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-¡Menudo embeleco! -había exclamado, colérica, la
Manuela cuando Lucas ordenó a Sidoro que se pusiese la chaqueta para bajar a la
pradera de San Isidro.
En cambio, Sidoro sintió palpitar de alegría su
corazoncito de seis años, encogido por la constante aspereza del trato feroz que
le daba su madrastra... o lo que fuese: la Manuela, mujerona con que ahora vivía
Lucas. En la infancia, decir novedad y cambio es decir esperanza ilimitada y
hermosa. ¡Bajar al Santo! ¿Quién sabe lo que el Santo guardaba en sus manos
benditas para los niños sin madre, para los niños apaleados y hambrientos?
Loco de contento se incorporó Sidoro al grupo, si bien
le agrió ya el primer gozo tener que cargar con un cestillo atestado de
provisiones. Pesaba mucho, y Sidoro hubiese implorado que le aliviasen la carga,
a no temer uno de los pellizcos de bruja, retorcidos y rabiosos, con que la
Manuela le señalaba cardenal para medio mes. Suspirando, alzó el cestillo como
pudo, y salieron calle de Toledo abajo, por entre olas de gentes, con un sol
capaz de freír magras, un sol más canicular que primaveral.
Tragando el polvo que soliviantaban ómnibus,
carricoches y simones, pasaron el puente de Toledo y llegaron al cerro, donde
hervía más compacta la alegre multitud. Lucas habló de entrar a rezarle al
Santo; pero la Manuela, levantando de un puntillón a Sidoro, que había caído
empujado por el remolino y agobiado por el peso, renegó de la idea y prefirió
comprar torrados, avellanas y rosquillas, y buscar donde merendar. La sed les
resecaba el gaznate, y Lucas, portador de la colmada bota, notando su grata
turgencia entre el brazo y las costillas, aprobó la determinación.
No fue fácil encontrar sitio conveniente a la sombra y
cerca del río. Los rincones agradables andaban muy solicitados. Por fin,
bastante tarde, descubrieron un ruin arbolillo, y se acomodaron al pie,
forjándose la ilusión de que las ramas les abrigaban la cabeza. Sidoro,
derrengado, soltó la cesta; Manuela fue sacando vituallas, y allí empezó el
embaular y los besos a la del tinto. Lucas se acordó de echarle a su hijo un
pedazo de tortilla y una hogaza, como quien echa un hueso a un cachorro;
después... no pensaron más en la criatura; y como el vinazo y el hartazgo quitan
la vergüenza, Lucas le tomó la cara a Manuela, allí mismo, sin pizca de reparo.
Con torpes pies, por llevar tan calientes los cascos, la pareja rompió a andar
hacia el cerro, donde era mayor el bullicio, y donde los tiovivos y los
merenderos y barracones convidaban al jolgorio; el niño, al tratar de seguirlos,
se halló detenido por un corro formado alrededor de un ciego coplero y
guitarrista; y cuando quiso reunirse con su gente, incorporarse, encontróse solo
entre la multitud, portador del cesto ya vacío y la bota floja y huera...
Se echó a llorar. Duros y malos como eran, aquel hombre
y aquella mujer le amparaban. Se sintió abandonado, náufrago en un mar muy
crespo, muy profundo y tormentoso. El gentío pasaba sin hacer caso del
chiquillo: éste le empujaba, el otro le desviaba con lástima, y una mano pronta
y desconocida le arrebató la boina de la cabeza... Nadie le preguntaba la causa
de su llanto; ¡para eso estaban! Entre el infernal bureo de la romería,
cualquiera atiende al llanto de un rapaz. El tecleo de los pianos mecánicos, el
rasguear de los guitarros, los cantares de los beodos, los pregones de las
rosquilleras, los mil ruidos que exhalan una muchedumbre apiñada, harta,
jaranera, procaz, en plena juerga al aire libre, exasperada por el olor a aceite
rancio de las buñolerías y el vaho tabernario de las barracas-bodegones,
ahogaban los sollozos del niño, como la viviente oleada de la multitud envolvía
y absorbía y arrastraba mecánicamente su cuerpo...
Por instinto, Sidoro se dejó llevar. Andando, andando,
podría encontrar tal vez a la pareja, o ¿quién sabe?, al Santo en persona. Pues
si en la romería no se encontraba al Santo, ¿a qué venía toda aquella gente? Y
el Santo sería muy bueno, que para eso era Santo, y por eso le rezaban y le
retrataban en figuritas de barro, y por eso los ángeles le ayudaban a arar.
¿Dónde estaba el Santo? Sidoro recordaba que Lucas, antes de buscar sitio para
la merienda, había hablado de ir a la ermita. ¿Qué sería la ermita? De seguro,
un sitio en que recogen y consuelan a los niños abandonados...
Mientras buscaba al glorioso labrador, Sidoro, a pesar
suyo, miraba los puestos, los centenares de tinglados donde se exhiben y
despachan los maravillosos pitos, que adornan rosetones de plata y florones de
papel rojo, las efigies pintorreadas de esmeralda, cobalto y bermellón, las
medallas y escapularios, la grosera loza, las figuritas de toreros y picadores,
los monigotes con cabeza de ministros, los grupos de ratas, las caricaturas
escatológicas, los jarros atestados de claveles de violento aroma, las hiladas
de botijos bermejos y blancos, las apetitosas rosquillas, los puestos de
avellaneros, con sus balanzas relucientes y sus sacos entreabiertos, rebosando,
tentando a la mano del niño... Y aquella orgía de colorines fuertes y chillones,
aquel vaivén incesante de la muchedumbre, aquellos sonidos discordantes, el
sentirse impulsado, zarandeado, arrebatado como una paja por el torrente humano;
la asfixiante atmósfera que respiraba, la desolación de su abandono, en vez de
arrancar lágrimas a la criatura, secaron las que corrían de sus ojos y le
produjeron una especie de embriaguez febril. Sin cuidarse de responsabilidades,
abandonó la bota y el cestillo, y se dejó caer en tierra, a la puerta de un
merendero donde bebían y cantaban canciones picantes, ininteligibles para Sidoro.
Una moza, sofocada, sentada en el suelo, daba la teta a una criatura. Sidoro vio
esta escena, el grupo siempre conmovedor y sagrado, y confusas reminiscencias,
no de la memoria, sino de los sentidos y la sensibilidad, más concreta en la
niñez, le recordaron que también a él le habían arrullado con palabras de azúcar
y de delirio, las palabras inefables de la maternidad, y un rostro amado, un
rostro que no podía olvidarse, surgió de entre la niebla del pasado... ¡pasado
tan corto y tan reciente! Y entonces, una de esas penas sin límites que sufren
los niños, cayó sobre el alma del huérfano.
En un instante, con el recuerdo del cariño y la ternura
de su madre, a quien no había vuelto a ver nunca, Sidoro evocó las crueldades y
desamor de la Manuela, y toda su carne tembló, pues no había en ella lugar donde
las despiadadas uñas de la mujerona no hubiesen dejado rastro de tortura... Y la
criatura, en su desconsuelo infinito, mientras la tarde caía y las luces de los
puestos comenzaban a abrir su pupila de llama, se revolcó sobre el árido suelo,
con muchas ganas de dormirse en un sueño largo, largo, largo, y despertarse al
lado de su madre, o de San Isidro, o de alguien que tuviese entrañas para los
pequeños y los débiles. A fuerza de aturdimiento, de cansancio, de calor, de
susto, de tristeza, se quedó, efectivamente, dormido... Despertó porque le
aporreaban y le tiraban del pelo a puñados. Era la Manuela, gritando
enronquecida y furiosa.
-A este maldito sí le encontramos...; pero ¿y la bota
nueva, y mi cestillo, y la servilleta, y el vaso que venían en él? ¡Condenao,
verás en cuanto lleguemos a casa! |