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Encontráronse a orillas de un río del Paraíso, muy azul
y muy manso, y complacidos de encontrarse, a un mismo tiempo se pararon y se
saludaron cortésmente, mirándose con singular gozo. Y a fe que los dos tenían
que ver, y aun en qué regocijar la vista.
Miguel llevaba descubierta su cara imberbe, de
facciones enérgicas y finas, de tez blanca y sonrosada como la de una linda
doncella. La alzada visera del yelmo resplandecía sobre su frente como una
diadema, y los rubios cabellos en bucles serpentinos y elásticos, flotaban
acariciando el cuello de marfil, que no tapaba la escotada gola de acero nielado
de oro. Su ceñida loriga de escamas de plata señalaba con hermosas líneas las
formas vigorosas y exquisitas de un gallardo torso. Las puntas de su banda de
crespón carmesí, recamada de perlas se anudaban al costado y caían hasta la
pierna desnuda bajo el rico faldellín. Dos gruesos topacios abrochaban la
tobillera de sus sandalias y su puño derecho luciendo la valiente musculatura,
afianzaba una lanza de bruñido fresno, con flecos de seda en torno de la moharra
aguda y terrible. Las fuertes alas del arcángel eran de la pluma más suave y
blanca, pero hacia la extremidad se teñían de viva púrpura, como si se hubiesen
humedecido en sangre de los enemigos de Dios.
Jorge no tenía alas. Era un hombre, un grave guerrero,
hermoso a su manera, digno de la franca admiración con que le miraba Miguel.
Alto y membrudo, llevaba con marcial desembarazo, y como si no advirtiera su
peso, el arnés entero de batalla, de coraza bombeada, añadido de brazales,
rodilleras, quijotes, grebas, gorguera y yelmo, todo labrado a la milanesa,
historiado, cincelado y deslumbrador. Al andar, las piezas de la armadura se
entrechocaban y exhalaban un sonido vibrante y metálico. Airoso penacho de
plumas coronaba el casco, que tenía por cimera un endriago de esmalte verde. El
rostro de Jorge respiraba ardor y lealtad: pálido, de garzos ojos, una
puntiaguda barba castaña lo hacía más varonil.
-¡Oh, Jorge, príncipe batallador! -dijo por fin el
arcángel sonriendo dulcemente-. ¡Cuánto me place haberte encontrado! Ven,
acompáñame, si es que alguna orden de nuestro rey no te lo prohíbe.
-Libre estoy y tiempo me sobra -respondió Jorge-. A
poco más mi armadura se cubrirá de orín, y mi brazo no sabrá botar la lanza, ni
descargar el fendiente mis puños. Ya he colgado el escudo del árbol de las
Hespérides, y los inocentes angelitos, los muertos en edad temprana, se
divierten en herirlo para oír el sonido claro y agudo del acero.
-Aún te invocan, Jorge -declaró con respetuoso acento
Miguel-. Aún tu imagen ecuestre, en actitud de hundir el lanzón en la garganta
del escamoso drago, se ostenta sobre pechos ilustres. Aún tu nombre se pronuncia
con fe, para que detengas en su camino a la tarántula inmunda y venenosa, y la
paralices hasta que sea aplastada. Contra todo lo vil, lo asqueroso, lo
repulsivo, Jorge, a ti te llaman.
Departiendo así habían llegado a una gruta que abría su
boca en un remanso del celeste río. Polvo de plata tapizaba el suelo y a trechos
abrían sus cálices los gladiolos y se erguían las espadañas, semejantes a hoja
de espada desnuda.
Las prismáticas estalactitas centelleaban como
diamantes, y un manantial límpido ofrecía sus aguas deliciosas a los dos héroes,
que al beberlas después de las batallas habían recobrado mil veces fuerzas y
valor. Jorge no quiso beber, ¿para qué?; pero Miguel absorbió en el hueco de su
mano un trago copioso. Después se sentaron en un trozo de cristal de roca,
diáfano y puro como el aire.
-Ya sé -dijo Jorge pensativo- que me han hecho patrono
de los caballeros y que es uso entre la gente poderosa y desocupada llevar una
medalla fina con mi efigie en la cadena del reloj. Hasta las mujeres la lucen en
brazaletes y dijes, broches y agujas. Ya sé también que me recuerdan cuando se
desliza por la pared la medrosa sombra de la negra y velluda araña, a la cual mi
nombre tiene la virtud de dejar inmóvil, encogida de pavor. Pero bien sabes,
caudillo invencible, que entre todos ésos que ostentan la medalla de San Jorge
no hay ninguno digno de ser recibido en la estrecha Orden de la caballería
andante. ¡Digno de ser recibido! ¡Merecedores de ser expulsados casi todos!...
¿Cuál de ellos ha guardado castidad, palabra y honor? ¿Cuál ha amparado al
huérfano, respetado a la doncella, protegido a la viuda, deshecho entuertos,
atemorizado a follones y malandrines? ¿Cuál ha acometido sin temer, sin
flaquear; sufrido hambre, sed y fatiga, despreciando la materia por seguir
incesantemente la luz misteriosa del ideal? Príncipe Miguel, mi misión en la
tierra ha concluido; mi espada puede romperse en dos pedazos, mi brillante
armadura enmohecerse; ya nadie sigue mis pasos aplastando al eterno dragón de la
maldad y de la vileza. En el garito infame he visto gente que ostentaba mi
medalla caballeresca, y la he encontrado con horror, sirviendo de membrete de un
papel perfumado con el odioso almizcle de las mujeres perdidas...
Miguel escuchaba a Jorge atentamente, serio y grave, el
lindo rostro sonrosado como el de una doncella. No podía negar que las
aseveraciones del gran príncipe eran fundadas. En efecto, las costumbres y los
ritos de la caballería iban desapareciendo del mundo.
Volvióse por fin hacia Jorge, y con aquella tierna
reverencia que demostraba él, espíritu puro e inmortal, al que sólo un mortal
había sido en su vida terrena, dijo en voz más sonora y melodiosa que el ruido
de la fuente de cristal cayendo en el pilón formado por las brillantes agujas de
la roca:
-Tú puedes ya, príncipe, descansar en tu gloria. Para
ti, lo más bello del mundo: los recuerdos, las torres góticas con bizarras
almenas, las fortalezas que antes que rendidas abrasó el incendio, los vidrios
de colores donde campea arrogante el heráldico blasón, las ejecutorias en que
narran altos hechos el fino pincel del miniaturista, los viejos romances que
entonaron los juglares y los troveros, las tumbas silenciosas donde duermen los
que fueron invictos capitanes y caballeros sin miedo y sin tacha. Envaina la
espada si quieres; yo no puedo. Los tiempos de la caballería pasaron; los del
Espíritu Santo no pasan nunca.
Al hablar así, Miguel se volvió hacia la entrada de la
gruta, en la cual acababa de aparecerse un soldado de sus milicias, un ángel de
cuerpo tan transparente y fluido, que al través de él se veía el río, como se ve
un trozo de cielo azul a través de una argentada nube.
-Ya me llaman -exclamó Miguel levantándose, requiriendo
la lanza, que había dejado arrimada a la pared de la gruta, y embrazando el
escudo de diamante que le presentaba el angélico escudero-. Bajo a la Tierra.
Lucifer me pide batalla ahora, y dispara contra mí proyectiles hasta hoy no
usados; sus armas son acuñadas monedas, y si no acudo, la pobre Humanidad
sucumbiría, porque esta batalla es más recia que ninguna.
-¿Quieres que te siga, que pelee a tu lado? -preguntó
con ansia Jorge, cuyas narices se dilataban y cuyos ojos chispeaban llenos de
marcial fiereza.
-No, príncipe -respondió el arcángel, sonriendo-. ¡La
táctica ha variado tanto desde que lidiabas tú! ¡Sé que sufrirías mucho si
bajases a la tierra, patrón de los caballeros! |