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Después de una larga carrera literaria de trabajo y
lucha, Argimiro Rosa no había conseguido, ya no digamos la gloria, ni siquiera
asegurar el cotidiano sustento. La extrañeza de su nombre y apellido, que juntos
parecían formar caprichoso seudónimo, le fue útil al principio, en esos años
juveniles en que brotan reputaciones efímeras, pronto derrocadas, si no
descansan en merecimientos positivos. Las primeras poesías y artículos inocentes
de Argimiro Rosa se leyeron con cierto interés, y quedó en la memoria de muchos
el eco de tan raro nombre. «¡Argimiro Rosa! -decían vagamente-. ¡Argimiro Rosa!
Sí, sí, ya caigo... Aguarde usted... En el Semanario..., en el Museo
de las familias... En fin, no sé. Debe de ser de aquellos románticos
melenudos.»
Verdaderamente, aunque Argimiro llevó largo tiempo
trova negra, reluciente y bien atusada, y solo la suprimió al advertir que se
gastaba un sentido en remudar cuellos de gabanes, no se le podía afiliar a la
escuela romántica genuina. Desde que los editores de obras por entregas hicieron
presa en él y le impusieron su estética propia, Argimiro fluctuó entre un
seudorromanticismo ojeroso y espeluznante y un seudorrealismo de presidio y
taberna. Amarrado al duro banco de la producción forzada y del género de
pacotilla, Argimiro imitó por turno y según lo requería el caso a Fernández y
González, a Ortega y Frías, a Ayguals de Izco, a Pérez Escrich, en suma, a los
maestros del género; y hasta llegó a competir con ellos, disputándoles asuntos
efectivistas y melodramáticos encontrados por editores ingeniosos. Cierta
popularidad oscura, que le valieron obras como Los canallas de guante blanco,
Emperador, Fraile y verdugo, La Sombra del parricidio y Los hígados de un
prestamista, pudo en ocasiones hacerle creer que, si hubiese dispuesto de
libertad, dejaría escrito algo más selecto que salvase del olvido su nombre.
Pero hacía bastantes años que Argimiro no acariciaba ese luminoso ensueño, hijo
de la aurora. Aspiraba únicamente a ganar con sus engendros lo necesario, el
duro pan de cada día a fin de no ser gravoso a nadie.
Porque conviene decir que Argimiro guardaba en su alma
nociones de innata honradez y de ese nobilísimo orgullo que impulsa a trabajar
por la independencia; además, tenía la cautela, la parsimonia, la callada
modestia en el vivir que caracterizan a las personas delicadas, en quienes es
una segunda Naturaleza la probidad. En este sentido, nadie menos bohemio que
Argimiro Rosa, porque si conoció a fondo el arte de someterse a una privación
oculta, ignoró siempre el de rehuirla pidiendo prestado un duro. Bien podía
Argimiro no ser ningún geniazo de esos que señalan su paso por el mundo con
huella esplendente; pero tampoco era, de fijo, de los que confunden el genio con
las trampas.
Hasta cabía sostener la paradoja de que era rico
Argimiro porque él no gastaba un céntimo más de sus ganancias y aun economizaba
piquillos, que tenía de reserva «para el entierro», solía decir con humorismo
apacible. Repugnábale, en efecto, la idea de esos sepelios de caridad a que
parecen sentenciados los escritores, y consideraba una profanación de la muerte
el sentimentalismo de ultratumba. Quería irse de este mundo como había vivido en
él: sin importunar, sin abusar, sin avergonzarse.
Con este criterio, ya se deja entender que Argimiro
había renunciado deliberadamente a los intranquilos goces de la familia.
Sostener esposa y niños no cabía en los posibles del buen novelista, y ni las
horrendas fechorías de la alta aristocracia, ni las inauditas guapezas de los
chulos, referidas en interminables entregas, daban para tanto. Se resignó
Argimiro a no tener más sucesión que los aventureros de frac y los rufianes de
marsellés que creaba a docenas, a brochazos y en menos que canta un pollo, y
formó su hogar en una casa de huéspedes, eligiendo patrona de buena entraña,
manida y apacible, capaz de servir una tacita de caldo con cierta cordialidad
afectuosa; y allí, en el reducido cuartucho, sobre angosta mesa, instaló el
molino al vapor de las cuartillas. Solo Dios sabe cuántos raptos, desafíos,
asaltos a conventos, intoxicaciones, puñaladas y desafueros de toda clase
salieron de aquel modesto asilo, entre la cama de hierro, desvencijada ya, y una
cómoda privada de tiradores. Mientras Argimiro deliberaba sobre si convenía
emparedar al duque o sería mejor acuchillarle por la espalda, la perrita de
aguas, Linda, única compañera de la soledad de Argimiro, dormitaba hecha una
rosca, probando que los irracionales son más dichosos que el rey de la creación.
No porque se hubiese condenado a celibato voluntario
carecía Argimiro de sensibilidad. Al contrario: su alma tierna rebosaba cariño,
y se asfixiaba con no poder desahogarlo. Si Argimiro hubiese sido perfecto -ya
se sabe que no puede jactarse de serlo ningún hombre-, no carga con la perrita;
al cabo, Linda era un lujo, una superfluidad del corazón, un capricho
sentimental, y nadie ignora que el más pequeño, el más humilde de estos
caprichos entraña peligros sin cuento. ¡Imprudente Argimiro! ¿De qué te ha
servido vedarte lo más dulce, abstenerte de lo más apetecible y natural, no
tener esposa que te aguarde en la puerta, hijos que se te agarren a las
rodillas? Para ti, el ser viviente que te da la bienvenida con alegres ladridos,
que te mordisca y te baba las manos y se tiende en el suelo de puro gozo cuando
te ve, que comparte tu lecho y al que guardas siempre el azúcar del café y las
golosinas del postre..., te va a costar tan caro como podría costarte ese gran
derroche de alma y bolsillo, ese gran poema en prosa que se llama el matrimonio.
¿Qué te valió atrincherarte? Dejaste un portillo, y por él entró la muerte.
A fuerza de velar y de poner la imaginación en tortura
para discurrir nuevos desatinos; a fuerza de vida sedentaria y de comidas
insulsas, de esas cuyo secreto poseen las pupileras, Argimiro había contraído un
padecimiento del estómago que amenazaba arruinar para siempre su salud. El
médico, consultado seriamente, opinó que el enfermo necesitaba alimentación
escogida y sana, algo muy variado, nutritivo y apetitoso, que a la vez
combatiese la atonía y la anemia. De no ser así, auguraba pésimos resultados.
Sabia era la prescripción, pero mala de seguir para Argimiro, que pagaba catorce
reales de pupilaje y jamás había puesto tacha ni reparo a las negras albóndigas,
a la seca lonja de vaca, a las flatulentas judías y a la deslavazada sopa de
fideos, si bien le infundían repugnancia indecible.
Quiso la casualidad que el médico, paisano y amigo
constante de Argimiro, hablase del asunto con el opulento negociante don Martín
Casallena, también paisano y amigo de médico y del escritor. Casallena era un
rico de clara inteligencia y sentimientos generosos; adivinó que el enfermo no
podía aplicar el método del doctor, y se apresuró a enviar a Argimiro una
cartita, convidándole a comer aquella misma noche. El obsequio, aceptado, fue
encantador, la señora del banquero prodigó a Argimiro las más corteses
atenciones; reinó gratísima confianza en la mesa, y el escritor quedó invitado
con empeño para todos los miércoles. Al miércoles siguiente, se extendió el
convite también a los sábados, y más adelante, con habilidad piadosa, se le rogó
que viniese todos los días, excepto los pocos en que la familia Casallena salía
convidada a su vez.
Sorprendente fue el efecto de la reparadora comida en
Argimiro. Cesaron los desvanecimientos que nublaban su vista, los dolores agudos
y las desconsoladoras molestias diarias; el trabajo se hizo relativamente fácil,
el bienestar del estómago contento irradió a todo el organismo. El novelista
parecía otro; así se lo decían en la casa de huéspedes y se lo repetían en el
café.
Una nube tenía, sin embargo, la reciente dicha de
Argimiro. Su conciencia no estaba tranquila: mientras él disfrutaba de tan
espléndida hospitalidad y tan opíparos banquetes, la pobre Linda, olvidada y
sola, se aburría esperándole, y le acogía con bostezos llorones de hembra
nerviosa que no se acostumbra al abandono en que la dejan y se desquita en malos
humores y en gimoteos. En la mente de Argimiro nació el propósito de introducir
a Linda en la buena sociedad que él frecuentaba. A fuerza de sacar
conversaciones, de encarecer su apego a Linda, y las gracias y monerías de
Linda, y de insistir en lo acostumbrada que estaba la perrilla a no separarse de
su amo, logró que un día exclamase don Martín Casallena:
-Vamos, mañana se trae usted la Linda. Ya tenemos
curiosidad de conocer a ese avechucho tan simpático.
-Aunque la señora de Casallena había torcido el gesto a
esta espontaneidad de su consorte, Argimiro no quiso oír más, y Linda hizo su
entrada solemne en los salones del banquero. Es de advertir que la señora de
Casallena adoraba sus magníficos muebles, y no podía resistir que le estropeasen
o manchasen las cortinas de crujidora seda y las tupidas y muelles alfombras. Al
principio, Linda se condujo muy diplomáticamente en este terreno: correcta y
distinguida, cogió las galletitas con la punta del hocico, las devoró en
silencio y se hizo una rosca al pie de la chimenea, sobre el guardafuego, sin
molestar a nadie. Por desgracia, así que empezó a tomar confianza y a dominar la
situación, el animalito fue permitiéndose libertades, al pronto retozonas e
inofensivas, después tan descomedidas, inconvenientes y enormes, que una noche
yendo la señorita de Casallena a recoger del musiquero la sonata en fa para
estudiarla al piano exhaló un chillido ratonil y huyó despavorida a su cuarto, a
lavarse las manos con triple extracto de colonia...
Por lo cual, el señor de Casallena llamó aparte al
escritor, y con suma política y bastantes rodeos, hubo de manifestarle que la
presencia de Linda era incompatible con la tranquilidad de su hogar y el aseo de
su mobiliario, y que le rogaba no la volviese a traer adonde producía tales
disturbios. Y Argimiro, pálido, demudado y tartamudo de enojo, respondió al
banquero que insultar y expulsar a Linda valía tanto como insultarle y
expulsarle a él; a lo cual replicó Casallena, a su vez amoscado, que ciertamente
merecería la expulsión el dueño si cometiese los mismos desmanes que la perra.
Inclinóse Argimiro con altivo gesto; hizo un saludo tieso y forzado, y abandonó
la estancia llevando en brazos a Linda. Ni al día siguiente ni nunca volvió a
comer..., ¿qué es comer?, ni a cruzar la puerta de su antiguo y opulento
anfitrión. Explicaciones, recados, mensajes por el médico..., todo se estrelló
contra la dignidad herida de la perrita de aguas.
A los dos años, Argimiro Rosa falleció de un cáncer en
el estómago, y como en la enfermedad se habían consumido sus economías, por fin
le enterraron a expensas de algunos amigos. Casallena, que fue de los que dieron
más, recogió a Linda y la mantuvo hasta que murió de vejez. |