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Al nacer el segundón -desmirriado, casi sin
alientos- el padre le miró con rabia, pues soñaba una serie de
robustos varones, y al exclamar la madre -ilusa como todas-: «Hay
que buscarle madrina», el padre refunfuñó:
-¡Madrina! ¡Madrina! La muerte será...,
¡porque si éste pelecha!
Con la idea de que no era vividero el crío,
dejó el padre llegar el día del bautizo sin prevenir mujer que le
tuviese en la pila. En casos tales trae buena suerte invitar a la
primera que pasa. Así hicieron, cuando al anochecer de un día de
diciembre se dirigían a la iglesia parroquial. Atravesada en el
camino, que la escarcha endurecía, vieron a una dama alta, flaca,
velada, vestida de negro. La enlutada miraba fijamente, con singular
interés, al recién, dormido y arrebujado en bayetes y pieles. A la
pregunta de si quería ser madrina, la dama respondió con un ademán
de aquiescencia. Despertóse en la iglesia la criatura y rompió a
llorar; pero apenas le tomó en brazos su futura madrina, la carita
amarillenta adquirió expresión de calma, y el niño se durmió, y
dormido recibió en la chola el agua fría y en los labios la amarga
sal.
En las cocinas del castillo se murmuró
largamente, al amor de la lumbre, de aquel bautizo y aquella
madrina, que al salir de la iglesia había desaparecido cual por arte
de encantamiento. Un cuchicheo medroso corría como un soplo del otro
mundo, hacía estremecerse el huso en manos de las mozas hilanderas,
temblar la papada en las dueñas bajo la toca y fruncirse las
hirsutas cejas de los escuderos, que sentenciaban:
-No puede parar en bien caso que empieza en
brujería.
El segundón, entre tanto, se desarrollaba
trabajosamente. Enfermedades tan graves le asaltaron, que tuvo dos
veces encargado el ataúd, y siempre, al parecer iniciarse el
estertor de la agonía, verificábase una especie de resurrección: el
niño se incorporaba, se pasaba la mano por los ojos, sonreía y con
ansia infinita pedía de comer...
-Siete vidas tiene como los gatos -decía la
dueña Marimiño a Fernán el escudero-. ¡Embrujado está, y no muere
así le despeñen de la torre más alta!
Este dicho se recordó con espanto pocos
días después. Jugando el segundón con el mayor en la plataforma de
la torre, lucharon en chanza, se acercaron a la barbacana, y
colándose por una brecha, cayeron de aquella formidable altura. Del
mayor, don Félix, se recogió una masa sanguinolenta e informe. El
otro, don Beltrán, detenido por un reborde de la cornisa y unas
matas que lo mullían algún tanto, pudo sostenerse, agarrarse a la
muralla y trepar hasta la plataforma otra vez. Con asombro
supersticioso refirió el lance Fernán, ocular testigo; y en las
veladas del invierno, los servidores evocaron la temerosa figura de
la enlutada madrina. Sólo ella podía haber dispuesto los sucesos del
modo más favorable a su ahijado. Ya no ingresaría Beltrán en un
monasterio; suyos eran casa y estados; de segundón pasaba a heredero
universal.
Entonces se pensó en instruirle para las
fatigas de la guerra. Endeble como seguía siendo, hubo de
ejercitarse en las armas. Salió pendenciero, amigo de gazaperas,
retos, cuchilladas, y su débil brazo hacía saltar la espada de la
muñeca de los mejores reñidores, y en las funciones militares
libraba sin un rasguño, a pesar de alardes de valor temerario.
Mirábanle ya con aprensión los demás señores, con mezcla de
veneración y terror el vulgo. Un suceso casual dio mayor pábulo a
las hablillas.
Andaba perdidamente enamorado don Beltrán
de doña Estrella de Guevara, viuda principal cuanto hermosa,
codiciada de todos. Ella prefería a un Moncada, el duque de San
Juan, y con éste dispuso casarse. En vísperas de la boda, estando el
duque solazándose a orillas del río Jarama con su prometida y muchos
amigos, salió un toro bravo, arremetióle y le paró tan mal, que al
otro día era difunto. Llovía sobre mojado. Se alzó imponente la voz
de que danzaba brujería en los asuntos de don Beltrán, y el Santo
Oficio hubo de resolver mezclarse en lo que traía alborotada a la
villa y corte, inspirando peregrinas fábulas. Como que se llegaba
hasta la afirmación de que el toro no era toro, sino un fantástico
dragón que espiraba lumbre, y en el cuerpo del mísero duque las
señales parecían, no de cornadas, sino de garras candentes.
Honda marejada se produjo en el Santo
Tribunal antes de prender a un noble señor. Ejercía las funciones de
inquisidor general el obispo de Oviedo y Plasencia, don Diego
Sarmiento de Valladares, caballero por los cuatro costados, y los
rigores inquisitoriales no recaían sino sobre gentecilla, mercaderes
y tratantes gallegos y portugueses, oscuros alumbrados y judaizantes
renegados y bígamos. Una buena traílla de estos mezquinos acababa de
ser agarrotada, quemada viva, encarcelada perpetuamente, relajada en
estatua, azotada por las calles y embargados los bienes que no
tenían, con ocasión del famoso auto de fe a que habían querido
asistir Carlos II y las dos reinas, enviando el monarca el primer
haz de fajina que alimentase el fuego del brasero. Mas las poderosas
familias del duque de San Juan y de doña Estrella de Guevara
apretaron tanto, que al fin don Beltrán fue preso y recluido en los
calabozos, donde todavía no habían acabado de evaporarse las
lágrimas de las infelices penitencias del auto. En las tinieblas de
la mazmorra recordó confusamente palabras de su nodriza,
insinuaciones de la dueña Mari Nuño, conversaciones reticentes de
sus padres, auras de consejas y mentiras que oreaban sus cabellos
desde niño. Y con ahínco desesperado, exclamó:
-¡Señora Muerte! ¡Madrina mía! ¡Acúdeme!
Esparcióse por el encierro cárdena
claridad, y don Beltrán vio delante a una mujer extraña, medio moza
y medio vieja, por un lado engalanada; por otro, desnuda. Su cara se
parecía a la de don Beltrán, como que era él mismo, «su muerte
propia». Y don Beltrán recordó el dicho de cierto ilustre caballero
del hábito de Santiago: «La muerte no la conocéis, y sois vosotros
mismos vuestra muerte: tiene la cara de cada uno de vosotros, y
todos sois muertes de vosotros mismos».
-¿Qué se te ofrece, ahijado? -preguntó
solícita ella.
-¡Salir de esta cárcel! -suplicó don
Beltrán.
-No alcanza mi poder a eso. Te he servido
bien; me he desviado de ti veinte veces, te he quitado de delante
estorbos y te he mullido el camino con tierra de cementerio. Pero mi
acción tiene límites, y el amor y el odio son más fuertes que yo.
Habrá cárcel por muchos años: los deudos de tu rival han resuelto
que te pudras en ella.
Mesándose el cabello, don Beltrán insistió
con ardor:
-¿No hay ningún recurso, madrina? Por ahí
fuera hace sol, la gente se pasea, brillan los ojos, resuenan
músicas festivas, requiebran los galanes, se cruzan estocadas... ¡Y
yo aquí, sepultado en una fosa, expuesto a que me saquen con coraza
y sambenito! Madrina, tú eres omnipotente, temida y respetada... ¡He
sentido tantas veces tu protección terrible! ¿No acertarás a
salvarme ahora?
La madrina calló un momento, y luego
articuló entre un susurro lento y prolongado como el de los árboles
de inmensa copa:
-Sé un remedio para darte libertad. ¿No lo
adivinas? Yo saco infaliblemente a los mortales del sitio en que
penan, llevándolos conmigo.
Sintió un sutil escalofrío don Beltrán y se
tapó los ojos con las manos. Cuando las apartó se halló solo: la
madrina había desaparecido. En más de dos años no se atrevió el
ahijado a invocarla. Al contrario, a ratos la conjuraba para que no
se acercase: temía la tentación de asir aquella mano blanca, lisa,
marmórea, y agarrado a ella salir del cautiverio. No llamó a su
madrina ni en el día en que, tendiéndole sobre el caballete del
potro, le dieron por tres veces el trato de cuerda que hace crujir
los huesos, estira los tendones y lleva el dolor hasta las últimas
reconditeces de los nervios. Quedó moribundo y le trasladaron a una
celda con reja a la calle.
Y una mañana, mirando por la reja,
sucedióle que vio pasar a una mujer hermosísima, acompañada de una
dueña grave y halduda y de un galán bizarro: la propia doña Estrella
de Guevara. Sus crespos cabellos teñidos de rubio veneciano hacían
parecer más clara su tez y sus labios más bermejos; vestía de
terciopelo verde con pasamanos de oro, y en sus ojos negros como la
endrina chispeaba una alegría de vivir insolente y triunfadora.
-¡Madrina! ¡Ven, acude! -gritó con fervor
don Beltrán, incorporándose, a pesar del quebrantamiento de sus
huesos.
Y apenas hubo llamado sinceramente a su
madrina, se cerraron los párpados del caballero, se extinguió el
hálito de su pecho, cayó sobre la fementida cama, una mano glacial
cogió la suya, y don Beltrán salió de la prisión, libre y feliz.
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