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-Cuando salimos del puerto de Marineda -serían, a todo
ser, las diez de la mañana- no corría temporal; sólo estaba la mar rizada y de
un verde..., vamos, un verde sospechoso. A las once servimos el almuerzo, y
fueron muchos pasajeros retirándose a sus camarotes, porque el oleaje, no bien
salimos a alta mar, dio en ponerse grueso, y el buque cabeceaba de veras.
Algunos del servicio nos reunimos en el comedor, y mientras llegaba la hora de
preparar la comida nos divertíamos en tocar el acordeón y hacer bailar al pinche,
un negrito muy feo; y nos reíamos como locos, porque el negro, con las cabezadas
de la embarcación y sus propios saltos, se daba mil coscorrones contra el
tabique. En esto, uno de los muchachos camareros, que les dicen estuarts, se
llega a mí:
-Cocinero, dos fundas limpias, que las necesito.
-Pues vaya usted al ropero y cójalas, hombre.
-Allá voy.
Y sin más, entra y enciende un cabo de vela para
escoger las fundas.
¡Aquel cabo de vela! Nadie me quitará de la cabeza que
el condenado..., ¡Dios me perdone!, el infeliz del camarero, lo dejó encendido,
arrimado a los montones de ropa blanca. Como un barco grande requiere tanta
blancura, además de las estanterías llenas y atestadas de manteles, sábanas y
servilletas, había en el San Gregorio rimeros de paños de cocina, altos así, que
llegaban a la cintura de un hombre. Por fuerza, el cabo se quedó pegadito a uno
de ellos, o cayó de la mesa, encendido, sobre la ropa. En fin: era nuestra
suerte, que estaba así preparada.
Yo no sé qué cosa me daba a mí el cuerpo ya cuando
salimos de Marineda. Siempre que embarco estoy ocho días antes alegre como unas
castañuelas, y hasta parece que me pide el cuerpo algo de broma con los amigos y
la familia. Pues de esta vez..., tan cierto como que nos hemos de morir...,
tenía yo el viaje atravesado en el gaznate, y ni reía ni apenas hablaba. La
víspera del embarque le dije a mi esposa:
-Mujer, mañana tempranito me aplancharás una camisola,
que quiero ir limpio a bordo.
Por la mañana entró con la camisola, y le dije:
-Mujer, tráeme el pequeño que mama.
Vino el chiquillo y le di un beso, y mandé que me lo
quitasen pronto de allí, porque las entrañas me dolían y el corazón se me subía
a la garganta. También la víspera fui a casa del segundo oficial, el señorito de
Armero, y estaba la familia a la mesa; y la madre, que es así, una señora muy
franca, no ofendiendo lo presente, me dijo:
-Tome usted esta yema, Salgado.
-Mil gracias, señora; no tengo voluntad.
-Pues lléveles éstas a los niños... ¿Y qué le pasa a
usted, que está qué sé yo cómo?
-Pasar, nada.
-¿Y qué le parece el viaje, Salgado?
-Señor, la mar está bella, y no hay queja del tiempo.
-No, pues usted no las tiene todas consigo. Le noto
algo en la cara.
Para aquel viaje había yo comprado todos los chismes
del oficio; por cierto que en la compra se me fue lo último que me quedaba:
setenta duretes. Los chismes eran preciosos: cuchillos de lo mejor, moldes
superiores, herramientas muy finas de picar y adornar; porque en el barco, ya se
sabe: le dan a uno buena batería de cocina, grandes cazos y sartenes, carbón
cuanto pida, y víveres a patadas; pero ciertas monaditas de repostería y de
capricho, si no se lleva con qué hacerlas... Y como yo tengo este pundonor de
que me gusta sobresalir en mi arte y que nadie me pueda enseñar un plato... Por
cierto que esta vanidad fue mi perdición cuando sostuve restaurante abierto. Me
daba vergüenza que estuviese desairado el escaparate, sin una buena polla en
galantina, o solomillo mechado, o jamón en dulce, o chuletas bien panadas y con
su papillotito de papel en el hueso... Y los parroquianos no acudían; y los
platos se morían de viejos allí; y cuando empezaban a oler, nos los comíamos por
recurso; mis chiquillos andaban mantenidos con trufas y jamón, y el bolsillo se
desangraba... Si no levanto el restaurante, no sé qué sería de mí; de manera que
encontrar colocación en el barco y admitirla fue todo uno. Pensaba yo para mi
chaleco: «Ánimo, Salgado; de veintiocho duros que te ofrecen al mes, mal será
que no puedas enviarle doce o quince a la familia. No es la primera vez que te
embarcas; vámonos a Manila; ¿quién sabe si allí te ajustas en alguna fonda y te
dan mil o mil quinientos reales mensuales, y eres un señor?». Lo dicho: la
suerte, que arregla a su modo nuestros pasos... Estaba de Dios que yo había de
perder mis chismes, y pasar lo que pasé, y volver a Marineda desnudo.
¿En qué íbamos? Sí, ya me acuerdo. Faltaría hora y
media para la comida, cuando me pareció que por la puerta del ropero salía humo.
El que primero lo notó no se atrevía a decirlo: nos mirábamos unos a otros, y
nadie rompía a gritar. Por fin, casi a un tiempo, chillamos:
-¡Fuego! ¡Fuego a bordo!
Mire usted, no cabe duda: lo peor, en esos momentos en
que se suceden cosas horrorosas, es aturdirse y perder la sangre fría. Si cuando
corrió el aviso se pudiese dominar el pánico y mantener el orden; si media
docena de hombres serenos tomasen la dirección, imponiéndose, y aislasen el
fuego en las tripas del barco, estoy seguro de que el siniestro se evitaba. Yo,
que todo lo presencié, que no perdí detalle, puedo jurar que no entiendo cómo en
un minuto se esparció la noticia, y ya no se vieron sino gentes que corrían de
aquí para allí, locas de miedo. Para mayor desdicha empezaba a anochecer, y la
mar cada vez más gruesa y el temporal cada vez más recio aumentaba el susto.
Aquello se convirtió en una Babel, donde nadie se entendía ni obedecía a las
voces de mando.
El capitán, que en paz descanse, era un mallorquín de
pelo en pecho, valentón, y no tiene que dar cuenta a Dios de nada, pues el
pobrecillo hizo cuanto estuvo en su mano; pero le atendían bien poco. Acaso
debió levantar la tapa de los sesos a alguno para que los demás aprendiesen;
bueno, no lo hizo; él fue el primero a pagarlo, ¡cómo ha de ser! Nos metimos él
y yo por el corredor de popa, con objeto de ver qué importancia tenía el
incendio; y apenas abrimos la puerta de hierro, nos salió al paso tal columna de
humo y tal cortina de llamas, que apenas tuvimos tiempo a retroceder, cerrar y
apoyarnos, chamuscados a medio asfixiar, en la pared. Yo le grité al capitán:
-Don Raimundo, mire que se deben cerrar también las
puertas de hierro a la parte de proa.
Él daría la orden a cualquiera de los que andaban por
allí atortolados; puede que el tercero de abordo; no sé; lo cierto es que no se
cumplió, y en no cumplirse estuvo la mitad de la desgracia. Nosotros, a toda
prisa, nos dedicamos a refrescar con chorros de agua las puertas de hierro, para
que el horno espantoso de dentro no las fundiese y saltasen dejando paso a las
llamas. ¿De qué nos sirvió? Lo que no sucedió por allí sucedió por otro lado.
Nos pasamos no sé cuánto tiempo remojando la placa, envueltos en humareda y
vapor; mas al oír que por la proa salían las llamas ya, se nos cansaron los
brazos, y huyendo de aquel infierno pasamos a la cubierta.
Verdaderamente cesó desde entonces la batalla con el
fuego y las esperanzas de atajarlo, y no se pensó más que en el salvamento; en
librar, si era posible, la piel; eso, los que aún eran capaces de pensar; porque
muchísimos se tiraron al suelo, o se metieron a arrancarse el pelo por los
rincones, o se quedaron hechos estatuas, como el tercero de a bordo, que tan
pronto se declaró el incendio se sentó en un rollo de cuerdas y ni dijo media
palabra, ni se meneó ni soñó en ayudarnos.
A las dos horas de notarse el fuego la máquina se paró.
Si no se para, tenemos la salvación casi segura; ardiendo y todo, llegaríamos al
puerto. Lo que recelábamos era que el vapor comprimido y sin desahogo hiciese
estallar la caldera. Todos preguntábamos al engineer, un inglés muy tieso, muy
callado y con un corazón más grande que la máquina. No se meneaba de su sitio,
ni se demudó poco ni mucho; abrió todas las válvulas, y nos dijo con flema:
-Mi responde con mi head, máquina very-good, seguros
por ella no explosión.
Al ver que la pobre de la máquina se paraba, nos
quedamos, si cabe, más aterrados; no creíamos que el incendio llegase hasta
donde, por lo visto, llegaba ya; comprendimos que el fuego no estaba localizado
y contenido sino que era dueño de todo el interior del buque y no había más
remedio que cruzarse de brazos y dejarle hacer su capricho.
-¡Barco perdido, don Raimundo! -dije al capitán.
-Barco perdido, Salgado.
-¿Y nosotros?
-Perdidos también.
-Esperanza en Dios, don Raimundo. Y él se echó las
manos a la cabeza, y dijo de un modo que nunca se me olvida:
-¡Dios!
Yo no sé qué le habíamos hecho a Dios los trescientos
cristianos que en aquel barco íbamos; pero algún pecado muy gordo debió de ser
el nuestro para que así nos juntase castigos y calamidades. De cuantas noches de
temporal recuerdo -y mire usted que algo se ha navegado-, ninguna más atroz, más
furiosa que aquella noche. Una marejada frenética; el barco no se sostenía; ola
por aquí, ola por acullá; montes de agua y de espuma que nos cubrían; ya no era
balancearse; era despeñarse, caer en un precipicio; parecía que la tormenta
gozaba en movernos y abanicarnos para avivar el incendio. Soplaba un viento
iracundo; llovía sin cesar; y la noche, tan negra, tan negra, que sobre cubierta
no nos veíamos las caras. Unos lloraban de un modo que partía el corazón; otros
blasfemaban; muchos decían: «¡Ay, mis pobres hijos!». No entiendo cómo el
timonel era capaz de estarse tan quieto en su puesto de honor, manteniendo fijo
el rumbo del barco para que no rodase como una pelota por aquel mar loco.
Pronto empezaron a alumbrarnos las llamas, que salían
por la proa, no ya a intervalos, sino continuamente, igual que si desde adentro
las soplasen con fuelles de fragua. Lo tremendo de la marejada hizo que no se
pensase en esquifes; meterse en ellos se reducía a adelantar la muerte. En esto
gritaron que se veía embarcación a sotavento.
¡Un buque! Desde que se declaró el incendio no habíamos
cesado de disparar cohetes y fuegos de bengala, con objeto de que los buques, al
pasar cerca de nosotros, comprendiesen que el barco incendiado contenía gente
necesitada de socorro. Y vea usted cómo Dios, a pesar de lo que dije antes,
nunca amontona todas las desgracias juntas. Aún tenemos que agradecerle que el
sitio del siniestro es un punto de cruce, donde se encuentran las embarcaciones
que hacen rumbo al Atlántico y al Mediterráneo. Pocas millas más adelante ya no
sería fácil hallar quien nos socorriese.
Al ver el buque, la gente se alborotó, y los más
resueltos arriaron los esquifes en un minuto. Allí no había capitán, ni
oficiales, ni autoridad de ninguna especie; los contramaestres se cogieron el
esquife mejor, y cabiendo en él treinta personas, resultó que lo ocuparon sólo
cinco. Ya se sabe lo que hace el miedo a morir; ni se repara en el peligro, ni
hay compasión, ni prójimo. Sin mirar lo furioso del oleaje y lo imposible que
era nadar allí, se echaron al mar muchísimas personas por meterse en los
esquifes. Aún parece que oigo las voces con que decían al contramaestre.
-¡Espere, nuestramo Nicolás, espere por la madre que le
parió; la mano, nuestramo!
Y él, en su maldita jerga catalana, respondía:
-N'om fa res; n'om fa res.
Y cuando los infelices querían halarse al esquife y se
agarraban a la borda, los de adentro, desenvainando cuchillos, amenazaban
coserlos a puñaladas.
De esta vez hubo ya bastantes víctimas; los esquifes se
alejaron, y nuestra esperanza con ellos. Después de recoger a aquellos primeros
náufragos, el buque siguió su rumbo, porque no le permitía mantenerse al pairo
el temporal.
A todo esto, ¡si viese usted cómo iba poniéndose la
cubierta! Oíamos el roncar del incendio, que parecía el resoplido de un
animalazo feroz, y a cada instante esperábamos ver salir las llamas por el
centro del buque y hundirse la cubierta. Nos arrimábamos cuanto podíamos a la
parte de popa, pues además el calor del suelo se hacía insoportable, y del piso
de hierro cubierto con planchas de madera salían, por los agujeros de los
tornillos, llamitas cortas, igual que si a un tiempo se inflamasen varias
docenas de fósforos, sembrados aquí y acullá. Ya ni el frío ni la oscuridad eran
de temer; ¡qué disparate!, buena oscuridad nos dé Dios: la popa algunas veces
estaba tan clara como un salón de baile; iluminación completa: daba gusto ver el
horizonte cerrado por unas olas inmensas, verdes y negruzcas, que se venían
encima, y sobre las cuales volaba una orillita de espuma más blanca que la
nieve. También divisamos otro buque, un paquebote de vapor, que se paraba, sin
duda, para auxiliarnos. ¡Estaba tan lejos! Con todo, la gente se animó. El
segundo, el señorito de Armero, se llegó a mí y me tocó en el hombro.
-Salgado, ¿puede usted bajar a la cámara? Necesito un
farol.
-Mi segundo, estoy casi ciego... Con el calor y el humo
me va faltado la vista.
-Aunque sea a tientas..., quiero un farol.
Vaya, no sé yo mismo cómo gateé por las escaleras; la
cámara era un horno; el farol todavía estaba encendido; lo descolgué y se lo
entregué al segundo, convencido de que le daba el pasaporte para la eternidad,
pues el esquife en que él y otros cuantos se decidieron a meterse era el más
chico y estaba muy deteriorado. Lo arriaron, y por milagro consiguieron sentarse
en él sin que zozobrase. Entonces empezó la gente a lanzarse al mar para
salvarse en el esquife, y pude notar que, apenas caían al agua, morían todos.
Alguno se rompió la cabeza contra los costados del buque; pero la mayor parte,
sin tropezar en nada, expiró instantáneamente. ¿Era que hervía el agua con el
calor del incendio y los cocía? ¿Era que se les acababan las fuerzas? Lo cierto
es que daban dos paladitas muy suaves para nadar, subían de pronto las rodillas
a la altura de la boca, y flotaban ya cadáveres.
Los del esquife remaban desesperadamente hacia el barco
salvador. Supe después que a la mitad del camino, notaron que el esquife, roto
por el fondo, hacía agua y se sumergía; que pusieron en la abertura sus
chaquetas, sus botas, cuanto pudieron encontrar; y no bastando aún, el señorito
de Armero, que es muy resuelto, cogió a un marinerillo, lo sentó o, por mejor
decir, lo embutió en el boquete, y le dijo (con perdón):
-¡No te menees, y tapa con el...!
Gracias a lo cual llegaron al buque y les pudimos ver
ascendiendo sobre cubierta. No sé si nos pesaba o no el habernos quedado allí
sin probar el salvamento. ¡Los muertos ya estaban en paz, y los salvados..., qué
felices! El buque aquel tampoco se detenía; era necesario aguardar a que Dios
nos mandase otro, y resistir como pudiésemos todo el tiempo que tardase. Es
verdad que nuestro San Gregorio aún podía durar. Al fin, era un gran vapor de
línea, con su cargamento, y daba qué hacer a las llamas. El caso era refugiarse
en alguna esquina para no perecer abrasados.
Al capitán se le ocurrió la idea de trepar a la cofa
del gran árbol de hierro, del palo mayor. Mientras el barco ardía, creyó él
poder mantenerse allí, seguro y libre de las llamas, como un canario en su
jaula. Yo, que le vi acercarse al palo, le cogí del brazo en seguida.
-No suba usted, capitán; ¿pues no ve que el palo se
tiene que doblar en cuanto se ponga candente?
El pobre hombre, enamorado del proyecto, daba vueltas
alrededor del palo estudiando su resistencia. Creo que si más pronto le anuncio
la catástrofe, más pronto sucede. El árbol..., ¡pim!, se dobló de pronto, lo
mismo que el dedo de una persona, y arrastrado por su peso, besó el suelo con la
cima. Por listo que anduvo el capitán, como estaba cerca, un alambre candente de
la plataforma le cogió el pie por cerca del tobillo y se lo tronzó sin sacarle
gota de sangre, haciendo a un tiempo mismo la amputación y el cauterio; respondo
de que ningún cirujano se lo cortaba con más limpieza. Le levantamos como se
pudo, y colocando un sofá al extremo de la popa, le instalamos del mejor modo
para que estuviese descansado. Se quejaba muy bajito, entre dientes, como si
masticase el dolor, y medio le oí: «¡Mi pobre mujer!, ¡mis hijitos queridos!,
¿qué será de ellos?». Pero de repente, sin más ni más, empezó a gritar como un
condenado, pidiendo socorro y medicina. ¡Sí, medicina! ¡Para medicinas
estábamos! Ya el fuego había llegado a la cámara y a pesar del ruido de la
tormenta oíamos estallar los frascos del botiquín, la cristalería y la vajilla.
Entonces el desdichado comenzó a rogar, con palabras muy tristes, que le
echásemos al agua, y usando, por última vez, de su autoridad a bordo, mandó que
le atásemos un peso al cuerpo. Nos disculpamos con que no había con qué atarle,
y él, que al mismo tiempo estaba sereno, recordó que en la bitácora existe una
barra muy gruesa de plomo, porque allí no puede entrar ni hierro ni otro metal
que haga desviar la aguja imantada. Por más que nos resistimos, fue preciso
arrancarla y colgársela del cuello, y como el peso era grande y le obligaba a
bajar la cabeza, tuvo que sostenerlo con las dos manos, recostándose en el
respaldo del sofá. Como llevaba en el bolsillo su revólver, lo armó, y suplicó
que le permitiesen pegarse un tiro y le arrojasen al mar después. ¡Naturalmente
que nos opusimos! Le instamos para que dejase amanecer; con el día se calmaría
la tormenta, y algún barco de los muchos que cruzaban nos salvaría a todos. Le
porfiábamos y le hacíamos reflexiones de que el mayor valor era sufrir. Por
último desmontó y guardó el revólver, declarando que lo hacía por sus hijos nada
más. Se quejó despacito y se empeñó en que habíamos de buscar y enseñarle el pie
que le faltaba. ¿Querrá usted creer que anduvimos tras del pie por toda la
cubierta y no pudimos cumplirle aquel gusto?
Después del lance del capitán, ocurrió el del oficial
tercero, y se me figura que de todos los horrores de la noche fue el que más me
afectó. ¡Lo que somos, lo que somos! Nada; una miseria. El tercero era un joven
que tenía su novia, y había de casarse con ella al volver del viaje. La quería
muchísimo, ¡vaya si la quería! Como que en el viaje anterior le trajo de Manila
preciosidades en pañuelos, en abanicos de sándalo, en cajitas en mil monadas. No
obstante... o por lo mismo... en fin ¡qué sé yo! Desgracias y flaquezas de los
mortales..., el pobre andaba triste, preocupado, desde tiempo atrás. Nadie me
convencerá de que lo que hizo no lo hizo «queriendo» porque ya lo tenía pensado
de antes y porque le pareció buena la ocasión de realizarlo. Si no, ¿qué trabajo
le costaba intentar el salvamento con el señorito de Armero? Ya determinado a
morir, tanto le daba de un modo como de otro, y al menos podía suceder que en el
esquife consiguiese librar la piel. Bien; no cavilemos. El no dio señales de
pretender combatir el fuego, y mientras nosotros manejábamos el «caballo» y
soltábamos mangas de agua contra las puertas, envueltos en llamas y humo, él,
quietecito y como atontado. Al marcharse el señorito de Armero, le llamó a la
cámara para entregarle su reloj, un reloj precioso con tapa de brillantes, y dos
sortijas muy buenas también, encargándole que se las llevase a su novia como
recuerdo y despedida. Lo que yo digo; el hombre se encontraba resuelto a morir.
Luego subió a popa, y le vi sentado, muy taciturno, con la cabeza entre las
manos.
A dos pasos me coloqué yo. Él se volvió y me dijo:
-Cocinero, ¿tiene usted ahí un cigarro?
-Mi oficial, sólo tengo picadura en el bolsillo del
chaquetón... Pero este tiene tabacos, de seguro... añadí, señalando a un
camarero que estaba allí cerca.
¿Querrá usted creer que el bruto del camarero se
resistía a meter la mano en el bolsillo y soltar el cigarro?
-Animal -le grité-, no seas tacaño ahora. ¿De qué te
servirá el tabaco, si vamos todos a perecer?
En vista de mis gritos, el hombre aflojó el cigarro. El
tercero lo encendió y daría, a todo dar, tres chupadas; a cada una le veía yo la
cara con la lumbre del cigarro: un gesto que ponía miedo. A la tercera chupada,
acercó a la sien el revólver, y oímos el tiro. Cayó redondo, sin un «ay».
Nadie se asustó, nadie gritó; casi puede decirse que
nadie se movió, estábamos ya de tal manera, que todo nos era indiferente. Sólo
el capitán preguntó desde el sofá:
-¿Qué es eso? ¿Qué ocurre?
-El tercero que se acaba de levantar la tapa de los
sesos.
-¡Hizo bien!
De allí a poco rato, murmuró:
-Echadle al mar.
Obedecimos, y a ninguno se le ocurrió rezar el
Padrenuestro.
¡Es que se vuelve uno estúpido en ocasiones semejantes!
Figúrese usted que en los primeros instantes recogió el capitán, de la caja,
seis mil duros y pico en oro y billetes; seis mil duros y pico que anduvieron
rodando por allí, sobre cubierta, sin que nadie les hiciese caso ni los mirase.
En cambio, al piloto se le había metido en la cabeza buscar el cuaderno de
bitácora y se desdichaba todo porque no daba con él, lo mismo que si fuese
indispensable apuntar a qué altura y latitud dejábamos el pellejo. Pues otra
rareza. En todo aquel desastre, ¿quién pensará usted que me infundía más
lástima? El perro del capitán, un terranova precioso, que días atrás se había
roto una pata y la tenía entablillada; el animalito, echado junto al timón,
remedaba a su amo, los dos iguales, inválidos y aguardando por la muerte. ¡Si
seré majadero! El perro me daba más pena.
Ya las llamas salían por sotavento y la mañana se iba
acercando ¡Qué amanecer, Virgen Santa! Todos estábamos desfallecidos, muertos de
sed, de frío, de calor, de hambre, de cansancio y de cuanto hay que padecer en
la vida. Algunos dormitaban. Al asomar la claridad del día, salió del centro del
barco una hoguera enorme; por el hueco del palo mayor se habían abierto paso las
llamas, y la cubierta iba, sin duda, a hundirse, descubriendo el volcán.
Contábamos con el suceso, y a pesar de que contábamos, nos sorprendió
terriblemente. Empezamos a clamar al Cielo, y muchos a enseñarle el puño
cerrado, preguntando a Dios.
-¿Pero qué te hicimos?
El capitán, que tiritaba de fiebre, me dijo gimiendo:
-¡Agua! ¡Por caridad, un sorbo de agua!
¡Agua! Puede que la hubiese en el aljibe. Así que lo
pensé fui hacia él y se me agregaron varios sedientos, poniendo la boca en unos
remates que tiene el aljibe y son como biberones por donde sale el agua. ¡Qué de
juramentos soltaron! El agua, al salir hirviendo, les abrasó la boca. Yo tuve la
precaución de recibirla en mi casquete y dejarla enfriar. El capitán continuaba
con sus gemidos. Tuve que dársela medio templada aún. ¡Me miró con unos ojos!
-Gracias, Salgado.
-No hay de qué, capitán... ¡Se hace lo que se puede!
La tormenta, en vez de ir a menos, hasta parece que
arreciaba desde que era de día. Para no caer al mar, nos cogíamos a la
barandilla. Pasó un barco, y por más señales que le hicimos, no se detuvo; y
debió de vernos, pues cruzó a poca distancia. A mí me dolían de un modo cruel
los ojos secos por el fuego, y cuanto más descubría el sol, menos veía yo, no
distinguiendo los objetos sino como a través de una niebla. Por otra parte, me
sentía desmayar, pues desde el almuerzo de la víspera no había comido bocado, y
se me iba el sentido. Casualmente, se encontraron sobre cubierta, descuartizadas
y colgadas, las reses muertas para el consumo del buque, y con el calor del
incendio estaban algo asadas ya. Los que nos caíamos de necesidad nos echábamos
sobre aquel gigantesco rosbif, medio crudo, y refrescábamos la boca con la
sangre que soltaba. Nos reanimamos un poco.
A mediodía sucedió lo que temíamos: quedó cortada la
comunicación entre la popa y la proa, derrumbándose con gran estrépito media
cubierta y viéndose el brasero que formaba todo el centro del barco. Salieron
las llamas altísimas, como salen de los volcanes, y recomendamos el alma a Dios,
porque creíamos que iban a alcanzarnos. No sucedió esto por dos razones:
primera, por tener el buque, en vez de obra muerta de madera, barandilla de
hierro, segunda, por estar las puertas de hierro cerradas hacia la parte de
popa, lo cual contuvo el incendio por allí, obligándole a cebarse en la proa. De
todas maneras, no debían las llamas de andar muy lejos de nuestras personas, ya
que a eso de las tres de la tarde empezamos a advertir que el piso nos tostaba
las plantas de los pies. Atamos a una cuerda un cubo, y lo subíamos lleno de
agua de mar, vertiéndolo por el suelo para refrescarlo un poco. Ya comprendíamos
lo estéril del recurso, y en medio de lo apurados que estábamos, no faltó quien
se riese viendo que era menester levantar primero un pie y luego bajar aquel y
levantar el otro para no achicharrarse. Serían las tres. El capitán me llamó
despacio
-Salgado, ¡cuánto mejor era morir de una vez!
-Para morir siempre hay tiempo, mi capitán. Aún puede
que la Virgen Santísima nos saque de este apuro.
Claro que yo se lo decía para darle ánimos; allá, en mi
interior, calculaba que era preciso hacer la maleta para el último viaje. Bien
sabe Dios que no pensaba en las herramientas que había perdido ni en mi propia
muerte, sino en los chiquillos que quedaban en tierra. ¿Cómo los trataría su
padrastro? ¿Quién les ganaría el pan? ¿Saldrían a pedir limosna por las calles?
A lo que yo estaba resuelto era a no morir asado. Miré dos o tres veces al mar,
reflexionando cómo me tiraría para no romperme la cabeza contra el casco y no
sufrir más martirio que el del agua cuando me entrase en la boca. Para acabar de
quitarnos el valor, pasó un barco sin hacer caso de nuestras señales. Le
enseñamos el puño, y hubo quien gritó:
-¡Permita Dios que te veas como nos vemos!
Ya nos rendía los brazos la faena de bajar y subir
baldes de agua, que era lo mismo que apagar con saliva una hoguera grande, y
convencidos de que perdíamos el tiempo y que era igual perecer un cuarto de hora
antes o después, el que más y el que menos empezó a pensar cómo se las
arreglaría para hacer sin gran molestia la travesía al otro barrio. Yo me
persigné, con ánimo de arrojarme en seguida al mar. ¡Qué casualidades! Hete aquí
que aparece una embarcación, y en vez de pasar de largo, se detiene.
Ya estaba el barco al habla con nosotros: una goleta
inglesa, una hermosa goleta, que desafiaba la tempestad manteniéndose al pairo.
Los que conservaban ojos sanos pudieron leer en su proa, escrito con letras de
oro, Duncan. Empezamos a gritar en inglés, como locos desesperados:
-Schooner! Schooner! Come near!
-Trhow te the water! -nos respondían a voces, sin
atreverse a acercarse.
¡Echarnos al agua! ¡No quedaba otro recurso y este era
tan arriesgado! En fin qué remedio: los esquifes no podían aproximarse, por el
temporal, y el buque menos aún. Nuestro San Gregorio, cercado por todas partes
de llamas inmensas, ponía miedo. Había que escoger entre dos muertes: una segura
y otra dudosa. Nos dispusimos a beber el sorbo de agua salada.
El primer chaleco salvavidas que nos arrojaron al
extremo de un cabo se lo ofrecimos al capitán.
-¡Ánimo! -le dijimos-. Póngase usted el chaleco, y al
mar; mal será que no bracee usted hasta la goleta.
-¡No puedo, no puedo!
-Vaya, un poco de resolución.
Se lo puso y medio murmuró gimiendo:
-Tanto da así como de otro modo.
Y acertaba. Aquello fue adelantar el desenlace, y nada
más. Se conoce que o la humedad del agua, o el sacudimiento de la caída, le
abrieron las arterias del pie tronzado, y se desangró en un decir Jesús; o acaso
el frío le produjo calambre; no sé, el caso es que le vimos alzar los brazos,
juntarlos en el aire y colarse por el ojo del salvavidas al fondo del mar.
Quedaron flotando el chaleco y la gorra, a él no le vimos más en este mundo.
Seguían echándonos, desde la goleta, cabos y
salvavidas, y la gente, visto el caso del capitán, recelaba aprovecharlos. Yo me
decidí primero que nadie. Ya quería, de un modo o de otro, salir del paso. Pero
antes de dar el salto mortal reflexioné un poco y determiné echarme de soslayo,
como los buzos, para que la corriente, en vez de batirme contra el buque, me
ayudase a desviarme de él. Así lo hice, y, en efecto, tras de la zambullida, fui
a salir bastante lejos del San Gregorio. Oía los gritos con que desde el
schooner me animaban, y oí también el último alarido de algunos de mis
compañeros a quienes se tragó el agua o zapatearon las olas contra los buques.
Yo choqué con la espalda en el casco del Duncan: un golpe terrible, que me dejó
atontado. Cuando me halaron, caí sobre cubierta como un pez muerto.
Acordé rodeado de ingleses. Me decían: ¡Go!, ¡cook!, ¡go!
¡a la cámara! Me incorporé y quise ir a donde me mandaban, pero no veía nada, y
después de tantos horrores me eché a llorar por primera vez, exclamando:
-My no look..., ciego..., enséñeme el camino.
Me levantaron entre dos y me abracé al primero que
tropecé, que era un grumete, y rompió también a llorar como un tonto. No sé las
cosas que hicieron conmigo los buenos de los ingleses. Me obligaron a beber de
un trago una copa enorme de brandy, me pusieron un traje de franela, me dieron
fricciones, me acostaron, me echaron encima qué sé yo cuántas mantas y me
dejaron solito.
¿Qué sentí aquella noche? Verá usted... Cosas muy
raras; no fue delirar, pero se le parecía mucho. Al principio sudaba algo y no
tenía valor para mover un dedo, de puro feliz que me encontraba. Después, al oír
el ruido del mar, me parecía que aún estaba dentro de él y que las olas me
batían y me empujaban aquí y allí. Luego iban desfilando muchas caras; mis
compañeros, el terceto a la luz del cigarro, el capitán y gentes que no veía
hacía tiempo, y hasta un chiquillo que se me había muerto años antes...
En fin, por acabar luego: llegamos a Newcastle, se me
alivió la vista, el cónsul nos dio una guinea para tabaco, y a los pocos días
nos embarcamos en un barco español con rumbo a Marineda ¡Qué diferencia del
buque inglés! Nuestros paisanos nos hicieron dormir en el pañol de las velas,
sobre un pedazo de lona; apenas conseguimos un poco de rancho y galleta por
comida; como si fuésemos perros.
De la llegada, ¿qué quiere usted que diga? A mi mujer
le habían dado por cierta mi muerte; en la calle le cantaban los chiquillos
coplas anunciándosela. Supóngase usted cómo estaba y cómo me recibió. Ahora he
de ir al santuario de La Guardia: no tengo dinero para misas; pero iré a pie
descalzo, con el mismo traje que tenía cuando me hallaron sobre la cubierta del
Duncan: chaleco roto por los garfios del salvavidas, pantalón chamuscado y la
cabeza en pelo; se reirán de verme en tal facha, no me importa, quiero besar el
manto de la Virgen y rezar allí una Salve.
Me faltará para pan, pero no para comprar una
fotografía del San Gregorio... ¿Ha visto usted cómo quedó? El casco parece un
esqueleto de persona, y aún humea; el cargamento de algodón arde todavía, dentro
se ve un charco negro, cosas de vidrio y de metal fundidas y torcidas...
¡Imponente!
¡Que si me da miedo volver a embarcarme! ¡Bah! ¡lo que
está de Dios..., por mucho que el hombre se defienda...! Ya tengo colocación
buscada ¿Quiere usted algo para Manila? ¿Que le traiga a usted algún juguete de
los que hacen los chinos? El domingo saldremos...
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Di al cocinero del San Gregorio unos cuantos puros.
Tiene el cocinero del San Gregorio buena sombra y arte para narrar con viveza y
colorido. Durante la narración, vi acudir varias veces las lágrimas a sus ojos
azules, ya sanos del todo. |