Cuentos de Marineda
[Serie de 9 cuentos breves. Textos completos]
Emilia Pardo Bazán |
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Por el arte
Mientras residí en la corte desempeñando mi modesto
empleo de doce mil en las oficinas de Hacienda, pocas noches recuerdo haber
faltado al paraíso del teatro Real. La módica suma de una peseta cincuenta, sin
contrapeso de gasto de guantes ni camisa planchada -porque en aquella penumbra
discreta y bienhechora no se echan de ver ciertos detalles-, me proporcionaba
horas tan dulces, que las cuento entre las mejores de mi vida.
Durante el acto, inclinado sobre el antepecho o sobre
el hombro del prójimo, con los ojos entornados, a fuer de dilettante cabal, me
dejaba penetrar por el goce exquisito de la música, cuyas ondas me envolvían en
una atmósfera encantada. Había óperas que eran para mí un continuo transporte:
Hugonotes, Africana, Puritanos, Fausto, y cuando fue refinándose mi inteligencia
musical, El Profeta, Roberto, Don Juan y Lohengrin. Digo que cuando se fue
refinando mi inteligencia, porque en los primeros tiempos era yo un porro que
disfrutaba de la música neciamente, a la buena de Dios, ignorando las sutiles e
intrincadas razones en virtud de las cuales debía gustarme o disgustarme la
ópera que estaba oyendo. Hasta confieso con rubor que empecé por encontrar
sumamente agradables las partituras italianas, que preferí lo que se pega al
oído, que fui admirador de Donizetti, amigo de Bellini, y aun me dejé cazar en
las redes de Verdi. Pero no podía durar mucho mi insipiencia; en el paraíso me
rodeaba de un claustro pleno de doctores que ponían cátedra gratis, pereciéndose
por abrir los ojos y enseñar y convencer a todo bicho viviente. Mi rincón
favorito y acostumbrado, hacia el extremo de la derecha, era, por casualidad, el
más frecuentado de sabios; la facultad salmantina, digámoslo así, del paraíso.
Allí se derramaba ciencia a borbotones y, al calor de las encarnizadas disputas,
se desasnaban en seguida los novatos. Detrás de mí solía sentarse Magrujo,
revistero de El Harpa -periódico semiclandestino-, cuyo suspirado y jamás
cumplido ideal era una butaca de favor, para darse tono y lucir cierto frac
picado de polilla y asaz anticuado de corte. A este Magrujo competía ilustrarnos
acerca de si las «entradas» y «salidas» de los cantantes iban como Dios manda; y
desempeñaba su cometido como un gerifalte, por más que una noche le pusieron en
visible apuro preguntándole qué cosa era un semitono y en qué consistía el
intríngulis de cantar sfogatto. A mi izquierda estaba Dóriga, un chico flaco,
ayudante de una cátedra de Medicina, el cual tenía el raro mérito de no oír
nunca a los cantantes, sino a la orquesta, y para eso, de no oírla en conjunto,
sino a cada instrumento por su lado, de manera que, al caer el telón, nos
tarareaba pianísimo, con entusiasmo loco, los compases, ¡morrocotudos! de los
violines antes del aria del tenor, o las notas ¡de buten!, que tiene el corno
inglés después del coro de sacerdotes, verbigracia. Un poco más lejos,
silencioso y mamando el puño de su bastón, que era una esfera de níquel, veíamos
a don Saturnino Armero, oráculo respetadísimo, ya porque sólo hablaba en
contadas ocasiones y para resolver las disputas de mayor cuantía, ya porque era
uno de esos maniáticos de arte que tienen la habilidad de meterse por el ojo de
una aguja en casa de las eminencias más ariscas e inaccesibles, y ahí le tienen
ustedes íntimo amigo de Arrieta, y de Sarasate, y de Gayarre y de Uetam y de
Monasterio, y él sabía antes que nadie el tren por que llegaba la Patti a
Madrid, y esperaba a la diva en el andén, y a él le confiaba la Reszké la
cartera de viaje, para que hiciese el favor de llevársela hasta su domicilio, y
él asistía a las conversaciones más privadas, siempre silencioso y mamando el
puño del bastón, pero oyendo con toda su alma, sin pestañear siquiera,
adquiriendo conocimientos profundos y erudición peregrina y datos siempre
nuevos. Este mortal iniciado podía disfrutar butaca gratis, pues desde el
empresario hasta el último tramoyista, todo el mundo era amigo de don Saturnino
Armero; pero iba al paraíso por no mudarse camisa después de embaular el
garbanzo.
Quien más alborotaba el corro era Gonzalo de la Cerda,
teniente de Estado Mayor, con puntas y collares de artista. Éste no venía
siempre a las altas regiones; muchas noches le veíamos en las butacas luciendo
su linda y afeminada figura y su blanquísima pechera, y no dando punto de reposo
a los gemelos. Cuando subía a compartir nuestra oscuridad, se armaba un
alboroto, una Babel de discusiones, que no nos entendíamos. Porque La Cerda, de
puro quintaesenciado y sabihondo que era en asuntos de música, nos traía
mareados a todos, diciendo cosas muy raras. Aseguraba formalmente que el peor
modo de entender y apreciar una ópera era oírla cantar. Eso se queda para el
profano vulgo; los verdaderos inteligentes no gozan con que les interpreten
otros las grandes páginas; han de traducirlas ellos, sin intermediario, en
silencio absoluto, leyéndolas con el cerebro y el pensamiento, lo mismo que se
lee un libro, el cual no hay duda que se entiende mucho mejor leyéndolo para sí
que si nos lo lee otra persona.
-Según eso -le replicábamos- el verdadero placer de la
música, ¿lo saborean principalmente los sordos?
Contábanos, además, La Cerda que él se pasaba horas
larguísimas, desde la una hasta las cuatro de la madrugada, acostado, con la luz
encendida, la partitura, sinfonía o sonata sobre el estómago, interpreta que te
interpretarás, tan absorto, que se creía en el quinto cielo.
-Entonces, ¿para qué viene usted aquí? -le gritaban
todo el corro unánime.
-Para que no me lo cuenten. Y tampoco se viene siempre
al teatro por la función, contestaba sonriendo, mientras las vecinitas (teníamos
por allí dos o tres de recibo) hacían que se ruborizaban, dándose aire muy
aprisa con al abanico japonés.
Aún chillábamos y aturdíamos más a La Cerda por su
inexorable modo de maltratar nuestras óperas preferidas. Aida le parecía una
rapsodia, una cosa que «no le había resultado» a Verdi; Rigoletto, un mal
melodrama; Somnámbula, arrope manchego; Fausto, una zarzuela. Esto fue lo que
acabó de sulfurarnos. ¡Una zarzuela, Fausto, el Fausto de Gounod! ¡La ópera que
siempre llenaba el paraíso; la que sabíamos todos de memoria y tarareábamos
enterita desde la sinfonía hasta la apoteosis final! Y nada, él firme en que era
una zarzuela -«una mala zarzuela», añadía con descaro-, falta de inspiración, de
seriedad y de frescura. En prueba de este aserto, canturreaba algunos motivos de
Fausto, que, efectivamente, se encuentran en zarzuelas antiguas: a lo cual
replicábamos nosotros entonando motivos también zarzueleros y hasta callejeros y
flamencos, que, sobre poco más o menos, pueden encontrarse en el Don Juan, de
Mozart; con lo cual imaginábamos aplastarle, porque el Don Juan era para
nosotros la autoridad suprema, la ópera indiscutible; lo demás podía ponerse en
tela de juicio; pero al nombrar Don Juan, boca abajo todo el mundo. Vimos, sin
embargo, con indignación profunda, que ni ese sagrado respetaba el iconoclasta
de La Cerda. Para él, Don Juan era una ópera riquísima en temas y asuntos, pero
mal trabada y defectuosa en su composición; algo parecido a esos libros gruesos,
tesoro de noticias eruditas, y que nadie lee enteros; únicamente se archivan en
las bibliotecas, como obras de consulta, para hojearlos si ocurre.
Cuando le preguntábamos a La Cerda si había alguna
ópera que él considerase perfecta, digna de proponerse hoy por modelo, solía
citarnos las de Wagner y también otras de compositores franceses, como Massenet,
Bizet, etc. -que para mí ni son carne ni pescado-. Ello es que entre la feroz
intransigencia del iconoclasta, la crítica parcial de Dóriga, las observaciones
de Magrujo y las escasas, pero contundentes advertencias de don Saturnino, yo
iba ilustrando mi criterio, y ya casi me juzgaba doctor en estética musical. En
el dichoso rincón llovían maestros. Cada cual tenía su especialidad: el uno se
sabía de memoria las óperas, y en el entreacto nos cantaba todo el acto pasado y
el futuro; el otro estaba fuerte en argumentos: sabía al dedillo la letra de los
recitados, y por él nos enterábamos de lo que decía el coro, y del motivo por
qué andaba tan furioso el tenor, o la tiple tan melancólica; el de más allá
despuntaba en la crónica de entre bastidores, y nos revelaba secretos
psicofísicos, que son clave de muchas ronqueras, de varios catarros y de ciertos
«gallos» intempestivos. Insensiblemente, con los «elementos que cada cual
aportaba», tomando de aquí y de acullá, a todos se nos formaba el gusto y se nos
desarrollaba de un modo portentoso el chichón de la filarmonía. Añádase a esto
el grato calor de intimidad que en el paraíso une a gentes que, acabada la
temporada de ópera, no vuelven a verse en todo el año; el gusto de estar en
contacto perpetuo con hermosas cursis, tan amables que, mientras llegaba, me
guardaban el sitio, colocando en él sus abrigos para señal; la sección de
chismografía y despellejamiento de las damas de alto coturno que, a vista de
pájaro, distinguíamos tan orondas, y a veces tan aburridas, en sus palcos
forrados de carmesí, entre un mar de caliente luz y un vago centelleo de
pedrerías; el placer de sudar mientras fuera nevaba; otras mil ventajas y
atractivos que el paraíso reúne, y diga cualquiera si no había yo de pasarlo
bien en mi rinconcito.
Por desgracia, el amigo de un diputado poderoso codició
mi puesto en la oficina y en la corte, y como favor especial se me dio a escoger
entre la traslación o la cesantía. Claro que me agarré a lo primero con dientes
y uñas; pero se me partía el corazón al despedirme de mi paradisíaca banqueta.
Pude lograr ir a Marineda de Cantabria, capital de provincia afamada por su buen
clima y su próspero comercio, y donde con mi sueldecillo y mis metódicas
aficiones, que ya iban siendo de solterón empedernido e incurable, esperaba
llevar una existencia apacible y pálida, sin alegrías ni disgustos de marca
mayor, cumpliendo mi obligación y procurando no meterme con nadie; en suma,
vegetar, que es mi humilde aspiración de hombre oscuro, resignado a no dejar
huella grande ni chica en la memoria de sus semejantes.
Instaléme en una casita de huéspedes de las de poco
trapío, aunque céntrica y regida por patrona agasajadora y afable, y arreglé
como un cronómetro mis quehaceres y mis horas. Mañana y tarde, a la oficina; un
paseo antes de anochecer, por las Filas y calle Mayor; al café y al Casino de la
Amistad un rato, así que se encendía luz, para leer los periódicos y echar un
párrafo con los conocidos; y a las once, a casa, donde me esperaba mi camita de
hierro, a cada paso más solitaria y melancólica...
Es infalible que al poco tiempo de residir en
provincia, todo hombre de bien se siente inclinado al matrimonio y echa de menos
los «purísimos goces del hogar». La situación del soltero, considerado
«partido», «proporción» o «colocación» para las niñas, se pasa de comprometida y
difícil en pueblos semejantes a Marineda. Por todas partes se le tienden lazos,
se le asestan flecheras miradas y tiernas sonrisas; los amigos casados -supongo
que con la intención de un miura- le asaetean a bromas incitándole a entrar en
el gremio; las mamás y papás le dedican peligrosas amabilidades o, si la niña es
rica, le obsequian con inesperados sofiones; pero, sobre todo, el tedio, la
insufrible pesadez de la vida angosta le producen eso que ahora llaman
«sugestión», y le incitan a acurrucarse en un caliente nido familiar que se
supone asilo de la dicha, sin que para esta ilusión, como para las demás
humanas, haya escarmiento posible en cabeza ajena. En mí influía especialmente
el aburrimiento de las noches. Porque ni el Casino de la Amistad, con sus mesas
de tresillo y su gabinete de lectura, ni otros pequeños centros de reunión que
se formaban en cafés, boticas y tiendas, equivalían, desde que empezaron las
largas y lluviosas veladas de otoño, a mi querido paraíso.
Faltábanme aquellas graciosas escaramuzas artísticas a
que yo estaba acostumbrado. En Marineda se habla eternamente de cuestiones
locales mezquinas, que me importaban un bledo, que ya me desesperaba oír
comentar, si algunas veces con ingenuo y sandunga, por lo regular con
machaconería insufrible. La misma murmuración (de la cual yo no reniego, al
contrario, pues la cuento entre las cosas más divertidas e instructivas que hay
en el mundo) no tiene en provincia aquella ligereza cortesana, que parece que
les pone alas a los chistes; en provincia se gruñe quince días por lo que en
Madrid entretiene y provoca chistes dos minutos, y más que latigazo, semeja la
censura cruel carrera de baquetas, en que ya ningún corazón generoso puede dejar
de interesarse por la víctima y detestar a los verdugos. Como además no soy muy
aficionado al juego, faltábame el recurso de fundar una partida de tresillo.
Malhumorado, me acostaba a las diez y conciliaba el sueño leyendo y releyendo La
Correspondencia, El liberal, los periódicos de la corte, sobre todo cuando
hablaban de la temporada lírica y traían alguna crónica de Magrujo, quien, desde
El Harpa, había logrado ascender a la Prensa de fuste y, sin duda, a la
suspirada butaca de favor. Pero, gradualmente, se me hacía más árida y más
triste la soledad de mi alcoba de posada, con sus cortinillas de muselina de
dudosa limpieza, el feo lavabo de hierro, la desvencijada mesa de noche y la
desolación de las ropas colgadas en la percha, que parecían siluetas fláccidas
de ahorcados.
A principios de noviembre se abrió el Teatro principal,
llamado Coliseo por la Prensa marinedina. Una compañía de zarzuela, ni mejor ni
peor que las que actúan en la corte, se dedicó a refrescar los secos laureles
del repertorio clásico: Magiares, Diamantes de la corona, Dominó azul,
alternando con las zarzuelas nuevas, Molinero de Subiza, Tempestad, Anillo de
hierro, y no sin intercalar de cuando en cuando La Gran Vía, Niña Pancha y otras
humoradas de las que hoy gozan el favor del público. Como buen aficionado a la
música, yo detesto la zarzuela; pero concurrí asiduamente al teatro por lo
consabido «¿Adónde vas, Vicente? A donde va la gente.» Los días en que se
representaban ciertas obras de pretensiones, como La tempestad, me las echaba de
entendido, despreciando aquella «ridícula parodia de la música formal» y alzando
desdeñosamente los hombros cuando algunos profanos de las butacas la ensalzaban
mucho. Así fui ganando fama de competente y filarmónico, y empezaron a
respetarme los grupos que se formaban en los pasadizos. Mis once años de paraíso
eran un diploma de suficiencia que imponía a los más lenguaraces. Cuando me
veían, repantigado en mi butaca, fruncir el ceño a ciertos descuidos de la tiple
y subrayar las desafinaciones y los berridos del barítono, me decían con acento
respetuoso:
-Estará usted aburrido, ¿eh, amigo Estévez? Esto no es
oír a la Patti ni a Gayarre.
-¡Bah! Lo que menos le importa a Estévez es lo que pasa
en la escena- replicaban otros dándome en el hombro palmadicas.
Y era verdad. Generalmente, mis ojos tomaban la
dirección de la platea cuarta, donde lucían sus encantos dos niñas de las más
bonitas que honran a Marineda -y cuenta que allí las hay bonitísimas y a granel;
una de las razones por que en aquel pueblo pesa tanto la soltería-. Las dos
niñas sabían perfectamente que yo miraba hacia su palco; pero lo gracioso fue
que al principio las miraba a ambas, pues me gustaban lo mismo; eran muy
parecidas, como dos gotas, solo que una tenía la cara más cándida y la otra el
respingo de la nariz le daba un aire de picardía saladísimo. Por lo cual llegué
a preferirla; más ellas, no sabiendo de fijo a cuál se dirigía el homenaje de mi
«oseo», determinaron que era a la inocentilla, y, en efecto, ésta fue la que,
con disimulo y por el rabo del ojo, empezó a corresponder a mis amorosas
finezas. A los pocos días me avine y acostumbré de tal modo al cambio, que hasta
llegué a dudar si en efecto sería a Celinita y no a Natividad a quien desde el
primer momento había dedicado mis tiernas ansias.
En este entretenimiento inofensivo se pasó la primera
temporada teatral, que duró hasta fines de enero -setenta o setenta y cinco
mortales zarzuelas que nos encajaron, entre el doble abono y las extraordinarias
y beneficios-. Ya todo Marineda sabía de memoria los aires y letra de La Gran
Vía y de Los lobos marinos; los pianos caseros nos martilleaban los oídos con
música de las mismas obras, y las bandas militares las ejecutaban por las tardes
en el paseo y en misa de tropa por las mañanas. A los artistas de la compañía
los considerábamos como de la familia, por decirlo así, y el barítono y el
gracioso se habían creado -lo afirmaban los periódicos- verdaderas simpatías en
la población.
Sólo yo les ponía la proa, asegurando que los
zarzueleros no merecen consideración de artistas, ni ese es el camino. En suma,
ellos, el día que se marcharon, mostrábanse tristes, sintiendo dejar aquel
pueblo donde tan afectuosamente se les trataba, donde alternaban con lo más
granado del sexo masculino. La contralto, a quien le había salido un protector
(según malas lenguas), iba hecha un mar de lágrimas. No me conmovió la partida
de la compañía, lo confieso; sin embargo, al día siguiente de la marcha noté un
vacío: las noches volvían a ser eternas, otra vez al Casino de la Amistad, en
medio de un aguacero desatado, a oír las mismas murmuraciones, a discutir horas
enteras si la plaza de médico del hospital se le debió dar a Barboso o a
Terreiros; y si fueron intrigas de Mengano o imposiciones de Perengano; y
Celinita metida en su casa o refugiada en ciertas tertulias caseras, pero
graves, donde yo no me atrevía ni a poner el pie, porque era tanto como ponerlo
en la antesala de la iglesia, y al pensar en eso, con toda mi nostalgia de la
familia, me entraban escalofríos.
Yo veía a Celinita en la platea, y me encantaba
contemplarla, recreándome en el precioso conjunto que hacía su cara juvenil, muy
espolvoreada de polvos de arroz como un dulce fino de azúcar; su artístico
peinado, con un caprichoso lazo rosa prendido a la izquierda; su corpiño de
«velo» crema, alto de cuello, según se estila, que dibujaba con pudor y
atrevimiento la doble redondez del seno casto; pero cuando saltaba con la
imaginación un lustro y me figuraba a la misma Celinita ajada por el matrimonio
y la maternidad, con aquel pecho, tan curvo ahora, flojo y caído; malhumorada y
soñolienta por la noche feroz que nos había dado nuestro tercer canario de
alcoba..., entonces, a pesar de mis soledades nocturnas y mis ansias de vida
íntima, me felicitaba de que Celinita se aburriese sola en alguna de esas
tertulias de provincia donde las muchachas se ven obligadas a bailar el rigodón
unas con otras mientras los hombres disponibles y casaderos entran furtivamente
y embozados hasta los ojos, en la casa de tal o cual modistilla o cigarrera
alegre, allá por los barrios extraviados y sospechosos.
A mediados de febrero comenzó a fermentar en Marineda
una noticia. Venía, venía, venía y venía muy pronto, ¡nada menos que compañía de
ópera!, ¡un cuarteto de primer orden, con cantantes aplaudidos y admirados en
los mejores teatros de Portugal, de Italia y hasta de Rusia! La nueva circuló
rápidamente y alborotó los corrillos y originó interminables polémicas. La
mayoría de los marinedinos estaban a favor de la Empresa, aunque les escamaba un
tanto lo de los precios, pues entre la compañía de zarzuela y los bailes de
Carnaval andaban muy exprimidos los bolsillos, y, una butaca en dieciocho
reales, ¡era un ladronicio escandaloso! Pero, en cambio, se llenaban la boca con
decir que en su coliseo tendrían un espectáculo no inferior a los que se
disfrutan en Barcelona y Madrid. Gustábales leer en la lista del cuadro de
compañía renglones sonoros, como: Prima donna, signora Eva Duchesini. Soprano,
signora Lucrezia Fioravalle. Primo basso, signor Filiberto Cavaglione. Y más
abajo de estos nombres melodiosos y rimbombantes, que suenan como gorgoritos,
una tentadora lista de óperas, de las cuales, desde hacía bastantes años, no se
oía en Marineda sino algún trozo ejecutado por las charangas o hecho picadillo
por los pianos: Lucía, Barbero, Fausto, ¡y hasta Roberto el Diablo y Hugonotes!
Desde el primer momento voté en contra de la compañía:
oposición a rajatabla, con un furor que a veces me asombraba a mí mismo. En
primer lugar, me fastidiaba soltar dieciocho reales por ver mamarrachos, yo, que
tanto tiempo había estado oyendo por seis reales o una peseta lo mejorcito que
hay en Europa en materia de arte lírico. En segundo, mi conciencia de aficionado
antiguo se sublevaba: ¿Qué Hugonotes ni qué alforjas en el teatro de Marineda?
¿Qué Roberto? ¿Quién era la Duchesini, muy señora mía, que jamás la había oído
nombrar? ¿Qué becerro sería ese Cavaglione, conocidísimo en su casa a las horas
de comer?
Sin embargo, como en provincia no hay originalidad
posible en el vivir y es fuerza que todos vayan unos tras otros como mulos de
reata, la perspectiva de encontrarme sólo en el salón del Casino de la Amistad,
en aquel salón lúgubre cuando no lo puebla el ruido de las disputas; el terror
de pasarme la velada en compañía de tres o cuatro catarros crónicos (el senado
machucho que no suelta por nada su rincón); el recelo de que me llamasen tacaño,
y dijesen que había querido ahorrar el dinero del abono; el fastidio de que
viniesen a contarme novecientas grillas sobre la hermosura de la contralto y la
voz del tenor, y acaso una comezón secreta de volver a cruzar mis ojos con los
de Celina y fantasear amores sin riesgo ni compromiso, todo me impulsó a
abonarme, escogiendo mucho la butaca, como se escoge la casa donde se piensa
habitar largo tiempo.
Otras razones había para que aquel abono fuese un
acontecimiento, un estímulo y un interés en mi monótona existencia. La oposición
sañuda que yo había hecho por espacio de quince días a la ópera, me había dado
ocasión de desplegar en corrillos, casinos, cafés y tiendas mis variados
conocimientos en arte musical, y de lucir aquel mosaico de teorías, análisis,
juicios y doctrinas que debía a la enseñanza de mis compañeros de paraíso.
Asombrábame, cual se asombraría el fonógrafo si fuese consciente, de notar cómo
me subían a la boca y se me salían por ella a borbotones las mismas palabras de
mis doctores y maestros. Yo había absorbido, a modo de esponja, la sabiduría de
todos ellos juntos. Unas veces charlaba con la verbosidad y petulancia de
Magrujo; otras juntaba el pulgar y el índice, alzando los demás dedos y
estirando el hocico para alabar un pizzicatto o un crescendo, igual que Dóriga;
ya imitaba la campanuda gravedad del venerable Armero, dando exactísimos
detalles biográficos, que todo el mundo ignoraba, acerca de Gayarre, Antón,
Stagno, la Patti y la Theodorini; ya, como Gonzalo de la Cerda, desarrollaba
aquellas profundas teorías de que el peor modo de entender una ópera es oírla
cantar, y el más inefable placer artístico se cifra en tenerla sobre el estómago
a las altas horas de la noche, entre el silencio, y leerla para sí. Hasta juré
que esto último lo había yo ejecutado varias veces; y como el afirmar mucho que
se sabe una cosa equivale a saberla, y ya desde la temporada de zarzuela
alardeaba de entendido, mi reputación creció bastante, y me sentí temido,
influyente y poderoso, lo cual halagó mi amor propio.
Cuando fui a recoger mi butaca, el encargado de la
cobranza me dijo con suma deferencia y en voz conciliadora:
-Señor de Estévez, ya sabemos que entiende usted
muchísimo de música... Verá usted que el cuadro de compañía es digno de figurar
en cualquier parte... Creo que ha de quedar usted contento del bajo... es una
notabilidad: también la tiple... Ya me dirá usted ciertas faltitas. ¿Usted me
entiende?; por supuesto, que en teatros que no son el Real, hay que perdonarlas;
y más les temo yo a los ignorantes, que nunca olfatearon una buena ópera, que a
las personas ilustradas y competentísimas, como usted. Aquí (bajando la voz) no
hay criterio propio; no, señor. En fin, le voy a decir a usted, en reserva, una
cosa: ya tres o cuatro personas me han pedido que les guarde butaca cerca de la
que usted tome para oír su parecer y enterarse. Conque imagínese usted... Nada
de lo que usted diga se les pasará por alto. Su fallo se espera con impaciencia.
Comprendí que el bueno del recaudador me estaba
camelando para que no les hiciese mala obra, y esto lisonjeó infinito mi vanidad
y me sobornó; seamos francos. Después de todo, ¿qué eran los cantantes sino
pobres diablos que venían a ganar su pan? Casi experimenté un sentimiento de
conmiseración y cariño hacia aquellas gentes desconocidas, que ya me
proporcionaban dejos de emoción artística, arrancándome a las empalagosas
chismografías del Casino.
Marineda, que es una ciudad comercial y bastante culta,
a quien quitan el sueño los laureles de Barcelona, se precia ante todo de
entender de música; y no hay duda, sus hijos revelan disposición para lo que los
periódicos locales llaman «el divino arte»; mas la falta de comunicación, la
imposibilidad de oír a menudo verdaderas eminencias, de asistir a conciertos y
de tomar el gusto, hacen que la inteligencia no iguale a las aptitudes y, sobre
todo, que les falte la noción exacta del mérito relativo y se alabe lo mismo a
un gran compositor, por ejemplo, que a un aficionado que toca medianamente el
cornetín. Sin embargo, como en todo pueblo que se despierta al entusiasmo
artístico, hay en Marineda efervescencia y ardor, y el estreno de la compañía de
ópera, desde una semana antes, era el acontecimiento capital del invierno. Se
había resuelto que empezaría con Hernani.
Ya supondrán ustedes que la primera noche que se
cantaba ópera en Marineda no era cosa de sacar el cuarteto «bueno», ni menos de
exhibir a la «estrella», al clou, a la Duchesini, con la cual nos traían
mareados antes de haberla visto. No; la Duchesini se reservaba, y de Hernani
saldríamos... como pudiésemos.
De los dos tenores, también fue el más averiado el que
se calzó las botas de papel imitando cuero, se ciñó el coleto seudoante y salió,
rodeado de tagarotes, a echarla de «bandito». Conocíasele a aquel deshecho o
zurrapa del arte que allá en sus treinta o treinta y cinco habría recorrido, si
no gloriosa, cuando menos honrosa carrera; pisado escenarios de renombre, tenido
sus horas de ovación, sus triunfos de toda índole... y aun la esbeltez del
cuerpo, la estudiada colocación del cabello, la bien tajada y picuda barba,
protestaban contra los estragos prematuros de la edad o de la vida desastrada y
azarosa, revelada no solo en los desperfectos físicos, sino muy principalmente
en la voz, tan extinguida, que desde las butacas apenas la podíamos apreciar;
tan empañada y blanca, que parecía voz de hombre que canta con residuos de una
cucharada de gachas atravesadas en el gaznate. Como Hernani es «ópera de tenor»,
los abonados se manifestaron descontentos, viendo tan mal principio y notando
las escandalosas desafinaciones del coro, y en pasillos y palcos principió a
fermentar sorda inquina contra la Empresa y el «cuadro»; los periodistas, desde
sus butacas de primera y segunda fila, cuchichearon cabeceando y trocando en voz
baja fatídicas impresiones; el telón cayó en medio de un silencio glacial, y
antes de concluirse la ópera ya corría por el teatro el rumor -mañosamente
esparcido- de que se iba a rescindir la contrata de «aquel hueso». «Buen
principio de semana cuando el lunes ahorcan», decía con detestable humor y
satírico énfasis el almacenista de pianos Ardiosa, a matar con la Empresa y la
compañía por ciertas quisquillas relacionadas con la organización de la
orquesta...; y los defensores del empresario protestaban: «Hombre, bien; ya
sabemos que hoy toca este cuarteto... ¿Querría usted que echasen el resto el
primer día? Pero ¡ya verán ustedes la Duchesini! ¡La Duchesini!». Y hacían el
gesto del que prueba un dulce muy rico.
¿Lo confesaré? Lejos de compartir el espíritu de
hostilidad que hervía en el callejón de las butacas y en todos los puntos del
teatro, donde se aglomeraban espectadores contra el cuartero malo, yo, desde que
se alzó el telón pausadamente sentí compasión, muy luego trocada en simpatía, no
solo hacía el ruinoso tenor (que respondía por signor Ettore Franceschi), sino
hacia toda la troupe. La propia ridiculez de los coros reforzó este sentimiento
súbito e inexplicable, que sólo puedo comparar al deseo de protección que nos
inspira un perro viejo y cochambroso que recogemos en la calle y a quien, por su
mismo pelaje sucio y espinazo saliente, nos empeñamos en salvar de la
estricnina. No sabré expresar toda la piedad que los infelices coristas me
despertaban. Verlos allí, de coleto, de chambergo, con el aparato romántico de
bandidos del siglo XVI, que cantan los novelescos amoríos de su jefe; verlos
después en el subterráneo donde reposan las cenizas del sommo Carlo, embozados
en sus viejas capas y con sus birretes de lacia pluma, echándola de tremendos
conspiradores... y leer, bajo la torpe e inhábil mascarada, la realidad de unos
hambrones infelices, que ni dinero tenían para adquirir zapatos de época, por lo
cual sacaban, con indiferente impudor, botas de elásticos para tramar el
asesinato de Carlos Quinto..., ¿No es cosa que hace llorar? ¿Hay espectáculo más
lastimoso que éste?
Tan poderosa fue en mí la compasión, que,
comprometiendo mi prestigio, en todos los corrillos defendí a «aquella parte» de
compañía, declarando que las faltas que se notaban eran culpa de la ópera, y de
la ópera no más. «Hernani es capaz de reventar a un buey, señores... Si estas
óperas de "bravura" no hay cantante que las resista... Por eso van
desterrándose... Ese Franceschi no merece el desprecio con que ustedes le
tratan... Tiene muy buen método de canto... Es lo que se llama "un artista de
temporada"... De fijo que la tan cacareada Duchesini no sabe su obligación como
él... Me huele a que será una cursi, de esas que ponen flecos a las
cavatinas...» Muchos se enojaban por estas afirmaciones prematuras; pero yo, a
fuerza de retórica a lo Magrujo, conseguía que parte del auditorio, la
inconsciente, se pusiese a mi lado.
-¡Hombre -objetaba Ardiosa-, me llama la atención!
¿Pues usted no se las echaba de tan severo ocho días hace?
-Por lo mismo -replicaba yo-. Mi opinión es que en
Marineda ni puede ni debe haber ópera; pero ya que se ha traído, «contra todo mi
parecer», no vienen al caso aquí las exigencias que tendríamos en el Real.
-Pues la Duchesini -me contestaban- en el Real «haría
furor»... Ya lo verá usted... Nada, a la prueba.
En medio de estas discusiones no crean ustedes que me
olvidé de Celinita ni de mi inocente flirteo con aquella gentil criatura. Entre
otras virtudes, tiene la música, para temperamentos como el mío, la de producir
cierta embriaguez poética que anula las nociones de lo real. El brío y estrépito
de Hernani me ha infundido siempre inconsiderada intrepidez, suprimiendo la
consideración de los pequeños obstáculos y dificultades que en la vida estorban
adoptar grandes resoluciones. Interpretando las sonoridades de los metales de la
orquesta como explosiones de la furiosa pasión de Hernani, claro está que habían
de parecerme grano de anís los inconvenientes que me impedían formalizar mi
trueque de ojeadas con la linda niña de la platea. ¡Indigno sería de mí, en los
instantes en que me sentía arrebatado al quinto cielo del romanticismo, pensar
en nada práctico! ¿Acaso Hernani veía a su dama como yo solía ver a Celinita
para huir de tentaciones: ajada, en zapatillas, madre ya de varios retoños? Las
heroínas de ópera no tienen chiquillos ni envejecen nunca. Así es que mis
ardientes guiños, mis denodados gemelos dijeron claramente aquella noche a
Celinita (que por cierto estrenaba una original casaquilla azul y una corona de
miosotis muy graciosa) que en mí había la madera de un «Hernani»... capaz de
todo... ¡Vicaría inclusive!...
Era miércoles el día siguiente, y el estreno del otro
cuarteto ¡y de la Duchesini!, con el Barbero, llenó de bote en bote el teatro.
Cantó el nuevo tenor, Martinetti, la deliciosa serenata, con voz que hacía
temblar las arracadas y colgantes de la lucerna; pero lo que aguardábamos, unos
ansiosos y otros hostiles, era la salida de la Duchesini. Cuando se presentó
hubo en el auditorio ese movimiento especial, eléctrico, que se llama
«sensación», y después reventó un trueno de aplausos. Yo pensaba sisear; pero me
pareció que una mano firme, gigantesca, me agarraba de los pelos y con blandura
me suspendía, elevándome sobre el asiento de la butaca.
A los primeros gorgoritos de la Duchesini, modulados
con agilidad y coquetería, ya mis ojos no acertaban a separarse de la «diva
donna». Me olvidé instantáneamente -prefiero declararlo desde luego, aunque
destruya el interés dramático de esta narración- no solo de mis prevenciones,
sino de Celinita, cuyos ojos, medio adormecidos y como descuidados, preguntaban
cada cinco minutos al respaldo de mi butaca la causa de mi súbita
indiferencia..., ¡cuando con mirar a la escena y despojarse de la vanidad
natural a las Evas y también a los Adanes pudiera comprender tan fácilmente!...
Iba y venía la diva por las tablas, zarandeando ese
traje de Rosina que parece imponer la viveza de los movimientos, el donaire en
el andar y toda la desenfadada y clásica gracia española. Su monillo de
terciopelo verde me hacía compararla, allá en mis adentros, con una culebra de
serpenteo airoso. El zapatito de raso negro realzaba un piececillo como un piñón
de redondo y chico; de esos pies sucintos y arqueados, que hoy no están de moda,
pero que son para los sentidos lo que el fósforo para la bujía. La cabeza de la
diva... Ahora caigo en que, si mi descripción tuviese cierta formalidad
jerárquica, por ahí debí principiar y no por el pie, y, sin embargo, espero que
mis lectores me perdonen y aun me justifiquen, porque la pupila del doctor
Bartolo no necesita tener la cabeza hermosa; su encanto se cifra en el
piececillo español: menudo, embriagador como el jerez, que hiere el pavimento y
pisa triunfante los corazones... Iba yo comprendiendo, con suma claridad, por
qué El barbero de Sevilla me parecía distinto en Marineda que en Madrid: «otra
cosa», una impresión totalmente diversa. Es que en el Real yo atendía a la
música, a la orquesta, a las voces, mientras aquí la peligrosa proximidad sólo
me consentía escuchar el ritmo de dos pies, cubiertos con una telaraña de seda
rosa pálido, y presos en cárcel de raso negro, salpicadito de azabache...
Exige el buen orden de mi narración que diga quiénes
eran los sujetos que ocupaban las dos butacas contiguas a la mía. Arrellenábase
a mi derecha, silencioso, atento e impasible, como si estuviese en su caja, el
banquero Nicolás Darío, hombre de unos cincuenta años de edad, de mezquina
estatura, cabeza nevada a trechos, sonrisa y ojos más jóvenes que el resto del
cuerpo, y rostro que, por lo escaso de la barba, lo carnoso de los labios, lo
abultado de los pómulos, recordaba la fisonomía que prestan a los faunos los
escultores. Darío no era desagradable en figura ni en trato, antes muy atildado
y cortés; procuraba siempre que no me estorbasen ni su abrigo, ni su sombrero,
ni sus codos; jamás tarareaba anticipadamente los motivos de la ópera; no
interrumpía ni estorbaba el placer de escuchar; prestaba con oportunidad unos
magníficos gemelos acromatizados y oía con deferencia mis observaciones
técnicas. Aunque juraba delirar por la música, yo no sorprendía nunca en él
expresión de entusiasmo ni de arrobamiento. Estaba en la ópera como está en misa
un incrédulo bien educado. Miraba de continuo hacia la escena y respondía a mis
observaciones con la mitad de una sonrisa llena de indiferencia y urbanidad.
Vivo contraste con el banquero lo formaba, a mi
izquierda, el joven teniente de Artillería Mario Quiñones. Este manojo de
desatados nervios no paraba un minuto desde que subía el telón. Alto, enjuto,
bien proporcionado, morenísimo, guapo en suma, Mario Quiñones perdía, en mi
concepto, todas estas ventajas por su inquietud mareante y su vertiginosa
exaltación. Agitábase en el asiento sin cesar; sus brazos parecían aspas de
molino; su cabeza, la de un muñeco de resorte. Hasta sus cejas, ojos y labios
participaban de tan extraordinaria movilidad. Cuando a fuerza de pellizcos
lograba yo que nos dejase saborear las fioriture de una cavatina o detallar los
compases de un dúo, Mario se crispaba, retemblaba, movía convulsivamente el
sobrecejo o se comía las guías del bigote, llegándolas a los dientes con auxilio
del pulgar. Por supuesto, era imposible impedir que en voz cavernosa y trémula
nos adelantase las frases musicales que iban sucediéndose, por lo cual, una
noche, no pude menos de decirle, impaciente de verdad:
-Pero hombre, esta maldita Duchesini no me deja oírle a
usted.
A las dos funciones estaba yo muy harto de semejante
vecindad. Quiñones me trastornaba, me volvía loco. Aquella emoción delicada y
honda que me causaban los gorgoritos... no... los piececitos de la Duchesini, y
que yo hubiese querido archivar y gozar pacíficamente, me la estropeaba el
nervioso mancebo, que desde el aparecer de la diva se sentía atacado de una
especie de epilepsia entusiasta. Tan hondos eran sus «¡bravos!», que me
recordaban los arrullos de un encelado palomo, sonando así: «¡Broovoo!». Y no
era sólo con la voz, ni con las manos, despellejadas ya de aplaudir, con lo que
Mario jaleaba a la Duchesini: era con el bastón, con los tacones, con el cuerpo
en incesante vértigo, y hasta con el alma, que, por decirlo así, se le salía
boca afuera para aplaudir, requebrar y tortolear a la cantante.
En provincias, las actrices se hacen cargo bien pronto
de dónde están sus admiradores y partidarios; y la verdad es que con Quiñones no
era difícil tal perspicacia. A la segunda ópera que cantó (y fue, si no me
equivoco, Sonámbula), ya la Duchesini se fijaba en nuestra peña y nos sonreía
dulce y picarescamente. También nos miraba con simpatía y aprecio el bajo
Cavaglioni, especie de elefante de muchos pies de alzada...
Yo creo que de nuestra peña fue de donde salió el vuelo
de la fama de la Duchesini, extendida por las cuatro provincias, por España y no
sé si por la América española. ¡Cómo supimos improvisarle la gloria! ¡Cómo
alborotamos, cómo batimos las claras para que alzase el merengue! Aquella mujer
con su voz..., ¿con su voz?..., salvó a la compañía. Entre tanto, al tenor
Ettore Franceschi le habían rescindido la contrata, y fue preciso dar una
función caritativa para costearle el regreso a Madrid. Lo que no se hizo fue
contratar otro para el sitio del expulsado, y el pobre becerro Martinetti cargó
con las treinta óperas que había que despachar en el primer abono. «Yo canterò
hasta que rivente», decía resignado, en su jerga semiitaliana y semiespañola. En
cuanto a la signora Fioravalle, padecía una ronquera crónica, de resultas de no
sé qué percance; y las demás partes de la compañía, la que no tenía una mácula
tenía otra. ¡Sólo la Duchesini era al par ruiseñor, hurí, hada, artista y, en
particular..., sus pies, sus pies en El barbero!
Claro que esto de los pies (verdadero móvil de mi
entusiasmo) me guardé de decirlo al público. Era mi secreto. Tenía esperanzas de
que nadie más que yo hubiese reparado en aquella perfección divina... Y de fijo
que no habrían reparado. Era indudable que los demás sólo admiraban en la
Duchesini la primorosa garganta, los ágiles revoloteos, que movieron a un
cronista local a llamarla «la pequeña Patti...», nombre que yo hubiese reformado
así: «La pequeña patita.»
Algunas veces me argüía mi conciencia de antiguo
abonado al paraíso. ¡Era posible que hubiese dado al olvido tan presto las
sabias doctrinas y lecciones prácticas de Magrujo, los minuciosos análisis del
flaco Dóriga, las trascendentales teorías de La Cerda, todo lo aprendido, lo
sentido, lo gozado en aquel purísimo santuario el arte! ¡Era posible que, en vez
de estudiar a la Duchesini desde el punto de vista desinteresado y noble de su
voz, de sus facultades, de su estilo, de sus méritos de artista, en fin, sólo
viese en ella y sólo la juzgase por la parte más íntima de su individuo!
¡Cómo no había de callármelo!
Era una vergüenza, sí..., una vergüenza terrible, que
me había prometido que no saliese a la superficie... Una llaga, una ignominia
que debía cubrir cuidadosa y esmeradamente...
Y, además... ¡Además, también me había prometido, me
había jurado, me había dado la mano para afirmarme a mí propio que nunca, jamás,
amén, en ninguna circunstancia y por ningún pretexto, atravesaría el lóbrego
pasillo que conduce a la mortífera región de entre bastidores!...
¡Ah! No; eso sí que no... De algo nos han de servir los
años, la experiencia, toda una vida de cautela y moderación, consagrada a
defenderse del huracán de las pasiones y del hálito letal del vicio... para algo
te han de valer, amigo Estévez, tus esfuerzos, tus principios, tus precauciones,
tu gimnasia moral. ¡Antes se hunda el techo y se desplome la lucerna! En
cualquier parte una intriga de teatro comprometería tu formalidad de funcionario
público y tu modesto bolsillo de empleado de Hacienda; pero ¿aquí, en Marineda,
donde no es posible dar un paso sin que se enteren hasta los gatos de la calle,
donde se toma nota de que hemos regateado un par de guantes en «El Ramo de
Jazmín», a las doce y media en punto? No; yo no traspasaré esos cuatro tablones
del piso del Coliseo, que son, hoy por hoy, único dique puesto a mis
desenfrenados apetitos y única valla que me separa del abismo profundo. ¡Porque
yo conozco que si me aproximo a la sirena; si veo de cerca los piececitos
eléctricos y dominadores..., seré hombre perdido, y no tendré fuerzas para no
acercarme todavía más a ellos, cayendo de rodillas ante la Duchesini!
Hombres que no estimáis el mérito de la resistencia a
la tentación insidiosa, yo os ruego que fijéis la consideración en este punto; a
veces se requiere tanta fuerza de voluntad para no salvar cuatro tablones como
para poner en fuego vivo ambas manos y no retirarlas. Reflexionad que, mientras
desde mi «luneta» (todavía hay en Marineda quien las llama así), me sepultaba en
la contemplación de las bases del lindo edificio, ya cautivas en el chapín de
Rosina, ya encerradas en el botincillo de raso blanco de Amina (la Sonámbula),
mis dos vecinos me decían a cada momento:
-Estévez, no sea usted raro... venga usted entre
bastidores. La Duchesini tiene ganas de conocerle... ¡Dice que le parece usted
tan inteligente en música...! ¡Que sigue usted con una atención tan discreta el
canto...! Que le quiere dar a usted gracias por los buenos oficios que le
hace... Que vaya usted a saludarla en su cuarto, aunque sólo sea un minuto...
Y yo, con la vista nublada, los oídos zumbadores, la
garganta seca, tenía que responder:
-Denle ustedes mil expresiones... Díganle que soy su
más apasionado admirador, y que ya iré... cualquier día...
Y los veía filtrarse por el lóbrego pasillo, y quedaba
envidiándolos..., no solo por aproximarse a «ella», sino porque tenían la
fortuna de no ver en «ella» más que a la cantante, a la artista... Iban
impulsados del móvil más noble; ¡iban rebosando desinterés! Yo era el que no
podía acercarme a la deidad de mis sueños... ¡y no me acercaría, no!... Conocía
muy bien toda la fuerza de mis resoluciones y sabía que, aunque tascase el
freno, podría contenerme... hasta morir. Mi voluntad era omnipotente, mi
voluntad triunfaba.
En lo que no me contuve ni me reprimí, ni había para
qué, fue en la manifestación externa de mi entusiasmo fingidamente artístico.
Por lo mismo que me imponía el doloroso sacrificio, la cruel privación, creíame
autorizado para ofrecer... a los pies, realmente a los pies de la Duchesini, mi
prestigio de inteligente, mis influencias sociales y hasta el superávit de mi
limitado presupuesto. Yo fui el faraute, yo el coribante de la conspiración
duchesinista, que ha dejado en las faustos musicales de Marineda eterna memoria.
A mí puede decirse que se debe la serie de ovaciones que espero nunca podrá
olvidar la seductora «diva». No; nunca, olvidará ella -aunque viva cien años- la
noche de su beneficio en Marineda. Como que otra igual no la pesca, señores.
Desde un mes antes la veníamos preparando. Sueltos y
artículos en la prensa local, conversaciones en los corrillos, frenéticas salvas
de aplausos apenas aparecía en escena la Duchesini, envíos de ramos de flores,
con que sabía yo que estaba embalsamado su cuarto -aquel Edén cuya entrada me
había vedado a mi propio-, todo iba formando en torno de la «diva» esa atmósfera
candente y electrizada que precede a las apoteosis. Y un día tras otro se
susurraba que el beneficio sería un acontecimiento sin igual; que ni la Nilson,
ni la Sembrich, ni la Patti, con quien comparábamos a nuestra heroína, podrían
jactarse de haber recogido, en su larga carrera de triunfos, homenaje más
brillante y fastuoso...
Estos augurios traían soliviantada a la misma Duchesini.
A simple vista notábase en ella el soplo vivo y dulce del aura próspera. Estaba
coquetona y alegre; se vestía mucho mejor; brillaban más sus ojos, mariposeaban
como nunca sus funestos e incomparables pies... La dicha la transformaba; el
empresario tuvo que subirle el sueldo para el abono supletorio; no se hablaba
sino de ella, y hubo noche en que se la hizo salir a la escena «diecisiete»
veces después del «rondó» de Lucía...
Y en medio de este frenesí, de este halago, de esta
idolatría de todo un pueblo, llegó la noche memorable del beneficio. Los palcos
se habían disputado como si fuesen asientos en el cielo, a la diestra de Nuestro
Señor. En cada uno se reunían dos familias, de modo que parecían retablos de
ánimas. Las señoras habían sacado del ropero lo mejorcito, y muchas se habían
encargado trajes para el caso. Predominaban los escotes, y veíase, como en el
Real en días solemnes, mucho hombro blanco, algunos brillantes, guantes largos,
abanicos de nácar, que agitaban un ambiente de perfumes. También se habían
extralimitado los señores: en el palco de la Pecera y en las butacas, los
admiradores locos de la beneficiada obedecían a la consigna de presentarse de
frac, cosa que reprobaban con expresivo movimiento de cabeza los formales, entre
ellos Nicolás Darío, firme en su acostumbrada y correcta levita. Por hallarse
tan atestado el teatro, en los huecos que quedan entre butacas y palcos se
habían colocado sillas, y no se desperdiciaba ni una. En fin, estaba aquello
que, como suele decirse, si cae un alfiler no encuentra donde caer. No hablemos
de la cazuela, confuso hervidero de cabezas humanas; abajo se murmuraba
misteriosamente que arriba se ocultaban «personas decentísimas, gente de lo
mejor del pueblo».
Pero lo que sobre todo realzaba el aspecto del teatro
era la magnífica decoración discurrida por nosotros. Las delanteras de los
palcos habíamos ideado empavesarlas con banderas italianas y españolas, cruzadas
en forma de pabellón o trofeo; encima destacábanse coronas de laurel natural y
grupos de rosas blancas. Hubo, por cierto, dos o tres de esos eternos
descontentos y gruñones que encuentran defectos a lo más loable, y agriamente
censuraron que para obsequiar a una tiple se sacase a relucir la bandera
española... Calculen ustedes lo que les contesté... Yo, ¡que hubiese tendido a
los pies de la «diva» el mismísimo palio!...
La ópera elegida para el beneficio era la del estreno
de la diva, o sea, El Barbero. Conveníamos los inteligentes en que el papel de
Rossina constituía el triunfo de la Duchesini. Cuando se presentó la diva en
escena, fue aquello un espasmo, un delirio, un desbordamiento. Los de los fracs
nos levantamos, gritando: «¡Viva!», y haciendo mil extremos insensatos. Calmado
al fin nuestro ímpetu, nos arrellanamos en la butaca, suspendiendo hasta la
respiración para mejor escuchar y no perder...
Iba a decir ni una nota; pero esto de la «nota»
aplíquenlo ustedes a los que me rodeaban, al resto del honrado público, no a mí,
prevaricador del arte y desertor de la moral, que, en vez de atender a las
melodías de Rossini, sólo tenía ojos y oídos y sentidos corporales para el
moverse de dos piececillos traviesos, afiligranados, cucos, que estrenaban
aquella noche solemne una funda de seda lacre; lacre era también el gracioso
monillo y la falda ceñida e indiscreta que lucía la Duchesini, velada con
volantes de rica blonda española...
Hay en el segundo acto de El barbero una situación que
suele elegir la tiple para lucirse y el público para manifestar toda su
benevolencia. Es la de la «lección de música», donde la pupila del gruñón vejete
ejercita el derecho de cantar lo que más le agrade o acomode, la pieza con que
mejor luzca sus facultades. La Duchesini tenía señalada de antemano para tal
circunstancia, una de esas arias de gorgoritos sin fin, que remedan cantos de
pájaros trinadores. No bien comenzó a dejar salir de su boca sartitas de perlas,
estalló la ovación preparada.
Principiaron a caer de la lucerna, de las galerías, de
los proscenios altos, de las bambalinas, de los palcos terceros, papelicos
rosas, verdes, azules, amarillos, blancos, grises, que como lluvia de pétalos de
flores, inundaron el aire, tapizaron el escenario, alegraron los respaldos de
las butacas y se quedaron colgados en los mecheros de gas. Las señoras alargaban
la enguantada mano y atrapaban al vuelo los tales papeles; los chicos se
entregaban a una verdadera caza para «reunir» toda la colección, que se componía
nada menos que de diez hojas volantes, o sea de otras tantas poesías, obra de
ingenios de la localidad, entre los cuales se llevaba la palma el acreditado
Ciriaco de la Luna, vate oficial en inauguraciones, festejos, entierros,
beneficios y días señalados, como, por ejemplo, el Jueves Santo o el de
Difuntos.
De los papelitos resultaba que, al aparecer en el mundo
la Duchesini, ruiseñores, cisnes moribundos, malvises y bulbules habían pegado
un reventón de envidia; que la llama del genio cercaba su frente (la de la
Duchesini); que era «divina»; que había nacido del apasionado contacto de un
trovador y una hurí, y que al partir ella, Marineda, por algún tiempo
transportada a la mansión de los ángeles, iba a caer en las tinieblas más
profundas, en el limbo del dolor. ¿Quién nos consolaría, cielos? ¿Quién nos
devolvería, aquellas horas edénicas, mágicas, de inefable felicidad? Ella era
una estrella, un cisne, que ya volaba a otro lago; ella iba a donde la
aclamarían multitudes delirantes y donde reyes y príncipes arrojarían a sus pies
cetro y corona...; pero nosotros..., ¡ay!, nosotros, ¡cuál nos quedábamos!
Probablemente nos moriríamos de nostalgia... Sí; Ciriaco de la Luna vaticinaba
su propio fallecimiento...
A la lluvia de papelitos y de ripios, siguió otra de
pétalos de rosa y de rosas enteras, que alfombraron el escenario; luego, gruesos
ramos fueron a rebotar contra las tablas, a los pies de la «diva». Con este
motivo se rompieron dos o tres candilejas de reverbero, y la concha del
apuntador fue literalmente bombardeada. El director de orquesta, vuelto hacia el
público, sonreía, empuñando la batuta; los músicos, interrumpida su tarea,
sonreían y aclamaban también... Y entonces principiaron a entrar los ramos
«formales» y las coronas.
Comparsas, acomodadores, mozos de los casinos y
Sociedades y hasta algún criado de casa particular -el de Nicolás Darío,
verbigracia-, desfilaron, dejando a los pies de la Duchesini, ya unos ramilletes
colosales, como ruedas de molino, con luengas cintas de seda y rótulos en letras
de oro, ya coronas de follaje artificial. Iba formándose un ingente montón; la
«diva» quiso conservar en sus manos el primer ramo, después de llevarlo a la
boca, pero se lo impidió el peso, y pálida, sonriendo, cortada de emoción, tuvo
que ir soltando bouquets por todas partes, sobre las mesas, sobre las sillas,
sobre el clavicordio, ante el cual el tenor, vestido con el eclesiástico disfraz
de Don Alonso, presenciaba la ovación sin saber qué cara poner...
Mas esto de las flores era sólo el prólogo. Faltaba lo
mejor, lo gordo, lo inaudito en Marineda. Empezaron a entrar estuches en
bandejas de plata; venían abiertos, uno contenía una corona de hojas de laurel
de oro; otro, un brazalete; otro -el último, el más importante sin duda-, una
cajita minúscula de terciopelo, donde brillaban dos hermosos solitarios...
Al mismo tiempo se repartía y vendía por los pasillos
del teatro un periodiquín tirado en una imprenta microscópica y enriquecido con
una larga e insulsa biografía de la Duchesini, versos a la Duchesini, agudezas y
anécdotas, en, con, por, sobre la Duchesini, pronósticos de que la Duchesini
eclipsaría a las más refulgentes estrellas del arte musical..., y un fotograbado
que representaba a la Duchesini...; pero, ¡ay!, a la Duchesini... de cintura
arriba. ¡No había tenido en cuenta el artista que aquellos pies sublimes eran
los que merecían los honores del fotograbado!
..............................
En semejante noche me quedé afónico de gritar, ronco de
bravear, desollado de aplaudir; así es que bien puedo afirmar que tenía fiebre
cuando, a la siguiente mañana, despedimos a la Duchesini, que se embarcaba
prosaicamente para Gijón. Sí, la vi de cerca... Como ya no había peligro, me
atreví a estrecharle... ¡ay de mí!, la mano, sólo la mano, a bordo del esquife
que la conducía al vapor. Ella iba muy llorosa, envuelta en velos y abrigos,
quebrantada, al parecer, por la pena, la gratitud, el placer, la impresión honda
que de Marineda se llevaba. Yo, sin respirar, tembloroso, silencioso, la ayudé a
subir por la escalerilla del vapor..., y como estas escalerillas son tan
indiscretas, aún pude divisar el pie enemigo de mi calma, metido en elegante
botita de viaje; el pie, que resonaba sobre la madera de la cubierta, y al
romper el buque las olas con hirviente estela, se alejaba y se perdía para
siempre.
No hice caso nunca de Celinita. Estuve malo, tristón;
fui a las aguas para curar mi estómago y mi espíritu.
Dos años después volvió a verse en Marineda compañía de
ópera: barata, mediana, bastante igual. Darío y Quiñones eran nuevamente mis
vecinos de butaca; y, ¡claro!, a las primeras de cambio, recayó la conversación
en la para mi inolvidable Duchesini.
-¿Sabe usted -dijo con su calma algo irónica y siempre
cortés el banquero- que se me figura que hemos levantado de cascos a aquella
infeliz, y la hemos hecho desgraciada para toda su vida?... Porque ya sabrá
usted que en Madrid le atizaron una silba horrible... y en Barcelona por poco le
arrojan las butacas.
-Es que la Duchesini no valía gran cosa, si hemos de
ser francos y justos -respondió febrilmente Quiñones, que atendía extático a las
notas de la contralto-. La que es una notabilidad es esta Napoliani.
-Lo que tenía la Duchesini -murmuré yo, como quien
desahoga el corazón de un pesado secreto- eran unos pies... ¡inimitables, sin
igual! Yo no he visto pies así... nunca, más que en ella.
-¡Ah! -confirmó Quiñones, arrastrado por un vértigo de
sinceridad-. ¡Pues si los admirase usted en babuchas turcas..., las que traía
por casa!
Darío hizo una mueca que parecía contracción galvánica;
pero dominóse al punto, sonrió y, clavando los ojos en Quiñones, articuló
lentamente:
-Hay que confesar que la... la... continuación de los
pies no desmerecía del principio. ¿Verdad, amigo Quiñones? Pero nuestro Estévez
nunca quiso ir al cuarto de la...
Me sentí palidecer de vergüenza y de celos
retrospectivos; noté en el corazón angustia y en el estómago mareo..., pero me
rehice me encuaderné y, serio y enérgico, respondí:
-¡Bah! ¿Qué importa, después de todo, que una cantante
tenga los pies feos o bonitos? Aquí se viene... por el arte. |
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Morrión y Boina
¡La casa número 16 de la calle de la
Angustia, en Marineda, trae a mi memoria tantos recuerdos! Y no de
esos que producen melancolía, sino de los que infunden cierta
nostalgia regocijada y benévola; algo como el ritornello de una sana
explosión de risa al acordarse de un castizo sainete.
Hace ya ocho años que los inquilinos de los
pisos principal y segundo de aquella vieja casa se fueron a habitar
en otra más espaciosa, aunque de aposentos angostos, helados y
oscuros; más alta de techo, como que se lo da la bóveda celeste; más
poblada, aunque siempre muda... Ocho años, si..., ¡y en ocho años,
cuántos sucesos y qué rodar del mundo!, hace que duermen en el
camposanto de Marineda, al arrullo del ronco Cantábrico, las dos
irreconciliables estantiguas, los dos vejestorios enemigos, a
quienes, por no andar zarandeando los apellidos de su esclarecida
prosapia, llamaré sonora y significativamente don Juan de la Boina y
don Pedro del Morrión.
Al primero le conocí y traté mucho más que
al segundo. Lo que se ofrece a mi fantasía cuando evoco la forma
corpórea en que se encerraba el bien templado espíritu de don Juan,
es... su nariz. ¿Quién podría olvidarla? Comprendo que se borren
otros detalles fisonómicos e indumentarios de varón tan insigne, por
ejemplo: los ojillos pequeños como cabezas de alfiler de a ochavo,
emboscados tras la broza desigual de las cejas; los labios belfos,
haciendo pabellón a la monástica papada; el cráneo puntiagudo, con
erizada aureola de canas amarillas; las orejas de ala de murciélago,
despegadas, vigilantes, sirviendo de pantalla a las mejillas
coloradotas; las manos hoyosas y carnudas, de abadesa vieja... Hasta
cabe no recordar aquel vestir tan curioso, proyección visible de un
criterio anticuado: el levitón alto de cuello y estrecho de
bocamanga, ceñido al talle y derramado por los muslos de amplísimos
faldones; el chaleco ombliguero; el reloj con dijes; el pantalón
sujeto al botín blanco por la trabilla de los lechuguinos de 1825,
pero generalmente abrochado de un modo asaz incorrecto; el corbatín
de raso; la almilla de franela, color de azafrán; la chistera
cónica; el pañuelo de hierbas a cuadros; la caja de rapé; el famoso
raglán, prenda que sólo en hombros del señor Boina pudo admirar la
Marineda contemporánea, y tantas y tantas particularidades como
merecían especial mención en el decano de los tradicionalistas
marinedinos. Pero eran flor de cantueso al lado de su severa,
majestuosa, aquilífera y arquitectónica nariz.
En mis tiempos de chiquilla, al venir a
casa el chocolatero (entonces se molía el chocolate a brazo y nos
tomábamos, desleídas en la jícara del caracas, gotas de humano
sudor), concluida la elaboración de la molienda, y en espera yo de
los obsequios de última hora que en casos tales no se regatean a los
niños, recuerdo que el buen artesano se pasaba el dorso de la mano
por la húmeda frente, suspiraba como quien exhala el postrer
aliento, y me decía: «Espera, espera..., que te voy a hacer dos
conchitas y un don Juan Boina de chocolate». Inmediatamente se ponía
a modelar el monigote, de perfil, con una prolongación en mitad de
la cara, mayor que la cara toda. Y era un don Juan Boina que estaba
hablando.
Algo conviene indicar sobre la historia
política del insigne personaje, a fin de que se comprenda la
trascendencia del seudónimo que elegí para él. Y no piensen los
maliciosos -gente, por desgracia, la que más abunda- que si en esta
historia no se contienen hechos memorables en el terreno cívico ni
en el militar, es en mengua del esforzado corazón y gallardo ánimo
de don Juan Boina. No, y mil veces no. Antes penetraría el aire
ambiente en los apretados poros de un fino diamante, que el pavor en
el alma de don Juan. Si la suerte le destinó a mero espectador de
grandes sucesos, no es culpa suya ni de su tesón indomable, por el
cual alguien dijo que el señor Boina tenía el meollo como la caja de
una carretera: relleno de guijarros.
Insisto en que don Juan no hizo cosas
extraordinarias, porque no estaba de Dios que las hiciese; y
atrévase nadie a desmentir esta verdad. Si dispusiese la Providencia
que don Juan fuese un Napoleón I, llegaría a serlo...,
probablemente. ¡Pues apenas sentía él en su alma nobles ímpetus y
ansia de señalar con un rastro de gloria su paso por el mundo!
Don Juan había nacido en los primeros años
del XIX, por lo cual afirmaba él que «iba con el siglo», aun cuando
su modo de pensar y sentir desmentía palmariamente esta aseveración.
Sus tempranos bríos juveniles los gastó, durante la primera guerra
civil, en limpiar furtivamente trabucos naranjeros y pistoletes de
chispa; dedicar en el Rosario muchas oraciones al triunfo de la
buena causa, y eludir las asechanzas de los liberales compostelanos,
resueltos a medir las costillas de los carlinos, como los carlinos
se las habían santiguado a ellos en los años de reacción
absolutista. ¡Ah! Es que entonces la gente no se andaba en chanzas,
no; por los caminos reales encontraba el viajero los cuartos de
algún cuerpo humano, y oía sin asombro que aquel brazo o aquella
pierna era del faccioso Fulano de Tal, si es que no entraban en
Compostela los cruentos despojos atravesados en una mula y goteando
sangre... Cualquiera entiende que la prudencia de don Juan tuvo
muchas ocasiones de ejercitarse en época tan azarosa, y el haber
salido ileso de ella prueba suficientemente sus condiciones de
sagacidad y su diplomacia admirable. Como Sièyes, bajo el Terror,
don Juan pudo responder al que le preguntase por sus actos en tan
crítico momento: «He vivido».
Restablecida la paz y afianzada la
«inocente Isabel» en el Trono, don Juan descansó de sus fatigas
refugiándose en el seno de la ventura doméstica; o, para hablar en
romance llano, se casó. Tomó por esposa a una señorita de Lugo,
fina, espiritada, romántica y sensible, que hacía unos versos
flébiles y gemidores como el aura. Por orden de su marido ocultó los
tales versos cual la violeta su perfume; dedicóse a la práctica de
las virtudes conyugales, fundamento de la sociedad cristiana, y
vivió dedicada a abrochar a don Juan las trabillas, hacerle el nudo
del corbatín, plancharle las percheras, pegarle botones en las
camisas, marcarle pañuelos..., hasta que entregó a Dios el alma, que
fue pronto, y de una murria o consunción inexplicable, dada su
felicidad. Entonces pagó don Juan tributo a las letras imprimiendo
las poesías de su difunta, con este título y subtítulo: Suspiros del
corazón. Obras poéticas de la señora doña Celia Monteiro de la
Boina. Dalas a luz su desconsolado esposo, en memoria de sus
virtudes.
Antes de la enfermedad de la señora de
Boina, ciertas malas lenguas, merecedoras de que las hiciesen
picadillo, murmuraron algo que tuvo graves consecuencias, para el
porvenir de su marido, siendo el primer chispazo de un odio
inextinguible. Lo que se susurró fue si la esposa de don Juan se
asomaba o no se asomaba a la galería para ver pasar la milicia
capitaneada por el apuesto don Pedro del Morrión, el más fogoso
nacional de Marineda. Este tal era un abogadillo tronera y
bullanguero, cabeza caliente y corazón expansivo, alma de todos los
motines y pronunciamientos de aquella época, en que los había
diarios. En cuanto a que la señora de Boina se dejase o no se dejase
impresionar por las relucientes charreteras y la magnífica pompona
del señor Morrión, es punto que no ha dilucidado la historia, tan
solícita en aquilatar otros menos importantes. Lo indudable es que
las hablillas referentes al caso llegaron a oídos del esposo y
encendieron en su ánimo un furor que cincuenta años después ardía
igual que en los primeros instantes. Comparado con aquél, ¿qué valen
los frenesíes de Otelo ni las iras del Tetrarca? Apenas don Juan se
enteró del rumorcillo -sin duda por algún chismoso-, es fama que
hizo el soliloquio siguiente:
«España está perdida. No se respeta el
honor ni el hogar. Si en vez de mandar Espartero tuviésemos rey y
religión como es debido, don Pedro del Morrión sería ahorcado por
sedicioso; pero en los tiempos que corren, ese libertino cobra el
barato en Marineda. ¡Si algún día cae bajo mi poder...!»
A su vez, el miliciano, viendo acaso que la
señora de Boina no se asomaba ya, y encontrándose por las noches al
marido, muy embozado, que rondaba su propia casa, velando por su
dignidad, como él decía, se echaba esta cuenta:
-Servilón de Satanás, cuando vuelva la de
apalear a los de tu casta, del primer garrotazo... te despachurro
esas narices de mascarón de proa, y quedas bonito.
Si aquel drama interior se exteriorizase,
sólo Dios puede saber qué habría pasado; no cabe duda: con la
voluntad, el señor Boina se comía diariamente los hígados del señor
Morrión, y el señor Morrión solfeaba a estacazos al señor Boina.
Pero con la voluntad, entiéndase bien: con la voluntad tan solo. En
el terreno de los hechos no sucedía más sino que cada vez que se
encontraban los dos héroes, fruncían el ceño, chispeaban sus ojos,
se les hinchaban las narices, tosían, mirábanse de soslayo, y...
maldito si pasaba otra cosa.
Corrieron años, y allá en el 44 gozó don
Juan la dulce emoción de esperar que acaso el tremendo Puig Samper,
Capitán General de Galicia, le mandase atizar a don Pedro unos
tiritos por haberse entremetido en el alzamiento de Iriarte. No se
le cumplió el gusto, y, dominado el motín, don Pedro siguió
paseándose por Marineda, tan orondo, alborotando con la
reorganización de la milicia. Tampoco se le logró el deseo a don
Juan dos años después, fecha de la famosa hecatombe de Carral. Según
Boina, no era Solís el organizador de la revolución sino don Pedro,
bajo cuerda, por supuesto; y cuando llevaron atado codo con codo al
jefe del Estado Mayor de Samper para arcabucearle, don Juan bramaba
y repetía:
-¡Mientras no lleven así al botarate de
Morrión!...
La efervescencia montemolinista dio luego
mucho en que entender al señor Boina, y casi le distrajo de su odio.
¡Con qué afán siguió las operaciones de Cabrera en Cataluña! Él se
sentía capaz de hacer otro tanto en Galicia... si le facilitasen
mimbres y tiempo. No sería el caudillo militar, pero sí el genio
organizador, la cabeza. En ésta rehizo todo el plan de campaña, y a
seguirse el suyo, no hubiese terminado como terminó aquella empresa
malograda y heroica.
Por su parte, el señor Morrión andaba
también muy entretenido en aquellos días de pronunciamientos,
conspiraciones, golpes de Estado y milicia nacional siempre en
danza. Cuando tocaron a disolver la fuerza popular, en el memorable
año 56, sobrábanle ya a don Pedro motivos para tener juicio, porque
sus sienes lucían canas y arrugas su rostro; no obstante, perdió la
chaveta, y se adhirió a la resistencia barricadera del pueblo
marinedino, cuyos nacionales no quisieron rendirse hasta que lo
hiciesen los de Madrid. La mañana luctuosa en que fue preciso
entregar las armas, como acertase a pasar don Juan Boina, que volvía
de misa, y fuese visto por un grupo de milicianos, hubo dos o tres
silbidos, se cantó el trágala, y el corneta de la compañía se
destacó a pintarle con tiza un borrico en la espalda del raglán que
ya gastaba entonces. ¡Qué inefable placer le produjo el desarme de
aquellos pilletes, y contemplar a Morrión cariacontecido, con las
orejas gachas, privado para siempre del gusto de ostentar su
brillante uniforme y jugar al coronel! Y emitiendo un juicio
histórico más profundo de lo que él mismo creía, se dijo don Juan,
respirando fuerte:
-La milicia ha muerto. Nunca más
resucitará. Se reirán de esta farsa las generaciones venideras. La
causa, la santa causa, en cambio, vive y ha de vivir mientras haya
españoles. Yo, yo soy inmortal. Ya verán cómo renazco de mis cenizas
cuando menos se lo figuren. Y así que tal suceda..., ¡ay del infame
seductor, masón y perdido!
Renació, en efecto, el fénix, con
misterioso aleteo, allá por el año de 60, cuando se fraguó el
complot extraño y romancesco de la Rápita. No había entonces
ferrocarril ni señales de él para Galicia, y, sin embargo, a
Marineda, llegaron unos vientecillos de noticias, exhalados quizá de
la famosa casa de la calle de Amaniel, y a boca de noche los vecinos
curiosos pudieron ver entrar en el portal de don Juan Boina a dos o
tres pajarracos, quiénes rebozados en negros manteos, quiénes
envueltos en cumplidas pañosas. La sinceridad de fiel cronista me
obliga a declarar que en aquellos clandestinos conciliábulos no
acontecía más que lo siguiente: leer de cabo a rabo La Esperanza,
periódico de simbólico título; toser y estornudar, roncar a veces al
amor del brasero y despertar entre sueñecillo y sueñecillo para
decirse muy bajo -tan bajo como si detrás de cada puerta estuviese
apostado un espía que se preparaba ¡algo!, ¡algo! Ellos no sabían
qué...; pero, vamos, algo se preparaba. ¡Algo!
Al estallar lo que se preparaba, quedáronse
con la boca abierta. Todo lo aguardaban, menos eso. Para decir
cumplida verdad, sus informes no les autorizaban a protemeterse ni
eso ni otra cosa, porque, seamos francos, ni sombra de informes
auténticos tenían que comentar en sus nocturnas reuniones; pero, sea
como quiera, siempre la imaginación pinta, y a ellos les pintaba
entradas por Portugal, intervenciones de Inglaterra con motivo de lo
de Marruecos, órdenes del Papa; todo, menos la tartana y el
sacrificio del novelesco y simpático Jaime Ortega. Ortega..., ¿quién
era Ortega? ¡Humillación indescriptible! Ninguno lo sabía. En fin,
ahora, después de la catástrofe, lo que importaba era ponerse a
salvo. Había transpirado en Marineda el misterio de aquellos
conclaves subversivos; el diablo, que todo lo añasca llevó a oídos
de las autoridades alarmantes rumores..., y don Juan y compañía se
dedicaron a buscar agujeros y refugios para no sufrir la suerte del
mísero capitán general de las Baleares. ¡Ahí sería nada si los
metiesen en un bote con trampa en el fondo, y bajo pretexto de
conducirlos al castillo de San Andrés, los dejasen hundirse
bonitamente en mitad de la bahía! ¡Pues no digo si los trincasen, y
en la revuelta de un camino, alegando que habían intentado
desatarse, les escalfasen los sesos de una descarga! Lo que más
color daba a estos recelos, lo que los elevó a pánico, fueron unos
anónimos sombríos y preñados de amenazas, cerrados con migas de pan
y escritos por mano indocta, que rezaban así: «Muerciélagos:
encomendad vuestras almas a Dios; llegó vuestra última hora. Ya se
descubrieron vuestras negras tramas. Se os arrancará la careta.
Mochuelos que huís de la luz, ahora sí que os quemamos la
madriguera. Pereceréis entre las llamas, ya que nos queríais asar a
nosotros en las de la ominosa Inquisición». Al poner en el buzón
para el correo interior estos y otros disparates, don Pedro del
Morrión y dos amigotes suyos, asiduos concurrentes a la logia de
Marineda, se perecían de risa.
-De esta hecha mueren de canguelitis. El
doctoral ya está enfermo de..., pues de flojedad en el ánimo. A don
Juan Boina se le ha estirado un palmo la nariz.
Pasaron, por fin, aquellos tragos y
aquellos sustos; vino el gran acontecimiento revolucionario, y con
él una serie de trascendentales sucesos, que vengaron cumplidamente
a don Juan de las picardías de su antiguo rival. Mientras el señor
de Morrión, hecho ya un pasa, arrollado por la gente nueva que trajo
consigo la marea de la septembrina, se quedaba arrinconadito en el
instante mismo de triunfar sus ideas de toda la vida, y, en unión de
su partido, empezaba a momificarse, el señor de Boina, precisamente
cuando se desencadenaba la anarquía, iba subiendo a las colosales
proporciones de jefe de partido en Marineda. Sin saberse cómo ni por
qué, el señor de Boina era ya un personaje político a tiempo que se
eligieron las Constituyentes de la revolución. Tanto, que una mañana
se le vio enderezar el espinazo asaz encorvado; despedir lumbres por
los microscópicos ojitos; ajustarse marcialmente el raglán; echar
calle arriba, camino de la iglesia donde oía misa todos los días del
año; y, una vez allí, hincarse de rodillas ante el altar de los
Dolores, abrir los brazos y, con un impulso de verdadera fe -tal vez
el único momento estético y sublime de su larga existencia-, rezar
en alta voz una Salve. Era diputado electo por el distrito de la
Formoseda.
Es seguro que con el mismo entusiasmo que
puso en sus labios la oración, don Juan hubiese pronunciado en las
Cortes largos y magníficos discursos, a no tropezar con cierta
premiosidad en la elocución y cierta carencia de... de ideas no
precisamente, sino de las fórmulas en que se envuelven esas ideas
para salir a luz revestidas con las galas de la oratoria. No
obstante, fue muy digna de encomio en aquella campaña parlamentaria
la docilidad del señor Boina al votar con la minoría
tradicionalista, y la modestia con que se hizo a un lado dejando los
primeros puestos a los Aparisis, Monescillos y otras personalidades
eminentes, con las cuales ni siquiera intentó entrar en pugna.
Lo que le desacreditó un poquillo,
inutilizándole para las legislaturas venideras, fue el fiasco de la
delicada comisión que le encomendó el partido tradicionalista
gallego, delegándole por la provincia de Lugo para asistir a la
importante Junta de Vevey. La idea de viajar por el extranjero puso
a don Juan fuera de quicio; es indecible el desdén con que miraba a
su enemigo Morrión cuando en aquellos días le encontraba casualmente
en las calles de Marineda. «Ahora verás, quídam pelagatos, la
diferencia que va de un furriel de nacionales a una notabilidad
política». Preciso es confesar que el señor de Morrión andaba
cariacontecido y mohíno. «Lo admito todo -decía a sus amigos y
compinches de logia- Que vuelvan a cantar la Pitita; que manden los
curas; que se restablezcan los autos de fe; que tengamos que tragar
otra vez los diezmos... Pero, ¡caramillo!, no comprendo esto de que
se consigan tales cosas haciendo personaje político a una
calabaza..., que más gorda no la ha producido nunca ninguna huerta».
¡Cuál sería el regocijo de los malévolos detractores del señor don
Juan al saber que éste, en vez de dirigirse a Ginebra para acudir a
Vevey, había ido a dar con sus huesos a Génova, y desconociendo el
idioma, confundido, mareado, indispuesto, no había conseguido llegar
a la Asamblea magna sino con toda la oportunidad del mundo, después
de la última sesión!
Todos los periódicos de Marineda, El
Adalid, El Nautiliano, El Grito Marinedino, publicaron en esta
ocasión chispeantes sueltos y cómicas reseñas del viaje de don Juan.
Los tradicionalistas, que le habían elegido por mandatario, quedaron
tan satisfechos como puede suponerse y el astro político del señor
Boina empezó a apagar sus resplandores, quedándole sólo unas tenues
lumbres que todavía conservaba cuando yo le conocí y traté.
En suma, ¿qué importaba a don Juan la
decadencia? Es ésta compañera inseparable de toda humana gloria: no
hay grandeza que no decline, no hay imperio que no fenezca y se
acabe. Hundióse el poderío romano; cayeron en ruinas Babilonia y
Nínive; Jerusalén, Cartago, Itálica, sufrieron la misma suerte. En
esto pensaría don Juan para consolarse si a tanto llegase su
erudición y si no le bastase el recuerdo... que a los sesenta y
tantos años reemplaza a la realidad de un modo satisfactorio. ¿Quién
le podía quitar haber sido diputado en las Constituyentes? ¿Quién
haber ido a Vevey..., aunque fuese por el camino de Génova? ¿Quién
la sonrisa cariñosa y las atentas palabras de doña Margarita de
Borbón? Que rabiase el viejo ex miliciano, pues no registraba en su
historia efemérides tales.
Recién salida del horno la Restauración
conocí personalmente al señor don Juan, y aún tuve el placer de que
se sentase varias veces a mi mesa. La primera fue, por más señas, un
día de días; creo que un San José, patrono de casi todos los
españoles. Colocado a mi derecha, luciendo en la almidonada pechera
un descomunal y arcaico broche de diamantes y rubíes entrefalsos;
con la servilleta puesta a guisa de babero, el patriarca me
inspiraba una especie de respetuosa conmiseración mezclada con unos
impulsos de reír, a que me guardé bien de dar salida porque para
algo se hicieron la cortesía y la buena crianza. Él se había
propuesto ser galante conmigo, y desde la sopa empezó a ofrecerme
con los dedos, yemas y almendras de las que contenía un plato
montado puesto frente a nosotros. Una yema me la dio con el cocido;
otra, con el frito; otra, con las perdices. Y había aquello de:
-Ésta por mí. Ésta por el señor de los
días. Si me desaira usted me ofendo. Usted no querrá desairarme.
No; no quería desairarle, y me tragué las
yemas. Mi buen natural impidió que meditase proyectos de venganza;
pero la casualidad y la suerte me sirvieron mejor que solicitaba yo
misma, poniéndome en ocasión de dar el disgusto magno al señor
Boina. He aquí cómo:
Carteábame por entonces con un ilustre
paisano mío, un marinedino que ha dejado memoria, escuela, partido y
hasta dinastía en España; hombre de agudísima inteligencia, que
gracias a ella obtuvo la jefatura del tradicionalismo español y
consiguió, andando el tiempo, desde el fondo de la tumba, sobreponer
el prestigio de su nombre al del mismo principio monárquico, en la
conciencia de la gente más monárquica del mundo: señalado ejemplo
del poder de la dialéctica y de las doctrinas cerradas y radicales.
Este varón notable a quien llamaré don Máximo Robledal, me escribía,
como digo, si no muy a menudo, por lo menos las veces suficientes
para causarle al bueno de don Juan Boina berrinches, jaquecas,
melancolías y desazones de toda especie, porque tenía determinado,
en su fuero interno, que la única persona a quien don Máximo
Robledal podía escribir en Marineda era a él. ¡Él, el delegado de
Vevey, el diputado a Cortes! Cada vez que recibía el correo, latíale
el corazón como a niña con novio ausente, y acostumbraba quedarse
con las cartas en la mano, calados los espejuelos, los párpados con
traídos, saliente el labio inferior y destacado el sobrecejo
coronando su poderosa nariz, la cual rascaba suavemente con la uña
del pulgar izquierdo, murmurando:
«Pero ¿de quién será esta carta? A ver, ¿de
quién? Del señor penitenciario de Lugo no pude ser: no es su letra,
que bien la conozco. Pues del marqués de la Figueira menos: como que
se encuentra imposibilitado y no escribe a nadie. De mi primo
Jacinto María..., ¡si tuve otra ayer!..., y las "bes" mayúsculas de
Jacinto son de distinta hechura que éstas. Tampoco me parece del
cura Bouzas. ¡Quia! Si trae sello de Madrid. ¿Será?... ¡Santo Dios!
Acaso sea... Probablemente... Como estos días ocurren cosas
importantísimas en nuestra comunión... Se prepara "algo"... El
chiquillo se va, se va, ahora es la cierta... La cosa andaba muy mal
allá por Francia... ¡Ah, de fijo que la carta es de don Maaáximo!»
Si presenciaban estas fluctuaciones los
habituales tertulianos del señor Boina, solían, pasados unos diez
minutos, decirle, con gran sensatez:
-Pero, señor don Juan, abra usted la carta,
que es el modo de saber quién le escribe.
Seguía el consejo, y... ¡oh desengaño! No
era de don Máximo la epístola. Cuando se agregaba que, por los
mismos días tuviese yo alguna que enseñarle, don Juan no dormía, ni
sosegaba, ni me dirigía la palabra sino desde el fondo de su cólera,
con una especie de reticencia dolorosa y continua.
Represéntese el pío lector cuál se quedaría
don Juan al enterarse de una carta más solemne que todas, donde
Robledal me participaba cómo el Señor (que Dios guarde) le había
nombrado su representante en España, y me encargaba de ponerlo en
conocimiento de los leales de Marineda. Una granada que estallase a
sus pies; la vista de un dragón fierísimo; el techo que se cayese y
le cogiese debajo, no dejaría al señor Boina más apabullado y
patitieso que la tal misiva. Para él era una real orden, igual que
si las palabras de don Máximo saliesen en la Gaceta y trajesen esta
coletilla: «Está rubricado de la real mano».
Inmediatamente me pesó de habérsela leído.
Disipada la primera estupefacción, vi sus mejillas que pasaban del
rojo oscuro al color violáceo; vi encenderse su venerable nariz y
temblar su colgante belfo y sus pobres manos ancianas; hasta creo
que oí entrechocarse los dijes de su gran saboneta, como los dientes
del medroso ante el peligro. No obstante pudo más que la piedad el
buen humor de los pocos años que entonces contaba yo, y le pregunté
con involuntaria malicia:
-¿Qué le parece, señor de Boina, la
galantería de nuestro ilustre Robledal? Me da la noticia antes que a
nadie. ¿Ve usted qué deferencias hacia el bello sexo?
Don Juan me miró de alto a bajo; rechinó
los dientes; enarcó las cejas, y sólo pudo exclamar con ronca y
trémula voz:
-¡Está bien..., está bien!
Tuve la fortuna de que, al salir de
estampía el patriarca, le acompañase uno de sus tertulianos, el cual
me refirió después la sabrosa escena ocurrida a las puertas de mi
casa. Paróse allí sin aliento el señor de Boina; elevó la frente y
miró hacia mis balcones; bajó después la cabeza y siguió corriendo
cuanto se lo permitía el peso de los años hasta la esquina de la
calle. Allí volvió a detenerse y, dando salida a lo que le hubiese
ahogado si lo reprime un minuto más, alzando el sombrero, llevando
la diestra a sus amarillentas canas, exclamó, tartamudeando:
-¡Señor..., Señor..., Señor! ¡La comisaría
regia..., la comisaría regia de Marineda..., y, por consiguiente, de
Cantabria..., en una hembra!... ¡Robledal!... ¡Robledal! ¡Señor,
Señor, detenle al borde del abismo..., guíale, alúmbrale... La
comisaría..., el gobierno de esta región de España..., en manos
femeniles! ¡Señor..., salva a España..., salva el mundo!
-La verdad es -dijo el acompañante del
señor de Boina con la más sana intención de acabar de desatinarle-
que esta comisaría regia era pintiparada para usted.
-No; yo, no; yo, no -exclamó el honrado
viejo con explosión de indignada modestia-. Yo no soy más que un
veterano de cien campañas, inválido ya; yo para nada sirvo sino para
pedir a Dios una buena muerte; yo..., soldado de fila, el último;
pero... ¿cómo quiere usted que vea con indiferencia al señor de
Robledal..., a don Máximo..., tocado de locura, invadido del
espíritu diabólico, entregando la comisaría regia a una hembra?
¿Conque llevamos todo lo que va de siglo luchando, sufriendo
persecuciones, derramando nuestra sangre, cubriéndonos de gloria,
sí, de gloria, para evitar que ocupen el trono las hembras, y hemos
de tolerar ahora que una nos rija y mande en estas provincias? ¡Ah
don Máximo! Las atribuciones que a usted ha conferido el rey son muy
grandes, muy respetables, sin duda alguna; yo me inclino ante el
rey; pero llegando un caso de estos, un acto así de tiranía..., no
me doblo: nos veremos, señor don Máximo. Ya sabe usted la fórmula:
se obedece, pero no se cumple. Los cristianos acatamos al rey, pero
no nos humillamos al César. Resistiré como los mártires a los
procónsules. Protesto, protesto y protesto. ¡Comisario regio una
hembra!
Había que saber el sentido que tenían en
los labios y en la mente de don Juan estas últimas palabras; había
que conocer su dictamen respecto a la «misión», según decía él, de
la mujer en sociedad, para darse cuenta exacta de la ironía y la
amargura con que las articulaba. Protestó en efecto, y la primera
forma de su protesta fue no volver a poner los pies en mi casa, lo
cual sentí mucho. Por más que procuré evitar el rompimiento con el
pobre señor enviándole varios recados de que no había tal comisaría
regia ni cosa que lo valga, no conseguí disuadirle y siguió aferrado
a su inocente chifladura, encerrado en su casa, donde concurría
diariamente a darle tertulia el elemento joven tradicionalista de
Marineda. Esta tertulia era su consuelo, su solaz y su compensación.
Con esta tertulia me hacían la oposición a mí.
En efecto, ¿qué bálsamo para sus heridas
morales como saber a ciencia cierta que el día de San Carlos
Borromeo; el de Santa Margarita, reina de Escocia; el del Apóstol
Santiago, patrón de las Españas, y el de Nuestra Señora de las
Nieves, en su casa se juntaban para salir a oír la misa; en su casa
era donde se celebraba la ceremonia oficial del besamanos, y en su
casa se redactaba y firmaba el mensaje de felicitación? ¿Qué
comisario regio era yo, cuando nadie se acordaba de mí para presidir
estos actos tan serios y tan interesantes a la vida del partido?
¡Ah! A despacho de los contrafueros de Robledal, el verdadero
comisario regio... bien, bien se comprendía dónde estaba.
En los años de retraimiento que corrieron
sin que yo viese al señor de Boina, ocurrió un hecho curioso, de
esos que parecen bromas de la casualidad. Habitaba el señor de
Boina, según queda dicho, en un caserón de la calle de la Angustia,
la más costanera, pedregosa, húmeda y antigua de Marineda, si se
exceptúa la de la Sinagoga, más fea todavía. El tal caserón, que
cualquier arquitecto declararía ruinoso, era, sin embargo, bastante
claro y de condiciones higiénicas superiores a las de las casas
nuevas marinedinas; pero por encontrarse sito en aquella calle
extraviada y melancólica, costaba la mitad menos, y con unos cuantos
realitos diarios podía el señor Boina permitirse el lujo de un salón
donde celebrar sus recepciones oficiales. Pues bien: el segundo
piso, igualmente barato y destartalado se vino a vivir ¿quién dirán
ustedes? El señor don Pedro del Morrión, en persona.
Desde la Revolución, este héroe, mandado
retirar lo mismo que el partido progresista, en cuyas filas formaba,
y tan pasado de moda como la milicia, se había ido acartonando y
quedándose hecho una castaña pilonga. La edad, que traía a don Juan
un desarrollo majestuoso y pletórico de los tejidos y de las formas,
secaba y reducía al ex abogado y ex bullanguero. Aquella vivacidad
antigua suya remanecía, sin embargo, en sus movimientos y
gesticulaciones, y, sobre todo, en su fogoso corazón, que conservaba
todo el calor de los tiempos juveniles, por más que las facultades
intelectivas y el vigor físico anduviesen muy desmayados. No se
había entibiado un punto el ardor de sus convicciones; aborrecía más
que nunca a los que seguía llamando facciosos; para él había un
espectro; la teocracia, y cuanto en España ocurría de malo, que era
casi todo, lo atribuía a manejos de los jesuitas y a intrigas de la
gente negra. La pura verdad es que nadie le hacía caso, y que se le
tomaba a broma en todas partes, no tanto a causa de sus opiniones,
ni más discretas ni más tontas que las de la mayoría de los
políticos de casino, sino porque la mucha edad, cuando no es augusta
por el genio, por el nacimiento, por la virtud, tiene algo de
cómico, máxime si no la sazona y condimenta la sal de la experiencia
y del desengaño. Lo que a los veinticinco fue base de la popularidad
de don Pedro, a los setenta y pico largos hacía sonreír hasta a la
gente benévola. Así, la prenda elegante que un tiempo realzó la
hermosura, pasa a ser disfraz carnavalesco y divierte por su
extravagancia.
Lo triste para don Pedro era verse, a sus
años, tan solito; porque aquellos amigotes de logia que le ayudaron
a divertirse con don Juan, cuando lo de la Rápita, se habían ido
muriendo -claro está, como que contaban las mismas Navidades que el
famoso miliciano-. ¡Qué soledad la de los viejos sin hogar, sin
familia y hasta sin ese calor ficticio, pero animador y benéfico, de
las amistades políticas! Cada vez que don Pedro oía bajo sus pies el
rodar de sillas y estrépito de pisadas de los que acompañaban en las
largas noches de invierno al patriarca del tradicionalismo, y les
sentía bajar, metiendo bulla y riendo a carcajadas, la vetusta
escalera, una hipocondría profunda se apoderaba de él, y
envolviéndose en su vieja bata de tartán, único preservativo que
contra el riguroso frío usaba, y paseando de arriba abajo en su
desmantelado e inútil salón, daba vueltas al problema siguiente:
«Vamos a ver: yo conocí a ese búho de don
Juan Boina hace la friolera de cincuenta y tantos añitos. Ya
entonces sus ideas eran una ridícula antigualla, desterrada por la
esplendente luz del progreso. Desde entonces, en España, la causa de
la libertad ha ganado terreno siempre; hemos echado a los frailes,
consumado la desamortización, destruido los fueros, logrado la
libertad de cultos... y, sin embargo, ese esperpento, en vez de
quedarse arrinconado en el desván, se ha visto diputado, casi
personaje, y aún hoy, retirado de la vida activa, recibe corte;
vienen todas las noches seis u ocho personas de las más conocidas y
respetadas aquí a hacerle tertulia, se encuentra mimado, y halagado,
y hasta obedecido, y yo no sirvo sino para que se me rían en mi cara
cuando me atrevo a decir algo de política. Vamos a ver, repito:
¿quién ha sido aquí el bolonio? ¿Quién el loco y quién el cuerdo?
¡Cuándo pienso que él está rodeado de jóvenes! Ese caduco despojo de
edades oscurantistas, ¡con una escolta de muchachos! ¿Si retrocederá
el siglo en vez de avanzar? ¿Si seré yo un memo, y la santa libertad
una engañifa? Porque si hubiese justicia en la tierra, Marineda a
quien debía traer en palmas es a mí, el nacional veterano; y a ese
terco vejestorio servilón, encerrarle en la cárcel, donde otros
están con menos motivo.»
Es inexplicable la murria que estas
cavilaciones infundían a don Pedro. Tanto subió de punto que la
tertulia de abajo, con sus risotadas, sus taconeos, sus sillas
removidas y todo su alegre trajín vino a ser la idea fija del señor
de Morrión; idea que, ayudada por la debilidad mental y las manías,
compañeras inseparables de los años provectos, consiguió dar al
traste con la serenidad del vejete, persuadiéndole de que andaba
sobre un volcán, o, para decirlo más claro, de que bajo sus plantas
se tramaba alguna formidable conspiración semejante a la de Ortega,
y de la cual resultaría Marineda el centro, siendo foco del incendio
aquella misma casa.
«¡Ah lechuzos! -exclamaba para sí el señor
de Morrión-. A mí no me la pegáis. Vosotros no os reunís ahí tan
solo para hacerle el mondiú a ese melón de don Juan Boina. A otro
perro con ese hueso. ¿Si me acordaré yo de cuando, so color de
hacerle cocos a una muchacha, nos juntábamos a llenar cartuchos y
fundir balitas? Ya soy machucho y la experiencia me ha enseñado a
desconfiar. Aquí se trama algo... Pero yo lo descubriré o pierdo el
nombre que tengo.»
Lo cierto es que, después de tomada esta
determinación, don Pedro no volvió a aburrirse. Había encontrado eso
que se necesita a todas las edades, y más en la vejez: un objeto,
una distracción, en fin, una forma cualquiera de la actividad moral
humana.
Así que cerraba la noche, recatando la cara
con el embozo, agazapado en un ángulo del tenebroso portal, atisbaba
don Pedro a los tertulianos de su vecino y trataba de interpretar
las palabras sueltas que pronunciasen al tirar de la campanilla.
Después, tumbándose en el piso, pegando el oído a las rendijas de
los tablones, procuraba sorprender el cuchicheo de la reunión
oscurantista. Primero oía un murmurio acompasado y monótono, que
alternativamente se apagaba o sonaba con más fuerza: era don Juan
guiando el rosario de sus tertulios. Después notaba los
acostumbrados ruidos de arrastrar muebles; se organizaba la partida
de tresillo. Choques como de hueso con loza: las fichas. Carcajadas:
un codillo al patriarca dado por medio de unas trampas de lo más
irreverente. Y luego, lectura en alta voz, entrecortada por
comentarios, exclamaciones, protestas, gritos y disputas
interminables: era la lectura de El Siglo Futuro y de La Fe, no
incompatibles todavía en aquellos tiempos, si bien ya muy esquinados
y torcidos; como que no tardarían en arrojarse los platos a la
cabeza. Estos eran los ecos de la tertulia para un espíritu
desapasionado y observador; no así para el viejo maniático, que no
podía explicarse semejantes rumores sino atribuyéndolos a alguna
ocupación ilícita, perturbadora y completamente extralegal.
Una noche, sobre todo, llegó su excitación
al paroxismo a causa de un suceso inexplicable para él y que ocurrió
en el misterioso conciliábulo. Antes de referirlo, conviene advertir
que los asiduos cortesanos del señor de Boina, gente moza y de
festivo genio, iban cansándose de hablar y oír todas las noches las
mismas cosas; y encontrando que la tertulia pecaba de soporífera,
trataban de animarla con bromas y jugarretas. En los primeros
tiempos se habían portado con gran formalidad, mostrando sumo
respeto al patriarca; pero así como los sacristanes acaban por
familiarizarse con las imágenes y objetos sagrados, y andar entre
ellos como andarían entre cachorros o espuertas, ya los tertulios de
don Juan no veían en él al figurón respetable de su partido, sino al
viejecito chocho, con cuyas ideas estrambóticas se divertían en
grande. Era aquella una generación nueva, no educada para venerar, o
al menos infiltrada de ese virus de libre examen que funda la
veneración en la crítica: que si venera, quiere saber por qué, y a
quien en último término sólo se imponen positivamente la
inteligencia y el vigor. Así es que la casa de don Juan poco a poco
fue convirtiéndose para ellos de santuario en entremés, y cada día
ideaban una diablura diferente para solazarse a cuenta del
pobrecito. Empezaron por tomarla con la criadita del señor don Juan,
recomendada de un canónigo, que tenía la voz monjil y el andar muy
repulgado, que saludaba diciendo: «¡Ave María purísima!», y que era,
en opinión de don Juan Boina, la suma de las virtudes y el paraninfo
de la castidad: flaquezas de juicio frecuente en los viejos que
toman a su servicio muchachas. Para quemarle la sangre al señor
Boina, nada como decirle chicoleos a su Verónica.
-Es un cargo de conciencia, señores
-gruñía, poniéndosele la nariz colorada como el moco de un pavo-.
¿No comprenden ustedes que esa muchacha es la inocencia misma, que
perturban ustedes su virginal corazón? ¡Una chica que se proponía
entrar monja y ha dejado el convento para servirme! ¡Buen ejemplo y
buena seguridad la que disfruta bajo mi techo! Señores, esto no
puede seguir así. Al que diga algo atrevido a Verónica... se le
expulsa, señores, se le expulsa.
Con esta orden draconiana tuvieron materia
de diversión para rato. Es de saber que el señor Boina era el más
desgraciado mortal del mundo cuando le faltaba un tertuliano; y hubo
de observar con disgusto que alguno de ellos no parecía en tres o
cuatro días por la tertulia.
-¿Qué tendrá el señor don Feliciano
Mosquera? ¿Estará enfermo?
Guardaban silencio los cómplices, hasta
que, apremiados por las preguntas y la aflicción del señor Boina,
bajaban la cabeza y contestaban como avergonzados:
-Señor don Juan, Mosquera no se atreve a
ponerse delante de usted... Tuvo la desgracia de echarle flores a
Verónica..., y como usted ha sentenciado a expulsión al que en tal
error incurriese...
Esta explicación la daba con aire gazmoño y
voz contrita el joven abogado Martín Gómez Canido, el tertuliano de
aspecto más modesto y formal, y en el fondo el más terrible guasón
de cuantos mareaban al patriarca. Y don Juan solía contestarle,
echándola de magnánimo:
-¡Jesús, María Santísima..., qué frágil es
la humana naturaleza! En fin, por esta vez dígale al señor Mosquera
que venga, que le echamos muy en falta... Pero con condición de que
no reincida. ¡Si reincide...!
Agotada ya la vena de los requiebros a la
sirvienta, discurrieron otra humorada sobre el mismo tema, y fue
asegurarle a don Juan que su criada estaba ferida de punta de amor
por él, lo cual la traía a mal traer, llena de escrúpulos y con el
alma toda acongojadica.
-Señor don Juan, usted no sabe lo que es
una muchacha sensible. Claro, la ponen a la infeliz al borde del
abismo; la traen a vivir en compañía de una persona como usted, con
ese prestigio y esa fascinación que ejerce sobre cuanto le rodea; me
la colocan, como quien dice, sobre el barril de pólvora..., y no
quieren que salte, Señor don Juan, tiene usted sobre su conciencia
un gran peso. Ha envenenado usted la existencia de esa desgraciada.
Antes de conocerle a usted sólo pensaba en Dios, y ahora...,
figúrese usted en lo que pensará.
A lo que respondía don Juan, cayéndosele la
baba en hilos hasta la pechera:
-Son ustedes unos exagerados, señores. Una
joven tan virtuosa no deja fácilmente que se la apoderen de las
potencias las pasiones desenfrenadas. Con las prácticas cristianas
de Verónica..., pues, vamos, no puede ser. Yo no digo que no tenga
su sensibilidad lo mismo que cualquiera; todos somos..., en fin,
somos mortales, no somos nada; pero la virtud siempre se levanta por
encima de las asechanzas de esta carne maldita...
Viendo los empecatados bromistas la
credulidad del buen señor, recargaron el cuadro:
-Señor de Boina: mucho sentimos dar a usted
una mala nueva...; pero el cariño que le tenemos nos obliga...
Nosotros debemos velar por su buena fama de usted. No conviene que
el ilustre jefe del partido tradicionalista se vea tildado...
Aquí el señor Boina fruncía el sobrecejo,
se echaba atrás con dignidad y articulaba con énfasis:
-Ustedes dirán, señores.
-Pues se trata de que, con motivo de esa
pasión que por usted siente la infeliz Verónica..., anda por ahí
cada cuento y cada chisme y cada historia... imponente.
-¿Qué me dicen ustedes, señores? Yo no sé
lo que me pasa... ¿Están ustedes seguros?
-¡Toma! -replicaba Martín Gómez-, ¡que si
estamos seguros! El director de El Pimiento Picante nos enseñó hasta
el proyecto de caricatura que va a publicar contra usted. Sale usted
de Fausto, y Verónica, de Margarita. Por supuesto que, si tal hace,
le rompemos un alón; pero el escándalo..., el escándalo no se evita.
-Pues el escándalo es lo que conviene
evitar, señores...
Y don Juan dejando caer la cabeza,
incustrando la quijada en el pecho, desmayando la fisonomía,
pareciera, efectivamente un búho atontado si no le faltasen los
redondos ojos melancólicos que dan a esta ave nocturna aspecto tan
grave y reflexivo. No inspiró lástima a los bromistas la actitud
doliente del patriarca; lejos de eso, continuaron poniéndole la
cabeza como un bombo, refiriéndole murmuraciones de vecindad y
supuestos planes maquiavélicos de los librepensadores marinedinos, a
fin de sorprender en malos pasos al mayor enemigo del liberalismo en
Marineda: al eximio don Juan.
-¿A qué no sabe usted -insinuaba Gómez
Canido, bajando los ojos, como siempre que iba a soltar una gran
bellaquería- quién propala todas esas especies de ofensivas para el
decoro de usted y, en general, de nuestra comunión? Y, claro,
viniendo de tal origen, las cree todo el mundo..., figúrese. ¿No
sospecha usted a quién me refiero?
El señor Boina, relampagueando con los
ojos, alzaba el índice y lo movía de arriba abajo, pronunciando al
mismo tiempo:
-Ya estoy, ya... Ese galafate del piso
segundo...
-¡Ajá! Justamente. Don Pedro del Morrión es
quien corre la voz de que si usted y Verónica...
Gómez completaba la frase poniendo
horizontales los dos índices de la derecha y la izquierda, y dando
en la yema del uno con la del otro repetidas veces.
-Hombre -articulaba, al fin, el señor de
Boina-, a ese bicho malo convenía... sí, convenía que ustedes... me
lo desalojasen de ahí. Si les he de ser a ustedes franco..., yo no
estoy enteramente tranquilo con semejante vecindad. Una calumnia...,
como ustedes dicen muy bien..., procediendo de un inquilino de la
misma casa..., rueda y se divulga y tiene autoridad.
-Que sí; se lo correremos a usted de ahí.
¡No faltaba otra cosa! ¡En la misma casa de nuestro ilustre jefe ese
revolucionario! No, no...; déjelo usted de nuestra cuenta.
Así estaban los dos inveterados enemigos:
rebosando indignación, refrescadas sus antiguas discordias por la
proximidad y atravesando con su ira el piso de carcomidas tablas que
los separaba; la suerte que sus miradas no eran lanzas ni puñales;
que si no, poco hubiese tardado en clavarse, pasando la débil valla,
en ambos cuerpos.
En tal ocasión fue cuando los tertulianos,
cansados de revolverle al señor de Boina armarios y alacenas para
sacar a luz estrambóticas antiguallas; de hacer rabiar a Verónica en
la cocina robándole los postres o escondiéndole el vino; de atarle
al gato latas en el rabo y de volver los cuadros cara a la pared,
idearon cierta infantil travesura, más propia de chicos del
Instituto que de hombres barbados; y fue meter una rata enorme de
las que en Marineda se llaman «lirios», en una cajita de madera,
que, sellada y precintada, hicieron entregar por un mozo, diciendo
que era un encarguito venido por la diligencia compostelana. La
orden fue que el encargo se trajese cuando estuviese reunida toda la
tertulia; y mientras don Juan sostenía la cajita en las manos sin
resolverse a abrirla, dando vueltas al rótulo y discurriendo, según
costumbre, si el regalo sería del señor penitenciario de Lugo o del
primo Jacinto María, los tertulianos se empujaban con el codo y
ahogaban la risa pellizcándose las manos o mordiéndose los labios.
Por fin, don Juan determinó abrir, con gran prosopopeya, la caja, y,
¡pif!, saltó la rata hecha un basilisco, arrastrando más de treinta
varas de bramante delgado con que le habían atado una patita y a
cuyo extremo opuesto estaba sujeta la caja. Es indecible la
confusión y algarabía; los chillidos de don Juan, que tenía un miedo
cerval a las ratas; las carreras de los tertulianos para atrapar al
animalejo, los brincos y fuga desesperada de éste; sus ascensiones a
los muebles más altos; su refugio tras de una cortina; su trágica
muerte a espadín, que fue el arma que más pronto se hubo a mano en
el arsenal del señor Boina...
Arriba, don Pedro del Morrión, con el oído
pegado al piso, el corazón en prensa y la respiración anhelosa, no
podía darse cuenta del motivo de tan tremenda algazara.
-A alguno persiguen, es evidente; a alguno
acosan; pero ¿a quién? -y de pronto, saltando como si el espadín que
abajo consumaba la ejecución del asqueroso bicho le hubiese
atravesado a él los riñones, exclamó-: ¡Caramillo! Ahí gritan
¡«muera»! ¡Se me eriza el cabello! ¡Ah!, no en vano decía yo que
aquí hay más que una inocente tertulia. Aquí se conspira; aquí... se
llega hasta el crimen.
Y al escuchar una voz que desde abajo dijo
clara y distintamente: «Ya murió», el pobre hombre, tan sorprendido
como si no acabase de anunciarlo, se quedó absorto, paralizado de
horror.
Hay que insistir en que las potencias
intelectuales del señor del Morrión habían ido debilitándose mucho
con la edad, pues, de otro modo, no era posible que dejase de
comprender, reflexionando serenamente, lo que bajo sus pies
acontecía. Pero la edad enflaquece el juicio, y a don Pedro se le
caían, de puro viejo, los calzones. Es indecible la trágica
impresión que produjeron en su espíritu aquellos «mueras» y aquél
«ya murió», oídos resonar, entre el silencio nocturno, en un caserón
fantásticamente grande, donde cualquier ruido se agiganta y
cualquier hecho se dramatiza. Don Pedro se acostó calenturiento y
tiritando de fiebre: no pudo pegar ojo en toda la noche; lidió con
mil pensamientos: de rencor y venganza los unos, de hidalguía los
otros; hasta que a la siguiente mañana, apenas despachado el
mezquino desayuno y vestídose el gabán de paño de pólvora y tomado
el bastón de muleta bajó las escaleras y llamó con energía a la
puerta de su enemigo.
¡Momento solemne en la existencia de
entrambos! No se habían hablado nunca; no se conocían el metal de
voz; y cuando don Juan vino a abrir en persona, porque la criada
había salido al mercado, los adversarios y antiguos rivales se
miraron con estupor consiguiente a aquella rara entrevista. Don Juan
parecía una visión del otro mundo en el negligé matutino, con su
elástica de franela amarilla, su gorro negro y sus babuchas; y don
Pedro, al acercársele, sintió una mezcla de aborrecimiento, de
asombro y, fuerza es decirlo, de consideración involuntaria. No
obstante, entró con paso marcial, sin saludar más que por medio de
un «felices días» seco y áspero. Pasó al salón, y ante el silencio
orgulloso e interrogador de don Juan, que le miraba con altanería,
perdió el aplomo, turbóse y balbució:
-Ya comprenderá usted el objeto de mi
visita... Hay cosas que le ponen a uno en compromisos muy serios...,
¡muy serios! Cuando uno es caballero y lo ha sido toda su vida... El
papel de delator es odioso... Y, al mismo tiempo, la conciencia de
los deberes de ciudadano y de hombre honrado..., ¡de hombre
honrado!, porque me precio de serlo...
-Haga usted el favor de explicarse
inmediatamente -pronunció don Juan, que estaba purpúreo, y cuyas
masas de carne temblaban como gelatina puesta en el plato.
-Que..., que si usted sigue celebrando aquí
reuniones sediciosas que den lugar a escenas tan horribles como la
de anoche, con mucho ¡con mucho! sentimiento mío me veré precisado
a..., a... delatarle a las autoridades. Ya lo sabe usted, ¡ea!; ya
lo sabe usted..., ya lo sabe. La ley ante todo..., la ley. Se
inclinarán ustedes ante la ley..., mal que les pese. Tendrán ustedes
que disolverse y... que respetar el orden establecido.
Todo el cuerpo de don Pedro vibraba a
impulsos de la pasión interior; sus pupilas centelleaban, sus labios
se contraían convulsos; sus mejillas estaban lívidas. Por impulso
unánime los dos viejos se levantaron, y andando un par de pasos
trágicamente, se quedaron a muy poca distancia el uno del otro. Se
comían con la vista, y sus puños se crispaban. Al fin, don Juan
rompió a hablar, trabándose de lengua.
-¿Con que..., con que usted me toma en
boca... a la ley? ¿A la ley... eh? Usted... liber... libertino, la
ley..., la ley... ¿Y qué ley reconoce un difamador..., ateo, como
usted? ¿Eh? ¡La ley del..., del cerdo!
-Y usted..., hipócrita..., ¿porqué llama a
los demás ateos?... Creemos en Dios... más que usted. ¡Usted...,
bajo esa capa de religión, encubre... delitos, delitos como el de
anoche! ¡Ateos nosotros..., los liberales de... siempre! ¡Nosotros
no somos capaces de... acogotar a..., un ser humano! ¡No somos a...
asesinos!
-¿A quién..., a quien he asesinado yo...,
calumniador, disoluto?
La verdad es que don Pedro no lo sabía, a
pesar de lo cual, penetrado de su razón, se empinó en las puntas de
los pies, porque no era muy alto, cerró los puños y, hecho ya una
fiera, anduvo, anduvo, anduvo hasta metérselos a don Juan por la
cara... Y con voz que tenía todo el timbre de los años verdes,
gritó:
-¿Qué a quién? ¡A la Libertad..., y... a...
tu santa esposa..., mamarracho!
Una pálida criatura, ya reducida a polvo,
surgió de repente entre los dos hombres. ¡Quién le dijera que aún
podían acordarse de ella en el mundo de los vivos! Y don Juan,
enarbolando una silla, aulló más que contestó:
-¡Yo te daré la esposa..., seductor, ladrón
de honras ajenas!
Al querer descargar el silletazo, las
fuerzas del viejo le hicieron traición, y enredándose en los pies
cayó de bruces, desplomado, contra el suelo.
..............................
Dad un empujón al muro vetusto y ruinoso y
se vendrá a tierra. Así sucedió a aquel par de estantiguas. Ninguno
de los dos pudo resistir la descarga eléctrica del odio acumulado
tantos años. Casi al mismo día enfermaron y se encamaron para no
levantarse más. Una diferencia curiosa hubo, sin embargo, entre sus
últimos instantes, y es preciso consignarla para dar a cada uno lo
suyo, según manda la justicia.
Apenas vislumbró don Pedro que la cosa iba
de veras, llamó a un sobrino suyo, única persona que velaba a su
cabecera, acaso atraído por el olor del testamento, y murmuró a su
oído con gran misterio y humildad, como quien pide una gollería:
-Anda a buscarme... un confesor
-¡Tío, qué disparate! No parece sino que se
va usted a morir mañana.
-Que me busques un confesor te digo..., y
basta que yo lo diga, que ahora no es ocasión de bromas. Mira...,
tal vez esté ocupado el cura de la parroquia... Si está..., me
traes..., me traes..., aunque sea..., aunque sea un jesuita... Ahí
cerca creo que viven.
Un jesuita vino, en efecto, y él preparó
aquella alma para salir, sin duda alguna, a vida mejor y más
hermosa. Cuando el padre se encontraba enfrascado en su santa faena,
haciendo repetir al moribundo los actos de fe, llamóle
precipitadamente a la antesala un tertuliano de los más fieles de
don Juan, que venía afligidísimo, pues a vueltas de diabluras y
judiadas habían llegado todos a cobrar al patriarca un apego y
cariño piadoso.
-Se nos va por la posta -dijo el
tertuliano, que no era sino Mosquera-. Tememos que no pase de esta
noche; y mire usted, padre, por más raro que a usted le parezca, nos
encontramos con que no hay medio de meterle en la cabeza que debe
confesarse. Ni indirectas del padre Cobos, ni directas, ni nada
sirve con él; indudablemente que era muy buen cristiano y su
conciencia estará limpia; pero de todas maneras como está es la de
vámonos...
-Comprendo y no me admira eso tanto como
ustedes imaginan -cuchilleó el hijo de Loyola-. Bajaré en cuanto me
sea posible, y ya se arreglará el asunto; pero en este instante...
Y con la cabeza señaló hacia la alcoba de
donde acababa de salir.
-¿Y... ése? -preguntó Mosquera.
-¡Ah! Perfectamente, gracias a Dios...;
perfectamente. En realidad, puedo decirlo..., una muerte edificante.
Con permiso de usted... Allá me vuelvo. La sábana mortuoria cubría
ya la faz de don Pedro cuando el confesor empezó a trastear a don
Juan para hacerle entender que era ocasión de prepararse para el
viaje eterno, del cual nadie ha regresado, y el ejemplo y el fin del
miliciano nacional fue asunto de la exhortación con que dispusieron
a bien morir al hojalatero, absolutista. Costóle mucho trabajo,
pero, al fin, no tuvo remedio sino de enterarse de la más
desagradable noticia: desagradable siempre, hasta a los ochenta,
hasta en el fondo de un calabozo, hasta al que nada espera ni de
nada sirve, que tal es la ley natural y ninguno puede eludirla.
Don Pedro y don Juan fueron enterrados, con
diferencia de horas, en dos nichos contiguos, queriendo la suerte
que ni en el cementerio separasen su morada. Atravesando el tabique
que los aísla ¿riñen todavía sus espíritus? Al sentirse tan cerca,
¿crujen de rabia sus huesos en el fondo del ataúd?
Bien quisiera saberlo... y también quisiera
sospechar qué diría don Juan Boina, si levantase la cabeza, del
cisma que se ha movido entre los tradicionalistas desde hace un año.
¿Seguiría a la progenie de Robledal o a don Carlos de Borbón? |
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Las tapias del Campo Santo
Entre todas las tiendas de que se compone el comercio
marinedino, la más humilde, anticuada y estacionaria es la de Bonaret, el
quincallero. Increíble parece que el patrón de aquel zaquizamí sea un mestizo de
francés y catalán, dos razas tan mercantiles y emprendedoras. Acaso la
explicación del problema consista en que dos fuerzas iguales, al encontrarse, se
neutralizan.
Para el observador no carece de interés -de interés
simpático- la tienda de Bonaret. Contrastando con los magníficos vidrios
biselados, los relucientes bronces, las claras bombas de cristal raspado y las
barnizadas anaquelerías que poco a poco, van echándose los demás industriales de
Marineda, la quincallería conserva sus maderas pintadas toscamente de azul, sus
turbios vidrios de a cuarta, su piso de baldosa fría y húmeda, sus sillas de
Vitoria y su papel, despegado en parte, de un color barquillo, que el tiempo
trueca en tono arcilloso indefinible. El escaparate (si con tanta pompa ha de
calificarse la delantera de Bonaret) luce -en lugar de crujientes sedas y
muebles terciopelos, cacharros artísticos o sombreros recargados de plumas-
algunas sartas de cuentas verdes, cajitas de cartón llenas de abalorio, naipes
bastos, tijeras enferrizadas, navajillas tomadas de orín, madejas de felpa y
estambre para bordar...: todo atrasado de fecha medio siglo, cubierto de un tul
gris por el polvo; en términos, que los ojos perspicaces y burlones de los
ociosos marinedinos comprobaron diariamente los progresos del tapiz que tejía
una gruesa araña, muy pacífica, en el ángulo izquierdo del escaparate.
La impresión que produce la tienda de Bonaret es la de
un lugar solitario, donde no entra alma viviente; y, en efecto, rarísima vez se
acerca la clientela al mostrador. Cuando las señoras de Marineda inventan una
labor caprichosa o necesitan para un disfraz carnavalesco algún objeto pasado de
moda desde hace treinta años lo menos, se acuerdan de Bonaret, y van a
revolverle la casa. Son días nefastos para la araña tejedora; días en que el
polvo y las correderas ven comprometida su tranquilidad. Que a la magistrada, la
brigadiera o la cónsula le entra antojo de tal cachivache..., pues Bonaret sea
con nosotros. Es indecible los tesoros que puede esconder una quincallería entre
su complicado y heteróclito surtido. ¿Que se estilan hebillas de acero en los
cinturones? Bonaret desentierra tres o cuatro. ¿Qué se bordan de canutillo las
blondas? Lo tiene Bonaret. ¿Qué vuelven a llevarse los abanicos antiguos, de
«medio paso»? Bonaret saca del fondo de una alacena cajitas de cartón dorado, y
allí están los abanicos de nácar chapeado de oro, con paisajes de la época
imperial.
Bonaret era un hombre enfermizo y triste. Dormilón para
el negocio, vendía, al parecer, por condescendencia; al recoger en el cajón el
dinero, suspiraba. No sostenía regateo; no defendía el género, y tan pronto daba
por tres pesetas un abanico de estimación como reclamaba un duro por un ovillo
de algodón encarnado. En su rostro marcara indelebles señales la ictericia; y ni
en tiempo de verano riguroso prescindía de la gorra de seda y las babuchas de
abrigo. Vivía con sus dos hijas; su mujer había muerto de tisis pulmonar.
La hija mayor, Joaquina, ya talluda ofrecía, en lo
largo, insulso y verdoso del semblante, cierta semejanza con un calabacín, y por
lo desgarbado del talle era un palo vestido. De su bondad se hacía lenguas la
gente. Con todo, ignorábase que hubiese ejecutado ninguna acción reveladora de
excepcional virtud, y probablemente su buena fama procedía de su resignada
fealdad y soltería incurable. La menor, Clara, sin dejar de parecerse a
Joaquina, tendría singular atractivo para un artista delicado de la escuela
mística anterior a Rafael. El óvalo muy prolongado de su cara exangüe descansaba
en un cuello finísimo, verdadero tallo de azucena. Sus ojos, asombrados y
cándidos, eran pensativos y profundos a fuerza de ser puros. La inmensa frente
ostentaba el bruñido del marfil y la luz de la inocencia. Sobre un cuerpo
delgado y de rígidas líneas, el seno virginal, redondo y diminuto, campeaba muy
alto, como el de las madonas que en las tablas del siglo XV lactan al Niño
Jesús.
En Marineda no se le había ocurrido a nadie que fuese
bonita Clara. Y, en realidad, no lo era sino vista su figura al través de la
imaginación excitada por recuerdos artísticos y convencionalismos estéticos.
Además, la hermosura en Marineda abunda como antaño el dinero en La Habana, y
sobran muchachas frescas, guapetonas y airosillas a quien hacer guiños. Por otra
parte, ni Joaquina ni Clara se dejaban ver en parte alguna; su tienda les servía
de claustro. Ni bajaban los domingos al paseo de las Filas, cuando toca la
música militar, ni jamás compraban dos asientos de «galería» en el Coliseo, ni
asistían a los bailes del Casino de Industriales, ni siquiera iban a misa de
tropa. Vivían lo mismo que en su concha el caracol. A nadie trataban. Su
recreación dominical consistía en leer -mientras su padre hacía solitarios sobre
el desteñido tapete de la mesa- cuadernos de folletines franceses, todos sucios
y destrozados, recortados de este y aquel periódico, cosidos de cualquier manera
por no gastar en encuadernación y, a lo mejor, faltosos del primer capítulo o
del desenlace.
Aquellas dos arrinconadas criaturas, cuya existencia
equivalía a un sonambulismo incoloro, melancólico a fuerza de monotonía;
aquellas dos plantas que se ahilaban en la atmósfera polvorienta del mísero
tenducho, no pudiendo alzar su copa hacia el sol, se volvían afanosas hacia las
luces de bengala de la fantasía novelesca. Las aventureras damiselas de Walter
Scott; los castísimos amantes de Bernadino de Saint Pierre; las altivas e
independientes heroínas de Jorge Sand; las perseguidas y galantes reinas de
Dumas, les tenían devanados los sesos a ambas hermanas. Creían todo sin examen,
mejor dicho, «sentían» todo, y no se les ocurría ni reflexionar en si las cosas
pasaban así en el mundo en general y, particularmente, en la capital marinedina.
El resto de la semana, mientras las dos doncellas, por modo automático, ayudaban
a su padre a despachar tres adarmes de torzal o un papel de alfileres con cabeza
de vidrio, su mente, y casi pudiera decir que toda su alma, la tenían, vaya
usted a saber si en algún lago de Escocia, debajo de un platanero en la isla de
Francia o colgada del manto del duque de Buckingham. Y era lo peor de esta
guilladura que las dos hermanas ni aun entre sí hablaban de ella. Cada una
archivaba sus pensamientos, y seguía, en apariencia, tranquila y apática,
sentada en su rincón al lado del silencioso padre.
A bien que por allí no andaban galanes escoceses de
pluma en gorra. Los ojos de Clara y Joaquina, al fijarse en los transeúntes por
la calle Mayor, reconocían perfectamente a cada burgués marinedino: el que pasa
ahora es Realdo, el lampista; síguele Taconer, el armero; el otro, Casaverde,
concejal y fabricante de cerillas; aquel, Baltasar Sobrado, antes militar, hoy
de reemplazo y al frente de su casa de comercio; luego, Castro Quintás, que
expende petróleo y aguardiente de caña al por mayor. ¡Imposible representarse a
Edgardo de Ravenswood en figura de alguno de estos tan apreciables convecinos!
Menos tipo de héroe de novela, si cabe, era el de don
Atilano Bujía, tendero de ultramarinos establecido frente por frente al tugurio
de Bonaret. Chiquito, arrebolado de cutis, bigotudo, peludo, de voz atiplada y
muy tripón, don Atilano pasaba, no obstante, por furioso tenorio, y ni casadas
ni solteras se veían libres de sus empresas galantes. Hubo una temporada en que
no se sabe qué viento le llevó con suma frecuencia a casa de Bonaret. Siempre
encontraba pretexto a la visita, y en presencia del mismo padre se familiarizaba
groseramente con las muchachas, en especial con Clara, objeto de sus baboseos
lascivos. Las muchachas se apartaban de su contacto como del de un sapo
venenoso, y el padre, indiferente al principio, agarró un día una silleta para
rompérsela en las espaldas. La causa no se supo jamás. Hubo sospechas de que
Bujía osó ofrecer a Bonaret algún dinero «para salir de hambres». Fuese lo que
fuese, Bujía no aportó más por el tenducho, y ahora se le achacaban libertinos
propósitos respecto de una zapatera, muy guapa, rubia como unas candelas y
legítima esposa de un esposo joven y buen mozo, por añadidura.
La desaparición de Bujía satisfizo a las dos hermanas,
que sentían por él aversión y el miedo indefinible que causan a las doncellas
absolutamente castas los hombres disolutos, por más grotescos e inofensivos que
sean. Y desde entonces, cuando veían que les suscitase una idea cómica -el bombo
de la murga, el faldero de la brigadiera-, lo comparaban a don Atilano.
-¡Qué facha! Parece Bujía -murmuraba Clara, sonriendo
pálidamente.
Poco tardó, sin embargo, en borrarse el recuerdo del
ridículo industrial ante un suceso gravísimo, único, que señalaba honda huella
de luz en el alma juvenil de Clara. Vio a un hombre, cuyas prendas exteriores
podían servir de cimiento al palacio de cristal de la ilusión..., y se enamoró
de él, mejor dicho, cayó en el amor como en un pozo, atada de pies y manos,
indefensa, loca.
No nos importa su nombre... Clara no lo supo tampoco
hasta meses después de haberle rendido a discreción la voluntad. ¿Quién había de
decirle aquellas dulces sílabas? Con nadie hablaba Clara; nunca salía, y «él»
era forastero, recién llegado a formar parte de la guarnición de Marineda. Todas
las tardes, la hija de Bonaret veía a su ídolo, ya ceñido por el brillante
uniforme, ya elegantemente vestido con chaqueta de terciopelo y calzón de punto
gris, al trote de su caballo bayo de pura sangre; y sin poder detallar las
facciones del gallardo oficial, la deslumbraba el relámpago de sus ojos, que al
paso se clavaban rápidamente en el rostro de la niña. Viérais entonces a ésta
cambiar su tez de marfil por otra de encendidísima amapola; y este rubor
ardiente, instantáneo, que ascendía como ola vital a aquella frente tan honesta,
sería para el jinete -si lo pudiese comprender- cosa más dulce y lisonjera que
todos los triunfos obtenidos sobre adversarios duchos en rendirse y contra
fortalezas que rabiaban por facilitar al sitiador sus llaves.
¿Adivinó algo de esto el jinete? ¿Fue tan solo efecto
de la inveterada costumbre de no dejar hembra sin ojeada, por si acaso? Lo
cierto es que sus miradas eran intensas, constantes, fascinadoras. Clara
aguardaba aquel mirar como el pan de cada día. La alimentaban los ojos de su
absoluto dueño. Esperaba, con la fe mesianista de los seres humildes y
olvidados, que el jinete, parando el generoso corcel, le dijese: «Pues, nada,
que ahora te encaramas a la grupa y te vienes conmigo». ¿Adónde? ¡Bah! A donde
él mandase: a Melilla, a Filipinas, a Fernando Poo...; ¡siempre sería a la
gloria!
Tan tenaz se hizo en Clara esta obsesión, que
secretamente, con fuerza de voluntad espantosa, realizó sus preparativos de
viaje. Del mísero presupuesto de la familia ahorró real tras real una irrisoria
suma y la cosió entre el forro de un abrigo que tenía siempre colgado al pie de
su lecho. Destinaba aquel caudal a la adquisición del indispensable saquillo y a
la de un velo tupido para cubrirse el rostro. Lo que no se presentaba era la
ocasión de salir de ocultis a todas esas compras urgentes. Sin embargo,
acechándola bien...
Aracne silenciosa que labrabas tu tapicería en el
rincón del tenducho, ¡cómo te avergonzarías si pudieses ver los bordados de
seda, plata, perlas y orientales rubíes que una labrandera rival tuya, la
ilusión, recamaba en el cerebro de Clara Bonaret! Misterioso abrazo; fusión de
dos espíritus simbolizada por dos cuerpos juveniles y hermosos; abrazo que nunca
te manchas con el barro de la sensualidad; poema de estrofas rimadas por
caricias de ángeles; viaje a la tierra donde la materia no existe, donde no hay
prosa, donde se anda sin tocar el suelo, donde las flores narran consejas a la
luna... Ensueño divino que unge y mata al que en sí lo lleva, ¡cómo hervías,
cómo te elevabas en columna de oro del espíritu de Clara Bonaret al cielo, tu
verdadera patria!
Un día el jinete no pasó. Clara se acostó febril. No
cabía duda: ocupaciones o enfermedad... Tampoco al día siguiente se oyó el trote
del caballo arrancando chispas de las piedras y del corazón de Clara. Ni al
otro, ni al otro... Una semana había transcurrido.
La niña no se tomó el trabajo de inventar pretextos.
Así que no pudo más, cogió las vueltas a su padre y hermana; atravesó
rápidamente, sin avergonzarse, la calle Mayor, donde algunos transeúntes,
conociéndola, la miraban con extrañeza; bajó hacia el Páramo de Solares y se fue
derecha como un dardo al cuartel. ¿Al cuartel? ¡Vaya! A peores sitios iría ella
sin vacilar. El centinela la detuvo, preguntando un instante, medio guasón y
medio solícito, qué quería. «Saber dónde vive...» (Aquí el nombre, que no nos
importa). Como el soldado no acertase a responder y pasase por allí un sargento,
fue éste quien sacó de dudas a la enamorada: «Ese señorito hace más de ocho días
que largó de Marineda. Siempre quiso ir destinado a Sevilla, y tanto trabajó,
que lo consiguió por fin. Si tiene algo que decirle..., escriba».
¡Escribir!
Clara no articuló palabra alguna. Dio media vuelta se
echó a la cara instintivamente el velo del manto y rodeó el lado derecho del
cuartel, en dirección opuesta a su casa.
Volver a ella no lo pensó ni un segundo. En medio del
caos de su pobre meollo, quizá la única idea concreta y dominante era huir,
alejarse mucho de su casa. Su casa era un limbo gris, una tumba de vivos. Su
casa..., ¿y no ver pasar el jinete? Para ella todo se había concluido, todo; no
encontraba fondo en que asentar la existencia ni razón para continuarla. Esto no
lo discurría; lo sentía dentro, bajo el dolorido seno izquierdo, en la apretada
garganta, en la vertiginosa cabeza.
Iba andando lentamente, lo mismo que si se recrease en
pasear. Era, en realidad hora de gozar plenamente la hermosura y calma de la
tarde. En las callejuelas que siguen al cuartel, la proximidad de la noche
infundía paz; los chiquillos se recogían a cenar y a acostarse; un soplo fresco
y salitroso venía de la costa y en la capillita pobre, frecuentada únicamente
por pescadores, el esquilón convocaba al rosario.
Clara andaba y andaba maquinalmente. No sentía, al
avanzar, la flexión de sus piernas. Tenía la sensación de caminar sobre algodón
en rama, con la frente hecha un horno y la boca seca y untada de hiel.
De súbito, se paró. Había recorrido toda la calle del
Faro, y al concluirse las casas se le aparecía la extensión sin límites del
Océano.
En aquel punto no estaba azul, sino verde, de un verde
negro casi, pero sereno, con admirable serenidad. Sobre la cima de los montes
fronterizos asomaba una encendida luna, envuelta en rosados vapores. Clara
permanecía quieta, paralizada, invadida de repente por un dolor agudísimo. No
acudieron a sus ojos las lágrimas, pero sí a su garganta un sollozo ronco, un
anhelo de ave herida de muerte por el plomo del cazador.
Sus ojos se fijaban en el disco saliente de la luna. El
hermoso astro, al asomar, relucía enorme, incandescente, glorioso. A medida que
iba ascendiendo su inflamado color palidecía. Al fin se convirtió en placa de
oro pálido, y poco después, en la blanca faz de un muerto. Tal le parecía, por
lo menos, a Clara, que no pudo menos de establecer, sin expresarla o darle
forma, una comparación instintiva entre la suerte de sus afectos y aquella
poética decadencia sideral.
Así eran las cosas: extinguido el fuego, la dicha
borrada, el único interés de la vida suprimido como aquel fugitivo resplandor de
la luna. La existencia ya oscura y tétrica eternamente; un mar sombrío, sin
límites, sin esperanza...
¡Cuán veloz germinó la idea en su cerebro! ¡Cómo
prendió, a modo de chispa en seca paja! ¡Decir que no se le había ocurrido
antes! ¡Un remedio tan pronto, tan seguro, tan eficaz!
Con alegría pueril echo a correr hacia la costa. No
veía; la vereda era pedregosa, costanera, abierta entre los sembrados y a lo
mejor interrumpida por charcos y zanjas, donde Clara tropezaba frecuentemente.
Una vez hasta cayó. Soltando carcajadas, convulsiva, volvió a levantarse y
siguió su camino, después de recogerse las faldas, procurando, por hábito de
pudor y como si alguien la viese, que no pasase el remango más arriba del
tobillo. Ya distaba poco del mar..., cuando advirtió que no podía llegar hasta
él. Agrios peñascales, picudos y resbaladizos, la separaban del Océano. Cien
veces se rompería las piernas antes de acercarse al agua salvadora.
¿Qué hacemos?
Miró alrededor. La luna, enmascarada ya por nubes
grises, alumbraba poco el paisaje; sin embargo, Clara pudo ver que el sendero, a
la izquierda, se torcía bajando hacia el mar. Por allí debía de haber salida.
Solo que para tomar aquella ruta era preciso pasar rozando con las tapias del
campo santo. Y Clara, resuelta a morir, tenía miedo a las tapias.
¿Miedo a los espantos de ultratumba? ¿Miedo a algún
ánima del Purgatorio? No, por cierto; ni se le ocurrió siquiera. Miedo al sitio,
muy sospechoso y de fatal reputación en la capital marinedina. No obstante lo
retraídas que vivían las hijas de Bonaret, habían llegado a sus oídos historias
trágicas relacionadas con las tapias malditas. Allí se recogían suicidas con el
cráneo roto o mujeres asesinadas con un puñal clavado en el pecho; allí se
dirimían las cuestiones a garrotazos, y allí, por último, buscaban infame
seguridad las parejas sospechosas. Clara temblaba a las tapias del campo santo.
¿Qué podría sucederle peor de lo que ya tenía resuelto? Nada, en verdad;
pero..., enigmas de nuestro ser, temblaba.
Al fin se decidió. El corazón le pegaba grandes
brincos. El sendero faldeaba precisamente la tapia, revolviendo al tocar con el
ángulo, donde un vallado lo guarnecía. Clara se deslizaba, llena de ansiedad,
deseando llegar al final de su carrera...
Disponíase a dar la vuelta al ángulo de la tapia,
cuando tuvo que detenerse, o, mejor dicho, el terror la inmovilizó de golpe. Por
el otro lado de la tapia sonaban voces, un cuchicheo entrecortado y singular.
Aproximóse el grupo, y se detuvo precisamente en el
ángulo, antes de salvarlo y encontrarse faz a faz con Clara. En vez de
proseguir, sentáronse en el vallado, tan juntos, que hacían una sola mancha
oscura sobre el fondo del cielo. Fija, muda, reprimiendo el aliento, dominada
por la malsana curiosidad de las doncellas, Clara los devoraba con los ojos.
Eran dos amantes, no cabía duda; así estarían ella y su ídolo, si lo hubiese
permitido la triste suerte... ¡Dos amantes, dos futuros esposos! ¿Qué otra cosa
habían de ser, cuando así se acariciaban y estrechaban y fundían? No obstante, a
los dos o tres minutos de espectáculo, Clara sintió una especie de náusea moral,
algo parecido a la sensación de la primera chupada de cigarro para un chiquillo.
Y esta náusea se convirtió en horror al salir la luna recogiendo su velo de
nubes y distinguir claramente, en la enlazada pareja, las figuras y rostros de
don Atilano Bujía y la hermosa zapatera vecina de Clara, rubia como unas
candelas y mujer de un marido joven y buen mozo.
Clara miraba al grupo, sin hacer un movimiento, cortada
hasta la respiración por el asco... Su misma repugnancia le impedía huir,
librarse del espectáculo grotesco y odioso. También el asco fascina, prende los
ojos, prende la imaginación y fuerza la atención, quizá con más energía que el
gusto... Clara no quería ver, y miraba; no quería oír, y oía distinta y
sutilmente; no quería entender, y en su alma de virgen se rasgaba un velo
blanco...
Hacía diez minutos que se había alejado la pareja,
dando, sin duda, vuelta a las tapias por el lado opuesto, y aún Clara no tenía
ánimos para arrancarse de allí. Sentía un hielo, una anestesia interior, la
congelación de su novelesco ideal. Una voz mofadora repetía a su oído: «Ahí
tienes tú lo que es el amor, chiquilla...»
Una ráfaga de aire muy vivo, marino, delicioso, la
despertó. Exhalando un suspiro, volvió pies atrás, se ciñó el velo y tomó a buen
paso el camino de la ciudad, impulsada por el temor de que su padre y su hermana
estarían vueltos locos echándola de menos. |
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El señor doctoral
A la verdad, aunque todas las misas sean idénticas y su
valor igualmente infinito como sacrificio en que hace de víctima el mismo Dios,
yo preferí siempre oír la del señor doctoral de Marineda, figurándome que si los
ángeles tuviesen la humorada de bajarse del cielo, donde lo pasan tan ricamente,
para servir de monaguillos a los hijos de los hombres, cualquier día veo a un
hermoso mancebo rubio, igual que lo pintan en las Anunciaciones, tocando la
campanilla y alzándole respetuosamente al señor doctoral la casulla.
Vivía el señor doctoral con su ama, mujer que había
cumplido ya la edad prescrita por los cánones, y con un gato y un tordo, de los
que en Galicia se conocen por «malvises», y silban y gorjean a maravilla,
remedando a todas las aves cantoras. La casa era, más que modesta, pobre, y sin
rastro de ese aseo minucioso que es el lujo de la gente de sotana. Porque
conviene saber que el ama del doctoral, doña Romana Villardos Cabaleiros, había
sido, in illo tempore, toda una señora, en memoria de lo cual tenía resuelto
trabajar lo menos posible, y señora muy padecida, llena de corrimientos y
acedumbres, en memoria de la cual seis días cada semana se guillaba enteramente,
entregándose a tristes recordaciones y olvidando que existen en el mundo escobas
y pucheros. En el hogar del canónigo ocurrían a menudo escenas como la
siguiente:
Volvía de decir la misa, y mientras arriaba los manteos
y colgaba de un clavo gordo la canaleja, su débil estómago repetía con
insinuante voz. «Es la horita del chocolate». Alentado por tan reparadora
esperanza, el doctoral se sentaba a aguardar el advenimiento del guayaquil.
Pasaba un cuarto de hora, pasaba media... Ningún síntoma de desayuno. Al fin, el
doctoral gritaba con voz tímida y cariñosa:
-¡Doña Romana..., doña Romana!
Al cabo de diez minutos respondía un lastimero acento:
-¿Qué se ofrece?
-¿Y... mi chocolate?
-¡Ay! -exclamaba la dolorida dueña-. Hoy no estoy yo
para nada... ¿Sabe usted qué día es?
-Jueves, 6 de febrero; Santas Dorotea y Revocata...
-Justo... El día que, hallándome yo más satisfecha, voy
y recibo la carta con la noticia de que mi cuñado el comandante se había muerto
del vómito en Cuba... ¡Ay Dios mío! ¡El Señor de la vida me dé paciencia y
resignación!
Nunca la buena pasta del doctoral le consintió
preguntar a la matrona si, por haberse muerto del vómito su cuñado, era razón
que su amo se muriese de hambre. Lo que solía hacer era abrir la alacena de la
cocina, sacar de su envoltura mantecosa la onza de chocolate y roerla, con ayuda
de un vaso de agua. Después solía dedicar un ratito a consolar a doña Romana,
que hipaba en el rincón de un sofá, con la cara embozada en un pañuelo.
-Doña Romana... Dios... La conformidad... No tentar a
Dios, por decirlo así... ¡Si llora usted más perdemos las amistades...!
-Mañana tendrá usted el chocolate a punto -respingaba
con aspereza la vieja.
-¡Si no es por el chocolate, mujer!... Es que nuestra
santa religión..., ¿lo oye usted? nos manda que tengamos correa..., que no nos
desesperemos..., y que cada uno se someta a la voluntad divina..., aceptando la
situación que...
Doña Romana se volvía toda venenosa, exhalando un
bufido comparable al «¡fu!» de los gatos.
-¡Ya entiendo, ya!... Ahora mismo me voy a poner la
comida, para que no tenga usted que echarme en cara ni que avergonzarme por cosa
ninguna.
-¡Jesús, doña Romana!... ¡Vaya por Dios! Todo lo toma
usted por donde quema... -murmuraba el doctoral apiadado y contrito.
El caso es que, cuando al ama le daba muy fuerte la
ventolera, tampoco arrimaba al fuego la olla, y algún día el canónigo, con sus
manos que consagraban la Hostia sacrosanta, se dedicó a la humillante operación
de mondar patatas o picar las berzas para el caldo. Nada de esto molestaba al
buen señor como los fracasos de su oratoria, que no lograba serenar el
atribulado espíritu de la dueña. Porque si en algún escondrijo del alma del
doctoral crecía la mala hierba de una pretensión, era en el terreno de la
elocuencia. Por componer un sermón que dejase memoria, diera el dedo meñique, ya
que no la mano. Cada vez que subía al púlpito algún jesuita, de estos que tienen
pico de oro y lengua de fuego para echar pestes contra las impiedades de Draper
y Straus (en Marineda perfectamente desconocidas), o algún curita joven vaciado
en moldes castelarinos, de estos que hablan del «judaico endurecimiento», y de
la «epopeya de la Reconquista», y de la «civilizadora luz que el sacro Gólgota
irradia», el señor doctoral no se reconcomía de envidia, por imposibilidad
psicológica, pero se abismaba dolorosamente en la convicción profunda de su
propia inutilidad, y sus reflexiones -suponiéndolas una ilación que no tenían y
peinándolas mucho- podrían transcribirse así:
-¡Jesús mío, ya está visto que yo no te sirvo para
maldita la cosa! Soy un trapo viejo, un perro mudo. Necedad grande la mía en
desear, como he deseado, que me enviasen a predicar el Evangelio en tierras
salvajes, donde abunda la cosecha de almas. ¡Bonito soy yo para apóstol, con
esta lengua torpe, estos dichos sosos, esta voz de carraca y esta fachilla
insignificante! Señor, ¿por qué no me habréis concedido el don de la palabra?
¡Sería tan hermoso cantar vuestras alabanzas, llenar de una conmovida multitud
vuestro templo, siempre vacío; derretir los corazones, derramando en ellos, viva
y caliente, la infusión de la gracia! Y el caso es, Jesús mío, que si con
vuestro infinito poder me desatarais el habla, si me cortaseis el frenillo y me
otorgaseis el palabreo bonito y los períodos sonoros que gastan los predicadores
de rumbo..., ¡se me figura que diría yo cosas muy buenas! Porque en mi interior
siento unos fervorines... y así como unas ideas raras, nuevas y eficaces...
Cuando el padre Incienso está a vueltas con aquello del «helado indiferentismo»
y lo otro del «determinismo positivista, nefanda resurrección del fatalismo
pagano», me entran a mí arrechuchos de gritarle: «¡Padre Incienso, por ahí,
no!... ¡Si aquí no existen semejantes positivistas ni deterministas, ni hay
tales carneros!... Aquí lo que importa es apretar en esto, en esto y en lo
otro». ¡Ah, si me ayudasen las explicaderas! Jesús mío, ¿por qué consientes que
sea tan zote?... ¡Vaya un señor doctoral! Señor animal es lo que debían
llamarme.
En el confesonario luchaba el señor doctoral con la
misma deficiencia de facultades. Jamás se le ocurrían esas parrafadas agridulces
que entretienen los escrúpulos de las devotas, ni esos apóstrofes tremendos que
funden el hielo de las empedernidas conciencias. Nada; vulgaridades y más
vulgaridades. «Paciencia, que también la tuvo Cristo...» «Bueno; otro día
procure usted no promiscuar...» «¡Ánimo! ¡Arránquese usted del alma esa afición
tan peligrosa!...» «Está usted obligado a restituir, y si no restituye no puedo
absolverle...» «A ese enemigo perdónele usted de todo corazón antes de
comulgar... Sería un sacrilegio horrible recibir a Dios deseando la muerte a
nadie». Y patochadas por el estilo; de modo que Arcangelita Ramos, presidenta de
las Hijas de María; la marquesa de Veniales, fundadora del Roperito; la
brigadiera Celis; en fin, la flor y nata de las devotas marinedinas, estaban
acordes en que el señor doctoral era un clérigo de misa y olla, y el padre
Incienso un encanto, según enredaba por la reja del confesonario flores de
retórica y filigranas de místico discreteo.
En cambio, la gente baja decía primores del señor
doctoral. Marineros, artesanos y cigarreras, al verle pasar arrastrando los pies
y sonriendo con la vaga sonrisa de las almas bondadosas, murmuraban con
misterio: «Es un santo». En la Fábrica de Tabacos (donde no hay noticia que se
ignore ni suceso que no se comente) se referían mil anécdotas de la vida privada
del doctoral. Que si había vendido las hebillas de plata de los zapatos para que
no echasen a unas pobres del piso cuyo alquiler estaban debiendo; que si no
teniendo moneda cuando en la calle le pedían limosna, daba el tapabocas, el
pañuelo, el rosario; que si pasaba necesidades en su casa por socorrer las
ajenas; que si a veces no se echaba carne en su olla; que si unos manteos le
duraban diez años... Cuentos semejantes sofocarían muchísimo al doctoral si los
oyese. Por aquel romanticismo de la limosna callejera se regañaba diariamente a
sí propio, tratándose de hombre ñoño y sin sustancia y pensando que, en lugar
del ochavo, le estaría mejor establecer alguna sociedad o congregación, escuela
dominical o cocina económica, «a fin de recabar de la filantrópica abnegación de
las colectividades lo que no logran los más gigantescos esfuerzos de la
iniciativa individual», como decía un periódico local, El Nautiliense, tratando
de una empresa para salvamento de náufragos. Solo que tales funciones requieren
labia, expediente, agilibus..., y el doctoral no poseía semejantes dones,
esencialísimos en los tiempos que corremos.
Una noche, el doctoral, bastante resfriado, hubo de
acostarse con las gallinas. El tiempo era de perros; diluviaba, y el viento
redondo de Marineda sacudía los edificios y rugía furioso al través de las
bocacalles. Por lo mismo, la cama estaba calentita y simpática en extremo, y el
doctoral, arropado, quieto y a oscuras, sentía ese bienestar delicioso que
precede a la soñarrera. Sus huesos, torturados por el reuma, iban calentándose,
y su pecho, obstruido por el recio catarro, funcionaba mejor. Era un instante de
goce sibarítico, de esos que prolongan la débil existencia de los viejos. El
murmullo del último padrenuestro moría en los labios del doctoral, cuando el
aldabón y la campanilla resonaron casi a un tiempo estrepitosamente, y el
vocerío de una discusión alborotó la antesala. La discusión seguía,
convirtiéndose en disputa, hasta que doña Romana, palmatoria en ristre, se lanzó
en la alcoba a noticiar que una mujer muy mal vestida, con trazas de pedir
limosna, se empeñaba en que había de ver al señor inmediatamente, a la fuerza.
Como el soldado que oye el toque del clarín, el doctoral saltó de la cama, y,
apenas cubiertos los paños menores con otros mayores, salió a la antesala,
enfrentándose con la mujer, la cual chorreaba agua, pues tenía pegado a los
hombros el mantoncillo negro y a la cabeza el pañolito de algodón.
-Santo querido -exclamó intentando besar la mano del
viejo-, mi hermano está en los últimos, dando las boqueadas, y se quiere
confesar... Se muere, señor, y lo mismo que un can, con perdón de usted... A
ver, santiño, si le convence a aquel alma negra para que no se vaya así al otro
mundo.
-¿Quién es su hermano de usted, mujer?
-El escribano Roca...
El doctoral miró con extrañeza el pobre pelaje de la
mujer, y ella, comprendiendo el sentido de la mirada, balbució:
-Yo soy cigarrera, y gano muy poco, que tengo mala
vista, el Señor me consuele... Mi hermano, podrido de onzas, y nunca un cuarto
me da... Allí tiene en casa una pingarrona, dispensando la cara de ustedes,
sinvergüenza, que todo se lo come... y yo, con cuatro hijos que mantener de mi
sudor infeliz. Pero no crea que es por el aquel de la herencia por lo que vengo.
Pobre nací y pobre moriré, y no me interesa si no fuera por los hijos. Lo que no
quiero es que el hermano se me condene, ni que se ría esa lambonaza que tiene
allí, más pegada que la lapa a la peña... Santo, buena faltita me hace el
dinero; pero Dios vale más. Dígnese sacar del infierno a mi hermano.
-Mire, mujer -arguyó el doctoral, subyugado ya por
aquella voz enérgica- yo no sirvo para eso de convencer a nadie. Vaya al padre
Incienso, que sabe persuadir y lo hará muy bien.
-¡Ay señor! Ese padre será bonísimo; yo no le quito su
bondad; pero en Marineda no hay otro santo como usted. Las cigarreras dejamos
por usted al Papa en su silla. Si no quiere venir, deme un no; pero no me diga
de buscar otra persona, que si usted no hace el milagro, ni Dios lo hace.
¡Oh, eterna flaqueza humana! Sintió el doctoral un
dulce cosquilleo en el amor propio.
-¡Doña Romana, mi paraguas!
-¡Su paraguas! -bufó la dueña-. ¿No sabe que parecía el
banderín de los Literarios, y no hubo más remedio que enviarlo a forrar?
El doctoral vaciló un segundo; al fin indicó
tímidamente:
-¡Vaya por Dios!... Bien; el manteo y el sombrero
viejo..., y la bufanda.
Salieron. La lluvia se precipitaba de lo alto del cielo
en ráfagas furiosas, batidas por el viento loco, que obligaba al doctoral a
pararse rendido. El agua que, penetrando al través del raído manteo, llegaba ya
a las carnes del venerable apóstol era helada, y su cruel frialdad creía él
sentirla, mejor aun que la epidermis, en los tuétanos. Y no era floja la tirada
hasta casa del escribano. La plaza, anchísima y salpicada de charcos; las
lúgubres callejuelas del barrio viejo; el largo descampado del Páramo de
Solares; la solitaria calle Mayor, por el día tan concurrida y animada; luego,
el paseo de las Filas, donde el aguacero, en vez de aplacarse, se convirtió en
diluvio...
El doctoral, caladito, advertía una sensación extraña.
Parecíale que su alma se había liquidado, convirtiéndose después en un témpano
de nieve. «¡Jesús mío -pensaba el varón apostólico-, conservadme siquiera un
poquito de calor, una chispita de fuego no más! Con este frío del polo, ¿cómo
queréis que yo logre inflamar un alma? ¡Jesús mío, no permitáis que me hiele del
todo!...» La centellita de fuego disminuía, disminuía: era sólo un punto rojizo
allá en el fondo de un abismo muy negro... Al llegar al portal del escribano la
chispa titiló, y se quedó tan pálida, que podría jurarse que estaba apagada
enteramente. Y el pensamiento del apóstol, al subir las escaleras, no giraba en
derredor de conversaciones ni de actos de fe, sino de esta preocupación mezquina
y terrenal: «¡Si me diesen un poco de aguardiente de anís o de vino añejo! ¡Si
hubiese al menos un braserito donde secarse!»
La cigarrera llamó briosamente, y como tardasen en
abrir segundó el toque con mayor furia. Apareció en la puerta una imponente
mujeraza, gruesa y bigotuda, de ojos saltones y pronunciadas formas, que se
desató en invectivas, queriendo cerrar otra vez; pero la cigarrera se incrustó a
guisa de cuña para impedirlo, y hecha una sierpe voceó:
-¡Aparta, aparta, que aquí traigo a Dios para que mi
hermano no se muera como un can! ¡Aparta, condenada raposa, saco de pecados!
Y, haciéndose a un lado, descubrió al doctoral, que
chorreaba y tiritaba, hecho una sopa, trémulo, tan encogido, que había menguado
media cuarta de estatura. ¡Cosa rara! La mujerona, sin embargo, le conoció; le
conoció tan de pronto, que su actitud cambió enteramente; apagáronse las chispas
de sus ojos; murió la injuria en su airada boca, y con sumiso acento pronunció:
-Pase, señor doctoral; pase... Perdone, que no le
veía... A usted, que sacó de la necesidad a mi madre...; ¿no se acuerda? ¡En el
cielo se encuentre los cinco duros que le dio para poner el puesto de
hortalizas!... A usted no le pego yo con la puerta en los hocicos... Pase y haga
lo que quiera, señor...; pero considérese de que estoy sirviendo hace tres años
en esta casa, y es justo que, al morir el señor de Roca, no quede yo
pereciendo... Entre ya.
El doctoral se enderezó... La centella renacía al soplo
de aquel entusiasmo, de aquella gratitud inesperada, frutos de una buena acción
ya vieja y puesta en olvido... Luz misteriosa alumbró su espíritu y una idea, al
par terrible y consoladora, le estremeció hasta lo más profundo de su corazón.
La tal idea convirtió el mortal frío de la mojadura en un ardor, una especie de
fiebre apostólica. Con resuelto paso entró en la alcoba del enfermo.
Hallábase este muy fatigado, en una de esas angustiosas
crisis que preparan la agonía. Su pecho subía y bajaba al compás de estertorosa
disnea. El afanoso resuello podía oírse desde el pasillo. A pesar de tan
violenta situación, de lo mucho que debía sufrir la entrada del doctoral no le
pasó inadvertida, y, agitando los brazos y exhalando rugido vehemente, indicó
que le desagradaba su visita y que el clérigo estaba de más. Sin embargo, la
mujerona, después de arreglarle las almohadas, salió discretamente, dejándole a
solas con el médico del espíritu.
Éste permanecía a la boca de la alcoba, como hombre
indeciso que aguarda la inspiración para proceder. Sus miembros los paralizaba
el frío mortal; pero allá en el foco donde antes titilara, próxima a extinguirse
la sobrenatural chispita, había ahora estallado llama intensa, que empezara a
arder lentamente, y después adquiriera tal incremento, que el apóstol se sentía
abrasar... Ya no pensaba el señor doctoral ni en refocilarse con unas gotitas de
anís, ni en arrimarse a un buen fuego de leña, ni en volverse a sus tibias
sábanas. De repente se llegó a la cama del enfermo, y delante de ella se hincó
de rodillas. El escribano clavó en él sus ojos apagados, amarillentos y turbios.
-¿Qué... hace usted... ahí? -articuló trabajosamente.
-Rezo -contestó el apóstol- para que usted se confiese,
se arrepienta y se salve.
-Y a usted ¿qué... ajo... le importa... que yo...? ¡Por
vida...! ¡Pepa!
-No llame usted, que Pepa sabe que ningún mal vengo a
hacerle. El que usted se salve me importa mucho -contestó el doctoral
irguiéndose, creciendo en voz, carácter y estatura, y encontrando en sí una
fuerza de voluntad y hasta una afluencia de frases que no tenían nada que
envidiar a las del padre Incienso-. Me importa mucho, porque usted podrá morirse
hoy; pero yo estoy seguro, ¿lo oye usted?, de que no viviré ocho días. Me
encontraba en la cama resfriadísimo; me he levantado para venir a confesar a
usted; me he calado hasta los huesos, y sé que he ganado la muerte. Y como no he
de presentarme delante de Dios con las manos vacías del todo, ¡caramba!, me he
empeñado en salvar su alma de usted para no perder la mía. En mi vida le serví
de nada a Dios..., ¿lo oye usted?; de nada absolutamente. Ahora me llama a sí,
¿y quiere usted que yo le diga: «Soy tan tonto que no supe ablandar al escribano
Roca»? Ahora me ha entrado un don de persuadir que no tuve nunca; ¿quiere usted
impedirme que lo aproveche? No, señor...; usted me oirá. Antes me hacen pedazos
que irme de aquí sin absolverle... Máteme usted si gusta, pero atienda mis
palabras.
..............................
El último episodio de la historia del doctoral ocurre
en el pórtico del cielo. A él llegaron juntas las almas del apóstol y del
escribano, convertido por su tardía elocuencia. El escribano, a la vez
avergonzado y loco de gozo (porque con la ganga de ir al cielo, dígase la
verdad, no había soñado él nunca), se apartó, a fin de dejar paso al alma del
doctoral. Y el doctoral, sonriendo al pecador, se hizo atrás y dijo
humildemente:
-No: usted primero... |
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En el nombre del Padre...
A principios de este mismo siglo, que ya se acerca a su
fin, algo después que echamos al invasor con cajas destempladas, y un poco antes
que se afianzase, a costa de mucha sangre y disturbios, el hoy desacreditado
sistema constitucional, había en la entonces pacífica Marineda cierto tenducho
de zapatero, muy concurrido de lechuguinos y oficialidad, por razones que el
lector malicioso no tendrá el trabajo de sospechar, pues se las diremos
inmediatamente...
Llamábase el maestro de obra prima Santiago Elviña, y
sería la más gentil persona del mundo si no adoleciese de dos o tres faltillas
que, sin desgraciarle del todo, un tantico le afeaban. Eran sus ojos expresivos
y rasgados; pero en el uno, por desdicha, tenía una nube espesa y blanca que le
impedía ver; y su tez fuera de raso, a no haberla puesto como una espumadera las
viruelas infames. El cabello (que en sus niñeces es fama lo poseyó Santiago muy
crespo y gracioso) había volado, quedando sólo un cerquillo muy semejante al que
luce San Pedro en los retablos de iglesia. Y aun con todas estas malas partes
ostentaría el zapatero presencia muy gallarda, a no habérsele quedado la pierna
izquierda obra de una pulgada más corta que la derecha y estar el pie
correspondiente a la pata encogida algo metido hacia adentro y zopo. Hasta se
asegura que de este defecto se originó la vocación zapateril de Santiago, puesto
que necesitaba calzado especial, con doble suela de corcho, y por deseo de
calzarse bien dio en aprender a calzar a los demás con igual perfección y
maestría.
Porque, eso sí, de las manos y de los brazos no
solamente no era zopo Santiago, sino tan listo y bien dispuesto, que no había
forma que se le resistiese ni labor que no sacase acabada y primorosa. Así
contorneaba el menudo chapín de tabinete negro que lucía en Semana Santa la
mujer del comandante de armas o la sobrina del deán, como batía la fuerte suela
de las recias botas de soldados y marineros. Daba gusto ver un par de calzados
en el instante crítico en que Elviña, extrayéndolo de la hormaza, lo alineaba
juntándole las punteras, y, echándose hacia atrás, se recreaba en contemplar el
brillo charolado, la limpieza de los puntos, la pulcritud del encerado reborde
de la suela y, en fin, todos los detalles que hermosean una obra maestra de
zapatería.
Pero no le sacasen de su oficio al buen Santiago; fuera
de la habilidad pedrestre no se buscase en él otro mérito ni señal de agudeza,
discreción, ingenio, oportunidad o donaire. Había nacido llano de entendimiento,
pobre de espíritu, crédulo en demasía, más que por necedad y simpleza, por
candidez y bondad de corazón; era su confianza en el género humano tan
extremada, que, si teniendo manos de oro para su oficio no estaba ya rico, había
que atribuirlo a los infinitos pufos y chascos que le costaba su ingenuidad
inverosímil; y sería cuento de nunca acabar citar nombres de personas descaradas
que andaban por Marineda, calzadas de balde a cuenta del seráfico Elviña. Y es
lo bueno que, si alguien le daba matraca sobre el asunto, respondía moviendo la
cabeza (pues era, aunque tan infeliz, unas miajas terco y tozudo):
-Pues si me debe los escarpines peor para él. En el
otro mundo tendrá que pagármelos con réditos. Sobre su alma van. A no ser que el
infeliz no tenga; que entonces... Al que no tiene, el rey le hace libre. Allá
arriba hay quien lleve cuentas... ¡y bien justas!
Con su cutis de criba, su nube en el ojo, su cabeza
pelada y su pata coja, Santiago consiguió la dicha de encontrar una esposa no
solo ejemplar, sino de harto buen palmito y más que medianas entendederas
comerciales. Bajo su dirección prosperó la casa, creció el modestísimo peculio,
hubo aseo en la tienda, y en el hogar, paz y abundancia. La zapatera discernía
de parroquianos, dirigía la venta y entrega del género y precavía las
inocentadas del marido, cobrando a toca teja. Convencida de la edad moral de su
esposo, se había erigido en su protectora y solía decir:
-¡Qué sería sin mí de este «pobriño»!
La dura suerte quiso que pronto conociese Santiago
cuánto perdía al faltarle el numen tutelar... Murió la esposa dando a luz una
niña..., y Santiago quedó solo y con el quebradero de cabeza de sacar adelante a
la rapaza.
Ésta -que se llamaba Margarita- se crió de milagro; el
padre la alimentó con vasitos de leche y sopas, ayudado de las vecinas
compasivas, que eran todas en aquel barrio del Jardín, y jugando con recortes de
suela, retazos de cordobán, leznas y martillos, la muchacha creció; fue
espigando, formándose, engruesando, echando carnes y lozaneando lo mismo que
albahaca en tiesto o rosa en rosal. Si entonces se conociesen el poema de Goethe
y la ópera de Gounod, no faltaría quien encontrase poética semejanza entre la
amante de Fausto y la no menos humilde Margarita zapateril, porque ésta tenía
como aquélla el pelo rubio lo mismo que el oro, el aire modesto y jovial a la
vez. No era delgada ni pálida, sino fresca y mórbida, como suelen ser las hijas
de Marineda; fina pelusa suavizaba su tez; sangre juvenil y pura coloreaba sus
mejillas, y sus ojos verdosos y límpidos eran como dos «pocitas» de agua de mar
en que se refleja el cielo.
¿Vas comprendiendo, sagaz lector, por qué estaba tan
concurrida de oficiales y lechuguinos la tienda del buen Santiago Elviña?
Al llegar a la edad en que la niña se transformaba en
apetecible mujer, Margarita había descubierto, sola y sin ayuda ni consejo de
nadie, el secreto de realzar la belleza con inocentes y baratos artificios, como
el artístico peinado, la flor en el corpiño, el zapato bien hecho (tenía la
fábrica en casa), el vestido de pobrísimo «guingán» o «zaraza», cortado con
gracia y adornado... por la hermosura de quien lo vestía. Sin más arte ni más
dispendios, Margarita era un sol, y casi me parece ocioso advertir que su padre
la contemplaba, a hurtadillas, con pueril orgullo.
Y verán ustedes la composición de lugar que hizo para
sí el zapatero: «Todos dicen que mi hija es muy bonita y muy preciosa. ¡Vaya si
lo es! No dicen sino la verdad. Aún se quedan cortos, porque vale más que lo que
piensan; como que reúne a esa belleza física otra cosa preferible: el genio de
una santa y mucha alegría y mucho despejo, e igual disposición que su difunta
madre para el gobierno y arreglo de la casa y el manejo de los cuartos. Como al
mismo tiempo es tan buena y tan religiosa, ya sé yo que no tendrá un mal
pensamiento ni una acción liviana. Reunida su fama de hermosa a su fama de
honesta, no será ningún milagro que se prende de ella un señorito..., y si no un
señorito, por lo menos un artesano acomodado, como Nicéforo el ebanista, que
tantas vueltas anda dando alrededor de mi tienda. El que se enamore de ella,
¿qué ha de hacer sino venir inmediatamente a pegar conmigo y decirme: "Señor
Santiago, yo quiero a Margarita, y esto, y esto, y lo otro?" Y yo ¿qué he de
contestar? "En siendo ella gustosa..., esto y aquello, y lo de más allá". Y a la
iglesia..., y al año, nietos».
Muy orondo vivía con semejantes esperanzas Santiago
Elviña. Nunca había tenido tanta ni tan lúcida parroquia. Toda la oficialidad de
la guarnición puede decirse que se surtía allí, en términos que fue preciso
tomar aprendices y velar muchas noches hasta las doce y la una. Los militares
pagaban al contado, no regateaban nunca; alababan el género y, por añadidura,
decían a Margarita cosas de miel. Santiago estaba prendado de tal clientela.
Uno de los mejores clientes era francés, y se llamaba
Armando Deslauriers, maestro de armas del regimiento de Borbón. Tenía este tal
muy arrogante muslo y pierna, y gustaba de realzarla cuando salía a caballo por
las tardes, con ciertas botas de montar de arrugado charol, que, según decía,
nadie sabía hacer en España sino Santiago. No era la bien trazada pierna el
único atractivo que realzaba al profesor de esgrima; podía envanecerse y
alabarse de unos bigotes castaños, lustrosos de cosmético, un cuerpo ágil y
estatuario, que el diario ejercicio del florete volvía más airoso, y, en el ramo
de indumentaria, preciarse de una colección de látigos con puño de plata,
calzones de punto, corbatas flotantes y dijes de reloj en extremo caprichosos,
todo lo cual hacia a Armando Deslauriers muy peligroso para el mujerío
marinedino de cualquier estado y condición: señoras y artesanas, dueñas, casadas
y doncellas. Hay que añadir que la profesión de Deslauriers infundía cierto
terror a padres, maridos, hermanos y novios.
Como íbamos diciendo, el guapetón maestro de armas dio
en aficionarse a las botas que fabricaba Elviña, y no pasaba momento sin que
viniese a indicar alguna reforma o mejora en las que poseía o a examinar cómo
marchaban las que el zapatero tenía en obra. Ya era un pespunte más apretado, ya
un forro media pulgada más alto, ya la borla que se había estropeado y hacía
falta una nueva... Cada episodio de este género daba pretexto a Deslauriers para
divertir largos ratos en la zapatería, sentado sobre una silla medio
desvencijada, charlando y refiriendo, con labia y acento francés, si bien en muy
inteligible castellano, anécdotas de la guerra, cuentos chistosos, que hacían
reír de bonísima gana a Elviña...
De pronto, pareció como si Deslauriers les hubiese
perdido todo el cariño a sus botas de montar. Corrieron días, días y días..., y
ni asomó por la tienda. Santiago no paró la atención en tal fenómeno, porque
otro gravísimo para él le absorbía y preocupaba. Margarita estaba enferma, muy
enferma.
¿Y de qué? ¡Vaya usted a averiguarlo! ¡Vaya usted a
saber por qué una mocita de dieciséis o diecisiete adelgaza, rehúsa la comida,
se vuelve más amarilla que un limón, tiene siempre ojos de llorar y cara de
morir, se encierra en su cuarto y se pasa el día echada sobre la cama o sentada
en un rincón oscuro, caídos los brazos, caída la cabeza, sin responder cuando le
hablan y sin decir, por más que la acosen y pregunten, ni qué le duele, ni el
origen de su mal!
Así razonaba Santiago Elviña y así contestaba a las
vecinas que, en distintos tonos, preguntaban noticias de la muchacha o
comentaban su retraimiento... Un día, casualmente, fue el zapatero a confiar sus
pesares a la madre del ebanista Nicéforo, aquel pretendiente asiduo de
Margarita, que un año antes le rondaba la calle sin descanso. La comadre
callaba, rascábase el moño con las agujas de hacer media. Por último, respondió
a las lamentaciones de Elviña, pero con palabras truncadas y reticentes.
-Y usted qué quiere, señor Santiago... Las muchachas
que son... así... piensan que el mundo es ancho y que no hay más que divertirse
y campar... Les gustan los señoritos de bigote retorcido, los que gastan
espuelas y trotan a desempedrar la calle... Desprecian a los artesanos honrados,
a los hombres de bien, que las pretenden para casarse y hacerlas reinas de su
casita... y se van con esos tunantes que están hartos de burlarse de todas...
¡Ya se ve!... Luego, las chicas se tiran de las orejas, ¡y las orejas no les
sangran!
Digna era la cara de Santiago, en aquel momento, del
pincel de un gran artista. Creo que hasta el ojo tuerto despedía chispas y
lumbres.
-¡Señora Clara! ¡Señora Clara! -tartamudeó..., y de
pronto, recobrando habla expedita y el uso de sus potencias, gritó con tal
fuerza que se asustó a sí propio-: ¡Embustera! ¡Embustera!
-¡Embustero usted! -replicó la mujer, furiosa,
levantándose como una sierpe-. ¿Nos querrá dar la papilla de que no sabe la
verdad? A los tontos con eso..., que aquí no nos chupamos el dedo, señor
Santiago. ¡Y ya que habla tan gordo..., ha de oír! He de decir que estamos
hartas las madres de familia del mal ejemplo de su hija y de verla
escandalizando el barrio con el demontre del franchute allá por los bancos del
Jardín a las doce de la noche. ¡Valiente «cara lavada»! Aquellos paseos, ¿en qué
quería que acabasen? Vaya preparando -añadió con ironía sangrienta- pañalitos
para lo que salga... De aquí a siete años, aprendiz nuevo en la zapatería...
Santiago no contestó. Afonía completa. Su garganta no
podía formar sonidos. De pronto se llevó las manos a las sienes y partió
corriendo, con toda la rapidez que consentía el pie lisiado. Entró en su casa lo
mismo que un obús, y subió derecho al cuarto de Margarita...
Se ignora lo que hablaron hija y padre, aun cuando
puede deducirse de los consiguientes sucesos. Cosa de una hora después de la
conferencia, Santiago se puso camisa limpia, sacó del fondo del arca la ropa
dominguera, se calzó un par de botas nuevas chillonas y, metiendo mucho ruido
con suela y tacones, se dirigió desde su morada al cuartel de Borbón, situado
detrás del Jardín. Preguntó por el maestro de armas «señor Delorié» y le
hicieron pasar a un cuarto, donde el francés bebía y fumaba en compañía de
varios oficiales.
Al pronto nada vio el ofendido padre, tal era de espeso
el humo de tabaco allí; pero no tardó en columbrar, al través de la niebla, a su
ofensor, que se adelantaba copa en mano.
-Hola, señor Elviña... Qué agradable sorpresa, señor
Elviña... Usted por aquí... ¡Qué honor tan grande!... Siéntese y acepte un
sorbito de ron.
Aquella acogida dejó suspenso al zapatero. Conoció que
solo ver el rostro del francés le hacía temblar de ira, y que otra vez le era
«imposible» hablar. Maquinalmente aceptó la copa de ron, y maquinalmente se la
echó al coleto... Los hombres sobrios disponen de un recurso más que los
intemperantes. El ron soltó inmediatamente la lengua de Elviña.
-Tengo que decirle a usted... -pronunció en tono
categórico-; pero aquí, no; ha de ser a solas.
-¡Oh! ¡A solas nada menos! -contestó el francés
remedándole-. ¡Y para qué, señor! Todos saben aquí el objeto de su venida.
¡Nadie ignora que yo he «derogado» diciendo cuatro chicoleos a la señorita
Margarita..., y usted y ella pensaban de tenerme cautivo! Y, a propósito, ¿cómo
está? ¿Siempre tan jolie? Preséntele usted mis cumplimientos...
Santiago se sintió temblar nuevamente. Sus dientes
castañetearon..., ¡y no era de terror!...
-Otra copa de ron -contestó, alargando la mano.
Los oficiales se agruparon ya en torno de él,
celebrando con risotas y bromas la escena. Elviña apuró el licor, y sintió que
le encendía las entrañas.
-Ya que no quiere usted hablar a solas, hablaré delante
de todos. Me es igual. No ha de ser más negro el cuervo que las alas. Vengo a
que se case usted con mi hija en el término de veinticuatro horas. Si dentro de
veinticuatro horas no se ha casado usted, le mato como a un perro.
Redobló la algazara, y Deslauriers hizo una cortesía
irónica.
-Señor Elviña, muy agradecido al honor que usted me
dispensa pidiéndome mi blanca mano para su preciosa hija... ¡Y yo sería su
marido con la mayor satisfacción!... Pero tengo hecho un voto... ¿no se dice
así?, de castidad...; ¡vamos!, de permanecer doncello.
Aquí las risas de los circunstantes fue tan ruidosa,
que hizo retemblar los sucios cristales de la estancia. Santiago calló, apretó
los dientes, cogió la botella de ron, llenó otra copa, bebió otro sorbo, y de
improviso, sin chistar, alzando la diestra, se arrojó sobre el maestro de
armas... Diez o doce brazos se interpusieron entre él y Deslauriers, no tan a
tiempo que la mano del zapatero no hubiese rozado ya ligeramente la sien de su
enemigo. Al verse sujeto, por reacción impensada y súbita, el zapatero... ¡se
echó a llorar, a llorar perdidamente! Y el maestro de armas, que había contraído
las cejas cuando se viera amenazado de un bofetón, al oír los sollozos del padre
se aproximó a él, no sin dirigir antes expresivo guiño a los oficiales que le
cercaban.
-¡Oh! ¡Señor Elviña! ¡Oh! Usted me ha ofendido
gravemente... Usted me ha levantado la mano... Esto es muy serio, ¡ah!, entre
gentilhombres... Sean testigos, señores, de la ofensa. ¡El señor Elviña me debe
una reparación! Una reparación en el terreno del honor... ¡Ah!
-¿Oye usted, Elviña? ¡Que le debe usted una reparación
al señor Deslauriers!
-¿Reparación? -balbució el zapatero sin comprender, con
voz mojada en lágrimas.
-Sí... Que tiene usted que batirse.
-¿Batirnos? -contestó el padre-. ¡Claro que nos
batiremos! ¡Había de quedar así! Ahora, sin tardanza... Salga usted ahí fuera...
porque aquí me sujetan todos.
-¡Oh! No lo entendemos lo mismo, señor Elviña... No ha
de ser una cachetina vulgar, sino un lance como entre caballeros. El honor lo
exige.
-¿Y no me sujetarán los brazos? ¿No se meterán en medio
estos señores? -gimió el mísero.
-¡Sujetar los brazos! ¡Cómo se entiende! ¿No le digo
que se trata de un lance de honor?
-Pues corriente... ¡Vamos allá! De cualquier modo...
-No, no; ahora no; no conoce usted las leyes de la
cortesía, señor Santiago... Los lances son de madrugada siempre... Mañana por la
mañanita en el Jardín... Estos señores serán padrinos... A las seis le
aguardamos. Soy el ofendido y escojo el sable.
-¿Me dan ustedes palabra de no sujetarme? -repitió con
desconfianza, asombrosa en él, Santiago Elviña.
Le aseguraron que al día siguiente nadie se colocaría
ente él y Deslauriers...
-¡Pues hasta mañana!
-Verán ustedes que bonne farce -dijo el francés cuando
el pobre diablo hubo salido-. Cet animal-là no ha visto un sable. Le daré una
paliza para que no vuelva a molestarnos..., y luego le traeremos aquí y le
emborracharemos con ron..., y le haremos bailar. A fin de que la broma sea
completa y que vean que no quiero abusar de su bobería, como él es tuerto yo me
vendaré un ojo... Nous allons rire!
..............................
Dígase la verdad aunque redunde en mengua del heroísmo
del zapatero: durmió bien poco aquella noche. A las cinco en punto entraba en la
capilla de la Angustia a oír misa de alba. Oyóla con devoción; rezó varias
Salves y, al salir, la casualidad, o un instinto difícil de explicar, le movió a
fijar la mirada en el relieve que campeaba en el frontón de la portadita. Era la
Virgen con su hijo muerto en brazos, advocación que se conoce por la Angustia.
Santiago recordó a Margarita, a quien había dejado entregada al sueño..., y el
único ojo válido se le nubló, con lo cual pudo decirse que no veía.
«Debí beber un trago de ron para tener ánimos», pensaba
mientras se dirigía al Jardín.
Ya le esperaban en él Deslauriers y el grupo de
oficiales, que al verle llegar, cambiaron codazos y sonrisas. El zapatero,
cerrando los puños, iba a embestir contra el espadachín... Los fingidos padrinos
le detuvieron. ¡No sabía él el ceremonial de un lance de honor! Pues iban a
explicárselo punto por punto... El sable se coge así, se juega asá...
Santiago esperó resignado, abatido, y empezaron los
requisitos burlescos. Hubo reparto de sol, cotejo y examen de armas, medición de
terreno, todo con gran aparato; luego fue vendado Deslauriers, para que
igualasen las condiciones... Despojóse Santiago de la chaqueta; Armando, de la
casaca; agarró cada cual su chafarote, y se oyó una voz que decía:
-Atención a la señal.
Los curiosos aguardaban, muertos de risa, el duelo de
un maestro de esgrima con un zapatero cojo, que nunca empuñara un arma.
Deslauriers, gallardo, risueño en elegante posición de consumado duelista, tenía
apoyada contra el suelo la punta del sable...
-¡En guardia! -volvió a gritar el padrino...
Lo mismo fue oírle Elviña que persignarse, exclamando
en alta voz:
-En nombre del Padre y del Hijo...
Y correr blandiendo el sable, antes que su enemigo,
cubierto un ojo por la venda, pudiese hacerse cargo del inesperado movimiento.
Al decir «y del Espíritu Santo», ya la hoja había pasado a través del cuerpo del
seductor, que vacilaba un momento, tambaleándose y, abriendo los brazos, caía
desplomado a tierra... Un golfo de sangre salía de la herida, formando alrededor
del cadáver una especie de laguna roja. |
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El mechón blanco
Los oficiales de la guarnición se hacían lenguas de la
hermosura de su Capitana generala. ¡Qué cutis moreno más fresco! ¡Qué ojos más
lánguidos y más fogosos a la vez! ¡Cómo caían, velándolos con dulce sombra, las
curvas pestañas! ¡Qué gallardo cimbrear el del gentil talle! ¡Qué andar tan
airoso! ¡Qué arranque de garganta y qué tabla de pecho, bellezas apenas
entrevistas en el teatro, al través de la mínima abertura del alto corpiño!
Porque es de advertir que la generala para irritar la
imaginación y estimular con mayor fuerza la codicia de los varones, unía a su
tipo meridional, provocativo y tentador, una gran reserva, un alarde de
formalidad y recato sobrado aparente para no pecar algo de artificioso y
postizo. Jamás se descotaba. Apenas usaba joyas. Vestía mucho de lana negra. No
bailaba nunca. No sonreía a sus admiradores. Frecuentaba las iglesias, y en
sociedad apenas cruzaba palabra con los menores de cuarenta años. Seria más bien
severa, se la podía citar como tipo acabado del decoro. Y el caso es que no
sucedía así, y que en torno de la generala flotaba esa tempestuosa atmósfera que
rodea a las mujeres cuya virtud es un enigma propuesto a la curiosidad del
público. ¿Acusaban de algo a la generala? ¿Había derecho para censurarla en lo
más leve? No. Y, sin embargo, notábase vagas reticencias en la voz, en el gesto,
en la frase de las mujeres cuando comentaban su modestia y retraimiento, de los
hombres, cuando chasqueaban la lengua contra el paladar para declararla bocatto
di cardinale.
Acaso sus mismas devociones y gravedades fuesen quienes
conspiraban contra la pobre señora. Cuando se ponía la mantilla echando el velo
a la cara y rosario en muñeca se dirigía a oír misa temprano, la sombra de la
blonda hacía más apasionada su palidez, más relucientes sus pupilas, y todo
aquello del rosario y del encaje tupido parecía ardid destinado a encubrir
furtiva escapatoria amorosa. Los trajes de lana negra, en vez de ocultar sus
formas las acentuaban más, destacando el meneo de su andaluza cadera. La
seriedad era en ella un gancho, lo mismo que en otras la risa. Su empeño en
rehuir las ojeadas de los galanes hacía que sus ojos, al cruzarse por casualidad
con otros, muy insistentes, despidiesen un relámpago que en vano pretendían
esconder las pestañas traidoras. Su piedad era un señuelo, un cebo su melancolía
mal encubierta por la corrección, propia de la distinguida dama, que sabía
guardar ante los mirones. Por último existía en ella -y eso sí que no podían
negarlo sus defensores más resueltos- un pasado, un secreto, una cosa «que fue»,
una ceniza aún humeante depositada en el fondo del volcán de su corazón. No era
suposición gratuita ni fantástica novela: la generala llevaba la señal, la
cicatriz de ese pasado; cicatriz indeleble, delatora. Entre los cabellos negros
como la endrina, copiosos y ondeados, que recogía en lo alto de la cabeza
sencillo moño, la generala lucía, junto a la sien izquierda, blanquísimo mechón
de canas.
La malicia de los provincianos es como el ardid del
salvaje: instintiva, paciente y certera. Acecha diez años para averiguar lo que
no le importa. Hace arte por el arte; eclipsa a la Policía y en cambio, obtiene
el triunfo de comprobar que del mismo barro estamos amasados todos. Cruel,
implacable, araña la herida para arrancar un grito de dolor que denuncie el
punto donde sangra.
Así que los marinedinos dieron en sospechar que aquel
mechón blanco sobre aquella cabellera de ébano podía tener su historia, buscaron
ocasión de poner el dedo en la llaga y consiguieron cerciorarse de que habían
dado en lo vivo. A la primera pregunta capciosa relativa al mechón, la generala,
más blanca que la pared, cerró los ojos y estuvo a punto de caer desvanecida. Y
siempre que se repitió el pérfido interrogatorio, pudo advertirse en la señora
la turbación misma, idéntica angustia, igual sufrimiento.
Otro indicio más elocuente aún para los perspicaces
indagadores fue cierta contradicción, de esas que pierden a un reo ante un
tribunal. Al ser interrogada por la señora del auditor respecto al mechón
blanco, la generala, temblorosa y en voz apenas perceptible, contestó:
-Nada..., consecuencia del tifus que pasé en Huelva.
Y pocos días después, siendo la preguntona la marquesa
de Veniales, el general, que estaba presente, fue quién respondió, alentando a
su mujer con imperiosa mirada.
-Del susto de ver venírsele encima un aparador inmenso
cargado de loza, se le puso repentinamente blanco ese mechón.
¡Qué par de bases para la curiosidad marinedina! ¡La
generala y su marido contradiciéndose; la generala y su marido, de acuerdo para
encubrir la historia verdadera del mechón misterioso!
Desde aquel día, el general se vio observado con tanto
empeño como su mujer. Ojos de microscopio, ojos omnilaterales, ojos de mosca se
posaron en el digno militar para disecarle el alma.
Se estudió su carácter, se comentó su edad y su figura.
El general frisaría en los cincuenta y siete; pero sanito como una manzana,
derecho, entrecano, enjuto, sólo representaba cuarenta y cinco. Con su uniforme
a caballo, aún podía atraer alguna dulce mirada femenina. Ni era calvo, ni
tosía; contrastaba con su mujer por lo comunicativo y afable, y la risa franca
de sus labios, adornados por limpio bigote gris, descubría dientes blancos y
auténticos. En nada se parecía al tipo del esposo incapaz de disfrutar y
defender el cariño de una mujer apetecible y bella. Era el hombre joven por
dentro, vigilante del honor y sediento del amor, y que lleva espada al cinto
para guardar su tesoro. Pues no obstante...
Una persona había en Marineda a quien los rumores, las
nieblas y las conjeturas que iban espesándose en torno de la generala hacían
pasar la pena negra. No era ningún ayudante de dorada cordonadura, ningún húsar
de arqueado pecho; éstos se chuparían quizá los dedos tras la generala, más no
sabían consagrarle la silenciosa devoción que le consagraba Rodriguito Osorio,
hijo mayor de la marquesa de Veniales, mozo espigado ya. A los diecinueve años,
con asomos de barba y más estatura y más cuerpo que el general, Rodriguito
apenas conocía la maldad humana: habíase educado muy sujeto, muy en las faldas
de su madre, y sus mejillas aún no habían olvidado los rubores de la niñez.
¿A qué detallar una vez más el conocido fenómeno de la
pasión loca inspirada al adolescente por la mujer de treinta años cumplidos?
Este caso se presenta en la vida real tan a menudo, que ya debe incluírsele
entre las enfermedades de marcha fija, de crisis pronosticable, según las
observaciones de la ciencia.
Rodriguito enfermó de mucho cuidado, siendo claro
síntoma de la calentura el ansia de sublimar, de divinizar a la generala.
Ocultaba el muchacho su mal como si fuese el pecado más vergonzoso -cuando
realmente era el brote, en fragantes rosas, de su bella eflorescencia juvenil-,
y oía los comentarios relativos al mechón con ímpetus de cólera unas veces;
otras, con desaliento amargo. Si se atreviese a dar un escándalo, desharía a
alguno de los maldicientes... sólo con apretar los dedos. Ya sentía rabiosa
curiosidad por rasgar el velo del pasado de la generala; ya juzgaba sacrilegio
el intentarlo siquiera; ya con infantil disimulo, torcía la conversación cuando
su madre y las amigas de su madre discutían por centésima vez el secreto del
mechón; ya, en los saraos de confianza de la Capitanía General, clavaba los ojos
con doloroso éxtasis en aquel rasgo de plata que como pincelada trágica cruzaba
la sien de la señora...
¿Adivinó ella lo que pasaba en el alma de Rodriguito?
¿Fue coincidencia de simpatía, fue capricho, fue necesidad de algo que la
consolase del espionaje y la pública sospecha? La generala principió a fijar los
ojos, a hurtadillas, en el hijo de la marquesa de Veniales... Hacíalo con tal
disimulo, con tan hábil oportunidad, que sólo el venturoso Rodrigo pudo notarlo.
Al pronto se creyó engañado por un casual encuentro de pupilas... Sin embargo,
las ojeadas se repitieron tanto y fueron tan largas, tan intensas, tan
elocuentes, tan propias para trastornar y enloquecer a quien ya no tenía por
suyo el albedrío... ¡A todo esto, ni una palabra se había cruzado entre Rodrigo
y la dama!
Una noche de invierno entró Rodrigo en la Capitanía
antes que llegase nadie. La generala estaba sola, sentada ante un veladorcito,
bordando; inclinaba la cabeza; la luz del quinqué bañaba su pelo y el mechón
relucía como nieve. No hay seductor de oficio que tenga los desplantes de los
novatos. La inexperiencia es madre de la osadía. Rodrigo miró alrededor, se
convenció de que estaba solo, acercóse furtivamente, y en una de esas posturas
que ni son arrodillarse ni sentarse que tienen algo de adoración y muchísimo de
exceso de confianza echó a la generala los brazos al cuello y, delirando de
felicidad, besó el mechón una y mil veces. Lo raro fue que la generala, en vez
de rechazarlo, dejó caer la cabeza, suspirando, sobre el hombro del primogénito
de Osorio.
Aquello duró un segundo. Las botas del ayudante
rechinaban ya en el pasillo. Voces de señoras resonaban en la escalera.
Separáronse los culpables, trocando una mirada insensata, sin freno, que lo
decía todo. La generala volvió a bordar, derecha, grave y muda como siempre.
El héroe del sarao, aquella noche, fue el forastero
presentado por la marquesa de Veniales: un sobrino suyo, que por influencias de
su elevada parentela en la corte venía a Marineda a desempeñar un empleíto en
Hacienda. Era el tal muchacho, elegante, de ameno trato, muy agradable danzarín
y su presencia animó la reunión y alegró no poco a las señoritas marinedinas,
siempre afligidas por el absentismo de los hombres. Al salir de la reunión, el
forastero colmó la medida de la finura ofreciendo el brazo a su tía la marquesa.
Francamente, lector, ¿no sospechas de qué hablarían tía y sobrino, hasta el
portal de la casa de Veniales? ¿Del mechón blanco? ¡Naturalmente! Y el forastero
hizo entrever el séptimo cielo a la señora, diciéndole con petulancia;
-¡El mechón blanco! Ya lo creo. Conozco su historia.
¿No ve usted que estando yo de oficial primero en la Delegación de Zaragoza,
vivía allí el general con su mujer? Sólo que entonces era brigadier no más.
-¿De veras, Juanito? -balbució la marquesa, tartamuda
de gozo-. ¿De veras sabes la historia del mechón blanco? ¿No me la contarás, dí?
Hallábase ya en el portal y Rodrigo, que venía un poco
rezagado, se incorporaba al grupo.
-Hoy no, tía... Es tarde y ustedes van a subir...
-Hijito..., si te parece, ahora. En un instante...
-Pues abreviaré -contestó resignadamente el forastero-.
Esta señora tenía en Zaragoza... lo que usted puede suponer..., con un oficial
de artillería, muy guapo. El marido se ausenta..., cuatro o seis días, y al
volver, lo de cajón: recibe un anónimo... Malintencionados, que nunca faltan...,
o despechados, que es lo más probable. Escena dramática, reconvenciones,
amenazas, gritos de ella, protestas, juramentos, aquello de ¡soy inocente!, por
aquí, y ¡me calumnian!, por allá. El marido, que es todo un hombre, la agarra,
me la lleva delante de un Cristo y le dice: «Júrame aquí, ante Dios, que es
falso lo que cuenta el anónimo». La mujer, muerta de miedo, sale por este
registro: «Te lo juro por la vida de nuestra hija». Se me había olvidado: tenía
una chica de cuatro años preciosa. Bueno, el marido se conforma; hay
reconciliación y todo como una balsa. A las veinticuatro horas, la chiquilla con
calentura; a las cuarenta y ocho, en el otro mundo, de una meningitis. Cuando la
madre volvió a presentarse en público, lucía ese mechón de canas. Adiós, tía,
que está usted de pie y en ese portal hay corrientes.
El forastero se volvió, y dando un grito de sorpresa,
añadió:
-Tía... ¿Qué es esto? ¿No ve usted? Rodrigo se ha
puesto muy malo. A ver..., yo le sostengo... Pero ¿qué le pasa a este chico? |
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¿Cobardía?
Era en el café acabado de abrir en Marineda, el que les
puso la ceniza en la frente a los demás, desplegando suntuosidad asombrosa para
una capital de segundo orden. Nos tenía deslumbrados a todos la riqueza de las
vidrieras con cifras y arabescos; las doradas columnas; los casetones del techo,
con sus pinturas de angelitos de rosado traserín y azules alas y,
particularmente, la profusión de espejos que revestían de alto a bajo las
paredes; enormes lunas biseladas, venidas de Saint-Gobain (nos constaba,
habíamos visto el resguardo de la Aduana), y que copiaban centuplicándolos, los
mecheros de gas, las cuadradas mesas de mármol y los semblantes de las bellezas
marinedinas, cuando venían muy emperifolladas en las apacibles tardes del
verano, a sorber por barquillo un medio de fresa.
Es de advertir que nosotros no ocupábamos el vasto
salón principal, sino otro más chico bien alhajado, arrendado por los miembros
de la aristocrática Sociedad La Pecera, que, por si ustedes no lo saben, es el
Veloz Club marinedino (tengo la honra de pertenecer a su Junta directiva). La
Pecera, por lo mismo que no admite sino peces gordos, es poco numerosa y no
puede sufragar los gastos de un local suyo. Bástale el saloncillo del café,
forrado todo de azogadas lunas, cerrado por vidrieras clarísimas que caen a dos
fachadas: la que da a la calle Mayor y la del paseo del Terraplén. A este
derroche de cristalería se debió el mote puesto a nuestra Sociedad por la gente
maleante. Algunos divanes y mesas de juego, un biombo completaban los trastos de
aquel observatorio, donde se reunía por las tardes y durante las primeras horas
nocturnas el «todo Marineda» masculino y selecto.
Una noche -serían las doce y media- en que ni había
teatro, ni reunión, ni distracción alguna nos juntábamos en el Club ocho o diez
peces -gran bandada para un acuario tan chico-. Se había fumado, murmurado,
debatido problemas administrativos, científicos y literarios; contado verdores,
aquilatado puntos difíciles de ciencia erotológica; roído algo los zancajos a la
docena de señoritas que estaban siempre sobre la mesa de disección; picado en la
política local y analizado por centésima vez la compañía de zarzuela; pero no se
había enzarzado verdadera gresca, de esas que arrebatan la sangre a los rostros
y degeneran en desagradables disputas, voces y manotadas. A última hora -casi a
la de queda, pues rara vez trasnochaban los peces hasta más de la una- se armó
la cuestión recia e infalible. Minutos antes entraba en La Pecera una persona a
quien yo profeso gran cariño: Rodrigo Osorio, hijo mayor de la marquesa de
Veniales. Habiéndole conocido en ocasión muy crítica para mí, nos unía desde
entonces una amistad, por decirlo así, clandestina. Ni andábamos siempre juntos,
ni con frecuencia siquiera; no cultivábamos ese trato pegajoso que, en opinión
del vulgo, caracteriza a los amigos íntimos. Mis novias podían escribirme sin
que yo enseñase a Rodrigo sus gazapos de ortografía. Pasábamos un mes sin
vernos, y no por eso se nos desquiciaba la vida; nos veíamos al cabo del mes, y
sentíamos -sentía yo, por lo menos- cierta efusión interior, cierto bienestar
del alma. No por eso se entienda que congeniábamos. Al contrario: nuestro
carácter y modo de ser opuestos nos impedían la verdadera compenetración
amistosa. Yo tenía a Rodrigo por estrecho de criterio, medio beato, cerrado,
meticuloso y triste; él, probablemente, me conceptuaba un libertino escéptico,
un vividor egoísta. Entre el hombre que comulga todos los meses y el que sólo lo
hace con ruedas de molino se alza siempre un muro o invisible valla moral.
Al entrar Rodrigo en La Pecera hallábase la disputa en
sus comienzos: era de las que pueden tomar fácilmente un giro peligroso, porque
de comentar ciertas bofetadas y bastonazos administrados aquella misma mañana
por un tendero a un concejal a causa de no sé qué enjuagues de matute, se había
pasado a discutir el valor y los modos de probarlo.
A mí, estos altercados me proporcionaban un género de
distracción muy original. Apenas principiaban a exaltarse los ánimos, fijaba la
vista en la pared de espejos, donde se reflejaba el grupo de contendientes,
observando algo fantástico, al menos para mí. Al copiarse en las lunas no solo
el grupo, sino la imagen del mismo grupo devuelta por las lunas de enfrente,
parecía como si discutiese una innumerable muchedumbre en una galería
larguísima, a la cual no se le veía el fin. Recreo de ilusionismo barato, que me
causaba una especie de extravío imaginativo bastante curioso. Había dado en
figurarme que las imágenes reflejadas en los espejos eran sombras, espectros y
caricaturas morales de los disputadores vivos. Sus actitudes y movimientos, que
reproducían las lunas, me parecían irónicas, lúgubres y mofadoras. Y de fijo era
yo quien reflejaba en el espejo la actitud de mi propio espíritu ante tanta
polémica huera, tanta vanidad, tanta exageración, tanta vaciedad y tanta
palabrota como allí se oía en diciendo que empezaba el debate.
El de la noche a que me refiero iba por los caminos que
ustedes verán, si leen.
-Yo -decía Mauro Pareja, pez de muchas libras-
comprendo que en casos así se ciegue el más pacífico, se le suba el humo a las
narices y la emprenda a linternazos hasta con su propia sombra. Eso de que le
llamen a uno matutero... Señores, aunque yo lo fuese, no le tolero que me lo
llame ni al lucero del alba. Pero... ¡las armas naturales! Ya me apesta lo del
cambio de tarjetitas y la farándula de los padrinos con sus idas y venidas, y la
farsa de los sables romos, y el sueltecillo de cajón: «Anteayer, jugando con
unos sables, recibió un arañazo en una bota el distinguido joven Periquito de
los Palotes...» Pleca, y luego: «Ha quedado honrosamente zanjada la cuestión
surgida entre Periquito de los Palotes y Juanito Peranzules...» ¡A freír monas!
¡Y vaya una manera de volver por la decencia! El puño, señores..., y a vivir.
-El puño es de carreteros -arguyó el comandante Irazu,
hombre desmedrado, lacio como un guante viejo, mirando de soslayo, con aparente
desdén, la enorme diestra huesuda de Mauro Pareja.
-El puño y la bota, y peor para la gente esmirriada
-repitió, con acento incisivo, Mauro-. Y hasta los dientes y las uñas, ¡qué
demontre!
-Como las verduleras -bufó Irazu-. Bonito sistema. El
mejor día nos arrancamos el moño. ¡Taco, oye uno cada cosa!
-El duelo -declaró el redicho jurisconsulto Arturo
Cáñamo en voz muy flauteada- es contrario a las enseñanzas de la religión y a
los adelantos de la moral social. Nos retrotrae..., pues...; nos retrotrae a los
tiempos perturbados de la Edad Media. Es una costumbre bárbara, importada por
los germanos de sus selvas vírgenes...
-¡Que la importase el moro Muza!... -exclamó Pablito
Encinar, el pececillo más nuevo del acuario, acabado de salir del colegio de
artillería-. Mire usted: ¡a mí, qué!
-¿De modo -recalcó Cáñamo, engallándose mucho- que
usted se batiría en duelo? ¿Usted sostiene que cometería un asesinato legal?...
-Señor mío, eso según y conforme... Ahora hablamos a
sangre fría. Pero supóngase usted que un hombre me injuria atroz, mortalmente...
¿Me trago la injuria? ¡Tráguesela usted, y buen provecho le haga! Usted no viste
uniforme. Es decir, yo, aunque tampoco lo vistiese, no me la trago. ¡Qué había
de tragar! Figúrese usted..., vamos, verbigracia..., que aquí, delante de todos
viene un individuo y le planta a usted un bofetón en mitad de la jeta... ¿Qué
hace usted? ¿Se lo guarda y se consuela con que los germanos...?
Al llegar a este punto la discusión, mi observatorio de
los espejos me reveló una cosa rara. Rodrigo Osorio tenía vuelto el rostro hacia
la pared; pero lo copiaba la luna más próxima, y vi que se ponía no pálido, sino
verde, lívido, desencajado como un moribundo. Sus labios se movían
convulsivamente, y su mano crispada hacía dos o tres veces el ademán de aflojar
la corbata, propósito irrealizable, pues era de las que llaman de «plastrón». A
la vez que comprobaba en Rodrigo esta impresión profunda e iba a volverme para
preguntarle si estaba enfermo, las delatoras lunas me hicieron nuevas
revelaciones: en ellas vi a tres o cuatro Mauros Pareja guiñando el ojo y
tirando de la manga a otros tantos Pablitos Encinar, y a los Pablitos Encinar
dándose tres o cuatro palmadas en la boca, de ese modo que significa: «¡Tonto de
mí! Soy un charlatán imprudente». Y al punto que observé estos dos hechos, vi en
el espejo que las figuras cesaban de accionar, mientras mis oídos percibían, en
vez del alboroto de la polémica, un silencio repentino, embarazoso, helado. Dos
o tres segundos después sentí un dramático escalofrío: Rodrigo se levantaba,
tomaba su sombrero y, sin pronunciar una silaba, abandonaba el salón.
Fue todo ello tan de repente, tan impensado, que al
pronto me quedé sobrecogido, no acertando ni a preguntar a los que,
indudablemente..., «sabían». Al fin conseguí exclamar, dirigiéndome a Pareja:
-Pero ¿qué sucede? ¿Qué ha pasado aquí?
-¡Este Pablito! -contestó Pareja señalando al joven
teniente, que se mordía el bigotillo, muy nervioso-. ¡Le ponen a uno en cada
compromiso los novatos!
-¿Pero qué es ello? ¡Si yo no sé nada!
-¡Hombre! ¿No ha de saber usted? Rodrigo le quiere a
usted mucho..., y, además, hasta los gatos lo saben.
-Pues las personas, no; yo, al menos. Le ruego a usted
que me ponga al tanto...
-¡No saberlo usted! -repuso Pareja con suspicacia-.
Bueno; pues en dos palabras le enteraré... La cosa es muy sencilla. ¿Se acuerda
usted de aquella generala tan salada, tan guapetona y tan seria que tuvimos hace
tres años? ¿No? Verdad que usted no estaba entonces aquí... Pues era una
mujer... de patente, y no faltaron almas caritativas para susurrar que este
Rodriguito y ella... En fin, cosas del pícaro mundo. Si fuese verdad, el caso
probaría que los chicos educados en tanto beaterío son lo mismito que los demás
mortales que no andan comiéndose los santos... Digo, no; ya verá usted cómo, en
ciertos casos, resultan diferentes. El general se enteró de las murmuraciones,
hay quien cree si por algún anónimo..., y se dejó decir que él no se batía con
chicuelos, pero que tiraría de las orejas y hartaría de bofetones a Rodrigo
donde le encontrase. La mamá se asustó, se llevó al niño a Compostela y allí le
metió de coronilla, sin duda para acabar de volverle loco, en iglesias,
confesonarios y conventos.
Al cabo de dos o tres meses regresaron aquí. No estaba
la generala. Se había ido a las aguas de Cuntis. El general, sí, y ahora entra
lo bueno de la historia. Una tarde, paseábase el general, con su ayudante al
lado, por la calle Mayor, y Rodriguito, que venía en sentido contrario, se le
acerca, se encara con él y le dice (hay quien lo oyó como usted me oye): «Sé que
usted desea abofetearme. Aquí estoy. Puede usted cumplir su deseo». El general
alza la mano..., y ¡pum! De cuello vuelto, ¡terrible, monumental! Todos creían
que el muchacho iba a sacar un revólver... ¡Nada, señores, nada! Aguantó, agachó
la cabeza, se volvió..., y se retiró lo mismo que ahora, con mucha pausa, sin
decir chuz ni muz, arrimando el pañuelo a las narices, que le sangraban.
Hubo una explosión de risas y de comentarios. Pablito
Encinar juró y se retorció el naciente bigote. Sentí en la cara el ardor del
recio bofetón, como si acabase de recibirlo. Temblé de ira. Comprendí en aquel
instante toda la fuerza del afecto que Rodrigo me inspiraba. La lengua se me
entorpecía, de pura rabia y cólera frenética. Por medio de un esfuerzo terrible
me dominé y pude articular estas frases, que dejaron a los peces más
boquiabiertos de lo que estaban por costumbre:
-He conocido a Rodrigo Osorio hace un año en Madrid. No
le conocí en ninguna soirée ni en ningún teatro, ni en timba ninguna, sino a la
cabecera de mi cama. ¿Cómo? Aguarden ustedes... Parábamos en la misma fonda.
Supo él que un paisano suyo, un marinedino, se encontraba enfermo de una
tifoidea, bastante solo y casi abandonado. No preguntó más. Se metió en mi
cuarto a cuidarme. Me cuidó como un hermano, como una hermana... de la Caridad.
Pasó diez noches sin desnudarse. No contrajo mi mal porque Dios no lo quiso.
Ahora, el que sea más valentón que Rodrigo Osorio, que salga ahí. ¿Lo están
ustedes oyendo? ¡A ver, a ver si alguno tiene ganas de que yo sea el general!
Porque a mí me hormiguea la mano...
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Mauro Pareja no esgrimió contra mí los dientes ni los
puños. No me vi tampoco en ocasión de «jugar» con ningún sable, florete ni otra
arma mortífera. |
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El indulto
De cuantas mujeres enjabonaban ropa en el lavadero
público de Marineda, ateridas por el frío cruel de una mañana de marzo, Antonia
la asistenta era la más encorvada, la más abatida, la que torcía con menos brío,
la que refregaba con mayor desaliento. A veces, interrumpiendo su labor,
pasábase el dorso de la mano por los enrojecidos párpados, y las gotas de agua y
las burbujas de jabón parecían lágrimas sobre su tez marchita.
Las compañeras de trabajo de Antonia la miraban
compasivamente, y de tiempo en tiempo, entre la algarabía de las conversaciones
y disputas, se cruzaba un breve diálogo, a media voz, entretejido con
exclamaciones de asombro, indignación y lástima. Todo el lavadero sabía al
dedillo los males de la asistenta, y hallaba en ellos asunto para interminables
comentarios. Nadie ignoraba que la infeliz, casada con un mozo carnicero,
residía, años antes, en compañía de su madre y de su marido, en un barrio
extramuros, y que la familia vivía con desahogo, gracias al asiduo trabajo de
Antonia y a los cuartejos ahorrados por la vieja en su antiguo oficio de
revendedora, baratillera y prestamista. Nadie había olvidado tampoco la lúgubre
tarde en que la vieja fue asesinada, encontrándose hecha astillas la tapa del
arcón donde guardaba sus caudales y ciertos pendientes y brincos de oro. Nadie,
tampoco, el horror que infundió en el público la nueva de que el ladrón y
asesino no era sino el marido de Antonia, según esta misma declaraba, añadiendo
que desde tiempo atrás roía al criminal la codicia del dinero de su suegra, con
el cual deseaba establecer una tablajería suya propia. Sin embargo, el acusado
hizo por probar la coartada, valiéndose del testimonio de dos o tres amigotes de
taberna, y de tal modo envolvió el asunto, que, en vez de ir al palo, salió con
veinte años de cadena. No fue tan indulgente la opinión como la ley: además de
la declaración de la esposa, había un indicio vehementísimo: la cuchillada que
mató a la vieja, cuchillada certera y limpia, asestada de arriba abajo, como las
que los matachines dan a los cerdos, con un cuchillo ancho y afiladísimo, de
cortar carne. Para el pueblo no cabía duda en que el culpable debió subir al
cadalso. Y el destino de Antonia comenzó a infundir sagrado terror cuando fue
esparciéndose el rumor de que su marido «se la había jurado» para el día en que
saliese del presidio, por acusarle. La desdichada quedaba encinta, y el asesino
la dejó avisada de que, a su vuelta, se contase entre los difuntos.
Cuando nació el hijo de Antonia, ésta no pudo criarlo,
tal era su debilidad y demacración y la frecuencia de las congojas que desde el
crimen la aquejaban. Y como no le permitía el estado de su bolsillo pagar ama,
las mujeres del barrio que tenían niños de pecho dieron de mamar por turno a la
criatura, que creció enclenque, resintiéndose de todas las angustias de su
madre. Un tanto repuesta ya, Antonia se aplicó con ardor al trabajo, y aunque
siempre tenían sus mejillas esa azulada palidez que se observa en los enfermos
del corazón, recobró su silenciosa actividad, su aire apacible.
¡Veinte años de cadena! En veinte años -pensaba ella
para sus adentros-, él se puede morir o me puedo morir yo, y de aquí allá, falta
mucho todavía.
La hipótesis de la muerte natural no la asustaba, pero
la espantaba imaginar solamente que volvía su marido. En vano las cariñosas
vecinas la consolaban indicándole la esperanza remota de que el inicuo parricida
se arrepintiese, se enmendase, o, como decían ellas, «se volviese de mejor
idea». Meneaba Antonia la cabeza entonces, murmurando sombríamente:
-¿Eso él? ¿De mejor idea? Como no baje Dios del cielo
en persona y le saque aquel corazón perro y le ponga otro...
Y, al hablar del criminal, un escalofrío corría por el
cuerpo de Antonia.
En fin: veinte años tienen muchos días, y el tiempo
aplaca la pena más cruel. Algunas veces, figurábasele a Antonia que todo lo
ocurrido era un sueño, o que la ancha boca del presidio, que se había tragado al
culpable, no le devolvería jamás; o que aquella ley que al cabo supo castigar el
primer crimen sabría prevenir el segundo. ¡La ley! Esa entidad moral, de la cual
se formaba Antonia un concepto misterioso y confuso, era sin duda fuerza
terrible, pero protectora; mano de hierro que la sostendría al borde del abismo.
Así es que a sus ilimitados temores se unía una confianza indefinible, fundada
sobre todo en el tiempo transcurrido y en el que aún faltaba para cumplirse la
condena.
¡Singular enlace el de los acontecimientos!
No creería de seguro el rey, cuando vestido de capitán
general y con el pecho cargado de condecoraciones daba la mano ante el ara a una
princesa, que aquel acto solemne costaba amarguras sin cuenta a una pobre
asistenta, en lejana capital de provincia. Así que Antonia supo que había
recaído indulto en su esposo, no pronunció palabra, y la vieron las vecinas
sentada en el umbral de la puerta, con las manos cruzadas, la cabeza caída sobre
el pecho, mientras el niño, alzando su cara triste de criatura enfermiza,
gimoteaba:
-Mi madre... ¡Caliénteme la sopa, por Dios, que tengo
hambre!
El coro benévolo y cacareador de las vecinas rodeó a
Antonia. Algunas se dedicaron a arreglar la comida del niño; otras animaban a la
madre del mejor modo que sabían. ¡Era bien tonta en afligirse así! ¡Ave María
Purísima! ¡No parece sino que aquel hombrón no tenía más que llegar y matarla!
Había Gobierno, gracias a Dios, y Audiencia y serenos; se podía acudir a los
celadores, al alcalde...
-¡Qué alcalde! -decía ella con hosca mirada y apagado
acento.
-O al gobernador, o al regente, o al jefe de
municipales. Había que ir a un abogado, saber lo que dispone la ley...
Una buena moza, casada con un guardia civil, ofreció
enviar a su marido para que le «metiese un miedo» al picarón; otra, resuelta y
morena, se brindó a quedarse todas las noches a dormir en casa de la asistenta.
En suma, tales y tantas fueron las muestras de interés de la vecindad, que
Antonia se resolvió a intentar algo, y sin levantar la sesión, acordóse
consultar a un jurisperito, a ver qué recetaba.
Cuando Antonia volvió de la consulta, más pálida que de
costumbre, de cada tenducho y de cada cuarto bajo salían mujeres en pelo a
preguntarle noticias, y se oían exclamaciones de horror. ¡La ley, en vez de
protegerla, obligaba a la hija de la víctima a vivir bajo el mismo techo,
maritalmente con el asesino!
-¡Qué leyes, divino Señor de los cielos! ¡Así los
bribones que las hacen las aguantaran! -clamaba indignado el coro-. ¿Y no habrá
algún remedio, mujer, no habrá algún remedio?
-Dice que nos podemos separar... después de una cosa
que le llaman divorcio.
-¿Y qué es divorcio, mujer?
-Un pleito muy largo.
Todas dejaron caer los brazos con desaliento: los
pleitos no se acaban nunca, y peor aún si se acaban, porque los pierde siempre
el inocente y el pobre.
-Y para eso -añadió la asistenta- tenía yo que probar
antes que mi marido me daba mal trato.
-¡Aquí de Dios! ¿Pues aquel tigre no le había matado a
la madre? ¿Eso no era mal trato? ¿Eh? ¿Y no sabían hasta los gatos que la tenía
amenazada con matarla también?
-Pero como nadie lo oyó... Dice el abogado que se
quieren pruebas claras...
Se armó una especie de motín. Había mujeres
determinadas a hacer, decían ellas, una exposición al mismísimo rey, pidiendo
contraindulto. Y, por turno, dormían en casa de la asistenta, para que la pobre
mujer pudiese conciliar el sueño. Afortunadamente, el tercer día llegó la
noticia de que el indulto era temporal, y al presidiario aún le quedaban algunos
años de arrastrar el grillete. La noche que lo supo Antonia fue la primera en
que no se enderezó en la cama, con los ojos desmesuradamente abiertos, pidiendo
socorro.
Después de este susto, pasó más de un año y la
tranquilidad renació para la asistenta, consagrada a sus humildes quehaceres. Un
día, el criado de la casa donde estaba asistiendo creyó hacer un favor a aquella
mujer pálida, que tenía su marido en presidio, participándole como la reina iba
a parir, y habría indulto, de fijo.
Fregaba la asistenta los pisos, y al oír tales anuncios
soltó el estropajo, y descogiendo las sayas que traía arrolladas a la cintura,
salió con paso de autómata, muda y fría como una estatua. A los recados que le
enviaban de las casas respondía que estaba enferma, aunque en realidad sólo
experimentaba un anonadamiento general, un no levantársele los brazos a labor
alguna. El día del regio parto contó los cañonazos de la salva, cuyo estampido
le resonaba dentro del cerebro, y como hubo quien le advirtió que el vástago
real era hembra, comenzó a esperar que un varón habría ocasionado más indultos.
Además, ¿Por qué le había de coger el indulto a su marido? Ya le habían
indultado una vez, y su crimen era horrendo; ¡matar a la indefensa vieja que no
le hacía daño alguno, todo por unas cuantas tristes monedas de oro! La terrible
escena volvía a presentarse ante sus ojos: ¿merecía indulto la fiera que asestó
aquella tremenda cuchillada? Antonia recordaba que la herida tenía los labios
blancos, y parecíale ver la sangre cuajada al pie del catre.
Se encerró en su casa, y pasaba las horas sentada en
una silleta junto al fogón. ¡Bah! Si habían de matarla, mejor era dejarse morir!
Solo la voz plañidera del niño la sacaba de su
ensimismamiento.
-Mi madre, tengo hambre. Mi madre, ¿qué hay en la
puerta? ¿Quién viene?
Por último, una hermosa mañana de sol se encogió de
hombros, y tomando un lío de ropa sucia, echó a andar camino del lavadero. A las
preguntas afectuosas respondía con lentos monosílabos, y sus ojos se posaban con
vago extravío en la espuma del jabón que le saltaba al rostro.
¿Quién trajo al lavadero la inesperada nueva, cuando ya
Antonia recogía su ropa lavada y torcida e iba a retirarse? ¿Inventóla alguien
con fin caritativo, o fue uno de esos rumores misteriosos, de ignoto origen, que
en vísperas de acontecimientos grandes para los pueblos, o los individuos,
palpitan y susurran en el aire? Lo cierto es que la pobre Antonia, al oírlo, se
llevó instintivamente la mano al corazón, y se dejó caer hacia atrás sobre las
húmedas piedras del lavadero.
-Pero ¿de veras murió? -preguntaban las madrugadoras a
las recién llegadas.
-Si, mujer...
-Yo lo oí en el mercado...
-Yo, en la tienda...,
-¿A ti quién te lo dijo?
-A mí, mi marido.
-¿Y a tu marido?
-El asistente del capitán.
-¿Y al asistente?
-Su amo...
Aquí ya la autoridad pareció suficiente y nadie quiso
averiguar más, sino dar por firme y valedera la noticia. ¡Muerto el criminal, en
víspera de indulto, antes de cumplir el plazo de su castigo! Antonia la
asistenta alzó la cabeza y por primera vez se tiñeron sus mejillas de un sano
color y se abrió la fuente de sus lágrimas. Lloraba de gozo, y nadie de los que
la miraban se escandalizó. Ella era la indultada; su alegría, justa. Las
lágrimas se agolpaban a sus lagrimales, dilatándole el corazón, porque desde el
crimen se había «quedado cortada», es decir, sin llanto. Ahora respiraba
anchamente, libre de su pesadilla. Andaba tanto la mano de la Providencia en lo
ocurrido que a la asistenta no le cruzó por la imaginación que podía ser falsa
la nueva.
Aquella noche, Antonia se retiró a su cama más tarde
que de costumbre, porque fue a buscar a su hijo a la escuela de párvulos, y le
compró rosquillas de «jinete», con otras golosinas que el chico deseaba hacía
tiempo, y ambos recorrieron las calles, parándose ante los escaparates, sin
ganas de comer, sin pensar más que en beber el aire, en sentir la vida y en
volver a tomar posesión de ella.
Tal era el enajenamiento de Antonia, que ni reparó en
que la puerta de su cuarto bajo no estaba sino entornada. Sin soltar de la mano
al niño entró en la reducida estancia que le servía de sala, cocina y comedor, y
retrocedió atónita viendo encendido el candil. Un bulto negro se levantó de la
mesa, y el grito que subía a los labios de la asistenta se ahogó en la garganta.
Era él. Antonia, inmóvil, clavada al suelo, no le veía
ya, aunque la siniestra imagen se reflejaba en sus dilatadas pupilas. Su cuerpo
yerto sufría una parálisis momentánea; sus manos frías soltaron al niño, que,
aterrado, se le cogió a las faldas. El marido habló.
-¡Mal contabas conmigo ahora! -murmuró con acento
ronco, pero tranquilo.
Y al sonido de aquella voz donde Antonia creía oír
vibrar aún las maldiciones y las amenazas de muerte, la pobre mujer, como
desencantada, despertó, exhaló un ¡ay! agudísimo, y cogiendo a su hijo en
brazos, echó a correr hacia la puerta.
El hombre se interpuso.
-¡Eh..., chst! ¿Adónde vamos, patrona? -silabeó con su
ironía de presidiario-. ¿A alborotar el barrio a estas horas? ¡Quieto aquí todo
el mundo!
Las últimas palabras fueron dichas sin que las
acompañase ningún ademán agresivo, pero con un tono que heló la sangre de
Antonia. Sin embargo, su primer estupor se convertía en fiebre, la fiebre lúcida
del instinto de conservación. Una idea rápida cruzó por su mente: ampararse del
niño. ¡Su padre no le conocía; pero, al fin, era su padre! Levantóle en alto y
le acercó a la luz.
-¿Ese es el chiquillo? -murmuró el presidiario, y
descolgando el candil llególo al rostro del chico.
Éste guiñaba los ojos, deslumbrado, y ponía las manos
delante de la cara, como para defenderse de aquel padre desconocido, cuyo nombre
oía pronunciar con terror y reprobación universal. Apretábase a su madre, y
ésta, nerviosamente, le apretaba también, con el rostro más blanco que la cera.
-¡Qué chiquillo tan feo! -gruñó el padre, colgando de
nuevo el candil-. Parece que lo chuparon las brujas.
Antonia sin soltar al niño, se arrimó a la pared, pues
desfallecía. La habitación le daba vueltas alrededor, y veía lucecitas azules en
el aire.
-A ver: ¿No hay nada de comer aquí? -pronunció el
marido.
Antonia sentó al niño en un rincón, en el suelo, y
mientras la criatura lloraba de miedo, conteniendo los sollozos, la madre
comenzó a dar vueltas por el cuarto, y cubrió la mesa con manos temblorosas.
Sacó pan, una botella de vino, retiró del hogar una cazuela de bacalao, y se
esmeraba sirviendo diligentemente, para aplacar al enemigo con su celo. Sentóse
el presidiario y empezó a comer con voracidad, menudeando los tragos de vino.
Ella permanecía de pie, mirando, fascinada, aquel rostro curtido, afeitado y
seco que relucía con este barniz especial del presidio. Él llenó el vaso una vez
más y la convidó.
-No tengo voluntad... -balbució Antonia: y el vino, al
reflejo del candil, se le figuraba un coágulo de sangre.
Él lo despachó encogiéndose de hombros, y se puso en el
plato más bacalao, que engulló ávidamente, ayudándose con los dedos y mascando
grandes cortezas de pan. Su mujer le miraba hartarse, y una esperanza sutil se
introducía en su espíritu. Así que comiese, se marcharía sin matarla. Ella,
después, cerraría a cal y canto la puerta, y si quería matarla entonces, el
vecindario estaba despierto y oiría sus gritos. ¡Solo que, probablemente, le
sería imposible a ella gritar! Y carraspeó para afianzar la voz. El marido,
apenas se vio saciado de comida, sacó del cinto un cigarro, lo picó con la uña y
encendió sosegadamente el pitillo en el candil.
-¡Chst!... ¿Adónde vamos? -gritó viendo que su mujer
hacía un movimiento disimulado hacia la puerta-. Tengamos la fiesta en paz.
-A acostar al pequeño -contestó ella sin saber lo que
decía. Y refugióse en la habitación contigua llevando a su hijo en brazos. De
seguro que el asesino no entraría allí. ¿Cómo había de tener valor para tanto?
Era la habitación en que había cometido el crimen, el cuarto de su madre. Pared
por medio dormía antes el matrimonio; pero la miseria que siguió a la muerte de
la vieja obligó a Antonia a vender la cama matrimonial y usar la de la difunta.
Creyéndose en salvo, empezaba a desnudar al niño, que ahora se atrevía a
sollozar más fuerte, apoyado en su seno; pero se abrió la puerta y entró el
presidiario.
Antonia le vio echar una mirada oblicua en torno suyo,
descalzarse con suma tranquilidad, quitarse la faja, y, por último, acostarse en
el lecho de la víctima. La asistenta creía soñar. Si su marido abriese una
navaja, la asustaría menos quizá que mostrando tan horrible sosiego. El se
estiraba y revolvía en las sábanas, apurando la colilla y suspirando de gusto,
como hombre cansado que encuentra una cama blanda y limpia.
-¿Y tú? -exclamó dirigiéndose a Antonia-. ¿Qué haces
ahí quieta como un poste? ¿No te acuestas?
-Yo... no tengo sueño -tartamudeó ella, dando diente
con diente.
-¿Qué falta hace tener sueño? ¡Si irás a pasar la noche
de centinela!
-Ahí... ahí..., no... cabemos... Duerme tú... Yo aquí,
de cualquier modo...
Él soltó dos o tres palabras gordas.
-¿Me tienes miedo o asco, o qué rayo es esto? A ver
como te acuestas, o si no...
Incorporóse el marido, y extendiendo las manos, mostró
querer saltar de la cama al suelo. Mas ya Antonia, con la docilidad fatalista de
la esclava, empezaba a desnudarse. Sus dedos apresurados rompían las cintas,
arrancaban violentamente los corchetes, desgarraban las enaguas. En un rincón
del cuarto se oían los ahogados sollozos del niño...
Y el niño fue quien, gritando desesperadamente llamó al
amanecer a las vecinas que encontraron a Antonia en la cama, extendida, como
muerta. El médico vino aprisa, y declaró que vivía, y la sangró, y no logró
sacarle gota de sangre. Falleció a las veinticuatro horas, de muerte natural,
pues no tenía lesión alguna. El niño aseguraba que el hombre que había pasado
allí la noche la llamó muchas veces al levantarse, y viendo que no respondía
echó a correr como un loco. |
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El rizo del Nazareno
A la hora en que él cruzó el pórtico del templo lucían
las estrellas con vivo centellear en el profundo azul, saturaba la primavera de
trépidos y aromosos efluvios el ambiente, hallábanse las calles concurridas,
rebosando animación, y los transeúntes cuchicheaban a media voz, fluctuando
entre el recogimiento de las recientes plegarias y la expansión bulliciosa
provocada por aquella blanda y halagüeña temperatura de abril. Eran casi las
once de la noche del Jueves Santo.
Entróse a buen paso mi héroe por la iglesia, en cuya
nave se espesaba la atmósfera, impregnada de partículas de cera e incienso. En
el altar mayor ardían aún todas las luces del monumento, simétricamente
dispuestas, alternando con vasos henchidos de gayas y pomposas flores de papel
con ramos de hojarasca de plata, y allá arriba azulados bullones de tul formaban
un dosel de nubes, de trecho en trecho cogido por angelitos vivarachos y de
rosada carnación, con blancas alas en los hombros, alas impacientes y cortas,
que parecían, entre el trémulo chisporroteo de los cirios, estremecerse
preludiando el vuelo. Todo el gran frente del altar irradiaba y esplendía como
una gloria, envuelto en áureo y caliente vapor, y animado por la continua y
parpadeante vibración de las candelas, y las notas de fuerte colorido de los
contrahechos ramilletes.
Él avanzó hacia el luminoso foco, atraído por dos
negras figuras femeniles -esbeltas a despecho del largo manto que las recataba-
que de hinojos ante el presbiterio sobresalían, destacándose encima de aquel
fondo de lumbre; mas en el propio instante las figuras se irguieron, hicieron
profunda reverencia al altar, signáronse, y rápidas tomaron hacia la puertecilla
de la sacristía, que a la derecha bostezaba, abriéndose como una boca oscura.
Echó él inmediatamente tras las figuras, sin cuidarse de dar muestra alguna de
respeto cuando pasó frente al Sagrario. Colóse por la misma boca que se había
tragado a sus perseguidas y se halló en la sacristía mal alumbrada por mezquino
cabo de vela, que iba consumiéndose en una palmatoria puesta sobre la antigua
cómoda de nogal, almacén de las vestiduras sacras. En aquel recinto
semitenebroso no estaban las damas ya.
Empujó la puerta de salida de la sacristía, que daba a
lóbrega y retirada callejuela, y con ojos perspicaces escrutó las sombras, sin
que en la angostura del solitario pasadizo viese ondear ningún traje, ni
recortarse silueta alguna. Era evidente que se había perdido la pista de la res.
Las fugitivas tapadas llegando a las calles principales, confundiéronse, sin
duda, entre el gentío. Tras un minuto de indecisión, mi protagonista, a quien me
place llamar Diego, encogióse levemente de hombros, y desanduvo lo andado, pero
con menos prisa ya, no sin que otorgase una mirada al lugar y objetos
circunstantes. Vio las borrosas pinturas pendientes en los muros, el lavabo de
cantería con su grifo, los ornatos dispersos aún sobre los bufetes, las crespas
pellices que tendían sus brazos blancos, el haz de cirios nuevos abandonado en
un rincón, los cajoncitos entreabiertos dejando asomar una punta de cíngulo,
todo el caprichoso desorden de la sacristía a última hora. Lentamente penetró de
nuevo en la desierta iglesia, y al encararse con el altar, dobló el cuerpo en
mecánica cortesía, sin que ningún murmullo de rezo exhalasen sus labios, y
alzando la vista al monumento, paróse a contemplar sus refulgentes líneas de
luz. Llegaban éstas ya al término de su vida; un hombre vuelto de espaldas a
Diego, y encaramado en una escalerilla de mano, las mataba una a una, con ayuda
de una luenga y flexible caña, y no transcurría un segundo sin que alguna de
aquellas flamígeras pupilas se cerrase. Iban sumergiéndose en golfos de sombra
los frescos angelotes, los follajes de oropel y briche, las bermejas rosas
artificiales de los tiestos, las estrellas de talco sembradas por el fantástico
pabellón de nubes. Buen rato se entretuvo Diego en ver apagarse las efímeras
constelaciones del firmamento del altar, y cuando sólo quedaron diez o doce
astros luciendo en él, dio media vuelta, propuesto a abandonar el templo. Mas en
mitad de la nave mudó instintivamente de rumbo, dirigiéndose a una de las dos
capillas que hacían de brazos de la latina cruz que el plano de la iglesia
dibujaba. Era la capilla de la izquierda, fronteriza a aquella en cuyos muros
encajaba la puerta de la sacristía.
Cerraba la capilla de la izquierda labrada verja de
hierro, abierta a la sazón, y en el fondo, delante del retablo lúgubremente
cubierto de arriba abajo con paños de luto, descollaban expuestas en sus andas
las imágenes que al día siguiente recorrerían las calles de la ciudad formando
la dramática procesión de los «Pasos». Fijó Diego la vista en ellas con sumo
interés, recordando, mediante una de las fugaces, pero vivísimas reminiscencias
que impensadamente suelen retrotraernos a plena niñez, el pueril gozo con que en
días muy lejanos ya, más lejanos aún en el espíritu que en el tiempo, trayéndole
su madre al propio sitio, y elevándole en sus brazos, besaba él devotamente la
orla bordada de la túnica de aquel mismo Nazareno. Absorto en tales
remembranzas, consideraba Diego el aspecto de la capilla. Artista y observador,
parecíale mirar y comprender ahora las imágenes de muy otro modo que lo hiciera
allá en los albores de su infancia. Entonces eran para él símbolos del Cielo,
invocado en sus cándidas oraciones; habitantes de una comarca felicísima, hacia
la cual él deseaba remontarse por un impulso de las alas de querubín que en su
espalda prendía la inocencia. Hoy le inspiraba igual curiosidad que un objeto
cualquiera de arte. Advertía sus detalles mínimos, las desmenuzaba, las
profanaba mentalmente tasándolas en su precio neto, según la destreza del
escultor que las labrara o los conocimientos en indumentaria de la costurera que
cortó y dispuso los trajes. Sonrióse al distinguir en la túnica del Nazareno
unas franjas de ornamentación de gusto renacientes, y al notar que la soldadesca
de Pilatos vestía, de medio cuerpo abajo, a la usanza española del siglo XVI,
mientras Berenice, la tradicional «Verónica», lucía brial de joyante seda al
estilo medieval. Anacronismos que entretuvieron a Diego no poco, dándole ocasión
de reconstruir en su mente, una por una, las impresiones de la edad en que
acudía a visitar la capilla con erudición más corta y alma más sencilla y
amante. En aquel punto y hora se encontraba Diego en la iglesia merced al más
irreverente de cuantos azares existen: el azar de seguir los pasos a una bella
mujer, largo tiempo rondada sin fruto, y cuyo desdén hizo de martillo que
arrancase chispas al indiferente y helado corazón de Diego, bastando a empeñarle
con ardiente ahínco en la demanda. De seguro que a no haber visto dirigirse a la
gentil dama con su más familiar amiga -ambas rebozadas en tupidos velos- camino
de la iglesia, donde se rezan las estaciones en aquella noche solemne; a no
pensar que la hora, el tropel de gente arremolinada en el pórtico, brindaban
ocasión favorable de poner con disimulo rendido billete en unas manos quizá en
secreto ansiosas de recibirlo..., no se anduviera él en tal razón en la capilla,
sino en su casa, leyendo a la clara luz del quinqué los diarios, o respirando en
el balcón la regalada brisa nocturna.
Mas como quiera que fuese, es lo cierto que había
venido a dar a la capilla, y con la oleada de recuerdos infantiles olvidárase ya
del galanteo, concentrando su atención toda en las imágenes que suavemente le
conducían a los linderos del pasado. Parecíale tomar otra vez posesión de
comarcas de antiguo perdidas, y con ellas recobrar la sencillez de su pericia
venturosa. Allí estaba el San Juan, el amado discípulo, de rostro lindo y
femenil, con su túnica verde, su manto rojo y sus bucles castaños, que caen como
lluvia de flores en derredor de las impúberes mejillas y de la ebúrnea garganta.
Allí, la Virgen Madre, pálida y orlados los ojos del dolor, tendidos los brazos,
cruzadas con angustia las manos, arrastrando luengos lutos, trucidado por siete
puñales el pecho. Allí, la «Verónica», pía, de arrogante hermosura, cubierta de
galas y preseas, recamado de oro el rico velo de blanquísimo tisú, turbado el
semblante con lástima infinita, presentando el limpio pañuelo que ha de enjugar
el sudor de la sacrosanta Faz. Allí, los verdugos -que en otro tiempo hacían a
Diego temblar de horror-, los sayones, de torvas cataduras y velludas
fisonomías, de chatas frentes y cuerpos color de ocre, ostentando en la cabeza
duro capacete o aplastado turbante, desnudo el torso, señalando con violentas
actitudes la recia musculatura de sus fornidos brazos, tirando de las sogas o
apretando, amenazadores, los iracundos puños. Allí, por último, el Nazareno,
agobiado con el peso de su túnica de terciopelo oscuro, cuajada de palmas y
cenefas de oro y sujeta por grueso cordón de anchos borlones, macilento y
cadavérico rostro, apenas visible entre los flotantes rizos de la cabellera y
las espirales de la ondeada barba virgen; el Nazareno, triste, de penetrantes
ojos y cárdenos labios, de frente donde se hincan los abrojos de la corona,
arrancando denegridas gotas de sangre. ¡Caso peregrino de verdad! Conocía Diego
al dedillo las reglas de la estética y las teorías artísticas; sabía de sobra
que el arte condena, severo, las imágenes llamadas «de vestir», sancionando las
de bulto, donde el cincel puede revelar la armonía de las formas bajo el plegado
de los paños. Y, no obstante, nunca maravillosa estatua, labrada en puro mármol
pentélico por el artista más insigne de la antigua Grecia, le causara la honda
impresión que aquella imagen ataviada por la ignorante piedad, sin tomar en
cuenta los preceptos del arte ni las investigaciones arqueológicas. Tal era la
fuerza y viveza de sus sentimientos ante la efigie, que creía notar en los
labios el contacto de la rígida orla de la túnica; y, movido de curiosidad,
deseando probar si algo del hombre de antaño sobrevivía en el de hogaño, miró
alrededor, no fuera que estuviese oculto en los rincones de la capilla alguien
que pudiese soltar la carcajada; y a falta de otro público, rióse él mismo al
poner la boca en la fimbria del traje del Divino Nazareno. Alzóse, y a manera de
disculpa, se alegó a sí propio que también los que en edad varonil vuelven al
jardín donde, infantes, jugaron, gustan de esconderse en los bosquecillos como
solían, por renovar el recuerdo de las alegres horas de ayer.
Hecho este soliloquio, resolvió Diego dejar
definitivamente la capilla y la iglesia, que así lo pedía lo avanzado de la
hora. Consagró la postrer mirada a las imágenes, cuyas vestiduras, al reflejo de
la lámpara colgada de la techumbre y a la flava luz de dos altos blandones fijos
en las andas, destellaban oro y colores, y, sin hacer genuflexión ni acatamiento
alguno, pasó la verja. Estaba el templo del todo sombrío: en el monumento, negro
y mudo ya, ni aun oscilaba el rojizo tufo de los pabilos recién apagados; apenas
combatía las tinieblas de la nave el vago fulgor de los hachones de la capilla.
Diego fue derechamente a una de las puertas que salían al vestíbulo del pórtico,
empujóla con suavidad primero y fuerte después, y no sin gran sorpresa advirtió
que resistían las hojas; la puerta estaba cerrada. Acudió Diego a la otra, y con
mano impaciente buscó el pestillo; clausura completa. Palpó, nervioso y trémulo
requiriendo la llave, que de fijo descansaría en la faltriquera del sacristán,
puesto que estaba ausente de la cerradura. Entonces atravesó Diego
apresuradamente la nave, y, llegándose a la puerta de la sacristía, probó a
abrirla a tientas; empresa no menos vana que las anteriores. Herméticamente
cerradas se encontraban todas las salidas del templo.
Hizo el mancebo ademanes de despecho y enfado. Su
situación era clara: preso toda la noche en la iglesia. Mientras se embebecía en
la contemplación de las imágenes, el sacristán, menos soñador y distraído, se
recogía a saborear la colación en familia, cerrando bien antes. Diego torció y
mordió con enojo su mostacho y meneó la cabeza, como diciendo: «Vamos a ver: ¿Y
qué hago yo ahora?» Meditó varios expedientes, y ninguno tuvo por aplicable.
Podría acaso, con sus vigorosos puños, forzar las cerraduras de las endebles
puertas interiores; pero le detendría la fortísima exterior del pórtico, o la no
menos resistente, aunque más baja, de la sacristía por la parte de la calle. ¿Y
qué escándalo no iba a causar en la ciudad al verle a él, pacífico ciudadano,
forzando puertas de templos, ni más ni menos que un burlador de capa y espada?
Ocurriósele también gritar; acaso el sacristán, atareado aún en la sacristía, le
oyese; pero inexplicable recelo embargó su voz, temiendo verla apagarse sin eco
en la alta bóveda; además, algo pueril había en los gritos, que repugnaba a
Diego. En estas imaginaciones transcurrieron diez minutos de angustia penosa;
pero al cabo acudió la reflexión. Si el verse obligado a pernoctar en una
iglesia no es recreativa aventura, tampoco grave mal ni terrible desdicha.
Seguramente no se divertiría mucho Diego en la mansión sagrada; mas, en cambio,
podría dormir a sus anchas, sin temor de que ningún importuno viniese a
interrumpirle. Tratábase no más que de una noche, y mitad de ella era ya por
filo, según anunció el reloj de la torre sonando doce lentas campanadas.
Faltaban para la aurora, en aquella estación del año, cinco horas apenas, que
bien podían dormirse en un banco, por duro que fuese. Antes de la del alba
vendría el sacristán a franquear las puertas, a disponerlo todo para los divinos
oficios, y entonces cátate a Diego libre y volando a su casa, a tenderse entre
sábanas delgadas y limpias, a dormir hasta las once y a levantarse después para
vez cómo sentaba la negra mantilla de fondo al talle de su perseguida beldad.
Todo este raciocinio hilvanó el magín de Diego en un abrir y cerrar de ojos. Y
pararon sus cálculos en resignarse y acogerse, atraído por las luces, a la
capilla del Nazareno.
Ardían más amarillentos que nunca los cirios, soltando
goterones de cera derretida, que a veces caían, y con rebote sordo se aplastaban
en los palos de las andas de las imágenes. Reinaba, visible y palpable casi, el
silencio. Diego se sentó en un banco, recostando la cabeza en la rinconada que
formaba la saliente de un confesonario, y el crujido del duro asiento, al
recibir el peso de su cuerpo, le sonó extrañamente. Trató de dormir, pero no
acertaba a cerrar los ojos y recogerse para conciliar el sueño. Estorbábale
mucho la absoluta tranquilidad del recinto, tranquilidad que agigantaba hasta el
chisporroteo de los blandones. Aquella callada atmósfera estaba llena de cosas
inexplicables e incomprensibles, que Diego percibía sin embargo. Quejas
ahogadas, silabeo de oraciones en voz baja, grave salmodia de responsos,
abrasadores lágrimas de arrepentimiento, sofocados suspiros flotaban en el
ambiente como seres incorpóreos, como moléculas del incienso evaporado en el
aire, como átomos de mirra quemada ante el ara; dijérase que las almas de
cuantos allí imploraron del Cielo paz o perdón se habían quedado cautivas en el
círculo de los altos muros de la capilla. Diego se dio a creer que menos le
turbarían acaso los siniestros rumores de derruido templo ojival donde mugiese
el viento, silbase el cárabo y la corneja graznase, que el perfecto reposo de
aquella iglesia moderna; y la aprensión más singular de cuantas le asaltaban, la
más rara idea sugerida por el misterioso silencio, era la de figurarse que no se
hallaba «solo». Por mucho que combatiese tan ridícula suposición, no podía
arrancarse de la mente el pensamiento de que allí había alguien, o, mejor dicho,
mucha gente, muchos ojos que le miraban atentos, muchos cuerpos vueltos hacia
él. Sacudió la cabeza, pasóse repetidas veces la mano por la frente, que
comenzaba a arder; reclinóse de nuevo en el ángulo y probó a dormirse. Pero no
es dado gozar el bálsamo del sueño a quien más lo solicita; antes suele huirnos
cuando lo invocamos para aplacar la excesiva tensión de nuestros nervios y las
tempestades de nuestro espíritu. Cerrados los párpados, no se disipó la
indefinible zozobra de Diego. Parecíale oír tenues oscilaciones del aire,
pisadas muy quedas, vagos murmullos, balbuceos trémulos, chasquidos leves, suave
crujir de ricas estrofas, ráfagas de viento empujadas por manos que se tendían
para acariciarle o cortadas por armas que descendían para herirle. No pudo
sufrir más; mal de su grado se le despegaban los párpados violentamente
retraídos por sus músculos tensores. Miró.
Las imágenes se erguían, inmóviles, en las andas; los
ciriales alumbraban en paz. Diego respiró ampliamente, increpándose a sí mismo.
No se reirían poco mañana sus compañeros de mesa de café si cometiese la
simpleza de contarles cuán extrañas sinfonías entonan a las altas horas de la
noche las capillas desiertas.
Tranquilo ya, recorrió otra vez con la vista las
efigies todas, y, cautivado, detúvose en la del Nazareno. Era ésta la que más
próxima tenía; veíala de frente, y de costado a las demás. Consideró primero el
traje y después el macilento rostro. Y volvió a notar lo convencional del
criterio estético, observando el efecto sorprendente de realidad de los ojos de
la imagen, que eran de cristal, ni más ni menos que los de los animales
disecados. Fuese que la luz de las velas se quebrara en ellos de modo especial,
fuese que la densa sombra de la abundosa cabellera les prestase reflejos de agua
profunda, el caso es que los ojos tan pronto despedían centellas como semejaban
a Diego velados por turbia cortina de llanto. Hasta llegó un instante en que de
los lagrimales a las flacas mejillas creyó Diego, asombrado, deslizarse unas
gotas, que, al llegar a la negra barba, se quedaron frescas y relucientes como
el rocío en la tela de araña campesina. Sintió impulsos de levantarse y
contemplar de cerca el prodigio; mas al punto se calificó de necio rematado si
tal hiciese. No creía en lo sobrenatural, y mejor que admitir que llorase un
Nazareno de madera tuviérase a sí propio por demente y visionario. Sus ojos,
deslumbrados por los hachones, y no los de vidrio de la imagen, eran causa del
fenómeno. No obstante, mágica fascinación prendía sus pupilas a aquellas otras
pupilas llorosas y mansas. Una especie de estremecimiento magnético le hizo
temblar de frío, y quiso dirigir la visual a otra parte; imposible: los ojos del
Nazareno no buscaban con empeño tal, preguntaban tan imperiosamente, que era
fuerza contestarles. ¡Por vida de Diego! Lo que procedía era irse derechito a la
efigie, mirarla de cerca, tocar su rostro de palo, sus ojos de cristal, y reírse
después. Sí: esto era lo sensato, lo cuerdo, lo que cualquier hombre que tenga
cabales sus potencias opina a las doce del día, después de almorzar y fumando un
cigarro. Pero a igual hora de la noche, sin haber cenado, cautivo en una iglesia
solitaria, en compañía de un Nazareno al que alumbran cirios, es verosímil que
el mismo hombre hiciese lo que Diego; levantarse con ademán brusco, pasar ante
el Nazareno, clavada la vista en tierra, por librarse del imán de sus ojos, y
refugiarse en el interior del confesonario, cuyas paredes, de madera, caladas en
un pequeño espacio por menudilla rejilla, se interpusieron entre él y las
imágenes, procurándole una especie de alcoba, dura y estrecha, sí, pero al cabo
retirada.
Mas ni por sepultarse en tal escondite cesó Diego de
tiritar y sentir zumbidos en las sienes, y dolorosa percepción del curso de la
sangre por las venas de su cerebro. A través de la apretada rejilla, parecíale
que los trágicos personajes del poema de la Pasión no estaban ya en sus andas,
sino en el suelo muy cerca de él, tocando con las murallas de leño de su
guarida. Oía choque de corazas y espadas, sonar de cuentos de lanza sobre
baldosas, pasos trabajosos y desiguales, sordas imprecaciones, blasfemias
cínicas, sollozos desgarradores arrancados de mujeriles pechos. Y también
llególe el son de roncas trompetas y destemplados tambores, y, de tiempo en
tiempo, el choque mate de un objeto pesado contra la tierra. Parecía como si
cantasen un coro a telón corrido; pero con tal maestría, que cada voz se
destacaba aisladamente entre las demás sin romper el concierto. Diego se
apretaba la cabeza y tapábase los oídos con las manos; mas de pronto, las tablas
del confesonario cesaron de interponerse entre su vista y el espectáculo que
adivinaba: el telón subió y apareció la escena.
No estaba Diego ya en la capilla, ni le alumbraban los
pálidos blandones, sino que se encontraba en un camino que, naciendo en las
puertas de torreada ciudad, faldeaba un montecillo, trepando por él hasta
empinarse a la cumbre. Hirviente multitud ondulaba en el sendero como flexible
sierpe que colea; el sol, inflamado, rutilante en su cénit, pero de luz turbia y
lívida, iluminaba, sin regocijarlo, el paisaje. Sus reflejos arrancaban
vislumbres como de fuego y sangre a las armaduras, a los yelmos, a los hierros
de lanza, a las águilas posadas en los pendones de la centuria de romanos
jinetes que, indiferentes y marciales, arrendando sus briosos potros, daban
escolta al cortejo. A ambos lados de la senda se enracimaban gentes del pueblo,
mujeres y niños los más que, llorando y plañendo, maltratados a veces por la
cohorte, se unían al grupo central de la lúgubre procesión. Formaban este grupo
los hoscos sayones, los siniestros y grotescos verdugos, que bullían en torno de
un hombre vestido con túnica nazarena.
Aquel hombre, cuyo rostro apenas se distinguía entre
los copiosos y enmarañados bucles de su cabellera oscura, manchada de polvo y
sangre, llevaba ceñida corona de espinas punzantes; sustentaba en sus hombros el
árbol de enorme y pesada cruz, y sus pies descalzos y llagados pisaban
dolorosamente los guijarros del camino. Apurábanle los sayones porque apretase
el paso y llegase más presto al lugar del suplicio; cuál le descargaba fuerte
puñada en los lomos; cuál le sacudía tremendo bofetón en la faz o le tiraba
despiadadamente de los mechones del cabello. Diego miró con horror a los
sicarios, y se lanzó hacia el grupo, deseoso de socorrer a la víctima; pero al
alzar la mano para abrirse paso y apartarlos, halló que rodeaba su muñeca gruesa
soga, pasada al cuello del reo. Entonces convirtió la vista a sí propio, y
advirtió con espanto que tenía la propia semejanza y figura de uno de aquellos
feroces jayanes. Desnudos llevaba como ellos pecho y espalda; sujeto a la
cintura, breve faldellín; pendiente del cinto de cuero, una bolsa con martillo,
tenaza y provisión de férreos clavos. Quiso entonces desasirse de la cuerda
maldita; tiró y logró solamente lastimar los lacerados hombros del reo que
exhaló suave quejido. Siguió su marcha la comitiva, y Diego, confundido con
ella, mecánicamente, como paja a quien arrastran las ondas del mar. Andados
algunos pasos, los pies de la víctima tropezaron con una cortante piedra y
desplomóse sobre las rodillas, abrumado por la cruz. Intentó Diego ayudarle a
incorporarse; mas la soga volvió a rozar el herido cuello, y el reo a gemir.
Haciéndose cada vez más agria la cuesta, más grave el
peso, aún vaciló y cayó, pero se sostuvo en las palmas de las manos; y entonces,
como echase atrás la cabeza, apartáronse los descompuestos bucles y quedó
patente el rostro maltratado y escupido, los dulces labios marchitos como
pisoteada flor, la bella barba horquillada y rizosa, la cándida frente
claveteada de espinas, los serenos abismos de los ojos, que con ternura y paz
miraban en torno de sí. Diego sintió como si le traspasase el corazón agudo y
penetrante dardo, y las entrañas se le conmovieron y derritieron de pena.
«Álzate, sigue», vociferaban los verdugos en una lengua extraña, que Diego
entendía, sin embargo; y se precipitaron sobre el Nazareno, para levantarle de
grado o por fuerza. Cogido Diego en el vórtice del viviente remolino, extendió
también los brazos y asió los del reo a tientas, según pudo entre la confusión;
oyóse un clamor de agonía, contestaron a él las hijas de Jerusalén con histérico
llanto, y Diego vio que las sienes de Jesús chorreaban sangre, y sintió en sus
dedos un contacto blando, elástico, acariciador; enroscábase a ellos un rizo,
arrancado de la frente del Nazareno.
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Despertóse Diego en su lecho, rodeado de solícitos
amigos, que le velaban y cuidaban desde que le encontraron sin sentido y sin
pulso sobre el frío pavimento de la capilla, delante de las andas.
Ya tornaba a la vida y había en sus mejillas color, en
sus pupilas luz e inteligencia. Recobrándose poco a poco, incorporado sobre la
almohada, fue recogiendo lentamente los sueltos cabos de sus recuerdos y
reconstruyendo lo pasado en su mente. Ensanchó el pecho, respirando con
desahogo, y murmuró:
-¡Qué pesadilla!
Mas en el instante mismo hubo de advertir algo delicado
y sedoso, como piel de mujer, como suave pétalo de flor, que tocaba con la yema
del pulgar y envolvía su dedo índice. Sus ojos quedaron fijos y dilatados,
abierta su boca y paralizada su lengua. Aquella fina sortija era el rizo. |
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