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El silencio de la alcoba -silencio casi religioso- se
rompió con el sonar leve de unos pasos tácitos y recatados, que amortiguaban la
alfombra espesa. El bulto de un hombre se interpuso ante la luz de la
lamparilla, encerrada en globo de bohemio cristal. La mujer que velaba el sueño
del niño, dormidito entre los encajes de su cuna, se irguió y, anhelante de
ansiedad, miró fijamente al que entraba así, con precauciones de malhechor.
-¿Traes eso?
-¡Chis! Aquí viene.
-¿Se han fijado?
-Nadie. El portero, medio dormido estaba. El criado
abrió sin mirar. Le dije que venía a ver a la parienta...
-Como de costumbre. ¡Digo yo que no habrán extrañao...!
-Que no, mujer. Ni ¿cómo iban ellos a pensarse...?
-No se les ocurrirá, me parece...
-¡Ea! ¡No moler! ¿Qué se les va a ocurrir, imbécila? Ni
¿quién lo averigua luego? De un tiempo son y en la cara se asemejan: ¡casualidás!
El hombre se desembozó. La mujer, envalentonada, hizo
girar la llave de la luz eléctrica, y la lámpara, astro redondo formado por
sartitas de facetado vidrio, alumbró la suntuosa estancia. Forradas de seda
verde pálido las paredes; de laca blanca, con guirnaldas finas de oro, el lecho
matrimonial; de marfil antiguo el Cristo que santificaba aquel nido de amor, y
en cuna también laqueada, con pabellón de batista y Valenciennes, la criaturita
fruto de una unión venturosa... Los ojos del hombre registraron con mirada
zaina, artera, el encantador refugio, y se posaron en el chiquitín, que ni
respiraba.
-Desnúdale ya -ordenó imperiosamente a la mujer.
Ella, al pronto, no obedeció. Temblaba un poco y sentía
que se le enfriaban las manos, a pesar de la suave temperatura de la habitación.
-Miguel -articuló por fin-, miá lo que haces antes que
no haiga remedio... Miá que esto es mu gordo, Miguel.
El hombre había depositado sobre la meridiana de
brocado rameado, igual al que vestía la pared, un bulto informe. Era algo
envuelto en raído y pingajoso mantón.
-¿Ahora me sales con esas? -articuló, mascando un
terno-. ¿No vale lo tratado? Entonces se hará otra cosa mejor, que nos
aprovechará a nosotros, aunque no le sirva de ná a nuestro nene... La ocasión es
que ni encargá. Solos estamos y ahí guardan los amos sus alhajas y de fijo que
monises... ¡Caya! ¡La órdiga! ¡Abierto se lo han dejao y colgás las yaves!
Un movimiento de feroz codicia impulsaba ya a Miguel
hacia el mueblecito de boule moderno, incrustado y recargado de bronces de
artística cinceladura; ya hacía descender la tapa, descubriendo el interior,
lleno de cajoncitos, cuando la mujer le paró la acción.
-¡Eso no!... ¡Maldita sea! Si tal barbaridá cometes,
¡como soy Ginesa, que grito y llamo y nos perdemos pa toa la vía!... Malo será
lo otro, pero es en bien de nuestro nenito... Esto sería robar, y yo no nací pa
ladrona, ¿te enteras? Aunque estuviesen ay los tesoros de San Creso, seguros
estaban por mí, ¿lo oyes?
Miguel había retrocedido, lívido.
-¡Caya, loca, no escandalices, que va a venir gente!...
Y despacha, ¿entiendes?, y avívate, que son las once, y si a tus amos les da la
manía de volver temprano... ¡Me caso en...! ¡Si se recuerdan que han dejao
puestas las yaves!... ¡Me...!
-¡Quiera Dios y la Virgen la Paloma no sea hoy cuando
nos hundamos, Miguel!...
Con manos inciertas, la mujer emprendió la labor, asaz
complicada. El marido permanecía en acecho, temeroso de una sorpresa, que no
sería, por otra parte fácil evitar... Ginesa desempeñaba y desfajaba al niño de
sus amos, que gruñía y lloriqueaba, despertado súbitamente. Ya desnudito, con
todo su cuerpo de rosa encima de la nitidez de la sábana, le amamantó para
calmarle.
-¡Vivo, vivo, no tanto cuajo! -repetía, con terrible
expresión de zozobra, la voz del hombre.
Del lío abandonado sobre la meridiana salió un vagido
confuso. Dentro del cobijo de trapos había otra criatura. Ginesa, al oír aquella
especie de gemido dulce y tierno, como balar de ovejilla desamparada, recobró
valor, actividad, serenidad. Era la queja de su crío, a quien, necesitada, hubo
de dejar por un hijo ajeno. Y amante de la criatura como una leona madre, Ginesa
le daría, no leche, sangre de las venas brotando de heridas que doliesen mucho.
Y lo tenía entregado a manos indiferentes, sin
cuidados, criado a biberón sabe Dios cómo, encanijándose tal vez; y el chorro de
dulzura que surtía de sus senos era para un chiquillo rico, que podía comprarlo.
Ella no robaría un céntimo jamás; pero, vamos, que
tampoco esto era justo. Y pensaba con salvaje gozo en que, desde aquel punto y
hora, el chiquillo de sus entrañas sería quien bebiese el jugo de su vida, todo,
sin tasa, a oleadas de amor...
Emprendió la otra tarea: la de desnudar a su rorro.
Cada prenda que le quitaba, tibia del calor del corpezuelo, se la ponía al hijo
de los señores. Embriagada ya en la temeraria acción, repetía mofándose:
-Toma..., toma... Toma ropa de pobres, a ver si te
gusta...
El niño, satisfecho con la mamadura reciente,
entornando sus ojitos, se adormecía... Lo soltó Ginesa sobre el mantón astroso,
y vistió al otro con las prendas delicadas, que marcaba una coronita minúscula
de marqués. La voz del marido, ronca por un terror que iba graduándose,
insistía:
-Pero, ¿acabas u no, mardita? ¡Qué güelvan y nos piyen
en la faena!...
Terminó el trueque, Miguel se acercó y contempló a su
hijo, yacente en la elegante cuna. Se dilató su rostro de vanidad, de
malignidad, de pasión satisfecha. Y, bajándose, riendo, le colocó un gran beso,
a bulto.
-¡Adiós, marqués! -murmuró, irónico-. Pué que argunos
haya por el mundo como tú...
-Por muchos años sea -exclamó Ginesa, vehemente.
-¡Menuda vía se dará el tunantón! -añadió, a guisa de
comentario, Miguel.
Y recogiendo de la meridiana el bulto, cargó con él de
nuevo, rezongando:
-¡Tú, ala pa mi casa!... A ver si te paece mejor que
esta.
Ginesa, ya sin miedo ni escrúpulo alguno, le echó la
capa sobre los hombros y le embozó en ella, empujándole, a fin de que no se
demorase ni un segundo más... Habían salido bien del lance; no lo enredase el
diablo...
Y sería el diablo o quien fuese, pero al punto mismo en
que Miguel transponía el umbral, cara a cara se halló con el señor marqués en
persona.
-¿Qué es esto? ¿Quién va? ¡Alto!... ¡Quieto!... ¡A
desembozarse!...
Dos puños de hierro, de fuerte sportman, sujetaban,
zarandeaban al presunto ladrón...
-¡Ginesa! ¡Ama Ginesa! ¿Quién es este hombre?
Y serena, sin perder la presencia de espíritu, Ginesa
avanzó, se arrodilló, gimoteando:
-Señor marqués... Perdón... No es nadie, señor; es mi
marío... Señorito, no goverá a suceer... Quince días que no veía a mi nene, y me
lo ha traío pa que le diese un beso... Muy mal hecho fue; pero, señorito, una es
madre...
-¿No le habrá dado usted de mamar? Ya sabe que hemos
convenido...
-¡Ca! No, señor... Ya sé que eso es «otra cosa»... Pero
una miradiya...
-Estas no son horas -reprendió, severamente, el
marqués- de venir ni de traer al chico... Se solicita permiso, se viene por la
tarde...
-Así se hará, señor -respondió Miguel, que agasajaba al
niño contra su pecho cariñosamente-. No tenga cuidao. Y, con su licencia, me
llevo al pequeño, que la noche está muy fría.
-Lléveselo cuanto antes... ¡Me gusta la ocurrencia! ¡Y
ese portero! Ya me oirán... ¡Ea! Andando...
Cuando se alejó el marido del ama, apretando bajo la
capa a la criatura, el marqués se volvió hacia Ginesa:
-Dé usted gracias a Dios que he venido solo. Si me
acompaña la señora, mañana busca otra ama.
Y tendría razón de sobra. Y es lo que merecían ustedes.
¡Pues hombre!
Ginesa se echó a llorar, con un dolor que no podía ser
más verdadero. ¡Ahora que tenía allí al nene suyo! ¡Irse! ¡No verle! ¡No
criarle!
-Bueno; no se apure, no se le ponga mala leche; por
esta vez, pase; que no se repita... Diga usted... ¿Ha estado usted siempre aquí?
-Sin moverme. ¿Lo ice el señorito por las yaves, que se
quedaron puestas? Ya sabe que aunque hubiese ahí miyones...
-Ya sé, Ginesa, que es usted fiel... Sus amos antiguos
respondieron por usted...
Y el marques recogió el manojillo, reparando el olvido
que había motivado su vuelta impensada.
Bajando las escaleras aprisa, saltó en el mismo coche
que le había traído, para llegar al teatro Real, a tiempo de no perder el último
acto del Crepúsculo, la entrada de los dioses en la Walhalla. |