|
El día que encontré esta leyenda en una crónica
franciscana, cuyas hojas amarillentas soltaban sobre mis dedos curiosos el
polvillo finísimo que revela los trabajos de la polilla, quedéme un rato
meditabunda, discurriendo si la historia, que era edificante para nuestros
sencillos tatarabuelos, parecía escandalosa a la edad presente. Porque hartas
veces observo que hemos crecido, si no en maldad, al menos en malicia, y que
nunca un autor necesitó tanta cautela como ahora para evitar que subrayasen sus
frases e interpreten sus intenciones y tomen por donde queman sus relatos
inocentes. Así todos andamos recelosos y, valga esta propia metáfora, barba
sobre el hombro, de miedo de escribir algo pernicioso y de incurrir en
grandísima herejía.
Pero acontece que si llega a agradarnos o a producirnos
honda impresión un asunto, no nos sale ya fácilmente de la cabeza, y diríase que
bulle y se revuelve allí cula el feto en las maternas entrañas, solicitando
romper su cárcel oscura y ver la luz. Así yo, desde que leí la historia
milagrosa que -escrúpulos a un lado- voy a contar, no sin algunas variantes,
viví en compañía de la heroína, y sus aventuras se me aparecieron como serie de
viñetas de misal, rodeadas de orlas de oro y colores caprichosamente iluminadas,
o a modo de vidriera de catedral gótica, con sus personajes vestidos de azul
turquí, púrpura y amaranto. ¡Oh, quién tuviese el candor, la hermosa serenidad
del viejo cronista para empezar diciendo: «¡En el nombre del Padre...!»
- I -
Eran muchos, muchos años o, por mejor decir, muchos
siglos hace; el tiempo en que Francisco de Asís, después de haber recorrido
varias tierras de Europa, exhortando a la pobreza y a la penitencia, enviaba sus
discípulos por todas partes a continuar la predicación del Evangelio.
Los pueblecitos y lugarejos de Italia y Francia estaban
acostumbrados ya a ver llegar misioneros peregrinos, de sayal corto y descalzos
pies, que se iban derechos a la plaza pública y, encaramándose sobre una piedra
o sobre un montón de escombros, pronunciaban pláticas fogosas, condenando los
vicios, increpando a los oyentes por su tibieza en amar a Dios. Bajábanse
después del improvisado púlpito y los aldeanos se disputaban el honor de
ofrecerles hospitalidad, lumbre y cena.
No obstante, en las inmediaciones de Dijón existía una
granja aislada, a cuya puerta no había llamado nunca el peregrino ni el
misionero. Desviada de toda comunicación, sólo acudían allí tratantes dijonenses
a comprar el excelente vino de la cosecha; pues el dueño de la granja era un
cosechero ricote y tenía atestadas de toneles sus bodegas, y de grano su troj.
Colono de opulenta abadía, arrendara al abad por poco dinero y muchos años
pingües tierras, y según de público se contaba, ya en sus arcas había algo más
que viento. Él lo negaba; era avaro, mezquino, escatimaba la comida y el salario
a sus jornaleros, jamás dio una blanca de limosna y su mayor despilfarro
consistía en traer a veces de Dijón una cofia nueva de encaje o una medalla de
oro a su hija única.
Omite la crónica el nombre de la doncella, que bien
pudo llamarse Berta, Alicia, Margarita o cosa por el estilo, pero a nosotros ha
llegado con el sobrenombre de la Borgoñona. De cierto sabemos que la hija del
cosechero era moza y linda como unas flores, y a más tan sensible, tierna y
generosa como duro de pelar y tacaño su padre. Los mozos de las cercanías bien
quisieran dar un tiento a la niña y de paso a la hucha del viejo, donde
guardaba, sin duda, pingüe dote en relucientes monedas de oro; mas nunca
requiebros de gañanes tiñeron de rosa las mejillas de la doncella, ni
apresuraron los latidos de su seno. Indiferente los escuchaba, acaso burlándose
de sus extremos y finezas amorosas.
Un día de invierno, al caer la tarde, hallábase la
Borgoñona sentada en un poyo ante la puerta de la granja, hilando su rueca. El
huso giraba rápidamente entre sus dedos, el copo se abría y un tenue hilo, que
semejaba de oro, partía de la rueca ligera al huso danzarín. Sin interrumpir su
maquinal tarea, la Borgoñona pensaba involuntariamente en cosas tristes. ¡Qué
solitaria era aquella granja, Madre de Dios! ¡Qué aire tenía de miseria y de
vetustez! ¡Nunca se oían en ella risas ni canciones; siempre se trabajaba
callandito, plantando, cavando, podando, vendimiando, pisando el vino,
metiéndolo en los toneles, sin verlo jamás correr, espumante y rojo, de los
tanques a los vasos, en la alegría de las veladas!
«¿A qué tanto afanarse? -reflexionaba la niña-. Mi
padre taciturno, vendiendo su vino, contando sus dineros a las altas horas de la
noche; yo, hilando, lavando, fregando las cacerolas, amasando el pan que he de
comer al día siguiente... ¡Ah!, ¡naciese yo hija de un pobre artesano de Dijón,
de un vasallo del obispo, y sería más dichosa!»
Distraída con tales pensamientos, la Borgoñona no vio a
un hombre que por el estrecho sendero abierto entre las viñas caminaba despacio
hacia la granja. Muy cerca estaba ya, cuando el ruido de su báculo sobre las
piedrezuelas del camino movió a la doncella a alzar la cabeza con curiosidad que
se trocó en sorpresa así que hubo contemplado al forastero, el cual frisaría a
lo sumo en los veinticinco años, si bien la demacración del rostro y el aire
humilde y contrito le disimulaban la mocedad. Un sayal gris, que era todo él un
puro remiendo, le resguardaba mal del frío; una cuerda grosera ceñía su cintura;
traía la cabeza descubierta, desnudos los pies y muy maltratados de los
guijarros y apoyábase en un palo de espino. Al punto comprendió la Borgoñona que
no era un mendigo, sino penitente, el hombre que así se presentaba, y con
palabras dulces y ademanes llenos de reverencia, le tomó de la mano y le hizo
entrar en la cocina y sentarse junto al fuego. Veloz como una saeta corrió al
establo, y ordeñó la mejor vaca para traer al peregrino una taza de leche
caliente. Partió del enorme mollete de pan un buen trozo, que migó en la taza, y
arrodillándose casi, mostrando mucho amor y liberalidad, sirvió a su huésped.
Él agradeció en breves frases la caridad que le hacían,
y mientras despachaba el frugal alimento comenzó a explicar, con suave
pronunciación italiana, cosas que suspendieron y embelesaron a la Borgoñona.
Habló de Italia, donde el cielo es tan azul, el aire tan tibio y, en especial,
de la región de Umbria, amenísima en sus valles, y en sus montes severa. Después
nombró a Asís, y refirió los prodigios que obraba el hermano Francisco, el
serafín humano, el cual seguían, atraídos por sus predicaciones, pueblos
enteros. Citó a una joven muy bella y de sangre noble, Clara, cuya santidad
portentosa era respetada no sólo por los hombres, sino hasta por los lobos de la
sierra. Añadió que el hermano Francisco había compuesto, para alabar a Dios y
desahogar sus afectos de amor celestial, tiernos cánticos; y como la Borgoñona
solicitase oírlos, el forastero cantó algunos; y aunque no entendía la letra, el
tono y el modo de cantar del desconocido hicieron arrasarse en lágrimas los ojos
de la niña. El forastero tenía los suyos bajos, rehuyendo ver el rostro
femenino, que adivinaba fresco, gracioso y juvenil. Ella, en cambio, devoraba
con la mirada aquellas facciones nobles y expresivas, que la mortificación y el
ayuno habían empalidecido.
Cerrada ya la noche, fueron entrando en la cocina los
mozos y mozas de labranza, encendiéronse candiles y antorchas de resina,
aumentóse el fuego con haces de secos sarmientos de vid y preparáronse a
aprovechar la velada, ellas hilando, ellos cortando y afilando estacas
destinadas a sostener las cepas de viña. Todos miraban curiosamente al
forastero, que en la misma actitud humilde permanecía junto el fuego, silencioso
y sin adelantar las palmas de sus amoratadas manos hacia el grato calorcillo de
la llama. Un rumor contenido se dejó oír cuando entró el amo de casa: todos
querían saber qué diría el avaro de la presencia del huésped.
Pero la Borgoñona, saliendo a recibir a su padre con
afabilidad suma, le contó cómo ella había ofrecido hospitalidad a aquel santo, a
fin de que no pasase la noche al frío en algún viñedo. No mostró el viejo gran
disgusto, y contentóse con encogerse de hombros, yendo a sentarse a su sitio
acostumbrado en el banco, cerca del hogar. La velada empezó pacífica.
De pronto, el forastero, saliendo de su letargo,
levantó la cabeza, y como si notase por primera vez que estaba próximo a una
hoguera alegre y chispeante, comenzó a decir a media voz algunas palabras sobre
la hermosura del fuego y la gratitud que el hombre debe a Dios por tan gran
beneficio. La Borgoñona tocó al codo a su vecina, ésta transmitió la seña y en
un instante callaron las conversaciones de la cocina para oír al penitente.
Éste, arrastrado por su propia elocuencia, iba elevando la voz hasta pronunciar
con entusiasmo su discurso.
De la consideración del fuego pasó a los demás bienes
que nos otorga la bondad divina, y que estamos obligados a repartir con el
prójimo por medio de limosna. Si, obligados, pues de toda riqueza somos
usufructuarios no más. ¿De qué sirve, por ejemplo, el tesoro encerrado en el
arca del avaro? ¿De qué el trigo abundante en los graneros del hombre duro de
corazón? ¿Creen ellos acaso que el Señor les dio tan cuantiosos bienes para que
los guarden bajo llave y no alivien las necesidades del prójimo? ¡Ah! ¡El día
del tremendo juicio, su oro será contrapeso horrible que los arrastre al
infierno! ¡En vano tratarán entonces de soltar lo que en vida custodiaron tanto:
allí, sobre sus lomos, estará el tesoro de perdición, y con ellos se hundirá en
el abismo!
A medida que arengaba el penitente, los ojos del
auditorio se fijaban en el cosechero, el cual, retorciéndose en el banco, no
sabía qué postura tomar ni qué gesto poner. El penitente, incorporándose,
hablaba ya casi a gritos, con voz vibrante y sonora. De repente, mudando de
registro, encareció los placeres de la limosna, la dulzura inefable del espíritu
que premia el sacrificio de bienes perecederos dados por el amor de Dios. Sus
frases persuasivas fluían como miel, sus ojos estaban húmedos y revulsos. Las
mujeres del auditorio, profunda y dulcemente conmovidas, soltaron la rienda al
llanto, y mientras ellas acudían a los delantales para secar sus lágrimas, otras
rodeaban al peregrino y se empujaban para besar el borde de su túnica. La
Borgoñona, con las manos cruzadas, parecía como en éxtasis.
El cosechero, que había dejado escapar visibles
muestras de impaciencia, no pudo sufrir semejante escena, y murmurando entre
dientes empujó a unos y otros fuera de la cocina, dando por concluida la velada.
Cuando dejó de oírse el ruido de los gruesos zapatos de los labradores que
partían, pidió lacónicamente la cena. Según costumbre del país, la Borgoñona
sirvió a su padre y al forastero. Éste, callado y humilde como al principio,
apenas honró el rústico banquete y rogó le permitiesen retirarse. La Borgoñona
le condujo a una sala baja donde había extendida paja fresca, y en seguida,
volviéndose a la cocina, intentó cenar.
Los bocados se le atravesaban en la garganta; su
estómago rehusaba el alimento, y viendo a su padre sombrío y ceñudo, resolvióse
a preguntar qué opinaba acerca de los discursos del peregrino y lo que había
dicho respecto a la caridad.
-Paréceme, padre -añadió-, que si no nos engaña el
gentil predicador, nuestro fin será irnos al infierno en derechura, pues en
nuestra casa hay oro, pan y vino en abundancia y nunca damos limosna.
Al pronunciar estas palabras, sonreíase dulcemente para
congraciar al viejo. Pero él, montando en cólera terrible, golpeó fuertemente la
mesa con su vaso de estaño, maldijo a la hija que había traído a casa aquel
mendigo desharrapado y loco, que acaso fuese un bandido disfrazado, y amenazó ir
sin demora a cogerle de un brazo y echarle de la granja; con lo cual, la
doncella se retiró a su cuarto trémula y confusa.
En toda la noche apenas logró pegar los ojos. Veía al
viajero, oía de nuevo su persuasiva y cálida voz y notaba las variaciones de su
rostro, trasfigurado por la unción y fervor de la plática. El lecho de la
Borgoñona tenía ascuas y espinas; su conciencia estaba tan despierta como si
hubiese cometido un crimen; durmióse un instante y vio en sueños a su padre
arrastrado por negros demonios que le aporreaban con sacos llenos de monedas.
Apenas un rayo de luz pálida anunció el amanecer, la Borgoñona saltó de la cama
y, a medio vestir y en cabello, corrió a la estancia del peregrino.
Éste tenía la puerta abierta y rezaba de rodillas con
los brazos en cruz. Hallábase tan arrebatado en la oración, que le pareció a la
niña que más de un palmo se levantaba del suelo. Al ruido de los pasos de la
Borgoñona, el forastero se puso en pie de un salto y mostró el rostro bañado en
lágrimas, y al mismo tiempo resplandeciente de un júbilo celestial; pero cuando
se fijó en la Borgoñona, al punto mudó de semblante. Fue como si le cerrasen con
llave las facciones. Bajó los ojos y, cruzándose de brazos, preguntó a la niña
qué deseaba. Ella, con movimiento rapidísimo, se echó a sus pies, y abrazando
sus rodillas toda turbada, rompió a decirle que en aquella casa había riquezas
estériles, tesoros malditos, que causarían la perdición de su dueño; que allí
jamás se había dado al pobre ni un puñado de espigas, antes era su sudor el que
rellenaba las arcas; que ella se encontraba arrepentida y resuelta, para
asegurar su salvación y la de su padre, a irse por el mundo descalza, pidiendo
limosna y haciendo penitencia, para lo cual pedía al forastero su bendición y
que la llevase en su compañía y le enseñase a predicar y a seguir la regla del
beato Francisco, la humanidad y pobreza absoluta.
Permanecía el misionero mudo, inmóvil. No obstante, las
palabras de la Borgoñona debían de producirle extraño efecto, porque ésta sentía
que las rodillas del penitente se entrechocaban temblorosas, y se veía su faz
demudada y sus manos crispadas, cual si se clavase en el pecho las uñas. La
doncella, creyendo persuadir mejor, tendía las palmas, escondía la cara en el
sayal empapándolo en sus lágrimas ardientes. Poco a poco, el pendiente aflojó
los brazos y por fin los abrió, inclinándose hacia la niña. Pero de pronto, con
una sacudida violenta, se desprendió de ella y casi la echó a rodar por el
suelo. La cabeza de la Borgoñona dio contra las losas del pavimento y el
penitente haciendo la señal de la cruz y exclamando «¡Hermano Francisco, valme!»,
saltó por la ventana y se perdió de vista en un segundo. Cuando la Borgoñona se
incorporó llevándose la mano a la frente lastimada, sólo quedaba del misionero
la señal de su cuerpo en la paja donde había dormido.
- II -
Todo el día se lo pasó la Borgoñona cosiendo una túnica
de burel grosero, de la misma tela con que solían vestirse los villanos y
jornaleros vendimiadores. Al anochecer salió a la granja y cortó un bastón de
espino; bajó a la cocina y tomó de un rimero de cuerdas una muy gruesa de
cáñamo, y subiendo otra vez a su habitación, empezó a desnudarse despacio,
dejando sobre la cama, colocadas en orden, las diversas prendas de su traje.
En el siglo XIII, pocas personas usaban camisas de
lino. Era un lujo reservado a los monarcas. La Borgoñona tenía pegado a las
carnes un justillo de lienzo grueso y un faldellín de tela más burda aún.
Quitóse el justillo y soltó sobre sus blancas y mórbidas espaldas la madeja de
su pelo rubio que de día aprisionaba la cofia. Esgrimió la tijera, que solía
llevar pendiente de la cintura, y desmochó sin piedad aquel bosque de rizos, que
iban cayendo suavemente a su alrededor, como las flores en torno del arbusto
sacudido por el aire. Se sentó la cabeza, y hallándola ya casi mocha igualó los
mechones que aún sobresalían; luego se descalzó; aflojó la cintura del
faldellín, se puso el sayal sosteniendo el faldellín con los dientes por no
quedarse del todo desnuda; soltó al fin la última prenda femenina, se ciñó la
cuerda con tres nudos como la traía el pendiente, y empuñó el bastón. Pero
acudió una idea a su mente, y recogiendo las matas de pelo esparcidas aquí y
allí, las ató con la mejor cinta que tenía y las colgó al pie de una tosca
Nuestra Señora, de plomo, que protegía la cabecera de su lecho. Aguardó a que la
noche cerrase, y de puntillas, se lanzó a oscuras al corredor; bajó a tientas la
escalera carcomida, se dirigió a la sala baja donde había hospedado al
penitente, abrió la ventana y salió por ella al campo. Tal arte se dio a correr,
que cuando amaneció estaba a tres leguas de la granja, camino de Dijón, cerca de
unos hatos de pastores.
Rendida se metió en un establo, del cual vio salir el
ganado antes, y acostándose en la cama de las ovejas, tibia aún, durmió hasta el
mediodía. Al despertarse resolvió evitar a Dijón, donde algún parroquiano de su
padre podría conocerla.
En efecto, desde aquel día procuró buscar las aldeas
apartadas, los caseríos, solitarios, en los cuales pedía de limosna un haz de
paja y un mendrugo de pan. Mientras caminaba, rezaba mentalmente, y si se
detenía, arrodillábase y oraba con los brazos en cruz, como el peregrino. El
recuerdo de éste no se apartaba un punto de su memoria y copiaba por instinto
sus menores acciones, añadiendo otras que le sugería su natural despejo.
Guardaba siempre la mitad del pan que le ofrecían, y al
día siguiente lo entregaba a otro pobre que encontrase en el camino. Si le daban
dinero, iba corriendo a distribuirlo entre los necesitados, pues recordaba que,
según el penitente, nunca el beato Francisco de Asís consintió tener en su poder
moneda acuñada.
Al paso que seguía esta vida la Borgoñona, se
desarrollaba en ella un don de elocuencia extraordinaria. Poníase a hablar de
Dios, de los ángeles, del cielo, de la caridad, del amor divino, y decía cosas
que ella misma se admiraba de saber y que las gentes reunidas en derredor suyo
escuchaban embelesadas y enternecidas. Dondequiera que llegaba la rodeaban las
mujeres, los niños se cogían a su túnica y los hombres la llevaban en triunfo.
Es de notar que todos la tenían por un jovencito muy
lindo, y a nadie se le ocurrió que fuese una doncella quien tan valerosamente
arrostraba la intemperie y demás peligros de andar por despoblado. Su pelo
corto, su cutis oscurecido ya por el sol, sus pies endurecidos por la descalcez
le daban trazas de muchacho, y el sayal grueso ocultaba la morbidez de sus
formas.
Gracias al disfraz, pudo pasar entre bandas de soldados
mercenarios y aun de salteadores, sin más riesgo que el de sufrir algunos
zurriagazos con las correas del tahalí, género de broma que no perdonaban los
soldados. Muchos se compadecieron de aquel rapaz humilde y le dieron dinero y
vino; otros se burlaron; pero nadie atentó a su libertad ni a su vida.
En la selva de Fontainebleau sucedióle a la Borgoñona
la terrible aventura de abrigarse bajo un árbol de donde colgaban humanos
frutos: los pies péndulos de un ahorcado la rozaron la frente. Entonces, con
valor sobrehumano, abrió una fosa, sin más instrumentos que su bastón de pino y
sus uñas. Descolgó el cadáver horrendo, que tenía la lengua fuera y los ojos
saliéndose de las órbitas, y estaba ya picado de grajos y cuervos, y mal como
supo, reuniendo sus fuerzas, lo enterró. Aquella noche vio en sueños al
penitente, que la bendecía.
Pero tantas fatigas, tan larga abstinencia, tan duras
mortificaciones, una vida tan áspera y desacostumbrada, abrieron brecha en la
Borgoñona y su salud empezaba a flaquear, cuando llegó a una gran villa, que
preguntando a los aldeanos verduleros, supo era París.
Entró, pues, en París pensando si quizá moriría allí el
peregrino, si lo encontraría casualmente y podría rogarle que le proporcionase
un asilo como el que Clara ofrecía a sus hijas, un convento donde acabar su
penitencia y morir en paz. Con estos propósitos se internó en un laberinto de
calles sucias, torcidas, estrechas, sombrías: el París de entonces.
Embargaba a la Borgoñona singular recelo. En aquella
ciudad vasta y populosa, donde veía tanto mercader, tanto arquero, tantos judíos
en sus tenduchos, tantos clérigos graves que pasaban a su lado sin volver la
cabeza, no se atrevía a pedir hospitalidad, ni un pedazo de pan con que aplacar
el hambre. Los edificios altos, las casas apiñadas, las plazuelas concurridas,
todo le infundía temor.
Vagó como alma en pena las horas del día, entrando en
las iglesias para rezar, apretándose la cuerda para no percibir el hambre, y a
la puesta del sol, cuando resonó el toque de cubrefuego, que acá decimos de la
queda, cubriósele a ella verdaderamente el corazón, y con mucha angustia rompió
a llorar bajito, echando de menos por primera vez su granja, donde el pan no
faltaba nunca y donde, al oscurecer, tenía seguro su abrigado lecho. Al punto
mismo en que estas ideas acudían a su atribulado espíritu, vio que se acercaba
una vejezuela gibosa, de picuda nariz y ojuelos malignos, y le preguntaba
afablemente: ¿Cómo tan lindo mozo a tales horas solito por la calle, y si era
que por ventura no tenía posada?
-Madre -contestó la Borgoñona- si tú me la dieses,
harías una gran caridad, pues cierto que no sé dónde he de dormir hoy, y a más
no probé bocado hace veinticuatro horas.
Deshízose la vieja en lástimas y ofrecimientos, y
echando a andar delante guió por callejuelas tristes, pobres y sospechosas,
hasta llegar a una casuca, cuya puerta abrió con roñosa llave.
Estaba la casa a oscuras; pero la vieja encendió un
candil y alumbró por las escaleras hasta un cuarto alto.
Ardía un buen fuego en la chimenea. La Borgoñona vio
una cama suntuosa, sitiales ricos y una mesa preparada con sus relucientes
platos de estaño, sus jarras de plata para el agua y el vino, su dorado pan, sus
bollos de especias y un pastel de aves y caza que ya tenía medio alzada la
cubierta tostadita.
Todo olía a lujo, a refinamiento, y aunque el caso era
sorprendente, atendido el pergeño de la vieja y la pobreza del edificio, como la
Borgoñona sentía tanta hambre y de tal modo se le hacía agua la boca ante el
espectáculo de los manjares, no se entretuvo en manifestar extrañeza.
Iba buenamente a sentarse y a trinchar el pastel, pero
la vieja lo impidió. Convenía aguardar al dueño de la habitación, un hidalgo
estudiante muy galán, que ya no tardaría, y era de tan afable condición, que a
buen seguro que no pondría el menor reparo en partir su cena con el forastero.
En efecto, bien pronto, se oyeron resueltos pasos, y
entró en la estancia un caballero, mozo, envuelto en oscura capa y con pluma de
garza en el airoso birrete.
Al verle, quedóse estupefacta la Borgoñona, y no era
para menos, pues aquel gallardo caballero tenía la mismísima cara y talle del
penitente. Conoció sus grandes ojos negros, sus nobles facciones. Sólo la
expresión era distinta. En ésta dominaba un júbilo tumultuoso, una especie de
energía sensual. Quitóse el birrete, descubriendo rizados y largos cabellos;
soltó la capa, y contestó con una carcajada a las disculpas de la vieja, que
explicaba cómo aquel pobrecito penitente partiría con él, por una noche, la cena
y el cuarto. Sentóse a la mesa muy risueño, y declaró que, aunque el camarada no
parecía muchacho de buen humor, él haría por que la cena fuese divertida. Dijo
esto con la propia voz sonora del penitente, tan conocida de la Borgoñona.
Retiróse la vieja y la Borgoñona tomó asiento confusa y
atónita, mirando a su comensal y sin dar crédito al testimonio de los sentidos.
Mientras mataba el hambre con el apetitoso pastel, sus ojos no se apartaban del
mancebo, que comía y bebía por cuatro y, con mil chanzas, llenaba el vaso y el
plato de la Borgoñona, que proseguía comparando al misionero con el estudiante.
Sí, eran los mismos ojos, sólo que antes no brillaba en
ellos un fuego vivido y generoso, ni cabía ver el negro de las pupilas, porque
estaban siempre bajos. Sí, era la misma boca, pero marchita, contraída por la
penitencia, sin estos labios rojos y frescos, sin estos dientes blancos que
descubría la sonrisa, sin este bigote fino que acentuaba la expresión
provocativa y caballeresca del rostro. Sí, era la misma frente blanca y serena,
pero sin los oscuros mechones de pelo que en torno jugueteaban. Era el mismo
aire, pero con otras posturas menos gallardas y libres.
Y así, poco a poco, tratando de cerciorarse de si el
penitente y el hidalgo componían un solo individuo, la doncella iba deteniéndose
con sobrada complacencia en detallar las gracias y buenas partes del mancebo, y
ya le parecía que si era el penitente, había ganado mucho en gentileza y
donosura.
El caballero, festivamente, escanciaba vino y más vino,
y la Borgoñona, distraída, lo bebía. El vino era color de topacio, fragante,
aromatizado con especias, suave al paladar, pero después se sentía correr por
las venas como líquida llama.
A cada trago de licor, la Borgoñona juzgaba a su
compañero de mesa más discreto y bizarro. Cuando la mano de éste, al ofrecerle
el vaso, por casualidad, rozaba la suya, un delicioso temblor, un escalofrío
dulcísimo, le subía desde las yemas de los dedos hasta la nuca, difundiéndose
por el cerebro y el corazón. Su razón vacilaba, la habitación daba vueltas, la
luz de cada uno de los cirios que alumbraban el festín se convertía en miles de
luces. Y he aquí que el caballero, después de beber el último trago, se levantó,
y juró que a fe de hidalgo estudiante, era hora de acostarse y digerir, con un
sueño reparador, la cena.
Semejantes palabras despejaron un poco las embotadas
potencias de la Borgoñona. Acordóse de que en la habitación no había más que un
solo lecho, y alzándose de la mesa alegó humildemente, en voz baja, que sus
votos obligaban a tener por cama el suelo, y que así dormiría, no siendo razón
que se molestase el señor hidalgo. Pero éste con generoso empeño, protestó que
no lo sufriría, y tendiendo en el suelo su capa, afirmó que dormiría sobre ella
si el mozo penitente no le otorgaba un rincón del lecho, donde ambos cabían muy
holgados.
La doncella se negó con espanto a admitir la
proposición, y el estudiante con vigor juvenil, cogióla en brazos y la depositó
sobre la cama. Ella, sintiendo otra vez desmayar su voluntad, cerró los ojos, y
con singular contentamiento se dejó llevar así, apoyando la cabeza en el hombro
del caballero y percibiendo el roce de sus negros y perfumados bucles.
Abrió el estudiante la cama, metió dentro a la
Borgoñona, arregló la sobrecama bordada de seda y, con la misma dulzura con que
se habla a los niños, preguntó si no le sería lícito al menos tenderse a los
pies, que siempre estarían más blandos que el santo suelo. No encontró la
Borgoñona objeción fundada que oponer, y el hidalgo se envolvió en su capa y se
tumbó, poniendo por cabezal un almohadón, y al poco tiempo se le oyó respirar
tranquilamente, como si durmiese.
La Borgoñona, en cambio, se revolvía inquieta. En vano
quería recordar las oraciones acostumbradas a aquella hora. No podía levantar el
espíritu; su corazón se derretía, se abrasaba; el penitente y el estudiante
formaban para ella una sola persona, pero adorable, perfecto, por quien se
dejaría hacer pedazos sin exhalar un ¡ay! La blandura del lecho incitando a su
cuerpo a la molicie, reforzaba las sugestiones de su imaginación; en el silencio
nocturno, le ocurrían las resoluciones más extremosas y delirantes: llamar al
hidalgo, declararle que era una doncella perdida de amores por él, que la tomase
por mujer o esclava, pues quería vivir y morir a su lado.
Pero ¿y aquellas matas de pelo colgadas al pie de la
efigie de Nuestra Señora, acaso no eran prenda de un voto solemne? Con estas
zozobras, las frentes se le abrían, las venas saltaban, zumbaban los oídos y la
respiración sosegada del estudiante se la figuraba a la joven honda como el
ruido de gigantesca fragua. ¡Oh tentación, tentación!
Sentóse en el lecho, y a la luz del fuego, que aún
ardía, miró al estudiante dormido, pareciéndole que en su vida había contemplado
cosa mejor, más sabrosa. Y así, embebida en el gusto de mirar, fuese acercando
hasta casi beberle el aliento.
De pronto el durmiente se incorporó bien despierto,
abriendo los brazos y sonriendo con sonrisa extraña. La doncella dio un gran
grito, y acordándose del penitente, exclamó:
-¡Hermano Francisco, valme!
Al mismo tiempo saltó del lecho y huyó de la habitación
como loca.
Cuatro a cuatro bajó las escaleras; halló la puerta
franca y encontróse en la calle; siguió corriendo, y no paró hasta una gran
plaza, donde se elevaba un edificio de pobre y humilde arquitectura; allí se
detuvo sin saber lo que le pasaba.
Trató de coordinar sus pensamientos; los sucesos de la
noche le parecían soñados, y lo que la confirmaba en esta idea era que no podía,
por más que se golpease la frente, recordar la linda figura del estudiante. La
última impresión que de ella guardaba era la de un rostro descompuesto por la
ira, unas facciones contraídas por furor infernal, unos ojos inyectados, una
espumante boca.
Del edificio humilde salieron cuatro hombres vestidos
de túnicas grises amarradas con cuerdas y llevando en hombros un ataúd. La
Borgoñona se acercó a ellos, y ellos la miraron sorprendidos, porque vestía su
mismo traje. Impulsada por indefinible curiosidad, la doncella se inclinó hacia
el ataúd abierto y vio, acostado sobre la ceniza, sin que pudiese caber duda
alguna respecto a su entidad, el cadáver del penitente.
-¿Cuándo murió ese santo? -preguntó, trémula y
horrorizada.
-Ayer tarde, al sonar el cubrefuego.
-Y ese edificio donde vivía, ¿qué es?
-Allí habitamos los pobres de la regla de San Francisco
de Asís, los Menores, tus hermanos -contestaron gravemente, y se alejaron con su
fúnebre carga.
La Borgoñona llamó a la portería del convento.
Nadie adivinó jamás el sexo del novicio, hasta que su
muerte, después de una larga y terrible penitencia, hubo de revelarlo a los
encargados de vestirle la mortaja. Hicieron la señal de la cruz, cubrieron el
cuerpo con un paño tupido y lo llevaron a enterrar al cementerio de las
Minoritas o Clarisas, que ya existían en París. |