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Aquel año, las monjitas de la Santa Espina se habían excedido a sí mismas en
arreglar el nacimiento. En el fondo de una celda vacía, enorme, jamás habitada,
del patio alto, armaron amplia mesa, y la revistieron de percalina verde.
Guirnaldas de chillonas flores artificiales, obra de las mismas monjas, la
festoneaban. Sobre la mesa se alzaba el belén. Rocas de cartón afelpadas de
musgo, cumbres nevadas a fuerza de papelitos picados y deshilachado algodón,
riachuelos de talco, un molino cuya rueda daba vueltas, una fuentecilla que
manaba verdadera agua y los mil accidentes del paisaje, animados por figuras:
una vieja pasando un puente, sobre un pollino; un cazador apuntando a un ciervo,
enhiesto sobre un monte; un elefante bajando por un sendero, seguido de una
jirafa; varias mozas sacando agua de la fuente; un gallo, con sus gallinas, del
mismo tamaño de las mozas y, por último, novedad sorprendente y modernista: un
automóvil, que se hunde en un túnel y vuelve a salir y a entrar a cada minuto.
Pero lo mejor, allá en lo alto, era el portal, especie de cueva tapizada de
papel dorado, con el pesebre de plata lleno de pajuelitas de oro y, en él, de un
grandor desproporcionado al resto de las figuras, el niño echado y con la manita
alzada para bendecir a unos pastores mucho más pequeños que él, que le traían,
en ofrenda, borregos diminutos.
Todas las monjitas estaban allí, admirando, dando pareceres, babeándose de
cariño ante el Jesusín, "que parecía un niño de verdad". En aquel solemne día,
relajaba el convento su disciplina severa y se les consentía a las sores
expresar su júbilo, tocando sonajas y castañuelas, zambombas y rabeles, armando
un estrépito que en otro sitio se llamaría infernal, y bailando hasta hacerse
rajas1 delante del belén, como habían bailado,
de cierto, los pastorcillos inocentes, y como hasta saltarían de gozo los
collados, porque era nacido el Redentor del mundo.
Y
danzaban riendo, diciéndose cosas picarescas y chistosas, burlándose dulcemente
las jóvenes de las viejas, que no eran las menos decididas para dar brincos y
jalearse.
–¡Ay, mire sor Gertrudis, qué vueltas! Parece un trompo.
–¡Y qué lindos pies que luce!
–Ánimo, sor Consolación, deje ahí arrimada la muleta y eche un paso por el
Niñito Jesús.
–Agarrarse todas de las manos, y a la rueda, rueda.
–¿Ese pandero, qué hace que no repica?
–¡A ver, el villancico!
Y
unidas, las voces se elevaron, puras e ingenuas.
En el portal de Belén
hay una piedra redonda…
–No, ése no vale nada... Vaya aquel otro:
En el portal de Belén
todos a juntar en leña,
para calentar al niño
que nació en la Nochebuena.
Y
el loco retintín de los panderos, el sonoro tableteo de las castañuelas, los
desahogos de entusiasmo arreciaban, ensordecedores, mientras la casi paralítica
sor Consolación, con su voz cascada y feble, no podía hacerse oír, al reprender:
–No sean escandalosas... ¡Que van a venir los guardias!
Mientras la juventud de las sores se desfogaba así, en una celda del mismo piso,
la única ocupada en él, una mujer prestaba oído atentamente. Sería como de
cuarenta y cinco años; estaba sin toca, el hábito roto; su corto cabello flotaba
en mechones grises y su mirar denotaba extravío. Atendía al lejano ruido
sorprendida, inquieta. ¿Qué pasaba?
Al
fin sonó más alta la música discordante de las sonajas y panderos. ¡Música!
¡Canciones! ¿Por qué la dejaban encerrada cuando había música?
En
repentino arrebato, golpeó la puerta, que por fuera tenía echado el cerrojo. La
aporreó con manos y pies, frenéticamente. Y las que todavía danzaban ante el
misterio se detuvieron, se miraron.
–¡Vamos, ya respiró sor Cruz!
–¡Fuera milagro que no alborotase!
–¿Qué hacemos, madre superiora? –interrogó una monjita vivaracha, menuda, toda
arrebolada por la animación del baile–. ¡Pobrecita! ¿La dejamos venir un
instante al belén, que está precioso?
–No piense en eso, sor Rosa... ¡Pues buena se pondría así que viese al niñito!
Ya sabe que como se le murió el suyo, el único, y a consecuencia de la pena
entró en religión, tiene la cabeza... –la superiora se tocaba con el índice la
sien–, y se altera hasta con las estampas del Niño Dios... Vaya allá un poco, a
ver si la consuela... Dele su colación... Hágale creer que el ruido es en la
calle... Y guarden ya silencio y, antes de bajar al refectorio, recemos tres
avemarías, para que sor Cruz se ponga buena...
Se
oyó el murmullo de la oración. Sor Rosa, a paso ligero, voló a la celda de la
loca, descorrió el cerrojo vivamente y se acercó a ella, hablándole con ternura
y mimo, como se habla a las criaturas.
–¿Qué tiene, hermana? Alégrese, que le voy a traer su colacioncita... Verá. Un
pedazo de turrón, muy rico... Y mazapán, y peladillas, y naranja china, ¿sabe?
Se chupará los dedos.
–Quiero ir a donde cantan...
–Si ya no cantan... Si fueron los pillos de la calle, que van por ahí con
chicharras y zambombas.
–No, yo bien sé... Hay música en el convento –insistió la demente, queriendo
echarse fuera de la celda, con ansia.
–Paciencia, sor Cruz... Acuérdese de que manda el médico que no salga, que se
puede acatarrar. Espere un momento, ahora subo la colación...
Y,
como un pájaro, salió sor Rosa, volviendo al cabo de minutos con una cesta
repleta.
–Bueno, ahí tiene muchas golosinas: coma y luego acuéstese tranquila, que mañana
vendré a peinarle esas greñas y a ponerla muy guapa, para que asista a la misa,
¿eh?, siempre que tenga mucho, mucho juicio... Hasta mañana, sor Crucita, y que
descanse bien.
Fuese la arrebolada monja, corriendo el cerrojo... Es decir, ella siempre afirmó
haberlo corrido; pero tal vez sufriese una de esas distracciones que prueban que
no es una máquina el cerebro humano.
La
demente permaneció unos momentos indecisa. Alumbraba su celda un farol colgado
muy alto, para que no lo pudiese romper. A su luz mezquina, destacábase, sobre
la mesilla humilde, la cesta cubierta con blanca servilleta gorda. Con ese
dominio del instinto material que se observa en los alienados, pensó en la
colación suculenta y se figuró al turrón macizo, los mazapanes con rubias
cabelleras de huevo hilado, la compota olorosa.
Un
poco de saliva vino a sus fauces. Pero el recuerdo de la música resurgió y la
curiosidad fue más viva que la gula. ¿Por qué música en el convento? Lanzose
otra vez contra la puerta... ¡Oh, maravilla! La puerta cedió... Se abrió sobre
el pasillo ancho, sombrío y glacial, por el cual avanzó a tientas la loca,
guiada por un débil reflejo, una raya de claridad lejana.
También obedeció al empujón la puerta del recinto iluminado y la loca, admirada,
se paró un momento en el umbral. El belén se presentaba a sus ojos, solitario,
bajo el rayo de la estrella, fulgiendo entre los azules pabellones de tarlatana
que figuran el cielo cercado de candelicas, dispuestas en arco a ambos costados.
Una sonrisa de gozo se dibujó en el semblante de la pobre insensata. ¡Qué
bonito! ¡La fuentecita, el agua que corre! ¡El automóvil, qué monada! ¡Y el
cazador! ¡Pum! De improviso, una chispa más espiritual brilló en sus ojos. Un
grito, casi un rugido de amor se exhaló de su garganta. ¡El niño! ¡Su niño, al
que siempre está llamando en las largas horas de su tristeza infinita!
De
un salto, sor Cruz se encaramó al belén. Pisando fuentes, puentes y figuras,
desbaratando y destrozándolo todo, llegó hasta el portal, agarró al infante y lo
cubrió de caricias violentas, ávidas. Medio le mordió. Luego, temerosa de que se
lo arrebatasen, echó a correr hacia su celda, llevándolo abrazado.
Entre tanto, las arrancadas candelicas se desmayaron sobre los tules que con la
estrella se habían volcado encima del portal. Un reguerillo de chispas devoró
rápidamente el leve tejido y, luego, una corta lengua inflamada lamió las
apolilladas maderas y cartones impregnados del aguarrás de la fresca pintura.
El
convento dormía cuando se desenmascaró el incendio. El sereno vio el humo y
aturdió a llamadas de aldabón enorme. La confusión fue como de naufragio.
Sacaron en brazos a la paralítica sor Consolación y, en medio del terror y de
los angustiosos chillidos, sor Rosa, sintiendo acaso un misterioso e indefinible
remordimiento, pensó en sor Cruz.
–¡Ay mi Dios! ¡Misericordia, Virgen Santísima! ¡Va a morir abrasada! ¡El fuego
es en su piso!
Y
como alzasen los ojos hacia la reja de la celda de la demente, pudieron ver,
sobre cortina de llamas y humo, un rostro aterrador y oír una voz que gritaba:
–¡Ahí va el niño! ¡Salven al niño!
Un
muñeco de talla vino a rebotar en tierra a los pies de las monjas. La cara de la
loca desapareció en el brasero.
FIN |