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Cuando llamamos a ganar jornal a Juan, el de la tía
Manuela, yo ni sabía de qué color tenía los ojos, pues sólo le había visto de
lejos, los domingos, a la salida de misa. Al inspeccionar el trabajo de zanjeo
que le confiamos, no tardé en observar que el jornalero arrastraba un poco la
pierna derecha, y a la luz del sol, que abrillantaba el sudor en su atezado
cutis de labriego, noté también una cicatriz que hendía la mejilla, y la caída
habitual de la boina hacia aquel lado de la cabeza, que parecía más chico que el
otro. Fijándome en esta particularidad, pronto descubrí que a Juan le faltaba la
oreja casi entera: sólo quedaba un colgajo del lóbulo, bajo una ruda maraña de
pelo.
Al hombre que se pasa todo el día hincando el azadón en
el terruño, no hay cosa que le guste como eso de que le dirijan una pregunta. Es
un socorrido pretexto para interrumpir la labor y descansar apoyándose en el
mango de la herramienta. Es, además, una distracción. Juan me contestó solícito;
sí, había estado en la guerra de Cuba la friolera de tres años... Y mientras
encendía el cigarro, con la lentitud de movimientos característica del labrador,
empezó a referir sobriamente sus campañas. Era preciso insistir para que entrase
en detalles; no despuntaba por la elocuencia, y sus respuestas lacónicas no
tenían animación ni colorido. Diríase que hablaba de aventuras y lances
acaecidos a otros.
No obstante, tirando del hilo de los recuerdos, logré
sacar la madeja de aquellos tres años terribles. El cuadro completo de la fatal
guerra surgió iluminado por mi fantasía. En lugar de ver los arbustos cargados
de fruta, las enredaderas cuajadas de flor, el perro tendido a mis pies, el
celaje brumoso y, allá en el horizonte, el pedazo de mar detrás de la cortina de
verdiazules pinares, yo veía pantanos y ciénagas, lodazales y charcos, en que
acampaba una columna; los hombres tiritaban de fiebre palúdica, recibiendo en la
mollera el calor de un cielo de plomo y de un sol que no velaba ninguna nube; y
de entre la intrincada espesura, a corta distancia, salía un disparo, luego
otro; un «número» caía, crispando los dedos sobre el pecho; pero la columna
proseguía su marcha, dejando al muerto tendido sobre el sangriento lodo, con las
vidriadas pupilas abiertas.
Después veía erguirse el fortín solitario en la inmensa
llanura, aislado centinela, que sólo de Dios puede esperar socorro en caso de
ataque; y entre el rumoroso silencio de la estrellada noche tropical, se me
aparecía el fortín envuelto en llamas, sus defensores degollados allí mismo, a
la claridad del incendio... Juan no sabía merced a qué milagro, cegado por la
sangre fluyente del machetazo en la faz, había conseguido escapar vivo,
emboscarse en la selva, caminar descalzo, hambriento, por espacio de cinco días
y encontrar a la tropa que para salvar el fortín llegaba tarde...
Y cambiaba la decoración, y la escena pasaba en la
costa; agazapados entre los escollos, protegidos por grupos de ceibas y
manglares, Juan y sus compañeros hacían fuego sobre las lanchas del constelado
banderín, que contestaban con dobles descargas acercándose a la orilla y
atracando, a pesar de la fusilería, con la serenidad de la resolución. ¡Oh!
Aquel enemigo nuevo, bien armado, bien equipado, sano, fuerte, no se volvía
atrás ni se dispersaba como la traidora mambisería; pero tampoco pensaban
retroceder los que rechazaban el desembarco; Juan no era capaz de decir las
veces que había cargado y disparado su mauser; cierto que tampoco podía referir
cuándo se le escapó de las manos, al sentir en la pierna derecha un golpe sordo
y en la cabeza un desvanecimiento, del cual sólo le hizo volver el dolor atroz
de la extracción y la cura... Mes y medio de hospital y una convalecencia que
era como largo delirio de pesadilla... ¡Y gracias que no le amputaron!
-¿Y la oreja? -exclamé-. No me has dicho qué fue lo de
la oreja. Otro machetazo como el de la cara, de fijo.
Juan enmudeció algún tiempo, como si reflexionase. El
labrador gallego es cauto, y da tres vueltas a la lengua antes de soltar lo que
por cualquier motivo juzga comprometido o peligroso. Al fin, calmoso, a medias
palabras, se decidió a referir la historia de la oreja menos.
-No fue machetazo, no, señora... Fue... una de esas
cosas que pasan en el mundo... ¡Porque nunca conocemos dónde la mala suerte nos
aguarda! Verá... Ya sabe cómo después de «acabarse» la guerra y quedar los «anqués»
dueños de todo aquello, embarcaron para España a la tropa. El barco venía que no
se cabía en él, y los enfermos éramos tantos, que ni asistirnos podían. Yo venía
entre los más malitos, como que me trasladaron del hospital para el buque. ¡Y
agradecer que no tuvieron que tirarme al mar! Cincuenta y siete echaron en la
travesía, pero yo quedé.
Al llegar al puerto iba dando «cuasimente» las
boqueadas. Me sacaron en camilla y me avispé una miaja con el fresquito de la
tierra. Al acordar, empece a pedir agua por amor de Dios. En esto dicen que se
llegó a mí una mujer (yo no veía; ¡si estaba espichando!) con un jarro lleno. Me
lo contaron después los que la vieron; venía corriendo y gritando: «Hijo, hijo
mío, «pobriño»; aquí te traigo de beber... toma, toma... «Lo malo era que la
autoridad no quería, vamos, que nos diesen nada, ni un «chisco» de agua, ni
vino, ni caldo, ni leche; y había puesta fuerza, muchísima fuerza, «de arredor»,
para que no se acercasen las mujeres a nosotros. Aún no bien vieron a aquella,
que se quería meter con el jarro entre los caballos y el «arremolino» de la
gente..., escomenzaron a decir: «A ver si os calláis... A ver si no pedís nada,
¡recaramba!, que aquí ni hay orden ni uno se entiende.»
Yo, ¡ya se ve!, no oí lo que mandaban, porque no daba
cuenta de mí; estaba en los últimos... Seguí pidiendo agua, por caridad... Y la
mujer aquella, y otras muchísimas que andaban por allí con socorros, en vez de
largarse, se arrimaban más, y torna con darnos la bebida. Se armó un alboroto
que metía miedo, y la Policía a sacudir sablazos de plano y luego de corte... Yo
sentí como si me «rabuñasen» con un alfiler nada más. Luego, en el hospital, al
volver en mi sentido, me ardía la cara, y me dijo asimismo el médico: «Muchacho,
si no te «mancaron» en Cuba, ya te «mancaron» aquí... Te han llevado de un
sablazo una oreja...»
Silencio. Se había consumido el cigarrillo, y Juan,
escupiendo en las manos callosas y anchas, volvió a agarrar el azadón. En su
cara impasible no se revelaba ni enojo ni pena. A mí sí que me temblaba algo la
voz al preguntarle:
-¿Volverás a la guerra, Juan? Ahora dicen que vamos a
tenerla con los ingleses...
-Ya somos viejos para comer el rancho -contestó,
apaciblemente, sacudiendo una paletada de tierra-. Allí mi hermano, que es más
mozo... |