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Por tercera vez escribió el soneto, y, paseándose
majestuosamente, lo declamó. Luego, meneando la cabeza, volvió a sentarse.
Apretaba en la mano el papel y, sin soltarlo, reclinó la pensativa cabeza sobre
el pecho. Un suspiro profundo se exhaló por fin de su boca, contraída de
amargura. Arrugó convulsivamente en la mano donde aún lo conservaba el borrador,
lo arrojó hecho un rebujo informe sobre la mesa y volvió a levantarse y a
recorrer el cuarto, no ya al amplio paso rítmico de los lectores en voz alta,
sino con el andar agitado y desigual de los momentos en que la locomoción no
llena más fin que desahogar la excitación nerviosa.
-¡Otra vez, otra vez la convicción se imponía! Él no
era poeta, ni lo sería jamás... No, no lo sería, aunque gastase en procurar
serlo las horas febriles de sus noches, las rosadas auroras de sus días, la
clama misteriosa de sus tardes y toda la savia de su cerebro y todas las
emociones profundas de su corazón... Porque ahí estaba lo desconsolador, lo
terrible: que en su corazón había emociones, en su fantasía plasticidades, galas
y espejismos, más de los necesarios para dar materia a los versos... Y apenas
este contenido de su alma quería bajar a la pluma, expresarse por medio de la
rima, era lo mismo que si un chorro de agua fresca hubiese caído sobre la arena
del desierto: ni señales.
Este caso del personaje de mi cuento -que se llamaba
Conrado Muñoz- no es raro ciertamente... Todos hemos conocido hombres cuya
conversación está impregnada de poesía, cuyo modo de ser tiene mucho de bello y
de significativo, y cuyos versos son la misma insignificancia, la misma
sequedad, la quinta esencia de lo vulgar y de lo cursi literario, la diferencia
que encuentro entre Conrado y los demás poetas chirles que lógicamente no
debieran serlo, consiste en que Conrado se conocía. ¿Hay sabiduría; hay ciencia
más amarga que esta de conocerse cuando el conocimiento descubre el
irremediable, el fatal límite de las facultades?
No habían podido más que la perspicacia de Conrado las
fáciles lisonjas de los amigos, ni las inverosímiles benevolencias hiperbólicas
de algunos periodistas, ni su propio anhelo, que es siempre el mayor
engañador... Llevaba dentro implacable juez; era un crítico admirable de tino y
sagacidad... también en lo secreto, en lo íntimo; porque, llegado el punto de
expresar por escrito sus juicios certeros, fracasaba lo mismo que al rimar, y
solo acudían a su pluma indignos lugares comunes, de una insignificancia
desesperante... Dando vueltas a esa miseria de su destino, el frustrado poeta
llegaba a encontrarlo anunciado en la unión de su apellido y nombre de pila.
Conrado es, sin duda, un nombre muy poético y bello, de novela y de leyenda. En
cambio, Muñoz huele a garbanzos y a trivialidad. ¿Comprenderíais que un gran
poeta se llamase Muñoz? Así, lo primero en él, la idea, el Conrado, era estético
y digno de salir a luz; pero lo segundo, Muñoz, el desempeño de la obra, era
algo sin forma ni carácter, algo que tenía que acabar por ponerle en ridículo...
Sí; poseía Conrado talento suficiente para estar de
ello seguro; a la larga o a la corta, el ridículo, como azote de la justicia
inmanente, cae sobre los malos poetas. Cae hasta sobre aquellos que, revestidos
de una cáscara engañosa, son malos y parecen buenos, y cuyos versos hasta se
recitan en tertulias, entre babas de señoras y éxtasis fingidos de compañeros de
profesión. Al que remeda a Apolo, Apolo acaba siempre por desollarle, como al
sátiro. Conrado tenía el alma lo bastante generosa para poder contentarse con la
farsa literaria. No, no era eso. Eso lo desdeñaba, lo vomitaba su espíritu; eso
hasta le enloquecía de rabia. Sin duda, el que se sacia con apariencias es más
feliz. Conrado estaba seguro de obtener -si desplegaba asiduidad y flexibilidad
y destreza en conducirse- cierto renombre; podría ser académico, árcade,
felibre... Lo malo, repito, del caso especial de Conrado Muñoz era que pretendía
ser poeta ante dos testigos veraces: ante la posterioridad y ante sí mismo... Y
allá dentro, una voz burlona repetía: «No seas necio. No pretendas lo imposible.
Tus versos son, en definitiva, irremisiblemente malos.»
Dio vueltas como el león en su jaula, y después,
abatido, vino a dejarse caer en el sillón, el mismo que le había visto tantas
horas emborronar papel, morderse las uñas en busca de un concepto o un
consonante, leer afanosamente los modelos para inspirarse, cediendo, a pesar
suyo, a la tentación plagiaria que sufren los que no encuentran prevenida la
inspiración... Y al cabo, rendido a un dolor verdadero, un dolor hermoso -que
era poesía-, dejó caer la cabeza sobre las manos y filtrarse entre los dedos
algunas lágrimas... Lloraba lo que más se ama: la ilusión, la quimera muerta,
que al sucumbir parece que nos deja enteramente solos, abandonados, perdidos en
las tristezas del mundo. Ya he dicho que dentro -allá muy dentro- de Conrado
había muchos poemas, infinitas estrofas, hartos lieders y varias hondas elegías.
Una de ellas era la que salía a sus ojos entonces, en forma de llanto. Como una
monja magullada por los hierros de la reja, segura de concluir sus días en
reclusión, sin que nadie haya sondeado el negro abismo de sus ojos, Conrado
lloraba todo lo que no podía decir, todo lo que se moriría, guardado secreto,
toda la divina beldad de su idea, lastimada y perpetuamente encerrada en la
mezquindad de su forma... «Mi vida carece ya de objeto, carece de razón de ser
-pensaba-. Mejor sería irse de ella...»
Muchos poetas, en efecto, habían terminado por ahí...
Nombres gloriosos, eternamente envidiados, desfilaron por su memoria... Pero
ellos eran poetas, poetas de verdad, y tenían derecho al romanticismo. No así
él. Muñoz el grotesco, Muñoz el fracasado... Morir de tal suerte sería una
ridiculez más. Para él, la muerte debía venir rodeada de su aparato cotidiano y
burgués, el médico, las recetas, el termómetro clínico, la «itis» más usual, la
que más humilla a la materia vil y paciente... Y volvió a gemir entre risas de
rabia, golpéandose desesperadamente la frente inútil, la que no había sabido
entreabrirse, jupiteriana, para dar paso a la Musa prisionera...
En ese sobresalto de impaciencia ambulatoria que causan
los dolores agudos, requirió bastón y sombrero y se echó a la calle... Era un
día de gran gentío, un domingo. Sin darse cuenta del porqué, tomó el camino de
la Florida. No sabía quizá ni por dónde andaba. Su idea fija daba cuerda a sus
pies de soñador impenitente. Andaba, andaba distraído, abstraído, enredándose
con la villana muchedumbre, que le miraba con fisga o le empujaba con grosera
insolencia. Ni se volvía. Encontraba en andar un lenitivo, y por instinto se
encaminaba hacia donde hubiese árboles, aire, espacio y soledad. Fue necesario
que oyese un grito salido de muchas bocas, un clamor de espanto, para que se
diese cuenta de que ocurría algo insólito, capaz de sacar de su ensimismamiento
a una estatua...
Volvió la cabeza y se enteró rápidamente. El tranvía,
alzando nubes de polvo, volaba por una pendiente abajo, y en medio de la
entrevía estaba una criatura, niña o niño, que ni eso había tiempo de ver,
porque lo horrible de la situación es que de nada había tiempo; ni de que el
disparado coche se detuviese, ni de que la criatura, oyendo los gritos, corriese
a ponerse en salvo... No, no había tiempo material; tenía que ser aplastada la
inocente víctima en mucho menos plazo del que se escribe esto...
Y tampoco hubo tiempo de que Conrado lo reflexionase.
La inspiración, rebelde para lo rimado, vino súbita, fulmínea. Le deslumbró,
como a Saulo el relámpago entre el cual se le aparecía Cristo. Era la muerte
casi segura; para desviar a la criatura había que exponer el cuerpo... Conrado
se precipitó; un segundo más tarde... hubiese sido tarde. Con un brazo echó
fuera de los rieles al pequeñuelo, que rompió en sollozos, y con el otro brazo,
instintivamente, quiso detener la masa de hierro y madera que se le venía
encima, a pesar de los desesperados esfuerzos del conductor para sujetarla...
Y su último pensamiento -antes de perder la conciencia
al despedazarse su cráneo- fue este, altivo y satisfecho:
«He escrito una admirable poesía...» |