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El conde del Acerolo no había dado mala vida a su
esposa; hasta podía preciarse de marido cortés, afable y correcto. Verificando
un examen de conciencia, en el gabinete de la difunta, en ocasión de hacerse
cargo de sus papeles y joyas, el conde sólo encontraba motivos para alabarse a
sí propio: ninguno para que la condesa se hubiese ido de este mundo minada por
una enfermedad de languidez. En efecto; el matrimonio -según el criterio
sensatísimo del conde- no era ni por asomos una novela romántica, con extremos,
arrebatos y desates de pasión. ¡Ah, eso sí que no podía serlo el matrimonio! Y
el conde no recordaba haber faltado jamás a estos principios de seriedad y
cordura. Se le acusaría de otra cosa; nunca de poner en verso la vida conyugal.
La respetaba demasiado para eso. No hay que confundir los devaneos y los amoríos
con la santa coyunda. Y no los confundía el conde.
Abiertos el secrétaire y los armarios de triple luna,
su contenido aparecía patente, revelando todos los hábitos de una señora
elegante y delicada. La ropa blanca, con nieve de encajes sutiles; las ligeras
cajas de los sombreros; las sombrillas de historiado puño; el calzado primoroso,
que denuncia la brevedad del estrecho pie; las mantillas y los volantes de
puntos rancios y viejos, en sus saquillos de raso con pintado blasón; los
abanicos inestimables en sus acolchadas cajas; los guantes largos de blanda
Suecia, que aún conservan como moldeada la redondez del brazo y la exquisita
forma de la mano..., iban saliendo de los estantes, para que el viudo, de una
ojeada sola, resolviese allá en su fuero interno lo que convenía regalar a la
fiel doncella, lo que debía encajonarse y remitirse al Banco, por si andando el
tiempo..., y lo que, a título de recurso cariñoso, debía ofrecer a las amigas de
la muerta, entre las cuales había algunas muy guapas... ¡Ya lo creo que sí!
Esparcíase por el ambiente un perfume vago y suave,
formado de olores distintos: el iris de la ropa interior, el sándalo y la raíz
de violeta de algún abanico, el alcanfor disipado de las pieles, el heliotropo
de las mantillas que tocaron al cabello, y la madera de cedro de los cajones.
Cuando el conde hizo girar la tapa del secrétaire y empezó a registrarlo, la
fragancia fue más viva: el saquillo del papel timbrado y el cuero de Rusia de
los estuches del guardajoyas se unieron a los imperceptibles efluvios que ya
saturaban el aire, comunicándoles algo de vivo y embriagador, como si del
profanado secrétaire fuese a salir un interesante drama.
Metódicamente, el conde escudriñaba los diminutos
cajoncitos, y con instintiva curiosidad se apoderaba de las cartas y las
repasaba aprisa. Eran de esos billetes -en papel grueso de caprichosa forma,
trazados con letra inglesa de prolongado rasgo rectilíneo- que se cruzan entre
damas, y que no contienen nada íntimo ni serio. La chimenea estaba encendida, y
sobre la pirámide de inflamados troncos fue el conde dejando caer aquellos
desabridos papeles. Cuando ya no quedó en el secrétaire ningún manuscrito,
sintióse alegre el conde -alegre sin causa- y procedió al expurgo de otros
cajones en que se contenía mil monadas revueltas con joyas y dijes.
Al llegar al cajoncito central, tiró con más cuidado y
lo sacó del todo; porque no ignoraba que el secrétaire -magnífico mueble
hereditario- tenía lo que se llama un secreto: un hueco entre el cajón y las
columnas de cincelado bronce que lo encerraban, hueco en que nuestros candorosos
y felices abuelos solían encerrar rollos de onzas.
El escondrijo solo contenía una bolsita de raso, y
dentro, un diminuto envoltorio de papel de seda, algo oscuro y gastado, como si
hubiese permanecido mucho tiempo en la bolsa. Esta, a su vez, mostraba señales
evidentes de haber estado en contacto con una epidermis, pues la más limpia
siempre empaña la superficie del raso. El conde deshizo el envoltorio, y vio
adherido al último doblez un ancho pensamiento, prensado y conservado
perfectamente. Sobre las hojas amarillas de la flor había escrita, en letra
microscópica y desconocida, una detallada fecha: año, mes, día y hora. Era
bastante reciente la fecha, y anterior a la época en que la condesa empezó a
decaer, hasta postrarse herida de muerte.
El primer efecto que el hallazgo produjo en el conde
fue un estupor sólo comparable al de cierto personaje de El barbero, cuando
sorprende a don Alonso y Rosina en coloquio harto animado. La inofensiva
florecilla le pareció la cabeza de Medusa. Sus pétalos de crespón adquirieron
desmesuradas proporciones, y a modo de negras alas de gigantesco pajarraco,
palpitaron y le envolvieron, aturdiéndole. ¿Qué demonios era aquel pensamiento
de Lucifer? ¿Qué conmemoraba? ¿Qué sentido debía atribuirse a la minuciosa
inscripción? Eso: ¿qué sentido? En lo del sentido hizo hincapié el conde...
Su despecho, su indignación fueron tales, que pisoteó
la flor maldita, reduciéndola a polvo. Y casi al punto mismo se acordó de que
era preciso no olvidar la fecha, si algo había de rastrear de aquella grande,
imprevista y espantosa infamia... Cogió papel y pluma y apuntó la fecha
cuidadosamente antes que se le borrase de la memoria. Después, bufando y con
ganas de romper algo, dio un puntapié al secrétaire y desparramó los estuches de
collares y brazaletes. Ciego y desatentado, registró a empellones el mueble
entero, con esperanzas de encontrar algo más que le iluminase: volcó cajones,
destripó cajas, y convencido ya de que el secrétaire nada acusador contenía,
lanzóse a los armarios y empezó a echar al suelo ropas y prendas de vestir, que
cayeron en revuelto montón: a abrir los saquillos, a revolverlo y remirarlo
todo..., sin que ni el más leve indicio, la más insignificante menudencia
sospechosa, viniese a descifrar la oscura, pero elocuentísima revelación del
saquito.
«¡Cuán preferible sería -pensaba el viudo- encontrar
uno de esos mazos de correspondencia, atados con la indispensable cinta, que no
dejan lugar a la duda, que narran la historia del atentado y descubren el nombre
del cómplice! Una flor seca, una fecha en sus hojas..., ¿qué expresan, qué
quieren decir? ¿Son una ñoñería idílica, el tímido primer paso, o sirven de
insolente emblema al último baldón que cabe arrojar sobre un marido? ¿Quién
había dado a la condesa el pensamiento? ¿Qué mano criminal trazó la fecha? El
conde repasó nombres, recontó personas... ¡Bah! ¡Se trata a tanta gente; son
tantos los primos, amigos del esposo, hermanos de amigas, conocidos de sociedad,
parejas del rigodón, en quienes podrían recaer las sospechas de maldad tan
inicua como robar en la sombra el honor y la calma al conde del Acerolo!
¡Si él pudiese concretar la fecha y partir de ese dato
para saber cómo empleó su esposa el día fatal; adónde fue; quién la acompañó;
quién vino a casa con ella!
El conde oprimió el botoncito de la campanilla y dio
tres sacudidas. Entró la doncella de la difunta dama.
-Conteste usted claro y pronto. ¿Qué hizo su señora de
usted tal día..., tal mes..., tal año?...
La chica le miró atónita.
-¿Señor conde?... El señor conde quiere que yo le
diga... Pero ¡El señor bien comprende que es imposible acordarse! ¡Sobre que se
le olvida a una lo que una misma hizo ayer, señor conde!
Obcecado y todo como se hallaba, el viudo conoció la
razón, y dejó libre a la admirada y escamada sirviente. Casi al punto, una
inspiración súbita le movió a sacudir el botoncito dos veces seguidas:
-Manuel tiene un memorión..., ¡un memorión ya
fastidioso de puro exacto! Quizá recuerde... ¡A ver!
A la pregunta sacramental: «¿Qué hizo la señora tal
día..., tal mes..., tal año?...», contestó, en efecto, el ayuda de cámara, algún
tanto risueño, y con tono meloso, sin separar del suelo la vista:
-Lo que hizo la señora, no lo sé...; pero ése es un día
en que tengo muy presente lo que hizo vuestra excelencia... Porque justamente...
vamos...
-A ver..., ¿qué? ¿Qué justamente es ése? ¿Qué
hice yo ese día?
-¿Quiere el señor que lo diga?
-¿Hablo chino? Contesta a escape.
-La víspera pasó vuestra excelencia la noche fuera...,
¡una casualidad!, porque el señor no solía pasar fuera muchas... Le llevó el
coche..., ya sabe vuestra excelencia..., al barrio... Y para que la señora no
maliciase nada vine yo a contarle que el señor estaba en la Venta de la Rubia
corriendo liebres, y que hasta muy tarde no volvería... Volvió su excelencia
pasada la hora de comer; pero la señora se había retirado ya.
No chistó el conde, y el criado hizo mutis
discretamente. |