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Fantasía
- I -
La Nochebuena en el Infierno
Hacía un frío siberiano y estaba tentadora para pasar las últimas horas de la
noche la cerrada habitación, la camilla con su tibia faldamenta que me envuelve
como ropón acolchado, y el muelle-sofá de damasco rojo, donde el cuerpo
encuentra mil posturas regalonas en que digerir pacíficamente la sopa de
almendra y la compota perfumada con canela en rama. ¡Pero no asistir a la Misa
del Gallo en la catedral! ¡No oír los gorgojeos del órgano mayor cuando difunde
por los aires las notas, trémulas de regocijo, del Hosanna! ¡Nochebuena, y
quedarse así, egoístamente, acurrucada, al amor del brasero! No puede ser;
ánimo; un abrigo, guantes, calzado fuerte... A la calle en seguida.
Bañada por la misteriosa claridad de la luna, la ciudad episcopal dormía.
Extensas zonas de sombra y sábanas de infinita blancura argentada alternaban en
las desiertas calles. Nunca éstas me habían parecido tan solitarias, tan
fantásticamente viejas, ni tan adustos los cerrados caserones que ostentan su
blasón cual ostentaría la venera un caballero santiaguista, ni tan medrosos los
sombríos soportales, que descansan en capiteles bizantinos.
El bulto embozado que al través de aquellos túneles de piedra se desliza a
paso de fantasma, ¿no podrá suceder que realmente lo sea? ¡Lo es, sin duda! ¡Lo
es! Siento que la sangre se congela en mis venas al observar cómo el bulto,
saliendo de las tinieblas del soportal, se dirige a mí y se me pone delante,
mudo, derecho, con un dedo apoyado en los labios. Olas de luz lunar le envuelven
y me permiten distinguir su faz de cera, que recatan el alto cuello de un
montecristo azul y las alas de un sombrero de fieltro caprichosamente abollado.
¡Yo conozco a este hombre... es decir, yo le conocí en otro tiempo, cuando era
niña!... ¡Le vi un instante, y nunca olvidé su melancólica y pensativa silueta!
Entonces, los estudiantes recitaban sus versos y celebraban sus dichos
impregnados de mordaz ironía... Pero, un año después de haberle visto yo, el
poeta se pegó un tiro: la bala le entró por la oreja izquierda y le salió por la
sien. ¿Cómo es que pasados cuatro lustros me lo encuentro en la calle, a estas
horas, la noche del 24 de diciembre, camino de la catedral?
Quiero preguntárselo, y me sucede lo que cuando probamos a gritar en sueños;
en mi laringe no se forman sonidos. Él tampoco habla: me hace señas de que le
siga..., y le sigo, en dirección a la basílica, cuya masa enorme se alza
dominando la Quintana de Muertos.
En vez de entrar por el pórtico bizantino, donde se agolpan los fieles que
concurren a la misa nocturna, mi guía y yo nos pegamos al muro de la fachada
nueva, y ante nosotros se abre sin ruido una puertecilla pintada de rojo, que yo
siempre había visto cerrada. Un pasadizo estrecho, que se enrosca por las
entrañas de piedra de la catedral y se va sumiendo cada vez más hondo, se nos
presenta: mi fatídico guía se enhebra por él, y yo voy en pos, sin miedo.
Verdosas vegetaciones, humedad rezumada por los poros de la cantería, dan a
aquel pasadizo gran semejanza con el interior de los acueductos. Allá, a lo
lejos, oscila una lucecilla, y diríase que, en vez de acercarnos a ella, la
vemos cada vez más distante. Bajamos y bajamos cuestas, rampas, escalones casi
insensibles al principio, después tan escabrosos y pendientes, que ya, más que
bajar, creo rodar a tropezones. La fatiga y unos asomos de susto me detienen un
instante, y entonces mi guía, siempre callado, se vuelve y me hace señas de que
continúe. Ya no son escalones; son despeñaderos pedregosos, cantiles de
berrequeña, tajos inmensos, de donde amenazan desplomarse gigantescos pedruscos,
y luego, una playa árida, escueta, límite de un mar pesado y aceitoso, con olas
de un gris de plomo fundido... A la izquierda divisamos resplandores rojizos,
intermitentes, como si algún incendio devorase el caserío de los pescadores de
aquella ribera maldita.
-Oye, poeta -digo a mi guía, que no da señales de detenerse; antes sigue en
dirección del incendio- no quiero más. No sé adónde me llevas, y contigo no voy
tranquila. Debes de ser ánima del otro mundo, porque consta que el tiro fue
mortal, y tu sepulcro, que luce una inscripción enfática, se les enseña a los
curiosos en un cementerio muy poblado de cipreses y adelfas. No tengo
preocupaciones, pero la broma ya me parece pesada. Te desconjuro. Rezaré por ti;
rezaré devotamente... si me vuelves al punto a la plaza de la catedral.
-¿De qué me sirven a mí los rezos? -contestó mi guía, en voz serena y
desesperada, voz de hielo, por decirlo así-. Ven conmigo, y no pidas guía mejor,
que Virgilio no había de molestarse en servirte de cicerone. Yo fui uno de los
poetas menores del Parnaso romántico: la musa no me amaba lo bastante para
hacerme inmortal, y quise ser inmortal desposando a mi musa con la muerte...
¡Ojalá detrás de ésta no hubiese encontrado sino la nada!
Al hablar así, el poeta no hacía contorsiones; su cara, de busto de mármol,
no se descomponía ni se alteraba; sólo sus ojos me parecieron anegados en un
llanto... que era fuego a la vez.
-¿Estás en el Infierno? -pregunté, con tanta piedad como asombro.
-Así lo llamáis los vivos -respondió el condenado-. Nosotros lo llamamos
Mundo inferior, y a su rey le nombramos el Bajísimo.
-¿Por oposición al Altísimo?
Sólo contestó con un suspiro el poeta.
-Pues yo no quiero tratarme con esa gente -insistí, viendo que de nuevo
principiaba a andar mi guía-. Yo no tengo vocación de suicida. A mí, la vida me
parece amable, y Dios, bueno, y sus obras perfectas; el arte me proporciona
goces, la naturaleza me vivifica; creo en la amistad (no atravesándose el
interés), y no tengo malo el estómago. Déjame de réprobos. Déjame de fronteras
donde sea género de contrabando la esperanza.
-Si no descendieres al mundo inferior -contestó mi guía, mirándome de pies a
cabeza con desdén glacial-, serás inferior tú misma. Quien no realiza la bajada
a los Infiernos, que no se tenga por artista humano. Peor para ti si retrocedes.
Ya me sospechaba yo que tendrías miedo, y por eso elegí esta noche para
introducirte en la mansión del dolor. Para que veas cómo del mismo Infierno no
está desterrada la piedad, te traigo a él la única noche del año en que no se
atormenta a los pecadores. ¿Ves cómo la roja luz de los hornos de hierros va
palideciendo y transformándose en blanco fulgor sideral? ¿Ves cómo las llamas ya
son luminarias? No es que el Infierno se alegre del nacimiento de Cristo, porque
en el Infierno no cabe alegría; la pena de daño, que es la tristeza, no se nos
perdona jamás; pero esta noche se interrumpe la de sentido: los suplicios cesan,
y cesan también los aullidos, el rechinar de dientes, el rugir y el maldecir.
Ven sin temor... ¡Adelante! ¿No ves, allá lejos, en el último confín de ese mar
de metal antes candente, una claridad casi imperceptible, que tan pronto riela
como se apaga? Es el último reflejo de la estrellita de Belén..., que alumbra
otros parajes menos espantosos. Hasta el amanecer no cesará de rielar, y
mientras riele, mal que le pese al Bajísimo, sus verdugos no podrán torturarnos.
Entra sin recelo... Te creerás en el Mundo terrestre, porque sólo verás tristeza
y amargura, pero no entrañas arrancadas y pies tostados por el fuego...
Como si no dudase de mi aquiescencia, echó delante, y, en efecto, le seguí
animosa, sintiendo despertarse ya la curiosidad inextinguible. Cruzamos la
puerta sombría con su lema de color oscuro, y vi desde el primer momento que el
poeta menor no me había engañado. Aquello, si era infierno, no lo parecía. Nadie
se lamentaba por allí. A la puerta se agrupaban los indiferentes; los conocí por
su actitud, no porque los importunasen avispas ni moscones. Más adelante, los
culpables por pasión no giraban en tremendo remolino a través del negro
ambiente; inmóviles, distribuidos formando parejas, se miraban con ansia
infinita.
El recio aguacero y duro granizo no azotaban las espaldas de los golosos, y
los avaros reposaban sentados en los ingentes peñascos que sin cesar se
encuentran compelidos a subir por cuestas y asperezas, empujándolos con el
mísero pecho, donde no tuvo cabida la generosidad. Apagadas las fosas de llama o
braseros donde los epicúreos materialistas y herejes sufren el castigo de sus
errores nefandos, los achicharrados respiraban, y todavía sus ojos, fuera de las
órbitas, y su carne, retraída y que descubría el hueso, demostraban la violencia
del atroz suplicio. Por el suelo vi trozos humanos, fragmentos del despedazado
tronco de los violentos e iracundos, que pugnaban por juntarse aprovechando la
breve tregua de horas; las sangrientas cabezas se empalmaban sobre los hombros,
las manos descepadas se adherían al brazo otra vez. Al pasar por la umbrosa
selva de árboles vivientes, mi guía se volvió y me miró con un dolor tan
intenso, tan altivo, tan insondable, que recordé... ¡Los suicidas son los que
sufren tal pena; los que, desgarrados perpetuamente por leñadores implacables,
acogen entre sus dolientes ramas, al través de las cuales circula la sangre
requemada, a las Harpías vengadoras!
A la sazón, los horribles monstruos habían desaparecido. En la selva no
resonaban quejidos de agonía. El Infierno descansaba. Presté oído... Ni un
sollozo.
Con todo, juraría que allá, en un rincón... ¿Me equivoco? No; alguien gime;
alguien se retuerce, alguien profiere imprecaciones y maldice de la hora en que
su madre le hechó al mundo...
-Poeta -le dije-, me has mentido. Sácame de aquí. Están atormentando... No
quiero oír ni ver... Sácame a la luz; me angustia esa queja tan dolorosa.
-Tienes razón; se me olvidó avisarte -declaró el poeta-. Es cierto que
atormentan a uno..., el único..., la excepción... ¡Le fustigan con varas de
alambre enrojecido y le echan por la boca pez hirviendo!... Escucha: es que ese
hombre asesinó a un rival. Hacía muchos años que proyectaba el crimen y la
venganza; no encontrando ocasión de realizarla sobre seguro, acechaba en la
sombra, callado, siniestro. Una noche como la de hoy encontró a su enemigo en
despoblado. La víctima iba a caballo, y picaba la espuela, porque quería llegar
a tiempo de cenar con su madre y acompañarla a la iglesia a celebrar el
nacimiento de Aquel... Mano a la rienda de la cabalgadura; puñal asestado, golpe
seguro, en mitad del corazón... La madre que esperaba a su hijo recibió a la
hora de la misa del Gallo un cadáver cosido a puñaladas. Por eso el asesino no
goza de la inmunidad de esta noche, que no respetó.
-Vámonos -supliqué con energía.
-Vámonos -contestó el poeta-. Te llevaré a ver la Nochebuena en el
Purgatorio.
- II -
La Nochebuena en el Purgatorio
El poeta suicida, que me había guiado por los laberintos y recovecos de los
círculos infernales, me sacó al fin de la caverna, y juntos salimos a dilatada
llanura. Pensé hallarme en los descampados de Castilla, porque si la tierra era
árida y de cansado y polvoriento matiz, en cambio, el cielo, vestido de dulce
color de zafiro oriental, resplandecía con hormigueo de diamantinas
constelaciones. Lo que me persuadió de que me hallaba bien lejos del país
castellano fue distinguir entre ellas la centelleante Cruz del Sur.
A lo lejos se oía el choque de las olas contra una playa. Guiados por el
ruido, nos fuimos acercando a la orilla. Una barca se columpiaba sobre el oleaje
-porque oleaje tenía aquel mar, oleaje vivo y fosforescente, como el del
Cantábrico-, y una brisa rauda y salitrosa hacía palpitar las velas. Entramos en
la barca, y el poeta, tomando los remos, la desvió muy pronto de la orilla. Así
que encontramos el filo de una corriente, alzó los remos y dejó que el viento y
el agua nos llevasen sin esfuerzo hacia la isla que se columbraba, lejos aún,
bastante lejos, entre los violáceos crespones de neblina de la noche.
-¿Vamos a ver más penas todavía? -pregunté al vate menor, deseosa ya de que
terminase nuestro periplo.
-¡Penas! -suspiró, dolorosamente, el condenado-. ¡Ah, quién pudiera sufrir
las penas que ahora veremos! No hay más pena verdadera que la que no tiene fin.
Un día tras otro consúmese el tiempo y se van absorbiendo las horas como agua
filtrada por arena; todo suplicio se hace llevadero al pensar que cesará, y como
decía Virgilio -mi ilustre antecesor- la última hora de la vida es el desquite
de los vencidos. Pero en la región donde yo habito y de donde acabas de salir no
hay días ni horas..., sino un infinito de tiempo siempre presente, sin límite,
sin sucesión, sin forma particular... ¡Loco se vuelve quien en ello piensa!
Llena de compasión guardé silencio, y el poeta, dejando caer sobre el pecho
la faz, calló también. Nos íbamos acercando a la isla del Purgatorio; sus
dentadas costas, sus ribazos, sus vaporosas lejanías, sus valles, se divisaban
claramente a una luz que se parecía mucho a la de la luna, o, mejor dicho, a la
eléctrica, y que permitía apreciar los colores. Noté que, al acercarnos a la
isla, las olas fosforescían más y se volvían transparentes, con la transparencia
pálida de la piedra llamada tan propiamente aguamarina: todo era verde alrededor
nuestro, y la isla, poblada de tupidísimo arbolado, verdeaba también como
gigantesca esmeralda engastada en el oro fino de los arenales, adonde atracaban
sin cesar barquillas atestadas de almas, una multitud silenciosa, vestida de
verdes tunicelas, hechas tal vez de follaje. La claridad verdosa, difundida en
el aire, teñía las caras de un matiz singular, como si se reflejasen en una luna
de espejo muy antigua, o más bien como si las mirásemos al rayito fosfórico de
un gusano de luz.
-Todo es verde aquí -dije al poeta-. Solo tú me pareces del color de la cera
purificada.
-Ya comprenderás la razón -respondió el suicida, con calma horrible-. El
verde es el color de la naturaleza, la cual resucita a cada primavera, y al
derretirse la nieve, aparece lozana y fecunda, como si no la pudiese ofender el
tiempo. En el Purgatorio observarás siempre esa entonación gozosa y juvenil. El
Infierno es rojo; el Purgatorio, verde... ¡Repara qué prados, qué selvas, qué
frondosas plantaciones!
Entrábamos en una ensenada que rodeaba vegetación tropical, y la barca se
detenía, presa en una maraña de algas finas como cabelleras y recias como
cordajes de esparto. Saltamos sobre las piedras, que hacían un muelle natural, y
abriéndonos paso al través de matorrales espesísimos, llegamos a espaciosa
explanada, donde hormigueaba innumerable multitud. Desnudos, o revestidos cuando
más de una sobrevesta de lampazos, parecida a la que llevan los salvajes
esculpidos en los pórticos de las catedrales, se apiñaban en la inmensa planicie
los sentenciados a presidio espiritual, o sea, las ánimas del Purgatorio. La
costumbre de verlas siempre, en pinturas y retablo cercadas de lenguas de llama,
me hacía desconocerlas con aquel atavío.
-¿No hay fuego aquí? -pregunté al poeta.
-Esta noche no lo hay ni en el Infierno. ¿Cómo querías que aquí lo hubiese?
-respondió mi guía-. Sin embargo, aquí el fuego nunca es visible. Esas ánimas de
retablo que pintáis en la tierra son un medio de dar a entender a los sentidos
lo que no podría comprender acaso la razón... y es que aquí se arde por dentro;
se sufre una calentura que nunca remite..., excepto esta noche; una calentura de
cuarenta y un grados y varias décimas, que disuelve la sangre, seca el corazón,
abrasa las fauces, incendia el cerebro y engendra continuo delirio. En el
Purgatorio se vive delirando. Esto es un semillero de inventores, de
descubridores, de escritores, de artistas, de locos sublimes que todo lo quieren
transformar, regenerar y embellecer; su dolorosa fiebre se resuelve en
concepciones mitad absurdas, mitad grandiosas, y los únicos momentos en que
descansan es cuando pueden acercarse a aquella fuentecilla que brota allí, ¿no
la ves?, entre dos peñas..., y que está formada con las lágrimas de los que
rezan por las benditas almas del Purgatorio, sospechando que reside en él
alguien a quien amaron... Una sola gota de ese milagroso manantial les rebaja la
calentura... Lo malo es que a veces la fuente corre tan escasa, tan escasa, que
no llega ni para remojar los labios... Hay épocas del año -Carnavales, por
ejemplo- en que casi se agota la fuente... En cambio, el día de Difuntos surte
abundante, impetuosa, y su rumor consuela a las ánimas... ¿No has estado tú en
el campo el día de Difuntos? ¿No te ha parecido que en la danza de las hojas
secas, en el estridente aullido de las ráfagas de invierno, en el gotear de la
lluvia, en la voz del mar cuando embiste contra las peñas, hay voces
misteriosas, voces del otro mundo? ¡Las hay, las hay! ¡Cómo envidio a los
muertos que reciben socorro de los vivos a quienes amaron! ¡A mí no puede
socorrerme nadie! -y el poeta se echó ambas manos a la cabeza y un rugido se
ahogó en su ronca garganta...
Nos llegamos a la explanada y nos mezclamos entre la muchedumbre de espíritus
apiñados allí. Era la explanada una pradería de hierba densa y blanda, donde nos
hundíamos hasta las corvas. En mitad del prado se elevaba un árbol inmenso,
paradisíaco, singular en su forma: sobre el alto tronco brotaban de súbito dos
ramas horizontales, gigantescas, pobladas de follaje, y otra rama vertical,
irguiéndose en el centro, completaba la copa. La innumerable cohorte de ánimas
tenía los ojos tenazmente fijos en el árbol, como si algo muy importante fuese a
suceder en él...
Miré a derecha e izquierda, buscando un ánima a quien preguntar, y como
llamada y atraída por mi deseo, se me presentó una mujer joven, de tipo muy
conocido para mí, aunque al pronto me sería difícil decir dónde, cómo y cuándo
la había visto ya. Guirnaldas de hiedra y gentiles abanicos de helecho velaban
su casta desnudez, envolviéndola tan completamente como los paños de un ceñido
ropaje, ayudando al mismo oficio la copiosa mata de pelo rubio esparcido por
espalda y hombros, que en doradas hebras bajaba hasta los calcañares. Aquella
mujer tenía la cara ovalada, la expresión candorosa, los ojos bajos, las manos
cruzadas sobre el pecho; parecía la estatua del Pudor; tanto lo parecía, que
hube de decírselo.
-¿Has podido pecar tú? ¿En qué pecaste? ¿Cómo viniste a las regiones de la
expiación?
-Me trajo a ellas el amor, dueño del mundo -contestó la mujer rubia, a quien
se le tiñeron de carmín las mejillas. Yo era una pobre muchacha del pueblo;
quedé huérfana, sin más dote que mi hermosura y mi virtud. Hilando, cosiendo,
barriendo y fregando se me pasaban los días de la mocedad. Sucedió que, al salir
de misa, vi a un señor muy galán y bizarro. Me requebró y le adoré. Al sospechar
que yo estaba encinta, las comadres del barrio me señalaban con el dedo, y las
mozas de cántaro se reían o torcían el rostro. «Has pecado», me decían; y yo
contestaba: «Es cierto, pero Dios me perdonará.» Mi hermano, era soldado. Al
volver de la guerra y saber mi deshonra, provocó a mi seductor y fue herido
mortalmente por él. Expirando, me dijo: «Has pecado; maldita seas.» Y yo
contesté: «Cierto; pero Dios me perdonará.» Nació mi hijo; el abandono y la
desesperación me volvieron loca..., y le arrojé al agua. Los tribunales me
sentenciaron a muerte, repitiendo: «Has delinquido.» «Dios me perdonará»,
contesté llorando...
-¡Pobre Margarita! -exclamé, porque ya recordaba dónde, cuándo y cómo había
visto aquella dulce y lastimosa efigie-. Yo no te hacía en el Purgatorio. El
gran poeta alemán nos aseguró que te habías salvado y que estabas en el
Paraíso...
-Mi historia es tan vulgar -contestó Margarita, modestamente-, que no sé cómo
se le ha ocurrido narrarla a ningún poeta. Tampoco sé cómo ese poeta, que será
un sabio, ignora que el pecado ha de pulgarse antes de entrar en el cielo. Lo
diría por hermosear mi vida, que fue bien triste y bien sencilla, y bien ajena a
galas poéticas... Sí, aquí estoy desde mi muerte, sufriendo, hasta que Dios
quiera, la horrible calentura expiatoria. Hoy, no; hoy respiramos; hoy se
humedece nuestra boca achicharrada y se calma el ardor de nuestro corazón...
Hoy... al punto de la medianoche... cuando en el establo de Belén se verifique
el gran suceso... aquí se verificará otro, que aguardamos con afán -y de pronto,
juntando las manos, exclamó:
-¿Ves?, ¿ves? Ya se verifica... ¡El árbol florece!
En efecto, sobre el follaje del gigantesco árbol en forma de cruz se
destacaban unos puntitos, diminutos primero, como cuentas de coral, y que iban
creciendo, ensanchándose, cubriendo de placas rojas la verde espesura. Fragancia
suavísima se esparcía por el aire, y las manchas bermejas adquirían contornos de
flor, pareciendo a un mismo tiempo cálices de rosa y heridas frescas que
destilasen sangre...
La muchedumbre de ánimas, al florecer el árbol, rompió en himnos de
adoración; la isla entera resonó como un arpa: collados, selvas, grutas y
praderías vibraron musicalmente, y el poeta, separando las manos del rostro,
gimió con acento sepulcral:
-¡Felices los que esperan!
- III -
La Nochebuena en el Limbo
Al llegar a la puerta blanca, mi guía me dejó. Yo había visto contraerse el
semblante del réprobo según nos acercábamos y, movida a compasión, le dije:
-Basta ya. Entraré sola. Maldita la falta que me hacen en el Limbo pajes,
escuderos ni rodrigones. Allí no habrá más que chiquillería, porque las almas de
los Santos Padres las sacó Cristo cuando descendió después de su muerte; todas
salieron de reata, cogidas a un cabo de la cuerda con que los sayones habían
amarrado al Dios-Hombre.
Gimió el poeta, y se guardó bien de acercarse al umbral de la soñolienta
mansión. Yo empujé la puertecilla, y bajé por amplia gradería de nítido
alabastro, que me condujo a inmenso patio rectangular. En su centro manaba una
fuente plañidera, diminuta, que de tazón a tazón revertía gotas muy semejantes a
cristalinas lágrimas. Al lado de esta fuente divisé otra no mayor, de basalto
negro; el chorro que rebotaba en los platillos me pareció de sangre, que fluía
en hilos bermejos y salpicaba el piso de placas redondas y oscuras. Entre ambas
fuentes vi a un niño como de seis a siete años, en pelota, semejante a una
estatuita de museo. La cara del niño me asombró: su entrecejo fruncido, sus
chispeantes y altaneros ojos, no correspondían a edad tan tierna. El rapaz se
entretenía con las dos fuentes, sepultando las manos en el sangriento chorro y
bebiendo ansioso el raudal de lágrimas... Le llamé y acudió, orgulloso y
marcial, clavando en mí sus ojos fascinadores de aguilucho.
-¿Quieres tú acompañarme? -pregunté a la criatura.
-Sí -contestó, lacónicamente-. Aunque ya, viéndome a mí, has visto lo mejor.
-Dime -exclamé, señalando a los guantes rojos que cubrían hasta el codo sus
bracitos- ¿qué son esas dos fuentes? ¿Por qué estás ahí hecho un carnicero, todo
mojado y ensangrentado?
El rapaz me flechó de nuevo sus terribles pupilas, y sólo respondió,
frunciendo el ceño adusto:
-Mírame bien.
Me bastó la primera ojeada. ¡Qué torpeza la mía! Estaba hablando. La frente
vastísima; los ojos profundos y ardientes; las pálidas y esculturales mejillas;
los delgados y apretados labios, de líneas correctas; la barbilla acentuada y
firme, con meseta redonda; el perfecto tipo de un gran bronce romano... Así, así
debía ser en la primera infancia el capitán del siglo.
-No pensé hallar en el Limbo a Napoleón -dije, risueña y con muchísimas ganas
de regalarle un saco de confites al vencedor de Austerlitz.
-¡Sí, Napoleón! -chilló la vocecilla, aunque infantil, bronca y extrañamente
grave-. Buen Napoleón te dé Dios. Napoleón, a mi lado, se quedaría tamañito.
Sabe que yo nací al pie del Cáucaso, y mi destino era conquistar toda el Asia
sometiéndola al poder de Rusia, y arrojando luego sobre Europa las gentes ya
sujetas a mi yugo. No dejaría títere con cabeza. ¡Gran zarabanda histórica! El
Imperio alemán, hecho polvo. Media Confederación germánica, incorporada al
Imperio moscovita. Italia, repartida entre Austria y Francia. Los españoles,
trasladados al África, y los ingleses...
-¡Santo Dios! -interrumpí-. ¿Todo eso pensabas hacer, mocoso?
-¡Y lo haría! -gritó el héroe en miniatura-. Ése era mi papel en el mundo.
Sólo que una tarde, jugando a guerras con otros chicos de mi lugar, tanto sudé
que, al enfriarme, cogí una fiebre maligna...
-Y cátate salvada a la culpa Europa -añadí, intentando besarle aquella carita
tan fiera y tan salada-. De modo que las fuentes...
-Son la sangre y el llanto que yo tenía que hacer correr. Aquí me sirven de
pasatiempo. ¡Si vieses qué rico bañarse en los dos pilones! Las lágrimas tienen
fama de amargas, pero a mí me saben a miel, y la sangre tibia y líquida despide
un olorcillo fragante... Ven, que te enseñaré la sala grande, la Inclusa
general. No creas, yo no voy nunca. No me rozo con semejante patulea. ¡No
faltaba más! He acotado para mí este patio y juego solo. ¡Ay del que me dispute
mis dominios! No pienses que no tengo más juguetes que las fuentecitas. Te
enseñaré barajas de pedazos del mapamundi con ellas hago solitarios, y me echo
las cartas y me predigo el porvenir. También poseo una escuadrita de acorazados
de hojalata y caña, unas baterías de cañones de plomo y resmas de estampas de
soldados y horror de sables de madera. A cada instante me los piden prestados
los memos de la Inclusa..., pero yo no presto a chusma semejante. Ven, la verás.
Su mano diminuta y febril asió la mía, y cruzando un pórtico sin color,
entramos en un salón gigantesco, pero frío, desnudo, de grises paredes, de
aspecto cuartelario. Era lo que mi guía, el dominador del orbe, llamaba
despreciativamente la Inclusa. El inconmesurable recinto estaba atestado de
chiquillería: un océano de gente menuda; no intenté contarla, ni siquiera
calcular aproximadamente su número. Imaginaos leguas y leguas de terreno
cubiertas de mies; figuraos un pomar sin límites, cuajado de manzanas; suponed
un colosal aprisco donde las ovejas hierven, ondean, se empujan, se encaraman
unas sobre otras; así rebullían y pululaban los retoños humanos en la Inclusa
límbica. Asombraba y entristecía considerar tal floración de capullos helados
antes de abrirse, tanto fruto verde tronchado por el granizo, tanta cuna vacía,
tanta desesperada madre.
No quiero decir la algarabía que armaban los chicuelos. Habíalos de muy
diversos tamaños, desde el rorro coloradillo, recién salido del claustro
materno, hasta el diablejo ya talludo; y de su masa confusa brotaba un coral
análogo a los de Wagner, en que el llanto estrepitoso, el gemido desconsolado,
la carcajada, el berrinche, el pataleo, el gorjeo, se unían en un solo acorde
estridente, irónico, arrancado a las cuerdas y a los metales de infernal
orquesta.
¡Y qué hervidero de cabecitas! Resguardada por la gorrilla de tres piezas, la
blanda y abierta chola del mamón; aureolada por rubias sortijas, la del angelote
de un trienio; con melena a lo Villamediana, negra y brillante, la del
caballerito de siete; aquí la pelambrera erizada y cerril del mendigo callejero;
allí los bucles de seda de la menina aristocrática; ya la pelona del escolar, ya
la aplastada montera de crin del aldeanillo... Luego, los cráneos étnicos,
dignos del escaparate de un museo antropológico: en los oscuros vástagos de la
raza de Cam, la vedija lanosa; en los amarillentos muscos japoneses, el
cerquillo frailuno... ¡Qué cabecitas tan curiosas! Daban impulsos de ir
cogiéndolas como quien coge flores, y formando un ramillete... ¿Qué hacían las
pobres criaturitas muertas?
Lo que de vivas. Jugar. Y con la explicación anterior de mi guía, comprendí
perfectamente el sentido de sus juegos. En aquel rapaz que apila duros de
chocolate, y los cuenta y los recuenta, y se los guarda muy envueltos en un
papel, se ha perdido un avaro..., es decir, no se ha perdido nada. Aquel que se
abraza a un rocinante de cartón, y lo acaricia, y lo halaga, y lo mira con
embeleso..., hubiera sido un miembro del Jockey-Club, un sport-man de esos que
besan a sus caballos vencedores en las carreras y cruzan a latigazos a sus
queridas. Un muchacho se arrodilla ante una muñeca vestida de raso, con cara de
porcelana, que abre los ojos y dice papá y mamá... ¡Feliz rapazuelo! La muñeca
no le destrozará el corazón engañándole, como se lo destrozaría, si hubiese
vivido, la mujer que la muñeca simboliza... La niña que da biberón a un bebé
articulado no tendrá que llorar su muerte, como lloraría la del hijo que
representa ese bebé. La imagen de la vida, en una comedia de marionetas; el
destino figurado por el juego..., esto es el Limbo. Me volví y comuniqué mis
observaciones al conquistador malogrado.
-Sí, sí -murmuró él-. Todo eso será verdad, pero a mí no me consuela. ¡Yo
quisiera haber vivido, y saber lo que es una batalla, no de mentirijillas, sino
de verdad; con soldados de carne y hueso, caballos que corran solos, cañones de
acero que disparen balas de hierro y mi escuadra navegando en un mar real y
efectivo, con olas, con tormentas, con viento, con truenos y rayos!
Al expresarse así, rugió el Napoleoncillo en agraz, y una lágrima saltó de
sus lagrimales perfilados y duros.
Allá para mis adentros me pareció que el cachorro de león no iba descaminado.
Aquella vida humana expresada con juguetes, con monigotes rellenos de serrín,
con cartones y pinturas baratas, con aleluyas y cromos, debía de hacerse
intolerable por su falsedad mezquina. Era la insulsez, la mentira sin velos de
ilusión, lo abstracto, lo glacial, lo inerte, lo que ni llena el corazón ni
aplaca la sed instintiva de vivir...
-Nosotros -añadió, bruscamente, el guerrerillo- no sabemos nada de nada.
¡Como que estamos en el Limbo siempre! Nuestra existencia transcurre entre
ñoñerías y parodias. Sólo hoy, día de Nochebuena, a la hora en que nació Cristo,
vemos algo real, algo que no es ni patraña, ni decoración de teatro... Y la hora
se acerca... Me parece que suena ya.
Un clueco reloj de latón dio doce campanadas, y noté una blanquecina claridad
venida de lo alto, que iluminaba la Inclusa, difundiéndose lenta y gradualmente
por los ámbitos del enorme salón. Poco a poco se convirtió en resplandor dorado,
y las paredes antes incoloras refulgieron como si fuesen fabricadas de purísimo
diamante. En el fondo, entre radiantes irisaciones y sábanas de gloriosa lumbre,
surgió un objeto espantoso: era una cruz de madera, donde agonizaba un hombre.
Le veíamos perfectamente. Su tronco, desplomado sobre las piernas, que contraía
y engarrotaba el dolor, presentaba las huellas acardenaladas de la flagelación,
verdugones hinchados y negros. Respiraba estertorosamente, y de sus manos,
traspasadas por los clavos, descendía gota a gota la sangre. Los niños miraban
sin comprender, angustiados, fluctuando entre romper a sollozar o esconderse en
los rincones, por no presenciar aquella lástima atroz.
-¿Ves? -exclamé, dirigiéndome a mí guía infantil-. Eso real que sólo hoy, a
estas horas, se te presenta..., eso es la Vida. No la llores. ¡Salir del Limbo
es ir al martirio, rapaz!
El chico alzó la cabeza, miró ahincadamente al Crucificado y un
estremecimiento le sacudió... Era el escalofrío del horror silencioso. De pronto
se volvió hacia mí, me contempló con arrogancia y exclamó, respirando firmeza y
decisión inquebrantable:
-Pues yo querría vivir.
- IV -
La Nochebuena en el Cielo
¿Cómo subí del brumoso Limbo al Empíreo radiante? ¿Fue cabalgando en un hilo
de luz? ¿Fue entre las alas de una nube? ¿Fue saltando de estrella en estrella,
peldaños de la escala mística que en sueños vio Jacob? Posible me parece
cualquiera de estos medios de locomoción, porque si nuestro cuerpo es plomo,
centella es nuestro espíritu.
Ello es que de improviso me sentí envuelta en una ola azul, sutil,
delicadísima, que compararía a la turquesa disuelta, si hubiera visto, alguna
vez y en alguna parte, la disolución de esa piedra preciosa. Y la alegría y
exaltación de todo mi ser, el rapto de mis potencias y sentidos, me dijeron a
voces: «¡Quién como tú! Estás en el Cielo.»
Repito que me puse alegre como unas pascuas; el gozo procedía sobre todo de
la imaginación, porque yo no experimentaba ningún beneficio positivo, pero eso
de pensar que uno está en el Cielo es ya la mitad del Cielo, o más de la mitad.
No obstante, pasados los primeros momentos, empezó a convertirse mi júbilo en
extrañeza e inquietud vaga. Azul encima, azul debajo, azul alrededor, azul por
todas partes...; no sólo era raro, sino monótono y sin pizca de chiste. ¿No
habría en el Cielo más que tonos cerúleos, y por toda distracción concertantes
de violines, violas y arpas? ¿Se reduciría la fiesta de Nochebuena en la mansión
de los escogidos a un baño en las ondas turquíes del éter? ¿Tanto ingenio y
variedad en los castigos infernales y tanta insipidez y poquedad en las celestes
recompensas?
Éstos eran mis irreverentes pensamientos, cuando, deslizándose por la
superficie azulina y tersa del misterioso lago, vino a mí un hombre vestido con
ropilla de terciopelo negro, coronado de laureles, parecido a Cervantes en el
avellanado rostro; mas no era el Manco, porque en melodioso italiano del
Seicento me aseguró ser el mismísimo Cisne, sorrentino, autor de la Jerusalén,
maniático, melancólico y muy honesto enamorado.
-He adivinado -me dijo- lo que cavilas, y quiero demostrarte que te engañas y
que el Cielo no es aburrido ni soporífero, sino cosa muy buena. Esa idea de la
monotonía del Cielo proviene de que el Cielo es por esencia inefable; no se
puede explicar con palabras, y el Infierno y el Purgatorio, sí: los sufrimientos
y los males están al alcance de la comprensión de un mortal; la beatitud eterna
no la comprende sino quien ya la disfruta. Sólo hoy, por ser Nochebuena, nos es
permitido comunicar algunas partículas del bien sumo a los pobrecitos enterrados
(desterrados no lo sois, puesto que en la tierra vivís). Y así te diré, en
primer lugar, que el Cielo no es inmovilidad e inercia, sino al contrario, vida
a raudales y actividad intensa y siempre fecunda. Sé por un ángel ambulante, de
esos que van y vienen a vuestro globo, que cierta secta procedente de la India
goza ahora de singular favor entre los sabios europeos, y esa secta ridícula
hace consistir la beatitud en pasar cientos de años contemplándose el ombligo en
un acceso de estrabismo convergente... Ríete de esos ascetas bizcos; en el Cielo
todos miran derecho, franco y alto; las pupilas irradian luz... ¿No ves las
mías?
Era verdad; los ojos de Torcuato Tasso, nublados en vida por la demencia y el
dolor, relumbraban ahora como soles, claros, puros, magníficos; ventanas que
descubrían el alma glorificada y dichosa. Envidia me causó el mirar del Cisne.
¡Cuán diferente de otro mirar torvo y siniestro que había pesado sobre mi
corazón al acompañarme el Cisne suicida!
Desciñóse el Tasso su corona de laurel y me ofreció una hoja. La cogí, y el
talismán obró inmediatamente sus mágicos efectos. A manera de telón de raso que
se descorre, vi arrollarse el azul ambiente, y allá en el fondo divisé los
resplandores de la Gloria. Vi en espléndida perspectiva aquella ciudad santa
que, extendiéndose por millones de leguas, es toda de oro, margaritas y piedras
preciosas; lucidísima y transparente como el cristal; sus torres y almenas, de
jacinto y topacio; su atmósfera, de lumbre; sus cercanías, campos de fresquísima
hierba y raras flores movidas por un aura embalsamada y deliciosa.
-Ahí tienes -advirtió el Tasso- la Jerusalén celeste, tal como la idearon y
describieron los autores místicos. Por ella discurren los bienaventurados,
sumidos, como la esponja en el mar, en un piélago de gozo, que los penetra y
envuelve; gozo dentro y gozo fuera, gozo en lo alto y en lo bajo, y gozo lleno
en todas partes (esto debías saberlo ya por referencia de San Anselmo). Los
bienaventurados se encuentran ahí como esponjas, pero como esponjas que tuviesen
tantos sentidos del gusto cuantos ojuelos y Poros, y las metiesen en un mar de
leche y miel, gozando con mil bocas de toda aquella suavidad y dulzura. Vive su
entendimiento con perfecta sabiduría; su memoria, con inmortal representación de
lo pasado; su voluntad, con plenísima satisfacción; los sentidos, con continua
delectación de sus objetos...
-¡Ah! -exclamé-. No comprendo, poeta; no me puedo figurar ese estado
beatísimo, y creo que pierdes el tiempo en querer iluminar mi torpeza... Oigo
tus palabras; me suenan bien, son dulces, deliciosas; pero no veo lo que
expresan... ¡Quisiera ser esponja ya!
El Tasso me dedicó una de sus preciosas miradas, húmeda de compasión por más
señas.
-¡Poverina! -contestó-. Voy a ver si te ilustro con imágenes más adecuadas
para ti. Te gustan las artes, ¿no es cierto? Verbigracia, ¿eres aficionada a la
música?
-A la música, no tanto; pero con todo... si es muy fina, muy escogida y de
poco estrépito...
-Pues haz por conseguir el grado de santidad de tu compatriota la fervorosa
virgen doña Sancha Carrillo, y verás cómo, estando enferma y para morir, con un
acorde no más que llegue a tus oídos de la música del Cielo, se te quitan todos
los males y dolores y quedas sana de repente. ¿No te acuerdas de que el canto de
un pajarillo sólo tuvo suspenso a un santo monje por espacio de trescientos
años?
-Cisne, háblame de letras, y no de notas y acordes. Más música hay en tus
estrofas que en ópera ninguna.
-¡Ah incorregible! -respondió él-. Voy a abrirte el apetito, a ver si te
llevo por el camino de la bienaventuranza. Cada espíritu tiene sus asideros; ¡a
ti hay que cogerte por el de las letras, empedernida, impenitente, aragonesa de
Cantabria! Para que te tomes el trabajo de ganar el Cielo, sabe que si llegas a
entrar en él, encontrarás juntos a los grandes poetas y a los autores ilustres
de todo siglo y de toda nación, y podrás charlar con ellos o, mejor dicho,
escucharlos a tu sabor, y te recitarán sus versos y sus prosas..., sin el
contrapeso de tener que alabárselas... ¡Te será dada ciencia infusa, y
comprenderás al oído y gustaras con deleite el griego de Homero, Píndaro y Safo,
el sánscrito de Valmiki, el hebreo de Salomón, Job y David, el zendo de Firdusi,
el latín de Virgilio y el ruso de Puschkin... Además (abre el ojo), verás
esculpir a Miguel Ángel, y no te digo que verás pintar a Rafael, porque sé que
no te entusiasma ese maestro... Yo te diré la fábula de la rosa, y Dante te
obsequiará con unas terzine... ¿A que ya vas comprendiendo los hechizos de la
beatitud?
-Si ser beato es vivir así, no interrumpir, sino completar la actitud del
pensamiento, ensanchar la esfera del goce estético, salir de tantas curiosidades
como nos hostigan -aun convencidos de la imposibilidad de satisfacerlas-,
entonces digo que aquí se estará muy bien... ¡Qué placer inmenso el de revivir
la historia iluminando sus tinieblas, conociéndola tal como fue, y no como la
ofrecen las pálidas crónicas y las almidonadas narraciones de los
historiógrafos!...
-Precisamente -exclamó el Tasso-, eso es lo que vas a gozar sin tardanza. No
al dar las doce de la noche, porque aquí no hay noches ni signos que marquen el
curso del tiempo; pero en el instante misterioso que corresponden a la hora
terrestre verás el nacimiento de Cristo tal como sucedió... Ven, y aprisa, que
ya se acerca el instante solemne.
Le seguí, y salimos de los amenísimos jardines que rodean la Sión divina, a
una campiña vulgar, rústica y fragosa a trechos. Atravesamos un villorrio de
desparramadas casucas, entrando en él por una puerta de herradura muy ruinosa.
Las calles estaban desiertas. Comprendí que era la villita de Belén. Seguimos
una callejuela que más parecía senda campestre, pues los edificios aislados y en
desorden no tenían aspecto urbano, y alcanzamos un vasto espacio vacío, un
páramo que semejaba agujero abierto en el centro del lugar. Allí vimos una
especie de cobertizo, sombreado por un árbol enorme, que me pareció un
terebinto, y cuyo ramaje se extendía formando techumbre. Al tronco del árbol
estaba atado un jumentillo; una mujer joven, vestida de lana blanca, reposaba al
pie del árbol, en actitud de cansancio. Notábase el bulto de su vientre...
-Es María -me dijo el poeta-. Siente que se acerca la hora de dar a luz, y
quiere lograr asilo en ese cobertizo; José ha ido a hablar con los dueños, y se
lo niegan; mira cómo vuelve cabizbajo. Ahora propone a su mujer llevarla a una
gruta que sirve de aprisco y establo a los pastores... Ya se levanta ella
trabajosamente... Se dirigen a la gruta... Mira.
Salían, en efecto, por la parte oriental de Belén y seguían un sendero que
orillaba derruidos paredones y fosos, ya cegados, de fortificaciones que se
desmoronan. A poco camino que anduvieron, un grupo de arbustos les indicó la
gruta, cavada en la roca. Su entrada tenía un saledizo de bálago, abrigo de los
pastores. La puerta era de ramas entretejidas; José la movió y desencajó no sin
esfuerzo. En la estancia formada por la excavación y donde entraron los esposos,
vi el pesebre, que no era sino un pilón o abrevadero abierto en la piedra para
dar de beber al ganado; encima sobresalía el comedero, aún atestado de seca
hierba. Obstruían la gruta esteras y haces de paja; apartólos José, colgó un
candilejo de la pared de tierra, mullió la cama para la Virgen y salió con un
odre de cuero a buscar agua; luego bajó a Belén por carbón y escudillas; volvió
presto; encendió la hornilla bajo el saledizo y coció tortas y asó manzanas.
María comió algo, oró y se tendió en la cama, suspirando de fatiga. José había
vuelto a salir para atender al pienso del asno. Y cuando volvió, la gruta ya
parecía inflamada en vivas llamas; fuego sobrenatural, como el de la zarza del
monte Horeb, envolvía el recinto. José cayó de rodillas y alzó las manos al
Cielo.
María, vuelta de espaldas, se apoyaba en la pared de la gruta. Con
irreverente curiosidad, quiso oír sus quejas; no pude... La claridad me cegaba;
maravilloso hormiguero sideral, inmensa vía láctea de estrellas, subía desde la
gruta, centelleando y vertiendo océanos de lumbre blanca, entre los cuales sólo
se distinguía un niñito recién nacido, más luminoso que el sol, rodeado de una
aureola de rayos...
-Ya me ofusca tanta luz -dije a mi guía-. Ya no veo los detalles humildes,
prosaicos y ternísimos que me encantaban: la realidad del Nacimiento...
-Eres mortal -contestó el poeta-. No puedes entender... Esa luz que te ciega
sale de tu imaginación, surge de ti misma. No hay tal resplandor. ¿No ves al
recién nacido, moradito de frío, lloroso? ¿No ves a su madre, que le faja y le
empaña?
-No... ¡Luz y más luz!... -contesté, gimiendo, porque ya mis pupilas no
podían resistir, y la vibración lumínica hacía danzar en mi cerebro átomos,
primero rojos, luego verde esmeralda, luego morados... Hasta que, dando un
grito, el grito de espanto del ciego, exclamé: «¡Nada, nada!... ¡Oscuridad
completa!», y extendí las manos para agarrarme a algo, guiada por el instinto de
sustitución inmediata de un sentido a otro...
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¿Necesitas, lector, que escriba el clásico desperté? ¿Verdad que no? ¿Y
verdad que tú tampoco sabes ni qué es dormir ni qué es despertar? |