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-El matrimonio -decía el padre Baltar, terciando sin
asomos de intransigencia en una discusión asaz profana-, el matrimonio se parece
a las tijeras.
-¿A las tijeras, padre?... -exclamó uno de los
presentes manifestando extrañeza-. ¿Sabe usted que es una comparación original?
-Más que original, adecuada -declaró el padre,
rehusando con una seña la segunda copa de kummel de Riga-. Las tijeras, como
ustedes saben, son unos instrumentos que constan de dos partes iguales o muy
parecidas unidas por un eje y un clavito del mismo metal. Aunque cada parte de
las tijeras sea fina y bien templada, si falta el eje... las tijeras no sirven.
Unidas por ese clavito, pueden hacer primores y cortar divinamente la tela de la
vida.
-Entendido -dijo otro de los que escuchaban al padre
(hombre experto, algo marrullero y escamón)-. Sólo falta que usted nos diga si
cree que abundan las tijeras excelentes.
-Lo excelente no suele abundar nunca..., o al menos
somos tan descontentadizos, que siempre nos parece poco -respondió sonriendo
aquel hombre evangélico y al par (hermosa conjunción) bien educado-. Aunque el
intríngulis del matrimonio consiste en el eje..., también la calidad de las
mitades importa mucho... Entren ustedes en una tienda y pidan tijeras. Les
sacarán dos docenas, todas, al parecer, iguales, todas del mismo coste. Sólo
llevándose las dos docenas a su casa, y usándolas, podrían hacer verdadera
elección: al uso se descubre la condición de la tijera. Las costureras están tan
persuadidas de esto, que tijera que les «sale buena» no la darían por una onza.
¡Yo he encontrado tijeras de oro! ¿Qué tiene de particular? ¡El amor natural,
acendrado por la ley divina!... Voy a referirles a ustedes un caso que presencié
y que conmovió..., aunque no pasa de ser un drama vulgar, y sus héroes, gente
llana y prosaica...
Hallándome en el convento de S*** para restablecerme de
unas calenturas que cogí en Tánger, y que se agarraban como lapas, tuve ocasión
de conocer, entre otras muchas familias, a un matrimonio, tenderos de paños,
franelas y cotonías, establecidos en los soportales de la plaza Antigua, no
lejos de la catedral. No se confesaban conmigo, sino con el cura de su
parroquia, pero gustaban de consultarme, amistosamente. Ella se llamaba doña
Consuelo y el esposo don Andrés. Acomodados y bien avenidos, podrían ser
dichosos si no tuviesen un hijo de la misma piel de Barrabás, que les daba un
disgusto cada mañana y un sonrojo cada tarde. Pendenciero, estragado y
derrochador, ni las lágrimas de su madre, ni las reprimendas de su padre, ni las
exhortaciones que, a ruego de ambos, le dirigí varias veces, consiguieron que
renunciase a una sola de sus malas mañas; y en vista de que parecía incorregible
el mozo, mi consejo fue que le enviasen a una tierra donde la necesidad y la
falta de arrimo le obligasen a mirar por sí.
Cuadró bien la idea al padre, y la misma madre vio que
era el único recurso; y habiendo elegido el desterrado Manila, a Manila se le
despachó con muy apremiantes cartas de recomendación para el rector de un
convento de nuestra Orden.
A los seis meses empecé a recibir gratas noticias de la
conducta de mi recomendado: alababan su laboriosidad, su listeza; iba
enmendándose. Los viejos, al saberlo, no cabían en su pellejo de gozo. Era el
rector el que me transmitía tan buenas nuevas, pues el muchacho no acostumbraba
escribir.
Así pasó algún tiempo, hasta que un día la carta del
rector, en vez de felicidades, trajo una nueva terrible: el hijo de don Andrés
había sido muerto a cuchilladas, en riña, al salir de una gallera. Yo quedaba
encargado de ponerlo en conocimiento de los padres.
Triste era la comisión, pero de tristezas andamos
rodeados siempre, y juzgando que el padre tendría más fortaleza en el primer
momento que la madre, llamé a mi celda a don Andrés y trasteándole lo mejor que
supe, le hice beber el trago. No estuvo reacio en comprender: más bien parece
que adivinaba. Apenas indiqué «heridas», tradujo «muerte». No lloró, pero la
expresión de su cara era como la del reo cuando, al abrirse la puerta de la
prisión, se encuentra al pie de la escalera del patíbulo (y me sirvo de esta
comparación porque he auxiliado a algunos infelices en tan amargo trance).
Así que don Andrés pudo respirar, cruzó las manos:
«Padre, tengo que pedirle a usted un gran favor. Entre los dos, vamos a que no
sepa Consuelo lo sucedido. Mi mujer era hace pocos años rolliza y muy fuerte; el
tósigo del hijo la ha matado: pronto cumplirá los sesenta y padece una
enfermedad grave, una especie de consunción. Si sabe la desgracia, «se va
detrás» en seguida. Si logramos ocultarle que han matado al niño... (le llamaban
así, aunque pasaba de los veintisiete), puede que dure algo más. Yo corro con
todos los gastos que allá se hayan ocasionado... entierro, Justicia... Perdono
de corazón a los asesinos... pero que Consuelo no se entere.»
¿Hice bien o mal en acceder? No lo sé; el alma me pedía
complacer a aquel desventurado. Cada quince o veinte días fui a la tienda, con
cartas forjadas, que suponía haber recibido de Manila, en que se hablaba del
ausente y se alababan sus progresos en el trabajo, la formalidad y la virtud.
Doña Consuelo, en quien el mal avanzaba a ojos vistas,
y que ya tenía una tos incesante y una fatiga cruel se reanimaba con la lectura;
la celebraba con extremos pueriles y exigía que don Andrés compartiese su
regocijo.
-¿Ves, Andrés, cuántos favores nos hace San Antonio?
-exclamaba con los ojos vidriados por un llanto que yo atribuía al exceso del
contento-. ¿Ves qué fortuna? Ya es bueno el niño; ya se porta honradamente. Así
que pase allí algunos años... volverá aquí y le pondremos al frente de nuestro
negocio. Padre Baltar, voy a darle un poco de dinero para que allá se lo
entreguen; bien sabemos lo que es la juventud... y yo no quiero que le falte
nada al hijo mío.
Y su marido, ahogándose, poniéndole la cara de color
violeta, contestaba:
-Bueno, mujer; tráele al padre aquellos treinta
duros... pero para eso no es menester afectarse. ¡Qué tonta!
Era una cosa de compadecer: los duros que me entregaba
la madre para que los disfrutase el hijo, me ordenaba el padre secretamente
invertirlos en sufragios por su alma...
Yo no me apartaba de mi papel un punto, pues veía a
doña Consuelo empeorar; cada día hubiese sido más peligrosa la puñalada de la
noticia. Don Andrés, o temeroso de una indiscreción mía o por deseo de no
apartarse de la enferma, siempre estaba presente cuando yo iba a acompañarlos un
rato. Los encontraba juntos como pájaros posados sobre la misma rama y que se
aprietan para no sentir tanto el frío; ella tosiendo y afirmando que «no era
nada»; él, amoratado, semiasfixiado, asmático, pero sacando fuerzas de flaqueza
para bromear con su mujer y hasta para echarle flores, lo cual en otras
circunstancias me parecería cómico y risible, y en aquéllas me enternecía.
Y adelante con la farsa de las cartas, que producían
tal efecto en la pobre madre, que hasta creí notar que me hacía señas cuando su
marido no nos miraba; señas de aprobación, de súplica, de agradecimiento. Yo las
interpretaba así: «Aunque el muchacho haga alguna tontería, siga usted diciendo
a Andrés que se conduce como un ángel.» Esto no pasaba de suposición mía, pues
repito que jamás encontré sola a doña Consuelo.
Una tarde me llamaron a deshora. Don Andrés venía a
decirme que su mujer se moría o poco menos, que tenía el capricho de confesarse
conmigo precisamente y que era indispensable inventar una carta con nuevas de
que llegaba «el niño»... «A ver si así la sacamos adelante por unos días»,
añadió, tan tembloroso que no supe rehusarle el último favor. Apenas entré en el
cuarto de doña Consuelo, ésta miró a su marido, y don Andrés salió, no sin
hacerme un expresivo gesto, advirtiendo e implorando.
Me acerqué al lecho de la enferma, que movía los labios
apresuradamente como si rezase; me senté a su cabecera y le dirigí esas frases
afectuosas que son cucharaditas de bálsamo y que ya por costumbre decimos a los
moribundos; pero fue grande mi sorpresa al ver que, volviendo hacia mí un rostro
en que brillaba el agradecimiento, y cogiéndome la mano para besarla, me dijo:
-Padre Baltar, ¡qué Dios le pague tanto, tanto tiempo
como hace que está engañando a mi marido! ¡Prométame que no le desengañará
después de que me muera!
-¿Qué es eso? ¿Engañar?... -pregunté, creyendo que
desvariaba con la debilidad y la calentura.
-Si no fuera por usted -prosiguió sin atenderme-,
Andrés estaría también agonizando, porque sabría lo «del niño»... ¡Que no lo
sepa nunca!
-¿Lo del chico? -exclamé, recordando mi compromiso con
don Andrés-. ¡Si el chico está perfectamente, y va a llegar, y abrazará a usted
pronto!
-Sí que le abrazaré... en el otro mundo... Conmigo no
se moleste, que lo supe al momento, y hasta me lo daba el corazón. ¿Usted cree
que no tenía allá persona encargada de escribirme cuanto le pasase a mi hijo?
Las cartas venían a nombre de una amiga, y así Andrés no podía enterarse si le
sucedía algo malo... Y como yo le había escrito al padre rector pidiéndole que
sólo le dijesen a mi marido las cosas buenas y alegres... cuando usted venía con
las cartas fingidas de que el niño vivía y trabajaba... le ayudaba a usted a
engañar al pobre Andrés... que no está nada bueno... y que no le convienen las
desazones... Me ha costado trabajo disimular, padre... porque en tantos años de
matrimonio no le he callado otra cosa...
Aquí cortó su narración el padre, y mirando alrededor,
vio nuestras caras animadas por la simpatía más vehemente.
-¡De manera que los dos lo sabían, y mutuamente se lo
ocultaban! ¡Qué drama interior! -exclamó el que primero había hablado.
-De esas tijeras, padre -dijo el escéptico-, bien puede
usted afirmar que eran de oro puro, con incrustaciones de brillantes.
-Puedo afirmar que las he visto abiertas en figura de
cruz -contestó el padre intencionadamente. |