan dichosa aventura lo convertía en el mayor
providencialista del universo. En lontananza empezaba a despuntar la mañanica
dorada y risueña; las violetas del prado olían a gloria; todo incitaba a un
revuelco deleitable, y, izas!, el Peludo se dejó caer y se puso a nadar en aquel
golfo de verdura, impregnándose de olores floreales, recogiendo en su pelambrera
hojas de manzanilla. El asno se sentía victorioso, envuelto en luces de gloria.
Y allá en los aires, lejos, alto, voces misteriosas repetían la profética
cláusula: «Nos ha nacido un niño, y se llama Emmanuel...» El asno de plata,
salvador del Peludo, le miraba entre compasivo y amigable, y le rebuznaba
bondadosamente: «¡Hi-ho! ¿No me conoces? Soy el que calentó con su aliento a
Jesús en el establo..., y el que llevó a Egipto a María la Nazarena...»
A la puerta de la taberna, el amo del Peludo, al salir
de madrugada con los humos de la embriaguez muy densos aún, vio a su montura
tendida en la charca, los ojos vidriosos, las patas rígidas.
-Rompióse la cuerda -observó el tabernero-. No le dé
patadas -agregó-, que de poco sirve; tiene la oreja fría; está difunto.
Pero el amo, con la terquedad característica de los
beodos, seguía descargando puntapiés al animal, jurando, blasfemando y
maldiciendo. Al fin, convencido de lo inútil de sus esfuerzos, soltó una opaca
risotada.
-Para lo que servía... -gruñó-. Ya ni podía conmigo... |
|
|
Jesusa
El matrimonio vio, al fin, cumplidos sus deseos: la
niña vino al mundo un 24 de diciembre, circunstancia que pareció señal del favor
divino; pusiéronle en la pila el dulce nombre de Jesusa, y la rodearon de cuanto
mimo pueden ofrecer a su único retoño dos esposos ya maduros, muy ricos, y que
sólo pedían a la suerte una criatura a quien transmitir fortuna y nombre. La
cuna fue mullida con pétalos de rosa, y hasta el ambiente se hizo tibio y
perfumado para acariciar el tierno rostro de la recién nacida...
Todos hemos narrado alguna vez la triste historia de la
niña pobre y desamparada que, harapienta y arrecida, con el vértigo del hambre y
la angustia del abandono, vaga por las calles implorando caridad, hasta que cae
rendida y la nieve la envuelve en blanco sudario. El grito de la miseria, el
clamor del vientre vacío, es penetrante y humano..., pero también sufre el rico,
y sus dolores, inaccesibles al fácil consuelo que se reparte con un puñado de
monedas, no hallan alivio sino en la misericordia de Dios... El que compare a la
chiquilla sin pan ni hogar con la chiquilla envuelta en algodones y harta de
goces y juguetes, a la que jamás recibió un beso con la que agasaja en su seno
de una madre idólatra, se indignará contra la injusticia social y apelará de
ella a la justicia infalible.
Cruzad la calle, deslizad un socorro en la mano
escuálida de la mendiga y penetrad después en la morada de la familia de Jesusa.
El contraste, al pronto, os parecerá hasta sacrílego. Cualquier chirimbolo de
los que decoran el gabinete, cualquier fruslería de rubia concha y cincelada
plata, de las mil esparcidas sobre las mesillas del tocador, vale más de lo que
costaría dar un año entero pan, luz y abrigo a la infeliz que tirita allá fuera,
en el ángulo de la manzana, en pie contra una cancilla menos dura que algunos
corazones.
Pasad el umbral de la alcoba tapizada de seda; acercaos
a la camita virginal, esmaltada de blanco y oro, y contemplad la cabeza que
descansa sobre la batista... Ved ese rostro transparente como alabastro, esos
ojos de violeta, tan infinitamente melancólicos. Si pudieseis alzar la sábana
sin ofender el pudor de la niña, que ha cumplido sus once años ya, se ofrecería
a vuestra vista algo sin nombre ni forma, uno de esos cuadros que sobrecogen,
una especie de insecto mísero: piernas como hilos retorcidos, manos que se
asemejan contraídas por la acción del fuego, doble gibosidad en el pecho y la
espalda, flacura de carnes secas y consumidas por el padecimiento. ¡Y si la
enfermedad se contentase con haberla desfigurado! Pero son tan incesantes sus
torturas, tan variadas, tan horribles, que hay horas negras en que el padre
susurra al oído de la madre, en voz opaca:
-¡No sería mejor despedir a tanto médico..., suprimir
tanto remedio..., no agobiarla..., dejarla que...!
Y la madre responde con acento en que tiemblan
irrestañables lágrimas:
-No, no... Mientras hay vida...
En el martirizado cuerpo, la inteligencia vela,
despierta desde muy temprano. A los seis años, Jesusa decía de esas frases que
cortan el alma. Las tempranas intuiciones, las precocidades, si en el niño sano
regocijan, en el enfermo afligen con aflicción honda, como es hondo el abismo
del humano dolor.
-Mamá, ¿soy yo mala? -gemía la inocente.
-No, eres muy buena, muy buena.
-Entonces, ¿por qué me castiga Dios?
-No es castigo... -sollozaba la madre-. Es que después,
cuando te mejores, has de disfrutar mucho... y es que ahora, si es verdad que
estás malita, también tienes más cosas bonitas que las otras niñas, más muñecas,
más juguetes, más flores, unas cajas preciosas...
Callaba la enferma un minuto, cerrando sus pupilas de
marchita violeta, y las abría luego para exclamar:
-Pues dales todo eso a los niños que no tienen... y
ellos que me den no estar enferma un día... ¡Mamá, siquiera un día!
Al correr del tiempo, al multiplicarse los fenómenos
del extraño padecimiento nervioso de Jesusa, arraigábase en su mente la idea de
la sustitución, y la creía posible, o segura, mejor dicho. ¿Por qué no la
complacían sus padres? ¿Había cosa más sencilla y natural? Que repartiesen a los
golfos y a los mendigos sus joyas y sus muñecos caros; que les enviasen a cestos
las golosinas; que les entregasen las sábanas de encaje y el edredón de plumón
de cisne..., que ellos a su vez, la socorriesen con unas migajas de salud, de la
riente salud que alegra el mundo, que calienta la sangre, que resplandece como
el sol y hermosea el vivir. ¡Levantarse de aquella cama, andar, salir a la
calle, respirar el aire libre, sin dolores, lista, ágil, contenta!
A fuerza de hablar de la sustitución, Jesusa acabó por
contagiar a su padre. Los desgraciados tienen siempre los brazos abiertos para
abrazar a la quimera. La esperanza es ingeniosa y supersticiosa.
-Verás, nena mía... Voy a darte gusto, voy a socorrer a
los niñitos pobres... Así que les haga mucho bien, tú sanarás...
Y empezó su carrera de filántropo, descubriendo cada
día, en la inagotable mina de la miseria, nuevas vetas que explotar, y soñando,
a cada hallazgo, que allí podría estar la curación de su enferma. Subió a muchas
buhardillas, llevando la bolsa llena y el médico prevenido; recogió y trajo en
brazos a las altas horas de la noche, al golfo que dormía aterido y desfallecido
de hambre sobre un banco o al través de una puerta y se gozó en el golpe mágico
del despertar de la criatura ante una suculenta cena y con la perspectiva de un
mullido lecho; redimió de la abyección a niñas que aún no tenían conciencia del
pecado, y las llevó a establecimientos benéficos, donde las inculcasen el
trabajo y la honestidad; pagó nodrizas a desvalidos huérfanos; desató un río de
aceite de hígado de bacalao para los chiquitines escrofulosos, y en verano envió
a las orillas del mar a hijos de obreros devorados por la anemia... Mas Jesusa,
enterada de tan santas acciones, no cesaba de mover la cabeza macilenta, de
cerrar dolorosamente las lánguidas violetas de sus ojos. No era bastante; no se
contentaba Dios todavía con eso.
Mayor sacrificio pedía sin duda... Prueba de lo estéril
del esfuerzo, era que Jesusa empeoraba, que redoblaban sus sufrimientos, que la
fiebre la consumía, que su piel se pegaba a los huesos abrasada por el mal, y
que en los accesos, a cada paso más frecuentes, sentía, o como un ascua en sus
entrañas, o como un enorme témpano de hielo en su corazón, próximo a cesar de
latir. ¿Iba a durar eternamente aquella infernal tortura? ¿No se apiadaría Dios?
¿No la sanaría de repente del todo, dejándola alzarse, fuerte y gozosa, en el
ímpetu de la juventud, a disfrutar de la existencia, a reír, a correr, a saltar
como los pájaros felices?
Llegó la Nochebuena, el cumpleaños de Jesusa. En tal
día, sus padres la abrumaban a regalos, inventaban caprichos para darse el gusto
de satisfacerlos. Se armaba el «belén», renovado siempre, siempre más lujoso, de
más finas figuras, de más complicada topografía; pero aquel año, suponiendo que
la enferma estaba cansada ya de tanto pastorcito, y tanta oveja, y tanto
camello, discurrió la madre colocar un precioso Niño Jesús, de tamaño natural,
joya de escultura, en un pesebre sobre un haz de paja. La sencilla imagen atrajo
a la abatida enferma. Parecía una criatura humana, allí echada, desnudita. Y al
mirarla, al pensar que tendría mucho frío, Jesusa creyó adivinar por qué no la
sanaba a ella Dios... No bastaba dar a otros niños limosna y socorro: era
preciso «ser como ellos», aceptar su estado, abrazarse a la humildad, a la
necesidad, imitando al Jesús que reposaba entre paja, sobre unas tablas
toscas... Afanosamente, la niña llamó a su madre y suplicó, trémula de ilusión y
de deseo:
-Mamá, por Dios... Haz lo que te pido y verás si
sano... Ponme como están los niñitos pobres... Echa paja en el suelo, acuéstame
ahí... No me tapes con nada, déjame tiritar...
Resistíase la madre, temblando de miedo a la idea de su
hija con frío y sobre unas tablas; pero, a pesar suyo, el loco ensueño también
se apoderaba de su espíritu. ¿Quién sabe? ¿Quién sabe?... Las alas de la quimera
batían misteriosamente el aire en derredor... Alejó a los criados, miró si nadie
venía..., y cargando el leve peso de la enferma, la tendió sobre la paja
esparcida, en el mismo pesebre donde sonreía y bendecía el Niño; Jesusa abrió
los ojos, miró ansiosamente a la imagen, y después los cerró con lentitud. Su
carita demacrada, crispada, expresó de pronto mayor serenidad: una especie de
beatitud bañó las facciones, iluminó su frente; un ligero suspiro salió de la
cárdena boca... La madre, aterrada, se inclinó, la llamó por su nombre, la
palpó... No respondía; el sueño se realizaba; los dolores de Jesusa habían
cesado; no volvería a sufrir. |
|
|
Nochebuena del jugador
El vicio del juego me dominaba. Cuando digo el vicio
del juego debo advertir que yo no lo creía tal vicio, ni menos entendía que la
ley pudiese reprimirlo sin atentar al indiscutible derecho que tiene el hombre
de perder su hacienda lo mismo que de ganarla. «De la propiedad es lícito usar y
abusar», repetía yo desdeñosamente burlándome de los consejos de algún amigo
timorato.
No obstante mi desprecio hacia el sentimiento general,
procuraba por todos los medios que en mi casa se ignorase mi inclinación
violenta. Habíame casado, loco de amor, con una preciosa señorita llamada
Ventura; estrechaba más nuestra unión la dulce prenda de un niño que aún no
sabía, si yo le llamaba, venir solo a mis brazos; y por evitar a mi esposa miedo
y angustia, escondía como un crimen mis aficiones, sorteando las horas para
satisfacerlas. Precauciones idénticas a las que adoptaría si diese a mi mujer
una rival, adoptaba para concurrir al Casino y otros centros donde se arriesga,
al volver de un naipe, puñados de oro; e inventando toda clase de pretextos
-negocios bursátiles, conferencias con amigos políticos, enfermos que velar,
invitaciones que admitir- cohonestaba mis ausencias y explicaba de algún modo mi
agitación, mi palidez, mis insomnios, mis alegrías súbitas, mis abatimientos, la
alteración de mi sistema nervioso, quebrantado por la más fuerte y honda tal vez
de las emociones humanas.
Hacía tiempo que no poseía sino lo que el juego me
granjeaba. Dueño de un mediano caudal, había ido enajenando mis fincas para
cubrir pérdidas. Vino después una larga temporada de prosperidad, pero invertí
las ganancias en valores fáciles de negociar, que ya mermaban recientes
descalabros. Nada de esto notaba mi Ventura, porque a semejanza de casi todas
las mujeres, recibía de manos de su esposo el dinero sin preguntar su origen.
Segura de mi cariño, pasiva y feliz en su hogar, ni se le ocurría ni quizá
deseaba conocer el estado de nuestros intereses. En las ocasiones felices, yo le
traía ricas alhajas y le compraba lindos trajes; en los momentos de estrechez,
una indicación mía bastaba para que ella redujese el gasto y aplazase los pagos,
con instintiva complicidad. Pero si mi esposa no me causaba inquietud y el
desorientarla me parecía facilísimo, otra persona de la familia me inspiraba
indefinible recelo.
Era esta persona el hermano mayor de Ventura, mi cuñado
Bernardo, hombre de entendimiento vivo y sagaz, de fogosa condición, a quien
penas ignoradas, quizá dolorosos desengaños, impulsaron a abrazar el estado
eclesiástico. Bernardo ejercía su ministerio con un celo abrasador, con sed de
sacrificio que le consumía, demacrando su cuerpo y encendiendo en sus azules
ojos perpetua llama. Los tales ojos, al fijase en mí, mostraban vislumbres de
desconfianza y severidad. Indudablemente, el santo altruista, consagrado a hacer
el bien, olfateaba en mí la egoísta y desenfrenada pasión que teñía de un
círculo de oscuro livor mis párpados y hacía temblar febrilmente mi mano cuando
estrechaba la suya. Una desazón, un desasosiego parecido al del que con ropa
sucia arrostra la luz del sol en un paseo concurrido, me asaltaban al
encontrarme frente a frente con Bernardo. Éste, que vivía fuera de Madrid,
absorbido siempre por empresas de beneficencia, fundaciones de Asilos y
Asociaciones caritativas, sólo venía a vernos dos veces al año; en Pascua de
Resurrección y en Navidades.
Acercábase precisamente esta solemne época del año,
cuando la suerte, que ya se me había torcido, comenzó a mostrarse airada contra
mí. Soplaba la racha negra, y soplaba tan inclemente y dura, que me arrebataba
mis esperanzas todas. Fallaban mis más laboriosas martingalas; se malograban mis
golpes de habilidad, mis corazonadas se desmentían y naipe que yo tocase era
naipe funesto. Encarnizado en el desquite, me precipitaba con cierta cólera,
obstinándome en despeñarme, agotando mis recursos, desafiando al porvenir. La
intuición de que se me venía encima la catástrofe redoblaba mi desesperada
energía. Debiendo ya sobre mi palabra crecida suma, busqué un prestamista -el
más usurero, el más infame- y sin vacilar como quien cierra los ojos y se arroja
a una sima, me abandoné a sus uñas, firmando cuanto quiso, comprometiendo mi
honor a cambio de la inmediata posesión de la cantidad que necesitaba para
saldar mi deuda en el Casino y tentar el golpe supremo. Estaba determinado a que
no luciese para mí el día de confesarle a Ventura que nos aguardaba la miseria y
la afrenta además. Cierto que a veces se me ocurría decirle: «Figúrate que yo
era un negociante; he quebrado; es preciso resignarse y trabajar.» Pero
inmediatamente comprendía la imposibilidad, el absurdo de calificar de «quiebra»
los resultados de mi desorden. Si caía a los pies de mi mujer revelando la
verdad, tendría que implorar perdón, como cumple al que faltó a sus deberes.
Antes morir, y morir me parecía la solución única del pavoroso conflicto. En
aquellos instantes veía tan claro como la luz que la muerte era precisa y
natural consecuencia de mi modo de entender la vida, y el derecho de jugar,
hermano del de suicidarse: ambos se reducían a uno solo... «Usar y abusar...» Y
morir sin miedo.
Con estos pensamientos volví a mi casa la tarde del día
24 de diciembre, llevando en el bolsillo la cantidad obtenida del usurero. No
bien entré en la antesala, sentía que me abrazaban a un tiempo por el cuello y
por las piernas. El primer abrazo era el de la mujer amante, que unía su rostro
al mío con arrebato mimoso; el segundo... ¿Quién puede abrazar por más abajo de
la rodilla sino el nene, el muñeco que se ensaya en romper a andar y aún
necesita agarrarse a algo para no caer de bruces?
Sentí que el corazón se me hendía; sentí que me acudían
lágrimas a los ojos; y apartándome bruscamente por disimulo, exclamé:
-¿Qué pasa? ¿A qué viene esto?
-Ha llegado Bernardo -respondió Ventura sorprendida de
mi sequedad.
-Tío Nado -repitió mi pequeño, que acompañó esta gracia
con una risa estrepitosa.
-Pues toma -dije entregando a mi mujer un puñado de
billetes-: prepara una cena; pero una cena de verdad, como me gustan..., y ahora
déjame, hijita, déjame un poco; quiero reposar, me duele la cabeza, y de aquí a
la noche espero mejorarme para charlar con Bernardo.
Ventura obedeció, y yo me encerré a escribir una
especie de testamento y despedida. Mis dientes castañeteaban; concluí la tarea,
registré mis pistolas, las cargué, me eché sobre el sofá y fumé nerviosamente,
cigarro tras cigarro, hasta que Ventura, solícita, vino a avisarme para cenar.
Era temprano, porque el niño no podía faltar a la mesa en noche semejante y su
madre evitaba tenerle despierto hasta las mil. Nos dirigimos al comedor,
iluminado por bujías rosa, alegrado por la blancura de los manteles y el
destellar del cristal y de la plata.
La sopa de almendra humeaba suavemente y trascendía a
gloria; las frutas raras se apiñaban en el centro de mesa, reflejado por una
luna de espejo circundada de rosas tardías; en las copas reía ya el Sauterne
amarillo, y mi mujer, engalanada, compuesta, sonriente, con el rizado pelo algo
fosco y las mejillas rubicundas, se acercó a mí y murmuró acariciándome con la
voz:
-¿No saludas al forastero? Ahí le tienes.
Abracé a Bernardo, y empezó la cena, animada al
principio por las genialidades del nene y las coqueterías de Ventura, empeñada
en que alabase su tocado y tan resuelta a conquistarme, que hasta apoyó sobre mi
pie el suyo chiquitín. Sin embargo, languideció la conversación bien pronto; no
era difícil notar que Bernardo y yo estábamos pensativos. A las preguntas
inquietas de mi esposa, respondía alegando cansancio y jaqueca; pero Bernardo,
el de las chispeantes pupilas azules, declaró categóricamente:
-Tu marido tendrá lo que guste, y no querrá enterarnos
de por qué parece un reo a quien le acaban de leer la sentencia ahora mismo;
pero lo que es yo... estoy así... porque me da vergüenza cenar tan bien, con
salmón, y ostras, y langostinos, y vinos añejos, y no poder ofrecer a algunas
familias pobres, ya que no estos festines de Lúculo, al menos el pan del año, el
fuego del hogar y ropa con que abrigarse las carnes. El apóstol enseñaba que los
cristianos no deben encerrarse para comer manjares suculentos. Nosotros nos
saciamos de cosas ricas, y vamos a brindar con un champaña... que ya lo conozco
de otras veces... ¡Clicquot!, mientras los pobres... No puedo evitar esto, ni
vosotros podéis; pero allá dentro hay un rincón de mi alma que llora. ¡Cómo ha
de ser! ¡No acierto a remediarlo!
Decir esto el sacerdote y cruzar por mi imaginación el
chispazo de una idea, fue todo uno; ni dio tiempo a la reflexión ni a que yo
calculase el efecto que en Bernardo iban a producir mis palabras. Me levanté,
llené una copa del champaña, que frío como nieve ya lucía en la jarra de cristal
tallado, y la tendí a Bernardo, exclamando de un modo significativo:
-¡Pues brinda... o reza! Para que se logre un plan que
tengo yo... Si se logra, asegurarás el pan a algunas familias.
Bernardo echó mano a su copa, y antes de alzarla, fijó
en mí las fascinadoras pupilas. A mi parecer, me registraba el cerebro, me veía
la conciencia y me leía como se lee un abierto libro.
De pronto, con súbita decisión tendió la copa, la
acercó a la mía, las chocó, y pronunció majestuosamente:
-Brindo ahora... Rezaré después. Deseo que se logre tu
plan... pero una vez sola, ¿entiendes? Una sola.
Consideré sellado el pacto. En mi superstición de
jugador lo había ensayado todo, gitanas y médiums, amuletos y pueriles
conjuros... todo, excepto el interesar a Dios por el cebo de la caridad,
partiendo mis ganancias con el Árbitro supremo, cuya previsión sirve al ciego
azar de invisible lazarillo. ¡Poner al Cielo de mi parte! Sí, porque el Cielo
tampoco podía «querer» que yo ejecutase la resolución postrera y definitiva, la
única que cortaba el nudo infernal de mi destino...
Así que terminó la cena, me levanté, alegué una excusa,
dejé a Ventura malhumorada y a Bernardo meditabundo, y salí desalado, a jugar,
no ya el dinero, sino la honra y la existencia, la existencia que en aquel
momento me parecía tan seductora, tan digna de ser vivida, entre los halagos de
una mujer enamorada y la luminosa sonrisa de un querubín que me pedía protección
y ayuda para andar, cogiéndose a mis piernas...
Por las calles se oía tumulto de gentío, repique alegre
de panderetas, rasgueos de guitarra; en las casas, la luz se filtraba delatando
la reunión de los que se quieren en íntima fiesta; y yo pensaba, mientras el
coche que había tomado a mi puerta iba rodando hacia el Casino: «Si marro, ésta
es mi Nochebuena última.»
¿Sabéis lo que se llama una suerte desatinada,
increíble, loca? Pues así la tuve yo desde el primer instante. Sobraban horas
para jugar, y estaban allí los puntos fuertes, los de repleta cartera y crédito
firme. Sin tregua los arrollé; no recuerdo vena igual: parecía cual si viese al
trasluz las cartas que iban a salir, o un poder invisible me dictase la puesta.
Como si Dios se esmerase en cumplir el pacto, mi vena aumentó desde que sonó la
medianoche.
Al regresar a mi domicilio, entré en el cuarto de
Bernardo. El cura estaba despierto; me esperaba sin duda
-Acuéstate -le dije- y duerme bien, que mañana tendrás
con qué dar a esas familias pobres el pan del año.
Vi en el expresivo rostro del sacerdote indicios de
perplejidad y zozobra. Comprendía perfectamente el origen del dinero que yo
venía a ofrecerle en cumplimiento del trato y su conciencia batallaba con su
pasión de hacer bien, de consolar penas, de enjugar lágrimas. Débil, por fin,
vencido del deseo, sacudido por una trepidación interior que le enronqueció la
voz, siempre sonora, me cogió las manos entre las suyas y murmuró:
-Acepto... Venga... Sólo que ¡acuérdate!... La
condición...
-Hoy ha sido la última vez: palabra de honor -respondí
adelantándome a su ruego.
No sé si me creeréis, pero no he jugado más desde
aquella Nochebuena. Al principio se me crispaban los dedos y la cabeza se me
desvanecía con el ansia de volver a probar las amargas delicias del juego;
después, poco a poco, vino la calma: el olvido ¡nunca! Negocié, labré una
fortuna, y aprendí que puedo usar de ella, pero no abusar. Sé que soy
depositario. El dueño está arriba. |
|
|
De Navidad
Este cuento pasa en el siglo XVI en una de esas
ciudades de Italia que gobernaba un tirano. Llamémosla a la ciudad, si queréis,
Montenero, y a su tirano, Orso Amadei.
Orso era un hombre de su época, feroz, desalmado,
disimulado en el rencor, implacable en la venganza. Valiente en el combate,
magnífico en sus larguezas y exquisito en sus aficiones artísticas, como los
Médicis, festejaba en su palacio a pintores y poetas y recibía en su cámara
privada a los sospechosos alquimistas de entonces, que si no consiguieron
fabricar oro, no ignoraban la fórmula de destilar activos venenos.
Cuando a Orso le estorbaba un señor, le atraía,
jurábale amistad, comulgaba con él -¡horrible sacrilegio!- de la misma hostia,
le sentaba a su mesa..., y en mitad del banquete el convidado se levantaba con
los ojos extraviados y espumeante la boca, volvía a caer retorciéndose...,
mientras el anfitrión, con hipócrita solicitud, le palpaba para asegurarse de
que el hielo de la muerte corría ya por sus venas.
Con los villanos no gastaba Orso tantas ceremonias: los
derrengaba a palos, o los dejaba consumirse de hambre en un calabozo.
Orso era viudo dos veces: a su primera mujer la había
despachado de una puñalada, por celos; a la segunda, la única que amó, se la
mató en venganza Landolfo dei Fiori, hermano de la primera. Ésta no había dejado
hijos: la segunda, sí: una hembra y dos varones. Perecieron los varones en un
oscuro lance militar, una emboscada que tal vez preparó el mismo Landolfo, y
quedó la niña Lucía para continuar la maldita familia de Amadei.
Discurría ya su padre el príncipe con quién desposarla,
cuando Lucía declaró que deseaba tomar el velo. Orso se desesperó, porque a su
manera, adoraba a aquel último retoño de su raza; mas no hubo remedio; la
voluntad de Lucía se impuso, y la niña entró en un monasterio de la Orden de
Santo Domingo, en que había florecido Catalina, llamada Eufrosina, a quien el
mundo venera hoy con el nombre de Santa Catalina de Siena.
La tierna juventud, la cándida belleza y la ilustre
cuna de la hija del tirano aumentaron el asombro de su penitencia. En un siglo
ya pagano renovó las duras penitencias de edades más fervorosas.
Su alimento era un puñado de hierbas cocidas; su cama,
dos quilmas sin paja; su ropa interior, un burdo tejido de Cilicia que llagaba
la delicada piel; y cuando se levantaba para orar, en las noches de enero,
después de tomar una hora de descanso sobre las losas húmedas, que quebrantaban
sus huesos todos, apenas podía sostenerse de debilidad y las palabras del rezo
se confundían en su boca.
Porque Lucía, hija al fin de los Amadei, no había
nacido para la mortificación y el dolor, sino para agotar las alegrías de la
vida, para recrearse en el grato sonido del bandolín, en el armonioso ritmo de
las estancias de los poetas, en la magia del color, en la dulce y misteriosa
calma de los jardines, donde sonreía la eterna hermosura de las estatuas griegas
y sólo el peso de ajenas culpas y el anhelo de la expiación la habían arrojado
palpitante de angustia y de terror al pie de los altares, donde a cada minuto
recordaba involuntariamente el mundo y sus goces.
Como Catalina de Siena, más de una vez se vio asaltada
por tentaciones impuras y por imágenes engañadoras y burlonas; pero abrazada a
la cruz, resistió heroicamente; lloró, se hirió las carnes y, al fin, conoció la
victoria en la paz que descendía a su espíritu. Arrobos y dulzuras inexplicables
sucedieron a los desfallecimientos, y Lucía se sintió consolada.
Llegó Navidad, aniversario de su profesión. Vino la
Nochebuena acompañada de mucha nieve; pero cuanto más espeso era el sudario que
cubría el huerto del convento, más calor notaba Lucía en su celda solitaria; una
ilusión singular le mostraba, al través de los emplomados vidrios, que en lugar
de copos de nieve llovían sobre las ramas de los árboles y sobre la dura tierra
millares de azucenas nítidas, finas como plumas arrancadas del ala de los
ángeles.
Sembrado de azucenas estaba todo, y la blancura del
jardín despedía una claridad que alumbraba la celda con rayos de luna, más vivos
y lucientes que la misma plata. De pronto, envuelto en olas de luz apacible,
Lucía vio a un precioso Niño: una criatura que sonreía, que tendía los bracitos,
y a quien la monja recibió enajenada en ellos.
-Esta noche -dijo el Niño amorosamente- he querido
favorecerte, Lucía, y en vez de nacer en el pesebre, naceré en la celda donde
tantas veces me has invocado.
Lucía permaneció algunos instantes fuera de sí: el
favor era extraordinario y, en su humildad, no se creía digna de él. Apenas pudo
recobrarse, juntó las manos y se postró implorando al Niño.
-Si quieres que sea dichosa tu sierva, Niño, mi Niño
del alma..., concédeme lo que voy a pedirte. ¡Ah!, es cosa grande y difícil;
pero si Tú no puedes realizar imposibles, ¿quién los realizará? Acuérdate de lo
que he luchado, acuérdate de mis sufrimientos..., y en vez de nacer aquí,
dígnate nacer en otro lugar oscuro, horrible, desolado...: el corazón de mi
padre, Orso Amadei.
Halagando el Niño con sus manecitas el rostro de la
penitente, la miró lleno de tristeza.
-¿Sabes lo que pides, Lucía? ¿Sabes que ese corazón
donde pretendes que yo nazca es más duro que la piedra, más sangriento que el
cadalso, más fétido que el sepulcro? ¿Sabes que para entrar allí tendré que
apartar con mi cuerpo desnudo los espinos y los abrojos y las ponzoñosas
hierbas, y sentir cómo se enroscan en mi cuello las víboras y cómo trepan por
mis piernas los fríos reptiles? ¡Yo he sabido morir del modo más afrentoso; pero
al tratarse de nacer, busqué dulzura y amor; nací entre sencillos pastores, no
entre lobos carniceros! En fin, Lucía, ya que has combatido por mí, no he de
negarte lo que deseas... ¡Esta noche, mi establo de Belén será el corazón de
fiera de tu padre!
Al oír la promesa del Niño, Lucía experimentó tan
súbito gozo, que no lo pudo resistir. Cayó inerte sobre las losas. La luz, la
visión, el perfume de las azucenas, todo desapareció, y al través de los
emplomados vidrios sólo se vio el huerto amortajado de nieve.
A aquella misma hora, Orso Amadei celebraba un festín
en su palacio; mejor que festín hay que decir orgía. No era una cena donde los
dichos agudos y las alegres historietas hiciesen volar las horas, y en que la
presencia de las damas, incitando a la galantería, contuviese a la brutalidad.
De estas cenas había dado muchas Orso; pero también gustaba de otras más
desenfrenadas, a que sólo asistían sus capitanes semibandidos, sus bufones y sus
familiares, gente cínica y perversa.
Si se mezclaba con ellos alguna mujer, era la infeliz
juglaresa sorprendida en la plaza pública, y que, después de servir de ludibrio
a los convidados, aparecía al día siguiente con el cuerpo acardenalado, medio
muerta, arrojada en cualquier callejuela de la ciudad. Aquella noche, Ridolfi,
uno de los capitanes de Orso, había anunciado mejor presa: justamente acababa de
cazar a una joven muy linda, ¡peor para ella si andaba a tales horas por la
calle! Alborotáronse los bebedores; Orso, riendo a carcajadas, ordenó que
trajesen a la jovencita, que entró, empujada por los soldados, temblorosa,
desgreñado el rubio pelo, y los hombres se engrieron al verla, porque era en
verdad soberanamente hermosa.
Orso clavó en ella sus ojos impúdicos; tendió la mano,
apartó los rizos de oro..., y asombrado se echó atrás; en la niña desvalida,
dispuesta allí para ultrajarla, veía el rostro de su hija Lucía, las mismas
facciones, las mejillas, la frente, sonrojada de vergüenza.
-Soltad a esa mujer -gritó Orso-. Que la acompañen a su
casa con el mayor respeto. Que nadie le haga daño... ¡Ay del que toque un
cabello de su cabeza! Que se la trate como a mi persona...
Los beodos, atónitos, obedecieron sin comprender.
Continuó el festín; pero Orso, preocupado y sombrío, no apuraba la copa. Deseoso
Ridolfi de animarle, hizo una seña, entendida al vuelo, y pocos minutos después,
un preso moribundo de hambre fue traído a la sala del banquete. Solían
divertirse en sacar de su mazmorra a uno de éstos, a quienes desde días antes
privaban de alimento; sentarle a la mesa, ofrecerle algún exquisito manjar, y
cuando iba a engullirlo, sollozando y aullando de contento, se lo quitaban de la
boca y le vertían en ella la ardiente cera de los hachones que alumbraban la
orgía.
El preso era joven, y Orso, bromeando, le tendió un
plato de asado, humeante, y una copa de «Lácrima»; mas al verle de cerca,
profirió una imprecación. Los ojos que le fijaban con doloroso reproche desde
aquella extenuada faz de mártir, la boca que le daba las gracias, eran la boca y
los ojos de Lucía, su propia mirada, que el padre no podía desconocer, mirada de
reflejo cariñoso, luz del alma que busca otra luz igual.
-Que suelten a éste -mandó Orso-. Antes, dadle bien de
comer cuanto desee. Y regaladle dos jarros de oro, y vino a discreción... Que se
le trate como a mi persona... ¿Lo oís? ¡Cómo a mi persona!
Ridolfi, gruñendo, cumplió la orden. Casi al punto
mismo en que salía el preso, se presentó en la sala del festín una mujer vieja,
con un chiquitín en brazos.
-Piedad, gran señor -exclamaba-, piedad de la criatura
que aquí ves. Este pequeño es el hijo de tu cuñado Landolfo dei Fiori, a quien
aborreces, y unos soldados, por orden tuya, según dicen, le quieren estrellar
contra el muro. Tú no puedes haber dado tan cruel orden, y yo le pongo bajo tu
amparo.
Al nombre odiado de Landolfo, Orso se estremeció de
furor, y desnudando el puñal, iba a atravesar la garganta del pequeño...; pero
éste, apacible, le sonreía, y su sonrisa era la sonrisa encantadora,
inolvidable, de Lucía cuando su padre la acariciaba, en los días de la niñez.
Orso, vencido, cayó de rodillas, y golpeándose el pecho
empezó a acusarse en voz alta de sus pecados; porque Jesús, fiel a su promesa,
acababa de nacer en aquel corazón más oscuro que el abismo infernal.
A la mañana siguiente, Orso recibió la noticia de que
su hija había expirado a las doce en punto de la noche.
El tirano se ató una soga al cuello, recorrió descalzo
las calles de la ciudad, pidiendo perdón a los habitantes, y, apoyado en un
bastón, se alejó lentamente. Nunca se volvió a saber de él. ¡Dichosos aquellos
en cuyo corazón nace el Niño! |
|
|
Jesús en la Tierra
Voy a contaros un cuento de la gran Noche, que me
refirió un viejo peregrino, cansado ya de recorrer todos los caminos y senderos
de este mundo y deseoso únicamente de recostar la cabeza en una piedra y morir
olvidado. Si el cuento es algo sombrío, atribuidlo a la fatiga y a las muchas
desventuras del que me narró esta especie de sueño.
La Noche de Navidad en uno de estos últimos años,
habéis de saber que nuestro Señor Jesucristo en persona quiso bajar a la Tierra
y recorrerla, porque como nadie ignora, si ha leído el texto santo, las delicias
de Jesús son morar entre los hijos de los hombres.
Dejó, pues, su trono y su asiento a la diestra del
Padre, y ocultando la majestad y belleza de su aspecto bajo forma que no
deslumbrase a los ojos mortales y que a veces ni aun fuese visible para ellos,
descendió al mundo, deseoso de encontrar piedad, amor y fraternal regocijo. La
Naturaleza parece asociarse a la solemnidad del día: en el firmamento, claro
como una bóveda de cristal, brillan los astros de oro y de esmeralda pálida,
titilando cual una mirada cariñosa: ni corre un soplo de aire, ni una partícula
de humedad condensada en figura de nubecilla empaña la magnificencia de la hora
nocturna.
En el polo, cuando se apoya sobre la helada extensión
el pie sagrado de Jesús, enciéndese súbitamente, como para festejarle, una
espléndida aurora boreal: reflejos abrasadores, purpúreos y anaranjados,
colorean la nieve y arrancan de los enormes témpanos centelleo diamantino. Mas
¿qué le importa a Jesús la magia del espectáculo? Lo que Él busca es luz de
aurora en los corazones; le atraen los fenómenos del alma, no los juegos de un
meteoro en las rocas insensibles y en las heladas estepas.
Y pasa adelante.
El primer lugar donde encuentra hombres, es una llanura
árida, el fondo de un valle que altas montañas limitan y coronan. Hombres, sí,
cubren el suelo, apretados como la mies cuando la tumba la guadaña del regador;
pero hombres inmóviles, yertos, crispados, en posiciones violentas; y en sus
rostros lívidos vueltos hacia el cielo resplandeciente de dulce claridad
estelar, en sus ojos abiertos y sin mirada, una expresión de rabia o de espanto
persiste, a despecho de la muerte... Porque son cadáveres los que cubren la
llanura, y la llanura es un campo de batalla.
Jesús, pensativo, los contempla breves instantes. En
los pechos abiertos, las heridas bermejas parecen bocas; en las frentes
destrozadas, los negros coágulos de sangre mariposas fúnebres de esa horrible
especie llamada Atropos, que lleva sobre el corselete la figura de una calavera.
Algunos de los hombres que yacen en la llanura respiran todavía: prestando oído
se percibe su ronco estertor agónico. Una mujer anciana, deshecha en llanto,
amparando con la mano trémula lucecilla, cruza inclinándose para ver los
rostros: busca tal vez a su hijo entre los muertos. Un caballo sin jinete pasa,
olfateando la carnicería y huyendo enloquecido...
Y Jesús sigue, se aleja.
Entra en una ciudad populosa. Por las calles circula
gente alborozada, gozando la deliciosa templanza en una noche tan apacible como
las primaverales. Voces vinosas entonan cantos desafinados; las guitarras
acompañan con su rasgueo procaz coplas equívocas; las panderetas repican
incesantemente, y discordes sonidos de rabeles, zambombas, chicharras, carracas
de metal, se enzarzan en el aire cual brujas volando al sábado. La multitud,
desparramándose por las calles, se arremolina ante los cafés atestados,
sofocantes de calor; a veces, un grupo se cuela por la puerta de alguna hedionda
tabernucha, de donde salen pateos, algazara, blasfemias y vaho de aguardiente.
Ante una de estas innobles guaridas se para el
Nazareno. Ve allá en el fondo un grupo alrededor de una mesa: dos hombres y una
mujer. Ella da cuerda a entrambos; los provoca, los enreda; ellos beben copa
tras copa, y disputan. El uno arroja un vaso a la cara del otro; el vaso se hace
pedazos, el hombre se incorpora chorreando heces de vino mezclado con sangre.
Los demás bebedores intervienen, amontonan al sano, aplacan al herido, le
enjugan la faz, bromean, obligan a los adversarios a reconciliarse, les incitan
a que se abracen riendo; el sano tiende los brazos con cordialidad y sin recelo
alguno; el herido desliza en el bolsillo la mano abierta; corta el aire el
relámpago de una navaja y cae un hombre con el pulmón partido.
Jesús se desvía, sigue andando, y ve un portal
grandioso, iluminado, sostenido en columnas de rojo mármol con capiteles de
bronce. Sube la escalera, que revisten densas alfombras y decoran nobles tapices
de batallas y cacerías, y penetra en una antecámara de vastas proporciones,
donde hacen la guardia criados de calzón corto y armaduras ecuestres auténticas.
La antecámara da acceso a un saloncito sin muebles, alumbrado por centenares de
globos eléctricos, y en el fondo del saloncito, bajo celajes de tul fino batidos
como espuma, aparece un encantador Belén, un Nacimiento para niños millonarios,
obra de arte más que de ingenua devoción. Al través de los campos y de los
oteros imitados con musgo y piedra pómez, salpicados de palmeritas enanas, y de
sicomoros gentiles y diminutos, se deslizan murmurando riachuelos naturales, que
sin duda algún ingenioso mecanismo hidráulico hace correr. De los montes de
piedra pómez, en cuyas cimas reluciente polvo blanco remeda la nieve, desciende
el torrente Cedrón, y del césped verdadero de los jardines se lanzan y se
pulverizan en el aire enhiestos surtidores. Un lago en miniatura refleja en su
cristalino seno las torres de Jerusalén, el circuito de sus murallas, las
cúpulas del templo y los apretados olivos del huerto de Getsemaní, que trepan
por la ladera. Los mil pintorescos detalles de los nacimientos no faltan en
éste, sólo que las figuras, perfectamente modeladas, son muñecos primorosos, y
desde el grupo de pastores que se arrodilla como en éxtasis, hasta los Reyes
Magos que, caballeros en sus dromedarios, asoman por una garganta salvaje, todo
revela la mano del hábil escultor. El prodigio es la gruta; hecha de cristales
de roca menudísimos y cristalizaciones de amatista, se irisa con múltiples
cambiantes al herirlas la luz del foco eléctrico en forma de estrella, que,
suspendido de un hilo de perlas, oscila a gran altura. Y en la gruta
deslumbradora, entre un asno y un buey de plata cincelada, la Virgen, de oro,
vela al Niño, de oro y esmalte también, con la cabecita de madreperla. Para
ostentar dignamente aquel grupo, joya de la orfebrería florentina del
Renacimiento, tal vez de Benvenuto Cellini aquellas efigies en que la riqueza de
la materia compite con lo inestimable de la ejecución, se ha armado, sin género
de duda, el Belén suntuoso, y han corrido los torrentes y las cascaditas bajo
las palmeras y los olivos.
Lo extraño era que no hubiese nadie, nadie
absolutamente, en el salón; nadie para admirar tal maravilla, nadie para
acompañar al Niño Jesús de oro y piedras, a fin de que no helase en su gruta de
cristalizaciones, entre los reflejos violáceos de amatista y los destellos
multicolores de la diáfana roca... Y sin embargo, el palacio no debía de estar
desierto, sino al contrario, lleno de gente: se notaba en la atmósfera esa
vibración, esos efluvios tibios que solo produce el aliento de muchos hombres y
mujeres reunidos para una fiesta. Del fondo de una galería llegaba a veces
prolongado murmullo, las rotas cadencias de una música alada y sensual, el
gorjeo de las risas. Jesús adelantó y se encontró en la galería, bello jardín de
invierno, decorado por gigantescas plantas y árboles de remotos climas, gomeros
y lantanas de enormes hojas, ciccas y pandanos de complicada estructura
semejantes a pagodas y obeliscos de porcelana verde. Esparcidas por el jardín se
veían las mesas donde cenaban alegres grupos, mujeres engalanadas, acribilladas
de pedrería, hombres que ostentaban sobre la solapa de raso de su frac grana
gardenias ya mustias por el calor. La orquesta de cuerda, oculta en un quiosco
árabe que revestían floridas enredaderas, acompañaba suavemente el rumor de las
conversaciones y de las carcajadas melodiosas, el ticliteo de las transparentes
copas que el champaña orlaba de espuma, y el levísimo choque de los platos, que
la destreza de los criados amortiguaba lo posible. Era una lujosa cena de
Navidad. Jesús retrocedió, volvió al salón del Nacimiento, donde se vio otra vez
en el establo, niño y solo. El roce de unos pasos sobre el pavimento de
incrustaciones de madera se dejó oír, y una mujer, una jovencilla, de ojos
azules, de blanco traje apenas escotado, penetró en el saloncito, fue derecha al
Belén, y envió una tierna sonrisa al Niño, que contempló despacio con amor.
Después, como el que tiene que ocultar una escapatoria, volvió precipitadamente
a la galería, donde tal vez la echasen de menos. Era la hija del dueño de la
casa. El Niño de oro ya no sentía tanto frío, y Jesús, extendió la mano, bendijo
a la doncellita, la única que se acordaba del Misterio...
Salió del palacio sin volver atrás la vista, y alejóse
del pueblo, de la gran ciudad corrompida y fangosa, como se había alejado del
siniestro y sangriento campo de batalla. Un cambio repentino en la atmósfera
presagiaba temporal; nubarrones densos y oscuros como plomo corrían por el
cielo; ráfagas de cierzo glacial azotaban los árboles, y se oía el mugir
pavoroso del mar rompiéndose contra los escollos. Jesús se encontró en una aldea
de pescadores, mísero grupo de chozas, colgado a guisa de nido de gaviota en una
escotadura de la costa salvaje. A pesar de la hora, bastante avanzada para gente
que suele economizar luz, nadie duerme en la aldea.
Ábrense de golpe las puertas de las cabañas, y hombres
y mujeres, provistos de faroles encendidos y de largas pértigas, de bicheros, de
cestos y de sacos, se dirigen en tropel hacia la playa, despreciando el viento
que les azota el rostro y la lluvia que empieza a caer sacudida por las rachas
furiosas del huracán. Imponente aspecto el del Océano: olas gigantescas, con
cresta de espuma, se encrespan descubriendo abismos, y el sulfuroso zigzag de un
relámpago alumbra en el fondo de una sima a una embarcación que corre sin rumbo.
Los ribereños alzan las luces, las hacen brillar, y el barco, que en ellas cree
distinguir la salvación, el puerto amigo, maniobra hacia la costa, y,
precipitándose, va a chocar contra el bajío donde se clava despedazado.
Los náufragos, que a la luz de otro relámpago habían
podido verse sobre el puente, en actitud de terror y desesperación, se arrojan
al agua, asidos a tablas, cogidos a cuerdas, montados sobre barriles; y luchando
con las monstruosas olas, que los sacuden y zapatean contra el peñascal, nadan
desesperadamente para alcanzar la playa, en que brillan y corren las luces, en
que ven agitarse seres humanos. Y entonces se verifica algo espantoso: los que
en la playa esperan a los náufragos, al verlos llegar moribundos, con las
pértigas, con los bicheros, con remos, con palos, con cuchillos, los rechazan
hacia el agua otra vez; pero antes los despojan de la cintura de cuero en que
salvaban oro y papeles de la cartera que se ataron bajo el sobaco al comprender
el peligro, de la ropa, de cuanto poseen; y por si las olas tardasen en hacer su
oficio, aturden a los infelices de un golpe en la cabeza, y así los arrojan al
piélago, inertes ya. Y danzando de júbilo, gruñendo como canes por el reparto
del botín, esperan la madrugada al pie de los escollos, para recoger los
despojos del buque que el mar escupiría bien pronto, aprovecharse de la feliz
albana y celebrar después con grosero y copioso banquete el día de la Natividad
del Señor...
El Redentor ha huido de la playa, sus ojos están
nublados, su alma triste hasta la muerte, según estaba cuando sudó sangre en
Getsemaní. Y su corazón, abrasado de caridad como nunca, insaciable en amar a
los hombres, siente las espinas de la corona que se le clavan, agudas e
invisibles. ¡Para esta raza había nacido en el establo y había muerto en la
cruz!
Entrando en una de las cabañas que los pescadores
dejaron desiertas al salir a su horrible pesca de náufragos, divisa, en un
rincón cerca del fuego, un niño arrodillado. Al verse tan solo, el rapaz ha
tenido miedo, se ha acercado al hogar buscando abrigo, y reza buscando amparo y
protección. Jesús le coge en brazos, le besa, le acuesta, le pone la mano en los
ojos y le deja tranquilamente dormido, soñando con los ángeles. Y al ascender
otra vez al cielo, se lleva Jesús en el hueco de la mano cuatro perlas: las
lágrimas de una madre que buscaba a su hijo en el campo de batalla; el orar de
un hombre que pide le sea perdonado un agravio; la sonrisa de una doncella, y la
oración de un inocente. |
|
|
El Belén
De vuelta a su casa, ya anochecido, don Julio Revenga
-sentado en el tranvía del barrio de Salamanca, metidas las manos en los
bolsillos del abrigo gabán con cuello y maniquetas de pieles- rumiaba
pensamientos ingratos. Su situación era comprometida y grave, doblemente grave
para un hombre leal y franco por naturaleza, y obligado por las circunstancias a
engañar y a mentir. ¡Qué cara pagaba una hora de extravío! La tranquilidad de su
conciencia, la paz de su casa, la seriedad de su conducta, todo al agua por
algunos instantes en que no supo precaverse de una tentación.
Mientras el cobrador iba cantando las estaciones del
trayecto y el coche despoblándose, Revenga daba vueltas a la historia de su
yerro. ¿Cómo había sido? ¿Cómo había podido suceder? Como suceden esas cosas:
tontamente. Si no es la quiebra de su amigo y paisano Costavilla, no tendría
ocasión de ponerse en frecuente contacto con la hermana, aquella Anita Dolores
-mujer ya espigada en los treinta años, y más desenvuelta que candorosa.
-Ante la desgracia de la quiebra, Costavilla perdió la
energía y la esperanza; pero Anita Dolores, en cambio, se reveló llena de
aptitudes comerciales, dispuesta, activa, resuelta a salvar la casa de cualquier
modo. Para sus gestiones se asesoraba con Revenga, le pedía auxilio, préstamos,
celebraban conferencias que duraban horas. Al manejar los papeles, al calcular
probabilidades de liquidación, establecíase entre los dos una intimidad
chancera, que se convertía de repente, por parte de Anita, en afición
inequívoca. Al sospechar Revenga lo que iba a sobrevenir, ya estaba interesado
su amor propio, encendida su imaginación. Sin embargo, la fiebre duró poco: el
esposo leal, el hombre honrado e íntegro, se dio cuenta de que era preciso
cortar de raíz lo que no tenía finalidad ni excusa. Sacrificó de buen grado
algunos miles de duros para sacar a flote a Costavilla, y se apartó de Anita
Dolores con propósito de no verla más.
No contaba con las fatalidades de la Naturaleza.
Ocultamente, en apartado rincón de provincia, Anita Dolores dio al mundo una
criatura. Fue el castigo providencial, no sólo para ella, sino para Revenga, que
no había tenido prole de su matrimonio, ni esperanzas. Y al rodar del tranvía,
que apresuraba su marcha, el vacilar de la luz de la linterna que se proyectaba
sobre los vidrios nublados por el cielo del aire exterior, Revenga quería
dominar una tristeza inconsolable, una amargura que le inundaba como ola de
hiel. Nunca vería a su niña; nunca la estrecharía, nunca la tendría sobre las
rodillas ni la besaría riendo... Anita Dolores, vengativa y tenaz, la había
escondido, la había hecho desaparecer. ¿Desaparecer?... ¡A cuántas conjeturas se
presta este verbo!
¿Qué era de la niña?... A aquella hora, cuando Revenga
penetraba en su morada lujosa, en su comedor que la electricidad alumbraba
espléndidamente y la leña de encina calentaba, intensa y crujidora; cuando la
intimidad del hogar le sonriese, y las golosinas de Nochebuena lisonjeasen su
apetito, ¿dónde estaría la abandonada? ¿En qué casucha de aldeanos, en qué
glacial dormitorio del Hospicio? ¿Vivía siquiera? ¿Valía más que viviese?
Estremeciéndose de frío moral, Revenga subió el cuello
del gabán y caló el sombrero. Desolación inmensa caía sobre su alma.
Precisamente acababa de saber en casa de unos amigos de Costavilla, donde solía
preguntar disimuladamente por Anita Dolores, noticias alarmantes. ¡Anita Dolores
se casaba! El nuevo socio de Costavilla, mozo emprendedor y dispuesto, era el
novio. No mortificaban los celos a Revenga; no le quitaban el sueño memorias de
lo pasado... Pensaba en la suerte de su niña, y aquella boda oscurecía más aún
el misterio de su destino. ¡Ah! ¡Pues si creían que iba a quedarse así, con los
brazos cruzados y mucha flema británica! ¡Desde el día siguiente -desde
temprano-, que Anita Dolores se preparase! ¡Allí iría, a reclamar la chiquilla,
a escandalizar si era preciso! El escándalo repugnaba a su carácter; el
escándalo podía herir de muerte a Isabela, su mujer, enterándola de lo que debía
ignorar siempre... No importa, escandalizaría, ¡voto a sanes! Cantaría claro;
desbarataría la boda; pondría en movimiento a la Policía, si era preciso...;
pero le darían su pequeña, y la entregaría a personas que la cuidasen bien, y la
educaría y haría que de nada careciese..., y, sobre todo, la vería, la
besuquearía, le llevaría juguetes en la Navidad próxima... Con firme
determinación cerró los puños y apretó los dientes. ¡Amanece, día de mañana!
Entre tanto, Isabel, la esposa de Revenga, acababa de
adornarse en su tocador. La doncella abrochaba la falda de seda rameada azul
oscuro, y prendía con alfileres la pañoleta de encaje, sujeta al pecho por una
cruz de brillantes y zafiros -el último obsequio de Revenga, traído de París-.
Con inocente coquetería se alisaba el pelo ondulado y se miraba en el espejo de
tres lunas, cerciorándose de que las señales de las lágrimas se habían borrado
del todo, después del lavatorio con colonia y el ligero barniz de velutina. ¡El
llanto no tenía para qué notarse!
Ya vestida y engalanada, pasó a un cuartito contiguo a
la alcoba, donde solía guardar baúles, pero que ahora presentaba aspecto bien
distinto del de costumbre. Tapizaban las paredes ricas colchas y cortinas de
raso y damasco; corría por el techo un cordón de focos eléctricos, y cubría el
piso blando tapiz. En el testero, como a una vara de altura, se levantaba un
tabladillo, y sobre él un Nacimiento, el Belén clásico español, con su musgo en
las praderías, sus pedazos de vidrio y de hojalata imitando lagos y riachuelos,
sus selvas de rama de romero, sus torres puntiagudas de cartón, sus pastorcicos
de barro, sus dromedarios amarillos y sus Magos con manto de bermellón, muy
parecidos a reyes de baraja. Dos diminutos surtidores caían con rumor argentino,
bañando las plantas enanas en que se emboscaba el Portal. Isabel se detuvo a
contemplar los hilitos del agua, a escuchar el musical ritmo, y recordó sus
propias lágrimas, y sintió nuevamente preñados de ellas los ojos y rebosante el
corazón... La injusticia, la maldad, la mentira, lastimaban a Isabel más aún que
la ofensa. ¿Por qué la engañaban, a ella que era incapaz de engañar, enemiga de
la falsedad y el embuste? ¿Cabía salir de casa despidiéndose con una sonrisa y
una caricia para ir a pasar horas en compañía de otra mujer?
Los surtidores goteaban, gimiendo bajito, e Isabel
también gimió; el son del agua que cae se adapta a la alegría lo mismo que a la
pena; para unos es concierto divino, para otros, queja desgarradora.
Quejábase el alma de Isabel, pidiendo cuentas,
exponiendo agravios, alegando derecho y razón. ¿No había ella cumplido sus
promesas, lo jurado al pie de aquel altar, pedestal y morada de su Dios? ¿No
había sido siempre fiel, dulce, enamorada, dócil, casta, buena, en fin? ¿Por qué
su compañero, su socio en la familia, rompía secretamente el pacto?
La mirada de la esposa de Revenga se fijó, nublada y
húmeda, en el Belén, y la luz de la estrellita, colgada sobre el humilde Portal,
la atrajo hacia el grupo que formaban el Niño y su Madre. Isabel lo contempló
despacio, y un cuchillo aguado de dolor se le hundió en el pecho.
«No pidas cuentas... -parecía decir la voz del grupo-.
No te quejes... Tú no has dado a tu esposo sino la mitad del hogar; tú no le has
dado el Niño...»
La esposa permaneció un cuarto de hora sin ver el
Nacimiento, viendo sólo, en las tinieblas interiores de sus penas, lo que cada
cual, durante ciertos supremos instantes que deciden el porvenir, ve con cruel
lucidez: lo fallido de su existencia, el resquicio por donde la desgracia hubo
de entrar fatalmente... Suspiró muy hondo, como para echar fuera toda la
pesadumbre, y poco a poco se apaciguó; su condición era resignarse, aceptar lo
dulce, rechazando mansa y tenazmente lo amargo.
«El Niño Dios me está diciendo que hice bien, muy
bien...»
La sonrisa volvió a sus labios, aunque sus ojos estaban
anegados en un llanto que no corría. En aquel mismo instante se oyeron pisadas
fuertes en el pasillo, y apareció Julio Revenga.
-¿Qué es esto? -preguntó con festiva extrañeza a su
mujer-. ¿Has hecho un Nacimiento para divertirte?
-Para divertirme yo, no -respondió expresivamente
Isabel, ya serena del todo-. Tengo los huesos durillos para divertirme con
Belenes... Es... ¡para divertir a una criatura...!
-¡A una criatura! -repitió maquinalmente el esposo-.
¡No será nuestra esa criatura! -añadió de un modo irreflexivo, que tal vez
respondía a sus íntimas preocupaciones.
-¡Qué sabes tú! -murmuró Isabel con calma.
Debió de palidecer Revenga. Bajó la cabeza, desvió el
rostro. Tales palabras despertaban eco extraño en su espíritu. ¡Cómo había
pronunciado Isabel la sencilla frase!
-No entiendo... -tartamudeó el infiel, con raros
presentimientos y peregrinas sospechas.
-Ahora entenderás... ¿No tienes hijos, Julio?
-interrogó ella derramando dulzura y compasión, y, por extraña mezcla, despecho
involuntario.
Él no contestó. Medio arrodillado, medio doblegado,
cayó sobre la banqueta de terciopelo frente al Belén. El mundo se le venía
encima: ¡lo que adivinaba era tan grande, tan increíble! Quería pedir perdón,
disculparse, explicar..., pero la garganta se resistía. Isabel, llegándose a su
marido, le echó al cuello los brazos, sofocada su indignación, pero magnífica de
generosidad.
-No se hable más del caso... Tranquilízate... Así como
así, estábamos muy solos, muy aburridos a veces en esta casa tan grandona. Yo
tenía muchas, muchas ganas de un chiquillo, ¿sabes? No te lo decía por no
afligirte. Hace catorce años que nos hemos casado, de manera que ya las
esperanzas... ¡Qué se le ha de hacer! No es uno quien dispone estas cosas...
Vamos, no te pongas así, Julio, hijo mío... Alégrate. ¡Hoy nos ha nacido una
pequeña!...
Revenga, en silencio, besó las manos, besó a bulto la
cara y el traje de su mujer. Temblaba, más de vergüenza y de remordimiento -es
justo decirlo- que de gozo. Sus labios se abrieron por fin, y fue para repetir
desatentadamente:
-¿Cómo has sabido...? Mira, yo no veo a esa mujer...,
te juro que no, que no la veo... Te juro que no me importa, que la detesto,
que...
-Estoy bien informada -contestó Isabel un tanto
desdeñosa, apacible-. Me consta que no la ves ni la oyes. Su venganza, su
desquite por tu abandono, fue enterarme de «todo»... y, por fin de fiesta,
enviarme la niña... Y ya que me la envía..., ¡caramba!, no la he soltado,
¿sabes? Está en mi poder... La reconoceremos, arreglaremos lo legal. Que no le
quede a «ésa» ningún derecho...
Al aflojarse el nuevo abrazo de los esposos Revenga
imploró:
-¡Tráemela!... No la conozco todavía... |
|
|
Página suelta
El destacamento había marchado toda la mañana, y,
después de un breve alto, fue preciso seguir la caminata emprendida para
acampar, ya anochecido, como Dios dispusiese, en la linde del bosque. La lluvia
(rara en aquel clima durante el mes de diciembre) no había cesado de caer en
hilos oblicuos, apretados y gruesos. Sorprendidos por el capricho de las nubes,
desprovistos de mantas y capotes, soldados y oficiales se resignaron, o, mejor
dicho, se chancearon con el agua; y era preciso todo el azogue de la juventud,
todo el ánimo del soldado, todo el estoicismo del carácter peninsular, para no
darse al mismo demonio al sentirse empapados como esponjas. Hacía calor, y el
chorreo del agua no parecía sino que aumentaba la densidad de la temperatura
pegajosa, sofocante, y con la marcha, irresistible. ¡Sudar el quilo y mojarse a
un tiempo, caramba! Y no había otro remedio que seguir andando, a socorrer al
pueblecillo cercado por los insurrectos, donde hacían desesperada y heroica
defensa los moradores, capitaneados por el párroco, un fraile dominico muy
terne... La idea de salvar a españoles y españolas de la muerte y de los
ultrajes alentaba al destacamento y le ponía alas en los pies, aunque el barro,
que subía hasta las rodillas, se los calzase de plomo.
Por necesidad, porque no se veía, y también porque las
fuerzas humanas tienen un límite, se detuvieron a la entrada de la selva. Casi
en el mismo instante cesó el aguacero, cual si algún tifón lo hubiese barrido, y
apareció un trozo de cielo limpio de nubes. A buen presagio lo tuvieron los
españoles, que se dispusieron a acampar al pie de un copudo y añoso tamarindo,
cuyos frutos, de ácida pulpa, sabían que son seguro remedio contra el cansancio
y la fiebre. La luna, que filtraba ondas de luz gris perla al través del espeso
ramaje enredado de lianas y tupido por los helechos colosales, fue acogida como
una amiga; a su claridad añadieron la llama de una hoguera que no quería arder,
y soldados y oficiales medio se secaron, abanicándose con hojas de cocotero,
porque aquel calor húmedo asfixiaba.
Colocados ya los centinelas, los soldados buscaron en
el sueño, o más bien en un inquieto y pesado letargo, el descanso indispensable
después de tan fatigosa jornada; pero el capitán, alto, moreno, enjuto, apoyado
en el tronco del tamarindo, y el teniente, muy joven, aniñado, de dulce cara
femenil, se quedaron un instante en pie, abiertos los ojos, como si interrogasen
a la noche.
-Pepe -dijo de pronto el capitán-, ¿sabes que me da el
corazón que cuando lleguemos se habrán rendido? Por mi gusto..., ¡ahora mismo
los hago levantar a todos y monto a caballo, y seguimos, hombre, seguimos para
adelante!
-La tropa está que no puede con su alma -objetó el
teniente, que se caía de sueño-. Dicen que tienen los pies como carbones
ardiendo y los huesos calados...
-¡Bah!, en cuanto dormiten un cuarto de hora, los azuzo
y se enderezan frescos como lechugas... ¡Si conoceré yo a mi gente! Son de
hierro..., forjados en Eibar.
-Pero ¿de dónde sacas tú que allá se han rendido? Hay
armas, municiones y, por sabido se calla, corazón; la iglesia y su torre son
fuertes; hay una buena empalizada de bambú y otra de tapial; con menos que eso
se resiste a un ejército; y los que quieren entrar en Arringuay son cuatro
gatos.
-Tienes razón -declaró el capitán- menos en lo de los
cuatro gatos, porque son centenares y no sé si millares de gatos los que están
allí; pero ¿sabes lo que más me desespera de esta parada? ¿Tú no te acuerdas de
la noche que es hoy? Como van ocho días que no sosegamos, como aquí hace verano
cuando allá invierno..., qué, ¿no sabes que es...?
-¡Nochebuena! -exclamó con acento penetrado el
teniente, cuyos ojos garzos se velaron de nostalgia-. ¡Nochebuena! ¡Y yo que no
me acordaba, chico! ¡Nochebuena! ¡Ay, quién comiese hoy la sopita de almendra y
la compota rajada de canela, en casa de tía Dolores! ¡Con las primillas, al lado
de Fanny! ¡Está uno tan harto de ver caras amarillas y juanetudas! ¡Ole las
mujeres de nuestra España!
-España es también aquí -respondió seriamente el
capitán-. ¡Lo que es el mundo! Tú te acuerdas de las muchachas..., y yo, de mi
nene, que ha nacido hace tres meses... No lo conozco aún...
-¡Nochebuena! -repitió el teniente de la cara
afeminada-. Mira tú: ello será tontería o chifladura...; pero me acaba de dar
por el alma no sé qué cosa rara, chico, y me pasa como a ti...: que me gustaría
hacer algo gordo esta noche.
-¡Para escribirlo allá!
-¡No, que sería para contárselo al emperador de la
China!
Las manos de los amigos se buscaron y se estrecharon
enérgicamente; la hoguera, casi extinguida por la humedad del suelo, lanzó un
reflejo rojo sobre el semblante de los dos oficiales; y el teniente,
despabilado, electrizado, dijo en voz opaca y ardiente como un ruego:
-¡A despertarlos, chico, a despertarlos! Tres o cuatro
leguas que faltan, se andan pronto... El guía me ha dicho a mí que sabe un
atajo...
Quince minutos después, ni uno más ni uno menos, el
destacamento caminaba otra vez, mejor dicho, se arrastraba penosamente, cortando
con hachas las espesas lianas y los bejucales, hundiéndose en charcos donde la
amarillenta sanguijuela les adhería a las piernas su ventosa y oyendo deslizarse
en la maleza la iguana y la venenosa serpiente palay. Cubierta otra vez la luna
por nubarrones, la oscuridad era casi total, y la tropa avanzaba a tientas,
riendo y renegando, pero sin quejarse, sin echar de menos el interrumpido
reposo. El que tropezaba en un tronco de árbol y daba de bruces, juraba y se
incorporaba, sin pensar siquiera en enterarse del daño recibido. ¡Sí, para
mimitos estaba el tiempo! ¡Cuando tal vez ardía Arringuay y destripaban a sus
moradores los condenados rebeldes! ¡A menear las patas! Y una calentura de
voluntad, de deseo, de abnegación, impulsaba los cuerpos exhaustos, despejaba
las cabezas cargadas de modorra y prestaba fuerzas a los más endebles, y a los
que menos podían consigo... Iban como se va en una pesadilla.
Medianoche era por filo cuando avistaron al enemigo.
Para decir verdad, lo que avistaron fue un caserío envuelto en llamas, un grupo
de chozas de donde salían clamores. El capitán había adivinado: Arringuay se
encontraba ya en poder de los asaltantes. Parapetados en la iglesia, resistían
aún algunos hombres, mandados por el párroco fraile; hacia la plaza sonaban
disparos; el pueblo, inerme ya, encontrábase entregado al saqueo y a la matanza.
Los españoles se precipitaron en él, y se luchó confusamente entre las sombras o
a la luz del incendio, pisando muertos lívidos, acribillados de heridas; vivos,
palpitantes aún, agarrándose con los bandidos y cruzando con sus raras armas de
salvajes, sus campaniles y sus krises ondeados como sierpes, las leales espadas
y las limpias bayonetas. La pelea, sin embargo, duró poco; la horda, con
exclamaciones nasales, con atiplados chillidos, que delataban a la vez el
despecho, la ferocidad y la cautela, se comunicó la orden de retirada, y dejando
en la plaza y en las calles otra nueva hornada de cadáveres -porque la tropa,
cansada y todo, pegada duro-, huyeron a la desbandada los rebeldes, y los
defensores de Arringuay, llorando de gozo, bajaron de la torre, en cuyos
escombros pensaron envolverse. El fraile, empuñando todavía su rémington, corrió
al encuentro del capitán, y aquellos dos hombres que no se conocían, que no se
habían visto nunca, pero que eran, en el momento de encontrarse, una misma idea
habitando dos cuerpos diferentes, se abrazaron con esa efusión larga, ardorosa,
con que sólo se abrazan los que se quieren mucho...
La tropa, reanimada ya, ni pensaba en comer ni en
dormir. Iban de casa en casa ayudando a apagar el incendio. Y el fraile y el
capitán, comprendiendo que no era hora de entregarse a desahogo se pusieron de
acuerdo en breves palabras, empezaron a dar órdenes y a ejecutarlas en persona.
Los moradores, como el rebaño después de la acometida del lobo, juntáronse en la
plaza: la madre buscaba al hijo, el hermano al hermano, se llamaban, se
contaban; algunos sacaban a cuestas a los heridos. Un sargento trajo en brazos a
un niño de pecho; acababa de encontrarle en una casuca que empezaba a arder, y
donde sólo había una mujer muerta, nadando en un charco de sangre. Era la
criatura un muñeco amarillo, que se descuajaba llorando; pero al capitán la
vista del muñeco le avivó deseos y afanes, con más viveza en aquella noche, en
que especialmente son sagrados los pequeñuelos; inclinóse y besó tiernamente al
huérfano, y el teniente, con bonita sonrisa juvenil, le alzó entre sus manos y
le enseñó a la multitud, diciendo humorísticamente:
-¡Miren qué Niño Dios nos cae hoy!
-Es bien feo el condenado, mi teniente -declaró el
sargento.
-¡No tenemos otro!...
Y el niño de raza malaya, fue festejado, y compadecido,
y chillado, hasta que le tomó de su cuenta una chica que le acercó a su seno
oblongo y a la cual el capitán deslizó en la mano todo el dinero que llevaba.
|
|
|
Dos cenas
-Hoy es un día muy señalado y una noche en que no se
debe cenar solo -dijo Rosálbez, el banquero, a su amigo el joven conde Planelles,
a quien encontró «casualmente» en su misma calle, casi frente al suntuoso
palacio. Usted es soltero, no tendrá quizá comprometida la cena... Si quiere
hacernos el obsequio de aceptar..., a las ocho en punto... Yo apenas cenaré: me
siento malucho del estómago; usted despachará mi parte...
-Mil gracias, y aceptado -respondió cordialmente el
conde-. Pensaba cenar con unos cuantos en el Nuevo Club. Les aviso, y en paz...
Aunque casi no era necesario avisarlos: al no verme allí...
-¡Perfectamente! Hasta luego -murmuró Rosálbez,
saltando a su berlinita, que le aguardaba para llevarle, como todos los días, a
una plazuela, y de allí, a pie, a cierta casa, hasta la cual no le convenía que
llegase el coche.
Era el secreto de Polichinela, como dicen nuestros
vecinos los franceses; nadie ignoraba en Madrid que Rosálbez protegía a aquella
rasgada moza, Lucía la Cordobesa, de tanta gracia y garabato, y que el
entretenimiento le salía carísimo: el que lo tiene lo gasta.
Ha de saberse que Rosálbez, el opulento, había llegado
a los cincuenta y seis años, y empezaba a cambiar sensiblemente de genio y de
gusto. En otro tiempo no necesitaba la nota afectuosa en sus relaciones con
mujeres: sólo exigía que le divirtiesen un instante. Ahora, sin duda, el
desgaste físico de la edad reblandecía sus entrañas, y lo que buscaba era agrado
tranquilo, el halago suave de un mimo filial. Su hija verdadera, Fanny, le
demostraba un respeto helado, una obediencia pasiva y mecánica, y Rosálbez
aspiraba a encontrar en la Cordobesa espontaneidad, calor amoroso, algo
distinto, algo que removiese ceniza y alzase suaves llamas. Con esta esperanza y
este deseo, llamaba a su puerta el día de Navidad.
Lucía estaba en su tocador. Vestía una bata de franela
rosa. La doncella, que le recogía con ancho peine la magnífica mata de pelo
ondulado, de un negro azabache, al ver entrar al protector retiróse
discretamente.
La Cordobesa sonrió; Rosálbez le tomó una mano y,
acariciando con reiterados pases la piel de raso moreno y los torneados dedos,
la interpeló así:
-¿Conque cenamos juntos esta noche, nena? ¿Conque tú
misma irás a la cocina y dirigirás la sopa de almendra y la compotita con rajas,
al uso de tu país?
Lucía entornó un instante los párpados pesados y
sedosos, y su boca pálida, en la cual refulgían los dientes como trozos de
cuajado vidrio frío y blanco, hizo un gesto de mal humor.
-¡Ay hijo! Pero ¡qué caprichos gastas, vaya por San «Rafaé»!
¿Te lo he de decir cantando o «resando»? Ya sabes que está en Madrid mi prima la
de Ecija, y quiere que la acompañe a la misa «el» Gallo, a medianoche. Si te
conformas con cenar a las ocho y largarte a las once en punto..., santo y bueno;
después..., tengo compromiso.
Rosálbez se soliviantó; se inyectó de sangre su cráneo
calvo.
-¡Compromiso! ¡Me gusta! ¿Y qué compromiso es más que
yo para ti? A las ocho se cena en mi casa; tal noche como hoy no he de dejar a
mi hija sola, y menos teniendo convidados.
-¡Hola! ¡Convidados! ¿Quién?
-Gente que no conoces. Los Ruidencinas, Mario Lirio, el
conde de Planelles...
Lucía se echó a reír. Su carcajada era vulgar (nada
como el eco de la risa delata la extracción, la educación y la calidad del
alma).
-¿De qué te ríes? -exclamó el banquero, impaciente.
-De ti -respondió ella con cinismo-. ¡Mira tú que «empeñate»
en que no conozco a ésos! Conozco yo a «to» el mundo.
Aquella risa insolente y mofadora, que continuaba, le
hacía daño a Rosálbez. Hubiese pagado a buen precio una luz de melancolía en los
grandes ojos árabes de la Cordobesa, un aire de mansedumbre en su morena faz.
-¿Me das de cenar o no? -insistió secamente, sintiendo
en las manos como unas cosquillas, impulso de tratar con brutalidad a la
reidora.
-A las «dose»..., ni que te lo imagines, criatura
-declaró ella con la misma desdeñosa inflexibilidad.
-Bien, hija -exclamó Rosálbez con laconismo,
levantándose y encaminándose hacia la puerta.
A medio pasillo sintió detrás de sí las pisadas y la
voz de Lucía, que le llamaba bromeando; pero en vez de volverse apretó el paso,
tiró vivamente del resbalón de la puerta y bajó las escaleras a escape. Al verse
en la plazuela, recordó que había despedido su coche, y echó a andar a pie, para
calmar su agitación nerviosa. Claridad repentina alumbraba su mente; comprendía
lo que estaba sucediendo. Era, sin ambages, que se encontraba enamorado de
Lucía, de la Cordobesa agitanada e indómita. Hasta entonces la había mirado como
un mueble o un objeto de lujo: indiferencia absoluta. Pero la crisis de su
madurez ablandándole el corazón, hacía germinar en él un sentimiento
desconocido. Al acercarse la noche inmortal, consagrada al amor puro, en que se
desea reclinar la frente sobre el pecho de un ser amado, Rosálbez soñaba que ese
pecho sería el de la Cordobesa, y las proporciones de su pena ante el desengaño
le daban la medida exacta de su ilusión. «¡Después de lo que hice por ella!
-pensaba el banquero-. La he sacado de la abyección y de la miseria; me debe
hasta el aire que respira. La he tratado mejor que a «nadie»; la he rodeado de
bienestar y de lujo; le he guardado incluso consideraciones... La quiero, la
idolatro... ¡Ingrata!»
La idea de la ingratitud de Lucía causó a Rosálbez una
especie de enternecimiento: sintió lástima de sí mismo; se tuvo por muy
desventurado. A aquella hora de su vida, ante la vejez amenazadora, con la caja
bien repleta y el alma completamente árida y oscura, Rosálbez lo que echaba de
menos para tapar el negro agujero, era «cariño». Su mujer fue una dura
vascongada, una rígida ama de llaves, una secatona administradora, que no
pensaba sino en cooperar dentro de casa, por medio de una economía estricta, a
las brillantes especulaciones del marido. Cuando murió, Rosálbez notó su falta
en que le robaron los cocineros y subió bastante el gasto diario. Y Fanny, la
única hija, algo inclinada a la devoción, seria y callada por naturaleza,
tampoco tenía para su padre halagos. Hasta se diría que le miraba como a un amo
que manda, un superior, con quien no existe comunicación afectiva. Actualmente,
la absorbían del todo sus amoríos con el conde de Planelles no formalizados aún.
Rosálbez lo sabía; y en el súbito acceso de bondad que le había acometido, en el
deseo de ver algún rostro que le sonriese, al volver a casa se apresuró a entrar
en el saloncito de Fanny y darle la noticia de que estaba invitado Planelles a
cenar. Equivalía a decir: «Autorizo tus relaciones; ya tienes oficialmente
novio.»
Fanny, al recibir la nueva, se puso roja como una
cereza, tembló; pero sólo respondió:
-Está bien...
Rosálbez fantaseaba otra cosa: que le saltasen al
cuello, que le abrazasen estrechamente. Acababa de traslucir una solución para
su vida: unirse a su hija, crearse un hogar en el suyo, adorar y mimar a los
nietos que enviase Dios. Ya veía una larga serie de Navidades futuras, de
gozosas cenas de familia, con árbol cargado de juguetes, con sorpresitas
retozonas y babosas del abuelo. Creía sentir sobre sus rodillas el peso del
«mayorcito» y en las barbas la sobadura de las manos tibias de «la pequeña». ¡Ah
sí; aquello era lo bueno, lo honrado, lo digno, lo que debía hacerse! Y
conmovido se acercó a Fanny y besó su frente marmórea, bebiendo ansioso la
nitidez virginal de la fresca piel.
Espléndida fue la cena, servida a las ocho en punto. En
nada se pareció a la que pretendía Rosálbez organizar en casa de la Cordobesa:
ni hubo sopa de almendra, ni besugo con ruedas de limón, ni compotita con rajas
de canela. Esos platos clásicos, familiares, no suelen dignarse presentarlos los
cocineros de miles de pesetas de sueldo. Esos platos son mesocráticos. En
cambio, desfilaron por la mesa del banquero los peces y mariscos más suculentos,
aderezados al genuino estilo francés, y regado con vinos añejos, raros y
preciosos. El triunfo del cocinero fue un fingido jamón en dulce hecho de
pescado prensado (no se podía infringir el precepto de la vigilia), que
engañaba, no sólo a la vista, sino al paladar. Fanny, sentada a la derecha del
que ya consideraba su prometido, en la penumbra del centro de mesa formado de
lilas blancas forzadas en estufa y tallitos de cimbalaria alternando con
camelias rojas, le hablaba quedo. Rosálbez, que los miraba a hurtadillas, no
pudo menos de exclamar:
-Pero, Planelles, ¡qué poco come usted!
A lo cual contestó el conde:
-Es que me siento malucho del estómago...
Tan sencilla frase hizo estremecerse al banquero. Era
exactamente la misma que él había pronunciado por la mañana, al invitar a
Planelles, cuando proyectaba reservarse para la otra cena, íntima, en casa de
Lucía, a las doce. Aquella singular coincidencia, no descifrada todavía, heríale,
sin embargo, como chispa lumínica el pensamiento. ¿Quién averiguará por qué
inmateriales hilos es conducida la leve sospecha que precede a la entera
revelación de la verdad? No fue el protector apasionado de la Cordobesa, sino el
padre de Fanny, quien calculó, fijando los ojos en los del futuro yerno:
«A mí con ésas. Tú ayunas para guardar apetito. ¡Ah! Yo
te vigilaré. ¿Buscas en mi hija el oro o el amor? ¡Cuidado conmigo!»
La impresión adquirió fuerza cuando, a pesar de que
Fanny anunció que a medianoche justa, al dar las doce, serviría a los convidados
una copa de champaña para celebrar el Nacimiento, el conde manifestó que se
retiraba.
Un cuarto de hora después que el conde, bajaba el
banquero la escalera de mármol blanco, y saltaba en el primer coche de punto
varado en la esquina. El simón destartalado se paró a la puerta de la Cordobesa.
No acudió el sereno a abrir: Rosálbez le daba muy generosas propinas porque le
dejase servirse de su llavín, sin oficiosidades importunas. Cruzó el tenebroso
portal, y, girando a la izquierda y encendiendo un fósforo, encontró la
cerradura de la puerta del cuarto bajo.
Sufría una agitación honda cuando introdujo en ella el
otro extremo del llavín. ¡Aún dudaba! ¿Quién sabe? Tal vez, como buena andaluza
apegada a la tradición y creyente, la Cordobesa no había querido pasar la noche
del 24 de diciembre sin asistir a la misa del Gallo, la más alegre y tierna de
todas las misas. ¡Qué dicha esperarla en el cuartito forrado de felpa azul, y,
cuando regresase a la una, depositar en su regazo el estuche con las calabazas
de perlas, el último capricho! Giró la llave sordamente; el banquero sintió bajo
sus pies la alfombra de la antesala. Dio luz al tulipán, y al mismo tiempo oyó
que salía del comedor algazara y risa. De puntillas se coló en el ropero, que
estaba a la derecha del pasillo: quería saber a qué atenerse; iba a ver, a
saber, a cerciorarse de la infamia. Del ropero se pasaba a un gabinete, y ya en
éste, al través de una puerta vidriera, era fácil distinguir cuanto en el
comedor sucedía. Rosálbez se agachó, entreabrió las cortinas... Enfrente tenía a
la Cordobesa con mantón de Manila y flores en el moño; a su lado, Planelles
alzaba la copa.
El banquero retrocedió; reclinóse en un sofá y creyó
que una mano le apretaba la nuez hasta asfixiarle. Era el desastre completo; era
no solamente la burla para él, sino el desprecio de su pobre Fanny, de su hija.
Las risas, las coplas venidas del comedor, le azotaban como látigos. Se levantó;
a tientas buscó la salida y se encontró de nuevo en la antesala. Dejó la puerta
abierta; en la calle tiró la llave al primer agujero de alcantarilla, y subiendo
a otro coche dio las señas de su palacio. Todavía estaban iluminados los
salones; Fanny, en la antesala, despedía a los convidados. Cuando
desaparecieron, Rosálbez se acercó a su hija y, cogiéndola de la mano,
tartamudeó:
-¡Valor! ¡No te sobresaltes!... Acabo de adquirir la
prueba de que el conde de Planelles no te merece; de que es un miserable, que te
engaña con la última de las mujerzuelas. Te lo juro; tu padre te lo jura; acaba
de cerciorarse de ello, positivamente... Jamás consentiré que vuelva a poner los
pies aquí.
Y Fanny sin replicar, blanca como su traje, balbució:
-Entraré en las Reparadoras.
Rosálbez vio, mirando al porvenir, una larga serie de
Navidades frías y solitarias, inmenso agujero tétrico en su existencia... |
|
|
La Nochebuena del carpintero
José volvió a su casa al anochecer. Su corazón estaba
triste: nevaba en él, como empezaba a nevar sobre tejados y calles, sobre los
árboles de los paseos y las graníticas estatuas de los reyes españoles, erguidas
en la plaza. Blancos copos de fúnebre dolor caían pausadamente en el alma del
carpintero sin trabajo, que regresaba a su hogar y no podía traer a él luz,
abrigo, cena, esperanzas.
Al emprender la subida de la escalera, al llegar cerca
de su mansión, se sintió tan descorazonado, que se dejó caer en un peldaño con
ánimo de pasar allí lo que faltaba de la alegre noche. Era la escalera glacial y
angosta de una casa de vecindad, en cuyos entresuelos, principales y segundos
vivía gente acomodada, mientras en los terceros o cuartos, buhardillas y
buhardillones, se albergaban artesanos y menesterosos. Un mechero de gas
alumbraba los tramos hasta la altura de los segundos; desde allí arriba la
oscuridad se condensaba, el ambiente se hacía negro y era fétido como el que
exhala la boca de un sucio pozo. Nunca el aspecto desolador de la escalera y sus
rellanos había impresionado así a José. Por primera vez retrocedía, temeroso de
llamar a su propia puerta. ¡Para las buenas noticias que llevaba!
Altas las rodillas, afincados en ellas los codos, fijos
en el rostro los crispados puños, tiritando, el carpintero repasó los temas de
su desesperación y removió el sedimento amargo de su ira contra todo y contra
todos. ¡Perra condición, centellas, la del que vive de su sudor! En verano,
cebolla, porque hace un bochorno que abrasa, y los pudientes se marchan a
bañarse y a tomar el fresco. En Navidad, cebolla, porque nadie quiere meterse en
obras con frío y porque todo el dinero es poco para leña de encina y abrigos de
pieles. Y qué, ¿el carpintero no come en la canícula, no necesita carbón y
mineral cuando hiela? El patrón del taller le había dicho meneando la cabeza:
«¿Qué quieres hijo? Yo no puedo sacar rizos donde no hay pelo... Ni para Dios
sale un encargo... Ya sabes que antes de soltarte a ti, he «soltao» a otros
tres... Pero no voy a soltar a mis sobrinos, los hijos de mi hermana...,
¿estamos? Ya me quedo con ellos solos... Búscate tú por ahí la vida... A
ingeniarse se ha dicho...» ¡A ingeniarse! ¿Y cómo se ingenia el que sólo sabe
labrar madera, y no encuentra quien le pida esa clase de obra?
Un mes llevaba José sin trabajar. ¡Qué jornadas tan
penosas las que pasaba en recorrer Madrid buscando ocupación! De aquí le
despedían con frases de conmiseración y vagas promesas; de allá, con secas y
duras palabras, hasta con marcada ironía... «¡Trabajo! Este año para nadie lo
hay...», respondían los maestros, coléricos, malhumorados o abatidos. De todas
partes brotaba el mismo clamor de escasez y de angustia; doquiera se lloraban
los mismos males: guerra, ruina, enfermedades, disturbios, catástrofes, miedo,
encogimiento de bolsillos... Y José iba de puerta en puerta, mendigando trabajo
como mendigaría limosna, para regresar a la noche, de semblante hosco y ceño
fruncido, y contestar a la interrogación siempre igual de su mujer con un
movimiento de hombros siempre idéntico, que significaba claramente: «No, todavía
no.»
La mala racha los cogía sangrados, después de larga
enfermedad: una tifoidea de la chica mayor, Felisa, convaleciente aún y
necesitada de alimento sustancioso; después de la adquisición de una cómoda y
dos colchones de lana, que tomaron el camino de la casa de empeños a escape;
después de haber pagado de un golpe el trimestre atrasado de la vivienda y oído
de boca del administrador que no se les permitiría atrasarse otra vez, y al
primer descuido se los pondría de patitas en la calle con sus trastos... En
ocasión tal, un mes de holganza era el hambre enseguida, el ahogo para el resto
del venidero año. ¡Y el hambre en una familia numerosa! Nadie se figura el
tormento del que tiene la obligación de traer en el pico la pitanza al nido de
sus amores, y se ve precisado de volver a él con el pico vacío, las plumas
mojadas, las alas caídas... Cada vez que José llamaba y se metía buhardilla
adentro, el frío de los desnudos baldosines, la nieve de la apagada cocina, se
le apoderaban del espíritu con fuerza mayor; porque el invierno es un terrible
aliado del hambre, y con el estómago desmantelado muerde mil veces más riguroso
el soplo del cierzo que entra por las rendijas y trae en sus alas la voz rabiosa
de los gatos...
Cavilaba José. No, no era posible que él pasase aquel
umbral sin llevar a los que le aguardaban dentro, famélicos y transidos, ya que
no las dulzuras y regalos propios de la noche de Navidad, por lo menos algo que
desanublase sus ojos y reconfortase su espíritu. Permanecía así en uno de esos
estados de indecisión horrible que constituyen verdaderas crisis del alma, en
las cuales zozobran ideas y sentimientos arraigados por la costumbre, por la
tradición. Honrado era José, y a ningún propósito criminal daba acogida, ni aun
en aquel instante de prueba; las manos se le caerían antes que extenderlas a la
ajena propiedad; pero esta honradez tenía algo de instintivo, y lo que se le
turbaba y confundía a José era la conciencia, en pugna entonces con el instinto
natural de la hombría de bien, y casi reprobándolo. Él no robaría jamás, eso
no...; pero vamos a ver: los que roban en casos análogos al suyo, ¿son tan
culpables como parece? A él no le daba la gana de abochornarse, de arrostrar el
feo nombre de ladrón; unas horas de cárcel le costarían la vida; moriría del
berrinche, de la afrenta; bueno: ésas eran cosas suyas, repulgos de su dignidad,
que un carpintero puede tener también: mas los que no padeciesen de tales
escrúpulos y cometiesen una barbaridad, no por sostener vicios, por mantener a
la mujer y a los pequeños..., ¿quién sabe si tenían razón? ¿Quién sabe si eran
mejores maridos, mejores padres? Él no daba a los suyos más que necesidad y
lágrimas...
Gimió, se clavó los dedos en el pelo y, estúpido de
amargura, miró hacia abajo, hacia la parte iluminada de la escalera. Por allí
mucho movimiento, mucho abrir de puertas, mucho subir y bajar de criados y
dependientes llevando paquetes, cartitas, bandejas; los últimos preparativos de
la cena: el turrón que viene de la turronería; el bizcochón que remite el
confitero; el obsequio del amigo, que se asocia al júbilo de la familia con las
seis botellas de jerez dulce y las rojas granadas. Una puerta sola, la de la
anciana viuda y devota, doña Amparo, que no se había abierto ni una vez; de
pronto se oyó estrépito, una turba de chiquillos se colgó de la campanilla; eran
los sobrinos de la señora, su único amor, su debilidad, su mimo... Entraron como
bandada de pájaros en un panteón; la casa, hasta entonces muda, se llenó de
rumores, de carreras, de risas. Un momento después, la criada, viejecita, tan
beata como su ama, salía al descanso y gritaba en cascada voz:
-¡Eh, señor José! ¿Está por ahí el señor José? Baje,
que le quiero dar un recado...
En los momentos de desesperación, cualquier eco de la
vida nos parece un auxilio, un consuelo. El que cierra las ventanas para
encender un hornillo de carbón y asfixiarse, oye con enternecimiento los ruidos
de la calle, los ecos de una murga, el ladrido del perro vagabundo... José se
estremeció, se levantó y, ronco de emoción, contestó bajando a saltos:
-¡Allá voy, allá voy, señora Baltasara!...
-Entre... -murmuró la vieja-. Si está desocupado, nos
va a armar el Nacimiento, porque han «venío» los chicos, y mi ama, como está con
ellos que se le cae la baba pura...
-Voy por la herramienta -contestó el carpintero, pálido
de alegría.
-No hace falta... Martillo y tenazas hay aquí, y clavos
quedaron del año «pasao»; como yo lo guardo todo, bien apañaditos los guardé...
José entró en el piso invadido por los chiquillos y en
el aposento donde yacían desparramadas las figuras del Belén y las tablas del
armadijo en que habían de descansar. Entre la algazara empezó el carpintero a
disponer su labor. ¡Con qué gozo esgrimía el martillo, escogía la punta, la
hincaba en la madera, la remachaba! ¡Qué renovación de su ser, qué bríos y qué
fuerzas morales le entraban al empuñar, después de tanto tiempo, los útiles del
trabajo! Pedazo a pedazo y tabla tras tabla iba sentando y ajustando las piezas
de la plataforma en que el Belén debía lucir sus torrecillas de cartón pintado,
sus praderas de musgo, sus figuras de barro toscas e ingenuas. Los niños seguían
con interés la obra del carpintero; no perdían martillazo; preguntaban; daban
parecer y coreaban con palmadas y chillidos cada adelanto del armatoste. La
señora, entre tanto, colgaba en la pared algunas agrupaciones de bronce y vidrio
para colocar en ellas bujías. Los criados iban y venían, atareados y contentos.
Fuera nevaba; pero nadie se acordaba de eso; la nieve, que aumenta los
padecimientos de la miseria, también aumenta la grata sensación del bienestar
íntimo del hogar abrigado y dulce. Y José asentaba, clavaba la madera, hasta
terminar su obra rápidamente, en una especie de transporte, reacción del
abatimiento que momentos antes le ponía al borde de la desesperación total...
Cuando el tablado estuvo enteramente listo y José hubo
dado alrededor de él esa última vuelta del artífice que repasa la labor, doña
Amparo, muy acabadita y asmática, le hizo seña de que la siguiese, y le llevó a
su gabinete, donde le dejó solo un momento. Los ojos de José se fijaron
involuntariamente en los muebles y decorado de aquella habitación ni lujosa ni
mezquina, y, sobre todo, le atrajo desde el primer momento una imagen que
campeaba sobre la consola, alumbrada por una lamparilla de fino cristal. Era un
San José de talla, escultura moderna, sin mérito, aunque no desprovista de
cierto sentimiento; y el santo, en vez de hallarse representado con el Niño en
brazos o de la mano, según suele, estaba al pie de un banco de carpintero,
manejando la azuela y enseñando al Jesusín, atento y sonriente, la ley del
trabajo, la suprema ley del mundo. José se quedó absorto. Creía que la imagen le
hablaba; creía que pronunciaba frases de consuelo y de cariño infinito, frases
no oídas jamás. Cuando la señora volvió y le deslizó dos duros en la mano, el
carpintero, en vez de dar las gracias, miró primero a su bienhechora y después a
la imagen; y a la elocuencia muda de sus ojos respondió la de los ojos de la
viejecita, que leyó como un libro en el alma de aquel desventurado, deshecho
física y moralmente por un mes de ansiedad y amargura sin nombre. Y doña Amparo,
muy acostumbrada a socorrer pobres, sintió como un golpe en el corazón; la
necesidad que iba a buscar fuera de casa, visitando zaquizamíes, la tenía allí,
a dos pasos, callada y vergonzante, pero urgente y completa. Alzó los ojos de
nuevo hacia la efigie del laborioso patriarca y, bondadosamente, tosiqueando,
dijo al carpintero:
-Ahora subirán de aquí cena a su casa de usted, para
que celebren la Navidad. |
|
|
El ciego
La tarde del 24 de diciembre le sorprendió en
despoblado, a caballo y con anuncios de tormenta. Era la hora en que, en
invierno, de repente se apaga la claridad del día, como si fuese de lámpara y
alguien diese vuelta a la llave sin transición; las tinieblas descendieron
borrando los términos del paisaje, acaso apacible a mediodía, pero en aquel
momento tétrico y desolado.
Hallábase en la hoz de uno de esos ríos que corren
profundos, encajonados entre dos escarpes; a la derecha, el camino; a la
izquierda, una montaña pedregosa, casi vertical, escueta y plomiza de tono. Allá
abajo no se divisaba más que una cinta negruzca, donde moría, culebreando, áspid
de carmín, un reflejo roto del poniente; arriba, densas masas erguidas, formas
extrañas, fantasmagóricas; todo solemne y aun pudiera decirse que amenazador. No
pecaba Mauricio de cobarde y, sin embargo, le impresionó el aspecto de la
montaña; sintió deseos de llegar cuanto antes al pazo, del cual le separaban aún
tres largas leguas, y animó con la voz y la espuela a su montura, que empinaba
las orejas recelosa.
Arreció el viento y le obligó a atar el sombrero con un
pañuelo bajo la barba; el trueno, lejano aún, retumbó misteriosamente; ráfagas
de lluvia azotaron la cara del jinete, que ahogó un juramento. ¡Aquello era mala
sombra! ¡Justamente empezaba a llover a la mitad del camino! Al punto mismo, el
caballo se encabritó y pegó un bote de costado: entre la maleza había salido un
bulto. Echaba ya Mauricio mano al revólver que llevaba en el bolsillo interior
de la zamarra, cuando oyó estas palabras:
-¡Una limosnita! ¡Por amor de Dios, que va a nacer...;
una limosnita señor!
Mauricio, tranquilizándose, miró enojado al que en tal
sitio y ocasión cometía la importunidad de pedir limosna.
Era un hombrachón alto, descalzo de pie y pierna, que
llevaba al hombro unas alforjas y se apoyaba en recio garrote. La oscuridad no
permitía distinguir cómo tenía el rostro; la ancianidad se adivinaba en lo
cascado de la voz y en el vago reflejo plateado de las greñas blancas.
-Apártese -murmuró impaciente el señorito-. ¿No ve que
el caballo se asusta? Si me descuido, al río de cabeza... ¡Vaya unas horas de
pedir y un sitio a propósito para saltar delante de la montura! ¡Brutos!
El pordiosero se había quedado como hecho de piedra.
-¿Dónde está el río? -gritó con hondo terror-. ¿No es
aquí el camino de la iglesia de Cimáis? Señor: no me desampare... ¡Soy un ciego!
¡Nuestra Señora le conserve la vista! ¡Pobre del que no ve!
Mauricio comprendió. El viejo sin ojos se había
perdido; ignoraba dónde se encontraba, y para no despeñarse necesitaba un guía.
Sí; convenido; necesitaba un guía... ¿Y quién iba a ser? ¿Él, Mauricio Acuña,
que desde Orense regresaba a su casa en tarde de Navidad, a cenar, a pasar
alegremente la velada, jugando al julepe o al «golfo» con sus hermanos y primos,
fumando y riendo? Si sujetaba el paso de su caballo al lento andar de un ciego;
si torcía su rumbo cara a la iglesia de Cimáis, distante buen rato, ¿a qué
santas horas iba a hacer su entrada en la sala del pazo de Portomellor? Un
instante titubeó: pensaba que no podía menos de sacrificar algunos minutos a
colocar al ciego en la dirección de Cimáis y dejarle, ya orientado, arreglarse
como Dios le diese a entender. Sólo que era internarse en la «carballeda»,
exponerse a tropezar en los cepos y en los pedruscos, y, sobre todo, era
condescender a los ruegos del mendigo, que no soltaría a dos por tres a su
lazarillo improvisado, y si le complaciese en lo primero exigiría lo segundo...
¡Estos pobres son tan lagoteros y tan pegajosos! «Más vale escurrirse», decidió;
y sacando del bolsillo un duro, lo dejó en la mano temblona que el viejo
extendía, más para implorar que para mendigar; picó al caballo y escapó como un
criminal que huye de la Justicia.
Sí; como un criminal. Así definió su conducta él mismo,
luego, en el punto de refrenar a Maceo, su negro andaluz cruzado, y darse cuenta
de que había caído enteramente la noche.
Velada por sombríos nubarrones, la luna se entreparecía
lívida, semejante a la faz de un cadáver amortajado con hábito monacal. La
carretera se desarrollaba suspendida sobre el río que, a pavorosa profundidad,
dormitaba mudo y siniestro. El viento combatía, haciéndolos crujir, los troncos
robustos de los árboles; un relámpago alumbró la superficie del agua; un trueno
resonó ya bastante cercano; y Mauricio se estremeció. Le pareció escuchar ruidos
extraños además de los de la tormenta. ¿Se habrá caído el viejo al agua? Detrás,
sobre la peñascosa senda, creía escuchar el paso de un hombre que tentaba el
suelo con un palo, como hacen los ciegos. Absurdo evidente, pues con la galopada
que Maceo había pegado ya quedaría el mendigo atrás un cuarto de legua. Lo
cierto es que Mauricio juraría que le seguía «alguien»; alguien que respiraba
trabajosamente, que tropezaba, que gemía, que imploraba compasión. Invencible
desasosiego le impulsó a apurar nuevamente a su montura para alcanzar pronto el
cruce en que la carretera se desvía del río, cuya vista le sugería el temor de
una desgracia. ¿Se habrá caído?... Lo que a Mauricio le acongojaba era la idea
de haber abandonado a un ciego en tal noche. «Pero ¿cómo fue capaz...? ¡Si
parece mentira! Me lo contarían después y no lo creería... Hoy no debía dejar
solo a un infeliz», cavilaba, hincando la espuela en los ijares de Maceo. «Y lo
más sucio, lo más vil de mi acción fue darle dinero. ¡Dinero! Si a estas horas
flota en el Sil su cuerpo..., el dinero ¿de qué le sirve? Creemos que el dinero
lo arregla todo... ¡Miserable yo! Estoy por volverme. ¿No viene nadie
detrás?...»
Maceo volaba; un sudor de angustia humedecía las sienes
del jinete. El zumbido de sus oídos y el remolino del viento, profundo como una
tromba, no le impedían oír, cada vez más próximas, las pisadas del que le
seguía, ya sin género de duda, y percibir la misma respiración entrecortada, el
mismo doliente gemido; y el caso es que no se atrevía a volverse, porque, si se
volviese, quizá vería la figura del ciego mendigo, alto, descalzo de pie y
pierna, con el zurrón al hombro, el cayado en la mano y reluciente en la
oscuridad la plata de sus blancas greñas...
«¿Estaré loco? -pensó-. ¡Ea!, ánimo... Debo
volverme...» Y no se volvía; su garganta apretada, su corazón palpitante, le
hacían traición; sufría un miedo espantoso, sobrenatural. Apretó las espuelas, y
el caballo, excitado, aceleró el tendido galope, sacando chispas de los
guijarros del camino. La tempestad estaba ya encima: el relámpago brilló; un
trueno formidable rimbombó sobre la misma cabeza del señorito, aturdiéndole.
Alborotóse Maceo; giró bruscamente sobre sus patas traseras y se arrojó hacia el
talud que dominaba el Sil. Vio Mauricio el tremendo peligro cuando otro
relámpago le mostró el abismo y la superficie del agua; cerró los ojos,
aceptando el juicio de la Providencia..., y el caballo, en su vértigo mortal,
arrastró al jinete al fondo del despeñadero, tronchando en su caída los pinos y
empujando las piedras del escarpe, cuyo ruido fragoroso, al rodar peñas abajo,
remedaba aún los desatentados pasos del ciego que tropezaba y gemía. |
|
|
Los Magos
En su viaje, guiados día y noche por el rastro de luz
de la estrella, los Magos, a fin de descansar, quisieron detenerse al pie de las
murallas de Samaria, que se alzaba sobre una colina, entre bosquetes de olivo y
setos de cactos espinosos. Pero un instinto indefinible les movió a cambiar de
propósito: la ciudad de Samaria era el punto más peligroso en que podían hacer
alto. Acababa de reedificarla Herodes sobre las ruinas que habían hacinado los
soldados de Alejandro el macedón siglos antes, y la poblaban colonos romanos que
hacía poco trocaron la espada corta por el arado y el bieldo; gente toda a
devoción del sanguinario tetrarca y dispuesta a sospechar del extranjero, del
caminante, cuando no a despojarle de sus alhajas y viáticos.
Siguieron, pues, la ruta, atravesando los campos
sembrados de trigo, evitando la doble hilera de erguidas columnas que señalaban
la entrada triunfal de la ciudad, y buscando la sombra de los olivos y las
higueras, el oasis de algún manantial argentino. Abrasaba el sol y en las
inmediaciones de la villita de Betulia la desnudez del paisaje, la blancura de
las rocas, quemaban los ojos.
«Ahí no encontraremos sino pozos y cisternas, y yo
quisiera beber agua que brotase a mi vista» -murmuró, revolviendo contra el
paladar la seca lengua, el anciano Rey Baltasar, que tenía sedientas las
pupilas, más aún que las fauces, y se acordaba de los anchos ríos de su amado
país del Irán, de la sabana inmensa del Indo, del fresco y misterioso lago de
Bactegán, en cuyas sombrosas márgenes triscan las gacelas.
La llanura, uniforme y monótona, se prolongaba hasta
perderse de vista; campos de heno, planicies revestidas de espinos y de malas
hierbas, es todo lo que ofrecía la perspectiva del horizonte. En el cielo, de un
azul de ultramar, las nubes ensangrentadas del poniente devoraban el resplandor
de la estrella, haciéndola invisible. Entonces Melchor, el Rey negro, desciende
de su montura, y cruzando sobre el pecho los brazos, arrodillándose sin reparo
de manchar de polvo su rica túnica de brocado de plata franjeada de esmeraldas y
plumas de pavo real, coge un puñado de arena y lo lleva a los labios, implorando
así:
-Poder celeste, no des otra bebida a mi boca, pero no
me escondas tu luz. ¡Que la estrella brille de nuevo!
Como una lámpara cuando recibe provisión de aceite, la
estrella relumbró y chispeó. Al mismo tiempo, los otros dos Magos exhalaron un
grito de alegría: era que se avistaban las blancas mansiones y los grupos de
palmeras seculares de En-Ganim. En Palestina ver palmeras es ver la fuente.
Gozosa se dirigió la comitiva al oasis, y al descubrir
el agua, al escuchar su refrigerante murmullo, todos descendieron de los
camellos y dromedarios y se postraron dando gracias, mientras los animales
tendían el cuello y el hocico, venteando los húmedos efluvios de la corriente.
Así que bebieron, que colmaron los odres, que se lavaron los pies y el rostro,
acamparon y durmieron apaciblemente allí, bajo las palmeras, a la claridad de la
estrella, que refulgía apacible en lo alto del cielo.
Al alba dispusiéronse a emprender otra vez la jornada
en busca del Niño. La mañana era despejada y radiante. Los rebaños de En-Ganim
salían al pastoreo, y las innumerables ovejas blancas, moviéndose en la llanura,
parecían ejércitos fantásticos. La proximidad de la comarca donde se asienta
Jerusalén se conocía en la mayor feracidad del terreno, en la verdura del tupido
musgo, en la copia de hierba y florecillas silvestres, que no había conseguido
marchitar el invierno.
Baltasar y Gaspar reflexionaban, al ritmo violento del
largo zancajear de sus monturas. Pensaban en aquel Niño, Rey de reyes, a quien
un decreto de los astros les mandaba reverenciar y adorar y colmar de presentes
y de homenajes. En aquel Niño, sin duda alguna, iba a reflorecer el poderío
incontrastable de los monarcas de Judá y de Israel, leones en el combate,
gobernantes felicísimos en la paz; y la vasta monarquía, con sus recuerdos de
gloria, llenaba la mente de los dos Magos. ¡Qué sabiduría, qué infusa ciencia la
de Salomón, aquel que había subyugado a todos sus vecinos desde los faraones
egipcios hasta los comerciantes emporios de Tiro y Sidón; el que construyó el
templo gigante, con sus mares de bronce, sus candelabros de oro, su terrible y
velado tabernáculo, sus bosques de columnas de mármol, jaspe y serpentina, sus
incrustaciones de corales, sus chapeados de marfil! ¡Qué magnificencia la del
que deslumbró con su recibimiento a la reina de Saba, a Balkis la de los aromas,
la que traía consigo los tesoros de Oriente y las rarezas venidas de las tres
partes del mundo, recogidas sólo para ella y que ella arrojaba, envueltas en
paños de púrpura al pie del trono del rey! Cerrando los ojos, Baltasar y Gaspar
veían la escena, contemplaban la sarta de perlas desgranándose, los colmillos de
elefante ostentando sus complicadas esculturas, los pebeteros humeando y
soltando nubes perfumadas, los monillos jugando, los faisanes y pavos reales
haciendo la rueda, los citaristas y arpistas tañendo, y Balkis, envuelta en su
larga túnica bordada de turquesas y topacios, protegida del sol por los inmersos
abanicos de pluma, adelantándose con los brazos abiertos para recibir en ellos a
Salomón... No podían dudarlo. El Niño a quien iban a adorar sería con el tiempo
otro Salomón, más grande, más fuerte, más opulento, más docto que el antiguo.
Sometería a todas las naciones; ceñiría la corona del universo, y bajo su solio,
salpicado de diamantes, se postraría la opresora ciudad del Lacio. Sí, la ávida
loba romana lamería, domada, los pies de aquel Niño prodigioso...
Mientras rumiaban tales ideas, la estrella desaparecía,
extinguiéndose. Encontráronse perdidos, sin guía, en la dilatada llanura.
Miraron en torno, y con sorpresa advirtieron que se había separado de ellos
Melchor. Una niebla densa y sombría, alzándose de los pantanos y esteros, les
había engañado y extraviado, de fijo. Turbados y tristes, probaron a orientarse;
pero la costumbre de seguir a la estrella y el desconocimiento completo de aquel
país que cruzaban eran insuperables obstáculos para que lograsen su intento.
Ocurrióseles buscar una guía, y clamaron en el desierto, porque a nadie veían ni
se vislumbraba rastro de habitación humana. Por fin, aparecióse un pastor muy
joven, vestido de lana azul, sujeto a la frente el ropaje con un rollo de lino
blanco. Y al escuchar que los viajeros iban en busca del Niño Rey, el rústico
sonrió alegremente y se ofreció a conducirlos:
-Yo le adoré la noche en que nació -dijo transportado.
-Pues llévanos a su palacio y te recompensaremos.
-¡A su palacio! El Niño está en una cuevecilla donde
solemos recoger el ganado cuando hace mal tiempo.
-Qué, ¿no tiene palacio? ¿No tiene guardias?
-Una mula y un buey le calientan con su aliento...
-respondió el pastor-. Su Madre y su Padre, el Carpintero Josef de Nazaret, le
cuidan y le velan amorosos...
Gaspar y Baltasar trocaron una mirada que descubría
confusión, asombro y recelo. El pastor debía de equivocarse; no era posible que
tan gran Rey hubiese nacido así, en la miseria, en el abandono. ¿Qué harían? ¿Si
pidiesen consejo a Melchor? Pero Melchor, envuelto en la niebla, caminaba con
paso firme; la estrella no se había oscurecido para él. Hallábase ya a gran
distancia, cuando por fin oyó las voces, los gritos de sus compañeros:
-¡Eh, eh, Melchor! ¡Aguárdanos!
El Mago de negra piel se detuvo y clamó a su vez:
-Estoy aquí, estoy aquí...
Al juntarse por último la caravana, Melchor divisó al
pastorcillo y supo las noticias que daba del Niño Rey.
-Este pobre zagal nos engaña o se engaña -exclamó
Gaspar enojado-. Dice que nos guiará a un establo ruinoso, y que allí veremos al
Hijo de un carpintero de Nazaret. ¿Qué piensas, Melchor? El sapientísimo
Baltasar teme que aquí corramos grave peligro, pues no conocemos el terreno, y
si nos aventuramos a preguntar infundiremos sospechas, seremos presos y acaso
nos recluya Herodes en sus calabozos subterráneos. La estrella ya no brilla y
nuestro corazón desmaya.
Melchor guardó silencio. Para él no se había ocultado
la estrella ni un segundo. Al contrario, su luz se hacía más fulgente a medida
que adelantaban, que se aproximaban al establo. Y en su imaginación, Melchor lo
veía: una cueva abierta en la caliza, un pesebre mullido con paja y heno, una
mujer joven y celestialmente bella agasajando a un Niño tiernecito, que tiembla
de frío; un Niño humilde, rosado, blanco, que bendice, que no llora. Lo singular
es que la cueva, en vez de estar oscura, se halla inundada de luz, y que una
música inefable apenas perceptible, idealmente delicada y melodiosa resuena en
sus ámbitos. La cueva parece que es toda ella claridad y armonía. Melchor oye
extasiado; se baña, se sumerge en la deliciosa música y en los resplandores de
oro que llenan la caverna y cercan al Niño.
-¿No oyes, Melchor? Te preguntamos si debemos continuar
el viaje... o volvernos a nuestra patria, por no ser encarcelados y oprimidos
aquí.
-Y vosotros, ¿no oís la música? -repite Melchor, por
cuyas mejillas de ébano resbalan gotas de dulce llanto.
-Nada oímos, nada vemos... -responden los dos Magos,
afligidos.
-Orad, y veréis... Orad, y oiréis... Orad, y Dios se
revelará a vosotros.
Magos y séquito echan pie a tierra, extienden los
tapices, y de pie sobre ellos, vuelta la cara al Oriente, elevan su plegaria. Y
la estrella, poco a poco, como una mirada de moribundo que se reanima al
aproximarse al lecho un ser querido, va encendiéndose, destellando, hasta
iluminar completamente el sendero, que se alarga y penetra en la montaña, en
dirección de Belén.
La niebla se disipa; el paisaje es risueño, pastoril,
fresco, florido, a pesar de la estación; claros arroyillos surcan la tierra, y
resuena, como en mayo, el gorjeo de las aves, que acompaña el tilinteo de la
esquila y el cántico de los pastores, recostados bajo los terebintos y los
cedros, siempre verdes. Los Magos, terminada su plegaria, emprenden el camino
llenos de esperanza y de seguridad. Una cohorte de soldados a caballo se cruza
con la caravana: es un destacamento romano, arrogante y belicoso; el sol saca
chispas de sus corazas y yelmos; ondean las crines, flotan las banderolas, los
cascos de los caballos hieren el suelo con provocativa furia. Los Magos se
detienen, temerosos. Pero el destacamento pasa a su lado y no da muestras de
notar su presencia. Ni pestañean, ni vuelven la cabeza, ni advierten nada.
-Van ciegos -exclama Melchor.
Y los Magos aprietan el paso, mientras se aleja la
cohorte. |
|
|
Sueños regios
Es de noche. Temperatura, veinte bajo cero. Fuera no se
escucha el menor ruido. La nevada, cayendo en finos copos delicadísimos que
mullen la atmósfera, contribuye a sostener el silencio absoluto, ahogado, que
pesa sobre los jardines blancos con blancura fantástica. La nieve ha perfilado
primorosamente la traza de las calles de árboles, de los macizos, de los
boquetes, de los estanques cuajados por el hielo, y cuya superficie lisa rayaron
los patines en la última sesión de patinaje que tanto divirtió a la Corte,
porque el príncipe de Circasia se dio unas costaladas regulares.
Las estatuas parecen temblar y lucen aderezos de
carámbanos. Las coníferas son témpanos bordados y esculpidos. En el alcázar, las
cornisas, las balconadas, las torrecillas, la monumental ornamentación de la
fachada, el reloj sostenido por Genios que representan los destinos de la casa
imperial, venciendo al Tiempo, van desapareciendo bajo la suave acolchadura
blanca.
Los centinelas, en su garita, tiritando, sintiendo que
el aliento se les cristaliza primero y se les liquida después dentro del alto
cuello de sus capotes militares, hieren el suelo con el pie, se acuerdan del
cuerpo de guardia donde arde la estufa y se puede echar un trago de lo
fermentado, y de tiempo en tiempo lanzan, al través de la nieve, su «¡Alerta!»
gutural.
El decorativo reloj da las doce, pausadamente, como si
la hora contada por él fuese más solemne que las otras. Al reloj de fuera
contestan los de dentro desde las consolas; tienen vocecillas aflautadas y bien
moduladas de palaciegos.
El emperador se estremece y se incorpora en el gran
lecho incrustado de marfil, bajo las pieles rarísimas que lo mullen. Se le
figura que una mano acaba de posarse en su hombro. Y en efecto: a la luz de la
lámpara de alabastro velada de encaje, ve una figura venerable, un viejo
aureolado por larguísima barba y melenas, donde la nieve se diría que enredó sus
vellones. La vestidura del viejo deslumbra; túnica de brocado de oro, manto de
terciopelo violeta orlado de armiño. Una especie de mitra, en que las perlas se
apiñan sobre la filigrana, rodea sus sienes y comprime y hace bufar su gran
cabellera nevada, que se extiende caudalosa por los hombros. En la mano lleva
cincelado cofrecillo abierto, lleno de polvo aurífero impalpable:
-¿Qué me quieres y quién eres? -pregunta el emperador
al anciano.
-Como de casa. Baltasar, Rey de los países de Oriente
-contesta el patriarca en voz temblona.
-¡Bienvenido, primo y señor! ¿Por qué viaja vuestra
majestad en tan cruda noche? Conviene a las testas coronadas no ponerse nunca en
el caso de sufrir las molestias que padecen los demás mortales. Dígnese vuestra
majestad descansar bajo mi hospitalario techo.
-No acepto sino breves instantes, aunque vengo rendido
de atravesar los dominios de vuestra majestad, a los cuales no se les ve el fin;
deben de cubrir buena parte de la superficie del planeta.
-¡Ah! -articula el emperador, satisfecho-. ¿Los ha
recorrido vuestra majestad? ¿Se ha enterado de su extensión y riquezas? Todos
los climas, todas las producciones, todas las razas reconocen mi soberanía.
Cuando paso revista a mi ejército, en él veo soldados blancos y rubios, de ojos
azules; soldados de morena tez; soldados de cutis amarillo y nariz achatada;
ropajes orientales y envolturas que preservan el rigor de las estaciones en los
países hiperbóreos. Mi Imperio produce el trigo y el zafiro, los minerales, las
pieles y las maderas odoríferas; es un gigante cuya cabeza, como la de vuestra
majestad, se baña en las nieves árticas, y cuyas manos se tienden hacia el
Mediodía para abarcarlo. Y en este Imperio yo soy Dios. A mi voz las frentes se
inclinan, las muchedumbres se prosternan, la plegaria por mí hace retemblar los
iconostasios. Mientras el soplo del huracán juega con los monarcas occidentales,
nuestros necios primos, yo, como un numen, me oculto en santuario inaccesible.
-Conozco el poderío de vuestra majestad. Por eso
sospecho si la tarea que me ha sido encomendada resultará estéril; pero,
obedeciendo, la cumplo.
-¿Qué tarea es ésa, primo y señor?
-La que me ordenó realizar el Niño. Vuelvo de
Palestina; regreso a mi patria, después del interminable viaje anual... ¡Es una
maravilla lo lindo que está el Niño y lo dulce y honesta que es la Madre! Nada
perdió su inmortal hermosura en los mil novecientos dos años transcurridos desde
que por vez primera les adoré. Como siempre, les he llevado mi ofrenda: polvo de
oro del Ofir. Y el Niño, después de extender sus manitas, que besé, y bendecir
el oro, me ha dicho que lo espolvoree por el suelo allí donde vea que el hombre
atenta a la libertad del hombre.
-¿Conque esas mañas saca el Niño? -tartamudeó el
emperador-. ¡Por cierto que le educan bien mal su Madre y el Carpintero, gente
baja al fin, aunque descienda de la casta de nuestros augustos primos los reyes
de Judá! Vuestra majestad, con la experiencia que le dan los años, habrá
comprendido que no debe cumplírsele al Niño ese antojo.
-No es posible desobedecerle, primo y señor -declaró
gravemente el Mago-. He espolvoreado la enorme porción de tierra donde reina
vuestra majestad, aunque confieso que dudo de ver germinar cosa alguna sobre la
dura capa de hielo que la reviste. Sin esperanzas voy derramando polvillo de
oro; y la verdad: hace un instante, en los jardines de este palacio, al caer el
dorado polvillo, creí que el suelo se estremecía y se agrietaba la capa de
nieve. Tembló la tierra; me pareció que un ruido cavernoso resonaba allá dentro.
¿Está segura vuestra majestad de que no se halla minado su palacio?
-Vuestra majestad es quien lo mina, y será preciso
impedirlo -contesta enérgicamente el emperador, hiriendo un timbre.
Aparece la guardia. El viejo toma una pulgarada de
polvillo, lo arroja a los soldados y pasa por entre ellos libre y majestuoso.
Otro efecto de nieve sobre los jardines y palacio real,
pero nieve ya cuajada y que empieza a derretirse formando un barro sucio y
negruzco. En el alcázar se ven todavía luces: ha habido en el comedor de diario
espléndida cena de familia, alegres y cariñosos brindis, y el emperador, rendido
de recibir toda la tarde felicitaciones, después de bendecir a sus hijos, que
uno por uno le han besado la mano respetuosamente, y de abrazar con afecto a la
fecunda emperatriz, se tiende en su estrecha y dura cama de campaña, única donde
concilia el sueño, a causa de la costumbre.
Apenas empieza a aletargarse, le llaman con un ¡«Pssit»!
muy bajo, y a la claridad de la lamparilla divisa a un hombre en la fuerza de la
edad, envuelta en ropón de púrpura, bajo el cual se parece una armadura de
admirable trabajo. Rodea sus sienes una corona de picos: en su diestra alza rico
pomo de mirra de fuerte aroma, acre y embriagador.
-¿Qué desea vuestra majestad, señor Rey Gaspar?
-pregunta el emperador, que, conociendo al viajero, salta de la cama y saluda
militarmente.
-Felicitar las Pascuas a vuestra majestad y confiarle
un secreto. Es el caso que el Niño, ¿no sabe vuestra majestad?, ¡el Niño a quien
todos los años voy a visitar en su establo, para beber en sus ojos de violeta la
sabiduría!, después de jugar con esta mirra que le ofrecí y de arrojar sobre
ella su aliento celestial, me manda que gota a gota la esparza por el suelo del
país donde el hombre tenga sed de la sangre del hombre. Y al caer gotitas de
esta mirra, primo y señor, observo que la tierra, encharcada y pegajosa, se
esponja, se entreabre, y nacen, surgen y crecen olivos, rosas, mirtos, centeno,
lúpulo, viñas cargadas de racimos. ¡Ah! Es un gran portento la tal mirra. Y a
mí, señor y primo, la armadura me asfixia, el corazón no me cabe en ella.
Permítame vuestra majestad que salpique de mirra su cabeza augusta.
-¡Qué diantre! ¡Cosas de chiquillos! -gruñe el
emperador-. Cuando el Niño crezca y se aparte de las faldas y del regazo
materno, diferentes serán sus caprichos. No hay nada más santo que la guerra.
Dios mismo guía a los ejércitos e infunde a los caudillos arrojo y tino para
asegurar la victoria. Sobre el campo de batalla se cierne el Arcángel con sus
alas salpicadas de rubíes y su gladio flamígero. El soplo divino hincha mi pecho
apenas lo cubre la coraza rutilante. Esto no se les alcanza a los niños ni a las
mujeres; convenido. Nosotros, pastores de pueblos, jefes de razas, sonreímos
ante ciertos arranques de debilidad graciosa.
-Debo hacer lo que me mandan -insiste Gaspar.
Y, tomando unas gotas de mirra, las dispara a la frente
del emperador. Éste exhala un suspiro; se deja caer en el lecho de campana, y ve
en sueños una pirámide de huesos humanos, blanca y pulida, altísima. Sobre la
cúspide, un cuervo grazna plañideramente, hambriento, erizado el plumaje; y al
pie, en las ramas de un olivo nuevo, dos palomas se besan, juntando los picos.
En el patio del alcázar, sobre el gran pilón del
pórfido sostenido por leones, recae el agua, melodiosa, con dulce porfía. La
luna ilumina las arcadas afiligranadas, juega en las charoladas hojas de los
naranjos, descubre el reflejo pálido de sus pomas de oro. Dos esclavos velan el
sueño del emir, que reposa vestido sobre un diván cubierto con una manta de fina
pluma de avestruz -porque la noche está algo fría y la helada ha endurecido los
caminos del desierto- y apoyando el pie en la garganta de una mujer desnuda, que
hace de cojín y presta calor más grato, que el de la manta.
Elegante figura se desliza por entre los esclavos,
invisible. Es un negro joven, esbelto, de robusta y acerada musculatura, de
piernas nerviosas, encerradas en calzas prietas y salpicadas de lentejuelas,
como las que ostentan los donceles en los cuadros de Carpaccio: una sobrevesta
de tisú de plata acusa sus formas; un cinturón de pedrería sostiene sobre su
vientre enjuto soberbio puñal; encima de sus cabellos crespos se ladea un gorro
de velludo carmesí, y bajo el ala luce diademas de brillantes. El gallardo negro
se inclina hacia el emir y le baña el rostro con una bocanada de incienso, que
humea en un incensario calado, pendiente de cadenillas de perlas. Sobresaltado,
el emir despierta, echando mano a la gumía.
No temas, soy Melchor, que, como tú, ejerce el mando en
tribus del desierto y posee palacios misteriosos que parecen labrados por los
genios del aire. Vengo a cumplir órdenes del Niño Yesuá, hijo de Leila Mariem.
-¿Y qué te ordena ese Profeta infiel? -exclama el emir
con desprecio.
-Columpiar este incensario en todos los países donde el
hombre trate a la mujer como esclava y no como compañera.
Ríese el emir mostrando sus blancos dientes de chacal
entre la negra y sedosa barba.
-Pues vuélvete a tierra de rumíes, Melchor. También
allí necesitan el perfume de tu incensario. Pero antes reposa. Eres mi huésped;
voy a ordenar que te preparen un baño con agua de rosas dos bellas cautivas.
Y el emir se incorpora, dando con el pie a la mujer en
cuya garganta lo tenía apoyado. |
|
|
La visión de los Reyes Magos
(Los Reyes Magos regresan a su patria por
distinto camino del que vinieron, a fin de burlar al sanguinario Herodes. Es de
noche: la estrella no los guía ya; pero la luna, brillando con intensa y
argentada luz, alumbra espléndidamente la planicie del desierto. La sombra de
los dromedarios se agiganta sobre el suelo blanco y liso, y a lo lejos resuena
el cavernoso rugir de un león.)
BALTASAR.- (Acariciándose la nevada y luenga barba y
moviendo la anciana cabeza a estilo del que vaticina.) No sé lo que me sucede
desde que me puse de rodillas en el establo de Belén y saludé al hijo de la
Doncella, que me agita un espíritu profético, y siento descorrerse el velo que
cubre los tiempos futuros. Este tributo de oro que ofrecía al Niño para
reconocerle Rey, ¡cuántas y cuántas generaciones se lo han de rendir! Tributos
percibirá, no como nosotros, días, meses y años, sino siglos, decenas de siglos,
generación tras generación, y los percibirá de todo el Universo, de toda raza y
lengua, de nuevas tierras que se descubrirán para aclamar su nombre. El oro que
le he presentado era poco: apenas llenaba el cofre de cedro en que lo traje; y
ahora se me figura que se ha convertido en un mar de oro, y veo que al Niño se
le erigen templos de oro, altares de oro labrado y cincelado, tronos de oro, en
torno de los cuales oscilan blancos flabelos de plumas con mangos de oro, y que
ciñe su cabeza una triple corona de oro macizo, también, incrustada de diamantes
y gemas preciosas. Olas de oro, fluyendo de los veneros de la tierra corren a
los pies del Niño; y lo más extraño es que el Niño los contempla con
entristecida cara, y al fin esconde el rostro en el seno de su Madre. ¿Habré
obrado mal, ¡oh sabios!, en presentarle oro? ¿No le agradará a la criatura
celeste el símbolo de la autoridad real? Temo que mis dones no hayan sido
aceptos y mi obsequio pareciese sacrílego.
GASPAR.- (Enderezándose sobre su montura, requiriendo
la espada, frunciendo las cejas y echando chispas por los ojos.) Patriarca de
los Magos, bien te lo pronostiqué. El nacido Rey de los judíos no es el vil
mercader que quiere atesorar riquezas sin cuento en los subterráneos de su
morada. La codicia rebaja el alma y la hace pegajosa y grosera como la arcilla
que, despreciándola, pisamos. Mi don es el único que pudo complacer al
Primogénito de la Virgen. Tú le trajiste oro, por monarca; yo, mirra, por
hombre. Hombre ha querido nacer, y el llamarse hombre será su mejor título. La
mirra amarga como el vivir, y como el vivir, sana y fortificante; he ahí lo que
conviene a quien ha de realizar obra viril, obra de vigor y salud. ¿Creéis que
se puede ser grande, noble y fuerte sin gustar el cáliz amargo? Aquí me tenéis a
mí, ¡oh sabios!: he combatido, he sufrido, he vencido monstruos, he lidiado con
tentaciones horribles, me he visto mil veces en mano de mis enemigos, y el soplo
del martirio ha rozado mi sien. Pues sólo un día he llorado, y una gota de mi
llanto, cayendo en el ánfora de la mirra, le prestó su tónica y sabrosa amargura
y quizá su balsámico perfume. Yo también veo al Niño, Baltasar; pero le veo
combatiendo, arrollando, venciendo, aplastando dragones, sometiendo a su yugo a
la Humanidad, sufriendo y regando con sangre una palma. Bien hice en traerle
mirra.
MELCHOR.- (Tímidamente, con humildad profunda.) Yo no
sé si habré acertado y, sin embargo, por la alegría que me inunda presumo que el
Niño no rechaza mi don. Tú, venerable y doctísimo Baltasar, le obsequiaste con
oro considerándole Rey. Tú, indomable y valeroso Gaspar, le trajiste mirra,
teniéndole por hombre. Yo, el último de vosotros, el más ignorante, el etíope de
negra tez, le ofrecí unos granos de incienso, pues mi corazón le presentía Dios.
BALTASAR y GASPAR.- (Atónitos.) ¡Dios!
MELCHOR.- (Con fe y persuasión ardiente.) Sí, Dios.
Ahora mismo, en medio de esta serena noche, sobre el limpio azul del cielo, he
visto resplandecer su divinidad. Ahí están las naciones postradas a sus pies y
redimidas por Él, y por Él igualados todos los hombres. Mi progenie, la oscura
raza de Cam, ya no se diferencia de los blancos hijos de Jafet. Las antiguas
maldiciones las ha borrado el sacro dedo del Niño. No le reconocéis así al
pronto, porque es un Dios diferente de los dioses que van a morir: no condena,
ni odia, ni extermina; ama, reconcilia, perdona y sólo con acercarme a Él noto
en mi corazón una frescura inexplicable y en mi espíritu una paz que glorifica.
Así que llegue a mi reino abriré las prisiones, licenciaré los ejércitos,
condenaré los tributos, daré libertad a mis concubinas y me pondré desarmado en
medio de la plaza pública a confesar mis yerros y a que mis enemigos, si lo
desean, tomen venganza de mí.
BALTASAR.- Me dejas confuso, Melchor. Tu creencia se
asemeja a la locura.
GASPAR.- No te entiendo bien, Melchor. Tu creencia me
parece afeminada, impropia de un rey.
MELCHOR.- No sé defenderla con razones. Hago lo que
siento.
BALTASAR.- Mi dádiva era preciosa.
GASPAR.- La mía era digna y noble.
MELCHOR.- La mía expresa mi pequeñez, y sólo significa
adoración.
BALTASAR.- Reuniendo las tres en una, quizá
obtendríamos algo que hiciese sonreír al prodigioso Niño.
GASPAR.- No puede ser. ¿Dónde habrá un don que convenga
al Rey, al Hombre y al Dios juntamente?
(La luna brilla con claridad más suave, más
misteriosamente dulce y soñadora. El desierto parece un lago de plata. Sobre el
horizonte se destaca una figura de mujer bizarramente engalanada y ricamente
vestida, hermosa, llorosa, con larga cabellera rubia que baja hasta la orla del
traje. Lleva en las manos un vaso mirrino lleno de ungüento de nardo, cuya
fragancia se esparce e impregna la ropa de los Magos, y sube hasta su cerebro en
delicados y penetrantes efluvios. Y los tres Reyes, apeándose y prosternados
sobre el polvo del desierto, envidian, con envidia santa, el don de la pecadora
Magdalena.) |
|
|
El rompecabezas
El niño es una de esas criaturas delicadas y
precozmente listas, que se crían en las grandes poblaciones, privadas de aire,
de luz, de ejercicio, de alimento sólido y sano, víctimas de las estrecheces de
la clase media, más menesterosa a veces que el pueblo. Siempre limpito, con su
pelo bien alisado, formal, dócil y reprimido naturalmente, Eloy no da en la casa
quebraderos de cabeza. Verdad que si los diese, ¿cómo se las arreglaría para
meterle en costura su infeliz madre, viuda sola y atacada de un padecimiento
crónico al corazón? Precisamente la verdadera causa del buen porte y conducta de
Eloy es esa vehemente y temprana sensibilidad que suele despertar en las
criaturas el temor de hacer sufrir a un ser muy amado, de entristecer unos ojos
maternales, de agravar una pena que adivinan sin poder medir su profundidad.
Eloy estudiaba las lecciones al dedillo, porque su
madre sonreía con descolorida sonrisa cuando le oía recitarlas de memoria; Eloy
cuidaba mucho la ropa y el calzado, porque se daba cuenta de que su madre no
tenía para comprar y reponer lo manchado o roto; Eloy se recogía a casa al salir
de la escuela, en vez de quedarse pilleando y haciendo demoniuras con sus
compañeros, porque su madre se alegraba al verle volver, y el chiquillo, con la
intuición del corazoncito cariñoso, olfateaba que la melancolía de mamá se
aliviaba con su presencia, y que al enviarle a aprender, separándose de él por
largas horas, realizaba un sacrificio.
Recordaba Eloy, sin embargo, confusa y minuciosamente a
la vez, como recuerdan los niños, tiempos recientes en que su madre no se
quejaba, en que vivía gozosa. Es cierto que entonces un hombre joven, brioso,
animado, de pisar fuerte y negros bigotes, vivía en la casa. ¡El papá! Eloy
asociaba su memoria a la de cabalgatas en las rodillas o sobre la punta del pie,
violentos besos en los carrillos, un simpático olor a cigarro fino, risas y
juegos y humoradas como de otro muchacho... Después..., el papá desaparecía, y
la mamá tenía a toda hora los párpados hinchados y rojos. La casa se volvía
callada y tristona, y Eloy sentía escrúpulos, recelos de jugar o de pedir alto
la merienda, porque le parecía estar dentro de una iglesia oscura o de un
sepulcro. Los conocidos que encontraba le hablaban en tono compasivo al
preguntarle «si había noticias de papá, que estaba en la guerra». ¡En guerra!
Por el acento con que madre y los amigos modulaban la frase, comprendía Eloy que
la guerra era una cosa muy terrible, atroz, malísima. ¿Quizá en la guerra papá
se podía morir? ¡Ah, vaya si podía! Como que una tarde, al volver de la escuela,
Eloy encontró a su madre con un síncope, a la criada hipando, a las vecinas del
segundo que se lo llevaron y le atracaron a golosinas «para que no se
impresionase, pobre pequeño»... Y al otro día, mamá le reclamó, le abrazó
silenciosa, sin verter una lágrima, y le vistió de negro: traje entero, desde
las medias hasta la boina. El muchacho no sabía definir, no acertaría a explicar
en qué consistía la muerte; pero estaba seguro de que era algo espantoso, y que
ese algo les impediría ya para siempre vivir contentos. Lloró a escondidas por
no afligir más a su madre, y rezó las oraciones que sabía, muchas veces, «por el
alma de papá». Desde entonces empezó a empollar firme las lecciones, a no hacer
nada malo, a doblar la chaquetita antes de acostarse, a volver «al reloj» de la
escuela, con los libros atados bajo el brazo. El alma de papá de seguro aprobaba
tal proceder.
Sin embargo, el chico más juicioso es chico al fin, y
Eloy, como oyese en los primeros días del año las conjeturas de sus compañeros
acerca de lo que le traerían los Reyes, y los proyectos de zapatos colocados en
la ventana o la chimenea, no pudo menos de dar suelta a la imaginación. También
él deseaba que los Reyes le trajesen algo... ¿Por qué no se lo habían de traer,
señores? ¿No había sido bueno el año enterito? Si pusiese su zapato en el
alféizar de la ventana, ¿era justo que el zapato amaneciese vano como avellana
vieja?
Afortunadamente, la misma idea de la equidad se había
abierto camino en el espíritu de la madre de Eloy. Ella, que jamás salía, que se
ponía a morir en las escaleras, se echó a la calle la tarde del 5, envuelta en
su modesto coleto de paño pasado de moda, y se detuvo en la tienda de juguetes.
Cuando volvió a casa llevaba escondida una cajita plana de cartón. La escasez,
al imponer el cálculo, destruye muchos gérmenes de poesía. ¡Qué no hubiese dado
aquella madre por traer a su niño el fogoso caballo mecánico, la reluciente
bicicleta, el caprichoso cinematógrafo, la locomotiva de vapor con ténder y
vagón, raíles verdaderos y caldera de cobre! Pero, ¡ay!, eran caprichos de media
onza, diez duros, quince, y el bolsillo se encogía aterrado... No, no; convenía
que el regalo de los Santos Reyes magos, sabios y doctos, no fuese una
inutilidad, sino que coadyuvase a la instrucción del niño... Y la madre
adquirió, por módico precio, un rompecabezas geográfico, nada menos que el mapa
de España... Así, Eloy, jugando, aprendería mejor lo que ya había dado pruebas
de no ignorar, pues en Geografía llevaba el número uno.
Levantándose a medianoche, dejó el huérfano su zapato
entre la fría ceniza de la chimenea del gabinete, la única de la casa, encendida
rarísima vez. Por la mañana, saltó de la cama, descalzo y tiritando, a ver si
los Reyes... ¡Sorpresa inolvidable! Sus majestades se habían dignado venir: allí
estaba la dádiva, el obsequio... ¿Qué encerrará aquella cajita chata, tan mona,
con sus filetes dorados?... Eloy la cogió afanoso, se volvió a la cama blanda y
tibia, y allí, con los brazos fuera y el tronco bien abrigado, desató la cinta y
miró... ¡Anda, corcho! Los Reyes le habían traído un mapa... ¡Cómo les constaba
el comportamiento de Eloy, su costumbre de «sabérselas»!... ¡De todos modos, un
mapa! ¡Pch!... ¿No valía más un aristón o una linterna mágica igual a la de
Pepito Ponzano, que siempre la estaba refregando por las narices a los otros?...
Empezó Eloy a reconciliarse con los Reyes al averiguar que el mapita era de
pedazos, y se desbarataba y volvía a arreglarse... Y ya levantado, tomó el café
caliente. Mientras mamá se preparaba para ir a misa, Eloy se divirtió, armó y
desarmó el país, barajó a España cien veces, revolviendo a Zaragoza con
Valladolid y a Salamanca con Vigo...
De pronto, meditabundo, interrumpió su tarea e
interrogó, inquieto, a su madre:
-Mamá, te han engañado... El juguete está incompleto.
Falta aquí mucha España. No encuentro la isla de Cuba. Ni a Puerto Rico...
¡Falta España!
Arrasáronse los ojos de la madre, y se quedó parada,
con el velito a medio prender. Por último, encogiéndose de hombros:
-¡Esas tierras están tan lejos! -dijo-. Y ya no son de
España, mira... Acierta el rompecabezas, porque... ya no son. ¡Allí murió tu
padre...!
Eloy calló: una tristeza mayor que las habituales,
desmedida, que no cabía en el alma de un niño, pesó un instante sobre su
pensamiento. Y con ademán expresivo, apartó, rechazó el regalo de los Reyes.
|
|
|
En Semana Santa
A la cabecera del moribundo estaban Preciosa y Conrado,
asistiéndole en sus últimos instantes, temblorosos como el criminal que sube las
escaleras del cadalso. Y criminales eran -aunque criminales triunfantes y
coronados por el ciego Destino- Conrado y Preciosa. El que, después de largos
sufrimientos, sucumbía en el cuarto, impregnado de olores a medicinales drogas,
entristecido por la luz amarillenta de la lamparilla, que iba extinguiéndose al
par que la vida del agonizante era el esposo de Preciosa, el protector y
bienhechor de Conrado; y para los que, de común acuerdo, le engañaron y
ofendieron sus canas, no tuvo nunca aquel honradísimo viejo, generoso y confiado
como un niño, más que palabras de dulzura y hechos de bondad y amor. Abierta
siempre a Conrado su bolsa y su casa; abiertos siempre los brazos y el corazón
para Preciosa, cuya juventud no quiso entristecer nunca con severidades de
anciano y melancolías de enfermo, el infeliz tenía derecho a la gratitud y al
respeto más tierno y grave..., ya que otros sentimientos vehementes no pueda
inspirarlos la senectud. Y ahora se moría, se moría lentamente..., después de
advertir a Preciosa que quedaba instituida su única heredera, y que, si no
sentía repugnancia por Conrado, a quien él miraba como hijo, deseaba que ambos
le prometiesen casarse a la terminación del luto.
Cuando manifestó así su voluntad, en voz desmayada y
flaca, y apoyando sus manos ya frías, en las manos febriles de Conrado y
Preciosa, los dos se estremecieron, y sus ojos, como delincuentes que tratan de
ocultarse y no saben dónde, vagaron por el suelo, cargados con el peso de la
vergüenza. Preciosa, sin embargo, mujer y extremada en la pasión, fue la primera
que recobró ánimos y, reaccionando violentamente, trató de atraer la mirada de
Conrado y de pagarla con una débil sonrisa. Pero Conrado, como si sintiese
picaduras de víbora, se retiró al fondo de la alcoba y, dejándose caer en la
meridiana, escondió entre las palmas el rostro. Un silabeo apenas perceptible
del moribundo le llamó otra vez a la cabecera del lecho.
-Conrado, mira: soy yo quien te lo ruega en este
momento solemne... No dejes desamparada a Preciosa... Que sea tu mujer, y
quiérela y trátala..., como la quise yo... Siquiera por el día en que
estamos..., dame palabra.
Y Conrado, balbuciendo, solo pudo barbotar:
-La doy, la doy...
Lució una chispa de contento en las apagadas pupilas
del moribundo; pero como si aquel esfuerzo hubiese agotado el poco vigor que le
quedaba, cayó en un sopor, nuncio del fin. Tal fue la opinión del médico, que
aconsejó se trajese la Extremaunción sin tardanza; pero al llegar el sacerdote
con los santos óleos no había calor vital en el cuerpo; Preciosa lloraba de
rodillas, y Conrado, agitadísimo, paseaba desesperadamente arriba y abajo por el
gabinete que precedía a la estancia mortuoria... El sacerdote, que salía, le
tocó suavemente en el hombro.
-No se aflija usted -dijo en tono afectuoso,
confundiendo con un gran dolor aquel acceso de remordimiento agudo-. Las
virtudes de este señor le habrán ganado un puesto en el cielo. Y después, la
misericordia de Dios, ¡especialmente en el día en que estamos!...
Era la segunda vez que esta frase resonaba en los oídos
de Conrado; pero ahora resonó, más que en los oídos, en el alma. ¡La misma del
moribundo!: «El día en que estamos...» ¿Y qué día era? Conrado necesitó hacer
memoria, reflexionar... Recordó de pronto; un relámpago hirió su imaginación
fuertemente. El día era el Viernes Santo.
Pocos instantes después de haberse retirado
discretamente el sacerdote, que prometió volver a velar el cuerpo, acercóse
Preciosa a Conrado de puntillas y quedó espantada de su actitud, del movimiento
que hizo al verla tan próxima. ¡Qué desventura! Conrado ya no la quería; a
Conrado le infundía horror desde que la muerte había penetrado allí... Adivinaba
el estado de ánimo de su cómplice, y precaviendo el porvenir, aspiraba a disipar
aquella nube de tristeza, aquella alteración de la conciencia impura. «Si esta
noche vela el cadáver, se preocupará más; se grabará doblemente en su espíritu
esta impresión terrible...» Una idea acudió a la mente de Preciosa, fértil en
expedientes, atrevida, como hembra apasionada, y resuelta a lograr su antojo.
Entró en la estancia mortuoria, y sobre el mueble
incrustado, frente a la cama buscó, entre otros frascos, el que contenía
poderoso narcótico. Una gota calmaba y amodorraba, dos adormecían; tres o cuatro
producían ya el sueño largo, invencible, muy duradero, semiletal... Al poco
rato, Preciosa se acercó a Conrado nuevamente y le sirvió por su mano una taza
de tila.
-Bebe, estás nervioso.
Conrado bebió por máquina; apuró la calmante
infusión... Cuando empezó a notar cierta pesadez incontrastable, le guió
Preciosa a su propio cuarto, le reclinó en el amplio diván, revestido de raso y
almohadillado de encaje; cubrióle con rico pañuelo de Manila, le abrigó con
edredón ligero los pies, le puso almohadas finas bajo la nuca. «Duerme, duerme
-pensó-, y no despiertes hasta que esté fuera de casa «el otro».»
Conrado, entretanto, abría los ojos, sacudía el sueño
de plomo que le había postrado y se restregaba los párpados, notando que el
sitio en que se encontraba no era el elegante dormitorio de su tentadora
Preciosa, sino una calzada en cuesta, empedrada de losas rudas y anchas, sobre
la cual caía a plomo un sol ardoroso y esplendente, como de primavera en un país
cálido. Miró en derredor. A sus pies se extendía una ciudad que le parecía
conocer mucho. ¿Dónde había visto él aquellas puntiagudas torres, aquellos
extensos baluartes, aquel recinto fortificado, aquellas casas cónicas, aquel
monumental templo, aquellas puertas angostas, sombrías, bajo las cuales cruzaban
dromedarios y bueyes guiados por hombres de atezado cutis?
La vestimenta de estos hombres también se le figuró a
Conrado, aunque extraña, «vista» alguna vez, no en la realidad, sino en
esculturas o cuadros como que era la indumentaria hebraica de la gente humilde
en tiempo de Augusto -la «chituna» o túnica ceñida, el tallith o manto, el «sudaz»
que rodea las sienes, el ceñidor que ajusta el ropaje y los pies descalzos, o
metidos en gastadas sandalias de cuero-. Conrado pensó oír una voz persuasiva,
salida quizá de lo íntimo de su ser que murmuraba misteriosamente:
-«Esa ciudad es Jerusalén.»
¡Jerusalén! Conrado casi no se admiró, Jerusalén no era
para él un lugar exótico. ¡En Jerusalén había pensado tantas veces! Desde niño,
por el Nacimiento que preparaba su madre, se había familiarizado con Jerusalén.
En Jerusalén tenía hogar su espíritu, su fe tenía casa propia. Lo único que
sintió fue inmensa alegría..., imaginó volver de un largo destierro.
Un grupo de gente que se apiñaba en la puerta fijó la
atención de Conrado. Instintivamente siguió al grupo. Por un camino que
defendían a ambos lados setos de chumberas y que orlaban palmas y vides, rosales
de Jericó e higueras ya cubiertas de hoja, dirigíase el grupo hacia áspero
cerrillo, que destacaba sus líneas duras sobre el horizonte color de violeta.
Bullía una muchedumbre en la colina; hormigueaban los de a pie, y se mantenían
inmóviles sobre sus recios corceles los legionarios, cuyas lorigas y rodelas
rebrillaban. Dominando la multitud, coronando la escena, erizando el cerro, se
erguían tres cruces negras, sobre las cuales parecían estatuas de pórfido rosa,
desde lejos, los cuerpos de los tres ajusticiados...
Conrado entonces tampoco se asombró; tampoco se creyó
juguete de un delirio. Al contrario: se penetró de que estaba asistiendo, no a
un drama, a la representación de la verdad misma. Aquella escena, aquella triple
crucifixión y, sobre todo, una de las cruces, la llevaba él entro desde los
primeros días de la niñez. Si había sufrido, era cuando, teniéndola en sí, no
podía verla ni contemplarla; cuando se le desvanecía, como se desvanece el
rostro de una persona querida al querer reconstruirlo cerrando los ojos... ¡Qué
felicidad poseer de nuevo la visión -clara, concreta, firme, indubitable- de «la
Cruz», no una cruz de oro, plata ni bronce, sino la Cruz viva, el madero al
punto en que lo calienta el calor del Cuerpo divino, y lo empapa la sangre
redentora! Conrado, sin aliento, de tan aprisa como iba, seguía al grupo,
subiendo la agria cuesta, hollando el seco polvo y los abrojos espinosos del
siniestro Gólgota, salpicado de blancos huesos humanos que calcinaba el sol...
Su afán era colocarse cerca de la Cruz, ver la cara del Salvador en la suprema
hora.
Era difícil la empresa. Bullía cada vez más compacta la
muchedumbre. Como sucede en sueños, a cada obstáculo que Conrado lograba vencer,
surgían otros mayores, insuperables. Nadie le quería abrir paso. Pastores de la
sierra, tratantes y tenderillos de la ciudad, mujeres harapientas con niños
famélicos en brazos, fariseos altaneros, esenios pálidos y compadecidos, hijas
de Jerusalén, modestas burguesas, que bajaban los ojos llenos de lágrimas al ver
las torturas del Maestro, y, por último, los soldados a caballo, enhiesta la
lanza, se atravesaban para impedir que nadie salvase el círculo de cuerda y
estacas que rodeaba los patíbulos. Conrado suplicaba, cerraba los puños, quería
infiltrarse, llegar hasta la Cruz central, más alta que las otras, donde colgaba
Jesús; quería verle vivo, antes del momento en que, doblando la cabeza,
exclamase: «Todo se acabó.» Una angustia profunda se apoderada de Conrado. ¿Lo
conseguiría cuando ya el Salvador hubiese muerto? Y bañado en sudor, anhelante,
afanoso, corría, corría en dirección a la cima del cerro, que siempre se le
figuraba más distante.
Sus ojos divisaron entonces a una Mujer abrazada al
árbol mismo de la Cruz; y sin reparar que la Mujer estaba casi desvanecida de
congoja, fijándose sólo en que a aquella Mujer «también la conocía», gritó con
esfuerzo:
-¡María, María de Nazaret!, alárgame la mano, que
quiero llegar hasta tu Hijo.
Y María de Nazaret, temblorosa, con los ojos
inflamados, trágica la actitud, se adelantó, alargó la mano, cubierta por un
pliegue del manto, y Conrado, inmediatamente, se halló al pie del madero, tan
cerca, que el ruido del afanoso resuello del moribundo se le figuraba un
huracán. Sin embargo, pensó con gozo: «¡Vive! ¡Vive! ¡Puede escucharme todavía!»
Y alzando la frente, doblando las rodillas, poniendo la
boca sobre el palo ensangrentado, cerca de los sagrados pies, Conrado suspiró:
-¡Jesús, Jesús, no me abandones!
Y, ¡oh, asombro!, una voz dulce empapada en lágrimas,
respondió, desde arriba:
-Tú eres el que me abandonaste hace años, Conrado. ¿No
te acuerdas?
Profundo sacudimiento experimentó Conrado. Un agudo
cuchillo de pena, de contrición, se clavó en su pecho: Miró hacia lo alto con
ansia: Jesús ya había inclinado la cabeza; el sol se velaba tras negrísima nube;
la tierra se estremecía, convulsa; a las plantas de Conrado se abrió una grieta
horrible, casi un abismo..., y el pecador, atónito, cayó con la faz contra el
polvo y las rocas descarnadas...
Al despertarse Conrado de su largo sueño artificial,
Preciosa estaba allí, vestida de negro, pero linda, fresca, reposada, espiando
el instante de estrechar entre sus brazos al durmiente.
Éste se incorporó, aturdido aún, sin darse exacta
cuenta de lo que le sucedía...
Preciosa, sonriendo, quiso halagarle, ser para él la
vida que renace al borde de una sepultura. Conrado, sin aspereza, la rechazó; y
a paso mesurado, firme, sin tambalearse ya, despejada la cabeza, salió a la
antecámara, abrió la puerta, la cerró de golpe y corrió a la calle... Una brisa
suave acarició sus sienes.
Era la mañana del Domingo de Resurrección. |
|
|
La oración de Semana Santa
El último chá de Persia, que, según nadie ignora, murió
a manos de un fanático, tuvo en su historia una página de muy pocos conocida, y
yo la ignoraría también a no referírmela una viajera inglesa, de esas mujeres
intrépidas e infatigables que registran con emoción y curiosidad los más
apartados confines del planeta. Cómo se las arregló miss Ada Sharpthorn (que así
se llamaba la inglesita) para obtener la confianza y casi la privanza del sha y
penetrar en la cerrada magnificencia de su palacio y conocer íntimamente a sus
allegados áulicos, cortesanos y generales, es punto de difícil investigación;
pero seguramente, al aspirar a este resultado, no se valió miss Ada de ningún
medio reprobable, pues compiten en esta valiente exploradora la decencia y
pulcritud de las costumbres con la austeridad del criterio moral y la delicadeza
de la conducta. Si miss Ada gozó privilegios desconocidos en Persia, debe
atribuirse a la tenacidad que sabe desplegar la raza anglosajona para conseguir
sus propósitos, tenacidad que va haciendo a esa raza dueña del mundo.
Contóme miss Ada el episodio que voy a narrar la tarde
del Jueves Santo, mientras recorríamos las calles de Ávila visitando Estaciones.
En aquellas calles, que todavía recuerdan por varios estilos la Edad Media
española, el nombre de Persia sonaba como el de un país fantástico, de
juglaresca leyenda o de romance tradicional; costaba trabajo admitir que
existiese. Quizá la misma «irrealidad» de Persia en la pacífica atmósfera de la
ciudad teresiana, acrecentó el interés de los extraños recuerdos de viaje que
evocaba miss Ada, y que intentaré trasladar al papel sin alterarlos.
-Nasaredino -empezó la inglesa- era un monarca
absoluto, a quien sus vasallos llamaban sombra de Dios, y que disponía de
haciendas y vidas, con dominio incondicional. No sé si ahora se habrá modificado
el régimen interior de Persia; entonces -y son épocas bien recientes- no había
allí más ley que la omnímoda voluntad de Nasaredino. Para mayor desventura de
sus súbditos, el sha no conocía el cristianismo, o, por mejor decir, no quería
conocerlo ni permitía que se propagase en sus estados opinión alguna que se
apartase del código de Mahoma. Quizá comprendía que Cristo Nuestro Señor es el
verdadero enemigo de los déspotas, y que la libertad y la dignidad humanas
tuvieron su cuna en el humilde establo de Belén.
Esa misma intransigencia del sha con nuestra santa
religión me incitó a probar si le atraía el terreno de la controversia, a fin de
combatir sus errores. Aprovechando la rara amabilidad con que me acogía, me
dediqué a catequizar a Nasaredino, y buscando el flaco de su orgullo, comencé
por pintarle la gloria y prosperidad de naciones cristianas como Francia y la
Gran Bretaña, superiores en las mismas artes de la guerra a las naciones sujetas
al fanatismo musulmán. Mis argumentos parecían hacer mella en el monarca; a
veces le vi quedarse pensativo, acariciando la negrísima y puntiaguda barba, con
los rasgados ojos de pestañas de azabache fijos en el punto imaginario de la
meditación. No era un necio; ciertas ideas le movían a reflexionar; ciertos
problemas se le imponían a pesar suyo, al través de su oriental indolencia y su
soberbia de dueño absoluto de muchos millones de seres racionales.
Despaciosamente, en correcto inglés solía, transcurrido un rato, contestarme, no
sin alguna inflexión de desprecio en su voz grave y bien timbrada.
-Jamás me convenceré de que sean heroicas y viriles
naciones que se postran ante un Dios humilde, muerto en un suplicio afrentoso.
El gran atributo de Dios es «el poder» y «la fuerza». La única explicación que
encuentro a ese enigma es que vuestras naciones se llaman cristianas sin serio
realmente, y cuando funden cañones y botan al agua barcos blindados niegan a su
Dios con los hechos, aunque le reconozcan con la palabra. Y porque le niegan han
logrado el predominio que ejercen. Si se atuviesen a la letra de su fe, como nos
atenemos nosotros a la nuestra, nosotros les pondríamos la planta del pie sobre
la garganta.
Al hablarme así Nasaredino, dejábame confusa.
Pertenezco a las «Ligas» de desarme y de la paz universal, y confío más en la
energía del amor y de la fraternidad que en todos los ejércitos de Europa
reunidos. Mas, ¿cómo hacer entender la verdad a un bárbaro, y a un bárbaro que
se cree un semidiós? Sin embargo, lo intenté. A mi manera, empleando los
razonamientos que me sugirió la convicción, le di a entender que la misma fuerza
material necesita fundarse en la moral, y que sin base de derecho y razón se
derrumba toda soberanía. Y pasando a tratar de nuestro Dios, le afirmé que
precisamente el haber sufrido y muerto como murió fue esplendorosa muestra de su
ser divino. El sha, moviendo la cabeza me contestó entonces esta atrocidad:
-De esa misma manera que pereció tu Profeta sucumbe
todos los días alguno o muchos de mis vasallos. Y ni aun así conseguimos acabar
con la perniciosa secta de los «babistas», cuyas doctrinas se asemejan a las de
vuestros Evangelios.
-Lo confieso -exclamó miss Ada al llegar a este punto-:
tan horrible declaración me trastornó, y estuve a pique de prorrumpir en
invectivas contra el tirano. Me reprimí trabajosamente, y Nasaredino, de pronto,
como si se hubiese olvidado del giro de la conversación, me anunció que al día
siguiente se verificaría una representación teatral en los jardines de palacio,
y que me convidaba a ella.
Son estas funciones dramáticas espectáculo favorito de
los persas, y todos los viajeros las describen: se celebran de noche, a la luz
de los farolillos y linternas y de las hachas encendidas, y el telón de fondo lo
da hecho la Naturaleza: una cortina de árboles, un macizo de flores, una fuente,
un ligero quiosco, constituyen la decoración. Habituada a asistir a tales
funciones, me sorprendió, sin embargo, el aspecto del escenario y el golpe de
vista del concurso. En primer término, sillones para el sha y los altos
dignatarios: detrás la servidumbre, la multitud de funcionarios y parásitos que
pululan en el palacio, infestando sus galerías, claustros, patios y salones. A
la izquierda, una especie de tribuna o palco cerrado por rejas de madera dorada
y pintada de colorines, desde el cual presenciaban la función, ocultas a los
ojos de todos, las esposas de Nasaredino. Con extrañeza noté que no se había
invitado a ningún diplomático; la única extranjera, yo. Mi sillón, colocado muy
cerca, aunque un poco atrás del soberano, era un puesto altamente honorífico.
Al empezar la representación, desde las primeras
escenas, percibí un estremecimiento. Yo no podía entender el idioma en que se
expresaban los actores, y que es una especie de dialecto persa muy literario y
arcaico (el habla misma bella y sonora, que empleó el poeta Firdusi); pero aun
sin inteligencia de las palabras, me parecía darme cuenta del sentido, y hasta
creí que era familiar para mí, como algo que hubiese escuchado mil veces y otras
tantas llevado en mi corazón. Las escenas del drama me recordaban cosas íntimas,
vistas, por decirlo así, al través de un vidrio turbio y roto que desfiguraba
los objetos, alternando sus colores y rasgos, sin ocultarlos enteramente. Al
final del primer acto (llamémoslo así; la transición consistía en extender un
riquísimo paño por delante del escenario y dejarlo caer a los cinco minutos), y
mientras nos presentaban amplias bandejas cargadas de golosinas, refrescos y
sorbetes, de súbito vi claro: el asunto del drama no era sino la vida de
Jesucristo, interpretada a estilo persa.
Se apoderó de mí una tristeza involuntaria. Temía una
profanación, una burla, cualquier desmán que hiriese mis sentimientos, y hasta
que pudiese obligarme a faltar al respeto al monarca levantándome y retirándome.
En voz baja le pregunté si creía que me sería posible permanecer allí; y el sha,
con lenta inclinación de cabeza, me tranquilizó; después, volviéndose hacia mí,
murmuró seriamente, con toda su oriental majestad:
-No temas ofensa alguna para tu fe ni para tu gran
profeta.
En efecto, las páginas principales de la sagrada Vida
iban desarrollándose más o menos ingenua y peregrinamente interpretadas, pero
con profundo sentido de veneración y de simpatía hacia el Salvador de los
hombres. Jesús aparecía Niño, jugando en el atrio del templo; después le veíamos
predicar a las multitudes; presenciábamos la tentación de la Montaña, el diálogo
con Eblis, genio del mal, y por último, en el tercer acto, penetrábamos de lleno
en el drama de la Pasión al ser preso Jesús en el huerto, no sin que trabase
ruda y encarnizada batalla entre los discípulos y los sayones, que todos iban
armados hasta los dientes, con «kanjiares», puñales, pistolas inglesas y
espingardas, y dispararon hasta agotar la pólvora, siendo esta parte de la
función, gracioso anacronismo, lo que más parecía entusiasmar al auditorio. Era
indudable que el papel de traidores lo desempeñaban los enemigos de Jesús, lo
cual se traslucía hasta en el modo de vestirse y de caracterizarse los actores,
siniestros y feroces, antipáticos de veras.
Al principiar el acto cuarto, que debía ser el último,
el actor que desempeñaba el papel de Jesús apareció atado a una columna de
jaspe; empezó la escena de la flagelación, que desde el primer instante me
crispó los nervios. Supuse que se trataba de un juego escénico; pero así y todo,
salté en el asiento y me tapé los ojos con el pañuelo disimuladamente. Era el
actor un hombre joven, como de unos veintiocho años, de noble tipo semítico;
llevaba los negros cabellos crecidos y partidos en bucles, y en la escena de la
tentación, dialogando con Eblis, había tenido acentos llenos de dignidad, de
desdén y de dulzura conmovedores hasta para los que no entendíamos los
conceptos. Ahora, amarrado a la roja estela, con el torso desnudo y el rostro
respirando un entusiasmo misterioso, una sed de sufrir, revelábase, sin duda,
como trágico genial: tanta era la verdad de su ficción, la expresiva fuerza de
su actividad. Por lo mismo no quería verle; me conmovía demasiado. El silbido de
las cuerdas y de los látigos rasgó el aire; escuché cómo sonaban al herir la
carne viva, y hasta oí un sofocado gemido, que semejaba involuntario... Y la voz
del sha, su acento de mando grave y, sin embargo, cortés, me obligó a atender, a
pesar mío, diciéndome en inglés, con irónica entonación:
-No te niegues a mirar. Lo que sucede ahí no es farsa,
sino la realidad misma. Persuádete de lo fácil que es padecer resignadamente y
hasta con gozo. El papel de tu Profeta lo está desempeñando a lo vivo y sin
protestar un «babista» condenado a muerte... Ya le verás crucificar después.
El grito que exhalé debió ser terrible; como que se
detuvieron los verdugos, y Nasaredino me fulminó una ojeada severa, tétrica,
imponente. Otra mujer se hubiera acobardado; pero una inglesa, en caso tal, saca
de su orgullo de raza y de su cristianismo fuerza bastante para no arredrarse,
aun cuando se le viniese encima el mundo.
No sé lo que dije al sha: primero creo que le anuncié
una cruzada de las naciones civilizadas contra sus reinos y su poder, y le
vaticiné venganzas humanas y cóleras del Cielo; mas como el tirano permaneciese
impasible y aun firme y aferrado a su crueldad, una inspiración me sugirió que
la causa de Jesús ha de sostenerse por medio de la piedad y de las lágrimas, y
arrojándome de súbito a los pies de Nasaredino, cogiendo sus manos llenas de
anillos magníficos, las besé, las mojé con llanto, las sujeté, las apreté, hasta
que una voz, a mi parecer descendida del cielo, murmuró casi en mis oídos:
-Levántate, extranjera. Serás complacida. Te regalo la
vida de ese perro.
No sé lo que respondí. Debieron de ser extremos de
júbilo tales, que el grave y pálido rostro del sha se iluminó con una fugitiva
sonrisa, y su mano derecha, salpicada de mi lloro, que resplandecía sobre las
sortijas de piedras, se extendió en imperativo ademán, comprendido
instantáneamente por los que torturaban al desdichado ya cubierto de sangre. No
era sólo la vida, era la libertad lo que le otorgaba aquel gesto mudo, y en el
exceso de mi alegría echéme a llorar otra vez...
Al llegar aquí guardó silencio la inglesa, y yo sólo
acerté a preguntar:
-¿Y qué fue del hombre a quien usted salvó?
-Ese hombre -balbució miss Ada-, dos años después...,
asesinó a Nasaredino... ¡Sí, el mismo perdonado!... Ya ve usted cómo no hay en
el mundo sino una verdad, que es la verdad de Jesús... Para un cristiano, sería
sagrado el hombre que supo perdonar siquiera una vez. Y yo, desde entonces,
particularmente estos días de Semana Santa, rezo siempre por el que me regaló
una vida; imploro a Dios como imploré al rey absoluto, que al fin me escuchó y
se ablandó... Tal vez sea una ilusión rezar por Nasaredino, pero ilusión que me
consuela.
-Y por el matador, ¿no reza usted? -interrogué cuando
nos detuvimos ante el bello pórtico de la catedral.
-¡También debo hacerlo! -exclamó miss Ada, después de
vacilar un instante. |
|